jueves, 28 de julio de 2016

Pausa de agosto

He fracasado, como era de esperar: no he terminado de escribir la novela a tiempo. Me propuse acabar las Mateorías antes del 29 de julio y no lo he logrado. Habría querido llegar a España con una novela bajo el brazo, pero nanay. Así, mañana por la mañana, desde el aeropuerto de Cracovia hasta que el avión aterrice, solo pensaré que me comprometí y me he fallado a mí mismo. Todo esto pensaré mientras sobrefracaso los cielos.

Mentira: pensaré que voy a pasar unas merecidas vacaciones (de trabajo y de escritura) y que por fin voy a ver a mi familia y amigos. Aunque esperaba escribir la novela antes del 29 de julio, me di un segundo deadline, previendo el fracaso: el 27 de septiembre, el día de mi 30 aniversario. Terminarla en julio habría sido rizar el rizo.

Y lo que he conseguido hasta ahora tampoco está tan mal. Del 1 al 29 de julio he escrito 10 capítulos, es decir, 45.883 palabras, o sea, 101 páginas. Y lo más importante es que son 10 capítulos de los que estoy orgulloso, como del resto de la novela.

En resumen, este mes de fracaso ha sido una experiencia fantástica. Por primera vez, me he dedicado en cuerpo y alma a escribir: mañana y tarde y alguna noche delante del ordenador, tecleando y releyendo y corrigiendo hasta no poder más. Estos últimos días he intentado terminar el siguiente capítulo de las Mateorías, el veintiuno, pero ha sido imposible, ya que estoy agotado y con el cerebro seco como una nuez. Es un estilo de vida duro y solitario, pero muy gratificante. Ojalá pueda repetir.

Gracias a la publicación de la novela en el blog, he recibido el feedback y el apoyo de algunos lectores de las Mateorías.  No son muchos, pero su compañía es muy grata.

La primera lectora es mi novia, Ivana, aunque en realidad ella no ha leído nada, ni una sola frase. Sin embargo, le he ido resumiendo en inglés cada capítulo, mientras lo escribía o cuando ya lo tenía terminado. Es muy difícil captar la atención de esta no lectora, pero de vez en cuando a Ivana le interesaba lo que le contaba, sobre todo si conocía la anécdota que inspiraba la escena o si el episodio no iba de libros ni de fútbol. El día en que se enteró de que ella no aparecería en las Mateorías, se cabreó bastante, porque es una no lectora muy exigente y con ínfulas de personaje. Intenté explicarle que el protagonista de la novela no era yo, sino alguien que se parecía a mí. Le dije que las Mateorías son autoficción, una mezcla de autobiografía y ficción, es decir, un trampantojo, o sea, una ilusión literaria más vieja que andar a pie.

—Más bien es una desilusión —me dijo Ivana—. Vaya mierda de libro, si no salgo yo.

Traté de compensar su decepción diciéndole que en esta "Pausa de agosto" aparecería ella e incluso diría un par de frases, pero no funcionó. Me lo merezco, por liar las cosas de la realidad y la ficción.

La segunda lectora de las Mateorías es mi madre, que sí me lee y siempre le gusta todo lo que publico. Excepto las veces en que hablé de gente real o usé nombres reales. Así que, cuando acabé el capítulo siete, en que el narrador habla de su madre, tuve que advertirle a mi madre: tu no ets la mare de la novel·la! Es decir, que lo que le pasara a esa madre y lo que se dijera sobre esa madre nada tenía que ver con mi madre.

Los comentarios de los otros lectores, en persona o en línea, también han sido muy positivos. Incluso los lectores potenciales: todavía no he leído nada, es que es muy largo. Los demás, los sí lectores, me han felicitado, aunque supongo que habrá a quien no le estén gustando las Mateorías. Algunos me recriminaron que tardaba mucho en sacar nuevos capítulos y que luego no se acordaban de lo que había pasado en los anteriores; les contesté que ellos eran lectores experimentales, que leían a lo que salga, para lo bueno y para lo malo. Mi excusa no les satisfizo, por supuesto. Y a mí su insatisfacción tampoco me convenció, por lo que decidí tomarme sus críticas como alabanzas.

He disfrutado mucho con las preguntas y las hipótesis de los sí lectores. Especialmente de las mateorías que ingeniaban los profesores con quienes trabajo, muy suspicaces siempre.

Cuidado: parecen preguntas retóricas pero en realidad son spoilers mateóricos:

¿De verdad te pasó eso de la sardana en la discoteca? En el capítulo quince, el baile protector de Mateo en De Cafencia lo sacaste de lo que nos contó tal día tal profesor, ¿verdad? ¿En tus clases de español llamas maricas y maricones a los reyes españoles y les muestras imágenes de actores porno a los estudiantes? ¿Y quién demonios es Mateo? ¿Aquel madrileño que ya no está en Cracovia? ¿O el ciudadrealeño que se carcajeaba tan fuerte y también se fue? ¿Mateo eres tú? ¿Y la directora cubana? ¿Tenías una gata llamada Tutaj? ¿El profesor mexicano es ese mexicano que bebe vodka de membrillo? ¿El argentino es aquel que ya regresó a la Argentina? ¿La academia de español es la escuela donde trabajamos juntos?

Otro sí lector me dijo que Facu le resultaba demasiado irritante. Ya, es que tiene que ser irritante, le respondí, tratando de defendernos. Sí, es irritante, me contestó el lector, pero leerlo también resulta irritante. Después me propuso matarlo: el vecino rumano lo ahoga con la almohada o se electrocuta con su portátil en la bañera o el exceso de pollo frito le causa un infarto. No, imposible, le tengo mucho cariño a Facu.

Un amigo de Badalona, que también es sí lector, me hizo una extraña petición: cómprame una taza del papa, de el papa. Quería una taza de Juan Pablo II como la que tiene Mateo. Así que tuve que pasar por todas las tiendas de souvenirs de Cracovia, en plena euforia católica de la JMJ, para cumplir el encargo. Hordas de jóvenes bárbaros se abalanzaban sobre los recuerdos como si fueran víveres en plena guerra: imanes de Cracovia, llaveros del dragón de Wawel, ceniceros con versículos, crucifijos de la JMJ, camisetas con el rostro de una monja, gorras del papa Francisco, insignias de la Virgen de Nosequé, etc. Pero no me quedaba otra opción porque, por supuesto, no iba a regalarle la taza de Juan Pablo II que tengo en casa.

Un excompañero de universidad me mandó un correo electrónico indignadísimo. Venía a decir lo siguiente: ¿por qué demonios en tu novelucha Messi juega en el Real Madrid? ¿En qué mundo jugaría Cristiano Ronaldo para el Barça? Los culés de verdad como yo lo encontramos ofensivo, repugnante, insultante.

Un amigo y compañero de trabajo me ha escrito hoy mismo por Facebook: "no sé cómo acabarán las Mateorías, pero yo ya tengo una idea de cómo serán las últimas líneas". Seguro que él no es mentalista, porque yo no sé ni cómo terminará la novela ni qué líneas lo harán. Le he pedido que me revele el final para ahorrarme el esfuerzo mental, pero no ha querido. Hemos apostado un vodka de avellana a que acertaba.

Una polaca, exalumna de uno de los profesores, se me acercó para decirme que ella también era sí lectora. Y también quería aportar su granito de arena a la conversación mateórica:

—En el capítulo quince, llamas "heroica ciudad" a Cracovia. ¿Por qué? Aunque me guste mucho, no me parece que mi ciudad sea muy heroica. Por ejemplo, cuando los nazis la invadieron en 1939, Cracovia no se defendió. No pudo defenderse, solo rendirse. Luego Hitler convirtió Cracovia en la capital del Gobierno General. Y no te puedes imaginar cuántas veces más ha sido conquistada. La leyenda del trompetista que salvó a la ciudad de los mongoles es la excepción que confirma la regla.

Como buen profesor, le expliqué que ese capítulo, que empieza con la frase "La heroica ciudad no dormía nunca la siesta", era un plagio o parodia del inicio de La Regenta: "La heroica ciudad dormía la siesta". Las descripciones del viento, de los turistas y de las torres de la basílica también querían ser un homenaje a la novela de Clarín.

¡Qué triste es hacer un comentario de tu propio texto! No volveré a hacerlo.

Otro sí lector encomió el poema del capítulo dieciocho: "Llora en mi corazón / como llueve sobre Cracovia; / ¿qué es esta languidez / que penetra mi corazón?". No le dije que se trataba de un conocido poema de Paul Verlaine. Otro me comentó que le gustaba mucho un fragmento del capítulo nueve que resulta ser un fragmento de "Nowhere Man", la canción de los Beatles, traducido al español. Otro loó una cita de Jorge Luis Borges. Otro admiró una frase de El principito.

