viernes, 2 de septiembre de 2016

Mateorías (24)

(Capítulo 24 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veinticuatro

La nueva versión de la biografía de Mateo, su último evangelio, no me dejó indiferente, pero tampoco lograba formarme una opinión clara sobre ella y su autor. ¿Me había contado Mateo ya toda la verdad o se trataba de otra mentira mateórica? ¿Era creíble un mentiroso confeso? ¿Podía confiar sin más en quien me había ayudado a orquestar la presentación de Todas las almas, la mayor impostura de mi vida? ¿Acaso existía la tal Marta? ¿De verdad vivía en Kiev? Y Elena: ¿había muerto en el 11-M? Si visitaba la estación de Atocha, ¿encontraría su nombre entre las otras víctimas? Y si estaba ahí, ¿quién podía asegurarme que era esa Elena, es decir, que la narración de Mateo no era un cuento? Por otro lado, puede que todo fuera verdad. Entonces, ¿cómo había conseguido Mateo vivir tanto tiempo en la mentira con Marta y sus allegados? ¿Debía yo mantener mi amistad con alguien que había acumulado años de engaños a su pareja, solo para terminar soltándole cruelmente la verdad al final, zas, un último e innecesario latigazo envenenado? O quizás le estaba dando demasiadas vueltas al asunto y simplemente tenía que fiarme de él. A fin de cuentas, Mateo era mi amigo. Y esta no es una novela psicológica.

Por contra, veía claramente que su resolución de dejarlo todo e irse de Cracovia en busca de aventuras era una insensatez, la decisión en caliente de alguien que acaba de perder su trabajo y está borracho. Pasaron los días, pero mis ideas no: aún me parecía estúpido que Mateo abandonara su casa y sus clases en la academia para perseguir fantasmas, pues fantasmas eran por mucho que se materializaran en una furgoneta. De hecho, estaba seguro de que más temprano que tarde Mateo se daría cuenta de su error y rectificaría.

Obviamente, quien estaba equivocado era yo. Una semana después de su intempestiva aparición en mi kawalerka, Mateo me llamó. Me invitó a una fiesta no de despedida sino de hasta luego.

En De Cafencia solo estaban Mateo y Kazimierz. Al verme, me soltó su última mateoría:

—Hombre, ¡un catalán que da clases de catalán!

Los saludé con un estornudo y, sobre la barra, me dieron la bienvenida una cerveza y un chupito de vodka de avellana. Mañana trabajo, dije; mañana me voy, dijo Mateo y me mostró su billete de autobús a Leópolis, Ucrania. Lwów para los polacos, Lviv para los ucranianos, corrigió Kazimierz. Con sendos vodkas, brindamos tácitamente por el futuro. Después, Mateo se sacó del bolsillo un imán y me lo dio: tenía la cara de Juan Pablo II.

—No es el mejor regalo del mundo, pero tampoco tengo cosas muy valiosas. Kazimierz me guardará unas cuantas cajas en su almacén. En mis anteriores mudanzas fue más fácil, porque lo cargaba todo en la furgoneta y ya está. No sé cómo lo hacen los protagonistas de las películas para organizar sus aventuras, es difícil abandonarlo todo. Además de despedirme de la directora de la academia, estos días solo me he dedicado a regalar, tirar y empaquetar trastos. Pero ya esta todo preparado. Mañana me voy y pasado tomaré otro autobús a Kiev, donde buscaré la furgoneta. No te preocupes por mí, catalán, estaré bien. Te mandaré una postal cuando tenga noticias o me aburra. Y después nos iremos con mi furgoneta por Europa. Es una pena que Kazimierz no se anime. Podríamos terminar el viaje en Madrid, ¿qué te parece? Bajarnos en Atocha.

Por mucho que Mateo insistiera en que nos veríamos pronto, estaba claro que aquella era una fiesta de despedida. Conscientes de ello o no, estuvimos toda la noche rememorando. La tarde en que perdimos el balón en el río, las noches en los bares de Cracovia, los días que Mateo y Kazimierz pasaron en Londres, las clases en la academia, las discusiones literarias... La mención de una palabra me despertó del hechizo nostálgico: Marta. Sí, Marta, la exmujer de Mateo, antaño dueña de su corazón y hogaño de su furgoneta. No sé qué dijo Kazimierz sobre Marta, pero inmediantamente me di cuenta de que había sido injusto e idiota desconfiar de Mateo. Marta existía y la historia que me contó Mateo era verdadera.

