martes, 21 de junio de 2016

Mateorías (8)

(Capítulo 8 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Ocho

Si uno googlea Rabelais o François Rabelais, los primeros resultados que obtiene no hablan del escritor francés, relegado a la séptima posición, sino del archiconocido Programa Rabelais. La Wikipedia, con su dudosa prosa burocrática, lo describe así:
El Programa Rabelais es un plan de gestión de diversas administraciones públicas por el que se apoya y facilita la movilidad académica de los estudiantes y profesores universitarios dentro de los Estados miembros del Espacio Económico Europeo, Suiza y Turquía. 
Creado en 1987 por iniciativa de la asociación estudiantil AEGEE, fundada por blablablá y promovida y posteriormente apadrinada por el Comisario europeo de Educación de Nosedónde, etcétera.
Orientado a la enseñanza superior, tiene como objetivo "mejorar la calidad y fortalecer la dimensión europea de la enseñanza superior, fomentando la cooperación transnacional entre universidades, estimulando la movilidad en Europa y mejorando la transparencia y el pleno reconocimiento académico de los estudios y cualificaciones en toda la Unión". El nombre fue elegido para honrar al escritor, médico y humanista francés François Rabelais (1494-1553).
Gracias al Programa Rabelais pude, como cientos de miles de europeos, salir de España para alargar mis estudios y dejar atrás la imposible búsqueda de trabajo y la crisis económica. Y, no menos importante, seguir escribiendo.

El Programa también me ayudó a encontrar un lugar donde alojarme en Cracovia: el Hotel Piast. Aunque en verdad no era un hotel, como su nombre indica, sino una residencia de estudiantes. El resto del nombre lo había heredado de la Dinastía de los Piastas, los reyes que gobernaron Polonia desde su creación hasta 1370. El primero fue el legendario Piast, cuyo impronunciable apellido (Kołodziej) significa forjaruedas (además de reinos, hacía ruedas); el último Piast fue Casimiro (Kazimierz) III el Grande, fundador de la Universidad Jaguelónica y del pueblecito homónimo que se acabó convirtiendo en el barrio más bohemio, turístico y fiestero de Cracovia (Kazimierz). Sin embargo, el Hotel Piast era un edificio ajado, sórdido y gris —la fachada repintada de amarillo garbancero trataba de ocultarlo—, con pasillos oscuros y húmedas habitaciones; estaba más emparentado con el comunismo trasnochado que con la olvidada monarquía. A pesar de su nombre, pues, mi alojamiento rabelaisiano no era ni Hotel ni Piast.

Como la beca Rabelais no bastaba para costearme mi propia habitación, tuve que solicitar una doble y compartirla. Paradójicamente, el vetusto Hotel Piast disponía de un programa informático que te emparejaba con el compañero de cuarto ideal. Cuando aún estaba en Barcelona rellené un formulario online con mi edad, nacionalidad, sexo, estudios, idiomas y aficiones. Supuse que el programa juntaría a personas similares, por lo que falsifiqué un poco mis datos: quería un compañero interesante y, sobre todo, que no fuera español. Aumenté el número de lenguas extranjeras habladas (inglés, francés, español, catalán, ruso, italiano) y maquillé un poco los hobbies (la historia contemporánea y medieval, la literatura europea, la música clásica y el jazz, tocar el oboe, cocinar con wok, el vino georgiano, la cerámica turca, el autostop, la ecología y los voluntariados).

Tras unos segundos de procesamiento de datos, la aplicación del Hotel Piast me mostró el formulario de mi futuro compañero de habitación. Era un hombre, lógicamente, y tenía más o menos mi edad. Hablaba cinco lenguas y estudiaba Historia. Además, decía que le gustaban el cine sueco y la Nouvelle Vague, los bonsáis, la cultura japonesa, las nuevas tecnologías de la comunicación y la meditación trascendental. Sin embargo, no era ni finlandés ni alemán ni eslovaco: era un andaluz llamado Facundo González. Pensé que el algoritmo buscacompañeros del Hotel Piast no funcionaba como yo había pronosticado —¿quizás solo tendría en cuenta la nacionalidad?—, pero no le di más vueltas al asunto. Hasta que llegué a Cracovia.

