jueves, 30 de junio de 2016

Mateorías (10)

(Capítulo 10 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Diez

Y vaya si me invitó a un café. Y a cafés, porque perdí la cuenta. Aunque no sé si lo hizo para evitar que me durmiera o para no que le hiciera más preguntas.

Cuando llegamos a casa de Mateo (D), ya entrada la madrugada del 24 de febrero de 2013, me sentó a la mesa de la cocina mientras él preparaba una cafetera bien cargada. Cargó también su móvil y lo dejó delante de mí, junto a cuatro tazas: la primera tenía la cara de Juan Pablo II, la segunda el rostro de la reina Isabel II de Inglaterra, la tercera el busto del rey Jorge Luis I de España y la última un retrato de François Rabelais. Cogí la primera taza y la observé extrañado.

—No pienses que me gusta el papa, y menos después de la multa que por su culpa me cayó. Simplemente colecciono objetos kitsch, casi siempre souvenirs de un mal gusto inverosímil y tronchante. No solo tazas, también tengo una figurita de un torero y unas gafas con la bandera de España, por ejemplo. Controla que no se salga el café, ahora te las enseño, están ahí en la estantería, te encantarán. Mira, mira: los cristales son una rejilla con la bandera de España. Puedes ver el mundo rojigualdo a través de sus agujeritos minúsculos. ¿Qué te parece? La metáfora perfecta del nacionalismo. No conozco a mucha gente dispuesta a llevarlas, por suerte, pero está claro que, si las fabrican, alguien las compra. De hecho, seguro que nuestros amigos de Todo en Español se las pondrían y no precisamente para bromear. Oye, quieres un poco de vodka, ¿no?

No, no esperó a mi respuesta; tampoco me dejó decir que yo también coleccionaba objetos cutres (un niño Jesús felizmente tumbado sobre un billete falso, custodiado por un caganer y por dos cerditos fornicando: el que daba era un salero y el que recibía, un pimentero). En Jorge Luis I me sirvió café y en François Rabelais, vodka con sabor a avellana, su favorito. Me cogió la taza del papa de las manos y se puso café; en la de Isabel II, agua del grifo, y se bebió una y dos tazas de agua mientras su móvil vibraba como loco sobre la mesa.

—Son tus llamadas perdidas y tus mensajes. Me he dejado el teléfono apagado toda la noche, perdona, pero quería ver el Barça-Madrid en paz. No me gustan los móviles: pueden sonar o vibrar en cualquier momento. Por eso prefiero llevarlo en silencio o, aún mejor, apagado. Venga, bébete el vodka, que tú estás muy sobrio y yo muy borracho. Tenemos que equilibrarnos. Eso es, así me gusta. ¿A que combina bien con el café? Te pongo un poco más de vodka, ¿eh?

Café a café, vodka a vodka, yo iba a descubrir que todavía había otro Mateo. Era menos mateórico pero más comunicativo, tan falso y tan verdadero como los otros, un Mateo que yo ya había intuido en el Mateo privado, recogido y solícito, pero que solo ahora tomaba las riendas.

Por fin se sentó frente a mí, le dio un primer trago a su café, carraspeó y se puso a hablar en voz queda.

Mateo me contó que se había ido de Madrid con su novia el verano de 2004. Solo hacía unos meses que salían: ella era una estudiante de rabelais medio polaca, medio ucraniana, y él un madrileño acabado de graduar. Se conocieron en una fiesta rabelais, de una manera nada memorable. La única pertenencia algo valiosa de Mateo era una furgoneta muy hippie que había heredado de sus padres, una Volkswagen T3 blanca y roja como la bandera de Polonia; aquellos dos jóvenes, enamorados e impulsivos, se subieron a la furgoneta y condujeron hacia el norte. No tenían prisa, pero tampoco mucho dinero, por lo que no podían alargar demasiado su viaje. El primer día comieron en un pueblecito de la costa vasca, cruzaron los Pirineos y durmieron en suelo francés; literalmente, porque llevaban una tienda de campaña. El segundo día siguieron hacia el norte y llegaron a Burdeos, donde Marta tenía a un amigo polaco que los acogió. Con él, Mateo se empezó a acostumbrar a los ritos polacos; se sentaron alrededor del vodka y se contaron sus respectivos planes de futuro y charlaron toda la noche. Mateo no hablaba casi nada de polaco y Marta tenía un español muy básico, así que se comunicaban en inglés, lengua que ambos dominaban; sin embargo, desde que se habían conocido se habían ido enseñando mutuamente las lenguas nativas y su inglés se estaba convirtiendo poco a poco en un idioma que solo ellos comprendían, trufado de palabras polacas y españolas. Aquella segunda noche, el amigo de Marta les enseñó alguna cosa en francés, Mateo algo de español y, antes de acostarse, se le ocurrió que quizás podría llegar a ser profesor de lengua. El tercer día, resacosos y felices, continuaron hacia el norte, pero solo hasta Ruan, porque Mateo quería visitar la ciudad de su autor favorito: Gustave Flaubert. Por su parte, Marta quería admirar con sus propios ojos la catedral, pintada por Monet. Así, fueron a dos museos: el Museo de Bellas Artes y el Museo Flaubert y de la Historia de la Medicina.

—El padre de Flaubert era médico, como Charles Bovary, por eso es Museo Flaubert y de la Historia de la Medicina. Ya ves que las relaciones entre literatura y medicina no terminan con Rabelais. ¿Más café?

Mateo me dijo que el cuarto día fue el último del viaje. Por la mañana llegaron a Calais, donde embarcaron en el tren que les permitiría cruzar el Canal de la Mancha. El trayecto a través del Eurotúnel apenas duró media hora, tras la cual ya no se encontraban en Francia sino en Inglaterra, concretamente en Folkestone, y continuaron conduciendo su furgoneta, esta vez hacia el noroeste y por el carril izquierdo. Tres horas y mucho paisaje verde después, concluyó su viaje: estaban en Londres. Para celebrar la llegada, se compraron dos tazas de la reina Isabel II de Inglaterra, las más tacky que pudieron encontrar, y brindaron con vodka.

—No nos fuimos a Londres por la crisis económica, que entonces ni existía ni era imaginable, sino por la juventud. Es decir, por una mezcla de curiosidad y de idealismo, de ganas de aventura y de nada mejor que hacer. En Londres nos alojamos un tiempo en casa de unos parientes polacos de Marta. También por ellos habíamos decidido ir a Londres, claro, y porque en mayo de 2004, un par de meses antes de nuestro viaje, Polonia había entrado en la Unión Europea y a los polacos se les permitía la libre circulación. Ahora en Inglaterra viven más de 500.000 polacos, pero en aquellos años no había tantos; irían llegando lentamente, como Marta. Ansiosos por trabajar y consumir tras haber sobrevivido al comunismo, aquel fue y sigue siendo el más importante flujo de población polaca hacia el Reino Unido, aunque no el primero; los que llegaron a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, así como sus descendientes, miraban por encima del hombro a los nuevos. Y a Marta más, por ser medio ucraniana. ¿Qué, te sirvo más vodka, no?

Mateo me relató que unas semanas después de su llegada encontraron una habitación en un piso de Hammersmith, cerca de Ravenscourt Park. En aquel barrio también había vivido Pip, el protagonista de Grandes expectativas de Charles Dickens, una de las novelas favoritas de Mateo, pero este no era el motivo por el que eligieron Hammersmith: allí vivían los familiares de Marta y era el barrio más polaco de Londres, con la Asociación Social y Cultural Polaca (el POSK) y tiendas polacas, restaurantes y bares polacos, librerías polacas e incluso teatros polacos. Por supuesto, sus dos compañeros de piso eran polacos, como casi todos los vecinos. En aquel entorno, Mateo se convirtió en el protagonista de una novela de aprendizaje intercultural; experimentó lo que ahora llamaríamos proceso de inmersión lingüística y aculturación. Mientras estaba en Hammersmith y pasaba tiempo con los amigos o parientes de Marta, cuando salía a hacer la compra o hablaba con sus compañeros de piso, se polaquizaba: fue aprendiendo la difícil lengua, pero también algunas de sus costumbres, no mucho más fáciles de asimilar: la distancia y la ausencia de contacto físico, el catolicismo omnipresente, la rememoración constante del pasado, el alcohol tan ubicuo como la religión, la generosa hospitalidad, la obsesión con Juan Pablo II, la gastronomía centroeuropea, etc. En cambio, si iba a otros barrios de Londres o si quedaba con otros amigos, entraba en otros mundos, donde se hablaban otras lenguas y había otras costumbres. Ambientes multiculturales, LGBT, cristianos, ingleses, chinos, raperos, mexicanos, judíos, indios, musulmanes, góticos, raveros, caribeños, hindúes, mods, egipcios, chavs, sijes, pakistaníes, hippies, irlandeses, punkis, árabes, heavies, africanos, pijos, escoceses, moteros, budistas, españoles, yonquis, turcos, etc. Sin duda, la posibilidad de pasar de una realidad a otra y de encontrar varias culturas solapadas y/o mezcladas era lo que más lo atraía de Londres.

—Pero aquello tampoco era la tierra de leche y miel, no te creas. ¿Recuerdas cuando se intentó crear una Constitución Europea? Durante la campaña del referéndum, en Francia se criticó mucho la constitución y en general el proceso de europeización a través de la figura del Polish plumber. ¿No te acuerdas? Era 2005, no me jodas, ni tú eras tan joven ni yo tan viejo. En fin, el fontanero polaco representaba no solo a los polacos, sino a todos los ciudadanos europeos de los países de segunda (Este, Sur) que irían a vivir a los países de primera (Norte, Centro, Oeste) para robarles el trabajo a los nativos. Con los problemas de racismo interno que tenemos en Europa, no me sorprende que aún seamos peor en las fronteras externas. Pero es triste que esto pasara justamente en la segunda patria de Chopin y de Marie Curie, polacos afrancesados ilustres. Por suerte, los polacos supieron darle una vuelta de tuerca irónica: reutilizaron al fontanero polaco para promocionar el turismo en Polonia; el fontanero polaco del montaje fotográfico, que parecía sacado de una peli porno de los noventa, decía "Me quedo en Polonia. Venid". Aunque al final ganó el no de Francia a la Constitución Europea, pero esto ya es otra historia. Bueno, volviendo a Inglaterra, allí también empezó entonces la polonofobia, a pesar de que los polacos no hacían exactamente los trabajos más deseados por los ingleses. Por ejemplo, Marta tuvo que trabajar como camarera de hotel y limpiadora mucho tiempo. Oye, ¿quieres más café?

Mateo me contó que, como Marta, él tuvo que malvivir un poco aquel primer año: hizo de lavaplatos y de camarero en varios bares, de peón de obra y de repartidor de flyers. Sin embargo, eran felices. Tenían amigos, salían mucho y bebían aún más: el vodka, la banda sonora de sus vidas, azuzaba su alegría. Para celebrar que llevaban un año en Londres, Marta le regaló la taza de Jorge Luis I. Poco después, Mateo encontró su primer trabajo como profesor de español en una academia londinense. Todo iba bien.

—Hasta el 7 de julio de 2005, cuando tuvieron lugar los atentados en Londres. No, no, el 7-J no murió ningún conocido mío ni de Marta. Ni siquiera estábamos en Londres el día en que sucedió todo. Vimos las mismas imágenes que tú y el resto del mundo en la tele: los muertos sobre las vías, la gente atrapada en el metro, el autobús destrozado, el interior del vagón hecho pedazos. Verdaderamente terrible. Pero lo más terrible para mí fue regresar a Londres, volver a la rutina. Ya no era la misma ciudad: los atentados me la habían cambiado. Y no hablo solo de las vidas que segaron, ni de los destrozos que causaron, sino de cambios más profundos. Los terroristas infundieron miedo. Claro, me dirás, es su objetivo: causar terror. El problema es que se tenía miedo de los musulmanes, de los indios, de los árabes, de los negros, de los hispanos, de los morenos, de los barbudos, en fin, miedo de los otros, que era lo mejor que tenía Londres. Quizás te parezca egoísta mi reacción, pero lo que más jodió fue darme cuenta de que me había equivocado: Londres no era el paraíso multicultural donde yo creía vivir. Aunque había muchas culturas, muchas religiones, muchas tribus urbanas, muchas nacionalidades y muchas diferencias, en el fondo seguíamos viviendo agrupados, antes y después de los atentados. Cada uno a lo suyo y con los suyos, apartado de los demás, la única interacción era gastronómica: cenar en un restaurante chino, comer kebabs, probar la cocina pakistaní. El terrorismo solo sirvió para subrayar un poco lo obvio, para que yo viera la realidad. Me dio mucha rabia saberme tan ingenuo. Mira, una noche que salgas por Cracovia, haz este experimento. En cualquier bar del centro, empieza una conversación con un desconocido cualquiera, charlad de cualquier tema, pero no le preguntes de dónde es. Y no le contestes cuando él quiera saber de dónde eres tú, o contéstale que no quieres decírselo. Hablad de trabajo, de fútbol, de mujeres, de economía, pero no de vuestros lugares de origen. Verás que algo tan sencillo es en realidad muy difícil, incluso imposible. La conversación no te durará nada, tu interlocutor no querrá saber nada de ti. Y si a pesar de todo quisiera hablar contigo, notará que hay algo que falla o que falta. Se sentirá desamparado sin su estereotipo protector. Y yo soy el primero que necesita los estereotipos y que abusa de ellos, ya lo sabes. Putos estereotipos... Oye, ¿y qué te estaba diciendo yo? Da igual. ¿Verdad que combinan bien el vodka de avellana y el café? En cambio, qué difícil es combinar a las personas. ¿Un poquito más de vodka?

