domingo, 17 de julio de 2016

Mateorías (17)

(Capítulo 17 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Diecisiete

—Así vestido me haces pensar en el carnaval. En un carnaval. Yo tenía nueve años y todos los niños salimos del colegio cogidos de la mano, nos dirigíamos con los profesores a un parque que había cerca para celebrar el carnaval. Yo iba de Mortadelo, que entonces era mi personaje favorito. Llevaba un traje de verdad, el único que tenía, negro. Similar al que te he dejado, aunque más pequeño, claro. Realmente parece que vayas a un entierro. De hecho, este traje es el que me puse para ir a Madrid en marzo, espero que no seas supersticioso. Y precisamente nosotros también íbamos a uno: el entierro de la sardina. No íbamos con el cortejo oficial, la escuela organizaba cada año su propio entierro de la sardina. En el parque haríamos una hoguera para quemar una sardina que habíamos hecho nosotros, de papel maché. No sé si todavía harán estas cosas, con lo ecologistas que somos ahora... La máscara que yo llevaba también era de papel maché, tenía una nariz enorme y unas gafas de culo de vaso. No la conservo, pero recuerdo que me costó lo suyo conseguir una nariz resistente. Si me ponía la máscara, era Mortadelo; si me la quitaba, el niño Mateo de luto. Y en realidad estaba muy contento ese día, porque le estaba dando la mano a la niña que me gustaba. Era la más guapa y la más rubia de la clase, aunque con el disfraz no se le veía ni la cara ni la melena rubia: iba de Minnie, como casi todas las chicas de la escuela. No sé por qué estaba tan de moda Minnie, Mickey Mouse no era tan popular entre los chicos. Mi Minnie llevaba una máscara de plástico que le habían comprado sus padres, con la nariz respingona, el lazo rosa y las dos orejas negras. De camino al parque, nos fuimos dando besos con las máscaras puestas, Mortadelo y Minnie se fueron dando piquitos de plástico y papel maché, nariz contra nariz. En el parque, Minnie le apretó la mano a Mortadelo y se apartaron de la comitiva. Escondidos detrás de un árbol, vieron pasar la fila de niños: brujas, monstruos, policías, enfermeras, vaqueros y otras Minnies. Mi Minnie le cogió las manos a Mortadelo y le dijo: dame un beso. Entonces nos quitamos las caretas. Minnie no era rubia sino morena, pero nos besamos igualmente. Y luego nos volvimos a poner las máscaras y fuimos a quemar la sardina con los demás. Fue mi primer beso y también la primera vez que sentí culpa.

Mateo se quedó callado. Como un resorte, se carcajeó y se levantó del sofá cama.

—No me jodas, ¿por qué coño te cuento esto? Parezco un padre de película española: orgullosísimo del hijo el día de su primera comunión, compartiendo sus batallitas de la infancia. Mira, yo creo que si te pones las gafas de sol ya nadie te reconocerá. Eso es. Sí, es el disfraz de escritor perfecto. Bueno, pareces más joven de lo que deberías ser, pero no importa. Si te preguntan, tú di que te echas muchas cremas —Mateo me estrechó la mano—. Es un placer conocerlo, Javier Marías. Feliz cumpleaños, Javier Marías. Lo acompaño en el sentimiento, Javier Marías.

Me miré en el espejo: cómo va, Javier Marías.

Llevaba el traje negro de Mateo y una camisa gris, también suya. Por suerte para mí, las temperaturas habían bajado un poco: el 20 de septiembre, el verano ya había llegado a su fin. Me negué a ponerme una corbata, porque Javier Marías no era un escritor tan serio, ni siquiera el día de su entierro. Pero sí me afeité, ya que la foto de la Wikipedia mostraba a un Marías sin barba (mi padre); de paso, el director del liceum estaría satisfecho de su profesor florero por un tiempo, luego ya me dejaría crecer la barba otra vez. Finalmente, llevaba unas gafas de sol. Mi disfraz de Javier Marías estaba completo. Podía empezar el simulacro: la presentación de Todas las almas y el cumpleaños y el entierro de Javier Marías.

De camino al centro, Mateo trató de tranquilizarme, como un actor consagrado le hablaría a un primerizo en su debut teatral:

—Javier, no estés nervioso, todo irá bien: si nadie relaciona a Superman con Clark Kent, tampoco te reconocerán a ti. Además, eres profesor de español, deberías ser un gran actor y aún mejor mentiroso. Y camina más rápido, que llegaremos tarde. Ya sé que el traje es incómodo, pero tú has insistido en ponértelo. Espero que los de Todo en Español lo hayan preparado todo en Albo Tak. Están muy ilusionados, dicen que les ha gustado mucho tu novela. Me sorprende que esa gente lea, pero bienvenidos sean, me han ayudado mucho. Nosotros hemos quedado en Rynek, al lado de La Cabeza, con tu contertulio, Adrian. Es un profesor polaco de literatura española, trabaja conmigo en la Universidad Jaguelónica. Recuerdas cómo funcionará todo, ¿no? Primero yo te presentaré: cómo tú y yo nos conocimos en Inglaterra y cómo Javier era un profesor madrileño tímido y recatado, qué poco éxito ha tenido tu novela y qué injusto es el mundo, etc. Después hablará Adrian y te entrevistará o charlará un poco contigo. Y finalmente vienen las preguntas del público. No sé si irá mucha gente, Adrian me dijo que entre alumnos de filología, expatriados, frikis de la literatura y otros hispanohablantes, habrá unas cien personas. No creo que sea verdad. Por cierto, cuidado con Adrian, porque es un hijo de puta. Te lo he dicho mil veces, ya lo sé, pero no quiero que nos fastidie la fiesta de cumpleaños. Adrian tiene mucho poder en la Jaguelónica y a mí ya me ha jodido en más de una ocasión; sin ir más lejos, este semestre me ha quitado dos de grupos de español alegando que los alumnos se quejan de mí. No van a clase, suspenden y luego se quejan, claro. Ni siquiera sé muy bien por qué ha querido participar Adrian en el evento, él es experto en novela histórica. Supongo que era el único profesor interesado. En fin, ojo con él, quizá vaya a por ti para ir a por mí. Ah, y acuérdate de controlar tu acento, deberías sonar madrileño, no catalán.

A pesar de que le había pedido a mi editorial que me mandara a Cracovia todos los ejemplares que quedaran de Todas las almas, no lo hicieron. La segunda semana de septiembre vi en el tranvía a un par de personas con unas fotocopias con mi seudónimo (Javier Marías), y a ratos las leían. Por primera vez en mi vida, sentí el orgullo de ser leído. Mateo me dijo que varios profesores y estudiantes de la academia estaban leyendo la novela, también alumnos suyos de la universidad. En algunos bares del centro vi el cartel que anunciaba el evento: "Todo en Español presenta Todas las almas de Javier Marías", la portada del libro y la foto de mi padre, "20 de septiembre de 2013 a las 16:00". En diversos grupos de Facebook, se compartió el mismo póster. Y además participaría un profesor de la Universidad Jaguelónica, Adrian. Definitivamente, Mateo había hecho una campaña de promoción más eficiente que la de mi editorial, pequeña pero nada matona. La presentación en Cracovia de mi novela era un muy buen regalo de cumpleaños, sin duda; mi ego de escritor nunca se había sentido tan saciado.

Al llegar a Rynek, Mateo señaló a un hombre que esperaba frente a la escultura de La Cabeza. Su cara, la cara del hombre, me resultaba familiar:

—¡Yo conozco a ese tipo! Fue mi tutor durante el Rabelais. El que me ayudó a elegir las asignaturas en la Universidad Jaguelónica. También me dijo que el curso de literatura española que yo iba a dar se había cancelado, porque no había bastantes estudiantes. Se ve que se desapuntaron cuando supieron que había que leer libros.

—Pues eso suena a putada de Adrian. Seguro que el curso se abrió pero se lo dio a otro profesor. Ya te he dicho que era un cabrón. Hola, Adrián, ¿qué tal? Te presento a Javier Marías.

Mi disfraz de escritor superó la primera prueba: Adrian no me reconoció. Aunque solo nos habíamos visto dos veces, y de eso hacía casi un año. Durante nuestros encuentros alumno-tutor habíamos hablado en inglés, pero entonces descubrí que Adrian hablaba un español fabuloso: muy fluido, apenas tenía acento, usaba casi siempre los artículos necesarios y el subjuntivo cuando tocaba; en fin, era mucho mejor que su inglés, simplemente correcto. Primero alabó Todas las almas: qué estilo tan elegante, qué manejo de la tensión narrativa, qué pertinentes reflexiones, qué trama sin trama, qué oda a Oxford, qué juego realidad-ficción, qué desgracia la mala recepción que tuvo. Después elogió a Mateo: qué suerte que seáis amigos, qué gran profesor Mateo, qué contentos están sus alumnos, qué sentido del humor tiene, qué amable al invitarme.

Albo Tak, que en polaco significa pero sí, era un bar de estudiantes lleno de humo al que se accedía a través de una tienda de libros esotéricos. O al menos así era de noche. Por la tarde, la librería esotérica seguía ahí, la cruzamos y subimos las escaleras, pero los estudiantes y el humo ya no estaban. Las ventanas abiertas ventilaban el local y el sol le daba un aspecto mucho más saludable, como si estuviera disfrazado de cafetería. En la pared de la derecha, un proyector mostraba sobre una tela blanca la página de Wikipedia de Javier Marías (un fragmento de la biografía y la foto). El sol iluminaba la pantalla, así que no se podía leer y apenas se reconocía a mi padre; o como mínimo yo, con las gafas de sol puestas, no veía nada. Sí podía ver, en cambio, una bandera de España enorme en la que habían escrito "Todo en Español" con rotulador. Al otro lado del bar, había una tarima, donde tendrían lugar la presentación de Mateo, la charla con Adrian y la ronda de preguntas.

