viernes, 10 de junio de 2016

Mateorías (6)

(Capítulo 6 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Seis

De entre los muchos recursos patagógicos que aprendí de Mateo, unos más extravagantes que otros, mi favorito era sin duda el de la incursión. O, como él solía llamarla, la razia. Me gustaban la espontaneidad fundamental y las múltiples e imprevisibles posibilidades que contenía algo tan simple. Pero sobre todo apreciaba su economía: las razias eran un invento sencillo y muy efectivo. Cualquier profesor puede realizar una razia sin mucho esfuerzo pero con mucho provecho; bueno, como mínimo necesita una víctima más o menos dispuesta a padecerla.

La razia de Mateo solo consiste en entrar de repente en la clase de otro profesor. Sin avisar y con la clase en marcha, con el pretexto que fuera, Mateo abría la puerta y soltaba una de sus mateorías:

—Chicos: ¿el profesor os enseña español o catalán? —y se carcajeaba y se iba, o se quedaba a charlar un rato, según viera.

Sin embargo, la primera vez que sufrí una razia no me hizo ninguna gracia; la rima es mía, no de Mateo.

No sé cuánto tiempo duró aquella primera incursión. Después de entrar e interrumpirme, intercambió mateorías con mis alumnos, se rieron todos mucho y terminó dibujando en la pizarra un pez que luego resultó ser un pene o un pene que en realidad era un pez. Yo iba almacenando odio y adjetivos: teatrero, vedete, falso, chupacámaras, hipócrita, egocéntrico, embustero y demás. ¿Por qué invadía aquel loco mi espacio sagrado? Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, pensé, el segundo punto diría: no te entrometas en las clases de otro profesor, capullo. En las clases de Mateo que yo había observado, este se quedaba en un segundo plano y dejaba que los alumnos fueran los protagonistas; en cambio, en la mía estaba acaparando toda la atención, dejándome a mí —¡el profesor!— de espectador. Mientras él les preguntaba a mis estudiantes si aquel pintarrajo era un bacalao o una polla (tuvo que explicarles qué significaban polla y bacalao), me di cuenta de que no solo había un Mateo privado y otro público. También había otros Mateos profesores: por un lado, el profesor profesional y divertido que me había enseñado tanto; por el otro lado, el profesor payaso de las razias, y estaba claro que Mateo tenía todavía otros lados ocultos. Justo en aquel instante, cuando los estudiantes votaban —mano izquierda es pene, mano derecha bacalao—, tomé consciencia de que la relación de Mateo con su máscara no era tan simple. En Mateo, el camino de la máscara a la cara no era una línea recta, sino un laberinto con otras máscaras y más caras como peajes, con puertas falsas que daban a bailes de disfraces de espejos, con trampillas hacia carnavales desnudos...

Tras una reñida votación, decidieron que el dibujo era un falo. Cuando Mateo salió por fin de mi clase, no supe cómo continuarla. Mi mente en blanco, impotente y encolerizada era el paisaje después de la razia. Solo conseguí decirles a los estudiantes que aquel día terminábamos la lección más pronto.

Me dirigí veloz hacia la secretaría, donde encontré a la directora, por suerte sola. Me paré delante de la cubana y exploté: Mateo, clase, espacio sagrado, polla, mano izquierda, estudiantes, máscaras, decálogo, mano derecha, bacalao. La directora, sonriente, se levantó y cerró la puerta, me obligó a sentarme, regresó a su sillón y me contestó: su español de manual, tan acubano e internacional, parsimonioso como si yo fuera uno de sus alumnos, me enervó aún más. Tuve que interrumpirla y repetirle lo que me había pasado; muy maternal, me dejó desahogarme de nuevo y volvió a decirme lo mismo:

—Mateo te ha hecho una razia. Bien, ¿y qué? No llevas ni un mes en la escuela y ya ha realizado una incursión en tu clase: ¿qué más quieres? Con otros profesores tardó mucho más. Y seguro que te visitará muy a menudo. De hecho, a los demás les gustaría que Mateo les prestara la atención que tú recibes. Siempre se ríe de ti, te ayuda a ti, te critica a ti, hace chistes de catalanes e imita tu acento. El profesor argentino se quejó cuando te asigné a Mateo como tutor. ¿Che, por qué mi tutor fue el mexicanote y no Mateo?, me dijo casi llorando, no sos justa, boluda. Tuve que prometerle que algún día Mateo le haría una incursión a él. ¿Puedes creerlo?

