martes, 25 de abril de 2017

Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona

El pasado 23 de abril, es decir, el Día Internacional del Libro o la Diada de Sant Jordi, como prefieras llamarlo, di una charla sobre Eduardo Mendoza y Barcelona en el Instituto Cervantes de Cracovia. La conferencia se titulaba Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona y lo que sigue, más que una transcripción, es su adaptación y ampliación.

Nos encontramos el susodicho domingo a la 13:30 en el salón de actos del Instituto Cervantes de Cracovia, cuya biblioteca se llama Eduardo Mendoza, ganador del Premio Cervantes 2016. El salón de actos es un espacio luminoso, a pesar de ser un sótano, gracias a las paredes blancas y a las sillas y suelo rojos; en algún momento de la charla propuse, entre bromas y veras, que rebautizáramos ese espacio como la cripta embrujada, para honrar una vez más a Mendoza, aunque no sé si el público tomó muy en serio mi sugerencia. Para mi fortuna, este era muy numeroso y muchas de sus caras me eran conocidas; estaba compuesto sobre todo de estudiantes y profesores de español, así como de otras personas relacionadas con la lengua y la literatura españolas. Me emocionó especialmente reencontrarme con un grupo de exestudiantes del gimnazjum donde trabajé hasta hace un par de años; su dominio de la lengua había crecido tanto como sus cuerpos: me sacaban una cabeza cada uno.

Como todo acto comunicativo que se precie (aunque solo sea un poco), empecé con una captatio benevolentiae, que no consistía en decir "eh, que empiezo ya, cojones", porque uno no es un personaje mendocino, sino en mostrar en la pantalla la siguiente imagen y preguntarles a los asistentes qué creían que significaba:

—¿Os suena alguno de estos nombres? ¿Son familiares? Efectivamente, son personas, pero ¿quiénes son exactamente? ¿Qué relación hay entre ellos? Sí, todos son escritores, muy bien. ¿Y por qué he dispuesto sus nombres de esta forma? ¿Cuál es esta forma? Porque en realidad esto que estáis observando es una obra de arte contemporáneo, por si no lo habíais notado, tan contemporánea es que la compuse la semana pasada, y por eso su forma es tan importante. Y por eso es difícil de interpretar, como todo el arte contemporáneo. ¿Qué forma tienen, entonces, estos escritores? Pues sí, tienen forma de dónut, tienen forma de pączek con un agujero en medio. Un pączek es un pastelito polaco fabuloso: un dónut sin agujero. De ahí que el título de esta obra de arte contemporáneo sea El dónut de la ciudad de los prodigios. ¿Alguien se atreve a interpretarla?

La última pregunta quedó en el aire, flotando sin respuesta.

Tras haber roto un poco el hielo, me presenté: me llamo Guillem González, gracias a todos por venir y al Instituto Cervantes de Cracovia por dejarme estar aquí. Les dije a los asistentes que iba a dar una charla titulada Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona. El sentido del título lo interpreté yo mismo: figuradamente, significa que voy a hablar de la Barcelona que Eduardo Mendoza describe en sus novelas; pero también puede interpretarse literalmente: Eduardo Mendoza inventó de verdad la ciudad de Barcelona. Las novelas barcelonesas de Mendoza inventaron, frase a frase, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo, la ciudad que hoy todos conocemos. Esta segunda parte de mi tesis es más arriesgada, espero saber defenderla.

A renglón seguido les pregunté a los asistentes qué habían leído de Mendoza y qué sabían sobre él. Comentamos que La verdad sobre el caso Savolta era una de las más importantes novelas de Mendoza, que había cambiado la historia de la literatura española; pero les dije que yo no hablaría de ella, por mucho que la acción del libro tuviera lugar en Barcelona. Tampoco hablaría de Barcelona modernista, ese maravilloso ensayo sociológico y artístico escrito al alimón con su hermana, Cristina Mendoza, ni de Una comedia ligera, sin duda una de sus mejores novelas, ambientada en la Barcelona del franquismo. Casi todos los asistentes conocían la serie del detective loco y Sin noticias de Gurb, de las que sí iba a hablar, pero la charla tenía que empezar con La ciudad de los prodigios.


La invención de la ciudad de los prodigios

A continuación proyecté y leí en voz alta una frase, el introito de La ciudad de los prodigios:
"El año en que Onofre Bouvila llegó a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovación."
Les dije que esta frase, como buena primera frase, es un fractal, es decir, que contiene a escala reducida toda la novela, es la novela en potencia. De hecho, esta frase contiene todavía más: la obra barcelonesa de Mendoza. Es un metafractal. En la frase se mencionan los dos protagonistas de la novela: Onofre Bouvila y Barcelona; en las otras novelas barcelonesas, hay también un personaje de carne y huesos (variable) y otro de hormigón (siempre Barcelona). El verbo llegó nos indica que Onofre Bouvila no es natural de la ciudad, sino uno de los miles de inmigrantes que van a Barcelona a medrar; como Gurb, como el detective loco, como el protagonista de Mauricio o las elecciones primarias y otros personajes mendocinos, todos extranjeros en la ciudad de los prodigios. El sintagma en plena fiebre de renovación señala la característica principal de la Barcelona de Eduardo Mendoza: es una ciudad siempre cambiante. No solo en La ciudad de los prodigios, también en Sin noticias de Gurb y en la serie del detective loco, pero es en la primera donde más cambios se perciben: el paso del siglo XIX al siglo XX. El narrador describe eventos tan importantes para la ciudad como el derribo de las murallas y la construcción de l'Eixample, que permitieron a sus habitantes vivir con algo más de dignidad, comodidad e higiene. Sin embargo, para mí el símbolo del cambio permanente de Barcelona es la Sagrada Familia: se empezó a construir en 1882, poco antes del inicio de la acción de La ciudad de los prodigios, y todavía siguen en ello. La Sagrada Familia es como el río de Heráclito: nadie visita dos veces la misma Sagrada Familia. Por tanto, tampoco podemos visitar dos veces la misma Barcelona.

El siglo XIX empieza a acabarse en Barcelona cuando Onofre Bouvila llega a la ciudad (1887), es decir, cuando se celebra la Exposición Universal (1888). Este evento dio sentido al derribo de la ominosa Ciudadela de Barcelona: en 1881 se inauguró el parque de la Ciudadela, que acogería la Exposición Universal. Gracias a esta gran feria, se crearon monumentos emblemáticos como el Monumento a Colón y el Arco de Triunfo, el pórtico de entrada al recinto de la Exposición.

A esa ciudad patas arriba, en plenas obras de construcción, llega Onofre Bouvila. En ellas trabajó el joven Onofre repartiendo folletos anarquistas con la candidez del que no sabe qué tiene entre las manos, y gracias a ellos aprende lo que es el anarquismo. Sin embargo, en seguida se desengaña y se desentiende de esta ideología; una frase lapidaria condensa el pensamiento de Bouvila:
"Los pobres sólo tenemos una alternativa, la honradez y la humillación o la maldad y el remordimiento."
Obviamente, Bouvila se inclina por la segunda opción y en el recinto en obras de la Exposición Universal la aplica: empieza sus primeros negocios al margen de la ley. Primero venderá crecepelo robado, luego trabajará para una organización criminal, en la que irá medrando, también se meterá en chanchullos políticos, pelotazos inmobiliarios y otras turbias actividades. Onofre Bouvila representa un tipo muy ligado a Barcelona y a cualquier gran ciudad: el arribista. El arribista es aquel que quiere escalar posiciones social y económicamente a costa de lo que sea, sin escrúpulos, sin importarle a quién hiere y qué ideales traiciona, pues su único ideal es llegar arriba. No hace falta darle muchas vueltas: la figura del arribista es una crítica al capitalismo, o al menos a una de sus consecuencias más negativas, es decir, la ambición sin límites. En La ciudad de los prodigios, Bouvila pasa de ser un muerto de hambre, sin oficio ni beneficio, a convertirse en el hombre más rico de España. Por el camino quedarán muchos perjudicados y no pocos cadáveres. Sin embargo, Mendoza no construye un personaje solamente malvado, sino humanamente malvado, logrando que el lector comprenda sus motivos e incluso que se identifique con él: Bouvila tiene remordimientos y otros sentimientos, y además con su gran imperio criminal y económico es un agente modificador de la fisionomía de Barcelona.

El segundo gran evento internacional que transforma la Barcelona de principios del siglo XX y que le pone fin a la novela, en el que también se ve involucrado Onofre Bouvila, es la Exposición Universal de 1929. Esta vez la Exposición se alojó en Montjuic, cambiando totalmente la apariencia de la zona y creando nuevos edificios y espacios, como la Fuente Mágica o el Teleférico del Puerto. Sin embargo, hay muchos edificios que se destruyeron tras ambas Exposiciones, pues habían sido construidos ad hoc y no tenían ningún sentido sin sus ocupantes temporales. Algunos se recuperaron luego, como el Pabellón Alemán de Mies van der Rohe, uno de los pocos que tenían valor arquitectónico real. Las cuatro columnas de Montjuic fueron derribadas por orden del dictador Primo de Rivera para que los visitantes no supieran nada del nacionalismo catalán; después fueron restituidas, en 2011, cuando la democracia las permitió. Durante los Juegos Olímpicos de 1992 se reprodujo otro edificio emblemático desaparecido: el Pabellón de la República, que representó a España en la Exposición Universal de París de 1937, en plena Guerra Civil, y alojaría el Guernica de Picasso, entre otras obras. Extraña mudanza, de París a Barcelona, ciudad de cambios, de más cambios y de recambios. Otra construcción, el Pueblo Español, ayuda a imaginar ahora cómo debía de ser entonces el resto de la Exposición: si el Pueblo Español, que contiene reproducciones reducidas de los grandes edificios de España, había de servir a los visitantes para hacerse en una sola visita una idea de cómo era el resto del país, los otros pabellones habían de dar una idea rápida a los visitantes de cómo era el resto del mundo. Ya que no les era posible visitar Francia, Alemania, Hungría, Suecia o el resto de España, al menos podían conocer su cultura superficialmente en sus respectivos pabellones. De alguna manera, estas exposiciones sustituían a los viajes de verdad, eran sus versiones low cost. Hoy en día ya no nos parecen tan interesantes, gracias a o por culpa de la globalización.

