viernes, 19 de agosto de 2016

Mateorías (21)

(Capítulo 21 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintiuno

Frente a Mateo había un polaco alto y fornido, con la cabeza rapada, el cuello hinchado y la camiseta de la selección de Polonia totalmente empapada. Se abalanzó sobre Mateo como un huracán de músculos en tensión y michelines temblantes. Pensé que lo tumbaría, pero Mateo se zafó del armario sin muchos problemas y se fue corriendo hacia delante. Otro polaco, con la misma indumentaria y un físico idéntico al anterior, lo esperaba inmóvil, las piernas clavadas en el césped como estacas. Mateo miró alrededor mientras se ralentizaba, se detuvo, dudó y arrancó de nuevo para regatear. Pensé que lo lograría, pero tropezó en un hoyo, su cuerpo se estampó contra el torso del rival y el balón salió disparado a la vez que Mateo.

Kazimierz, que hacía de árbitro, pitó, pero no estaba claro qué: ¿falta o fuera? Nuestro equipo pedía una cosa y los contrarios querían la otra. El segundo armario polaco ayudó a Mateo a incorporarse. Todos estábamos pendientes de Kazimierz, que se miró el reloj y al final dijo que era falta, tiro libre. Un suizo que jugaba con nosotros pidió chutarla y Mateo se la cedió. Kazimierz nos advirtió de que se estaba a punto de terminar el partido. Confiábamos plenamente en el suizo, que ya había marcado en este encuentro y, además, llevaba la equipación completa del Barça, original y recién adquirida (temporada 2014-2015), probablemente por internet, incluidas las medias. Sonó el silbato. El suizo dejó pasar un par de segundos y dio cinco pasos atrás como Cristiano Ronaldo, de quien también tenía el nombre y el número siete grabados en la camiseta, corrió hacia el balón y lo chutó con fuerza. La pelota impactó en la muralla polaca y rebotó fuera del campo. Vaya puto paquete este Cristiano Ronaldo suizo, pensé, se lo regalo al Real Madrid. Kazimierz pitó directamente el final del partido. Nos acercamos a los polacos (el Polska) y les felicitamos por la victoria: 2-1. Nuestro equipo (The Others) se sentó en el banquillo (el césped) para ver el siguiente partido: Polska versus Rabelais.

Los partidos, que se jugaban cada domingo por la tarde, los organizaba Kazimierz, el amigo polaco de Mateo que parecía un żul y tenía dos bares. Era una liga de fútbol sin más, pero muy amateur y cervecera. Los partidos solo duraban veinte minutos, con un descanso de cinco. Empezaban jugando el equipo ganador y el perdedor de la jornada anterior y quien se hacía con el encuentro se quedaba en el campo y seguía jugando contra otros hasta perder y ceder la posición privilegiada al nuevo vencedor. Después de unas cuatro horas, ganaba quien más victorias había acumulado. No me parecía un sistema muy coherente, pero todos lo aceptaban sin rechistar. También había un complejo sistema de puntos que nunca llegué a entender completamente, porque a mí solo me interesaba jugar un rato, socializar y tomarme alguna que otra cerveza. Kazimierz iba anotando los resultados en una libreta que renovaba cada temporada. En la página de este día, el 28 de septiembre de 2014, había una tabla con el primer partido, que acabábamos de perder, y el segundo, Polska-Rabelais, que ya iba 0-1. Cada año se jugaban tres temporadas —otoño, primavera y verano— con un parón de dos o tres meses como en la Ekstraklasa, la primera división polaca, para evitar el gélido invierno. Además de organizar, Kazimierz arbitraba y, aunque como buenos futbolistas siempre protestábamos, sus decisiones eran irrevocables. El gitano Javier Marías, el inglés Malcom y el polaco Kazimierz: tres firmes jueces.