El segundo gran tema de conversación de la noche fue la situación política en Ucrania, de la que Kazimierz y Mateo estaban más al corriente que yo. A finales de 2013, estallaron en la plaza de la Independencia de Kiev una serie de protestas nacionalistas y europeístas contra el gobierno prorruso de Ucrania. En enero de 2014, desembocaron en los disturbios del Euromaidán, cuyas imágenes circularon por todo el mundo: cadenas humanas levantando enormes barricadas en la plaza; banderas ucranianas ondeando sobre el gentío; quemas de coches, ruedas y otros materiales combustibles, incluso de personas; murallas de escudos y cascos; patrullas de milicias bastante bien equipadas; violentísimos enfrentamientos entre antidisturbios y manifestantes opositores; heridos apoyados en las paredes; policías capturados por los protestantes; disparos de francotiradores escondidos en los edificios aledaños; cadáveres abandonados por los suelos; el mensaje de una joven voluntaria en su Twitter al recibir un disparo en el cuello: me muero. La plaza era un campo de batalla. A finales de febrero, la crisis se expandió a Crimea, que en dos meses se independizó de Ucrania y se anexionó a Rusia. Mientras, el gobierno ucraniano fue destituido y se celebraron elecciones, que desencadenaron una cruenta guerra civil en el este del país entre los separatistas prorrusos y el nuevo gobierno. Los más optimistas hablaban del fin de la Unión Europea; los más pesimistas, del inicio de la Tercera Guerra Mundial. Por suerte para Mateo, en octubre de 2014 parecía que en Kiev reinaba cierta calma y que se había firmado un alto el fuego en el este. Sin embargo, apuntó Kazimierz, Ucrania sigue siendo un lugar peligroso, sería mejor que te quedaras aquí, claro, pero...

No nos fuimos a dormir muy tarde, porque los tres teníamos que madrugar. Mientras nos dábamos el último abrazo, le estornudé a Mateo en la espalda. Fue sin querer, pero la propulsión de mis virus desdramatizó la escena. Salimos juntos de De Cafencia y nos dijimos bueno, hasta luego. Mateo giró a la izquierda; Kazimierz y yo fuimos andando en silencio, sin tristeza.

En teoría, las circunstancias me lo pusieron fácil para que no notara su ausencia. El primer semestre del curso 2014-2015 tenía un horario especialmente compacto, con poco tiempo que perder entre clase y clase; mi agenda era un patchwork como el de cualquier otro profesor de lengua en Cracovia. Cada mañana, el profesor florero seguía bregando en el liceum con unos adolescentes sin mucho interés en que les enseñara español; por suerte para mí, había excepciones, como Bartek, que me hacían las horas más llevaderas y daban cierto sentido a mi tarea. Por las tardes, en cambio, la situación era casi inmejorable y, si alguna vez entraba en la clase de mal humor a causa de los adolescentes, salía siempre satisfecho. Los estudiantes de la Universidad Pedagógica eran, sin duda, los más motivados que en mi corta carrera de profesor había tenido el placer de tratar. Todos estaban matriculados en filología hispánica o románica, dominaban el español y habían elegido el catalán como tercera o cuarta lengua. La mayoría tenía un interés por hablar el idioma y una voracidad por conocer la cultura catalana que escapaban a mi comprensión. A pesar de que consideraba que mi experiencia docente era suficiente, me costó bastante más enseñar catalán que español, probablemente por la similitud entre las dos lenguas. Nunca sus fronteras me habían parecido tan porosas e inestables como cuando tuve que señalarlas con precisión de profesor. Sin embargo, el esfuerzo de analizarme las lenguas fue a la vez arduo y gratificante, e impidió que me aburriera o estancara. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el undécimo punto diría: no te limites ni te repitas.

