miércoles, 6 de julio de 2016

Mateorías (13)

(Capítulo 13 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Trece

Cuando llegó el verano, se me terminó la beca y me vi en la misma encrucijada que todos los estudiantes de Rabelais al final de su intercambio: ¿qué hacer con mi vida? La maldita pregunta otra vez. Qué coño hacer con mi vida. Y con cada repetición se volvía más complicado contestar. Qué cojones hacer con mi vida. De hecho, parecía que la única respuesta correcta era la que lograba posponer de nuevo la pregunta.

Gracias a la Unión Europea y al Programa Rabelais, patrocinadores de mi estancia en Cracovia, estudié en la Universidad Jaguelónica y aprendí mucho sobre Cracovia y Polonia y Europa, pero también viajé un poco (Ámsterdam y otras ciudades polacas), salí bastante, conocí gente de otros países e incluso hice algún amigo. No me refiero a Facu, por supuesto; sin embargo, no puedo escribir aquí sobre cada persona porque mataría la atención del lector —no todos eran tan pintorescos como Facu— y de pasada se desvanecería el halo de soledad de escritor que trato de proyectar a mi alrededor.

El paso siguiente en la mayoría de los rabelais consistía en agradecerle la oportunidad a la UE, regresar a su país de origen, hacer proselitismo del Programa Rabelais y, ale, a trabajar; pero la crisis, que estrangulaba la economía española como un collar a un cachorro, eliminaba esta posibilidad para mí (aunque muchos de mis compañeros españoles eran más optimistas, ingenuos o nostálgicos). Algunos continuaban sus estudios en el país de acogida o en otros lugares: eran los verdaderos goliardos, los estudiantes perennes y pendencieros y transnacionales, los portadores del mensaje de François Rabelais; yo ya estaba harto de estudiar y estudiar, y, además, no olvidaba que en el fondo no había solicitado la beca Rabelais para eso sino para poder escribir, para materializar mi vocación literaria; sin embargo, después de haber acabado unos pocos relatos en todo el curso, estaba claro que no había seguido la estrategia adecuada. Como no quería volver con las manos vacías y dedicarme para siempre a buscar trabajo, solo me quedaba una opción: quedarme en Cracovia y seguir de profesor de español. El trabajo me gustaba y me enseñaba mucho, y también había conocido gente muy interesante moviéndome en ese ambiente. No era una elección especial, porque bastantes rabelais se convertían al final de cada curso en trabajadores y ciudadanos de sus nuevos países.

Puesto que mi salario de profesor de español, sin la beca Rabelais, no me permitía sobrevivir, fui a ver a la directora de la academia. Cerré la puerta de la secretaría, me senté y empecé a hablar; le agradecí a la cubana cuanto había hecho por mí, le transmití la decisión de quedarme en la ciudad, le expuse mi precaria situación económica y, muy sutilmente y con pies de plomo y voz servil, le pregunté si quizás sería posible en algún momento no muy lejano llegar a aspirar a un aumento de sueldo, solo lo justo para llegar a fin de mes, o, si no, tal vez podría trabajar más horas, suficientes para ir tirando. La directora me sonrió y se puso a perorar en su español estándar:

—Estoy muy contenta con tu trabajo durante este curso. Pese a tu nula experiencia previa, creo que te has defendido de una manera satisfactoria. Los estudiantes han contestado bastante favorablemente las encuestas sobre tu rendimiento; dicen que en clase eres más o menos divertido. Y los otros profesores te han aceptado y se llevan bien contigo. El ambiente en la academia es más importante de lo que parece, porque a los alumnos les gusta ver que sus profesores entre ellos son más que colegas —la directora se detuvo y cogió aire para pronunciar adecuadamente la siguiente palabra—. Pero lo que me pides es imposible. El sueldo es el que es: eres profesor de español, no embajador. Este es un trabajo vocacional, de artista; solo lo haces si te gusta. O, bueno, también si estás muy desesperado o si no vales para otra cosa. Debes entender que, si os pagara más, necesitaría subir los precios de los cursos y no habría tantos estudiantes ni tantos grupos; es decir, que todos tendríamos menos trabajo. Y de momento tampoco puedo ofrecerte más horas: en este mundillo, la antigüedad es sagrada. Los otros profesores llevan más tiempo aquí, así que tienen prioridad; si sale un grupo, siempre se lo ofreceré antes a ellos —se calló; no supe si ya daba por terminada la conversación—. Sin embargo, no quiero que pienses que voy a dejarte tirado. Vamos a reflexionar un poco; veamos qué podemos hacer para que te quedes en Cracovia.

