viernes, 16 de septiembre de 2016

Mateorías (26)

(Capítulo 26 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintiséis

—Bueno, Bartek, dime. ¿Qué estás leyendo?

Dudó unos segundos, como si no se acordara del título o del autor del libro. Finalmente habló:

—Oiga, señor González, ¿puedo hacerle una pregunta? Es importante.

Cerré la puerta y quise cerrar también la ventana, pero a medio camino me di cuenta de que solo había un triste tragaluz al fondo del aula; hacía más de un año que trabajaba en el liceum y todavía olvidaba que no había ventanas reales en mi clase. Nos sentamos, le dije a Bartek que me preguntara y me preparé para lo peor.

—Es un tema complicado. ¿Usted qué prefiere: la fantasía o la ciencia ficción?

Pero no para esto.

—Uf, no sé. Hombre, si me preguntas así, de sopetón... ¿Hay que elegir?

—No hace falta, claro, solo es una situación hipotética. Como las que usted nos plantea en clase para practicar los condicionales con subjuntivo. Si tuviera que escoger, ¿con qué género literario se quedaría? ¿Cuál de los dos es mejor?

Ojeé sucesivamente el crucifijo y las banderas de Polonia y España que colgaban de la pared, ocultando las humedades. Era evidente que no me ayudarían ni inspirarían, pero tenía que responderle:

—Pues es difícil, Bartek. Me gusta la ciencia ficción porque hace posible lo imposible a través del progreso y de la tecnología (robots, naves espaciales, láseres, teletransporte). Pero también me gusta la fantasía porque no se preocupa por explicarnos lo imposible (brujos, dragones, fantasmas, vampiros): el mundo es mágico y misterioso, y punto. Por un lado, respeto la actitud científica de la ciencia ficción, que quiere comprender lo extraño, y, por otro, admiro la capacidad de creer lo increíble que transmite la fantasía, cómo nos propone aceptar lo extraño sin más. ¿Te vale esta respuesta?

—No, no me vale, tiene que elegir. Y tampoco estoy de acuerdo con usted: ¿la ciencia ficción es razón y la fantasía es fe? Es un poco simplista, ¿no? Porque la creencia en la ciencia también tiene algo de fe, sobre todo cuando abrimos una novela y aceptamos creernos lo que nos está contando, por muy verosímil que sea decir que en el futuro se podrá viajar en el tiempo o a la velocidad de la luz; por contra, el mundo de la fantasía también es, según sus propias leyes, racional, y además se puede entender como una metáfora de nuestro mundo: los ogros son estúpidos y representan el mal, lo contrario no tiene sentido. Pero lo que yo quiero es que escoja, señor González. Ciencia ficción o fantasía: usted decide.

Cada semana, las conversaciones frikis y literarias con Bartek se volvían más interesantes y más complejas, porque él cada vez era más listo y su español más fluido. Por desgracia, todavía no había entendido que los profesores éramos personas normales, de carne y hueso, y siempre nos exigía una respuesta definitiva, porque seguía creyendo que existía la verdad absoluta y que precisamente los profesores la salvaguardábamos, como el dragón custodia el tesoro de los enanos. A mí me costaba comprender que la mayoría de los estudiantes idealizara los conocimientos de sus profesores —conocimientos quizás obsoletos pero sin duda sólidos— y a la vez mostrara poco respeto por nuestras personas; estaban tan seguros de nuestra autoridad intelectual como de que no merecíamos su consideración. Por mi parte, les intentaba hacer señales a mis alumnos del liceum para que fueran conscientes de que su profesor de español no tenía respuestas a todo, pistas para que llegaran al tesoro de mis limitaciones mentales, pero por muy explícito que fuera preferían no escuchar lo que les decía. Aunque, al fin y al cabo, ¿quién era yo para cargarme su inocencia? ¿Acaso me creía Sócrates? ¿Cómo iba a decirles a unos menores de edad que en el fondo nadie sabe nunca nada de ningún tema?

