martes, 14 de junio de 2016

Mateorías (7)

(Capítulo 7 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Siete

Muchos años atrás, antes de ir a ver el Barça-Madrid con Mateo y de recibir sus cuatro postales, cuando todavía vivía en Barcelona y no habría podido situar Polonia en el mapa ni nombrar su capital, justo en la época en que la pubertad obstruía todos los poros de mi piel, estaba desarrollando mi vocación literaria. Mi vergonzosa vocación literaria. Mi vocación literaria secreta. Mi fracasada vocación literaria. Bueno, al principio solo era mi vocación literaria inconsciente.

Se sube el telón y se ve a un chaval granujiento y gordito en el instituto, sentado a su pupitre. Es la última clase antes de las vacaciones y el profesor de lengua y literatura, en un arrebato de optimismo y creatividad, les da al chaval y a sus compañeros deberes de verano. Les entrega un centenar de fotocopias malgrapadas y les dice que ahí dentro hay algo mucho mejor que la televisión, los videojuegos, internet, las pajas, las sectas, el cine, los ordenadores, la música y las drogas. Por unos instantes, los adolescentes conservan la esperanza de que no sea un farol pedagógico más; el bochorno de julio y la inminencia de la libertad veraniega los engañan, como un oasis. En cuanto hojean un poco las fotocopias, sin embargo, se desilusionan: son putos cuentos, dice uno de los estudiantes. Sí, son cuentos, confirma el profesor, es literatura, quiero que este verano leáis. La mayoría de las fotocopias termina en la basura más cercana al instituto, claro. No obstante, el gordito de los granos se las lleva a casa y, por inverosímil que parezca, las lee. Los relatos le duran casi todo el verano y no entiende mucho, pero lo apasionan. Antes de que empiece el curso de nuevo, esconde las fotocopias en una caja de zapatos bajo su cama, dentro de una revista porno, no vaya a ser que sus compañeros se las encuentren.

Se baja el telón. Cucú... ¡tras! Ese chico era yo; este es el inicio de mi autobiografía literaria. Y el profesor de lengua y literatura se llamaba Leopoldo o Leo, más conocido como Yono Leo. ¿Has leído el poema? Yo no, Leo. ¿Es que no lees nunca? Yo no leo. Pese al mote que le pusimos, merece un nombre propio en esta historia y una estatua con pedestal en el museo de mis maestros, junto a la de Mateo.

De entre los cuentos que nos entregó Yono Leo, el que más me gustó fue con diferencia "El infierno tan temido" del uruguayo Juan Carlos Onetti. Su estilo era demasiado complicado para mí, enrevesado y barroco: lo leí de pe a pa sin enterarme de nada. A pesar de esto, encontré un gran interés en la perversión de escribir para no ser entendido y el título me cautivó; ambos elementos cuadraban con mi turbulento e incomprendido yo adolescente. Cuando empezó el curso y Yono Leo nos preguntó qué cuento nos había gustado más, se hizo un silencio sepulcral de manual. Todos esperábamos la consabida broma, pero levanté la mano y contesté: "El infierno tan temido". Y tan jodido, replicó un listillo. Tras las risas, Yono Leo le dio la razón al listillo: es un cuento bien jodido, sí, y luego nos soltó un sermón literario impulsado por una pasión inaudita, del que solo recuerdo una anécdota sobre Onetti (pasó sus últimos años encerrado en casa sin salir de la cama) y la conclusión ("El infierno tan temido" es una jodida obra maestra).