El Rabelais sacó del campo al Polska con un 1-4. Estos estaban muy enfadados con Kazimierz porque, según ellos, sus rivales contaban con demasiados jugadores nuevos, no inscritos en el torneo. En vez de escuchar sus quejas, Kazimierz les dio unas cuantas cervezas. Tras los cinco minutos de descanso, empezó el Poland-Rabelais.

Al terminar la jornada, la mayoría de los jugadores solía ir a uno de los bares propiedad de Kazimierz, donde este invitaba a una ronda al equipo que hubiera ganado. Sin embargo, Kazimierz no montaba esos partidos para ganar dinero, porque la tufarada a sudor que emitían los futbolistas espantaba al resto de la clientela. Sus motivos eran emotivos: comenzó a organizar la liga en Londres, aún siendo fontanero polaco. Entonces era una forma de mantener el contacto con otros polacos, pero también de que los inmigrantes y los locales se relacionaran entre sí. Cuando Mateo entró a trabajar en el restaurante mexicano donde Kazimierz era transportista, este lo convenció de que participara en su liga, todavía en pañales. Iba a jugar cada fin de semana, si el trabajo se lo permitía, y muchas veces su novia, Marta, también se apuntaba. Al principio era un torneo más rudimentario que el de Cracovia, pero fue creciendo bastante rápido y el ambiente era muy cordial. Por desgracia, a partir de los atentados del 7 de julio, dejaron de jugar los pocos ingleses y londinenses que solían hacerlo, así como otros desconfiados. Poco después, Mateo se marcharía a Liverpool y le perdería la pista a Kazimierz y su liga.

En Cracovia, los partidos solían ser de siete contra siete, siempre que los equipos tuvieran jugadores suficientes y el campo fuera lo bastante grande. Se jugaba en diferentes sitios: en el campo de fútbol de una escuela, instituto o parroquia, en un descampado donde se improvisaba como se pudiera un par de porterías o incluso en la orilla del río. Kazimierz se negaba a utilizar las redes sociales y el correo electrónico porque decía que era de la vieja escuela, a pesar de que solo tendría cincuenta y pocos años, así que el capitán de cada equipo debía llamarle o pasar por sus bares para enterarse de dónde tendría lugar la siguiente jornada de la liga y, a continuación, avisar a los suyos. Por todo esto, a menudo algún equipo no lograba convocar los siete jugadores mínimos: uno se había perdido o no sabía dónde se jugaba o se negaba a ir tan lejos solo por un par de partidos o cervezas. Cuando esto ocurría, simplemente se jugaba con un jugador menos: seis contra siete, los que hubiera versus siete. Kazimierz prohibía que alguien cambiara de equipo; en cambio, permitía traer a un jugador que no estuviera inscrito en la competición para que participara ocasionalmente. Todos acatábamos sus normas, por muy ilógicas que nos parecieran, porque sabíamos que se originaban en su etapa londinense y no hay argumento más poderoso que la nostalgia.

El 28 de septiembre de 2014 estábamos jugando a la orilla del río Vístula, lo cual significaba que Kazimierz no había logrado encontrar un sitio mejor. El césped no estaba cortado, había hoyos traicioneros escondidos aleatoriamente por el campo y teníamos que usar los árboles como portería sin travesaño. Por suerte, el tiempo todavía acompañaba y todos los equipos tenían al menos siete jugadores. Kazimierz pitó el final del partido: el Rabelais volvía a ganar. Tras el Polska y el Poland y el descanso, jugaría contra los Latinos.