Sonrió e hizo otra pausa para que ambos reflexionáramos. A mí se me ocurrió que su forma de hablar, que al principio me había resultado artificial y ahora me parecía admirablemente apátrida, era lo que en realidad revestía de autoridad a su figura. Y es que no había duda de que aquella mujer poseía una poderosa aura. Cuando yo hablara como ella, tan pausadamente que cualquiera pudiera entenderme y tan sin acento que fuera imposible clasificarme, tendría su autoridad. La directora cubana era la maestra; yo ni siquiera era su discípulo, solo su siervo. Su voz cortó lentamente mis elucubraciones, como un cuchillo la mantequilla:

—¿Y entonces? ¿Qué opciones consideras? —no me dejó contestar—. Está claro, ¿no? Necesitas encontrar otro trabajo. Como todos los profesores de español de Cracovia: todos tienen dos trabajos. Tú eras la excepción porque estabas estudiando, pero ahora te toca buscar otro empleo en otra escuela. Ojo: otro empleo significa que quiero que sigas trabajando aquí. Me refiero a trabajar por las mañanas, por ejemplo. O los fines de semana. Hay muchas escuelas y empresas que buscan profesores de español. La lengua española está viviendo un boom en Polonia, debemos aprovecharlo. Lo mejor que puedes hacer es hablar con los otros profesores, seguro que pueden aconsejarte, ya que ellos saben cómo está el mercado cracoviano. Tienes todo el verano para buscar. ¡Mucha suerte!

Seguí su consejo y hablé con Mateo y los profesores de la academia y todos me dijeron lo mismo: la directora tiene razón, por desgracia. Para vivir en Cracovia como profesor de lengua, me explicaron, son necesarios dos trabajos, al menos dos, porque los sueldos son muy bajos.

No hacía falta ser un economista para darse cuenta de que el mercado de los profesores de lengua se ajustaba con precisión espeluznante a los vaivenes de la ley de la oferta y la demanda. El español tenía mucha oferta (profesores) y mucha demanda (estudiantes), así que el precio (y el salario) era muy bajo; por contra, había una demanda considerable de, por ejemplo, finlandés pero poca oferta, por lo que los profesores de esta lengua vivían algo mejor. A pesar de la gran cantidad de clientes disponibles, las escuelas no solían ofrecerle a un solo profesor de español todas las horas que exigía su supervivencia mínima, sino que preferían repartirlas entre dos o tres trabajadores; así, en caso de que uno se fuera, era más fácil reemplazarlo. Había honrosas excepciones, por supuesto, pero eran escasas. En consecuencia, a los profesores de español no les quedaba otra que compaginar varios trabajos. En esta escuela por la mañana y en ese colegio por la tarde; entre semana en una academia y los sábados y los domingos en una universidad; algunas multinacionales ofrecían clases de lengua a sus empleados: antes del trabajo, cuando salía el sol, o al acabar la jornada, cuando estaban agotados; era habitual rellenar los huecos que quedaban al mediodía con lecciones particulares en casa o en un bar relativamente silencioso; una o dos veces a la semana, muchos profesores se desplazaban a barrios, pueblos o ciudades más o menos cercanos para dar unas cuantas clases extras. Mis compañeros de trabajo intentaron explicarme cómo eran sus horarios, pero para entenderlos tuvieron que mostrármelos en papel; eran agotadores: agendas de patchwork siempre cambiantes. Ahora tenía más sentido lo que Mateo quería decir con horarios esquizofrénicos. Además, era necesario rehacerlos al empezar el siguiente semestre: hasta unos días antes del comienzo, el profesor esperaba a que sus escuelas le dijeran qué grupos le ofrecían y a qué horas, y solo entonces comenzaba la ardua negociación entre las dos partes. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el octavo punto diría: haz malabares con tus distintos trabajos. Eso sí, he de romper una lanza por los directores, el secretariado y los jefes de estudios, ya que organizar el calendario escolar debe de ser un auténtico sindiós. Por todo esto, las traiciones, las cuchilladas por la espalda, las críticas y las rivalidades excesivas eran el pan de cada día en la comunidad cracoviana de profesores. Y no era nada extraño que con cierta frecuencia hubiera deserciones en el gremio: hartos de la falta de estabilidad y de rutina, muchos se iban a trabajar para una gran empresa; la perspectiva del horario de ocho a cinco era tranquilizadora.