—Me lo pones muy difícil, Bartek, es una elección imposible. La ciencia ficción es apasionante porque habla del futuro. Nos muestra cómo puede llegar a ser el mundo en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Por eso es apasionante: porque puede ser muy crítica, necesariamente pesimista. Incluso si mira hacia el pasado y nos muestra otras historias posibles, nos está diciendo "mira qué podría pasar o haber pasado". En cambio, la fantasía crea un mundo tan alternativo que es sugestivamente imposible. La fantasía nos dice: "mira qué no puede pasar, ven aquí y descansa, huye de la realidad". Así nos seduce, pero es una trampa, porque en el mundo fantástico existen los mismos problemas que en el nuestro. En su mundo imposible también hay buenos y malos, ricos y pobres, sanos y enfermos. En fin, aunque la fantasía es un género tan viejo como la Antigua Grecia y la ciencia ficción apenas tiene unos cientos de años, en el fondo hablan de los mismos temas. ¿Cómo quieres que elija?

—Por un momento he pensado que iba usted a decir que la ciencia ficción es progresista y la fantasía es reaccionaria, como afirman muchos simplistas. Pero lo importante es que hay que escoger. Recuerde, señor González, esa escena de Matrix en que Morfeo le ofrece las dos pastillas a Neo: vivir la verdad o la mentira. ¡Esa es una decisión mucho más difícil que la que yo le planteo y a Neo no le supone un gran problema! De hecho, si no eligiera, no tendríamos película. Mire, le haré la pregunta de otra manera: si tuviera que llevarse un solo libro a una isla desierta, ¿sería El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien o el Ciclo de la Fundación de Isaac Asimov?

—Hombre, ahora me estás preguntando algo diferente, mucho más específico. Aunque tampoco me gusta elegir entre libros, la verdad, y menos tener que irme a una isla desierta. Sin embargo, en la Fundación me parece muy buena idea que unos científicos preserven el legado cultural y científico para evitar una larga etapa de decadencia. Esto nos obliga a pensar en la humanidad desde una perspectiva tan distante y abstracta que es inhumana: en realidad, ¿a quién le importa lo que nos pase dentro de 1.000 o 20.000 años, si no estaremos nosotros ni nuestros descendientes más directos? Pues a Hari Seldon y a sus científicos elegidos, que en el fondo son una panda de héroes chiflados, metáfora de la pugna contra el cambio climático, por ejemplo. Por otro lado, solo se trata de una versión futurista del Arca de Noé, en la que, en vez de animales, se salvan la ciencia, el conocimiento y la cultura. En cuanto a El señor de los anillos, es un claro ejemplo de la lucha maniquea entre el bien y el mal...

—Disculpe que lo interrumpa, señor González, pero ahora no estamos en clase. Yo no le he pedido que analice la Fundación de Asimov ni que defina lo que es la ciencia ficción y la fantasía, sino que elija entre ambos géneros. ¿Cuál le gusta más?

—Pues ya te digo que no lo sé, Bartek. ¿Y a ti cuál te gusta más?

—Yo tampoco lo sé, por eso le pregunto a usted, que es profesor. Mis escritores polacos favoritos son Andrzej Sapkowski y Stanisław Lem, uno de fantasía y el otro de ciencia ficción. Y lo mismo me pasa con los extranjeros: Tolkien y Asimov. ¡Qué dilema!

—Pero no necesitas elegir: puedes leer ambos géneros, ¿no? ¿Por qué elegir?

—Bueno, supongo que ese es el problema —otra vez Bartek dudó en silencio y repasó el crucifijo y las banderas, quizá buscando las palabras que necesitaba—. El próximo curso empiezo la universidad y creo que ya va siendo hora de que decida a qué género literario voy a dedicarme, porque lo que yo quiero de verdad es ser escritor. Estudiaré filología inglesa, esto sí lo tengo claro, pero todavía no sé qué tipo de escritor quiero ser. ¿Debería enfocar mi carrera hacia la fantasía o la ciencia ficción?

—Oiga, señor González, ¿puedo hablar con usted? Es importante.