Al atravesar las puertas automáticas de la terminal, allí estaba Facu. ¿Cómo demonios sabía él qué día y a qué hora llegaba a Cracovia si no habíamos hablado antes? Pues no lo sé. ¿Y cómo podía identificarlo yo si tampoco lo había visto nunca? Pues porque sujetaba un cartel que decía "Bienvenido a Cracovia, Guillermo".

—Hola, Guillermo. Soy Facundo González, pero mejor llámame Facu. Vamos a ser compañeros de habitación, mi cama es la que está junto a la ventana. Espero que hables inglés de verdad, porque yo no tengo ni papa. No sabes cuánto me costó a mí llegar hasta Cracovia cuando aterricé, tuve que llamar a mi madre para que me ayudara a comprar el billete de autobús. Por eso he venido a buscarte al aeropuerto. Y también espero que cocines bien, y no solo con wok, que llevo dos semanas aquí alimentándome a base de sopas instantáneas y pollo. Como se entere mi madre... Eso sí, unas veces es pollo del KFC y otras lo frío yo mismo en la cocina del Hotel Piast, que también fue difícil de encontrar.

Intenté hacerle entender que no me llamaba Guillermo, que me llamo como me llamo aquí y en la China Popular, en español, en chino o en inglés, con mi acento catalán o con su acento andaluz. No lo logré: fue imposible que pronunciara mi nombre. Para agilizar la comunicación, tiré la toalla:

—Mira, mejor llámame Javier —le dije—. Call me Javier. Así me llaman algunas personas.

—Vale. Pero ¿por qué Javier?

—Es una larga historia. Otro día te la cuento.

—Vale, Javier.

Aquel primer día en Cracovia y Polonia, conocí a Facu de verdad: además de ser monolíticamente monolingüe, lo que le gustaban eran las suecas y las francesas, el manga y el anime, los videojuegos y no pegar palo al agua. Ah, y las mentiras. No lo critiqué, porque yo también había exagerado un poco mi perfil en el buscacompañeros del Hotel Piast. Aunque no mintió en una cosa: Facu sí era estudiante de Historia. Gracias a él aprendí mucho sobre Polonia y sus monarcas, así como de François Rabelais. De hecho, aprendí todo esto en un solo día: el trayecto en autobús del aeropuerto al centro de la ciudad duraba casi una hora. El monólogo de Facu, más:

—¿Sabes, Javier? Hay muchas cosas de François Rabelais que no quieren que sepamos. Pero están ahí, basta con abrir un libro o la Wikipedia para encontrarlas. ¿Quieres que te cuente? ¿No? Seguro que sí. Pues resulta que Rabelais fue un eminente humanista que se codeó con los más eruditos de su época, incluido Erasmo de Róterdam. ¿Quieres que te cuente más? ¿Todavía no? Bueno, Rabelais fue franciscano, pero la censura y la austeridad de la orden lo llevaron a hacerse benedictino. ¿Sigo? Da igual: luego se cansó de la vida monástica y se fue a París a estudiar, como nosotros, los rabelais, sus herederos. ¿Quieres que continúe? No importa: Rabelais estudió Medicina y se hizo profesor y doctor de los de verdad, de Medicina. Ah, y también tuvo un par de hijos. Pero, por encima de todo, lo que no quieren que sepamos es que Rabelais escribió. Escribió literatura, sí señor. Ahora quieres que te cuente más, ¿eh? En 1532 publicó una novela titulada Pantagruel, tan polémica que Rabelais necesitó esconderse tras un seudónimo, Alcofribas Nasier. Supongo que ya habrás notado que era un anagrama de su nombre, ¿no? Reordena las letras y te darán François Rabelais. ¿Qué, te cuento más? La novela estaba protagonizada por un gigante, Pantagruel, padre del gigante Gargantúa. ¿No has oído hablar de Gargantúa y Pantagruel? Del adjetivo pantagruélico supongo que sí... Pues Rabelais decidió escribir la novela para consolar a sus pacientes; el gigante disfruta de los placeres sensuales que a los enfermos les estaban prohibidos: comida, vino, banquetes, sexo. A la iglesia no le gustaba el humor irreverente y escatológico del libro, como te imaginarás. Pero la novela no se la inventó Rabelais él solito: tomó la idea prestada de una obra anónima que habla de otro gigante, Gargantúa. El prohombre francés hizo que Pantagruel fuera hijo de Gargantúa y, después, ni corto ni perezoso, escribió también la novela Gargantúa. Reescribió la novela anónima que antes había imitado, ¿qué te parece? Durante el Renacimiento la copia y la imitación eran la norma. ¿Qué es el Renacimiento sino un plagio de la Antigüedad? Pero todavía hay más cosas que el Programa Rabelais nos esconde. ¿Que pare? No, no, el autobús todavía no para, aún falta un poco para llegar a Cracovia. Como te iba a diciendo, ¿sabías que las novelas de Gargantúa y Pantagruel continúan la tradición de la literatura goliardesca? ¿Tampoco sabes quiénes son los goliardos? No pasa nada, yo te cuento, tranquilo. Los goliardos aparecieron un par de siglos antes que Rabelais, en las universidades que la Edad Media estaba pariendo por toda Europa. Los goliardos eran clérigos, profesores y estudiantes, gente de cultura y universidad, pero que tenían un estilo de vida... digamos que diferente. Les gustaba la buena vida y no lo escondían: el vino, las tabernas, las comilonas, las bromas, el amor, el sexo, la alegría, el juego, la sátira del poder y en general el goce sensorial. Nada raro hoy en día, ya, sin embargo en el Medievo no era tan común. Eran gente culta, pero a los cultos también nos gusta divertirnos y ser un poco canallas, ¿no? También criticaban duramente la jerarquía eclesiástica y su corrupción y, cómo no, a su líder, el papa. Como buenos hombres de letras, escribían cantos sobre estos temas, que entonaban mientras se entonaban o hacían gamberradas: la literatura goliardesca. Has oído hablar de Cármina Burana, ¿no?, pues son poemas goliardescos. En vez de "por los siglos de los siglos", sus poesías decían "por las copas de las copas", o "venid y bebamos" en lugar de "venid, adoremos". Pero, ojo, muchos goliardos eran clérigos también, por eso con sus burlas no querían cambiar radicalmente el sistema sino solo reformarlo. Aunque a la Iglesia tampoco le gustaba esta crítica, claro. En fin, que el humor de Rabelais es muy similar al de los goliardos, igual de ácido, y su hedonismo también es clavadito. "Recoge su tradición", dice la Wikipedia, como si la tradición fuera un par de revistas desperdigadas por el suelo. Obviamente, el Programa Rabelais no habla en ningún momento de todo esto. El Programa no nos dice que nosotros, los jóvenes rabelais, somos los descendientes de los goliardos: estudiantes itinerantes y borrachuzos, amantes de los libros y de las fiestas por igual, bromistas, vividores, fraternales y enamoradizos. Para el Programa, los rabelais solo somos el futuro de Europa, las abejitas que esparcirán su polen transnacional y pacífico. El himno de Europa debería ser "O Fortuna" de Carl Orff, adaptación de las Cármina Burana de los goliardos, y no la "Oda a la alegría" de Beethoven. Te estarás preguntando que cómo sé tanto, ¿no?, porque estudio Historia pero no lo sé todo, claro. Pues lo acabo de leer en la Wikipedia, en el viaje de ida al aeropuerto; estaba bien aburrido, suerte que ahora tengo compañía. Cómo son las cosas de la información: está disponible para todos, pero nadie la lee. Oye, Javier, ¿te has dormido? No me extraña, llevas unas cuantas horas viajando.


Me dio mucha rabia comprobar en la Wikipedia que Facu no mentía en nada de lo contado. Todo escritor detesta que se le recuerde su ignorancia.

A pesar de que le dije que no era necesario, Facu fue mi primer guía de Cracovia (el segundo sería Mateo). A la mañana siguiente de mi llegada, me acompañó al centro de la ciudad, porque necesitaba acercarme a las oficinas del Programa Rabelais en la Universidad Jaguelónica; tenía una reunión con mi tutor. Con Facu paseé por primera vez por Rynek (la plaza mayor o del mercado, me tradujo Facu). Allí me mostró la estatua del poeta polaco Adam Mickiewicz (muy patriótico, me explicó), la basílica de Mariacki (o de Santa María, me aclaró), el Sukiennice (o Lonja de los Paños, porque antes era un mercado de telas, me ilustró) y La Cabeza. La estatua de La Cabeza era, como su nombre indica, una cabeza: de bronce y apaisada, mediría unos tres metros de largo. Estaba hueca y los turistas y los niños se metían dentro y asomaban por las cuencas de los ojos: cucú... ¡tras!, y ya tenían una foto de recuerdo. La Cabeza era el punto de encuentro para todos, tanto cracovianos como rabelais y expatriados o inmigrantes; las noches de fiesta empezaban siempre a su lado.

