sábado, 9 de julio de 2016

Mateorías (14)

(Capítulo 14 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Catorce

La heroica ciudad no dormía nunca la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes grisáceas que se rasgaban al correr hacia el norte.

El ojo humano queda siempre embelesado por el pasar de las nubes de Cracovia: blancas, grises, hoscas sobre el cielo azul, muy acordes al espíritu bohemio de la heroica ciudad, como si las hubiera colocado ahí un pintor romántico y luego el viento sur las borrara. En cambio, un científico equipado con los instrumentos de medición adecuados detectaría que esas nubes contienen proporciones muy elevadas de partículas de monóxido de nitrógeno (en seguida transformadas en dióxido de nitrógeno), así como compuestos orgánicos volátiles (isopreno, pineno, limoneno) y otros contaminantes secundarios (ozono, nitrato de peroxiacilo) surgidos a partir de la combinación de los elementos anteriores. Lo esencial es invisible para los ojos. ¿O no?

A la tórrida hora de la siesta del sábado, las calles de Cracovia estaban llenas; ni siquiera los rabelais españoles dormían. Como en cualquier capital europea, las turbas de turistas inundaban Rynek y las calles Grodzka y Floriańska. Los insensatos que levantaban la cabeza para contemplar las bellas nubes cracovianas corrían el riesgo de chocar con otros turistas, con músicos callejeros, con estatuas humanas, con bailarines, con titiriteros, con camareros, con malabaristas o con repartidores de folletos para discotecas, cafeterías, escape rooms, museos, bares, restaurantes y clubs de estriptis, algunos de ellos disfrazados de jarra de cerveza, de robot, de soldado, de Harry Potter o de folclórica polaca. Los transeúntes más despistados podían ser arrollados por bicicletas, por coches de caballos malolientes, por segways o por cochecillos eléctricos que transportaban a los turistas más perezosos; nada mucho más grave podía atropellarlos porque la circulación de otros vehículos motorizados estaba prohibida en todo el centro de la heroica ciudad. Por suerte, en Cracovia no solía haber carteristas.

—No me jodas, este calor no es normal. Cuando llegué a Cracovia los veranos no eran tan calurosos.

Muchos viajeros intentaban escapar de sus semejantes y del insoportable bochorno en bares y cafeterías, pero pronto averiguaban que ninguno disponía de aire acondicionado y que, además, no eran los únicos que habían tenido aquella brillante idea. En los pocos días que pasaban en Cracovia, no llegaban a descubrir que el mejor refugio eran las iglesias: frescas, gratis, oscuras y tranquilas, excepto a la hora de la misa. Y excepto Mariacki (Mariátsqui), la basílica de Santa María, símbolo de Cracovia situado en pleno Rynek, de pago y siempre abarrotada de turistas, locales y algún que otro żul.

La basílica de Mariacki no tenía una sino dos torres. Eran dos esbeltas torres, una hermana más alta que la otra, poemas románticos de ladrillo, delicados himnos, de dulces líneas de belleza muda y perenne. Santa María, de estilo gótico, databa de finales del siglo XIII, aunque había sido reconstruida varias veces y melancólicamente imitada por la diáspora polaca en iglesias de ciudades como Chicago. Si un turista contemplara al mismo tiempo aquellos dos índices de ladrillo que señalaban al cielo, la vista se le fatigaría en seguida y tendría que concentrarse en uno u otro; solo un turista estrábico lograría prestarles la debida atención a ambas torres.

Los domingos por la tarde, solíamos jugar a fútbol; pero las tardes de sábado estábamos desocupados como turistas. Por eso, Mateo me contó la leyenda de las torres de Mariacki, que explicaba por qué una era más alta que la otra. Cuando hacía mucho, mucho tiempo, en Cracovia decidieron (¿quiénes?) construir las dos torres (¿por qué?), dos hermanos (¿arquitectos?) se pusieron manos a la obra: cada uno erigiría una. Fueron pasando las semanas y los meses y los hermanos trabajaron muy duro, como buenos polacos. Al ver cuán alta era la torre de su hermano menor, el mayor sintió envidia.

—No hace falta ser un psicoanalista para diagnosticarle envidia del pene.

Una noche de tormenta, el hermano mayor asesinó al menor: ¡zas!, le clavó un cuchillo en el corazón. La imprecisión característica de las leyendas no explicita qué hicieron al respecto las autoridades competentes, pero hemos de suponer que el asesino no fue procesado. Las obras concluyeron y la torre del hermano menor se quedó más alta que la de su hermano mayor y asesino. El día de la consagración de la iglesia, el fratricida se arrepintió del crimen y se administró una buena dosis de su propia medicina: se atravesó el corazón con el mismo cuchillo que había matado a su hermano y luego saltó desde lo alto de una torre, no está claro cuál de las dos.

