martes, 27 de septiembre de 2016

Examen final: pregón

Llevo un tiempo dándole vueltas a la idea de preparar un curso sobre literatura, cine y música de Barcelona. Lo impartiría yo mismo en Cracovia, aunque por ahora no es ni siquiera un proyecto: es la sombra de un proyecto en pañales, gimnasia mental con la que entretenerme. El curso tendría 15 sesiones y, aunque sería en español, también incluiría obras en catalán, y quizás en otras lenguas, traducidas al castellano para que los estudiantes pudieran entenderlas. Nos encontraríamos una vez a la semana y durante una hora y media comentaríamos un texto, una canción o una película que los alumnos habrían leído o visto previamente en su casa. La obra seleccionada estaría de algún modo relacionada con Barcelona: sucedería en la ciudad, hablaría de un problema barcelonés, tendría lugar en un periodo histórico determinado, presentaría a un personaje importante, etc.

El curso se adaptaría a las circunstancias: una clase semanal y alumnos no nativos. Por tanto, los textos usados no podrían ser demasiado largos, así que quedarían descartadas las novelas, a menos que fueran muy cortas o que solo leyéramos un fragmento; sin embargo, en vez de leer La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza podríamos ver la adaptación cinematográfica de Mario Camus. Por otro lado, tampoco leeríamos obras muy difíciles o con un lenguaje demasiado complejo; es decir, nada de Juan o de Luis Goytisolo, nada de Francisco Casavella y mejor el último Juan Marsé que el primero. Finalmente, no obligaría a los estudiantes a digerir películas o relatos muy lentos o incomprensibles, puesto que no me gustaría que se aburrieran; desecharía, pues, a Albert Serra, aunque no sé si alguna de sus películas está relacionada con Barcelona.

Podría dedicarle una sesión a la Barcelona negra, ya que son muchos los autores del género policíaco (Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Jordi Sierra i Fabra, Carlos Zanón, Alicia Giménez Bartlett...); eso sí, tendría que encontrar algún cuentito, porque las novelas estarían prohibidas. Otro día podríamos centrarnos en el relato corto en catalán (Pere Calders, Quim Monzó, Bel Olid, Empar Moliner, Carme Riera), aunque en este caso debería buscar un texto ambientado en Barcelona, quizás "La gran novel·la sobre Barcelona" de Sergi Pàmies o algo del Puja a casa de Jordi Nopca. Para variar un poco, leeríamos cómics: hablaríamos de la creación de TBO, del boom del cómic adulto a partir de los 70, de la línea chunga, de Makoki y de El Víbora, e incluso podríamos ver la película El gran Vázquez. Luego saltaríamos a la lírica sobre Barcelona y hay mucho donde elegir: desde las odas de Verdaguer y Maragall hasta los poemas de Roberto Bolaño y Joan Margarit, pasando por Jaime Gil de Biedma, Marta Pessarrodona y demás. En otra clase observaríamos la visión que de Barcelona tienen los creadores extranjeros (George Orwell, Colm Tóibín, Jean Genet); podríamos comparar dos películas (el turismo idealista en Vicky Cristina Barcelona versus la inmigración realista en Biutiful) o hablar del Erasmus en L'auberge espagnole o de la Guerra Civil en Land and Freedom. Más películas, pero patrias: una de terror (REC), de cine quinqui (Perros callejeros, Yo, «El Vaquilla»), de ciencia ficción apocalíptica (Los últimos días), el documental Ocaña, retrato intermitente, el Almodóvar de Todo sobre mi madre, etc. Para recordar a los charnegos y la inmigración de los sesenta, leeríamos algún fragmento de Los otros catalanes de Francisco Candel o algo de Juan Marsé. La Barcelona tardofranquista podríamos tratarla con la película de Salvador. El 11 de septiembre de 1714 estaría bien discutirlo con Victus de Albert Sánchez Piñol, pero es novela, así que habría que esperar a que hagan la película. Dedicaríamos un día a la música: la rumba catalana ("Gitana hechicera", "La rumba de Barcelona"), la "Barcelona" de Freddie Mercury y Montserrat Caballé, "Barcelona ciudad" de Loquillo y los Trogloditas, "Barcelona i jo" de Serrat, y otras de Manu Chao, Siniestro Total, La Banda Trapera del Río, etc.

Además, también me gustaría encontrar algún poema o relato de los integrantes del Boom latinoamericano, o de sus sucesores; pero que hable de los mismos escritores del Boom, de cómo vivieron en Barcelona García Márquez, Vargas Llosa y compañía. ¿Existirá algo así? Asimismo, querría buscar una obra de ficción sobre el catalanismo y/o el independentismo, sobre las tensiones España-Cataluña en el siglo XXI, los juegos de poder en la Generalitat, la experiencia de la gente normal, etc.; nada de ensayo o crónica, que existe en gran cantidad, tampoco sátiras baratas. ¿Habrá alguna novela o cuento más o menos decente por ahí?

Etcétera, etcétera. El mayor problema de organizar el hipotético curso no sería, pues, encontrar obras adecuadas a las circunstancias. El problema sería elegirlas, decidir cuáles usar y cuáles no. En eso estoy: decidiendo qué incluir y qué excluir.

De la interminable lista de novelas, cuentos, relatos, películas, poemas, documentales y canciones sobre Barcelona, solo estoy seguro de que incluiría una obra en mi curso, una sola obra. El último día del curso tendríamos un examen final, que en realidad sería un examen colaborativo, es decir, una clase como las demás. ¿Cuál sería, entonces, la última obra, la obra que condensaría todo lo aprendido en las catorce sesiones anteriores? El pregón de Javier Pérez Andújar para la Mercè de 2016.


En casa, los estudiantes habrían leído y escuchado las palabras de Pérez Andújar; alguno quizás se habría enterado de la polémica que el verano de 2016 rodeó al pregonero. Yo, como buen profesor, les habría advertido de la dificultad de interpretación, ya que el texto está cargado de sobrentendidos de la cultura popular y local barcelonesa (especialmente de la generación de mis padres, para complicarlo aún más). También les habría pedido a los estudiantes que leyeran el texto un par de veces y que googlearan todo cuanto les oliera a alusión o referencia.

Luego, en clase, trataríamos de diferenciar lo que es una cita, una referencia, una alusión, una paráfrasis, etc., porque el pregón de Pérez Andújar es un modelo de lo que Gérard Genette definió como literatura en segundo grado. También discutiríamos cuál es la estructura del texto: una mera lista. La lista es la forma literaria más básica; escribir listas es de pobres, diría Pérez Andújar. En su Facebook, el escritor de San Adrián del Besós dijo que su referente o inspiración (o hipotexto, Genette dixit) había sido Aullido de Allen Ginsberg, pero en clase comentaríamos si estamos de acuerdo o no con el autor.

Después anotaríamos en la pizarra las obras y artistas que habríamos encontrado en el pregón: si entre todos tuviéramos más del 50% de las referencias del texto-lista de Pérez Andújar, estaríamos aprobados; si no, también. A continuación les preguntaría a los estudiantes si el ejercicio de nostalgia extrema de Pérez Andújar también los conmueve a ellos, que no son de Barcelona y no pertenecen a su generación: si contestaran que sí, estarían aprobados; si no, también.

Para acabar, proyectaría todas las imágenes de obras y artistas mencionados o escondidos en el pregón: la portada de La plaça del Diamant y de la revista El Papus, una viñeta de El Capitán Trueno, una foto de Manolo Escobar, etc. Por mucho que le pusiera una música épica de fondo, por mucho que uno no sea de Barcelona ni de la generación de mis padres, la lectura del pregón es más emotiva que la sucesión de imágenes.

Palabras 1, imágenes 0.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Mateorías (y 27)

(Capítulo 27 y último de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintisiete

Este julio fue el mes de las despedidas. Por un lado, las oficiales: de la universidad, de la academia, del liceum; por el otro, los adioses: a los estudiantes, a Tutaj, a Kazimierz, a Cracovia.

Después de Mateo, el siguiente en saber que me marchaba de Cracovia fue el jefe de estudios de la Universidad Pedagógica, aunque a él lo informé cara a cara en su despacho. Nunca tuvimos mucho trato, pero le agradecí la oportunidad que me había dado (pese a que me había enchufado su amigo Adrian), encomié su gestión, alabé el ambiente del departamento y la buena disposición de los estudiantes de catalán y le aseguré que daría las clases que faltaban hasta el fin del semestre y de mi contrato con la profesionalidad que me caracterizaba. Cuando terminé, me hizo una pregunta obvia que, por algún motivo, yo no esperaba:

—Entonces, ¿por qué te vas?

Improvisé:

—Bueno, siento que debo cerrar mi etapa de profesor cracoviano. Llevo aquí cuatro años, estudiando y enseñando. Ahora necesito hacer algo diferente en otro sitio.

Unos días más tarde me dejé caer por la academia. Fui directamente a la sala de profesores, donde tantas horas había pasado. Como estaba vacía, aproveché para imprimirme un recuerdo: apreté el botón y salió una hoja en blanco, excepto por un pelo o fideo negro. Cuando la estaba mirando, quizás alertado por el ruido de la fotocopiadora, entró el profesor mexicano. Charlamos de los no tan viejos tiempos vividos en la escuela y, poco después, la directora cubana y otros profesores, algunos de ellos nuevos, se agregaron a la conversación. ¿Vuelves a trabajar con nosotros? ¿Nos echas de menos? ¿Vienes a espiarnos? ¿Quieres tomarte un cubalibre? Por fin, les dije que me iba de Cracovia. Con nostalgia evidente, recordamos el incidente de las banderas y otras anécdotas de la academia. Finalmente, la directora me preguntó:

—Pero ¿por qué te vas de Cracovia?

Inventé:

—Porque echo de menos a los míos: mis amigos, mi familia. Estos años en Cracovia han sido una experiencia fabulosa; he crecido mucho, también como persona. Pero ahora necesito volver con ellos.

Para poder acercarme al liceum sin romper la orden de alejamiento que me impuso el director polaco, me escondí tras las gafas de sol de Javier Marías. Estuve un rato fuera, disfrazado y a una distancia prudencial, observando el edificio donde había trabajado. Continuaba como antes, obviamente: ¿acaso debería haber cambiado a causa de mi ausencia? Vi pasar por mi lado a varios exalumnos, que no me reconocieron, y yo tampoco les hablé, aunque me habría gustado saludarlos y decirles adiós. Me sentía como un pervertido acechando adolescentes, como el pervertido al que habían echado por bailar con una estudiante, así que me metí en una cafetería cercana, desde la que podía espiar sin temer ser descubierto. Al salir el director, permanecí sentado. En cambio, cuando vi a Bartek, me levanté y lo seguí de lejos. Iba con un compañero, también mi exalumno, que unas calles después se fue en otra dirección. Entonces pude quitarme las gafas y llamarlo. Bartek se sorprendió al verme, pero no le sorprendió el verdadero porqué de mi desaparición o renuncia, que todos en el liceum conocían ya. Aunque parecía convencido de mi inocencia, daba la impresión de guardarme rencor. Me reveló su plan para el verano de 2016: escribir un relato. Un relato fantástico, el relato que cambiaría el rumbo de la historia universal de la literatura. Lo animé a trabajar duro y a no rendirse. A continuación, saqué el último ejemplar que conservaba de Todas las almas, mi novela con seudónimo, y se lo di. La escribí yo, le dije, hace unos años, antes de venir a Cracovia. Si yo pude escribir esto, tú también podrás y seguro que será mucho mejor. Luego le conté que me iba y él me preguntó:

—¿Y por qué se va de Cracovia, señor González?

Simplifiqué:

—Es una decisión muy difícil pero, como tú, voy a escribir. Me voy a España para estar más tranquilo. Este verano escribiré una novela.

Mis estudiantes de la Universidad Pedagógica se tomaron bien la noticia de mi partida, para ellos cualquier destinación era mejor que Cracovia, hasta que los corregí: no me voy a Barcelona sino a Madrid. Entonces me preguntaron:

—¿Por qué te vas a Madrid y no a Barcelona? ¡Si tú eres de Barcelona!

Fantaseé:

—Pues porque nunca he vivido en Madrid. Quiero vivir en una ciudad diferente, una ciudad que no sea mía. Porque en Cracovia he descubierto que cuando me siento extranjero, me siento más próximo a mí, me siento como si casi fuera yo. Además, quién sabe, quizás allí pueda dar clases de catalán.

Las únicas que no me preguntaron por qué me iba no eran personas: la gata Tutaj y la misma ciudad de Cracovia. Despedirme de Tutaj fue fácil: le compré un lujoso paté para gatos. Pero ¿cómo despedirse de Cracovia? ¿Cómo decirle adiós a la ciudad que me acogió durante cuatro años?

