sábado, 27 de agosto de 2016

Mateorías (23)

(Capítulo 23 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintitrés

Mateo estuvo a punto de caerse cuando se quitaba los zapatos, porque la gata Tutaj le pasó de repente entre sus ebrias piernas. Al tumbarse en el sofá cama, pensé que se quedaría dormido en seguida pero, en vez de eso, me pidió un café. Mientras lo preparaba y limpiaba cuatro tazas, fui controlando a Mateo a través del espejo: se mantenía despierto sin hablar, acariciando a Tutaj hasta que la apartó de sí cuidadosamente, se levantó y curioseó entre mis estantes vacíos y mi altar de objetos kitsch, y luego volvió a sentarse, esperando a que estuviera todo listo; era más probable que me durmiera yo que él. Dejé las tazas aún mojadas en la mesa: dos me las regaló Mateo (Juan Pablo II y Messi), una la compré yo (Tío Sam) y la cuarta no tenía nada especial. Sin preguntar, serví café humeante en dos, agua del grifo en una y vodka de avellana en otra. Si no hubiera estado tan dormido, habría sentido un déjà vu de magnitud 10. Brindamos en silencio con las primeras y nos sentamos uno a cada lado de la mesa. Me pareció descubrir un nuevo rictus en Mateo: no era que estuviera borracho y trasnochado, también había algo cambiado, quizás en su sonrisa, como si se le hubiera soltado algún cable o aflojado un par de tornillos. Ninguno de los dos nos decidíamos a hablar, no sabíamos cómo empezar la partida de ajedrez, hasta que Mateo me mostró su móvil.

—Perdona que me haya presentado sin llamarte antes. Ya sabes que no soy muy amigo de los móviles. Primero quería llamarte para contarte lo que me ha pasado en la universidad, pero luego he pensado que era mejor no molestarte porque mañana trabajas en el liceum. Y por la tarde será tú tercer día dando clases de catalán en la universidad, ¿no? Por cierto, ¿qué hora es? —en vez de comprobarlo o responderle, vacié la taza con vodka—. Y luego ya me he puesto a beber y a meditar y me he olvidado de ti. Por suerte, he visto la luz al final del túnel de la duda: la solución más óptima a mi problema es marcharme de Cracovia. No sabes lo tranquilo que me he quedado después. Me voy de Cracovia, me he repetido, y qué a gusto, oye. Entonces he decidido que te lo tenía que contar todo, pero esta vez no se me ha ocurrido lo de llamarte y he venido andando hasta tu casa. Cuando me he dado cuenta de lo tarde que era, he comprado una botella de vodka para compensar.

—¿Pero qué te ha pasado?

—Me voy de Cracovia. Ya no trabajo en la universidad y mañana dejaré la academia. Y en unos días me voy a Ucrania y después seguiré viajando por Europa en la furgoneta. ¿Te apuntas?

No contesté porque no entendía nada. Estornudé estruendosamente y señalé una taza:

—Bebe café y explícate mejor. No sé de qué estás hablándome. ¿Por qué Ucrania y con qué furgoneta? ¿Y cómo quieres que me vaya de viaje si el curso acaba de empezar?

—No me jodas, catalán. ¿Tú no decías que había que cambiar lo de introducción, nudo y desenlace? Empezaré por el principio, a ver si te enteras. Ayer tenía la primera clase en la universidad y cuando llegué a mi aula estaba vacía, ni un estudiante. Solo había una nota encima de mi mesa, que ya no era mi mesa. Estoy en mi despacho, ponía, y la firma de Adrian. Por el pasillo ya me fui oliendo que ese hijo de puta me la había jugado, pero el cabrón colmó mis expectativas. Entré y lo primero que me soltó Adrian, como si me hubiera estado esperando: ya te has llevado tus cosas, ¿no? Y yo: ¿qué cosas? Pues tus trastos: los lápices y bolígrafos y papeles y lo que sea que guardes aquí. Sabes que ya no trabajas en la universidad, ¿no? Qué bien se lo estaba pasando ese mamón. Como puedes imaginarte, yo no entendía nada, estaba más confundido que tú ahora. Al final conseguí que Adrian se explicara un poco: resulta que no tenía contrato en la universidad.

—Pero eso es normal, ¿no? Incluso en la universidad. Empiezas a trabajar y ya firmarás otro día el contrato...

—Eso le dije yo a Adrian, que no es la primera vez que doy las primeras clases sin haber firmado el contrato de ese semestre. Pero el muy hijo de puta me sonríe y me dice que en Polonia las cosas no funcionan como en España, que aquí no se trabaja sin contrato. Y que, si quiero, vaya a hablar con el decano, que me dirá lo mismo que me acaba de decir él: que este año no voy a dar clases en la Universidad Jaguelónica.