Todos estos cambios son reproducidos con precisión de historiador en La ciudad de los prodigios. Sin embargo, no se trata de una novela histórica al uso. Me explico: para mí, lo más interesante de La ciudad de los prodigios, y lo que hace de ella una novela tan moderna, no son los pasajes históricos, sino las mentiras que introduce Mendoza, sus invenciones. Ya en la primera página podemos leer lo siguiente:
"Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales."
¿De verdad está esto probado? ¿De verdad los habitantes quedaron maravillados por los elefantes que pasaban por ahí? Obviamente, no. Mendoza narra entre burlas y veras, combinando los hechos históricos con sus invenciones prodigiosas. Otro ejemplo, mucho más divertido, es la aparición estelar de Antoni Gaudí, presentado como un energúmeno marginado, que vive en la Sagrada Familia; según el narrador, los intrépidos aviadores que en aquella época empezaban a surcar los cielos en sus precarios aviones pasaban acrobáticamente entre las torres de la Sagrada Familia para demostrar su valentía; Gaudí se asomaba entonces por la ventana de una torre y les gritaba agitando el brazo amenazadoramente; esta imagen habría servido de inspiración para el King Kong cinematográfico que, encaramado al Empire State Building, ahuyentaba a los aviones que lo hostigaban. Una imagen delirante y genial, incrustada en la génesis de King Kong con la habilidad propia del hombre que inventó Barcelona, pero totalmente falsa. En La ciudad de los prodigios, Mendoza obliga al lector a dudar sobre lo leído y a posicionarse: esto me lo creo y esto, no. Ha de ser un lector activo, atento. Obviamente, cualquier lector se equivoca, hasta el más inteligente, o al menos eso me digo yo, que me equivoqué varias veces. Por ejemplo, di por totalmente inventado el zepelín que hace su aparición al final de la novela. Sin embargo, diversas fotos y textos de la época parecen confirmar que en la Exposición Universal de 1929 hubo una especie de zepelín, similar al dirigible de Onofre Bouvila. El hombre que inventó Barcelona consigue que hasta la realidad parezca fruto de su invención.

Cuando en 1986 se publicó La ciudad de los prodigios, el éxito de la novela fue inmediato y total, nacional e internacional. Algunos dijeron que La ciudad de los prodigios era el Cien años de soledad de Barcelona. Otros, que Barcelona tenía dos grandes monumentos: uno arquitectónico, la Sagrada Familia, y otro literario, La ciudad de los prodigios. La popularidad del sintagma la ciudad de los prodigios es sintomático del éxito de la novela, ya que se ha usado desde entonces para describir la ciudad, aunque por desgracia nunca ha sustituido a la ciudad condal. Los méritos del texto son muchos, por algo suele ser llamado la gran novela de Barcelona, pero quizás no son suficientes para comprender su fulgurante éxito: hay que echar mano del contexto. Pocos meses después de la publicación de la novela, Barcelona fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Hay algunas personas que en su momento dijeron que Barcelona fue seleccionada gracias a la publicación de la novela de Mendoza (no invento: leed Mundo Mendoza de Llàtzer Moix); otras matizaban: si no hubiera sido por La ciudad de los prodigios, nadie habría sabido situar Barcelona en el mapa. Yo me animo a llevar un poco más lejos la exageración: Eduardo Mendoza inventó los Juegos Olímpicos de 1992. No solo literalmente, sino también figuradamente: Mendoza entendió la importancia de las dos Exposiciones para la ciudad y supo captar esos años, construyendo un viaje de la Ciudadela (1888) a Montjuic (1929) que fue modificando las formas y el carácter de la ciudad. En casi 50 años, Barcelona cambió por completo, así como el resto del país: del Antiguo Régimen se pasó a una sociedad relativamente moderna y democrática, que culminaría con la llegada de la Segunda República (1931). Esta gran metamorfosis de la ciudad y de la sociedad tuvo su correlato en la Barcelona de 1986, el año en que se publicó La ciudad de los prodigios. Los cambios que viviría la Barcelona olímpica eran los mismos cambios que describió Mendoza: los Juegos Olímpicos confirmaron que España había acabado con éxito la Transición y que era un ejemplar satisfactorio de sociedad democrática, capaz de albergar un evento de estas características. Así que, de nuevo, un gran acontecimiento internacional había de cambiar por completo Barcelona, la ciudad inventada por Mendoza; si dentro del texto se pasaba del siglo XIX al XX, fuera se estaba abandonando el siglo XX y entrando en el XXI. El lector barcelonés que en los ochenta o noventa leía La ciudad de los prodigios se debía de dar cuenta en seguida de que las novelas históricas no hablan tanto del pasado como del presente.

Modifico la frase de apertura para adaptarla a mi tesis:
"El año en que se publicó La ciudad de los prodigios, Barcelona estaba en plena fiebre de renovación."

El Raval del detective loco

Después de tanto hablar yo, les pregunté a aquellos miembros del público que todavía no dormían si conocían al detective loco de Mendoza. Tenía la esperanza de que supieran algo del personaje, porque en Polonia estas son sus novelas más populares. Alguien dijo que estaba loco; otro, que era un detective; más allá alguien añadió que resolvía crímenes. Tímidamente, fueron surgiendo más datos: que el detective loco no tenía nombre, que era un fracasado, que a pesar de estar loco era muy inteligente, que era un genio de la mentira, del disfraz y de otras formas de la falsificación, que se movía como nadie en y entre los bajos y los altos fondos, que estaba encerrado en un manicomio, etc.

Viendo que algunos seguían despiertos, les pregunté si conocían otros locos o parias de la literatura. Sacamos a colación locos como los bufones del teatro de Shakespeare o don Quijote, que precisamente terminó su viaje en Barcelona. Y parias como el Lazarillo de Tormes u otros pícaros. De toda esta tradición de locos y marginados bebe el detective loco de Mendoza. Pero además genera su propia tradición: ¿o acaso no es Torrente un continuador de la labor del detective loco? Por no hablar de otros herederos de Mendoza como el Pablo Tussets de Lo mejor que le puede pasar a un cruasán o las locuras textuales de Antonio Orejudo en Ventajas de viajar en tren.

Así como en La ciudad de los prodigios los dos territorios que abren y cierran la novela son la Ciudadela y Montjuic, en la serie del detective loco los dos puntos más importantes son los barrios de Gràcia y el Raval. El verano de 1977, cuando Mendoza vivía en Nueva York, acababa de publicar La verdad sobre el caso Savolta y había empezado a escribir sin mucho éxito una ambiciosa novela (La ciudad de los prodigios), una visita a Barcelona le dio la inspiración literaria que necesitaba para continuar su carrera de escritor, un poco atascada; durante las fiestas de Gràcia, Mendoza percibió un cambio en los barceloneses: un optimismo que traslucía el éxito de la Transición, el principio de la democracia. La euforia que vio en Gràcia se le contagió y, de nuevo en Nueva York, empezó a escribir un libro que contenía esa euforia; El misterio de la cripta embrujada nacería un par de semanas después. Un parto muy rápido, según los estándares literarios. Sin embargo, aunque Gràcia contribuyó a la génesis de la primera de las cinco novelas del detective loco, el barrio principal de la serie es el Raval.

—¿Conocéis este barrio, el Raval? —le pregunté al público—. ¿Sabéis algo del Raval?

Puesto que los asistentes permanecían en silencio, empecé a desgranar los estereotipos habituales: el Raval es un barrio peligroso, hay muchos inmigrantes, drogas, prostitución, violencia, te pueden robar fácilmente, etc. Les mostré a los espectadores los desoladores resultados de Google: si uno escribe Raval Barcelona la búsqueda se autocompleta con peligroso. Les enseñé algunos enlaces a vídeos de YouTube que responden a la misma búsqueda: "La inseguridad en el barrio del Raval de Barcelona", "El Raval, la jungla de Barcelona", "La prostitución en el Raval de Barcelona" o "Locura en el Raval de Barcelona". Les hablé de la divertida webserie Barcelona salvaje, obviamente situada en el Raval.

Luego les pregunté si ellos habían estado en el MACBA o en la Rambla del Raval, en la Boqueria o en los bares de Joaquim Costa, en la Filmoteca de Catalunya o en la azotea del lujoso hotel Barceló Raval, y si ahí se habían sentido inseguros. Les dije que hoy en día el Raval no es para nada peligroso, o al menos no más que otros barrios de Barcelona, aunque sí es pintoresco y tiene mucha vida. De hecho, yo viví dos años en el Raval y no me pasó nunca nada malo. Entonces, ¿por qué se dice que el Raval es peligroso? Simplemente porque antes, hace tiempo, sí lo era. Concretamente, cuando aún era llamado el Barrio Chino, nombre inventado por el periodista barcelonés Francisco Madrid, ya que a principios del siglo XX era un distrito tan atestado como los Chinatowns que tenían Nueva York o Londres, aunque en este caso no había chinos. Desde finales del XIX, el Raval era un barrio obrero e hiperpoblado; a lo largo del XX fue empobreciéndose y encanallándose; había muchos bares y les resultaba exótico a la burguesía más granuja, a los artistas y a los intelectuales. Ahí podían encontrar libertad, alcohol, drogas, música, baile, prostitución y diversión. Pero también violencia y peligro, especialmente en los setenta y ochenta.

Precisamente en el Raval ejerce la prostitución la hermana del detective loco de Mendoza. Y cuando en El misterio de la cripta embrujada aquel sale del manicomio con la misión de resolver un posible crimen, lo primero que hace es visitarla para pedirle ayuda. Así es su llegada al barrio:
"Eran un hervidero los alegres bares de putas del Barrio Chino cuando alcancé mi meta: un tugurio apellidado Leashes American Bar, más comúnmente conocido por El Leches, sito en una esquina y sótano de la calle Robador y donde esperaba establecer mi primer y más fidedigno contacto."
Ese contacto es su hermana, que trabaja y vive en la calle Robador. Lo más interesante de las novelas del detective loco es que están ambientadas en la Barcelona más contemporánea; así, La cripta embrujada, de 1979, muestra cómo era la ciudad durante esos años. En la segunda entrega de la serie, El laberinto de las aceitunas, publicada tres años después de la primera, el Raval sigue más o menos igual. Entonces el detective loco describe el piso de su hermana, que, por cierto, irónicamente se llama Cándida:
"La fosa común del Cementerio Viejo debía de ser más acogedora que el edificio en ruinas donde moraba mi hermana. En el zaguán me vi obligado a vadear un charco oleaginoso que borboteaba, aunque no me atreví a investigar por qué. La pieza de que constaba la vivienda propiamente dicha sólo daba cabida a un jergón y a otro mueble. Con su sentido práctico, Cándida había decidido que ese otro mueble fuera un tocador. Cerré la puerta con llave, hice del tocador barricada y, como el cuarto no tenía ventana ni orificio alguno de ventilación, me sentí bastante seguro."
Cuando en 2001 se publica La aventura del tocador de señoras, la tercera entrega de la serie, el Raval ya ha cambiado, y mucho. Se han celebrado los Juegos Olímpicos y el Barrio Chino ya no se llama así ni conserva el mismo aspecto: el lavado de imagen llevado a cabo por las autoridades ha sido total. Quizás por eso el detective loco dejará de ser un loco encerrado y se convertirá en peluquero, porque los tiempos han cambiado. Su primer contacto con el barrio renovado es así:
"al llegar [al Raval] comprobé que el barrio había cambiado, y con él sus gentes y sus prácticas. Las calles estaban bien iluminadas, las aceras, limpias. Gente bien vestida paseaba admirando el tipismo del lugar. Me acerqué a varios transeúntes a preguntarles si conocían a Cándida y salieron huyendo nada más verme. Uno me hizo una foto (y salió huyendo), otro me amenazó con la guía Michelin, y un tercero, que se avino a escucharme, resultó ser extranjero, miembro de una secta y, al parecer, tonto."
El Raval de los noventa está limpio y lleno de turistas; lo único que da miedo es el detective loco, que es el único que no se ha enterado de los cambios por haber estado aislado en el manicomio (porque el detective loco es un extranjero de Barcelona, como Onofre Bouvila y Gurb).

