lunes, 4 de julio de 2016

Mateorías (12)

(Capítulo 12 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Doce

Una hipótesis: una buena amistad es una madeja de dos hilos. A partir de esta idea, le propongo al lector tres sanos ejercicios para desarrollar una mateoría de la buena amistad.

Primer ejercicio:

Que el lector trate de seguir los embrollados hilos de una buena amistad hasta llegar a su inicio, es decir, al primer contacto entre sus dos miembros, ese momento exacto en que las dos hebras se tocan por primera vez. No debería resultar demasiado difícil: yo lo he hecho en el primer capítulo. ¿Ya? Podemos llamar a este instante inicial el Toque Primero, y es casi siempre fútil, a veces cómico.

Segundo ejercicio:

Que el lector siga de nuevo el hilo de esa embrollada madeja-amistad, pero esta vez que se sitúe en el Toque Primero y avance cronológicamente, comprobando cómo las dos hebras se enredan lentamente entre sí. Esto ya se pone más difícil, ¿no? Una obviedad: en esta etapa, cualquier tirón habría roto o deshecho la amistad sin problemas. Llamaremos a este proceso de aproximaciones y alejamientos sucesivos el Enredo Primero, que en mi caso tuvo lugar en los capítulos dos, tres, cuatro, cinco, seis y ocho. El lector sabrá cuándo termina esta fase porque un Tirón Fuerte no logrará romper el enredo; a Mateo y a mí el destino nos pegó un buen Tirón la noche del 26 de febrero de 2013. El resto de la buena amistad solamente consiste en enredar aún más el Enredo Primero (este capítulo y los siguientes) y resistir o disfrutar cuanto venga.

Tercer ejercicio:

Que el lector intente identificar cuáles son las fuerzas que causaron el Enredo Primero. Es decir, ¿por qué empezaron a enredarse los dos hilos de esa buena amistad? La respuesta suele ser banal: por otro amigo, por un sitio (la escuela, el gimnasio), por un recuerdo, por una afición (la jardinería, la cerámica turca), por los caracteres, en fin, por cualquier elemento en común. Yo me fui haciendo amigo de Mateo porque compartíamos un lugar de trabajo, pero también porque teníamos hobbies similares: ambos escuchábamos a Joaquín Sabina, ambos éramos devotos del fútbol (aunque mi devoción era fingida), ambos coleccionábamos objetos cutres o kitsch, ambos ironizábamos con Juan Pablo II y ambos frecuentábamos la vida nocturna cracoviana. Y, sobre todo, ambos amábamos la literatura, la más bella de las mentiras.

Casi no hace falta que lo reconozca: esta mateoría de la buena amistad no es mía.

Pero debo añadir que en una buena amistad no todo debe ser igual o compartido. Por ejemplo, Mateo decía que nosotros dos éramos como Sabina y Serrat.

—Pues yo quiero ser Sabina. Tú eres Serrat.

—No. Yo quiero ser Sabina. eres Serrat.

Es evidente que la buena amistad, además de fundamentarse en lo común, necesita de lo diferente para desarrollarse. En cuanto al deporte, a Mateo le gustaba ver y jugar al fútbol; a mí, solo jugar y de vez en cuando también salir a correr.

Otro ejemplo: el baile. A Mateo le encantaba, mientras que yo era una escoba arrítmica. Intentó llevarme a varios locales cracovianos de rock, electrónica y bailes latinos, pero no hubo manera: mis extremidades seguían siendo impermeables al compás de la música. Mateo, en cambio, bailaba como un lazo en un ventilador. Afortunadamente, desistió y terminó aceptando que, de noche, las discotecas y las pistas de baile no eran lo mío, sino las mesas y las conversaciones.

—Como tú veas, pero sentado te costará mucho más conocer chicas: follar se conjuga con el verbo auxiliar bailar.

También teníamos diferentes opiniones y gustos sobre literatura. Él prefería el siglo XIX —no se ha escrito nada bueno después de Henry James— y a mí me gustaba más el XX —la fiesta empieza cuando se va Henry James—. Por contra, nuestras predilecciones genéricas sí coincidían: primero la novela y el relato, luego el ensayo y finalmente la poesía y el teatro. Pero mis novelas de género favoritas eran la policíaca y la de ciencia-ficción, y también leía autobiografías, diarios y memorias; por el contrario, Mateo odiaba la literatura del yo, y optaba por la de viajes y las novelas de aventuras. Él sabía mucho de literatura inglesa, francesa y polaca, mientras que yo me inclinaba más por la catalana, la estadounidense y la centroeuropea. La literatura española y la latinoamericana eran nuestros lugares de encuentro, aunque Mateo era de Galdós y de García Márquez y yo de Eduardo Mendoza y de Vargas Llosa.