Bartek y yo nos giramos hacia la puerta, ahora abierta, aunque nadie había llamado. Quien hablaba en inglés desde el umbral era el director del liceum.

—Por supuesto, señor director, vamos —le respondí en inglés, y a Bartek en español—. Después continuamos charlando, Bartek.

Aún me quedaba una última clase para terminar mi jornada matutina en el liceum, tras la cual me dirigiría a la Universidad Pedagógica. A esa hora el instituto olía a fritanga y estaba casi vacío, porque la mayoría de los estudiantes ya había acabado por hoy, mientras que los demás, los más desafortunados, esperaban a que empezaran sus clases devorando un bocadillo en un banco del pasillo o comiendo en la cantina. La falta de ventanas en el corredor le daba un aspecto deprimente a la escuela, intensificado por la oscuridad que invadía Cracovia en enero, el más gótico de los meses. Y el enero de 2016 no fue una excepción. De hecho, no me extrañaría que en esta época, a causa del frío, de la oscuridad y del fin de las vacaciones navideñas, aumentara la tasa de suicidios entre la comunidad de estudiantes y profesores. Antes de llegar al despacho del director, pasó junto a nosotros el guarda de seguridad mudo, sonrió y nos hizo una reverencia servil de las suyas, sin apenas detener la marcha. El director polaco no se la contestó, pero yo, el profesor florero, incliné la cabeza. Aunque parecía incapacitado tanto para la tristeza como para la felicidad, a veces yo envidiaba el desapego del guarda. ¿Sentiría él ese abatimiento estacional, como los profesores y los estudiantes y como cualquier habitante de cualquier país frío?

Dentro de su despacho, el director me sentó a su mesa, frente a él. También había un crucifijo y una bandera polaca en la pared, por lo que la situación parecía un calco de la escena anterior: ahora yo era el alumno y el director era el profesor. Sin embargo, no había cordialidad y estaba claro que tampoco íbamos a hablar de ciencia ficción y fantasía.

—Oiga, señor González, ¿qué estaba haciendo con ese alumno? ¿Tenía alguna consulta sobre sus asignaturas? Si no, no veo por qué no están cada uno con los suyos: él con sus compañeros y usted con los profesores.

—Bueno, Bartek es un estudiante especial, como usted sabrá. No se relaciona mucho con los chicos de su clase, que no lo tratan demasiado bien. Así que de vez en cuando me reúno con él y charlamos, sobre todo de literatura, que es su pasión y también la mía. Creo que le hace bien hablar, aunque sea en español y con un profesor. Últimamente lo veo un poco más sociable. Ahora me estaba diciendo que quería decidir qué tipo de escritor ser.

—Ya, lo entiendo, y le agradezco que se preocupe de sus estudiantes, señor González, sobre todo de los más necesitados. Pero esa tarea le corresponde al tutor, no a usted. Además, piense que estrechar las relaciones con los alumnos puede generar cotilleos infundados e incluso calumnias. Y ya sabe usted que el renombre de esta institución y de sus miembros es muy importante.

Quise decirle que no tenía motivos para alarmarse, porque solo hablábamos de literatura, y que Bartek me caía bien porque me recordaba a mi yo adolescente, pero me quedé callado. El director siguió:

—Precisamente le he hecho venir a mi despacho porque quería hablar de este tema tan importante. El renombre, la imagen, la honra. Su honra, pero también la del instituto.

—No entiendo. ¿Es porque vuelvo a llevar barba?

—La barba también es un problema, pero minúsculo en comparación con este. Mire.

Se sacó el móvil del bolsillo y lo manejó con una maestría digital que me pareció incompatible con su edad. En seguida encontró lo que buscaba y me mostró el teléfono. Mire, me dijo de nuevo:

En el centro de la pantalla estaba yo, eufórico o borracho o ambos, bailando con una chica, menos exultante. Nos cogíamos de las manos pero a cierta distancia, de una manera un tanto aséptica, como si uno le diera asco a la otra. Detrás y a los lados había más gente, pero no se veía ninguna cara, solo brazos, ropa y pelo. Cuando reconocí el hoyuelo de la chica, no pude contener el impulso de hacer clic en su mejilla.

