domingo, 30 de diciembre de 2012

Cracovian Fight Club

Primera: warm-up
—¡Hijo de puta! le suelta el polaco número uno al polaco número dos. O quizá dice cabrón o idiota o qué sé yo, algo que, en definitiva (y en polaco), suena muy insultante.

Tras el grito, en el bar se hace el silencio, hondo y tenso, y la atención de los clientes se centra en los dos polacos, púgiles en potencia. Para no defraudar a su entregado público, más palabras malsonantes siguen: el polaco número dos, llamémosle por ejemplo Isaac, responde al improperio del primero, llamémosle por tanto Abraham. El silencio se interrumpe, pero no nuestro interés, siempre en aumento. Abraham, aparentemente el más borracho y agresivo de los dos, toma de nuevo la iniciativa: se acerca veloz y torpemente a Isaac, acabando con la violencia verbal y dando la bienvenida a la violencia sin más, sin adjetivos paliativos.

¡Alabada sea nuestra amada y añorada violencia!, exclamamos todos los espectadores a coro. ¡Oh, la auténtica, desnuda violencia! ¡Larga vida a la violencia primigenia, única ley natural, verdadera, justa e indiscutible!


Segunda: warm-up
—¿Y te gusta pelearte? —le pregunto a un ucraniano con el que llevo un rato conversando.

—Claro, ¡me encanta! Soy un auténtico hooligan del Dinamo de Kiev, ¿cómo no me iba a gustar?

—¿Y peleas a menudo?

—Sí, en cada partido. Aunque ahora llevo más de una semana inactivo, porque estoy de viaje con unos colegas —el ucraniano señala a los colegas, que al parecer están charlando con unos amigos míos. Después de Cracovia, nos iremos a Varsovia. Y luego, a tu ciudad, a Barcelona. Acabaremos el viaje en Portugal, donde jugaremos contra el Oporto en Champions.

—Vaya, dos semanas sin pelear... ¡Tendrás el mono!

—Sí, pero estar de viaje compensa —un amigo del hooligan ucraniano le acerca un chupito de vodka, que este se toma de un trago. Aunque en el fondo no hay nada como una buena pelea después de un partido —añade, y hace un gesto con la mano para indicarme que vayamos fuera del bar, a fumar. Si ganas, peleas para celebrarlo; si pierdes, para vengarte o para desahogarte. O porque odias al equipo rival. O porque sí; no siempre hace falta un motivo para pelearse. Y siempre con tus colegas —sus amigos levantan los vasos y beben a su salud. Oye, ¿a ti no te gustará pelear?

—No, no, para nada —me apresuro a contestarle.

—¡A mí sí! —grita emocionado un amigo mío que prestaba más atención a nuestra conversación que a los colegas del ucraniano.

—¡Genial! —contesta el ucraniano—. ¿De dónde eres?

—Soy eslovaco, de Bratislava.

—Oh, por fin sangre eslava, genial. Entonces ¿nos peleamos?

—¿Ahora?

—¡Claro!

—Bueno, venga.

—¡Vale!

—Pues dale.


Primera: first round
Como todo el mundo sabe, la ley es una aburrida que no defiende —al menos no en público y sin maquillar— la resolución de los conflictos como antaño. El ojo por ojo, diente por diente, ya no se lleva, no gusta. Así que el brazo en alto y a punto para atacar es agarrado firmemente por un segurata salvador, una especie de representante de la susodicha ley, evitando que Isaac reciba un puñetazo.

Isaac mira desconcertado a Abraham, y a este pronto se le contagia la misma estupefacción. La tensión y el absurdo congelan la escena en un precioso instante, muy pintoresco, durante unos cuantos segundos: la mezcla de incomprensión, frustración e ira en los ojos de Abraham; el musculoso brazo desnudo del segurata salvador, con un bíceps hinchado, inmóvil y venoso, fuerte como una grúa; y la incomprensión en el rictus de Isaac, más profunda aún que la de Abraham: ¿por qué la tortura del brazo que no golpea?, ¿por qué la imposibilidad de reaccionar, como si el terror predispusiera al momento estético?

Solo el segurata logra descomponer el cuadro, sacando a Abraham a empujones del bar.


Segunda: first round
El hooligan ucraniano golpea a mi amigo eslovaco una, dos veces en la cara, y una tercera en el estómago. El eslovaco cae al suelo y recibe unas cuantas patadas en el costillar. El hooligan se gira y me mira. Tiemblo.

—¿Peleamos nosotros también? —pregunta un amigo mío, lituano, a uno de los colegas del ucraniano.

El lituano y el colega empiezan a intercambiar puñetazos. Mientras tanto, otro amigo mío, checo, empieza a pelearse con otro colega del ucraniano. Tras unas cuantas sacudidas, la pelea se detiene, pero no por intervención divina sino porque los ucranianos han tumbado a sus dos oponentes, el lituano y el checo. Sin embargo, como buenos boxeadores, se abrazan y se felicitan por una pelea tan limpia y entretenida, y deciden tomar unos vodkas juntos, mientras celebran la fraternidad y el espíritu combativo eslavos.

Surrealista. Lo único que le podría dar cierta lógica a la situación es la repentina desaparición del eslovaco, el primero en caer en combate. Pero, lógicamente, nadie se preocupa por él, ni siquiera notamos su ausencia.


Primera: last round
Por algún designio inescrutable, Abraham ha conseguido volver a entrar en el bar, repitiendo la ronda de insultos en polaco. El segurata lo agarra por los brazos e impide que se acerque a Isaac, protegido asimismo por sus amigos. Cuando, por fin, cesan los insultos, el ángel guardián suelta a Abraham, ya más calmado. Este se acerca a la barra y pide un chupito de vodka.

Tras beberlo de un trago, parece ya totalmente amansado: deja el vaso de chupito sobre la barra, mira sin rencor alguno a Isaac, al otro extremo de la barra, incluso le sonríe, entonces coge el vaso y, antes de que el segurata se lo pueda impedir, se lo tira a Isaac. Por suerte, el vaso no toca a nadie, pero el segurata vuelve a agarrar a Abraham, que profiere insultos y patalea como un endemoniado, y lo arroja otra vez a la calle. En esta ocasión, podemos ver, a través de los cristales del bar, cómo el segurata le propina una santa y definitiva paliza al infeliz de Abraham.


Segunda: disenchantment
—Ayer desaparecí porque el cabrón del hooligan me acababa de pegar una paliza tremenda en tiempo récord —me dice el eslovaco—. Los eslavos tenemos un sentido de la honra muy desarrollado, ¿sabes? Quizá incluso más atrofiado que el español. Así que cuando me levanté me fui a tomar un vodka de buenas noches y, luego, para casa. Pero has contado mal el resto de la historia.

—¿Cómo? —le pregunto al eslovaco.

—Casi todo está bien hasta que me sacuden.

—¿Y cómo sigue?

—Para empezar, el hooligan no te miraba a ti, porque sabía que eras occidental y, por tanto, pacífico o cobarde. Miraba a los otros dos, que también eran eslavos.

—Y por tanto eran peleones, ¿no? Aunque tampoco me parece una gran diferencia, que mirara a uno o a otro...

—El hooligan no quería pelear contigo, sino con el lituano y el checo. Y así sucedió. La gran diferencia con tu versión es que él estaba solo... Es decir, que nos tumbó a los tres él solito, sin ayuda.

—Vaya. Una diferencia grande y un tanto humillante, sí. ¿Y os tumbó uno tras otro? Tuve la impresión de que os peleabais todos a la vez.

—Lo que pasa es que todo fue muy rápido: puto hooligan, era pequeño y fibrado como un mono. Y, bueno, tú estabas bastante borracho, así que no me extraña que no te enteraras...

—Ya, claro. Y él no iba curda, ¿no? ¿Y qué me dices de los chupitos que tomó con sus amigos?