Me costaba creerlo, la verdad. Pero en algo tenía razón la directora: a partir de entonces, sufriría muchas razias de Mateo.

—Chicos: la gramática es muy aburrida, decidle al profesor que queréis aprender palabrotas. ¡Diles qué significa hijo de puta, catalán! —y me escribía un par de tacos en la pizarra y se largaba.

Después de la incursión, la clase se ramificaba: podía continuar enseñando lo que tocaba o podía tirar del hilo que me había dejado Mateo. ¿Queréis aprender palabrotas?, pues aprendamos palabrotas. Incluso era posible trenzar los dos caminos: palabrotas y gramática, la gramática de las palabrotas, la gramática como palabrota, gramabrotas y paláticas.

—Chicos: decidle a vuestro profesor cómo se dice en polaco felicidad. ¡A ver si puede pronunciarlo! —y me pasaba un buen rato retorciendo mi lengua contra la polaca: szczęście, szczęście, szczęście.

Saber que podía entrar e interrumpirme, incluso cuando él estaba dando clase o cuando no estaba en la escuela, me puso en guardia. El profesor nunca tiene el control absoluto; de hecho, es mucho mejor así.

—Chicos: ¿venís a mi clase para ayudarme a hacer una actividad con mis estudiantes? —y nos íbamos todos tras él, como si fuera el flautista de Hamelín, a continuar juntos.

Dos profesores y dos grupos en una sola clase: ¿por qué no?

—Chicos: vamos a tomarnos unas cervezas, que hoy el catalán está muy pesado. Podemos acabar la clase en el bar.

En esta ocasión pensé que Mateo bromeaba o exageraba, como era habitual en él, pero mis estudiantes sabían que no: recogieron sus cosas y salieron del aula. Fuera, había un montón de alumnos rodeando a algunos profesores —la venezolana, el mexicano y el chileno—; la directora, un semáforo a gritos, dirigía a los estudiantes hacia la calle:

—Id saliendo, chicos, en orden. Por aquí, por aquí. El bar está por ahí, vamos.

—¿Y Mateo?

—Ahora vendrá, está en la clase del argentino.

—Girad a la izquierda, hay un bar al final de la calle.

Afortunadamente, era bastante grande y con varias salas, pero aun así lo llenamos de profesores y de alumnos. No hay mucho más que decir sobre el bar, aparte de que parecía tener suficiente cerveza y vodka para todos.

—Aunque no bebamos cubalibres ni sean gratis, esto no está nada mal —dijo la venezolana antes de que entrechocáramos nuestras cervezas.

—¡Y no tienen pelos del coño!

—Ni siquiera mi vaso —añadió la directora.

Na zdrowie!

—¡Salud!

—Un chiste de polacos y alemanes, para variar. Un alemán llega a la frontera con Polonia y el aduanero polaco empieza a interrogarlo. ¿Nombre? ¡Hans! ¿Nacionalidad? ¡Alemana! ¿Edad? ¡Treinta y cuatro! ¿Ocupación? No, no, esta vez solo turismo.

—Oye, argentino —le dijo la directora—. Quítale la mano de encima a esa estudiante.

—¿Estudiante, esta? Ya estaba aquí cuando yo llegué...

—Hagamos una porra. ¿Quién ganará: el Barça o el Madrid?

—Una ronda de vodkas, güeyes. Puto el que no quiera beber.