El móvil me mostró otra foto. En esta aparecían más personas con sus respectivos rostros, aunque solo identifiqué a la chica del hoyuelo y a mí. Todos bailábamos cogidos de las manos, poniendo cara de susto o riéndonos. A partir de la imagen era imposible deducirlo, pero yo sabía que bailábamos formando un corro que continuaba más allá del encuadre, una especie de sardana que daba vueltas frenéticamente en la pista de baile. Me sorprendió recordar la escena con tanta nitidez. Volví a pulsar el hoyuelo.

En la siguiente foto salíamos otra vez la chica y yo, cogiéndonos de las manos y bailando alejados, con el mismo contraste euforia-asepsia de la primera imagen. El resto de fotos eran variaciones de las anteriores: más o menos desenfocadas y descentradas, los dos protagonistas alejándose y acercándose sucesivamente, unas veces formando parte de la gran sardana y otras no.

—¿Se reconoce en las fotos, señor González? Y, más importante, ¿reconoce a la chica con quien está intimando?

Claro que me reconocía: aquella madrugada, al final del capítulo trece, celebrábamos en una discoteca que yo había encontrado trabajo en un liceum y un piso para mí solo.

—Sí, pero no recuerdo mucho sobre la chica. Sé que la conocí unas semanas antes de empezar a trabajar aquí. Esa noche no intimamos, solo bailamos juntos en una discoteca del centro.

—Bueno, como mínimo reconoce que es usted. No me importa cuándo fue tomada la foto. Me importa cómo es su comportamiento extraescolar. Usted es un profesor y debe comportarse como tal dentro y fuera de la escuela. Debe ser un modelo para sus estudiantes, especialmente si le están sacando fotos. Pero lo que más me preocupa de la foto es la chica. ¿De verdad no la reconoce? —hice que no con la cabeza—. Qué raro, estoy seguro de que se cruzaron más de una vez por el pasillo del instituto. Mire esto, a ver si le refresca la memoria.

Era una orla de una clase de exalumnos del liceum. Según el título en polaco, se habían graduado el curso anterior, así que muchos de ellos estarían ya en la universidad. Fui comprobando las fotos de los estudiantes hasta dar con la chica del hoyuelo. La señalé con el dedo.

—Muy bien, vamos mejorando y recuperando la memoria, señor González. Las fotos que le acabo de enseñar en mi móvil me las han hecho llegar anónimamente. Me extraña que no las haya visto antes, porque según me han dicho están circulando por internet. Soy consciente de que la chica no fue su estudiante y de que usted todavía no trabajaba en la escuela cuando la conoció en la discoteca. Pero esta imagen es inaceptable. Imagínese lo que deben de estar pensando los padres: un profesor flirteando o, peor, bailando con una estudiante... Y además es español, con la fama que tienen ustedes. No, no, esto es intolerable. Espero que lo entienda.

Traté de convencer al director de que estaba siendo injusto repitiendo sus argumentos (ella no fue mi estudiante, yo aún no trabajaba en la escuela cuando la conocí) y aduciendo otros (no sabía que ella tuviera diecisiete años, los menores no puedan entrar en una discoteca, no pasó nada entre nosotros dos, solo nos cogimos de la mano y bailamos, soy un profesor profesional). Sin embargo, pronto me sentí estúpido y dejé de defenderme. Le pregunté al director si la chica estaba teniendo problemas por culpa de las fotos, pero no quiso contestarme. Sin más rodeos, expuso con claridad y firmeza las condiciones para la terminación de mis servicios en la escuela:

—El primer semestre del curso 2015-2016, que acabará a la vez que este mes de enero, será su último semestre como profesor en el liceum, señor González. Hasta entonces, usted no le puede mencionar el incidente de las fotos a nadie, ni estudiantes ni profesores, ni dentro ni fuera de la escuela. Después de los quince días de vacaciones, ya no volverá al centro, alegando una baja temporal que iremos prolongando a lo largo del curso. Por tanto, durante el segundo semestre se mantendrá alejado del liceum y, a cambio de su discreción, seguirá cobrando el sueldo hasta la finalización del contrato, en junio de 2016. No hace falta decir que el próximo curso no contamos con usted. Espero que lo entienda.