—El ucraniano no tenía ningún amigo. Los chupitos se los tomó contigo y con nosotros. No te acuerdas tampoco, ¿no? Por eso nos verías dobles.

jueves, 6 de diciembre de 2012

"Meduzot": la senda de las medusas

Meduzot (2007, tráiler), que en hebreo significa medusa, es una película que cuenta las complejas historias entrelazadas de tres mujeres que viven en Tel Aviv. La primera de ellas es Batya, que acaba de ser abandonada por su novio y trabaja como camarera de caterings de boda. La conexión con la segunda mujer, Keren, es fácil: esta se casa con Michael, al inicio de la película, precisamente en un banquete organizado por la empresa de Batya. La tercera es Joy, una filipina que hace de asistenta de una de las invitadas al banquete. Aunque las tres mujeres coinciden en el mismo espacio y sus caminos se volverán a cruzar en algún punto de la película, tales reencuentros no afectarán a sus respectivas historias, conectadas sobre todo a nivel temático: Batya, Keren y Joy —¡se me olvidaba decirlo! no son felices.

Los puntos de contacto entre las tres protagonistas no acaban aquí, claro, porque sus infelicidades adoptan formas similares. Cuando Batya sale a pasear por la playa tras la ruptura, se encuentra con un personaje que le cambia la vida, una misteriosa niña que acaba de salir del mar. Puesto que la niña, entre otras peculiaridades, no habla, Batya se queda con ella durante el fin de semana. La niña se pierde en un banquete y la camarera termina siendo despedida por buscarla mientras trabaja; gracias a ello, sin embargo, entabla amistad con una fotográfa que es despedida la misma noche y la ayudará a buscar a la niña.

Batya no ha querido irse de Tel Aviv con su novio, pero su infortunio e infelicidad parecen venir de lejos, como en el caso de Keren y Michael. El mismo día de su boda, Keren se rompe una pierna al intentar salir del lavabo donde se ha quedado encerrada, así que la pareja no puede viajar al Caribe y ha de celebrar su luna de miel en Tel Aviv, donde aflorarán todos sus problemas latentes. Sin embargo, en el hotel donde se alojan, ellos también conocerán a un personaje que les cambiará la vida, una perturbada escritora cuya primera aparición en escena es tan irreal y significativa como la de la niña muda: en el ascensor del hotel, le pregunta de súbito a Michael cómo se escribe la palabra eternamente, en "eternamente desgraciado".

El personaje que cambia la vida de Joy es Malka, una vieja cascarrabias que acaba de salir del hospital y de quien debe ocuparse porque su hija, Galia, no tiene tiempo para ella (está ensayando el papel de Ofelia en Hamlet). Malka no habla inglés y Joy no habla ni hebreo ni alemán, así que uno de las dificultades compartidas por el resto de relaciones se hace mucho más patente entre ambas: los problemas de comunicación. En el caso de Batya, la comunicación falla con casi todos los que están a su alrededor: no es capaz de hablar ni con la niña (porque no habla) ni con sus padres (porque son demasiado egoístas y otros intereses se interponen entre ellos, pero también porque ella no se a atreve a abrirse y a confiar en la gente); solo logrará comunicarse satisfactoriamente con la fotógrafa, con quien entablará una amistad o quizá algo más. En cuanto a Keren y Michael, parece que no tienen tanto problemas de comunicación como interferencias exteriores: la lesión de Keren en la boda, el ruido en la habitación de hotel y la aparición de la escritora entorpecen el desarrollo esperado de su luna de miel y, por tanto, de su relación.

Después de que Keren le pregunte a su marido, con bastante poco tacto, si se ha acostado con la escritora, este le cuenta una anécdota que ejemplifica cómo es y ha sido su relación, llena de interrupciones: en su primera cita fueron al cine, y pasaron todo el rato cambiando de sitio porque una u otra cosa molestaba a Keren, así que apenas prestaron atención a la película. La vida va pasando frente a sus narices mientras ellos están demasiado ocupados solucionando sus problemas. Solo el suicidio de la escritora hace que la pareja despierte y empiece a preocuparse de una vez por su vida y olvide sus problemas. (Es muy significativo el momento en que Keren descubre que la escritora se suicidará y, para ayudarla, decide quitarse el yeso de la pierna, símbolo de todas sus preocupaciones fútiles.) El resto de personajes sufre una transformación parecida durante la película, provocada siempre por la interacción con la persona que ha aparecido casual y recientemente en sus vidas. Joy logra por fin regresar a Filipinas para estar con su hijo y podrá regalarle el barco de juguete que la misma Malka, la vieja cascarrabias, ha comprado para ella. Su felicidad se restituye cuando, abrazando a la vieja, descubre el barco recién comprado; en el mismo espeluznante y catártico abrazo, Malka descubre a través de la ventana a su hija, y también su relación sufre un cambio positivo, un primer paso hacia el acercamiento. En cuanto a Batya, su momento de revelación surge tras estar a punto de morir ahogada en el mar, mientras perseguía a la niña muda: es su nueva amiga, la fotógrafa, quien la rescata. (En este caso, por tanto, son dos los personajes que inducen el cambio.)

La historia de Batya es probablemente la más interesante de las tres, y también la principal: la película empieza y acaba con ella, primero con su novio abandonándola y, después, junto a su nueva amiga y una vida más plena dándole la bienvenida. La música que abre y cierra la película también es la misma, una versión en hebreo de "La vie en rose" (que al principio suena irónica y luego, literal), y el escenario es asimismo igual: primero, un fondo marítimo de una furgoneta que desaparece cuando el novio se va y, después, un mar de verdad. Lo más interesante de la historia de Batya es tratar de descubrir qué significa la niña que surge del mar. No se trata de una aparición que solo Batya puede ver, puesto que su jefe, la policía y la fotógrafa también la ven. Sin embargo, tiene algo de irreal, de fantástico: habla y ha salido mágicamente del mar, y, además, siempre tiene el pelo húmedo y no permite que le quiten su flotador. Igualmente, varias de sus acciones tienen cierto carácter paranormal, aunque todo el mundo parece demasiado preocupado con sus vidas como para preocuparse por la niña; por ejemplo, en casa del padre de Batya la niña encuentra un misterioso álbum que contiene solo una fotografía: el heladero. El heladero resulta ser un recuerdo de infancia de Batya, una imagen o recuerdo-pantalla que encubre un trauma infantil del tamaño de un iceberg: cuando tenía cinco años, como la niña muda, un heladero se acerca a Batya en la playa, pero la madre no quiere comprarle un helado y le promete que más tarde, cuando el heladero vuelva, se lo comprará. Entonces los padres mandan a la niña a nadar con su flotador mientras mantienen una discusión matrimonial iniciada a raíz del helado; el heladero, evidentemente, nunca vuelve. La niña, por tanto, es Batya, una especie de proyección de ella misma que la obliga a afrontar sus problemas y a recordar el pasado, es decir, a reconocer que sus padres nunca se han preocupado por ella y que son la causa de sus problemas y de su irremediable soledad. La misión de la niña acaba cuando regresa de nuevo al mar y Batya va a buscarla: dentro del agua, en metafórico y emotivo momento, Batya encuentra por fin y por última vez a la niña. Después de ser rescatada por la fotógrafa, pasean por la playa y se encuentran, cómo no, al heladero de su infancia, esperándolas sonriente.


La película esta llena de símbolos, aparte de la infancia encarnada por la niña del mar y el mar en sí mismo, todos relacionados con el mar, como por ejemplo el barco y la medusa. Para Joy, el barco es el regalo para su hijo y también el fruto de su bondad y su dedicación. También un barco dentro de una botella aparece en la primera escena de la película, en los brazos del novio de Batya, y reaparecerá en el precioso poema que comienza a escribir Keren y que termina la escritora. Es precisamente el poema que la escritora-Ofelia usa como nota de suicidio. (Lo copio al final.) Keren querría ser como un barco dentro de una botella: alguien inmune al mundo exterior o con un caparazón que lo proteja. La medusa apenas parece tener relación directa con la película, si no fuera, claro, por el título, que denota su importancia. Una frase del poema ("It doesn't know / where it's heading") da una pista de qué puede significar: las medusas no saben hacia dónde van porque no pueden controlar absolutamente sus movimientos. Como las medusas, las protagonistas de esta historia no son dueñas de sus destinos y dependen del azar. Afortunadamente, la película es optimista: el mismo azar depara, a veces, encuentros con otras medusas extraviadas en el mar.

