lunes, 30 de mayo de 2016

Mateorías (4)

(Capítulo 4 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Cuatro

No sé si Mateo es el mejor profesor de español para extranjeros que he conocido, pero sin duda sus métodos son los más interesantes. Al contratarme, la directora cubana me lo asignó como tutor —para evitar que su nuevo profesor, yo, fuera un inepto integral—, por lo que pasé mucho tiempo con él. Mateo me aconsejó sin imponerse, me ayudó a prepararme y a no perderme en el mar de materiales para la enseñanza de español, me permitió observar (¡y copiar!) sus clases, y él a su vez observó las mías. Sus críticas eran sorprendentemente constructivas, demasiado prudentes para la imagen que de él me había hecho. No exagero si digo que Mateo se convirtió, poco a poco, en mi maestro.

—No puedes quejarte de mí, catalán: si estuviéramos en la Antigua Grecia, estaría todo el día dándote por el culo, literalmente. Así se cobraban el magisterio los pedagogos helénicos.

Pero a mí me enseñó gratis.

Entre otras muchas cosas, de Mateo aprendí que él no era exactamente lo que yo creía. Cuando estábamos en la sala de profes trabajando, su anticatalanismo desaparecía, sus bromitas se esfumaban, su chulería se ausentaba. Mientras me ayudaba, Mateo no era Mateo: se desmateizaba. Al menos hasta que entraban otros profesores:

—No me jodas, ¡qué acento tiene este catalán! Parece un anuncio de Freixenet, que para vuestra información, sureños ignorantes, es un cava, es decir, un champán catalán.

Y carcajada sísmica.

—Pues esto es un madrileño que se va a vivir a Barcelona y está muy asustado, porque los catalanes son muy raros y no entiende su lengua. Así que lo primero que decide hacer al llegar es averiguar cómo se insulta en catalán, para poder defenderse cuando se rían de él. Le pregunta a un transeúnte cómo llaman a los gilipollas en Cataluña y este le contesta que nadie los llama, vienen solos de Madrid.

Como siempre, las carcajadas descuajaringadas desternillaban al personal. Y nadie en la escuela se daba cuenta de que había dos Mateos: el Mateo público, arrogante y chancero, y el Mateo privado, recogido y solícito. Para los demás profesores parecía que solo existía el primero, mientras que yo distinguía claramente a los dos. Sin embargo, no me atrevía a gritar que el emperador iba desnudo.

En aquellas primeras semanas con Mateo, no llegó a contarme casi nada de su vida privada: ni por qué estaba en Cracovia, ni cuánto tiempo llevaba en la ciudad, ni qué había estudiado, ni lo que hacía al salir de la escuela. Conmigo, Mateo no hablaba jamás de sí mismo. Nuestras conversaciones giraban alrededor de la escuela, los estudiantes, los materiales usados y la preparación de actividades, y a veces también de generalidades. Eso sí, gracias a él conocí todos los trapos sucios de la escuela —los trapicheos, los folleteos, los politiqueos—, a la altura del relato del pelo del coño de la directora atrapado en la impresora. Le sugerí que se convirtiera en el cronista de la academia, que pusiera por escrito su intrahistoria.

—Eso te lo dejo a ti, catalán: yo prefiero leer a escribir, mejor vivir que hacer vivir.

Intenté preguntarle varias veces sobre temas más personales, pero siempre salía por la tangente con una carcajada o una mateoría. Al principio no me pareció mal, solo profesional.

En clase, por contra, Mateo era transparente. Se utilizaba constantemente a sí mismo como ejemplo, les explicaba a los estudiantes lo que había hecho aquel día y se autobiografiaba sin reparos, además de compartir con ellos sus opiniones: qué pensaba sobre Polonia y los polacos, y de los españoles y España, cuáles eran sus aficiones, sus platos y películas favoritos, y otras minucias. Mientras Mateo hablaba, yo, sentado al fondo de la clase, me indignaba al escuchar sus confesiones cotidianas, aunque especialmente me indignaba que compartiera con los alumnos lo que a mí me negaba mateóricamente. ¿Es que solo por ser estudiantes y pagarle dinero lo merecían más que yo? Pero sobre todo me indignó ser consciente de mis celos.

Pese a que no me atreví a echárselo en cara, claro, un día le comenté que me parecía muy sincero con sus estudiantes.

—¿Sincero? Sí, catalán, en clase soy como un libro abierto. Pero no debemos creernos todo lo que nos dicen los libros, ¿no? Todos los profesores se ponen una máscara en clase, tú también, aunque quizás aún no te hayas dado cuenta —hizo una pausa, para comprobar que lo entendía o simplemente que escuchaba—. A ver, en clase lo importante es que los estudiantes hablen, no tú. No importa cómo lo hagas, pero que hablen. Especialmente en los niveles avanzados. Por eso desde el primer día del curso me gusta realizar debates teatrales, exprés y progresivos. Es decir, debates mateóricos.

No entendí nada de la explicación de los debates mateóricos, pero pronto los vi en acción.

Mateo les presentaba un tema a los estudiantes, bien hablando, bien con un texto, bien con un vídeo, y lo comentaban un rato juntos, sin darles demasiado margen para que expresaran opiniones personales. Entonces les asignaba roles: vosotros estáis a favor de esto, vosotros en contra, y les daba cinco minutos para planificar su defensa, es decir, para componer una lista de argumentos.

—Por eso son debates teatrales: los alumnos no dan su opinión sino la que el papel les impone. Así no están obligados a revelar qué piensan realmente, sino que deben ponerse en el lugar del otro, del que opina diferente. A todos nos conviene un poco de empatía.

El desarrollo del debate se parecía a un juicio y a un concurso de televisión al mismo tiempo. El primer grupo expresaba un argumento y el segundo trataba de rebatirlo; después de dos o tres intervenciones, Mateo los cortaba y le daba un punto al equipo que mejor se hubiera expresado o más convincente le resultara. A continuación, el segundo grupo presentaba uno de sus argumentos y el debate seguía. Al agotar ambas listas de argumentos, quienes tuvieran más puntos se llevarían algún premio tonto pero divertido: un retrato hecho con la mano izquierda, una caja de zapatos con los deberes dentro, un poema malescrito en español y polaco...

—Los debates son exprés porque las intervenciones son cortas y rápidas, y las argumentaciones no pueden alargarse demasiado. Los alumnos saben que no tienen mucho tiempo y que un punto está en juego, por eso miden bien lo que dirán. Y si la conversación se pone interesante, siempre puedes dejarles que continúen hablando.

Los temas que Mateo elegía al principio eran más que banales, estúpidos: leche fría o caliente, hombre o mujer, té o café, rojo o negro, infancia o adolescencia, olor corporal o perfume, campo o ciudad, hermano menor o mayor, etc. Sin embargo, al exigir de los estudiantes la máxima seriedad en la defensa de su falsa opinión, tenían lugar situaciones extravagantes y cómicas, como la épica apología de las salchichas polacas frente a las alemanas. A medida que avanzaba el curso, la gravedad de los asuntos propuestos iba aumentando: el veganismo, los tatuajes, la ropa de marca, la posesión de armas, el cambio climático, el alcoholismo en Polonia, los viajes alternativos, los transgénicos y demás. Gracias al crecimiento gradual de la confianza y la familiaridad en los alumnos, en las últimas clases Mateo podía tocar sin problemas los temas más conflictivos: la religión y el aborto en Polonia, los refugiados y el apartheid europeo, el espionaje informático por el gobierno estadounidense, el sexismo omnímodo, los bancos y la crisis económica, la instrumentalización de la historia por los nacionalistas, el capitalismo desbocado y otros.

—Los debates son progresivos ya que voy incrementando poco a poco la polémica. Al final del curso, pueden discutir sobre cualquier cosa, no importa cuán controvertida sea. No es más que una aplicación didáctica del síndrome de la rana hervida. Y cuando acabe el debate mateórico, siempre puedes decirles que expresen sus opiniones reales: con un poco de suerte, se les habrán reblandecido los dogmas.

Para los niveles más bajos, Mateo había desarrollado otra actividad mateórica: las citas rápidas con sorpresa. Los estudiantes recibían una foto —un hombre o una mujer, no importa— y tenían que inventar el carácter y la biografía de esa persona: nombre, trabajo, nacionalidad, aficiones y tal. Después de prepararse, cada alumno interpretaba a su personaje y tenía una cita rápida —dos o tres minutos— con cada uno de sus compañeros, en la que se presentaban y pseudoflirteaban un poco, para elegir al final quién era la persona más compatible con ellos.

Había algunos estudiantes, sobre todo hombres, que se reían: habían reconocido a la persona de su foto. Sin embargo, nunca nadie osaba confesar la identidad real de su fotografiado, por mucho que el malicioso Mateo u otros estudiantes les preguntaran extrañados qué les parecía tan divertido. Las risas de estos se les contagiaban a los demás, y solo al final de la actividad Mateo les revelaba la identidad secreta de los personajes de sus fotos.

Me di cuenta de que Mateo no era un profesor convencional observando una de sus clases, justo cuando reconocí en las fotos a Sasha Grey, Rocco Siffredi, Nacho Vidal, Jenna Jameson y Amarna Miller, entre otros.

jueves, 26 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (4)

4. Anatomía de las JMJ

Sin internet, no podría escribir. Aún diría más: sin internet, no sabría escribir. Gracias a internet puedo consultar diccionarios y gramáticas para solucionar mis dudas lingüísticas, encontrar sinónimos para enriquecer un poco mis textos y ejemplos para corregirlos, pero sobre todo informarme de todo cuanto no sé. Y es mucho lo que no sé. ¿En qué año se ilegalizó el aborto en Polonia? ¿Cuándo tuvo lugar exactamente la JMJ de Brasil? ¿Por qué estallaron los disturbios de la JMJ Madrid 2011? ¿Cuál era el nombre del papa Juan Pablo II? Bueno, esta sí me la sé. Pero está claro que en un mundo sin internet, donde no pudiera abrir quince o veinte pestañas en mi navegador, yo no escribiría nada, ni una línea. Internet es el libro de los libros, la puerta a todas las puertas: el mayor amplificador del cerebro.

Gracias a internet, puedo investigar la historia de las Jornadas Mundiales de la Juventud, su anatomía.

Toda buena investigación empieza con la Wikipedia, continúa con Google y debe seguir más allá. Si entramos en www.krakow2016.com, la colorida página oficial de la JMJ Cracovia 2016, podemos empezar a descubrir la historia de estos encuentros católicos juveniles. También hay algo de información en la web de la Conferencia Episcopal Española, en la de la Oficina de Prensa de la Santa Sede y en The Vatican Today, así como en cualquier periódico generalista.

Como pasa con cada tema, hay demasiados datos sobre la JMJ: es difícil separar lo verídico de lo falso, la propaganda del periodismo y, finalmente, sintetizarlo todo para hacerse una idea general y poder escribir un relato. Allá voy.

* * *

En abril de 1984, Juan Pablo II congregó en Roma el Jubileo de los Jóvenes, una reunión para los católicos de corta edad. Además del papa y la Madre Teresa de Calcuta, acudieron a aquel evento cientos de miles de jóvenes católicos. Juan Pablo II hizo construir una cruz de madera de 3,8m de altura y al finalizar el Jubileo se la entregó a los jóvenes. Esta cruz, que sería conocida como la Cruz de los Jóvenes o la Cruz de la JMJ, tenía una inscripción que encomendaba una misión a sus nuevos portadores:
"Queridos jóvenes, al clausurar el Año Santo os confío el signo de este Año Jubilar: ¡la Cruz de Cristo! Llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la humanidad y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención" (Vatican.va).

Durante ese año, se trasladó la Cruz en peregrinación por diversos países de Europa Occidental. En enero de 1985, a petición de Juan Pablo II, sus portadores cruzaron el Telón de Acero y fueron a Praga, donde hicieron una demostración de músculo católico frente al gobierno checoslovaco. El mensaje político estaba claro: los jóvenes no quieren comunismo sino cristianismo.

Muy convenientemente, la ONU declaró 1985 el Año Internacional de la Juventud. El Domingo de Ramos, la Cruz de los Jóvenes fue llevada por cientos de miles de jóvenes a la plaza de San Pedro en Roma, donde los recibió Juan Pablo II. Unos meses más tarde, en diciembre de 1985, el papa anunció que el siguiente Domingo de Ramos se celebraría una Jornada Mundial de la Juventud en Roma. Se acabaron los encuentros "de prueba", como los define la web de la JMJ 2016; la prehistoria de las JMJ llegó a su fin.

En 1986, pues, tuvo lugar la primera JMJ en Roma: empezaba su historia. Se trataba de encuentros anuales de jóvenes católicos, sacerdotes, la Cruz y el papa en el sitio designado en la edición anterior por el pontífice. La segunda JMJ fue en 1987: hasta Buenos Aires se desplazaron los peregrinos y la Cruz de la JMJ. Entonces Juan Pablo II modificó un poco su periodicidad: las JMJ no se celebrarían anualmente, sino cada dos o tres años. El papa es infalible siempre que el papa no diga lo contrario.

(Una terrible ironía histórica. Durante los ochenta, mientras se celebraban el Jubileo de los Jóvenes, el Año Internacional de la Juventud de la ONU y las primeras Jornadas Mundiales de la Juventud, empezaron los juicios contra los sacerdotes que abusaban de jóvenes, lacra milenaria de la Iglesia católica. La jerarquía eclesiástica había protegido sistemáticamente a los violadores, hasta que en 1983 Juan Pablo II modificó el Código de derecho canónico para que los clérigos infractores pudieran ser juzgados sin trabas burocráticas. Estos juicios son bien conocidos por la película Spotlight, que en 2015 difundió los abusos que se perpetraron en Boston y su proceso judicial, lo cual permitió exportar la investigación al resto del mundo. David Yallop da buena cuenta de ello en su critiquísima biografía de Juan Pablo II, El poder y la gloria (2007), en el capítulo IX, "Más allá de lo creíble".)

Si no contamos los dos encuentros "de prueba" en Roma, de 1986 a 2016 ha habido doce JMJ convocadas por tres papas distintos. La JMJ de julio de 2016 en Cracovia será la número trece, pero la consideran la XXXI porque habrán pasado treinta y un años desde la primera. Se han celebrado en once países diferentes de todos los continentes excepto África y los únicos que han alojado una JMJ dos veces son Italia y España (aunque este verano Polonia repetirá también). He aquí la lista:
1986, Roma (Italia). 1987, Buenos Aires (Argentina). 1989, Santiago de Compostela (España). 1991, Częstochowa (Polonia). 1993, Dénver (Estados Unidos). 1995, Manila (Filipinas). 1997, París (Francia). 2000, Roma (Italia). 2002, Toronto (Canadá). 2005, Colonia (Alemania). 2008, Sídney (Australia). 2011, Madrid (España). 2013, Río de Janeiro (Brasil).

Como buen aspirante a escritor, he dejado para el final lo más importante: ¿por qué se celebran las JMJ? La primera respuesta que se me ocurre es otra pregunta: ¿por qué no? Si los musulmanes tienen su peregrinación a La Meca una vez al año o en la vida, ¿por qué no también los cristianos? Sin embargo, este no-argumento es insuficiente.

Según su web oficial, la JMJ es "un encuentro internacional en el que jóvenes de diferentes partes del planeta se reúnen, junto con sus catequistas, sacerdotes, obispos, en algún lugar del mundo para dar testimonio de su fe en Jesucristo". Esta explicación está en sintonía con el mensaje grabado en la Cruz de los Jóvenes. No obstante, también me parece un razonamiento deficiente: ¿qué necesidad hay de desplazarse a un sitio que no tiene nada de particular? Si como mínimo fuera una peregrinación a un lugar santo... Y ¿no se puede dar testimonio de la fe en Jesucristo en grupos pequeños, localmente? ¿Para qué mover a un millón o más de personas? Supongo que la respuesta es la posibilidad de ver, escuchar o acercarse al papa, por un lado, y sobre todo la de crear vínculos con jóvenes católicos de todo el mundo, por el otro. La carismática presencia del papa actúa como aliciente, mientras que los correligionarios son el aglutinante (prefiero evitar otras comparaciones posibles, mucho más agresivas). En fin, nunca entenderé esa obsesión por pertenecer a un grupo que sienten los creyentes, sean de la religión que sean, pero es evidente que es una fuerza que no se puede subestimar.

Con todo, los porqués religiosos de las JMJ no bastan: para desplazar a tantas personas la fe no es suficiente. Por eso, debemos contemplar también las explicaciones históricas, sociales, políticas, económicas, científicas, lógicas, etc.

Los años ochenta eran la fase final de la Guerra Fría, aunque entonces no estaba tan claro que el Muro de Berlín fuera a caer. Para combatir a la Unión Soviética, Ronald Reagan y Margaret Thatcher estaban modelando el mundo occidental tal como lo conocemos ahora: liberalismo económico y conservadurismo social, oposición total al comunismo. El Vaticano era su aliado y por tanto enemigo declarado de los soviéticos, por lo que la cristiandad también debía cerrar filas contra el Imperio del Mal. No estoy diciendo nada nuevo: todo el mundo sabe que Juan Pablo II fue —como todos los papas— un papa muy político; de hecho, en Polonia es considerado uno de los grandes héroes de la Guerra Fría, más importante y popular que Lech Wałęsa (algo desprestigiado últimamente). Las voces más críticas con Juan Pablo II —de dentro y de fuera de la Iglesia— le recriminaron haber transformado la religión en un espectáculo de masas (misas televisadas, peregrinaciones multitudinarias, saludos desde el balcón, etc.), pero la verdad es que solo una masa unida, convencida, podía hacerle sombra a un enemigo como la U.R.S.S. David Yallop lo sintetiza sin pelos en la lengua:
"A otros en el séquito papal y el grupo del Vaticano les repugnaban las trazas de triunfalismo y la superficialidad de estrella pop que rodeaban a los viajes papales. Las concentraciones de la Jornada Mundial de la Juventud fueron comparadas con los mítines nazis en Nuremberg, con la misma «intensa devoción fanática por un gran líder»" (El poder y la gloria; las cursivas son mías).
Cuando Juan Pablo II murió en 2005, sus sucesores continuaron su labor en la JMJ. Ese mismo año, Benedicto XVI organizó su primera JMJ en Colonia; su segunda fue en Sídney (2008) y la última en Madrid (2011), mientras que la primera de Francisco tuvo lugar en Río de Janeiro (2013). No creo que los porqués detrás de estas JMJ hayan cambiado mucho: expresar la fe, compartirla con los demás creyentes, sentirse parte de un colectivo, pero también demostrar unión y fuerza frente a la nueva amenaza.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Mateorías (3)

(Capítulo 3 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Tres

—Perdonad —les dije a los profesores—, no es muy importante, pero tengo una pregunta sobre la fotocopiadora...

—No me jodas, catalán, preguntas más que un filósofo, un niño y un inspector de Hacienda juntos.

A pesar de sus quejas mateóricas, el madrileño siempre se me acercaba y me echaba una mano con el problema que tuviera. En esta ocasión, llevaba media hora intentando fotocopiar correctamente una página de un manual de español. Estaba un poco estresado porque aquellas eran mis primeras clases en aquella academia y, de paso, en mi vida.

—Mira qué ocurre —le dije a Mateo—: en cada fotocopia aparece esta maldita raya. No es muy gruesa, pero está justo sobre el texto y no se puede leer lo que dice ese párrafo. Es como un fideo. He probado veinte veces y siempre sale ahí mismo. Sé que no parece muy grave, pero quizás deberíamos avisar a la directora...

—Catalán, deja en paz a la directora que ya tiene bastantes preocupaciones —soltó una carcajada escandalosa y los demás profesores se rieron.

Mateo me mostró otras fotocopias que guardaba en su casillero. También tenían aquella condenada raya, que incomodaba más o menos la lectura, rasgaba una imagen o, si había suerte, le hacía de bigote a algún embajador del mundo hispanohablante. Fui pasando las hojas: en cada una, la raya estaba en un lugar distinto, unas veces horizontal y otras inclinada, recta o curvada. Maldito fideo bailarín, pensé, los dioses de las fotocopiadores son bien caprichosos.


—No es un fideo, catalán. Es un pelo. Un puto pelo —los otros profes seguían riéndose.

—¿Un pelo? ¿Y cómo coño ha llegado hasta ahí? —le pregunté a Mateo, inspeccionando la impresora.

—Busca, busca, a ver si lo encuentras. Precisamente dice la leyenda de nuestra escuela que es un pelo del coño. Por eso es tan grueso. Concretamente, que es un pelo del coño de la directora. Sí, sí, de nuestra directora. Por eso es tan grueso.

Cuando la conocí, lo único que me sorprendió de la directora era su lengua: aunque me había dicho que era cubana, no tenía ningún acento, hablaba de una manera totalmente neutra. El suyo era un español de aeropuerto, de no-lugar, consecuencia de haber vivido tanto tiempo fuera y haber enseñado a extranjeros, me explicó. Exceptuando el acento ultranormal, era una mujer normal: bastante atractiva a sus cuarenta y pico años, muy directa pero con mucho sentido del humor; parecía una muy buena jefa. En lo poco que yo llevaba en su academia, no había tenido tiempo de oír nada raro sobre ella o sus pelos íntimos. Hasta aquel momento.

Los demás profesores habían dejado sus quehaceres y se nos habían acercado, esperando a que Mateo empezara la narración alrededor de la fotocopiadora. Cerró la puerta de la sala de profes, carraspeó teatralmente y se puso a hablar en voz queda:

—La directora es una cubana que vino a estudiar a Cracovia en los ochenta, catalán, durante los últimos años de la PRL, la República Popular de Polonia. Cuando el régimen socialista polaco aún mantenía buenas relaciones con el gobierno de Fidel Castro, ¿sabes? La directora era entonces una aplicada estudiante de arte en busca de libertad europea, pero lo más similar a esta que podía visitar era Polonia, así que llegó y se enamoró de un polaco, se casó y se quedó. Cualquier excusa era buena para no volver.

—La película no es nueva, che: se titula El amor de mi visa —secundó a susurros el profesor argentino.

Mateo soltó una carcajada y los demás lo imitamos, aunque en seguida volvió el silencio.

—Exacto. Ríete si quieres, catalán, pero no tan alto. En cuanto llegó la democracia, la cubana abrió una escuela de español en Cracovia que fue todo un éxito. En los noventa empezó el boom del español en Polonia, que todavía continúa, y la cubana se montó en la cresta de la ola. Para los polacos, el español era una lengua exótica y sin carga ideológica: no representaba la libertad y el capitalismo como el inglés, ni el intelectualismo del francés, ni el rigor alemán, ni la pobreza y la cerrazón soviéticas, sino la fiesta, el goce de la vida y la despreocupación propios de lo hispano.

—No mames, güey, el boom del español estalló porque a los polacos les gustan las telenovelas. Especialmente a las polacas.

—Obvio, che. Cualquier polaco sabe un puñado de frases en español de Telenovela, la auténtica patria de nuestra lengua. Aunque no haya asistido a una sola clase.