Mariacki era un emblema de Cracovia, no solo visual, también sonoro. (Debo, pues, corregir la descripción de la basílica: no es "de belleza muda y perenne", solo "de belleza perenne".) Aunque Santa María tenía varias campanas, lo que más se oía cada hora era una trompeta. Siempre tocaba la misma melodía repetida cuatro veces, una melodía muy peculiar que cualquier polaco sabría identificar: el "Hejnał Mariacki" o toque de trompeta de Mariacki. Era sencilla, con pocas notas y muy pegadiza, pero, sobre todo, terminaba de repente. El porqué de esa melodía y de su abrupto final tenía, por supuesto, su propia leyenda. Mateo también se la sabía y, como aquella calurosa tarde de verano estábamos un poco aburridos, me la contó.

Hacía mucho, mucho tiempo —aunque después de la leyenda de las torres de Santa María—, Cracovia sufrió un ataque repentino por parte de los mongoles. Un bizarro centinela dio la señal de alarma: cogió su trompeta y tocó la famosa melodía desde la torre más alta de Mariacki. Gracias a él, la heroica ciudad reaccionó, se cerraron las puertas y se logró evitar la razia mongola. Pero el heroico centinela murió: una flecha, disparada desde fuera de las murallas, le atravesó el corazón e interrumpió abruptamente la melodía que estaba tocando. Para darle algo de verosimilitud a la historia, es recomendable imaginarlo todo a cámara lenta legendaria.

En la Cracovia de 2013, se tocaba la melodía para rememorar el valiente gesto de aquel mártir. Cada hora, hiciera frío o calor, un trompetista se asomaba a una ventana y la tocaba una vez, saludaba a su lejano público con la mano y cerraba la ventana, y en seguida se asomaba a otra ventana y repetía la misma melodía y el mismo saludo, y así cuatro veces: norte, sur, este y oeste. Hasta la siguiente hora, podía descansar o hacer crucigramas.

—Noventa y seis veces al día, la melodía nos recuerda que hay que dar la vida por la ciudad o el país. Vaya mensajito. Dicen que a menudo algún trompetista perezoso o rebelde se duerme y se salta un toque de trompeta; todos tenemos derecho a echarnos una siesta, ¿no?, incluso en Cracovia. Aunque, oficialmente, solo han dejado de tocarla en dos ocasiones, y la sustituyeron por otra canción, "Łzy Matki", que significa lágrimas de la Madre. La primera vez, yo todavía estaba en Londres, pero sé que "Łzy Matki" sonó justo el mediodía del 3 de abril de 2005, un día después de la muerte de Juan Pablo II; todo el barrio de Hammersmith se cubrió de retratos del papa. Y la segunda fue en 2010, tras el accidente de avión en que murieron el presidente polaco y otros miembros del gobierno y personalidades. Eso sí lo viví y fue terrible. Marta y yo pasábamos una mala racha, pero aquellas semanas me despertaron de mi letargo alcohólico. Toda la ciudad estaba de luto, todos hablaban de conspiraciones y negligencias. Sin embargo, el país salió adelante, como siempre. Pese a que los critique mucho, tengo que admitir que los polacos logran renacer de las cenizas una y otra vez; por muy dura que sea la trompada, vuelven a levantarse. Y mira que esta gente ha vivido una cantidad muy considerable de catástrofes... —Mateo le dio un sorbo a su café—. Oye, ¿has estado en la torre, arriba? No es muy alta y no puedes ver toda la ciudad, pero sí a los trompetistas. ¿Subimos ahora? Solo son 15 złotych, no llega a los 4 euros. Venga, deja ese café, que se te ha quedado frío, y vamos.

Pasamos de la sombra de la terraza, relativamente calurosa, a la soleada plaza, abrasadora. Sorteamos los turistas de Rynek hasta Mariacki, donde compramos los billetes y esperamos a que diera comienzo nuestra visita. Poco después, empezamos a subir y a sudar de verdad, aunque la torre alta solo medía unos 80 m.

