domingo, 19 de julio de 2015

Quinto encuentro con los Apocrifílicos (V)

Me dirigía a la reunión de los Apocrifílicos más contento de lo habitual: por fin habíamos recibido un email. (¡Y qué email!) Dentro del tranvía me encontré a Michalina, pero no le di la buena nueva. Tampoco le dije nada de lo que Stanisław me había contado en el último encuentro. Ella se encargó de ponerme al día de los últimos chismorreos de su salón de belleza; a cambio, yo le hablé de mi renuncia al gimnazjum y de mi trabajo en la escuela de idiomas.

—Adiós a los adolescentes, ¿no? Ya era hora, parecías un poco amargado. Tu cutis lo ha agradecido, sin duda. Mira, fíjate en estos edificios —señaló la ventana—. Qué fachadas tan desastradas. Qué suciedad, qué grisura de muros. El sol destaca aún más la inmundicia. ¿Quién aguantaría toda una vida rodeada de estos edificios churretosos? No me extraña que los polacos sean cerrados y depresivos. Aunque en Bucarest es lo mismo, ¿sabes? En eso no somos tan distintos. Si por mí fuera, los mandaría limpiar una vez al mes; es como las limpiezas faciales: sólo la insistencia compensa. Tú no te imaginas cómo cambia a las personas una limpieza de cutis: influye positivamente no sólo al que la disfruta, sino a todos los que lo miran, ¿sabes? La limpieza es felicidad epidérmica.

—Entonces —la corté—, la infelicidad o la tendencia a la depresión de los polacos no es por la falta de aseo de sus edificios sino de sus personas.

El silencioso vagón me daba la razón. Sólo hace falta pasar un par de días de verano en Cracovia para darte cuenta de que existe un problema higiénico y/o olfativo. Higiénico porque, además de los vagabundos que pasan día y noche dormitando en el transporte público, gran parte del resto de los pasajeros tampoco frecuenta en demasía el agua y el jabón. Olfativo porque, claro, narices que no huelen corazón que no siente.

—Por fin un poco de aire puro —dije cuando bajamos en Plac Wszystkich Świętych.

—Será puro en comparación con el tranvía. Porque es de los más contaminados de Europa, ¿sabes?

Subimos por la calle Bracka hacia Nowa Prowincja. Era una de las cafeterías más populares de la ciudad, también de las más literarias. Según los entendidos, uno podía encontrarse en sus mesas a la crème de la crème de la escena artística cracoviana. Para un profano como yo o el resto de los Apocrifílicos, todos parecían iguales: polacos con aspecto artístico y rebosantes de felicidad epidérmica. Sin embargo, a pesar de perdernos a las supuestas celebridades locales, Nowa Prowincja seguía siendo un lugar interesante. A mí me gustaba especialmente por su chocolate a la taza, denso y negro —sólo le faltaban los churros para ser como el español— y no un mero batido de chocolate, como en la mayoría de cafeterías.

Fuera, había un par de bancos con mesitas de madera para los más necesitados de su dosis de notoriedad o polución. Dentro, la descripción se complicaba. En la estancia principal, la madera predominaba: en las sillas, en las mesas, en el suelo, en la barra y en las escaleras que conducían al altillo, también de madera. La bóveda recordaba a una cueva artificial o a un templo. Las paredes estaban llenas de cuadros y carteles; en el altillo, de garabatos de los clientes. Subimos las crujientes escaleras, pero Stanisław y Honoriusz no estaban allí. La segunda sala de Nowa Prowincja también tenía el techo abovedado y abundaba la madera. En vez de un altillo había una tarima, coronada por un ajado piano que quizá tocara de vez en cuando la crème de la crème o algún turista despistado. Al lado, había un tipo solitario tocando silenciosamente la guitarra, todo de negro; parecía algún tipo de música mexicana, triste y festiva a la vez. En cada uno de los arranques de la bóveda, había una pizarra, llena de garabatos y de nombres polacos. Stanisław estaba sentado en el otro extremo de la habitación; nos saludó con la cabeza.

—Gienek, ya te dije que te mantuvieras alejado de mi chica. Parece que no me tomas muy en serio.

—Stanislau, amor, no seas pelma.  Nos hemos encontrado en el tranvía.

—Traigo buenas noticias —dije—. Nos han escrito un email a la cuenta apocrifilicos@gmail.com. ¡El primer email!

No mostraron demasiada emoción.

—Yo también tengo una noticia que daros —dijo Stanisław.

—El email contiene una falsa reseña —seguí—. Es un homenaje o parodia del "Examen de la obra de Herbert Quain" de Borges.

Entonces sí me escucharon. Michalina se había quedado de piedra. Stanisław, sin habla. Honoriusz regresó de la barra con una bandeja: un café y tres compotas.

—¿Qué os pasa? —preguntó—. ¿Se ha muerto alguien?