—Yo que tú no me metería, Javier. Si quieres luego en la residencia puedo hacerte un montaje fotográfico y poner tu cabeza saliendo de los ojos de La Cabeza. Los extranjeros no saben que las noches de fiesta también acaban aquí: todo quisqui se mea dentro. Los turistas y los rabelais porque están borrachos y no hay lavabos cerca; cuando sale el sol, la orina internacional aún gotea. Los polacos, en cambio, se mean por motivos históricos; su pis es más bien reivindicativo. Hablando de pis: ¿sabes que uno de los partidos políticos de la Polonia democrática se llama PiS? Su nombre significa Ley y Justicia. Y precisamente el pis de los polacos es muy justiciero, incluso vengativo. Cómo son las cosas de la lengua y la historia. En fin, ¿quieres que te cuente por qué se mean los polacos en La Cabeza? ¿No? Seguro que sí. Pues resulta que hace muchos años, durante el comunismo, La Cabeza no era solo una cabeza sino un cuerpo entero. La Cabeza era la cabeza del Gran Soldado Comunista, un gigante de quién sabe cuántos metros de altura. Un monumento comparable al Cristo Redentor de Río de Janeiro. ¿Quieres que te cuente más? ¿Todavía no? Bueno, ese soldado comunista era un regalo de Stalin al pueblo polaco por haberse hecho comunista, aunque no tuvieron muchas opciones, la verdad. Algunos dicen que la estatua vino desde Moscú transportada por decenas de camiones, pero es mentira: de Rusia solo trajeron el bronce. En realidad la fundieron en Cracovia, ¿sabes?, lo que pasa es que no quieren que se sepa. Más concretamente en Nowa Huta, el barrio obrero de la ciudad. ¿Tampoco has oído hablar de Nowa Huta? Un día te llevaré, he leído mucho al respecto. Sí, sí, claro que hace falta, Javier, si nos lo pasaremos muy bien. Pues la ciudad de Nowa Huta, que ahora es un barrio de Cracovia, fue construida alrededor de la planta siderúrgica Vladimir Lenin, que ahora se llama Tadeusz Sendzimir y creo que ya está cerrada. Entonces Nowa Huta era un paraíso obrero: con parques y casas de vecindad y calles monumentales y paralelas, trazadas con escuadra, cartabón y materialismo dialéctico; ahora es más bien decadente. En fin, que en esa fábrica se fundió el bronce que mandó Stalin para crear la estatua del Gran Soldado Comunista. La idea original era ponerla en Rynek, justo donde ahora está La Cabeza, pero pesaba demasiado. Así que la dejaron en Nowa Huta, en Plac Centralny, la plaza central. El Gran Soldado Comunista era tan alto que ensombrecía los edificios de alrededor. Pronto empezaron a correr rumores por Nowa Huta de que en la cabeza del Gran Soldado había vigilantes. Se decía que la policía secreta se asomaba a los ojos para controlar a los vecinos traidores. La paranoia, infundada o no, se extendió en seguida: se murmuraba que con sus prismáticos soviéticos los guardas podían espiar Nowa Huta y Cracovia. Desde la cabeza que todo lo ve, te podían pillar conspirando o follando, no importaba. Una noche, alguien decidió protestar: se meó en las botas del Gran Soldado, porque no se podía subir hasta la cabeza. Como los vigilantes estaban atentos al resto de la ciudad, no se dieron cuenta de la insignificante gamberrada del borracho. A partir de entonces, cada noche meaba o cagaba alguien diferente, muy a menudo en grupo, a pesar de que los polacos son más bien recatados. Al final se convirtió en una tradición popular evacuar en las botas del Gran Soldado. Por entonces los guardias de la cabeza ya notaban el olor del descontento ciudadano, pero no se pudo dar marcha atrás: no era posible detener a todos los meones y cagones de Cracovia y Nowa Huta. A los que pillaban los obligaban a limpiar las inmundicias, aunque en seguida volvían a cubrir las botas. Qué escatológico, ¿no?, parece una novela de François Rabelais, con gigante y todo. Pero esto pasó de verdad. Por cierto, seguro que has oído hablar de Karol Wojtyła. Sí, sí, el papa polaco. Pues antes de ser papa, Juan Pablo II fue arzobispo de Cracovia, en los sesenta, y participó en muchas protestas religiosas contra el régimen. El gobierno comunista era muy poderoso, pero la popularidad del arzobispo era tal que nadie pudo evitar que él, el futuro papa, se meara en las botas del Gran Soldado Comunista. Ya sabes lo que dicen: caga el rey, caga el papa, de cagar nadie se escapa; bueno, del papa polaco solo sabemos que miccionaba. Su meada fue sin duda la más famosa de las muchas que recibieron las botas del Gran Soldado. Por desgracia, la censura comunista eliminó todas las fotografías del acto, aunque en Cracovia se dice que Dios dotó a Karol Wojtyła mejor que a nadie. Muchos años más tarde, cuando cayó el comunismo y el papa ya era papa, los cracovianos decidieron deshacerse de la ominosa y olorosa estatua. Con la democracia, debían caer los antiguos ídolos, en este caso literalmente. Primero, decapitaron al Gran Soldado; dicen que el batacazo de la cabeza contra el suelo se oyó desde el centro de Cracovia. El resto del cuerpo lo fundieron en la fábrica para hacer unas cuantas campanas, excepto las botas, destruidas de tan apestosas. Obviamente, la cabeza la conservaron porque no se podía olvidar el terrible pasado comunista. Por eso La Cabeza está en Rynek: para que todos los polacos recuerden aquellos días funestos. Lo malo es que se acuerdan demasiado y se siguen meando dentro. Cuando aún estaba vivo, el papa les pidió a los cracovianos que dejaran de hacerlo, pero no le hicieron mucho caso.