Una semana más tarde ya me había olvidado del cuento, del sermón de Yono Leo, de la vida camera de Onetti y de lo demás, incluso de que el profesor había empleado dos veces la palabra jodido. Pero mi vocación literaria se estaba gestando en las cenagosas profundidades de mi inconsciente quinceañero, una eficiente factoría de represión, pulsiones y complejos. ¡Pobre Yono Leo! Ahora entiendo cuán frustrante puede llegar a ser su trabajo a causa del pasotismo estudiantil. Sin embargo, como buen profesor, él lo recordaba todo; por eso, cuando se elaboraba la revista del instituto, Yono Leo me propuso escribir un cuento. No supe decirle que no; tampoco me di cuenta de la importancia de aquel trascendental momento, pero de pronto recordé la anécdota de Onetti, viviendo en la cama, y me pareció un futuro bastante bueno. Me dio unos cuantos consejos y unas semanas de margen, tras las cuales le entregué un relato: "El intento tan tímido". No lo he conservado y no es necesario ni decoroso tratar de evocarlo; basta decir que era un texto muy autobiográfico y que el homenaje o plagio de Onetti era descarado (y no sería la última vez que haría esto). No me arrepentí de nada hasta que Yono Leo me ordenó leerlo frente a toda la clase. Yo no leo, le contesté, yo no, Leo, le imploré; él me sonrió y me empujó delante de mis compañeros. Resignado, adopté un tono serio e intenté mantenerme impasible a las cuchufletas.

—¡Maricón!

—¡Gordinflón!

—¡Poetón!

Botifler! ¡Traidor! ¡Renegado! —el cuento estaba escrito en castellano y no en catalán.

—¡Maravilloso! —mintió Leo.

Tras las risas, mi arrepentimiento fue absoluto. Le supliqué a Yono Leo que no publicara el relato en la revista del instituto. No es un buen cuento, pero es un buen primer cuento, me dijo, y unos días después todo el mundo leyó la revista y empezaron las verdaderas burlas. Durante el resto del curso, la creatividad de los insultos de mis compañeros no conoció límites; si un profesor de lengua y literatura los hubiera escuchado, se habría maravillado y horrorizado a partes iguales. Yo me decanté más bien por el segundo sentimiento, así como por la vergüenza. Escondí mi ejemplar de la revista del instituto en la caja de zapatos, junto a "El infierno tan temido" y tan agorero, debajo de varias revistas porno.

Un día, traté de compartir mi abatimiento con Yono Leo, que era quien me había metido en aquel embrollo, pero no supo o no quiso entenderme:

—No te preocupes, es tu primer cuento. Escribirás cosas mejores. Solo necesitas practicar. Sobre todo, lee mucho, lee sin parar. Lee hasta que te sangren los ojos. Lee en el autobús, en clase, en bicicleta y a pie, en el retrete y en la cama. Después, acuéstate y a la mañana siguiente sigue leyendo. Y cuando encuentres a un autor que te gusta, imítalo. Mejor aún: cópialo sin piedad. Como hiciste con Onetti. Este es el lema del gran escritor: lee sin parar y copia sin piedad.

Me dio una palmadita en la espalda y un libro. En la portada ponía Josep Pla; el nombre me sonaba, soporífero, de la clase de literatura catalana. Me instó a leerlo y a escribir, como Josep Pla, un diario. Un diario de escritor, recalcó Yono Leo, Josep Pla dice que es el primer paso para convertirse en un gran escritor, me aseguró. En ningún momento se me ocurrió decirle yo no leo. Aquella fue la primera de las muchas recomendaciones literarias que me haría Yono Leo.

Leí El cuaderno gris con desconfianza, pero pronto me fue enganchando y cuando llegué al final ya había olvidado la vergüenza pasada, pero no los consejos de Yono Leo. Cogí la libreta de biología del curso anterior y le arranqué las páginas llenas de pájaros y moluscos; en las sobrantes, comencé a escribir mi diario. Lo guardaba debajo de la almohada, para tenerlo más a mano. Así, casi cada noche, antes de acostarme, escribía alguna cosa que me hubiera ocurrido o, en su defecto, que se me hubiera ocurrido. Poco a poco fui creciéndome, página a página me decía que pronto sería un gran escritor, como Onetti, porque yo también escribía en la cama. La principal ventaja del diario era que nadie más que yo lo leía y, por tanto, nadie se podía reír de mí. Hasta que descubrí que mi madre lo había leído sin mi permiso. Deduje que lo había descubierto al cambiar las sábanas. En ningún momento me habló directamente de la lectura de mi diario, pero hizo una referencia a su contenido: aquella alusión fue una prueba suficiente. Sentí más bochorno que si hubiera descubierto mis revistas porno. Volví a arrancar las páginas escritas, esta vez llenas de verdades y de mentiras, y las hice trizas. La libreta quedó esquilmada, pero las páginas restantes conservaban las débiles marcas de mi escritura anterior, para siempre destruida. En vez de deshacerme de ella, la metí dentro de la caja de zapatos, junto a mis otras vergüenzas.