—Toma asiento, Honoriusz —ordenó Stanisław—. Gienek trae una nueva falsa reseña. Nos la han mandado al email de la Hermandad. Empecemos de una vez la vigésimo séptima reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos. Procedo sin más dilación a la lectura del Manifiesto Apocrifílico para que luego Gienek nos lea la falsa reseña:
»Queridos hermanos y hermana de la Hermandad Apocrifílica: 
»No me interrumpáis mientras traigo a nuestra memoria los primeros pasos que dio esta Hermandad. Una noche de hace cinco años, Honoriusz regresaba en el autobús 502 a su piso de Nowa Huta, el otrora barrio socialista de Cracovia. Años ha, Nowa Huta, construida alrededor de la planta siderúrgica Vladimir Lenin, había sido el paradigma de la ciudad proletaria. En los días de Honoriusz, nuestros días, ese paraíso se ha convertido ya en un suburbio decadente y, en ciertos lugares y a determinadas horas, peligroso; la planta siderúrgica, que concentraba la mayoría de las protestas anticomunistas, ha sido privatizada.
»En el autobús 502, uno aún puede encontrarse con lo mejor de la fauna nowahutiana actual, especialmente de noche: los dres. En polaco, dres significa chándal, que es la prenda básica de esta tribu urbana. Aficionados al fútbol como los hooligan, rapados como los skinhead, hijos bastardos de la clase obrera como ambos: violentos, ignorantes, vagos y borrachos. Por ellos y otros especímenes, los nowahutianos dicen que el autobús 502 es un estado mental. 
»Aquella noche, en el autobús 502, un dres visiblemente borracho —no llevaba zapatos y jugueteaba con una botella de cerveza— empezó a preguntarles a los pasajeros si tenían tabaco; todos fueron contestando con un escueto "nie", incluido Honoriusz. Luego repitió la operación pidiendo si tenían algo de dinero, con igual resultado. La ronda de preguntas había comenzado en la Estación Central. Entonces, el dres se puso a consultar uno a uno los nombres de los pasajeros: Kasia, Paulina, Piotrek, Asia, Krzysztof, Paweł, Tomasz, Agata, Andżelika, Michał, Agnieszka, Bogumił, Marcin. Contestaban por pura inercia, era difícil entender la pronunciación borracha del dres. Honoriusz, el último, respondió con su nombre auténtico, preapocrifílico: Elmyr. El dres espetó un "putos gitanos", rompió la botella de cerveza contra el suelo y empezó a darle puñetazos. Elmyr se defendió y gritó que no era gitano. "Putos extranjeros", dijo el dres, y siguió arreándole. "Soy húngaro", dijo Elmyr; el dres, "Putos húngaros", y continuó propinándole la paliza. Ningún pasajero movió un músculo para ayudarlo, a pesar de que Elmyr gritaba sus nombres mientras el dres lo estaba zurrando; el conductor siguió su trayecto sin alterarse.
»El autobús llegó al final del trayecto, Plac Centralny, ahora llamada Plaza Ronald Reagan, el corazón de Nowa Huta. El dres bajó con lo único que pudo robarle a Honoriusz: un ejemplar de Ficciones en húngaro. Michalina y yo esperábamos nuestro autobús para salir por el centro cuando encontramos a aquel despojo sangrante tratando de bajar. Lo ayudamos y acompañamos al hospital. En la sala de espera se lamentó de su pérdida: aún no había podido leer todos los relatos de Borges. Así comenzó nuestra amistad y la Hermandad. Pocos meses más tarde nos mudaríamos a otros barrios más seguros. Tomamos la decisión de adoptar nombres polacos para evitar más agresiones. Honoriusz, más radical, resolvió hacerse el casi sordomudo.
»Brindemos con nuestras compotas o cafés y comencemos.
Honoriusz tenía los ojos levemente empañados. Me pareció que tenía algunas cicatrices a su alrededor.

—Cada vez me sorprende más vuestro Manifiesto —dije rompiendo el silencio—. Aunque debo admitir que yo nunca he tenido problemas de este tipo en Cracovia. Vale, no he vivido nunca en Nowa Huta, pero he estado varias veces. De cualquier modo, no es bueno generalizar: la mayoría de los cracovianos no es así, ni siquiera de los nowahutianos ni de los dres. Y no sé si cambiarse el nombre por uno polaco puede ayudar...

—No seas quedabien, Gienek —dijo tajantemente Stanisław—. No estamos diciendo que los polacos sean racistas o violentos. Cambiarse el nombre no es camuflaje, sino un gesto, un símbolo: sólo lo hacemos en las reuniones de la Hermandad y nos recuerda que en algún momento nos dio miedo ser diferentes. A nuestra manera, además, somos un poco polacos. En fin, léenos tu falsa reseña.