En nuestras discusiones literarias, siempre tratábamos de arrastrar al rival al campo propio.

—Tienes que leer El rojo y el negro de Stendhal: esta novela del XIX contiene todo el XX.

—Tienes que leer Ruido de fondo de Don DeLillo: una novela escrita en el XX que parece del XIX y en verdad es del XXI.

—Introducción, nudo, desenlace. Y punto. ¿Por qué cambiarlo si funciona?

—¿Precisamente porque funciona?

—¿ me recomiendas literatura catalana a mí? Seré madrileño, pero he leído a...

—Sí, has leído a Josep Pla. Y solo has leído El cuaderno gris, como todos los "expertos en literatura catalana".

Sin embargo, la escritura, que para mí era la prolongación natural de la lectura, era para Mateo coto vedado. Tuve que desistir y dejar de proponerle que escribiera.

—Mejor vivir que hacer vivir —sentenciaba siempre.

Cuando logré acumular suficiente valor, le dije a Mateo que, de hecho, yo era o quería ser escritor. Le pedí que leyera los relatos publicados en De mí me río, especialmente los últimos, escritos durante mi estancia en Cracovia.

—No están del todo mal algunos cuentitos, aunque pueden mejorar mucho. Me gusta el de "Working Class Here?": tiene un título con gancho y capta muy bien los miedos del profesor de español primerizo. ¡Y el soneto que le dedicas a una mesa de Ikea es muy divertido! Eso sí, no es un relato muy profundo y la estructura chirría. También me gustan otros cuentitos sobre tus experiencias de rabelais. Por cierto, ya se te están acabando el chollo y la beca, ¿no? Y el profesor de "Las andanzas y extravagancias del profesor Mrożek" existe en la realidad? Y lo que cuentas en "Cracovian Fight Club", ¿sucedió de verdad? Son relatos interesantes, pero en ellos no pasa nada... Parecen fragmentos de una novela, no textos independientes.

Como buen escritor en potencia, yo sonreía y le contestaba vaguedades; el mismo Mateo me había enseñado a aprovecharme del misterio. Pero al lector le diré que sí, que el profesor Mrożek existió. Fue mi profesor de filosofía durante el Rabelais y gracias a él descubrí a Sławomir Mrożek (capítulo siete); pero le cambié el apellido para mantener el anonimato del profesor y para homenajear al escritor polaco. Lo narrado en "Cracovian Fight Club" también sucedió tal cual: son dos peleas de bar que presencié durante dos noches cracovianas diferentes pero igual de confusas; quien conozca a los hombres eslavos sabe que, si beben, se pueden poner violentos fácilmente.

Como Mateo no parecía muy sorprendido por mi vocación literaria, decidí desvelarle el resto de mi currículum de escritor:

—También he escrito y publicado una novela. Una novela con seudónimo, ambientada en Oxford y en la que se reflexiona sobre los pordioseros.

—¡No me jodas! ¿Y con qué seudónimo la has publicado? A ver si te habré leído sin saberlo...

—¿Te suena Javier Marías?

—¿Javier Marías? Pues no... ¿Es tu seudónimo?

—Es una larga historia. Otro día te la cuento y te dejo la novela.

Pero nuestra discusión literaria favorita, la que más se repetía en nuestras charlas y la que más nos entusiasmaba, tenía un nombre propio: El Clásico de las Letras. O el Barça-Madrid Literario.