La clase en el bar se alargó hasta la noche, aunque a decir verdad en seguida había degenerado en una fiesta sin más. Seguimos charlando y bebiendo —en español, eso sí—, hubo más manos posadas en estudiantes, muchos fueron yéndose pero la cantidad de gente no disminuía: nuevas caras sustituían a las más familiares, quizás atraídas por el bullicio. Cuando logré escaparme a la barra para pedir otra cerveza, pude permitirme por fin un momento de descanso. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que en realidad ya no conocía a nadie: apenas quedaba el grupo de profesores con un par de estudiantes en una esquina. La clientela se había reciclado totalmente. Pensé que ya era hora de marcharse y empezar a dormir la mona, pero me acababan de servir la cerveza. La estrené con un largo sorbo y volví a mirar panorámicamente en derredor.

Esta vez me invadió una extrañeza que no había experimentado en los meses que llevaba en Polonia. Era una sensación similar a la liberación que sentí durante las primeras borracheras cracovianas, en aquella ciudad y país que no eran los míos, rodeado de desconocidos, fuera de mi zona de confort. Pero aquello no era lo mismo. Había un no sé qué raro y familiar en el ambiente de aquel bar, aunque este cliché tampoco aclara nada. Simplemente no lograba explicarme cuál era el engranaje que fallaba. Algo le pasaba a la gente, quizás fueran sus caras o sus gestos. Me puse en movimiento y paseé por las diferentes salas del bar; la extrañeza seguía a pesar de que las personas eran otras. Todos sonreían, algunos me saludaban: hola, qué tal, qué hubo, cómo andas. Estaba en un sueño doblado al español, así que, aunque no conocía a nadie, yo respondía: bien, y tú, todo en orden, tirando, gracias.

No lo comprendí hasta que encontré una cara familiar. Era Facu, Facundo, mi excompañero de habitación. No me apetecía nada saludarlo pero, sin que me viera, traté de escuchar la conversación de Facu con sus amigos. No entendí de qué, pero estaban hablando en español; reconocí su peculiar acento andaluz, otro acento polaco y uno de España, del norte. En vez de mirar, escuché a mi alrededor: todos hablaban en español. Escapé de Facu sin decirle nada, aunque es evidente que volverá a aparecer en esta historia. Seguí pasando por las diferentes salas: el idioma era el mismo. No eran estudiantes de la academia ni profesores, pero hablaban en español. Estaba en una pesadilla doblada al español. ¿Cómo era posible que en un bar de Cracovia todo el mundo hablara solo en español? Regresé asustado a la mesa de los profesores, donde, por supuesto se hablaba en español.

—¿Cómo es posible que en un bar de Cracovia todo el mundo hable solo en español? —le repetí a Mateo, antes de sentarme a su lado.

—No me jodas, catalán. ¿Cuánto llevas viviendo en Cracovia?

No sabía si era una pregunta retórica. Antes de que pudiera contestarle —hacía menos de un año—, Mateo interpretó mi cara de idiota.

—¿Aún no sabes que Cracovia es la meca de los españoles? Entonces tampoco habrás oído hablar de Wszystko po Hiszpańsku, ¿no?

Fuera lo que fuera, aquello sonaba a felicidad en polaco.

—Joder, catalán, ¿no hablas nada de polaco? —negué con la cabeza, un poco avergonzado—. ¿Es que todavía no tienes una novia polaca, como todos? —de nuevo hice que no, como buen soltero—. Bueno, no está todo perdido para ti: la única manera de aprender polaco es con novia polaca o sin novia.