Como su nombre indica, el equipo Rabelais estaba formado por estudiantes del Programa Rabelais, así que cada temporada cambiaban sus componentes y en verano solían necesitar refuerzos externos. Había dos conjuntos polacos, el Polska y el Poland, que representaban meridianamente la división política de Polonia, extrapolable a cualquier país occidental (incluso España). Los jugadores del Polska llevaban la equipación de la selección polaca, eran muy nacionalistas, religiosos, conservadores y antieuropeístas; se bebían una cerveza por barba en el descanso de cinco minutos y tenían trabajos poco cualificados, si los tenían; el capitán era un armario musculado, sin cuello y rapado, es decir, un dres, como la pareja de Adrian en el Pop Quiz, y el resto del equipo lo imitaba con mejor o peor resultado. En cambio, los jugadores del Poland llevaban la equipación del Bayern de Múnich, por Robert Lewandowski, a pesar de ser polacos todos; también eran nacionalistas y religiosos y conservadores, pero no tanto como el Polska; a diferencia de estos, los del Poland apreciaban Europa y la Unión Europea, tenían buenos trabajos y solo se pimplaban una cerveza entre dos durante las pausas. El equipo Latinos estaba compuesto por latinoamericanos: el profesor mexicano y el argentino y otros —de Brasil, Chile, Colombia, Venezuela— que no vienen al caso; cada uno llevaba la camiseta de su selección nacional, pero eso no los desunía, sino todo lo contrario. El God Save the Queen lo integraban angloparlantes y su equipación era propaganda de Coca-Cola. Los jugadores del Todo en Español eran miembros de este grupo, cuya camiseta había sido diseñada por Facu: un don Quijote musculado en la playa, bebiendo sangría junto a una Dulcinea despampanantemente polaca. Los Modern Slaves trabajaban todos en multinacionales establecidas en Cracovia, eran de varias partes del mundo y llevaban una camiseta que simulaba ser un traje, una camisa y una corbata. Nuestro equipo, The Others, tenía veinticinco miembros, pero nunca asistían más de siete u ocho y a menudo nos faltaba algún jugador; éramos de diferentes países y cada cual se ponía la camiseta que quería, siempre y cuando fuera negra.

Desde que ganamos el Pop Quiz, Mateo empezó a llevar en los partidos la camiseta usada por Juan Pablo II, aunque en verdad podría ser una camiseta negra cualquiera. Él se jactaba de que la única esencia que conservaba era la suya y la de su suavizante, como si le hubiera ganado al papa imponiéndose en sus propias reliquias. A diferencia de Mateo, yo no asistía a cada jornada de la liga, solo a dos o tres, pero cuando jugaba solía hacerlo con una camiseta negra de marca blanca que Mateo me había regalado, estampada con mi seudónimo literario, Javier Marías. Todos los jugadores me llamaban Javier desde mi primer partido, porque Facu y Kazimierz ya me conocían así y porque nadie lograba pronunciar bien mi nombre. ¿Guillermo? ¿Guillén? ¿Julien? ¿Gabriel? ¿Michel? ¿Fidel? No se extrañaron de que un día apareciera con esta camiseta: ya nadie recordaba la visita del escritor madrileño Javier Marías a Cracovia.

Los Latinos y el Rabelais empataban 2 a 2, pero aquellos parecían dominar el partido. Sin embargo, en un contragolpe un rabelais belga recorrió medio campo solo, sorteando los hoyos hasta que le pasó la pelota a un francés, que regateó sin problemas al profesor mexicano y se la pasó a un rabelais alemán. Aunque enfrente tenía a un venezolano y a un chileno, el rabelais decidió chutar. El balón pasó a una velocidad endiablada entre los dos defensas, dio en el poste, ¡zas!, y salió despedido en una dirección anómala (más comprensible si el lector sabe que el poste era el grueso tronco de un árbol). Los que no jugábamos seguimos la trayectoria de la pelota sin demasiado interés, pero Kazimierz salió corriendo detrás de ella y Mateo se levantó de golpe y también corrió como un loco. El balón rodó por delante de los jugadores del Polska, que solo prestaban atención a sus cervezas, y ya sin fuerzas recorrió los últimos metros hasta caer desganadamente en el río. No hubo plaf ni splash ni plof. Kazimierz y Mateo se detuvieron en la orilla, este se tumbó y aquel lo agarró de las caderas: por poco Mateo no alcanzó la pelota, que se iba apartando muy lentamente de la ribera.

—¡Mierda! ¡No tenemos más pelotas! —gritó Kazimierz, primero en inglés y luego en polaco.