En la práctica, el recuerdo de Mateo se colaba constantemente por las rendijas de mi espesa rutina, tanto en las clases (él fue mi mentor) como en la calle (fue mi guía de Cracovia) y en casa (me regaló la taza papal en que tomaba el café). También mi cuerpo parecía acordarse de él aferrándose al resfriado: durante todo el otoño arrastré el catarro que había cogido bañándome en el Vístula. De hecho, por su culpa tuve que faltar varias veces al trabajo. Afortunadamente, mis dos contratos laborales estipulaban que podía ausentarme por enfermedad y seguir cobrando, un auténtico privilegio entre los profesores de español en Cracovia, pero también entre otras profesiones y en otros países. ¿En qué momento llegó nuestra generación a considerar un lujo y no una necesidad el estado del bienestar? ¿Cuándo empezamos a sentirnos afortunados e incluso culpables por cobrar el paro, tener acceso a la sanidad pública o recibir becas? ¿Quién nos inoculó ese sentimiento de estar abusando del mundo, de ser unos niños mimados, si disfrutábamos de las conquistas de nuestros padres y abuelos? Estas preguntas sin respuesta y otras ideas me entretenían en mis días de reposo febril, aunque sobre todo pasaba el tiempo tumbado en el sofá cama dormitando y viendo series en el portátil. Sin embargo, tras recuperarme, mis estornudos, mocos y fiebres volvían invariablemente, y con ellos la memoria de Mateo. ¡Achís! ¿Cómo le irían sus pesquisas? ¡Jesús! ¿Habría encontrado ya la furgoneta en Kiev?

Desde su partida, leía a diario la prensa internacional para informarme de cómo iban las cosas en Ucrania. Sobre todo repasaba las fotos, como una madre buscando a su hijo desaparecido en la guerra; prestaba especial atención a aquellas en que había heridos y cadáveres, guiado por un oscuro presentimiento. De repente, agrandaba una imagen en la pantalla de mi portátil y reconocía a Mateo en segundo plano, pixelado como un recuerdo borroso, pero en seguida admitía mi error, diciéndome que era un exagerado y un cenizo.

A menudo pasaba por los bares de Kazimierz para, como quien no quiere la cosa, acabar preguntándole por Mateo. Él se encogía de hombros por respuesta. Ya volverá, añadía si estaba más hablador, o quizás se quedará en Kiev, y me servía una cerveza sin que se la pidiera. Cuando la falta de noticias mateóricas empezó a preocuparme, lo llamé por teléfono. No contestó y tampoco me devolvió la llamada. A Kazimierz esto no le pareció raro, por lo que tardé una semana en probarlo de nuevo. Esta vez su móvil estaba apagado, así que le escribí un mensaje. Pero mi teléfono no sonaba ni vibraba más que para despertarme por la mañana: ¡a trabajar, gandul! Seguí llamando y enviando SMS con el mismo resultado. También le envié un email en que, tratando de esconder mi nerviosismo, le preguntaba cómo le iba todo. Tampoco recibió respuesta, probablemente ni siquiera lo leyó, ni ese ni los que le mandé después. Kazimierz me dio una explicación convincente al silencio mateórico: es posible que no tenga internet y se haya comprado una tarjeta SIM ucraniana para poder contactar con el comprador de la furgoneta o quien sea, yo haría lo mismo en su lugar. Yo, en cambio, continuaba preocupado. Llegué a ver en mi catarro perenne un indicio de que algo terrible le sucedería a Mateo; cada estornudo era una aguja clavada en un muñeco de vudú.

Supongo que la idea fue gestándose sin que yo me diera cuenta, hasta que una mañana de principios de diciembre se manifestó mientras me miraba en el espejo: los ojos enrojecidos con sendas papadas azuladas, la delgadez de los pómulos, la nariz moqueando, la barba copiosa, las pinceladas canas sobre la pelambrera morena. Cuando logré reconocer mi cara, supe que algo le ocurría a Mateo y que debía ir a Kiev a buscarlo. No pensé que estaba siendo ridículamente supersticioso, tampoco quise decirle nada a Kazimierz. Esa misma mañana les envié un correo a mis padres y amigos: estas Navidades no iré a España.