Justifiqué mentalmente estas viles apropiaciones con las palabras del profesor Yono Leo: lee sin parar, copia sin piedad. Pero el impiadoso destino siempre tiene la última palabra: todos los elogios que he recibido han sido por fragmentos robados a otros escritores. A los lectores les gusta más lo que copio que lo mío propio. El viejo muere, la niña vive: me parece justo.

Ojalá más gente leyera estas Mateorías: así podría relatar más cotilleos de los lectores. Quizás entonces, cuando más personas me comenten lo que piensan o me pregunten por los personajes de la novela o me cuenten qué sé yo, podré escribir mi Negra espalda del tiempo. El autor de Negra espalda del tiempo es Javier Marías. Este libro excepcional es una especie de autobiografía: Marías narra la influencia que tuvo en su vida la publicación de Todas las almas, una novela escrita diez años antes. En Negra espalda del tiempo habla del revuelo que causó Todas las almas en Oxford, de cómo los profesores trataban de identificar a los personajes como si fuera una novela en clave, pero también de la fama que le dio y de cómo sus estudiantes de la Complutense de Madrid le preguntaban por la salud de su hijo, el hijo del personaje de Todas las almas. En fin, es una novela de cotilleos genial, unas memorias fabulosas en las que los juegos entre realidad y ficción son insuperables. Si las Mateorías tuvieran más lectores, quizás yo podría escribir algo similar a Negra espalda del tiempo y tendría el honor copiar a Javier Marías.

El 15 de agosto, volveré a sobrefracasar los cielos de Europa: desde el avión Madrid-Cracovia no pensaré en todo esto, sino en las Mateorías que me quedan por escribir.

martes, 26 de julio de 2016

Mateorías (20)

(Capítulo 20 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veinte

Si mi primer verano cracoviano (2013) lo pasé saliendo por el centro, durante el segundo me moví por Kazimierz, el barrio judío. La causa del desplazamiento geográfico de mis noches fue muy mundana: mis estudiantes del liceum.

Estos casi adultos salían mucho más que cualquier adulto, por lo que terminaba encontrándomelos con demasiada frecuencia (aunque a Bartek no lo vi nunca); de hecho, llegué a sospechar que se habían aprendido la ruta nocturna de mis viernes y sábados solo para seguirme. Al principio traté de ser simpático con ellos, pero los pocos años que nos separaban y mi pusilanimidad hacían que se tomaran demasiadas libertades. Querían invitarme a cerveza y vodka, charlaban con animosidad, criticaban al director del instituto y a otros profesores, dejaban de llamarme señor González, me hacían preguntas personales y, lo peor de todo, intentaban tomarse fotos conmigo, el joven profesor que también iba de bares. Aunque les prohibí los selfies y les dije mil veces lo enfadado que estaba por el meme que me habían hecho ("¡Cállate, coño!"), no dudo que en sus móviles había un buen puñado de fotos mías.

Mi conciencia de profesor florero me indicó que, mientras no encontrara otro segundo trabajo, era mejor cambiar mis hábitos nocturnos. Por eso dejé de frecuentar el centro en favor de Kazimierz. Bar a bar, cerveza a cerveza, noche a noche, fui personalizando mi mapa del barrio judío.

La mayor revelación del verano fue el pub Pod Ziemią, que significa bajo tierra. Llegamos a él impulsados por el primer motor inmóvil del hombre: el aburrimiento. Con unas cuantas cervezas y unos pocos vodkas encima, seguimos a una exótica pareja de góticos, exótica porque no son muy habituales en Cracovia las tribus urbanas. Después de bajar los veinticinco escalones, un olor a humedad y humanidad lo invadía todo; primero había una sala con dos mesas y una diana, luego otra con una tarima que servía de pequeño escenario; a la derecha, la barra y una sala de fumadores; las paredes, a ratos de obra vista y a ratos pintadas de color rojo o gris, estaban decoradas con carteles de conciertos. Aunque tocaban con cierta frecuencia grupos de rock, punk, heavy metal y otros géneros musicales más o menos duros, estos eventos no eran, para mí, el principal atractivo de Pod Ziemią: si malgasté ahí tantas horas y tantos złotych fue por su karaoke.

La primera noche, perdimos de vista a la pareja gótica en cuanto nos encontramos a un tipo cantando "Hells Bells" de AC/DC. Sus cuerdas vocales no alcanzaban los agudos de Brian Jonhson y estaba siempre fuera de tono, pero su motivación y la puesta en escena compensaban. A continuación, una chica cantó una balada de rock sureño; después, un gordito que se parecía a Bartek perforó nuestros tímpanos con un tema de metal extremo. Solo entonces salimos de nuestro asombro y nos acercamos a la barra. ¿Cómo era posible que existiera un local así en la uniformidad nocturna de Cracovia? Ni Mateo ni yo éramos grandes fans del heavy metal, pero era imposible no dejarse cautivar por un ambiente y una gente tan diferentes.

Cuando me sirvieron la cerveza, Mateo ya empezaba a interpretar "Purple Rain". Lo hacía mucho peor que cualquiera de los anteriores, pero cantaba como se hacen las revoluciones y bailaba como un huracán, enredándose y enredando a los demás en el cable del micrófono mientras iba de mesa en mesa, gritándoles en cuclillas a los heavies que lo miraban asombrados —¿de dónde había salido ese loco que se arrodillaba y chillaba y lloraba y se levantaba y saltaba?— I never meant to cause you any sorrow, como si lo sintiera de verdad: nunca quise causarte tanta tristeza, te juro que no, se subía a la tarima y seguía de espaldas a la pantalla, sin necesidad de leer la letra: purple rain, purple rain.

Terminó la canción en el suelo, hecho un ovillo con el cable, la cara llena de sudor y de lágrimas. Cuando logró desenredarse, varios polacos se acercaron a felicitarlo, entusiasmados. Uno de ellos, un armario con la cabeza rapada, le dio un puñetazo y Mateo volvió al suelo. Sus colegas lo agarraron, pero aún tuvo tiempo de propinarle un par de patadas. Mientras, lo empujé por la espalda y cayó sobre la tarima-escenario. El armario intentó pegarme, pero lo sujetaron; tiró unos cuantos vasos al suelo y derribó alguna silla hasta que se lo llevaron escaleras arriba.

—¿Qué coño ha pasado? —me preguntó Mateo tras levantarse, pero yo tampoco comprendía—. ¿No ha entendido que nunca quise causarle tristeza?

Se nos acercó uno de los polacos que había sacado al bruto del bar y le habló a Mateo en inglés:

—Perdón. Nuestro amigo es un animal, lo siento. Ha bebido mucho y no puede controlarse. No le gustan los homosexuales. Pero no penséis que todos los polacos somos así, por favor. Yo no tengo ningún problema con vosotros —nos sonrió.

Más tarde, bajaron al armario rapado entre cuatro heavies y lo empotraron delante de Mateo; apenas podía tenerse de tan borracho, pero lo obligaron a pedirle perdón. No hace falta, les dijo Mateo, y ellos insistieron: sí, sí, es necesario que se disculpe. En lugar de hablar, el bruto trató de pegarle de nuevo: él solo se desestabilizó y se cayó al suelo. No volvió a levantarse y sus amigos tampoco lo intentaron. Ni siquiera los gruñidos de Napalm Death lo despertaron.

A pesar de este incidente inicial, seguimos visitando Pod Ziemią con mucha frecuencia, y no porque fuera imposible que allí me encontraran mis estudiantes del liceum: el sitio tenía karaoke y encanto. En seguida conocimos a la feligresía del Karaoke Heavy Metal, nombre con el que rebautizamos el local. Nunca llegamos a saber sus nombres, pero nos referíamos a ellos por los grupos de música de sus camisetas. Anthrax era un informático bajito y regordete que no cantaba ni se levantaba de la silla; Cradle of Filth hacía de DJ y se hurgaba la nariz cuando se embobaba frente al portátil; Metallica tocaba la guitarra y estudiaba Filología Hispánica; Children of Bodom bizqueaba si bebía mucho, es decir, siempre; Black Sabbath trabajaba para una tabacalera y hacía proselitismo constante de su cigarrillo electrónico; Slayer era la novia de Metallica, y todos la codiciaban; Pantera era la dueña y la única camarera de Pod Ziemią; Within Temptation era guapo y ligaba con cierta frecuencia, por lo que todos le tenían manía. Había más gente en el Karaoke Heavy Metal, pero estos estaban cada fin de semana: nunca fallaban, no frecuentaban otros bares, jamás quisieron ir con nosotros a otro sitio. Sabaton, una banda sueca de power metal, era el armario polaco, el bruto que pegó a Mateo. Cuando volvimos a verlo, nos asustamos: se nos acercó, aparentemente sereno, y en un inglés rudimentario le pidió perdón a Mateo. Para sellar la paz, cantaron juntos "Bohemian Rapsody".