Mientras escuchaba el último discurso, seguí pensando que todo aquello era irreal, absurdo, una conspiración de pacotilla. En seguida el director me convenció de que era una injusticia bastante justa, así que la acaté. Sin embargo, cuando salí del despacho continuaba indignado. No recordaba que hacía un año quería dejar el liceum, harto de que mis estudiantes, a través de sus padres, tuvieran poder sobre mis decisiones. Por el pasillo, calculé que solo me quedaban dos semanas de profesor florero. No estaba roto sino agrietado, pero ya no servía. El guarda de seguridad me hizo otra reverencia y esta vez no se la devolví, aunque no creo que él notara nada especial.

Bartek seguía sentado en la silla de antes:

—¿Entonces? ¿Ciencia ficción o fantasía? ¿A qué género debería dedicarme?

—Mira, Bartek, no sé por qué pero a mí me gusta más la ciencia ficción. Y también prefiero la Fundación a El señor de los anillos. Sin embargo, solo es mi opinión, tú no tienes por qué compartir los gustos de nadie. En cuanto a escribir, ambas opciones son igual de válidas: no serás mejor ni peor si te dedicas a un género u otro. De hecho, lo mejor que puedes hacer es escribir ciencia ficción y fantasía y lo que te apetezca. Y te voy a dar otro consejo para ser escritor. Sobre todo, lee mucho, lee sin parar. Lee hasta que te sangren los ojos. Lee en el autobús, en clase, en bicicleta y a pie, en el retrete y en la cama. Después, acuéstate y a la mañana siguiente sigue leyendo. Y cuando encuentres a un autor que te gusta, imítalo. Mejor aún: cópialo sin piedad. Este es el lema del gran escritor: lee sin parar y copia sin piedad. Eso es: lee sin parar y copia sin piedad —después de mi exaltado discurso, me callé un momento para recuperar el aliento; las banderas y el crucifijo seguían en la pared—. Entonces, dime. ¿Qué estás leyendo ahora?

El resto de clases de profesor florero agrietado transcurrió sin problemas. El último día antes de las vacaciones de febrero, sentí la tentación de despedirme definitivamente de mis alumnos; sin embargo, me aguanté y solo nos dijimos hasta luego. Ni los profesores ni el guarda sabían que me iba para siempre, porque el director había decidido que mi caso fuera un secreto total. Cuando salía de la clase de español, le eché un último vistazo a aquel zulo donde había pasado tantas horas; me imaginé robando las dos banderas y el crucifijo y tirándolo todo a la basura o quemándolo. Al final solo cerré la puerta y me fui.

Llevaba un tiempo buscando en internet las fotos que me había mostrado el director polaco y que, según él, corrían por la red, y durante las dos semanas de fiesta dediqué más horas a mis pesquisas. Encontré a muchos alumnos del liceum en diversas redes sociales y husmeé sus perfiles, fotos y comentarios, rastreé a sus contactos y a los contactos de sus contactos, pero ninguno tenía las imágenes ni hablaba de ellas. También descubrí varios foros de estudiantes, cuyas discusiones descifré pacientemente, consultando a cada momento el diccionario polaco-español; aunque en algunas se soltaban disparates inverosímiles sobre profesores —insultos, humillaciones, venganzas, agresiones—, mis fotos seguían sin aparecer. Como mínimo, a causa de esos días de aburrida e infructífera investigación, mi pésimo polaco estaba mejorando considerablemente. Puesto que no conseguía dar con las fotos, llegué a pensar que el director me había mentido, que todo era una conspiración para echarme del instituto por algún motivo que yo no entendía y que para comprobarlo tenía que pedirle que me dijera él mismo quién se las había enviado. Pero una mañana encontré en un foro un hilo titulado Profes de fiesta.

