domingo, 26 de junio de 2016

Mateorías (9)

(Capítulo 9 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Nueve

Siempre he odiado a la gente que llega tarde, pero el 26 de febrero de 2013 fui yo quien llegó tarde al Barça-Madrid. Me odié mucho, porque Mateo me había avisado con antelación, recordándome varias veces la hora (21:00) y el bar donde veríamos el partido, y porque me apetecía socializar con él fuera de la academia de español. Sin embargo, la mudanza se complicó de manera imprevista y llegué tarde, muy tarde. O quizás fue por culpa de Facu. O de mi horario de estudio y de trabajo. O de mi tacañería. O del tranvía. O de la nieve. O del Vístula. O de la mala suerte. O del perro que se me comió los deberes. O de todo a la vez: la conspiración de la vida contra la puntualidad.

La excusa es el género literario primigenio, el origen de la novela.

(Si el lector también odia las excusas de los tardones, puede saltárselas y leer mi llegada al bar 19 párrafos más abajo.)

Cuando encontré un pequeño estudio adecuado a mis necesidades —un cuarto propio— y a mis limitaciones económicas, traté de planificar la mudanza. Febrero estaba llegando a su fin y, a menos que quisiera pagar otra mensualidad, debía abandonar muy pronto la habitación del Hotel Piast. Además, la buena y relajada vida de goliardo en Cracovia ya había acabado para mí: por la mañana era estudiante de rabelais y por la tarde, profesor de español; de noche, solo dormía; en sueños, escribía. Resultado de la ecuación: aquel martes 26 de febrero por la tarde, después de trabajar, era el único hueco libre en mi tupida agenda.

Convencí a Facu de que dejara durante un rato el World of Warcraft para echarme una mano con la mudanza, pero el lector inteligente no se sorprenderá demasiado cuando lea a continuación que, al regresar al Hotel Piast, encontré el cuarto vacío. Facu se había deshecho de mí sin muchas excusas; solo una nota: "Javier, he quedado con mis amigos para ver el partido, no olvides llevarte todos tus libros". En su breve mensaje identifiqué, como era habitual en él, una verdad y una mentira. En pocos meses de vida cracoviana, había acumulado muchos libros —los que había traído de Barcelona (incluidos unos ejemplares de mi novela con seudónimo) y los que había comprado en Cracovia y sacado de la biblioteca de la Universidad Jaguelónica—, dispuestos en un muro que buscaba separarme de Facu. El profesor Yono Leo podía estar satisfecho de mí ya que, aunque no escribía nada, leía sin parar. No obstante, la presencia de tantos libros, unida a la ausencia de Facu, alargaba la mudanza: además de fuerza física, este tenía un par de maletas enormes que podrían haber llevado más trastos. Como a aquellas horas ninguno de mis amigos (pocos) querría ayudarme (estarían a punto de ver El Clásico), necesitaría hacer como mínimo dos viajes.

Llamé a Mateo, pero su móvil estaba desconectado. Le mandé un mensaje: "La mudanza se ha complicado. Llego tarde, lo siento. Culpa de Facu, el de La Cabeza".

El Hotel Piast (A) estaba al noroeste de Cracovia, a unos treinta minutos andando del centro; mi nuevo piso (B) quedaba en las antípodas: en Podgórze, un barrio al sureste, a otros treinta minutos a pie del centro. En total, más de una hora caminando de A a B una sola vez, por lo que debía encontrar un medio de locomoción más eficiente. Sopesé la posibilidad de pedir un taxi pero, como igualmente tendría que hacer un par de viajes, lo descarté; no pude evitar acordarme de todos los chistes de catalanes de Mateo. Comprobé por internet cuál era la ruta más rápida con tranvía: la línea 24 salía cerca del Hotel Piast (A), rodeaba el centro de la ciudad y llegaba a Podgórze (B) formando un elegante sombrero ladeado.