Yo solo me acercaba a la tarima del karaoke si bebía mucho, pero Mateo no podía evitar cantar y bailar una o dos veces por noche, estuviera ebrio o sobrio. Al llegar al bar, le pedía a Cradle of Filth, el DJ, que le encontrara por internet las canciones que quería interpretar luego. Sus favoritas eran "Nowhere Man" de los Beatles (no solo de heavy metal se vive en Pod Ziemią), "Dazed and Confused" de Led Zeppelin y "Entre las cejas" de Leño, tema que Metallica también conocía, por lo que solía tocar la guitarra aérea y hacer los coros cuando llegaba el verso de "si tienes entre las cejas libertad".

En la barra del Karaoke Heavy Metal, un Mateo felizmente borracho me dijo una noche que Leño era uno de sus grupos preferidos por influencia de su padre. Luego me relató que, además de una furgoneta, había heredado una colección de vinilos considerable. A continuación, me contó que los guardaba en Madrid, en un piso que también le dejaron y que llevaba diez años deshabitado, exceptuando las dos visitas que había hecho en marzo.

—Algún día volveré a vivir en esa maldita ciudad, aunque solo sea un tiempo. En Atocha encontrarás aire limpio sin igual —canturreó palmoteando la barra—. Es una mierda este Madrid, que ni las ratas pueden vivir. Catalán, si alguna vez quieres ir a Madrid, ya sabes que tienes un sitio donde caerte muerto.

El verano de 2014, solo cambiamos Kazimierz por el centro dos viernes, para asistir a los últimos Pop Quiz. Aunque había sido yo quien insistió en que nos apuntáramos, Mateo se entusiasmó en seguida y tomó las riendas de nuestro equipo. Tenemos que ganar cueste lo que cueste, decía, quiero esa camiseta sí o sí. La competitividad que demostraba me daba miedo: estudiaba para el concurso como el alumno más aplicado de la escuela y también me exigía a mí que leyera y repasara. De nuevo, Mateo se convirtió en mi tutor, en mi maestro, aunque entonces era más severo que nunca. El Pop Quiz ya no era una excusa para tomar una cerveza después de trabajar, sino un deber, un imperativo categórico. Por eso, a diferencia de otros participantes, no faltamos ni a un solo viernes de Pop Quiz en el pub inglés, ya que así teníamos más posibilidades de ganar el premio. Pero ¿por qué tanto entusiasmo? ¿Solo por una camiseta que teóricamente usó Juan Pablo II? ¿Solo por ganar a su odiado Adrian?

Desde que nos inscribimos, la lista de temas del Pop Quiz había sido muy variada. Respondimos preguntas sobre cine (Buster Keaton, La guerra de las galaxias, los Óscar, Matrix, Disney, Chuck Norris, Quentin Tarantino, Clint Eastwood, Audrey Hepburn), sobre música (Elvis Presley, villancicos, Madonna, The Beatles, Nirvana), sobre literatura y cómics (el Universo Marvel, Batman, Harry Potter, Los juegos del hambre, temas que Bartek me ayudó a preparar), sobre internet (Wikipedia, Facebook, abreviaciones y jerga online, Twitter), sobre televisión (American Idol, Oprah Winfrey, Friends, Lost), sobre videojuegos (Space Invaders, World of Warcraft, Mario Bros), sobre famosos (los Kardashian, Paris Hilton, la Princesa Diana), sobre historia (el asesinato de Kennedy, Stalin, el 11-S), sobre deporte (Lionel Messi, Andre Agassi), sobre arte (Andy Warhol, Salvador Dalí, Damien Hirst) e incluso sobre Polonia (Lech Wałęsa, la virgen negra de Częstochowa).

El tema de la final no podía ser otro: Juan Pablo II, el papa.

Llegamos a la última jornada del Pop Quiz liderando la clasificación, seguidos a un solo punto por Adrian y su pareja; pero estábamos más preparados que nunca: el papa era nuestro tema. Antes de empezar, Adrian se nos acercó para desearnos suerte con una sonrisa burlona y me preguntó si podía hablar conmigo en privado.

—Cuidado —me advirtió Mateo—. Seguro que ese cabrón te dirá algo para distraerte.