Mateo señaló la botella de vodka y le puse un poco en su taza del agua, ya vacía. Dio un sorbo pequeño mientras yo me sonaba ruidosamente.

—Menudo catarro tienes. Eso te pasa por bañarte en el río...

—¿Y hablaste con el decano?

—Claro, esa misma mañana, que aunque parezca tan lejana es la mañana de ayer. Y Adrian tenía razón: el decano de la facultad de filología me confirmó que no voy a trabajar más en la universidad. No dijo que estaba despedido sino que no trabajaría más, pero al menos me explicó el porqué. Se ve que unos cuantos estudiantes se quejaron de mí en las encuestas de evaluación del profesorado. Según los llorones anónimos, mis clases son un desmadre y mis evaluaciones, injustas.

—Qué idiotez, esto pasa todos los cursos en todas partes, con todos los profesores y alumnos. A mí también me criticaron en la academia...

—Sí, sí, no es la primera vez que me salen mal las encuestas. Lo que marcó la diferencia es que uno de los quejicas dijo que yo era un inmoral que los adoctrinaba, porque hice la actividad de los reyes y la homosexualidad. ¿La recuerdas? La actividad de los retratos de los reyes españoles en que los estudiantes deben decidir si creen que los monarcas son gais o no. Ya la había realizado antes en la universidad, pero ayer el decano se escandalizó y ya no quiso saber nada de mí. ¡Con los disparates que he hecho yo en esas aulas y me despiden por esta chorrada! De todos modos ya era tarde: también me dijo que este verano yo no había solicitado que se me volviera a contratar. ¡Pues claro que no, ningún verano lo pido! Como siempre, esperé servilmente a que me llamaran y me dijeran cuántos grupos iban a darme. Y mientras yo esperaba como un tonto, apareció casualmente el candidato perfecto, así que la universidad, es decir, el decano, lo contrató. Adivinas quién lo recomendó, ¿no? Ya te dije que Adrian tenía mucho poder en la Jaguelónica...

—¿Y quién es el nuevo profesor?

—No sé, un español, no lo conozco. Pero el malo de la película no es él.

—¿Y por qué no te avisaron antes? Podrías haberte buscado algo para sobrevivir, en otra universidad o en un instituto.

—Pues precisamente para no tener margen de reacción. El cabrón de Adrian quería joderme bien, y esta vez lo ha conseguido.

—Pero ¿por qué te odia tanto? ¿Es porque ganamos el Pop Quiz y te quedaste con la camiseta del papa? Pues regálasela o dale cualquier camiseta negra que tengas.

—No, no. Lo nuestro viene de antes —Mateo vació la taza de café y le echó una ojeada a Tutaj, dormida en el sofá cama—. Si quieres te lo cuento, pero mañana tienes que madrugar...

—Mañana es el primer viernes del curso y mis estudiantes tienen dieciocho años. Seguro que no seré el único de la clase con resaca.

Mateo asintió con la cabeza y nos sirvió más vodka, mientras, achís, yo ponía café.

—¡Jesús! ¿Recuerdas aquella noche en que te hablé de mi historia con Marta?

—Gracias. Sí, la recuerdo, en el capítulo diez. ¿Qué tiene que ver tu exmujer con esto?

—Vine a Cracovia por dos polacas: mi exmujer y su madre, que estaba enferma. Así que, como el resto, estoy en Cracovia por amor. Pero mi historia de amor es un poco más novelesca de lo que te conté. Si vine a Cracovia es porque Marta me reveló que tenía un amante. No en Liverpool, donde vivíamos entonces, sino en Cracovia, adonde ella iba a menudo por la enfermedad de su madre. Sí, yo también me quedé con esa cara, como el personaje de un folletín que acaba de descubrir la cloaca que es su vida. ¡Qué tópico es todo! Resulta que el amante había sido su profesor en la universidad y ya habían estado juntos años atrás, cuando Marta todavía era su alumna, vivía y estudiaba en Cracovia y ella y yo no nos conocíamos, pero su relación terminó al irse a Madrid con el Programa Rabelais. Dejó de ser su alumna y su amante a la vez y, como luego nos mudamos al Reino Unido, no volvió a verle. Hasta que reincidió años más tarde, claro. Ella nunca me contó nada de todo esto, porque en el fondo no hacía falta; yo tampoco le hablé de mi exnovia, por ejemplo. Hasta que me lo contó y me dio un ultimátum: si quieres que sigamos juntos, tenemos que irnos a Cracovia. Desde que visito tanto a mi madre, he vuelto a verme con mi ex, un profesor de la uni. Lo siento, pero lo paso tan mal en Cracovia, estoy tan sola allí, al lado de mi madre, es tan duro y sufro tanto... Sí, sí, dijo eso, la cito textualmente: un profesor de la uni, ¡de la uni! Lo que más me dolió fue que acortara una puta palabra en una situación supuestamente dramática. De la uni: ¿a quién se le ocurre? Por mucho que ella no fuera una hablante nativa, no tenía excusa. Mi amante de la uni, no me jodas. En fin, esa fue la primera vez que oí hablar de Adrian. Comprenderás que no le tenga mucha simpatía...