Mateo me dijo que, puesto que Marta no tenía un buen trabajo y él, bueno, él solo era un profesor de español, la pudo convencer para que se mudaran de Londres. Su esposa se resistió bastante porque allí les iba bien y tenía muchos amigos y familiares. Sin embargo, a principios de 2006 volvieron a subirse a su querida furgoneta, la inmortal Volkswagen T3 color polonia, y se fueron a probar suerte en otro lugar. Ya no tenían el espíritu de dos años antes, pero aún eran optimistas. Condujeron hacia el noroeste por el carril izquierdo y escuchando a los Beatles. El primer día pararon en Oxford, porque Mateo no había estado nunca y una de sus novelas favoritas sucedía en parte allí: Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh. Estuve tentado de decirle que yo había escrito una novela con seudónimo que también estaba ambientada en Oxford y que, como él, yo no había ido nunca allí. Pero me callé y lo dejé continuar. El segundo día reanudaron el viaje todavía con los Beatles y en unas tres horas llegaron a su destino.

—Nos aclimatamos a Liverpool sin problemas. De hecho, es probable que aquellos fueran los mejores años. Aunque no había muchos polacos, Marta logró encontrarlos. El vodka siguió alegrando nuestras vidas. A mí me salió trabajo de profesor de español en seguida y a Marta, no mucho después, en una multinacional. Pese a que en Londres había dado clases de español, apenas había sido una toma de contacto mínima; en Liverpool, por contra, tuve varias clases desde el principio, por lo que me vi forzado a aprender muy rápido. Pero fue una experiencia interesante: analicé mi lengua y mi cultura desde fuera, desde una óptica extranjera. Me di cuenta de que en realidad no sabía nada, pero solo así puede uno enseñar. Además, presencié algo que en Londres no había tenido tiempo de experimentar: los estudiantes aprendían de verdad. El proceso de aprendizaje era algo mucho más bello de lo que esperaba. Asimismo, trabajé con niños y pude comprobar cómo la adquisición del lenguaje y la adquisición de la moral y de la cultura funcionan exactamente igual. El alumno o el niño aprende a hacer lo que observa, sea una lengua o un comportamiento. Bueno, esto no es nada nuevo para ti, estarás pasando por lo mismo ahora. A causa del trabajo, en Liverpool me integré bastante en la comunidad hispanohablante; también había un grupo de fanáticos al estilo de Todo en Español. De nuevo, nos iba muy bien. Creo que por todo esto Marta me convenció. Y cuando llevábamos ya un par de años en Liverpool, empezamos a buscar el embarazo. Éramos muy jóvenes, pero Marta me vendió que para una mujer y para una polaca era el paso lógico. Sí, claro que estábamos casados. No me jodas que no te he contado lo de la boda. Joder, seguro que sí pero no te has enterado, que ya empiezas a estar más borracho que yo. Pues lo dicho, que Marta y yo ya nos habíamos casado. Fuimos a Cracovia para celebrar la boda, en la iglesia y todo, porque su madre no podía esperar menos. El anillo estará ahí en la estantería, junto al torero. La madre de Marta vivía en Cracovia, aunque yo la había conocido en un par de viajes que habíamos hecho a Polonia, porque a ella no se le ocurrió nunca visitar a su hija a Inglaterra. Y menos después de la boda, ya que pasó a llamarse Marta González. Vaya nombre para una medio polaca, medio ucraniana. Te voy a poner un poco de café, me parece que lo necesitas.

Mateo me relató que durante meses y meses trataron de quedarse embarazados sin resultado pero sin tirar la toalla. Estaban a punto de visitar a un especialista cuando recibieron la llamada: la madre de Marta estaba muy enferma; un cáncer, Mateo no especificó de qué. No lo hablaron; simplemente, ella volvió a tomar anticonceptivos. Dejaron sus trabajos y se prepararon para otro viaje. A Marta no le costó convencer a Mateo, porque este le debía una de la anterior mudanza. Esta vez tenían más trastos que nunca, pero todavía cabían en su vieja y querida Volkswagen T3 con los colores polacos desgastados. Condujeron hacia el sudeste, en Folkestone volvieron a embarcar en el tren que cruzaba el Eurotúnel, en Francia se dirigieron hacia el este y pasaron la primera noche en Holanda, no muy lejos de Amberes. No se apartaron de su trayecto, no hicieron turismo, no visitaron a amigos: la segunda noche se detuvieron cerca de Leipzig y al tercer día de viaje ya llegaron a Cracovia. El verano de 2009, tras seis años en Inglaterra, Mateo y Marta se instalaron en Cracovia.

—Vine a Cracovia por dos polacas: mi exmujer y su madre. Así que, como el resto, estoy en Cracovia por amor. Qué desengaño, ¿no? En el fondo, todas las historias son historias de amor. Marta era hija única y su padre, ucraniano, había muerto cuando era una niña. Por eso su única lengua materna era el polaco, y por eso se ocupó ella sola de la moribunda. Vivíamos los tres en el mismo piso para ahorrar dinero y para que la hija-enfermera pudiera pasar todo el tiempo con la madre-enferma. Marta se transformó: empezó a comer menos, a llorar con frecuencia, me repetía las tonterías que leía en libros de autoayuda, dormía mucho, no veía a nadie más que a su madre, se quejaba constantemente de sus desgracias y se encerraba a solas en su habitación. Yo ya había experimentado varias veces la muerte de un ser querido, sabía que al final siempre acababa siendo posible aceptar que la vida solo es una digresión de la muerte. Pero nunca había experimentado aquello: la muerte de un ser querido de un ser querido. No podía hacer nada para ayudar a Marta, porque ella rechazaba cuanto intentaba. Yo también me transformé: me dediqué por entero a salir y beber. Y ya sabes que estos dos verbos son muy usados aquí. Sí, en Londres y en Liverpool conjugué mucho estos verbos, pero la gran diferencia era que en Cracovia yo estaba triste y solo. Cuando finalmente la madre murió, las cosas siguieron empeorando. Marta y yo nos alejamos aún más, yo me continué deteriorando de bar en bar. Nada especial, nada nuevo, exceptuando que me estaba pasando a mí y no al protagonista de una novela. Aunque en mi defensa he de decir que nunca le fui infiel a Marta, si por infiel entendemos acostarnos con otra persona. Un día, no encontré la furgoneta aparcada frente a casa pero sí una nota en el comedor: "Lo siento, no podía estar más en Cracovia ni contigo. Espero que puedas perdonarme". Así fue como me quedé sin novia y sin furgoneta. Y me costó mucho aceptar que el amor solo es una digresión de la vida. Creo que voy a servirme un poco de vodka yo también.

Mateo me contó que decidió seguir viviendo en Cracovia, ahora de soltero. A pesar de la marcha de Marta, consiguió moderar un poco el salir y el beber, encontrar otro piso y empezar a trabajar como profesor de español. Descubrió que la ciudad también existía de día; no le resultó demasiado difícil adaptarse, era como vivir en Hammersmith sin visitar otros barrios: la gente no sonreía mucho y se quejaba aún más, en las tiendas no miraban a los ojos y no daban el cambio en la mano sino que lo depositaban en un platillo sobre el mostrador. Para inaugurar aquella etapa, se compró la taza de Juan Pablo II.

—Ya sabes que en Cracovia la vida de profesor del español es fácil: aunque es un trabajo poco remunerado y menos valorado, si te organizas bien y no te importan los horarios esquizofrénicos, te deja bastante tiempo libre para hacer lo que quieras. Al menos cuando tienes cierta experiencia. En mi caso, decidí emplear el tiempo libre en embrutecerme brutalmente. Te lo diré con un verbo de cada conjugación: follar, beber, salir. Como las novelas de Bukowski, pero con un trabajo más o menos estable. En aquellos años fue cuando vomité a los pies del papa. En más de una ocasión, otro profesor entró en mi clase por la mañana, me dio un caramelo de menta y me susurró que fuera al lavabo a asearme un poco mientras él charlaba con los estudiantes. Era una razia antiborrachera. Muchas veces estaba tan pedo que me iba a dormir a la escuela para no tener que pasar por casa. A aquello lo llamábamos hacer un Cid. ¿Aún no sabes qué es? Bueno, es que nuestra escuela ya no es lo que era. Hacer un Cid es dar clases de español después de la muerte. La muerte etílica, se entiende. Ser profesor de español era uno de los centros de mi vida; a veces el trabajo se confundía con el alcoholismo y el libertinaje sexual, pero este trío me ayudó a superar la ruptura. Porque precisamente era el trabajo lo que me permitía ligar: muchas veces mis copuladoras eran alumnas o amigas de alumnas. Y fue el trabajo lo que me empujó a salir de mi larga etapa autodestructiva. El primer día del curso, una estudiante me confesó que había llegado a la escuela recomendada por una alumna y me guiñó el ojo. Otra chica del mismo grupo dijo que a ella también le habían explicado que conmigo se aprendía mucho, y se rieron. Me pareció que había tocado fondo, así que defraudé sus expectativas. Pero ya ves que tampoco ingresé en un convento. Simplemente, moderé mi consumo de alcohol, dejé de dormir en la escuela y de acostarme con mis estudiantes. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, estos serían los puntos cuarto, quinto y sexto. Y esta noche parece que me he saltado uno. El alcohol, el agua o el café, no sé qué es, me pone nostálgico. Y hablar demasiado del pasado es admitir la derrota presente. Pero si quieres más café o más vodka, sírvete tú mismo.

La cabeza de Mateo cayó sobre la mesa y quedó clavada como un cuchillo. Me habría gustado preguntarle mil cosas y compartir con él mi vida, pero dormía profundamente. Me levanté y traté de encontrar el lavabo. Después, me fui a dormir mi primera borrachera a mi nueva casa.

domingo, 26 de junio de 2016

Mateorías (9)

(Capítulo 9 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Nueve

Siempre he odiado a la gente que llega tarde, pero el 26 de febrero de 2013 fui yo quien llegó tarde al Barça-Madrid. Me odié mucho, porque Mateo me había avisado con antelación, recordándome varias veces la hora (21:00) y el bar donde veríamos el partido, y porque me apetecía socializar con él fuera de la academia de español. Sin embargo, la mudanza se complicó de manera imprevista y llegué tarde, muy tarde. O quizás fue por culpa de Facu. O de mi horario de estudio y de trabajo. O de mi tacañería. O del tranvía. O de la nieve. O del Vístula. O de la mala suerte. O del perro que se me comió los deberes. O de todo a la vez: la conspiración de la vida contra la puntualidad.

La excusa es el género literario primigenio, el origen de la novela.

(Si el lector también odia las excusas de los tardones, puede saltárselas y leer mi llegada al bar 19 párrafos más abajo.)

Cuando encontré un pequeño estudio adecuado a mis necesidades —un cuarto propio— y a mis limitaciones económicas, traté de planificar la mudanza. Febrero estaba llegando a su fin y, a menos que quisiera pagar otra mensualidad, debía abandonar muy pronto la habitación del Hotel Piast. Además, la buena y relajada vida de goliardo en Cracovia ya había acabado para mí: por la mañana era estudiante de rabelais y por la tarde, profesor de español; de noche, solo dormía; en sueños, escribía. Resultado de la ecuación: aquel martes 26 de febrero por la tarde, después de trabajar, era el único hueco libre en mi tupida agenda.

Convencí a Facu de que dejara durante un rato el World of Warcraft para echarme una mano con la mudanza, pero el lector inteligente no se sorprenderá demasiado cuando lea a continuación que, al regresar al Hotel Piast, encontré el cuarto vacío. Facu se había deshecho de mí sin muchas excusas; solo una nota: "Javier, he quedado con mis amigos para ver el partido, no olvides llevarte todos tus libros". En su breve mensaje identifiqué, como era habitual en él, una verdad y una mentira. En pocos meses de vida cracoviana, había acumulado muchos libros —los que había traído de Barcelona (incluidos unos ejemplares de mi novela con seudónimo) y los que había comprado en Cracovia y sacado de la biblioteca de la Universidad Jaguelónica—, dispuestos en un muro que buscaba separarme de Facu. El profesor Yono Leo podía estar satisfecho de mí ya que, aunque no escribía nada, leía sin parar. No obstante, la presencia de tantos libros, unida a la ausencia de Facu, alargaba la mudanza: además de fuerza física, este tenía un par de maletas enormes que podrían haber llevado más trastos. Como a aquellas horas ninguno de mis amigos (pocos) querría ayudarme (estarían a punto de ver El Clásico), necesitaría hacer como mínimo dos viajes.

Llamé a Mateo, pero su móvil estaba desconectado. Le mandé un mensaje: "La mudanza se ha complicado. Llego tarde, lo siento. Culpa de Facu, el de La Cabeza".

El Hotel Piast (A) estaba al noroeste de Cracovia, a unos treinta minutos andando del centro; mi nuevo piso (B) quedaba en las antípodas: en Podgórze, un barrio al sureste, a otros treinta minutos a pie del centro. En total, más de una hora caminando de A a B una sola vez, por lo que debía encontrar un medio de locomoción más eficiente. Sopesé la posibilidad de pedir un taxi pero, como igualmente tendría que hacer un par de viajes, lo descarté; no pude evitar acordarme de todos los chistes de catalanes de Mateo. Comprobé por internet cuál era la ruta más rápida con tranvía: la línea 24 salía cerca del Hotel Piast (A), rodeaba el centro de la ciudad y llegaba a Podgórze (B) formando un elegante sombrero ladeado.