A ship inside a bottle
cannot sink,
or collect dust
It's nice to look at
and floats on glass.
No one is small enough
to board it.
It doesn't know
where it's heading.
The wind outside
won't blow its sails.
It has no sails,
only a slip, a dress.
And beneath them, jellyfish.

Her mouth is dry
though she's surrounded by water.
She drinks it
through the openings in her eyes
which never close.
When she dies, 
it won't be noticeable. 
She won't crash on rocks. 
She will remain tall... 
and proud. 
If you didn't kiss her 
on your way out, 
my love, 
if you can, 
kiss me 
when you return.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Trenes hacia trenes

No es el traqueteo ni la lentitud del tren, sino nuestras carcajadas y alaridos lo que molesta a nuestras compañeras de vagón. Son cuatro mujeres polacas entre los cincuenta y los setenta. Nos miran embebidas de un odio completamente justificado: nosotros también somos cuatro, pero armamos un escándalo considerable, un alboroto que, a sus ojos, adopta la forma de una bacanal, como si hubieran descorrido la cortina que las separa de la clase turista y se asomaran desde la business class: son cuatro jóvenes mediterráneos malolientes, semidesnudos y peludos que pasan el rato comiendo, bebiendo, riendo, cantando, tocándose y rascándose, gritando, saltando, copulando, bostezando, escupiendo, leyendo, vomitando...

—Disculpen, apreciadas señoras, ¿quieren cambiar sus asientos con nuestros compañeros de viaje? Están en el siguiente vagón.

Tras la interrupción del vocerío, un silencio tenso e inevitable sobreviene. Una de las mujeres murmura algo en incomprensible polaco; quizá una respuesta, seguramente una imprecación.

—Insisto, distinguidas damas: no queremos obligarlas, pero llevamos un rato molestándolas y no quisiera....

Las mujeres se levantan y, con los ojos cargados de odio racial, desaparecen tras la puerta corredera. Poco después aparecen los cuatro demonios restantes; junto a ellos, las voces victoriosas en inglés, en castellano, en rumano, en catalán, en portugués hacen resurgir el clima occidental.

—La mujer ha dicho —traduce alguien del polaco— que no comprende por qué ha de recibir órdenes de unos extranjeros. Que ella, en su país, no recibe órdenes de salvajes que no respetan a los mayores.

Celebramos el triunfo descorchando una bolsa de patatas, nuestra única fuente de alimento. Jugamos a las películas. Comentamos las ciudades que visitaremos e intercambiamos fútiles observaciones sobre nuestras culturas. Mientras jugamos a adivinar-el-personaje-que-llevas-escrito-en-la-frente, una chica intenta dormir con su reproductor de música a todo volumen.

—¿Por qué van tan lentos los trenes polacos?

—¿Qué prisa tienes?

—¿Acaso te gusta pasar el rato aquí encerrado?

Unos pies, apoyados sobre la tapicería de cuero rojo, contaminan el ambiente. Alguien saca fotos del paisaje, de uno que se ha quedado dormido, de otra que pone caras raras, etc. El tren se detiene en una estación y reanuda la marcha en el sentido opuesto, hacia atrás.

—¿Por qué estamos regresando?

—El tren está cogiendo carrerilla.

—Para ir luego más rápido, ¿no?

—¡Claro!

Pero el tren sigue yendo hacia atrás, con la misma velocidad de antes. 

—¿Alguien tiene agua?

—No queda.

—Deberíamos haber comprado...

—"En el tren, lo que más echábamos de menos era el agua. Los víveres, teniendo en cuenta la situación, parecían ser suficientes para un período sustancial de tiempo; pero luego no teníamos nada que beber con ellos, lo cual era desagradable, eso está claro".

—¿Qué dices?

—Estoy leyendo Fatelesness, de Imre Kertész, el Nobel de Literatura húngaro. Sigo traduciendo: "Los del tren declararon inmediatamente que los espasmos de hambre iniciales pasarían pronto. Finalmente casi los olvidaríamos, después de lo cual reaparecerían, y para entonces no permitirían que nadie los olvidara, nos explicaron. El período de tiempo que alguien puede sobrevivir, si fuera necesario, teniendo en cuenta el calor y asumiendo que uno está sano, que no pierde mucha agua al sudar, y no come carne o comida picante, si todo esto es posible, es de seis o siete días, según dicen los que saben. Tal y como estaban las cosas, nos tranquilizaron, aún faltaba tiempo; todo dependía de cuánto fuera a durar el viaje, añadieron".

Dormimos y despertamos. Intentamos dormir y, al no conseguirlo, miramos por la ventana, observamos los rostros vecinos, todos contagiados por el mismo aburrimiento, reflejos todos del mismo agotamiento. No nos apetece ya hablar mucho: demasiadas horas aquí. En un viaje, el período de tiempo que se pasa dentro de un tren, lo que dura el transporte, no suele ser más que un paréntesis del viaje en sí, un método para conectar dos puntos. El viaje es lo que sucede en los puntos, no en lo que los une; en el viaje se usan los verbos visitar, conocer, hablar..., y no esperar. Y, sin embargo, nosotros tenemos la sensación de llevar demasiado tiempo entre paréntesis, de que el paso del tiempo ha acaparado toda nuestra atención, de que el tiempo se ha adensado y endurecido como solo ocurre en las salas de espera.

En el vagón contiguo, tras la puerta corredera, las cuatro mujeres polacas parecen dormir. Solo una de ellas mueve la cabeza y abre perezosamente un ojo. Se retoca un poco el pelo y se hace la dormida.

En el próximo vagón, el mismo silencio. Todo el mundo duerme y es oscuro afuera. Un chico acomoda la cabeza sobre el hombro de la chica de al lado.

En el tercer vagón, hay una familia con niños. Más atrás, una pareja se besa con pasión. Entrelazan sus manos sobre un libro, de título y autor incomprensibles.

En el siguiente párrafo, solo hay un viajero. Sus pies, apoyados sobre la tapicería de cuero rojo, apestan. Está despierto y escucha música con la mirada perdida. Es norteamericano: la gruesa guía de Europa sobre su regazo lo delata. En algún lugar de Estados Unidos, en Mineápolis o en Milwaukee, un californiano (de Sacramento, no de Los Ángeles ni de San Francisco) mira con cierto desprecio a un europeo que pasea con una gruesa guía de Estados Unidos; le tienta la idea de decirle que es imposible inocente, casi imprudente comprender un país tan grande y diverso en un solo tomo, por grueso que este sea; luego desiste y piensa que él, en su lugar, actuaría igual.

En el vagón sucesivo, el revisor pide los tiques. Saluda a cada viajero y, si no despierta, le da unos golpes en el brazo. No enciende la luz, sino que usa una linterna para enfocar a los viajeros y sus tiques.

Otro vagón más: como un remedo de nuestro compartimento, como un reflejo de nuestro comportamiento, un grupo de turistas llena el espacio. Botellas de vodka, latas de cerveza, bocadillos, bolsas de patatas, galletas... Huele a tabaco y a humanidad, y a algo más.

Por fin, se abre la puerta y mi reflejo aparece en el espejo. Cierro la puerta del lavabo, bebo agua como un animal —la necesidad contra la potabilidad y me miro de nuevo. Tras las gafas, unos ojos sombreados de azul e inyectados de sangre te devuelven una mirada cargada de fatiga. Los ojos se fijan en la barba de tres o cuatro días, áspera y oscura, y saltan hacia el pelo, espeso, corto y despeinado. Los labios sonríen irónicamente, con una mueca protectora. Las mejillas enrojecidas denotan el gusto polaco por las estufas y las temperaturas extremas. Abres el grifo de nuevo y sumerges la cara en el chorro de agua fría. El agua corre por la frente hasta posarse en la mandíbula y las orejas; algunas gotas resbalan por el cuello hasta que notas un leve cosquilleo en el pecho. Te secas como puedes y echas una última mirada al espejo. Abro la puerta: el tren me espera.

martes, 20 de noviembre de 2012

Me gusta: el Duende

1
Cuando estuve en Praga por primera vez, hace casi dos años, pasé una noche inolvidable en el Duende. Fue mi hermana quien me recomendó aquel lugar.