A pesar de que bromeara, a Mateo no le divertía lo que me estaba contando. Lo notaba exaltado, revolucionado y, achís, me costaba decir si también dolorido.

—Por lo que sé y me cuentas de Adrian, tampoco a mí me despierta simpatía.

—¡Salud! Qué resfriado, catalán. Quizá debería haberlo mandado todo a la mierda entonces, pero al final vinimos a Cracovia para que Marta estuviera con su madre y, como se suele decir, para salvar nuestro matrimonio. Ya sabes que no tuvimos mucho éxito. Aunque al principio Marta solo se ocupaba de la enferma y parecía que estaba mejor, pronto noté su transformación: empezó a comer menos, a llorar con frecuencia, me repetía las tonterías que leía en libros de autoayuda, dormía mucho, no veía a nadie más que a su madre, se quejaba constantemente de sus desgracias y se encerraba a solas en su habitación. Casi habría preferido que volviera a tener un amante... Yo no podía hacer nada para ayudar a Marta, porque ella rechazaba cuanto intentaba. Por eso también me transformé: me dediqué por entero a salir y beber. Y ya sabes que estos dos verbos son muy usados aquí, en Cracovia, esta pequeña ciudad en cuyos bares puede pasar cualquier cosa. Así que una noche en De Cafencia conocí a un tipo que bebía solo en la barra, y no precisamente café. Era un profesor de literatura de la Universidad Jaguelónica que estaba bastante borracho.

—Adrian —no pude contenerme, como el empollón de la primera fila, pero Mateo no recompensó mi acierto.

—En los bares de Cracovia uno puede encontrarse incluso al amante de su mujer, sí, aunque no he vuelto a verlo más en De Cafencia. Por supuesto, él no sabía quién era yo, supongo que pensó que era un miembro de Todo en Español o un turista impresionado por su castellano casi perfecto, pero yo lo identifiqué a la primera. Lo traté de usted y le tiré un poco de la lengua y en seguida me lo contó todo, se moría de ganas de público: que estaba tan enamorado como borracho, que ella era una medio polaca, medio ucraniana casada con un español, que habían sido amantes antes, que quería que dejara al marido, que este no sospechaba nada, que estar con esa chica lo rejuvenecía... También me mostró una foto, el muy imbécil, la llevaba guardada en la cartera, porque entonces todavía no había tantos smartphones.

—¿Y qué? ¿Le confesaste quién eras?

—No, para nada. Me contó algunos detalles más y luego cambiamos de tema. Le pregunté por sus clases en la uni (los estudiantes son un desastre y tal), le dije que me atraía el mundillo académico (¿usted ha llevado toga alguna vez?), hablamos un rato de literatura (la novela histórica es indispensable y blablablá), le confesé que yo era profesor de español (qué difícil es entrar en la comunidad cracoviana de profesores, en Inglaterra no me costó tanto) y al final aproveché mi oportunidad. Mire, soy profesor de español, tengo bastante experiencia, soy un tipo divertido y trabajador y quiero quedarme un tiempo en Cracovia: ¿en la Universidad Jaguelónica necesitan a alguien? Espera, espera, no me interrumpas ahora, catalán. Yo tampoco me lo terminaba de creer: le acababa de pedir trabajo con la mayor naturalidad del mundo, como si no se estuviera follando a mi mujer. Creo que entonces me reconoció o dedujo quién era yo, aunque no dijo nada, pero adiviné un destello de duda en sus ojos, un titubeo que duró un instante en que quizás se apiadó de mí, del pobre cornudo. Me respondió que sí, que casualmente necesitaban un profesor para empezar en septiembre y que no lograban encontrar a nadie. Unos días después tuve una entrevista con el decano y más tarde firmé mi primer contrato con la Universidad Jaguelónica. El único que firmé antes de empezar el curso, por cierto, aunque apenas fuera una semana antes. Solo me dieron un grupo, pero entre eso y las clases en la academia fui tirando, ya que no teníamos que pagar alquiler.

—¿Y no era un poco raro trabajar juntos?