—De acuerdo. No sé quién es el autor, quien mandó el correo no dijo nada: sólo adjuntó un PDF con el archivo. Se titula "Examen de la obra de Javier Marías":
"Sólo diez años después de la trágica muerte de Javier Marías (1951-2005), su obra y su nombre han sido total e injustamente obliterados: de las tiendas, de la universidad, de la historia de la literatura. Sus libros no se encuentran ni en las librerías de viejo, que tanto le gustaba explorar; los ejemplares de las bibliotecas no son consultados más que por error; ni una calle, estatua o escuela lo recuerdan. Los críticos lo habían considerado el mejor novelista español contemporáneo, candidato eterno al Nobel; ahora tenemos otros mejores narradores, otros candidatos perennes. También en el Parnaso hay desahucios.
»Su espectacular muerte no aumentó su fama, y uno empieza por fin a explicarse por qué. Empedernido fumador, se quedó dormido sobre su cama con un cigarrillo encendido que quemó la sábana, primero, y devoró el resto de su hogar y cuerpo, después. Si los lectores de su obra no se hubieran extinguido, recordarían que algo parecido le sucede a un personaje de Corazón tan blanco, una de sus mejores novelas. Escalofriante coincidencia o predicción; tan escalofriante como su olvido. La colilla que quema unas sábanas es uno de los leitmotivs de la novela, una de las repeticiones tan frecuentes en el estilo de Marías. Como las melodías de Wagner, el miedo a descubrir algún horror oculto, los zapatos de tacón, una cita de Shakespeare, la susodicha colilla y otros motivos o imágenes van y vuelven a lo largo del texto para reaparecer en la conclusión en una intensa traca final.
»Otra obra fascinante de Marías, y una de sus favoritas según confesó en vida, es Todas las almas, autoficción de los años que pasó dando clases en la Universidad de Oxford. El narrador y protagonista innominado es y no es Javier Marías, es otro y además es Javier Marías, como él mismo lo/se definió. Así, cuando el protagonista se follaba a una gorda, el lector no sabía si Marías se la había follado realmente o no. Esto, junto a la falta de un argumento al uso, desconcertó al pobre lector, que interpretó la novela como una autobiografía o como un roman à clef. Los juegos realidad-ficción en Todas las almas iban más allá: el libro incluía una biografía y dos fotografías de John Gawsworth, escritor británico real pero olvidado, aventurero y rey de la diminuta y despoblada —pero real— isla de Redonda, al que casi todos los reseñadores consideraron un ente de ficción. (De nuevo, es escalofriante la coincidencia o predicción del olvido de John Gawsworth-Javier Marías.) En una antología de relatos ajenos que editó más tarde, Cuentos únicos, Marías incorporó un cuento de John Gawsworth, pero también otro de un autor inventado por él: James Denham. La crítica se volvió a equivocar: aceptó la autenticidad del falso James Denham como había rechazado la del auténtico John Gawsworth. 
»La relativa popularidad de Todas las almas —e impopularidad: no gustó que criticara a las gordas— hizo que la directora de cine Gracia Querejeta llevara a cabo una adaptación cinematográfica. Marías no quedó contento con el resultado, demasiado alejado de su novela, y se desligó del proyecto, finalmente titulado El último viaje de Robert Rylands. La polémica llegó a los periódicos, incluso a los tribunales. El nombre de Marías fue eliminado de los créditos, el novelista fue indemnizado. La película, como la obra de Marías y de Gawsworth, olvidada.
»Los problemas causados por la publicación de Todas las almas no acabaron aquí, así que Marías los aprovechó para darle otra vuelta de tuerca a sus malabares realidad-ficción. Publicó Negra espalda del tiempo, una obra 100% real o autobiográfica, según aseguraba el narrador y protagonista Javier Marías, en la que explicaba todos los contratiempos y malentendidos que la publicación de Todas las almas había causado. Esta vez, si el narrador y protagonista fumaba un cigarrillo, el lector podía respirar tranquilo: estaba seguro (en teoría) de que Marías había fumado un cigarrillo. Además del asunto de la película, Marías había tenido conflictos con sus excompañeros de trabajo en Oxford, le atribuyeron la falsa esposa y el falso hijo que tenía el narrador de Todas las almas, etc. Negra espalda del tiempo se dedicaba a desmentir todas las falsedades que habían ido surgiendo alrededor de la obra anterior. Asimismo aparecían, como en muchas de las novelas de Marías, diversas estrellas invitadas: el profesor Francisco Rico, el dictador Francisco Franco, el escritor John Gawsworth, así como la historia del Reino de Redonda, del que Marías termina siendo monarca. Esta era, es, la mejor novela de Marías, así como su novela menos novela.
»En una alabadora crítica que publiqué después de la aparición de Negra espalda del tiempo, comparé la tríada de Marías (Todas las almas-El último viaje de Robert Rylands-Negra espalda del tiempo) con el trío de Cervantes (1ª parte del Quijote-Quijote de Avellaneda-2ª parte del Quijote). Según mi analogía, Todas las almas, igual que la primera parte del Quijote, era una novela acabada que sólo tuvo una continuación cuando otros se interpusieron entre la creación y su legítimo creador: Gracia Querejeta y Avellaneda. Por ello existían, existen, Negra espalda del tiempo y la segunda parte del Quijote, que desmienten y desautorizan El último viaje de Robert Rylands y el Quijote de Avellaneda. Tendríamos que estarles doblemente agradecidos a Avellaneda y Gracia Querejeta, concluía mi artículo. Por supuesto, mis comparaciones entre Marías y Cervantes no tuvieron éxito. ¿Cómo se me ocurría comparar al gran Cervantes con Marías, el escritor que fumaba y se reía de las gordas? Mi alabadora crítica fue olvidada antes que la obra de Marías: sombra de una sombra. 
»Ahora que se cumplen diez años de la muerte de Javier Marías, ahora que mi muerte también se acerca, intento por última vez con este artículo recuperar la memoria del olvidado Marías. Me aventuro, de paso, a explicar el porqué de su desahucio parnasiano. Por un lado, los juegos realidad-ficción lo convirtieron en un novelista incómodo: a la mayoría de los lectores no le gusta dudar de lo que lee; por el otro, su pasión por el tabaco y, sobre todo, su crítica constante de las gordas —sí, de las mujeres gordas— despertaron la ira de la opinión pública. Diversas organizaciones ecologistas y feministas criticaron las novelas, cuentos, ensayos y artículos de Marías en los que abogaba por fumar y despotricaba contra las gordas, "gordas infames" las llamaba. Cito un fragmento ilustrativo de Todas las almas: "Recuerdo que [en la discoteca] abundaban más de lo lógico las gordas con minifalda y rizos artificiales: había mesas ocupadas enteramente por grupos nutridos de nutridas gordas (lo que se llama gordas infames)". A la crítica progresista no le hizo ninguna gracia la burla de las gordas infames, a pesar de que el protagonista de la novela acabara manteniendo relaciones sexuales con una de ellas. Diez años después de la trágica muerte de Javier Marías —merecida, diría la crítica progresista— debemos reconocer que su obra ha sido obliterada y que nunca obtuvo el Nobel porque le gustaba fumar y reírse de las gordas."

domingo, 12 de julio de 2015

Cuarto encuentro con los Apocrifílicos (IV)

—Bueno, ¿me dirás dónde se han metido los demás? —le pregunté a Stanisław.