Llené mis dos maletas de ropa, libros y otros enseres y salí a la calle. No nevaba, pero Cracovia estaba cubierta de blanco y hacía frío. La nieve crujía bajo mis pies y las dos maletas avanzaban sin ganas. El invierno de 2012-2013, mi primer invierno cracoviano, fue largo y gélido, pero sobre todo oscuro; aquella tarde anochecida, el fútbol había vaciado las calles más de lo habitual. Mientras esperaba en la parada (A), observé el rastro de mi avance en la nieve: las huellas de mis botas flanqueadas por las marcas de las rueditas, una cenefa que bien podía ser la bandera de algún país olvidado. El tranvía 24, de la misma época que el Hotel Piast, no tenía calefacción: hacía más frío dentro que fuera. Me dije que aprovecharía las dos horas de ir y venir en tranvía para escribir un poco, así que saqué el móvil y empecé a tomar nota de cuanto veía por la ventana; aunque quizás no podría escribir un relato para De mí me río, como mínimo tendría unos buenos apuntes para ambientarlo. Me quité el guante de la mano izquierda y tecleé:

Pasa la calle Karmelicka, edificios grises y envejecidos, algún puticlub encubierto, tiendas cerradas, soledad. Planty, el parque que circunvala el centro, es el cinturón verde de Cracovia, aunque ahora es más bien marrón y blanco; dos vagabundos bebiendo, rojos de frío y alcohol y cólera, los desposeídos, los únicos habitantes del invierno infierno. El edificio de Correos señorea la esquina aristocrático, austrohúngaro, burocrático: gris. Paramos al lado, empieza a nevar: blanco sobre gris, son las cartas sin sello del cielo, la correspondencia ángeles-humanidad. Primero nieva poquito, después poco y luego mucho y en seguida muchito. Mierda. Nieva muchísimo. Cruzamos un puente sobre el río Vístula y no se ve el río: solo nieve y nieve, una cortina de nieve, o mejor una persiana. Nieve, nieve, nieve. Mierda, mierda, mierda.

Cuando el tranvía llegó a la parada de Plac Bohaterów Getta (B), borré los apuntes de mi móvil (aunque ya les había puesto un título bailarín: "Mudanza en la nieve") y volví a enguantar mi zurda, medio congelada. Pensé que debería comprarme una pequeña libreta de notas: no solo podría escribir con guantes, sino que arrancar las páginas y tirarlas arrugadas al suelo tendría un efecto mucho más dramático que hacer un par de clics en la pantalla táctil. En cualquier caso, estaba claro que yo no era un descriptor de paisajes urbanos.

A mi derecha quedaba Plac Bohaterów Getta, la Plaza de los Héroes del Gueto, nombrada así en honor de los que sufrieron las persecuciones y asesinatos de los nazis. Esto no me lo contó el dudoso Facu sino la mucho más fiable Wikipedia. Durante la ocupación alemana, aquella plaza era la frontera con el gueto judío. Ahora había decenas de esculturas de sillas: simbolizaban o recordaban a los judíos que esperaban antes de ser trasladados a. Una mudanza muy diferente de la mía, pensé. Bajo la luz de las farolas, las sillas negras contrastaban sobre el blanco suelo, aunque los asientos empezaban a cubrirse de nieve. Me di prisa por llegar a mi nueva casa; entré, vacié las dos maletas y salí.