—No te creas, lo bueno de ser profesor es que, en tu clase, estás tú solo. Fuera, nos cruzamos muchas veces, y era y es evidente que nos odiamos, pero nunca nos dijimos nada. Yo lo sé y él sabe que yo lo sé, eso es todo. Incluso cuando Marta y yo nos separamos y ella se fue con mi furgoneta a Ucrania, dejándolo también a él, la cuestión seguía siendo tabú. En cambio, con Marta sí que hablé sobre Adrian. Tras la muerte de su madre, me apiadé un poco de ella y traté de consolarla, a pesar de que habría preferido mantener la distancia, como con Adrian. Pero, claro, ella todavía no sabía que yo lo sabía. Le dije que ya había experimentado varias veces la muerte de un ser querido, que sabía que al final siempre acababa siendo posible aceptar que la vida solo es una digresión de la muerte. Cuando tus padres murieron solo eras un niño, me soltó Marta, no es lo mismo. Yo acabo de perder a mi madre y mi padre murió hace mucho tiempo: ¡acabo de quedarme sola en el mundo! En otra situación no le habría tenido en cuenta el desplante, pero entonces no. Me ensañé con ella. No estás tan sola, le dije a Marta. Y no me refería a mis padres.

Quise hablar, pero Mateo me cortó con un gesto de la mano y bebió un poco de café. Miré nuestro reflejo en el espejo y, quizás por mi cara de cansancio, me costó reconocerme.

—¿Recuerdas, Marta, el 31 de diciembre de 2003, el día en que nos conocimos? ¿Recuerdas la fiesta de Nochevieja donde nos vimos y hablamos por primera vez? ¿Recuerdas qué flechazo? ¿Recuerdas que había españoles y rabelais, todos mezclados? ¿Recuerdas que nos presentaron y justo cuando iba a darte dos besos me aparté, dejándote con el cuello estirado hacia la izquierda? ¿Recuerdas que cuando hablamos más tarde te dije que si me aparté fue porque había visto a una conocida? Claro que lo recuerdas: siempre has dicho que te llamó la atención que aquel idiota te dejara con los besos colgando, que si te hubiera besado probablemente no te habrías fijado en mí. Sí, por supuesto que te acuerdas, Marta: aquella noche nos cambió la vida. Lo que no recuerdas, lo que no sabes, es que no te besé porque vi a Elena detrás de ti y me acerqué a ella. Elena no era una conocida, habíamos ido juntos a la fiesta. Precisamente fuimos porque la habían invitado a ella, no a mí, como después te diría yo. Me dio vergüenza que me viera besando a otra, aunque fuera en la mejilla. O quizás quería evitar que tú la conocieras. En cualquier caso, al verla te robé nuestros dos primeros besos.

—Espera, Mateo, espera. ¿Quién coño es Elena? ¿Has olvidado hablarme de ella?

—No olvidé a Elena, la obvié. Si te hubiera hablado de mi relación con ella, la nuestra no habría sido posible. Elena era mi novia de toda la vida; nos conocíamos desde que éramos críos y salíamos desde el instituto. La dejé por ti, Marta, en febrero de 2004, cuando tú y yo llevábamos solo dos meses viéndonos, poco antes de dejar Madrid. Ves, yo también puedo engañar. Pero no es lo mismo, como tú dices, porque entonces las engañadas erais las dos: Elena y tú. En cambio, ahora el único engañado soy yo, y por partida doble. Pero a ti también te engañé más veces. ¿Recuerdas los días que siguieron el trágico 11 de marzo de 2004? ¿Recuerdas que te pedí que nos fuéramos de Madrid? ¿Recuerdas que te dije que quería cambiar de aires, que me asfixiaban la ciudad y el luto? ¿Recuerdas que me diagnosticaste que los atentados de Atocha me hacían revivir la muerte de mis padres, también en marzo? ¿Recuerdas cómo cargamos nuestras pocas pertenencias en mi furgoneta y condujimos hacia el norte? ¿Recuerdas que me notabas triste y decías que era un nostálgico precoz, que no era posible que ya echara de menos Madrid? ¿No te acuerdas? Quizás esté yendo demasiado rápido, déjame que te refresque la memoria.

Mateo se sirvió vodka y dio un trago largo. Hice lo mismo, pensando que así me situaría en las mismas coordenadas espaciotemporales que él.

—Hace cosa de un mes vinimos en la furgoneta a Cracovia para salvar nuestro matrimonio, cito tus palabras, Marta. De ese viaje sí que te acuerdas, ¿no? Salimos de Liverpool, dejamos atrás Londres y cruzamos el Eurotúnel por última vez, paramos cerca de Amberes y la segunda noche la pasamos en Leipzig. Yo lo recuerdo perfectamente, porque las torturas no se olvidan. ¡Qué viaje tan pesado! Solo hablábamos para decir que necesitábamos mear, repostar o dormir. Bueno, y un par de veces tú rompiste el silencio y me dijiste: ay, te noto triste, ay, te noto tenso, ay, ¿estás bien?, y me pedías perdón de nuevo por haberme engañado. En verdad, yo estaba pensando que me lo merecía, por haberte engañado durante tanto tiempo.