Pasear, la única forma posible de despedirme de Cracovia era pasearla. En mis últimos meses, anduve más que nunca. Salía cada mañana de mi kawalerka y deambulaba por Podgórze y luego pasaba junto a la Plaza de los Héroes del Gueto, cruzaba el río y vagaba por el barrio de Kazimierz hasta el centro, para visitar de nuevo los bares de mis juergas rabelais, los edificios donde tuve clases, la residencia donde compartí habitación con Facu. Repetí el camino que entonces solía hacer para ir a clase y para ir a trabajar y para hacer la compra. Fui a la Universidad Jaguelónica y recorrí sus pasillos como si fuera un estudiante o un profesor o un rabelais, llamé al despacho de Adrian pero me fui antes de que me abriera, pregunté en secretaría dónde estaba Mateo. Pasé muchas veces por delante de la academia y algunas entré a despedirme de nuevo. Me tomé un par de cervezas en Albo Tak, donde Javier Marías habló de su libro, y otras tantas en el bar donde íbamos a ver el Barça-Madrid un 26 de febrero de 2013 a las 21:00 del capítulo también nueve, pero en vez de eso Mateo se peleó con un polaco y yo llegué tarde. Tomé el tranvía 24 de Plac Bohaterów Getta al Hotel Piast y al revés, y no me bajé sino que permanecí sentado en mi asiento, viendo cómo pasaba por delante de mis ojos una parte de la ciudad que nunca me había molestado en conocer pero que alguna vez había soñado, me bajé en Kurdwanów, la última parada, y regresé andando: me olvidé de los rieles y me perdí por barrios residenciales con casas unifamiliares ajardinadas y bloques de pisos grisáceos, centros comerciales, polideportivos y cines clónicos, supermercados insignificantes, quioscos insustanciales, parques y talleres mecánicos, lugares tan anónimos y fútiles que parecían no existir, a pesar de que en el fondo eran más auténticos y estaban más vivos que los rimbombantes edificios y monumentos del centro de la ciudad. Visité por primera vez los cuatro montículos de Cracovia, a los que peregriné sin porqué: el monte Kościuszko y el Piłsudski, construidos en los siglos XIX y XX en honor a dos héroes polacos, y el monte Krakus y el Wanda, dos túmulos prehistóricos levantados por y para quién sabe quién. Crucé el río por el puente con candados de enamorados y recorrí las calles de Kazimierz reconociendo los bares conocidos con Mateo. Seguí a desconocidos que me llevaron a nuevos sitios, desde donde fui detrás de otros tipos que me llevaron a otros lugares. Más de una vez llegué sin querer al piso de Mateo y aunque parecía inhabitado no podía evitar pensar que quizás Mateo seguía viviendo allí, que quizás no se había ido a Ucrania y tampoco a Madrid, que quizás me había mandado las cuatro postales desde Cracovia, que quizás me estaba devolviendo la mirada detrás de la cortina. Anduve a lo largo del Vístula: al oeste, dejando a un lado el abandonado Hotel Forum y al otro el castillo de Wawel, siguiendo más allá de la laguna de Zakrzówek hasta el pueblo de Tyniec; al este nunca pasé del recodo donde perdimos el balón de Kazimierz y nos dimos un chapuzón. Caminé hasta el barrio ciudad de Nowa Huta, tan cercana en tranvía y tan a una hora y media a pie, me detuve en Plac Centralny, la plaza donde Facu imaginó la estatua del Gran Soldado Comunista, me volví al sur y contemplé una pradera que parecía el fin del mundo, me dirigí al norte y callejeé por donde Juan Pablo II luchó contra el régimen socialista. En el centro de Cracovia, me disputé el espacio vital con los turistas, rechacé las continuas invitaciones a clubs de estriptis, busqué la sombra y el cobijo en las iglesias, ojeé los escaparates de las tiendas de souvenirs. Fui a los escenarios de mis relatos escritos en Cracovia y publicados en De mí me río, especialmente a las cafeterías que salían en Encuentros con los Apocrifílicos; una de ellas, Coffee Cargo, ya no existía cuando llegué: la habían derruido para construir un bloque de pisos.

En mis últimos meses cracovianos leí muy poco y no escribí nada, solo caminé. Caminé sin rumbo, caminé rumbo a Madrid, caminé caminos pasados, caminé tratando de no repetirlos, caminé sin pensar, caminé siguiendo mis recuerdos, caminé hacia el 29 de julio de 2016. Si alguien analizara mis movimientos almacenados en un ordenador, no detectaría ningún patrón en mis caminatas, solo una maraña confusa, imposible de desenredar y comprender. Pero para mí era obvio que estaba diciéndole adiós a Cracovia: despedirse de una ciudad es andarla una última vez, repasarla y repisarla. Al mismo tiempo, pasear por Cracovia era una manera de escribir. Andando estaba inscribiendo sobre la ciudad la novela que quería pero no lograba escribir.

Una mañana, casi me despedí de quien no quería. Al cruzar Rynek, escuché una historia familiar contada por una voz que me sonaba: no entréis en La Cabeza, porque los turistas y los polacos mean dentro cada noche. ¿Queréis que os cuente la historia de La Cabeza del Gran Soldado Comunista? ¿Queréis saber por qué está siempre llena de pis? Mientras un grupo de diez o doce personas asentía y le prestaba atención, confirmé que no me había mentido en nuestro último encuentro, o al menos no del todo: Facu era en efecto un guía turístico. Como no quería volver a oír su relato ni que me reconociera, me alejé bastante. Pero sentado en un banco seguí observando sus gestos de orador consumado, que despertaban el interés genuino del público. Sentí un regusto amargo: Mateo ya no estaba y yo me iría pronto, mientras que Facu se quedaba. Cracovia nos ha ganado, me dije al continuar mi paseo.

En mis andaduras de despedida, noté bastantes cambios en Cracovia. Se estaba transformando a medida que la recorría: si mis paseos escribían la novela de la ciudad, en un par de días el texto ya quedaba obsoleto. No solo había algunos bares o cafeterías cerrados, también encontré edificios nuevos o remodelados, calles asfaltadas y aceras arregladas. No es una hipérbole: cualquier habitante de Cracovia conocía desde hacía tiempo la causa del rejuvenecimiento de la ciudad: el papa la visitaría, seguido por cientos de miles de peregrinos. Del 26 al 31 de julio de 2016, se celebraría la JMJ, es decir, la Jornada Mundial de la Juventud. Gracias al Pop Quiz de Malcolm, yo sabía perfectamente en qué consistía y cuál era su historia: se la inventó Juan Pablo II en los años ochenta y era una reunión masiva de sacerdotes y jóvenes católicos que celebraban su fe portando una cruz de madera, la Cruz de los Jóvenes, un regalo de 3,8 m de altura gentileza del mismo papa. Tres puntos para mí, Malcolm.

En Cracovia, las preparaciones de la JMJ empezaron a ser visibles a principios de 2016. En junio, la ciudad entera ya estaba forrada de carteles con el rostro del papa, como si fuera un candidato en la recta final de una campaña política o una estrella de pop anunciando su último concierto. Sin embargo, los carteles mostraban la cara del difunto Juan Pablo II, el papa favorito de los polacos, y no de Francisco, el papa vivo y en funciones que visitaría la ciudad. Aquellos días, Cracovia era una versión a escala y sin ironía de mi altar de objetos kitsch. Tenía la sensación de que en cualquier esquina me podía encontrar una taza gigante del rey Jorge Luis I o una gran postal de Madrid. Todo aquel montaje me parecía una venganza de la ciudad: como yo me había disfrazado de Javier Marías para engañarla, ella ahora se disfrazaba de Juan Pablo II para humillarme.

En una de mis caminatas, me detuve frente a un cartel y le aguanté la mirada al papa. ¿Y si escribía sobre él? ¿Y si escribía sobre la JMJ? ¿Y si escribía sobre la juvenil transformación de Cracovia, sobre la estancia de los peregrinos, sobre los conciertos, las fiestas y las misas que se organizarían y sobre cuanto pasara en la ciudad esos días? Quizás necesitara escribir una crónica para salir de mi atasco creativo, para librarme de la trampa de la autoficción: en vez de escribir sobre mí, recorrería la ciudad entrevistando a los voluntarios y a los visitantes y a los que no participaban en los festejos, en fin, le tomaría el pulso a la ciudad y pondría por escrito su atmósfera. Llegué a concebir un título para mi reportaje, Un ateo en la JMJ, pero nunca la empecé. No era momento de escribir sino de andar.

Y mientras yo llevaba meses andando por mi Cracovia para tratar de mantenerla en pie, en unos días cientos de miles de peregrinos se apropiaron de la ciudad a pasos agigantados. Poco antes de que comenzara la JMJ, saliera mi avión a Madrid y llegara el papa, la ciudad ya era suya. Ondeaban banderas de todos los colores, de países que yo ni siquiera conocía y que probablemente no vería nunca más. Grupos enormes de jóvenes a rebosar de testosterona, acné, pasión y fe cantaban sus respectivos himnos nacionales y coreaban consignas religiosas y patrióticas. Me pregunté si Facu y Todo en Español andarían por ahí, camuflados entre los peregrinos. Aunque la mezcla de nacionalismo y catolicismo me producía un rechazo irreprimible, no podía negar que su comportamiento era ejemplar: no solo no se peleaban ni se increpaban ni meaban en La Cabeza, sino que sonreían y saludaban animosamente a los jóvenes de otros países que encontraban por la calle. Con todo, cuando el 26 de julio empezó la JMJ, Cracovia era un pandemónium de felicidad católica. Era casi imposible caminar por la ciudad, convertida en la fiesta de la juventud cristiana, a la cual yo no estaba invitado.

El día antes de marcharme, decidí darme un último paseo hasta el centro. Cansado de andar y de la multitud, me senté en la terraza del bar de Kazimierz, el amigo de Mateo que parecía un żul. A pesar de estar situado en el centro de Cracovia, en un Rynek abarrotado de peregrinos, el bar estaba casi vacío. Cuando me vio, Kazimierz se acercó con un par de cervezas y se sentó a mi lado.

—Hacía mucho que no nos veíamos —me dijo—. Has venido al mejor lugar para refugiarte de los peregrinos: los malditos no entran en ningún bar. Se suponía que la JMJ tenía que beneficiar al sector turístico, pero los peregrinos no consumen nada. Como son jóvenes no tienen dinero y como son católicos no beben, o al revés, no sé. En fin, ¿cómo estás? Ya nunca vienes a jugar al fútbol...

—Me voy de Cracovia —le dije—. Me voy a Madrid.

—Conque a Madrid, ¿eh?

Kazimierz se quedó callado un rato, y yo también. Por encima del griterío de Rynek, pude oír el toque de trompeta de la basílica de Mariacki. Eran las doce del mediodía. Me acordé del día en que subimos a la torre y de la respuesta de Mateo: lo que más me gusta de Cracovia son sus bares. Los peregrinos no estarían de acuerdo con él. Kazimierz y yo brindamos por mí y por mi partida. Entonces, se levantó y nos despedimos:

—Cuida de él, ¿vale?

Observando a los jóvenes peregrinos, dejé de pensar en Cracovia.

Al día siguiente, el 29 de julio de 2016, me dirigiría al aeropuerto para tomar mi avión. En el control de seguridad, alguien observaría el contenido de mi equipaje, diseccionado en el aparato de rayos X. El vigilante no entendería por qué había tantísimas tazas en esa maleta. No le parecería ilegal, porque no lo era, solo raro. ¿Qué necesidad tenía este tipo de comprar todas estas tazas?, se preguntaría. Por suerte, a mí no me diría nada, simplemente me haría pasar bajo el arco detector y me dejaría alejarme con mi maleta llena de tazas.

A continuación, me sentaría en la sala de espera, junto a otros pasajeros. Y esperaría. A pesar de que siempre se me ha dado bien esperar, en esta ocasión estaría nervioso. Intentaría distraerme con un libro, con el móvil o con la televisión, pero no lo lograría. Pensaría en Mateo, pensaría en cómo dentro de unas horas nos fundiríamos en un abrazo, pensaría en mi próxima vida en Madrid; serían todos pensamientos fugaces, inasibles como peces asustadizos. Me inquietaría. En algún momento, me levantaría e iría al lavabo, llevando la maleta conmigo.

Mearía sin ganas y me lavaría la cara una, dos, tres veces. Saldría con el rostro chorreando.

De nuevo en la sala de espera, me sentaría en el mismo sitio de antes, pero me sentiría diferente. A partir de entonces, sería el protagonista de una novela, una de esas novelas cuyo protagonista es un escritor que quiere escribir una novela. Y al final de la novela este escritor experimentaría una epifanía, una revelación: se le aparecería ante sus ojos la novela que llevaba tanto tiempo intentando escribir. No la sucesión de imágenes que precede a la muerte, sino el texto al completo, con sus capítulos, sus escenas, sus diálogos, sus párrafos, sus puntos y sus comas. Y, bueno, más bien se le aparecería en la cabeza. Sentado en ese incómodo asiento, la mente del escritor sería la novela. El escritor hojearía su mente para comprobar que, efectivamente, la novela no era otra cosa que la vida que había llevado hasta entonces. La búsqueda, no el hallazgo.

El escritor sabría que la novela se titularía Mateorías. El escritor leería en voz baja la primera frase de la novela: "Solo hice verdadera amistad con Mateo durante mi estancia de cuatro años en Cracovia". Finalmente, el escritor se imaginaría en Madrid, escribiendo estas líneas.

Madrid, septiembre de 2016.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Mateorías (26)

(Capítulo 26 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintiséis

—Bueno, Bartek, dime. ¿Qué estás leyendo?

Dudó unos segundos, como si no se acordara del título o del autor del libro. Finalmente habló:

—Oiga, señor González, ¿puedo hacerle una pregunta? Es importante.

Cerré la puerta y quise cerrar también la ventana, pero a medio camino me di cuenta de que solo había un triste tragaluz al fondo del aula; hacía más de un año que trabajaba en el liceum y todavía olvidaba que no había ventanas reales en mi clase. Nos sentamos, le dije a Bartek que me preguntara y me preparé para lo peor.

—Es un tema complicado. ¿Usted qué prefiere: la fantasía o la ciencia ficción?

Pero no para esto.

—Uf, no sé. Hombre, si me preguntas así, de sopetón... ¿Hay que elegir?

—No hace falta, claro, solo es una situación hipotética. Como las que usted nos plantea en clase para practicar los condicionales con subjuntivo. Si tuviera que escoger, ¿con qué género literario se quedaría? ¿Cuál de los dos es mejor?