El tranvía de regreso al Hotel Piast (A) no tardó en aparecer. Decidí dejar el móvil en mi bolsillo y los guantes en las manos. La nieve seguía cayendo, aunque había mejorado la visibilidad, o simplemente tenía la vista acostumbrada a la oscuridad. Volvimos a cruzar el río y esta vez sí pude verlo: estaba congelado. Las aguas no se movían bajo una gruesa capa de hielo. O quizás solo era una fina mortaja de nieve y suciedad. No estaba muy seguro. ¿Podía congelarse un río tan caudaloso como el Vístula? ¿No iba eso en contra de alguna ley de la física? El vagón estaba casi vacío, tan solo había un vagabundo. Le presté atención porque en mi novela con seudónimo los indigentes tenían un papel importante; más concretamente, eran pordioseros oxonienses, de Oxford, la sofisticada ciudad donde tenía lugar mi novela fracasada. Los había descrito como "hoscos y fieros y enormemente borrachos", casualmente como los que me encontraba casi a diario en Cracovia, y también había escrito que "los únicos que vagan por la ciudad, como yo, eran los pordioseros más violentos y más desesperados y más inactivos y más borrachos". Cómo son las cosas de la literatura y la realidad: años atrás me había inventado por escrito a unos vagabundos oxonienses que ahora resultaban ser cracovianos. Todo esto y más escribí en mi novela con seudónimo. Más adelante hablaré de ella y de su argumento. Por lo que hace al espécimen del tranvía, estaba tumbado sobre dos asientos, recostado en la ventana y dormitando; tenía un rostro rojo enfermizo, una lata de cerveza en el regazo y un aura de héroe y de hedor. Había cientos o miles como él en Cracovia. Aunque no eran exactamente vagabundos ni indigentes ni sin techo; la lengua polaca tenía una palabra para ellos: żul. Un żul es un alcohólico que pulula alrededor de las tiendas de alcohol, los alkohole, y que si pide dinero es para beber; aunque eran algo violentos, brutos o agresivos, también parecían muy libres, una libertad sin un ápice de romanticismo. Me imaginé hablando con el żul del tranvía: intentaba preguntarle en polaco si el Vístula estaba helado y luego él me contestaba que a él no le gustaba el helado, yo le decía que, si nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, ¿qué pasa cuando se hielan?, y él me respondía que su exmujer preparaba la mejor col fermentada de Cracovia, etcétera. Ya había vivido demasiadas escenas absurdas y no me apetecía repetir, así que continué ventaneando. En Kazimierz había pequeños montones de nieve que la gente había ido apartando para despejar las calles; pilas grises, mezcla de nieve y basura, endurecidas por el frío, que jalonaban Cracovia con regularidad. Eran los mojones de la ciudad. El clima invernal les impone a los polacos un estilo de vida muy particular, razoné, sin percatarme de la obviedad de mi pensamiento. Propensión al carácter huraño, quejica y depresivo, largas reclusiones en casa y alcoholismo eran los síntomas más evidentes para un observador externo e ingenuo cualquiera (yo). También existía una profesión que en los países más cálidos no tenía sentido: las personas que quitaban la nieve de los tejados para impedir que cayera sobre los peatones y los descalabrara; los quitanieves se subían al techo y con una escoba tiraban la nieve a la calle (debidamente señalizada para evitar los accidentes que precisamente se querían prevenir).

De camino a la residencia de estudiantes (A), vencí la tentación de anotar en mi móvil estas reflexiones literarias y pintorescas (título: "Memorias del tranvía"). La habitación seguía vacía, así que entré sin quitarme las botas. Llené de nuevo las dos maletas; por suerte, el resto de mis cosas cupo dentro. Mi parte del cuarto había quedado completamente desalojada, como si nunca hubiera vivido allí. Le dejé un mensaje de despedida a Facu y la moqueta embarrada, aunque supuse que no advertiría ni una cosa ni la otra.

Desde el tranvía hacia Plac Bohaterów Getta (B), traté de llamar por teléfono a Mateo y le envié otro mensaje: "Continúo la mudanza, queda poco". Me estaba hartando ya de repetir aquel recorrido, pero pronto dejaría las maletas en mi piso y me iría —en tranvía, por supuesto— a ver la segunda parte del Barça-Madrid con Mateo y sus colegas. Aunque aquel tranvía 24 parecía el de antes, en seguida noté una diferencia: la calefacción funcionaba. Quizás el conductor se había apiadado de mí; me acordé del chiste de los catalanes y el frío. Vi por la ventana cómo la parada de Plac Bohaterów Getta (B) se aproximaba; el tranvía paró y las puertas se abrieron y cerraron; las sillas nevadas se alejaron detrás del cristal. Seguí observando mientras continuábamos la ruta hacia el sureste de Cracovia; el ala derecha del sombrero se prolongaba más allá del punto B. Identifiqué algunos de los lugares que ya había visitado —el cementerio de Podgórze y los restos del campo de concentración de Płaszów—, pero en seguida nos adentramos en territorio desconocido. Fuimos dejando atrás paradas, calles y edificios nuevos para mí, y sin embargo todo me resultaba familiar: igual que el extrarradio barcelonés donde me crié. En uno de los pisos me pareció reconocer una cara tras la ventana. ¿Era Yono Leo? No, no, era imposible y muy inverosímil que consiguiera distinguirlo con tanta oscuridad. Al final del trayecto (Kurdwanów), el tranvía dio la vuelta sin esperar y regresamos. El cristal me mostró de nuevo los mismos lugares, tan extrañamente familiares como a la ida. No me costó convencerme de que quien me sonreía desde una ventana del edificio con aspecto suburbano era efectivamente Yono Leo. Cuando iba a saludarlo, descubrí a Facu junto a él, haciéndome una peineta. Su corazón erguido parecía decirme adiós. Volvimos a pasar por Plac Bohaterów Getta (B) y cruzamos el Vístula, pero en esta ocasión no pude comprobar si en verdad estaba congelado; no podía levantarme, mi culo estaba pegado al asiento. El żul de rostro rojo y enfermizo se me acercó y me dijo en perfecto español que se me había helado el trasero y que sí, que nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, incluso si están helados, y me puso una col en las manos.