Mateo me puso al día. Wszystko po Hiszpańsku significa Todo en Español. Era un grupo que se reunía para hablar en español: casi todos los hispanohablantes de Cracovia pertenecían a Todo en Español o como mínimo iban de vez en cuando a sus fiestas. Se encontraban en bares para charlar y beber, pero a menudo iban al cine, hacían excursiones, programaban conferencias sobre la cultura española (ocasionalmente latinoamericana), montaban talleres de cocina española o recibían a las celebridades españolas que se dignaban a visitar Cracovia. Habían intentado fundar un centro cultural, el CTE (Centro de Todo en Español), pero el proyecto no cuajó, igual que el RTE (Restaurante de Todo en Español), así que volvieron a los bares. La mayoría de sus miembros eran españoles, aunque también había algunos hispanoamericanos y bastantes polacos. Los polacos eran sobre todo mujeres; los hispanohablantes, hombres.

—Rubias con morenos, claritas con no muy oscuritos, conjuntados como en un anuncio de ropa. La simbiosis es perfecta, ¿no? Anda, ven, catalán, que voy a presentártelos.

Mateo me llevó a la sala más ruidosa y llena. Pegó un grito como si fuera una de sus razias, pero no tuvo el mismo efecto que en nuestra escuela. Trabajosamente, fue haciéndose el silencio y empezó mi ritual de iniciación a Todo en Español. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Cuántos años tienes? ¿A qué te dedicas? Fui respondiendo un poco nervioso a sus preguntas, pensando que probablemente las había diseñado un profesor de lengua como Mateo y yo: eran las mismas que les enseñábamos a los estudiantes en la primera clase de español. Los cuatro fundamentos de la identidad: nombre, lugar de nacimiento, edad y ocupación. Lo demás es literatura. Excepto la quinta pregunta, claro, la más importante del ritual, La Pregunta, que era de nivel más avanzado y requería activar otras destrezas: ¿por qué estás en Cracovia? Después de contestarles, me retiraron el turno de palabra, pero me informaron de que el ritual no había terminado todavía. Los miembros de Todo en Español iban a responder simultáneamente a La Pregunta y yo tenía que escuchar. Sus voces se multiplicaron y se solaparon, fundidas por la nostalgia y la gastronomía nacionales:

Pues yo vine a Cracovia por las polacas, dijo alguien, como todos. Pues yo vine solo por una polaca, dijo otro y besó a la una, miradla, qué hermosura, qué ojos azules, qué trigal de pelo, ¿qué más puedo pedir? (Pues sí, me dijo Mateo al oído, vino por una polaca, pero no por esa.) Pues muchas cosas puedes pedir: un poco más de sol, le contestó otro, menos frío, jamón, marisco y tapas en los bares, las películas dobladas al español y fútbol de calidad. Pues yo también vine por una polaca, aunque luego me quedé por las otras. Pues yo no vine por las polacas sino por los polacos, dijo la directora, pero decidí quedarme por ambos. Pues yo vine por mi novia, española, y entonces conocí a una polaca. Pues yo vine por trabajo: no sabía que las polacas estaban tan buenas hasta que la crisis me sacó de España. (Atento: empieza el lamento por la crisis económica, me susurró Mateo.) Pues yo igual, yo vine porque la cosa en España estaba fatal, y yo harto de trabajar de camarero. Pues yo también vine por trabajo, mi empresa me trajo a Cracovia, aunque si pudiera me volvía. (Y te llevarías a tu novia polaca, claro.) Pues yo vine por culpa de los políticos y la corrupción. Eso es, más claro no se puede decir: putos políticos podridos. Sí, pero tenemos los políticos que nos merecemos. Pues yo también vine a Cracovia por culpa de esa panda de chorizos. Qué buen vasallo si tuviera buen señor. El rey Jorge Luis I debería hacer algo con estos politicuchos que nos han tocado. No hay pan para tanto chorizo. España, país de todos los demonios. España es así. Spain is different: el mal gobierno y la pobreza no son, sin más, pobreza y mal gobierno, sino un estado místico del hombre. Tendrían que encerrar a estos demonios en la cárcel. Parásitos, sabandijas, sanguijuelas. Pues yo no, yo vine a Cracovia porque quería ser profesor de español. Pues lo mismo que yo. (Claro, profesores de español para polacas.) Pues yo vine para hacer un voluntariado europeo, aunque en España no tenía trabajo ni nada, bueno, allí dejé a mi novia. Pues yo vine a Cracovia porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Pues yo vine a Cracovia para estudiar: me dieron una beca Rabelais. ¿Una qué? Una beca Rabelais de la Unión Europea: te pagan por estudiar en otro país. Pues yo también vine por la Rabelais, pero fui a Varsovia, conocí a mi novia, polaca, y nos trasladamos a Cracovia. El Programa Rabelais está uniendo Europa de verdad. Hay un montón de parejas mixtas y de niños europeos gracias al Programa Rabelais. Estamos transformando Europa. Estamos europeizando Europa. Eso sí, hay que exportar nuestro vino, nuestro jamón y nuestros chorizos. Bueno, estos pueden quedarse en España, país de todos los chorizos.