Cuando volví, no le conté a Mateo qué me había dicho Adrian, sino que teníamos que ganar costara lo que costara la camiseta, sí o sí.
Pregunta 1: ¿Cuándo y dónde nació Juan Pablo II? ¿Qué lugares o monumentos relacionados con el santo padre se pueden visitar ahí?
La lengua vehicular del Pop Quiz era el inglés, puesto que tenía lugar en un pub británico y los participantes éramos de diferentes países; la mayoría eran polacos, pero además de dos españoles había también varios ingleses e irlandeses, una portuguesa, un rumano, un indio, un eslovaco y dos rusas. Los viernes en que se celebraba el torneo, Malcolm, dueño del pub y organizador del Pop Quiz, salía de la barra y leía en voz alta cada pregunta con la dicción de un cura alcohólico. Los concursantes disponíamos de cinco minutos para escribir en un papel la respuesta y luego él las comprobaba una a una. Mientras el juez decidía, los participantes bebíamos moderadamente, pues la consumición en el pub era obligatoria, pero no se recomendaba embriagarse en exceso si se quería ganar. A continuación, Malcolm daba la respuesta correcta, elegía al ganador y leía la siguiente pregunta.
Respuesta 1: Juan Pablo II nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice. En esta pequeña ciudad, a 50 km al suroeste de Cracovia, se pueden visitar los siguientes lugares de interés: la Casa Familiar Museo del Santo Padre Juan Pablo II, donde nació Karol Wojtyła; el Museo Municipal, que contiene varias exposiciones sobre el sumo pontífice; la Basílica de Ofrecimiento de la Virgen María, donde el joven Karol recibió el bautismo y tomó la primera comunión; la Iglesia de San Pedro Apóstol, construida en 1986 para agradecerle a Dios el pontificado de Juan Pablo II; el Santuario de San José, donde solía confesarse de niño y en cuyo altar principal se encuentran actualmente el anillo y el escapulario del difunto papa; el Convento de la Comunidad de las Hermanas de la Familia Santísima de Nazaret, donde el zagal pasó muchos momentos de ocio en el periodo de entreguerras.
Pregunta 2: ¿Qué acontecimientos determinaron la religiosidad de Karol Wojtyła durante los 10 primeros años de su vida?
Malcolm era un juez tan severo como el gitano Javier Marías, pero para nada arbitrario. Después de leer las respuestas, elegía una sola ganadora, la que él consideraba más cercana a la correcta, y recibía un punto. En el infrecuente caso de que dos o más equipos estuvieran a la misma distancia de la excelencia requerida por Malcolm, cada uno obtenía un punto. No estaba permitido hacer reclamaciones.
Respuesta 2: Sin duda, la más poderosa influencia religiosa del niño papa fue su madre. Emilia Wojtyła, de soltera Emilia Kaczorowska, era una católica ferventísima y una mujer muy testaruda, por lo que consiguió arreglárselas para que su hijo naciera cerca de una iglesia; así, lo primero que escucharía Karol al llegar al mundo serían las campanas y los "cánticos a Dios". La señora Wojtyła solía repetirles a las otras mujeres de Wadowice que su retoño iba a ser una gran persona, y resultó tener razón. Emilia murió en 1929, cuando Karol solo tenía nueve años; al enterarse del fallecimiento de su progenitora, el huérfano de madre pronunció unas palabras monumentales: "Fue la voluntad de Dios". A partir de entonces, se hizo cargo de su educación el padre viudo, Karol Wojtyła sénior, tan religioso como su esposa pero menos que su vástago. También fue crucial para la gestación de la vocación del futuro papa la trágica muerte de su única hermana, Olga, años antes de que él naciera. Así, a los 10 años la vida le había dado una valiosa y cristiana lección: las mujeres no sirven más que para parir y morir.
Pregunta 3: ¿Cómo fue en líneas generales la formación religiosa de Karol Wojtyła?
¿Quién escribía aquellas enrevesadas preguntas y documentaba las precisísimas respuestas? Este era uno de los misterios mejor guardados por Malcolm. Para mí, estaba claro que necesitaba ayuda, porque además de redactar las cuestiones tenía que encargarse de un negocio y apaciguar a los clientes más conflictivos, pero no se sabía nada a ciencia cierta. Se comentaba que algunos estudiantes de la Universidad Jaguelónica y un par de rabelais aventajados colaboraban con Malcolm a cambio de cerveza. Sin embargo, también se rumoreaba que Malcolm, en Inglaterra, había sido el concursante estrella de un famoso programa de televisión y que no pudo ganar el premio final, por lo que la celebración bimensual del Pop Quiz le quitaba la espina clavada; las preguntas que entonces formulaba eran las mismas que le habían hecho antes a él. Pero esto solo eran cotilleos indemostrables.
Respuesta 3: En 1938, Karol júnior y Karol sénior se mudaron a Cracovia, donde aquel empezó a estudiar en la Universidad Jaguelónica (UJ). Su formación universitaria no fue estrictamente religiosa, sino más bien humanística: teología, filosofía, lenguas, filología e historia. Durante la Segunda Guerra Mundial se clausuró la UJ, por lo que el muchacho tuvo que realizar diversos trabajos manuales: en un restaurante, en una cantera de cal y en una fábrica química; probablemente, el trabajo físico exacerbó su rechazo cristiano de la carne. En octubre de 1942, en una Cracovia bajo la terrorífica ocupación nazi, ingresó en un seminario clandestino, donde comenzó a estudiar teología y a formarse como clérigo. En 1946, terminada ya la guerra y pseudoliberada Polonia, fue ordenado sacerdote y siguió la carrera de teología en la UJ. Acto seguido se trasladó a Roma, donde se doctoró en teología solo en un par de añitos. Recién doctorado, regresó a Polonia para combatir a golpe de sermón el comunismo.
Pregunta 5:¿Cuáles eran las aficiones de Juan Pablo II?
Para que ninguno de los concursantes copiáramos, Malcolm nos obligaba a desconectar los móviles y dejarlos en una cesta de mimbre custodiada por él mismo, donde también teníamos que vaciarnos los bolsillos. Había que llevar manga corta o remangada y las mujeres no podían ponerse falda ni vestido, para evitar las chuletas en los pliegues. Si, a pesar de todo, alguien decidía intentar hacer trampas, los camareros, Malcolm y los concursantes ejercíamos de Gran Hermano. Cuando alguien era descubierto, Malcolm lo descalificaba del Pop Quiz, pero permitía que la pareja siguiera compitiendo sola.
Respuesta 5: La vocación religiosa fue la afición principal de Juan Pablo II. Además, le gustaba mucho el ajedrez; se rumorea que mientras realizaba el doctorado en Roma inventó una jugada de ajedrez propia, la Apertura Polaca, pero es mentira. De joven también fue actor de teatro. Hasta que le fue diagnosticado el Parkinson, practicaba varios deportes: esquí, piragüismo, natación, tenis, excursionismo y fútbol, en el cual destacó como portero; la defensa de la portería sería otro eslabón en su camino como protector de la fe. Era un lector voraz de filosofía, teología y poesía; su autor favorito era sin duda el místico San Juan de la Cruz, cuyos escritos le fueron descubiertos por un sastre, Jan Tyranowski, durante los oscuros años de la Segunda Guerra Mundial. Su tesis doctoral se tituló El acto de fe en la doctrina de San Juan de la Cruz: de nuevo, los límites entre la afición y la vocación se confunden.
Pregunta 8: ¿Cuántas lenguas hablaba con fluidez Juan Pablo II? ¿En cuál de ellas se dirigía a Dios?
Cada viernes de Pop Quiz, quien acumulaba más puntos ganaba aquella jornada; entonces recibía tres puntos en la liga general, como en el fútbol; el segundo obtenía dos puntos, el tercero, uno y los demás, nada. Además, Malcolm le daba a la pareja un pequeño regalo, una bagatela simbólica: una máscara de cartón de Darth Vader, un póster de Madonna, una cerveza gratis, un cómic de Spiderman, etc. Esto son tonterías, decía Mateo, te puedes quedar todo lo que nos den. Gracias al Pop Quiz, una Oprah Winfrey de plástico decoraba mi altar de objetos kitsch, supervisando al niño Jesús y a los cerditos copuladores.
Respuesta 8: La respuesta más estricta es diez: Juan Pablo II hablaba polaco, esperanto, griego antiguo, latín, italiano, francés, español, portugués, inglés y alemán; sin embargo, se defendía en otras lenguas como checo, lituano, ruso y húngaro; también tenía conocimientos de japonés, tagalo y varios idiomas africanos. El papa tenía la costumbre de hablar con Dios en polaco, primero, y después repetía el ruego o petición en al menos dos lenguas más, una de ellas antigua, porque las lenguas antiguas son más respetadas allá arriba. De este modo, se aseguraba de que la información le llegara en algún idioma a su atareado destinatario, que también era y es y será políglota. 
Pregunta 11: ¿En qué evento se popularizó el ecuménico cántico "John Paul two, we love you" (o, en español, "Juan Pablo segundo, te quiere todo el mundo")? ¿Quién compuso el cántico?
El equipo que se hiciera con la liga, el vencedor del torneo, el campeón del Pop Quiz, recibiría la camiseta usada por el papa, tan ansiada por Mateo. De dónde había sacado Malcolm esa camiseta, que por cierto nadie había visto todavía, era otro misterio. Había diferentes hipótesis. Unos estaban seguros de que era una camiseta cualquiera, una falsificación. Otros, Malcolm y Mateo entre ellos, afirmaban que no, que era verdadera, porque tenía un sello de autenticidad; un subgrupo decía que la camiseta se la puso Malcolm al papa en su conflictiva visita de 1982 a Gran Bretaña, en plena Guerra de las Malvinas, para protegerlo del viento; en cambio, el segundo subgrupo decía que Mahoma no fue a la montaña, sino que la montaña fue a Mahoma, es decir, que Malcolm visitó el Vaticano en su juventud y que ahí convenció a Juan Pablo II de que se pusiera su camiseta.
Respuesta 11: El lema de Juan Pablo II, el epíteto papal más famoso, surgió en la primera Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), que tuvo lugar en Roma en 1984, aunque no llevaría ese nombre hasta 1986, año de la primera JMJ como tal. Múltiples escritores (David Lodge), poetas (Czesław Miłosz) y compositores (Zbigniew Preisner) se arrogaron injustamente la creación de la frase y de la música que la acompaña. Sin embargo, no está nada claro quién fue el verdadero inventor. Muchos estudios refuerzan la teoría de que en realidad fue el genio del pueblo, es decir, la joven masa congregada por la fe católica y por Juan Pablo II, quien improvisó el cántico. Unos pocos investigadores van más allá: como fue el papa quien concibió la JMJ, el mismo Karol Wojtyła sería el verdadero inventor del cántico a través de los jóvenes católicos; estos sabios parten de la arriesgada idea de que el sumo pontífice, igual que Dios, puede utilizar a su rebaño como instrumento.
Pregunta 15: ¿Cuál era el postre favorito del papa? ¿Cómo es este postre? ¿En qué momento de su vida engulló Juan Pablo II más porciones del postre?
Para que no nos emborracháramos demasiado, los camareros servían aperitivos para picar. Unos cacahuetes, unas patatas fritas, unos pepinillos en vinagre, unas salchichitas, unos montaditos. Muchos concursantes rechazaban la oferta, porque sabían que al final de la jornada había que pagar los tentempiés; bueno, algunos tenían hambre y los aceptaban. Los participantes novatos o esporádicos se ponían las botas y repetían hasta la saciedad y luego se escandalizaban cuando les llegaba la cuenta. Solo la pareja ganadora era invitada por Malcolm. Aquella noche, Mateo y yo teníamos la mesa llena de platos: así de seguros estábamos de nuestra victoria.
Respuesta 15: El postre preferido de Juan Pablo II era la kremówka, un pastel polaco. La kremówka está compuesta de dos cubiertas de hojaldre, la superior espolvoreada con azúcar glasé, rellenas de una gruesa capa de vainilla, nata montada o crema de mantequilla. Su frágil composición hace que comerla sea un arte difícil de dominar: se debe clavar la cuchara en el hojaldre con la fuerza y la precisión de un cirujano, para evitar que la crema se salga por los lados como un alud. Las kremówkas más populares son las de Wadowice, pero se pueden comprar en toda Polonia. Cuando Karol Wojtyła terminó los exámenes de matura (la selectividad polaca), participó en una competición con sus amiguetes: a ver quién puede comer más kremówkas. El impetuoso futuro papa comió nada más y nada menos que 18. Sin embargo, todavía no le había llegado el momento de ser "una gran persona". Otro chaval se zampó 21. Un día de julio de 1999, Juan Pablo II hizo pública la anécdota de las 18 kremówkas; a la mañana siguiente, se hicieron colas larguísimas en las pastelerías polacas, colas que recordaban la antigua carestía comunista, y se rebautizó este pastel como kremówka papal.
Pregunta 18: ¿Quién, cuándo y dónde intentó asesinar a Juan Pablo II? ¿Qué palabras le dedicó el papa a su agresor?
Mientras participábamos en el Pop Quiz, Mateo estaba totalmente concentrado, desconectado del mundo, como Facu cuando jugaba al World of Warcraft. Solo se comunicaba conmigo para hablar de Juan Pablo II o del tema que tocara aquella noche. ¿Recuerdas cómo se llamaba el asesino? Era turco, ¿no? ¿Sucedió en 1982? ¿Fue un ataque político o religioso o fruto de la neurosis? Durante la redacción de las respuestas, no podía mencionarle otra cosa. Cuando le entregábamos el papel a Malcolm, Mateo se relajaba un poco, es decir, insultaba en voz baja a Adrian o se cagaba en la mar salada, pero en seguida volvía al estado de concentración anterior.
Respuesta 18: El agresor de Juan Pablo II se llamaba Mehmet Ali Agca y era turco. Pertenecía a la banda paramilitar de ultraderecha Lobos Grises, bajo cuyas órdenes Agca asesinó en 1979 a un importante editor turco; ingresó en prisión, pero a los seis meses ya se había fugado. En 1981, intentó matar a Juan Pablo II. 1981 fue un año especialmente conflictivo: el 20 de enero Ronald Reagan se convirtió en presidente de los EEUU e Irán liberó a los diplomáticos secuestrados; el 23 de febrero hubo un golpe de estado fallido en España; el 30 de marzo atentaron contra Reagan; el 24 de mayo murió el presidente de Ecuador, Jaime Roldós Aguilera, en un accidente aéreo; el 14 de septiembre Juan Pablo II publicó su tercera encíclica; el 28 de octubre se formó la banda de thrash metal Metallica; el 13 de noviembre Jaruzelski introdujo la Ley Marcial en Polonia; el 11 de diciembre el gobierno de El Salvador llevó a cabo la Masacre del Mozote, con más de 900 campesinos asesinados. Pero el día en que Agca trató de matar al papa fue el 13 de mayo. Agca estaba en la plaza de San Pedro en Roma escribiendo postales cuando pasó la comitiva de Juan Pablo II. Le disparó varias veces con una Browning GP-35, una pistola semiautomática, hasta que una monja y unos cardenales lo detuvieron y la seguridad lo redujo. Cuatro balas como cuatro estigmas impactaron en el cuerpo de Karol Wojtyła: dos quedaron alojadas en el estómago, una le atravesó el brazo derecho y la cuarta la mano izquierda. Tras seis horas de quirófano, el equipo médico logró salvar la vida del papa. Cuando se recuperó, visitó a Agca en la prisión Rebibbia de Roma. El turco le preguntó cómo había sobrevivido a sus disparos; el polaco le respondió que había presentido, como solo los creyentes pueden presentir, que la Virgen de Fátima intercedería por él. Después Juan Pablo II perdonó a Agca, su semiasesino, y le permitió que besara su anillo, el anillo que terminaría expuesto en el altar principal del Santuario de San José en Wadowice.
Pregunta 20: ¿Cuántos exorcismos practicó Juan Pablo II?
Adrian era la viva imagen del profesor: gafas de pasta, pelo ligeramente alborotado, americanas de tweed u otros materiales universitarios, siempre con coderas que siempre conjuntaban con el color de los pantalones de pinza. En cambio, su compañero de equipo, que se suponía que también era su compañero de universidad, era un armario con la cabeza rapada, similar al que agredió a Mateo. Siempre llevaba chándales de equipos de fútbol o de marcas conocidas y parecía violento y pendenciero. En Polonia esta subcultura, equivalente al chav inglés o al cani español, se llamaba dres, que significa chándal. El armario de los chándales no hablaba demasiado ni participaba mucho en el Pop Quiz; más que acompañar a Adrian, lo protegía: era su guardaespaldas.
Respuesta 20: Gabriele Amorth, el exorcista más prestigioso del mundo, declaró que Juan Pablo II practicó dos exorcismos. El 4 de abril de 1982, le pidieron al papa que expulsara el demonio que martirizaba a la joven Francesca. Juan Pablo II llevó a la chica a su capilla privada del Vaticano y contempló, según sus propias palabras, "una escena bíblica": la muchacha escupía y se revolcaba por el suelo como una posesa, literalmente como una posesa. Los allí presentes, Juan Pablo II incluido, estaban admirados, porque por fin veían lo mismo que se describía en las Sagradas Escrituras, por fin se confirmaban sus intuiciones religiosas, por fin la iconografía de la que se habían nutrido en el seminario se hacía carne. Un año después, la mujer volvió a visitar al papa, casada y encinta, es decir, con otro tipo de posesión. En septiembre de 2000, Juan Pablo II salvó a otra endemoniada italiana, o al menos eso dice Gabriele Amorth.
Malcolm decidió que nuestra respuesta era la ganadora. Antes de que terminara el recuento de puntos, Mateo despertó del ensimismamiento con una carcajada atropellada de las suyas. Los otros concursantes aplaudieron y nos felicitaron, excepto Adrian, que solo callaba su humillación. Malcolm nos estrechó la mano y nos dio una caja rectangular. Mateo la desenvolvió y sacó de dentro el premio: una camiseta negra, de manga corta y algodón. Una etiqueta con un sello y muchas palabras certificaba que el papa Juan Pablo II se había puesto aquella prenda; por lo demás, era una camiseta negra exactamente igual que la que Mateo llevaba. Sentí una desilusión de truco de magia fallido.