Me desperté de una cabezada contra la ventana. El reloj del móvil me confirmó que solo habían sido unos pocos minutos de sueño. Había algunos pasajeros más en el vagón, pero ningún żul. Verifiqué que le había enviado el mensaje a Mateo y que me podía poner de pie. Ya estábamos en el puente, a punto de llegar a Plac Bohaterów Getta (B), pero preferí no mirar el río. Me asusté: ¿qué pasaría si me dormía y no me presentaba en el bar? ¿Y si de verdad me quedaba en el tranvía hasta el final del trayecto? ¿Y si al ir hacia el otro lado no me bajaba en el Hotel Piast (A) y seguía hasta el ala opuesta del sombrero? ¿Y si continuaba yendo y viniendo? ¿Y si no volvía jamás a estudiar en la universidad ni a enseñar en la academia? ¿Y si no regresaba a Barcelona? ¿Quién me echaría de menos? ¿Cuánto tardaría en convertirme en un żul de rostro rojo y enfermizo? ¿Cuándo brotaría de mí un aura de héroe y de hedor? ¿Me transformaría al final en uno de los mendigos hoscos y fieros y enormemente borrachos que había incluido en mi novela con seudónimo y luego había encontrado o reencontrado en Cracovia?

Las sillas de la Plaza de los Héroes del Gueto (B) estaban casi totalmente cubiertas de nieve. Mis dos maletas estaban hartas de avanzar; las levanté y me apresuré cuanto pude. Abrí la puerta del piso jadeando y las dejé tal cual en el recibidor y me fui.

Tomé de nuevo el tranvía 24, aunque esta vez ya no me bajaría en la parada del Hotel Piast (A) sino antes, en Poczta Główna (C) o Correos, cerca del bar donde había quedado con Mateo y sus amigos. Este seguía sin coger el teléfono ni contestar mis mensajes; ¿estaría enfadado conmigo? Todavía nevaba, pero parecía que menos. Al pasar por encima del puente, volví a mirar el río: quizás estaba congelado, quizás no, quién sabe. Lo observé fijamente durante un buen rato, pero no logré llegar a una conclusión, todo estaba muy oscuro. Tampoco es tan importante la verdad, pensé, qué más dará si el río fluye o no, si vamos a dar en la mar o nos estancamos. Solo pasados varios minutos, cuando se oían unos bocinazos y algunos pasajeros se inquietaban, me di cuenta de otra verdad: era el tranvía lo que no se movía. Estábamos parados sobre el puente. Detrás de nosotros había unos cuantos coches; delante, dos tranvías también detenidos (los tres juntos formaban un tren). Le pregunté a un chico si hablaba inglés, dijo que no, le pregunté en polaco qué estaba pasando o qué le pasaba a él, me contestó que había problemas técnicos o que él tenía problemas o que habían atropellado a alguien.

Me senté otra vez y me relajé. Me quité el guante izquierdo, saqué el móvil del bolsillo y le escribí a Mateo: "Mudanza acabada, pero hay problemas en el tranvía. Llegaré aún más tarde. ¿Cómo van?".

Aproveché la situación para leer en internet un poco sobre fútbol. Google me redirigió a la Wikipedia y empecé a leer con desgana. Aunque a mí el fútbol ni me va ni me viene, mis pocos amigos y conocidos de Cracovia creían que era un experto y un forofo del Barça. No me atrevía a confesar que en verdad me importaba tanto como la cerámica turca o el waterpolo. Además, el fútbol era muy útil para discutir con Mateo y para charlar con mis estudiantes y compañeros rabelais; era un agente socializador. Para documentarme, solía leer cada día los titulares de la prensa deportiva, especialmente sobre el Real Madrid y el FC Barcelona.