Arriba estaba la habitación circular —las ventanas daban a los cuatro puntos cardinales— desde donde se tocaba la melodía. Un simpático trompetista nos dio la bienvenida. Era bajito, llevaba un uniforme azul con una gorra a juego y sujetaba orgullosamente su instrumento; más que un músico, parecía un vigilante nocturno (pensándolo mejor, era un vigilante). Tomé algunas notas en mi móvil: quizás podría escribir un relato sobre un trompetista de Mariacki. Mientras tanto, el grupo de turistas se iba esparciendo por la habitación —una mesa, un par de sillas y algunos periódicos—, sacando fotos del trompetista o de las calles cracovianas. Guardé el teléfono y me asomé a una ventana occidental para ver las espectaculares vistas: toda la plaza a rebosar de gente y de palomas. Después de un minuto de contemplación (ya había experimentado otras veces el desencanto turístico), me aparté y le cedí el turno a Mateo. Volví a mirar el móvil: aún faltaba un poco para las cinco en punto. Reinaba un silencio respetuoso, por lo que intuí que la situación requería o permitía una pregunta trascendental. Una Pregunta Verdaderamente Profunda. Sin embargo, no tenía muy claro cuál; probé suerte con una cualquiera:

—¿Qué es lo que más te gusta de Cracovia?

Para mi sorpresa, Mateo se tomó en serio la pregunta y no tardó ni un segundo en contestar.

—Los bares. No te rías, catalán, hablo en serio. Aunque parezca una respuesta banal, no lo es. Los bares cracovianos son lo mejor de la ciudad. Y las cafeterías, claro. Algunos te dirán que las iglesias, que las mujeres, que los museos, que los monumentos; mera propaganda religiosa, turística o machista. Para mí, en los bares de esta ciudad se respira algo único, un no sé qué magnético. Son una inspiración, una motivación mayor que todos los libros de autoayuda del mundo. Me entiendes, ¿no? En estos bares he bebido, he leído, he reído y he llorado, me he peleado, he discutido, he dormido, he jugado, he ligado, he cagado y he vomitado; pero, sobre todo, he conocido gente. Mira, siempre me oirás decir que los polacos son cerrados, y lo mantengo; excepto en los bares cracovianos, y no es solo por el alcohol. Solo en los bares de Cracovia los polacos se liberan, se convierten en artistas y aventureros: grandes conversadores y contadores de anécdotas, generadores de escenas, bebedores insaciables, gladiadores contra el aburrimiento. He conocido a muchos tipos que vivían en y de los bares: trabajaban en uno y se bebían en otro el dinero ganado. Conocí a uno que se pagaba las juergas haciendo magia de mesa en mesa, a menudo acababa bebiendo con su público; mi truco favorito: le rompía el billete a un espectador y simulaba que no podía volverlo a unir, le daba los pedazos a un camarero y, chas, volvía a estar entero, listo para pagar una ronda. Conocí a un loco que decía conocer todos los bares de Cracovia y que cada vez que abrían un local nuevo lo visitaba y añadía a su lista, pero luego te lo encontrabas inaugurando siempre el mismo bar. Y no solo he conocido hombres: conocí a una pintora que durante un año fue de bares cada día para hacer un retrato; me vendió el mío a cambio de las bebidas de una larga noche. Conocí a una pareja que se conoció en un bar, se enfadó, se separó y se reconcilió en un bar, se compró un bar, concibió un hijo en ese bar y solo salió para ir al hospital y a la iglesia. Y no soy el único que piensa así: conocí a un turista inglés borrachísimo y feliz y me lo volví a encontrar en el mismo bar dos años después, igual de feliz y de mamado: nunca había regresado. Conocí a una chica que, en plena crisis de depresión y borrachera, se aferraba a un taburete y gritaba ¡Jesús, Jesús!, mientras el segurata la intentaba sacar a la calle. Cracovia es el París de Hemingway: Cracovia era una fiesta. Es el Madrid de los ochenta: La movida cracoviana. El París de Vila-Matas: Cracovia no se acaba nunca. El Dublín de James Joyce: Cracovianos. La Barcelona de Eduardo Mendoza: La ciudad de los prodigios. La Nueva York de John Dos Passos: Kraków Transfer. Es una suerte que estés aquí y ahora, porque este es un lugar ideal para un escritor, polaco, español, catalán o de donde sea. Y creo que esta época está llegando a su fin, el capitalismo desbocado y la fiebre del ladrillo están matando el espíritu de Cracovia, como mataron el de Madrid. O quizás solo me estoy haciendo viejo. Yo qué sé.

