martes, 23 de agosto de 2016

Mateorías (22)

(Capítulo 22 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintidós

En el tiempo libre del verano de 2014 también logré escribir un poco. Concretamente, empecé a escribir una novela, titulada Encuentros con los Apocrifílicos, que fui publicando en mi blog, De mí me río. ¡Mi segunda novela después de Todas las almas! Bueno, en realidad era una combinación supuestamente moderna de novela y ensayo, como se puede colegir de su argumento, del que estaba particularmente orgulloso.

Los Apocrifílicos son un grupo de cuatro amigos que se encuentran en cafeterías de Cracovia para hablar de literatura. Sin embargo, no son cuatro personas normales y tampoco hablan de literatura normal. Aunque vienen de diversas partes de Europa, durante las reuniones adoptan nombres polacos, como si fueran camaleones: Honoriusz es lituano, Michalina y Stanisław son una pareja rumana y Gienek, que soy yo, es español o catalán (o gordo). Como ninguno de los Apocrifílicos habla polaco, los encuentros de su selecto club literario son en inglés, a pesar de que tampoco lo hablan demasiado bien. Sus trabajos son un poco peculiares y un poco marginales: Honoriusz es guarda de seguridad en un gimnazjum cracoviano, Michalina es esteticista, Stanisław trabaja en un call center y Gienek (yo) es profesor florero de español en el mismo gimnazjum que Honoriusz.

Cada tertulia literaria tiene lugar en un local diferente de Cracovia, así que en cada capítulo el narrador (yo) aprovecha para describirlo: Massolit, Café Szafé, Coffee Cargo, Nowa Prowincja, BAL o donde sea. Antes de empezar a hablar de literatura, los Apocrifílicos hablan un rato de la vida o de cualquier otro tema, y entonces Stanisław, el líder, lee el Manifiesto Apocrifílico, que marca el inicio de la charla. La literatura que los Apocrifílicos discuten es un poco peculiar y un poco marginal, como ellos mismos, y la llaman literatura apocrifílica: literatura amante de lo apócrifo. Es decir, hablan sobre libros que hacen de lo falso y la falsificación su motor. Por ejemplo, las falsas reseñas de Jorge Luis Borges: críticas de libros que no existen. Por ejemplo, las falsas biografías de Marcel Schwob: biografías falsas de personajes reales. Por ejemplo, la autoficción de Emmanuel Carrère: una falsa autobiografía. Por ejemplo, falsos documentales como This Is Spinal Tap: un documental de hechos aparentemente reales pero profundamente falsos.

Es evidente que estas conversaciones sobre literatura estaban basadas en mis charlas literarias con Mateo. Pero las fuentes que originariamente me inspiraron los Encuentros con los Apocrifílicos brotaron de los dos planos más relevantes de mi existencia: la realidad y la ficción.

En la realidad yo trabajaba en un instituto público de Cracovia, donde había un guarda de seguridad un poco peculiar y un poco marginal, ya hablé de él en el capítulo dieciséis: siempre hacía reverencias de criado victoriano a los profesores y nunca hablaba, como si fuera mudo. Este guarda inspiró el personaje de Honoriusz, aunque lo exageré un poco, ya que a menudo la realidad sola no basta ni supera la ficción, especialmente mi realidad. Así, en Encuentros con los Apocrifílicos, Honoriusz simula ser un guarda polaco sordomudo, pero en verdad, en la verdad de la novela, Honoriusz es un lituano que no habla ni pizca de polaco. Además, Honoriusz y Gienek (yo) no trabajan en un liceum (16-19) dirigido por un director polaco, sino en un gimnazjum (13-16) dirigido por una directora polaca, todo para evitar que alguna polémica innecesaria, si alguien leía mi novela en internet, me impidiera gozar de mi privilegiado puesto de profesor florero sin vacaciones pagadas. Pero, a parte de sus guardas de seguridad, de la edad de sus estudiantes, del sexo de sus directores y de la distancia ontológica que los separaba, el gimnazjum ficticio y el liceum real eran exactamente iguales: ambos edificios eran igual de lúgubres, ambas masas de estudiantes adolescentes igual de sudorosas y enervantes, ambos profesorados igual de deprimentes y deprimidos, ambos directores igual de estrictos.