Los días siguientes organicé mínimamente el viaje, luchando contra el juvenil impulso de improvisar. Estaba seguro de que me esperaba una gran aventura en Ucrania, como si Mateo me hubiera contagiado aquel entusiasmo que tan absurdo me había parecido unos meses antes. A la vuelta, escribiría un cuento policíaco: mi búsqueda de Mateo por Kiev, pateándome los bajos fondos de la ciudad como un detective aficionado hasta dar con la furgoneta y su nuevo propietario; o quizás escribiría una crónica de mi estancia en la capital ucraniana, con paseos mateóricos, conversaciones sobre los violentos enfrentamientos con la policía y escenas surrealistas. A través de BlaBlaCar, una página para compartir coche, conocí a una pareja que iría de Cracovia a Leópolis y buscaba pasajeros con quienes repartirse los gastos del trayecto. Me ofrecí a acompañarles y aceptaron encantados, o al menos eso transmitían los emoticonos que me mandaron por el chat de la web. Decidí que en Leópolis ya me encargaría de encontrar alojamiento y transporte a Kiev, así que los preparativos de mis vacaciones habían concluido: el equilibrio entre organización e improvisación era absoluto. Finalmente, pues, escribiría un road trip: un alocado viaje por Polonia y Ucrania, lleno de personajes estrambóticos (incluido Mateo, quizás Marta), situaciones inverosímiles y, si tenía suerte, sexo esporádico.

La noche antes del viaje, no pude dormir. Los nervios me devoraban, mi imaginación estaba enfermizamente desbordada, no me extrañaría que tuviera algo de fiebre. A las cinco de la mañana, me levanté del sofá cama y comprobé una última vez mi ligero equipaje: unas cuantas mudas, un libro (Vértigo de W. G. Sebald), el DNI y el pasaporte. Unos minutos antes de las seis, ya estaba en el aparcamiento donde habíamos acordado encontrarnos. Era de noche y lloviznaba, pero no hacía demasiado frío para el invierno polaco. El coche llegó con unos minutos de retraso y mis compañeros de viaje me saludaron adormecidos. Era una pareja tan anodina que no merecía ni una descripción física, por lo que en seguida decidí que me caían mal; también es posible que me cayeran mal porque, como muchos polacos, eran incapaces de pronunciar mi nombre. ¿Julien? ¿Te llamas Julien? Sí, sí, llamadme Julien. Metí mi mochila en el maletero, me senté detrás del conductor y me abroché el cinturón. Y esperé a que empezara la aventura, como un niño que se monta en una montaña rusa.

Dormí profundamente durante todo el viaje. Soñé que participaba en una reunión de Todo en Español, aunque no estaban ni Facu ni Mateo ni la directora cubana ni otras caras conocidas. Solo había unos cuantos españoles dicharacheros y otras tantas polacas lúbricas que humedecían el sueño. Los hombres relatábamos por qué estábamos en Cracovia y nos quejábamos de los polacos, del clima y de nuestros trabajos; las mujeres escuchaban y sonreían con generosidad. También nombrábamos las cosas que echábamos de menos: nuestras madres, mua, el chorizo, ay, escuchar nuestra lengua por las calles, uy, el sol, uf, la sangría que nunca bebíamos, mmm, el pulpo a la gallega, ñam, conversar a gritos, eh, el contacto físico, oh, la simpatía, jeje. Bueno, pero Cracovia no está tan mal, decía yo, interrumpiendo la lista y el apacible discurrir del sueño. Los españoles y las polacas se giraban de golpe hacia mí. ¿Y tú quién eres? ¿Cómo te llamas?

—¡Julien! ¡Julien! ¡Despierta! ¡Julien, despierta! Ya estamos en la frontera.

El componente masculino de la pareja polaca me meneaba del hombro para sacarme del sueño. Al recuperar la consciencia, vi que me sonreía anodinamente. Entonces miré por la ventana: ya no llovía y la frontera entre Polonia y Ucrania era un aparcamiento muy similar al de Cracovia, donde habíamos empezado el viaje y yo, el sueño. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, deduje que, efectivamente, aquel parking era la frontera, porque estábamos haciendo cola detrás de unos cuantos coches que poco a poco iban siendo revisados más adelante. Todavía tenemos que esperar un poco, me dijo el componente femenino, para el control de pasaportes. Pero no mucho tiempo, así que prepara tus papeles. Les pedí que me abrieran el maletero para poder sacar mi mochila, y de ella los documentos, lo cual hizo el hombre con desgana y desdén: ¿quién iba a Ucrania sin tener el pasaporte a mano? En cuanto me incorporé y salí del coche, noté un horrible dolor de garganta, como si mientras soñaba me hubiera tragado un pequeño meteorito. Sentí un escalofrío: estaba empapado en sudor. Cogí la mochila y la metí conmigo dentro del coche, mareándome en ese ínfimo desplazamiento. Comprobé que los papeles estaban ahí y a continuación me toqué la frente. Sin duda, tenía fiebre. Genial.