Tutaj se desperezó y de un par de saltos se situó a mi lado, en otra silla, desde la que observaba a Mateo sin entender nada y sin ganas de entender. Pero de algún modo era consciente de que algo había cambiado a su alrededor.

—Vayamos más atrás si quieres, Marta. Aunque es probable que aquellos fueran los mejores años, tampoco en Liverpool logré ser feliz. Ni siquiera allí pude olvidarme de Elena, porque no se trataba de olvidarla. ¿Recuerdas aquellas pesadillas que me despertaban casi cada noche? Era un sueño aterrador, incluso ahora tiemblo si lo tengo, por suerte solo ocurre muy de vez en cuando. Iba yo solo en mi furgoneta, conducía muy deprisa, como si hubiera una emergencia. La furgoneta avanzaba y avanzaba por pueblos y ciudades, por carreteras vacías en las que todo el mundo iba hacia el lugar del que yo huía, mientras que mi carril estaba vacío. En mi desbandada, me iba cruzando con coches, camiones, motos, bicicletas y transeúntes en sentido contrario, iban a Madrid. A veces me despertaba porque reconocía una cara familiar entre los que no escapaban, aunque nunca veía la de Elena. Otras veces me despertaba una explosión o un grito detrás de mí, inverosímilmente oía el estruendo de la masacre a decenas de kilómetros. Algunas veces me despertaba cuando miraba a mi derecha y veía que en el asiento del copiloto no había nadie. Una sola vez desperté al escuchar un ruido terrorífico, un ruido muy corto pero fuerte, como compactado, como si un cristal muy denso estallara de golpe, como si hubieran detonado una bomba en un tren de vidrio. Resultó ser la lavadora de nuestro piso de Liverpool, en marcha mientras yo me echaba la siesta. Me reí como un tonto cuando vi la lavadora, pero yo seguía temblando. Qué fácil resulta interpretar este sueño ahora, ¿verdad?, ahora que dispones de toda la información necesaria.

Noté que Mateo sorbía el café de un modo diferente, que no agarraba la taza como siempre, sino como él mismo lo hacía cinco años atrás. Ese otro Mateo, ese Mateo lejano y pasado, me miraba y hablaba con más con culpa que odio.

—Saltemos de nuevo en el tiempo, ya casi terminamos. ¿Recuerdas nuestro viaje de Londres a Liverpool, Marta? Otro viaje en silencio que se convirtió en un calvario. Tú no entendías por qué quería volver a mudarme tan deprisa y me lo fuiste echando en cara hasta llegar a Liverpool. No comprendías por qué los atentados del 7 de julio en Londres me habían afectado tanto. Yo te repetía que, después de los ataques, Londres ya no era la misma ciudad: me la habían cambiado. Los terroristas infundieron miedo, te decía. Claro, me contestabas, es su objetivo: causar terror. El problema es que se tenía miedo de los musulmanes, de los indios, de los árabes, de los negros, de los hispanos, de los morenos, de los barbudos, en fin, miedo de los otros, que era lo mejor que tenía Londres. Al final te creíste mi engaño porque era verdad, porque me repugnaba la reacción que los atentados habían provocado en la gente. Pero no sabías que todavía me repugnaba más lo que provocaban en mí. Quise abandonar Londres por el mismo motivo por el que quise abandonar Madrid: por la muerte de Elena. ¿Y recuerdas el 7 de julio de 2005? Yo no podré olvidarlo jamás. Ni siquiera estábamos en Londres el día en que sucedió todo. Vimos las mismas imágenes que el resto del mundo en la tele: los muertos sobre las vías, la gente atrapada en el metro, el autobús destrozado, el interior del vagón hecho pedazos. Verdaderamente terrible, porque eran las mismas imágenes que contemplé en la tele un año y casi cuatro meses atrás: los muertos sobre las vías, el tren sacudido pero aún en pie, las ventanas rotas y la chapa deformada, los vagones partidos por las explosiones. Observando una imagen de Londres me trasladaba a Madrid, y viceversa, como si los vagones y la destrucción comunicaran las dos ciudades. Viajé a Londres para escapar del recuerdo y en Londres estas imágenes me deportaron a Madrid: ¡qué irónico es todo! En las imágenes de los atentados de 2005, en las imágenes de los atentados de 2004, descubrí que el horror no tiene rostro, el horror es abstracto. Las he mirado un millón de veces, me las sé de memoria, pero nunca he podido identificar a Elena ni en las fotos ni en los vídeos. Ilusamente, pensaba que, si no aparecía en las fotos, Elena no estaba muerta y, por tanto, yo no era culpable. Así de desesperado estaba. Y tú no entendías por qué me atormentaba tanto, por qué tenía tanta prisa por dejar Madrid, mi querido Madrid, como un tiempo después no entenderías por qué tanta prisa por dejar Liverpool, mi querido Liverpool. Nunca te dije, Marta, pero te lo diré ahora que estoy confesándote mis engaños, que el 11 de marzo de 2004, la mañana en que Madrid estaba horrorizado por los atentados de Atocha, mi móvil no paró de vibrar. Yo estaba sentado en el suelo, en casa, es decir, en el piso de mis padres, apoyado en el sofá, y no podía dejar de mirar cómo el móvil temblaba, cómo avanzaba llamada a llamada por la superficie de la mesa. Me llamaron mis amigos, los amigos de Elena, su familia, también me llamaste tú, Marta. No podía contestar. A pesar de las irritantes vibraciones sobre la mesa, tampoco era capaz de apagar el móvil ni de levantarme y cambiar de habitación. Pasé horas y horas contemplándolo, ni siquiera cuando cayó al suelo me moví, la alfombra amortiguó el golpe y continuó vibrando el maldito móvil. Mientras decenas de personas morían y otras tantas estaban heridas, mientras un Madrid horrorizado se movilizaba y salía a las calles a protestar contra la violencia terrorista y contra la manipulación del gobierno, yo seguía encerrado en casa, en el suelo, mis ojos fijos en el baile del móvil, insonorizado por la alfombra. Sin embargo, mi cabeza no estaba en el 11 de marzo sino en la tarde en que dejé a Elena por ti, Marta, cuando le dije que me había enamorado de otra y que no quería seguir con ella. Una y otra vez recordaba ese momento y no podía perdonármelo. Porque al dejar a Elena también dejé de llevarla al trabajo cada mañana con mi furgoneta, la furgoneta que me dejaron mis padres y que me ayudaría después a dejar Madrid contigo. Desde que la abandoné, Elena tuvo que ir a trabajar en tren. Quién lo habría dicho, ¿no? Ir a trabajar en tren y no en la furgoneta de tu novio, el cambio más irrelevante de una vida que había cambiado por completo, lo cambiaría todo. Si solo la hubiera dejado dos semanas después... Quizás ahora estaría en Madrid, quizás seguiría con Elena, quizás tú y yo seríamos felices, quizás no nos engañaríamos. ¿Ves como no era lo mismo, Marta?

Mateo hizo ademán de coger una de sus tazas, pero desistió y se recostó en la silla, agotado. No quedaba café, tampoco vodka. Tutaj dormía, ajena a todo, y solo se oían sus ronquidos delicados y cadenciosos. Me avergonzó no tener unas palabras de consuelo, aunque era consciente de que no había palabras así. Ya me iba a levantar para ponernos agua cuando Mateo volvió a hablar.

—¿Y tú? ¿Recuerdas dónde estabas tú el 11-M, catalán?

Apenas terminó la frase, se puso de pie bruscamente, como si más que levantarse se cayera de la silla, golpeando la de Tutaj. La gata despertó de golpe, a tiempo de ver cómo Mateo se metía en el lavabo y cerraba la puerta.

No recuerdo cuánto rato estuvo dentro, tampoco sé si me dormí o no. En algún momento de la espera, me di cuenta de que amanecía. Al ver el cielo rosado pensé que nos convendría tener más café. Mientras el agua hervía, me pareció oír ruidos en el váter: un sonido ahogado por la puerta, el sonido de la cafetera y mis estornudos. ¿Todo bien?, pregunté, ¿estás bien?, pero no obtuve respuesta ni quise acercarme a la puerta para escuchar mejor. Limpié las tazas de vodka y puse más agua, serví café en las otras. Volví a sentarme y a quedarme medio dormido.

Cuando Mateo salió, el café se había enfriado un poco, pero seguía siendo reconfortante. Tomó un sorbo y siguió hablando como si nada, aunque el tono de voz le había cambiado: era más sereno, como si su historia no fuera suya y sus palabras fueran de otro.