La decoración es de este modo y de este otro, la música no está mal, y es céntrico barato —me dijo ella para vendérmelo—. Ve, hombre —añadió, te gustará: es un bar de los tuyos. O sea, un bar bastante cutre.

Lo que finalmente me convenció fue el colofón, claro, una sutil observación que recuerdo con tanta precisión como para asegurar que, pese a las manipulaciones de la memoria, estoy citando textualmente. Supongo que dejó tal huella a causa de su efecto psicológico: por un lado, me reveló cuán bien me conoce mi hermana o, al menos, cuán fácil soy de interpretar y, por otro, delató mi absurda pero innegable pasión por lo cutre. ¿Qué tendrá lo cutre que tanto me atrae? Tú no temas: otro día nos plantearemos esta interesantísima pregunta en unas "Notas sobre lo cutre" o algo así.

Obviamente mi hermana acertó y el bar me gustó. Aunque ahora no estoy seguro de si fue por su cutrez o porque me lo había recomendado ella. O quizá fue porque lo pasé realmente bien en aquella larga e inolvidable noche que empezó en el Duende y acabó no recuerdo cuándo ni dónde: mi compañero de viaje y yo salimos por ahí con un argentino loco que conocimos en el hostal, y la magia praguense o la bebida, o la soledad de los viajeros, o como quieras llamarlo, meras semillas de futura melancolía— y lo que fuera hizo el resto.

2
Hace algo más de una semana, no me costó tanto convencer a mis nuevas compañeras de viaje en Praga de que fuéramos a tomar algo al Duende. Era mi segunda vez en la ciudad, y las dos portuguesas, llamémoslas C y J, eran aún más turistas que yo, con lo que cualquier propuesta les hubiera parecido bien. Sin embargo, no pude evitar contarles por qué me gustaba tanto.


—¿Por qué nos cuentas este rollo del argentino y la magia praguense —me interrumpió C, con su mordacidad habitual—, si ya te hemos dicho que nos parece bien ir al Duende?

—El chaval tendrá ganas de recordar su noche especial, déjalo —dijo J, menos mordaz pero igualmente perspicaz—. Aunque aún no nos has dicho cómo es el bar, ni qué música ponen. Solo sabemos que es cutre y que bebiste ahí con dos amigos...

—Con un amigo y un recién conocido —maticé, para ganar tiempo. Y el bar era... 

—¿Era barato? —me cortó C—. ¿Céntrico? O, espera, ya lo sé. ¿No sería cutre?

No sé —respondí, indignado, pero estaba muy bien. No recuerdo mucho más.

Quizá si no hubieras bebido tanto te acordarías de algo —añadió C. Tal cantidad de magia te borró la memoria...

—Yo creo, simplemente —me dijo J—, que dar explicaciones te gusta.

—Sí —le contestó CY si son explicaciones redundantes, entonces le encanta.

3
—Acabo de recordar algo de aquella noche en el Duende —les dije a las portuguesas al volver del baño.

—¿El váter ha estimulado tu memoria? —me preguntó C.

—Algo así. Al abrir la puerta del retrete, he golpeado la cabeza de un tipo que no ha podido aguantar más y estaba vomitando en el lavabo, con tanta suerte que, al girarse, me ha caído un poco en la mano, otro tanto en el zapato, y el resto ha moteado el cristal y la puerta. Hace cosa de dos dos años, el argentino nos contaba cómo había salido corriendo exactamente hacia el mismo retrete porque había tenido un apretón y no había llegado a tiempo: la explosión lo salpicó todo de marrón, desde sus pantalones hasta las paredes del baño, y luego, movido por la vergüenza, tuvo que limpiar con papel de váter hasta que se acabó y, después, con la escobilla —hice una pausa. ¿No os parece una casualidad que la historia se repita de un modo tan evidente como repulsivo?

Las chicas me miraron poco sorprendidas, incluso aburridas. Estarían cansadas y quizá algo bebidas, así que apenas dieron importancia a las coincidencias escatológicas. C tomó un sorbo de su cerveza y finalmente rompió el silencio.

—¿Quién decía aquello de que quien olvida su historia está condenado a repetirla? En nuestro caso, se equivocaba en la distribución de la condena: aquí las condenadas somos nosotras, y estamos condenadas precisamente porque tú has recordado algo.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Andrzejewski y los mecanismos de la fe

Para tener una auténtica inmersión polaca, no basta con estar aquí, relacionarse con polacos e intentar hablar su idioma: habría que conocer un poco su arte. Así que empezamos, por ejemplo, con la literatura; concretamente, con Las puertas del paraíso (1959), una novela de Jerzy Andrzejewski (1909, Varsovia - 1983, Varsovia).

Andrzejewski puede ser conocido, fuera de Europa Oriental, por haber escrito "Semana Santa", dentro de Noche (1945), y Cenizas y diamantes (1948), ambas llevadas al cine por Andrzej Wajda. Yo no había oído hablar de Andrzejewski en mi vida, así que esperaba que Las puertas del paraíso estaría ambientada en la Polonia de la Segunda Guerra Mundial, como Cenizas y diamantes. Nada más lejos de la realidad.

(Andrzejewski, a la izquierda, se parece casualmente a Zbygniew Cybulski, a la derecha, el "James Dean polaco", protagonista de Cenizas y diamantes (1958) de Wajda.)









Pero, en el fondo, la biografía de Andrzejewski nos da bastante igual.

Las puertas del paraíso es una atípica novela histórica que recrea la Cruzada de los Niños, una cruzada pacífica, compuesta sobre todo por niños, que en 1212 quiso liberar Jerusalén de los musulmanes a través de la inocencia y la fe de los más jóvenes. 
"Dios todopoderoso me ha revelado que frente a la insensible ceguera de los reyes, príncipes y caballeros es necesario que los niños cristianos hagan gracia y caridad a la ciudad de Jerusalén, que está en manos de los turcos infieles, porque sobre toda potencia de la tierra y el mar la fe ferviente y la inocencia de los niños pueden realizar las más grandes empresas". 
Estas palabras catalizan la cruzada en la novela y, como en la versión histórica, a medio camino entre los hechos y la leyenda, se dirige hacia su fracaso. A diferencia de otras novelas históricas —por eso es atípica, aquí no importa si lo narrado es fiel a la realidad o no: lo que cuenta son los las historias individuales de los niños que marchan, es decir, sus razones para partir y sus sentimientos.

La novela también es una versión y un homenaje literario a La cruzada de los niños (1896) de Marcel Schwob, su precedente directo. En el prólogo de Las puertas del paraísoSergio Pitol, el descubridor y traductor de la obra para el público hispanohablante, indica que la novela de Andrzejewski no solo parte temáticamente del texto de Schwob, sino que también encuentra en él el antecedente de su moderna estructura narrativa. La novela del francés es un mosaico compuesto por los monólogos interiores de la comitiva (imagino, porque no la he leído, que funciona de un modo parecido a Mientras agonizo, de William Faulkner); la del polaco también se compone de monólogos interiores de varios personajes, pero estos no están yuxtapuestos: los flujos de conciencia de los niños y la voz del narrador se entrelazan en una sola frase de 82 páginas, con tan solo un punto al final. Este párrafo interminable hace de la narración un experimento vanguardista de unidad, repetición y simultaneidad poco habituales incluso para el lector de 2012. A esta primera oración le sucede la segunda y última frase, de tan solo cuatro palabras (en polaco): "Y caminaron toda la noche". Por tanto, la estructura está dividida en dos desequilibradas partes: en la primera frase, la que constituye la novela en sí, se nos dan a conocer los personajes y sus motivos para haberse sumado a la marcha. Esta frase representa la columna de niños que se dirige sin descanso a Jerusalén guiada por una fe ciega y pertinaz (tan pertinaz, por cierto, como la negativa de Andrzejewski a dividir el texto en párrafos). La segunda frase, en cambio, es solo movimiento: proyecta el camino que seguirá la marcha, cuyo final no coincidirá con las puertas de Jerusalén sino con una más que probable, pero nunca narrada, perdición. Al acabar la novela, la comitiva se aleja y solo vemos el rastro funesto que va dejando tras de sí a través de esta corta oración.