El chequeo polaco fue muy rápido, pero en seguida tuvimos que volver a hacer cola. Mis acompañantes me avisaron de que esta vez tardaría mucho. El puesto de control ucraniano era muchísimo más lento, así que, para evitar darles conversación a los anodinos, me dormí. Rápidamente caí en un sueño profundo, ahora sin sueños. Hasta que volvió a despertarme mi nombre:

—¡Julien! ¡Julien! El pasaporte.

Se lo di al integrante masculino de la pareja, que se lo pasó por la ventanilla a la guardiana ucraniana. La mujer llevaba chaleco antibalas azul sobre un uniforme verde oliva, así que no estaba claro si era una policía o una militar. Fue hojeando los tres pasaportes con parsimonia, a veces incluso volvía atrás, como si leyera poemas difíciles de descifrar. Cuando los terminó, se los llevó a una garita cercana.

¿Esto es normal?, pregunté. Sí, es normal, me dijo la integrante femenina, tienen que comprobar muy bien quién entra en su país, porque la situación política en Ucrania es muy inestable. En aquel momento la situación política de cualquier país me importaba un pimiento: estaba agotado, sudado y enfebrecido, solo quería dormir mientras continuábamos el viaje a Leópolis. ¿A quién se le ocurre no buscar alojamiento?, me maldije. La luz del mediodía apenas iluminaba el aparcamiento fronterizo, tiñéndolo todo de un color gris mediocridad que yo asociaba con la decadencia postcomunista; de los contornos de los vehículos a los ajados edificios, la luz imprimía desde un ángulo impreciso su languidez invernal... Interrumpí mis pensamientos literarios cuando reparé en ellos: odio a los escritores que describen minuciosamente la luz, como si a algún lector le interesara. Y la fiebre no era una excusa convincente.

Por fin, la guardiana regresó y nos preguntó en un inglés rudimentario quién era Julien González. Le contesté que Julien era yo y bajé la ventanilla, para que cotejara mi cara con la foto del pasaporte, similar a mi padre de joven. En esa foto estoy más joven y orondo, llevo el pelo corto y, achís, no tengo barba, le aclaré. Pero soy yo, y sonreí.

Come with me, monsieur Julien.

¿Esto también es normal?, alcancé a preguntarles a los anodinos polacos mientras salía de su coche, acuciado por la guardiana. Me hizo entrar en la garita y a continuación en un pequeño cuarto, donde me sentó a una silla. La guardiana me dijo que esperara ahí y salió de la habitación. Había tres hileras de sillas de plástico, como en una sala de espera o purgatorio, pero estaba yo solo. Mi estornudo rebotó en las paredes vacías: achís, chis, is... Al principio estuve entretenido con el móvil —releyendo mensajes y notas, jugando, repasando las fotos— para quitarle hierro al asunto. Sin embargo, no entendía qué hacía allí: ¿acaso no se podía entrar en Ucrania con un pasaporte español? Como me sentía mal, no tenía fuerzas para meditar sobre mi absurda situación. Decidí dormir.

Volvía a estar en el sueño de Todo en Español, que se repetía desde el inicio. Los españoles, las polacas, por qué estábamos en Cracovia, las quejas, el inventario de nostalgias. Bueno, pero Cracovia no está tan mal, decía yo otra vez. Los españoles y las polacas se giraban de golpe hacia mí. ¿Y tú quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu nombre? ¿A qué te dedicas? ¿De dónde eres? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás en Cracovia? Di: ¿quién coño eres tú?

Eres Julien, el señor Julien, monsieur Julien. Te llamas Javier, Javier Marías. Eres el señor González. Te llamas Guillermo. Te llamas Fidel, Guillén, Gabriel, Michel. Eres escritor. Eres estudiante de Rabelais. Eres profesor de español. Eres profesor de catalán. Eres español. Eres catalán. Eres de Barcelona. Eres de Cracovia. Eres gordo. Eres un fracasado. Quieres ir a Kiev para encontrar a tu amigo. Quieres ir a Kiev para comprobar si Marta existe. Quieres ir de viaje por Europa en la furgoneta de Mateo. Quieres ir a Kiev para escribirlo. Quieres descansar. Viniste a Cracovia para estudiar, para hacer un Rabelais. Viniste a Cracovia para escapar de la crisis económica. Viniste a Cracovia para escribir. Viniste a Cracovia para vivir.