En la cuarta entrega, El enredo de la bolsa y la vida (2012), el Raval sigue siendo limpio, seguro y habitable, pero hay un nuevo factor en la ecuación: la crisis económica. Así lo presenta el detective loco:
"desde hacía años, y tras unos inicios algo accidentados, regentaba una peluquería de señoras a la que, de un tiempo a esta parte, sólo acudía con admirable regularidad un empleado de la Caixa para reclamar las cuotas atrasadas de mis sucesivos créditos. La crisis se había cebado en la hacendosa clase social a la que iba orientado el negocio, es decir, los pelanas, y para colmo de males, las pocas mujeres que no se habían quedado calvas y aún disponían de dinero, se lo gastaban en un bazar oriental recién abierto frente a la peluquería, donde vendían abalorios, quincalla y fruslerías a precios reventados".
Le duró poco la buena vida al nuevo Raval: en 2008 llegó la crisis financiera. Pero muchos años antes habían ido llegando otros extranjeros al barrio; por ejemplo, aquellos que fueron a trabajar a alguna de las dos Exposiciones, como Onofre Bouvila, y se alojaron allí. Como buen observador de la realidad, al detective loco no se le escapa otro factor diferenciador del nuevo carácter del Raval: la inmigración. Los personajes que lo acompañan en El enredo de la bolsa y la vida son la familia de chinos que regenta el bazar oriental que está junto a la peluquería. Todos hablan un español impecable excepto el abuelo, cuyo dialecto mendocino es tronchante e inverosímil: mezcla de español achinado y del cultísimo hablar habitual de los personajes de Mendoza.

En la quinta y por ahora última novela de la serie, El secreto de la modelo extraviada (2015), la crisis económica continúa afectando al barrio. Además, Cándida, la hermana del detective, se ha jubilado y ya no vive en el Raval, sino que ha sido realojada, como sucede con muchos habitantes, no solo del Raval sino de todo el distrito de Ciutat Vella: las viviendas céntricas se han revalorizado y los intereses económicos han desplazado a sus habitantes al extrarradio o a otros municipios cercanos. Se trata del archiconocido fenómeno de la gentrificación, que tampoco le pasa desapercibido al detective loco:
"la transformación de Barcelona en la última década del siglo XX desplazó a los habitantes endémicos de las zonas más insalubres y encanalladas de la ciudad vieja a barrios nuevos y bien equipados. Ahora Cándida ocupaba una vivienda de treinta metros cuadrados, con ventana al exterior, agua corriente, electricidad e instalaciones sanitarias básicas, en el octavo piso de un bloque sito en la urbanización de Santa Perpetua Bondadosa, más conocida popularmente como Yonkie Gardens, un lugar infinitamente mejor que las siniestras madrigueras de donde provenía, pero al que Cándida no había conseguido aclimatarse a pesar del tiempo transcurrido".
Aunque la urbanización Yonkie Gardens sea ficticia, su nombre y la descripción nos permiten hacernos una idea de en qué tipo de vivienda "bien equipada" vive Cándida: pisos baratos, ligeramente mejores que los que ha dejado atrás en el Raval. Las ventanas sirven de indicador: el piso del Raval en El laberinto de las aceitunas (1982) "no tenía ventana ni orificio alguno de ventilación", mientras que el de Yonkie Gardens tiene una "ventana al exterior". ¡Menudo progreso!

Inmigración y gentrificación son dos de los elementos identitarios del Raval actual, más que la peligrosidad que sigue estigmatizando al barrio y a sus habitantes. Las diversas campañas del ayuntamiento de Barcelona para mejorar la imagen de la ciudad (Barcelona, posa't guapa) aún no han modificado los prejuicios de algunos barceloneses; por suerte, estos cada vez son menos y más los que consideran al Raval un barrio hipster y guay, tal como aquellos burgueses y artistas que lo visitaban mucho tiempo atrás en busca de bohemia y exotismo.

El último gran evento internacional que se celebró en Barcelona, los Juegos Olímpicos de 1992, hinchó el ego internacional de la ciudad de los prodigios; desde entonces los barceloneses pueden sacar pecho: la suya es una capital de Europa y del Mediterráneo, una meca del turismo. Aunque los eventos deportivos no tuvieron lugar en el Raval, el barrio fue muy modificado, como ya he comentado. También he dicho ya que Eduardo Mendoza inventó los Juegos Olímpicos en La ciudad de los prodigios. Por su parte, la serie del detective loco presenta las consecuencias que estos cambios tienen en la ciudad, centrándose en el Raval. Pero solo en una de las cinco novelas aparecen las Olimpiadas: en El secreto de la modelo extraviada. Curiosamente, el evento más importante para la ciudad no tiene un papel protagonista, sino que subyace en los textos mendocinos. Bueno, quizás miento: hay un libro que se nutre pantagruélicamente de los Juegos Olímpicos.


Gurb, el guiri ideal

Efectivamente, este libro es Sin noticias de Gurb, publicado por entregas en El País durante el verano de 1990, cuando Barcelona estaba "en plena fiebre de renovación" por los JJ. OO. Y a esta ciudad cambiante llegan dos extranjeros muy extranjeros: Gurb y su jefe (y buscador).

—¿Pero quién es Gurb? —interpelé de nuevo a los asistentes—. ¿Conocéis a Gurb o a su buscador? ¿Qué sabéis de Gurb?

Mientras el público y yo comentábamos algunas de las características de los dos extraterrestres más famosos de Barcelona, en la primera fila alguien se estaba disfrazando: Diego, un profesor del Instituto Cervantes de Cracovia, se estaba poniendo una peluca verde y unas gafas de sol psicodélicas.

—Hoy es un día muy importante para nosotros —le dije al público, que se reía mientras Diego se vestía—. Hoy es Sant Jordi, el Día Internacional del Libro. El Día del Libro lo inventó un escritor valenciano, Vicente Clavel Andrés, y se celebraba el 7 de octubre conmemorando la muerte de Miguel de Cervantes, hasta que en 1929 decidieron cambiar de fecha: fue el año de la Exposición Internacional. En aquella ocasión tuvo tanto éxito, que a partir de 1930 la fecha oficial del Día del Libro coincidió con Sant Jordi: el 23 de abril, conmemorando el nacimiento de Cervantes y Shakespeare, entre otros. Y precisamente el 23 de abril de 1976, Mendoza fue de Nueva York a Barcelona para firmar ejemplares de su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, aunque él cuenta que solo se vendieron cuatro, dos de los cuales los compró su hermana. Al año siguiente, la novela ya había tenido éxito, por lo que vendió mucho más; sin embargo, el 23 de abril de 1977 los grises cargaron por algún motivo contra la multitud que se acercaba a los puestos; por suerte, su editor protegió valientemente a Mendoza, que todavía recuerda con humor la anécdota. Hoy, 23 de abril de 2017, es un día muy importante. Eduardo Mendoza y muchos escritores están en Barcelona firmando ejemplares. Pero aquí, en Cracovia, tenemos a otro invitado muy especial. Por favor, demos la bienvenida al buscador de Gurb.

Diego, con la peluca verde y las gafas de sol, subió a la tarima animado por los aplausos del público. Hice esfuerzos para aguantarme la risa y así poder entrevistarlo.

—Hola, ¿cómo estás?

—Pues muy mal —contestó el extraterrestre—. Mal, porque llevo un porrón de años buscando a Gurb y no lo encuentro. ¿Alguien ha encontrado a Gurb por aquí?

—Pues no, parece que no está en Cracovia. Oye, ¿y cómo te llamas? Siempre he tenido curiosidad por saber tu nombre.

—Pues no tengo nombre. No sé, nunca me lo pusieron. Pero como puedo transformarme en cualquier persona, no hecho de menos tener una identidad más definida. De hecho, yo soy inteligencia pura, no tengo forma.

—¿Y cuál es tu ciudad terrícola favorita?

—Pues —Diego, madrileño, no dudó en contestar— sin duda mi ciudad favorita es Barcelona. Me gusta mucho, me encanta. Pero la verdad es que no conozco otras ciudades. Bueno, un poco Sardañola del Vallés y Tarragona.

—Te recomiendo que visites Madrid, que también es una ciudad prodigiosa. ¿Y qué parte de Barcelona te gusta más?

—La Rambla, por supuesto. Me encanta caminar por esa calle. Caminar con los pies, caminar con las manos, no importa. Además, en la Rambla puedo metamorfosearme en cualquier persona y no llamo la atención, no importa si soy un torero o Marta Sánchez o José Ortega y Gasset. Hay tantos turistas y gente rara que paso desapercibido.

—¿Y cuál es tu comida española favorita?

—Hombre, qué pregunta. ¡Los churros! Puedo comerme 5 kilos para desayunar sin ningún problema. Luego voy a Montjuic y subo y bajo la montaña unas cuantas veces para digerir mejor los churros. Aunque si Gurb se hubiera perdido en Cracovia, me habría vuelto un fanático del pączek polaco, que es como un dónut pero sin agujero.

—Sin duda tienes que ir a Madrid, donde venden los mejores churros del mundo. ¿Y has tenido algún problema en Barcelona.

—Uf, problemas no me han faltado. Al llegar a Barcelona me caía constantemente en zanjas. Luego descubrí que la ciudad estaba en obras por culpa de los Juegos Olímpicos. También perdí la cabeza y me atracaron una vez. Y, bueno, como mi organismo no lleva muy bien esto del antropomorfismo, tengo problemas con la tolerancia alcohólica. Bebo mucho y salgo bastante, pero también es culpa de Barcelona, creo.

—Bueno, esto es todo. Mucha suerte buscando a Gurb.

—Gracias. Espero tener noticias de él pronto.

El público aplaudió con entusiasmo al buscador de Gurb, que en el trayecto de la tarima a la primera fila ya se había metamorfoseado en Diego.