Los personajes que tejen la historia principal son tres: en primer lugar, Santiago de Cloyes, el adolescente huérfano y excepcionalmente bello y carismático que inicia la marcha pronunciando las palabras arriba citadas; a continuación, Alesio Melisseno, también un joven huérfano, pero adoptado por el mismo hombre que asesinó a sus padres, el conde Ludovico de Vendome, un cruzado que, a su vez, cierra este bizarre (gay) love triangle. Es un triángulo amoroso gay porque los tres vértices son hombres, claro, y es extraño no porque sea gay (la homosexualidad, en la novela, es una forma de amar tan normal y problemática como la heterosexualidad), sino porque no sabemos si Santiago desea realmente al conde Ludovico o solamente lo idolatra: parte del encanto del personaje es el misterio que lo envuelve, especialmente la ambigüedad que recubre su sexualidad, más propia de un ángel que de un quinceañero rebosante de hormonas.

La novela tiene lugar durante el tercer día de confesión de la comitiva infantil, así que asistimos al destripe sentimental de estos y otros personajes. Por ejemplo, de Maud, una chica que reconoce que sigue la marcha solo porque —para variar— está enamorada de Santiago, su hermanastro. Así se confiesa la chica:
"jamás veré el cielo con sus ojos [los de Santiago], jamás sabré qué ve él con sus ojos, contestó en voz baja: sí, padre, es verdad, también ahora, cuando debería abrir el corazón a Dios, pienso más en mi amor que en el hecho de abrir mi corazón a Dios".
¿Qué importa el amor a Dios, aparentemente infinito, frente al amor humano, realmente infinito? Otro caso es el de Roberto, un chico enamorado de Maud; he aquí parte de su monólogo interior:
"jamás deseé ser un hijo desnaturalizado y, sin embargo, en tal me he convertido por amor a una joven llamada Maud, hija del herrero Simón de Cloyes, he hecho lo que he hecho, padre, pero no podía actuar de otra manera, porque sobre cualquier otra cosa en el mundo amo a Maud, la amo a pesar de que ella no me ama, es frágil y delicada, sus pies son menudos y delicados, ya ahora que estamos en camino desde hace unas cinco semanas, veo en sus ojos el cansancio, ¿quién velaría por ella si no estuviese a su lado?, no pude actuar de otro modo, padre, y sin desearlo le he procurado a mi padre con mi partida un gran dolor, entonces comprendí que el sufrimiento es la sombra de todo amor, se puede no amar, mas si se ama el amor se desdobla en amor y sufrimiento".
Más ejemplos: Blanca es una joven que marcha no porque cree que "sobre toda potencia de la tierra y el mar la fe ferviente y la inocencia de los niños pueden realizar las más grandes empresas", sino porque —¡qué original! está enamorada de Santiago; además, no siendo correspondida, sacia sus deseos de amor carnal con Alesio y ¡qué casualidad! ambos piensan en su querido Santiago mientras tanto. El conflicto está servido: todos desean a aquel que no desea a nadie.

A medida que la marcha y las confesiones avanzan, los personajes van, por un lado, dibujando una figura absolutamente idealizada de Santiago, convirtiéndose la novela en unos evangelios sentimentales de un nuevo y joven Cristo, y, por otro lado, los chicos van sacando a la luz los entresijos de sus particulares fes. La fe, la esperanza y la inocencia, supuestos motores de esta cruzada infantil y, aparentemente, valores cristianos que definen la niñez, esconden tras de sí el amor y el deseo, la lujuria e incluso la mera corrupción, auténticos propulsores del mundo; en realidad, no es la fe sino el pecado (o el deseo a través de los ojos de Dios) lo que impulsa la cruzada de los niños. Decía algún filósofo que la fe trae la infinitud al presente, que se anticipa a ella; la novela demuestra, al deconstruir la fe, que solo las pasiones del alma tienen magnitudes infinitas, y, por tanto, facultad motora.

Finalmente, el narrador acaba cediendo el testigo a Santiago y el lector descubre por qué se ilumina e inicia la cruzada de los niños. Es el conde Ludovico quien, tras pasar una noche con Santiago, lo impulsa involuntariamente a emprender su viaje. Sin embargo, el conde confiesa haber descubierto el valor de la inocencia y la pureza infantiles solamente después de cometer un vil acto contra ellas, solamente después de arrasar Constantinopla en nombre de la fe, solamente después de matar a los padres de Alesio, el niño que adoptará y convertirá en su amante:
"tenía poco más o menos tu edad, posiblemente un poco más, cuando comencé a realizar el sueño de mi infancia, cuando el más querido de mis sueños comenzó a tomar vida, todos los días, primero a medida que atravesábamos los países extranjeros en dirección al oriente, después mientras bogábamos en las galeras de los venecianos por los mares orientales, me acercaba a la tumba de Jesús que esperaba de nosotros su liberación, no sabía entonces, ni siquiera en esa noche de primavera, cuando vestidos con el manto blanco de los cruzados, nosotros, caballeros de Cristo, llegamos a los muros potentes y a los bastiones de Constantinopla, en lugar de dirigirnos a los muros de Jerusalén, y asaltamos una ciudad cristiana, llevando dentro de sus muros la violencia, el fuego y la destrucción, en vez de asaltar los muros y bastiones de Jerusalén, aún aquella noche terrible de perjurio en que triunfó nuestra sed de conquista y de rapiña, aún perdida aquella noche en que Cristo fue traicionado, mientras iba al asalto como los otros caballeros, no sabía que iba a privarme hasta el último aliento de esa meta suprema y única de mi vida y que sin ganar nada lo había perdido todo, aquella noche mis manos, hasta entonces inocentes, cesaron de serlo, contaminadas con la sangre que habían derramado [...] pero antes de que aquella infame noche de traición terminase, aquella noche de perjurio y de crímenes, iluminada sólo por los incendios, colmada de gritos de mujeres y lamentos de moribundos, antes de que las luces del alba se levantasen sobre aquel abismo de iniquidad y de sufrimientos, yo había finalmente comprendido que no era con la infracción de las leyes humanas y divinas, no con la sangre inocente empapando nuestras espadas, no mientras en el corazón abrigásemos deseos oscuros e inconfesables, sino que sólo los armados de inocencia y puros de corazón podrían alcanzar las puertas de Jerusalén para verlas abrirse frente a quienes son más próximos a Cristo, sepultado en su tumba solitaria".
Paradójicamente, la fe en la inocencia surge tras su más absoluta corrupción. La marcha de los niños se inicia a consecuencia de un acto abominable: la violencia y el asesinato, primero, y el incesto y la pederastia, después. ¿Cómo puede ser que de la violación de los valores infantiles emerjan los mismos valores? Porque solo la experiencia del mal en carne propia permite conocer y apreciar el bien: el niño no puede saber que el bien es bueno hasta que no experimenta el mal, igual que Adán no pudo tomar consciencia del bien y del mal hasta que no pecó. Pero entonces ya es demasiado tarde: la inocencia, tras el pecado, se convierte en un objeto de deseo tan inalcanzable como Jerusalén.

Al final de la novela, el confesor no puede absolver a Santiago y trata de interrumpir la marcha para impedir su desenlace fatal. Pero es demasiado tarde e, inevitablemente, es aplastado por la cruzada de los niños. Bonita imagen: la fuerza de la fe arrolla al sentido común. (Irónicamente, es un sacerdote quien representa el sentido común y un lego quien encarna la fe.) Solo el lector sabe, porque le han sido revelados los mecanismos de la fe, el error que están cometiendo Santiago y los niños; ellos, en cambio, son la prueba de que la fe ciega es un mecanismo con una inercia imparable.

(Para acabar, otra casualidad entre paréntesis: Bertold Brecht también tiene una obra dedicada a la cruzada de los niños. Es un poema narrativo titulado "La cruzada de los niños" y publicado en 1970. Para aumentar los índices de casualidad, el poema está ambientado en la Polonia de la Segunda Guerra Mundial; los niños no buscan Jerusalén, sino huir de la guerra, es decir, la paz, otra forma que las puertas del paraíso pueden adoptar.