Ojeé sucesivamente el crucifijo y las banderas de Polonia y España que colgaban de la pared, ocultando las humedades. Era evidente que no me ayudarían ni inspirarían, pero tenía que responderle:

—Pues es difícil, Bartek. Me gusta la ciencia ficción porque hace posible lo imposible a través del progreso y de la tecnología (robots, naves espaciales, láseres, teletransporte). Pero también me gusta la fantasía porque no se preocupa por explicarnos lo imposible (brujos, dragones, fantasmas, vampiros): el mundo es mágico y misterioso, y punto. Por un lado, respeto la actitud científica de la ciencia ficción, que quiere comprender lo extraño, y, por otro, admiro la capacidad de creer lo increíble que transmite la fantasía, cómo nos propone aceptar lo extraño sin más. ¿Te vale esta respuesta?

—No, no me vale, tiene que elegir. Y tampoco estoy de acuerdo con usted: ¿la ciencia ficción es razón y la fantasía es fe? Es un poco simplista, ¿no? Porque la creencia en la ciencia también tiene algo de fe, sobre todo cuando abrimos una novela y aceptamos creernos lo que nos está contando, por muy verosímil que sea decir que en el futuro se podrá viajar en el tiempo o a la velocidad de la luz; por contra, el mundo de la fantasía también es, según sus propias leyes, racional, y además se puede entender como una metáfora de nuestro mundo: los ogros son estúpidos y representan el mal, lo contrario no tiene sentido. Pero lo que yo quiero es que escoja, señor González. Ciencia ficción o fantasía: usted decide.

Cada semana, las conversaciones frikis y literarias con Bartek se volvían más interesantes y más complejas, porque él cada vez era más listo y su español más fluido. Por desgracia, todavía no había entendido que los profesores éramos personas normales, de carne y hueso, y siempre nos exigía una respuesta definitiva, porque seguía creyendo que existía la verdad absoluta y que precisamente los profesores la salvaguardábamos, como el dragón custodia el tesoro de los enanos. A mí me costaba comprender que la mayoría de los estudiantes idealizara los conocimientos de sus profesores —conocimientos quizás obsoletos pero sin duda sólidos— y a la vez mostrara poco respeto por nuestras personas; estaban tan seguros de nuestra autoridad intelectual como de que no merecíamos su consideración. Por mi parte, les intentaba hacer señales a mis alumnos del liceum para que fueran conscientes de que su profesor de español no tenía respuestas a todo, pistas para que llegaran al tesoro de mis limitaciones mentales, pero por muy explícito que fuera preferían no escuchar lo que les decía. Aunque, al fin y al cabo, ¿quién era yo para cargarme su inocencia? ¿Acaso me creía Sócrates? ¿Cómo iba a decirles a unos menores de edad que en el fondo nadie sabe nunca nada de ningún tema?

—Me lo pones muy difícil, Bartek, es una elección imposible. La ciencia ficción es apasionante porque habla del futuro. Nos muestra cómo puede llegar a ser el mundo en lo bueno y en lo malo, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Por eso es apasionante: porque puede ser muy crítica, necesariamente pesimista. Incluso si mira hacia el pasado y nos muestra otras historias posibles, nos está diciendo "mira qué podría pasar o haber pasado". En cambio, la fantasía crea un mundo tan alternativo que es sugestivamente imposible. La fantasía nos dice: "mira qué no puede pasar, ven aquí y descansa, huye de la realidad". Así nos seduce, pero es una trampa, porque en el mundo fantástico existen los mismos problemas que en el nuestro. En su mundo imposible también hay buenos y malos, ricos y pobres, sanos y enfermos. En fin, aunque la fantasía es un género tan viejo como la Antigua Grecia y la ciencia ficción apenas tiene unos cientos de años, en el fondo hablan de los mismos temas. ¿Cómo quieres que elija?

—Por un momento he pensado que iba usted a decir que la ciencia ficción es progresista y la fantasía es reaccionaria, como afirman muchos simplistas. Pero lo importante es que hay que escoger. Recuerde, señor González, esa escena de Matrix en que Morfeo le ofrece las dos pastillas a Neo: vivir la verdad o la mentira. ¡Esa es una decisión mucho más difícil que la que yo le planteo y a Neo no le supone un gran problema! De hecho, si no eligiera, no tendríamos película. Mire, le haré la pregunta de otra manera: si tuviera que llevarse un solo libro a una isla desierta, ¿sería El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien o el Ciclo de la Fundación de Isaac Asimov?

—Hombre, ahora me estás preguntando algo diferente, mucho más específico. Aunque tampoco me gusta elegir entre libros, la verdad, y menos tener que irme a una isla desierta. Sin embargo, en la Fundación me parece muy buena idea que unos científicos preserven el legado cultural y científico para evitar una larga etapa de decadencia. Esto nos obliga a pensar en la humanidad desde una perspectiva tan distante y abstracta que es inhumana: en realidad, ¿a quién le importa lo que nos pase dentro de 1.000 o 20.000 años, si no estaremos nosotros ni nuestros descendientes más directos? Pues a Hari Seldon y a sus científicos elegidos, que en el fondo son una panda de héroes chiflados, metáfora de la pugna contra el cambio climático, por ejemplo. Por otro lado, solo se trata de una versión futurista del Arca de Noé, en la que, en vez de animales, se salvan la ciencia, el conocimiento y la cultura. En cuanto a El señor de los anillos, es un claro ejemplo de la lucha maniquea entre el bien y el mal...

—Disculpe que lo interrumpa, señor González, pero ahora no estamos en clase. Yo no le he pedido que analice la Fundación de Asimov ni que defina lo que es la ciencia ficción y la fantasía, sino que elija entre ambos géneros. ¿Cuál le gusta más?

—Pues ya te digo que no lo sé, Bartek. ¿Y a ti cuál te gusta más?

—Yo tampoco lo sé, por eso le pregunto a usted, que es profesor. Mis escritores polacos favoritos son Andrzej Sapkowski y Stanisław Lem, uno de fantasía y el otro de ciencia ficción. Y lo mismo me pasa con los extranjeros: Tolkien y Asimov. ¡Qué dilema!

—Pero no necesitas elegir: puedes leer ambos géneros, ¿no? ¿Por qué elegir?

—Bueno, supongo que ese es el problema —otra vez Bartek dudó en silencio y repasó el crucifijo y las banderas, quizá buscando las palabras que necesitaba—. El próximo curso empiezo la universidad y creo que ya va siendo hora de que decida a qué género literario voy a dedicarme, porque lo que yo quiero de verdad es ser escritor. Estudiaré filología inglesa, esto sí lo tengo claro, pero todavía no sé qué tipo de escritor quiero ser. ¿Debería enfocar mi carrera hacia la fantasía o la ciencia ficción?

—Oiga, señor González, ¿puedo hablar con usted? Es importante.

Bartek y yo nos giramos hacia la puerta, ahora abierta, aunque nadie había llamado. Quien hablaba en inglés desde el umbral era el director del liceum.

—Por supuesto, señor director, vamos —le respondí en inglés, y a Bartek en español—. Después continuamos charlando, Bartek.

Aún me quedaba una última clase para terminar mi jornada matutina en el liceum, tras la cual me dirigiría a la Universidad Pedagógica. A esa hora el instituto olía a fritanga y estaba casi vacío, porque la mayoría de los estudiantes ya había acabado por hoy, mientras que los demás, los más desafortunados, esperaban a que empezaran sus clases devorando un bocadillo en un banco del pasillo o comiendo en la cantina. La falta de ventanas en el corredor le daba un aspecto deprimente a la escuela, intensificado por la oscuridad que invadía Cracovia en enero, el más gótico de los meses. Y el enero de 2016 no fue una excepción. De hecho, no me extrañaría que en esta época, a causa del frío, de la oscuridad y del fin de las vacaciones navideñas, aumentara la tasa de suicidios entre la comunidad de estudiantes y profesores. Antes de llegar al despacho del director, pasó junto a nosotros el guarda de seguridad mudo, sonrió y nos hizo una reverencia servil de las suyas, sin apenas detener la marcha. El director polaco no se la contestó, pero yo, el profesor florero, incliné la cabeza. Aunque parecía incapacitado tanto para la tristeza como para la felicidad, a veces yo envidiaba el desapego del guarda. ¿Sentiría él ese abatimiento estacional, como los profesores y los estudiantes y como cualquier habitante de cualquier país frío?

Dentro de su despacho, el director me sentó a su mesa, frente a él. También había un crucifijo y una bandera polaca en la pared, por lo que la situación parecía un calco de la escena anterior: ahora yo era el alumno y el director era el profesor. Sin embargo, no había cordialidad y estaba claro que tampoco íbamos a hablar de ciencia ficción y fantasía.

—Oiga, señor González, ¿qué estaba haciendo con ese alumno? ¿Tenía alguna consulta sobre sus asignaturas? Si no, no veo por qué no están cada uno con los suyos: él con sus compañeros y usted con los profesores.

—Bueno, Bartek es un estudiante especial, como usted sabrá. No se relaciona mucho con los chicos de su clase, que no lo tratan demasiado bien. Así que de vez en cuando me reúno con él y charlamos, sobre todo de literatura, que es su pasión y también la mía. Creo que le hace bien hablar, aunque sea en español y con un profesor. Últimamente lo veo un poco más sociable. Ahora me estaba diciendo que quería decidir qué tipo de escritor ser.

—Ya, lo entiendo, y le agradezco que se preocupe de sus estudiantes, señor González, sobre todo de los más necesitados. Pero esa tarea le corresponde al tutor, no a usted. Además, piense que estrechar las relaciones con los alumnos puede generar cotilleos infundados e incluso calumnias. Y ya sabe usted que el renombre de esta institución y de sus miembros es muy importante.

Quise decirle que no tenía motivos para alarmarse, porque solo hablábamos de literatura, y que Bartek me caía bien porque me recordaba a mi yo adolescente, pero me quedé callado. El director siguió:

—Precisamente le he hecho venir a mi despacho porque quería hablar de este tema tan importante. El renombre, la imagen, la honra. Su honra, pero también la del instituto.

—No entiendo. ¿Es porque vuelvo a llevar barba?

—La barba también es un problema, pero minúsculo en comparación con este. Mire.

Se sacó el móvil del bolsillo y lo manejó con una maestría digital que me pareció incompatible con su edad. En seguida encontró lo que buscaba y me mostró el teléfono. Mire, me dijo de nuevo:

En el centro de la pantalla estaba yo, eufórico o borracho o ambos, bailando con una chica, menos exultante. Nos cogíamos de las manos pero a cierta distancia, de una manera un tanto aséptica, como si uno le diera asco a la otra. Detrás y a los lados había más gente, pero no se veía ninguna cara, solo brazos, ropa y pelo. Cuando reconocí el hoyuelo de la chica, no pude contener el impulso de hacer clic en su mejilla.

El móvil me mostró otra foto. En esta aparecían más personas con sus respectivos rostros, aunque solo identifiqué a la chica del hoyuelo y a mí. Todos bailábamos cogidos de las manos, poniendo cara de susto o riéndonos. A partir de la imagen era imposible deducirlo, pero yo sabía que bailábamos formando un corro que continuaba más allá del encuadre, una especie de sardana que daba vueltas frenéticamente en la pista de baile. Me sorprendió recordar la escena con tanta nitidez. Volví a pulsar el hoyuelo.

En la siguiente foto salíamos otra vez la chica y yo, cogiéndonos de las manos y bailando alejados, con el mismo contraste euforia-asepsia de la primera imagen. El resto de fotos eran variaciones de las anteriores: más o menos desenfocadas y descentradas, los dos protagonistas alejándose y acercándose sucesivamente, unas veces formando parte de la gran sardana y otras no.

—¿Se reconoce en las fotos, señor González? Y, más importante, ¿reconoce a la chica con quien está intimando?

Claro que me reconocía: aquella madrugada, al final del capítulo trece, celebrábamos en una discoteca que yo había encontrado trabajo en un liceum y un piso para mí solo.

—Sí, pero no recuerdo mucho sobre la chica. Sé que la conocí unas semanas antes de empezar a trabajar aquí. Esa noche no intimamos, solo bailamos juntos en una discoteca del centro.

—Bueno, como mínimo reconoce que es usted. No me importa cuándo fue tomada la foto. Me importa cómo es su comportamiento extraescolar. Usted es un profesor y debe comportarse como tal dentro y fuera de la escuela. Debe ser un modelo para sus estudiantes, especialmente si le están sacando fotos. Pero lo que más me preocupa de la foto es la chica. ¿De verdad no la reconoce? —hice que no con la cabeza—. Qué raro, estoy seguro de que se cruzaron más de una vez por el pasillo del instituto. Mire esto, a ver si le refresca la memoria.

Era una orla de una clase de exalumnos del liceum. Según el título en polaco, se habían graduado el curso anterior, así que muchos de ellos estarían ya en la universidad. Fui comprobando las fotos de los estudiantes hasta dar con la chica del hoyuelo. La señalé con el dedo.

—Muy bien, vamos mejorando y recuperando la memoria, señor González. Las fotos que le acabo de enseñar en mi móvil me las han hecho llegar anónimamente. Me extraña que no las haya visto antes, porque según me han dicho están circulando por internet. Soy consciente de que la chica no fue su estudiante y de que usted todavía no trabajaba en la escuela cuando la conoció en la discoteca. Pero esta imagen es inaceptable. Imagínese lo que deben de estar pensando los padres: un profesor flirteando o, peor, bailando con una estudiante... Y además es español, con la fama que tienen ustedes. No, no, esto es intolerable. Espero que lo entienda.