A partir de entonces, mi vocación literaria pasó a ser totalmente secreta. La vergüenza empapó todo lo que escribía —siempre a escondidas, preferiblemente de noche—. Adopté la costumbre u obsesión de hacer trizas los relatos y los poemas que no guardaba. El resto lo metía en el único lugar a salvo: la caja de zapatos bajo la cama, entre las fotocopias de Yono Leo y las revistas porno, aunque mis fracasos literarios fueron ocupando cada vez más espacio. Nunca hablé con nadie, ni siquiera con mi madre, de mi vocación literaria secreta. Ni mi familia ni mis amigos supieron de ella jamás, o al menos yo se la oculté tanto como pude. Tanto que, cuando años después decidí matricularme en una carrera de letras, mis padres me miraron más extrañados que horrorizados. Por suerte, no se opusieron.

Fue durante el primer curso de la universidad cuando volví a escuchar aquel título fascinante. En un ensayo, un famoso escritor latinoamericano decía que "El infierno tan temido" de Juan Carlos Onetti era una obra maestra. Sorprendido por el reencuentro literario, leí de nuevo el cuento y por primera vez lo entendí; supongo que tenía algo más de experiencia lectora y vital. Comprendí que el argumento de "El infierno tan temido" era bastante sencillo, aunque la forma fuera compleja. Un hombre llamado Risso empieza a recibir cartas de su ex, Gracia César, que contienen fotos de ella follando con otros hombres. Risso está solo y derrotado, cada carta —cada foto, cada polvo ajeno— lo hunde más; el lector entiende que fue él quien rompió con ella, por eso Gracia le manda esas fotos vengativas. No estropearé el final, brutal.

Con unos cuantos años de retraso, le di la razón a Yono Leo. Pero la consecuencia más importante de aquella segunda lectura fue asumir del todo mi vocación literaria: sí, yo quería ser escritor y escribir algo tan bueno como el cuento de Onetti. Lo leí y releí hasta la memorización, tratando de encontrar el fundamento de la atracción que ejercía en mí. Pasado un tiempo, llegué a una conclusión absurdamente clara: tenía que plagiar a Onetti de nuevo. Pero no copiaría su estilo, ya algo oxidado, sino su contenido. Escribiría un relato cuyo protagonista recibiera unas cartas misteriosas, igual que el personaje de Onetti, a poder ser con fotos ominosas. No me pareció una empresa tan difícil, así que me puse manos a la obra. Mi juventud e inexperiencia me armaron de la ceguera y de la voluntad necesarias para afrontar el reto. Sin duda, iba a escribir el relato que cambiaría el rumbo de la historia universal de la literatura. Yono Leo me volvería a felicitar, mis excompañeros lo harían por primera vez, mi nombre figuraría en los aburridos manuales de literatura de instituto, junto a Pla y Onetti, y una corona de laurel descendería del monte Parnaso, cual paracaídas, hasta posarse suavemente en mi testa, encajando a la perfección con mi cogote y mis orejas. Solo entonces sacaría la caja de zapatos y airearía el resto de mi maloliente obra. Como Onetti, habitaría para siempre en mi cama de escritor.

Tras unas semanas de intenso trabajo, me di cuenta de que no iba a ser tan fácil.