Aquí va una versión cantada en español. Entre los minutos 2:00 y 2:30, aproximadamente, la escena descrita es genial: al lado de un arroyo, el niño músico puede, por fin, tocar el tambor sin delatar su presencia a los soldados; pero el mismo ruido que los protege —la seguridad— impide que se pueda disfrutar de la música —la libertad.)

sábado, 27 de octubre de 2012

Me gusta: Nuevo cementerio judío

En este blog he ido hablando de varios temas con un tono más o menos variado: alguna vez de literatura, otras de cine, series o arte, pero sobre todo de mí. En realidad, no es que hable de mí, sino que siempre hablo yo. Aunque tampoco estoy muy seguro de quién es este yo que habla. Está claro que comparte cosas conmigo, de que está íntimamente relacionado conmigo; pero no es yo. Si existen los universos paralelos, este yo sería mi yo del universo vecino.

Hay, por tanto, notables diferencias entre nosotros. Por un lado, este yo no es exactamente yo porque habla distinto y no se comporta como yo. Él es más cabrón, más valiente, más soberbio, más irónico y más activo; asimismo, sabe escuchar y hablar mejor, y a veces es un poco ventrílocuo y marionetista. Por otro lado, lo que narra este yo no es solamente lo que me ocurre, sino también lo que se me ocurre. Todo lo que aquí se cuenta ha ocurrido a mí o en mí, en acto o en potencia; en cambio, a este yo le ha ocurrido absolutamente todo lo que aquí se relata. ¡Qué afortunado!

Todo este rodeo sobre mí y este yo tiene algún que otro porqué. Primero, sirve para explicarle brevemente al que lea qué es, más o menos, lo que lee. O, como mínimo, qué ha ido siendo hasta ahora: ¡la vérité si je mens! Segundo, sirve para explicármelo a mí; es un modo de pasar revista, o de inventariar lo escrito. En tercer lugar, y creo que este es el motivo menos cierto de todos, sirve para introducir e inaugurar una nueva sección. En ella intentaré ser absolutamente sincero y cambiará un poco la temática. No es que vaya a hablar de mis más profundos y vergonzosos sentimientos (esto queda reservado para ambientes más proclives a la profundidad y la vergüenza), sino que voy a hablar de lugares de Cracovia (u otros sitios, por qué no) que me gustan.

La sección se llamará, simple y llanamente, "Me gusta". El botón de "me gusta" es el mejor invento de Facebook. Facebook es el botón de "me gusta". El botón de "me gusta" representa perfectamente a la juventud, a nuestra generación: es instantáneo, superficial y hedonista. El botón de "me gusta" es el aquí y ahora. Además, no da nunca explicaciones. No es el botón "me gusta porque", sino el botón "me gusta", punto final. Aquí, yo me comprometo a presentar los lugares elegidos y a plasmar o explicar los motivos de las elecciones. En fin, si a mí me ha gustado un sitio, intentaré que a ti también te guste, o al menos que sepas por qué me gusta.

Pero ¿por qué crear una sección nueva? ¿Y por qué titularla? ¿Por qué no usar una etiqueta de las que ofrece Blogspot.com y ya está? ¿Y por qué esa necesidad de explicarlo y entenderlo siempre todo? En general, ¿por qué tanta obsesión con los porqués? No tengo ni idea. La cuestión es que le he contagiado esta tendencia hipertrofiada a mi otro yo, el que aquí habla. Este yo, como yo, es un amante de las introducciones largas e innecesarias, de las anécdotas que nunca llegan a ser contadas porque el narrador se pierde en los detalles del prólogo. Por suerte, la forma escrita facilita el artificio, tan necesario para alcanzar la concisión, para poder podar las digresiones y para dejar huecos sin rellenar. La artificiosidad de la escritura también permite, entre otros, la narración in media res y el saludable respiro del punto y aparte.

* * *

Oí hablar del Nuevo cementerio judío por primera vez a mis compañeras de piso. Un día estuvieron paseando por Kazimierz y lo encontraron por casualidad. Debió de encantarles, porque me recomendaron encarecidamente que lo visitara. Por su descripción, estaba claro que me iba a gustar: era una extensión enorme colmada de tumbas ajadas apelotonadas desordenadamente, formando pasajes sinuosos, oscuros y estrechos. Sin embargo, hice caso omiso de la recomendación, consciente o inconscientemente. El nuevo cementerio judío no era más que un sintagma a la espera de despertar mi curiosidad en contacto con algún acontecimiento futuro. O ni siquiera eso.

Hace una semana, tenía que comentar una foto de Cracovia que me hubiera impactado culturalmente para una asignatura de la universidad, "Psychology of Culture - Culture Shock". (Detrás de este nombre tan prometedor como aparentemente vacuo, se esconde algo así como una antropología de la convivencia entre culturas. Creo que esta descripción es tan superflua como el título original, y además le resta su espectacularidad.) A falta de fotos propias y de tiempo para sacar alguna, le pedí a una de las compañeras, llamémosla Y, muy aficionada a la fotografía, que me dejara utilizar una imagen suya. Navegando entre las fotos cracovianas de Y, descartando las festivas y las turísticas, descubrí una que podía suscitar un comentario mínimamente interesante.


Mis compañeras de piso me dijeron, algo ofendidas, que aquella foto era del Nuevo cementerio judío. Les pedí que me repitieran la descripción del lugar y escribí el comentario sin haberlo visitado, aunque con muchas ganas de hacerlo. 

El texto contenía dos ideas conectadas entre sí. En primer lugar, que Kazimierz, el barrio judío de Cracovia y por extensión todos los barrios judíos de Europa Central y Oriental, no se parece en nada al call jueu de Girona es decir, a las juderías españolas. La arquitectura y el ambiente de Kazimierz no difieren demasiado de los del resto de la ciudad: el paseante nota una atmósfera igualmente turística, quizá algo más bohemia, pero, en el fondo, sin solución de continuidad entre ambos espacios. En cambio, la distribución arquitectónica del call jueu sí se opone a la del resto de la ciudad: las calles son sinuosas, oscuras, estrechas, viejas, laberínticas, silenciosas, etc. He aquí el nexo con la segunda idea del comentario: las sensaciones que transmite el cementerio son las mismas que uno tiene cuando pasea por el casco antiguo de Girona. Una especie de tranquilidad otoñal, por llamarlo de algún modo.

No hace falta decir que a la profesora le encantó el comentario. Me he propuesto seguir las mismas pautas de trabajo para el resto de comentarios —comentar una foto ajena de un sitio que ni siquiera he visitado—, pero creo que requerirá demasiado esfuerzo.

El mismo día que fui al Museo judío de Galicia visité también el Nuevo cementerio judío. Me pareció que, pese a las inevitables diferencias, se correspondía bastante bien con lo que yo había imaginado. Los caminos entre los amontonamientos de tumbas no eran laberínticos, sino más bien rectos, y no era para nada oscuro pese a los abundantes árboles; además, los hombres teníamos que ponernos una graciosa kipá roja que yo no podría haber concebido. Pero al menos era silencioso y transmitía la paz espiritual que el call jueu emana. Le pregunté a mi acompañante si tenía la misma sensación. Me dijo que todos los cementerios, judíos o cristianos, irradian la misma tranquilidad. Para mí era distinto: nada más aquel lugar lograba un efecto balsámico.

Su opinión me hizo darme cuenta de que tenía aquella sensación tan solo porque me recordaba a Girona. Pero la relación entre el cementerio y el call jueu no existía, sino que la había establecido yo en mi cabeza y la había desarrollado en el comentario de la fotografía. Se trataba de una relación absolutamente artificial, ficticia, por qué negarlo, sin más fundamento que mi imaginación y quizá cierta morriña. Y, sin embargo, sé que cada vez vuelva a visitar el cementerio volveré a experimentar la misma calma.

martes, 23 de octubre de 2012

Judaísmo y más arte de rebote

Aunque parezca mentira, no solo de fiestas vive el estudiante: hace un par de días visité el Museo Judío de Galicia, en Cracovia. Esta no es nuestra Galicia, tierra de meigas, sino Galicja, región centroeuropea dividida entre Polonia y Hungría. En vez de brujas hay judíos, otro colectivo muy perseguido.