Mi principal inspiración ficcional fue Vacío perfecto de Stanisław Lem, una recomendación de Mateo que me hechizó desde la primera página. Vacío perfecto es un libro un poco peculiar y un poco marginal, compuesto de un puñado de falsas reseñas, es decir, de comentarios sobre libros inexistentes, inventados y disparatados, como los de Borges. Fue tan importante para mí, que el párrafo que abre los Encuentros con los Apocrifílicos se refiere al libro de Lem:
"La historia de cómo conocí a los Apocrifílicos sólo podía empezar, claro está, con un libro. De hecho, la historia comienza durante la lectura de esa extraña obra de Stanisław Lem: Vacío perfecto. Tampoco podía ser otro autor ni otro libro, obviamente. Yo aún diría más: el primer contacto con los Apocrifílicos lo tuve a causa de la interrupción de la lectura de Vacío perfecto. Efectivamente, sí, sólo podía ser así."
Después de leerlo, empecé a investigar y terminé componiendo un corpus de falsas reseñas, al que luego le fui añadiendo otras obras de carácter similar —falsa biografía, falso documental, autoficción— hasta obtener los libros de cabecera de los Apocrifílicos. La lista, muy incompleta, incluía los siguientes libros, relatos, películas y documentales:
  • Stanisław Lem: Vacío perfecto, Provocación y Magnitud imaginaria.
  • Jorge Luis Borges: "El acercamiento a Almotásim", "Examen de la obra de Herbert Quain" e Historia universal de la infamia.
  • Roberto Bolaño: La literatura nazi en América2666Los sinsabores del verdadero policíaEstrella distante y Los detectives salvajes.
  • A cuatro manos de Borges y Adolfo Bioy Casares: Seis problemas para Isidro Parodi, Crónicas de Bustos Domecq y varios más.
  • Luis Goytisolo: Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza y Estatua con palomas.
  • H. P. Lovecraft: un montón de obras donde aparece el famoso Necronomicón.
  • Max Aub: Jusep Torras Campalans y Luis Álvarez Petreña, así como su falso discurso de ingreso en la RAE.
  • Las falsificaciones de Rafael Bolívar Coronado.
  • Gonçalo M. Tavares: Historias falsas.
  • José Donoso y Carlos Fuentes: las obras sobre el falso escritor ecuatoriano del Boom, Marcelo Chiriboga.
  • Javier Cercas: Soldados de Salamina y otras.
  • Emmanuel Carrère: casi todo.
  • Enrique Vila-Matas: mucho.
  • Francesc Serés: Contes russos.
  • Philip José Farmer: las novelas donde aparece la familia Wold Newton.
  • Ramón Gómez de la Serna: Seis falsas novelas.
  • Vladimir Nabokov: Pálido fuego.
  • Miguel de Unamuno: Cómo se hace una novela.
  • Ricardo Gullón: "Un drama inédito de Unamuno", una falsa reseña del falso drama unamuniano El médico, que muchos tomaron por cierta.
  • Los documentales Exit Through the Gift Shop, Operación Luna, Operación Palace, This Is Spinal Tap y otros.
  • Orson Welles: la adaptación a radio de La guerra de los mundos y la película F for Fake.
  • Mel Brooks: la película The Producers.
  • Las falsas noticias de The Onion y de El Mundo Today.
  • El blog The Invisible Library, que contiene una lista interminable de libros ficticios.
Y un largo y falso etcétera que concluiría cuando, en el último capítulo de Encuentros con los Apocrifílicos, añadiera a esta lista mi propia novela: Todas las almas de Javier Marías, una ficción disfrazada de autoficción. ¿Quieres apocrifilia? ¡Pues toma dos tazas!

En definitiva, estos Encuentros con los Apocrifílicos eran otra novela autoficcional, otra novela sin argumento, otra novela ambientada en un país extranjero, otra novela sobre literatura, otra novela de alguien que no sabe qué escribir pero que quiere escribir. Mateo me lo advirtió al leerla en mi blog, pero yo no supe o no quise verlo y seguí escribiendo hasta que terminó el verano de 2014. Por supuesto, la novela nunca la terminé.

Cuando tomé consciencia de que había quedado abandonada en mi portátil, me acordé de las otras obras incompletas que convivían con ella en el mismo disco duro, en el cementerio de mis fracasos. Recordé "El internet tan temido", ese cuento que escribí en los años de la universidad, y volví a leerlo. En el fondo no estaba tan mal, si no tenía en cuenta que le faltaba la conclusión. Leí otras cosas que había dejado a medias y me quedé sorprendido, no por su mala calidad sino por su cantidad: conservaba decenas de cuentos interruptus. Consideré que, en vez de escribir otra novela, podía continuar mi carrera de escritor con una antología de mis fracasos, un libro compuesto de mis mejores cuentos sin final. Pero en seguida cerré todos los archivos abiertos y descarté la idea, porque me acordé de que ya había leído este libro: Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, una exitosa concatenación de fracasos literarios. Qué triste, pensé, incluso en el fracaso fracaso.

Dejé de escribir Encuentros con los Apocrifílicos en algún momento de septiembre de 2014, cuando ya había comenzado el primer semestre en el liceum. Fue un mes extraño: trabajaba en el instituto por las mañanas y por las tardes tenía un curso intensivo de verano en la academia, aunque en octubre la dejaría y empezaría a dar clases de catalán en la Universidad Pedagógica. Una mañana de septiembre, ese mes laboralmente a caballo del verano y del otoño, entré en la secretaría de la academia, cerré la puerta y me senté frente a la directora cubana, que ya se olía lo que le iba a decir. Tampoco entonces hizo aspavientos, simplemente me deseó con su español sin fronteras que tuviera mucha suerte y me recordó en su tono pedagógico que siempre tenía las puertas de su academia abiertas. Antes de salir, me acordé de la historia del pelo del coño atrapado en la impresora de la escuela. ¿De verdad había abortado la directora cubana? ¿De verdad se había divorciado de su esposo polaco? Obviamente, no le pregunté nada: sus verdades no me incumbían.

Sin embargo, el final del verano de 2014 no lo señaló mi despedida de la academia, ni el chapuzón en el Vístula, ni la victoria en el Pop Quiz, ni mi abandono de Encuentros con los Apocrifílicos. Ni siquiera el equinoccio de otoño terminó con el verano, porque el verano no es una estación del año sino un estado de ánimo. El verano de 2014 acabó la noche del 2 de octubre, justo cuando me despertó un timbrazo. Al levantarme del sofá cama, pisé un clínex pegajoso y, mientras me deslegañaba y me lo despegaba de la planta del pie izquierdo, estornudé. Antes de abrir la puerta estornudé una vez más. Era Mateo y, achís, me había resfriado.

—¡Jesús! Hola, ¿qué tal? Me voy de Cracovia —se carcajeó mientras me mostraba una botella de vodka de avellana y sonreía como lo hacen los que ya se han bebido otra a solas—. Espero no haberte despertado, aunque está claro que te he despertado. ¿Puedo pasar?

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