—Me la voy a poner —dijo Mateo ilusionado y se fue con la caja a cambiarse.

Adrian se me acercó y me recordó lo que me había dicho antes; volví a darle las gracias, mientras pensaba que no podría guardar la camiseta del papa en su armario. Los demás concursantes se fueron despidiendo y marchándose; durante el resto del verano no habría más Pop Quiz, pero en octubre empezaría la siguiente edición. Adrian y su armario me dijeron adiós y se largaron. Malcolm, detrás de la barra de nuevo, había perdido su aura de maestro de ceremonias. Mateo regresó tal y como se había ido: llevando una camiseta negra y una caja en las manos. Pero ahora estaba radiante.

Nosotros dos también salimos del pub inglés y fuimos andando sin parar en ningún bar hasta el Karaoke Heavy Metal. Al entrar, Metallica, Pantera y Slayer nos miraron expectantes desde la sala de la tarima. Sin embargo, no quisimos decirles nada del Pop Quiz y ellos tampoco se fijaron en la camiseta negra de Mateo ni en la caja. Yo fui a la barra a pedir unas cervezas mientras él le pedía una canción a Cradle of Filth. Black Sabbath estaba interpretando un tema rockero de un grupo polaco que yo no conocía. Al terminar, aplaudimos con prisa. Mateo cogió el micrófono y subió a la tarima, muy serio; estaba de espaldas a nosotros, impidiendo que leyéramos el título de la canción. Todos estábamos expectantes, en silencio, sentados o apoyados en la pared, sujetando nuestros vasos.

Cuando Mateo comenzó a cantar a capela "We Are the Champions", todos nos pusimos en pie, como si fuera el himno de un país sin injusticias ni fronteras. I've paid my dues, time after time: Mateo se dio la vuelta: sonreía y estaba rojo de felicidad, sudaba como un cerdo y lloraba como un niño, con la mano libre se agarraba una medalla invisible en la camiseta negra. We are the champions, we are the champions: todos cantamos, incluso Anthrax, no se podía oír el acompañamiento del piano, primero, ni el resto de la banda, después, y nadie notaba que Mateo desafinaba y se inventaba la letra. And we'll keep on fighting 'till the end: Pantera cogió otro micrófono y cantó también, desgañitándose. Entre espasmo y espasmo de pasión, los heavies levantaron a Mateo y lo hicieron pasar tumbado sobre sus brazos, como en un concierto, y desde arriba Mateo consiguió decirles a todos lo que ya sabían, que habíamos ganado el Pop Quiz, y que aquella camiseta negra era el premio, la camiseta usada por Juan Pablo II. Al oírlo, empezaron a tirar de ella como chacales hambrientos.

Después de la canción, solo quedaban tres o cuatro trapos negros tirados por el suelo, empapados de sudor y cerveza; era difícil decir si pertenecían a la prenda usada por el papa o ya estaban ahí cuando llegamos. Sentado a la barra sin camiseta, fue la primera vez que vi el tatuaje de Mateo, unos números en el pecho.

—Toma, madrileño, bebe un poco. Por nuestra victoria, aunque ya has perdido la camiseta —brindamos y bebimos—. Oye, tengo que decirte algo. Creo que es una mala noticia.

—¿Es lo que te ha dicho Adrian?

—Sí. El siguiente curso no voy a estar en la academia. Dejo el trabajo —Mateo no respondía, esperando a que siguiera—. Adrian me ha conseguido un trabajo en la universidad.

—¡Cojonudo! Así trabajaremos juntos.

—No es en la Universidad Jaguelónica, sino en la Pedagógica. Un colega suyo le dijo que necesitan un profesor de catalán. Las clases son por la tarde, así que conservaré el trabajo del liceum y dejaré el de la academia. Empiezo el 1 de octubre. Aún tengo que decírselo a la directora...

—Un catalán dando clases de español y de catalán, ¡no me jodas! Es una noticia muy buena, ¡felicidades!

Brindamos de nuevo, aunque no pude evitar sentirme entre triste y sucio. Me sentía un poco botifler.

—Oye, siento lo de la camiseta. Sabía que te hacía mucha ilusión.

Mateo se carcajeó y abrió la caja: había una camiseta negra con una etiqueta. La levantó como un boxeador y se la puso como un cinturón de campeón.

sábado, 23 de julio de 2016

Mateorías (19)

(Capítulo 19 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Diecinueve

Jueves 11 de septiembre de 2014, 14:00, cielo azul con alguna nube, 17ºC, Cracovia, Rynek, terraza del bar de Kazimierz (el amigo de Mateo, no el barrio judío). Tres cafés, un periódico polaco. Kazimierz, Mateo y yo. Conversación en inglés.