Mi móvil me decía que en la temporada 2012-13 el Barça estaba haciendo muy buen papel. Iba el primero en la Liga BBVA a pesar de que Pep Guardiola, su anterior entrenador y santo local, se había largado al Bayern de Múnich. Gracias a su estrella galáctica, Cristiano Ronaldo, el FC Barcelona se estaba manteniendo al mismo nivel que en la Era Guardiola; a mucha distancia del astro portugués, orbitaban el resto del equipo, más allá el cuerpo técnico y bien lejos la fiel afición barcelonista. Sin embargo, en la Champions League se les habían complicado un poco las cosas a los blaugranas: en octavos de final habían perdido 2-0 contra el Milan, por lo que en el partido de vuelta tendrían que apelar a la épica (unos días después, en marzo, apelarían 4-0). En cuanto a la Copa del Rey, los culés estaban en semifinales; precisamente aquel 26 de febrero de 2013 estaban jugando la vuelta contra el Madrid; nada estaba decidido, porque a la ida habían quedado 1-1 en el Santiago Bernabéu. Por su parte, el Real Madrid tampoco lo estaba haciendo mal: iba segundo en la Liga, aunque a bastantes puntos del Barça, jugaba la vuelta de la semifinal de la Copa del Rey y en octavos de la Champions (aún tenía que ganar al Manchester United). En la campaña de 2012-13, el técnico de los merengues todavía era el polémico José Mourinho, aunque sería su último año en Madrid; el mejor jugador blanco era, indiscutiblemente, el crack argentino Lionel Messi, archienemigo de Cristiano Ronaldo.

En la versión en línea del Marca, logré encontrar el marcador del partido de la Copa del Rey: en la segunda parte, el Madrid ganaba 0-3 con dos goles de Messi y uno de un francés cuyo nombre no me decía nada. El primero de Messi había sido de penalti (minuto 9), tras una falta de Piqué, y enmudeció al Camp Nou; en el minuto 57, aprovechó el rechazo blando de un disparo de Di María para perforar sin titubeos la red azulgrana; el gol del francés fue después, de cabeza. Además, unos hinchas del Madrid le habían tirado una bengala a la afición azulgrana. Quedaban pocos minutos para terminar el partido, pero era evidente que el Barça caería eliminado.

El tranvía se puso por fin en marcha. Cruzamos Kazimierz —era mi cuarta vez— y pocos minutos después me bajé en Poczta Główna (C). Me apresuré hacia el bar acordado, dejando unas firmes huellas sobre la nieve. Aunque no me importaba lo más mínimo la derrota blaugrana, tenía que preparar mi reacción cuando me dieran la mala noticia. Decidí simular que desconocía completamente el resultado del partido, así todo sería más dramático. Aparte de ensayar el enfado por haberme perdido el partido, practiqué en la oscuridad mi cara de derrota e imaginé una excusa de mal perdedor para justificar la debacle barcelonista (¿el árbitro?, ¿el cansancio de los culés?).

Llegué al bar más de media hora después de que terminara el partido. Al abrir la puerta, traté de ubicarme: al fondo a la derecha, junto a la barra, las mejores vistas de la televisión. Había un grupo de gente en el lugar indicado, pero mi escaneo no detectó a Mateo ni a nadie que pareciera español o extranjero en aquella mesa.

—Hola. ¿Sois amigos de Mateo?

—Creo que ya no —contestó uno: era el profesor mexicano—. El muy pendejo se peleó.

—¿Qué dices? ¿Ha remontado el Barça?

—Qué va, quedaron 1-3. Dos goles de Messi y uno de un francés para el Madrid. Y Jordi Alba marcó el del honor.

Me olvidé de representar mi teatro futbolístico; ni cara de sufrimiento y amargura ni despotrique contra el Madrid y los árbitros ni nada. El mexicano me presentó a los de la mesa: un gringo, un polaco y una polaca, una uruguaya y una checa. Todos vivían y trabajaban en Cracovia de esto o de lo otro, excepto la checa, que era una rabelais.

—¿Entonces? —interrumpí las presentaciones—. ¿Por qué se ha pegado? ¿Con quién?

—Bueno, parece que un polaco le pidió un cigarro a Mateo...

—¿Y está bien?

—Lo que pasa es que ha bebido demasiado y ha armado una bronca.

—Se empedó bien el gallego.

—Muy gallo el gallego.

—Pues resulta que el polaco le ha pedido un cigarro y a Mateo no se le ocurre nada mejor que contestarle: no tengo un cigarrillo, pero tengo un buen puro para ti. Y se ha tocado el paquete —se tocó su propio paquete para que comprendiera.

—No tengo un cigarrillo, pero tengo un buen puro para ti. ¡Vaya mateoría!

—Al polaco no le pareció tan divertido...