Mi segundo homenaje o plagio de Onetti quería ser una versión modernizada de su cuento; lo titulé "El internet tan temido". El protagonista, que no se llama Risso sino Rossi, se va de vacaciones con su novia, Dolores, a Budapest, donde pierde su cámara de fotos (yo había estado en la ciudad con mis padres y me pasó lo mismo, ganándome una bronca paterna a cambio de una idea literaria). Al regresar a Barcelona, Rossi deja a su novia por otra chica, su amante, y Dolores se escandaliza; Rossi no dura mucho con la nueva y se queda en seguida soltero. Un día, recibe un email con una foto misteriosa: es una de las fotos que sacó con su cámara perdida en Budapest. No entiende nada; aunque contesta el correo, no le responden. Una semana más tarde, le mandan otro email con otra de las fotos de su excámara. Sigue recibiendo fotos similares hasta que la undécima cambia el patrón establecido: muestra la entrada del hotel donde se alojaron y también a su exnovia; Rossi se inquieta, porque está seguro de que, a diferencia de las anteriores, él no sacó aquella foto. Llama por teléfono a Dolores pero no contesta, tampoco por Facebook; sus amigos le dicen que tras la ruptura se fue de mochileo por Europa, a encontrarse a sí misma o algo por el estilo. La foto adjunta al siguiente correo es aún más perturbadora: Rossi reconoce la habitación del hotel y la cama, así como la melena de su ex, desparramada sobre las sábanas, pero no logra identificar a quién pertenecen la espalda y el musculoso culo de su amante. Las fotos que siguen son cada vez más explícitas, pero nunca enseñan las caras de los diversos amantes, solo sus poderosos traseros. Las acrobacias sexuales también van in crescendo, la perversión alcanza cotas que Rossi no pudo imaginar en su relación con Dolores. Más que el odio, lo corroe la envidia: ¿por qué ella no fue tan fogosa con él? ¿Es que sus nalgas no son lo bastante atléticas? La ambivalencia de sus sentimientos hace que las fotos sean todavía más excitantes; no hace falta decir que Rossi se masturba una y otra vez viéndolas. Sin embargo, duda: ¿es posible que la Dolores de las fotos sea la mujer con la que él salió? Por otro lado, no sabe qué hacer con las fotos; siente que hay un importante mensaje oculto que debería descifrar, pero no lo consigue. ¿Se trata de una venganza de su ex? ¿Debería eliminar las fotos? ¿O mandárselas a sus amigos? ¿Y si se las envía a la familia de Dolores? ¿Y si las cuelga en Facebook?

Yo tampoco sabía qué hacer con el cuento. ¿Cómo podía darle un final adecuado a "El internet tan temido"? Estaba totalmente atascado en aquel relato muerto. Me armé de valor y se lo leí a mi novia de entonces para que me aconsejara, como en su momento había hecho Yono Leo; no le había leído a nadie ninguna de mis creaciones literarias desde el fiasco de la revista del instituto, excepto el fisgoneo materno de mi diario. Como era de esperar, a mi novia no le gustó nada: no son más que fantasías sexuales adolescentes, sentenció. Nuestra relación no duró mucho más; a diferencia del cuento, fue fácil encontrarle un final. Abandoné "El internet tan temido" en mi caja de zapatos, a rebosar de fracasos literarios. Aunque me frustró bastante, seguí escribiendo, pero dejé de lado mi fijación por las cartas misteriosas y las fotos perversas. Quizás mi exnovia tenía razón y aquello solo eran niñerías. Yo ya era un adulto, ¿no?

Al terminar la universidad, me tomé unos meses libres para dedicarme en cuerpo y alma a la escritura. Todavía era muy joven, pero lo consideré mi última oportunidad antes de ponerme a trabajar de verdad y dejar pasar definitivamente el tren de la gloria literaria, con sus cómodas camas y sus coronas de laurel. Escribí y corregí, reescribí, modifiqué y manipulé mi texto —esta vez no copié ni a Onetti ni a Pla— hasta que quedé bastante satisfecho con el resultado. Me salió una novela, o algo así. Más adelante hablaré con más detalle de ella y de su argumento.

La imprimí, la metí en un abultado sobre junto a una nota de presentación y se la envié a Yono Leo para que la leyera. Estaba seguro de que le encantaría mi novela y de que me ayudaría a publicarla; al fin y al cabo, él había sido mi maestro y mi primer lector. Poco después, recibí una escueta carta de su viuda como respuesta. Un ataque al corazón. En internet no encontré más noticia de su muerte que la esquela de la página web del instituto. Una visita al cementerio confirmó lo que no acababa de creerme. Sentí una pena inmensa y una vergüenza incomparable: nunca le había dado las gracias por nada a Yono Leo. Ni siquiera se me había ocurrido traerle flores. Tuve la certeza de que nadie, ni uno solo de sus estudiantes, le había agradecido jamás sus enseñanzas. Desde el cielo de los profesores, se estaría riendo de mí: yo no leo, me diría con sorna. Pero en seguida pensé que no, que aunque yo lo mereciera, aquel no era su estilo. Derramé unas cuantas lágrimas de amargura y de culpabilidad a los pies de su nicho.