Llené mis dos maletas de ropa, libros y otros enseres y salí a la calle. No nevaba, pero Cracovia estaba cubierta de blanco y hacía frío. La nieve crujía bajo mis pies y las dos maletas avanzaban sin ganas. El invierno de 2012-2013, mi primer invierno cracoviano, fue largo y gélido, pero sobre todo oscuro; aquella tarde anochecida, el fútbol había vaciado las calles más de lo habitual. Mientras esperaba en la parada (A), observé el rastro de mi avance en la nieve: las huellas de mis botas flanqueadas por las marcas de las rueditas, una cenefa que bien podía ser la bandera de algún país olvidado. El tranvía 24, de la misma época que el Hotel Piast, no tenía calefacción: hacía más frío dentro que fuera. Me dije que aprovecharía las dos horas de ir y venir en tranvía para escribir un poco, así que saqué el móvil y empecé a tomar nota de cuanto veía por la ventana; aunque quizás no podría escribir un relato para De mí me río, como mínimo tendría unos buenos apuntes para ambientarlo. Me quité el guante de la mano izquierda y tecleé:

Pasa la calle Karmelicka, edificios grises y envejecidos, algún puticlub encubierto, tiendas cerradas, soledad. Planty, el parque que circunvala el centro, es el cinturón verde de Cracovia, aunque ahora es más bien marrón y blanco; dos vagabundos bebiendo, rojos de frío y alcohol y cólera, los desposeídos, los únicos habitantes del invierno infierno. El edificio de Correos señorea la esquina aristocrático, austrohúngaro, burocrático: gris. Paramos al lado, empieza a nevar: blanco sobre gris, son las cartas sin sello del cielo, la correspondencia ángeles-humanidad. Primero nieva poquito, después poco y luego mucho y en seguida muchito. Mierda. Nieva muchísimo. Cruzamos un puente sobre el río Vístula y no se ve el río: solo nieve y nieve, una cortina de nieve, o mejor una persiana. Nieve, nieve, nieve. Mierda, mierda, mierda.

Cuando el tranvía llegó a la parada de Plac Bohaterów Getta (B), borré los apuntes de mi móvil (aunque ya les había puesto un título bailarín: "Mudanza en la nieve") y volví a enguantar mi zurda, medio congelada. Pensé que debería comprarme una pequeña libreta de notas: no solo podría escribir con guantes, sino que arrancar las páginas y tirarlas arrugadas al suelo tendría un efecto mucho más dramático que hacer un par de clics en la pantalla táctil. En cualquier caso, estaba claro que yo no era un descriptor de paisajes urbanos.

A mi derecha quedaba Plac Bohaterów Getta, la Plaza de los Héroes del Gueto, nombrada así en honor de los que sufrieron las persecuciones y asesinatos de los nazis. Esto no me lo contó el dudoso Facu sino la mucho más fiable Wikipedia. Durante la ocupación alemana, aquella plaza era la frontera con el gueto judío. Ahora había decenas de esculturas de sillas: simbolizaban o recordaban a los judíos que esperaban antes de ser trasladados a. Una mudanza muy diferente de la mía, pensé. Bajo la luz de las farolas, las sillas negras contrastaban sobre el blanco suelo, aunque los asientos empezaban a cubrirse de nieve. Me di prisa por llegar a mi nueva casa; entré, vacié las dos maletas y salí.

El tranvía de regreso al Hotel Piast (A) no tardó en aparecer. Decidí dejar el móvil en mi bolsillo y los guantes en las manos. La nieve seguía cayendo, aunque había mejorado la visibilidad, o simplemente tenía la vista acostumbrada a la oscuridad. Volvimos a cruzar el río y esta vez sí pude verlo: estaba congelado. Las aguas no se movían bajo una gruesa capa de hielo. O quizás solo era una fina mortaja de nieve y suciedad. No estaba muy seguro. ¿Podía congelarse un río tan caudaloso como el Vístula? ¿No iba eso en contra de alguna ley de la física? El vagón estaba casi vacío, tan solo había un vagabundo. Le presté atención porque en mi novela con seudónimo los indigentes tenían un papel importante; más concretamente, eran pordioseros oxonienses, de Oxford, la sofisticada ciudad donde tenía lugar mi novela fracasada. Los había descrito como "hoscos y fieros y enormemente borrachos", casualmente como los que me encontraba casi a diario en Cracovia, y también había escrito que "los únicos que vagan por la ciudad, como yo, eran los pordioseros más violentos y más desesperados y más inactivos y más borrachos". Cómo son las cosas de la literatura y la realidad: años atrás me había inventado por escrito a unos vagabundos oxonienses que ahora resultaban ser cracovianos. Todo esto y más escribí en mi novela con seudónimo. Más adelante hablaré de ella y de su argumento. Por lo que hace al espécimen del tranvía, estaba tumbado sobre dos asientos, recostado en la ventana y dormitando; tenía un rostro rojo enfermizo, una lata de cerveza en el regazo y un aura de héroe y de hedor. Había cientos o miles como él en Cracovia. Aunque no eran exactamente vagabundos ni indigentes ni sin techo; la lengua polaca tenía una palabra para ellos: żul. Un żul es un alcohólico que pulula alrededor de las tiendas de alcohol, los alkohole, y que si pide dinero es para beber; aunque eran algo violentos, brutos o agresivos, también parecían muy libres, una libertad sin un ápice de romanticismo. Me imaginé hablando con el żul del tranvía: intentaba preguntarle en polaco si el Vístula estaba helado y luego él me contestaba que a él no le gustaba el helado, yo le decía que, si nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, ¿qué pasa cuando se hielan?, y él me respondía que su exmujer preparaba la mejor col fermentada de Cracovia, etcétera. Ya había vivido demasiadas escenas absurdas y no me apetecía repetir, así que continué ventaneando. En Kazimierz había pequeños montones de nieve que la gente había ido apartando para despejar las calles; pilas grises, mezcla de nieve y basura, endurecidas por el frío, que jalonaban Cracovia con regularidad. Eran los mojones de la ciudad. El clima invernal les impone a los polacos un estilo de vida muy particular, razoné, sin percatarme de la obviedad de mi pensamiento. Propensión al carácter huraño, quejica y depresivo, largas reclusiones en casa y alcoholismo eran los síntomas más evidentes para un observador externo e ingenuo cualquiera (yo). También existía una profesión que en los países más cálidos no tenía sentido: las personas que quitaban la nieve de los tejados para impedir que cayera sobre los peatones y los descalabrara; los quitanieves se subían al techo y con una escoba tiraban la nieve a la calle (debidamente señalizada para evitar los accidentes que precisamente se querían prevenir).

De camino a la residencia de estudiantes (A), vencí la tentación de anotar en mi móvil estas reflexiones literarias y pintorescas (título: "Memorias del tranvía"). La habitación seguía vacía, así que entré sin quitarme las botas. Llené de nuevo las dos maletas; por suerte, el resto de mis cosas cupo dentro. Mi parte del cuarto había quedado completamente desalojada, como si nunca hubiera vivido allí. Le dejé un mensaje de despedida a Facu y la moqueta embarrada, aunque supuse que no advertiría ni una cosa ni la otra.

Desde el tranvía hacia Plac Bohaterów Getta (B), traté de llamar por teléfono a Mateo y le envié otro mensaje: "Continúo la mudanza, queda poco". Me estaba hartando ya de repetir aquel recorrido, pero pronto dejaría las maletas en mi piso y me iría —en tranvía, por supuesto— a ver la segunda parte del Barça-Madrid con Mateo y sus colegas. Aunque aquel tranvía 24 parecía el de antes, en seguida noté una diferencia: la calefacción funcionaba. Quizás el conductor se había apiadado de mí; me acordé del chiste de los catalanes y el frío. Vi por la ventana cómo la parada de Plac Bohaterów Getta (B) se aproximaba; el tranvía paró y las puertas se abrieron y cerraron; las sillas nevadas se alejaron detrás del cristal. Seguí observando mientras continuábamos la ruta hacia el sureste de Cracovia; el ala derecha del sombrero se prolongaba más allá del punto B. Identifiqué algunos de los lugares que ya había visitado —el cementerio de Podgórze y los restos del campo de concentración de Płaszów—, pero en seguida nos adentramos en territorio desconocido. Fuimos dejando atrás paradas, calles y edificios nuevos para mí, y sin embargo todo me resultaba familiar: igual que el extrarradio barcelonés donde me crié. En uno de los pisos me pareció reconocer una cara tras la ventana. ¿Era Yono Leo? No, no, era imposible y muy inverosímil que consiguiera distinguirlo con tanta oscuridad. Al final del trayecto (Kurdwanów), el tranvía dio la vuelta sin esperar y regresamos. El cristal me mostró de nuevo los mismos lugares, tan extrañamente familiares como a la ida. No me costó convencerme de que quien me sonreía desde una ventana del edificio con aspecto suburbano era efectivamente Yono Leo. Cuando iba a saludarlo, descubrí a Facu junto a él, haciéndome una peineta. Su corazón erguido parecía decirme adiós. Volvimos a pasar por Plac Bohaterów Getta (B) y cruzamos el Vístula, pero en esta ocasión no pude comprobar si en verdad estaba congelado; no podía levantarme, mi culo estaba pegado al asiento. El żul de rostro rojo y enfermizo se me acercó y me dijo en perfecto español que se me había helado el trasero y que sí, que nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, incluso si están helados, y me puso una col en las manos.

Me desperté de una cabezada contra la ventana. El reloj del móvil me confirmó que solo habían sido unos pocos minutos de sueño. Había algunos pasajeros más en el vagón, pero ningún żul. Verifiqué que le había enviado el mensaje a Mateo y que me podía poner de pie. Ya estábamos en el puente, a punto de llegar a Plac Bohaterów Getta (B), pero preferí no mirar el río. Me asusté: ¿qué pasaría si me dormía y no me presentaba en el bar? ¿Y si de verdad me quedaba en el tranvía hasta el final del trayecto? ¿Y si al ir hacia el otro lado no me bajaba en el Hotel Piast (A) y seguía hasta el ala opuesta del sombrero? ¿Y si continuaba yendo y viniendo? ¿Y si no volvía jamás a estudiar en la universidad ni a enseñar en la academia? ¿Y si no regresaba a Barcelona? ¿Quién me echaría de menos? ¿Cuánto tardaría en convertirme en un żul de rostro rojo y enfermizo? ¿Cuándo brotaría de mí un aura de héroe y de hedor? ¿Me transformaría al final en uno de los mendigos hoscos y fieros y enormemente borrachos que había incluido en mi novela con seudónimo y luego había encontrado o reencontrado en Cracovia?

Las sillas de la Plaza de los Héroes del Gueto (B) estaban casi totalmente cubiertas de nieve. Mis dos maletas estaban hartas de avanzar; las levanté y me apresuré cuanto pude. Abrí la puerta del piso jadeando y las dejé tal cual en el recibidor y me fui.

Tomé de nuevo el tranvía 24, aunque esta vez ya no me bajaría en la parada del Hotel Piast (A) sino antes, en Poczta Główna (C) o Correos, cerca del bar donde había quedado con Mateo y sus amigos. Este seguía sin coger el teléfono ni contestar mis mensajes; ¿estaría enfadado conmigo? Todavía nevaba, pero parecía que menos. Al pasar por encima del puente, volví a mirar el río: quizás estaba congelado, quizás no, quién sabe. Lo observé fijamente durante un buen rato, pero no logré llegar a una conclusión, todo estaba muy oscuro. Tampoco es tan importante la verdad, pensé, qué más dará si el río fluye o no, si vamos a dar en la mar o nos estancamos. Solo pasados varios minutos, cuando se oían unos bocinazos y algunos pasajeros se inquietaban, me di cuenta de otra verdad: era el tranvía lo que no se movía. Estábamos parados sobre el puente. Detrás de nosotros había unos cuantos coches; delante, dos tranvías también detenidos (los tres juntos formaban un tren). Le pregunté a un chico si hablaba inglés, dijo que no, le pregunté en polaco qué estaba pasando o qué le pasaba a él, me contestó que había problemas técnicos o que él tenía problemas o que habían atropellado a alguien.

Me senté otra vez y me relajé. Me quité el guante izquierdo, saqué el móvil del bolsillo y le escribí a Mateo: "Mudanza acabada, pero hay problemas en el tranvía. Llegaré aún más tarde. ¿Cómo van?".

Aproveché la situación para leer en internet un poco sobre fútbol. Google me redirigió a la Wikipedia y empecé a leer con desgana. Aunque a mí el fútbol ni me va ni me viene, mis pocos amigos y conocidos de Cracovia creían que era un experto y un forofo del Barça. No me atrevía a confesar que en verdad me importaba tanto como la cerámica turca o el waterpolo. Además, el fútbol era muy útil para discutir con Mateo y para charlar con mis estudiantes y compañeros rabelais; era un agente socializador. Para documentarme, solía leer cada día los titulares de la prensa deportiva, especialmente sobre el Real Madrid y el FC Barcelona.

Mi móvil me decía que en la temporada 2012-13 el Barça estaba haciendo muy buen papel. Iba el primero en la Liga BBVA a pesar de que Pep Guardiola, su anterior entrenador y santo local, se había largado al Bayern de Múnich. Gracias a su estrella galáctica, Cristiano Ronaldo, el FC Barcelona se estaba manteniendo al mismo nivel que en la Era Guardiola; a mucha distancia del astro portugués, orbitaban el resto del equipo, más allá el cuerpo técnico y bien lejos la fiel afición barcelonista. Sin embargo, en la Champions League se les habían complicado un poco las cosas a los blaugranas: en octavos de final habían perdido 2-0 contra el Milan, por lo que en el partido de vuelta tendrían que apelar a la épica (unos días después, en marzo, apelarían 4-0). En cuanto a la Copa del Rey, los culés estaban en semifinales; precisamente aquel 26 de febrero de 2013 estaban jugando la vuelta contra el Madrid; nada estaba decidido, porque a la ida habían quedado 1-1 en el Santiago Bernabéu. Por su parte, el Real Madrid tampoco lo estaba haciendo mal: iba segundo en la Liga, aunque a bastantes puntos del Barça, jugaba la vuelta de la semifinal de la Copa del Rey y en octavos de la Champions (aún tenía que ganar al Manchester United). En la campaña de 2012-13, el técnico de los merengues todavía era el polémico José Mourinho, aunque sería su último año en Madrid; el mejor jugador blanco era, indiscutiblemente, el crack argentino Lionel Messi, archienemigo de Cristiano Ronaldo.

En la versión en línea del Marca, logré encontrar el marcador del partido de la Copa del Rey: en la segunda parte, el Madrid ganaba 0-3 con dos goles de Messi y uno de un francés cuyo nombre no me decía nada. El primero de Messi había sido de penalti (minuto 9), tras una falta de Piqué, y enmudeció al Camp Nou; en el minuto 57, aprovechó el rechazo blando de un disparo de Di María para perforar sin titubeos la red azulgrana; el gol del francés fue después, de cabeza. Además, unos hinchas del Madrid le habían tirado una bengala a la afición azulgrana. Quedaban pocos minutos para terminar el partido, pero era evidente que el Barça caería eliminado.

El tranvía se puso por fin en marcha. Cruzamos Kazimierz —era mi cuarta vez— y pocos minutos después me bajé en Poczta Główna (C). Me apresuré hacia el bar acordado, dejando unas firmes huellas sobre la nieve. Aunque no me importaba lo más mínimo la derrota blaugrana, tenía que preparar mi reacción cuando me dieran la mala noticia. Decidí simular que desconocía completamente el resultado del partido, así todo sería más dramático. Aparte de ensayar el enfado por haberme perdido el partido, practiqué en la oscuridad mi cara de derrota e imaginé una excusa de mal perdedor para justificar la debacle barcelonista (¿el árbitro?, ¿el cansancio de los culés?).

Llegué al bar más de media hora después de que terminara el partido. Al abrir la puerta, traté de ubicarme: al fondo a la derecha, junto a la barra, las mejores vistas de la televisión. Había un grupo de gente en el lugar indicado, pero mi escaneo no detectó a Mateo ni a nadie que pareciera español o extranjero en aquella mesa.

—Hola. ¿Sois amigos de Mateo?

—Creo que ya no —contestó uno: era el profesor mexicano—. El muy pendejo se peleó.

—¿Qué dices? ¿Ha remontado el Barça?

—Qué va, quedaron 1-3. Dos goles de Messi y uno de un francés para el Madrid. Y Jordi Alba marcó el del honor.

Me olvidé de representar mi teatro futbolístico; ni cara de sufrimiento y amargura ni despotrique contra el Madrid y los árbitros ni nada. El mexicano me presentó a los de la mesa: un gringo, un polaco y una polaca, una uruguaya y una checa. Todos vivían y trabajaban en Cracovia de esto o de lo otro, excepto la checa, que era una rabelais.

—¿Entonces? —interrumpí las presentaciones—. ¿Por qué se ha pegado? ¿Con quién?

—Bueno, parece que un polaco le pidió un cigarro a Mateo...

—¿Y está bien?

—Lo que pasa es que ha bebido demasiado y ha armado una bronca.

—Se empedó bien el gallego.

—Muy gallo el gallego.

—Pues resulta que el polaco le ha pedido un cigarro y a Mateo no se le ocurre nada mejor que contestarle: no tengo un cigarrillo, pero tengo un buen puro para ti. Y se ha tocado el paquete —se tocó su propio paquete para que comprendiera.

—No tengo un cigarrillo, pero tengo un buen puro para ti. ¡Vaya mateoría!

—Al polaco no le pareció tan divertido...

—Pero hay que reconocer que Mateo lo ha dicho en perfecto polaco.

—Está bien loco el Mateo. El Madrid iba ganando ya 0-2. Solo buscaba camorra.

—El polaco se le ha tirado encima.

—Nos ha costado lo suyo separarlos.

—Pero Mateo no ha resistido mal.

—Y después de la pelea se ha largado sin decir nada.

—¿A dónde? Le he mandado varios mensajes y tampoco contesta las llamadas.

El mexicano se encogió de hombros y me mostró un teléfono:

—Es su móvil, se lo dejó aquí. Supongo que se fue a casa. Vive aquí cerca.

Me explicó dónde estaba la casa de Mateo (D); cogí su teléfono y me fui sin despedirme, como si acabara de dejar las dos maletas en mi nuevo piso.

No conocía muy bien aquella parte de Cracovia porque, aunque quedaba cerca del centro, no era un lugar frecuentado por turistas ni rabelais. No nevaba pero hacía un frío que pelaba. Estuve unos minutos dando vueltas en la oscuridad, con la esperanza de que la siguiente calle que saliera a mi paso fuera la de Mateo. Pero no: estaba perdido en un laberinto de edificios avejentados y funcionales que no merecían mi atención de descriptor de paisajes urbanos ni en aquel momento tan tenso ni cualquier otro día. En la mayoría de pisos estarían durmiendo ya, en algún sótano húmedo una joven pareja estaría copulando sin mucho entusiasmo, un hombre le estaría gritando a su esposa y los vecinos harían oídos sordos... Por suerte para mí y para el lector poco amante de los dramatismos innecesarios, en las novelas del siglo XXI los personajes tienen móviles con internet, incluso si no están viviendo en su país. Me desenguanté la zurda, saqué mi teléfono del bolsillo y escribí la dirección de la casa (D) en la aplicación de GPS. Gracias a sus indicaciones, fue fácil dar con el camino correcto.

Yendo hacia el punto D, encontré a Mateo sentado en un banco. Se sujetaba la cabeza con la mano derecha y tenía la izquierda apoyada en la rodilla, como un pensador de Rodin ebrio y derrotado. Una farola antediluviana enfatizaba el patetismo de la escena y, además, permitía ver con claridad una mancha grumosa y de color anaranjado que se esparcía amorfamente sobre el suelo, el banco y parte del zapato izquierdo de Mateo; el resto de su persona estaba limpio, excepto alguna salpicadura; supuse que, antes de quedarse dormido o mientras dormía, había tenido reflejos suficientes para proyectar hacia la izquierda su vómito. En el banco, a la derecha de Mateo, una cartera abierta, sin salpicaduras y sin dinero; por suerte para él, los documentos todavía estaban dentro.

—¿Eres tú, Marta? —me dijo Mateo sin moverse—. ¿Marta? ¿Estás ahí?

—No —contesté, desconcertado—. Soy yo.

Con mucho esfuerzo, logró levantar la cabeza y abrir un poco los ojos. Le mostré su móvil y lo moví de un lado al otro delante de sus ojos; le costó bastante cogerlo.

—No me jodas, catalán. Os hemos dado para el pelo, 1-3, dos goles de Messi —hablaba con una fluidez sorprendente—. Menuda vomitona. Bueno, solo me he potado un poco el zapato. La última vez que vomité fue hace dos años y me pusieron una multa de 400 złotych. Casi 100 euros por echar la papa, ¿qué te parece? Estábamos celebrando una despedida de soltero y serían ya las diez de la mañana. Tan borrachos íbamos que no se nos ocurrió otra cosa que ir al Castillo de Wawel a seguir bebiendo. Has estado, ¿no?, cerca del centro. Allí me dieron ganas de vomitar, pero la catedral estaba al lado y había turistas y familias con niños, así que me aparté un poco. Eché toda la comida y la bebida de una noche de fiesta a los pies del papa. Bueno, vomité en el pedestal de la estatua de Juan Pablo II, los pies ni siquiera los salpiqué. Pero tuve tan mala suerte que me vieron dos policías. 100 euros de multa por vandalismo. El papa polaco es intocable, incluso sus efigies. ¿Qué te parece?

—Esta vez también te ha salido caro —le mostré la cartera vacía y la moví de izquierda a derecha—. O te han robado o te lo has bebido todo —saqué su DNI y se lo enseñé—. Oye, ¡no sabía que te apellidaras igual que yo!

—¿Tú también te apellidas González? A ver si seremos parientes... Dame mi cartera, anda.

—Tampoco sabía que no eras de Madrid. Lugar de nacimiento: Alcorcón.

Le di el DNI y la cartera, lo metió dentro y la inspeccionó buscando algo que no encontró. Finalmente se la guardó en el bolsillo, pero aún tardó un poco en contestar. Quizás buscaba unas palabras que tampoco encontró.

—Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el tercer punto diría: miente. Miente mucho, miente como un bellaco. Eso sí, que no te pillen. Pues mi DNI no miente: nací en Alcorcón, pero desde niño viví en Madrid. Y luego en Londres y ahora en Cracovia. ¿Quieres saber algo más? Tengo unos cuantos años más que tú, aunque no demasiados. Estudié Filología Hispánica en la Complutense y trabajo de profesor de español desde hace años. Aquí en Cracovia trabajo contigo en la academia, ¿recuerdas?, y también en la Universidad Jaguelónica. Quizás le dé clases a alguno de tus amigos rabelais. Me encanta la literatura, no solo la española. Y el fútbol, claro, soy hincha del Madrid. Os hemos dado para el pelo, 1-3, dos goles de Messi. Si me das a elegir entre una biblioteca y un campo de fútbol, no sé con qué me quedaría. ¿Y qué más? Me gusta salir y viajar y comer y beber y follar, como a cualquiera. No hace falta leer a François Rabelais para aprender a vivir. Y tu, ¿qué me cuentas?

Elegí bien qué mentira confesar. Podría haberle dicho que en realidad a mí el fútbol ni me va ni me viene o que yo quería ser escritor o que ya había publicado una novela con seudónimo. Sin embargo, escogí otra:

—Pues yo nací en Barcelona, pero desde niño viví en Cornellà de Llobregat. Así que no soy exactamente de Barcelona, por mucho que mi DNI diga lo contrario.

Le mostré mi documento de identidad y lo observó con mucha atención, como solo un borracho sabe observar. Se quedó un rato con la tarjeta de plástico entre las dos manos. Me senté junto a él, en el lado del banco sin vomitar. Finalmente me devolvió el DNI.

—Toda la vida he sido un fraude —me dijo, aunque pronunció aquellas palabras como si no fueran suyas.

—Toda la vida hemos sido un fraude —repetí, pero no pareció oírme.

—Ay, las vergüenzas del área metropolitana —continuó—. Si te parece, no volveremos a mencionar ni Alcorcón ni Cornellà en lo que queda de novela.

Le sonreí y sellamos el pacto dándonos la mano.

—Oye, ¿quién es Marta?

—Esta noche estás preguntón, ¿no? No te aproveches tanto de mi estado. Es mi ex. Creo que antes estaba soñando con ella.

—¿Es polaca?

—Medio polaca, medio ucraniana.

—Así que tú también viniste a Polonia por una polaca.

Me sonrió con ironía y se quedó callado, sin cambiar la mueca. Como congelado. Es el hombre de ninguna parte, pensé, y empecé a tararear mentalmente: es un verdadero hombre de ninguna parte, sentado en su tierra de ninguna parte, haciendo todos sus planes de ninguna parte para nadie. Me interrumpió:

—Es un poco complicado. Pero sí: vine a Polonia por una polaca. Luego me dejó, unos meses antes del vómito papal. Fueron tiempos duros —con el canto de la mano derecha se dio un golpecito en el cuello—. ¿Sabes qué quiere decir en Polonia este gesto? ¿No? A ver si profundizas un poco más en la cultura polaca, hombre. Significa beber, beber mucho —repitió el golpecito en el cuello y se rio: una carcajada mateórica—. Por cierto, tengo que pedirte un favor. ¿Podrías hacerme una sustitución en la academia? Sería dentro de dos semanas. Me ha surgido un asunto urgente y necesito viajar a Madrid.

—Sí, no hay ningún problema. ¿Todo en orden? —no me contestó—. ¿Por eso te has peleado?

—Esto también es complicado. Hagamos una cosa: si no me preguntas más, te invito a una cerveza.

—Así se silencia a un catalán, ¿no?

Mateo sonrió.

—Tranquilízate, hombre, que estamos solos.

—Mejor invítame a un café.

Nos levantamos del banco y empezamos a caminar, alejándonos de la luz.

—Por cierto, ¿ya terminaste la mudanza?

martes, 21 de junio de 2016

Mateorías (8)

(Capítulo 8 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Ocho

Si uno googlea Rabelais o François Rabelais, los primeros resultados que obtiene no hablan del escritor francés, relegado a la séptima posición, sino del archiconocido Programa Rabelais. La Wikipedia, con su dudosa prosa burocrática, lo describe así:
El Programa Rabelais es un plan de gestión de diversas administraciones públicas por el que se apoya y facilita la movilidad académica de los estudiantes y profesores universitarios dentro de los Estados miembros del Espacio Económico Europeo, Suiza y Turquía. 
Creado en 1987 por iniciativa de la asociación estudiantil AEGEE, fundada por blablablá y promovida y posteriormente apadrinada por el Comisario europeo de Educación de Nosedónde, etcétera.
Orientado a la enseñanza superior, tiene como objetivo "mejorar la calidad y fortalecer la dimensión europea de la enseñanza superior, fomentando la cooperación transnacional entre universidades, estimulando la movilidad en Europa y mejorando la transparencia y el pleno reconocimiento académico de los estudios y cualificaciones en toda la Unión". El nombre fue elegido para honrar al escritor, médico y humanista francés François Rabelais (1494-1553).
Gracias al Programa Rabelais pude, como cientos de miles de europeos, salir de España para alargar mis estudios y dejar atrás la imposible búsqueda de trabajo y la crisis económica. Y, no menos importante, seguir escribiendo.

El Programa también me ayudó a encontrar un lugar donde alojarme en Cracovia: el Hotel Piast. Aunque en verdad no era un hotel, como su nombre indica, sino una residencia de estudiantes. El resto del nombre lo había heredado de la Dinastía de los Piastas, los reyes que gobernaron Polonia desde su creación hasta 1370. El primero fue el legendario Piast, cuyo impronunciable apellido (Kołodziej) significa forjaruedas (además de reinos, hacía ruedas); el último Piast fue Casimiro (Kazimierz) III el Grande, fundador de la Universidad Jaguelónica y del pueblecito homónimo que se acabó convirtiendo en el barrio más bohemio, turístico y fiestero de Cracovia (Kazimierz). Sin embargo, el Hotel Piast era un edificio ajado, sórdido y gris —la fachada repintada de amarillo garbancero trataba de ocultarlo—, con pasillos oscuros y húmedas habitaciones; estaba más emparentado con el comunismo trasnochado que con la olvidada monarquía. A pesar de su nombre, pues, mi alojamiento rabelaisiano no era ni Hotel ni Piast.

Como la beca Rabelais no bastaba para costearme mi propia habitación, tuve que solicitar una doble y compartirla. Paradójicamente, el vetusto Hotel Piast disponía de un programa informático que te emparejaba con el compañero de cuarto ideal. Cuando aún estaba en Barcelona rellené un formulario online con mi edad, nacionalidad, sexo, estudios, idiomas y aficiones. Supuse que el programa juntaría a personas similares, por lo que falsifiqué un poco mis datos: quería un compañero interesante y, sobre todo, que no fuera español. Aumenté el número de lenguas extranjeras habladas (inglés, francés, español, catalán, ruso, italiano) y maquillé un poco los hobbies (la historia contemporánea y medieval, la literatura europea, la música clásica y el jazz, tocar el oboe, cocinar con wok, el vino georgiano, la cerámica turca, el autostop, la ecología y los voluntariados).

Tras unos segundos de procesamiento de datos, la aplicación del Hotel Piast me mostró el formulario de mi futuro compañero de habitación. Era un hombre, lógicamente, y tenía más o menos mi edad. Hablaba cinco lenguas y estudiaba Historia. Además, decía que le gustaban el cine sueco y la Nouvelle Vague, los bonsáis, la cultura japonesa, las nuevas tecnologías de la comunicación y la meditación trascendental. Sin embargo, no era ni finlandés ni alemán ni eslovaco: era un andaluz llamado Facundo González. Pensé que el algoritmo buscacompañeros del Hotel Piast no funcionaba como yo había pronosticado —¿quizás solo tendría en cuenta la nacionalidad?—, pero no le di más vueltas al asunto. Hasta que llegué a Cracovia.

Al atravesar las puertas automáticas de la terminal, allí estaba Facu. ¿Cómo demonios sabía él qué día y a qué hora llegaba a Cracovia si no habíamos hablado antes? Pues no lo sé. ¿Y cómo podía identificarlo yo si tampoco lo había visto nunca? Pues porque sujetaba un cartel que decía "Bienvenido a Cracovia, Guillermo".

—Hola, Guillermo. Soy Facundo González, pero mejor llámame Facu. Vamos a ser compañeros de habitación, mi cama es la que está junto a la ventana. Espero que hables inglés de verdad, porque yo no tengo ni papa. No sabes cuánto me costó a mí llegar hasta Cracovia cuando aterricé, tuve que llamar a mi madre para que me ayudara a comprar el billete de autobús. Por eso he venido a buscarte al aeropuerto. Y también espero que cocines bien, y no solo con wok, que llevo dos semanas aquí alimentándome a base de sopas instantáneas y pollo. Como se entere mi madre... Eso sí, unas veces es pollo del KFC y otras lo frío yo mismo en la cocina del Hotel Piast, que también fue difícil de encontrar.

Intenté hacerle entender que no me llamaba Guillermo, que me llamo como me llamo aquí y en la China Popular, en español, en chino o en inglés, con mi acento catalán o con su acento andaluz. No lo logré: fue imposible que pronunciara mi nombre. Para agilizar la comunicación, tiré la toalla:

—Mira, mejor llámame Javier —le dije—. Call me Javier. Así me llaman algunas personas.

—Vale. Pero ¿por qué Javier?

—Es una larga historia. Otro día te la cuento.

—Vale, Javier.

Aquel primer día en Cracovia y Polonia, conocí a Facu de verdad: además de ser monolíticamente monolingüe, lo que le gustaban eran las suecas y las francesas, el manga y el anime, los videojuegos y no pegar palo al agua. Ah, y las mentiras. No lo critiqué, porque yo también había exagerado un poco mi perfil en el buscacompañeros del Hotel Piast. Aunque no mintió en una cosa: Facu sí era estudiante de Historia. Gracias a él aprendí mucho sobre Polonia y sus monarcas, así como de François Rabelais. De hecho, aprendí todo esto en un solo día: el trayecto en autobús del aeropuerto al centro de la ciudad duraba casi una hora. El monólogo de Facu, más:

—¿Sabes, Javier? Hay muchas cosas de François Rabelais que no quieren que sepamos. Pero están ahí, basta con abrir un libro o la Wikipedia para encontrarlas. ¿Quieres que te cuente? ¿No? Seguro que sí. Pues resulta que Rabelais fue un eminente humanista que se codeó con los más eruditos de su época, incluido Erasmo de Róterdam. ¿Quieres que te cuente más? ¿Todavía no? Bueno, Rabelais fue franciscano, pero la censura y la austeridad de la orden lo llevaron a hacerse benedictino. ¿Sigo? Da igual: luego se cansó de la vida monástica y se fue a París a estudiar, como nosotros, los rabelais, sus herederos. ¿Quieres que continúe? No importa: Rabelais estudió Medicina y se hizo profesor y doctor de los de verdad, de Medicina. Ah, y también tuvo un par de hijos. Pero, por encima de todo, lo que no quieren que sepamos es que Rabelais escribió. Escribió literatura, sí señor. Ahora quieres que te cuente más, ¿eh? En 1532 publicó una novela titulada Pantagruel, tan polémica que Rabelais necesitó esconderse tras un seudónimo, Alcofribas Nasier. Supongo que ya habrás notado que era un anagrama de su nombre, ¿no? Reordena las letras y te darán François Rabelais. ¿Qué, te cuento más? La novela estaba protagonizada por un gigante, Pantagruel, padre del gigante Gargantúa. ¿No has oído hablar de Gargantúa y Pantagruel? Del adjetivo pantagruélico supongo que sí... Pues Rabelais decidió escribir la novela para consolar a sus pacientes; el gigante disfruta de los placeres sensuales que a los enfermos les estaban prohibidos: comida, vino, banquetes, sexo. A la iglesia no le gustaba el humor irreverente y escatológico del libro, como te imaginarás. Pero la novela no se la inventó Rabelais él solito: tomó la idea prestada de una obra anónima que habla de otro gigante, Gargantúa. El prohombre francés hizo que Pantagruel fuera hijo de Gargantúa y, después, ni corto ni perezoso, escribió también la novela Gargantúa. Reescribió la novela anónima que antes había imitado, ¿qué te parece? Durante el Renacimiento la copia y la imitación eran la norma. ¿Qué es el Renacimiento sino un plagio de la Antigüedad? Pero todavía hay más cosas que el Programa Rabelais nos esconde. ¿Que pare? No, no, el autobús todavía no para, aún falta un poco para llegar a Cracovia. Como te iba a diciendo, ¿sabías que las novelas de Gargantúa y Pantagruel continúan la tradición de la literatura goliardesca? ¿Tampoco sabes quiénes son los goliardos? No pasa nada, yo te cuento, tranquilo. Los goliardos aparecieron un par de siglos antes que Rabelais, en las universidades que la Edad Media estaba pariendo por toda Europa. Los goliardos eran clérigos, profesores y estudiantes, gente de cultura y universidad, pero que tenían un estilo de vida... digamos que diferente. Les gustaba la buena vida y no lo escondían: el vino, las tabernas, las comilonas, las bromas, el amor, el sexo, la alegría, el juego, la sátira del poder y en general el goce sensorial. Nada raro hoy en día, ya, sin embargo en el Medievo no era tan común. Eran gente culta, pero a los cultos también nos gusta divertirnos y ser un poco canallas, ¿no? También criticaban duramente la jerarquía eclesiástica y su corrupción y, cómo no, a su líder, el papa. Como buenos hombres de letras, escribían cantos sobre estos temas, que entonaban mientras se entonaban o hacían gamberradas: la literatura goliardesca. Has oído hablar de Cármina Burana, ¿no?, pues son poemas goliardescos. En vez de "por los siglos de los siglos", sus poesías decían "por las copas de las copas", o "venid y bebamos" en lugar de "venid, adoremos". Pero, ojo, muchos goliardos eran clérigos también, por eso con sus burlas no querían cambiar radicalmente el sistema sino solo reformarlo. Aunque a la Iglesia tampoco le gustaba esta crítica, claro. En fin, que el humor de Rabelais es muy similar al de los goliardos, igual de ácido, y su hedonismo también es clavadito. "Recoge su tradición", dice la Wikipedia, como si la tradición fuera un par de revistas desperdigadas por el suelo. Obviamente, el Programa Rabelais no habla en ningún momento de todo esto. El Programa no nos dice que nosotros, los jóvenes rabelais, somos los descendientes de los goliardos: estudiantes itinerantes y borrachuzos, amantes de los libros y de las fiestas por igual, bromistas, vividores, fraternales y enamoradizos. Para el Programa, los rabelais solo somos el futuro de Europa, las abejitas que esparcirán su polen transnacional y pacífico. El himno de Europa debería ser "O Fortuna" de Carl Orff, adaptación de las Cármina Burana de los goliardos, y no la "Oda a la alegría" de Beethoven. Te estarás preguntando que cómo sé tanto, ¿no?, porque estudio Historia pero no lo sé todo, claro. Pues lo acabo de leer en la Wikipedia, en el viaje de ida al aeropuerto; estaba bien aburrido, suerte que ahora tengo compañía. Cómo son las cosas de la información: está disponible para todos, pero nadie la lee. Oye, Javier, ¿te has dormido? No me extraña, llevas unas cuantas horas viajando.


Me dio mucha rabia comprobar en la Wikipedia que Facu no mentía en nada de lo contado. Todo escritor detesta que se le recuerde su ignorancia.

A pesar de que le dije que no era necesario, Facu fue mi primer guía de Cracovia (el segundo sería Mateo). A la mañana siguiente de mi llegada, me acompañó al centro de la ciudad, porque necesitaba acercarme a las oficinas del Programa Rabelais en la Universidad Jaguelónica; tenía una reunión con mi tutor. Con Facu paseé por primera vez por Rynek (la plaza mayor o del mercado, me tradujo Facu). Allí me mostró la estatua del poeta polaco Adam Mickiewicz (muy patriótico, me explicó), la basílica de Mariacki (o de Santa María, me aclaró), el Sukiennice (o Lonja de los Paños, porque antes era un mercado de telas, me ilustró) y La Cabeza. La estatua de La Cabeza era, como su nombre indica, una cabeza: de bronce y apaisada, mediría unos tres metros de largo. Estaba hueca y los turistas y los niños se metían dentro y asomaban por las cuencas de los ojos: cucú... ¡tras!, y ya tenían una foto de recuerdo. La Cabeza era el punto de encuentro para todos, tanto cracovianos como rabelais y expatriados o inmigrantes; las noches de fiesta empezaban siempre a su lado.

—Yo que tú no me metería, Javier. Si quieres luego en la residencia puedo hacerte un montaje fotográfico y poner tu cabeza saliendo de los ojos de La Cabeza. Los extranjeros no saben que las noches de fiesta también acaban aquí: todo quisqui se mea dentro. Los turistas y los rabelais porque están borrachos y no hay lavabos cerca; cuando sale el sol, la orina internacional aún gotea. Los polacos, en cambio, se mean por motivos históricos; su pis es más bien reivindicativo. Hablando de pis: ¿sabes que uno de los partidos políticos de la Polonia democrática se llama PiS? Su nombre significa Ley y Justicia. Y precisamente el pis de los polacos es muy justiciero, incluso vengativo. Cómo son las cosas de la lengua y la historia. En fin, ¿quieres que te cuente por qué se mean los polacos en La Cabeza? ¿No? Seguro que sí. Pues resulta que hace muchos años, durante el comunismo, La Cabeza no era solo una cabeza sino un cuerpo entero. La Cabeza era la cabeza del Gran Soldado Comunista, un gigante de quién sabe cuántos metros de altura. Un monumento comparable al Cristo Redentor de Río de Janeiro. ¿Quieres que te cuente más? ¿Todavía no? Bueno, ese soldado comunista era un regalo de Stalin al pueblo polaco por haberse hecho comunista, aunque no tuvieron muchas opciones, la verdad. Algunos dicen que la estatua vino desde Moscú transportada por decenas de camiones, pero es mentira: de Rusia solo trajeron el bronce. En realidad la fundieron en Cracovia, ¿sabes?, lo que pasa es que no quieren que se sepa. Más concretamente en Nowa Huta, el barrio obrero de la ciudad. ¿Tampoco has oído hablar de Nowa Huta? Un día te llevaré, he leído mucho al respecto. Sí, sí, claro que hace falta, Javier, si nos lo pasaremos muy bien. Pues la ciudad de Nowa Huta, que ahora es un barrio de Cracovia, fue construida alrededor de la planta siderúrgica Vladimir Lenin, que ahora se llama Tadeusz Sendzimir y creo que ya está cerrada. Entonces Nowa Huta era un paraíso obrero: con parques y casas de vecindad y calles monumentales y paralelas, trazadas con escuadra, cartabón y materialismo dialéctico; ahora es más bien decadente. En fin, que en esa fábrica se fundió el bronce que mandó Stalin para crear la estatua del Gran Soldado Comunista. La idea original era ponerla en Rynek, justo donde ahora está La Cabeza, pero pesaba demasiado. Así que la dejaron en Nowa Huta, en Plac Centralny, la plaza central. El Gran Soldado Comunista era tan alto que ensombrecía los edificios de alrededor. Pronto empezaron a correr rumores por Nowa Huta de que en la cabeza del Gran Soldado había vigilantes. Se decía que la policía secreta se asomaba a los ojos para controlar a los vecinos traidores. La paranoia, infundada o no, se extendió en seguida: se murmuraba que con sus prismáticos soviéticos los guardas podían espiar Nowa Huta y Cracovia. Desde la cabeza que todo lo ve, te podían pillar conspirando o follando, no importaba. Una noche, alguien decidió protestar: se meó en las botas del Gran Soldado, porque no se podía subir hasta la cabeza. Como los vigilantes estaban atentos al resto de la ciudad, no se dieron cuenta de la insignificante gamberrada del borracho. A partir de entonces, cada noche meaba o cagaba alguien diferente, muy a menudo en grupo, a pesar de que los polacos son más bien recatados. Al final se convirtió en una tradición popular evacuar en las botas del Gran Soldado. Por entonces los guardias de la cabeza ya notaban el olor del descontento ciudadano, pero no se pudo dar marcha atrás: no era posible detener a todos los meones y cagones de Cracovia y Nowa Huta. A los que pillaban los obligaban a limpiar las inmundicias, aunque en seguida volvían a cubrir las botas. Qué escatológico, ¿no?, parece una novela de François Rabelais, con gigante y todo. Pero esto pasó de verdad. Por cierto, seguro que has oído hablar de Karol Wojtyła. Sí, sí, el papa polaco. Pues antes de ser papa, Juan Pablo II fue arzobispo de Cracovia, en los sesenta, y participó en muchas protestas religiosas contra el régimen. El gobierno comunista era muy poderoso, pero la popularidad del arzobispo era tal que nadie pudo evitar que él, el futuro papa, se meara en las botas del Gran Soldado Comunista. Ya sabes lo que dicen: caga el rey, caga el papa, de cagar nadie se escapa; bueno, del papa polaco solo sabemos que miccionaba. Su meada fue sin duda la más famosa de las muchas que recibieron las botas del Gran Soldado. Por desgracia, la censura comunista eliminó todas las fotografías del acto, aunque en Cracovia se dice que Dios dotó a Karol Wojtyła mejor que a nadie. Muchos años más tarde, cuando cayó el comunismo y el papa ya era papa, los cracovianos decidieron deshacerse de la ominosa y olorosa estatua. Con la democracia, debían caer los antiguos ídolos, en este caso literalmente. Primero, decapitaron al Gran Soldado; dicen que el batacazo de la cabeza contra el suelo se oyó desde el centro de Cracovia. El resto del cuerpo lo fundieron en la fábrica para hacer unas cuantas campanas, excepto las botas, destruidas de tan apestosas. Obviamente, la cabeza la conservaron porque no se podía olvidar el terrible pasado comunista. Por eso La Cabeza está en Rynek: para que todos los polacos recuerden aquellos días funestos. Lo malo es que se acuerdan demasiado y se siguen meando dentro. Cuando aún estaba vivo, el papa les pidió a los cracovianos que dejaran de hacerlo, pero no le hicieron mucho caso.

Cuando terminó, le dije a Facu que tenía que reunirme con mi tutor del Programa Rabelais y lo dejé allí plantado, junto a La Cabeza. Asimismo decidí que aquella sería la última vez que escucharía uno de sus monólogos, a menos que quisiera perder el juicio.

Era mi segundo día en Cracovia y acababa de entrar en la primera fase de mi relación con Facu: la preservación de nuestra convivencia sin menoscabo de mi cordura.

Me había matriculado como estudiante en varias asignaturas de historia y literatura polacas y europeas, pero también había solicitado impartir un curso como profesor. Pese a que yo nunca había enseñado, cumplía los requisitos mínimos del programa para nuevos profesores: era joven, europeo y tenía una carrera. Gracias a esto, se me permitió enseñar literatura española en la Universidad Jaguelónica, aunque no iba a cobrar por ello más que la beca Rabelais. Introducción a la Literatura Española del siglo XX, así se titulaba mi curso; sería muy corto, solo diez sesiones, pero lo había preparado con mucha motivación en Barcelona. Perdido por los vacíos pasillos de la facultad de filología de la Universidad Jaguelónica, mi cabeza se iba llenando de fantasías de profesor: los autores y los textos que analizaríamos y comentaríamos, las ingeniosas pero espontáneas interpretaciones, las agudas referencias a la historia y la sociedad españolas, las críticas sectarias hacia este o aquel escritor, la sonrisa tímida que mis labios formarían cuando alguien alabara la inteligencia y los conocimientos de aquel joven profesor, incluso me imaginé hablando de mí mismo en clase: yo, presente y futuro de la literatura universal, auténtico heredero de Rabelais y de Onetti y blablablá. Sin duda, aquello quedaría muy bien en mi currículum de escritor, junto a mi fracasada novela con seudónimo y el blog De mí me río: Profesor de Literatura Española en la Universidad Jaguelónica de Cracovia.

Al entrar en su despacho, mi tutor me recibió con expresión funesta:

—Lo siento, pero finalmente tu curso de literatura española no se abrirá. Al principio había muchos estudiantes inscritos, pero se desmatricularon en seguida cuando supieron que había que leer libros. Lo siento mucho, de verdad.

Recibí el golpe con tanto estoicismo como pude: mi aventura cracoviana no empezaba muy bien. Por suerte, no había ningún otro cambio y sí podría asistir como estudiante a las asignaturas de las que me había matriculado. Taché mentalmente el sintagma "Profesor de Literatura Española" de mi currículum de escritor y me conformé con lo que ya tenía. Además, me dije, así tendría más tiempo para trabajar en mi vocación literaria.

Uno de los cuentos que estaba preparando entonces incluía la historia de La Cabeza que le acababa de escuchar a Facu. Cuando de regreso en la residencia le expliqué que era o quería ser escritor, que ya había publicado una novela fracasada y que tenía un blog, se rio de mí:

—¿Escritor? Solo los tontos quieren ser escritores. Deberías dedicarte al mundo del cine o de los videojuegos, que es mucho más rentable. Además, todo el mundo conoce la historia de La Cabeza. ¿Por qué repetirla?

Tuve que darle la razón en esto último. Todo escritor detesta que se le recuerde su ignorancia.

La literatura no era una de las aficiones de Facu, definitivamente. Como mucho, podía llegar a interesarle lo que leía en internet, porque tenía cierto halo de misterio y conspiración; pero ¿para qué abrir los libros, más largos, tediosos y oficialistas? Así, más que la afición, la pasión de Facu eran los videojuegos. Si yo había ido a Cracovia a escribir y no a estudiar, Facu había ido a jugar. Más que una pasión, era una verdadera vocación: ojalá yo le hubiera dedicado tantas horas a la escritura. Cuando no dormía, se pasaba la mayor parte del tiempo jugando sin parar al World of Warcraft; su vida cracoviana era una maratón continua de vicio en línea. Si en casa su madre lo controlaba con el celo de los vigilantes de La Cabeza, en el Hotel Piast nadie le preguntaba qué hacía, y el Programa Rabelais ni siquiera comprobaba la asistencia a clase. Por otro lado, en el World of Warcraft Facu representaba todo lo que no era en la vida real: un tipo sociable, trabajador, con iniciativa y capaz de dirigir un equipo. Era el líder de un importante clan de World of Warcraft y cada mes se ganaba un salario extra jugando, sobre todo vendiendo oro virtual (lo cual, unido a la beca Rabelais y a su vida monástica, le permitiría ahorrar bastante). Aunque yo envidiaba su sobresueldo, no me habría molestado tanto si no hubiera hablado constantemente por el micrófono del portátil: les comunicaba a sus compañeros de juego órdenes autoritarias, nunca negociables; lo peor era escuchar su grito de guerra:

—Soy español: ¿a qué quieres que te gane?

Pese a que me había prometido salvaguardar la convivencia, me tuve que convertir en el único que de vez en cuando le llevaba la contraria: su hiperactividad jugadora no me dejaba escribir, de día, ni dormir, de noche. También hay que ganar a los chinos y a los americanos, ¿no?, me decía. La tercera noche que me despertaron los clics compulsivos del ratón inalámbrico y los gritos dictatoriales, le pedí que parara, que durmiera o que jugara en el comedor de la residencia. Me contestó que solo lo haría si yo cocinaba para él.

Creo que aquí empezó la segunda fase de mi relación con Facu: el enfriamiento de las relaciones diplomáticas.

La rutina de Facu consistía básicamente en dormir, jugar, cocinar y comer pollo o sopas instantáneas, jugar más y de vez en cuando asearse y salir a comprar. A pesar de ser un rabelais, no iba nunca a clase porque no entendía nada (la lengua vehicular era el inglés). Pero su versión de los hechos era diferente: en la uni solo quieren inculcarnos la versión oficial, luego ya la estudiaré para el examen. Para mí, estaba claro que no era más que una excusa sofisticada que escondía una gran pereza. Porque, para Facu, la información solo era un medio, nunca un fin: datos para defender un argumento, estadísticas para someter a su interlocutor, estrategias para vencer a un rival virtual.

En general, Facu tampoco salía demasiado de noche. No es que yo fuera un goliardo paradigmático, pero en Cracovia era inevitable ser arrastrado por el remolino nocturno. Aunque por culpa de Facu no logré escribir ni una sola línea, gracias a él me convertí en un estudiante aplicado y en un ser bastante sociable: cualquier excusa era buena para salir de nuestra habitación (ya hablaré en otro momento de mis fiestas rabelais y demás). En Facu, en cambio, solo predominaban dos apetitos goliardescos: el juego y el sexo. Puesto que era más difícil saciar el segundo, se conformaba con abusar del primero. De vez en cuando, sin embargo, me seguía a alguna fiesta rabelais. Sus aptitudes sociales eran nulas y no estaba demasiado interesado en trabar amistad con nadie. Tuve el sádico placer de ver cómo Facu trataba de ligar en inglés con una sueca: su limitado lenguaje lo estrelló contra los límites de su mundo. En seguida se rindió y se concentró en la comunidad hispanohablante, sobre todo en los abundantes españoles. Lo conocían por sus discursos enciclopédicos, pero también por ellos era rehuido como un apestado.

De hecho, en el poco tiempo que viví con él no le conocí ningún amigo ni interacción social que no fueran online. Además de con sus compañeros de clan, hablaba por Skype con su madre dos o tres veces por semana. Las conversaciones maternas duraban unos treinta minutos y Facu tenía siempre los brazos levantados. Parecía que desde el otro lado del portátil alguien lo estuviera apuntando con una pistola virtual: manos arriba, esto es un atraco, danos todo tu oro virtual y no te pasará nada. A la tercera conferencia que presencié, tuve que preguntarle por qué los levantaba.

—Pues porque mi madre no se fía de mí, Javier. Por eso quiere verme las manos, para asegurarse de que no estoy jugando al World of Warcraft mientras hablo con ella. ¿Te parece bonito que una madre desconfíe así de su hijo?

A pesar de esto, la madre no lograba controlar mucho al hijo: los miles de kilómetros que los separaban permitían que Facu le mintiera sistemáticamente. Por Skype le decía que iba siempre a clase, que estaba haciendo muchos amigos (de todos los países, mami), que aprendía mucho inglés, que había visitado muchas ciudades polacas (Varsovia no merece la pena, Gdańsk es genial) y europeas, que tenía una novia francesa (se llama Julie, es un encanto) y que se llevaba genial con su compañero de habitación (es catalán, pero no pasa nada) y los vecinos de la residencia. Para evitar que ella fuera a visitarlo a Cracovia y le desmontara el simulacro y la buena vida, Facu exageraba el frío de la ciudad y la antipatía de los polacos, inventaba restricciones de viaje y problemas diplomáticos de escala internacional. Aunque al principio me fascinaba escuchar los disparates del hijo y la ingenuidad de la madre, pronto comencé a sentir pena por ambos; cuando conversaban, yo salía de la habitación.

Me costó unas cuantas semanas más alcanzar la tercera y última fase de mi relación con Facu: la ruptura total y la mudanza.

Como no había conseguido dar clases de literatura española en la universidad, no estaba escribiendo nada, la vida nocturna me arrastraba demasiado y no tenía muchas obligaciones de estudiante, me propuse buscar trabajo. Así fue como empecé a trabajar de profesor de español para extranjeros, por una mezcla de aburrimiento y de necesidad. ¿Quién me iba a decir que aquel trabajo acabaría dándome tantas satisfacciones? Así fue también como llegué a la escuela de la directora cubana y conocí a Mateo y a los demás. Y así fue como dejé de vivir con Facu.

Una tarde, en la sala de profesores, estábamos hablando de los lugares más turísticos de Cracovia, porque el mexicano iba a recibir una visita. Mencionamos los barrios de Kazimierz y de Nowa Huta, museos, bares y restaurantes del centro, el campo de concentración de Auschwitz y las Minas de sal de Wieliczka. En algún momento, se me ocurrió contarles la historia de La Cabeza. No olvidé ni un detalle: el Gran Soldado Comunista, Stalin, los vigilantes, las meadas y las cagadas, el papa Juan Pablo II y la decapitación de la estatua.

—¿Quién te ha contado este disparate, catalán? A esta historia solo le falta un pelo del coño  y una impresora estropeada para ser perfecta. La estatua de la cabeza se llama Eros vendado y representa a Eros, el dios griego del amor. La hizo un artista polaco hace diez o quince años.

Me dio mucha rabia comprobar en la Wikipedia que Facu no decía la verdad en nada de lo contado. Todo escritor detesta que se le recuerde su ignorancia, me repetía con envidia mientras empezaba a buscar piso.

martes, 14 de junio de 2016

Mateorías (7)

(Capítulo 7 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Siete

Muchos años atrás, antes de ir a ver el Barça-Madrid con Mateo y de recibir sus cuatro postales, cuando todavía vivía en Barcelona y no habría podido situar Polonia en el mapa ni nombrar su capital, justo en la época en que la pubertad obstruía todos los poros de mi piel, estaba desarrollando mi vocación literaria. Mi vergonzosa vocación literaria. Mi vocación literaria secreta. Mi fracasada vocación literaria. Bueno, al principio solo era mi vocación literaria inconsciente.

Se sube el telón y se ve a un chaval granujiento y gordito en el instituto, sentado a su pupitre. Es la última clase antes de las vacaciones y el profesor de lengua y literatura, en un arrebato de optimismo y creatividad, les da al chaval y a sus compañeros deberes de verano. Les entrega un centenar de fotocopias malgrapadas y les dice que ahí dentro hay algo mucho mejor que la televisión, los videojuegos, internet, las pajas, las sectas, el cine, los ordenadores, la música y las drogas. Por unos instantes, los adolescentes conservan la esperanza de que no sea un farol pedagógico más; el bochorno de julio y la inminencia de la libertad veraniega los engañan, como un oasis. En cuanto hojean un poco las fotocopias, sin embargo, se desilusionan: son putos cuentos, dice uno de los estudiantes. Sí, son cuentos, confirma el profesor, es literatura, quiero que este verano leáis. La mayoría de las fotocopias termina en la basura más cercana al instituto, claro. No obstante, el gordito de los granos se las lleva a casa y, por inverosímil que parezca, las lee. Los relatos le duran casi todo el verano y no entiende mucho, pero lo apasionan. Antes de que empiece el curso de nuevo, esconde las fotocopias en una caja de zapatos bajo su cama, dentro de una revista porno, no vaya a ser que sus compañeros se las encuentren.

Se baja el telón. Cucú... ¡tras! Ese chico era yo; este es el inicio de mi autobiografía literaria. Y el profesor de lengua y literatura se llamaba Leopoldo o Leo, más conocido como Yono Leo. ¿Has leído el poema? Yo no, Leo. ¿Es que no lees nunca? Yo no leo. Pese al mote que le pusimos, merece un nombre propio en esta historia y una estatua con pedestal en el museo de mis maestros, junto a la de Mateo.

De entre los cuentos que nos entregó Yono Leo, el que más me gustó fue con diferencia "El infierno tan temido" del uruguayo Juan Carlos Onetti. Su estilo era demasiado complicado para mí, enrevesado y barroco: lo leí de pe a pa sin enterarme de nada. A pesar de esto, encontré un gran interés en la perversión de escribir para no ser entendido y el título me cautivó; ambos elementos cuadraban con mi turbulento e incomprendido yo adolescente. Cuando empezó el curso y Yono Leo nos preguntó qué cuento nos había gustado más, se hizo un silencio sepulcral de manual. Todos esperábamos la consabida broma, pero levanté la mano y contesté: "El infierno tan temido". Y tan jodido, replicó un listillo. Tras las risas, Yono Leo le dio la razón al listillo: es un cuento bien jodido, sí, y luego nos soltó un sermón literario impulsado por una pasión inaudita, del que solo recuerdo una anécdota sobre Onetti (pasó sus últimos años encerrado en casa sin salir de la cama) y la conclusión ("El infierno tan temido" es una jodida obra maestra).

Una semana más tarde ya me había olvidado del cuento, del sermón de Yono Leo, de la vida camera de Onetti y de lo demás, incluso de que el profesor había empleado dos veces la palabra jodido. Pero mi vocación literaria se estaba gestando en las cenagosas profundidades de mi inconsciente quinceañero, una eficiente factoría de represión, pulsiones y complejos. ¡Pobre Yono Leo! Ahora entiendo cuán frustrante puede llegar a ser su trabajo a causa del pasotismo estudiantil. Sin embargo, como buen profesor, él lo recordaba todo; por eso, cuando se elaboraba la revista del instituto, Yono Leo me propuso escribir un cuento. No supe decirle que no; tampoco me di cuenta de la importancia de aquel trascendental momento, pero de pronto recordé la anécdota de Onetti, viviendo en la cama, y me pareció un futuro bastante bueno. Me dio unos cuantos consejos y unas semanas de margen, tras las cuales le entregué un relato: "El intento tan tímido". No lo he conservado y no es necesario ni decoroso tratar de evocarlo; basta decir que era un texto muy autobiográfico y que el homenaje o plagio de Onetti era descarado (y no sería la última vez que haría esto). No me arrepentí de nada hasta que Yono Leo me ordenó leerlo frente a toda la clase. Yo no leo, le contesté, yo no, Leo, le imploré; él me sonrió y me empujó delante de mis compañeros. Resignado, adopté un tono serio e intenté mantenerme impasible a las cuchufletas.

—¡Maricón!

—¡Gordinflón!

—¡Poetón!

Botifler! ¡Traidor! ¡Renegado! —el cuento estaba escrito en castellano y no en catalán.

—¡Maravilloso! —mintió Leo.

Tras las risas, mi arrepentimiento fue absoluto. Le supliqué a Yono Leo que no publicara el relato en la revista del instituto. No es un buen cuento, pero es un buen primer cuento, me dijo, y unos días después todo el mundo leyó la revista y empezaron las verdaderas burlas. Durante el resto del curso, la creatividad de los insultos de mis compañeros no conoció límites; si un profesor de lengua y literatura los hubiera escuchado, se habría maravillado y horrorizado a partes iguales. Yo me decanté más bien por el segundo sentimiento, así como por la vergüenza. Escondí mi ejemplar de la revista del instituto en la caja de zapatos, junto a "El infierno tan temido" y tan agorero, debajo de varias revistas porno.

Un día, traté de compartir mi abatimiento con Yono Leo, que era quien me había metido en aquel embrollo, pero no supo o no quiso entenderme:

—No te preocupes, es tu primer cuento. Escribirás cosas mejores. Solo necesitas practicar. Sobre todo, lee mucho, lee sin parar. Lee hasta que te sangren los ojos. Lee en el autobús, en clase, en bicicleta y a pie, en el retrete y en la cama. Después, acuéstate y a la mañana siguiente sigue leyendo. Y cuando encuentres a un autor que te gusta, imítalo. Mejor aún: cópialo sin piedad. Como hiciste con Onetti. Este es el lema del gran escritor: lee sin parar y copia sin piedad.

Me dio una palmadita en la espalda y un libro. En la portada ponía Josep Pla; el nombre me sonaba, soporífero, de la clase de literatura catalana. Me instó a leerlo y a escribir, como Josep Pla, un diario. Un diario de escritor, recalcó Yono Leo, Josep Pla dice que es el primer paso para convertirse en un gran escritor, me aseguró. En ningún momento se me ocurrió decirle yo no leo. Aquella fue la primera de las muchas recomendaciones literarias que me haría Yono Leo.

Leí El cuaderno gris con desconfianza, pero pronto me fue enganchando y cuando llegué al final ya había olvidado la vergüenza pasada, pero no los consejos de Yono Leo. Cogí la libreta de biología del curso anterior y le arranqué las páginas llenas de pájaros y moluscos; en las sobrantes, comencé a escribir mi diario. Lo guardaba debajo de la almohada, para tenerlo más a mano. Así, casi cada noche, antes de acostarme, escribía alguna cosa que me hubiera ocurrido o, en su defecto, que se me hubiera ocurrido. Poco a poco fui creciéndome, página a página me decía que pronto sería un gran escritor, como Onetti, porque yo también escribía en la cama. La principal ventaja del diario era que nadie más que yo lo leía y, por tanto, nadie se podía reír de mí. Hasta que descubrí que mi madre lo había leído sin mi permiso. Deduje que lo había descubierto al cambiar las sábanas. En ningún momento me habló directamente de la lectura de mi diario, pero hizo una referencia a su contenido: aquella alusión fue una prueba suficiente. Sentí más bochorno que si hubiera descubierto mis revistas porno. Volví a arrancar las páginas escritas, esta vez llenas de verdades y de mentiras, y las hice trizas. La libreta quedó esquilmada, pero las páginas restantes conservaban las débiles marcas de mi escritura anterior, para siempre destruida. En vez de deshacerme de ella, la metí dentro de la caja de zapatos, junto a mis otras vergüenzas.

A partir de entonces, mi vocación literaria pasó a ser totalmente secreta. La vergüenza empapó todo lo que escribía —siempre a escondidas, preferiblemente de noche—. Adopté la costumbre u obsesión de hacer trizas los relatos y los poemas que no guardaba. El resto lo metía en el único lugar a salvo: la caja de zapatos bajo la cama, entre las fotocopias de Yono Leo y las revistas porno, aunque mis fracasos literarios fueron ocupando cada vez más espacio. Nunca hablé con nadie, ni siquiera con mi madre, de mi vocación literaria secreta. Ni mi familia ni mis amigos supieron de ella jamás, o al menos yo se la oculté tanto como pude. Tanto que, cuando años después decidí matricularme en una carrera de letras, mis padres me miraron más extrañados que horrorizados. Por suerte, no se opusieron.

Fue durante el primer curso de la universidad cuando volví a escuchar aquel título fascinante. En un ensayo, un famoso escritor latinoamericano decía que "El infierno tan temido" de Juan Carlos Onetti era una obra maestra. Sorprendido por el reencuentro literario, leí de nuevo el cuento y por primera vez lo entendí; supongo que tenía algo más de experiencia lectora y vital. Comprendí que el argumento de "El infierno tan temido" era bastante sencillo, aunque la forma fuera compleja. Un hombre llamado Risso empieza a recibir cartas de su ex, Gracia César, que contienen fotos de ella follando con otros hombres. Risso está solo y derrotado, cada carta —cada foto, cada polvo ajeno— lo hunde más; el lector entiende que fue él quien rompió con ella, por eso Gracia le manda esas fotos vengativas. No estropearé el final, brutal.

Con unos cuantos años de retraso, le di la razón a Yono Leo. Pero la consecuencia más importante de aquella segunda lectura fue asumir del todo mi vocación literaria: sí, yo quería ser escritor y escribir algo tan bueno como el cuento de Onetti. Lo leí y releí hasta la memorización, tratando de encontrar el fundamento de la atracción que ejercía en mí. Pasado un tiempo, llegué a una conclusión absurdamente clara: tenía que plagiar a Onetti de nuevo. Pero no copiaría su estilo, ya algo oxidado, sino su contenido. Escribiría un relato cuyo protagonista recibiera unas cartas misteriosas, igual que el personaje de Onetti, a poder ser con fotos ominosas. No me pareció una empresa tan difícil, así que me puse manos a la obra. Mi juventud e inexperiencia me armaron de la ceguera y de la voluntad necesarias para afrontar el reto. Sin duda, iba a escribir el relato que cambiaría el rumbo de la historia universal de la literatura. Yono Leo me volvería a felicitar, mis excompañeros lo harían por primera vez, mi nombre figuraría en los aburridos manuales de literatura de instituto, junto a Pla y Onetti, y una corona de laurel descendería del monte Parnaso, cual paracaídas, hasta posarse suavemente en mi testa, encajando a la perfección con mi cogote y mis orejas. Solo entonces sacaría la caja de zapatos y airearía el resto de mi maloliente obra. Como Onetti, habitaría para siempre en mi cama de escritor.

Tras unas semanas de intenso trabajo, me di cuenta de que no iba a ser tan fácil.

Mi segundo homenaje o plagio de Onetti quería ser una versión modernizada de su cuento; lo titulé "El internet tan temido". El protagonista, que no se llama Risso sino Rossi, se va de vacaciones con su novia, Dolores, a Budapest, donde pierde su cámara de fotos (yo había estado en la ciudad con mis padres y me pasó lo mismo, ganándome una bronca paterna a cambio de una idea literaria). Al regresar a Barcelona, Rossi deja a su novia por otra chica, su amante, y Dolores se escandaliza; Rossi no dura mucho con la nueva y se queda en seguida soltero. Un día, recibe un email con una foto misteriosa: es una de las fotos que sacó con su cámara perdida en Budapest. No entiende nada; aunque contesta el correo, no le responden. Una semana más tarde, le mandan otro email con otra de las fotos de su excámara. Sigue recibiendo fotos similares hasta que la undécima cambia el patrón establecido: muestra la entrada del hotel donde se alojaron y también a su exnovia; Rossi se inquieta, porque está seguro de que, a diferencia de las anteriores, él no sacó aquella foto. Llama por teléfono a Dolores pero no contesta, tampoco por Facebook; sus amigos le dicen que tras la ruptura se fue de mochileo por Europa, a encontrarse a sí misma o algo por el estilo. La foto adjunta al siguiente correo es aún más perturbadora: Rossi reconoce la habitación del hotel y la cama, así como la melena de su ex, desparramada sobre las sábanas, pero no logra identificar a quién pertenecen la espalda y el musculoso culo de su amante. Las fotos que siguen son cada vez más explícitas, pero nunca enseñan las caras de los diversos amantes, solo sus poderosos traseros. Las acrobacias sexuales también van in crescendo, la perversión alcanza cotas que Rossi no pudo imaginar en su relación con Dolores. Más que el odio, lo corroe la envidia: ¿por qué ella no fue tan fogosa con él? ¿Es que sus nalgas no son lo bastante atléticas? La ambivalencia de sus sentimientos hace que las fotos sean todavía más excitantes; no hace falta decir que Rossi se masturba una y otra vez viéndolas. Sin embargo, duda: ¿es posible que la Dolores de las fotos sea la mujer con la que él salió? Por otro lado, no sabe qué hacer con las fotos; siente que hay un importante mensaje oculto que debería descifrar, pero no lo consigue. ¿Se trata de una venganza de su ex? ¿Debería eliminar las fotos? ¿O mandárselas a sus amigos? ¿Y si se las envía a la familia de Dolores? ¿Y si las cuelga en Facebook?

Yo tampoco sabía qué hacer con el cuento. ¿Cómo podía darle un final adecuado a "El internet tan temido"? Estaba totalmente atascado en aquel relato muerto. Me armé de valor y se lo leí a mi novia de entonces para que me aconsejara, como en su momento había hecho Yono Leo; no le había leído a nadie ninguna de mis creaciones literarias desde el fiasco de la revista del instituto, excepto el fisgoneo materno de mi diario. Como era de esperar, a mi novia no le gustó nada: no son más que fantasías sexuales adolescentes, sentenció. Nuestra relación no duró mucho más; a diferencia del cuento, fue fácil encontrarle un final. Abandoné "El internet tan temido" en mi caja de zapatos, a rebosar de fracasos literarios. Aunque me frustró bastante, seguí escribiendo, pero dejé de lado mi fijación por las cartas misteriosas y las fotos perversas. Quizás mi exnovia tenía razón y aquello solo eran niñerías. Yo ya era un adulto, ¿no?