Todos le reímos la mateoría involuntaria, excepto Mateo, que se quitó los zapatos y la camiseta del papa y saltó dentro del Vístula. El capitán del Polska tiró la cerveza que se estaba bebiendo y fue tras Mateo. La corriente del río no era muy rápida pero sí fuerte, el balón avanzaba mientras Mateo y el polaco intentaban acercarse: tumbado en la orilla, Kazimierz le daba la mano al polaco y este a Mateo, para que no se los llevara el río. Alguien les pasó un palo, pero Mateo no logró tocar la pelota ni soltándose del polaco. Los que contemplábamos el rescate contuvimos el aliento: si la corriente arrastraba a Mateo, tendríamos que rescatarlo a él. Por suerte, se dio la vuelta para que el capitán lo agarrara del palo y no se fuera río abajo.

De nuevo en el césped, los dos temblaban, empapados. Me fijé en que Mateo tenía un pequeño tatuaje en el pecho: una serie de números de color negro. Recordé que sus estudiantes me habían comentado que llevaba tatuada una fecha, pero no pude leerla bien. Se puso a hablar seriamente con Kazimierz y el capitán, que señalaban continuamente el balón, que poco a poco se nos iba. Kazimierz nos gritó en polaco y en inglés lo que habían decidido:

—Vamos corriendo más adelante, donde el río hace un meandro. Quizás ahí podamos salvar la pelota. Los que quieran remojarse un poco en el Vístula, que nos sigan.

Los jugadores del Polska corrieron detrás de su capitán y, aunque reticentes, casi todos los demás los imitamos. La estrategia de Kazimierz no parecía muy buena, porque el río se ensanchaba y la pelota se distanciaba de la orilla sin ninguna consideración por sus salvadores. Afortunadamente, avanzaba a una velocidad bajísima y en seguida la adelantamos. Dejamos a la izquierda un centro comercial de Kazimierz (el barrio judío, no el organizador de la liga y propietario de dos bares) y nos detuvimos antes de llegar a un puente que cruzaba el Vístula (no era el puente que yo había atravesado en tranvía para hacer la mudanza). No muy lejos, se podía ver el susodicho meandro: ahí intentaríamos rescatar el balón, porque más adelante el río se acaudalaba demasiado.

Sin decirse nada, Mateo y los del Polska saltaron al agua. Kazimierz, afianzado en la orilla, sujetaba al primer miembro de esta peculiar construcción que partía de sus manos. Cuando uno entraba en el río, nadaba hasta el extremo de la cadena humana por el interior, para evitar que la corriente se lo llevara, y le daba la mano al último eslabón. Y así sucesivamente.

No podía creer que, en apenas un par de segundos y delante de mis ojos, una panda de adultos se estuviera metiendo en el Vístula por una pelota flotante que se les iba acercando y aún quedaba fuera de su alcance. Pero en seguida los del Rabelais, acuciados por la cerveza y la adrenalina, se quitaron las respectivas camisetas y zapatillas y se tiraron al río. Otros jugadores se atrevieron a saltar tras los rabelais: alguno del God Save the Queen, un par del Todo en Español, unos cuantos Latinos y una chica de los Modern Slaves. Cuatro aguantaban desde la ribera a Kazimierz, que gritaba como un loco: ¡no os soltéis!, ¡sobre todo no os soltéis!, y los eslabones retransmitían su mensaje. A pesar de que las articulaciones de este imponente brazo humano nadaban contracorriente para mantenerlo recto y perpendicular, el Vístula lo arrastraba formando un codo oblicuo a la orilla. Todavía éramos muchos los que estábamos secos: unos grababan la escena desde sus móviles, otros no se decidían a saltar, varios animaban y daban instrucciones en inglés o en polaco. Finalmente, me atreví a dar el paso.

