martes, 17 de octubre de 2017

17 de octubre. Aleksandra Lun, 'Los palimpsestos'

¿Qué tienen en común Vladimir Nabokov, Joseph Conrad y Jerzy Kosiński? Sí, todos son escritores, hombres y de origen eslavo. Pero ¿y si a la lista añadimos a Eugène Ionesco y Agota Kristof? Pues sí, todos son inmigrantes, escritores que abandonaron su país de origen. ¿Y si agregamos a Emile Cioran y Samuel Beckett? Efectivamente, todos son escritores que no utilizaron su lengua materna para escribir. Y, además, todos son personajes de Los palimpsestos (2015) de Aleksandra Lun, una escritora polaca que escribe en español. Igual que Czesław Przesnicki, el protagonista de la novela: un escritor polaco que escribe en antártido, un idioma tan imaginario como el manicomio belga donde todos estos escritores están encerrados por escribir con una lengua ajena. Porque si escribir es de locos, aún más lo es escribir en otra lengua que la materna.

Este es el marco argumental de Los palimpsestos, una novela tan metaliteraria que podría haberla firmado un Enrique Vila-Matas obsesionado por las segundas lenguas que se convierten en primeras; y, de hecho, hay algunas referencias a Vila-Matas en el texto. Pero se trata de la primera novela de Aleksandra Lun, quien, no podía ser de otro modo, además de escritora es traductora, y nada menos que del francés, catalán, español, inglés, rumano e italiano al polaco. En el psiquiátrico belga donde ingresa el escritor Czesław Przesnicki hay otros locos literarios como él, ya los he mencionado, pero también hay una doctora y un cura polaco. En cada capítulo, Przesnicki tiene terapia con su médica, a la que le cuenta sus extraños sueños y su no menos extravagante vida, hasta que es interrumpido por algún escritor encerrado en el centro, y luego charla ácidamente sobre Polonia con el cura, el padre Kalinowski.

La novela de Lun habla de literatura, de lengua y de los límites de la identidad nacional. Además, es una buena primera obra que le augura un futuro brillante a la autora. Pero, sobre todo, es agradable y saludable leer a una mujer que practica la literatura sobre literatura, la tradición metaficcional en la que solo suelen oírse nombres como Italo Calvino, Umberto Eco, Ricardo Piglia, Paul Auster o César Aira.

lunes, 16 de octubre de 2017

16 de octubre. Virginia Woolf, 'La señora Dalloway'

Los manuales de literatura, los críticos y los escritores no siempre están de acuerdo, pero hay un lugar común en el que coinciden casi todos: los escritores más importantes del siglo XX son James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust. Son la Santísima Trinidad escritora, el Tridente Canónico por excelencia, el Top 3 de las Letras. Otros escritores les siguen en la lista, como Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Robert Musil, William Faulkner o T. S. Eliot. Se trata de una selección muy objetable: es eurocéntrica, solo contiene autores de la primera mitad del siglo XX, pertenecen al Modernismo, escriben principalmente en inglés y francés, la novela tiene prioridad sobre otros géneros literarios, etc. Y, sobre todo, no hay mujeres.

La única que a veces aparece en la quiniela literaria es Virginia Woolf. Y eso que La señora Dalloway (1925) debería figurar en lo mejor de la literatura europea del siglo XX, al mismo nivel que Ulises o En busca del tiempo perdido. Como la gran obra de Proust, la novela de Woolf es una oda al tiempo: a su relatividad, rememoración y paso, marcado por las campanadas del Big Ben. Si la novela de Joyce es el emblema de Dublín, por el cual su protagonista pasea durante un día, la de Woolf pone por escrito el espíritu del Londres posterior a la Primera Guerra Mundial, y también Clarissa Dalloway recorre sus calles a lo largo de una jornada. Quizás el único pecado literario de La señora Dalloway sea no tener más de 500 páginas, como las grandes novelas; para mí, es un mérito.

El argumento es bellamente simple: Clarissa organiza en su casa una fiesta de la alta sociedad londinense. Para ello recorre la ciudad y se cruza con multitud de personajes, en la mente de los cuales focaliza alternativamente el narrador, agilísimo y armonioso al saltar de la consciencia de uno a la del otro, de la descripción del presente al recuerdo del pasado, de lo objetivo a lo subjetivo. Probablemente, el estilo indirecto libre del narrador en tercera persona sea el mejor que jamás he leído, superior a Gustave Flaubert o Henry James, y seguramente haya sido la forma de narrar más imitada en el siglo XX.

Pese a la simplicidad aparente, los temas que van surgiendo a lo largo de las preparaciones para la fiesta de la señora Dalloway son muchos: el paso del tiempo, el amor, la infelicidad y las relaciones matrimoniales, el feminismo, el amor lésbico, la decepción y las oportunidades perdidas, la guerra y sus consecuencias, la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, el colonialismo, etc. Woolf consigue encajarlo todo a la perfección en una de las novelas mejor organizadas —a pesar de que parece no tener estructura— que he leído. Y, a diferencia de otras novelas de la época, que pecaban de esteticistas, Woolf no se recrea en la belleza de su prosa. De hecho, La señora Dalloway es una novela comprometida con su tiempo, con grandes dosis de crítica social y política. Sobre todo a través de un personaje: el veterano de guerra Septimus, que sufre estrés postraumático y recuerda al Seymour Glass de J. D. Salinger (véase “Un día perfecto para el pez banana”).

Del mismo modo que el Ulises de Joyce tiene un Bloom's Day, habría que empezar a celebrar el Dalloway's Day.

domingo, 15 de octubre de 2017

15 de octubre. Carme Riera, 'Te deix, amor, la mar com a penyora'

Cuando un lector español se enfrenta por primera vez a la literatura latinoamericana —Juan Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, etc.—, suele experimentar una epifanía: el descubrimiento de un mundo nuevo pero también el de un idioma libre y fresco, una lengua española similar pero diferente, joven y trufada de palabras y giros idiomáticos hasta entonces desconocidos. Algo similar nos sucede a los lectores catalanes al acercarnos a la literatura balear, a pesar de que por proximidad geográfica escuchar el balear es muy común en Cataluña. Sebastià Alzamora, Miquel Bauçà o Blai Bonet son algunos de los representantes de este fascinante universo.

Pero la primera vez que me explotó en la cara el boom balear fue cuando leí Te deix, amor, la mar com a penyora (1975), el primer libro de Carme Riera (por suerte, en este boom sí hay mujeres). Como en la novela homónima de Blai Bonet, el mar es uno de los grandes temas de los relatos de Riera: el mar representa lo balear y el amor, pero también el recuerdo del amor perdido y la separación física entre los amantes, uno en Palma y el otro en Barcelona. La escritora mallorquina elige apoyarse más en la prosa, muy cuidada, que en el argumento. Así, los cuentos que componen Te deix encuentran su fuerza en los ambientes que el estilo muy lírico de Riera logra crear, rozando a veces el estatismo de la prosa poética; se trata de atmósferas densas, propensas a lo sentimental y a lo evocativo, pero que también encierran la opresión propia del franquismo.

Con toda la carga poética, el argumento queda en un segundo plano, aunque no es totalmente olvidado, por lo que encontramos relatos románticos y relatos fantásticos, alguno incluso con rasgos policíacos. Además, la personalidad de protagonistas es otro punto fuerte de Te deix, amor: los personajes transitan por los límites de la normalidad psicológica y de lo aceptado por la sociedad: son outsiders.

sábado, 14 de octubre de 2017

14 de octubre. Tània Balló, 'Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa'

En un curso de Literatura española del siglo XX, un estudiante me preguntó por qué en la Generación del 27 no había ninguna mujer. Curiosamente, era un hombre quien me hizo la pregunta, el único (excepto yo, el profesor) en una sala llena de mujeres. Podría haber preguntado por las mujeres de las dos generaciones que habíamos mencionado antes en clase, la Generación del 98 o la del 14, y le habría contestado algo similar: la historia es una construcción que pretende pero nunca llega a ser objetiva ni total, por lo que casi siempre es ideológica, en este caso, machista. Dicho de otro modo: hubo escritoras, pero los historiadores no las sacaron en la foto. En algunos casos, esta metáfora se vuelve literal; por ejemplo, cuando en 1977 el archifamoso poeta del pueblo regresa a España del largo exilio y la foto que ilustra el gran momento de la llegada lo muestra solo a él descendiendo del avión, mientras que su esposa, María Teresa León, también escritora y miembro de la Generación del 27, no aparece.

Afortunadamente, en estos últimos años están surgiendo diferentes iniciativas para revisar nuestra tendenciosa memoria y recuperar a las escritoras dejadas fuera de encuadre, y concretamente a las de la Generación del 27, también conocidas como las Sinsombrero. Por ejemplo, la serie El Ministerio del Tiempo les dedicó el capítulo 18, “Separadas por el tiempo”. Y casi simultáneamente apareció el proyecto transmedia (documental, webdocumental, proyecto educativo, libro, redes sociales y exposición) llamado Las Sinsombrero, dirigido entre otros por la barcelonesa Tània Balló, que también fue quien escribió el libro: Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa (2016).

El libro de Tània Balló capta la esencia de todo el proyecto: rescatar a estas escritoras y artistas del injusto olvido de los historiadores y del público y lograr que, mejor tarde que nunca, sean conocidas. Para ello, Balló primero recrea brevemente el ambiente donde surgió esta generación de escritoras y explica por qué se llamaron así (en plena dictadura de Primo de Rivera, algunas de ellas decidieron transgredir las normas quitándose el sombrero por la calle). A continuación encontramos el grueso del libro, es decir, las biografías de diez mujeres artistas, poetas, novelistas, escritoras, filósofas, conferenciantes, periodistas, etc. Algunas son bastante conocidas, como Rosa Chacel, María Zambrano o la ya mencionada María Teresa León; otras, no tanto, todavía: Concha Méndez, Ángeles Santos o Josefina de la Torre. Pero si algo tienen todas en común es, precisamente, el olvido. Balló se refiere varias veces a los problemas que tuvo para reconstruir las vidas de algunas de ellas, especialmente con Margarita Manso, casi un fantasma o una sombra. Muy a menudo solo puede hacer hipótesis a partir de las biografías de los amigos, amantes o esposos, que con mucha frecuencia les escamotean la gloria a las mujeres eliminándolas de sus escritos autobiográficos; es el caso de Alberti y de Buñuel, quienes mezquinamente eliminaron las referencias a sus exparejas, arrebatándoles la visibilidad y la fama; otras, como Maruja Mallo, solo lograron cierto reconocimiento presentándose como amigas o conocidas de los grandes nombres del 27.

Es de agradecer el estilo llano y sincero de Balló, más divulgativo que académico, accesible al público menos acostumbrado al campo literario. La presencia en el texto del yo de la barcelonesa también es un acierto: no solo habla de los problemas que tuvo para obtener información, sino que intercala referencias al making off del documental y anécdotas personales, referentes sobre todo al descubrimiento de cada una de las Sinsombrero. Con todo, el libro no es perfecto. Aunque está bien escrito y muy bien documentado, aún más si tenemos encuenta que Balló viene del mundo del cine, a veces el estilo peca de simplón y hay algún error (por ejemplo, confundir la dictadura de Primo de Rivera con la Dictablanda). Pero cumple con creces su misión de visisibilizar a las Sinsombrero y tratar de completar la historia.

viernes, 13 de octubre de 2017

13 de octubre. Adelaida García Morales, 'El Sur seguido de Bene'

Hay escritores que en algún momento de su vida deciden que ya han escrito todo lo que debían, querían o podían y que por tanto no van a seguir escribiendo. Es el caso del francés Arthur Rimbaud o del mexicano Juan Rulfo, dos de los más célebres paradigmas del escritor ago(s)tado. Enrique Vila-Matas escribió sobre ellos en Bartleby y compañía y los llamó los Escritores del No, es decir, los que se plantan y deciden no escribir más. Entre ellos, casi todos hombres, podría haber figurado también Adelaida García Morales, que tenía un carácter muy retraído y, desde que en 2001 publicó su último libro hasta que murió en 2014, no escribió nada. Sin embargo, Vila-Matas no la incluyó en su libro: así de olvidada estaba ya, pese a que su novela corta El Sur fue convertida por su esposo, Víctor Erice, en una película de culto del cine español. Quien la rescató del inmerecido olvido, no obstante, fue una mujer, la escritora Elvira Navarro, con su polémica novela Los últimos días de Adelaida García Morales (2016). Pero yo quiero hablar de los primeros.

El libro donde aparecen estas dos novelas cortas, que juntas apenas superan las cien páginas, se titula El Sur seguido de Bene (1985). Es un título tan feo como descriptivo: primero encontramos El Sur y luego, Bene; sin embargo, otra elección habría desvirtuado el conjunto, ya que son dos textos independientes, a pesar de que estilísticamente y temáticamente son muy cercanos. En ambas nouvelles las narradoras son niñas que viven aisladas en una casa en el campo, con una familia desestructurada en la que hay una figura misteriosa, romántica; en ambas nouvelles encontramos una atmósfera rancia, cerrada, obsesiva y con toques mágicos o fantásticos. En El Sur el padre está muy perturbado psicológicamente, quizás deprimido, a causa de un amor frustrado por su matrimonio; es un zahorí capaz de encontrar objetos ocultos o manantiales de agua, poder que también tiene su hija, la narradora. En Bene la madre está muerta, el padre ignora a sus hijos y la figura misteriosa es Bene, la criada; esta tiene algo seductor y maléfico, una especie de contacto con los muertos.

La inocencia infantil de las dos narradoras va perdiéndose a medida que avanzan sus respectivos relatos y va desvelándose el misterio. Sin embargo, nunca llegamos a saber qué es lo que ocurre exactamente, quizás porque las narradoras tampoco lo saben; este desconocimiento es lo más perturbador de las dos novelas cortas de García Morales, que siguió al pie de la letra las enseñanzas de H. P. Lovecraft: “La emoción más antigua y poderosa de la humanidad es el miedo, y la clase de miedo más antigua y poderosa es el miedo a lo desconocido”.

jueves, 12 de octubre de 2017

12 de octubre. Slavenka Drakulić, 'No matarían ni una mosca'

Cuando Hannah Arendt publicó sus filosóficas crónicas del juicio de Eichmann en Jerusalén, generó enormes controversias en diferentes países y ámbitos. Desde el punto de vista de la filosofía, su tesis de la banalidad del mal tampoco escapó a la polémica: la filósofa alemana afirmaba que no todos los seres malvados eran monstruos o psicópatas, sino que también podían ser personas normales, banales. Eichmann era malo porque era un buen trabajador y cumplía la ley, eso sí, en un sistema enfermo, totalitario.

Slavenka Drakulić trasladó la tesis de Arendt al Conflicto yugoslavo y, como había hecho en su momento la filósofa judía, la escritora croata fue al Tribunal Penal Internacional de La Haya para presenciar los juicios de Slobodan Milošević y otros criminales de guerra. Las referencias a Arendt no terminan aquí, porque también el título de la obra de Drakulić, No matarían ni una mosca (2004), es una expresión usada por aquella para referirse a los monstruos de la banalidad.

Sin embargo, la obra de Drakulić es más accesible que la de Arendt: no es tan filosófica, es más ensayística. La autora croata combina la crónica de los juicios de La Haya con la biografía de los criminales juzgados, la historia de los Balcanes con las reflexiones morales. E incluso las anécdotas personales tienen su lugar en No matarían ni una mosca, ya que la escritora croata sufrió en su propia piel el nacionalismo desbocado de los 90 que conduciría a la sangrienta guerra. Por culpa de un artículo anónimo, que acusaba a cinco periodistas, todas mujeres, de ser “brujas” que “violaban” Croacia por no condenar con firmeza suficiente las agresiones externas, Drakulić empezó a recibir amenazas de muerte y tuvo que exiliarse. Su biografía debería bastar para garantizar la objetividad de su relato.

La lectura de No matarían ni una mosca es indispensable para comprender cómo se llegó a la tragedia balcánica, pero también es muy útil para entender la actualidad. Si bien el escenario español de octubre de 2017 está muy lejos del yugoslavo de finales de los ochenta y principios de los noventa, se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre ambas situaciones políticas; quizás demasiados. Y recordemos que la banalidad del mal surge precisamente a causa del ambiente, es decir, del sistema.

miércoles, 11 de octubre de 2017

11 de octubre. Samanta Schweblin, 'Siete casas vacías'

Una hija acompaña a su madre a robar objetos de valor sentimental en casas ajenas. Unos abuelos con demencia senil corren desnudos por el jardín y poco después desaparecen junto a sus nietos, también desnudos, sin dejar rastro. Un hombre tiene que ir a buscar la ropa de su hijo muerto, que su esposa ha arrojado por la ventana.

Estos son grosso modo los argumentos de los tres primeros relatos de Siete casas vacías (2014) de la argentina Samanta Schweblin. Como su título indica, en total hay siete cuentos, y el sintagma casas vacías hace referencia a la familia, el tema principal del libro, connotado oscuramente por el adjetivo vacías. Sin embargo, creo que solo se puede escribir sobre familias infelices, desestructuradas, únicas; algo así advertía Tolstoi en Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo”.

Los relatos de Schweblin no son literatura fantástica, ya que no sucede nada paranormal en ellos, no hay fantasmas ni extraterrestres: cuanto acontece es posible en el mundo real. Sin embargo, al leerlos uno tiene la sensación de que el universo de Siete casas vacías no es exactamente el nuestro. Schweblin consigue darles la vuelta a las relaciones familiares y encontrar lo raro, lo inverosímil y lo fantástico en lo cotidiano. Las perspectivas de la locura, la vejez y la niñez agudizan el aspecto irreal de las narraciones.

Puede que en los tres párrafos anteriores no haya convencido a nadie sobre la calidad de Siete casas vacías. Voy a intentarlo de nuevo: el cuarto relato del libro, titulado “La respiración cavernaria”, es una obra maestra del género. Está protagonizado por Lola, una mujer con alzhéimer, y logra transmitirle al lector la desorientación vital de los enfermos, incluso la lenta degradación de los síntomas, la progresiva desconexión de la realidad. Causa un efecto tan impactante como la primera vez que uno ve Memento, la película de Cristopher Nolan. Si no vas a leer Siete casas vacías, al menos lee este cuento.