Mi superstición me dijo que no lograría publicar mi novela recién escrita, pero lo que me esperaba era mucho peor. A pesar de todo, no me rendí. Esta vez, se la envié a un amigo para que se la diera a uno que conocía a otro que trabajaba en una editorial, y yo mismo les entregué un montón de fotocopias de mi novela a diferentes editoriales; también se la mandé a varios escritores que me gustaban. No sé si alguien la llegó a leer, pero un buen día recibí una carta: querían publicarme. Salté de alegría, aunque era una editorial menor y el dinero que me pagarían lo era todavía más. Me emocioné y, cuando pensé en Yono Leo, lloré de nuevo. La única condición que le puse a la editorial era que quería publicar mi novela bajo seudónimo: mis malas experiencias me habían hecho escarmentar, el mundillo literario era muy duro y no quería volver a sufrir las burlas de todo el mundo. Si la novela resultaba ser otro de mis fracasos, si todos los críticos decían que era una mierda pinchada en un palo, si los lectores decían que era más aburrida que ir a misa, siempre podía escabullirme y mantenerme al margen, olvidar la novela en mi caja de zapatos y no mencionar jamás aquel seudónimo humillante. Si, en cambio, triunfaba, daría un paso adelante para llevarme el mérito, diría que yo era una persona vergonzosa y que me daba miedo la fama, lo cual no era del todo falso, y terminaría mis días de gloria tumbado en una cama.

Mis predicciones no fueron nada acertadas: la novela no fracasó ni triunfó, sino que pasó totalmente desapercibida. Nadie habló de ella, apenas alguna reseña aficionada y más bien tibia en internet. Eché de menos las críticas de mi exnovia, la lectura furtiva de mi madre, el escarnio de mis compañeros de clase y sobre todo las alabanzas del difunto Yono Leo. Quizás había ingresado en el salón de la fama literaria, pero me habían destinado a una alhacena húmeda y oscura del sótano, donde no llegaban nunca ni lectores ni críticos, un rincón tan secreto como mi caja de zapatos. Me costó entender que en realidad aquel silencio era un fracaso rotundo, su peor versión.

En seguida traté de recuperarme y justificar mi enésima decepción literaria. Atribuí mi fiasco a haber publicado bajo seudónimo, a la crisis del sector editorial y a la económica, a los demasiados libros existentes, a la lengua utilizada (español), a la falta de interés por la literatura, etc. Sin embargo, la excusa que más me convenció, la que finalmente me creí y logró sacarme del bache creativo, estaba íntimamente relacionada con mi autobiografía literaria. En mi novela, ningún personaje recibía cartas misteriosas ni mucho menos fotos perversas. Sí se mandaba alguna que otra carta, pero casi no tenía repercusión en la trama. Mi fracaso me resultó evidente: me había desviado de mis orígenes como escritor: el cuento de Onetti. "El infierno tan temido", "El intento tan tímido" y "El internet tan temido": el homenaje o plagio de Onetti. Probablemente solo me estaba autoengañando, pero aquella mentira piadosa, aquella estúpida superstición literaria, volvió a insuflarme la motivación que necesitaba. Me prometí que en el siguiente proyecto en que me embarcara alguien recibiría cartas misteriosas.

En lugar de comenzar a escribir otra novela, empecé a escribir un blog. Poco antes de venir a Cracovia, abrí uno y lo titulé De mí me río (era mejor que me acostumbrara a reírme de mí mismo, sabiendo por experiencia propia que otros lo harían también). Fui publicando los relatos que se me ocurrían, lejanamente basados en lo que me ocurría, como había hecho en mi diario de escritor. Por primera vez, me atreví a firmarlos con mi nombre y no con un cobarde seudónimo. La repercusión de De mí me río fue nula —solo me leían mis amigos y mi familia—, pero al menos mi madre podía hacerlo sin esconderse. Para consolarme de nuevo, me dije que los cuentos del blog no era mi gran proyecto literario, solamente se trataba de un entrenamiento; además, en ninguno de ellos hablaba de cartas o fotos.