—¿Dónde estabais vosotros el 11 de septiembre? —dijo Kazimierz.

—¿Qué 11 de septiembre? —le pregunté.

—¿Qué 11 de septiembre va a ser?

—¿El de 2012?

—¿2012? He dicho el 11 de septiembre. El de 2001, el 9/11, el 11-S, el día de los atentados terroristas a las Torres Gemelas del World Trade Center. ¿Te suena?

—Un momento, Kazimierz —lo interrumpió Mateo—. Es que el 11 de septiembre también es el día nacional de Cataluña. Y tienen uno cada año. Pero ¿por qué lo preguntas?

—Hay un artículo en el periódico que habla de eso. Muchas personas dan su testimonio: estadounidenses, polacos y gente del resto del mundo. Dicen que es una fecha tan importante como el inicio de la Segunda Guerra Mundial o la Caída del Muro de Berlín. Y que es un día que todos recordamos. Pues vamos a ver: ¿dónde estabas tú, Mateo?

—Estaba con mi novia en el Retiro, un parque de Madrid.

—¿Con Marta? —lo corté— ¿Tu novia medio polaca, medio ucraniana? ¿La de la furgoneta?

—No, no, a Marta la conocí unos años después. Esta era otra novia, Elena, mi novia de toda la vida, nos conocíamos desde niños. Fuimos al colegio juntos y todo, aunque no empezamos a salir hasta más tarde. El 11-S estábamos pasando la tarde en el Retiro, dando un paseo en barca por el estanque. Hacía un buen día, como hoy, un poco más de calor. Y de repente el tío que nos alquiló la barca se puso a mover los brazos como un loco y a gritarnos. Cuando nos estábamos acercando a la orilla, conseguimos entender lo que decía: ¡han estampado un avión contra Nueva York! ¡Es la Tercera Guerra Mundial!

—Pues yo estaba trabajando en Londres. Todavía era fontanero, entonces. Escuché algo por la radio, pero no le hice ningún caso. Y sin embargo recuerdo perfectamente dónde estaba: en una casa victoriana, al lado de Hyde Park, reconvertida en hostel de mochileros. El desagüe de una de las cocinas estaba atascado, porque la tubería era viejísima, de plomo, y había cedido. La corté y puse un manguito de plástico para empalmarla, mucho más resistente que el plomo y menos insalubre. Si no han cambiado el sistema de cañerías, seguro que conservan mi apaño.

—Pues yo ni trabajaba ni tenía novia: era un adolescente friki. Estaba jugando al ordenador, por internet. Al Counter-Strike, irónicamente, un videojuego de terroristas versus antiterroristas. La partida online se detuvo y mis compañeros lo comentaron, aunque en seguida siguieron jugando. Yo encendí la tele y comprobé que tenían razón: un avión se había estrellado contra un rascacielos en Estados Unidos. Después vi en directo cómo chocaba otro. Y luego se derrumbaron los dos edificios.

Nos quedamos callados un momento, improvisando un minuto de silencio. Excepto por los sorbos de café y el tintín de las tazas contra los platitos. Excepto por los otros clientes del bar. Kazimierz interrumpió la calma:

—Oye... catalán. ¿Te molesta si yo también te llamo catalán? Es que tu nombre es muy difícil de pronunciar.

—Puedes llamarlo Javier —dijo Mateo.

—Como Javier Marías, ¿no? Entonces mejor Javier. Bueno, Javier, como te decía: ¿por qué celebráis la fiesta nacional de Cataluña el 11 de septiembre? Podríais haber elegido un día menos conflictivo...

—Hombre, el 11 de septiembre de 1714 también fue un día muy conflictivo. O al menos eso nos cuentan.

—Mira, me acabas de recordar que... tengo una pregunta —me dijo Mateo—. Llevo un tiempo queriendo preguntarte algo.

Ya era hora, pensé. Casi lo había estado esperando.

Cuando conocí a Mateo, me sorprendió que no me lo preguntara, ni en el primer momento ni en ninguno posterior. Tampoco me lo preguntó cuando empezamos a cogernos confianza. Ni siquiera me lo preguntó durante el accidente de la foto de la discordia y la caza de fantasmas. Y había pasado mi segundo verano en Cracovia y no me lo había preguntado.

Yo tampoco había querido responder la pregunta por iniciativa propia. Nada me molestaba tanto como tener que contestarla. Y sin embargo, cuando conocía a alguien, surgía en seguida: ¿cómo te llamas?, ¿de dónde eres? y, zas, la pregunta. La odiaba porque no era fácil dar una respuesta rápida y el interlocutor se impacientaba: ¿sí o no? Querían, necesitaba que me posicionara: o sí o no, y punto, esta respuesta no se puede argumentar ni dejar en blanco.

Pero Mateo no, no me había preguntado. Hasta el 11 de septiembre de 2014, a las 14:13:

—¿Tú te sientes español o catalán? ¿Eres independentista o no?

No hay una pregunta menos literaria que esta, pensé, ningún escritor la ha incluido en una novela. Sin embargo, miré el móvil: todavía faltaban dos horas para empezar a trabajar. Así que, por qué no, podía contestar.

—¿Pero por qué me lo preguntas justo ahora? —le dije a Mateo—. Bueno, no importa: te voy a responder. Pero te voy a responder con una historia de mi adolescencia.

—Perfecto —dijo Mateo—. Ya era hora de que hablaras de tu intimidad un poco; en esta novela solo me confieso yo.

—Muy bien —dijo Kazimierz—. A mí me encantan las parábolas. Son ideales para echar la siesta.

—Este relato sucedió pocos años antes del 11-S, cuando yo era un gordo con granos, un friki de los gordos, un verdadero nerd; vaya, como ahora, pero más bajo y sin barba. Eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos, era el siglo de la locura, era el siglo de la razón, era la edad de la fe, era la edad de la incredulidad, era la época de la luz, era la época de las tinieblas, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, lo teníamos todo, no teníamos nada, íbamos directos al cielo, íbamos de cabeza al infierno.

—Date prisa, Javier Marías.

Los noventa eran una época como otra cualquiera: una época política. Aunque yo todavía no había descubierto que la política está en todas partes y en todas las épocas. Entonces, a mí me interesaban los libros, los cómics y los videojuegos; me gustaban las chicas, que no me hacían ningún caso; me molestaban mis compañeros de clase porque yo era un rarito, como Bartek, mi alumno favorito del liceum. La política no podía importarme menos. Pero no se me escapaba que aquellos eran los tiempos de los catalanes y de los castellanos. En mi clase, en mi barrio, en Barcelona, en Cataluña, todo el mundo tomaba partido: o eres catalán o eres castellano. Mi yo adolescente tenía una idea muy superficial pero muy exacta de qué era un catalán y qué era un castellano.

A grandes rasgos, ser catalán implicaba hablar principalmente en catalán: en casa y en la calle, con la familia y amigos. Los catalanes sacaban buenas notas en la escuela y llevaban ropa cara, unas veces pija, otras hippie. Había ciertas actividades preferidas por los catalanes: excursionismo, sardanas, conciertos. Los catalanes escuchaban una música específica: rock catalán, vasco y valenciano, quizás algo de Nova Cançó. Los barrios catalanes de Barcelona estaban encima de la Avinguda Diagonal. Los catalanes veraneaban en la Costa Brava, en Francia u otros países europeos. Su catalanidad se medía con la bandera que preferían: la señera o la estelada. Pero, sobre todo, ser catalán implicaba ser superior a los castellanos y odiarlos: llamarlos fachas, españolitos o charnegos.

A grandes rasgos, ser castellano implicaba hablar principalmente en castellano: en casa y en la calle, con la familia y amigos. Los castellanos no sacaban muy buenas notas en la escuela y llevaban ropa más bien barata, chándales o prendas deportivas. Había ciertas actividades preferidas por los castellanos: el fútbol, el baile, las discotecas. Los castellanos escuchaban una música específica: flamenco, rumba catalana, quizás algo de rock urbano. Los barrios castellanos de Barcelona estaban en el extrarradio y debajo de la Avenida Diagonal. Los castellanos veraneaban en sus pueblos, españoles. Su castellanidad o españolidad se medía con la bandera que preferían: la rojigualda o la franquista. Pero, sobre todo, ser castellano implicaba ser superior a los catalanes y odiarlos: llamarlos tacaños, catalufos o polacos.