Mateo me contó que era la segunda vez en su vida que lloraba en un lavabo, aunque por suerte en esta ocasión no había tenido público (preferí no decirle que yo lo había oído). La primera vez fue en Madrid, en marzo de 2013, precisamente ese mes de marzo en que lo sustituí en la academia para que regresara a Madrid, su querido Madrid que no pisaba desde hacía nueve años. El 11 de marzo de 2013 quiso asistir a un acto de homenaje a las víctimas del 11-M, pero no se atrevió a acercarse. Cada día que pasó en Madrid trató de visitar la estación; irremediablemente, cambiaba de dirección en cuanto veía asomar la fachada del edificio. El mismo día en que salía su avión para volver a Cracovia, decidió dar un rodeo y tomar el autobús al aeropuerto desde Atocha.

El aparcamiento de los autobuses estaba al lado del monumento que honraba a las víctimas de los atentados, presidiendo una especie de glorieta, me siguió diciendo Mateo. El tráfico que rodeaba el monolito apenas lo distrajo de su contemplación: era un cilindro inmenso que parecía de metal por el color gris y las rejillas de la superficie, pero había leído en algún sitio que en realidad era de cristal y que medía más de diez metros de altura y otros tantos de diámetro. Cuando lo inauguraron, vio varias imágenes en internet; entonces ya quedó decepcionado y verlo en persona no modificó su opinión. Como tenía bastante tiempo antes de que saliera su autobús, se entretuvo jugando a interpretar qué significaba aquella escultura, pero solo se le ocurrían tonterías: una urna con las cenizas simbólicas de las víctimas, un agujero imposible de tapar en Madrid, el ciclo de la vida, un acto tan malvado que deviene incomprensible, la conexión cielo-infierno. Encontró más sentido en las comparaciones, que en el fondo eran igualmente estúpidas: un rollo de papel higiénico, la chimenea de una fábrica subterránea, una papelera metálica. Las críticas que el monumento había suscitado entre las asociaciones de víctimas le parecieron de lo más lógicas, porque no transmitía un mensaje claro. Pensó que probablemente se había concebido ese tubo gris con otra finalidad y al final lo habían puesto aquí diciendo, por qué no, que rememoraba a las víctimas. Se dio la vuelta insatisfecho de sus reflexiones y entró en la estación de Atocha, donde un piso más abajo se podía visitar el interior de la instalación conmemorativa.

Como no estaba de humor para hablar con nadie, dio tumbos por Atocha un buen rato, me relató Mateo, en busca de la segunda parte del monumento, de las entrañas del tubo. Sabía qué era lo que encontraría, pero no sabía qué aspecto tenía el local que alojaba la instalación y tampoco vio ninguna señal que le indicara dónde estaba, por lo que terminó preguntándole a un policía. No le sorprendió descubrir que ya había pasado por delante dos veces, pensando que era una tienda abandonada.

En el pequeño recibidor, Mateo me contó que una chica le sonrió, le dio la bienvenida —¿la bienvenida a qué?— y le advirtió con encarecimiento que estaba prohibido mantener las dos puertas abiertas a la vez. Antes de entrar en la instalación, todavía había otra habitación intermedia, cuyas puertas eran las que no podían estar abiertas al mismo tiempo, por algún motivo que Mateo no entendió —¿estamos en una estación espacial?—, pero esperó obedientemente a que se cerrara la primera para continuar su visita. Estaba solo y sintió que hacía mucho calor en ese espacio azul totalmente a oscuras, exceptuando el centro de la sala, iluminado por la apertura del techo, el cilindro abierto al cielo. Antes de que sus ojos se acostumbraran a la combinación de luz y oscuridad, reconoció el interior del tubo gris: los mensajes de apoyo a las víctimas, escritos en diferentes idiomas sobre un gran globo transparente. Desde la calle, solo se veía un cilindro gris; desde abajo, un globo de plástico con frases impresas. ¿A quién se le había ocurrido aquella obra? Sin embargo, pensó que la metáfora tenía mucho más sentido vista desde ahí: era un órgano protegido por el esqueleto, era la fragilidad de la vida y de la solidaridad, era la luz contra la oscuridad, era la necesidad de preservar la memoria. En la parte superior de la burbuja había unas grietas que le recordaron haber leído que la instalación tenía muchos problemas de mantenimiento, entre ellos lograr que siempre estuviera hinchada, y que, de hecho, ya se había pinchado varias veces, cayendo al suelo como un zepelín defectuoso o una medusa arrastrada hasta la orilla. Por eso era necesario cerrar siempre una de las puertas, dedujo, para evitar que bajara la tensión. Todavía estuvo leyendo los mensajes y meditando un rato más, sin nadie que lo molestara.

Al abrir la primera puerta de la habitación intermedia, vio algo que no había notado al entrar: me dijo Mateo que a su derecha había una pantalla que proyectaba los nombres de las 191 víctimas de los atentados. Antes de que la puerta se cerrara, ya había localizado el nombre de Elena. Sintió que el suelo le fallaba bajo los pies, sintió la textura gomosa y aceitosa y el olor a plástico y a tortilla de patatas chamuscada, sintió la vibración de su móvil.