—Pero hay que reconocer que Mateo lo ha dicho en perfecto polaco.

—Está bien loco el Mateo. El Madrid iba ganando ya 0-2. Solo buscaba camorra.

—El polaco se le ha tirado encima.

—Nos ha costado lo suyo separarlos.

—Pero Mateo no ha resistido mal.

—Y después de la pelea se ha largado sin decir nada.

—¿A dónde? Le he mandado varios mensajes y tampoco contesta las llamadas.

El mexicano se encogió de hombros y me mostró un teléfono:

—Es su móvil, se lo dejó aquí. Supongo que se fue a casa. Vive aquí cerca.

Me explicó dónde estaba la casa de Mateo (D); cogí su teléfono y me fui sin despedirme, como si acabara de dejar las dos maletas en mi nuevo piso.

No conocía muy bien aquella parte de Cracovia porque, aunque quedaba cerca del centro, no era un lugar frecuentado por turistas ni rabelais. No nevaba pero hacía un frío que pelaba. Estuve unos minutos dando vueltas en la oscuridad, con la esperanza de que la siguiente calle que saliera a mi paso fuera la de Mateo. Pero no: estaba perdido en un laberinto de edificios avejentados y funcionales que no merecían mi atención de descriptor de paisajes urbanos ni en aquel momento tan tenso ni cualquier otro día. En la mayoría de pisos estarían durmiendo ya, en algún sótano húmedo una joven pareja estaría copulando sin mucho entusiasmo, un hombre le estaría gritando a su esposa y los vecinos harían oídos sordos... Por suerte para mí y para el lector poco amante de los dramatismos innecesarios, en las novelas del siglo XXI los personajes tienen móviles con internet, incluso si no están viviendo en su país. Me desenguanté la zurda, saqué mi teléfono del bolsillo y escribí la dirección de la casa (D) en la aplicación de GPS. Gracias a sus indicaciones, fue fácil dar con el camino correcto.

Yendo hacia el punto D, encontré a Mateo sentado en un banco. Se sujetaba la cabeza con la mano derecha y tenía la izquierda apoyada en la rodilla, como un pensador de Rodin ebrio y derrotado. Una farola antediluviana enfatizaba el patetismo de la escena y, además, permitía ver con claridad una mancha grumosa y de color anaranjado que se esparcía amorfamente sobre el suelo, el banco y parte del zapato izquierdo de Mateo; el resto de su persona estaba limpio, excepto alguna salpicadura; supuse que, antes de quedarse dormido o mientras dormía, había tenido reflejos suficientes para proyectar hacia la izquierda su vómito. En el banco, a la derecha de Mateo, una cartera abierta, sin salpicaduras y sin dinero; por suerte para él, los documentos todavía estaban dentro.

—¿Eres tú, Marta? —me dijo Mateo sin moverse—. ¿Marta? ¿Estás ahí?

—No —contesté, desconcertado—. Soy yo.

Con mucho esfuerzo, logró levantar la cabeza y abrir un poco los ojos. Le mostré su móvil y lo moví de un lado al otro delante de sus ojos; le costó bastante cogerlo.

—No me jodas, catalán. Os hemos dado para el pelo, 1-3, dos goles de Messi —hablaba con una fluidez sorprendente—. Menuda vomitona. Bueno, solo me he potado un poco el zapato. La última vez que vomité fue hace dos años y me pusieron una multa de 400 złotych. Casi 100 euros por echar la papa, ¿qué te parece? Estábamos celebrando una despedida de soltero y serían ya las diez de la mañana. Tan borrachos íbamos que no se nos ocurrió otra cosa que ir al Castillo de Wawel a seguir bebiendo. Has estado, ¿no?, cerca del centro. Allí me dieron ganas de vomitar, pero la catedral estaba al lado y había turistas y familias con niños, así que me aparté un poco. Eché toda la comida y la bebida de una noche de fiesta a los pies del papa. Bueno, vomité en el pedestal de la estatua de Juan Pablo II, los pies ni siquiera los salpiqué. Pero tuve tan mala suerte que me vieron dos policías. 100 euros de multa por vandalismo. El papa polaco es intocable, incluso sus efigies. ¿Qué te parece?

—Esta vez también te ha salido caro —le mostré la cartera vacía y la moví de izquierda a derecha—. O te han robado o te lo has bebido todo —saqué su DNI y se lo enseñé—. Oye, ¡no sabía que te apellidaras igual que yo!