Antes de plantearme mi viaje a Cracovia, envié varias cartas pidiendo diferentes becas, porque necesitaba dinero para seguir escribiendo y no quería ponerme a trabajar. Solicité una beca literaria para escribir una segunda novela, otra para asistir a un curso de escritura creativa e incluso una beca para prolongar mis estudios en el extranjero —en vez de estudiar, escribiría—. Me las denegaron todas, excepto la que menos me interesaba. Así fue como recibí una beca Rabelais y terminé estudiando en Cracovia, primero, y trabajando de profesor de español, después, que a fin de cuentas es una profesión bastante literaria. El laberinto que me llevaría a Mateo estaba sembrado de fracasos, oportunidades perdidas, vergüenzas y casualidades más bien descafeinadas.

Ya en Cracovia, continué escribiendo relatos para alargar el índice de De mí me río, pero también asistí a las clases del programa Rabelais. En una de ellas, el profesor nos habló de un autor polaco llamado Sławomir Mrożek (que, casualmente, moriría un tiempo después, el 15 de agosto de 2013). Leí un par de libros suyos traducidos al español, aun así muy divertidos; el que más me gustó fue con diferencia El elefante, porque incluía un cuento maravilloso titulado "La esperanza", cuyo personaje principal recibe cartas misteriosas. Estas no contienen fotos sino hojas en blanco y persiguen a su destinatario allá donde va: se las envían a diversos lugares, no solo a su casa. El protagonista trata de dar una explicación lógica a las cartas y a las hojas en blanco —quién se las manda, qué significan—, pero no lo logra. ¡Qué gran hallazgo!, pensé con envidia. Aquel polaco de nombre y apellido impronunciables había escrito mi relato, la gran obra maestra que yo me había atribuido. A pesar del duro golpe que recibí, no me di por vencido: ya estaba acostumbrado a los fracasos. Sabía que, en la distancia enorme que había entre el cuento de Mrożek y el de Onetti, se encontraba la historia que yo escribiría algún día.

Durante mis primeras semanas en la ciudad, visité a un amigo que vivía en Ámsterdam y que también estaba estudiando gracias al programa Rabelais. Al despedirnos, mencionó que me mandaría un regalo y me guiñó un ojo. Al volver a Cracovia, mi compañero de habitación, Facu, me dijo que había recibido una carta y me guiñó un ojo. Venía de Ámsterdam. El sobre era bastante grueso: por dentro estaba forrado de plástico, para esconder el olor. Primero encontré una nota escrita a mano: "Viva la Europa sin fronteras". La carta no contenía mucha marihuana, pero fue suficiente para animar unas cuantas fiestas rabelaisianas. Más adelante, me llegó otro sobre exactamente igual de rechoncho y con el mismo contenido. Mi amigo de Ámsterdam me aseguró que me había mandado dos más, pero nunca las recibí. Me imaginé a un cartero vendiendo la marihuana y a un policía fumándosela, incluso al torpe Facu, mi compañero de habitación, intentando liar un porro. Nada de aquello era suficiente para escribir mi gran obra, ni siquiera para un relato breve en De mí me río.