Mateo me relató que le parecía estar a punto de desmayarse, pero logró mantenerse en pie, abrir la segunda puerta y salir de ahí. Giró a la izquierda y se metió en los lavabos, el primer refugio que encontró, pagó un euro para poder entrar, fue directo a uno de los cubículos sin mirar a nadie y se cerró dentro. Sentado en el retrete, quién sabe cuánto tiempo estuvo llorando. Aunque había echado el pasador, sujetaba la puerta con ambas manos mientras las lágrimas le recorrían la cara. Nunca había llorado con tanta fuerza, tan a borbotones. No hacía mucho ruido, pero era evidente que quien estuviera en el lavabo podía escuchar sus sollozos entrecortados. Cuando terminó, se dio cuenta de que era la primera vez que lloraba sin taparse la cara. Se miró las manos con extrañeza, como si acabara de descubrir que se podía llorar sin usarlas. Al salir, se lavó la cara y las manos repetidamente. A través del espejo notó dos miradas fijas en él: una correspondía a una mujer de unos cincuenta años, que le preguntó si se encontraba bien, y la otra mirada pertenecía a una chica que seguía callada mientras corría el agua de su grifo, más indignada por su presencia que preocupada por su estado.

—No me jodas, ¡me había metido en el lavabo de mujeres!

La sonrisa cansada de Mateo se fue convirtiendo, poco a poco, en una risa, silenciosa y mateórica. Yo también me reí, probablemente por primera vez desde hacía muchas horas. Su risa era muy diferente de aquella que escuché en la academia hacía más de un año, cuando lo conocí. Aunque no hacíamos mucho ruido, Tutaj volvió a despertarse y nos miró con pereza. Me levanté para preparar algo de comer, ya que dentro de poco tenía que ir al liceum a dar clases y necesitaba coger fuerzas como fuera. Aproveché y le puse algo de comida a la gata, que saltó de la silla y se acercó presurosa a su cuenco. Espero que te vaya bien esto, le dije a Mateo, no tengo mucho más, y serví unos huevos fritos con pan, tostado en la misma sartén. Comimos los tres con voracidad y sin cruzar ni una palabra. Terminé antes que Mateo y pensé que esta vez me tocaba a mí mover pieza.

—Entonces, ¿qué es eso del viaje y la furgoneta? ¿Qué furgoneta?

—¿Qué furgoneta será? —dijo con la boca aún llena—. Mi furgoneta, la furgoneta de mis padres. La Volkswagen T3 blanca y roja como la bandera de Polonia. La que me robó Marta cuando me dejó. Quiero recuperarla. La furgoneta, digo, no a Marta, a Marta le perdí la pista desde que se fue. Solo sé que vive en Ucrania, en Kiev. He intentado contactar con ella a través del correo, las redes sociales y diferentes amigos suyos, pero nada. Casi caí en la tentación de pedirle ayuda al cabrón de Adrian. Sin embargo, ayer tuve una revelación. Buscando y buscando por internet, encontré un anuncio de un ucraniano que vende una furgoneta exactamente igual que la mía. Por las fotos la reconocí, aunque ahora tiene matrícula de Kiev. No sé quién será el vendedor, quizás es Marta o su nuevo novio o un familiar. Fue una señal, y eso que yo no creo en señales. Este es mi plan: ir a Ucrania para recuperar mi furgoneta. Tengo un conocido en Kiev que me puede acoger. ¿Qué te parece? ¿Te apuntas? Vamos en autobús y volvemos en furgoneta.

No disponía ni de tiempo ni de energía para darle excusas, ni siquiera había logrado procesar la nueva historia de Mateo.

—No te preocupes, catalán, pensaba ir a Ucrania solo. Pero cuando encuentre mi furgoneta pasaré por Cracovia a buscarte. Quiero viajar, hace mucho que no lo hago y menos por placer. Quiero recorrer Europa, como el fantasma. ¡No puedes decir que no! Será el En la carretera europeo, luego te dejaré escribir todo lo que nos pase. Será un viaje rabelais, un viaje goliardo. Sin prisa, sin obligaciones, sin un destino concreto. Podemos ir a Rumania o a Lituania, a ver si encontramos a tus Apocrifílicos. O a Alemania, que solo he estado de paso. O a Budapest, donde perdiste la cámara de fotos en ese cuento tuyo tan malo. O quizás ir más al este, a Rusia. No sé, ya veremos. Me voy a hacer las maletas. ¡Suerte con tus clases!

La gata salió del piso con Mateo, ambos igual de excitados. El portazo coincidió con mi estornudo.

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