Cuando terminó, le dije a Facu que tenía que reunirme con mi tutor del Programa Rabelais y lo dejé allí plantado, junto a La Cabeza. Asimismo decidí que aquella sería la última vez que escucharía uno de sus monólogos, a menos que quisiera perder el juicio.

Era mi segundo día en Cracovia y acababa de entrar en la primera fase de mi relación con Facu: la preservación de nuestra convivencia sin menoscabo de mi cordura.

Me había matriculado como estudiante en varias asignaturas de historia y literatura polacas y europeas, pero también había solicitado impartir un curso como profesor. Pese a que yo nunca había enseñado, cumplía los requisitos mínimos del programa para nuevos profesores: era joven, europeo y tenía una carrera. Gracias a esto, se me permitió enseñar literatura española en la Universidad Jaguelónica, aunque no iba a cobrar por ello más que la beca Rabelais. Introducción a la Literatura Española del siglo XX, así se titulaba mi curso; sería muy corto, solo diez sesiones, pero lo había preparado con mucha motivación en Barcelona. Perdido por los vacíos pasillos de la facultad de filología de la Universidad Jaguelónica, mi cabeza se iba llenando de fantasías de profesor: los autores y los textos que analizaríamos y comentaríamos, las ingeniosas pero espontáneas interpretaciones, las agudas referencias a la historia y la sociedad españolas, las críticas sectarias hacia este o aquel escritor, la sonrisa tímida que mis labios formarían cuando alguien alabara la inteligencia y los conocimientos de aquel joven profesor, incluso me imaginé hablando de mí mismo en clase: yo, presente y futuro de la literatura universal, auténtico heredero de Rabelais y de Onetti y blablablá. Sin duda, aquello quedaría muy bien en mi currículum de escritor, junto a mi fracasada novela con seudónimo y el blog De mí me río: Profesor de Literatura Española en la Universidad Jaguelónica de Cracovia.

Al entrar en su despacho, mi tutor me recibió con expresión funesta:

—Lo siento, pero finalmente tu curso de literatura española no se abrirá. Al principio había muchos estudiantes inscritos, pero se desmatricularon en seguida cuando supieron que había que leer libros. Lo siento mucho, de verdad.