Con todo, los datos no me echaron atrás. Quizás fue porque por el momento no había tenido malas experiencias: la directora me trataba relativamente bien, mis compañeros me ayudaban cuando lo necesitaba, los estudiantes colaboraban y no percibía por ninguna parte el supuesto rencor característico de la profesión. O quizás solo fue porque no tenía otra opción. En cualquier caso, mantuve mi decisión de seguir trabajando y buscar un segundo empleo.

La reacción del resto de profesores de la academia me hizo pensar que no me había equivocado. Mateo preguntó en la Universidad Jaguelónica, su segundo trabajo, si necesitaban un profesor para el curso siguiente; el mexicano preguntó en el instituto público donde también daba clases; el argentino preguntó en su escuela, la venezolana en su academia, el chileno en su instituto. Y todos hicieron correr la voz entre sus conocidos. Por mi parte, envié el currículum —de profesor, no de escritor— a cuantas escuelas, academias, empresas, universidades, centros culturales e institutos existían en Cracovia. Si ya había encontrado antes un trabajo, era cuestión de tiempo que me saliera otro. Por suerte, durante el verano la academia de la cubana ofrecía cursos intensivos: tenía las espaldas cubiertas.

Mientras tanto, me había acostumbrado rápidamente a vivir sin Facu. Mi cuarto propio en Podgórze casi tenía literalmente un solo cuarto: además de un comedor-cocina-dormitorio, había un baño. La lengua polaca poseía una palabra terrible para referirse a estos estudios tan pequeños: kawalerka, que significaba algo así como piso de soltero. Mi kawalerka estaba equipada con muchos estantes, armarios y cajones para aprovechar el reducido espacio; no logré llenarlos con mi ropa y mis libros, y tampoco supe cómo disimular los anaqueles desocupados. En una esquina estaba el sofá cama, duro como una tabla y siempre desplegado; allí seguía como podía las enseñanzas del profesor Yono Leo: lee sin parar y copia sin piedad. Enfrente, una mesa multifunción para seis personas y dos sillas. Para que diera la impresión de que el estudio no era tan pequeño, dos paredes paralelas tenían sendos espejos de cuerpo entero, en los que el diminuto piso y sus estantes vacíos se reflejaban hasta el infinito. A menudo me había despertado con un buen susto: una legión de hombres barbudos y somnolientos en mi sofá cama; pronto decidí que dos espejos frente a frente tienen algo monstruoso, así que cubrí uno con un póster. Era un cartel de una película polaca, Seksmisja, una de las pocas cosas que había comprado para decorar la casa. Y en el alféizar de la ventana dispuse mi altar de objetos kitsch: un niño Jesús felizmente tumbado sobre un billete falso, custodiado por un caganer y por dos cerditos fornicando: el que daba era un salero y el que recibía, un pimentero. A pesar de mis esfuerzos, el piso seguía pareciendo deshabitado.

La pared del espejo descubierto no me separaba demasiado de la vecina. No la había visto nunca, pero sí escuchado: se pasaba todo el día chillando como una loca, unas veces en inglés y otras en polaco; gracias a ella aprendí palabrotas nuevas en ambas lenguas. Una noche los gritos me asustaron más de lo habitual, así que llamé a su puerta para presentarme y preguntarle si todo iba bien; me dijo que era traductora inglés-polaco y se disculpó, porque no sabía que hubiera un nuevo inquilino. Era una viejita entrañable y canosa, encorvada y arrugada como un roble. En seguida me acostumbré a su griterío bilingüe, un canto angelical comparado con el de Facu en el World of Warcraft.

Otra diferencia crucial entre mi piso y la habitación del Hotel Piast era la basura. Facu solo generaba porquería y no tenía la costumbre de encargarse de ella, por lo que acabé harto de sus pechugas y muslos de pollo, que muchas veces ni siquiera acertaba a meter dentro de la bolsa y tenía que recoger yo. En mi kawalerka, el ritmo de crecimiento de la basura era, por contra, mucho más lento, y había menos pollo. Inconscientemente, desde mi llegada a Cracovia me fijaba mucho en la basura; cada vez que abría el armario para tirar algo, echaba un ojo y me quedaba embobado contemplando los detalles de su interior como si fuera el Guernica. Si veía un papel arrugado, intentaba pensar en qué momento lo había usado y qué había escrito en él; si había restos de comida, recordaba cuándo la había comido; si distinguía un envoltorio de plástico, averiguaba qué había contenido; si encontraba un preservativo usado... bueno, eso no era muy frecuente. De algún modo, observar la basura era repasar mi vida, la cara oculta y hedionda del alma.

Una tarde me vi reflejado en el espejo mientras miraba la basura. Entonces tomé consciencia de la situación y tuve un déjà vu tremendo: yo ya había pensado todo aquello. Lo había pensado, no vivido. Me dirigí a uno de los estantes y saqué mi novela con seudónimo, ambientada en Oxford y en la que se reflexionaba sobre los pordioseros. Fui pasando páginas hasta llegar a la 82. Efectivamente, el protagonista de mi novela también reflexionaba sobre la basura. Leí un fragmento en voz alta, como si fuera un conjuro:
Cuando uno está solo, cuando uno vive solo y además en el extranjero, se fija enormemente en el cubo de la basura, porque puede llegar a ser lo único con lo que se mantiene una relación constante, o, aún es más, una relación de continuidad. Cada bolsa negra de plástico, nueva, brillante, lisa, por estrenar, produce el efecto de la absoluta limpieza y la infinita posibilidad. Cuando se la coloca, a la noche, es ya la inauguración o promesa del nuevo día: está todo por suceder. Esa bolsa, ese cubo, son a veces los únicos testigos de lo que ocurre durante la jornada de un hombre solo, y es allí donde se van depositando los restos, los rastros de ese hombre a lo largo del día, su mitad descartada, lo que ha decidido no ser ni tomar para sí, el negativo de lo que ha comido, de lo que ha bebido, de lo que ha fumado, de lo que ha utilizado, de lo que ha comprado, de lo que ha producido y de lo que le ha llegado.
Cerré mi novela y me sentí mareado, como si el suelo me fallara bajo los pies; tuve que acostarme en el sofá cama. En seguida me recuperé y pude levantarme. Solo había sido un vahído, probablemente a causa de inhalar tanto rato la basura; tenía que bajarla. Mientras cerraba la bolsa y salía de mi kawalerka, pensé en aquellas dos extrañas casualidades: por un lado, en mi novela con seudónimo aparecían los pordioseros de Oxford que ahora me encontraba en Cracovia; por el otro, acababa de descubrir que tenía una fijación con la basura, igual que el protagonista de mi libro. No es tan raro, pensé, al fin y al cabo tú lo escribiste. Y existían muchas diferencias entre ambos: el protagonista fumaba y yo no, por ejemplo; además, el protagonista vivió en Oxford y yo nunca había visitado la ciudad; finalmente, el protagonista jamás había compartido habitación en una residencia de estudiantes. Zanjé la cuestión tirando la bolsa de basura dentro del contenedor adecuado.

En el edificio de mi kawalerka también vivía una gata. Era blanca, con el lomo y el morro negros, y yo la llamaba Tutaj (tútai) porque los vecinos siempre le decían tutaj, tutaj y la gata se les acercaba. Pero la traductora me explicó un día que en polaco tutaj significaba aquí. En realidad, la gata no tenía ni nombre ni dueño: alguien la abandonó allí cuando se mudó o se murió. Vivía entre las escaleras y un pequeño patio interior cochambroso, aunque muchos vecinos la acogían y le daban comida. Muy a menudo entraba en mi piso sin ningún complejo, como si lo conociera de toda la vida, se sentaba en mi regazo y se dejaba acariciar.

Una noche, lié dos porros con los restos de la marihuana que mi amigo me había mandado de Ámsterdam. Este pequeño placer era otra ventaja de vivir solo. Además, a Tutaj no parecía molestarle el humo; puse el portátil en la mesa con una película polaca, nos relajamos en el sofá cama y me quedé dormido escuchando su ronroneo. Me despertó una voz: pensaba que era un ladrón o un personaje de la película. Aunque era imposible que hablara, la dejé hablar. Mientras me fumaba el segundo canuto, Tutaj me contó su historia de pe a pa: cómo la adoptaron sus amos, cómo de buenos eran y cómo por circunstancias económicas ajenas fueron desahuciados y ella se quedó sola, abandonada, en el edificio y todo eso. Era un drama social muy duro, de orfandad, resentimiento y mala suerte; nada que envidiar a la más deprimente de las películas polacas. A pesar de mi atención, en algún momento volví a dormirme. Cuando desperté, Tutaj todavía estaba allí, observándome con curiosidad felina, pero ya no decía nada. Me levanté, cogí el portátil, me senté de nuevo y empecé a escribir. Me comí una caja de galletas al mismo tiempo que seguía tecleando. Unas horas después, terminé el relato, el primero que escribía en mi nuevo hogar; lo titulé "Las verdaderas historias de Tutaj". Era un cuento autobiográfico: el narrador era yo y vivía en mi kawalerka de Podgórze; también aparecía una vecina medio loca que trabajaba como traductora de inglés-polaco y que me relataba la deprimente historia de Tutaj (la gata no podía contarla, obviamente, porque habría sido demasiado inverosímil).

Mientras despachaba otra caja de galletas y hacía las últimas correcciones de "Las verdaderas historias de Tutaj", encontré una incongruencia: en el cuento, yo tenía novia y vivía con ella. Primero pensé que aquel error era un efecto de la marihuana. ¿Cómo había podido cometer aquel tremendo desliz? Luego me di cuenta de que en verdad era algo más más profundo: mi novia ficcional era un síntoma. Me miré en el espejo y me vi tal cual: sentado en el sofá cama, con el portátil en el regazo, el pecho cubierto de migas, un porro apagado en la mano y una gata blanquinegra al lado. Me sentía solo, muy solo. Durante el Rabelais había estado con algunas chicas, pero mis estadísticas amorosas estaban a miles de kilómetros de la leyenda sexual de los rabelais. Ahora pasaba todo el día acompañado de profesores y estudiantes y, aunque también salía con Mateo y otros amigos, cuando llegaba a casa no tenía a nadie, ni siquiera a Facu; me encerraba en mi piso vacío y mi única compañía eran Tutaj y los libros. Por mucho que tratara de convencerme de que la vida del escritor era una vida monacal, mi inconsciente no opinaba igual. Tras tantos meses de soledad, debía aceptar que quizás necesitaba compañía femenina. Por eso, no corregí mi fantasía textual: en el cuento, tendría novia.

Una calurosa mañana, me despertó mi móvil. No era la alarma, sino una llamada. Mi interlocutor me comunicó que buscaba un profesor de español para un instituto público y quedamos al día siguiente para entrevistarnos. Me saltaré los detalles burocráticos (obtuve el trabajo, que empezaría el 2 de septiembre de 2013) para llegar a la parte interesante: decidí organizar una fiesta en mi kawalerka para celebrarlo.

Entré en la sala de profesores eufórico:

—¡Fiesta en mi piso!

—Hombre, catalán, ¿por fin celebras la parapetówka?

—¿La parapequé?

—La pa-ra-pe-tuf-ca. Es una fiesta de inauguración de piso. Ya era hora, ¿no? ¿O estabas esperando a que llegara el verano para no tener que encender la calefacción?

Preparé la kawalerka para la parapetówka (menudo trabalenguas hispanopolaco). Limpié un poco, plegué el sofá cama, despejé la mesa y les pedí varias sillas a mis vecinos; además, puse bien a la vista uno de los ejemplares de mi novela con seudónimo. Invité a la vecina traductora a la fiesta, pero prefirió no venir. Asistirían varios profesores de la academia y un par de amigos del Rabelais que seguían en Cracovia.

Mateo fue el primero en llegar. Se quitó los zapatos al entrar, como en cualquier casa polaca.

—Toma, esto es para ti —me dijo—. Un regalo para tu piso.

Era una taza con la cara sonriente de Juan Pablo II. Le di otro vaso, serví un poco de vodka de avellana y brindamos.

—¡Por tu nuevo piso y tu nuevo trabajo!

Antes de que llegaran los demás, estuvo curioseando los estantes y el altar kitsch del alféizar.

—Definitivamente, esta kawalerka es ideal para ti: aunque las repisas ahora estén vacías, seguro que las llenas pronto —cogió un libro de un estante: Todas las almas de Javier Marías—. ¿Esta es la novela que escribiste? Recuerdo el seudónimo: Javier Marías.

—Sí. ¿La quieres leer? Puedes quedártela. Así al menos la leerá alguien...

—Claro, gracias. Pero ¿por qué no la publicaste con tu nombre?

Sonó el timbre y fui a abrir la puerta. Era el mexicano, que traía una botella de su vodka preferido: sabor a membrillo. Los demás fueron llegando en seguida con sendas botellas, que me entregaban antes de entrar y descalzarse. Cuando estuvimos todos, nos sentamos alrededor de la mesa, algunos en sillas, otros en el sofá. Hicimos un brindis con un arco iris de vodkas antes de empezar a comer.

Había preparado żurek, una sopa polaca muy tradicional, con harina de centeno, huevos duros y carne; era mi primera vez y no sabía del todo mal, aunque había puesto demasiadas salchichas y casi no había caldo. Sin embargo, nadie se quejó; durante un rato, solo se oyeron los sorbos.

—Muy bueno el żurek, catalán. Ahora que cocinas y bebes vodka ya eres tripolaco —y soltó una carcajada—. Pero no deberías sentarte a mi derecha: mi cuchara choca todo el rato con la tuya y se me derrama continuamente la sopa —Mateo era diestro y yo zurdo.

Como siempre que nos juntábamos, estuvimos cotilleando sobre nuestros trabajos, nuestros jefes y nuestros estudiantes. Pero, para que no se aburrieran los que no eran profesores, intentamos hablar de otras coas. El clima polaco (terrible), el gobierno polaco (terrible), los hombres polacos (terribles), el vodka polaco, la comida polaca (terrible), los sueldos polacos (terribles), las mujeres polacas, los modales polacos (terribles), la literatura polaca y los camareros polacos (terribles). También hablamos de cine polaco: aunque en general no nos parecía tan terrible, estábamos de acuerdo en que sus películas eran demasiado deprimentes; incluso las comedias, porque no las entendíamos ni con subtítulos. Excepto Seksmisja, claro, que era una comedia de ciencia ficción muy divertida y comprensible.

—Debés entender —decía el argentino— que Seksmisja es tan popular en Polonia porque recrea un mito fundacional del país: el del guerrero polaco luchando contra el opresor. Nacionalismo puro.

—Vos no cachái nada —le contestó el chileno—. Seksmisja es tan popular porque es una fantasía sexual masculina hecha realidad: la del hombre que despierta en un mundo donde solo hay mujeres. Pura pornografía.

Seguimos brindando y bebiendo vodkas diversos, alguno también transparente.

—¡Vamos a sacarnos una foto para inmortalizar el momento!

—Yo mejor no la hago —dijo Mateo—. Un día me saqué un selfie y no salí en la foto: me tapaba mi ego.

—Mateo: ¿vos sos madrileño o argentino? Pónganse junto a la mesa, yo saco la foto. Más juntos, más juntos. Digan patata. Muy bien, muy bien. Pero vamos a repetir, que el catalán salió mal. Ahora digan szczęście. Genial, pero el catalán sale otra vez con cara rara. La última. Digan samotność. Catalán, volviste a poner cara de culo. ¿Qué os pasa, boludo? Sos el pibe que arruina las fotos.

El resto de eventos de la fiesta están muy borrosos. Sé que en algún momento salimos, cruzamos el río y estuvimos en un par de bares del barrio judío; luego continuamos andando hacia el norte y llegamos al centro. La culminación de mi memoria de la noche es una escena onírica que empieza en la calle Szewska, la Sodoma y Gomorra de Cracovia, a la entrada de una discoteca de cuyo nombre no quiero acordarme, y en seguida el segurata nos deja entrar a la pista de baile.

Suena música rock. Mateo me dice: vamos, conjuga. Mateo baila. Mateo me dice: conjuga el verbo auxiliar. Yo empiezo a moverme. Mateo desaparece bailando entre la gente. Veo a una chica muy guapa y me acerco a la chica muy guapa. Bailo delante de la chica muy guapa. Le digo: chica, eres muy guapa. Le guiño un ojo y bailo. Ella sonríe. La chica muy guapa tiene un hoyuelo en la mejilla. Le señalo el agujero y hago clic, pero me aparta la mano. Le digo: tienes un hoyuelo muy guapo, chica muy guapa. Le digo: tú me guiñas la mejilla, chica muy guapa. Hago clic en mi mejilla, que no tiene hoyuelo. Ella sonríe. Le digo: me llamo Marías, Javier Marías. Le digo: soy escritor y profesor de español. Le digo: ¿y tú? Ella sonríe. Le digo: you are beautiful. Le digo: what's your name? Ella dice: I speak no English, only Polish. Bailo delante de la chica muy guapa y ella se ríe y yo me río. Le digo: seremos muy felices. Hago clic en mi hoyuelo. Ella se ríe y baila un poco. Me acerco más para darle un beso pero se zafa. Le digo: solo quiero darte un beso. Le digo: quiero darte un beso en el hoyuelo. Le digo: un beso de buenas noches en el párpado. La chica muy guapa ya no baila. Le cojo las manos y bailo. Le digo: guíñame la mejilla. La chica muy guapa baila un poco. Bailamos juntos, un poco. Ella sonríe, yo sonrío. Me acerco más, pero me aparta. Quiero cogerla de la cintura, pero me aparta las manos. Seguimos cogidos de las manos, bailando. Damos vueltas, lentamente. Le digo: The Doors. Le digo: The End. Ella sonríe y seguimos cogidos de las manos, bailando. Le digo: this is the end, beautiful friend. Damos más vueltas. Le digo: estamos bailando una sardana. Le digo: ¿sabes qué es una sardana? Bailamos una sardana. Le digo: esto es una sardana. Seguimos dando vueltas y vueltas. Le digo: es la sardana más guapa que he bailado nunca. Seguimos dando vueltas y vueltas hasta que nuestras manos se separan. Le digo: ¿dónde estás? Bailo y doy vueltas y vueltas. Le digo: c'mon baby take a chance with us. Conjugo una sardana con Mateo, con Javier Marías, con el argentino, con François Rabelais, con el mexicano: yo estoy en el centro de la sardana, dando vueltas. Todos bailamos y damos vueltas. Todo el mundo baila, todo da vueltas.

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