Antes de leerlo, ya sabía que allí estaban mis fotos, pero no imaginaba que habría otras bastante más humillantes. Algunas imágenes incluían alumnos, otras solo mostraban al profesor; de hecho, si no hubiera sido por los comentarios de los usuarios del foro, en muchos casos no habría deducido su profesión. Por ejemplo, un profesor vomita sobre la mesa, rodeado de botellas y de sus amigos. Un profesor dormido en la barra de un bar con una mancha de humedad en la entrepierna de los tejanos. En una clase, un profesor saca una pequeña botella de vodka del cajón de su mesa, que se bebe en la siguiente foto. En un bar, dos estudiantes se sacan un selfie riéndose solo para mostrar detrás de ellos a una pareja besándose: una profesora y un hombre, que los comentarios identifican como su amante. Las piernas, las bragas y la falda de una profesora, en diferentes posturas y asientos. Una estudiante subiendo una cuerda y su profesor tocándole el culo con ambas manos. Dos jóvenes pizzeros escupiendo en una pizza y en el siguiente selfie sonriendo con su profesor y la caja de la pizza. Un profesor sonriente agarrando a dos alumnas por la cintura: ellas tienen sendas cervezas y él una visible erección. Una profesora desnuda de cintura para arriba besando a su esposo tras las cortinas de su casa. Unos estudiantes le tiran latas y botellas de cervezas a un profesor. Un profesor besando y bailando muy pegado con una mujer que resulta no ser la suya. Etcétera. Mis fotos solo eran un granito de arena más de esa inmensa colección que alternaba escenas solo vergonzosas con comportamientos abiertamente delictivos, tanto por parte de los profesores como de los estudiantes. No perdí el tiempo en traducir al español muchos comentarios, porque todos compartían el mismo tono ofensivo y violento. A pesar de que no me habían tratado muy bien, deseé que ningún profesor del liceum llegar a esa página u otras similares.

Cuando terminaron los días libres y no volví a trabajar al instituto, no me llamaron ni me preguntaron por mi salud. Al principio, temía que llegara la bola de nieve de rumores a la Universidad Pedagógica: hay un profesor que sale en unas fotos con una estudiante, que se toma demasiadas confianzas con sus alumnas, que las seduce, que les tira piropos en español, que las lleva a discotecas, que les da alcohol para desinhibirlas, que baila con ellas, que las toca aquí y allá, que se acuesta con ellas, que las deja embarazadas y las obliga a abortar, que les hace fotos desnudas... Pero por suerte no pasó nada. De hecho, nunca le conté a nadie por qué dejé de trabajar en el liceum y nadie me preguntó. Al final, acepté los hechos sin más, porque, desde el punto de vista laboral, era una situación tan anómala como confortable: cobraba por dar clases de catalán en la universidad y por no dar clases de español en el liceum. Para ocupar mi tiempo libre, volví a pasar las mañanas en diversas cafeterías cracovianas, escribiendo algún relato para el blog De mí me río. Estuve tentado de poner por escrito lo que me había pasado en el instituto, pero no me atrevía a exponerme tanto. Así que, para variar, mi escritura no dio muchos frutos.

Una tarde de marzo de 2016, en una clase de la universidad realicé una actividad mateórica que había adaptado al catalán:

—Espero que avui estigueu creatius, perquè dissenyarem la ciutat ideal.

Indicada para los principiantes, más que una actividad se trataba de un proyecto. Tras aprender el vocabulario necesario (vehículos, edificios, tiendas y mobiliario urbano, así como adjetivos para describir el carácter de la ciudad), los estudiantes tenían que diseñar lo que ellos consideraran La ciutat ideal. En un papel dibujarían el plano, donde también escribían qué era qué; después, presentaban su proyecto: esta es La ciutat ideal dels estudiants, por eso tiene muchas universidades y bibliotecas, pero también bares y museos y es una ciudad con mucha vida; al final, el resto de la clase les podía preguntar a los creadores, por ejemplo, si en su ciudad podían vivir perros o por qué no había polideportivos.