El museo está en Kazimierz, el barrio judío (ya hablaré de él en otra ocasión, mi parte favorita de la ciudad). Es muy pequeño, el museíto, pero ya se sabe que al pot petit hi ha la bona confitura; de hecho, la exposición que me interesó más solamente ocupa una habitación: On the Other Side of the Torah.

(La Torá no es el único texto judío, pero es el más importante, el fundamental. Se supone que Dios se la dictó letra a letra, punto a punto, coma a coma, a Moisés. Aunque, entre tú y yo, me da la impresión de que el tal Dios no hizo nada más que llevarse el mérito: fue el pobre Moisés quien tuvo que inventársela toda, palabra tras palabra, frase tras frase, párrafo tras párrafo, convirtiéndose así en el primer negro, o ghostwriter, de la historia de la literatura.)

La exposición consta solo de dos objetos, dos retratos de un matrimonio alemán de la época nazi colocados en el centro de la sala. Las pinturas muestran a una pareja joven y sonriente, feliz como unos recién casados. El marido, un soldado que combatió en la Segunda Guerra Mundial, lleva el uniforme militar; la mujer, un sobrio vestido negro. Sus apagadas ropas contrastan con sus rostros radiantes, casi desentonan, revelando que el pintor, anónimo, era un retratista cualquiera, mediocre con avaricia. 

Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol: el museo siempre ha sido un espacio muy permeable a la mediocridad

Lo maravilloso está al otro lado de los cuadros: los lienzos son dos páginas de la Torá reutilizadas. Por tanto, esta obra exige ser contemplada desde ambos costados. Por delante, vemos a un soldado nazi o a su mujer y, por detrás, dos pasajes del Éxodo. El excepcional significado de la obra solo se completa con su reverso.



Los cuadros pertenecían a los nietos de los retratados; su lado oculto fue descubierto, o al menos dado a conocer, en 2011. Hasta entonces, nadie en Tübingen, Alemania, ni en el mundo entero, conocía las dimensiones reales de esta obra fruto del azar. Ni siquiera su creador, claro, por eso el mérito es del azar y no suyo, del mismo modo que la Torá es creación de Moisés y no de Dios. Quizá el pésimo retratista decidió usar fragmentos bíblicos para darle, como mínimo, valor conceptual al conjunto: la pintura que cubriría las páginas de la Torá simbolizaría la destrucción del pueblo judío por parte de los nazis. Lo dudo bastante. Lo más probable es que el pintor usara la primera lámina que encontró para terminar su encargo y que, después, los retratos se pasaran casi ochenta años cogiendo polvo en una sala de estar alemana. Casualmente, esa lámina simbolizaba a su enemigo; casualmente, pintó sobre ella a su mayor verdugo. 



Lo que está claro es que solo la imprevisible historia ha sido capaz de revelar este significado escondido; además, unos años más tarde ha añadido un segundo y valioso significado al otro lado del primero: los judíos han sobrevivido, aunque terriblemente mutilados, al intento de exterminio nazi. Es decir, descolgar el cuadro ha evidenciado que el pintor no pudo erradicar el rastro judío del lienzo. Aún hay más: la historia de Alemania y la del pueblo judío han quedado irremediablemente unidas; un lado de la moneda está manchado con la sangre de su reverso. Y otro: el judaísmo no ha variado un ápice, sigue intacto como las palabras de detrás del retrato; en cambio, Alemania quedó profundamente marcada tras descubrirse el lado más oscuro del nazismo, los campos de concentración, y ya no podemos contemplar impunemente al feliz matrimonio nazi.

Lo siento, pero no he podido evitar acordarme de mi querido Ecce Homo. Primeramente, porque ambas obras juegan a destruir literal y figuradamente el pasado: Cecilia lo hizo modificando el Ecce Homo de Elías García Martínez, mientras que el retratista intentó eliminar las hojas de la Torá. Y, en segundo lugar, porque ambas son obras de arte fruto del azar, o de intencionalidad distorsionadaCecilia no sabía lo que hacía, igual que el retratista mediocre desconocía que su obra iba a simbolizar el presente —la destrucción nazi— y el futuro —la supervivencia del pueblo judío—.

jueves, 18 de octubre de 2012

Vine a dominguear

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Kurtz (¿o sería Ulises? ¿O quizá Abraham?). De hecho, fue mi madre quien me lo dijo: Pedro Páramo, tu padre, es un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

O vine a México D.F. para encontrar a la poeta mexicana Cesárea Tinajero, la eterna desaparecida, y sus poemas.

O vine a Estados Unidos para investigar el significado de Rosebud, la última palabra que (no quise saberlo, pero lo supe) pronunció Charles Foster Kane antes de morir.

¿O no? La memoria me falla...


Vine aquí para ser Lázaro. ¡Sí, sí, a eso vine! Ahora lo recuerdo. Así que sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. O, aún mejor: me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir. Bueno, no sé. La cuestión es que no hablo del Lázaro bíblico, el resucitado o el zombie, sino del Lázaro con diminutivo. El Lázaro lazarillo. El Nuestro. (Atención: pronúnciese Nuestro con ene mayúscula y muy ibéricamente, muy hispánicamente, muy castellanamente; pronúnciese con el orgullo grasiento con el que hablaría el jamón si Nuestros Jamones hablaran y dijeran, por ejemplo, palabras como cojones, tortilla o gilipollas.) Vine a resucitar picarescamente, como Lazarillo. A eso vine. A resucitar simbólicamente: abre los ojos y la boca, con la babita colgando, e inclina ligeramente la cabeza para despejar el cogote y dejar que la verdad te aseste una buena e inesperada colleja. ¡Bendito dolor placentero, el de las hostias simbólicas que la verdad propina!


Y luego, claro, a contárselo todo a Vuestra Merced, como hace Lazarillo. A eso vine también. En este caso, Vuestra Merced no escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, pero yo, por si acaso, se lo relato y se lo escribo igualmente. Así que me impuse el mismo horario que Dios: de lunes a sábado, a vivir (duro trabajo), y los domingos, a descansar, o sea, a escribir. Pero a veces uno se queda por el camino ¡nada atrapa como atrapan los caminos! y ni escribe ni relata caso alguno: llega el domingo y pasa cual intrigante arbusto del Lejano Oeste. Así de dura es aquí la vida. Y no será por falta de cosas que contar... Esa es la cuestión: tantos casos y cosas y caminos no dejan tiempo para seleccionar, adornar, falsear e inventar, es decir, para escribirle y relatarle ni siquiera un miserable caso a Vuestra Merced.

Este domingo quería hablar de la casa que habito, una casa, si no tomada, a punto de ser tomada. Esta casa, que en realidad es un piso, con sus catacumbas y sus problemas, merece unos cuantos párrafos; quizá incluso un cuento o un poema. También quería escribir sobre las cortinas y las persianas. Y, sobre todo, sobre lo que hay más allá de las ventanas. No me refiero al mundo en general, sino solamente al mundo que hay detrás de las ventanas, al mundo visto a través de las ventanas. Asimismo, quería hablar de Cracovia, quería describir algún personaje pintoresco, quería escribir sobre el cine polaco y judío que voy descubriendo.

Ya les llegará su domingo a estos casos. Serán escritos y relatados, no se preocupe Vuestra Merced.

Sin embargo, antes hace falta un poco de limpieza: mi habitación, la habitación-comedor, la habitación-casi-palacio, con su cama y su sofá-cama y sus sillas y mesas y armarios y mecedora y diana y canasta y tendedero y aspiradora y, desde ayer, además, con sus botellas, vasos, ceniceros, colillas, platos, cartas, cubiertos, servilletas, etc., mi dormitorio, decía, se ha estrenado por fin como sala de fiestas. A eso vine también, a limpiar tras las fiestas.

sábado, 6 de octubre de 2012

Entrevista breve con E

—¿Salimos a tomar una cerveza? —me dice un portugués ebrio, llamémosle E.