Traté de convencer al director de que estaba siendo injusto repitiendo sus argumentos (ella no fue mi estudiante, yo aún no trabajaba en la escuela cuando la conocí) y aduciendo otros (no sabía que ella tuviera diecisiete años, los menores no puedan entrar en una discoteca, no pasó nada entre nosotros dos, solo nos cogimos de la mano y bailamos, soy un profesor profesional). Sin embargo, pronto me sentí estúpido y dejé de defenderme. Le pregunté al director si la chica estaba teniendo problemas por culpa de las fotos, pero no quiso contestarme. Sin más rodeos, expuso con claridad y firmeza las condiciones para la terminación de mis servicios en la escuela:

—El primer semestre del curso 2015-2016, que acabará a la vez que este mes de enero, será su último semestre como profesor en el liceum, señor González. Hasta entonces, usted no le puede mencionar el incidente de las fotos a nadie, ni estudiantes ni profesores, ni dentro ni fuera de la escuela. Después de los quince días de vacaciones, ya no volverá al centro, alegando una baja temporal que iremos prolongando a lo largo del curso. Por tanto, durante el segundo semestre se mantendrá alejado del liceum y, a cambio de su discreción, seguirá cobrando el sueldo hasta la finalización del contrato, en junio de 2016. No hace falta decir que el próximo curso no contamos con usted. Espero que lo entienda.

Mientras escuchaba el último discurso, seguí pensando que todo aquello era irreal, absurdo, una conspiración de pacotilla. En seguida el director me convenció de que era una injusticia bastante justa, así que la acaté. Sin embargo, cuando salí del despacho continuaba indignado. No recordaba que hacía un año quería dejar el liceum, harto de que mis estudiantes, a través de sus padres, tuvieran poder sobre mis decisiones. Por el pasillo, calculé que solo me quedaban dos semanas de profesor florero. No estaba roto sino agrietado, pero ya no servía. El guarda de seguridad me hizo otra reverencia y esta vez no se la devolví, aunque no creo que él notara nada especial.

Bartek seguía sentado en la silla de antes:

—¿Entonces? ¿Ciencia ficción o fantasía? ¿A qué género debería dedicarme?

—Mira, Bartek, no sé por qué pero a mí me gusta más la ciencia ficción. Y también prefiero la Fundación a El señor de los anillos. Sin embargo, solo es mi opinión, tú no tienes por qué compartir los gustos de nadie. En cuanto a escribir, ambas opciones son igual de válidas: no serás mejor ni peor si te dedicas a un género u otro. De hecho, lo mejor que puedes hacer es escribir ciencia ficción y fantasía y lo que te apetezca. Y te voy a dar otro consejo para ser escritor. Sobre todo, lee mucho, lee sin parar. Lee hasta que te sangren los ojos. Lee en el autobús, en clase, en bicicleta y a pie, en el retrete y en la cama. Después, acuéstate y a la mañana siguiente sigue leyendo. Y cuando encuentres a un autor que te gusta, imítalo. Mejor aún: cópialo sin piedad. Este es el lema del gran escritor: lee sin parar y copia sin piedad. Eso es: lee sin parar y copia sin piedad —después de mi exaltado discurso, me callé un momento para recuperar el aliento; las banderas y el crucifijo seguían en la pared—. Entonces, dime. ¿Qué estás leyendo ahora?

El resto de clases de profesor florero agrietado transcurrió sin problemas. El último día antes de las vacaciones de febrero, sentí la tentación de despedirme definitivamente de mis alumnos; sin embargo, me aguanté y solo nos dijimos hasta luego. Ni los profesores ni el guarda sabían que me iba para siempre, porque el director había decidido que mi caso fuera un secreto total. Cuando salía de la clase de español, le eché un último vistazo a aquel zulo donde había pasado tantas horas; me imaginé robando las dos banderas y el crucifijo y tirándolo todo a la basura o quemándolo. Al final solo cerré la puerta y me fui.

Llevaba un tiempo buscando en internet las fotos que me había mostrado el director polaco y que, según él, corrían por la red, y durante las dos semanas de fiesta dediqué más horas a mis pesquisas. Encontré a muchos alumnos del liceum en diversas redes sociales y husmeé sus perfiles, fotos y comentarios, rastreé a sus contactos y a los contactos de sus contactos, pero ninguno tenía las imágenes ni hablaba de ellas. También descubrí varios foros de estudiantes, cuyas discusiones descifré pacientemente, consultando a cada momento el diccionario polaco-español; aunque en algunas se soltaban disparates inverosímiles sobre profesores —insultos, humillaciones, venganzas, agresiones—, mis fotos seguían sin aparecer. Como mínimo, a causa de esos días de aburrida e infructífera investigación, mi pésimo polaco estaba mejorando considerablemente. Puesto que no conseguía dar con las fotos, llegué a pensar que el director me había mentido, que todo era una conspiración para echarme del instituto por algún motivo que yo no entendía y que para comprobarlo tenía que pedirle que me dijera él mismo quién se las había enviado. Pero una mañana encontré en un foro un hilo titulado Profes de fiesta.

Antes de leerlo, ya sabía que allí estaban mis fotos, pero no imaginaba que habría otras bastante más humillantes. Algunas imágenes incluían alumnos, otras solo mostraban al profesor; de hecho, si no hubiera sido por los comentarios de los usuarios del foro, en muchos casos no habría deducido su profesión. Por ejemplo, un profesor vomita sobre la mesa, rodeado de botellas y de sus amigos. Un profesor dormido en la barra de un bar con una mancha de humedad en la entrepierna de los tejanos. En una clase, un profesor saca una pequeña botella de vodka del cajón de su mesa, que se bebe en la siguiente foto. En un bar, dos estudiantes se sacan un selfie riéndose solo para mostrar detrás de ellos a una pareja besándose: una profesora y un hombre, que los comentarios identifican como su amante. Las piernas, las bragas y la falda de una profesora, en diferentes posturas y asientos. Una estudiante subiendo una cuerda y su profesor tocándole el culo con ambas manos. Dos jóvenes pizzeros escupiendo en una pizza y en el siguiente selfie sonriendo con su profesor y la caja de la pizza. Un profesor sonriente agarrando a dos alumnas por la cintura: ellas tienen sendas cervezas y él una visible erección. Una profesora desnuda de cintura para arriba besando a su esposo tras las cortinas de su casa. Unos estudiantes le tiran latas y botellas de cervezas a un profesor. Un profesor besando y bailando muy pegado con una mujer que resulta no ser la suya. Etcétera. Mis fotos solo eran un granito de arena más de esa inmensa colección que alternaba escenas solo vergonzosas con comportamientos abiertamente delictivos, tanto por parte de los profesores como de los estudiantes. No perdí el tiempo en traducir al español muchos comentarios, porque todos compartían el mismo tono ofensivo y violento. A pesar de que no me habían tratado muy bien, deseé que ningún profesor del liceum llegar a esa página u otras similares.

Cuando terminaron los días libres y no volví a trabajar al instituto, no me llamaron ni me preguntaron por mi salud. Al principio, temía que llegara la bola de nieve de rumores a la Universidad Pedagógica: hay un profesor que sale en unas fotos con una estudiante, que se toma demasiadas confianzas con sus alumnas, que las seduce, que les tira piropos en español, que las lleva a discotecas, que les da alcohol para desinhibirlas, que baila con ellas, que las toca aquí y allá, que se acuesta con ellas, que las deja embarazadas y las obliga a abortar, que les hace fotos desnudas... Pero por suerte no pasó nada. De hecho, nunca le conté a nadie por qué dejé de trabajar en el liceum y nadie me preguntó. Al final, acepté los hechos sin más, porque, desde el punto de vista laboral, era una situación tan anómala como confortable: cobraba por dar clases de catalán en la universidad y por no dar clases de español en el liceum. Para ocupar mi tiempo libre, volví a pasar las mañanas en diversas cafeterías cracovianas, escribiendo algún relato para el blog De mí me río. Estuve tentado de poner por escrito lo que me había pasado en el instituto, pero no me atrevía a exponerme tanto. Así que, para variar, mi escritura no dio muchos frutos.

Una tarde de marzo de 2016, en una clase de la universidad realicé una actividad mateórica que había adaptado al catalán:

—Espero que avui estigueu creatius, perquè dissenyarem la ciutat ideal.

Indicada para los principiantes, más que una actividad se trataba de un proyecto. Tras aprender el vocabulario necesario (vehículos, edificios, tiendas y mobiliario urbano, así como adjetivos para describir el carácter de la ciudad), los estudiantes tenían que diseñar lo que ellos consideraran La ciutat ideal. En un papel dibujarían el plano, donde también escribían qué era qué; después, presentaban su proyecto: esta es La ciutat ideal dels estudiants, por eso tiene muchas universidades y bibliotecas, pero también bares y museos y es una ciudad con mucha vida; al final, el resto de la clase les podía preguntar a los creadores, por ejemplo, si en su ciudad podían vivir perros o por qué no había polideportivos.

En aquella clase de catalán, pasó lo que muchas veces me había ocurrido antes: un par de estudiantes creó La ciutat segura ideal. Era una ciudad donde no podían vivir los inmigrantes ni los homosexuales, estaban prohibidas las mezquitas y los restaurantes vegetarianos, había mucha policía y cámaras de seguridad, todas las familias eran biparentales con hijos y las mujeres solo eran madres y amas de casa. En fin, una ciudad de la que hasta Platón se avergonzaría. En algunos casos, cuando unos estudiantes diseñaban algo así, los otros simplemente les reían la gracieta; pero en muchas ocasiones los demás criticaban duramente a sus compañeros.

Aquella tarde de marzo de 2016, un chico les preguntó por qué no la llamaban La ciutat dels racistes. En su catalán aún muy imperfecto, los diseñadores trataron de defenderse: no som racistes, només volem seguretat. Otro sugirió La ciutat ideal dels homòfobs, otra La ciutat dels masclistes, La caverna ideal, etc. Tuve que parar el debate y pedirle al siguiente grupo que presentara su ciudad ideal, porque se me iba a desmadrar la clase.

De regreso a casa, mi ego de profesor se sentía reconfortado: si los estudiantes discutían con tanta vehemencia, era una buena señal. Por otro lado, no podía esconder la satisfacción de que la mayoría de mis alumnos estuviera en contra de La ciutat segura ideal. Se me ocurrió que aquella era una actividad perfecta para conocer mejor a alguien y que todos los amigos y parejas deberían crear su ciudad ideal por separado y mostrársela luego al otro. Algunos se llevarían un susto al descubrir cómo piensan realmente sus allegados.

Abrí el buzón y encontré una postal de Mateo. Por un lado, el vestíbulo de la estación de Atocha, con su exuberante jardín botánico, su cubierta de hierro, las mesas de una cafetería y unos cuantos turistas o madrileños desperdigados aquí y allá; por el otro, una sola frase: "Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Cuando terminé de leerla, sonreí y me di cuenta de que Mateo y sus postales formaban parte de aquella serie de malentendidos literarios que atravesaban mi vida. Me di cuenta de que la historia que contenían, la historia de cómo conocí a Mateo, era la historia que yo quería escribir. De que esa y las otras tres postales que decoraban mi altar de objetos kitsch eran señales de ayuda, si no de socorro: bájate en Atocha, catalán. De que pasar un mes de marzo solo en Madrid no tenía que ser nada fácil para Mateo. De que mi tiempo en Cracovia también llegaba a su fin.

En vez de subir a mi piso, salí y me dirigí con prisa al centro. Por suerte, las tiendas de souvenirs todavía estaban abiertas, así que compré la postal de Juan Pablo II y me senté en De Cafencia para responderle escueto ("Este verano sí me bajo en Atocha, madrileño") y con la firma adecuada ("Un puto catalán").

Al volver a casa, me senté en el sofá con la gata Tutaj y encendí el portátil. Media hora después, ya tenía un billete de avión Cracovia-Madrid para el 29 de julio de 2016. Solo ida, le dije a la gata. Espero que Mateo me acoja.

Cuando días después me llamó desde Madrid, estaba leyendo en el sofá cama, como si no me hubiera movido de ahí:

—No me jodas: ¿vienes a Madrid de verdad?

—Sí, puto madrileño. Acabo de comprar un billete Cracovia-Madrid. Me voy de Cracovia.

—Joder, ¿y eso?

—Voy a vivir en Madrid. Voy a escribirte.

—¿A escribirme otra postal?

—No, una novela.

—¿Otra novela?

—Sí, pero en esta aparecerás tú.

—¿Seré tu musa?

—Sí, mi muso.

—Y después nos iremos de viaje rabelais.

—Venga. De goliardos por Europa.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Mateorías (25)

(Capítulo 25 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veinticinco

Mientras se calentaba el café, solía contemplar el imán que me regaló Mateo. Lo cogía y, mirando al papa aguantarme magnéticamente la mirada, me evadía por completo. La mía era una mirada hueca, irreflexiva, sin tristeza ni melancolía. Probablemente, lo más cerca que he estado en mi vida de dejar la mente en blanco fue con este imán entre los dedos.

El pitido de la cafetera me desembobaba dos o tres minutos después. Desde el imán, la mirada de Juan Pablo II seguía siempre llena de confianza en la humanidad y en dios y en qué sé yo. Pero él no tenía legañas ni iba envuelto en el edredón y tampoco debía ir a trabajar al liceum a las siete y media, sino que lo dejaba cuidando de mi altar de objetos kitsch.

Sorbiendo el café, a menudo en mi taza también papal, me acordaba un par de segundos de Mateo. No había ni rastro de tristeza ni de nostalgia en mi pensamiento, era tan puro como la mirada que intercambiaba las mañanas de lunes a viernes con el papa polaco. De hecho, desde que regresé del pseudoviaje a Ucrania, ese era el único momento del día en que Mateo entraba en mi cabeza. Pero la visita del recuerdo mateórico tenía un motivo banal, como si fuera un vecino que venía a pedirme sal o arroz. Solo alguna vez lograba yo ser consciente de que mi mejor amigo ya no estaba conmigo, y me avergonzaba de mi olvido constante y de mi ligereza. Es terrible que la vida, la rutina y el trabajo consigan que nos recuperemos tan pronto, pensaba entonces, seríamos unos seres más nobles si la pena y las heridas no se nos fueran nunca, si estas aguantaran el paso del rodillo del tiempo. Quizás Juan Pablo II fuera un tipo noble de los que creen en la falacia del sufrimiento dignificante, pero yo no.