Mi padre era castellano y mi madre catalana, así que en casa usábamos principalmente ambas lenguas; con algunos amigos hablaba en catalán, en castellano con otros. Yo intuía que, más que dos lenguas, el catalán y el castellano eran dos formas de hablar; por eso, me parecía lógico que todo el mundo empleara ambas. Sacaba buenas notas y llevaba ropa de gordo: chándales o prendas deportivas. Mis actividades preferidas eran comer, leer, jugar con videojuegos. Escuchaba sobre todo música en inglés (heavy metal, rock, punk y otros estilos adecuados para canalizar mis frustraciones adolescentes), pero también música de catalanes y de castellanos. Vivíamos en una ciudad del extrarradio barcelonés, llena de castellanos, de charnegos. Veraneábamos en dos ciudades: una catalana, de donde era mi madre, y una castellana, de donde era mi padre. Mis amigos catalanes me consideraban castellano; mis amigos castellanos me consideraban catalán. Yo no me sentía ni catalán ni castellano, sino gordo, quizás porque todos coincidían en llamarme gordo.

—Perdona que te interrumpa, Javier. ¿Estás hablando en inglés o en polaco? ¿Has dicho que en tu ciudad había negros? ¿Teníais charnegos?

—¿Por qué negros? Había charnegos, sí, y seguramente negros también.

—A ver, catalán, ¿cuánto tiempo llevas en Polonia? Czarnego (charnego) en polaco significa negro. Y, Kazimierz, un charnego es un inmigrante español en Cataluña: un andaluz, un murciano, un extremeño... O un descendiente de charnegos. Es una palabra ofensiva.

—Efectivamente. Bueno, ¿puedo continuar? En esa época de catalanes y de castellanos, empecé a escribir. Un profesor me sugirió que escribiera un diario, y le hice caso. Lo guardaba debajo de la almohada, para tenerlo más a mano. Así, casi cada noche, antes de acostarme, escribía alguna cosa que me hubiera ocurrido o, en su defecto, que se me hubiera ocurrido.

—¿Qué clase de profesor le propone a un estudiante escribir un diario?

—¿Y qué clase de estudiante le hace caso? Esta historia es muy inverosímil, como todas las parábolas.

En mi diario yo no escribía demasiado sobre los catalanes y los castellanos, porque entonces me daban absolutamente igual. En general, me centraba en mi yo y mis circunstancias, pero siempre modificaba un poco mis problemas, lo mejoraba todo un poco. En mis relatos, los otros no me llamaban gordo sino pobre, porque mis chándales eran muy cutres, cosa que en realidad no me molestaba nada. O a veces sí, a veces en el diario me llamaban gordo pero yo les respondía, les insultaba y peleaba con ellos, lo cual en verdad nunca sucedía. En otras entradas, iba al cine con la chica que me gustaba; no hace falta decir que en clase ni siquiera me había mirado. Supongo que esta técnica, este ajustarle las tuercas y las cuentas a la realidad, me ayudaba a canalizar mis frustraciones adolescentes.

En mi diario escribí muy a menudo de Javier Vargas. No sobre el guitarrista de la Vargas Blues Band, que no conocía ni de oídas, sino sobre un gitano de mi instituto. Javier Vargas estaba un curso por debajo de mí aunque él tenía un año más, pero podría haber sido menor y yo lo habría temido igualmente. Temido y también admirado, porque Javier era un fuera de la ley: iba a clase cuando quería, fumaba y bebía, podía suspender los exámenes sin inmutarse, les contestaba mal a los profesores, abusaba de los otros estudiantes, robaba y conducía, probablemente follaba. Por supuesto, mi sesgada visión adolescente ignoraba que Javier, como muchos gitanos, tenía problemas económicos, familiares, sociales, educativos y quién sabe qué más. Y ahora pienso que quizás lo envidiaba porque no era ni catalán ni castellano: era gitano, ajeno al sistema. En el mundo de Javier Vargas, no había catalanes y castellanos, sino gitanos y payos.

Y nadie llamaba a Javier Vargas así, Javier Vargas. Todos lo llamábamos Javier Marías.

—¿Me harías un favor? Tú, sí, tú. ¿Tienes un cigarro? —te decía.

—¿M'harías un favor? Eh, tú. ¿Tienes un euro?

—¿Marías un favor? Tú, oye. ¿Me das tus zapatos?

—¿Marías un favor? Sí, tú, el gordo. ¿Me das tu bocadillo?

Javier Marías sabía ser muy persuasivo.

Una mañana cualquiera, yo charlaba con otros chicos en el patio trasero del instituto; había varios grupos de niños, solíamos aislarnos ahí de los demás. Estaba nublado y se oían truenos como ronquidos. Javier Marías se nos acercó sin que nos diéramos cuenta. El gitano llevaba una rama, arrancada de un árbol de la escuela, y empezó a pegar a algunos de los presentes. Como nadie se atrevía a confrontarlo y no había ningún profesor cerca, podía campar a sus anchas. ¿Marías un favor?, decía, ponte aquí. ¿Marías un favor?, ponte aquí. A golpe de rama, nos fue poniendo a todos en fila india, como un buen domador. Sin embargo, cuando terminó, Javier Marías me pareció más bien un juez a punto de procesarnos.

—A ver, payos, todos calladitos —nos dijo—. Vamos a jugar a Catalanes y Castellanos. ¿Sabéis jugar? Os voy a hacer una pregunta muy sencilla. Si contestáis bien, os libráis. Si contestáis mal, os arreo una buena hostia con la rama.

Estábamos todos acojonados. Yo ya había oído hablar del juego de Catalanes y Castellanos de Javier Marías, pero hasta entonces no había tenido la desgracia de participar. Un chico incluso lloraba. Un ronquido tronó y se me erizó la piel.

—Tú primero —le dijo Javier Marías al llorón, y lo puso el primero de la fila—. Dime: ¿tú qué eres? Catalán o castellano: tú decides.

—Soy catalán —dijo el chico, y se salvó y dejó de llorar.

—Sí, muy bien, tú eres catalán. Ahora tú —le dijo al segundo—. ¿Qué eres? Catalán o castellano: tú decides.

—Soy catalán.

—Pues no —sentenció Javier, y le pegó un golpe de rama—. Tú eres castellano, ¿no lo ves? —y le soltó otro golpe—. Siguiente.

—Soy castellano.

—Pues no —zas, porrazo con la rama—. Tú eres catalán, ¿no lo ves? Venga, siguiente. Catalán o castellano: tú decides.

—Soy castellano.

—Sí, muy bien, eres castellano. Siguiente. Catalán o castellano: tú decides.

Otros chicos fueron pasando delante de mí. Javier Marías los iba juzgando y zurrando arbitrariamente: a algunos catalanes los pegaba, a otros no; algunos castellanos se salvaban, otros no. Miré a mi alrededor en busca de un profesor que nos salvara de los latigazos de Javier Marías, pero no había nadie. Ya solo quedaba un chico antes de que me tocara: era un chico catalán. Estaba cagado, como los demás. Apretaba los puños con impotencia.

—A ver, tú, qué eres —le dijo Javier Marías al catalán—. Catalán o castellano: tú decides.

—Yo soy catalán y castellano. O solo soy catalán. O solo castellano. Soy lo que tú quieras.

¡Zas! Golpe de rama, y otro, y otro. El pobre chico se protegió como buenamente pudo, pero terminó con todo el brazo rasguñado.

—¡Siguiente!

Ya era mi turno.

—Catalán o castellano: tú decides —me dijo.

Por última vez, busqué en vano un profesor. Un trueno roncó teatralmente. Me estremecí y apreté las manos; tragué saliva. Era la primera vez en mi vida que pronunciaría esas dos palabras:

—Soy gordo —dije, muy convencido.

Javier Marías dudó.

—Pues es verdad. Te salvas, gordo. Siguiente.

Cuando terminó el juego de Catalanes y Castellanos, había dos grupos: los condenados y los salvados, los rasguñados y los intactos. Javier Marías se acercó a los primeros y los zurró de nuevo con la rama, entre risas. Después, aburrido, tiró la rama al suelo y se fue. Otro ronquido marcó su salida. Al dejarnos solos, nos separamos. De nuevo, se formaron dos grupos: los catalanes y los castellanos. Yo me quedé aparte.

—¡Puto gordo! —me dijo uno de los castellanos rasguñados.

Puto botifler! —me dijo uno de los catalanes condenados.

Sí, pensé, pero yo al menos me he librado.

Por la noche, saqué el diario de debajo de mi almohada y me puse a escribir el incidente:
Hoy en el instituto un chico me ha llamado gordo y otro botifler. No sé qué significa botifler, supongo que viene de butifarra y que quiere decir gordo o algo así. Pero yo he cogido una rama y les he dado de hostias. A los dos a la vez. Por listos. Javier Marías lo ha visto y se ha reído de ellos y les ha gritado: ¡puto catalán!, ¡puto castellano! Y después se ha reído de mi chándal, porque es muy feo y viejo. Yo también me he reído de mí, porque es mejor no llevarle la contraria al gitano y porque tiene razón, es un chándal muy cutre.
Y cerré el diario, orgulloso de mi relato del día.