—Acéptalo, madrileño: hoy día, Barcelona es la capital literaria de España. No de Cataluña sino de España. La Liga española y la catalana se le quedan pequeñas a la Barcelona literaria. Madrid no es rival, Sevilla tampoco, Granada menos. ¿Alcalá de Henares? ¡Ja! Y, claro, ahora me dirás que es por culpa de la historia: durante el franquismo había tanto control y tanta censura en Madrid, que la capital cultural y literaria tuvo que mudarse a Barcelona para sobrevivir. Madrid era una ciudad de más de un millón de cadáveres, sí, pero ¿quién resucitó a la moribunda novela en los tristes años cuarenta? Nada de Carmen Laforet, ambientada en Barcelona y escrita por una barcelonesa. Y también iniciaría  un curioso fenómeno: después de Nada, empezaron a surgir escritores catalanes en lengua castellana como churros. Buenos escritores, no: los mejores. Y en Barcelona también están los mejores en catalán, obviamente. Tenemos escritores diestros y zurdos, ¿qué más quieres? Barcelona, campeona literaria de España.

—No me jodas, catalán, Nada es un bluf aburrido y pretencioso, parece escrito por una existencialista francesa de pueblo. Además, en los años cincuenta la capital de la novela española regresa a Madrid: La colmena de Cela y El Jarama de Sánchez Ferlosio.

—Pues para ti los cincuenta, madrileño: ¡vaya década decimonónica! Aunque en esa época también se publicaron La noria de Luis Romero y Las afueras de Luis Goytisolo... Pero en los sesenta Barcelona recuperó de nuevo la capitalidad literaria, concretamente en 1966. En novela, triunfaron Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé y Señas de identidad de Juan Goytisolo; en poesía, arrasaron las Moralidades de Jaime Gil de Biedma y Arde el mar de Pere Gimferrer. El Trofeo de la Literatura Experimental quedó en Barcelona. Y en los setenta Barcelona se consolida como campeona de Liga: Eduardo Mendoza inaugura la democracia literaria con La verdad sobre el caso Savolta en 1975. Según los manuales de literatura, es la revolución de la novela española contemporánea. Fue tan revolucionaria que su publicación mató a Franco.

—¿No dices nada? Pues continúo, madrileño: Barcelona debería independizarse literariamente de España. ¡Y de Cataluña! ¡Barcelona Literaria independiente! En literatura, la Marca Barcelona vende más que la Marca Madrid y la Marca España juntas. Barcelona podría ser un enclave literario. Tendría que jugar la Liga de Campeones Literarios con París, Comala, Nueva York, Buenos Aires, Dublín, el condado de Yoknapatawpha, Oxford, Santiago de Chile, Chicago, Praga, Londres y Macondo. Si el mundo fuera justo, la UNESCO la nombraría Ciudad de la Literatura.

—Catalán, te olvidas del Siglo de Oro: Madrid ganó ese partido por goleada. Teníamos a jugadores de la talla de Lope de Vega, Góngora, Quevedo, Tirso de Molina, el Conde de Villamediana, Cervantes y Calderón de la Barca. La Quinta del Buitre Literaria.

—Madrileño, no olvides que varios futbolistas de la Quinta del Buitre Literaria habían nacido fuera de Madrid: los fichó la Corte. Así cualquiera gana el Partido del Siglo de Oro. Además, entre sí se llevaban a matar. Y recuerda también que Cervantes fue el primer traidor literario: aunque vivió en Madrid, en el Quijote no escribió sobre la capital de España sino sobre Barcelona, que es donde termina la novela. Fue un visionario que trasladó la capital literaria avant la lettre. De hecho, en el Siglo de Oro nadie escribía sobre Madrid: vivieron allí, nacieron allí, fueron bautizados allí, escribieron allí, se casaron allí y murieron allí. Pero nada más: puede que los escritores y los corrales de comedias estuvieran en Madrid, pero sus obras y las comedias allí representadas tenían lugar en otros sitios, bien lejos. El Madrid del Siglo de Oro es una novela de Arturo Pérez-Reverte: el Capitán Alatriste metió un gol en la prórroga. Si quieres novelas históricas ambientadas en Barcelona, puedes leer Victus, La catedral del mar o La sombra del viento.

—Ahora me dirás que el Partido del Siglo XIX también lo ganó Barcelona, ¿no? En ese siglo jugaba Ramón de Mesonero Romanos, que escribió las Escenas y tipos matritenses. Y el líder del equipo era Benito Pérez Galdós, tan polivalente que podía jugar en todas las posiciones: defensa, centrocampista o delantero.

—Pues en el Barça del XIX estaba Santiago Rusiñol, que publicó L'auca del senyor Esteve en 1907, porque lo bueno se hace esperar un poco. Y te olvidas de que teníamos a Narcís Oller: costumbrista, realista o naturalista, como Galdós.