Parecía que Mateo no había terminado, tal vez quería añadir algo a su "Oda a Cracovia", pero no dijo nada más. Nos quedamos callados y yo tampoco supe qué decir. Los turistas charlaban y esperaban, impacientes. Aún faltaban unos minutos para que sonara la melodía de trompeta. De repente, señalé abajo, hacia la calle: un grupo de hombres correteando, gritando como locos, con faldas blancas. Parecían... ¿enfermeras?

—¿Y eso? —le pregunté a Mateo.

—Es una despedida de soltero, probablemente son ingleses. Siempre vienen aquí a celebrarlas. El alcohol es barato y las chicas fáciles, o eso piensan ellos. ¿No has ido nunca a una despedida en Cracovia?

—Claro que no. No conozco muchos ingleses. Y ninguno de mis amigos se ha casado...

—No me jodas, tampoco los míos. Cuando acabemos con la trompeta, podemos ir con ellos.

Sonaron cuatro campanadas, por fin, y después otras cinco, más ruidosas. El trompetista sopló su trompeta, subió y bajó un par de escalas para calentar y se acercó a una ventana: la abrió, tocó el "Hejnał Mariacki", saludó a la gente de la calle y la cerró. Se dirigió a la siguiente ventana esquivándonos: la abrió, tocó, saludó, etc. Y así dos veces más. Cuatro minutos después, terminó la rutina; aplaudimos, el trompetista se despidió de nosotros y bajamos.

Definitivamente, un trompetista de Mariacki sería un buen personaje para un relato: aparentemente romántico pero en realidad terriblemente insustancial; quizás podía ser un espía o un secreta que controlaba Cracovia desde lo alto de la torre (como en los tiempos del Gran Soldado Comunista de Facu) o alguien tan hastiado de su mecánico trabajo que se plantea tirarse (como el hermano mayor de la leyenda). Resbalé y estuve a punto de caerme escaleras abajo, así que me concentré en el descenso.

Habría querido unirme a la despedida de soltero británica, pero en la puerta de Mariacki había un tumulto que nos distrajo: un par de policías y unos cuantos curiosos alrededor. En el centro del corro, los policías se agachaban y trataban de levantar algo juntos, como una tapa de alcantarilla muy pesada. Mateo se acercó y saludó efusivamente a un tipo con una coleta canosa. Lo seguí y vi cómo la multitud se abría y dejaba salir a los policías, enguantados, arrastrando a un hombre. Era un pordiosero adormilado y sonriente, de rostro rojo enfermizo. Parecía un torero sacado a hombros de la plaza; los curiosos no aplaudían, solo se tapaban la nariz con los dedos. El colega de Mateo se les aproximó y les dijo algo a los agentes, que a continuación se alejaron con el żul. Mateo me presentó en inglés a su amigo, de unos cincuenta años (me sacaba una generación):

—Se llama Kazimierz, como el barrio judío de Cracovia. Lo conocí en Londres hace un montón de años. Trabajamos en el mismo restaurante mexicano. Yo era lavaplatos y él transportista.

—Bueno, más bien era cargador —su acento británico era más impecable que el de Mateo—. Pero también fui mecánico, basurero y fontanero, como todo inmigrante polaco que se precie.

Kazimierz me estrechó la mano con fuerza y sonrió: le faltaban tres piezas. Al cerrar la boca, mi atención se concentró en seguida en su nariz enorme, patatera. Tenía el pelo lacio y totalmente blanco aprisionado en una coleta de samurái, pero la piel enrojecida recordaba al vagabundo recién detenido. Su cara era familiar: muy probablemente me lo había encontrado de noche en algún bar.

—Vamos a tomar algo —ordenó, y lo seguimos hasta una de las terrazas de Rynek, donde pidió unas cervezas.

Él y Mateo se estuvieron poniendo al día en una bella mezcla de polaco e inglés: a ratos polaco salpicado de inglés, que luego se convertía en inglés moteado de polaco, según avanzara la conversación. No intervine en la charla (a veces me gusta ser espectador de conversaciones ajenas y tratar de descifrar qué tipo de relación une a los interlocutores). Al parecer, el żul que estaba durmiendo la mona dentro de Mariacki era un conocido de Kazimierz, con quien había pasado muchas borracheras. Sorprendentemente, yo podía comprender casi todo lo que se decían; quizás escuchar a Mateo y a Kazimierz era la única forma de aprender aquella lengua del diablo. Entendí que hacía un par de semanas que no se veían porque Kazimierz estaba muy atareado con su trabajo: aunque pareciera un samurái pordiosero, era el propietario de dos bares: uno era una taberna inglesa y el otro la terraza donde estábamos sentados. De hecho, Kazimierz les había pedido a los policías que llevaran a su amigo ebrio a la taberna, donde no molestaría a nadie más que a los turistas británicos.