Una mañana de marzo de 2015, después de haber tomado el café despertador, coincidí con el cartero en el portal de mi edificio. Aunque seguía adormecido, en cuanto lo vi meter algo en mi buzón, lo abrí y salí en dirección al liceum con la postal en la mano. Por un lado, la plaza de la Independencia de Kiev, con el monumento a la independencia, varios edificios y fuentes; por el otro lado, un texto: "Vuelvo a Madrid, no las he encontrado en Kiev. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Desde el tranvía llamé a Mateo para preguntarle cómo estaba y si ya había llegado a Madrid, pero tenía el móvil apagado, para variar. Supuse que su búsqueda no había tenido éxito y que volvía sin la furgoneta y sin haber visto a Marta. Por tanto, tampoco haríamos el viaje goliardo por Europa que terminaría en Madrid. En todo caso, tendríamos que empezar nuestro viaje rabelais precisamente en Madrid, si es que yo me bajaba en Atocha.

Aunque no era la primera vez que veía una imagen de la Plaza de la Independencia de Kiev, la foto de la postal no se parecía en nada al campo de batalla que tanto salía en los medios: en mis manos, brillaban el cielo azul y los colores claros y cálidos de la postal, mientras que mi mente albergaba el pandemónium de fuego y cenizas televisado. El monumento a la independencia, una columna triunfal coronada por una figura humana, quizás una mujer, era el único elemento que conectaba las dos imágenes. Pensé que probablemente ya estarían reparando todos los destrozos causados durante los disturbios del Euromaidán porque, como las personas, las ciudades no soportan la pena y las heridas. ¿Cuál de las dos plazas se habría encontrado Mateo en su estancia en Kiev: la de la calma o la de la tempestad? ¿O habría una tercera versión intermedia, en pleno proceso de recuperación, de superación del luto?

Cuando por la noche llegué a casa, puse la postal en mi altar de objetos kitsch. Un niño Jesús felizmente tumbado sobre un billete falso, custodiado por un caganer y por dos cerditos fornicando: el que daba era un salero y el que recibía, un pimentero; a su lado, una Oprah Winfrey de plástico y dos tazas: Juan Pablo II y Messi; detrás, la foto en que Bartek me fusionó con su madre y una postal de Kiev; en la barriguita del niño, el imán papal. Lo miré todo un momento pero antes de embobarme salí a pasear, desafiando mi rutina.

Crucé el Vístula y deambulé un rato por Kazimierz, el barrio. No estaba ni triste ni melancólico, apenas me corroía un leve remordimiento por no sentirme mal. Descarté meterme en el Heavy Metal Karaoke, porque quería un lugar más tranquilo, así que terminé en un bar casi vacío que no conocía. Aunque a la mañana siguiente tenía que despertarme muy pronto para ir a trabajar, pedí una cerveza. Quise beber sin prisa pero, como no tenía otra cosa que hacer más que mirar la poca gente que andaba por la calle, vacié el vaso demasiado rápido. Fui a la barra a pedir una cerveza más y, antes de sentarme de nuevo, reconocí a un hombre que acababa de pasar delante de mí, esta segunda vez por la otra acera. Empezó a hurgar un cubo de la basura, con el cuerpo excesivamente inclinado adentro dejándole al descubierto medio culo; se irguió sacando un par de botellas de cristal, probablemente querría llevarlas a un alkohole para que le dieran algo a cambio, y solo entonces me di cuenta de que era un vagabundo hosco y fiero y enormemente borracho, como diría Javier Marías. Cuando se dio la vuelta identifiqué la nariz enorme, patatera, en medio del rostro rojo enfermizo, como diría yo.

Con la cerveza en la mano, salí corriendo a saludar a Kazimierz, el amigo de Mateo que parecía un żul. Crucé la calle sin mirar y me planté junto a él con los brazos abiertos, a punto para abrazarlo. El pordiosero se detuvo un momento y, aunque estaba muy borracho, me arrebató la cerveza sin que me enterara. Siguió andando tambaleante, contándole a su interlocutor invisible que le acababa de birlar la birra a un turista pasmado.

En vez de ir al centro y pasar por los dos bares de Kazimierz, decidí irme a casa a dormir.

Intenté contactar con Mateo unas cuantas veces más, pero al no obtener respuesta dejé de llamarle y de enviarle mensajes y correos. Su postal me indicaba que ya no estaba en Kiev sino en Madrid. Mi rutinaria vida en Cracovia siguió sin más, sedimentando mi olvido mateórico. La segunda postal, que me envió unos meses más tarde también desde Madrid, me confirmó que se encontraba bien. Por un lado, el monumento a Cervantes de Alcalá de Henares; por el otro, un texto: "No he encontrado tu libro en ninguna librería madrileña, Javier Marías, tendrás que traerlo tú mismo. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño". Tras leerla, la dejé en el altar de objetos kitsch, junto a la primera postal.

A diferencia del verano anterior, el de 2015 solo estuve dando unas pocas clases de catalán en la Universidad Pedagógica. El sueldo apenas me bastaba para pagar el alquiler de mi kawalerka, pero como buena hormiguita había ahorrado bastante gracias a mi vida monacal de profesor sin excesos. Para un profesor de español de Cracovia, "ahorrar bastante" significaba que durante julio y agosto podría permitirme una vida de escritor, es decir, semimonacal y sin muchos excesos.

Así, el verano de 2015 cogí la costumbre de pasar casi cada mañana en una cafetería: pedía un café, escribía sin mucho éxito, pedía otro café, seguía trabajando en un relato condenado al fracaso y terminaba ganduleando en internet. Supersticiosamente, al día siguiente cambiaba de lugar si mi rendimiento en el bar anterior era insatisfactorio, o repetía si me salían unos cuantos párrafos medio decentes. Por primera vez en mi estancia cracoviana, tenía todo el tiempo del mundo para escribir, pero nada de inspiración; como la crisis de los refugiados en Europa estaba en su punto álgido, muchas mañanas les dedicaba más tiempo a las noticias al respecto y sobre la Guerra Civil Siria que a mi escritura. Para motivarme y evitar la procrastinación, elegía con sumo cuidado el local donde instalarme; hasta llegué a redactar mentalmente una lista de requisitos: primero, no podía ser un sitio muy concurrido, porque entonces los camareros no querían a un parásito de cafetería como yo; segundo, necesitaba ser un lugar fresco o, puestos a pedir, con aire acondicionado, ya que el verano de 2015 fue terriblemente caluroso; tercero, debía tener wifi para que pudiera escribir y distraerme al mismo tiempo; por último, no se le podía permitir la entrada a Facu. Esta última condición imposible solo se me ocurrió demasiado tarde, cuando Facu ya estaba saludándome. Demasiado tarde para escapar de él, me repetí mientras cerraba el portátil.

—Hombre, Javier, ¿qué tal estás? Muy bien, ¿no? Hacía una eternidad que no coincidíamos, andas más perdido que barbudo, que ya es decir. La última vez que te vi fue en Facebook, estabas metido en un lío de banderas por culpa de esa academia donde trabajas. ¡A quién se le ocurre juntarte con los independentistas catalanes! O quizás fue más tarde, en algún partido de fútbol de los que organiza ese vagabundo polaco. Aunque yo no suelo ir mucho, porque los fines de semana siempre tengo planes con Todo en Español. Oye, ¿qué estás haciendo aquí con el portátil? ¿No seguirás con esa manía de querer ser escritor? Venga, voy a pedir una cerveza y me siento contigo para ponernos al día. Acabo de salir del trabajo y hasta dentro de un rato no tengo nada que hacer. ¿Quieres tomar algo?

Mientras Facu iba a la barra a por dos cervezas, me acordé de París era una fiesta de Ernest Hemingway. En el capítulo titulado "Nace una nueva escuela", Ernest está en un café de París tratando de escribir hasta que aparece un tipo y lo interrumpe: "—Hola, Hem. ¿Qué diablos estás haciendo? ¿Pretendes escribir en un café?". Hemingway sigue escribiendo y el pelmazo le sigue hablando entre frase y frase. Al principio el escritor americano logra concentrarse a pesar del pesado, pero finalmente tiene que dejar su labor; entonces entabla una conversación inverosímil con él, en la que lo insulta y amenaza sin cortarse un pelo, simplemente porque no le permite escribir:
—¿No te interesa la vida, ni el sufrimiento de un ser humano? [le pregunta el plasta]
—El tuyo, no [le contesta Hemingway]
—Eres brutal. 
—Sí [yo también estoy de acuerdo]
—Pensé que tú me ayudarías, Hem. 
—Lo que me gustaría es pegarte un tiro [¡aquí te has pasado, Hem!]
—¿Serías capaz de hacerlo? 
—No. El código penal lo prohíbe. 
—Yo haría cualquier cosa por ti [claro, le lamerías el culo bien lamido a Ernest]
—¿De veras lo harías? [sí, le encantaría hacerlo]
—Claro que lo haría. 
—Entonces guárdate de volver a este café. De momento es lo único que te pido [esto no te lo esperabas, ¿eh?].
El mundo está lleno de Facus, sí, pero yo no podía tratar al mío como Hemingway al suyo. Además, pese a los ataques verbales, Ernest tiene que acabar interrumpiendo su trabajo para hablar con el pesado. Por otro lado, aquella mañana yo no lograba escribir nada y Facu iba a invitarme a una cerveza, quizás incluso me contaría una anécdota o leyenda cracoviana falsa pero interesante. De hecho, como cuando lo vi en la presentación de Todas las almas a través de las gafas de Javier Marías, ahora también me parecía que Facu estaba cambiado: ¿habría madurado? ¿Puede que ya no fuera el friki pelmazo y marginado que compartió habitación conmigo?

Facu volvió a la mesa con nuestras bebidas y se sentó frente a mí.

—Javier, ¿tienes ocho złotych? Que las cervezas no se pagan solas. Eso es, muchas gracias, después te doy los dos złotych del cambio, no te preocupes. Bueno, ¿qué te cuentas? ¿Nada nuevo? Pues resulta que conocí a un escritor de verdad, no de blogs, ¿lo sabías? Aquí en Cracovia, hará un año o así. Era un tío bastante majo, se llamaba como tú, por cierto. Javier Marías, ¿no lo conoces? Normal, es que él es de Madrid, y a vosotros los catalanes lo que sea de fuera... Aunque, si tanto te gusta la literatura, me extraña que no vinieras a la presentación de su libro, se titulaba Todas tienen alma o algo así. Esa sí que era una novela buena, aunque un poco liosa, no estaba claro qué era verdad y qué no; pero daba que pensar: si los escritores son capaces de mentir tanto y resultar creíbles, ¡imagínate tú los políticos! Después de la charla, convencimos a Javier Marías para que se hiciera miembro de Todo en Español, ¿qué te parece? Si vinieras más a menudo, te enterarías de estos eventos que organizamos y también ligarías un poco, que buena falta te hará.

—¿Y cómo está tu madre? —lo corté—. ¿Seguís hablando por Skype?

—Hombre, claro: madre solo hay una. Está muy bien, gracias, la saludaré de tu parte. Aunque la pobre se llevó un disgusto cuando supo que mi excompañero de habitación era un independentista... ¿Sabes que vino a visitarme? Cuando todavía estaba viviendo en el Hotel Piast. Yo no quería que se pasara por Cracovia, porque tenía mucha libertad y podía jugar todo el día al World of Warcraft. Por suerte, pude capear el temporal: me hice miembro de Todo en Español y ellos simularon ser mis amigos mientras mi madre estaba aquí. Y luego se convirtieron en mis amigos de verdad y yo fui dejando el World of Warcraft y volví a ir a la universidad. ¡Qué digo amigos: se convirtieron en mis hermanos! Si no fuera por Todo en Español, tampoco habría encontrado un piso ni habría conseguido terminar mi Rabelais. Y eso sí que habría sido un desastre, porque si no apruebas los exámenes, tienes que devolverle el dinero a la Unión Europea. ¡Qué tiquismiquis son!

—Entonces, ¿ya no estás en el Hotel Piast?

—Pues claro que no, esa etapa se acabó para mí, la residencia solo es para los estudiantes y yo ya me matriculé de Historia. Pero dejé de vivir allí bastante antes de terminar el Rabelais, porque me expulsaron. Fue por una tontería, eh, no te creas... Resulta que una noche fui a una reunión de Todo en Español y volví totalmente borracho al Hotel Piast. ¿Te acuerdas de la cocina de la residencia, que la compartíamos con el checo y el rumano y otros vecinos? Pues empecé a freír pollo para matar el hambre, puse un montón de muslos en una sartén enorme que solía cogerle prestada al rumano. Los dejé haciéndose a fuego lento y me fui a jugar al World of Warcraft a la habitación, como ya no tenía compañero... Con tan mala suerte que me quedé dormido, serían las cuatro o las cinco de la mañana y yo iba bien pedo, ya sabes cómo son las fiestas de Todo en Español. Me despertaron unos gritos, pero no podía ver ni torta porque estaba todo a oscuras. Intenté encender la luz y nada, entonces abrí la ventana y vi que ya era de día y que de mi cuarto salía un humo negrísimo, muy denso. Salí al pasillo y otros rabelais estaban despiertos y gritando algo que no entendí, todas las puertas y las ventanas abiertas. Yo pensaba que era un simulacro de incendio, pero resulta que era mi pollo frito. Se me chamuscó bien chamuscado y casi mato a medio Hotel Piast. ¡Qué mala resaca pasé! Solo me dieron una semana para que me largara de ahí. Vaya cabrones, ¿qué te parece?