Entonces yo les dije que para mí era evidente: Gurb es el turista ideal. Va a Barcelona y se pierde nada más llegar, por lo cual su amigo tiene que buscarlo. El buscador de Gurb, otro guiri ideal. Este dúo no es de Barcelona, ni de Cataluña, ni de España, ni de Europa, ni del mundo: son unos extranjeros totales, ideales. Por eso el buscador de Gurb no conoce las costumbres barcelonesas (ni terrícolas) y constantemente causa y sufre malentendidos culturales. Como cualquier turista, el buscador intenta adaptarse a las situaciones, allá donde fueres haz lo que vieres, pero no lo logra: es un camaleón fracasado y, por mucho que se vista igual que los locales, no consigue pasar desapercibido (excepto entre guiris). Como a cualquier turista, unos carteristas atracan al pobre extraterrestre en Barcelona. Como cualquier turista, se convierte en un devorador de churros, sin saber que no es exactamente gastronomía local. Como cualquier turista, sufre los contratiempos urbanísticos de Barcelona, la ciudad que está permanentemente "en plena fiebre de renovación", en este caso los preparativos para los Juegos Olímpicos de 1992. Como cualquier turista, el extraterrestre se embrutece en Barcelona: predispuesto a ello o no, el turista acaba emborrachándose día y noche, arrastrado por las malas influencias de la ciudad. Como cualquier turista, a pesar de todo Gurb y su buscador terminan cogiéndole cariño a Barcelona y deciden quedarse.

En España Sin noticias de Gurb es el libro más popular de Eduardo Mendoza —a menudo es lectura obligatoria en el instituto—, pero sobre todo es el libro que inventó los guiris de Barcelona. Aunque es una novela de ciencia ficción sui géneris, en Sin noticias de Gurb hay una invasión: la de los turistas que conquistan Barcelona. Gurb y su compañero son la punta del iceberg de esos turistas, que a partir de los Juegos Olímpicos de 1992 se masificaron, convirtiéndose en una parte esencial e inseparable de la ciudad, pero también en su lado oscuro: su sueño y su pesadilla. Es una pena que, a pesar de la popularidad del libro, el lenguaje popular no adoptara la palabra gurb como sinónimo de turista o de guiri. Un ejemplo posible: Eh, mira ese gurb, está rojo como un cangrejo. O: mira aquel gurb, lleva sandalias y calcetines blancos, va sin camiseta y con una cerveza en la mano. O: ¿Qué hace esa gurb con un traje de faralaes por la Rambla?

Además del turismo de masas, Sin noticias de Gurb inventó en 1990 otro aspecto importante de Barcelona: el Bicing, el servicio de alquiler de bicicletas públicas de Barcelona que se implantaría en 2007. En un breve texto que escribí en este blog en 2012, tras releer la novela de Mendoza, ya me percaté de esta invención ("Gurb en bicicleta"). Así que aproveché el descubrimiento para terminar la charla leyendo la siguiente cita de Sin noticias de Gurb:
"Quizá la gente haría más uso de la bicicleta si la ciudad fuera más llana, pero esto tiene mal arreglo, porque ya está casi toda edificada. Otra solución sería que el Ayuntamiento pusiera bicicletas a disposición de los transeúntes en la parte alta de la ciudad, con las cuales éstos podrían ir al centro muy deprisa y casi sin pedalear. Una vez en el centro, el propio Ayuntamiento (o, en su lugar, una empresa concesionaria) se encargaría de meter las bicis en camiones y volverlas a llevar a la parte alta."
—Bueno —le dije al público, que ya quería irse a su casa—, ya voy acabando. Os muestro de nuevo la obra de arte contemporáneo que compuse la semana pasada: El dónut de la ciudad de los prodigios. Habéis tenido una hora y media para pensar qué significa, para pensar quiénes son estos escritores y por qué tienen forma de dónut y no de pączek —esta vez hubo respuestas, por suerte para mí—. ¡Efectivamente! Todos estos escritores escribieron sobre Barcelona. Ellos son los inventores de la ciudad de los prodigios. De color azul son escritores catalanes que escriben en catalán, como Jaume Cabré, Josep Maria de Sagarra, Mercè Rodoreda o Maria Barbal. De color rojo, escritores catalanes que escriben en español: Juan Goytisolo, Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Laforet o Juan Marsé. De color blaugrana, escritores que escriben en español y en catalán: Carme Riera, Albert Sánchez Piñol o Terenci Moix. De color negro, escritores españoles de fuera de Cataluña: Miguel de Cervantes, Ignacio Martínez de Pisón o Max Aub. De color verde, escritores de fuera de España que no escriben en español: André Malraux, George Orwell o Jean Genet. De color morado, escritores hispanoamericanos que escriben en español: Fernando Vallejo, Sergio Pitol o Gabriela Wiener. Todos ellos contribuyen a la invención de Barcelona: ellos son los creadores de El dónut de la ciudad de los prodigios. Ellos son los arquitectos, los cocineros, de Barcelona. Obviamente, faltan muchos escritores. Pero sobre todo falta un escritor, el más importante de ellos: Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona. Con Eduardo Mendoza, el dónut está completo: es un pączek. ¡Muchas gracias!

Una foto con mis exalumnos, muy amables por haber venido.

martes, 28 de marzo de 2017

Estos trastos

Hay unos cuantos trastos que desde hace unos años arrastro conmigo allá donde voy. Estos trastos no son valiosos económicamente, ni estéticamente atractivos, tampoco especialmente útiles o inútiles, y voy a evitar la cursilería del valor sentimental. Los llamo trastos pero en verdad para mí no lo son. Me han seguido a pesar de los cambios de piso, de ciudad y de país, me han seguido incluso a través de los cambios de vida, de humor y de clima.

Estos trastos no son muchos y casi todos caben en una cajita de cartón azul que guardo a su vez dentro de otra caja, más grande y negra, rodeados de documentos, facturas, recibos y otras chorradas. Ahí no estorban y así, como buenos trastos, la mayor parte del tiempo los olvido. Solo dejo de olvidarlos cuando abro una caja, aparto la papelería y a renglón seguido abro la otra. Esta combinación de negro, blanco y azul suele darse durante una mudanza, ese examen de conciencia contemporáneo. Solo durante las mudanzas nos miramos en nuestros objetos, el verdadero espejo del alma. O al menos yo pongo a prueba todas mis pertenencias y muchas cosas terminan regaladas o en la basura, pero estos trastos siempre aprueban el examen y siguen siguiéndome.

Durante esta (por ahora) última mudanza, he vuelto a confrontar todos mis trastos. He ordenado, he vaciado, empaquetado, tirado y donado. He registrado y reseguido minuciosamente todos los rincones, pliegues, cajones y armarios de mi alma. Y en alguno de estos insignificantes momentos, en alguna de estas rutinarias inspecciones, abrí distraídamente la caja, descarté los papeles, abrí la cajita, metí la mano y se me estrujó el tiempo como una esponja empapada de semanas, días, horas, minutos, segundos.

Me quedo un rato mirando una especie de medallón de Carcassone, observando la ciudadela grabada y leyendo la inscripción: cité médiévale. Es un souvenir hecho a partir de una moneda de cinco céntimos que, aplastada en una máquina por el módico precio de un euro, se convirtió en medallón. Un recuerdo cutre, de mal gusto, que no le habría regalado a nadie ni en broma, pero que a mí me recuerda uno de mis primeros viajes solo. Fui a Francia con mi instituto, de intercambio, a algún pueblo cerca de la frontera; tendría catorce, quince o dieciséis años, quién sabe, y me acogió un francés rarito, más rarito que yo, y marginado por sus compañeros. No recuerdo su nombre, como tampoco recuerdo el nombre del pueblo; del viaje solo recuerdo que me lo pasé muy bien y que una noche el rarito y yo fuimos al cine a ver una película de acción y me quedé dormido. Y que al día siguiente fuimos de excursión a Carcasona, que no quedaría lejos.

Dejo el medallón en la mesa y saco un llavero de la cajita. Es plano y más bien amorfo, en un costado hay un ángulo recto y en otro un corte brusco que lo hace parecer un abrebotellas. Muchas veces lo he usado para abrir cervezas, pero en realidad el llavero es simplemente un mapa de Texas; los texanos deberían estar orgullosos de que sus fronteras abran, cuando menos, cervezas. Como la pintura está tan desgastada —las ciudades, divisiones administrativas y ríos han quedado arrasados por el blanco desgaste— es imposible darse cuenta de que el llavero es un mapa, excepto para los estadounidenses y algunos frikis de la geografía. Antes lo usaba siempre (como llavero) y cuando abría o cerraba la puerta de casa, fuera cual fuese, me acordaba de mi amigo Marc, que fue quien me lo regaló después de un viaje que hizo por los Estados Unidos; también me acordaba de él cuando lo usaba para abrir una botella, a menos que luego bebiera mucho, y cuando veo un partido del Barça, porque fue Marc quien me aficionó al fútbol. Sin embargo, en algún momento dejé de usarlo (como llavero) y lo metí en la cajita azul, con el resto de trastos. Pienso ahora que quizás pensé entonces que no me convenía abusar de los recuerdos: si recordaba demasiado, mis memorias acabarían tan desgastadas como el mapa del llavero.

Dejo el llavero-mapa en la mesa y saco más cosas. Un carné de la biblioteca, una tarjeta del metro de Barcelona caducada, un pendiente que hace mucho que no me pongo, un botón de la que era mi camisa favorita y otros trastos. Cada trasto acciona mi memoria, cada trasto tiene una historia. No merece la pena contarlas todas, porque todas son historias minúsculas, menos que anécdotas personales. Su valor —el de los objetos pero también el de sus respectivas historias— es nulo, porque es intransferible. Solo puede interesarme a mí.

Tengo en casa, en mi nueva casa, otros trastos similares a los que conservo en la cajita azul, otros trastos sin valor con historias sin valor. Por ejemplo, la silla en la que ahora mismo estoy sentado: una silla de color negro. Si no es la silla más barata de Ikea, es la segunda más barata, es de madera y mi novia le pintó unos lunares de colores llamativos en el respaldo para darle un poco de vida. No es muy cómoda, pero la conservo porque me la regaló mi amigo Luis. Para ser más exacto, no me la regaló sino que me la dio: después de pasar unos meses viviendo en Cracovia, Luis regresó a España, y la silla negra no aprobó el examen de conciencia. Cuando me siento en la silla negra a topos de colores, me acuerdo de él: no tanto de sus meses cracovianos como de nuestros años barceloneses, los años que pasamos estudiando Humanidades y charlando de libros entre cafés y cervezas. O quizás me acuerdo de las conversaciones literarias que seguimos teniendo ahora y que, como mis trastos, siguen siguiéndome.

Hay otro trasto que metería en la cajita azul, si cupiera: una mesa. Esta mesa de cristal, en la que me apoyo para escribir estas líneas, es mi última adquisición. Me la dio mi amigo Alex (sin acento) cuando decidió irse de Cracovia y se dio cuenta de que la mesa tampoco le cabía en la maleta. Mientras estoy trabajando, escribiendo o perdiendo el tiempo en internet, algunas veces me quedo embobado mirando el cristal traslúcido y recuerdo a Alex, el mexicano. Las tardes que pasamos en la escuela de idiomas donde ambos trabajábamos, las noches de cervezas y vodkas, las conversaciones de libros y lengua: ¿y vosotros cómo decís cacahuete?, ¿y cómo se dice en España coger?, ¿y por qué vosotros no tenéis vosotros?, ¿y por qué decís se los dije y no se lo dije?, ¿y ustedes por qué suben arriba y bajan abajo?

Sentado en la silla de Luis escribo en la mesa de Alex, y como tanto Luis como Alex también escriben o son escritores, pienso supersticiosamente que los objetos que me legaron o se dejaron en Cracovia, sus cosas que ahora son mis trastos, me inspiran. Cuando me atasco, no invoco sus espíritus sino sus efluvios, porque soy muy materialista: pienso supersticiosamente que quizás haya algo de ellos en la silla y en la mesa, tres o cuatro partículas intangibles con menos entidad que las historias mínimas que los dos trastos me evocan. Y esta nonada me desbloquea y me pongo a teclear.

Vuelvo a meter el llavero, el medallón y el resto de trastos en la cajita azul, que cierro y vuelvo a meter en la caja negra, que cierro y dejo sobre la mesa de cristal. En Las mil y una noches, Scherezade le cuenta un cuento tras otro a su terrible esposo, el sultán Shrahiar. Un cuento lleva a otro cuento, una historia incluye la siguiente. Si Scherezade dejar de narrar o si la atención del sultán decae, este la matará: esta insana costumbre tenía su esposo. Por eso Scherezade nunca puede parar de contar, por eso dentro de un relato se abre otro relato, por eso en una caja hay otra caja con otros trastos.

¿Llegará el día que mis trastos no me digan nada, que abra una caja y no salga una historia?

viernes, 21 de octubre de 2016

Sobre 'La España vacía' de Sergio del Molino

"Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón."

Antonio Machado


El mito de las dos Españas está en el ADN español; la sangre que late en el corazón de cada españolito será de uno de los dos colores disponibles o no será. Por un lado, está la España tradicionalista, conservadora, religiosa y nacionalista, más cercana al Siglo de Oro que al XXI. Por otro, la España moderna, liberal, plurinacional, demócrata y, por qué no, republicana, comunista, socialista o anarquista. Curiosamente, ninguna de las dos Españas tiene nombre; el segundo y último elemento que comparten es el odio a la otra España, el famoso cainismo español cantado por Antonio Machado. Hasta hace poco, uno podía simplificarlo todo en la siguiente ecuación política: la primera España es el PP y la segunda, el PSOE. Y si a uno no le importaba meter un poco más el dedo en la llaga, también podía reducirse a los dos bandos de la Guerra Civil.

Pero el 15-M, el relevo generacional, la crisis económica, la Unión Europea y quién sabe qué otros factores están desmontando el relato, están desmitificando las dos Españas. En nuestra España ya no hay solo dos Españas, las dos Españas de Machado, dicen los defensores de la tesis. La situación política les da la razón: se ha jodido la ecuación del bipartidismo. ¿Se está reconfigurando el mito de las dos Españas en dos nuevas Españas: los partidos de la Transición versus los partidos post 15-M? ¿O hay ahora tantas Españas como partidos políticos? Pues no lo sé, pero parece que las Españas solo logran estar de acuerdo en no estar de acuerdo. El cainismo sobrevive a la caída del mito: sean cuales sean las Españas actuales, una de ellas ha de helarte el corazón.

El mundillo literario también se está haciendo eco del resquebrajamiento del mito. Juan Soto Ivars acaba de publicar el sintomático ensayo Un abuelo rojo y un abuelo facha: manifiesto contra el mito de las dos Españas. Pero yo he venido aquí a hablar de otro ensayo, igual de sintomático.

* * *

En La España vacía, Sergio del Molino presenta una tesis muy interesante y fructífera: hay dos Españas, sí, pero no son las dos Españas que nosotros creemos. Por un lado, está la España vacía, es decir, la España del interior, despoblada y tradicional, invisible u olvidada; Del Molino la circunscribe a la Meseta Central: las dos Castillas, Extremadura, Aragón, La Rioja y la Comunidad de Madrid, excepto la capital, claro. Por otro lado, la España llena, es decir, la España con salida al mar y a Europa, muy poblada y moderna, protagonista indiscutible de la historia porque es quien la escribe. El mapa de las dos Españas de Sergio del Molino quedaría así:


La España vacía y la llena "parecen países extranjeros el uno del otro", pero "la España urbana no se entiende sin la vacía". A partir de esta tesis, Del Molino desarrolla un ensayo muy ameno y fructífero; se nota que es novelista y periodista, ya que su prosa es envidiablemente seductora y a la vez comunicativa, sin caer en la falta ni el exceso de estilo. En seguida nos convence de que las diferencias extremas entre la ciudad y el campo hacen de España un país diferente de Francia, Alemania, Italia y demás, confirmando que Spain is, one more time, different. También nos cuenta que el origen del mito de la España vacía y la llena, el acontecimiento que vaciará una y llenará la otra, no es la Guerra Civil sino los años sesenta y setenta, es decir, la época de las grandes migraciones del campo a la ciudad. Son los días del Gran Trauma, según lo bautiza Del Molino.

Aunque La España vacía está muy bien documentada, los datos no entorpecen la lectura; de hecho, la fuente principal de las reflexiones del autor son las producciones culturales y su propia experiencia como periodista. Las referencias al cine y a la literatura, pero también a las series y la música, sirven de ejemplo para ilustrar sus ideas: Las Hurdes, tierra sin pan de Luis Buñuel es el paradigma de los salvajes abandonados; las películas de Paco Martínez Soria y las novelas de Juan Marsé y Francisco Candel retratan la dura vida de los inmigrantes en la gran ciudad; las letras de Obús expresan el inconformismo y el orgullo de los jóvenes del extrarradio (los inmigrantes de segunda generación). La España vacía ha llenado mi lista de lecturas pendientes: solo por eso ya es una lectura satisfactoria.

Sin embargo, el éxito del libro radica también en sus agudas interpretaciones sociopolíticas y culturales. Por ejemplo, el fantástico análisis que hace del carlismo: este movimiento fue el único que surgió realmente de la España vacía para cederle el turno de palabra; el resto del tiempo, la España llena ha creado el discurso de la España vacía, ha hablado por ella incluso cuando ha intentado escucharla (las circunscripciones electorales, esa espada de doble filo). Como diría Gayatri Spivak, el subalterno no puede hablar. También me ha fascinado su explicación de las imitaciones de Joaquín Reyes en La Hora Chanante: aplicar el habla manchega, el habla de la España vacía, a personajes famosos no es sino una subversión del lenguaje estándar, el lenguaje de la España llena. Bill Gates, Chimo Bayo, Chuck Norris, David Hasselhoff, Cyndi Lauper y otros hablando como gañanes nos hacen reír porque, en el fondo, se trata de un acto reivindicativo. ¿Y si el español gañán fuera la norma?

En alguna ocasión, puede que Del Molino caiga en el horror vacui hispanicus, latinajo que, por qué no, significa "interpretarlo todo según la tesis de la España vacía" o "reducirlo todo al binomio campo-ciudad". Por ejemplo, cuando dice que el público urbano disfrutó del realismo mágico de Cien años de soledad a causa del imaginario rural de la novela: "El realismo mágico, en el fondo, no es más que la sublimación mitológica de un imaginario rural evocado desde grandes ciudades para un público urbano que está viviendo una gran transformación". Pero en la mayoría de ocasiones me ha dado la sensación de que la aplicación del concepto de la España vacía es muy pertinente. Especialmente cuando habla de los charnegos de Barcelona, tanto la primera hornada, en la cual aún pesa la vergüenza de los orígenes (Marsé, Candel), como la segunda, mucho más orgullosa de las raíces (Francisco Casavella, Javier Pérez Andújar). Solo me ha faltado que respondiera a esta pregunta: ¿por qué los inmigrantes de Madrid no generaron una producción literaria tan interesante como los de Barcelona? ¿Será porque el conflicto de los charnegos es a la vez de clase y de identidad nacional?

Con La España vacía se goza mucho y se aprende más. ¿Podemos pedirle otra cosa a un ensayo? Pues en este caso también se puede decir que es una obra pertinente, lo que explica su éxito: no solo tiene voluntad generacional, sino que además trata de sustituir el belicoso, obsoleto y dañino mito de las dos Españas. Porque por desgracia el relato que se suponía que iba a acabar con la animadversión mutua de las dos Españas, el mito de la reconciliación de las dos Españas, nacido durante la Transición y con ecos recientes en Soldados de Salamina y más antiguos en Manuel Chaves Nogales, está tocado de muerte. Estos días nadie se cree lo de El abrazo de Juan Genovés; el cainismo sigue en plena forma, aunque los que se odian sean otros. La herida histórica que partía por la mitad España —desde las guerras carlistas hasta la Guerra Civil y el franquismo— no acaba de cicatrizar nunca. Así que quizás sea bueno prestarles atención a las secuelas de otro trauma: el Gran Trauma de la emigración que nos propone Del Molino. Porque solo un mito puede acallar otro mito.

lunes, 10 de octubre de 2016

Folletines veraniegos online (2/2)

Es lunes, el cielo de Cracovia está gris asfalto y el termómetro marca 8ºC. Es el momento ideal para una segunda dosis de nostalgia veraniega literaria.

Este julio, Antonio Muñoz Molina empezaba un artículo diciendo que "El verano es la estación de las novelas". O sea, que es más optimista que Javier Marías en cuanto a leer durante las vacaciones. En el artículo, Muñoz Molina reseña una novela de Thomas Bernhard (Extinción) que por casualidad leyó en el mismo hotel en que el escritor austriaco se había hospedado alguna vez. Y quizás Bernhard también la escribió allí, fantasea el novelista de Úbeda, coincidiendo los dos en la ficción y en el espacio, aunque no en el tiempo. Además de esta coincidencia, Muñoz Molina reflexiona sobre escribir y leer novelas simultáneamente: "Cuando se está escribiendo una novela es raro que se lea al mismo tiempo alguna de gran calado, porque cada una de esas dos tareas, escribir novelas y leerlas, requiere una dedicación casi idéntica, una entrega incondicional y duradera". Según él, las "fuerzas de la imaginación" necesarias tanto para escribir como para leer una novela no se pueden repartir entre las dos labores.

No le falta razón a Muñoz Molina. Por suerte, este verano yo me emperré y repartí mi imaginación entre las dos actividades, a mi modo de ver no excluyentes sino complementarias. Escribí mi primera novela, Mateorías, que estos días estoy releyendo y remendando, y pude leer bastantes más, aunque quizás no eran "de gran calado". Entre otras, Mauricio o las elecciones primarias de Eduardo Mendoza, Cómo se hizo La guerra de los zombis de Aleksandar Hemon, Jambalaya de Albert Forns, la tercera parte de El día del Watusi de Francisco Casavella y As If I Am Not There de Slavenka Drakulić.

Efectivamente, el verano es la estación de las novelas. Pero también de los folletines, incluso los publicados en internet. He aquí la segunda parte de la lista de folletines veraniegos online, en la que, por cierto, echo de menos a alguna mujer. ¿Ninguna publicó nada en verano o yo no las supe encontrar?

* * *

"Por no quedarse en casa" de Patricio Pron

En esta serie de cinco ensayos literarios, Patricio Pron explora las biografías de cinco escritores durante sus respectivas y singulares vacaciones. El mismo Pron nos explica que el título, muy adecuado, viene de un aforismo de Pascal: "la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa". En la primera semblanza, descubrimos que el excéntrico Raymond Roussel viajaba sin ver, como diría Andrés Neuman; es decir, sin salir nunca de su camarote. En la segunda, aprendemos que Elizabeth Bishop casi murió en Brasil por una reacción alérgica. Y todavía nos quedan otros tres autores para disfrutar de la fantástica prosa ensayística de Pron: Vladimir Nabokov, Flannery O'Connor y F. Scott Fitzgerald.


"García contra la España zombi" de Guillem Martínez

García contra la España zombi es el único folletín clásico de entre todos los folletines veraniegos online, pero tampoco es muy clásico. Se trata de una novela por entregas ambientada en el tórrido verano de Madrid, este verano de 2016, protagonizada por García, un periodista de poca monta que debe ir a la calle Ferraz (ahora tan popular) a tomar nota de las declaraciones de Pedro Sánchez (entonces todavía secretario general del PSOE). Como el título indica, estamos ante una novela de zombis: en una pantalla de plasma, García y el Capitán Estadella, una leyenda del periodismo patrio, ven cómo tres zombis se devoran mutuamente. Son Edu Madina, Pedro Sánchez y Susana Díaz. Una pelea de zombis que se lee de manera diferente ahora, después de la escabechina de Ferraz. Aunque no sea una novela "de gran calado", Guillem Martínez logra escribir 25 capítulos muy solventes, con mucho humor, zombis y sátira política. Cuando en el futuro alguien relea García contra la España zombi, no encontrará una España mucho más esperpéntica que la real.


"Focos de agosto" de Joaquín Reyes

Este relato largo de Joaquín Reyes, dividido en seis capítulos, está protagonizado por Emilio Escribano, cómico. Aunque no se trata de una autoficción, tan de moda entre los humoristas (Curb Your Enthusiasm de Larry David, Louie de Louie C. K. o El fin de la comedia de Ignatius Farray), está claro que Emilio Escribano es el alter ego de Joaquín Reyes: es un cómico manchego con humor manchego, o sea, chanante. Por desgracia, estamos frente a un texto y no un vídeo: sin la voz de Joaquín Reyes, el texto queda un poco cojo. A pesar de todo, el texto aguanta la lectura veraniega y las aventuras de Escribano y de su agente, que le ha encontrado un papel en una película, logran sacarle unas cuantas risas al lector.

martes, 4 de octubre de 2016

Folletines veraniegos online (1)

Todos estamos de acuerdo: las lecturas son para el verano. Durante el invierno las vamos acumulando en la mesilla, como también almacenamos chichas y lorzas en el vientre, y luego en verano las consumimos, o al menos lo intentamos. Especialmente las novelas, el género literario más extenso, rico en grasas y pausado y que, por eso, más se amolda a priori al tempo veraniego. Si tenemos vacaciones, podemos leer en el tren, en el avión y allá donde vayamos; si no, el ritmo de trabajo de julio y agosto se relaja hasta hacerles sitio a unas cuantas lecturas.

Pues en un artículo publicado a finales de este julio, Javier Marías decía que no: "En agosto consigo acabar dos o tres obras, si no son demasiado extensas". ¿Cómo es posible que Marías solo lea tres novelas en treinta días? El escritor madrileño opinaba que precisamente en verano se leía menos porque las vacaciones son cortas y ajetreadas, así que el tiempo libre del que disponemos lo acabamos empleando en cualquier otra actividad. A no ser que seamos muy pertinaces: "En vez de dejarnos invadir pasivamente por los libros, hemos de ser activos, y obstinados, y luchar por hacerles sitio contra todos los elementos".

No le falta razón a Marías. Por suerte, yo me empeciné y conseguí leer bastante; prueba de ello es que leí y reseñé una novela e hice lo mismo con uno y dos ensayos. Como en anteriores veranos, además de libros en papel leí mucho online: folletines o, más bien, series de artículos que componen una narración o un ensayo. Todos tienen en común la publicación por entregas en internet, por un lado, y un estilo y/o temática ligeros, óptimos para la lectura en el ordenador y en verano, por el otro.

He aquí mi lista de folletines veraniegos online.

* * *


"Destino Las Vegas" de Jordi Puntí

Más que una novela, "Destino Las Vegas" es un relato largo, y tampoco demasiado. Solo tiene cinco capítulos que se pueden leer sin problemas de una sentada. El argumento es sencillo: el narrador, el mismo Jordi Puntí, se reencuentra con Mike Franquesa, un peculiar conocido que le contará qué ha hecho los últimos años en Las Vegas. El estilo también es sencillo, y directo y ágil, a diferencia de la prosa más bien barroca de su novela Maletes perdudes. En resumen, nos encontramos con un relato autoficcional solvente y entretenido, 100% veraniego.


"Lectura y vida" de Juan José Millás

Recomendar a los jóvenes que lean es predicar en un desierto postnuclear, pero Juan José Millás se ha atrevido a hacerlo en "Lectura y vida", un ensayo dividido en seis entregas. Aunque, para ser más precisos, Millás nos recomienda que leamos a todos, seamos jóvenes, adultos o viejos. Sin embargo, el punto de partida son sus experiencias dando charlas en institutos para tratar de estimular la lectura de los adolescentes españoles. No dice nada nuevo: leer ayuda a comprender el mundo, a encontrar trabajo, a desarrollar el pensamiento crítico, etc. Sin duda, lo que merece la pena del texto son sus anécdotas y ejemplos, muy millasianos.


"Brexitraíl" de Miqui Otero

De nuevo, "Brexitraíl" no es una novela, y tampoco es un relato de ficción ni un ensayo. En este caso, es una crónica: un viaje por la Gran Bretaña post Brexit. A diferencia de la mayoría de folletines, la narración de Miqui Otero está relacionada con el presente. Sus divertidas andanzas nos llevan de Brighton a Tetbury, pasando por Gales y Liverpool, donde conocemos a personajes estrambóticos que votaron sí al Brexit y podrían haber salido de Miedo y asco en Las Vegas o de cualquier otro libro de periodismo gonzo. Las múltiples referencias a la cultura británica acaban de aderezar unas crónicas muy divertidas.

martes, 27 de septiembre de 2016

Examen final: pregón

Llevo un tiempo dándole vueltas a la idea de preparar un curso sobre literatura, cine y música de Barcelona. Lo impartiría yo mismo en Cracovia, aunque por ahora no es ni siquiera un proyecto: es la sombra de un proyecto en pañales, gimnasia mental con la que entretenerme. El curso tendría 15 sesiones y, aunque sería en español, también incluiría obras en catalán, y quizás en otras lenguas, traducidas al castellano para que los estudiantes pudieran entenderlas. Nos encontraríamos una vez a la semana y durante una hora y media comentaríamos un texto, una canción o una película que los alumnos habrían leído o visto previamente en su casa. La obra seleccionada estaría de algún modo relacionada con Barcelona: sucedería en la ciudad, hablaría de un problema barcelonés, tendría lugar en un periodo histórico determinado, presentaría a un personaje importante, etc.

El curso se adaptaría a las circunstancias: una clase semanal y alumnos no nativos. Por tanto, los textos usados no podrían ser demasiado largos, así que quedarían descartadas las novelas, a menos que fueran muy cortas o que solo leyéramos un fragmento; sin embargo, en vez de leer La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza podríamos ver la adaptación cinematográfica de Mario Camus. Por otro lado, tampoco leeríamos obras muy difíciles o con un lenguaje demasiado complejo; es decir, nada de Juan o de Luis Goytisolo, nada de Francisco Casavella y mejor el último Juan Marsé que el primero. Finalmente, no obligaría a los estudiantes a digerir películas o relatos muy lentos o incomprensibles, puesto que no me gustaría que se aburrieran; desecharía, pues, a Albert Serra, aunque no sé si alguna de sus películas está relacionada con Barcelona.

Podría dedicarle una sesión a la Barcelona negra, ya que son muchos los autores del género policíaco (Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Jordi Sierra i Fabra, Carlos Zanón, Alicia Giménez Bartlett...); eso sí, tendría que encontrar algún cuentito, porque las novelas estarían prohibidas. Otro día podríamos centrarnos en el relato corto en catalán (Pere Calders, Quim Monzó, Bel Olid, Empar Moliner, Carme Riera), aunque en este caso debería buscar un texto ambientado en Barcelona, quizás "La gran novel·la sobre Barcelona" de Sergi Pàmies o algo del Puja a casa de Jordi Nopca. Para variar un poco, leeríamos cómics: hablaríamos de la creación de TBO, del boom del cómic adulto a partir de los 70, de la línea chunga, de Makoki y de El Víbora, e incluso podríamos ver la película El gran Vázquez. Luego saltaríamos a la lírica sobre Barcelona y hay mucho donde elegir: desde las odas de Verdaguer y Maragall hasta los poemas de Roberto Bolaño y Joan Margarit, pasando por Jaime Gil de Biedma, Marta Pessarrodona y demás. En otra clase observaríamos la visión que de Barcelona tienen los creadores extranjeros (George Orwell, Colm Tóibín, Jean Genet); podríamos comparar dos películas (el turismo idealista en Vicky Cristina Barcelona versus la inmigración realista en Biutiful) o hablar del Erasmus en L'auberge espagnole o de la Guerra Civil en Land and Freedom. Más películas, pero patrias: una de terror (REC), de cine quinqui (Perros callejeros, Yo, «El Vaquilla»), de ciencia ficción apocalíptica (Los últimos días), el documental Ocaña, retrato intermitente, el Almodóvar de Todo sobre mi madre, etc. Para recordar a los charnegos y la inmigración de los sesenta, leeríamos algún fragmento de Los otros catalanes de Francisco Candel o algo de Juan Marsé. La Barcelona tardofranquista podríamos tratarla con la película de Salvador. El 11 de septiembre de 1714 estaría bien discutirlo con Victus de Albert Sánchez Piñol, pero es novela, así que habría que esperar a que hagan la película. Dedicaríamos un día a la música: la rumba catalana ("Gitana hechicera", "La rumba de Barcelona"), la "Barcelona" de Freddie Mercury y Montserrat Caballé, "Barcelona ciudad" de Loquillo y los Trogloditas, "Barcelona i jo" de Serrat, y otras de Manu Chao, Siniestro Total, La Banda Trapera del Río, etc.

Además, también me gustaría encontrar algún poema o relato de los integrantes del Boom latinoamericano, o de sus sucesores; pero que hable de los mismos escritores del Boom, de cómo vivieron en Barcelona García Márquez, Vargas Llosa y compañía. ¿Existirá algo así? Asimismo, querría buscar una obra de ficción sobre el catalanismo y/o el independentismo, sobre las tensiones España-Cataluña en el siglo XXI, los juegos de poder en la Generalitat, la experiencia de la gente normal, etc.; nada de ensayo o crónica, que existe en gran cantidad, tampoco sátiras baratas. ¿Habrá alguna novela o cuento más o menos decente por ahí?

Etcétera, etcétera. El mayor problema de organizar el hipotético curso no sería, pues, encontrar obras adecuadas a las circunstancias. El problema sería elegirlas, decidir cuáles usar y cuáles no. En eso estoy: decidiendo qué incluir y qué excluir.

De la interminable lista de novelas, cuentos, relatos, películas, poemas, documentales y canciones sobre Barcelona, solo estoy seguro de que incluiría una obra en mi curso, una sola obra. El último día del curso tendríamos un examen final, que en realidad sería un examen colaborativo, es decir, una clase como las demás. ¿Cuál sería, entonces, la última obra, la obra que condensaría todo lo aprendido en las catorce sesiones anteriores? El pregón de Javier Pérez Andújar para la Mercè de 2016.


En casa, los estudiantes habrían leído y escuchado las palabras de Pérez Andújar; alguno quizás se habría enterado de la polémica que el verano de 2016 rodeó al pregonero. Yo, como buen profesor, les habría advertido de la dificultad de interpretación, ya que el texto está cargado de sobrentendidos de la cultura popular y local barcelonesa (especialmente de la generación de mis padres, para complicarlo aún más). También les habría pedido a los estudiantes que leyeran el texto un par de veces y que googlearan todo cuanto les oliera a alusión o referencia.

Luego, en clase, trataríamos de diferenciar lo que es una cita, una referencia, una alusión, una paráfrasis, etc., porque el pregón de Pérez Andújar es un modelo de lo que Gérard Genette definió como literatura en segundo grado. También discutiríamos cuál es la estructura del texto: una mera lista. La lista es la forma literaria más básica; escribir listas es de pobres, diría Pérez Andújar. En su Facebook, el escritor de San Adrián del Besós dijo que su referente o inspiración (o hipotexto, Genette dixit) había sido Aullido de Allen Ginsberg, pero en clase comentaríamos si estamos de acuerdo o no con el autor.

Después anotaríamos en la pizarra las obras y artistas que habríamos encontrado en el pregón: si entre todos tuviéramos más del 50% de las referencias del texto-lista de Pérez Andújar, estaríamos aprobados; si no, también. A continuación les preguntaría a los estudiantes si el ejercicio de nostalgia extrema de Pérez Andújar también los conmueve a ellos, que no son de Barcelona y no pertenecen a su generación: si contestaran que sí, estarían aprobados; si no, también.

Para acabar, proyectaría todas las imágenes de obras y artistas mencionados o escondidos en el pregón: la portada de La plaça del Diamant y de la revista El Papus, una viñeta de El Capitán Trueno, una foto de Manolo Escobar, etc. Por mucho que le pusiera una música épica de fondo, por mucho que uno no sea de Barcelona ni de la generación de mis padres, la lectura del pregón es más emotiva que la sucesión de imágenes.

Palabras 1, imágenes 0.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Mateorías (y 27)

(Capítulo 27 y último de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintisiete

Este julio fue el mes de las despedidas. Por un lado, las oficiales: de la universidad, de la academia, del liceum; por el otro, los adioses: a los estudiantes, a Tutaj, a Kazimierz, a Cracovia.

Después de Mateo, el siguiente en saber que me marchaba de Cracovia fue el jefe de estudios de la Universidad Pedagógica, aunque a él lo informé cara a cara en su despacho. Nunca tuvimos mucho trato, pero le agradecí la oportunidad que me había dado (pese a que me había enchufado su amigo Adrian), encomié su gestión, alabé el ambiente del departamento y la buena disposición de los estudiantes de catalán y le aseguré que daría las clases que faltaban hasta el fin del semestre y de mi contrato con la profesionalidad que me caracterizaba. Cuando terminé, me hizo una pregunta obvia que, por algún motivo, yo no esperaba:

—Entonces, ¿por qué te vas?

Improvisé:

—Bueno, siento que debo cerrar mi etapa de profesor cracoviano. Llevo aquí cuatro años, estudiando y enseñando. Ahora necesito hacer algo diferente en otro sitio.

Unos días más tarde me dejé caer por la academia. Fui directamente a la sala de profesores, donde tantas horas había pasado. Como estaba vacía, aproveché para imprimirme un recuerdo: apreté el botón y salió una hoja en blanco, excepto por un pelo o fideo negro. Cuando la estaba mirando, quizás alertado por el ruido de la fotocopiadora, entró el profesor mexicano. Charlamos de los no tan viejos tiempos vividos en la escuela y, poco después, la directora cubana y otros profesores, algunos de ellos nuevos, se agregaron a la conversación. ¿Vuelves a trabajar con nosotros? ¿Nos echas de menos? ¿Vienes a espiarnos? ¿Quieres tomarte un cubalibre? Por fin, les dije que me iba de Cracovia. Con nostalgia evidente, recordamos el incidente de las banderas y otras anécdotas de la academia. Finalmente, la directora me preguntó:

—Pero ¿por qué te vas de Cracovia?

Inventé:

—Porque echo de menos a los míos: mis amigos, mi familia. Estos años en Cracovia han sido una experiencia fabulosa; he crecido mucho, también como persona. Pero ahora necesito volver con ellos.

Para poder acercarme al liceum sin romper la orden de alejamiento que me impuso el director polaco, me escondí tras las gafas de sol de Javier Marías. Estuve un rato fuera, disfrazado y a una distancia prudencial, observando el edificio donde había trabajado. Continuaba como antes, obviamente: ¿acaso debería haber cambiado a causa de mi ausencia? Vi pasar por mi lado a varios exalumnos, que no me reconocieron, y yo tampoco les hablé, aunque me habría gustado saludarlos y decirles adiós. Me sentía como un pervertido acechando adolescentes, como el pervertido al que habían echado por bailar con una estudiante, así que me metí en una cafetería cercana, desde la que podía espiar sin temer ser descubierto. Al salir el director, permanecí sentado. En cambio, cuando vi a Bartek, me levanté y lo seguí de lejos. Iba con un compañero, también mi exalumno, que unas calles después se fue en otra dirección. Entonces pude quitarme las gafas y llamarlo. Bartek se sorprendió al verme, pero no le sorprendió el verdadero porqué de mi desaparición o renuncia, que todos en el liceum conocían ya. Aunque parecía convencido de mi inocencia, daba la impresión de guardarme rencor. Me reveló su plan para el verano de 2016: escribir un relato. Un relato fantástico, el relato que cambiaría el rumbo de la historia universal de la literatura. Lo animé a trabajar duro y a no rendirse. A continuación, saqué el último ejemplar que conservaba de Todas las almas, mi novela con seudónimo, y se lo di. La escribí yo, le dije, hace unos años, antes de venir a Cracovia. Si yo pude escribir esto, tú también podrás y seguro que será mucho mejor. Luego le conté que me iba y él me preguntó:

—¿Y por qué se va de Cracovia, señor González?

Simplifiqué:

—Es una decisión muy difícil pero, como tú, voy a escribir. Me voy a España para estar más tranquilo. Este verano escribiré una novela.

Mis estudiantes de la Universidad Pedagógica se tomaron bien la noticia de mi partida, para ellos cualquier destinación era mejor que Cracovia, hasta que los corregí: no me voy a Barcelona sino a Madrid. Entonces me preguntaron:

—¿Por qué te vas a Madrid y no a Barcelona? ¡Si tú eres de Barcelona!

Fantaseé:

—Pues porque nunca he vivido en Madrid. Quiero vivir en una ciudad diferente, una ciudad que no sea mía. Porque en Cracovia he descubierto que cuando me siento extranjero, me siento más próximo a mí, me siento como si casi fuera yo. Además, quién sabe, quizás allí pueda dar clases de catalán.

Las únicas que no me preguntaron por qué me iba no eran personas: la gata Tutaj y la misma ciudad de Cracovia. Despedirme de Tutaj fue fácil: le compré un lujoso paté para gatos. Pero ¿cómo despedirse de Cracovia? ¿Cómo decirle adiós a la ciudad que me acogió durante cuatro años?

Pasear, la única forma posible de despedirme de Cracovia era pasearla. En mis últimos meses, anduve más que nunca. Salía cada mañana de mi kawalerka y deambulaba por Podgórze y luego pasaba junto a la Plaza de los Héroes del Gueto, cruzaba el río y vagaba por el barrio de Kazimierz hasta el centro, para visitar de nuevo los bares de mis juergas rabelais, los edificios donde tuve clases, la residencia donde compartí habitación con Facu. Repetí el camino que entonces solía hacer para ir a clase y para ir a trabajar y para hacer la compra. Fui a la Universidad Jaguelónica y recorrí sus pasillos como si fuera un estudiante o un profesor o un rabelais, llamé al despacho de Adrian pero me fui antes de que me abriera, pregunté en secretaría dónde estaba Mateo. Pasé muchas veces por delante de la academia y algunas entré a despedirme de nuevo. Me tomé un par de cervezas en Albo Tak, donde Javier Marías habló de su libro, y otras tantas en el bar donde íbamos a ver el Barça-Madrid un 26 de febrero de 2013 a las 21:00 del capítulo también nueve, pero en vez de eso Mateo se peleó con un polaco y yo llegué tarde. Tomé el tranvía 24 de Plac Bohaterów Getta al Hotel Piast y al revés, y no me bajé sino que permanecí sentado en mi asiento, viendo cómo pasaba por delante de mis ojos una parte de la ciudad que nunca me había molestado en conocer pero que alguna vez había soñado, me bajé en Kurdwanów, la última parada, y regresé andando: me olvidé de los rieles y me perdí por barrios residenciales con casas unifamiliares ajardinadas y bloques de pisos grisáceos, centros comerciales, polideportivos y cines clónicos, supermercados insignificantes, quioscos insustanciales, parques y talleres mecánicos, lugares tan anónimos y fútiles que parecían no existir, a pesar de que en el fondo eran más auténticos y estaban más vivos que los rimbombantes edificios y monumentos del centro de la ciudad. Visité por primera vez los cuatro montículos de Cracovia, a los que peregriné sin porqué: el monte Kościuszko y el Piłsudski, construidos en los siglos XIX y XX en honor a dos héroes polacos, y el monte Krakus y el Wanda, dos túmulos prehistóricos levantados por y para quién sabe quién. Crucé el río por el puente con candados de enamorados y recorrí las calles de Kazimierz reconociendo los bares conocidos con Mateo. Seguí a desconocidos que me llevaron a nuevos sitios, desde donde fui detrás de otros tipos que me llevaron a otros lugares. Más de una vez llegué sin querer al piso de Mateo y aunque parecía inhabitado no podía evitar pensar que quizás Mateo seguía viviendo allí, que quizás no se había ido a Ucrania y tampoco a Madrid, que quizás me había mandado las cuatro postales desde Cracovia, que quizás me estaba devolviendo la mirada detrás de la cortina. Anduve a lo largo del Vístula: al oeste, dejando a un lado el abandonado Hotel Forum y al otro el castillo de Wawel, siguiendo más allá de la laguna de Zakrzówek hasta el pueblo de Tyniec; al este nunca pasé del recodo donde perdimos el balón de Kazimierz y nos dimos un chapuzón. Caminé hasta el barrio ciudad de Nowa Huta, tan cercana en tranvía y tan a una hora y media a pie, me detuve en Plac Centralny, la plaza donde Facu imaginó la estatua del Gran Soldado Comunista, me volví al sur y contemplé una pradera que parecía el fin del mundo, me dirigí al norte y callejeé por donde Juan Pablo II luchó contra el régimen socialista. En el centro de Cracovia, me disputé el espacio vital con los turistas, rechacé las continuas invitaciones a clubs de estriptis, busqué la sombra y el cobijo en las iglesias, ojeé los escaparates de las tiendas de souvenirs. Fui a los escenarios de mis relatos escritos en Cracovia y publicados en De mí me río, especialmente a las cafeterías que salían en Encuentros con los Apocrifílicos; una de ellas, Coffee Cargo, ya no existía cuando llegué: la habían derruido para construir un bloque de pisos.