Recibí el golpe con tanto estoicismo como pude: mi aventura cracoviana no empezaba muy bien. Por suerte, no había ningún otro cambio y sí podría asistir como estudiante a las asignaturas de las que me había matriculado. Taché mentalmente el sintagma "Profesor de Literatura Española" de mi currículum de escritor y me conformé con lo que ya tenía. Además, me dije, así tendría más tiempo para trabajar en mi vocación literaria.

Uno de los cuentos que estaba preparando entonces incluía la historia de La Cabeza que le acababa de escuchar a Facu. Cuando de regreso en la residencia le expliqué que era o quería ser escritor, que ya había publicado una novela fracasada y que tenía un blog, se rio de mí:

—¿Escritor? Solo los tontos quieren ser escritores. Deberías dedicarte al mundo del cine o de los videojuegos, que es mucho más rentable. Además, todo el mundo conoce la historia de La Cabeza. ¿Por qué repetirla?

Tuve que darle la razón en esto último. Todo escritor detesta que se le recuerde su ignorancia.

La literatura no era una de las aficiones de Facu, definitivamente. Como mucho, podía llegar a interesarle lo que leía en internet, porque tenía cierto halo de misterio y conspiración; pero ¿para qué abrir los libros, más largos, tediosos y oficialistas? Así, más que la afición, la pasión de Facu eran los videojuegos. Si yo había ido a Cracovia a escribir y no a estudiar, Facu había ido a jugar. Más que una pasión, era una verdadera vocación: ojalá yo le hubiera dedicado tantas horas a la escritura. Cuando no dormía, se pasaba la mayor parte del tiempo jugando sin parar al World of Warcraft; su vida cracoviana era una maratón continua de vicio en línea. Si en casa su madre lo controlaba con el celo de los vigilantes de La Cabeza, en el Hotel Piast nadie le preguntaba qué hacía, y el Programa Rabelais ni siquiera comprobaba la asistencia a clase. Por otro lado, en el World of Warcraft Facu representaba todo lo que no era en la vida real: un tipo sociable, trabajador, con iniciativa y capaz de dirigir un equipo. Era el líder de un importante clan de World of Warcraft y cada mes se ganaba un salario extra jugando, sobre todo vendiendo oro virtual (lo cual, unido a la beca Rabelais y a su vida monástica, le permitiría ahorrar bastante). Aunque yo envidiaba su sobresueldo, no me habría molestado tanto si no hubiera hablado constantemente por el micrófono del portátil: les comunicaba a sus compañeros de juego órdenes autoritarias, nunca negociables; lo peor era escuchar su grito de guerra:

—Soy español: ¿a qué quieres que te gane?

Pese a que me había prometido salvaguardar la convivencia, me tuve que convertir en el único que de vez en cuando le llevaba la contraria: su hiperactividad jugadora no me dejaba escribir, de día, ni dormir, de noche. También hay que ganar a los chinos y a los americanos, ¿no?, me decía. La tercera noche que me despertaron los clics compulsivos del ratón inalámbrico y los gritos dictatoriales, le pedí que parara, que durmiera o que jugara en el comedor de la residencia. Me contestó que solo lo haría si yo cocinaba para él.

Creo que aquí empezó la segunda fase de mi relación con Facu: el enfriamiento de las relaciones diplomáticas.

La rutina de Facu consistía básicamente en dormir, jugar, cocinar y comer pollo o sopas instantáneas, jugar más y de vez en cuando asearse y salir a comprar. A pesar de ser un rabelais, no iba nunca a clase porque no entendía nada (la lengua vehicular era el inglés). Pero su versión de los hechos era diferente: en la uni solo quieren inculcarnos la versión oficial, luego ya la estudiaré para el examen. Para mí, estaba claro que no era más que una excusa sofisticada que escondía una gran pereza. Porque, para Facu, la información solo era un medio, nunca un fin: datos para defender un argumento, estadísticas para someter a su interlocutor, estrategias para vencer a un rival virtual.