El agua estaba muy fría, lo que me obligó a nadar con ahínco hacia la otra punta del codo humano. Cuando me enganché a la cadena, vi que la pelota estaba ya muy cerca. En seguida noté la corriente tirando de mí y tuve que nadar hacia delante para evitar que el brazo se torciera todavía más. Llegó un jugador del Poland que no se había quitado la camiseta del Bayern, me dio la mano y empezó a chillar desquiciado como un hooligan: ¡la pelota! ¡La pelota! Otro miembro de su equipo alargó un poco más la cadena humana y tiró de nosotros con fuerza para acercarse más a la pelota. ¡La pelota! ¡LA PELOTA!

Muerto de frío la vi pasar indolente y pensé que, si alguien hubiera contemplado desde un plano cenital esta escena, habría notado cómo la trayectoria del balón era una asíntota condenada a no encontrarse jamás con la línea curva que empezaba en la orilla y no podía permitirse el lujo de alargarse hasta el infinito. Cuando la pelota flotó a unos centímetros de las puntas de los dedos de la mano izquierda del último eslabón de la cadena humana, el observador cenital habría visto que la construcción se destensaba y que la corriente la inclinaba aún más. Entonces el hipotético espectador se habría aburrido un poco comprobando que el desarme de la estructura humana era muy lento, sin el entusiasmo inicial, pieza a pieza.

Cuando salí del agua, la pelota flotaba debajo del puente. La orilla se fue llenando de nuevo de adultos tiritantes que contemplaban como niños un balón perdiéndose más allá. Algunos caminaron a lo largo del río, quizás para despedirse. Yo, como otros, traté de secarme un poco corriendo en dirección contraria a la pelota, donde antes habíamos jugado a fútbol y dejado nuestros trastos. Muchos tenían toallas y, si no, se secaban como podían: saltaban y trotaban o usaban su ropa, uno incluso se revolcaba en la hierba. Cuando consideré que la operación de secado estaba terminada, me puse la camiseta de Javier Marías y las zapatillas y volví a la zona del rescate fallido.

Sentados o tumbados en el césped, los jugadores que quedaban charlaban y bebían con buen ánimo. Kazimierz era el único eslabón de la cadena que no se había movido: seguía sentado a la orilla del río, dándonos la espalda, como si todavía estuviera planeando la manera de recuperar su balón perdido. Mateo se me acercó y me dio una cerveza. Señaló a Kazimierz:

—Es como un niño. Hacía mucho tiempo que jugábamos con esa pelota, Kazimierz la compró cuando regresó a Cracovia. No sé cómo no se nos había perdido antes.

—Pues como encuentre al alemán que la ha chutado, se lo carga.

Mateo le dio un trago a su cerveza y se puso la camiseta papal, cubriendo el tatuaje del pecho, que yo ya había podido leer.

—¿Y ese tatuaje? No sabía que tuvieras uno. 19031981. ¿Es una fecha?

Antes de contestarme nos sentamos en el césped y bebió un largo sorbo de cerveza.

—Sí, aunque más que una fecha es una cicatriz.

Hizo otra pausa  y volvió a beber, evidenciando que no le apetecía hablar. Probablemente ni quería contarme la historia del tatuaje ni le entusiasmaban las circunstancias, muy poco propicias. Le echó otra ojeada a Kazimierz y siguió:

—El 19 de marzo de 1981 es el día en que murieron mis padres. Por eso marzo no es mi mes favorito. Aunque era un niño, recuerdo perfectamente dos momentos de aquel día. El primero fue por la mañana. Era sábado pero estaba pasando el fin de semana en casa de un amigo, así que mis padres habían aprovechado para irse de viaje. Quizás fue idea suya dejarme con mi amigo o quizás yo se lo pedí, quién sabe, superé hace tiempo la etapa de buscar culpables —Mateo bebió un poco y aprovechó la pausa para mirar al río y a Kazimierz, aún sentado—. La cuestión es que mientras jugábamos a fútbol, una pachanga tan infantil como la de hoy, los padres de mi amigo se nos acercaron, nos llevaron a su casa y allí nos separaron: yo me fui con ella dentro de la cocina, donde me dio la mala noticia. Recuerdo perfectamente sus palabras, pronunciadas con dulzura maternal, terribles e incomprensibles para un niño: Mateo, tus padres han chocado con un camión y han muerto. Pero lo más vergonzoso es que aún recuerdo con más claridad el hule que cubría la mesa a la que estábamos sentados: no solo el estampado de cuadros rojos y blancos, sino también el tacto entre gomoso y aceitoso y el olor a plástico y a tortilla de patatas chamuscada. Luego me enteré de que el camionero se había quedado dormido y de que sobrevivió al accidente que aplastó el coche de mis padres; de hecho, vino a pedirme perdón unas semanas después, pero he olvidado esta escena. El segundo momento que recuerdo de aquel funesto día de marzo también incluye a la madre de mi amigo. Me llevó a la habitación de este y sacó un traje negro. Me lo dio y me lo puse: aunque me quedaba un poco grande, me valía. Ya tenía traje para el entierro y disfraz de Mortadelo para el carnaval, un tiempo después. Entonces me volví a poner mi ropa y la mujer me llevó de la mano donde mi amigo me esperaba con su padre y mis recuerdos se emborronan o se nublan. Pero sé que llevé el traje unos días más tarde, cuando se celebró el entierro, que también he olvidado, y que esa misma mañana pasé por mi casa por primera vez desde que mis padres me dejaron en la de mi amigo. Me acompañaba su madre, siempre de la mano. Aunque ella se opuso, yo me emperré en entrar en el garaje. Solo estaba la furgoneta hippie, la furgoneta blanca y roja como la bandera de Polonia, blanca y roja como el hule a cuadros de la mesa de la cocina. Me solté de la mujer cuando sentí otra vez la textura gomosa y aceitosa y el olor a plástico y a tortilla de patatas chamuscada. Y lloré como un niño.

Mateo dio por concluida la historia al levantarse y me indicó con su cerveza que fuéramos hacia la orilla, pero preferí quedarme tumbado en el césped. Desde detrás de Kazimierz, Mateo hizo como que lo empujaba al río y luego se sentó a su lado, quedando los dos de espaldas. Ya era de noche y apenas quedaban unos pocos futbolistas del Polska hablando animadamente con varios del Rabelais y otros tantos de los Latinos. Probablemente solo yo estaba pensando en el balón perdido. Definitivamente solo yo pensaba en la historia de Mateo. Me acerqué a la orilla para despedirme:

—Me voy a casa. Estoy cansado.

—¿Ya te vas? Ahora le estaba proponiendo a Kazimierz irnos a tomar algo.

—Hoy no podrá ser. Quiero empezar a preparar clases, que dentro de poco empieza el semestre.

—Pero si ya sabes que se preparan solas, catalán.

—Las de catalán no: recuerda que empiezo a enseñar catalán en la Universidad Pedagógica. Será mi primera vez.

—Dar clase de catalán, de español o de polaco: ¿qué más dará? Una lengua es una lengua. Pero no insisto más.  Nos vamos Kazimierz y yo solos a continuar la parranda por ahí.

Saludé al grupo de futbolistas y seguí por la orilla hasta llegar al puente que había cruzado cuatro veces para hacer la mudanza. Al otro lado estaban la Plaza de los Héroes del Gueto y mi piso.

La gata Tutaj me esperaba durmiendo en el felpudo, pero despertó en cuanto abrí la puerta y me acompañó dentro. Encendí el portátil y me preparé un té. En vez de ducharme o de trabajar, empecé a escribir: "Frente a Mateo había un polaco alto y fornido, con la cabeza rapada, el cuello hinchado y la camiseta de la selección de Polonia totalmente empapada". Hice una pausa para inspirarme y seguí: "Se abalanzó sobre Mateo como un huracán de músculos en tensión y michelines temblantes". Unas horas después hice clic en "Publicar" y en la De mí me río releí el relato, titulado "Balón perdido".

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