Al terminar la universidad, me tomé unos meses libres para dedicarme en cuerpo y alma a la escritura. Todavía era muy joven, pero lo consideré mi última oportunidad antes de ponerme a trabajar de verdad y dejar pasar definitivamente el tren de la gloria literaria, con sus cómodas camas y sus coronas de laurel. Escribí y corregí, reescribí, modifiqué y manipulé mi texto —esta vez no copié ni a Onetti ni a Pla— hasta que quedé bastante satisfecho con el resultado. Me salió una novela, o algo así. Más adelante hablaré con más detalle de ella y de su argumento.

La imprimí, la metí en un abultado sobre junto a una nota de presentación y se la envié a Yono Leo para que la leyera. Estaba seguro de que le encantaría mi novela y de que me ayudaría a publicarla; al fin y al cabo, él había sido mi maestro y mi primer lector. Poco después, recibí una escueta carta de su viuda como respuesta. Un ataque al corazón. En internet no encontré más noticia de su muerte que la esquela de la página web del instituto. Una visita al cementerio confirmó lo que no acababa de creerme. Sentí una pena inmensa y una vergüenza incomparable: nunca le había dado las gracias por nada a Yono Leo. Ni siquiera se me había ocurrido traerle flores. Tuve la certeza de que nadie, ni uno solo de sus estudiantes, le había agradecido jamás sus enseñanzas. Desde el cielo de los profesores, se estaría riendo de mí: yo no leo, me diría con sorna. Pero en seguida pensé que no, que aunque yo lo mereciera, aquel no era su estilo. Derramé unas cuantas lágrimas de amargura y de culpabilidad a los pies de su nicho.

Mi superstición me dijo que no lograría publicar mi novela recién escrita, pero lo que me esperaba era mucho peor. A pesar de todo, no me rendí. Esta vez, se la envié a un amigo para que se la diera a uno que conocía a otro que trabajaba en una editorial, y yo mismo les entregué un montón de fotocopias de mi novela a diferentes editoriales; también se la mandé a varios escritores que me gustaban. No sé si alguien la llegó a leer, pero un buen día recibí una carta: querían publicarme. Salté de alegría, aunque era una editorial menor y el dinero que me pagarían lo era todavía más. Me emocioné y, cuando pensé en Yono Leo, lloré de nuevo. La única condición que le puse a la editorial era que quería publicar mi novela bajo seudónimo: mis malas experiencias me habían hecho escarmentar, el mundillo literario era muy duro y no quería volver a sufrir las burlas de todo el mundo. Si la novela resultaba ser otro de mis fracasos, si todos los críticos decían que era una mierda pinchada en un palo, si los lectores decían que era más aburrida que ir a misa, siempre podía escabullirme y mantenerme al margen, olvidar la novela en mi caja de zapatos y no mencionar jamás aquel seudónimo humillante. Si, en cambio, triunfaba, daría un paso adelante para llevarme el mérito, diría que yo era una persona vergonzosa y que me daba miedo la fama, lo cual no era del todo falso, y terminaría mis días de gloria tumbado en una cama.

Mis predicciones no fueron nada acertadas: la novela no fracasó ni triunfó, sino que pasó totalmente desapercibida. Nadie habló de ella, apenas alguna reseña aficionada y más bien tibia en internet. Eché de menos las críticas de mi exnovia, la lectura furtiva de mi madre, el escarnio de mis compañeros de clase y sobre todo las alabanzas del difunto Yono Leo. Quizás había ingresado en el salón de la fama literaria, pero me habían destinado a una alhacena húmeda y oscura del sótano, donde no llegaban nunca ni lectores ni críticos, un rincón tan secreto como mi caja de zapatos. Me costó entender que en realidad aquel silencio era un fracaso rotundo, su peor versión.

En seguida traté de recuperarme y justificar mi enésima decepción literaria. Atribuí mi fiasco a haber publicado bajo seudónimo, a la crisis del sector editorial y a la económica, a los demasiados libros existentes, a la lengua utilizada (español), a la falta de interés por la literatura, etc. Sin embargo, la excusa que más me convenció, la que finalmente me creí y logró sacarme del bache creativo, estaba íntimamente relacionada con mi autobiografía literaria. En mi novela, ningún personaje recibía cartas misteriosas ni mucho menos fotos perversas. Sí se mandaba alguna que otra carta, pero casi no tenía repercusión en la trama. Mi fracaso me resultó evidente: me había desviado de mis orígenes como escritor: el cuento de Onetti. "El infierno tan temido", "El intento tan tímido" y "El internet tan temido": el homenaje o plagio de Onetti. Probablemente solo me estaba autoengañando, pero aquella mentira piadosa, aquella estúpida superstición literaria, volvió a insuflarme la motivación que necesitaba. Me prometí que en el siguiente proyecto en que me embarcara alguien recibiría cartas misteriosas.

En lugar de comenzar a escribir otra novela, empecé a escribir un blog. Poco antes de venir a Cracovia, abrí uno y lo titulé De mí me río (era mejor que me acostumbrara a reírme de mí mismo, sabiendo por experiencia propia que otros lo harían también). Fui publicando los relatos que se me ocurrían, lejanamente basados en lo que me ocurría, como había hecho en mi diario de escritor. Por primera vez, me atreví a firmarlos con mi nombre y no con un cobarde seudónimo. La repercusión de De mí me río fue nula —solo me leían mis amigos y mi familia—, pero al menos mi madre podía hacerlo sin esconderse. Para consolarme de nuevo, me dije que los cuentos del blog no era mi gran proyecto literario, solamente se trataba de un entrenamiento; además, en ninguno de ellos hablaba de cartas o fotos.

Antes de plantearme mi viaje a Cracovia, envié varias cartas pidiendo diferentes becas, porque necesitaba dinero para seguir escribiendo y no quería ponerme a trabajar. Solicité una beca literaria para escribir una segunda novela, otra para asistir a un curso de escritura creativa e incluso una beca para prolongar mis estudios en el extranjero —en vez de estudiar, escribiría—. Me las denegaron todas, excepto la que menos me interesaba. Así fue como recibí una beca Rabelais y terminé estudiando en Cracovia, primero, y trabajando de profesor de español, después, que a fin de cuentas es una profesión bastante literaria. El laberinto que me llevaría a Mateo estaba sembrado de fracasos, oportunidades perdidas, vergüenzas y casualidades más bien descafeinadas.

Ya en Cracovia, continué escribiendo relatos para alargar el índice de De mí me río, pero también asistí a las clases del programa Rabelais. En una de ellas, el profesor nos habló de un autor polaco llamado Sławomir Mrożek (que, casualmente, moriría un tiempo después, el 15 de agosto de 2013). Leí un par de libros suyos traducidos al español, aun así muy divertidos; el que más me gustó fue con diferencia El elefante, porque incluía un cuento maravilloso titulado "La esperanza", cuyo personaje principal recibe cartas misteriosas. Estas no contienen fotos sino hojas en blanco y persiguen a su destinatario allá donde va: se las envían a diversos lugares, no solo a su casa. El protagonista trata de dar una explicación lógica a las cartas y a las hojas en blanco —quién se las manda, qué significan—, pero no lo logra. ¡Qué gran hallazgo!, pensé con envidia. Aquel polaco de nombre y apellido impronunciables había escrito mi relato, la gran obra maestra que yo me había atribuido. A pesar del duro golpe que recibí, no me di por vencido: ya estaba acostumbrado a los fracasos. Sabía que, en la distancia enorme que había entre el cuento de Mrożek y el de Onetti, se encontraba la historia que yo escribiría algún día.

Durante mis primeras semanas en la ciudad, visité a un amigo que vivía en Ámsterdam y que también estaba estudiando gracias al programa Rabelais. Al despedirnos, mencionó que me mandaría un regalo y me guiñó un ojo. Al volver a Cracovia, mi compañero de habitación, Facu, me dijo que había recibido una carta y me guiñó un ojo. Venía de Ámsterdam. El sobre era bastante grueso: por dentro estaba forrado de plástico, para esconder el olor. Primero encontré una nota escrita a mano: "Viva la Europa sin fronteras". La carta no contenía mucha marihuana, pero fue suficiente para animar unas cuantas fiestas rabelaisianas. Más adelante, me llegó otro sobre exactamente igual de rechoncho y con el mismo contenido. Mi amigo de Ámsterdam me aseguró que me había mandado dos más, pero nunca las recibí. Me imaginé a un cartero vendiendo la marihuana y a un policía fumándosela, incluso al torpe Facu, mi compañero de habitación, intentando liar un porro. Nada de aquello era suficiente para escribir mi gran obra, ni siquiera para un relato breve en De mí me río.

La casualidad quiso que recibiera otra carta bien diferente unos días después. Ni yo ni Facu éramos los destinatarios, pero estaba dirigida a alguien que había vivido en nuestra habitación; no nos costó mucho deducir que debía de ser el anterior inquilino. Antes de entregársela a la portera de la residencia de estudiantes, se me ocurrió inspeccionarla al trasluz; la abrí en seguida. Nos resultó difícil decidir qué hacer con los 100 złotych que contenía: Facu quería que nos los repartiéramos, mientras que yo prefería devolverlos. Solo eran unos 25 euros, pero me parecía feo quedárnoslos, sobre todo porque contenía una felicitación de cumpleaños en polaco, firmada por una mujer; probablemente, la abuela de algún estudiante se había acordado de su nieto. El sobre rasgado, con los 100 zlotych dentro, se quedó unas semanas encima de mi mesa. Otro día, recibimos otro sobre igual: el mismo destinatario y la misma cantidad dentro, aunque esta vez contenía una tarjeta de Navidad. Durante un tiempo hubo dos sobres en la mesa, hasta que nos mandaron una tercera carta, con 100 złotych más, para celebrar el santo del exinquilino de la habitación. Como no estaba Facu, me apresuré a escribir una respuesta en inglés, metí los 300 złotych dentro y se los reenvié a su propietaria. Eran 75 euros, bastante dinero, pero pensé que había que ser honrado; al fin y al cabo, aquel país había tenido la delicadeza de acogerme. La señora me agradeció el gesto una semana después, con una carta que contenía un billete de lotería. No gané nada, pero obtuve una buena historia que contar. Sin embargo, no sabía cómo acabarla. ¿Me hacía amigo de su nieto? ¿Visitaba a la abuela? ¿O quizás descubría una oscura historia sobre el nieto: cocainómano, puto, traficante, coleccionsista de sellos? Nada, aquel era un relato muerto, como "El internet tan temido".


Cuando dejé la residencia de estudiantes y la habitación compartida con Facu, dejé de recibir cartas extrañas. En mi nuevo piso seguí escribiendo, pero no podía dedicarle tantas horas a mi vocación literaria, porque el trabajo de profesor de español ocupaba la mayor parte de mi tiempo.

Mucho después, Mateo me mandó una postal, la primera, desde Kiev; ya no volvería a Cracovia. Por un lado, la plaza de la Independencia de Kiev, con el monumento a la independencia, varios edificios y fuentes; por el otro lado, un texto: "Vuelvo a Madrid, no las he encontrado en Kiev. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

La segunda postal me la envió ya desde Madrid. Por un lado, el monumento a Cervantes de Alcalá de Henares; por el otro, un texto: "No he encontrado tu libro en ninguna librería madrileña, Javier Marías, tendrás que traerlo tú mismo. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

La tercera también me la mandó desde Madrid. Por un lado, la escultura de La dama del Manzanares: una cabeza de bronce enorme, con una corona metálica; por el otro, un texto: "En Madrid también tenemos una cabeza enorme que todo lo ve, catalán, como la de Cracovia. Es una escultura del Parque Lineal del Manzanares, hecha por un arquitecto barcelonés. Cuando vengas, te llevaré a verla y nos acordaremos de Facu. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Solo cuando recibí la cuarta postal, la más escueta y con la foto de Atocha, me di cuenta: Mateo y sus postales formaban parte de aquella serie de malentendidos literarios que atravesaba mi vida. Mateo y Yono Leo, Mateo y Onetti, Mateo y "El infierno tan temido", Mateo y Josep Pla, Mateo y mi diario, Mateo y "El internet tan temido", Mateo y mi novela con seudónimo, Mateo y De mí me río, Mateo y el programa Rabelais, Mateo y Facu, Mateo y Mrożek, Mateo y las cartas con marihuana, Mateo y el dinero de la abuela, Mateo y las clases de español, Mateo y Todo en Español, Mateo y J&J. Quizás una postal no tenía tanto glamur como una carta con una foto de tu ex follando o con una hoja en blanco dentro, pero en el fondo era lo mismo.

Compré la postal de Juan Pablo II y me senté en uno de los bares que solía frecuentar con Mateo para escribirle. Fui tan escueto como su última postal: "Este verano sí me bajo en Atocha, madrileño". Solo alguien que leyera nuestras mentes habría podido descifrar aquel o los anteriores mensajes.

Cuando días después me llamó desde Madrid, estaba leyendo en el sofá cama de mi piso cracoviano:

—No me jodas: ¿vienes a Madrid de verdad?

—Sí, puto madrileño. Acabo de comprar un billete Cracovia-Madrid. Me voy de Cracovia.

—Joder, ¿y eso?

—Voy a vivir en Madrid. Voy a escribirte.

—¿A escribirme otra postal?

—No, una novela.

—¿Otra novela?

—Sí, pero en esta aparecerás tú.

—¿Seré tu musa?

—Sí, mi muso.