Supuse que el ritual de iniciación había concluido cuando Mateo me tiró de la manga. Lo acompañé hasta la barra, donde pidió un par de cervezas; brindamos, dio un trago y empezó su discurso de respuesta:

—No me jodas, joder, no me jodas —estaba irritado y un poco borracho—. ¿Estamos europeizando Europa? Como mucho, estamos españolizando Europa. Ahora ya conoces al gueto de españoles de Cracovia, catalán, ¿qué te parece? —no me dejó responder—. Profesores de español, trabajadores, estudiantes de Rabelais y algún que otro vividor —no me atreví a decirle que yo también había hecho un Rabelais en Cracovia—. Qué multiculturales y cosmopolitas somos todos. Si les hubieran preguntado dónde estaba Cracovia dos meses antes de venir, no habrían sabido situarla en el mapa. No habrían podido decir nada sobre la cultura polaca, ni siquiera nombrar la capital. Tampoco saben quién fue François Rabelais, pero se les llena la boca de alabanzas precocinadas: el abuelo de Europa, el humanismo contra el racismo, borracheras y polvos financiados por la Unión Europea, etcétera, etcétera. Si de verdad fueran tan europeos, no solo tendrían una novia polaca, también tendrían algún amigo polaco o de otra nacionalidad. No es muy difícil que el amor sobrepase las fronteras, porque el amor es una fuerza poderosísima, biológica, anterior y muy superior a las barreras culturales. Que Romeo y Julieta lucharan por su amor no tiene mucho mérito. Lo meritorio sería que la amistad, la fraternidad o la simple solidaridad superaran los límites nacionales. Pero, míralos, ahí está ese puñado de españoles, ni siquiera aceptan a los latinoamericanos en su gueto. A un polaco, no lo tocarían ni con un palo. Si estuvieran en España, no se relacionarían más que con los suyos. No ayudarían a un extranjero ni locos ni borrachos. ¿Y si un belga o un checo necesitara ayuda? Que se apañe. Pero si fuera una belga o una checa... Otro gallo cantaría —hizo una pausa teatral y pegó un trago largo—. Aunque en el fondo tú y yo no somos muy diferentes. Todos somos Todo en Español. Si tú y yo nos hubiéramos conocido en Madrid o en Barcelona, ¿crees que ahora seríamos amigos?

Apuró su vaso, me dio una palmadita amistosa en el hombro y se largó.

Aunque aún me quedaba cerveza, pedí una botella de agua y me la bebí con ansiedad. A mi alrededor la lengua española seguía predominando. Reconocí a algunos miembros de Todo en Español, pero nuestras miradas no se cruzaron. No pude identificar a nadie más; supuse que no quedaban otros profesores o estudiantes de mi escuela: la clase en el bar había terminado. Pedí otra botella de agua, que fui bebiendo lentamente. Trago a trago, fui asumiendo que ya era demasiado tarde para mí: no hacía falta un narrador omnisciente para saber que me esperaba una resaca terrible.