La casualidad quiso que recibiera otra carta bien diferente unos días después. Ni yo ni Facu éramos los destinatarios, pero estaba dirigida a alguien que había vivido en nuestra habitación; no nos costó mucho deducir que debía de ser el anterior inquilino. Antes de entregársela a la portera de la residencia de estudiantes, se me ocurrió inspeccionarla al trasluz; la abrí en seguida. Nos resultó difícil decidir qué hacer con los 100 złotych que contenía: Facu quería que nos los repartiéramos, mientras que yo prefería devolverlos. Solo eran unos 25 euros, pero me parecía feo quedárnoslos, sobre todo porque contenía una felicitación de cumpleaños en polaco, firmada por una mujer; probablemente, la abuela de algún estudiante se había acordado de su nieto. El sobre rasgado, con los 100 zlotych dentro, se quedó unas semanas encima de mi mesa. Otro día, recibimos otro sobre igual: el mismo destinatario y la misma cantidad dentro, aunque esta vez contenía una tarjeta de Navidad. Durante un tiempo hubo dos sobres en la mesa, hasta que nos mandaron una tercera carta, con 100 złotych más, para celebrar el santo del exinquilino de la habitación. Como no estaba Facu, me apresuré a escribir una respuesta en inglés, metí los 300 złotych dentro y se los reenvié a su propietaria. Eran 75 euros, bastante dinero, pero pensé que había que ser honrado; al fin y al cabo, aquel país había tenido la delicadeza de acogerme. La señora me agradeció el gesto una semana después, con una carta que contenía un billete de lotería. No gané nada, pero obtuve una buena historia que contar. Sin embargo, no sabía cómo acabarla. ¿Me hacía amigo de su nieto? ¿Visitaba a la abuela? ¿O quizás descubría una oscura historia sobre el nieto: cocainómano, puto, traficante, coleccionsista de sellos? Nada, aquel era un relato muerto, como "El internet tan temido".


Cuando dejé la residencia de estudiantes y la habitación compartida con Facu, dejé de recibir cartas extrañas. En mi nuevo piso seguí escribiendo, pero no podía dedicarle tantas horas a mi vocación literaria, porque el trabajo de profesor de español ocupaba la mayor parte de mi tiempo.

Mucho después, Mateo me mandó una postal, la primera, desde Kiev; ya no volvería a Cracovia. Por un lado, la plaza de la Independencia de Kiev, con el monumento a la independencia, varios edificios y fuentes; por el otro lado, un texto: "Vuelvo a Madrid, no las he encontrado en Kiev. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

La segunda postal me la envió ya desde Madrid. Por un lado, el monumento a Cervantes de Alcalá de Henares; por el otro, un texto: "No he encontrado tu libro en ninguna librería madrileña, Javier Marías, tendrás que traerlo tú mismo. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

La tercera también me la mandó desde Madrid. Por un lado, la escultura de La dama del Manzanares: una cabeza de bronce enorme, con una corona metálica; por el otro, un texto: "En Madrid también tenemos una cabeza enorme que todo lo ve, catalán, como la de Cracovia. Es una escultura del Parque Lineal del Manzanares, hecha por un arquitecto barcelonés. Cuando vengas, te llevaré a verla y nos acordaremos de Facu. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Solo cuando recibí la cuarta postal, la más escueta y con la foto de Atocha, me di cuenta: Mateo y sus postales formaban parte de aquella serie de malentendidos literarios que atravesaba mi vida. Mateo y Yono Leo, Mateo y Onetti, Mateo y "El infierno tan temido", Mateo y Josep Pla, Mateo y mi diario, Mateo y "El internet tan temido", Mateo y mi novela con seudónimo, Mateo y De mí me río, Mateo y el programa Rabelais, Mateo y Facu, Mateo y Mrożek, Mateo y las cartas con marihuana, Mateo y el dinero de la abuela, Mateo y las clases de español, Mateo y Todo en Español, Mateo y J&J. Quizás una postal no tenía tanto glamur como una carta con una foto de tu ex follando o con una hoja en blanco dentro, pero en el fondo era lo mismo.

Compré la postal de Juan Pablo II y me senté en uno de los bares que solía frecuentar con Mateo para escribirle. Fui tan escueto como su última postal: "Este verano sí me bajo en Atocha, madrileño". Solo alguien que leyera nuestras mentes habría podido descifrar aquel o los anteriores mensajes.

Cuando días después me llamó desde Madrid, estaba leyendo en el sofá cama de mi piso cracoviano:

—No me jodas: ¿vienes a Madrid de verdad?

—Sí, puto madrileño. Acabo de comprar un billete Cracovia-Madrid. Me voy de Cracovia.

—Joder, ¿y eso?

—Voy a vivir en Madrid. Voy a escribirte.

—¿A escribirme otra postal?

—No, una novela.

—¿Otra novela?

—Sí, pero en esta aparecerás tú.

—¿Seré tu musa?

—Sí, mi muso.

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