—Puede que la despedida de soltero que hemos visto también esté en el pub de Kazimierz —me dijo Mateo, para integrarme.

—¿Para qué quieres ir a una despedida de soltero de ingleses? —me preguntó Kazimierz—. No hay nada más aburrido: beben, fanfarronean y hablan de fútbol y de mujeres. Pero solo se acercan a una en grupo y cuando están tan borrachos que la única opción que le dejan a la muchacha es salir corriendo. Y si más tarde pasáis por un strip club seguro que los encontraréis. Aunque, otra vez, no hay nada más aburrido que esos locales. No me entiendas mal: a mí me gustan las mujeres. Y las chicas que bailan allí son impresionantes. Pero tienen menos alma que los trompetistas de Mariacki. Es normal, claro, su trabajo también es horrible. No way! No me lo puedo creer: ¿eres español, llevas un año en Cracovia y no has ido nunca a un club de estriptis? Es imposible... Mateo, eres un guía horrible. Hay que ir al menos una vez, por muy aburridos que sean.

Mateo y Kazimierz siguieron departiendo sobre sus años en Londres y las juergas cracovianas, saltando de tema en tema con humor y rapidez, llenando los silencios de carcajadas. Subrayé una frase de Kazimierz: el gran error del comunismo fue hacernos a todos igual de pobres, no igual de ricos. Y una mateoría: la expresión "qué gobierno de mierda" no pasa de moda ni conoce fronteras. Cuando se acabó la cerveza, Kazimierz se levantó, nos dio la mano y se fue a trabajar.

—Una aclaración: ¿Kazimierz es un żul o solo lo parece?

—Pues no sé, no lo creo. Aunque sí es verdad que pasa mucho tiempo en la calle y bebe demasiado. ¿Por qué preguntas?

—Porque en mi novela con seudónimo, Todas las almas, escribí sobre los vagabundos de Oxford. Quizás ahora podría escribir un relato de un vagabundo polaco, concretamente uno que tiene dos bares y una coleta blanca de samurái. Por cierto, ¿ya has empezado a leer mi novela?

—Todavía no, Javier Marías. Cuando termine lo que estoy leyendo ahora, me pongo con tu novela. Es un libro de Stanisław Lem, Vacío perfecto. ¿Te suena? Es cojonudo. Deberías leerlo, te encantaría, que es muy raro.

La rutina de bar polaca es sencilla y efectiva: una noche, un bar. Pero aquel sábado no la seguimos.

Después de la terraza de Kazimierz, fuimos al Café Magia, acristalado como un invernadero y con mascota: un gato perezoso, blanco y negro, igual que Tutaj. Al principio, obstruida por el calor, la conversación no fluía muy bien, pero la cerveza fue desatascándola. Mateo me habló con nostalgia de sus garitos madrileños favoritos; yo, de mis bares barceloneses preferidos. Al final, cerramos el trato con un apretón de manos y sendos vodkas de avellana: algún día nos enseñaríamos las ciudades respectivas.

Después fuimos a Relaks, un bar con decoración psicodélica multicolor. Una turista estadounidense nos preguntó algo y Mateo le contestó con acento francés. Conversamos con ella y sus amigos americanos: Mateo se hizo pasar por francés, yo por italiano. Les recomendamos que en su viaje europeo visitaran, sobre todo, Marseille y Milàn. Cuando se largaron, repetimos el experimento con unos polacos y volvió a funcionar: yo era portugués, Mateo inglés.

Después fuimos a Café Philo, con un montón de estanterías llenas de libros decorativos, codificados, inútiles: en polaco. Mateo rememoró su querida furgoneta hippie, la Volkswagen T3 color bandera de Polonia. Me enseñó algunas fotos de su móvil, antes de que su ex se la robara. Nunca había tratado de recuperarla, pero la echaba de menos (a la furgoneta).