En general, Facu tampoco salía demasiado de noche. No es que yo fuera un goliardo paradigmático, pero en Cracovia era inevitable ser arrastrado por el remolino nocturno. Aunque por culpa de Facu no logré escribir ni una sola línea, gracias a él me convertí en un estudiante aplicado y en un ser bastante sociable: cualquier excusa era buena para salir de nuestra habitación (ya hablaré en otro momento de mis fiestas rabelais y demás). En Facu, en cambio, solo predominaban dos apetitos goliardescos: el juego y el sexo. Puesto que era más difícil saciar el segundo, se conformaba con abusar del primero. De vez en cuando, sin embargo, me seguía a alguna fiesta rabelais. Sus aptitudes sociales eran nulas y no estaba demasiado interesado en trabar amistad con nadie. Tuve el sádico placer de ver cómo Facu trataba de ligar en inglés con una sueca: su limitado lenguaje lo estrelló contra los límites de su mundo. En seguida se rindió y se concentró en la comunidad hispanohablante, sobre todo en los abundantes españoles. Lo conocían por sus discursos enciclopédicos, pero también por ellos era rehuido como un apestado.

De hecho, en el poco tiempo que viví con él no le conocí ningún amigo ni interacción social que no fueran online. Además de con sus compañeros de clan, hablaba por Skype con su madre dos o tres veces por semana. Las conversaciones maternas duraban unos treinta minutos y Facu tenía siempre los brazos levantados. Parecía que desde el otro lado del portátil alguien lo estuviera apuntando con una pistola virtual: manos arriba, esto es un atraco, danos todo tu oro virtual y no te pasará nada. A la tercera conferencia que presencié, tuve que preguntarle por qué los levantaba.

—Pues porque mi madre no se fía de mí, Javier. Por eso quiere verme las manos, para asegurarse de que no estoy jugando al World of Warcraft mientras hablo con ella. ¿Te parece bonito que una madre desconfíe así de su hijo?

A pesar de esto, la madre no lograba controlar mucho al hijo: los miles de kilómetros que los separaban permitían que Facu le mintiera sistemáticamente. Por Skype le decía que iba siempre a clase, que estaba haciendo muchos amigos (de todos los países, mami), que aprendía mucho inglés, que había visitado muchas ciudades polacas (Varsovia no merece la pena, Gdańsk es genial) y europeas, que tenía una novia francesa (se llama Julie, es un encanto) y que se llevaba genial con su compañero de habitación (es catalán, pero no pasa nada) y los vecinos de la residencia. Para evitar que ella fuera a visitarlo a Cracovia y le desmontara el simulacro y la buena vida, Facu exageraba el frío de la ciudad y la antipatía de los polacos, inventaba restricciones de viaje y problemas diplomáticos de escala internacional. Aunque al principio me fascinaba escuchar los disparates del hijo y la ingenuidad de la madre, pronto comencé a sentir pena por ambos; cuando conversaban, yo salía de la habitación.

Me costó unas cuantas semanas más alcanzar la tercera y última fase de mi relación con Facu: la ruptura total y la mudanza.

Como no había conseguido dar clases de literatura española en la universidad, no estaba escribiendo nada, la vida nocturna me arrastraba demasiado y no tenía muchas obligaciones de estudiante, me propuse buscar trabajo. Así fue como empecé a trabajar de profesor de español para extranjeros, por una mezcla de aburrimiento y de necesidad. ¿Quién me iba a decir que aquel trabajo acabaría dándome tantas satisfacciones? Así fue también como llegué a la escuela de la directora cubana y conocí a Mateo y a los demás. Y así fue como dejé de vivir con Facu.

Una tarde, en la sala de profesores, estábamos hablando de los lugares más turísticos de Cracovia, porque el mexicano iba a recibir una visita. Mencionamos los barrios de Kazimierz y de Nowa Huta, museos, bares y restaurantes del centro, el campo de concentración de Auschwitz y las Minas de sal de Wieliczka. En algún momento, se me ocurrió contarles la historia de La Cabeza. No olvidé ni un detalle: el Gran Soldado Comunista, Stalin, los vigilantes, las meadas y las cagadas, el papa Juan Pablo II y la decapitación de la estatua.

—¿Quién te ha contado este disparate, catalán? A esta historia solo le falta un pelo del coño  y una impresora estropeada para ser perfecta. La estatua de la cabeza se llama Eros vendado y representa a Eros, el dios griego del amor. La hizo un artista polaco hace diez o quince años.

Me dio mucha rabia comprobar en la Wikipedia que Facu no decía la verdad en nada de lo contado. Todo escritor detesta que se le recuerde su ignorancia, me repetía con envidia mientras empezaba a buscar piso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario