sábado, 27 de agosto de 2016

Mateorías (23)

Veintitrés

Mateo estuvo a punto de caerse cuando se quitaba los zapatos, porque la gata Tutaj le pasó de repente entre sus ebrias piernas. Al tumbarse en el sofá cama, pensé que se quedaría dormido en seguida pero, en vez de eso, me pidió un café. Mientras lo preparaba y limpiaba cuatro tazas, fui controlando a Mateo a través del espejo: se mantenía despierto sin hablar, acariciando a Tutaj hasta que la apartó de sí cuidadosamente, se levantó y curioseó entre mis estantes vacíos y mi altar de objetos kitsch, y luego volvió a sentarse, esperando a que estuviera todo listo; era más probable que me durmiera yo que él. Dejé las tazas aún mojadas en la mesa: dos me las regaló Mateo (Juan Pablo II y Messi), una la compré yo (Tío Sam) y la cuarta no tenía nada especial. Sin preguntar, serví café humeante en dos, agua del grifo en una y vodka de avellana en otra. Si no hubiera estado tan dormido, habría sentido un déjà vu de magnitud 10. Brindamos en silencio con las primeras y nos sentamos uno a cada lado de la mesa. Me pareció descubrir un nuevo rictus en Mateo: no era que estuviera borracho y trasnochado, también había algo cambiado, quizás en su sonrisa, como si se le hubiera soltado algún cable o aflojado un par de tornillos. Ninguno de los dos nos decidíamos a hablar, no sabíamos cómo empezar la partida de ajedrez, hasta que Mateo me mostró su móvil.

—Perdona que me haya presentado sin llamarte antes. Ya sabes que no soy muy amigo de los móviles. Primero quería llamarte para contarte lo que me ha pasado en la universidad, pero luego he pensado que era mejor no molestarte porque mañana trabajas en el liceum. Y por la tarde será tú tercer día dando clases de catalán en la universidad, ¿no? Por cierto, ¿qué hora es? —en vez de comprobarlo o responderle, vacié la taza con vodka—. Y luego ya me he puesto a beber y a meditar y me he olvidado de ti. Por suerte, he visto la luz al final del túnel de la duda: la solución más óptima a mi problema es marcharme de Cracovia. No sabes lo tranquilo que me he quedado después. Me voy de Cracovia, me he repetido, y qué a gusto, oye. Entonces he decidido que te lo tenía que contar todo, pero esta vez no se me ha ocurrido lo de llamarte y he venido andando hasta tu casa. Cuando me he dado cuenta de lo tarde que era, he comprado una botella de vodka para compensar.

—¿Pero qué te ha pasado?

—Me voy de Cracovia. Ya no trabajo en la universidad y mañana dejaré la academia. Y en unos días me voy a Ucrania y después seguiré viajando por Europa en la furgoneta. ¿Te apuntas?

No contesté porque no entendía nada. Estornudé estruendosamente y señalé una taza:

—Bebe café y explícate mejor. No sé de qué estás hablándome. ¿Por qué Ucrania y con qué furgoneta? ¿Y cómo quieres que me vaya de viaje si el curso acaba de empezar?

—No me jodas, catalán. ¿Tú no decías que había que cambiar lo de introducción, nudo y desenlace? Empezaré por el principio, a ver si te enteras. Ayer tenía la primera clase en la universidad y cuando llegué a mi aula estaba vacía, ni un estudiante. Solo había una nota encima de mi mesa, que ya no era mi mesa. Estoy en mi despacho, ponía, y la firma de Adrian. Por el pasillo ya me fui oliendo que ese hijo de puta me la había jugado, pero el cabrón colmó mis expectativas. Entré y lo primero que me soltó Adrian, como si me hubiera estado esperando: ya te has llevado tus cosas, ¿no? Y yo: ¿qué cosas? Pues tus trastos: los lápices y bolígrafos y papeles y lo que sea que guardes aquí. Sabes que ya no trabajas en la universidad, ¿no? Qué bien se lo estaba pasando ese mamón. Como puedes imaginarte, yo no entendía nada, estaba más confundido que tú ahora. Al final conseguí que Adrian se explicara un poco: resulta que no tenía contrato en la universidad.

—Pero eso es normal, ¿no? Incluso en la universidad. Empiezas a trabajar y ya firmarás otro día el contrato...

—Eso le dije yo a Adrian, que no es la primera vez que doy las primeras clases sin haber firmado el contrato de ese semestre. Pero el muy hijo de puta me sonríe y me dice que en Polonia las cosas no funcionan como en España, que aquí no se trabaja sin contrato. Y que, si quiero, vaya a hablar con el decano, que me dirá lo mismo que me acaba de decir él: que este año no voy a dar clases en la Universidad Jaguelónica.

Mateo señaló la botella de vodka y le puse un poco en su taza del agua, ya vacía. Dio un sorbo pequeño mientras yo me sonaba ruidosamente.

—Menudo catarro tienes. Eso te pasa por bañarte en el río...

—¿Y hablaste con el decano?

—Claro, esa misma mañana, que aunque parezca tan lejana es la mañana de ayer. Y Adrian tenía razón: el decano de la facultad de filología me confirmó que no voy a trabajar más en la universidad. No dijo que estaba despedido sino que no trabajaría más, pero al menos me explicó el porqué. Se ve que unos cuantos estudiantes se quejaron de mí en las encuestas de evaluación del profesorado. Según los llorones anónimos, mis clases son un desmadre y mis evaluaciones, injustas.

—Qué idiotez, esto pasa todos los cursos en todas partes, con todos los profesores y alumnos. A mí también me criticaron en la academia...

—Sí, sí, no es la primera vez que me salen mal las encuestas. Lo que marcó la diferencia es que uno de los quejicas dijo que yo era un inmoral que los adoctrinaba, porque hice la actividad de los reyes y la homosexualidad. ¿La recuerdas? La actividad de los retratos de los reyes españoles en que los estudiantes deben decidir si creen que los monarcas son gais o no. Ya la había realizado antes en la universidad, pero ayer el decano se escandalizó y ya no quiso saber nada de mí. ¡Con los disparates que he hecho yo en esas aulas y me despiden por esta chorrada! De todos modos ya era tarde: también me dijo que este verano yo no había solicitado que se me volviera a contratar. ¡Pues claro que no, ningún verano lo pido! Como siempre, esperé servilmente a que me llamaran y me dijeran cuántos grupos iban a darme. Y mientras yo esperaba como un tonto, apareció casualmente el candidato perfecto, así que la universidad, es decir, el decano, lo contrató. Adivinas quién lo recomendó, ¿no? Ya te dije que Adrian tenía mucho poder en la Jaguelónica...

—¿Y quién es el nuevo profesor?

—No sé, un español, no lo conozco. Pero el malo de la película no es él.

—¿Y por qué no te avisaron antes? Podrías haberte buscado algo para sobrevivir, en otra universidad o en un instituto.

—Pues precisamente para no tener margen de reacción. El cabrón de Adrian quería joderme bien, y esta vez lo ha conseguido.

—Pero ¿por qué te odia tanto? ¿Es porque ganamos el Pop Quiz y te quedaste con la camiseta del papa? Pues regálasela o dale cualquier camiseta negra que tengas.

—No, no. Lo nuestro viene de antes —Mateo vació la taza de café y le echó una ojeada a Tutaj, dormida en el sofá cama—. Si quieres te lo cuento, pero mañana tienes que madrugar...

—Mañana es el primer viernes del curso y mis estudiantes tienen dieciocho años. Seguro que no seré el único de la clase con resaca.

Mateo asintió con la cabeza y nos sirvió más vodka, mientras, achís, yo ponía café.

—¡Jesús! ¿Recuerdas aquella noche en que te hablé de mi historia con Marta?

—Gracias. Sí, la recuerdo, en el capítulo diez. ¿Qué tiene que ver tu exmujer con esto?

—Vine a Cracovia por dos polacas: mi exmujer y su madre, que estaba enferma. Así que, como el resto, estoy en Cracovia por amor. Pero mi historia de amor es un poco más novelesca de lo que te conté. Si vine a Cracovia es porque Marta me reveló que tenía un amante. No en Liverpool, donde vivíamos entonces, sino en Cracovia, adonde ella iba a menudo por la enfermedad de su madre. Sí, yo también me quedé con esa cara, como el personaje de un folletín que acaba de descubrir la cloaca que es su vida. ¡Qué tópico es todo! Resulta que el amante había sido su profesor en la universidad y ya habían estado juntos años atrás, cuando Marta todavía era su alumna, vivía y estudiaba en Cracovia y ella y yo no nos conocíamos, pero su relación terminó al irse a Madrid con el Programa Rabelais. Dejó de ser su alumna y su amante a la vez y, como luego nos mudamos al Reino Unido, no volvió a verle. Hasta que reincidió años más tarde, claro. Ella nunca me contó nada de todo esto, porque en el fondo no hacía falta; yo tampoco le hablé de mi exnovia, por ejemplo. Hasta que me lo contó y me dio un ultimátum: si quieres que sigamos juntos, tenemos que irnos a Cracovia. Desde que visito tanto a mi madre, he vuelto a verme con mi ex, un profesor de la uni. Lo siento, pero lo paso tan mal en Cracovia, estoy tan sola allí, al lado de mi madre, es tan duro y sufro tanto... Sí, sí, dijo eso, la cito textualmente: un profesor de la uni, ¡de la uni! Lo que más me dolió fue que acortara una puta palabra en una situación supuestamente dramática. De la uni: ¿a quién se le ocurre? Por mucho que ella no fuera una hablante nativa, no tenía excusa. Mi amante de la uni, no me jodas. En fin, esa fue la primera vez que oí hablar de Adrian. Comprenderás que no le tenga mucha simpatía...

A pesar de que bromeara, a Mateo no le divertía lo que me estaba contando. Lo notaba exaltado, revolucionado y, achís, me costaba decir si también dolorido.

—Por lo que sé y me cuentas de Adrian, tampoco a mí me despierta simpatía.

—¡Salud! Qué resfriado, catalán. Quizá debería haberlo mandado todo a la mierda entonces, pero al final vinimos a Cracovia para que Marta estuviera con su madre y, como se suele decir, para salvar nuestro matrimonio. Ya sabes que no tuvimos mucho éxito. Aunque al principio Marta solo se ocupaba de la enferma y parecía que estaba mejor, pronto noté su transformación: empezó a comer menos, a llorar con frecuencia, me repetía las tonterías que leía en libros de autoayuda, dormía mucho, no veía a nadie más que a su madre, se quejaba constantemente de sus desgracias y se encerraba a solas en su habitación. Casi habría preferido que volviera a tener un amante... Yo no podía hacer nada para ayudar a Marta, porque ella rechazaba cuanto intentaba. Por eso también me transformé: me dediqué por entero a salir y beber. Y ya sabes que estos dos verbos son muy usados aquí, en Cracovia, esta pequeña ciudad en cuyos bares puede pasar cualquier cosa. Así que una noche en De Cafencia conocí a un tipo que bebía solo en la barra, y no precisamente café. Era un profesor de literatura de la Universidad Jaguelónica que estaba bastante borracho.

—Adrian —no pude contenerme, como el empollón de la primera fila, pero Mateo no recompensó mi acierto.

—En los bares de Cracovia uno puede encontrarse incluso al amante de su mujer, sí, aunque no he vuelto a verlo más en De Cafencia. Por supuesto, él no sabía quién era yo, supongo que pensó que era un miembro de Todo en Español o un turista impresionado por su castellano casi perfecto, pero yo lo identifiqué a la primera. Lo traté de usted y le tiré un poco de la lengua y en seguida me lo contó todo, se moría de ganas de público: que estaba tan enamorado como borracho, que ella era una medio polaca, medio ucraniana casada con un español, que habían sido amantes antes, que quería que dejara al marido, que este no sospechaba nada, que estar con esa chica lo rejuvenecía... También me mostró una foto, el muy imbécil, la llevaba guardada en la cartera, porque entonces todavía no había tantos smartphones.

—¿Y qué? ¿Le confesaste quién eras?

—No, para nada. Me contó algunos detalles más y luego cambiamos de tema. Le pregunté por sus clases en la uni (los estudiantes son un desastre y tal), le dije que me atraía el mundillo académico (¿usted ha llevado toga alguna vez?), hablamos un rato de literatura (la novela histórica es indispensable y blablablá), le confesé que yo era profesor de español (qué difícil es entrar en la comunidad cracoviana de profesores, en Inglaterra no me costó tanto) y al final aproveché mi oportunidad. Mire, soy profesor de español, tengo bastante experiencia, soy un tipo divertido y trabajador y quiero quedarme un tiempo en Cracovia: ¿en la Universidad Jaguelónica necesitan a alguien? Espera, espera, no me interrumpas ahora, catalán. Yo tampoco me lo terminaba de creer: le acababa de pedir trabajo con la mayor naturalidad del mundo, como si no se estuviera follando a mi mujer. Creo que entonces me reconoció o dedujo quién era yo, aunque no dijo nada, pero adiviné un destello de duda en sus ojos, un titubeo que duró un instante en que quizás se apiadó de mí, del pobre cornudo. Me respondió que sí, que casualmente necesitaban un profesor para empezar en septiembre y que no lograban encontrar a nadie. Unos días después tuve una entrevista con el decano y más tarde firmé mi primer contrato con la Universidad Jaguelónica. El único que firmé antes de empezar el curso, por cierto, aunque apenas fuera una semana antes. Solo me dieron un grupo, pero entre eso y las clases en la academia fui tirando, ya que no teníamos que pagar alquiler.

—¿Y no era un poco raro trabajar juntos?

—No te creas, lo bueno de ser profesor es que, en tu clase, estás tú solo. Fuera, nos cruzamos muchas veces, y era y es evidente que nos odiamos, pero nunca nos dijimos nada. Yo lo sé y él sabe que yo lo sé, eso es todo. Incluso cuando Marta y yo nos separamos y ella se fue con mi furgoneta a Ucrania, dejándolo también a él, la cuestión seguía siendo tabú. En cambio, con Marta sí que hablé sobre Adrian. Tras la muerte de su madre, me apiadé un poco de ella y traté de consolarla, a pesar de que habría preferido mantener la distancia, como con Adrian. Pero, claro, ella todavía no sabía que yo lo sabía. Le dije que ya había experimentado varias veces la muerte de un ser querido, que sabía que al final siempre acababa siendo posible aceptar que la vida solo es una digresión de la muerte. Cuando tus padres murieron solo eras un niño, me soltó Marta, no es lo mismo. Yo acabo de perder a mi madre y mi padre murió hace mucho tiempo: ¡acabo de quedarme sola en el mundo! En otra situación no le habría tenido en cuenta el desplante, pero entonces no. Me ensañé con ella. No estás tan sola, le dije a Marta. Y no me refería a mis padres.

Quise hablar, pero Mateo me cortó con un gesto de la mano y bebió un poco de café. Miré nuestro reflejo en el espejo y, quizás por mi cara de cansancio, me costó reconocerme.

—¿Recuerdas, Marta, el 31 de diciembre de 2003, el día en que nos conocimos? ¿Recuerdas la fiesta de Nochevieja donde nos vimos y hablamos por primera vez? ¿Recuerdas qué flechazo? ¿Recuerdas que había españoles y rabelais, todos mezclados? ¿Recuerdas que nos presentaron y justo cuando iba a darte dos besos me aparté, dejándote con el cuello estirado hacia la izquierda? ¿Recuerdas que cuando hablamos más tarde te dije que si me aparté fue porque había visto a una conocida? Claro que lo recuerdas: siempre has dicho que te llamó la atención que aquel idiota te dejara con los besos colgando, que si te hubiera besado probablemente no te habrías fijado en mí. Sí, por supuesto que te acuerdas, Marta: aquella noche nos cambió la vida. Lo que no recuerdas, lo que no sabes, es que no te besé porque vi a Elena detrás de ti y me acerqué a ella. Elena no era una conocida, habíamos ido juntos a la fiesta. Precisamente fuimos porque la habían invitado a ella, no a mí, como después te diría yo. Me dio vergüenza que me viera besando a otra, aunque fuera en la mejilla. O quizás quería evitar que tú la conocieras. En cualquier caso, al verla te robé nuestros dos primeros besos.

—Espera, Mateo, espera. ¿Quién coño es Elena? ¿Has olvidado hablarme de ella?

—No olvidé a Elena, la obvié. Si te hubiera hablado de mi relación con ella, la nuestra no habría sido posible. Elena era mi novia de toda la vida; nos conocíamos desde que éramos críos y salíamos desde el instituto. La dejé por ti, Marta, en febrero de 2004, cuando tú y yo llevábamos solo dos meses viéndonos, poco antes de dejar Madrid. Ves, yo también puedo engañar. Pero no es lo mismo, como tú dices, porque entonces las engañadas erais las dos: Elena y tú. En cambio, ahora el único engañado soy yo, y por partida doble. Pero a ti también te engañé más veces. ¿Recuerdas los días que siguieron el trágico 11 de marzo de 2004? ¿Recuerdas que te pedí que nos fuéramos de Madrid? ¿Recuerdas que te dije que quería cambiar de aires, que me asfixiaban la ciudad y el luto? ¿Recuerdas que me diagnosticaste que los atentados de Atocha me hacían revivir la muerte de mis padres, también en marzo? ¿Recuerdas cómo cargamos nuestras pocas pertenencias en mi furgoneta y condujimos hacia el norte? ¿Recuerdas que me notabas triste y decías que era un nostálgico precoz, que no era posible que ya echara de menos Madrid? ¿No te acuerdas? Quizás esté yendo demasiado rápido, déjame que te refresque la memoria.

Mateo se sirvió vodka y dio un trago largo. Hice lo mismo, pensando que así me situaría en las mismas coordenadas espaciotemporales que él.

—Hace cosa de un mes vinimos en la furgoneta a Cracovia para salvar nuestro matrimonio, cito tus palabras, Marta. De ese viaje sí que te acuerdas, ¿no? Salimos de Liverpool, dejamos atrás Londres y cruzamos el Eurotúnel por última vez, paramos cerca de Amberes y la segunda noche la pasamos en Leipzig. Yo lo recuerdo perfectamente, porque las torturas no se olvidan. ¡Qué viaje tan pesado! Solo hablábamos para decir que necesitábamos mear, repostar o dormir. Bueno, y un par de veces tú rompiste el silencio y me dijiste: ay, te noto triste, ay, te noto tenso, ay, ¿estás bien?, y me pedías perdón de nuevo por haberme engañado. En verdad, yo estaba pensando que me lo merecía, por haberte engañado durante tanto tiempo.

Tutaj se desperezó y de un par de saltos se situó a mi lado, en otra silla, desde la que observaba a Mateo sin entender nada y sin ganas de entender. Pero de algún modo era consciente de que algo había cambiado a su alrededor.

—Vayamos más atrás si quieres, Marta. Aunque es probable que aquellos fueran los mejores años, tampoco en Liverpool logré ser feliz. Ni siquiera allí pude olvidarme de Elena, porque no se trataba de olvidarla. ¿Recuerdas aquellas pesadillas que me despertaban casi cada noche? Era un sueño aterrador, incluso ahora tiemblo si lo tengo, por suerte solo ocurre muy de vez en cuando. Iba yo solo en mi furgoneta, conducía muy deprisa, como si hubiera una emergencia. La furgoneta avanzaba y avanzaba por pueblos y ciudades, por carreteras vacías en las que todo el mundo iba hacia el lugar del que yo huía, mientras que mi carril estaba vacío. En mi desbandada, me iba cruzando con coches, camiones, motos, bicicletas y transeúntes en sentido contrario, iban a Madrid. A veces me despertaba porque reconocía una cara familiar entre los que no escapaban, aunque nunca veía la de Elena. Otras veces me despertaba una explosión o un grito detrás de mí, inverosímilmente oía el estruendo de la masacre a decenas de kilómetros. Algunas veces me despertaba cuando miraba a mi derecha y veía que en el asiento del copiloto no había nadie. Una sola vez desperté al escuchar un ruido terrorífico, un ruido muy corto pero fuerte, como compactado, como si un cristal muy denso estallara de golpe, como si hubieran detonado una bomba en un tren de vidrio. Resultó ser la lavadora de nuestro piso de Liverpool, en marcha mientras yo me echaba la siesta. Me reí como un tonto cuando vi la lavadora, pero yo seguía temblando. Qué fácil resulta interpretar este sueño ahora, ¿verdad?, ahora que dispones de toda la información necesaria.

Noté que Mateo sorbía el café de un modo diferente, que no agarraba la taza como siempre, sino como él mismo lo hacía cinco años atrás. Ese otro Mateo, ese Mateo lejano y pasado, me miraba y hablaba con más con culpa que odio.

—Saltemos de nuevo en el tiempo, ya casi terminamos. ¿Recuerdas nuestro viaje de Londres a Liverpool, Marta? Otro viaje en silencio que se convirtió en un calvario. Tú no entendías por qué quería volver a mudarme tan deprisa y me lo fuiste echando en cara hasta llegar a Liverpool. No comprendías por qué los atentados del 7 de julio en Londres me habían afectado tanto. Yo te repetía que, después de los ataques, Londres ya no era la misma ciudad: me la habían cambiado. Los terroristas infundieron miedo, te decía. Claro, me contestabas, es su objetivo: causar terror. El problema es que se tenía miedo de los musulmanes, de los indios, de los árabes, de los negros, de los hispanos, de los morenos, de los barbudos, en fin, miedo de los otros, que era lo mejor que tenía Londres. Al final te creíste mi engaño porque era verdad, porque me repugnaba la reacción que los atentados habían provocado en la gente. Pero no sabías que todavía me repugnaba más lo que provocaban en mí. Quise abandonar Londres por el mismo motivo por el que quise abandonar Madrid: por la muerte de Elena. ¿Y recuerdas el 7 de julio de 2005? Yo no podré olvidarlo jamás. Ni siquiera estábamos en Londres el día en que sucedió todo. Vimos las mismas imágenes que el resto del mundo en la tele: los muertos sobre las vías, la gente atrapada en el metro, el autobús destrozado, el interior del vagón hecho pedazos. Verdaderamente terrible, porque eran las mismas imágenes que contemplé en la tele un año y casi cuatro meses atrás: los muertos sobre las vías, el tren sacudido pero aún en pie, las ventanas rotas y la chapa deformada, los vagones partidos por las explosiones. Observando una imagen de Londres me trasladaba a Madrid, y viceversa, como si los vagones y la destrucción comunicaran las dos ciudades. Viajé a Londres para escapar del recuerdo y en Londres estas imágenes me deportaron a Madrid: ¡qué irónico es todo! En las imágenes de los atentados de 2005, en las imágenes de los atentados de 2004, descubrí que el horror no tiene rostro, el horror es abstracto. Las he mirado un millón de veces, me las sé de memoria, pero nunca he podido identificar a Elena ni en las fotos ni en los vídeos. Ilusamente, pensaba que, si no aparecía en las fotos, Elena no estaba muerta y, por tanto, yo no era culpable. Así de desesperado estaba. Y tú no entendías por qué me atormentaba tanto, por qué tenía tanta prisa por dejar Madrid, mi querido Madrid, como un tiempo después no entenderías por qué tanta prisa por dejar Liverpool, mi querido Liverpool. Nunca te dije, Marta, pero te lo diré ahora que estoy confesándote mis engaños, que el 11 de marzo de 2004, la mañana en que Madrid estaba horrorizado por los atentados de Atocha, mi móvil no paró de vibrar. Yo estaba sentado en el suelo, en casa, es decir, en el piso de mis padres, apoyado en el sofá, y no podía dejar de mirar cómo el móvil temblaba, cómo avanzaba llamada a llamada por la superficie de la mesa. Me llamaron mis amigos, los amigos de Elena, su familia, también me llamaste tú, Marta. No podía contestar. A pesar de las irritantes vibraciones sobre la mesa, tampoco era capaz de apagar el móvil ni de levantarme y cambiar de habitación. Pasé horas y horas contemplándolo, ni siquiera cuando cayó al suelo me moví, la alfombra amortiguó el golpe y continuó vibrando el maldito móvil. Mientras decenas de personas morían y otras tantas estaban heridas, mientras un Madrid horrorizado se movilizaba y salía a las calles a protestar contra la violencia terrorista y contra la manipulación del gobierno, yo seguía encerrado en casa, en el suelo, mis ojos fijos en el baile del móvil, insonorizado por la alfombra. Sin embargo, mi cabeza no estaba en el 11 de marzo sino en la tarde en que dejé a Elena por ti, Marta, cuando le dije que me había enamorado de otra y que no quería seguir con ella. Una y otra vez recordaba ese momento y no podía perdonármelo. Porque al dejar a Elena también dejé de llevarla al trabajo cada mañana con mi furgoneta, la furgoneta que me dejaron mis padres y que me ayudaría después a dejar Madrid contigo. Desde que la abandoné, Elena tuvo que ir a trabajar en tren. Quién lo habría dicho, ¿no? Ir a trabajar en tren y no en la furgoneta de tu novio, el cambio más irrelevante de una vida que había cambiado por completo, lo cambiaría todo. Si solo la hubiera dejado dos semanas después... Quizás ahora estaría en Madrid, quizás seguiría con Elena, quizás tú y yo seríamos felices, quizás no nos engañaríamos. ¿Ves como no era lo mismo, Marta?