Ya eran las 17:25 y sólo estábamos él y yo en la reunión, ni rastro de Michalina y Honoriusz. Tampoco Stanisław soltaba prenda: en vez de contestar mis repetidas preguntas, me había empezado a contar cómo se habían conocido él y Michalina, no en Rumanía sino en Cracovia. Él había venido a buscar trabajo con su hermano y ella ya estaba de Erasmus, pero aún tardaron un año en conocerse. Durante ese tiempo, Stanisław estuvo hartándose de polacas, poniéndose las botas, empuercándose o atiborrándose de polacas; no sé muy bien cómo traducir la expresión que usó, "drowning in Polish pussy": ¿ahogándose en coños polacos? Las —y los— tuvo de todos los colores, medidas y edades, me contó. Era un don Juan, un Richard Gere, afirmó: les decía un par de frases en rumano, dos más en polaco, les enseñaba el muñón y al bote, me dijo; el resto, ya lo hacían en inglés. Pero para casarse prefería a una rumana: las polacas sólo para jugar, concluyó.

Su imagen desaliñada y su manera de ser no concordaban con su historia de follador de videoclip reggaetonero. No me molesté en decirle nada, cada cual tiene sus mitos.

—Quédate aquí, Gienek, voy a pedir —dijo Stanisław yendo hacia la barra.

No estábamos ni en Massolit ni en Café Szafé, sino en Coffee Cargo. Como todos los locales apocrifílicos, aquel era demasiado sofisticado para nosotros. Café de importación a precios muy elevados, clientela alternativa pero selecta: jóvenes empresarios, expatriados, padres primerizos aún con ansias de hacerse ver. La cafetería era una antigua fábrica o almacén con varios contenedores de carga en vez de habitaciones. Además, estaba justo al frente del edificio donde vivo. Al inicio de cada mes, suelo venir un par de días a buscar un café para llevar, recién molido y con aroma a café; el resto del mes, voy al supermercado de al lado, donde la máquina expendedora escupe un pseudocafé mucho más asequible.

—Aquí está. Qué lentos son sirviendo, ¡madre mía! Pero merece la pena la espera —dijo Honoriusz poniendo dos cafés sobre la mesa—. ¿Habías estado aquí antes?

Cuando vi y olí las dos tazas humeantes me di cuenta de la incongruencia. Soplé la mía y di un sorbo para poder preguntar:

—¿Por qué no estamos bebiendo compota? ¿Qué ha pasado? ¿Es porque no están Michalina y Honoriusz? ¿Dónde están? Di, ¿por qué bebemos café? ¿He hecho algo mal?

Stanisław tomó su taza entre las manos, olió y sopló, pero todavía no bebió. La volvió a dejar sobre el platito:

—Mira, Gienek, no vamos a obligarte a beber compota si no te gusta, si sientes un "odio secreto" hacia ella. Para nosotros, es una manera de sentirnos cerca de casa: la compota es algo que compartimos los polacos, rumanos, húngaros y otros países de la Europa Central y del Este. Pero nosotros no somos unos "aguafiestas", como te gusta decir, no te obligaremos a tomar más compota, no te preocupes.

—Vaya, lo siento —contesté con sentimiento de culpa mezclado con orgullo—. Veo que sigues leyendo mi blog. Es todo un honor.

—Sí, pero no te preocupes, soy el único: ni a Michalina ni a Honoriusz les interesa. A él, porque no puede leer español; a ella, porque sólo usa el ordenador para ver películas y series y hablar con sus padres. De hecho, probablemente yo sea tu único lector, apocrifílico o no. ¿Me equivoco? Seguro que no mucho. Pero me gusta leerte, no te creas, así aprendo un poco de español. Y te agradezco mucho que mencionaras, por fin, mi muñón, otrora invisible. Es todo un honor. Como agradecimiento te he traído a Coffe Cargo: aquí no tienen compota. En parte por eso íbamos normalmente a Massolit y Café Szafé, que sí tienen compota, la bebida apocrifílica por excelencia. Por eso y porque son lugares con pedigrí literario. Massolit es el sindicato de escritores de El maestro y Margarita. En Café Szafé se grabaron algunas escenas de bar de la adaptación cinematográfica de Pod Mocnym Aniołem, o Casa del Ángel Fuerte, una novela autoficcional del polaco Jerzy Pilch. Bastante buena, la novela, aunque la autoficción sólo es una excusa para el tema principal: el alcoholismo.

—Vaya, vosotros también hacéis los deberes. Pero ¿por qué hemos venido exactamente a Coffe Cargo?

—Este lugar no tiene ninguna relación con la literatura. Michalina y yo vivimos cerca, y nos gusta el café. Nada más.

—¡Qué casualidad, como yo!