—Pero el Partido del Cambio de Siglo sí fue nuestro: en Madrid estaba la Generación del 98 y se metieron golazos legendarios como Luces de Bohemia de Valle-Inclán, que recorrió él solo todo el campo hasta la portería contraria, regateando a todo quisqui. Y Pío Baroja hizo algunos goles de falta bastante memorables. Luego tomó las riendas del equipo la Generación del 14, capitaneada por José Ortega y Gasset. ¡Qué partidos los de Ramón Gómez de la Serna! La gente solo recuerda sus greguerías, pero también marcó algunos goles bien raros: con la espalda, con el culo e incluso un penalti a lo Panenka.

—Pues en esa época Barcelona importó lo mejor del fútbol europeo. Así nació el Noucentisme, que, por cierto, después se exportó a Madrid: ¿recuerdas el Novecentismo? Eugenio D'Ors, gran ensayista y para muchos otro traidor literario, Josep Carner, el príncipe de los poetas catalanes, y Josep Pla, que no es de Barcelona pero escribió bastante sobre la ciudad. ¡Cómo la tocaban! Tiquitaca puro; un juego exquisito, delicuescente, aunque les faltaba gol.

—Sin embargo, el Partido de la Novela Negra lo ganó el Madrid. Juan Madrid, que nació en Málaga, parió a Toni Romano, el Marlowe de Malasaña. Y en el mismo barrio regateaba y recibía pases el detective homosexual de Marta Sanz. Otros grandes jugadores policíacos son Rafael Reig y David Torres. Tienen un olfato tremendo para encontrar el gol.

—No me jodas, madrileño, te has metido en la boca del lobo: en Novela Negra a Madrid le cayó una manita. Tenemos a futbolistas de talla internacional como Eduardo Mendoza y Manuel Vázquez Montalbán. ¿Hay algún detective tan mítico como Carvalho? Aunque no sé cómo podía jugar después de sus comilonas pantagruélicas. También están Andreu Martín, Jordi Serra i Fabra, Francisco González Ledesma y el olvidado Mario Lacruz. Ah, y por las calles de Barcelona juega una detective: Petra Delicado de Alicia Giménez Bartlett. ¿Te rindes?

Nuestras discusiones podían hacerse eternas: no había un árbitro que les pusiera fin, solo nuestra resistencia física. Nos entrenábamos a conciencia buscando en la Wikipedia obras, futbolistas y estadísticas para sorprender al rival; al lector, en cambio, solo lo aburríamos. Por eso, algunos Clásicos de Las Letras duraban horas y degeneraban en una ristra de títulos y autores sin mucho interés, un partido de patio de colegio.

—Ni hablar, catalán: en el Torneo de la Guerra Civil y la Posguerra, os daremos para el pelo. El Real Madrid tiene La Colmena y San Camilo, 1936 de Camilo José Cela, El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio, Campo del moro de Max Aub, Las últimas banderas de Ángel María de Lera, Largo noviembre de Madrid de Juan Eduardo Zúñiga, Días de llamas de Juan Iturralde, Madrid 1940. Memorias de un joven fascista de Francisco Umbral, La larga marcha de Rafael Chirbes, Arde Madrid de Eduardo Haro Tecglen, El nombre que ahora digo de Antonio Soler, La noche de los cuatro caminos de Andrés Trapiello, Querido Eugenio de Juana Doña, Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, Trece rosas rojas de Carlos Fonseca y Martina, la rosa número trece de Ángeles López, las dos hablan del mismo fusilamiento, El corazón helado de Almudena Grandes, La noche de los tiempos de Antonio Muñoz Molina, Mañana no será lo que Dios quiera de Luis García Montero, Unos cara al sol, otros a la sombra de Carlos Sánchez Sáez, Riña de gatos de Eduardo Mendoza: ¡traidor literario!, Si a los tres años no he vuelto de Ana R. Cañil y La defensa de Madrid de Manuel Chaves Nogales.