—¡Julien! ¡Julien!

Sentía que el suelo me fallaba bajo los pies, que se convertía en un tubo gris cada vez más amplio y profundo por el que resbalaba sin que ni los españoles ni las polacas me ayudaran.

Wake up, monsieur Julien!

—¡Quién coño eres tú! ¡Quién coño eres tú! —grité en español, cayéndome de la silla.

Le estornudé en la cara a un hombre vestido de verde oliva que me agarraba de los hombros para levantarme. Detrás de él reconocí a la guardiana ucraniana, que me sonreía como si todavía estuviera soñando. Cuando me desperté un poco, entre los dos consiguieron explicarme en inglés que, desgraciadamente, no podían dejarme entrar en Ucrania. No dudaban que el pasaporte me perteneciera, pero no era posible reconocerme en la foto. Lo mejor era que renovara el pasaporte y entonces me abrirían las puertas de su país sin ningún problema. Fueron amables y me sonrieron como a un niño, contradiciendo todos los estereotipos ucranianos y eslavos habidos y por haber. Con cierta sensación de irrealidad, les di las gracias por todo y le pedí disculpas por el estornudo al guardián. Antes de salir, les expliqué que estaba viajando con una pareja anodina que había conocido por internet y blablablá, en fin, que cómo podía regresar a Cracovia por mi cuenta. El guardián se despidió mientras la guardiana me indicaba cómo llegar andando a un pueblecito fronterizo donde podría coger un autobús.

—¿Todo bien, Julien? —me preguntó al unísono la pareja anodina.

Les dije que había problemas con mi pasaporte así que, por desgracia, no podía ir a Ucrania, unos metros más al este. Probablemente trataron de evitarlo, pero se asustaron un poco: ahora entendían las barbas, los sudores y el aspecto demacrado de su pasajero. A pesar de sus caras contrariadas, les agradecí que me hubieran traído hasta allí y les di una parte de los gastos del viaje que habíamos acordado.

—No es necesario, Julien, no has hecho ni la mitad del trayecto. Eso sí, te agradeceríamos que nos dejaras una opinión positiva en BlaBlaCar, conforme no ha habido problemas durante el viaje, al menos por nuestra parte.

Pasé el resto de las vacaciones encerrado en mi kawalerka con la sola compañía de la fiel gata Tutaj, saliendo únicamente a comprar víveres para los dos. Veía series en el portátil, leía —terminé el libro de Sebald y devoré otros— y poco más. No le dije a nadie que ya había vuelto de Ucrania, porque nadie sabía que había intentado ir. Un par de veces sentí la tentación de contactar con algún antiguo ligue de Tinder o de Todo en Español, más por necesidad física que de compañía, pero al final yo mismo la satisfice. Aunque en Nochebuena y en Navidad todavía tenía fiebre, en Nochevieja ya estaba plenamente recuperado. Me sentía con más energía que nunca; se me había pasado el resfriado de verdad, había renacido. El profesor mexicano de la academia se acordó de mí y me invitó a una fiesta de año nuevo, como Kazimierz, que organizaba una en uno de sus bares. Decliné ambas invitaciones aduciendo que asistiría a la otra fiesta.

Como al final de los capítulos dieciocho y veintiuno, el 1 de enero de 2015 empecé a escribir un relato basado en mis recientes experiencias en la carretera. El texto, titulado "Diario de Ucrania", era un diario de solo dos entradas. El primer día, narro cómo conozco por internet a una pareja polaca que se ofrece a llevarme con ellos a Leópolis a cambio de pagar una parte de la gasolina. El segundo día relato el viaje: el extraño sueño de Todo en Español, el fiasco en la frontera ucraniana y el retorno a Cracovia en autoestop con un profesor de inglés ucraniano que dice que participó en los disturbios del Euromaidán y que emigra a Polonia. El "Diario de Ucrania" termina con la descripción de la muerte de Elena, la esposa del profesor de inglés ucraniano, llorando mientras me cuenta esta escena, abatida por un francotirador en medio de la plaza de la Independencia de Kiev.

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