—Joder, ¡qué cabrones! —empaticé—. ¿Y cómo lo hiciste para encontrar piso? ¿Y para terminar el Rabelais? Porque si no recuerdo mal el polaco y el inglés no eran tu fuerte...

—Pues lo que te decía: me ayudaron los hermanos de Todo en Español. Primero me quedé en casa de uno y de otro, de sofá en sofá, pero en pocos días ya me habían encontrado un cuarto en un piso de rabelais españoles. Y lo mismo me pasó con la carrera de Historia. Ellos me ayudaron a mejorar mi inglés para poder estudiar y escribir los trabajos para la universidad. Una vez incluso me sustituyeron en un examen de Historia Contemporánea de Polonia: fue en mi lugar un polaco que no se parecía en nada a mí pero sabía mucho del tema y hablaba inglés perfectamente. No, claro que el profesor no se enteró. Bueno, si yo te contara... Resulta que la tesis de final de carrera que presenté en España, no se lo digas a nadie, eh, es la traducción de la tesis de una chica polaca. Eso sí, quien corrigió las faltas de ortografía y defendió la tesis delante del tribunal fui yo. Y el título también se lo puse yo: Importancia de las leyendas y de los mitos de Cracovia en la construcción del discurso histórico-turístico oficial de la ciudad. Los profesores de España tampoco se enteraron, ¡por supuesto que no! Soy español: ¿a qué quieres que te gane? Pero, por si acaso, tú no se lo digas a nadie, Javier.

—No te preocupes, seré una tumba. Así que fuiste a España a presentar tu tesis y luego volviste a Cracovia, ¿no? Y ahora, ¿ya hablas bien inglés?

—Claro que sí, Javier, la duda ofende. De hecho tengo que usarlo algunos días en el trabajo. Con el polaco no me atrevo todavía, lo justo para ligar y comprar, pero con el inglés sí. Fui a muchas clases para aprenderlo, aunque sobre todo aprendí en las reuniones de Todo en Español, porque no te creas tú que todas las polacas hablan español, no señor. Eso sí, en seguida me di cuenta de que mi nombre era un problema. What's your name? My name is Facu. Excuse me? Facu. Your name is fuck you? Yes, fuck you. Fuck me? Yes! No, fuck you! Así no había quien ligara, ni con polacas ni con francesas. ¿Quién se acostará con un tío que en inglés se llama Quetejodan? Por eso hice como tú y me cambié el nombre: cuando hay extranjeras alrededor, que en la práctica es todo el tiempo, me llamo Miguel. Nada de Facu, no. Facu está muerto, ahora soy Miguel. ¿Qué tal, Javier?

Primero sentí la satisfacción de la venganza poética —¡ojalá Hemingway hubiera conocido a un tipo llamado Facu!—, pero en seguida me apiadé de él. Así que le propongo al lector que se solidarice también, yendo al capítulo seis y cambiando las palabras Facu y Facundo por Miguel, así como las otras apariciones de ahí en adelante.

—Encantado de conocerte, Miguel. ¿Y dónde dices que trabajas?

—Pues resulta que abrí mi propia empresa. Soy todo un emprendedor, ¿eh? Es una empresa de turismo: organizamos tours por la ciudad, visitas guiadas a Auschwitz y a las Minas de sal de Wieliczka, paseos por Nowa Huta, etc. Tengo un socio que conocí en Todo en Español, y de momento nosotros dos nos bastamos, pero seguro que creceremos y necesitaremos a alguien que nos ayude. En un futuro también queremos organizar fiestas nocturnas, citas rápidas y otros eventos. Cracovia es una ciudad cada vez más turística, por algo la llaman el París de Europa del Este. Así que si te cansas de dar clases y quieres hacer de guía de Cracovia para nosotros, ya lo sabes...

—No sé si lo entiendo bien, Miguel. ¿ haces de guía turístico de Cracovia?

—No hago de guía, yo soy guía turístico. Soy experto en historia y he aprendido mucho sobre Cracovia y Polonia, y también tengo un certificado de guía. Realizo tours en español y algunos en inglés. De hecho, he terminado el tour de la mañana antes de venir a esta cafetería, tenía un grupo de siete turistas, todos españoles. Si no me crees, mañana tengo otro: empezamos a las nueve de la mañana delante de la basílica de Mariacki. Puedes venir, así oirás la leyenda de las dos torres de Mariacki, seguro que no la conoces, y otras historias.

La conversación aún duró un poco más, y me pareció que todavía era más inverosímil que la de Hemingway con su respectivo pesado, con su Facu. Miguel me siguió hablando de las reuniones de Todo en Español y me contó que se hacían llamar españoles de Cracovia, porque consideraban que ya se sentían tan cracovianos como los nacidos aquí. Durante esta entrevista breve con un español de Cracovia, Miguel también me dijo que se había vuelto un verdadero ligón, pero que en este momento tenía novia, una novia polaca, ya que estaba un tanto harto del libertinaje.

—Precisamente he quedado ahora con ella para comer en el KFC. ¡Vaya, qué tarde es! Me tengo que ir, porque he de estar en La Cabeza en cinco minutos. Aquí tienes la tarjeta de mi empresa. Bueno, hasta luego.

En octubre de 2015, me volvería a acordar de Facu/Miguel y de su metamorfosis, precisamente cuando recibiera la tercera postal de Mateo. Por un lado, la escultura de La dama del Manzanares: una cabeza de bronce enorme, con una corona metálica; por el otro, un texto: "En Madrid también tenemos una cabeza enorme que todo lo ve, catalán, como la de Cracovia. Es una escultura del Parque Lineal del Manzanares, hecha por un arquitecto barcelonés. Cuando vengas, te llevaré a verla y nos acordaremos de Facu. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño". Tras leerla y sonreír, la dejé en el altar, junto a las otras dos postales.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Tiempo de más 'Ministerio'

Últimamente se ha vuelto a hablar mucho de El Ministerio del Tiempo (MdT), aunque no por el motivo que a mí me gustaría. El debate lo ha causado el tráiler de Timeless, una serie estadounidense aún no estrenada y ya controvertida (y denunciada) porque supuestamente plagia el MdT. La verdad es que no me importa mucho si el plagio es real o no, pero quizás sería bueno que nos esperáramos a ver la serie antes de juzgar.

Sin embargo, que una productora americana muestre interés por la serie es, para mí, sintomático de su valor comercial y de su calidad. Por eso, creo que la mejor respuesta a la polémica sería confirmar una tercera temporada del MdT. Que plagien otros, que diría Unamuno.

Pero si este argumento no es bastante convincente, tengo otros. ¿Por qué hay que renovar El Ministerio del Tiempo?


Porque es una buena serie para todos

Es famosa en el mundillo de las series la expresión de David Simon "fuck the casual viewer", que se joda el espectador ocasional. La idea detrás de estas cuatro palabras es que las series deberían ser tan exigentes como (algunas) novelas y películas, no siempre fáciles de digerir para el "espectador ocasional". Las creaciones de David Simon son un buen modelo de su tesis: The Wire y Treme suelen resultar demasiado lentas, detallistas y complejas para el público habituado solamente a ver, por ejemplo, Friends y La que se avecina.

Sin embargo, El Ministerio del Tiempo consigue mantener el equilibrio entre exigencia y calidad, demostrando que es posible reconciliar al espectador ocasional con el más riguroso. De hecho, se trata de una serie para toda la familia, porque su humor, su trama y sus referencias harán disfrutar a los más jóvenes y a los mayores, a los amantes de la alta y a los de la baja cultura; a unos les gustarán los chistes de malentendidos temporales, a otros las referencias históricas y políticas, a otros el ingrediente fantástico o el toque detectivesco. El MdT se adapta a casi todos los espectadores, a diferencia de series como Cuéntame, Médico de familia o Los Serrano, que ponen un único listón a la altura del espectador ocasional, mientras que The Americans, In Treatment o Show me a Hero lo suben para el espectador riguroso.


Porque instruye deleitando

La famosa máxima horaciana "instruir deleitando" se puede aplicar a todo tipo de ficción, porque tan importante es educar al lector o espectador como entretenerlo. Para mí, el equilibrio entre estos dos elementos es crucial. Me invento una teoría (que probablemente ya hayan inventado antes): el desequilibrio entre instruir y deleitar genera dos tipos de obras diferentes en su planteamiento pero igualmente fallidas. Si, por un lado, nos pasamos educando, nos saldrá una novela de tesis, un documental o un panfleto político; si, por el otro, solo entretenemos, tendremos un folletín, una telenovela o una película amorosa o de acción hollywoodense.

Cuando oí hablar del MdT, pensé que pertenecería al primer grupo, que sería un Érase una vez... el cuerpo humano sobre historia española. Al empezar a verla en seguida descubrí que, por suerte, la divulgación histórica no es lo único que ofrece. El MdT logra dorar la píldora con una trama interesante, unos personajes bien construidos y un mensaje bastante profundo: ¿por qué ayudar a las grandes figuras históricas y no a la gente normal? (De lo cual se puede deducir: ¿quién construye los relatos históricos nacionales y con qué fines?)

Gracias al MdT, en los medios de comunicación y sobre todo en las redes sociales se dio visibilidad a Cervantes y Lope de Vega, Felipe II, Franco y Hitler, Napoleón, Torquemada, etc. Pero también se mencionó a otras figuras menos conocidas, como el Empecinado y las Sinsombrero. Asimismo, el MdT fue capaz de tratar temas históricos un poco complejos; por ejemplo, las diferencias entre mito y realidad en la figura del Cid.

Por otro lado, como profesor de español para extranjeros en Cracovia, la serie me ha resultado una herramienta muy útil (en España algunos profesores también han utilizado la serie con fines didácticos). En los niveles más avanzados, comentamos los capítulos durante los últimos 20 minutos de clase. Mis alumnos no necesariamente tienen formación humanística, pero esto no impide que las charlas sean muy interesantes: discutimos la verosimilitud de los personajes, la evolución del patrón de los capítulos en la segunda temporada, las referencias y alusiones, los géneros predominantes en cada episodio, etc. Con un grupo incluso comentamos "Lo mejor y lo peor de El Ministerio del Tiempo", un fantástico —y nada fácil de leer— artículo sobre la serie. A menudo, les propongo a los estudiantes que preparen un capítulo, es decir, que presenten el momento histórico al que se viaja, que traten de aislar los diferentes hilos argumentales y los conflictos de los personajes, que les hagan preguntas a sus compañeros, etc. Aunque no se lo pedí, algunos incluso hicieron presentaciones con el ordenador, organizaron miniconcursos, crearon sopas de letras y otros pasatiempos para comprobar los conocimientos ministéricos de sus compañeros de clase.

Esto viene a decir que, en general, a todos mis alumnos polacos les gusta el MdT, porque aprenden sobre España y se entretienen. Son sus palabras, no las mías ni las de Horacio.


Porque normaliza el feminismo

La derecha más reaccionaria ha conseguido convencer a mucha gente de que el feminismo es innecesario en nuestros días. Se usan diferentes argumentos para atacarlo ("la igualdad entre hombres y mujeres es total", "el feminismo no es una prioridad") o simplemente se malentiende: la ignorancia es el mejor argumento. Un profesor solía decirnos que si una mujer no es feminista, es una ignorante; si un hombre no es feminista, también es un cabrón. En cualquier caso, feminista es hoy en día una palabra desprestigiada, que por desgracia la gente no quiere usar y mucho menos etiquetarse con ella.

Varios personajes del MdT han hecho mucho por visibilizar la lucha feminista, tan importante estos días. Para empezar Amelia, una mujer guapa e inteligente, pero definida sobre todo a partir del segundo adjetivo (es ella quien informa a la patrulla y al espectador de todo lo que necesita saber de historia); por suerte, no solo se define por su comportamiento feminista: no es un personaje para nada plano. El otro embajador del feminismo es Julián, porque nos recuerda que el hombre tiene un papel tan importante como la mujer en la lucha por la igualdad de género.

El choque cultural entre cualquier personaje del pasado y Amelia produce chispas feministas constantemente, demostrando cuán agotador es ser una mujer que ejerce sus derechos. Y no solo Alonso de Entrerríos (siglo XVI) tiene problemas para entender por qué una mujer puede darle órdenes: el MdT nos dice que no hay que cruzar una puerta temporal para darse cuenta de la necesidad del feminismo.

El último capítulo de la segunda temporada, "Cambio de tiempo", es brillante, porque muestra cómo sería un mundo sin las conquistas del feminismo; se trata de una ucronía distópica, un siglo XXI gobernado por Felipe II, un fascismo que recuerda al de 1984. Las escenas en que Julián y Alonso se dan cuenta de que no les gustan las nuevas versiones de sus esposas —demasiado sumisas, meras esclavas— abren los ojos. Es mejor amar a un igual que a un inferior.

No obstante, creo recordar que la palabra feminismo casi no se pronuncia en la serie, a pesar de que hay actuaciones y discursos feministas. Sería genial que el MdT hiciera aún más por normalizar el feminismo usando la palabra, hay que desdemonizarla.


Porque habla de nuestros días

Me gusta la ficción histórica, pero prefiero las obras ambientadas en el presente; supongo que es porque creo que es más difícil reproducir la actualidad que el pasado y porque, bueno, vivo en esta época y me identifico con ella. Por eso agradezco que en el MdT se hable de la crisis económica y de los desahucios, pero también que todos usen smartphones, que consulten la Wikipedia e incluso que haya un personaje secundario que sea youtuber.