En mis últimos meses cracovianos leí muy poco y no escribí nada, solo caminé. Caminé sin rumbo, caminé rumbo a Madrid, caminé caminos pasados, caminé tratando de no repetirlos, caminé sin pensar, caminé siguiendo mis recuerdos, caminé hacia el 29 de julio de 2016. Si alguien analizara mis movimientos almacenados en un ordenador, no detectaría ningún patrón en mis caminatas, solo una maraña confusa, imposible de desenredar y comprender. Pero para mí era obvio que estaba diciéndole adiós a Cracovia: despedirse de una ciudad es andarla una última vez, repasarla y repisarla. Al mismo tiempo, pasear por Cracovia era una manera de escribir. Andando estaba inscribiendo sobre la ciudad la novela que quería pero no lograba escribir.

Una mañana, casi me despedí de quien no quería. Al cruzar Rynek, escuché una historia familiar contada por una voz que me sonaba: no entréis en La Cabeza, porque los turistas y los polacos mean dentro cada noche. ¿Queréis que os cuente la historia de La Cabeza del Gran Soldado Comunista? ¿Queréis saber por qué está siempre llena de pis? Mientras un grupo de diez o doce personas asentía y le prestaba atención, confirmé que no me había mentido en nuestro último encuentro, o al menos no del todo: Facu era en efecto un guía turístico. Como no quería volver a oír su relato ni que me reconociera, me alejé bastante. Pero sentado en un banco seguí observando sus gestos de orador consumado, que despertaban el interés genuino del público. Sentí un regusto amargo: Mateo ya no estaba y yo me iría pronto, mientras que Facu se quedaba. Cracovia nos ha ganado, me dije al continuar mi paseo.

En mis andaduras de despedida, noté bastantes cambios en Cracovia. Se estaba transformando a medida que la recorría: si mis paseos escribían la novela de la ciudad, en un par de días el texto ya quedaba obsoleto. No solo había algunos bares o cafeterías cerrados, también encontré edificios nuevos o remodelados, calles asfaltadas y aceras arregladas. No es una hipérbole: cualquier habitante de Cracovia conocía desde hacía tiempo la causa del rejuvenecimiento de la ciudad: el papa la visitaría, seguido por cientos de miles de peregrinos. Del 26 al 31 de julio de 2016, se celebraría la JMJ, es decir, la Jornada Mundial de la Juventud. Gracias al Pop Quiz de Malcolm, yo sabía perfectamente en qué consistía y cuál era su historia: se la inventó Juan Pablo II en los años ochenta y era una reunión masiva de sacerdotes y jóvenes católicos que celebraban su fe portando una cruz de madera, la Cruz de los Jóvenes, un regalo de 3,8 m de altura gentileza del mismo papa. Tres puntos para mí, Malcolm.

En Cracovia, las preparaciones de la JMJ empezaron a ser visibles a principios de 2016. En junio, la ciudad entera ya estaba forrada de carteles con el rostro del papa, como si fuera un candidato en la recta final de una campaña política o una estrella de pop anunciando su último concierto. Sin embargo, los carteles mostraban la cara del difunto Juan Pablo II, el papa favorito de los polacos, y no de Francisco, el papa vivo y en funciones que visitaría la ciudad. Aquellos días, Cracovia era una versión a escala y sin ironía de mi altar de objetos kitsch. Tenía la sensación de que en cualquier esquina me podía encontrar una taza gigante del rey Jorge Luis I o una gran postal de Madrid. Todo aquel montaje me parecía una venganza de la ciudad: como yo me había disfrazado de Javier Marías para engañarla, ella ahora se disfrazaba de Juan Pablo II para humillarme.

En una de mis caminatas, me detuve frente a un cartel y le aguanté la mirada al papa. ¿Y si escribía sobre él? ¿Y si escribía sobre la JMJ? ¿Y si escribía sobre la juvenil transformación de Cracovia, sobre la estancia de los peregrinos, sobre los conciertos, las fiestas y las misas que se organizarían y sobre cuanto pasara en la ciudad esos días? Quizás necesitara escribir una crónica para salir de mi atasco creativo, para librarme de la trampa de la autoficción: en vez de escribir sobre mí, recorrería la ciudad entrevistando a los voluntarios y a los visitantes y a los que no participaban en los festejos, en fin, le tomaría el pulso a la ciudad y pondría por escrito su atmósfera. Llegué a concebir un título para mi reportaje, Un ateo en la JMJ, pero nunca la empecé. No era momento de escribir sino de andar.

Y mientras yo llevaba meses andando por mi Cracovia para tratar de mantenerla en pie, en unos días cientos de miles de peregrinos se apropiaron de la ciudad a pasos agigantados. Poco antes de que comenzara la JMJ, saliera mi avión a Madrid y llegara el papa, la ciudad ya era suya. Ondeaban banderas de todos los colores, de países que yo ni siquiera conocía y que probablemente no vería nunca más. Grupos enormes de jóvenes a rebosar de testosterona, acné, pasión y fe cantaban sus respectivos himnos nacionales y coreaban consignas religiosas y patrióticas. Me pregunté si Facu y Todo en Español andarían por ahí, camuflados entre los peregrinos. Aunque la mezcla de nacionalismo y catolicismo me producía un rechazo irreprimible, no podía negar que su comportamiento era ejemplar: no solo no se peleaban ni se increpaban ni meaban en La Cabeza, sino que sonreían y saludaban animosamente a los jóvenes de otros países que encontraban por la calle. Con todo, cuando el 26 de julio empezó la JMJ, Cracovia era un pandemónium de felicidad católica. Era casi imposible caminar por la ciudad, convertida en la fiesta de la juventud cristiana, a la cual yo no estaba invitado.

El día antes de marcharme, decidí darme un último paseo hasta el centro. Cansado de andar y de la multitud, me senté en la terraza del bar de Kazimierz, el amigo de Mateo que parecía un żul. A pesar de estar situado en el centro de Cracovia, en un Rynek abarrotado de peregrinos, el bar estaba casi vacío. Cuando me vio, Kazimierz se acercó con un par de cervezas y se sentó a mi lado.

—Hacía mucho que no nos veíamos —me dijo—. Has venido al mejor lugar para refugiarte de los peregrinos: los malditos no entran en ningún bar. Se suponía que la JMJ tenía que beneficiar al sector turístico, pero los peregrinos no consumen nada. Como son jóvenes no tienen dinero y como son católicos no beben, o al revés, no sé. En fin, ¿cómo estás? Ya nunca vienes a jugar al fútbol...

—Me voy de Cracovia —le dije—. Me voy a Madrid.

—Conque a Madrid, ¿eh?

Kazimierz se quedó callado un rato, y yo también. Por encima del griterío de Rynek, pude oír el toque de trompeta de la basílica de Mariacki. Eran las doce del mediodía. Me acordé del día en que subimos a la torre y de la respuesta de Mateo: lo que más me gusta de Cracovia son sus bares. Los peregrinos no estarían de acuerdo con él. Kazimierz y yo brindamos por mí y por mi partida. Entonces, se levantó y nos despedimos:

—Cuida de él, ¿vale?

Observando a los jóvenes peregrinos, dejé de pensar en Cracovia.

Al día siguiente, el 29 de julio de 2016, me dirigiría al aeropuerto para tomar mi avión. En el control de seguridad, alguien observaría el contenido de mi equipaje, diseccionado en el aparato de rayos X. El vigilante no entendería por qué había tantísimas tazas en esa maleta. No le parecería ilegal, porque no lo era, solo raro. ¿Qué necesidad tenía este tipo de comprar todas estas tazas?, se preguntaría. Por suerte, a mí no me diría nada, simplemente me haría pasar bajo el arco detector y me dejaría alejarme con mi maleta llena de tazas.

A continuación, me sentaría en la sala de espera, junto a otros pasajeros. Y esperaría. A pesar de que siempre se me ha dado bien esperar, en esta ocasión estaría nervioso. Intentaría distraerme con un libro, con el móvil o con la televisión, pero no lo lograría. Pensaría en Mateo, pensaría en cómo dentro de unas horas nos fundiríamos en un abrazo, pensaría en mi próxima vida en Madrid; serían todos pensamientos fugaces, inasibles como peces asustadizos. Me inquietaría. En algún momento, me levantaría e iría al lavabo, llevando la maleta conmigo.

Mearía sin ganas y me lavaría la cara una, dos, tres veces. Saldría con el rostro chorreando.

De nuevo en la sala de espera, me sentaría en el mismo sitio de antes, pero me sentiría diferente. A partir de entonces, sería el protagonista de una novela, una de esas novelas cuyo protagonista es un escritor que quiere escribir una novela. Y al final de la novela este escritor experimentaría una epifanía, una revelación: se le aparecería ante sus ojos la novela que llevaba tanto tiempo intentando escribir. No la sucesión de imágenes que precede a la muerte, sino el texto al completo, con sus capítulos, sus escenas, sus diálogos, sus párrafos, sus puntos y sus comas. Y, bueno, más bien se le aparecería en la cabeza. Sentado en ese incómodo asiento, la mente del escritor sería la novela. El escritor hojearía su mente para comprobar que, efectivamente, la novela no era otra cosa que la vida que había llevado hasta entonces. La búsqueda, no el hallazgo.

El escritor sabría que la novela se titularía Mateorías. El escritor leería en voz baja la primera frase de la novela: "Solo hice verdadera amistad con Mateo durante mi estancia de cuatro años en Cracovia". Finalmente, el escritor se imaginaría en Madrid, escribiendo estas líneas.

Madrid, septiembre de 2016.