E y yo nos conocemos solo desde hace un par de horas, pero, entre personas desamparadas y necesitadas de afección como los estudiantes de Erasmus, dos horas son suficientes para tener cierta confianza. Por cierto, en este caso salir significa salir de la discoteca donde estamos y donde nos hemos conocido. Y aunque aquí la cerveza es bastante barata, al menos en comparación con los precios barceloneses, siempre es más económica en las alcoholerías.

Propuesta de definición de alcoholería para la RAE:
1. f. Tienda que vende alcohol las veinticuatro horas del día y que tiene un letrero que reza "Alkohole". 
2. f. Símbolo nacional polaco, o casi. O, mejor dicho, síntoma del alcoholismo polaco.

—¿Sabes que te pueden multar por beber en la calle? —le digo a E mientras cruzamos la Plaza Central de Cracovia. (De día está bonita, sí, pero de noche está aún más guapa, la plaza.)

—Lo sé. Pero así es más divertido. Las reglas hay que conocerlas para poder romperlas. Es lo mejor de las leyes y, de hecho, lo que las define: la necesidad de su profanación. Como estudiante de Derecho, lo más divertido es violar las normas que memorizas o escribes. Para nosotros, es como construir y derruir castillos de arena.

Pongo cara de perdido: ¿cómo ha pasado de beber en la calle a los castillos de arena? E se detiene un momento, pero pronto vuelve a la carga.

—Me explico. ¿Te crees que los niños se lo pasan bien construyendo castillos de arena? La finalidad del juego no es superarse, ni cultivar la paciencia, ni siquiera dar un momento de paz a los padres. La clave del juego no está en el proceso de construcción, sino en el instante de la destrucción. La esencia del juego es aceptar y aprender a gozar de la destrucción de lo que se ha creado. Poder echar por los suelos lo más importante para ti, ser capaz de despreciar tu esfuerzo o tu propio trabajo: no hay placer mayor ni mejor medicina. Es como recetarse dosis de humildad.

—¿Como una catarsis? —le respondo, como buen interlocutor, para darle cuerda.

—Algo así. Para el buen legislador, no hay mayor catarsis que violar una ley que él mismo ha escrito. Y romper la norma por primera vez es como inaugurar un barco de un botellazo en el casco. Oye, hablando de catarsis, seguro que en la mitología griega hay algún caso de destrucción del propio trabajo. Estos tenían ejemplos para todo. ¿No lo conocerás, por casualidad, como buen humanista?

—Pues, por casualidad, ese mito no me suena —le respondo a E, sabiendo que lo decepciono profundamente. Miro a mi alrededor: no tengo ni idea de dónde estamos—.  Por cierto, ¿sabes dónde estás yendo?

—Claro. Lo primero que hice al llegar a Cracovia fue llegar a la Plaza Central y, lo segundo, buscar una alcoholería. Mira, ahí está —me dice, señalando una alcoholería con su letrero de "Alkohole"—. No recuerdo muy bien todo lo que vino después, pero sí sé que al final de aquel día estaba echando un polvo con una polaca. For real, man.

—Vaya, qué eficiencia, ¿no?

—Bueno, solo estoy siguiendo El Plan.

—¿El Plan?

—El Plan, sí —dice E, confiado—. Resumen de El Plan: tienes que follarte a cien tías en los diez meses que estarás en Cracovia. Da igual si son feas o guapas, gordas o flacas, polacas o venezolanas, jóvenes o viejas. Solo importa alcanzar el objetivo: cien tías. Y no vale repetir ni irse de putas. Este es El Plan. Gracias a Él, yo y cien chicas nos lo pasaremos en grande. ¿Qué te parece?

Dos chicas que también compran en la alcoholería nos miran con miedo y asco en los ojos. El inglés de E, pese a su borrachera, es muy bueno.

—Pienso que podrías hacerte un álbum de fotos con las que quieran formar parte de El Plan —le digo a E mientras abrimos nuestras cervezas y nos sentamos en un banco—. Así podrías recordarlo cuando seas mayor.

—Pues no es mala idea. Podría enseñarles a mis nietos las hazañas de su abuelo.

—Además, llevas buen ritmo: una sola noche y ya te falta una chica menos para llegar a tu meta.

—Sí, pero ya llevo cinco días en Cracovia. El empuje inicial no podía ser mejor, pero tengo que mantener el ritmo. El Plan requiere mucha dedicación y constancia, es como entrenar para una maratón, y lo sé porque no soy el que lo inventó, no soy un pionero. Hay muchos Erasmus con Un Plan particular. Un amigo marcaba en un mapamundi las nacionalidades que se había pasado por la piedra. Se quería follar a todo el mundo, decía. Qué cachondo. ¿Lo pillas, no? A todo el mundo... Lo malo es que solo consiguió completar el mapa europeo y algún otro país. Pero yo, que no soy tan selectivo, quiero quitarme los límites y follarme, realmente, a todo el mundo. O al menos a cien tías. En realidad le estoy haciendo un favor al mundo: promover el amor libre es como repartir felicidad.

—Sí, sí. Soys unos personajes curiosos, tú y tus amigos...

—¿Has visto La cena de los idiotas? —me pregunta E. Cambio de tema radical.

—Sí, pero no la recuerdo muy bien...

—Joder. Pues en la película, un grupo de amigos, cada uno con un invitado, se reunía semanalmente para ver quién había invitado al más idiota. Como homenaje, mis colegas y yo celebramos de vez en cuando una cena de las idiotas. Cada uno de nosotros ha de invitar a la chica más fea, gorda, pesada, tonta, etc., que haya conocido desde la cena pasada. La más infumable que haya conocido, la más idiota. Al acabar la cena, el que haya invitado a la peor de ellas gana; el que haya invitado a la menos idiota, en cambio, pierde.

De nuevo, estoy desorientado. Pensaba que E sería de los invitados a la cena, no al revés.

—No pongas esa cara —sigue E—, que no es tan complicado. La cosa no acaba aqui: cuando ya tenemos perdedor y ganador, salimos de fiesta, y entonces el perdedor ha de lograr follarse a la chica del ganador, a la gran idiota, la campeona de las idiotas. También hemos jugado con variaciones: cada uno ha de follarse a su propia idiota, o hay que follarse a la de la izquierda, etc. Oye, espera un momento que tengo que mear.

E se levanta y se mete en el parque. No hace falta que le diga que la multa por mear en las calles polacas es de 200 zloty. Dirá que mear en la calle, como beber en la calle, es mejor si es una aventura, y que el único sentido de las normas es su transgresión, y que castillos idiotas y arenas de cena y etcétera, etcétera.

martes, 25 de septiembre de 2012

Crónica (retrasada, ajena y ficcional) de una mudanza

Aunque ya no esté en Barcelona, no me olvido de ella. Ni de Girona ni de Cataluña, y mucho menos en estos tiempos tan revueltos. Aunque entre el recuerdo, la melancolía y el extrañamiento hay unos cuantos trechos. Por contra, sí que echo de menos a ciertas personas y algunos momentos; como, por ejemplo, la mudanza del piso: una experiencia increíble.

Increíblemente agotadora, claro.

Y muy lubrificada. Subir cinco pisos sin ascensor provocó que los cuerpos se barnizaran de sudor al terminar el primer viaje; al acabar el segundo, las camisetas ya no cubrían nuestros torsos musculosos. Por suerte, no hubo incidentes: nadie resbaló entre tantas humedades.

Sí hubo, en cambio, algunas ausencias. Siempre justificadas, evidentemente. En cualquier caso, desde la distancia espacial y temporal quedan todas perdonadas. Algunas ausencias también han sido recientemente compensadas, como la de un amigo, llamémosle M. En este caso, con una crónica gráfica de la mudanza.


Lo curioso es que, como buen narrador, M recreó los hechos sin estar presente. Vaya, que se lo inventó todo. Como Dios manda. ¿A quién le importa lo que ocurrió si el cuadro, la foto, el relato, etc., merece la pena?

Aquí somos fervorosos defensores de las mentiras bien contadas; o de las infidelidades a la realidad, que viene a ser lo mismo. Sea lo que sea, a esta traicionera llamada realidad, su propia medicina.