En cuanto al uso de las nuevas tecnologías, el MdT utiliza diferentes canales (Twitter y otros) para llegar a los espectadores y comunicarse con ellos; de hecho, es fantástico que su creador, Javier Olivares, esté bastante implicado y preste atención a los comentarios, no siempre constructivos. Pero también se han creado contenidos secundarios para satisfacer a los fans más exigentes, aunque su calidad baja respecto a la serie; hablo de los spin off de Julián en podcast ("Tiempo de valientes") y de Angustias en vídeo ("Tiempo de confesiones"). Gracias a esta implicación en las redes sociales, una semana después de que terminara la segunda temporada los ministéricos crearon su propio episodio del MdT ("Tiempo de chupitos"): en Twitter comentaron un capítulo como cada lunes, con la diferencia de que esta vez era un capítulo imaginado por cada usuario.

Con todo, la serie puede mejorar su aparato crítico, volverse más criticona todavía. ¿Por qué no dedicar un capítulo a la burbuja inmobiliaria, a un caso concreto de corrupción o a las fosas comunes de la Guerra Civil, eternamente inexhumables? Está bien que los personajes comenten que nuestros políticos son unos bandarras, pero sería mucho mejor que señalaran con más precisión. Por otro lado, hasta ahora se ha evitado uno de los temas más problemáticos de la actualidad: la independencia de Cataluña. ¿Por qué no dedicar un capítulo a 1714 o a la censura franquista en Cataluña? En este sentido, Amelia podría dar mucho juego si su identidad reflejara más y mejor que pertenece a la burguesía barcelonesa. Y ya puestos a pedir, ¿por qué no habla en catalán con sus padres? Me parece lógico que en la televisión pública española no se utilice solo la lengua oficial, sino también las cooficiales. ¿Tanto le costaría al espectador español oír hablar en catalán y leer los subtítulos en español? En el MdT, los americanos hablan en inglés y los portugueses en portugués: ¿sería tan horrible introducir el catalán? Por desgracia, parece que en RTVE sí. Es una pena que no interese integrar todas las lenguas de España en el discurso oficial.


Porque devuelve la fe en las series españolas

Después de tantos años casposos, El Ministerio del Tiempo ha demostrado que en España también es posible producir series decentes. No he visto muchas, pero probablemente el MdT sea la mejor serie española. Y gracias al MdT les he dado una oportunidad a otras y he descubierto series magníficas: Ciudad-K, Crematorio, ¿Qué fue de Jorge Sanz?, etc. Espero que haya una tercera temporada para que siga dando ejemplo.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Mateorías (24)

(Capítulo 24 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veinticuatro

La nueva versión de la biografía de Mateo, su último evangelio, no me dejó indiferente, pero tampoco lograba formarme una opinión clara sobre ella y su autor. ¿Me había contado Mateo ya toda la verdad o se trataba de otra mentira mateórica? ¿Era creíble un mentiroso confeso? ¿Podía confiar sin más en quien me había ayudado a orquestar la presentación de Todas las almas, la mayor impostura de mi vida? ¿Acaso existía la tal Marta? ¿De verdad vivía en Kiev? Y Elena: ¿había muerto en el 11-M? Si visitaba la estación de Atocha, ¿encontraría su nombre entre las otras víctimas? Y si estaba ahí, ¿quién podía asegurarme que era esa Elena, es decir, que la narración de Mateo no era un cuento? Por otro lado, puede que todo fuera verdad. Entonces, ¿cómo había conseguido Mateo vivir tanto tiempo en la mentira con Marta y sus allegados? ¿Debía yo mantener mi amistad con alguien que había acumulado años de engaños a su pareja, solo para terminar soltándole cruelmente la verdad al final, zas, un último e innecesario latigazo envenenado? O quizás le estaba dando demasiadas vueltas al asunto y simplemente tenía que fiarme de él. A fin de cuentas, Mateo era mi amigo. Y esta no es una novela psicológica.

Por contra, veía claramente que su resolución de dejarlo todo e irse de Cracovia en busca de aventuras era una insensatez, la decisión en caliente de alguien que acaba de perder su trabajo y está borracho. Pasaron los días, pero mis ideas no: aún me parecía estúpido que Mateo abandonara su casa y sus clases en la academia para perseguir fantasmas, pues fantasmas eran por mucho que se materializaran en una furgoneta. De hecho, estaba seguro de que más temprano que tarde Mateo se daría cuenta de su error y rectificaría.

Obviamente, quien estaba equivocado era yo. Una semana después de su intempestiva aparición en mi kawalerka, Mateo me llamó. Me invitó a una fiesta no de despedida sino de hasta luego.

En De Cafencia solo estaban Mateo y Kazimierz. Al verme, me soltó su última mateoría:

—Hombre, ¡un catalán que da clases de catalán!

Los saludé con un estornudo y, sobre la barra, me dieron la bienvenida una cerveza y un chupito de vodka de avellana. Mañana trabajo, dije; mañana me voy, dijo Mateo y me mostró su billete de autobús a Leópolis, Ucrania. Lwów para los polacos, Lviv para los ucranianos, corrigió Kazimierz. Con sendos vodkas, brindamos tácitamente por el futuro. Después, Mateo se sacó del bolsillo un imán y me lo dio: tenía la cara de Juan Pablo II.

—No es el mejor regalo del mundo, pero tampoco tengo cosas muy valiosas. Kazimierz me guardará unas cuantas cajas en su almacén. En mis anteriores mudanzas fue más fácil, porque lo cargaba todo en la furgoneta y ya está. No sé cómo lo hacen los protagonistas de las películas para organizar sus aventuras, es difícil abandonarlo todo. Además de despedirme de la directora de la academia, estos días solo me he dedicado a regalar, tirar y empaquetar trastos. Pero ya esta todo preparado. Mañana me voy y pasado tomaré otro autobús a Kiev, donde buscaré la furgoneta. No te preocupes por mí, catalán, estaré bien. Te mandaré una postal cuando tenga noticias o me aburra. Y después nos iremos con mi furgoneta por Europa. Es una pena que Kazimierz no se anime. Podríamos terminar el viaje en Madrid, ¿qué te parece? Bajarnos en Atocha.

Por mucho que Mateo insistiera en que nos veríamos pronto, estaba claro que aquella era una fiesta de despedida. Conscientes de ello o no, estuvimos toda la noche rememorando. La tarde en que perdimos el balón en el río, las noches en los bares de Cracovia, los días que Mateo y Kazimierz pasaron en Londres, las clases en la academia, las discusiones literarias... La mención de una palabra me despertó del hechizo nostálgico: Marta. Sí, Marta, la exmujer de Mateo, antaño dueña de su corazón y hogaño de su furgoneta. No sé qué dijo Kazimierz sobre Marta, pero inmediantamente me di cuenta de que había sido injusto e idiota desconfiar de Mateo. Marta existía y la historia que me contó Mateo era verdadera.

El segundo gran tema de conversación de la noche fue la situación política en Ucrania, de la que Kazimierz y Mateo estaban más al corriente que yo. A finales de 2013, estallaron en la plaza de la Independencia de Kiev una serie de protestas nacionalistas y europeístas contra el gobierno prorruso de Ucrania. En enero de 2014, desembocaron en los disturbios del Euromaidán, cuyas imágenes circularon por todo el mundo: cadenas humanas levantando enormes barricadas en la plaza; banderas ucranianas ondeando sobre el gentío; quemas de coches, ruedas y otros materiales combustibles, incluso de personas; murallas de escudos y cascos; patrullas de milicias bastante bien equipadas; violentísimos enfrentamientos entre antidisturbios y manifestantes opositores; heridos apoyados en las paredes; policías capturados por los protestantes; disparos de francotiradores escondidos en los edificios aledaños; cadáveres abandonados por los suelos; el mensaje de una joven voluntaria en su Twitter al recibir un disparo en el cuello: me muero. La plaza era un campo de batalla. A finales de febrero, la crisis se expandió a Crimea, que en dos meses se independizó de Ucrania y se anexionó a Rusia. Mientras, el gobierno ucraniano fue destituido y se celebraron elecciones, que desencadenaron una cruenta guerra civil en el este del país entre los separatistas prorrusos y el nuevo gobierno. Los más optimistas hablaban del fin de la Unión Europea; los más pesimistas, del inicio de la Tercera Guerra Mundial. Por suerte para Mateo, en octubre de 2014 parecía que en Kiev reinaba cierta calma y que se había firmado un alto el fuego en el este. Sin embargo, apuntó Kazimierz, Ucrania sigue siendo un lugar peligroso, sería mejor que te quedaras aquí, claro, pero...

No nos fuimos a dormir muy tarde, porque los tres teníamos que madrugar. Mientras nos dábamos el último abrazo, le estornudé a Mateo en la espalda. Fue sin querer, pero la propulsión de mis virus desdramatizó la escena. Salimos juntos de De Cafencia y nos dijimos bueno, hasta luego. Mateo giró a la izquierda; Kazimierz y yo fuimos andando en silencio, sin tristeza.

En teoría, las circunstancias me lo pusieron fácil para que no notara su ausencia. El primer semestre del curso 2014-2015 tenía un horario especialmente compacto, con poco tiempo que perder entre clase y clase; mi agenda era un patchwork como el de cualquier otro profesor de lengua en Cracovia. Cada mañana, el profesor florero seguía bregando en el liceum con unos adolescentes sin mucho interés en que les enseñara español; por suerte para mí, había excepciones, como Bartek, que me hacían las horas más llevaderas y daban cierto sentido a mi tarea. Por las tardes, en cambio, la situación era casi inmejorable y, si alguna vez entraba en la clase de mal humor a causa de los adolescentes, salía siempre satisfecho. Los estudiantes de la Universidad Pedagógica eran, sin duda, los más motivados que en mi corta carrera de profesor había tenido el placer de tratar. Todos estaban matriculados en filología hispánica o románica, dominaban el español y habían elegido el catalán como tercera o cuarta lengua. La mayoría tenía un interés por hablar el idioma y una voracidad por conocer la cultura catalana que escapaban a mi comprensión. A pesar de que consideraba que mi experiencia docente era suficiente, me costó bastante más enseñar catalán que español, probablemente por la similitud entre las dos lenguas. Nunca sus fronteras me habían parecido tan porosas e inestables como cuando tuve que señalarlas con precisión de profesor. Sin embargo, el esfuerzo de analizarme las lenguas fue a la vez arduo y gratificante, e impidió que me aburriera o estancara. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el undécimo punto diría: no te limites ni te repitas.

En la práctica, el recuerdo de Mateo se colaba constantemente por las rendijas de mi espesa rutina, tanto en las clases (él fue mi mentor) como en la calle (fue mi guía de Cracovia) y en casa (me regaló la taza papal en que tomaba el café). También mi cuerpo parecía acordarse de él aferrándose al resfriado: durante todo el otoño arrastré el catarro que había cogido bañándome en el Vístula. De hecho, por su culpa tuve que faltar varias veces al trabajo. Afortunadamente, mis dos contratos laborales estipulaban que podía ausentarme por enfermedad y seguir cobrando, un auténtico privilegio entre los profesores de español en Cracovia, pero también entre otras profesiones y en otros países. ¿En qué momento llegó nuestra generación a considerar un lujo y no una necesidad el estado del bienestar? ¿Cuándo empezamos a sentirnos afortunados e incluso culpables por cobrar el paro, tener acceso a la sanidad pública o recibir becas? ¿Quién nos inoculó ese sentimiento de estar abusando del mundo, de ser unos niños mimados, si disfrutábamos de las conquistas de nuestros padres y abuelos? Estas preguntas sin respuesta y otras ideas me entretenían en mis días de reposo febril, aunque sobre todo pasaba el tiempo tumbado en el sofá cama dormitando y viendo series en el portátil. Sin embargo, tras recuperarme, mis estornudos, mocos y fiebres volvían invariablemente, y con ellos la memoria de Mateo. ¡Achís! ¿Cómo le irían sus pesquisas? ¡Jesús! ¿Habría encontrado ya la furgoneta en Kiev?

Desde su partida, leía a diario la prensa internacional para informarme de cómo iban las cosas en Ucrania. Sobre todo repasaba las fotos, como una madre buscando a su hijo desaparecido en la guerra; prestaba especial atención a aquellas en que había heridos y cadáveres, guiado por un oscuro presentimiento. De repente, agrandaba una imagen en la pantalla de mi portátil y reconocía a Mateo en segundo plano, pixelado como un recuerdo borroso, pero en seguida admitía mi error, diciéndome que era un exagerado y un cenizo.

A menudo pasaba por los bares de Kazimierz para, como quien no quiere la cosa, acabar preguntándole por Mateo. Él se encogía de hombros por respuesta. Ya volverá, añadía si estaba más hablador, o quizás se quedará en Kiev, y me servía una cerveza sin que se la pidiera. Cuando la falta de noticias mateóricas empezó a preocuparme, lo llamé por teléfono. No contestó y tampoco me devolvió la llamada. A Kazimierz esto no le pareció raro, por lo que tardé una semana en probarlo de nuevo. Esta vez su móvil estaba apagado, así que le escribí un mensaje. Pero mi teléfono no sonaba ni vibraba más que para despertarme por la mañana: ¡a trabajar, gandul! Seguí llamando y enviando SMS con el mismo resultado. También le envié un email en que, tratando de esconder mi nerviosismo, le preguntaba cómo le iba todo. Tampoco recibió respuesta, probablemente ni siquiera lo leyó, ni ese ni los que le mandé después. Kazimierz me dio una explicación convincente al silencio mateórico: es posible que no tenga internet y se haya comprado una tarjeta SIM ucraniana para poder contactar con el comprador de la furgoneta o quien sea, yo haría lo mismo en su lugar. Yo, en cambio, continuaba preocupado. Llegué a ver en mi catarro perenne un indicio de que algo terrible le sucedería a Mateo; cada estornudo era una aguja clavada en un muñeco de vudú.