—Exacto. Las telenovelas hicieron más por la popularidad de la lengua española que Cervantes, García Lorca y García Márquez, Vargas Llosa y la alta literatura que los parió.

—Bueno, bueno, calmaos, ni que cobrarais comisión anunciando telenovelas —los cortó Mateo alzando la voz—. En fin, la academia de español que fundó se llamaba Cubalibre y era la primera versión de nuestra escuela. No estaba lejos de aquí, era más humilde y más pequeña pero con el mismo espíritu. El lema era revolucionario: aprende español entre cubata y cubata.

—Entre cubalibre y cubalibre —corrigió el chileno—. Y el mismo espíritu, no, era mucho mejor: al acabar la jornada, preparaban cubalibres para todos. Ahora ni a café nos invitan...

—¡Cubalibres diarios para profesores y estudiantes! —la venezolana.

—Si eso no era libertad europea... —el mexicano.

—Bueno, sí, pero no os vayáis por las ramas, que parecéis primates. Además, el ron que ponían era de garrafón: rellenaban unas botellas de Havana Club y Ron Barceló con spirytus, vodka o lo que tuvieran, mezclado con extracto de avellana o algo así, un chorro de cola y a beber. Las botellas todavía corren por aquí, las he visto en los eventos que organiza la escuela. Obviamente el mejunje debía de estar malísimo, pero los profes y los alumnos tan contentos, tú dirás —carcajada mateórica y risas del coro—. Y entre cubata y cubata, la cubana, es decir, la directora, se había cansado de su esposo. La libertad europea, ya tú sabes, ¿no? Y con la caída del Muro de Berlín llegaron a Polonia la democracia, el capitalismo y el catolicismo, buenos sismos. La política polaca estaba cambiando para bien y para mal, así que sin dudarlo la directora se apresuró a divorciarse y a abortar: adiós marido polaco, chao feto apátrida.

—Espera, espera: ¿la directora estaba embarazada? ¿Desde cuándo? —pregunté.

—Pinche Mateo, ¡olvidaste el embarazo! —gritó el mexicano.

—Che, Mateo, ¡el embarazo era una pieza esencial de la narración! ¡La cagaste, boludo! —bramó el argentino.

—No me jodáis, ¡qué más dará! Pero, sí, en alguna fiesta, entre cubata y cubata, se había quedado embarazada. ¿Qué importa y quién sabe de quién? —risotada de Mateo y luego de los otros: cuestión zanjada—. Y en 1993, poco después de quedarse sin esposo y sin embarazo, se ilegalizó el aborto en Polonia. Ya ves que la directora tenía olfato para estas cosas: supo viajar a Cracovia en el momento adecuado, abrir la academia de español cuando tocaba y desembarazarse justo a tiempo. Y entonces, ¡a vivir que son dos días!

—Vivir sin más ataduras que el dinero. ¡Eso sí que era libertad europea!

—¡Y a chingar, que el mundo se va a acabar!

—¡A coger como animales!

—Y, aunque su escuela de español ha cambiado, su voracidad sexual no: se comenta que se ha tirado a más alumnos que todos sus profesores juntos.

—Y también que se culió a más alumnas que cualquier profesor.

—Y viceversa: a más profesores que todas sus alumnas juntas.

—Su libido es proverbial: en los círculos hispanohablantes de Cracovia se suele decir "eres más insaciable que la cubana".

—Y si no aprobái el examen, siempre lo podí repetir con ella.

El risoteo atronador llegó a su punto máximo: nadie podía hablar más, solo reír. Mis manos hacía rato que habían soltado la fotocopia —cayó al suelo— y agarraban mi estómago: era un dolor desternillante. Poco a poco, nuestras mandíbulas se fueron relajando sincronizadamente, tan agarrotadas estaban. Mientras se hacía el silencio, surgía algún rebrote incontrolable, hasta que nos callamos. Era la calma tras la tempestad.

—Bueno, os habéis quedado a gusto, ¿no?

La puerta de la sala de profes estaba abierta, quién sabe cuánto hacía. La directora nos sonreía desde el umbral. Mateo, los otros profesores y yo nos quedamos de piedra. Sin torcer su gesto irónico, nos habló:

—Ya es hora de trabajar, gandules. A las clases, que llegaréis tarde.

Nos apresuramos todos hacia el pasillo. Antes de salir, Mateo se dio la vuelta:

—Ah, por cierto, el catalán tiene un problema con la fotocopiadora. Dice que en sus copias le aparece un... fideo.

—¿Un fideo? —dijo la directora extrañada.

Regresé acojonado a la sala, recogí del suelo mi fotocopia y se la mostré.

—Es aquí: sale un fideo, ¿ves?

—Ah, claro.

La cubana me cogió el libro, lo puso en la fotocopiadora y pulsó el botón. Salió una copia y me la enseñó: aunque el fideo todavía estaba ahí, aparecía en otra parte de la hoja y no impedía la lectura.

—Solo he girado la página, catalán —me dijo—. Y no es un fideo. Ya te han contado los profesores cómo llegó hasta ahí mi pelo, ¿no?

domingo, 22 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (3)

3. Un ateo

—¿Si de verdad eres ateo, qué te importa un evento católico como la JMJ? Los ateos deberíais ocuparos de vuestros asuntos y dejar de meteros con los creyentes. En el fondo, no podéis vivir sin la religión. Sentís envidia de los cristianos y de la fortaleza de nuestros valores morales.

Más o menos esto me vino a decir un amigo de Facebook hace un par de días, a raíz de la primera crónica de Un ateo en la JMJ. No lo escribió en mi muro, públicamente, sino en el chat privado de la red social. De otro modo, quiero pensar que alguien le habría dicho que su concepción del ateísmo es más propia del siglo XIX que del XXI, siglos diferentes a pesar de contener las mismas letras. Yo lo dejé correr: le contesté con un smiley y sanseacabó.

Sin embargo, su comentario me puso a reflexionar. ¿Soy en realidad ateo? ¿Por qué? ¿Siempre lo he sido? ¿Por qué el ateo sigue teniendo mala reputación y el creyente es modélico? En fin, mi amigo de Facebook me dio un pretexto para empezar este tercer texto.

* * *

Las elecciones religiosas nunca son totalmente libres, pues toda elección está siempre condicionada, a veces incluso determinada. Y las creencias no son una excepción. Ser católico, protestante, musulmán, judío, budista, ateo, agnóstico o lo que sea depende de factores externos. Los condicionantes son muchos y muy variados: la época, el país y la cultura en la que hemos nacido, la educación que hemos recibido, la familia que nos ha criado, los amigos de los que nos hemos rodeado, nuestra experiencia vital, los libros leídos y los países visitados, etc. Por tanto, tan necio es el católico que cree ciegamente en el libre albedrío como el ateo que piensa que su elección es solo fruto del racionalismo, la lógica, el progreso o la ciencia. No niego la libertad, solo le devuelvo sus límites reales: existe, obviamente, pero es más reducida, más humana, de lo que imaginamos. Un ejemplo: nadie me dirá qué tengo que comer, pero la dieta que yo decida no será solamente mi elección personal sino consecuencia de los ingredientes de los que disponga, mi capacidad adquisitiva, las características de mi cuerpo, la cultura a la que pertenezca, etc. Lo mismo ocurre con la religión: depende de las circunstancias tanto o más que del individuo. Estas limitaciones no deberían hacernos sentir claustrofobia electiva, sino todavía más libertad, aquella que proporciona la verdadera consciencia de los borrosos límites del yo.

En primer lugar, pues, soy ateo por mi familia, gracias a mi familia. A su vez, mis padres rechazaron la religión porque sus respectivas familias no eran muy religiosas, pero sobre todo porque la España franquista que educó a su generación los saturó de catolicismo. ¿Quién se avendría a practicar la religión del régimen totalitario de Franco? Si leemos El florido pensil o Usos amorosos de la postguerra española, nos podemos hacer una idea de cómo era el sistema educativo del nacionalcatolicismo en el mejor de los casos; en las situaciones más extremas, La mala educación nos muestra los abusos sexuales que sufrieron los estudiantes por parte de sus piadosos profesores.

A pesar de todo, cuando nací mis padres decidieron bautizarme para evitar disputas familiares: prefirieron seguir a regañadientes la tradición a provocar discusiones innecesarias con la familia. Obviamente, el pragmatismo y la selección minuciosa de las batallas personales son algunos de los valores que me han inculcado. Porque, a pesar del ateísmo, mis padres me han transmitido muchos valores, demostrando con la práctica que hay vida civilizada tras la muerte de Dios.

Es evidente que no tuve libertad absoluta para escoger mis creencias religiosas, pues ya he dicho que no existe una libertad así. Sin embargo, mis padres hicieron todo cuanto pudieron para darme el mayor margen de elección posible. No solo en cuanto a religión: me permitieron elegir mis estudios universitarios (Ingeniería informática) y cambiarlos más adelante (Humanidades) cuando me arrepentí de mi elección. Además de la libertad, me ayudaron económicamente, pues es difícil ser libre sin dinero. A menudo me pregunto cómo aprendieron a confiar tanto en la libertad sin caer en sus excesos.

Recuerdo que, si les preguntaba si Dios existía, me contestaban que ellos pensaban que no, pero que yo podía creer lo que quisiera. Y durante muchos años lo hice: al margen de la Iglesia, me devoraba los sesos creyendo y dejando de creer en Dios, sopesando los argumentos a favor y en contra de Su existencia, las ventajas y desventajas de ser ateo o creyente, los posibles escenarios que se me presentarían tras la muerte, con arrebatos místicos incluidos. Se me secó el cerebro de tanto pensar en Él: así pasé la edad del pavo.

Recuerdo que en la escuela primaria quise dejar de asistir a clase de Ética por curiosidad espiritual y porque la profesora solo nos enseñaba modales e higiene —cómo portarse en la mesa, cómo contestar educadamente, cómo cortarse las uñas—, mientras que el de Religión era un cura-estrella de rock que había llamado hijo de puta a uno de sus estudiantes. Mis padres no se opusieron y me apuntaron a la clase de Religión, donde aprendí un par de oraciones y lo poco que sé sobre la liturgia católica, pero al curso siguiente me permitieron regresar a Ética. Aunque no las siga, no olvidaré jamás las lecciones de aquella profesora: hay que dejar el pan a la izquierda del tenedor, ponerse la servilleta en el regazo y no apoyar nunca los codos sobre la mesa.

Recuerdo que una vez convencí a mi abuela de que me llevara a misa con ella: pese a que me parecía un mundo incomprensible, aburrido y poco atractivo, quería probar una hostia, el cuerpo de Jesucristo. ¿Qué sentiría uno al practicar la teofagia? Cuando me dijo que teníamos que aguantar hasta el final de aquella tediosa ceremonia y que sería el sacerdote quien me pondría la hostia en la boca, le dije que quería irme. Espero poder probar algún día el pan ácimo consagrado.

Recuerdo que en la época en que mis amigos empezaron a hacer la primera comunión y a recibir regalos —un reloj digital, una bici, una videoconsola, una tele—, yo también se lo pedí a mis padres. Cuando seas mayor de edad podrás hacerla si quieres, me dijeron, pero por entonces había dejado de interesarme tanto la religión. Y es que a los dieciocho hay cosas más golosas en la viña del señor.

En fin, aunque crecí en un ambiente laico, no me cerraron nunca las puertas de la religión, pero tampoco me invitaron a cruzarlas: haz lo que quieras, esta era la consigna. En realidad, la religión nunca ha sido una gran preocupación en mi casa. En una de mis últimas visitas a Barcelona, mi tía me contó una anécdota que refleja perfectamente el lugar que para nosotros ocupa la religión. Mi prima, de niña, le hizo una pregunta al pasar delante de una iglesia:

—Mamá, ¿por qué no entramos nunca en esta tienda? ¿Es muy cara?

El mensaje de mis padres estaba claro: la iglesia no es una tienda muy cara, simplemente no nos gusta lo que vende. Eso sí, si quieres entrar, allá tú.

A causa de esta actitud tan laxa, hasta hace poco mi relación con la religión era ambigua: oscilaba entre el deísmo, el agnosticismo, la irreligiosidad y el ateísmo. Cuando me preguntaban qué era yo, me gustaba contestar que era ateo los viernes, sábados y domingos, pero agnóstico entre semana. Esta broma escondía el miedo a escoger completamente una postura u otra.

Una de las causas de este miedo era, sin duda, la mala reputación del ateísmo. Desde siempre, la oposición al ateísmo se ha encargado de componerle un largo historial de mala fama. Por culpa de la difamación por parte de las religiones, el ateísmo es asociado al anarquismo y al comunismo más agresivos, a la violencia quemaconventos, a la falta de valores nihilista y al "todo está permitido si no hay Dios", al hedonismo y al materialismo mal entendidos, etc. En el cine y la literatura, los personajes ateos son descreídos, desgraciados unas veces y amorales otras, repletos de dudas existenciales incomodísimas y jamás a gusto con sus creencias, dependientes de la religión, muchas veces terminan convirtiéndose para lograr un final feliz, etc. Por contra, apenas hay ficciones con un personaje ateo cuyo problema no sea precisamente el ateísmo; pienso en el profesor de La lengua de las mariposas, pero no se me ocurren más ateos felices. Hay que desproblematizar el ateísmo.

* * *

Hace cinco años, precisamente durante ese 2011 en que llegaron los bárbaros a Barcelona, tuvo lugar una escena cotidiana que me obligó a escoger y verbalizar mi posición, a salir definitivamente del armario religioso. Un amigo que me visitó en mi piso del Raval estaba ojeando los desordenados libros de mi estantería. Le llamó la atención que al lado de la Biblia estuviera El malestar en la cultura de Freud. Le sacó una foto con su móvil a aquel supuesto oxímoron literario y me la mostró. En seguida reconocí los lomos de mis libros y el estante en el que se encontraban.

—¿A quién prefieres: a Dios o a Freud? —me preguntó.

La elección es obvia, para mí. Sin embargo, la misma curiosidad que me hizo escoger el ateísmo es mucho más fuerte que este. Por eso me importa esta JMJ.

jueves, 19 de mayo de 2016

Mateorías (2)

(Capítulo 2 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Dos

En aquel primer, breve contacto con Mateo, me pareció que reunía los tópicos más rancios del madrileño arquetípico. De hecho, las semanas siguientes seguí pensando que era un completo gilipollas.

Evidentemente, era anticatalán hasta la médula: cuando yo entraba en la sala de profesores de la escuela, se ponía a imitar el acento catalán, es decir, a imitar el acento de Eugenio; ya tenía la barba, solo le faltaba la camisa negra y el cubata y el cigarro permanentes para ser exactamente igual. Gracias a Mateo, o por su culpa, me aprendí todos los chistes de catalanes habidos y por haber:

—¿Sabes quién inventó el alambre? Pues dos catalanes peleándose por una peseta.

—¿Qué hace un catalán cuando tiene frío? Se acerca a la estufa. ¿Y si tiene mucho, mucho frío? La enciende.

Después de cada chiste y tras cada mateoría, soltaba una carcajada estrepitosa de las suyas. Lo más extraño era que su risa conseguía arrastrarnos a todos escaleras abajo: los otros profesores presentes, españoles o latinoamericanos, conocieran o no los estereotipos catalanes, aunque ya hubieran escuchado antes el chiste o ni siquiera lo pillaran, rompían a reír magnéticamente; y a mí se me pegaba la risotada general, por mucho que me jodiera. Afortunadamente, de vez en cuando también imitaba a los mexicanos (Cantinflas), a los argentinos (Maradona) y a los andaluces (Jesulín de Ubrique), y se sabía chistes de todos los continentes, incluso de polacos.

—Oye, catalán —me solía decir—. Tú eres repolaco, ¿no? Por lo de catalán y por lo de vivir en Polonia...

Además de graciosillo y anticatalán, era castizo, ligón, pijo, madridista y fiestero. Pero Mateo era, por encima de los demás adjetivos, egocéntrico, chulo, altanero, engreído, vanidoso, soberbio y fantasma, y la acumulación exhaustiva de sinónimos no logra contener toda su arrogancia, tan arrolladora como su risa.

—Descendientes de Colón —les decía a los otros profesores—: si no entendéis al catalán cuando habla, me lo decís y os lo traduzco. Que aprendí su lengua en la etiqueta de una botella de cava.

Mateo componía un cuadro costumbrista demasiado perfecto, como si acabara de salir de una zarzuela casposa. Cada vez que le escuchaba una de las suyas tenía la sensación de que era un actor que no puede parar de actuar: se le había quedado pegado el papel.

A los pocos días de haberlo conocido, reaccioné y empecé a defenderme, o sea, a reírme de los madrileños, y sobre todo a mofarme de las derrotas del Real Madrid, a pesar de que a mí el fútbol ni me va ni me viene. Por primera vez en mi vida, me vi aferrándome a las victorias del Barça como a un clavo ardiente; por suerte, el equipo de Guardiola, Ronaldo, Xavi y compañía estaba a la altura.

—Ay, catalán —me decía—, ¡qué haréis ahora sin el Pep! Seguro que el Bayern le ha pagado unas cuantas pesetas...

Pero por mucho que me esforzara, por muy creativas, soeces o inteligentes que fueran mis gracietas, no causaban ni la mitad de risas que las mateorías de Mateo. En cambio, aunque sus bromitas fueran insulsas o tontas, hacían reír gracias a las carcajadas destartaladas que las seguían; eran el cartel de aplausos de un programa de televisión.

Cuando una tarde, un par de semanas antes de un Barça-Madrid, me lo encontré por la calle, camino de la escuela, lo ataqué sin contemplaciones:

—¿Cuántos goles le van a caer esta vez al Madrid? ¿Otra manita? Idos preparando los madridistas, que dentro de poco os tocará volver a llorar...

Me callé y me mantuve en tensión, pero solo noté un silencio extraño: el de la mateoría que no llegaba. A cambio, Mateo me sonrió y no se rio (extraña combinación). Como un tonto, seguí esperando que estallara una de sus carcajadas rompehielos. Por fin, me contestó calmado:

—Tranquilízate, hombre, que estamos solos —me dio una palmadita en la espalda—. No hace falta que nos despellejemos todavía —y en vez de llamarme catalán utilizó mi nombre.

No entendí por qué, pero a continuación me invitó a ver el Clásico con él y sus amigos. Me dio su número de teléfono y las señas del bar donde solían ver los partidos, así como de la mesa a la que se solían sentar: al fondo a la derecha, junto a la barra, las mejores vistas de la televisión.

—Anímate, que no todos son madrileños ni madridistas.

Al llegar a la escuela, Mateo abrió la puerta de la sala de profes y pasó delante de mí:

—A ver, latin lovers, ¿os sabéis este? Un niño madrileño le pregunta a su padre: papá, papá, ¿qué es el amor? Pues nada, hijo, un invento de los catalanes para no pagar.

lunes, 16 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (2)

2. Una ayuda

En esta serie de crónicas/ensayos, Un ateo en la JMJ, trataré de entender la JMJ 2016 y ver cómo afecta a Cracovia y sus habitantes. Creo que ya queda clara mi ignorancia sobre el tema en el texto anterior, pero por si acaso lo repito: no tengo ni idea de qué es la Jornada Mundial de la Juventud.

Sin embargo, ya he empezado a prepararme para la llegada de los bárbaros leyendo cuanto encuentro por ahí. No es suficiente: me falta perspectiva y tiempo para adquirirla, conocimientos de la situación política en el país, dominio de la lengua polaca, etc. Es evidente que el tema me sobrepasa. Pero soy testarudo y no conozco mejor manera de aprender que escribir. Obviamente, nadie me paga ni me exige que lo haga.

Como no quiero que esto sea un texto de ficción ni cometer errores o imprecisiones, he decidido pedir ayuda. No a las musas sino a los habitantes de Cracovia.

Lector: si vives en Cracovia, seas polaco o extranjero, me harías un gran favor si contestaras las siguientes preguntas. Si conoces a alguien que resida en Cracovia, me ayudarías mucho si se las hicieras llegar. En ningún caso usaré datos personales ajenos sin pedir antes permiso.

¡Gracias!

(Cuestionario de Google Docs en español, en breve lo traduciré.)

* * *

Cuestionario sobre Polonia y la JMJ 2016

Gracias por colaborar respondiendo este cuestionario sobre Polonia y la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia 2016 para http://demimerio.blogspot.com. No es necesario que contestes todas las preguntas, solo las que te apetezca. Valoraré mucho si me das datos concretos, enlaces a noticias (en inglés, español o polaco, no importa), anécdotas reales. Gracias de nuevo.

Edad:
Ocupación:
Nacionalidad:

Polonia

1. ¿Cuáles son las medidas más importantes que ha introducido el nuevo gobierno polaco? ¿Cómo afectan a tu vida? ¿Y al resto del país?

2. ¿Hay una foto, frase, imagen u obra de arte que resuma la situación actual de Polonia?

3. ¿Cuál es el papel de Polonia en la crisis de los refugiados? ¿Qué hace el gobierno polaco para ayudarlos (o no)?

Cracovia y la JMJ 2016

4. ¿La preparación de la JMJ te ha afectado de alguna manera? ¿Y a los demás habitantes de Cracovia?

5. ¿Qué cosas se han cambiado en Cracovia para la llegada del papa y la JMJ? (Construcción de nuevos edificios y obras, comportamiento de las autoridades, etc.)

6. ¿Crees que Cracovia está bien preparada para la JMJ? ¿Por qué?

7. ¿Dónde se alojarán los peregrinos de las JMJ? ¿Conoces algún lugar específico?

8. ¿Qué servicios nuevos habrá en la ciudad durante la JMJ? ¿Y cuáles no estarán disponibles? (Me refiero a medios de transporte, consulados o embajadas temporales...)

9. ¿Qué eventos tendrán lugar durante la JMJ? ¿Cuál es el más importante?

10. ¿Qué sabes sobre los voluntarios de la JMJ? ¿Cuáles son los requisitos para ser voluntario? ¿Qué tareas van a llevar a cabo?

11. ¿Hay otros datos que consideres relevantes?

domingo, 15 de mayo de 2016

Mateorías (1)

(Capítulo 1 de la novela Mateorías de Guillem González.)

Greguería = humorismo + metáfora
Ramón Gómez de la Serna

Mateoría = greguería - metáfora
Mateo González 

Uno


Este marzo recibí una postal de Madrid. Por un lado, el vestíbulo de la estación de Atocha, con su exuberante jardín botánico, su cubierta de hierro, las mesas de una cafetería y unos cuantos turistas o madrileños desperdigados aquí y allá; por el otro, una sola frase: "Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Sin embargo, yo sabía que quien me mandaba la postal era Mateo: era la cuarta que me enviaba desde que se fue de Cracovia, las cuatro con la misma frase e igual de guasonas. Esta vez no intenté llamarlo por teléfono para decirle que por desgracia tampoco en aquella ocasión podría visitarlo, sino que compré una postal del papa Juan Pablo II y le respondí escueto ("Este verano sí me bajo en Atocha, madrileño") y con la firma adecuada ("Un puto catalán"). Pocos días después fue él quien me llamó: "No me jodas: ¿vienes a Madrid de verdad?". Que sí, puto madrileño. Acababa de comprarme un billete de avión Cracovia-Madrid.

Karol Józef Wojtyła y Joaquín Ramón Martínez Sabina, más conocidos como Juan Pablo II y Joaquín Sabina, aunque nosotros los llamábamos Juan y Joaquín o J&J, fueron los primeros puntos de apoyo de nuestra amistad. Como buen madrileño, Mateo era un devoto total del de Úbeda ("Donde habita el olvido", "Yo me bajo en Atocha"); a mí mis padres me habían inculcado desde niño el entusiasmo por aquella voz siempre escacharrada: en nuestros viajes en coche, mi hermana y yo solíamos pedirles que queríamos escuchar "al Sardina" otra vez ("Ruido", "El blues de lo que pasa en mi escalera"). Por contra, la relación que Mateo y yo manteníamos con el difunto papa era menos tradicional: a ambos nos gustaba mofarnos de la pasión exagerada que despierta en los polacos más nacionalistas: la cara del papa está presente en la pintura, la escultura, la prensa, la educación y, por supuesto, los souvenirs. En el fondo también sentíamos devoción y entusiasmo por Juan Pablo II, claro, pero pasados por una gruesa pátina de ironía y de incorrección política. La colección de objetos kitsch que decoran el alféizar de mi casa le debe a Mateo dos componentes bien cutres: una taza con un rostro papal y un imán con una jeta pontificia.

Pero si miro hacia atrás todavía me sorprende que consiguiera superar la primera impresión que me dio Mateo y que al final termináramos siendo tan buenos amigos. Acababan de contratarme en una escuela de idiomas cuando la directora me fue presentando a los profesores: fulano es mexicano, quíubole, tal es argentino, cómo andás, esta es venezolana, épale, mengano es chileno, cómo estái, y este es Mateo, de Madrid. Mientras me estrechaba la mano, escuché su voz por primera vez y su primera mateoría:

—¡Coño, lo que me faltaba por ver: un catalán dando clases de español! ¡No me jodas!

Y soltó una de sus carcajadas atropelladas, una risotada cayéndose por la escalera.

jueves, 12 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (1)

1. Esperando a los bárbaros

Del 16 al 21 de agosto de 2011, se celebró en Madrid la XXVI edición de la Jornada Mundial de la Juventud, la JMJ 2011. Era el verano del 15-M y de los indignados, las plazas de toda España eran una fiesta; yo vivía en Barcelona, estudiaba Humanidades, tenía 24 años y creía que JMJ significaba Jesús, María y José.

Aunque esas jornadas religiosas habían sido anunciadas por el papa Benedicto XVI en 2008 y todo el mundo hablaba de ellas, yo era tan feliz que no sabía de su existencia. La religión siempre me ha llamado la atención, pero supongo que entonces me preocupaban más otras cosas: estaba estudiando mi segunda carrera —de letras, la anterior fue informática—, es decir, viviendo una segunda juventud o alargándola. Quizás debería haber pasado aquellos días en Madrid, pero estaba en Barcelona.

Como cualquier agosto, Barcelona estaba llena de turistas. Pero alrededor de aquella semana, imagino que antes y después, la ciudad condal sufrió un boom turístico, como si hubieran desembarcado cientos de cruceros, como si se volvieran a celebrar unas olimpiadas. Unos meses antes, el 7 de noviembre de 2010, el papa había visitado Barcelona para consagrar la Sagrada Familia: no hubo tantísima gente. De cualquier modo, en Barcelona hay eventos una semana sí otra también: la feria de no sé qué, el congreso de no sé cuántos, el aniversario de quién sabe qué. Aquellas siglas, JMJ, flotaban en el ambiente, pero podían significar cualquier cosa; no iba muy desencaminado cuando les atribuí cierto aroma a cirio: Jesús, María y José. 

No noté nada extraño hasta que una noche salvaje —calurosa, a rebosar de turistas y locales a rebosar de alcohol y hormonas— estaba cruzando la Rambla. Mi compañero de piso y yo íbamos del Gótico al Raval, de tomar unas cervezas a beber otras. En medio de la calle, se nos acercó una pareja, chico y chica, con camisetas amarillas, y nos dieron unos folletos. Sin mirarlos, imaginamos que eran flyers para entrar en alguna discoteca.

—Would you like to come with us? —nos preguntó ella en inglés, nada extraño en los repartidores.

Mi amigo y yo le hicimos alguna bromita obscena a la chica e ignoramos al chico. Nos fijamos en que ambos llevaban la misma camiseta amarilla que todos los turistas de aquellos días. Sobre el fondo amarillo, el rojo de una corona con forma de M (Madrid, María) y encima una cruz, como un cuadro de Tàpies coloreado con Photoshop.

—¿De qué es esta camiseta? —le preguntamos a la chica.

Nos habló de la JMJ que se estaba celebrando —o se había celebrado ya, no lo recuerdo— en Madrid. No acabé de entender en qué consistían esas jornadas, quizás a causa del alcohol o de que el inglés de la chica no era muy bueno, aunque intuí que en realidad ella tampoco sabía por qué estaba allí, en Barcelona, y no en Madrid, en su país de origen o en cualquier otro sitio. 

Pero gracias a ella comprendí que la marabunta que invadía Barcelona eran los jóvenes peregrinos que se dirigían a Madrid, se habían extraviado o ya habían estado allí. Sin embargo, no me parecían demasiado devotos ni buenos cristianos: a pesar de su juventud, la mayoría bebía alcohol con una ansiedad, exhalaba una lascivia y se comportaba con una falta de civismo propias de los turistas más bastos. Ya han llegado los bárbaros, pensé.

—Entonces, ¿venís con nosotros o no? —insistió la chica de la camiseta rojigualda—. Vamos a la playa a rezar —señaló hacia el final de la Rambla—. Cerca de la estatua de Colón, rezaremos todos juntos.

Aquellos bárbaros iban a rezar en grupo en la playa de Barcelona: ver para creer. Si querían expiar los pecados de aquella monumental Sodoma y Gomorra, tenían trabajo para rato. Le dijimos que no a la chica y se fueron un poco desilusionados, pero unos metros más allá detuvieron a otros incautos. Mi amigo y yo seguimos nuestra noche de fiesta y nos olvidamos de aquel encuentro.

Sin embargo, me quedó un regusto amargo de aquellos días. No entendí entonces ni he logrado entender después en qué consistían las JMJ, ni por qué había tantos peregrinos en Barcelona si la sede era Madrid. Pero tengo la sensación de que viví de refilón algo histórico sin darme cuenta de ello; bueno, nos puede pasar a todos. Tras la explicación de aquella chica, me enteré de que en Madrid hubo protestas y disturbios, imagino que aquello sí fue un pandemónium. Dos millones de jóvenes, por buenas que sean sus intenciones, han de causar estragos por fuerza.

Del 26 al 31 de julio de 2016, en apenas dos meses y medio, se celebrará la XXXI JMJ en Cracovia. Ahora vivo aquí, en Cracovia, tengo 29 años y trabajo como profesor de español, pero durante la JMJ tendré fiesta, como mucha gente, a causa del esperado evento. Se prevé que uno o dos millones de jóvenes invadirán la ciudad, de unos 760.000 habitantes. Parece que esta vez estaré en el centro del huracán, aunque solo sea por tres días: el 29 de julio volaré a España. Es una buena ocasión para intentar entender este acontecimiento incomprensible, no importa que uno sea un poco ateo.

martes, 3 de mayo de 2016

The Best of April 2016

Con la excusa de que en abril se celebraba el 400 aniversario de la muerte de Cervantes, decidí leer su biografía (una de ellas). Descarté la más reciente, La invención de la ironía de Jordi Gracia, porque es un poco difícil conseguirla en Cracovia y porque Alberto Olmos la ha (des)calificado como "filología de ficción", y me fío bastante de su criterio. Además, mi padre tenía en casa Las vidas de Miguel de Cervantes de Andrés Trapiello. ¿Cómo no fiarse de alguien que ha escrito dos secuelas del Quijote y lo ha puesto en castellano actual?

En abril, los encuentros de un colombiano, un mexicano y un español para hablar de literatura han seguido teniendo lugar. Lo último que hemos leído en la dead poets society también entra en lo mejor de abril: A sangre fría de Truman Capote.

Por otro lado, este mes he tenido la suerte de empezar a dar un curso de literatura española del siglo XX en una de las escuelas donde trabajo. Como uno de los autores de los que hablaremos es Manuel Chaves Nogales y las magníficas crónicas de A sangre y fuego, he decidido remediar un poco mi desconocimiento del periodismo literario. Por suerte, la editorial Libros del Asteroide está haciendo una gran labor para recuperar a los Truman Capote españoles: Chaves Nogales, Gaziel, Xammar, Augusto Assía y Ramón J. Sender, de quien he podido leer Viaje a la aldea del crimen.

Finalmente, para compensar tanta no ficción y tanta seriedad, he leído una descacharrante novela de otro autor que he incluido en el curso de literatura: Ávidas pretensiones de Fernando Aramburu.


1. Andrés Trapiello, Las vidas de Miguel de Cervantes (1993)

Esta es la primera biografía que leo entera, hasta el final, y eso ya dice mucho de ella. Y no es solo porque me pueda interesar Miguel de Cervantes, sino también —y sobre todo— por la escritura de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953): el autor leonés conjuga la rigurosidad de un investigador con el encanto de un buen novelista. El título —las vidas y no la vida— remite a dos ideas capitales para entender el libro. Por un lado, a la multitud de vidas que vivió Cervantes: soldado, prisionero, poeta, comisiario de provisiones, novelista, cobrador de impuestos, etc.; por el otro, a la imposibilidad de escribir una sola vida de Cervantes, pues la documentación disponible es escasa y en muchos casos solo permite hacer hipótesis (quizás tuvo esta vida, quizás tuvo esa otra). Si algo admiro en los escritores, por lo común orgullosos, es la capacidad de admitir los propios límites, y a Trapiello no le tiembla la mano cuando escribe que no sabe algo, que no está seguro o que solo está suponiendo. Eso sí, su conocimiento del Siglo de Oro y del escritor alcalaíno son considerables, sin llegar a entorpecer nunca la lectura con detalles enciclopédicos. Incluso critica a otros biógrafos por haber inventado demasiado y haber creado la leyenda de la miseria de Cervantes, no tan severa como a muchos románticos les habría gustado.


2. Truman Capote, A sangre fría (1966)

Es difícil que un libro cuyo desenlace ya conoces te enganche durante toda la lectura, pero A sangre fría lo logra, y eso es lo que más me impactó. Truman Capote (Nueva Orleans, 1924 - 1984) sabe que al lector le interesan los detalles más morbosos —el brutal asesinato de la familia Clutter y el origen de los asesinos— y va dosificándolos a través de las casi 400 páginas, como un buen narrador, entre otros detalles para nada secundarios: las vidas de los policías investigadores, de los vecinos de Holcomb, de los compañeros de celda de Dick y Perry, etc. Pero, además de un gran libro, Capote creó —con el permiso de Rodolfo Walsh— la primera "novela testimonio", acercándose a las metas de los realistas (presentar el mundo objetivamente), de los naturalistas (resaltar el determinismo) e incluso de la poliédrica novela total (agotar la realidad desde todos los ángulos). Y A sangre fría es aún más: es la catedral del culto a la violencia constitutivo de nuestra sociedad. Se pueden rastrear sus huellas en el cine (Tarantino, los hermanos Coen, etc.), en series (Fargo, True Detective...), libros (American Psycho) y otras novelas de no ficción (Helter Skelter). Quizás el único pero de esta obra se encuentre en sus fundamentos: el exceso de objetividad. ¿Quién puede creerse hoy en día que Capote no inventara ni siquiera un poco, que no manipulara la información para crear una escena perfecta? En el siglo XXI, sabemos que no existe lo objetivo y, de hecho, le exigiríamos al autor que se incluyera en la obra y que nos presentara su punto de vista. Incluso querríamos saber qué sintió, qué problemas tuvo durante la investigación y la escritura (como sucede en Capote, la genial película con Philip Seymour Hoffman).


3. Ramón J. Sender, Viaje a la aldea del crimen (1933)

Es inevitable leer Viaje a la aldea del crimen en comparación con A sangre fría, a pesar de que los separan muchos años y circunstancias. Si la obra de Truman Capote presenta el asesinato de una familia a manos de dos psicópatas, el libro de Ramón J. Sender (Chalamera, 1901 - 1982) investiga los sucesos de Casas Viejas: lo que empezó como un levantamiento anarquista de campesinos en un paupérrimo pueblo gaditano (del 10 al 12 de enero de 1933) desencadenó una brutal represión perpetrada por la guardia civil y de asalto (25 víctimas) y acabó con la caída del primer gobierno de Azaña durante la Segunda República. Pero si Sender no hubiera publicado las crónicas que desvelaron lo ocurrido, quizás la matanza de los campesinos sublevados no habría tenido consecuencias políticas. Así, Capote investiga a fondo un suceso por todos conocido y lo concibe inicialmente como un libro, mientras que Sender tiene que sacar a la luz —primero en el periódico y luego en libro— unos eventos ocultados por la autoridad. A diferencia del estadounidense, Sender acierta al incluirse en la narración desde el principio, cuando aún no sabe que tendrá que dejar constancia de que intentarán censurarlo. Sin embargo, chirría un recurso utilizado desde la primera crónica: solo llega a Casas Viejas cuatro días después de la matanza, pero le pide al lector que imagine que el avión en el que viaja ha dado varias vueltas en dirección opuesta al sol para ganarle "cuatro días al tiempo" y poderlo observar todo en directo (¡sic!). Pese a este desliz inexplicable, Viaje a la aldea del crimen se trata de un documental necesario que recuerda las duras condiciones de vida del campesinado y la impune violencia de las fuerzas del orden.


4. Fernando Aramburu, Ávidas pretensiones (2014)

En el Convento de las Espinosas se celebra la tercera edición de las Jornadas Poéticas, que congregan a lo mejor del mundillo poético español: los metafísicos y los realitas, el consagrado y viejo poeta ciego don Mateo Gil y su joven y atractiva secretaria-lazarilla-amante, dos poetas lesbianas y amantes, la depresiva y desquiciada Amalia Solárzano, etc. Si aún no es evidente el tono satírico de la novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), puedo añadir que uno de los poetas come setas alucinógenas y se caga encima, que el organizador de las Jornadas es el crítico y poetilla Lopetegui alias Lope, que a don Mateo Gil le gusta la lluvia dorada, en fin, cualquier cosa alejada de la poesía. Los títulos de las tres partes de la novela confirman el carácter del libro ("Planteamiento", "Nudo" y "Desenlace"), así como el estilo, una parodia del lenguaje poético. En otras palabras, Ávidas pretensiones continúa la tradición humorística española más grotesca: desde La Celestina hasta Eduardo Mendoza, pasando por la picaresca, Quevedo, el Quijote y el esperpento de Valle-Inclán (los poetas de Aramburu se burlan de Juan Ramón Jiménez, deporte nacional literario practicado por el trío Dalí-Buñuel-Lorca y por Antonio Orejudo en Fabulosas narraciones por historias). En definitiva, una gran novela para todo amante de la poesía y/o de las rencillas literarias.