Mateo hizo ademán de coger una de sus tazas, pero desistió y se recostó en la silla, agotado. No quedaba café, tampoco vodka. Tutaj dormía, ajena a todo, y solo se oían sus ronquidos delicados y cadenciosos. Me avergonzó no tener unas palabras de consuelo, aunque era consciente de que no había palabras así. Ya me iba a levantar para ponernos agua cuando Mateo volvió a hablar.

—¿Y tú? ¿Recuerdas dónde estabas tú el 11-M, catalán?

Apenas terminó la frase, se puso de pie bruscamente, como si más que levantarse se cayera de la silla, golpeando la de Tutaj. La gata despertó de golpe, a tiempo de ver cómo Mateo se metía en el lavabo y cerraba la puerta.

No recuerdo cuánto rato estuvo dentro, tampoco sé si me dormí o no. En algún momento de la espera, me di cuenta de que amanecía. Al ver el cielo rosado pensé que nos convendría tener más café. Mientras el agua hervía, me pareció oír ruidos en el váter: un sonido ahogado por la puerta, el sonido de la cafetera y mis estornudos. ¿Todo bien?, pregunté, ¿estás bien?, pero no obtuve respuesta ni quise acercarme a la puerta para escuchar mejor. Limpié las tazas de vodka y puse más agua, serví café en las otras. Volví a sentarme y a quedarme medio dormido.

Cuando Mateo salió, el café se había enfriado un poco, pero seguía siendo reconfortante. Tomó un sorbo y siguió hablando como si nada, aunque el tono de voz le había cambiado: era más sereno, como si su historia no fuera suya y sus palabras fueran de otro.

Mateo me contó que era la segunda vez en su vida que lloraba en un lavabo, aunque por suerte en esta ocasión no había tenido público (preferí no decirle que yo lo había oído). La primera vez fue en Madrid, en marzo de 2013, precisamente ese mes de marzo en que lo sustituí en la academia para que regresara a Madrid, su querido Madrid que no pisaba desde hacía nueve años. El 11 de marzo de 2013 quiso asistir a un acto de homenaje a las víctimas del 11-M, pero no se atrevió a acercarse. Cada día que pasó en Madrid trató de visitar la estación; irremediablemente, cambiaba de dirección en cuanto veía asomar la fachada del edificio. El mismo día en que salía su avión para volver a Cracovia, decidió dar un rodeo y tomar el autobús al aeropuerto desde Atocha.

El aparcamiento de los autobuses estaba al lado del monumento que honraba a las víctimas de los atentados, presidiendo una especie de glorieta, me siguió diciendo Mateo. El tráfico que rodeaba el monolito apenas lo distrajo de su contemplación: era un cilindro inmenso que parecía de metal por el color gris y las rejillas de la superficie, pero había leído en algún sitio que en realidad era de cristal y que medía más de diez metros de altura y otros tantos de diámetro. Cuando lo inauguraron, vio varias imágenes en internet; entonces ya quedó decepcionado y verlo en persona no modificó su opinión. Como tenía bastante tiempo antes de que saliera su autobús, se entretuvo jugando a interpretar qué significaba aquella escultura, pero solo se le ocurrían tonterías: una urna con las cenizas simbólicas de las víctimas, un agujero imposible de tapar en Madrid, el ciclo de la vida, un acto tan malvado que deviene incomprensible, la conexión cielo-infierno. Encontró más sentido en las comparaciones, que en el fondo eran igualmente estúpidas: un rollo de papel higiénico, la chimenea de una fábrica subterránea, una papelera metálica. Las críticas que el monumento había suscitado entre las asociaciones de víctimas le parecieron de lo más lógicas, porque no transmitía un mensaje claro. Pensó que probablemente se había concebido ese tubo gris con otra finalidad y al final lo habían puesto aquí diciendo, por qué no, que rememoraba a las víctimas. Se dio la vuelta insatisfecho de sus reflexiones y entró en la estación de Atocha, donde un piso más abajo se podía visitar el interior de la instalación conmemorativa.

Como no estaba de humor para hablar con nadie, dio tumbos por Atocha un buen rato, me relató Mateo, en busca de la segunda parte del monumento, de las entrañas del tubo. Sabía qué era lo que encontraría, pero no sabía qué aspecto tenía el local que alojaba la instalación y tampoco vio ninguna señal que le indicara dónde estaba, por lo que terminó preguntándole a un policía. No le sorprendió descubrir que ya había pasado por delante dos veces, pensando que era una tienda abandonada.

En el pequeño recibidor, Mateo me contó que una chica le sonrió, le dio la bienvenida —¿la bienvenida a qué?— y le advirtió con encarecimiento que estaba prohibido mantener las dos puertas abiertas a la vez. Antes de entrar en la instalación, todavía había otra habitación intermedia, cuyas puertas eran las que no podían estar abiertas al mismo tiempo, por algún motivo que Mateo no entendió —¿estamos en una estación espacial?—, pero esperó obedientemente a que se cerrara la primera para continuar su visita. Estaba solo y sintió que hacía mucho calor en ese espacio azul totalmente a oscuras, exceptuando el centro de la sala, iluminado por la apertura del techo, el cilindro abierto al cielo. Antes de que sus ojos se acostumbraran a la combinación de luz y oscuridad, reconoció el interior del tubo gris: los mensajes de apoyo a las víctimas, escritos en diferentes idiomas sobre un gran globo transparente. Desde la calle, solo se veía un cilindro gris; desde abajo, un globo de plástico con frases impresas. ¿A quién se le había ocurrido aquella obra? Sin embargo, pensó que la metáfora tenía mucho más sentido vista desde ahí: era un órgano protegido por el esqueleto, era la fragilidad de la vida y de la solidaridad, era la luz contra la oscuridad, era la necesidad de preservar la memoria. En la parte superior de la burbuja había unas grietas que le recordaron haber leído que la instalación tenía muchos problemas de mantenimiento, entre ellos lograr que siempre estuviera hinchada, y que, de hecho, ya se había pinchado varias veces, cayendo al suelo como un zepelín defectuoso o una medusa arrastrada hasta la orilla. Por eso era necesario cerrar siempre una de las puertas, dedujo, para evitar que bajara la tensión. Todavía estuvo leyendo los mensajes y meditando un rato más, sin nadie que lo molestara.

Al abrir la primera puerta de la habitación intermedia, vio algo que no había notado al entrar: me dijo Mateo que a su derecha había una pantalla que proyectaba los nombres de las 191 víctimas de los atentados. Antes de que la puerta se cerrara, ya había localizado el nombre de Elena. Sintió que el suelo le fallaba bajo los pies, sintió la textura gomosa y aceitosa y el olor a plástico y a tortilla de patatas chamuscada, sintió la vibración de su móvil.

Mateo me relató que le parecía estar a punto de desmayarse, pero logró mantenerse en pie, abrir la segunda puerta y salir de ahí. Giró a la izquierda y se metió en los lavabos, el primer refugio que encontró, pagó un euro para poder entrar, fue directo a uno de los cubículos sin mirar a nadie y se cerró dentro. Sentado en el retrete, quién sabe cuánto tiempo estuvo llorando. Aunque había echado el pasador, sujetaba la puerta con ambas manos mientras las lágrimas le recorrían la cara. Nunca había llorado con tanta fuerza, tan a borbotones. No hacía mucho ruido, pero era evidente que quien estuviera en el lavabo podía escuchar sus sollozos entrecortados. Cuando terminó, se dio cuenta de que era la primera vez que lloraba sin taparse la cara. Se miró las manos con extrañeza, como si acabara de descubrir que se podía llorar sin usarlas. Al salir, se lavó la cara y las manos repetidamente. A través del espejo notó dos miradas fijas en él: una correspondía a una mujer de unos cincuenta años, que le preguntó si se encontraba bien, y la otra mirada pertenecía a una chica que seguía callada mientras corría el agua de su grifo, más indignada por su presencia que preocupada por su estado.

—No me jodas, ¡me había metido en el lavabo de mujeres!

La sonrisa cansada de Mateo se fue convirtiendo, poco a poco, en una risa, silenciosa y mateórica. Yo también me reí, probablemente por primera vez desde hacía muchas horas. Su risa era muy diferente de aquella que escuché en la academia hacía más de un año, cuando lo conocí. Aunque no hacíamos mucho ruido, Tutaj volvió a despertarse y nos miró con pereza. Me levanté para preparar algo de comer, ya que dentro de poco tenía que ir al liceum a dar clases y necesitaba coger fuerzas como fuera. Aproveché y le puse algo de comida a la gata, que saltó de la silla y se acercó presurosa a su cuenco. Espero que te vaya bien esto, le dije a Mateo, no tengo mucho más, y serví unos huevos fritos con pan, tostado en la misma sartén. Comimos los tres con voracidad y sin cruzar ni una palabra. Terminé antes que Mateo y pensé que esta vez me tocaba a mí mover pieza.

—Entonces, ¿qué es eso del viaje y la furgoneta? ¿Qué furgoneta?

—¿Qué furgoneta será? —dijo con la boca aún llena—. Mi furgoneta, la furgoneta de mis padres. La Volkswagen T3 blanca y roja como la bandera de Polonia. La que me robó Marta cuando me dejó. Quiero recuperarla. La furgoneta, digo, no a Marta, a Marta le perdí la pista desde que se fue. Solo sé que vive en Ucrania, en Kiev. He intentado contactar con ella a través del correo, las redes sociales y diferentes amigos suyos, pero nada. Casi caí en la tentación de pedirle ayuda al cabrón de Adrian. Sin embargo, ayer tuve una revelación. Buscando y buscando por internet, encontré un anuncio de un ucraniano que vende una furgoneta exactamente igual que la mía. Por las fotos la reconocí, aunque ahora tiene matrícula de Kiev. No sé quién será el vendedor, quizás es Marta o su nuevo novio o un familiar. Fue una señal, y eso que yo no creo en señales. Este es mi plan: ir a Ucrania para recuperar mi furgoneta. Tengo un conocido en Kiev que me puede acoger. ¿Qué te parece? ¿Te apuntas? Vamos en autobús y volvemos en furgoneta.

No disponía ni de tiempo ni de energía para darle excusas, ni siquiera había logrado procesar la nueva historia de Mateo.

—No te preocupes, catalán, pensaba ir a Ucrania solo. Pero cuando encuentre mi furgoneta pasaré por Cracovia a buscarte. Quiero viajar, hace mucho que no lo hago y menos por placer. Quiero recorrer Europa, como el fantasma. ¡No puedes decir que no! Será el En la carretera europeo, luego te dejaré escribir todo lo que nos pase. Será un viaje rabelais, un viaje goliardo. Sin prisa, sin obligaciones, sin un destino concreto. Podemos ir a Rumania o a Lituania, a ver si encontramos a tus Apocrifílicos. O a Alemania, que solo he estado de paso. O a Budapest, donde perdiste la cámara de fotos en ese cuento tuyo tan malo. O quizás ir más al este, a Rusia. No sé, ya veremos. Me voy a hacer las maletas. ¡Suerte con tus clases!

La gata salió del piso con Mateo, ambos igual de excitados. El portazo coincidió con mi estornudo.

(Continuará.)

martes, 23 de agosto de 2016

Mateorías (22)

Veintidós

En el tiempo libre del verano de 2014 también logré escribir un poco. Concretamente, empecé a escribir una novela, titulada Encuentros con los Apocrifílicos, que fui publicando en mi blog, De mí me río. ¡Mi segunda novela después de Todas las almas! Bueno, en realidad era una combinación supuestamente moderna de novela y ensayo, como se puede colegir de su argumento, del que estaba particularmente orgulloso.

Los Apocrifílicos son un grupo de cuatro amigos que se encuentran en cafeterías de Cracovia para hablar de literatura. Sin embargo, no son cuatro personas normales y tampoco hablan de literatura normal. Aunque vienen de diversas partes de Europa, durante las reuniones adoptan nombres polacos, como si fueran camaleones: Honoriusz es lituano, Michalina y Stanisław son una pareja rumana y Gienek, que soy yo, es español o catalán (o gordo). Como ninguno de los Apocrifílicos habla polaco, los encuentros de su selecto club literario son en inglés, a pesar de que tampoco lo hablan demasiado bien. Sus trabajos son un poco peculiares y un poco marginales: Honoriusz es guarda de seguridad en un gimnazjum cracoviano, Michalina es esteticista, Stanisław trabaja en un call center y Gienek (yo) es profesor florero de español en el mismo gimnazjum que Honoriusz.

Cada tertulia literaria tiene lugar en un local diferente de Cracovia, así que en cada capítulo el narrador (yo) aprovecha para describirlo: Massolit, Café Szafé, Coffee Cargo, Nowa Prowincja, BAL o donde sea. Antes de empezar a hablar de literatura, los Apocrifílicos hablan un rato de la vida o de cualquier otro tema, y entonces Stanisław, el líder, lee el Manifiesto Apocrifílico, que marca el inicio de la charla. La literatura que los Apocrifílicos discuten es un poco peculiar y un poco marginal, como ellos mismos, y la llaman literatura apocrifílica: literatura amante de lo apócrifo. Es decir, hablan sobre libros que hacen de lo falso y la falsificación su motor. Por ejemplo, las falsas reseñas de Jorge Luis Borges: críticas de libros que no existen. Por ejemplo, las falsas biografías de Marcel Schwob: biografías falsas de personajes reales. Por ejemplo, la autoficción de Emmanuel Carrère: una falsa autobiografía. Por ejemplo, falsos documentales como This Is Spinal Tap: un documental de hechos aparentemente reales pero profundamente falsos.

Es evidente que estas conversaciones sobre literatura estaban basadas en mis charlas literarias con Mateo. Pero las fuentes que originariamente me inspiraron los Encuentros con los Apocrifílicos brotaron de los dos planos más relevantes de mi existencia: la realidad y la ficción.

En la realidad yo trabajaba en un instituto público de Cracovia, donde había un guarda de seguridad un poco peculiar y un poco marginal, ya hablé de él en el capítulo dieciséis: siempre hacía reverencias de criado victoriano a los profesores y nunca hablaba, como si fuera mudo. Este guarda inspiró el personaje de Honoriusz, aunque lo exageré un poco, ya que a menudo la realidad sola no basta ni supera la ficción, especialmente mi realidad. Así, en Encuentros con los Apocrifílicos, Honoriusz simula ser un guarda polaco sordomudo, pero en verdad, en la verdad de la novela, Honoriusz es un lituano que no habla ni pizca de polaco. Además, Honoriusz y Gienek (yo) no trabajan en un liceum (16-19) dirigido por un director polaco, sino en un gimnazjum (13-16) dirigido por una directora polaca, todo para evitar que alguna polémica innecesaria, si alguien leía mi novela en internet, me impidiera gozar de mi privilegiado puesto de profesor florero sin vacaciones pagadas. Pero, a parte de sus guardas de seguridad, de la edad de sus estudiantes, del sexo de sus directores y de la distancia ontológica que los separaba, el gimnazjum ficticio y el liceum real eran exactamente iguales: ambos edificios eran igual de lúgubres, ambas masas de estudiantes adolescentes igual de sudorosas y enervantes, ambos profesorados igual de deprimentes y deprimidos, ambos directores igual de estrictos.

Mi principal inspiración ficcional fue Vacío perfecto de Stanisław Lem, una recomendación de Mateo que me hechizó desde la primera página. Vacío perfecto es un libro un poco peculiar y un poco marginal, compuesto de un puñado de falsas reseñas, es decir, de comentarios sobre libros inexistentes, inventados y disparatados, como los de Borges. Fue tan importante para mí, que el párrafo que abre los Encuentros con los Apocrifílicos se refiere al libro de Lem:
"La historia de cómo conocí a los Apocrifílicos sólo podía empezar, claro está, con un libro. De hecho, la historia comienza durante la lectura de esa extraña obra de Stanisław Lem: Vacío perfecto. Tampoco podía ser otro autor ni otro libro, obviamente. Yo aún diría más: el primer contacto con los Apocrifílicos lo tuve a causa de la interrupción de la lectura de Vacío perfecto. Efectivamente, sí, sólo podía ser así."
Después de leerlo, empecé a investigar y terminé componiendo un corpus de falsas reseñas, al que luego le fui añadiendo otras obras de carácter similar —falsa biografía, falso documental, autoficción— hasta obtener los libros de cabecera de los Apocrifílicos. La lista, muy incompleta, incluía los siguientes libros, relatos, películas y documentales:
  • Stanisław Lem: Vacío perfecto, Provocación y Magnitud imaginaria.
  • Jorge Luis Borges: "El acercamiento a Almotásim", "Examen de la obra de Herbert Quain" e Historia universal de la infamia.
  • Roberto Bolaño: La literatura nazi en América2666Los sinsabores del verdadero policíaEstrella distante y Los detectives salvajes.
  • A cuatro manos de Borges y Adolfo Bioy Casares: Seis problemas para Isidro Parodi, Crónicas de Bustos Domecq y varios más.
  • Luis Goytisolo: Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza y Estatua con palomas.
  • H. P. Lovecraft: un montón de obras donde aparece el famoso Necronomicón.
  • Max Aub: Jusep Torras Campalans y Luis Álvarez Petreña, así como su falso discurso de ingreso en la RAE.
  • Las falsificaciones de Rafael Bolívar Coronado.
  • Gonçalo M. Tavares: Historias falsas.
  • José Donoso y Carlos Fuentes: las obras sobre el falso escritor ecuatoriano del Boom, Marcelo Chiriboga.
  • Javier Cercas: Soldados de Salamina y otras.
  • Emmanuel Carrère: casi todo.
  • Enrique Vila-Matas: mucho.
  • Francesc Serés: Contes russos.
  • Philip José Farmer: las novelas donde aparece la familia Wold Newton.
  • Ramón Gómez de la Serna: Seis falsas novelas.
  • Vladimir Nabokov: Pálido fuego.
  • Miguel de Unamuno: Cómo se hace una novela.
  • Ricardo Gullón: "Un drama inédito de Unamuno", una falsa reseña del falso drama unamuniano El médico, que muchos tomaron por cierta.
  • Los documentales Exit Through the Gift Shop, Operación Luna, Operación Palace, This Is Spinal Tap y otros.
  • Orson Welles: la adaptación a radio de La guerra de los mundos y la película F for Fake.
  • Mel Brooks: la película The Producers.
  • Las falsas noticias de The Onion y de El Mundo Today.
  • El blog The Invisible Library, que contiene una lista interminable de libros ficticios.
Y un largo y falso etcétera que concluiría cuando, en el último capítulo de Encuentros con los Apocrifílicos, añadiera a esta lista mi propia novela: Todas las almas de Javier Marías, una ficción disfrazada de autoficción. ¿Quieres apocrifilia? ¡Pues toma dos tazas!

En definitiva, estos Encuentros con los Apocrifílicos eran otra novela autoficcional, otra novela sin argumento, otra novela ambientada en un país extranjero, otra novela sobre literatura, otra novela de alguien que no sabe qué escribir pero que quiere escribir. Mateo me lo advirtió al leerla en mi blog, pero yo no supe o no quise verlo y seguí escribiendo hasta que terminó el verano de 2014. Por supuesto, la novela nunca la terminé.

Cuando tomé consciencia de que había quedado abandonada en mi portátil, me acordé de las otras obras incompletas que convivían con ella en el mismo disco duro, en el cementerio de mis fracasos. Recordé "El internet tan temido", ese cuento que escribí en los años de la universidad, y volví a leerlo. En el fondo no estaba tan mal, si no tenía en cuenta que le faltaba la conclusión. Leí otras cosas que había dejado a medias y me quedé sorprendido, no por su mala calidad sino por su cantidad: conservaba decenas de cuentos interruptus. Consideré que, en vez de escribir otra novela, podía continuar mi carrera de escritor con una antología de mis fracasos, un libro compuesto de mis mejores cuentos sin final. Pero en seguida cerré todos los archivos abiertos y descarté la idea, porque me acordé de que ya había leído este libro: Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino, una exitosa concatenación de fracasos literarios. Qué triste, pensé, incluso en el fracaso fracaso.

Dejé de escribir Encuentros con los Apocrifílicos en algún momento de septiembre de 2014, cuando ya había comenzado el primer semestre en el liceum. Fue un mes extraño: trabajaba en el instituto por las mañanas y por las tardes tenía un curso intensivo de verano en la academia, aunque en octubre la dejaría y empezaría a dar clases de catalán en la Universidad Pedagógica. Una mañana de septiembre, ese mes laboralmente a caballo del verano y del otoño, entré en la secretaría de la academia, cerré la puerta y me senté frente a la directora cubana, que ya se olía lo que le iba a decir. Tampoco entonces hizo aspavientos, simplemente me deseó con su español sin fronteras que tuviera mucha suerte y me recordó en su tono pedagógico que siempre tenía las puertas de su academia abiertas. Antes de salir, me acordé de la historia del pelo del coño atrapado en la impresora de la escuela. ¿De verdad había abortado la directora cubana? ¿De verdad se había divorciado de su esposo polaco? Obviamente, no le pregunté nada: sus verdades no me incumbían.

Sin embargo, el final del verano de 2014 no lo señaló mi despedida de la academia, ni el chapuzón en el Vístula, ni la victoria en el Pop Quiz, ni mi abandono de Encuentros con los Apocrifílicos. Ni siquiera el equinoccio de otoño terminó con el verano, porque el verano no es una estación del año sino un estado de ánimo. El verano de 2014 acabó la noche del 2 de octubre, justo cuando me despertó un timbrazo. Al levantarme del sofá cama, pisé un clínex pegajoso y, mientras me deslegañaba y me lo despegaba de la planta del pie izquierdo, estornudé. Antes de abrir la puerta estornudé una vez más. Era Mateo y, achís, me había resfriado.

—¡Jesús! Hola, ¿qué tal? Me voy de Cracovia —se carcajeó mientras me mostraba una botella de vodka de avellana y sonreía como lo hacen los que ya se han bebido otra a solas—. Espero no haberte despertado, aunque está claro que te he despertado. ¿Puedo pasar?

(Continuará.)

domingo, 21 de agosto de 2016

'Paseos con mi madre' de Javier Pérez Andújar

Siempre que hablábamos de novelas de Barcelona, la bibliotecaria del Instituto Cervantes de Cracovia me recomendaba Paseos con mi madre (2011) de Javier Pérez Andújar, un escritor de San Adrián del Besós. Pero yo seguía posponiendo su lectura: ¿cómo iba a leer, ay mi madre, un libro con un título tan feo? Al final la bibliotecaria me convenció porque me envió "Mendoza en Cracovia", una crónica de Pérez Andújar sobre la visita de Eduardo Mendoza a la biblioteca del Cervantes de Cracovia. La primera frase ya me persuadió de leer más: "Hace unos días me fui del bloque en el que vivo al bloque del Este, donde ya no vive nadie, y acabé en Polonia".

En la otra punta de Europa, en la Universidad de Almería, mi amigo Luis conoció para mi envidia a Antonio Orejudo, uno de mis escritores españoles favoritos. El destino quiso que Orejudo le recomendara a Luis el mismo libro de Pérez Andújar, quiero pensar que al mismo tiempo que me lo recomendaban a mí.

Cuando hablamos de su encuentro con la emoción de dos groupies y Luis me iba desgranando lo que Orejudo le había contado, supe que tenía que proponerle que leyéramos el libro y luego lo comentáramos juntos: él desde Granada, donde entonces vivía, y yo en Cracovia, donde sigo viviendo. El día acordado llegó y ambos nos conectamos a Skype para charlar de Paseos con mi madre. Quedaba inaugurado nuestro club de lectura internacional. A pesar del calor veraniego y de las interrupciones de los ruidosos trenes que pasan frente a mi ventana (Luis nos comparó con "las llamadas de Gila"), fue una conferencia muy fructífera. Tanto, que Luis escribió una reseña del libro en su blog y yo, ahora, otra.

* * *

En Paseos con mi madre, Javier Pérez Andújar solo pasea con su madre en el primer capítulo, aunque este paseo sirve de pretexto para desatarle la memoria y el ensayo al autor y para que el lector lo acompañe. Como casi todas las obras de Francisco Umbral y como The Book of My Lives de Aleksandar Hemon (que acabo de reseñar), Paseos con mi madre combina el recuerdo y la reflexión para fraguar la propia identidad. Los paseos los da Pérez Andújar por sí mismo: pasea por su infancia, por sus ciudades y por sus barrios y por sus bloques, por su desarraigo, por sus gustos literarios y musicales, por sus trabajos, por sus amigos, por sus lenguas, por sus padres.

A pesar de lo que diga la WikipediaPaseos con mi madre no es una novela: es el libro que Umbral habría escrito si hubiera nacido en San Adrián del Besós en 1965. Y Umbral no escribía novelas ni cuando escribía novelas. La escritura de Umbral es siempre 100% ensayística: mediaciones sobre sí mismo y sobre el mundo para entenderse a sí y al mundo, es decir, para construirse como persona y personaje. Y la escritura de Umbral también es siempre 100% poética, muy consciente de la palabra usada y muy dada a manosearla, a ensayar también con ella.

Sin embargo, limitarse a equipararlo con Umbral es quedarse corto, porque Pérez Andújar no es un imitador, en todo caso es un discípulo. Como su maestro, el discípulo disecciona por escrito su desarraigo; en cuanto al estilo, reduce el porcentaje de poeticidad al, digamos, 75%, y aumenta la proporción de lenguaje callejero, con lo cual la prosa del discípulo, más contenida, supera en agilidad y legibilidad a la del maestro (para mi gusto, claro).

Pero Umbral no es el único maestro de Pérez Andújar, otros maestros también aparecen en Paseos con mi madre, porque la identidad se forja combinando ejemplos y modelos. Y aunque él parece rechazarlo, creo ver en la figura de Juan Marsé a su segundo maestro (paradójicamente, fue Marsé quien acuñó el sintagma "prosa sonajero" para atacar a Umbral). En esta cita, se encuentran las filias y las fobias de Pérez Andújar:
"Es en el Guinardó donde transcurren la mayoría de las novelas de Juan Marsé, autor al que copiaré menos que a Umbral, quizá por mi incapacidad de ser de Barcelona. Y sin embargo, si pudiese formar parte de la ciudad quisiera hacerlo precisamente a la manera de Marsé, desde mi barrio, poniendo las películas del Oeste por delante de los libros por no vacilarle al personal o también por vacilarle, ahorrando siempre palabras para no tener que pronunciar las de los pijos".
De Umbral toma el tono, mientras que de Marsé saca la visión crítica de Barcelona. Y es que Barcelona es esencial para Pérez Andújar; desde los bloques de San Adrián del Besós, odia a Barcelona y la ama al mismo tiempo, a la vez quiere y no pertenecer a ella y a su cultura. De esta tensión surgen su identidad, su desarraigo y unos fragmentos brillantes: "Antes que sentirme de ningún país, de ninguna patria o nación, voy a pertenecer a la internacional de los bloques". La única crítica que le puedo hacer a Paseos con mi madre también sale de aquí: a menudo, el orgullo que demuestra por su barrio me resulta excesivo, así como la nostalgia que recorre los recuerdos de las derrotas políticas y sociales que sufrió la clase obrera durante su infancia y juventud.

Me arrepiento de no haber leído estos geniales Paseos con su madre en su momento, a finales de 2011 o durante 2012, porque era la época idónea: Xavier Trias acababa de hacerse con la alcaldía de Barcelona y la bola de nieve del procés independentista empezaba a coger velocidad. Pero este verano de 2016 las circunstancias también son propicias. La nueva alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, eligió a Pérez Andújar como pregonero de las fiestas de la Mercè. Y se desataron los ataques de cierto sector del independentismo, porque Pérez Andújar es muy crítico con el proceso soberanista.

Por mi parte, será el primer año que le preste atención al discurso de la Mercè, aunque no estaré en Barcelona. En cuanto a Luis y a nuestro selecto club de lectura internacional, nos hemos propuesto leer en septiembre Catalanes todos, también de Javier Pérez Andújar.

viernes, 19 de agosto de 2016

Mateorías (21)

Veintiuno

Frente a Mateo había un polaco alto y fornido, con la cabeza rapada, el cuello hinchado y la camiseta de la selección de Polonia totalmente empapada. Se abalanzó sobre Mateo como un huracán de músculos en tensión y michelines temblantes. Pensé que lo tumbaría, pero Mateo se zafó del armario sin muchos problemas y se fue corriendo hacia delante. Otro polaco, con la misma indumentaria y un físico idéntico al anterior, lo esperaba inmóvil, las piernas clavadas en el césped como estacas. Mateo miró alrededor mientras se ralentizaba, se detuvo, dudó y arrancó de nuevo para regatear. Pensé que lo lograría, pero tropezó en un hoyo, su cuerpo se estampó contra el torso del rival y el balón salió disparado a la vez que Mateo.

Kazimierz, que hacía de árbitro, pitó, pero no estaba claro qué: ¿falta o fuera? Nuestro equipo pedía una cosa y los contrarios querían la otra. El segundo armario polaco ayudó a Mateo a incorporarse. Todos estábamos pendientes de Kazimierz, que se miró el reloj y al final dijo que era falta, tiro libre. Un suizo que jugaba con nosotros pidió chutarla y Mateo se la cedió. Kazimierz nos advirtió de que se estaba a punto de terminar el partido. Confiábamos plenamente en el suizo, que ya había marcado en este encuentro y, además, llevaba la equipación completa del Barça, original y recién adquirida (temporada 2014-2015), probablemente por internet, incluidas las medias. Sonó el silbato. El suizo dejó pasar un par de segundos y dio cinco pasos atrás como Cristiano Ronaldo, de quien también tenía el nombre y el número siete grabados en la camiseta, corrió hacia el balón y lo chutó con fuerza. La pelota impactó en la muralla polaca y rebotó fuera del campo. Vaya puto paquete este Cristiano Ronaldo suizo, pensé, se lo regalo al Real Madrid. Kazimierz pitó directamente el final del partido. Nos acercamos a los polacos (el Polska) y les felicitamos por la victoria: 2-1. Nuestro equipo (The Others) se sentó en el banquillo (el césped) para ver el siguiente partido: Polska versus Rabelais.

Los partidos, que se jugaban cada domingo por la tarde, los organizaba Kazimierz, el amigo polaco de Mateo que parecía un żul y tenía dos bares. Era una liga de fútbol sin más, pero muy amateur y cervecera. Los partidos solo duraban veinte minutos, con un descanso de cinco. Empezaban jugando el equipo ganador y el perdedor de la jornada anterior y quien se hacía con el encuentro se quedaba en el campo y seguía jugando contra otros hasta perder y ceder la posición privilegiada al nuevo vencedor. Después de unas cuatro horas, ganaba quien más victorias había acumulado. No me parecía un sistema muy coherente, pero todos lo aceptaban sin rechistar. También había un complejo sistema de puntos que nunca llegué a entender completamente, porque a mí solo me interesaba jugar un rato, socializar y tomarme alguna que otra cerveza. Kazimierz iba anotando los resultados en una libreta que renovaba cada temporada. En la página de este día, el 28 de septiembre de 2014, había una tabla con el primer partido, que acabábamos de perder, y el segundo, Polska-Rabelais, que ya iba 0-1. Cada año se jugaban tres temporadas —otoño, primavera y verano— con un parón de dos o tres meses como en la Ekstraklasa, la primera división polaca, para evitar el gélido invierno. Además de organizar, Kazimierz arbitraba y, aunque como buenos futbolistas siempre protestábamos, sus decisiones eran irrevocables. El gitano Javier Marías, el inglés Malcom y el polaco Kazimierz: tres firmes jueces.

El Rabelais sacó del campo al Polska con un 1-4. Estos estaban muy enfadados con Kazimierz porque, según ellos, sus rivales contaban con demasiados jugadores nuevos, no inscritos en el torneo. En vez de escuchar sus quejas, Kazimierz les dio unas cuantas cervezas. Tras los cinco minutos de descanso, empezó el Poland-Rabelais.

Al terminar la jornada, la mayoría de los jugadores solía ir a uno de los bares propiedad de Kazimierz, donde este invitaba a una ronda al equipo que hubiera ganado. Sin embargo, Kazimierz no montaba esos partidos para ganar dinero, porque la tufarada a sudor que emitían los futbolistas espantaba al resto de la clientela. Sus motivos eran emotivos: comenzó a organizar la liga en Londres, aún siendo fontanero polaco. Entonces era una forma de mantener el contacto con otros polacos, pero también de que los inmigrantes y los locales se relacionaran entre sí. Cuando Mateo entró a trabajar en el restaurante mexicano donde Kazimierz era transportista, este lo convenció de que participara en su liga, todavía en pañales. Iba a jugar cada fin de semana, si el trabajo se lo permitía, y muchas veces su novia, Marta, también se apuntaba. Al principio era un torneo más rudimentario que el de Cracovia, pero fue creciendo bastante rápido y el ambiente era muy cordial. Por desgracia, a partir de los atentados del 7 de julio, dejaron de jugar los pocos ingleses y londinenses que solían hacerlo, así como otros desconfiados. Poco después, Mateo se marcharía a Liverpool y le perdería la pista a Kazimierz y su liga.

En Cracovia, los partidos solían ser de siete contra siete, siempre que los equipos tuvieran jugadores suficientes y el campo fuera lo bastante grande. Se jugaba en diferentes sitios: en el campo de fútbol de una escuela, instituto o parroquia, en un descampado donde se improvisaba como se pudiera un par de porterías o incluso en la orilla del río. Kazimierz se negaba a utilizar las redes sociales y el correo electrónico porque decía que era de la vieja escuela, a pesar de que solo tendría cincuenta y pocos años, así que el capitán de cada equipo debía llamarle o pasar por sus bares para enterarse de dónde tendría lugar la siguiente jornada de la liga y, a continuación, avisar a los suyos. Por todo esto, a menudo algún equipo no lograba convocar los siete jugadores mínimos: uno se había perdido o no sabía dónde se jugaba o se negaba a ir tan lejos solo por un par de partidos o cervezas. Cuando esto ocurría, simplemente se jugaba con un jugador menos: seis contra siete, los que hubiera versus siete. Kazimierz prohibía que alguien cambiara de equipo; en cambio, permitía traer a un jugador que no estuviera inscrito en la competición para que participara ocasionalmente. Todos acatábamos sus normas, por muy ilógicas que nos parecieran, porque sabíamos que se originaban en su etapa londinense y no hay argumento más poderoso que la nostalgia.

El 28 de septiembre de 2014 estábamos jugando a la orilla del río Vístula, lo cual significaba que Kazimierz no había logrado encontrar un sitio mejor. El césped no estaba cortado, había hoyos traicioneros escondidos aleatoriamente por el campo y teníamos que usar los árboles como portería sin travesaño. Por suerte, el tiempo todavía acompañaba y todos los equipos tenían al menos siete jugadores. Kazimierz pitó el final del partido: el Rabelais volvía a ganar. Tras el Polska y el Poland y el descanso, jugaría contra los Latinos.

Como su nombre indica, el equipo Rabelais estaba formado por estudiantes del Programa Rabelais, así que cada temporada cambiaban sus componentes y en verano solían necesitar refuerzos externos. Había dos conjuntos polacos, el Polska y el Poland, que representaban meridianamente la división política de Polonia, extrapolable a cualquier país occidental (incluso España). Los jugadores del Polska llevaban la equipación de la selección polaca, eran muy nacionalistas, religiosos, conservadores y antieuropeístas; se bebían una cerveza por barba en el descanso de cinco minutos y tenían trabajos poco cualificados, si los tenían; el capitán era un armario musculado, sin cuello y rapado, es decir, un dres, como la pareja de Adrian en el Pop Quiz, y el resto del equipo lo imitaba con mejor o peor resultado. En cambio, los jugadores del Poland llevaban la equipación del Bayern de Múnich, por Robert Lewandowski, a pesar de ser polacos todos; también eran nacionalistas y religiosos y conservadores, pero no tanto como el Polska; a diferencia de estos, los del Poland apreciaban Europa y la Unión Europea, tenían buenos trabajos y solo se pimplaban una cerveza entre dos durante las pausas. El equipo Latinos estaba compuesto por latinoamericanos: el profesor mexicano y el argentino y otros —de Brasil, Chile, Colombia, Venezuela— que no vienen al caso; cada uno llevaba la camiseta de su selección nacional, pero eso no los desunía, sino todo lo contrario. El God Save the Queen lo integraban angloparlantes y su equipación era propaganda de Coca-Cola. Los jugadores del Todo en Español eran miembros de este grupo, cuya camiseta había sido diseñada por Facu: un don Quijote musculado en la playa, bebiendo sangría junto a una Dulcinea despampanantemente polaca. Los Modern Slaves trabajaban todos en multinacionales establecidas en Cracovia, eran de varias partes del mundo y llevaban una camiseta que simulaba ser un traje, una camisa y una corbata. Nuestro equipo, The Others, tenía veinticinco miembros, pero nunca asistían más de siete u ocho y a menudo nos faltaba algún jugador; éramos de diferentes países y cada cual se ponía la camiseta que quería, siempre y cuando fuera negra.

Desde que ganamos el Pop Quiz, Mateo empezó a llevar en los partidos la camiseta usada por Juan Pablo II, aunque en verdad podría ser una camiseta negra cualquiera. Él se jactaba de que la única esencia que conservaba era la suya y la de su suavizante, como si le hubiera ganado al papa imponiéndose en sus propias reliquias. A diferencia de Mateo, yo no asistía a cada jornada de la liga, solo a dos o tres, pero cuando jugaba solía hacerlo con una camiseta negra de marca blanca que Mateo me había regalado, estampada con mi seudónimo literario, Javier Marías. Todos los jugadores me llamaban Javier desde mi primer partido, porque Facu y Kazimierz ya me conocían así y porque nadie lograba pronunciar bien mi nombre. ¿Guillermo? ¿Guillén? ¿Julien? ¿Gabriel? ¿Michel? ¿Fidel? No se extrañaron de que un día apareciera con esta camiseta: ya nadie recordaba la visita del escritor madrileño Javier Marías a Cracovia.

Los Latinos y el Rabelais empataban 2 a 2, pero aquellos parecían dominar el partido. Sin embargo, en un contragolpe un rabelais belga recorrió medio campo solo, sorteando los hoyos hasta que le pasó la pelota a un francés, que regateó sin problemas al profesor mexicano y se la pasó a un rabelais alemán. Aunque enfrente tenía a un venezolano y a un chileno, el rabelais decidió chutar. El balón pasó a una velocidad endiablada entre los dos defensas, dio en el poste, ¡zas!, y salió despedido en una dirección anómala (más comprensible si el lector sabe que el poste era el grueso tronco de un árbol). Los que no jugábamos seguimos la trayectoria de la pelota sin demasiado interés, pero Kazimierz salió corriendo detrás de ella y Mateo se levantó de golpe y también corrió como un loco. El balón rodó por delante de los jugadores del Polska, que solo prestaban atención a sus cervezas, y ya sin fuerzas recorrió los últimos metros hasta caer desganadamente en el río. No hubo plaf ni splash ni plof. Kazimierz y Mateo se detuvieron en la orilla, este se tumbó y aquel lo agarró de las caderas: por poco Mateo no alcanzó la pelota, que se iba apartando muy lentamente de la ribera.

—¡Mierda! ¡No tenemos más pelotas! —gritó Kazimierz, primero en inglés y luego en polaco.

Todos le reímos la mateoría involuntaria, excepto Mateo, que se quitó los zapatos y la camiseta del papa y saltó dentro del Vístula. El capitán del Polska tiró la cerveza que se estaba bebiendo y fue tras Mateo. La corriente del río no era muy rápida pero sí fuerte, el balón avanzaba mientras Mateo y el polaco intentaban acercarse: tumbado en la orilla, Kazimierz le daba la mano al polaco y este a Mateo, para que no se los llevara el río. Alguien les pasó un palo, pero Mateo no logró tocar la pelota ni soltándose del polaco. Los que contemplábamos el rescate contuvimos el aliento: si la corriente arrastraba a Mateo, tendríamos que rescatarlo a él. Por suerte, se dio la vuelta para que el capitán lo agarrara del palo y no se fuera río abajo.

De nuevo en el césped, los dos temblaban, empapados. Me fijé en que Mateo tenía un pequeño tatuaje en el pecho: una serie de números de color negro. Recordé que sus estudiantes me habían comentado que llevaba tatuada una fecha, pero no pude leerla bien. Se puso a hablar seriamente con Kazimierz y el capitán, que señalaban continuamente el balón, que poco a poco se nos iba. Kazimierz nos gritó en polaco y en inglés lo que habían decidido:

—Vamos corriendo más adelante, donde el río hace un meandro. Quizás ahí podamos salvar la pelota. Los que quieran remojarse un poco en el Vístula, que nos sigan.

Los jugadores del Polska corrieron detrás de su capitán y, aunque reticentes, casi todos los demás los imitamos. La estrategia de Kazimierz no parecía muy buena, porque el río se ensanchaba y la pelota se distanciaba de la orilla sin ninguna consideración por sus salvadores. Afortunadamente, avanzaba a una velocidad bajísima y en seguida la adelantamos. Dejamos a la izquierda un centro comercial de Kazimierz (el barrio judío, no el organizador de la liga y propietario de dos bares) y nos detuvimos antes de llegar a un puente que cruzaba el Vístula (no era el puente que yo había atravesado en tranvía para hacer la mudanza). No muy lejos, se podía ver el susodicho meandro: ahí intentaríamos rescatar el balón, porque más adelante el río se acaudalaba demasiado.

Sin decirse nada, Mateo y los del Polska saltaron al agua. Kazimierz, afianzado en la orilla, sujetaba al primer miembro de esta peculiar construcción que partía de sus manos. Cuando uno entraba en el río, nadaba hasta el extremo de la cadena humana por el interior, para evitar que la corriente se lo llevara, y le daba la mano al último eslabón. Y así sucesivamente.

No podía creer que, en apenas un par de segundos y delante de mis ojos, una panda de adultos se estuviera metiendo en el Vístula por una pelota flotante que se les iba acercando y aún quedaba fuera de su alcance. Pero en seguida los del Rabelais, acuciados por la cerveza y la adrenalina, se quitaron las respectivas camisetas y zapatillas y se tiraron al río. Otros jugadores se atrevieron a saltar tras los rabelais: alguno del God Save the Queen, un par del Todo en Español, unos cuantos Latinos y una chica de los Modern Slaves. Cuatro aguantaban desde la ribera a Kazimierz, que gritaba como un loco: ¡no os soltéis!, ¡sobre todo no os soltéis!, y los eslabones retransmitían su mensaje. A pesar de que las articulaciones de este imponente brazo humano nadaban contracorriente para mantenerlo recto y perpendicular, el Vístula lo arrastraba formando un codo oblicuo a la orilla. Todavía éramos muchos los que estábamos secos: unos grababan la escena desde sus móviles, otros no se decidían a saltar, varios animaban y daban instrucciones en inglés o en polaco. Finalmente, me atreví a dar el paso.

El agua estaba muy fría, lo que me obligó a nadar con ahínco hacia la otra punta del codo humano. Cuando me enganché a la cadena, vi que la pelota estaba ya muy cerca. En seguida noté la corriente tirando de mí y tuve que nadar hacia delante para evitar que el brazo se torciera todavía más. Llegó un jugador del Poland que no se había quitado la camiseta del Bayern, me dio la mano y empezó a chillar desquiciado como un hooligan: ¡la pelota! ¡La pelota! Otro miembro de su equipo alargó un poco más la cadena humana y tiró de nosotros con fuerza para acercarse más a la pelota. ¡La pelota! ¡LA PELOTA!

Muerto de frío la vi pasar indolente y pensé que, si alguien hubiera contemplado desde un plano cenital esta escena, habría notado cómo la trayectoria del balón era una asíntota condenada a no encontrarse jamás con la línea curva que empezaba en la orilla y no podía permitirse el lujo de alargarse hasta el infinito. Cuando la pelota flotó a unos centímetros de las puntas de los dedos de la mano izquierda del último eslabón de la cadena humana, el observador cenital habría visto que la construcción se destensaba y que la corriente la inclinaba aún más. Entonces el hipotético espectador se habría aburrido un poco comprobando que el desarme de la estructura humana era muy lento, sin el entusiasmo inicial, pieza a pieza.

Cuando salí del agua, la pelota flotaba debajo del puente. La orilla se fue llenando de nuevo de adultos tiritantes que contemplaban como niños un balón perdiéndose más allá. Algunos caminaron a lo largo del río, quizás para despedirse. Yo, como otros, traté de secarme un poco corriendo en dirección contraria a la pelota, donde antes habíamos jugado a fútbol y dejado nuestros trastos. Muchos tenían toallas y, si no, se secaban como podían: saltaban y trotaban o usaban su ropa, uno incluso se revolcaba en la hierba. Cuando consideré que la operación de secado estaba terminada, me puse la camiseta de Javier Marías y las zapatillas y volví a la zona del rescate fallido.

Sentados o tumbados en el césped, los jugadores que quedaban charlaban y bebían con buen ánimo. Kazimierz era el único eslabón de la cadena que no se había movido: seguía sentado a la orilla del río, dándonos la espalda, como si todavía estuviera planeando la manera de recuperar su balón perdido. Mateo se me acercó y me dio una cerveza. Señaló a Kazimierz:

—Es como un niño. Hacía mucho tiempo que jugábamos con esa pelota, Kazimierz la compró cuando regresó a Cracovia. No sé cómo no se nos había perdido antes.

—Pues como encuentre al alemán que la ha chutado, se lo carga.

Mateo le dio un trago a su cerveza y se puso la camiseta papal, cubriendo el tatuaje del pecho, que yo ya había podido leer.

—¿Y ese tatuaje? No sabía que tuvieras uno. 19031981. ¿Es una fecha?

Antes de contestarme nos sentamos en el césped y bebió un largo sorbo de cerveza.

—Sí, aunque más que una fecha es una cicatriz.

Hizo otra pausa  y volvió a beber, evidenciando que no le apetecía hablar. Probablemente ni quería contarme la historia del tatuaje ni le entusiasmaban las circunstancias, muy poco propicias. Le echó otra ojeada a Kazimierz y siguió:

—El 19 de marzo de 1981 es el día en que murieron mis padres. Por eso marzo no es mi mes favorito. Aunque era un niño, recuerdo perfectamente dos momentos de aquel día. El primero fue por la mañana. Era sábado pero estaba pasando el fin de semana en casa de un amigo, así que mis padres habían aprovechado para irse de viaje. Quizás fue idea suya dejarme con mi amigo o quizás yo se lo pedí, quién sabe, superé hace tiempo la etapa de buscar culpables —Mateo bebió un poco y aprovechó la pausa para mirar al río y a Kazimierz, aún sentado—. La cuestión es que mientras jugábamos a fútbol, una pachanga tan infantil como la de hoy, los padres de mi amigo se nos acercaron, nos llevaron a su casa y allí nos separaron: yo me fui con ella dentro de la cocina, donde me dio la mala noticia. Recuerdo perfectamente sus palabras, pronunciadas con dulzura maternal, terribles e incomprensibles para un niño: Mateo, tus padres han chocado con un camión y han muerto. Pero lo más vergonzoso es que aún recuerdo con más claridad el hule que cubría la mesa a la que estábamos sentados: no solo el estampado de cuadros rojos y blancos, sino también el tacto entre gomoso y aceitoso y el olor a plástico y a tortilla de patatas chamuscada. Luego me enteré de que el camionero se había quedado dormido y de que sobrevivió al accidente que aplastó el coche de mis padres; de hecho, vino a pedirme perdón unas semanas después, pero he olvidado esta escena. El segundo momento que recuerdo de aquel funesto día de marzo también incluye a la madre de mi amigo. Me llevó a la habitación de este y sacó un traje negro. Me lo dio y me lo puse: aunque me quedaba un poco grande, me valía. Ya tenía traje para el entierro y disfraz de Mortadelo para el carnaval, un tiempo después. Entonces me volví a poner mi ropa y la mujer me llevó de la mano donde mi amigo me esperaba con su padre y mis recuerdos se emborronan o se nublan. Pero sé que llevé el traje unos días más tarde, cuando se celebró el entierro, que también he olvidado, y que esa misma mañana pasé por mi casa por primera vez desde que mis padres me dejaron en la de mi amigo. Me acompañaba su madre, siempre de la mano. Aunque ella se opuso, yo me emperré en entrar en el garaje. Solo estaba la furgoneta hippie, la furgoneta blanca y roja como la bandera de Polonia, blanca y roja como el hule a cuadros de la mesa de la cocina. Me solté de la mujer cuando sentí otra vez la textura gomosa y aceitosa y el olor a plástico y a tortilla de patatas chamuscada. Y lloré como un niño.

Mateo dio por concluida la historia al levantarse y me indicó con su cerveza que fuéramos hacia la orilla, pero preferí quedarme tumbado en el césped. Desde detrás de Kazimierz, Mateo hizo como que lo empujaba al río y luego se sentó a su lado, quedando los dos de espaldas. Ya era de noche y apenas quedaban unos pocos futbolistas del Polska hablando animadamente con varios del Rabelais y otros tantos de los Latinos. Probablemente solo yo estaba pensando en el balón perdido. Definitivamente solo yo pensaba en la historia de Mateo. Me acerqué a la orilla para despedirme:

—Me voy a casa. Estoy cansado.

—¿Ya te vas? Ahora le estaba proponiendo a Kazimierz irnos a tomar algo.

—Hoy no podrá ser. Quiero empezar a preparar clases, que dentro de poco empieza el semestre.

—Pero si ya sabes que se preparan solas, catalán.

—Las de catalán no: recuerda que empiezo a enseñar catalán en la Universidad Pedagógica. Será mi primera vez.

—Dar clase de catalán, de español o de polaco: ¿qué más dará? Una lengua es una lengua. Pero no insisto más.  Nos vamos Kazimierz y yo solos a continuar la parranda por ahí.

Saludé al grupo de futbolistas y seguí por la orilla hasta llegar al puente que había cruzado cuatro veces para hacer la mudanza. Al otro lado estaban la Plaza de los Héroes del Gueto y mi piso.

La gata Tutaj me esperaba durmiendo en el felpudo, pero despertó en cuanto abrí la puerta y me acompañó dentro. Encendí el portátil y me preparé un té. En vez de ducharme o de trabajar, empecé a escribir: "Frente a Mateo había un polaco alto y fornido, con la cabeza rapada, el cuello hinchado y la camiseta de la selección de Polonia totalmente empapada". Hice una pausa para inspirarme y seguí: "Se abalanzó sobre Mateo como un huracán de músculos en tensión y michelines temblantes". Unas horas después hice clic en "Publicar" y en la De mí me río releí el relato, titulado "Balón perdido".

(Continuará.)

miércoles, 17 de agosto de 2016

'The Book of My Lives' de Aleksandar Hemon

Ayer llegué a Cracovia después de 18 días en España. Mis vacaciones han consistido en ver a mi familia y amigos, comer y beber, charlar y viajar un poco (Girona, Barcelona, Palencia, León, Toledo, Madrid...). En todo este tiempo no se me olvidó que el 15 de agosto volvería a Polonia y entonces tendría que escribir y trabajar. Hoy, 16 de agosto, he dado mi primera clase de español postvacacional y he seguido escribiendo las Mateorías.

El capítulo 21 de la novela estará listo dentro de un par de días, pero, como necesito desentumecer los dedos y el cerebro y aún dispongo de cierto tiempo libre, voy a ponerme al día con las microrreseñas atrasadas. Este verano estoy leyendo bastante, así que, en vez de presentar las reseñas en un solo post ("The Best of Summer 2016"), las espaciaré más: un libro, un post. Así será más legible y más escribible.

* * *

El año pasado, descubrí a Aleksandar Hemon, bosnio que escribe en inglés, con los cuentos de The Question of Bruno (2000) y la novela de relatos Nowhere Man (2002); este año he continuado con The Lazarus Project (2008) y, entre junio y julio, The Book of My Lives (2013).

La historia de cómo me compré The Book of My Lives parece un chiste posmoderno (de los malos), pero sirve para presentar a su autor. A finales de diciembre de 2015, mi novia y yo visitamos Liubliana, la capital de Eslovenia, antigua república yugoslava. Como casi siempre que viajo, quise comprarme un libro de algún autor local, o sea esloveno, por lo que entré en una librería y pregunté si tenían algo en inglés. Después de descartar la selección de clásicos y de bestsellers que se repite en cualquier librería de cualquier parte del mundo, le pedí al librero si tenían algo local, o sea esloveno. No mucho, me contestó, y me mostró The Book of My Lives de Aleksandar Hemon. Cogí el libro y sonreí. ¿De dónde eres?, le pregunté al vendedor. De aquí, de Liubliana, ¿por? No le dije que Hemon no es esloveno sino bosnio, ni que, de hecho, tanto el librero como el novelista habían nacido en el mismo país, Yugoslavia, aunque en repúblicas diferentes. Sin embargo, pensé que a Hemon le haría gracia la confusión: si su identidad nacional ya es bastante compleja, aquel librero todavía le asignaba otra nacionalidad.

Cuando estalló la guerra entre Bosnia y Serbia, Hemon estaba de viaje en EEUU y decidió quedarse ahí, descolocado, y acabó adoptando el inglés como lengua literaria (curiosamente, a Witold Gombrowicz le pasó lo mismo en la Segunda Guerra Mundial con Argentina, pero siguió escribiendo en polaco). Este episodio, que desencajó totalmente su vida, es el eje de su narrativa. Los personajes de The Question of Bruno, Nowhere Man y The Lazarus Project están descentrados, fuera de lugar, siempre a causa de las Guerras Yugoslavas. En The Book of My Lives, Hemon cuenta una vez más la historia de cómo llegó a Chicago; quizás esta vez sea la versión verdadera. "The Lives of Others", el ensayo que abre el libro, demuestra que su preocupación principal es la identidad; no solo por su título, sino también por los títulos de los fragmentos que lo componen: "Who is That?", "Who Are We?", "Us Versus Them", "That's Me", "Who Are They?", "What Are You?", "What Am I?".

La complejidad identitaria de Hemon encuentra su correlato en el hibridismo genérico de The Books of My Lives. Algunos dicen que es un ensayo, mientras que otros lo catalogan como unas memorias (siempre son los otros quienes clasifican a uno). Yo prefiero la primera etiqueta, simplemente porque es mucho más holgada: puede incluir la narración autobiográfica y las reflexiones que parten del yo, como en Montaigne; por contra, las memorias implican una sistematización que no existe en este libro, ya que no abarca toda la vida del autor ni un periodo determinado, sino que salta de una etapa a otra según los temas que le interesa tocar. Y en esto consiste The Books of My Lives: una serie de textos autobiográficos y reflexivos que giran alrededor de un tema o de un momento importante en la biografía del bosnio. Por suerte, ha tenido una vida más que interesante y su prosa, sencilla, analítica y capaz de captar las más intensas emociones, acompaña.

Como en cualquier libro de relatos más o menos independientes, hay altibajos, aunque no muy pronunciados. Hemon flaquea más en "Family Dining", donde reflexiona con simplicidad durante unas pocas páginas sobre las comidas familiares y su importancia, y en "The Magic Mountain", donde recuerda los días que pasó leyendo y escribiendo en la cabaña que su familia tenía en la montaña. En cambio, el mejor Hemon está en "Let There Be What Cannot Be", donde presenta al criminal de guerra Radovan Karadžić; en "Dog Lives", donde habla de los refugiados de guerra a través de sus perros, y en "The Lives of a Flaneur", donde rememora diversas etapas de su vida en Sarajevo y en Chicago como flâneur. Probablemente, el mejor relato sea el último, el más emotivo: "The Aquarium" rememora la enfermedad que terminó con la vida de Isabel, su hija de un año. Como en Mortal y Rosa y otras buenas obras que hablan de la muerte de un ser querido, es difícil aguantar las lágrimas durante la lectura.

La única crítica que le puedo hacer a The Book of My Lives es que Hemon no hable más de la génesis de sus libros anteriores, un tema que me interesa personalmente. En "My Prisoner", otro relato brutal, cuenta la vida de su gran amigo Veba, que dio lugar a la novela The Lazarus Project; en "The Kauders Case" rememora el origen de un cuento de The Question of Bruno. A pesar de todo, creo que no habría sobrado un ensayo más literario que relacionara los episodios de su biografía y las obras de ficción correspondientes.

No queda mucho más que decir, solo leer este fantástico libro. The Book of My Lives es ideal para desencantar a aquellos que se hacen una idea demasiado limitada de la identidad y para encantar a los que ya lo saben.

jueves, 28 de julio de 2016

Pausa de agosto

He fracasado, como era de esperar: no he terminado de escribir la novela a tiempo. Me propuse acabar las Mateorías antes del 29 de julio y no lo he logrado. Habría querido llegar a España con una novela bajo el brazo, pero nanay. Así, mañana por la mañana, desde el aeropuerto de Cracovia hasta que el avión aterrice, solo pensaré que me comprometí y me he fallado a mí mismo. Todo esto pensaré mientras sobrefracaso los cielos.

Mentira: pensaré que voy a pasar unas merecidas vacaciones (de trabajo y de escritura) y que por fin voy a ver a mi familia y amigos. Aunque esperaba escribir la novela antes del 29 de julio, me di un segundo deadline, previendo el fracaso: el 27 de septiembre, el día de mi 30 aniversario. Terminarla en julio habría sido rizar el rizo.

Y lo que he conseguido hasta ahora tampoco está tan mal. Del 1 al 29 de julio he escrito 10 capítulos, es decir, 45.883 palabras, o sea, 101 páginas. Y lo más importante es que son 10 capítulos de los que estoy orgulloso, como del resto de la novela.

En resumen, este mes de fracaso ha sido una experiencia fantástica. Por primera vez, me he dedicado en cuerpo y alma a escribir: mañana y tarde y alguna noche delante del ordenador, tecleando y releyendo y corrigiendo hasta no poder más. Estos últimos días he intentado terminar el siguiente capítulo de las Mateorías, el veintiuno, pero ha sido imposible, ya que estoy agotado y con el cerebro seco como una nuez. Es un estilo de vida duro y solitario, pero muy gratificante. Ojalá pueda repetir.

Gracias a la publicación de la novela en el blog, he recibido el feedback y el apoyo de algunos lectores de las Mateorías.  No son muchos, pero su compañía es muy grata.

La primera lectora es mi novia, Ivana, aunque en realidad ella no ha leído nada, ni una sola frase. Sin embargo, le he ido resumiendo en inglés cada capítulo, mientras lo escribía o cuando ya lo tenía terminado. Es muy difícil captar la atención de esta no lectora, pero de vez en cuando a Ivana le interesaba lo que le contaba, sobre todo si conocía la anécdota que inspiraba la escena o si el episodio no iba de libros ni de fútbol. El día en que se enteró de que ella no aparecería en las Mateorías, se cabreó bastante, porque es una no lectora muy exigente y con ínfulas de personaje. Intenté explicarle que el protagonista de la novela no era yo, sino alguien que se parecía a mí. Le dije que las Mateorías son autoficción, una mezcla de autobiografía y ficción, es decir, un trampantojo, o sea, una ilusión literaria más vieja que andar a pie.

—Más bien es una desilusión —me dijo Ivana—. Vaya mierda de libro, si no salgo yo.

Traté de compensar su decepción diciéndole que en esta "Pausa de agosto" aparecería ella e incluso diría un par de frases, pero no funcionó. Me lo merezco, por liar las cosas de la realidad y la ficción.

La segunda lectora de las Mateorías es mi madre, que sí me lee y siempre le gusta todo lo que publico. Excepto las veces en que hablé de gente real o usé nombres reales. Así que, cuando acabé el capítulo siete, en que el narrador habla de su madre, tuve que advertirle a mi madre: tu no ets la mare de la novel·la! Es decir, que lo que le pasara a esa madre y lo que se dijera sobre esa madre nada tenía que ver con mi madre.

Los comentarios de los otros lectores, en persona o en línea, también han sido muy positivos. Incluso los lectores potenciales: todavía no he leído nada, es que es muy largo. Los demás, los sí lectores, me han felicitado, aunque supongo que habrá a quien no le estén gustando las Mateorías. Algunos me recriminaron que tardaba mucho en sacar nuevos capítulos y que luego no se acordaban de lo que había pasado en los anteriores; les contesté que ellos eran lectores experimentales, que leían a lo que salga, para lo bueno y para lo malo. Mi excusa no les satisfizo, por supuesto. Y a mí su insatisfacción tampoco me convenció, por lo que decidí tomarme sus críticas como alabanzas.

He disfrutado mucho con las preguntas y las hipótesis de los sí lectores. Especialmente de las mateorías que ingeniaban los profesores con quienes trabajo, muy suspicaces siempre.

Cuidado: parecen preguntas retóricas pero en realidad son spoilers mateóricos:

¿De verdad te pasó eso de la sardana en la discoteca? En el capítulo quince, el baile protector de Mateo en De Cafencia lo sacaste de lo que nos contó tal día tal profesor, ¿verdad? ¿En tus clases de español llamas maricas y maricones a los reyes españoles y les muestras imágenes de actores porno a los estudiantes? ¿Y quién demonios es Mateo? ¿Aquel madrileño que ya no está en Cracovia? ¿O el ciudadrealeño que se carcajeaba tan fuerte y también se fue? ¿Mateo eres tú? ¿Y la directora cubana? ¿Tenías una gata llamada Tutaj? ¿El profesor mexicano es ese mexicano que bebe vodka de membrillo? ¿El argentino es aquel que ya regresó a la Argentina? ¿La academia de español es la escuela donde trabajamos juntos?

Otro sí lector me dijo que Facu le resultaba demasiado irritante. Ya, es que tiene que ser irritante, le respondí, tratando de defendernos. Sí, es irritante, me contestó el lector, pero leerlo también resulta irritante. Después me propuso matarlo: el vecino rumano lo ahoga con la almohada o se electrocuta con su portátil en la bañera o el exceso de pollo frito le causa un infarto. No, imposible, le tengo mucho cariño a Facu.

Un amigo de Badalona, que también es sí lector, me hizo una extraña petición: cómprame una taza del papa, de el papa. Quería una taza de Juan Pablo II como la que tiene Mateo. Así que tuve que pasar por todas las tiendas de souvenirs de Cracovia, en plena euforia católica de la JMJ, para cumplir el encargo. Hordas de jóvenes bárbaros se abalanzaban sobre los recuerdos como si fueran víveres en plena guerra: imanes de Cracovia, llaveros del dragón de Wawel, ceniceros con versículos, crucifijos de la JMJ, camisetas con el rostro de una monja, gorras del papa Francisco, insignias de la Virgen de Nosequé, etc. Pero no me quedaba otra opción porque, por supuesto, no iba a regalarle la taza de Juan Pablo II que tengo en casa.

Un excompañero de universidad me mandó un correo electrónico indignadísimo. Venía a decir lo siguiente: ¿por qué demonios en tu novelucha Messi juega en el Real Madrid? ¿En qué mundo jugaría Cristiano Ronaldo para el Barça? Los culés de verdad como yo lo encontramos ofensivo, repugnante, insultante.

Un amigo y compañero de trabajo me ha escrito hoy mismo por Facebook: "no sé cómo acabarán las Mateorías, pero yo ya tengo una idea de cómo serán las últimas líneas". Seguro que él no es mentalista, porque yo no sé ni cómo terminará la novela ni qué líneas lo harán. Le he pedido que me revele el final para ahorrarme el esfuerzo mental, pero no ha querido. Hemos apostado un vodka de avellana a que acertaba.

Una polaca, exalumna de uno de los profesores, se me acercó para decirme que ella también era sí lectora. Y también quería aportar su granito de arena a la conversación mateórica:

—En el capítulo quince, llamas "heroica ciudad" a Cracovia. ¿Por qué? Aunque me guste mucho, no me parece que mi ciudad sea muy heroica. Por ejemplo, cuando los nazis la invadieron en 1939, Cracovia no se defendió. No pudo defenderse, solo rendirse. Luego Hitler convirtió Cracovia en la capital del Gobierno General. Y no te puedes imaginar cuántas veces más ha sido conquistada. La leyenda del trompetista que salvó a la ciudad de los mongoles es la excepción que confirma la regla.

Como buen profesor, le expliqué que ese capítulo, que empieza con la frase "La heroica ciudad no dormía nunca la siesta", era un plagio o parodia del inicio de La Regenta: "La heroica ciudad dormía la siesta". Las descripciones del viento, de los turistas y de las torres de la basílica también querían ser un homenaje a la novela de Clarín.

¡Qué triste es hacer un comentario de tu propio texto! No volveré a hacerlo.

Otro sí lector encomió el poema del capítulo dieciocho: "Llora en mi corazón / como llueve sobre Cracovia; / ¿qué es esta languidez / que penetra mi corazón?". No le dije que se trataba de un conocido poema de Paul Verlaine. Otro me comentó que le gustaba mucho un fragmento del capítulo nueve que resulta ser un fragmento de "Nowhere Man", la canción de los Beatles, traducido al español. Otro loó una cita de Jorge Luis Borges. Otro admiró una frase de El principito.

Justifiqué mentalmente estas viles apropiaciones con las palabras del profesor Yono Leo: lee sin parar, copia sin piedad. Pero el impiadoso destino siempre tiene la última palabra: todos los elogios que he recibido han sido por fragmentos robados a otros escritores. A los lectores les gusta más lo que copio que lo mío propio. El viejo muere, la niña vive: me parece justo.

Ojalá más gente leyera estas Mateorías: así podría relatar más cotilleos de los lectores. Quizás entonces, cuando más personas me comenten lo que piensan o me pregunten por los personajes de la novela o me cuenten qué sé yo, podré escribir mi Negra espalda del tiempo. El autor de Negra espalda del tiempo es Javier Marías. Este libro excepcional es una especie de autobiografía: Marías narra la influencia que tuvo en su vida la publicación de Todas las almas, una novela escrita diez años antes. En Negra espalda del tiempo habla del revuelo que causó Todas las almas en Oxford, de cómo los profesores trataban de identificar a los personajes como si fuera una novela en clave, pero también de la fama que le dio y de cómo sus estudiantes de la Complutense de Madrid le preguntaban por la salud de su hijo, el hijo del personaje de Todas las almas. En fin, es una novela de cotilleos genial, unas memorias fabulosas en las que los juegos entre realidad y ficción son insuperables. Si las Mateorías tuvieran más lectores, quizás yo podría escribir algo similar a Negra espalda del tiempo y tendría el honor copiar a Javier Marías.

El 15 de agosto, volveré a sobrefracasar los cielos de Europa: desde el avión Madrid-Cracovia no pensaré en todo esto, sino en las Mateorías que me quedan por escribir.