Después fuimos a Albo Tak, un bar de estudiantes lleno de humo al que se accede a través de una tienda de libros esotéricos (sic). Mateo se encontró a unos alumnos, que nos invitaron a sentarnos con ellos. Estaban jugando a Las Películas: uno representaba una película con mímica y los demás miembros de su grupo tenían que adivinarla. Mateo estaba en un equipo, yo en el otro. Jugamos en inglés, pero en seguida descubrimos que el juego tenía un hándicap: la traducción de los títulos. Muchas veces, el título polaco era completamente diferente del español, a su vez completamente diferente del original inglés. Die Hard en español es La jungla de cristal y en polaco, Trampa de cristal. Eternal Sunshine of the Spoteless Mind es en español Olvídate de mí y en polaco, Enamorado sin memoria. Bad Teacher en polaco es Mala mujer. Blues Brothers en español es Granujas a todo ritmo. Sic, sic, sic, sic.

Después nos alejamos un poco y fuimos a Bania Luka, no la ciudad bosnia sino un bar muy turístico con bebidas a 1€ y comida por 2€. Por desgracia, había una reunión de Todo en Español, así que huimos; de lejos, pude ver a Facu. Al salir, unos amigos llamaron por teléfono a Mateo y quedamos en la siguiente parada.

Después fuimos a Pijalnia, un bar tan barato como el anterior pero con decoración comunista. Mateo me presentó a sus amigos, a algunos ya los conocía: un americano, un polaco y una polaca, una uruguaya y una checa; también estaba el profesor mexicano. Para romper el hielo, hicimos una Rueda de las Lenguas. Yo ya había jugado a la Rueda durante mi Rabelais: una persona habla durante uno o dos minutos de lo que quiera en su lengua materna y luego lo repite en inglés, para que todos puedan entenderlo. Era una manera diferente de conocerse y al mismo tiempo un intento de conocerse mejor, a través de la propia lengua. El estadounidense nos miró sin entender muy bien de qué iba todo aquello. Como ya había varios hispanohablantes, pronuncié mi discurso en catalán, mi lengua materna:

—Hola a tots, com esteu? Em dic Javier Marías i sóc escriptor. Bé, com a mínim vaig publicar una novel·la, Totes les ànimes, que no va llegir ni Déu. El títol original era Todas las almas, en castellà, perquè és la que faig servir per escriure i la meva llengua paterna. I com que la novel·la va ser un fracàs, vaig decidir venir a Cracòvia, per escriure'n una altra —a continuación, traduje mi mensaje al inglés—. ¿Cómo va eso? Pues yo soy profesor de español, trabajo con Mateo. Soy de Barcelona y vine a Cracovia para hacer un Rabelais, y, bueno, decidí quedarme. También escribo: tengo un blog titulado De mí me río con relatos en español, mi lengua paterna, la materna es el catalán.

Después fuimos a Antycafe, de interior borroso. La comitiva se diluyó en el humo y las cervezas.

Después fuimos a De Cafencia, un garito decadente donde nadie tomaba café. Mateo se quedó en la barra charlando con no sé quién. Yo me senté a una mesa de la esquina con dos polacos, una rubia y un castaño, y conversamos de política. Traté de convencerlos de que Franco no era un salvador sino un dictador; el chico intentó persuadirme de que Franco había evitado que España se convirtiera en un infierno rojo, como Polonia o la Unión Soviética. Para fastidiar, le dije que Lenin había sido un santo y Stalin, un dios. No sé si fue por mis estúpidos comentarios o por mi estúpida mano izquierda rozando el brazo de la rubia, pero el castaño se enfadó mucho: se levantó de golpe y la silla se cayó. Tiró mi vaso de cerveza al suelo. Me agarró de la camiseta y me empujó. Me dio un puñetazo y nos tumbó, a mí y varias sillas. La chica le gritaba, pero el chico me dio una patada, y luego otra y otra patada y más puñetazos. Me escondí debajo de una mesa, pero el chico me siguió y continuó pateándome. Se oyó un chillido muy agudo y muy fuerte, punzante como un grito de guerra indio, como un grito cheroqui de película del oeste. Las patadas se detuvieron al instante y pude abrir los ojos. Mateo estaba bailando y chillando como un indio, dando vueltas a nuestro alrededor, nadie entendía lo que pasaba pero todos se pusieron a imitarlo y a bailar, incluso la rubia polaca, incluso el castaño, todos bailaban y gritaban, yo también me levanté y bailé y chillé.

Después fuimos a Jazz Rock Café, donde pedí un vodka de avellana con mucho, mucho hielo. No te preocupes, eso no es nada, dijo Mateo.

Después fuimos a Carpe Diem. Había unos ingleses disfrazados de enfermeras, bailando con una chica polaca; el futuro marido también bailaba, pero ya solo llevaba una cofia blanca.

Después fuimos a Klub Re.

Después fuimos a Awaria.

Después.

Fuimos.

A.

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