—Ni hablar del peluquín, madrileño. El Barça tiene Nada de Carmen Laforet, La plaça del diamant y Mirall trencat de Mercè Rodoreda, Incerta glòria de Joan Sales, Campo cerrado y Campo de sangre de Max Aub, Si te dicen que caí, Un día volveré Ronda del Guinardó de Juan Marsé, El día de mañana de Ignacio Martínez de Pisón, Jo confesso de Jaume Cabré, Quan érem capitans de Teresa Pàmies, Habíamos ganado la guerra de Esther Tusquets, Quatre dies de gener y Set dies de juliol y Cinc dies d'octubre y Sombras en el tiempo de Jordi Serra i Fabra, Los días grises de Antonio Isasi-Isasmendi, Donde nadie te encuentre de Alicia Giménez Bartlett, Memoria de unos ojos pintados de Lluís Llach, El último invierno de Raúl Montilla, Carrer Bolívia de Maria Barbal, Entre el roig i el negre de Miquel Mir y Tres días de julio de Luis Romero.

—En fin, que gana el Madrid. Y también os fundimos en el Partido de la Transición: Romanticismo de Manuel Longares es, más que un gol, una obra maestra. Y, por supuesto, Anatomía de un instante de Javier Cercas, un gol brillante aunque no está claro si era un centro o un disparo.

—Oye, que en Barcelona hay muchas novelas de la Transición: El día del Watusi de Francisco Casavella, Mauricio o las elecciones primarias de Eduardo Mendoza y El jardín colgante de Javier Calvo. ¡Menuda paliza!

—Ya, pero la hinchada del Madrid es quien ha producido mejores cánticos: Luis Alberto de Cuenca, Blas de Otero, Gloria Fuertes, Mario Benedetti, Miguel Hernández, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Rafael Alberti y el resto de la Generación del 27.

—Los Boixos Nois Escolarizados les dan mil vueltas: José María Fonollosa, Joan Maragall y Joan Margarit, Joan Oliver, Joan Salvat-Papasseit, Josep Maria de Sagarra y Jacint Verdaguer.

—El Real Madrid tiene su propia Dinastía Literaria: los Panero. El padre, Leopoldo Panero, representante de la Poesía Arraigada, su hermano Juan Panero, poeta clasicista muerto prematuramente, y los tres hijos de aquel y sobrinos de este: Juan Luis Panero, Leopoldo María Panero y Michi Panero. El segundo fue el jugador más famoso de los tres, poeta incluido por la UEFA en el grupo de los Novísimos. Todos tenían en común un estilo de vida alocado y decadente, 100% Maradona. ¿No has visto El desencanto? Es un documental sobre los Panero: desternillante.

—Pues el Barça también tiene Dinastía Literaria: los hermanos Goytisolo. Su estilo de vida no es tan disoluto como el de los Panero, pero su estilo de juego es muy peculiar: elegante y aristocrático, no les interesa marcar sino deleitar jugando. Sin embargo, como no hay goles, casi nadie ve sus partidos ya.

—El Real Madrid tiene una plantilla de jugadores internacionales muy suculenta: Rebecca Pawel, C.J. Sansom, Ben Lerner, José Donoso y André Malraux.

—Eh, Malraux también jugó para el Barça. Así como George Orwell, Georges Bataille, Jean Genet, Efim Etkind, Colm Tóibín y Fernando Vallejo. De hecho, en el Barcelona juegan y jugaron muchos escritores internacionales. Y gracias a la representante Carmen Balcells y al seleccionador Carlos Barral se dieron a conocer un montón de futbolistas latinoamericanos en Europa. ¿Oíste hablar alguna vez del Boom Latinoamericano? Pues Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Eduardo Galeano pasaron por el equipo, aunque creo que no llegaron a jugar. Porque en Barcelona hay un montón de estadios y de editoriales dedicados a la literatura, ¿sabes? Y en el Barça tenemos también delanteros ambidiestros, que juegan en catalán y en castellano, como Terenci Moix y Carme Riera. Y jugadores vendecamisetas: Carlos Ruiz Zafón e Ildefonso Falcones. Y, para acabar, está el Cementerio de los Libros Olvidados: ¿dónde celebraríais vosotros las victorias literarias, cuando las obtuvierais? ¿En la Residencia de Estudiantes? ¿En la Biblioteca Nacional?

En algún momento del partido, harto de recibir faltas y de escuchar y replicar sandeces, Mateo se levantaría e iría a buscar un par de vodkas de avellana. Al regresar, sin embargo, volvería a la carga:

—Muy bien, muy bien. Para ti la perra gorda. Pero ¿sabes en qué ciudad estuvo más veces Juan Pablo II?

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