Supongo que la idea fue gestándose sin que yo me diera cuenta, hasta que una mañana de principios de diciembre se manifestó mientras me miraba en el espejo: los ojos enrojecidos con sendas papadas azuladas, la delgadez de los pómulos, la nariz moqueando, la barba copiosa, las pinceladas canas sobre la pelambrera morena. Cuando logré reconocer mi cara, supe que algo le ocurría a Mateo y que debía ir a Kiev a buscarlo. No pensé que estaba siendo ridículamente supersticioso, tampoco quise decirle nada a Kazimierz. Esa misma mañana les envié un correo a mis padres y amigos: estas Navidades no iré a España.

Los días siguientes organicé mínimamente el viaje, luchando contra el juvenil impulso de improvisar. Estaba seguro de que me esperaba una gran aventura en Ucrania, como si Mateo me hubiera contagiado aquel entusiasmo que tan absurdo me había parecido unos meses antes. A la vuelta, escribiría un cuento policíaco: mi búsqueda de Mateo por Kiev, pateándome los bajos fondos de la ciudad como un detective aficionado hasta dar con la furgoneta y su nuevo propietario; o quizás escribiría una crónica de mi estancia en la capital ucraniana, con paseos mateóricos, conversaciones sobre los violentos enfrentamientos con la policía y escenas surrealistas. A través de BlaBlaCar, una página para compartir coche, conocí a una pareja que iría de Cracovia a Leópolis y buscaba pasajeros con quienes repartirse los gastos del trayecto. Me ofrecí a acompañarles y aceptaron encantados, o al menos eso transmitían los emoticonos que me mandaron por el chat de la web. Decidí que en Leópolis ya me encargaría de encontrar alojamiento y transporte a Kiev, así que los preparativos de mis vacaciones habían concluido: el equilibrio entre organización e improvisación era absoluto. Finalmente, pues, escribiría un road trip: un alocado viaje por Polonia y Ucrania, lleno de personajes estrambóticos (incluido Mateo, quizás Marta), situaciones inverosímiles y, si tenía suerte, sexo esporádico.

La noche antes del viaje, no pude dormir. Los nervios me devoraban, mi imaginación estaba enfermizamente desbordada, no me extrañaría que tuviera algo de fiebre. A las cinco de la mañana, me levanté del sofá cama y comprobé una última vez mi ligero equipaje: unas cuantas mudas, un libro (Vértigo de W. G. Sebald), el DNI y el pasaporte. Unos minutos antes de las seis, ya estaba en el aparcamiento donde habíamos acordado encontrarnos. Era de noche y lloviznaba, pero no hacía demasiado frío para el invierno polaco. El coche llegó con unos minutos de retraso y mis compañeros de viaje me saludaron adormecidos. Era una pareja tan anodina que no merecía ni una descripción física, por lo que en seguida decidí que me caían mal; también es posible que me cayeran mal porque, como muchos polacos, eran incapaces de pronunciar mi nombre. ¿Julien? ¿Te llamas Julien? Sí, sí, llamadme Julien. Metí mi mochila en el maletero, me senté detrás del conductor y me abroché el cinturón. Y esperé a que empezara la aventura, como un niño que se monta en una montaña rusa.

Dormí profundamente durante todo el viaje. Soñé que participaba en una reunión de Todo en Español, aunque no estaban ni Facu ni Mateo ni la directora cubana ni otras caras conocidas. Solo había unos cuantos españoles dicharacheros y otras tantas polacas lúbricas que humedecían el sueño. Los hombres relatábamos por qué estábamos en Cracovia y nos quejábamos de los polacos, del clima y de nuestros trabajos; las mujeres escuchaban y sonreían con generosidad. También nombrábamos las cosas que echábamos de menos: nuestras madres, mua, el chorizo, ay, escuchar nuestra lengua por las calles, uy, el sol, uf, la sangría que nunca bebíamos, mmm, el pulpo a la gallega, ñam, conversar a gritos, eh, el contacto físico, oh, la simpatía, jeje. Bueno, pero Cracovia no está tan mal, decía yo, interrumpiendo la lista y el apacible discurrir del sueño. Los españoles y las polacas se giraban de golpe hacia mí. ¿Y tú quién eres? ¿Cómo te llamas?

—¡Julien! ¡Julien! ¡Despierta! ¡Julien, despierta! Ya estamos en la frontera.

El componente masculino de la pareja polaca me meneaba del hombro para sacarme del sueño. Al recuperar la consciencia, vi que me sonreía anodinamente. Entonces miré por la ventana: ya no llovía y la frontera entre Polonia y Ucrania era un aparcamiento muy similar al de Cracovia, donde habíamos empezado el viaje y yo, el sueño. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, deduje que, efectivamente, aquel parking era la frontera, porque estábamos haciendo cola detrás de unos cuantos coches que poco a poco iban siendo revisados más adelante. Todavía tenemos que esperar un poco, me dijo el componente femenino, para el control de pasaportes. Pero no mucho tiempo, así que prepara tus papeles. Les pedí que me abrieran el maletero para poder sacar mi mochila, y de ella los documentos, lo cual hizo el hombre con desgana y desdén: ¿quién iba a Ucrania sin tener el pasaporte a mano? En cuanto me incorporé y salí del coche, noté un horrible dolor de garganta, como si mientras soñaba me hubiera tragado un pequeño meteorito. Sentí un escalofrío: estaba empapado en sudor. Cogí la mochila y la metí conmigo dentro del coche, mareándome en ese ínfimo desplazamiento. Comprobé que los papeles estaban ahí y a continuación me toqué la frente. Sin duda, tenía fiebre. Genial.

El chequeo polaco fue muy rápido, pero en seguida tuvimos que volver a hacer cola. Mis acompañantes me avisaron de que esta vez tardaría mucho. El puesto de control ucraniano era muchísimo más lento, así que, para evitar darles conversación a los anodinos, me dormí. Rápidamente caí en un sueño profundo, ahora sin sueños. Hasta que volvió a despertarme mi nombre:

—¡Julien! ¡Julien! El pasaporte.

Se lo di al integrante masculino de la pareja, que se lo pasó por la ventanilla a la guardiana ucraniana. La mujer llevaba chaleco antibalas azul sobre un uniforme verde oliva, así que no estaba claro si era una policía o una militar. Fue hojeando los tres pasaportes con parsimonia, a veces incluso volvía atrás, como si leyera poemas difíciles de descifrar. Cuando los terminó, se los llevó a una garita cercana.

¿Esto es normal?, pregunté. Sí, es normal, me dijo la integrante femenina, tienen que comprobar muy bien quién entra en su país, porque la situación política en Ucrania es muy inestable. En aquel momento la situación política de cualquier país me importaba un pimiento: estaba agotado, sudado y enfebrecido, solo quería dormir mientras continuábamos el viaje a Leópolis. ¿A quién se le ocurre no buscar alojamiento?, me maldije. La luz del mediodía apenas iluminaba el aparcamiento fronterizo, tiñéndolo todo de un color gris mediocridad que yo asociaba con la decadencia postcomunista; de los contornos de los vehículos a los ajados edificios, la luz imprimía desde un ángulo impreciso su languidez invernal... Interrumpí mis pensamientos literarios cuando reparé en ellos: odio a los escritores que describen minuciosamente la luz, como si a algún lector le interesara. Y la fiebre no era una excusa convincente.

Por fin, la guardiana regresó y nos preguntó en un inglés rudimentario quién era Julien González. Le contesté que Julien era yo y bajé la ventanilla, para que cotejara mi cara con la foto del pasaporte, similar a mi padre de joven. En esa foto estoy más joven y orondo, llevo el pelo corto y, achís, no tengo barba, le aclaré. Pero soy yo, y sonreí.

Come with me, monsieur Julien.

¿Esto también es normal?, alcancé a preguntarles a los anodinos polacos mientras salía de su coche, acuciado por la guardiana. Me hizo entrar en la garita y a continuación en un pequeño cuarto, donde me sentó a una silla. La guardiana me dijo que esperara ahí y salió de la habitación. Había tres hileras de sillas de plástico, como en una sala de espera o purgatorio, pero estaba yo solo. Mi estornudo rebotó en las paredes vacías: achís, chis, is... Al principio estuve entretenido con el móvil —releyendo mensajes y notas, jugando, repasando las fotos— para quitarle hierro al asunto. Sin embargo, no entendía qué hacía allí: ¿acaso no se podía entrar en Ucrania con un pasaporte español? Como me sentía mal, no tenía fuerzas para meditar sobre mi absurda situación. Decidí dormir.

Volvía a estar en el sueño de Todo en Español, que se repetía desde el inicio. Los españoles, las polacas, por qué estábamos en Cracovia, las quejas, el inventario de nostalgias. Bueno, pero Cracovia no está tan mal, decía yo otra vez. Los españoles y las polacas se giraban de golpe hacia mí. ¿Y tú quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Cuál es tu nombre? ¿A qué te dedicas? ¿De dónde eres? ¿Qué haces aquí? ¿Por qué estás en Cracovia? Di: ¿quién coño eres tú?

Eres Julien, el señor Julien, monsieur Julien. Te llamas Javier, Javier Marías. Eres el señor González. Te llamas Guillermo. Te llamas Fidel, Guillén, Gabriel, Michel. Eres escritor. Eres estudiante de Rabelais. Eres profesor de español. Eres profesor de catalán. Eres español. Eres catalán. Eres de Barcelona. Eres de Cracovia. Eres gordo. Eres un fracasado. Quieres ir a Kiev para encontrar a tu amigo. Quieres ir a Kiev para comprobar si Marta existe. Quieres ir de viaje por Europa en la furgoneta de Mateo. Quieres ir a Kiev para escribirlo. Quieres descansar. Viniste a Cracovia para estudiar, para hacer un Rabelais. Viniste a Cracovia para escapar de la crisis económica. Viniste a Cracovia para escribir. Viniste a Cracovia para vivir.

—¡Julien! ¡Julien!

Sentía que el suelo me fallaba bajo los pies, que se convertía en un tubo gris cada vez más amplio y profundo por el que resbalaba sin que ni los españoles ni las polacas me ayudaran.

Wake up, monsieur Julien!

—¡Quién coño eres tú! ¡Quién coño eres tú! —grité en español, cayéndome de la silla.

Le estornudé en la cara a un hombre vestido de verde oliva que me agarraba de los hombros para levantarme. Detrás de él reconocí a la guardiana ucraniana, que me sonreía como si todavía estuviera soñando. Cuando me desperté un poco, entre los dos consiguieron explicarme en inglés que, desgraciadamente, no podían dejarme entrar en Ucrania. No dudaban que el pasaporte me perteneciera, pero no era posible reconocerme en la foto. Lo mejor era que renovara el pasaporte y entonces me abrirían las puertas de su país sin ningún problema. Fueron amables y me sonrieron como a un niño, contradiciendo todos los estereotipos ucranianos y eslavos habidos y por haber. Con cierta sensación de irrealidad, les di las gracias por todo y le pedí disculpas por el estornudo al guardián. Antes de salir, les expliqué que estaba viajando con una pareja anodina que había conocido por internet y blablablá, en fin, que cómo podía regresar a Cracovia por mi cuenta. El guardián se despidió mientras la guardiana me indicaba cómo llegar andando a un pueblecito fronterizo donde podría coger un autobús.

—¿Todo bien, Julien? —me preguntó al unísono la pareja anodina.

Les dije que había problemas con mi pasaporte así que, por desgracia, no podía ir a Ucrania, unos metros más al este. Probablemente trataron de evitarlo, pero se asustaron un poco: ahora entendían las barbas, los sudores y el aspecto demacrado de su pasajero. A pesar de sus caras contrariadas, les agradecí que me hubieran traído hasta allí y les di una parte de los gastos del viaje que habíamos acordado.

—No es necesario, Julien, no has hecho ni la mitad del trayecto. Eso sí, te agradeceríamos que nos dejaras una opinión positiva en BlaBlaCar, conforme no ha habido problemas durante el viaje, al menos por nuestra parte.

Pasé el resto de las vacaciones encerrado en mi kawalerka con la sola compañía de la fiel gata Tutaj, saliendo únicamente a comprar víveres para los dos. Veía series en el portátil, leía —terminé el libro de Sebald y devoré otros— y poco más. No le dije a nadie que ya había vuelto de Ucrania, porque nadie sabía que había intentado ir. Un par de veces sentí la tentación de contactar con algún antiguo ligue de Tinder o de Todo en Español, más por necesidad física que de compañía, pero al final yo mismo la satisfice. Aunque en Nochebuena y en Navidad todavía tenía fiebre, en Nochevieja ya estaba plenamente recuperado. Me sentía con más energía que nunca; se me había pasado el resfriado de verdad, había renacido. El profesor mexicano de la academia se acordó de mí y me invitó a una fiesta de año nuevo, como Kazimierz, que organizaba una en uno de sus bares. Decliné ambas invitaciones aduciendo que asistiría a la otra fiesta.

Como al final de los capítulos dieciocho y veintiuno, el 1 de enero de 2015 empecé a escribir un relato basado en mis recientes experiencias en la carretera. El texto, titulado "Diario de Ucrania", era un diario de solo dos entradas. El primer día, narro cómo conozco por internet a una pareja polaca que se ofrece a llevarme con ellos a Leópolis a cambio de pagar una parte de la gasolina. El segundo día relato el viaje: el extraño sueño de Todo en Español, el fiasco en la frontera ucraniana y el retorno a Cracovia en autoestop con un profesor de inglés ucraniano que dice que participó en los disturbios del Euromaidán y que emigra a Polonia. El "Diario de Ucrania" termina con la descripción de la muerte de Elena, la esposa del profesor de inglés ucraniano, llorando mientras me cuenta esta escena, abatida por un francotirador en medio de la plaza de la Independencia de Kiev.