En aquella clase de catalán, pasó lo que muchas veces me había ocurrido antes: un par de estudiantes creó La ciutat segura ideal. Era una ciudad donde no podían vivir los inmigrantes ni los homosexuales, estaban prohibidas las mezquitas y los restaurantes vegetarianos, había mucha policía y cámaras de seguridad, todas las familias eran biparentales con hijos y las mujeres solo eran madres y amas de casa. En fin, una ciudad de la que hasta Platón se avergonzaría. En algunos casos, cuando unos estudiantes diseñaban algo así, los otros simplemente les reían la gracieta; pero en muchas ocasiones los demás criticaban duramente a sus compañeros.

Aquella tarde de marzo de 2016, un chico les preguntó por qué no la llamaban La ciutat dels racistes. En su catalán aún muy imperfecto, los diseñadores trataron de defenderse: no som racistes, només volem seguretat. Otro sugirió La ciutat ideal dels homòfobs, otra La ciutat dels masclistes, La caverna ideal, etc. Tuve que parar el debate y pedirle al siguiente grupo que presentara su ciudad ideal, porque se me iba a desmadrar la clase.

De regreso a casa, mi ego de profesor se sentía reconfortado: si los estudiantes discutían con tanta vehemencia, era una buena señal. Por otro lado, no podía esconder la satisfacción de que la mayoría de mis alumnos estuviera en contra de La ciutat segura ideal. Se me ocurrió que aquella era una actividad perfecta para conocer mejor a alguien y que todos los amigos y parejas deberían crear su ciudad ideal por separado y mostrársela luego al otro. Algunos se llevarían un susto al descubrir cómo piensan realmente sus allegados.

Abrí el buzón y encontré una postal de Mateo. Por un lado, el vestíbulo de la estación de Atocha, con su exuberante jardín botánico, su cubierta de hierro, las mesas de una cafetería y unos cuantos turistas o madrileños desperdigados aquí y allá; por el otro, una sola frase: "Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Cuando terminé de leerla, sonreí y me di cuenta de que Mateo y sus postales formaban parte de aquella serie de malentendidos literarios que atravesaban mi vida. Me di cuenta de que la historia que contenían, la historia de cómo conocí a Mateo, era la historia que yo quería escribir. De que esa y las otras tres postales que decoraban mi altar de objetos kitsch eran señales de ayuda, si no de socorro: bájate en Atocha, catalán. De que pasar un mes de marzo solo en Madrid no tenía que ser nada fácil para Mateo. De que mi tiempo en Cracovia también llegaba a su fin.

En vez de subir a mi piso, salí y me dirigí con prisa al centro. Por suerte, las tiendas de souvenirs todavía estaban abiertas, así que compré la postal de Juan Pablo II y me senté en De Cafencia para responderle escueto ("Este verano sí me bajo en Atocha, madrileño") y con la firma adecuada ("Un puto catalán").

Al volver a casa, me senté en el sofá con la gata Tutaj y encendí el portátil. Media hora después, ya tenía un billete de avión Cracovia-Madrid para el 29 de julio de 2016. Solo ida, le dije a la gata. Espero que Mateo me acoja.

Cuando días después me llamó desde Madrid, estaba leyendo en el sofá cama, como si no me hubiera movido de ahí:

—No me jodas: ¿vienes a Madrid de verdad?

—Sí, puto madrileño. Acabo de comprar un billete Cracovia-Madrid. Me voy de Cracovia.

—Joder, ¿y eso?

—Voy a vivir en Madrid. Voy a escribirte.

—¿A escribirme otra postal?

—No, una novela.

—¿Otra novela?

—Sí, pero en esta aparecerás tú.

—¿Seré tu musa?

—Sí, mi muso.

—Y después nos iremos de viaje rabelais.

—Venga. De goliardos por Europa.

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