Eran las 15:45 y Albo Tak estaba casi vacío: además de nosotros tres, había un camarero y dos miembros de Todo en Español. Uno de ellos, muy amablemente, nos pidió sendos botellines de agua. Nos quedamos en la barra charlando distendidamente sobre los tediosos controles en el aeropuerto, el viaje en avión desde Madrid, mis primeras impresiones de Cracovia, el trabajo de profesor y la crisis de la universidad; nada subrayable en nuestra conversación. Adrian nos dijo que tenía familia en Inglaterra, como todo buen polaco, y que le gustaba mucho Oxford.

—Si no es indiscreción, Javier, tengo una pregunta a micrófono cerrado. ¿Llevas siempre gafas de sol? ¿Es para mantener el anonimato? No creo que te conozca mucha gente en Cracovia...

Hacia las 16:00, subimos los tres a la tarima. Habría ya unas seis personas esperando y poco a poco fueron llegando más. Pensé que eran meros clientes de Albo Tak, pero algunos llevaban bajo el brazo las fotocopias de Todas las almas, como buenos alumnos, y otros las sacaron al sentarse. Al fondo de la sala, apoyado junto a la foto de mi padre, reconocí a Kazimierz, el amigo no żul de Mateo; me pareció que me saludaba con la cabeza (¿estaba al corriente de la farsa?), luego deduje que se dirigía a Mateo. La mayoría de los asistentes no me sonaba de nada, solo unos pocos: el profesor mexicano y algún estudiante (polaco) de la academia, un par de miembros (españoles) de Todo en Español; puse cara de escritor para que no me reconocieran. Un chico se me acercó y, desde el suelo, me preguntó si le firmaba su ejemplar fotocopiado; ahora no, al final de la charla, le dijo Adrian, entonces habrá una ronda de autógrafos. Cuando la presentación estaba a punto de empezar (16:20), entró Facu, Facundo González, y se sentó no muy lejos de la tarima; estaba cambiado, parecía más maduro, y también llevaba las fotocopias. Escondido tras los cristales oscuros de mis gafas, conté cuánta gente había: 18 personas. Sin contarnos a nosotros tres ni al camarero. Si la mitad de ellas había leído mi libro, el evento ya era un éxito.

—¿Preparado? —me susurró Mateo—. Creo que puede empezar la comedia.

Primero habló él:

—Hola a todos. Bienvenidos a la presentación de Todas las almas, la novela de Javier Marías. Quiero agradecer al autor que haya venido a Cracovia para estar con nosotros —aplausos tímidos— y a Todo en Español por organizar todo esto —más aplausos, menos tímidos—. Creo que Albo Tak es el lugar ideal para este evento: sobre la tarima me siento como en las high tables de Oxford, maravillosamente descritas por Javier en la novela —todos le reímos la broma, excepto Adrian—. ¿Cómo empezar? Pues por el principio, por supuesto. ¿Sabéis cómo nos conocimos Javier y yo? —¿cómo?, pensé yo—. Pues sí, Javier y yo nos conocimos en un bar. Concretamente en un bar de Liverpool. Y cuando me lo presentaron no pude evitar decir: ¡Coño, lo que me faltaba por ver: dos madrileños en un bar de Liverpool! ¡No me jodas! No hay sitio para tanta chulería.

Como siempre, sus carcajadas remachaban eficientemente las mateorías y el público, como el trueno al rayo, las secundaba con más risas. Mateo también recordó la fantástica vida que Javier Marías y él tuvieron en Inglaterra, salpimentada con un buen repertorio de anécdotas, unas totalmente inventadas o desconocidas para mí, otras adaptadas de nuestra realidad común. Cuando terminó de presentarme, se puso de pie y empezó a cantar el "Cumpleaños feliz", con la ayuda del público, y luego cantaron "Sto lat" (cien años), la canción de cumpleaños polaca.

Después habló Adrian:

—Muchas gracias por cederme la palabra, Mateo, y por haberme invitado. Espero que mi presencia aquí sea un acierto y del agrado de todos. Querido Javier, yo acabo de conocerte y no sé mucho de ti, así que me gustaría preguntarte por Todas las almas, tu fantástica novela, que todos aquí hemos leído con gran placer. Pero también me gustaría preguntarte por ti, porque tu vida personal y profesional está muy relacionada con el texto. En otras palabras, querría que nos hablaras sobre la esencia de Todas las almas. Verás, yo soy catedrático de literatura española de la Universidad Jaguelónica y llevo años desarrollando una teoría de la novela que puede iluminarnos, iluminar la esencia de Todas las almas. Según mi teoría, la novela histórica es la novela primigenia, la forma básica de la novela; la novela histórica es la novela madre, la madre de todas las novelas. Por tanto, el resto de novelas solo son variaciones de la novela histórica. Tiene sentido, ¿verdad? He bautizado esta teoría como Teoría Histórica de la Novela. Verás, en la novela histórica hay dos elementos fundamentales: por un lado, la historia, la verdad; por el otro, la novela, la ficción. Según mis investigaciones, una novela histórica tiene un 80% de historia y un 20% de ficción, aunque siempre puede variar un poco. La novela realista en el fondo es lo mismo: novela histórica sobre el presente, un 70% de historia y un 30% de ficción. En la novela policíaca disminuye el grado de historia (50%) y nos centramos en un asesinato; lo mismo pasa con la novela de aventuras (40% de historia). Incluso la novela de ciencia ficción es novela histórica (30%), porque el mundo que inventa debe basarse en la realidad, en la historia. Es igual con la novela erótica (43%), la novela de espías (39%), la novela romántica (16%), la novela picaresca (62%), la novela experimental (-22%), etc. Todo muy lógico, ¿no? Y mi Teoría Histórica de la Novela también se puede aplicar a los géneros no ficticios, como la autobiografía o las memorias, en los que el grado de ficción debería ser muy bajo, cerca del 0%, y casi un 100% de historia. Ya voy terminando. Muchos pensaréis que, siguiendo mi razonamiento, una buena novela es aquella en la que hay más verdad que mentira, o al revés. O que si hay más ficción, la obra es de izquierdas y si hay más novela, es de derechas, o al revés. Pues no, nada de eso. Verás, según mi Teoría Histórica de la Novela, una buena novela es aquella en la que es difícil saber qué es verdad y qué es mentira. Y entonces entra en juego el profesor de literatura. El buen profesor de literatura debe investigar, debe medir esos porcentajes, debe comprobar qué es verdad y qué es mentira. Es un cruce de detective y de árbitro. Ahora entendéis por qué os he presentado mi teoría, ¿no? Si os ha parecido interesante, podéis encontrar más información en mi ameno ensayo Teoría Histórica de la Novela, que desarrolla la teoría, por supuesto, pero también da ejemplos muy prácticos e incluye un diccionario terminológico. Por fin puedo regresar a Todas las almas, Javier, porque gracias a la Teoría Histórica de la Novela estamos más equipados para comprender tu obra. Verás, cuando leí tu novela, de la cual no esperaba demasiado, me llamó mucho la atención que intentaras borrar las fronteras entre la realidad y la ficción. Como un criminal borra las huellas de un crimen. Pero yo soy un detective muy pertinaz, y por eso me dije: ¿el protagonista es el autor? Seguro que todos vosotros os habéis preguntado lo mismo. Y ahora me digo: ¿el protagonista es este hombre que está aquí sentado bebiendo agua cada dos por tres? Voy a usar mi propia terminología: ¿cuál es el porcentaje de historia y cuál es el porcentaje de novela? Entonces mi primera pregunta es: ¿qué es verdad y qué es mentira en Todas las almas? ¿Qué le pasó a Javier Marías y qué es producto de su imaginación?

Esperé un poco y por fin contesté:

—Una pregunta muy pertinente, Adrian. Voy a ser preciso contigo: en Todas las almas un 79% es verdad y un 31% es mentira. O un 79% es historia y un 31% es novela, usando tu terminología.

—Muy interesante, sí señor, muy interesante —Adrian tomó nota de los porcentajes—. Está claro que eres un escritor muy consciente de lo que escribes. Te aplaudo por ello, porque, verás, en mi longeva carrera académica he conocido a muchos escritores que escriben al tuntún. En cambio tú, Javier, tienes las cosas clarísimas, a pesar de tu juventud. No entiendo cómo fracasó tan estrepitosamente la publicación de tu libro. Entonces mi siguiente pregunta es: ¿por qué decidiste escribir una obra así de ambigua? ¿Para innovar? ¿Para seducir al lector con estas dudas irresolubles? ¿Qué significa para ti la duda irresoluble, la incertidumbre? Verás, para mí es evidentemente una metáfora de la necesidad de creer en Dios, en lo desconocido, incluso en estos tiempos tan descreídos, tan posmodernos.

—En la vida nunca estamos seguros de casi nada, ¿no? No sabemos si hay vida extraterrestre, no sabemos pedir un café en polaco, no sabemos dónde se fabricó esta tarima, no sabemos si Dios existe... Bueno, yo estoy seguro de que Dios no existe. O de que existe como Mortadelo y Filemón. Ni siquiera sabemos qué está pensando ese chico de la primera fila, ni qué cenaremos esta noche. Y tampoco sé muy bien por qué decidí escribir una novela autoficcional, la verdad. Supongo que por ambas cosas: para innovar y para resultarle atractivo al lector. En el siglo XXI, si una historia está basada en hechos reales, nos resulta más atrayente, incluso si solo es la historia de un profesor español en el extranjero. Pero creo que también decidí escribir Todas las almas porque mi vida es muy normal, muy aburrida: para hacerla más interesante decidí escribir y decidí escribir una vida más interesante.

—Muy interesante, sí, sí, muy interesante. Dices que tu vida es muy normal y muy aburrida, ¿no? Por tanto, deduzco que los episodios más picantes de Todas las almas son falsos, pura ficción. También has mencionado el siglo XXI y estoy de acuerdo en que la autoficción parece ser el género de nuestra época. Para nuestros oyentes, quiero aclarar que autoficción no es más que la combinación de autobiografía y ficción, exactamente lo que encontramos en Todas las almas y de lo que estamos hablando todo el rato. Entonces mi pregunta es: ¿de verdad es la autoficción el género literario del siglo XXI? ¿No es la autoficción baja cultura? ¿No pone la literatura al abasto de cualquiera? ¿No nos transforma a todos en escritores potenciales, degradando a los escritores? ¿No es la autoficción una droga para el ego? ¿No es el fin de la literatura?

—La distinción entre alta y baja cultura, alta y baja literatura, es muy relativa, como la separación entre realidad y ficción. A mí me gustan los cómics y la literatura de género y los bestsellers. Y cualquier persona es un escritor potencial: puede escribir sobre su vida o sobre un esclavo del Imperio Romano. Yo prefiero pensar que hay relatos buenos y malos, bien escritos y mal escritos, sin importar si es autoficción, autobiografía o ciencia ficción. No creo que la literatura esté muerta o haya sido asesinada o muera en el futuro, simplemente evoluciona. Internet, el principal asesino de casi todo, puede cambiar nuestra concepción de la literatura, pero no la puede matar.

—Muy interesante, Javier, muy interesante. Y me parece muy pertinente que internet haya surgido en tu intervención, porque, verás, parece que con los blogs, Facebook, Twitter y demás, cualquiera puede ser escritor. Escribes un texto breve contando tu vida, haces un par de clics y ya eres escritor. Entonces mi pregunta es: ¿cualquiera puede ser escritor? ¿Cualquier texto que nos cuente la vida de su autor ya es literatura? Me refiero a un texto que cuenta la vida tal cual o introduciendo modificaciones como haces tú en Todas las almas, no importa.

—Pues sí, cualquiera puede ser escritor, ¿por qué no? Otra cosa es que escriba bien, que escriba cosas interesantes. Si relatas con encanto cómo es tu vida de ceramista en un barrio de Estambul, ¿cómo vamos a decir que eso no es literatura? Que alguien te compre tu historia ya es otro tema, por supuesto, más relacionado con la economía y la mercadotecnia. Y si tu vida por sí misma no basta, ¿por qué no falsearla un poco, adulterarla para mejorarla literariamente? A ver si solo la gente superinteresante podrá escribir...

—Muy interesante, sin duda, muy interesante. Verás, según lo que dices la autoficción democratiza un poco la vida y la literatura: cualquiera puede inventarse su historia, escribir lo que le habría gustado vivir. Pero ¿dónde debe el autor ponerle fin a las mentiras? ¿Existen límites para el porcentaje de ficción en una novela? Por ejemplo, si yo tengo un pene pequeño, en la ficción me pongo uno grande. Si soy feo, en la novela me hago guapo. Si no follo, en el libro me vuelvo un donjuán. Si mi novia tiene las tetas pequeñas, se las hincho. Si mi equipo favorito es un desastre, gana la Champions. Si no me pagan bastante, gano la lotería. Entonces mi pregunta es: ¿hay que restringir las mentiras de la autoficción? ¿Hay que imponer, quizás legalmente, un balance entre el porcentaje de verdad y el de mentira? ¿Debería la constitución prohibir que se alteren algunas cosas en las novelas?

—Es muy interesante lo que dices, Adrian. Si yo escribo sobre mí mismo y voy añadiendo mentiras, modificando mi yo y mis circunstancias, sin querer también modifico la vida de los demás. De hecho, se modifica la realidad, ¿no? Aunque solo sea un poco. Así que ¿por qué parar ahí? ¿Por qué no continuar? ¿Por qué no cambiar al presidente, si no nos gusta? ¿Por qué no mejorar la educación de la gente? ¿Por qué no eliminar las guerras y el hambre? Se podría crear en los libros un universo paralelo construido a base de pequeños cambios en nuestro universo. Ninguna ley debe prohibirnos eso: si el mundo es una mierda, como mínimo hay que poder soñar. En eso consiste la literatura, ¿no?

—Muy interesante, caramba, muy interesante. Ya voy terminando mi intervención y en seguida podrán preguntar los asistentes a la charla. Verás, Javier, has pronunciado la expresión "pequeños cambios" y me ha llamado mucho la atención, porque me parece que los escritores de autoficción, los escritores como tú, optáis por el camino fácil: tomáis la realidad y la retratáis introduciendo ciertas modificaciones, "pequeños cambios", para usar tu propio sintagma. Entonces mi pregunta es: ¿no es la autoficción tirar por el camino fácil de la literatura? ¿No tiene más mérito la literatura con más cantidad de mentiras? ¿No es mejor aquella literatura en la que se inventa más?

—Puede ser, pero antes tú has dicho que la cantidad de verdad y de mentira no determina la calidad de una obra. Además, la operación que se realiza en las novelas históricas es la misma: el escritor recrea un fragmento de la historia e introduce cierta cantidad de mentiras. El escritor de autoficción simplemente toma su vida como punto de partida, el trabajo que sigue es más o menos igual, el mérito es el mismo.

—Muy interesante, hombre, muy interesante. Muchas gracias por esta interesante y elevada conversación. Tus respuestas han iluminado mucho Todas las almas, casi tanto como la Teoría Histórica de la Novela —Adrian hizo una pausa—. Le cedo el turno de palabra a Mateo.

—Gracias, Adrian. Todo muy interesante, sí. Bueno, si os parece bien, vamos a hacer un descanso de cinco minutos y entonces podréis preguntarle lo que queráis a Javier —Mateo se dirigió a Adrian—. Oye, ¿puedes irnos a buscar algo para beber? Aquí tienes el dinero. Muchas gracias, Adrian, de verdad. Uf, qué tío tan pelmazo. Aunque ha ido todo sobre ruedas, ¿no? Has hablado como un escritor de verdad. Eso sí, como oiga otra vez la palabra autoficción, me tiro al Vístula. Estoy harto de fórmulas literarias. Mi fórmula es más sencilla: mateoría = greguería - metáfora. Mira, ya viene. Gracias por las cervezas, Adrian. ¿Continuamos?

Tras unos segundos de tenso silencio, se levantó una mano.

Un chico español que señalaba la proyección wikipédica de la pared:

—Hola, Javier. Según tu página de Wikipedia, antes de ser profesor en Oxford estuviste en Londres de Rabelais. Yo también fui un estudiante de Rabelais en Cracovia y me habría gustado leer una novela sobre un rabelais, aunque estuviera ambientada en Inglaterra. ¿Por qué no escribiste sobre esa etapa de tu vida? Gracias.

—Pues es una buena pregunta. Supongo que en Oxford conocí a gente más interesante, también estuve más tiempo. Pero sería genial escribir sobre el fenómeno Rabelais, que tan importante es entre los jóvenes europeos. La literatura contemporánea todavía no le ha dedicado una buena obra.

Otro chico español, que sacudía al aire las fotocopias:

—Qué tal, Javier. Yo quería que me firmaras las fotocopias, porque me ha gustado mucho tu libro. Me ha gustado mucho que el protagonista fuera español y viviera fuera de España, como yo. Me he identificado mucho con él. Aunque no habla mucho de España ni de Madrid, será que no lo echaba mucho de menos. También me han gustado mucho las anécdotas que cuenta, sobre todo lo de los vagabundos y la amante que tiene y la chica del tren de la que se enamora y la gorda infame que se liga en una discoteca y luego se la lleva a casa y ella se la chupa. Y también me ha gustado el título, tiene mucho gancho. Muy bien el título, sí. ¿Cuándo me puedes firmar las fotocopias? Gracias.

Una chica no española, quizás argentina o uruguaya:

—Buenas tardes, Javier. A mí también me gustó mucho leer Todas las almas. Pero me molestó que no hablaras para nada de la situación política. Vos estuviste en Oxford hasta 2007 y la publicaste en 2010: entre esos años estalló la crisis económica en España. Yo vivía entonces en Sevilla y fue terrible. La gente se quedaba sin trabajo, sin casa, sin esperanza... ¿Cómo pudiste ignorar la crisis? ¿Por qué no hablaste de los desahucios? ¿Por qué no dijiste que te fuiste a Oxford porque en España no había trabajo? ¿Por qué no intentaste entender de verdad a los vagabundos que retrataste? Gracias.

—Es difícil contestarte. Pero creo que Todas las almas no es una novela social, yo no quería criticar nada cuando la escribí. Solo quería plasmar el sentimiento de desarraigo que me sacudía en aquel momento, cuando estuve viviendo fuera. La escribí para entender mi crisis de identidad. Además, una novela es como una pizza: puedes meter todos los ingredientes que quieras, por supuesto, pero luego quizás no está muy buena.

Facu:

—Cómo va, Javier. Me llamo Facundo González, pero mejor llámame Facu. En primer lugar, me gustaría darte las gracias en nombre de Todo en Español por venir a Cracovia. Ha sido un placer leer tu libro y organizar esta velada para ti. ¿Sabes qué es Todo en Español? ¿No? Pues somos un grupo de españoles expatriados en Cracovia, nos reunimos para charlar en español y recordar España, bebemos un poco y conocemos polacos y polacas; también organizamos eventos como este. ¿Te gustaría ser miembro de Todo en Español? ¿Sí? Fantástico. Pero esta no era mi pregunta, eh. ¿Cuál es mi pregunta? Pues esta: ¿por qué no ambientaste tu novela en España? Es lo que más echo de menos en Todas las almas: que se hable más de España, de Madrid y de los españoles, y menos de libros y de escritores.

—Ya hay muchas novelas que suceden en y que hablan de España, ¿no? Pero no tantas sobre expatriados y ya sois muchos los que vivís fuera del país a causa de la crisis. Ya es hora de que la novela española salga un poco de España.

Un madrileño:

—Qué tal, Javier, yo soy paisano tuyo, de la mejor ciudad de España, el mejor país del mundo. En Todas las almas, hablas mucho de librerías de viejo de Oxford. Eres todo un experto, ¿no? Cuando visite Oxford, intentaré encontrarlas. En unas semanas me iré de vacaciones a Madrid, y además de hartarme a comer tapas y churros, quiero comprar algunos libros. ¿Qué librerías de viejo me recomiendas en Madrid? Muchas gracias.

Dudé un poco y Mateo estuvo a punto de hablar para sacarme del apuro, pero finalmente contesté:

—Madrid tiene una oferta de librerías de viejo inmensa, nada que envidiar a Oxford. No sabría muy bien por dónde empezar a recomendarte... Definitivamente tienes que ir a la Librería la Corrala. ¿No la conoces? Toma nota de ella y búscala, merece la pena. Otra que tiene una oferta muy amplia es Libros como Churros, cerca de Sol. ¿Tampoco te suena? A veces cuesta encontrar libros valiosos, pero si insistes al final siempre te sorprende. Y la última de mi lista de librerías de viejo favoritas es Viejos Libros Chulos, VLC, que está detrás del Santiago Bernabéu. Estas vacaciones podrás dedicarte a explorar un poco más tu ciudad, Madrid está a rebosar de sorpresas.

El profesor mexicano:

—Qué onda, Javier. A mí me gustaría que nos contaras algo más de tu vida, güey. La Wikipedia dice que eres "sociofóbico". ¿Por eso llevas gafas de sol, güey? Y ¿a qué te dedicas en tu vida? ¿Eres profesor de universidad? Gracias, güey.

—Efectivamente. Me da mucha vergüenza exponerme a las cámaras y que se conozca mi vida privada. Por suerte, mi novela no tuvo éxito. Y sí, soy profesor de literatura española y de traducción, como el personaje de Todas las almas. Pero para mantener el anonimato prefiero no decir en qué universidad trabajo.

Un estudiante polaco de filología:

—Cómo estás, Javier. ¿Has aprendido alguna palabra en polaco? ¿Verdad que es una lengua dificilísima? El español es más fácil, aunque no tan fácil. Bueno, mi pregunta: ¿qué consejo le darías a un joven escritor? Gracias.

—Antes Adrian me ha dicho cómo se dice hola en polaco; es cześć, ¿no? Sí que es difícil vuestro idioma, sí. Pues a un escritor primerizo le daría el mismo consejo que me dio mi maestro: lee sin parar y copia sin piedad.

—Leer sin parar está muy bien, pero ¿copiar sin piedad? ¿No es un poco excesivo? ¿Qué pensarías si otro escritor copiara tu novela?

—Eso sería una noticia fantástica, porque significaría que le ha gustado lo que he escrito. No he ganado mucho dinero como escritor, así que me conformaría con eso. Además, cuando escribimos, todos copiamos. Es inevitable. En Todas las almas hay un par de citas de Shakespeare escondidas, por ejemplo. Seguro que al Bardo le parecería bien que lo plagiara.

—¿Y el copyright? ¿Qué pasa con los derechos de autor?

—Pues no sé. ¿Vamos a pagar algo por haber cantado "Cumpleaños feliz"? Estamos en un bar, por lo que la música que se escucha tiene fines lucrativos. El "Cumpleaños feliz" es una canción compuesta por alguien, no un regalo caído del cielo. Su copyright fue registrado en 1935, así que hasta 2015 hay que pagar por usarla. ¿Vamos a pagar?

Otra vez Facu:

—Oye, se me ha ocurrido otra pregunta, Javi. ¿Te puedo llamar Javi? ¿No? Bueno, ¿quién es tu músico favorito, Javi? Un músico español, por favor.

—Joaquín Sabina, sin duda.

—¿Sabina? Vaya, vaya. ¿Sabes que a Sabina le gustan los toros? A ti te gustan los toros también, ¿no?

—No, no. A mí no me gusta que se maten animales en nombre de la cultura. Pero sigue gustándome Joaquín Sabina, no dejaré de escuchar su música porque sea taurino. Nadie es perfecto.

Una chica polaca:

—Qué hay, Javier. En Todas las almas hay una cosa que no me ha gustado mucho: las mujeres tienen un papel muy secundario. Demasiado secundario. La mujer solo es el objeto del deseo del protagonista: Clare Bayes, la chica del tren, la gorda infame. ¿Por qué no les das más protagonismo a las mujeres? Gracias.

—Pues no se me había ocurrido. Quizás no conozca a las mujeres tan bien como para retratarlas. O quizás no todas las historias deban incluir una mujer, ¿no? No sé. Pero quizás me pasé riéndome de las gordas infames, eso es verdad...

Un polaco sonriente, licenciado en filología:

—Cómo lo llevas, Javier. ¿Quiénes son tus autores españoles favoritos? Gracias.

—Eduardo Mendoza, Antonio Orejudo, Juan Marsé, Carmen Martín Gaite, Francisco Umbral, Max Aub...

—¿Y extranjeros?

—W. G. Sebald, Aleksandar Hemon, Roberto Bolaño, Slavenka Drakulić, Vladimir Nabokov, William Faulkner...

—¿Y tus clásicos preferidos?

—El Quijote, el Lazarillo de Tormes, Los viajes de Gulliver, El rojo y el negro, Tristram Shandy, Gargantúa y Pantagruel...

—¿Y polacos? ¿Conoces algún escritor polaco?

—Claro. Me encantan Joseph Conrad y Jerzy Kosiński.

—Pero ellos escriben en inglés. ¿Alguno que escriba en polaco?

—Pues Stanisław Lem.

—¿Y algún escritor joven que merezca la pena seguir?

—Mateo me ha hablado de un escritor catalán que escribe en español y vive en Cracovia. No sé cómo se llama, pero esta mañana mientras tomaba un café con leche y un cruasán he leído algunos relatos de su blog y son muy buenos. Buscadlo, se titula De mí me río.

Mateo se miró el reloj y dijo que era hora de terminar. Última pregunta.

Un español de Todo en Español:

—Cómo andas, Javier. A mí me gustaría saber si ahora estás escribiendo algo. ¿Quizás la continuación de Todas las almas? Gracias.

—Pues no, no estoy escribiendo nada. En su momento me planteé escribir la secuela de Todas las almas, como tú dices. En esta segunda parte contaría qué había pasado de verdad en Oxford durante mi estancia, pero también después, cuando regresé a España; hablaría de cómo habían reaccionado los dons ingleses y los estudiantes a la publicación de la novela, en fin, sería otra novela de cotilleos oxonienses, como Todas las almas, pero 100% real, 100% histórica. Sin embargo, la publicación fue un fracaso, no fue traducida al inglés, nadie la leyó, ni en España ni en Gran Bretaña. Así que tiré la toalla. Decidí que no escribiría nunca más. Mi nombre está maldito, condenado a cien años de soledad literaria sin una segunda oportunidad sobre la tierra: ningún lector quiere trabar amistad conmigo. Me parece que vosotros sois mis primeros lectores reales, mis primeros amigos, y os estoy muy agradecido. Sin embargo, si en el futuro escribo algo más, lo publicaré bajo seudónimo.

Cuando terminamos, era bien de noche. Firmé unas cuantas fotocopias —incluso Kazimierz tenía las suyas, y no sabía leer en español— y me hice unos selfies con varios de los asistentes.

—No deberíamos decir selfie —aclaró Facu, después de que nos sacáramos un selfie—. Es un anglicismo. Es preferible usar una palabra española: autofoto. ¿Nos hacemos otra autofoto, Javi?

Se fue yendo todo el mundo, se llevaron la bandera española, apagaron el proyector, hasta que solo quedamos Adrian, Mateo y yo, y el camarero y la gente que empezó a llegar pero que no tenía nada que ver con nosotros. Adrian nos propuso ir a un pub inglés, para que reviváis vuestros años de Oxford, dijo. Por qué no. No era el pub de Kazimierz, sino otro de tantos pubs británicos del centro de Cracovia. Adrian nos pidió tres cervezas.

—A esta ronda invita la Universidad Jaguelónica, Mateo. ¡Salud! Ha sido un placer conocerte, Javier. Es una pena que mañana ya te vayas de Cracovia, habría sido fantástico que nos viéramos de nuevo y siguiéramos conversando. Si hubiera sabido que eras un tipo tan fetén, te habría traído una copia de mi Teoría Histórica de la Novela. Bueno, ya sabes que en esta ciudad tienes un contertulio y un admirador de tu escritura. De hecho, si te animas a continuar tu carrera de escritor, quizás sería buena idea que pensaras en establecerte en Cracovia. Es una ciudad barata y llena de cultura. Además, nadie ha escrito todavía la Gran novela de Cracovia.

Estaba agotado de fingir, agotado de fingir más de la cuenta. Pero Adrian no daba señales de cansancio y era mi turno de invitar a una ronda. La última, dije. Afortunadamente, mis gafas de sol escondían el cansancio y el tedio. Mientras bebía sin fuerzas ni ganas, me fijé en un póster de la pared: Pop Quiz.

—El Pop Quiz es un torneo que se organiza en el pub. Los viernes por la noche, cada dos semanas, con preguntas de cultura pop. Empieza en quince días, creo. Yo me inscribí con otro profesor de la Jaguelónica. Hay que pagar para participar, pero el ganador del Pop Quiz se llevará un premio muy suculento: una camiseta usada por Juan Pablo II. No está nada mal, ¿no? Si vivieras en Cracovia, Javier, podrías apuntarte con Mateo. Tentador, ¿verdad? Uy, qué tarde se ha hecho. De nuevo, gracias por todo, ha sido un placer. ¡Hasta la vista!

Cuando nos quedamos Mateo y yo solos, pude por fin quitarme las gafas de sol. Me miré en el espejo del pub: estaba demacrado, irreconocible. Con el traje negro, parecía Mortadelo. Mateo me dio una palmada en el hombro. Me guardé las gafas en el bolsillo de la americana y me despedí: adiós, Javier Marías.

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