—Sí, ya nos había dicho Honoriusz dónde vives. Recuerda que es el guarda de seguridad de tu gimnazjum.

—Bueno, ahora es exgimnazjum.

—Ah, sí, sí, ya lo leí. Por cierto, me pregunto si en España escribirías lo mismo. ¿Tendrías valor para criticar tu lugar de trabajo, sabiendo que tus compañeros y estudiantes podrían entender lo que escribes?

—No lo sé. Probablemente no. Pero alguna ventaja ha de tener ser un extranjero.

—Pero ya no podremos contactar contigo a través de Honoriusz.

—Bueno, para algo están los teléfonos, ¿no? Por suerte, esto no es un relato ambientado en la Cracovia decimonónica...

—¿Teléfonos? No me hables de ellos, te recuerdo que trabajo en un call center. Lo último que hago fuera del curro es prestarle atención a mi móvil.

—Qué exagerado eres. Que me manden un mensaje Honoriusz o Michalina. O mandadme un email a nuestro correo, apocrifilicos@gmail.com.

—Es verdad. ¿Y hemos recibido muchos emails?

—No, ni siquiera spam. Así de triste es nuestra no existencia. Pero he abierto un post en un foro sobre literatura, quizá nos echen una mano.

—A ver si funciona. Precisamente ahora, Honoriusz y Michalina están colgando los anuncios que hicimos hace un par o tres de encuentros. Por eso no están aquí. Como no apareciste en la segunda reunión y no habías dicho nada, desconfiamos de ti y no colgamos ninguno. No queremos traidores entre los Apocrifílicos.

—Entonces ¿hoy no hay reunión?

—Claro que sí, pero sólo estamos tú y yo.

—¿Y cuándo conoceré al tal Grezgorz?

—Gienek, no me interrumpas con tonterías. Tengamos la reunión en paz. Entonces, ¿comenzamos? ¿Leemos el Manifiesto? —hice un gesto indefinido con la cabeza—. Como quieras. Bueno, empecemos de una vez la vigésimo sexta reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos. Procedo a la lectura del Manifiesto Apocrifílico:
»Queridos hermanos y hermana de la Hermandad Apocrifílica:
»No me interrumpáis mientras evoco de nuevo mi primera experiencia apocrifílica, la semilla de la Hermandad, el porqué de mi gusto por lo apocrifílico. Pasé mi infancia y adolescencia en un pueblecito llamado Albeni, a unos 100km de Bucarest. Era un chico retraído y fantasioso, con cierta tendencia a desconectarme de la realidad. Mi educación, muy deficiente, no logró sino aumentar mi aislamiento. Por suerte para mí, los contactos del hermano de mi padre, policía en Bucarest, me permitieron entrar en la universidad. Fue allí donde poco a poco empecé a hacerme una idea del mundo. En mi primer año de Derecho, tuve que realizar grandes esfuerzos para ponerme al nivel de los demás. Fue en la asignatura de Derecho Romano en la que descubrí el poder de lo apocrifílico. 
»El primer día de clase, la profesora nos dijo que, además del examen final, tendríamos que hacer un trabajo. No olvidaré nunca el tema: el sistema contractual durante los años de la República romana. Aún olvidaré menos aquellas palabras que pronunció con un tono diferente, envolviéndolas en un aura de solemnidad: "hay que utilizar bibliografía". ¿Bibliografía? ¿Qué sería aquello? Para el pardillo de pueblo que entonces yo era, esa palabra resultaba ciencia infusa. Me llevó varias semanas reunir el valor suficiente para preguntarle a un compañero de clase qué significaba. Pues bibliografía significa libros, contestó.
»Aquella profesora hablaba a menudo del Corpus iuris civilis de Justiniano o Triboniano, no recuerdo bien: ya tenía el primer título de mi bibliografía, a pesar de que nunca lo había visto ni, por supuesto, leído. Aunque sabía de la existencia de las bibliotecas, todavía no había comprendido su esencia. Todo el mundo hablaba de libros, pero para mí los libros no eran más que palabras en el viento, entes tan vaporosos y distantes como dios, el gobierno, la URSS o el papa. 
»Asumiendo que nuestra profesora se había inventado aquel Corpus iuris civilis, decidí imitarla e inventar yo mismo el resto de libros de mi bibliografía. Los recuerdo perfectamente. Sistema contractual y tal de Abogadiano. Derecho romano en rumano de Panfilinio. Contratos romanos para rumanos de Tiburcio. Compendio de romanos derecho de Catilinus. Los cité en rumano, inglés y latín. Nunca había trabajado ni trabajaría tan duro, ni siquiera cuando descubrí los libros de verdad. Mi esfuerzo era sincero, puro: infantil.
»Obtuve un 7.
»Unas semanas más tarde, un amigo me llevó a conocer la biblioteca. Meses más tarde, descubrí Solaris de Stanisław Lem. En el segundo capítulo, el narrador describe el planeta Solaris, no directamente, sino a través de los solaristas: los expertos en Solaris, creadores de una abundante bibliografía, que "no habría cabido en la habitación en la que se hallaba". De algún modo, yo había llegado a la misma conclusión: mis falsos libros honoraban el Derecho Romano, lo convertían en algo mayor y mejor, igual que la inmensa falsa bibliografía de Lem sobre Solaris. Antes de que acabara el curso, abandonaría Derecho.
»Brindemos con nuestras compotas y comencemos.
A falta de estas, chocamos nuestras tazas de café.

—Muy emotivo, Stanisław. No sé por qué, pero lo recordaba peor, este Manifiesto Apocrifílico —dije—. Bueno, ¿y qué hacemos ahora?

—Gracias. No sé, ¿tienes algún libro apocrifílico nuevo?

—Pues no —contesté, y noté su decepción.

—¿Nada? ¿Falsas reseñas? ¿Autoficción? ¿Falsas biografías? ¿Falsos documentales?

—Nada de nada. ¿Y tú, no tienes nada nuevo?

—Tampoco.

—Pues vaya. ¿Y qué hacéis entonces? ¿Qué hicisteis en las veintitantas reuniones que me perdí?

—Pues mucho. Hablar de literatura apocrifílica, descubrir libros y autores, escribir el Manifiesto, sentar las bases de la Hermandad... y luego, charlar, para conocernos o para pasar el tiempo, como todo el mundo. Por ejemplo: ¿qué haces en tu tiempo libre? O: ¿Tienes hermanos o hermanas? O: ¿Te gustó Jurassic World? ¿Y la comida polaca? ¿Y las polacas? ¿Has ido a Rumanía? ¿Sabes bailar flamenco? ¿Y sardanas? ¿Estás aprendiendo polaco? ¿Qué estás leyendo últimamente? ¿Aprobaste tus exámenes? ¿Qué planes tienes para el verano? ¿Practicas deporte? ¿Qué tipo de música escuchas?

Me acomodé en la silla y le di un sorbo al café; empezaba a enfriarse, pero conservaba el aroma. Todavía tardé un poco en responder.

—Uno de mis músicos favoritos es Albert Pla, un catalán que canta en español y en catalán. ¿Te suena? No es conocido fuera de España; dentro, la mayoría lo considera un pirado, un yonki y/o un polemista. Uno de sus mejores discos, o como mínimo uno de mis favoritos, es Veintegenarios en Albuquerque. Había sido censurado años antes por la canción "La dejo o no la dejo", un supuesto enaltecimiento del terrorismo. El disco es un falso directo o falso concierto: grabado en un estudio con la colaboración de varios amigotes que pretenden estar actuando sobre un escenario. Tan falso como la acusación de apología del terrorismo.


—Vaya, no está mal —dijo Stanisław, sorprendido, mientras escuchaba la canción en mi móvil—. Pensaba que no traías ninguna novedad. Es música, pero algo es algo. En la Hermandad Apocrifílica no le hacemos ascos a nada: literatura, cine, música, arte, lo que sea. Aunque tengamos nombres polacos, somos mucho más abiertos.

—Pues deberías escuchar esto también —le contesté poniendo otra canción en Youtube—. Es un grupo de indie pop de Barcelona.

—No me digas: ¿más catalanes? Pensaba que el eslogan era "Catalonia is not Spain", y no "Spain is only Catalonia".

—Se llaman Love of Lesbian y la canción, "Club de fans de John Boy", de su disco 1999. En ella se habla de un falso músico, John Boy, un dublinés boreal, ambiguo y de infancia gris; su falsa música es genial, hay que escucharla en vinilo y todo. El narrador de la canción lo odia, pero va a un concierto y acaba convirtiéndose al johnboyismo. Mira, fíjate en el videoclip: aquí están los dos modernos corriendo, vaqueros y Converse, el chico va diciendo que no es un fan y que sólo va al concierto por ella, pero se le nota que también le gusta John Boy. Y al final resulta que John Boy es Love of Lesbian.


—No está mal: un falso concierto y un falso músico. Por lo que veo, a los catalanes también os gusta lo apocrifílico. Pero no esto de acuerdo con la interpretación de la canción: yo pienso que al chico acaba gustándole John Boy por la chica. Si va al concierto es por ella, porque le gusta la chica y no la música. Pero, claro, si la chica pone la música a tope cuando comen y cuando se excusa para hacer pipí o popó, cuando se reconcilian y cuando follan, cuando se despiertan y cuando van a salir de fiesta, pues es normal que el pobre chico se confunda. Pura ley de contigüidad, condicionamiento pavloviano. Eso no significa, por supuesto, que después no pueda gustarle la banda como a cualquiera. De hecho, a mí me ocurrió algo similar con Aurelia.

—¿Con Michalina? —confirmé.

—Sí, sí, con Michalina. Aunque entonces sólo la llamaba Aurelia. Yo estaba todavía bañándome en jugos vaginales polacos, y no pensaba ni por asomo abandonar aquellos mares. Tenía un trabajo de mierda en un call center, aún peor que el actual, pero era por las tardes, lo que me dejaba las noches libres para seguir haciendo el gamberro como había hecho en Bucarest tras dejar Derecho. Una noche fui con mi hermano a un encuentro de expatriados, que era donde echábamos el anzuelo a las polacas que aparecían por allí, intentando asimismo ellas pescar a algún extranjero. Aquella noche no tuve mucha suerte: hablé con dos o tres, pero había muchos americanos e italianos. Pese a la competencia desleal, no tiramos la toalla sino que seguimos tirando la caña. Todos los que aún teníamos marcha, abandonamos el sitio de la reunión y fuimos a Carpe Diem.

—¿Cuál de ellos? Hay dos Carpe Diem en Cracovia.

—¿Acaso importa? Era el de la calle Sławkowska, creo. Mi hermano y yo íbamos allí cada lunes: una pinta de cerveza valía 3.5zł, menos de 1€. Imagino que tú también ibas cuando eras estudiante de Erasmus: estaba siempre lleno de españoles, otra dura competencia. Solíamos rondar por la barra y las mesas, en busca de ganado polaco; cuando echábamos el lazo, las llevábamos a la pista de baile. Pero aquella noche, aquel lunes ya martes, no tenía suerte. Mi hermano se fue a casa y me quedé sin wingman. A partir de cierta hora es bueno aceptar la derrota y retirarse. Me tomé algunos vodkas más de la cuenta y persistí. Apenas era capaz de hablar inglés con las que me parecían polacas. Fui al lavabo a vomitar, dando tumbos como un loco que regresa a su celda. Tuvo que venir el segurata a sacarme de allí, me había quedado dormido, abrazado a la taza del váter. El portero me obligó a enfilar el pasillo que llevaba a las escaleras que conducían a la calle, pero de fondo oí una canción, venía de la pista de baile: "Rock and Roll" de Led Zeppelin, mi canción favorita, me zafé del gorila y me escabullí de nuevo hacia el pasillo y desaparecí en la pista entre la poca gente que quedaba en pie, moviéndose más que bailando. Supongo que el segurata no me siguió o me perdió el rastro, nadie impidió que me pusiera a bailar como un loco, importándome un comino si me follaba o no a una polaca, bailoteando en medio de aquellos maniquíes, sin pensar que el día después debería enjuagar la garganta antes de coger cada llamada, "It's been a long time, been a long time", para que no se me notara la voz resacosa, "Carry me back, carry me back", acabé en el suelo pataleando y dando vueltas como una tortuga boca arriba, "Open your arms, open your arms", todo el mundo piensa que cuando vives en el extranjero vives como un rey, tenía los ojos cerrados, gritaba la canción como un poseso, tres minutos de furor, hasta que alguien tiró de mi brazo, el brazo del muñón. 

»"Oye, borracho, levanta, que vienen a por ti", me dijo la chica. Me habló en rumano, no la había visto nunca. Salimos de Carpe Diem antes de que el segurata me alcanzara. Ya fuera, me dijo: "También es mi canción favorita, ¿sabes?", me soltó el brazo del muñón y se fue. Acababa de conocer a Aurelia, a Michalina.

sábado, 4 de julio de 2015

Bib(L)iografía

Mi único rito o vicio en Cracovia es peregrinar a la biblioteca. Cada dos o tres semanas, me doy una vuelta yo solo por Rynek, tomo la calle Grodzka y me acerco al Instituto Cervantes a devolver los tres libros que dejan sacar. Aunque la Biblioteca Eduardo Mendoza es pequeñita, me basta: literatura española, hispanoamericana, polaca e incluso catalana, además de otros géneros.

No voy a ponerme romántico diciendo que paseo absorto entre las estanterías de anaqueles combados, ni que mis manos acarician los lomos de los libros antes de desnudarlos, ni que mientras los hojeo las yemas de mis dedos subrayan en la celusosa lo leído. No: los preliminares literarios no son lo mío. Además, este es un lugar funcional y casi aséptico, blanco y rojo Ikea; las polvorientas páginas no sugieren nada más que el alarmante déficit de lectores. No es una biblioteca-templo sino una biblioteca-dentista. ¿Hay algún sitio mejor para leer que una tranquila sala de espera? La dentista-bibliotecaria no te da una piruleta, sino tres libros; de propina, puedes hojearlos en una cafetería cercana.

Cuando me fui a vivir a Barcelona, la primera biblioteca que pisé fue la de la Universitat Pompeu Fabra. No por nada en particular: estudiaba Humanidades allí. Situada debajo del patio de Jaume I, era una auténtica biblioteca-guardería: ruidosa, llena de postadolescentes o preadultos, yo incluido. Imposible estudiar o leer, especialmente en verano, por el ruido y las hormonas. Pero, si la cruzabas y dejabas atrás las mundanales impurezas de la vida universitaria, llegabas al Dipòsit de les Aigües, la verdadera biblioteca-templo, sólo al alcance de los que habían logrado posponer la impostergable tentación de la carne. Tenía la ambientación monacal necesaria para que los estudiantes respetaran el silencio, aunque aquel edificio no había sido sino un depósito de agua.

Cuando empecé a explorar la ciudad y, sobre todo, a hartarme de la biblioteca de mi universidad, fui descubriendo las municipales. La que más cerca me quedaba de mi piso de l'Eixample era la Joan Miró, situada en el parque homónimo. Nunca leí nada dentro, pero pasé muchas horas fuera, sentado en algún banco de aquel oasis barcelonés. Me distraía viendo a los niños jugar, los perros correr y las jóvenes pasar. Cuando me cansaba, me volvía a meter en l'Eixample y tomaba una cerveza en algún bar —aún sigo pensando que los de l'Eixample son los mejores de Barcelona—, donde continuaba leyendo. Este es, supongo, el origen de mi rito o vicio de peregrinar a las bibliotecas, a pesar de que la Joan Miró me quedaba a apenas diez minutos andando, quince si me perdía por la laberíntica retícula de Cerdà.

Pero, como todo, aquella biblioteca tenía sus límites. Afortunadamente, claro. Los límites de mi biblioteca son los límites de mi mundo, y, si no se ensanchan aquellos, estos tampoco. Poco a poco, fui descubriendo realmente las bibliotecas y los barrios de Barcelona. En l'Eixample aún me quedaban las futuristas Agustí Centelles y Sagrada Família. Con la bici comencé a investigar Sants: en la Vapor Vell empecé a leer el insufrible Don Segundo Sombra. Y, claro, Ciutat Vella: al lado de la carca Biblioteca Nacional de Catalunya estaba la municipal de Santa Pau-Santa Creu, mucho más humana, donde descubrí a Michel Houellebecq y su Plataforma. Quizá fue la influencia de esta biblioteca lo que me llevó a vivir en el Raval, desde donde pedalearía a la Andreu Nin (Mortal y rosa) y a la Francesca Bonnemaison (Entrevistas breves con hombres repulsivos), con el 15-M como música de fondo. Cuando tomaba clases de polaco en Gràcia, frecuenté la Jaume Fuster y la Vila de Gràcia. Mi trabajo en una tienda de la Zona Franca me llevó a la Francesc Candel, donde su aire acondicionado me refrescaba antes o después de trabajar. Dejé muchos recuerdos en aquellas bibliotecas barcelonesas, pero también muchas sin visitar; son el anzuelo para volver algún día.

Sin embargo, la biblioteca más importante de mi etapa en Barcelona estaba en Badalona. En la biblioteca de la Escuela Oficial de Idiomas de la ciudad, trabajé como bibliotecario durante un curso, el último antes del Erasmus. Era una biblioteca muy pequeña, del tamaño de la de Cracovia, pero también me bastaba: literatura en inglés, francés, alemán e italiano. No era una biblioteca-dentista sino una biblioteca escolar. Mi función era igualmente muy distinta: ordenar, prestar y recibir libros, dar los nuevos de alta, abrir y cerrar la biblioteca, exigir silencio y poco más. En resumen, el mejor trabajo que nunca he tenido: pasaba la mayor parte del rato leyendo, estudiando, escribiendo y/o navegando por Internet. Hablo de esto como si hiciera una eternidad, pero apenas hace tres años; aunque el cambio de residencia y de profesión y la vida en pareja los multiplican por dos. Pero, de hecho, escribí en este blog sobre el silencio y la metafísica bibliotecarios, sobre la fauna bibliotecaria y un último post de despedida bibliotecaria. Los releo con nostalgia y algo de vergüenza ajena, como si fueran fotos de la adolescencia.

Y hablando de la adolescencia, si salto en el tiempo y en el espacio a los años anteriores, no encuentro ninguna biblioteca relevante en mi vida en Girona. Ya he dicho que mi rito o vicio comenzó más tarde en Barcelona. En Girona, en cambio, tenía otros ritos o vicios, aparentemente ajenos a la literatura: los videojuegos, la música, los cómics. En la mayoría de ellos fui pasivo y activo, es decir, vi, leí o escuché pero también quise crear. Así como ahora leo y quiero escribir, antes también escuchaba música y trataba de hacerla, leía cómics e intentaba dibujarlos, incluso hice alguna tímida incursión en el mundo de los gráficos de videojuegos. Con los años he ido abandonando totalmente lo activo, no completamente lo pasivo. Mi cuarto en Girona sigue lleno de tebeos, juegos de ordenador y discos de música.

Después de esta arqueología memorística, me parece haber desentrañado la semilla de mi rito o vicio bibliotecario. Aunque en aquella época le tenía una alergia crónica a las bibliotecas, cada semana visitaba, sin saberlo, una. Con mi padre, pasábamos una hora o más todos los viernes por la tarde en una tienda de cómics de Girona, Còmics 22. Con la propina semanal que mis padres me daban —200, 300, 500 pesetas—, compraba un tebeo de Spiderman, X-Men o Bola de Drac, preferiblemente. Pero, como me sucede hoy en día, me tiraba una eternidad hojeando todos los que podía, mientras mi padre esperaba estoicamente a que el niño se decidiera. La elección no era fácil: ahora puedo llevarme tres, entonces sólo uno. El cómic que eligiera debía tener un argumento interesante y estar bien dibujado; en general, había mucha sangre, muertes y conspiraciones. En alguna escapada a Barcelona, mi padre me había llevado al Saló del Còmic y al Mercat de Sant Antoni. El presupuesto entonces era algo mayor, pero también la oferta. Había que mantener el equilibrio entre el rito y el vicio.

En Cracovia, he conocido a bastantes inmigrantes —o expatriados, que suena mejor— y cada cual tiene su estrategia para combatir el desarraigo. Muchos recursos arraigantes están relacionadas con la comida: comerse un buen asado, los argentinos; los mexicanos, echarle chile a cualquier alimento; un poco de baklava para los turcos. Otros, con la lengua: un grupo de españoles creó un grupo (Mówimy po Hiszpańsku) para encontrarse con españoles y polacos que quisieran practicar la lengua; no acabo de entenderlo, los españoles en el extranjero sienten una potente atracción natural, innata, por juntarse sólo con otros españoles, sin la necesidad de grupos ni otras gaitas. Las reivindicaciones políticas unen a los ucranianos, los catalanes o los griegos. El fútbol es otra fuerza aglutinadora y patrificante, sea la Copa América, la Eurocopa o el Mundial. La religión, siempre presente, no podía ser menos (algún día escribiré algo sobre los viscosos tentáculos de los testigos de Jehová, que pueden llegar hasta cualquier hogar cracoviano en cualquier idioma).

Yo, en las situaciones de extrema nostalgia, por ejemplo tras escribir un texto como este, peregrino a una biblioteca.