En la escuela, no me atreví a mencionar el soliloquio de Mateo. No quería que se arrepintiera de haber usado la palabra amigos, tan ausente en el campo semántico de mi vida cracoviana. Seguí trabajando, pues, como si nada.

Mateo no era el único profesor que hacía razias, aunque el invento era suyo. Los demás lo imitábamos a menudo —y no solo le copiábamos las razias—. En poco tiempo, me visitaron todos los profesores de la escuela y yo también hice incursiones en sus respectivas clases. No obstante, las razias de Mateo eran siempre las más esperadas.

Una tarde, aburrido en la sala de profes, decidí entrar en su clase para soltarle algún disparate sobre el Real Madrid o lo que fuera.

—Hombre, catalán, tú por aquí. Oye, ¿a ti te gusta Joaquín Sabina? —me preguntó antes de que yo pudiera hablar, como si me hubiera estado esperando para sabotearme la razia.

—Claro.

—¡Un catalán al que le gusta Sabina! ¡No me jodas! Pues siéntate con nosotros, que nos echarás una mano.

Era una clase de nivel bastante avanzado, organizada a partir de una canción de Sabina, "Con la frente marchita". Profesor y alumnos estaban hablando sobre algunas de las complejas referencias que aparecen en la letra: lugares de Madrid y de Buenos Aires, Freud y el Che Guevara, las Madres de Plaza de Mayo y las dictaduras militares argentinas, Evita y Gardel. Después de comentarlas, algunas con más éxito que otras, leímos individualmente el texto.

—Si no entendéis nada, es normal —nos advirtió Mateo a sus estudiantes y a mí—. Sabina nos quiere complicar la vida con esta canción, como cualquier poeta. En la poesía y en la vida, las cosas no son nunca tan fáciles, ¿no? Si hacemos un esfuerzo para comprender qué nos quieren decir, la recompensa será mucho mayor. Yo podría explicaros mi interpretación, claro; sin embargo, os perderías la mejor parte: la pesquisa, el proceso de investigación. El conocimiento sería el mismo, pero no su valor.

Tímidamente, empezamos a discutir qué nos parecía "Con la frente marchita". Según desentrañábamos el posible significado de las metáforas y de las alusiones de la canción, el humor de la clase se iba ensombreciendo. Nadie hacía bromas: la interpretación de la melancolía sabinesca no las permitía. Los estudiantes no tomaban notas, solo atendían a los comentarios de los demás. Hablamos de un chico de Andalucía, de una argentina que huye de la dictadura a España, de su amor imposible en Madrid, de su retorno a Argentina sola, del viaje del andaluz a Buenos Aires muchos años después y del nostálgico recuerdo de su romance juvenil mientras pasea por la ciudad.

—Lo que no entiendo —dijo una estudiante— es por qué vuelve la chica a Argentina. Si está bien en España, ¿por qué se va y deja a su novio?

—Porque ha regresado la democracia a su país.

—Echa de menos a su familia y patria, es normal.

—La democracia también puede romper parejas, ¿no?

—En fin —dijo Mateo, para concluir la lección—, que el pobre andaluz se quedó sin su chica por culpa de la puta política —y soltó una carcajada que nadie secundó.

Mientras los estudiantes iban saliendo, Mateo guardaba sus cosas. Miré el reloj, porque en unos minutos empezaba mi clase, y me levanté.

—Entonces, ¿vas a venir con nosotros? —me preguntó, y en vez de llamarme catalán utilizó mi nombre.

—¿A dónde?

—Joder, pues dónde va a ser: a ver El Clásico. Este fin de semana se juega el Barça-Madrid. Te invité el otro día en la calle, ¿recuerdas?

—Es verdad. ¿Lo verás con Todo en Español?

—No, no, con mis amigos —me dio de nuevo las señas del bar donde solían ver los partidos, así como de la mesa a la que se solían sentar: al fondo a la derecha, junto a la barra, las mejores vistas de la televisión—. Vendrás, ¿no?

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