—¿Tú también te apellidas González? A ver si seremos parientes... Dame mi cartera, anda.

—Tampoco sabía que no eras de Madrid. Lugar de nacimiento: Alcorcón.

Le di el DNI y la cartera, lo metió dentro y la inspeccionó buscando algo que no encontró. Finalmente se la guardó en el bolsillo, pero aún tardó un poco en contestar. Quizás buscaba unas palabras que tampoco encontró.

—Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el tercer punto diría: miente. Miente mucho, miente como un bellaco. Eso sí, que no te pillen. Pues mi DNI no miente: nací en Alcorcón, pero desde niño viví en Madrid. Y luego en Londres y ahora en Cracovia. ¿Quieres saber algo más? Tengo unos cuantos años más que tú, aunque no demasiados. Estudié Filología Hispánica en la Complutense y trabajo de profesor de español desde hace años. Aquí en Cracovia trabajo contigo en la academia, ¿recuerdas?, y también en la Universidad Jaguelónica. Quizás le dé clases a alguno de tus amigos rabelais. Me encanta la literatura, no solo la española. Y el fútbol, claro, soy hincha del Madrid. Os hemos dado para el pelo, 1-3, dos goles de Messi. Si me das a elegir entre una biblioteca y un campo de fútbol, no sé con qué me quedaría. ¿Y qué más? Me gusta salir y viajar y comer y beber y follar, como a cualquiera. No hace falta leer a François Rabelais para aprender a vivir. Y tu, ¿qué me cuentas?

Elegí bien qué mentira confesar. Podría haberle dicho que en realidad a mí el fútbol ni me va ni me viene o que yo quería ser escritor o que ya había publicado una novela con seudónimo. Sin embargo, escogí otra:

—Pues yo nací en Barcelona, pero desde niño viví en Cornellà de Llobregat. Así que no soy exactamente de Barcelona, por mucho que mi DNI diga lo contrario.

Le mostré mi documento de identidad y lo observó con mucha atención, como solo un borracho sabe observar. Se quedó un rato con la tarjeta de plástico entre las dos manos. Me senté junto a él, en el lado del banco sin vomitar. Finalmente me devolvió el DNI.

—Toda la vida he sido un fraude —me dijo, aunque pronunció aquellas palabras como si no fueran suyas.

—Toda la vida hemos sido un fraude —repetí, pero no pareció oírme.

—Ay, las vergüenzas del área metropolitana —continuó—. Si te parece, no volveremos a mencionar ni Alcorcón ni Cornellà en lo que queda de novela.

Le sonreí y sellamos el pacto dándonos la mano.

—Oye, ¿quién es Marta?

—Esta noche estás preguntón, ¿no? No te aproveches tanto de mi estado. Es mi ex. Creo que antes estaba soñando con ella.

—¿Es polaca?

—Medio polaca, medio ucraniana.

—Así que tú también viniste a Polonia por una polaca.

Me sonrió con ironía y se quedó callado, sin cambiar la mueca. Como congelado. Es el hombre de ninguna parte, pensé, y empecé a tararear mentalmente: es un verdadero hombre de ninguna parte, sentado en su tierra de ninguna parte, haciendo todos sus planes de ninguna parte para nadie. Me interrumpió:

—Es un poco complicado. Pero sí: vine a Polonia por una polaca. Luego me dejó, unos meses antes del vómito papal. Fueron tiempos duros —con el canto de la mano derecha se dio un golpecito en el cuello—. ¿Sabes qué quiere decir en Polonia este gesto? ¿No? A ver si profundizas un poco más en la cultura polaca, hombre. Significa beber, beber mucho —repitió el golpecito en el cuello y se rio: una carcajada mateórica—. Por cierto, tengo que pedirte un favor. ¿Podrías hacerme una sustitución en la academia? Sería dentro de dos semanas. Me ha surgido un asunto urgente y necesito viajar a Madrid.

—Sí, no hay ningún problema. ¿Todo en orden? —no me contestó—. ¿Por eso te has peleado?

—Esto también es complicado. Hagamos una cosa: si no me preguntas más, te invito a una cerveza.

—Así se silencia a un catalán, ¿no?

Mateo sonrió.

—Tranquilízate, hombre, que estamos solos.

—Mejor invítame a un café.

Nos levantamos del banco y empezamos a caminar, alejándonos de la luz.

—Por cierto, ¿ya terminaste la mudanza?

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