Durante el fin de semana, mi madre me propuso ir a un centro comercial. Hoy vamos a comprarte ropa nueva, ¿vale?, me dijo. Ropa más seria, menos cutre, ¿qué te parece? Creo que necesitas un look más moderno. Bueno, esto me lo dijo en catalán, pero qué importa: la cuestión es que fuimos los dos de compras. Además de unos cuantos tejanos y camisas, la convencí para que me comprara un par de tebeos. Al salir de una tienda, me propuso ir a tomar un helado.

—Oye, hijo, ¿sabes qué es un botifler? Es un insulto, pero no significa gordo ni butifarra. Tú no estás gordo, tú estás fuerte. Pues para algunos catalanes, un botifler es... un traidor. Un catalán que colabora con los castellanos, con los enemigos. Bueno, para mí los castellanos no son enemigos, pero para algunos catalanes sí. Porque ellos piensan que los castellanos son malos y los catalanes buenos, así que los catalanes que ayudan a los malos se vuelven malos también. Como si en un cómic de Spiderman alguien le echara una mano al Duende Verde o al Doctor Octopus. Pues esos son los botiflers, los catalanes malos, los que van con el Duende Verde. Pero para mí no son ni buenos ni malos, eh. Vaya lío, ¿no?

Asentí, mientras terminaba mi helado. Curiosamente, entonces también se oían truenos como ronquidos. Conseguí disimular hasta llegar a casa.

Encerrado en mi habitación, sentí más bochorno que si mi madre hubiera descubierto mis revistas porno. Arranqué las páginas escritas de mi diario y las hice trizas. La libreta quedó esquilmada, pero las páginas restantes conservaban las débiles marcas de mi escritura anterior, para siempre destruida. En vez de deshacerme de ella, la metí dentro de la caja de zapatos, junto a mis otras vergüenzas.

Los ronquidos de Kazimierz atronaron por última vez mi relato. Mateo lo miró y se carcajeó para despertarlo.

—Buena historia, catalán —dijo Mateo—. ¿Y todavía te sientes gordo?

—Sí, por qué no. Me gusta la etiqueta de gordo, es muy holgada.

—¿Cómo termina la parábola? —preguntó Kazimierz, confuso—. ¿Cuál es la moraleja?

—Pues que al catalán lo salvaron de los fantasmas su gordura, un gitano y la educación de sus padres. ¿Y a ti quién te salvó de los fantasmas, Kazimierz?

—Supongo que irme a vivir a Londres. Viajar abre los ojos. ¿Y a ti, Mateo?

—Mis padres, sin duda. Los dos eran profesores y a ambos les gustaba mucho enseñar, tanto a sus alumnos como a su hijo. Es de lo poco que recuerdo de ellos. Pero antes de morir me inculcaron una idea que no se me olvidará jamás: leer mucho y viajar mucho, para ver mucho y saber mucho. Aunque luego aprendí yo solito que es posible leer y viajar sin ver y sin saber. Mis padres también me legaron su furgoneta hippie, con la que ellos mismos habían puesto en práctica sus enseñanzas. La furgoneta blanca y roja como la bandera de Polonia viajó con ellos por toda Europa: primero por dentro de España, luego alrededor del Mediterráneo, más adelante recorrió el Danubio hasta el mar Negro y subió al mar Báltico. Cuando la heredé y tuve edad de conducirla, cruzó conmigo los Pirineos, el Eurotúnel, Inglaterra y Europa Central hasta traerme a Cracovia. Es una pena que ya no la tenga: nos faltaban muchos países por visitar. Aunque supongo que, por sus colores, estaba destinada a perderse en Polonia.

Jueves 11 de septiembre de 2014, hora de ir a trabajar, cielo azul con alguna nube.

jueves, 21 de julio de 2016

Mateorías (18)

(Capítulo 18 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Dieciocho

El frío otoño entró lentamente en nuestras vidas (y después llegaría el invierno, obviamente). La nieve iba cayendo copo a copo sobre Cracovia, con la misma parsimonia con que mi barba volvía a crecer. El curso académico seguía su curso sin demasiadas complicaciones y yo me sentía bien desde mis cumpleaños (el 20 y el 27 de septiembre de 2013). Tenía mucha energía, cosa poco habitual en esos meses tan oscuros. Iba ligero de espíritu como una serpiente que acaba de mudar la piel.

Debo retractarme: la caída de la nieve y el crecimiento de la barba no son comparables, el símil es inadecuado. En Cracovia, una noche la nieve caía de golpe y la ciudad amanecía nevada; en mi cara, la barba iba saliendo poco a poco, día a día. Así, durante el otoño de 2013, mi rostro todavía era el mismo rostro lampiño que mostraba mi DNI, similar al de mi padre de joven; unos meses después, volvería a parecerme a mí mismo, a mi mí más barbudo; pero entremedias sería otro. Cracovia, en cambio, cambiaba de rostro de repente: una tarde se ponía a llorar y el agua barría la blanca nieve de las calles y de los tejados. En esas tardes anochecidas, me acercaba a la ventana de mi kawalerka para contemplar la otoñal lluvia quitanieves y pronunciaba unos versos melancólicos:
Llora en mi corazón
como llueve sobre Cracovia;
¿qué es esta languidez
que penetra mi corazón?
Pero unos días después se me pasaba el spleen, porque volvía a nevar y se volvía a iluminar la ciudad. O porque aparecía Tutaj, la gata, y me alegraba el día.

En el liceum, continuaba interpretando mi rol de profesor florero, ignorado por los demás profesores, solo saludado por el guarda de seguridad mudo. Sin embargo, dentro de mi zulo, en la cenagosa clase de español, debía trabajar, debía ser un profesor sin más, debía enseñarles español y cultura española a mis jóvenes estudiantes; si hubiera tenido más experiencia profesional, quizás no me habría tomado tan en serio.

En seguida pude comprobar que es cierto el tópico universal de que la adolescencia es una etapa difícil, porque hasta entonces solo había sufrido la mía. Como yo a su edad, mis alumnos estaban perdidos en el mundo de la vida adulta —la televisión, los videojuegos, internet, las pajas, las sectas, el cine, el sexo, los ordenadores, la música y las drogas— y lo último que les interesaba era que les enseñaran nada. Siempre estaban cansados o resacosos o preocupados por cualquier otra cosa. Alrededor de mí había un aura que aburría o dormía a los estudiantes, por mucho que me esforzara en ser un profesor divertido o interesante. Uno de ellos fue especialmente sincero conmigo: usted es joven, señor González, y nos entiende: nosotros no queremos aprender nada, solo queremos descansar. Claro que los entendía, pero mi contrato me obligaba a enseñarles, aunque fuera obligándolos a tener ganas de aprender. Muchas veces me desesperaban, es verdad, y tengo que admitir que perdí la paciencia en diversas ocasiones y que pegué un par de gritos y que incluso se me escapó, en situaciones extremas, alguna palabrota en español, cuidándome de que fuera incomprensible para ellos; de todo esto me arrepentí en seguida, evidentemente. En varios casos ni siquiera sabía cómo reaccionar, por ejemplo cuando pillé a dos estudiantes metiéndose mano debajo de la mesa. ¿Qué decirles? ¿Id a un hotel? ¿Tocaos en el pasillo? Por suerte, también había alumnos modélicos, alumnos trabajadores, alumnos simpáticos, alumnos tranquilos y alumnos que, como mínimo, no estaban tan trastornados por la adolescencia. Y luego estaba Bartek, el friki, el rarito del liceum.

Al terminar nuestra clase, le solía preguntar a Bartek por sus lecturas y él sacaba tímidamente de la mochila un libro de Harry Potter, o de Lovecraft, o de Tolkien, o de Isaac Asimov o de George R. R. Martin, que sin duda había estado leyendo durante la lección. Hubiera leído la novela o no, me sonara el autor o no, siempre le pedía que me contara de qué iba y si le estaba gustando. Y Bartek, con una mezcla de obediencia y de pasión, procedía a hablarme de magos, de monstruos, de sucesos paranormales, de tierras lejanas y pasadas, de universos paralelos y de viajes en el tiempo. A pesar de que su español era insuficiente, igual que mi polaco, conseguíamos comunicarnos. A veces yo le sugería alguna lectura que pensaba que podría gustarle, como Yono Leo había hecho conmigo: Ursula K. Le Guin, El día de los trífidos, C. S. Lewis, H. G. Wells, Un mundo feliz, Kurt Vonnegut, Terry Pratchett, La guía del autoestopista galáctico, Ray Bradbury o Jules Verne. Y muy a menudo me encontraba con que Bartek ya había leído el libro y me hacía una contrarrecomendación: señor González, si le gusta esto, tiene que leer a Frank Herbert, o a Arthur C. Clarke, o a Philip K. Dick, o a Stanisław Lem. Yo le hacía caso (lee sin parar) y luego le daba mi opinión: Dune me ha gustado porque tal y cual, pero El hombre en el castillo no tanto ya que blablablá. Sin querer, iniciamos una especie de club de lectura extraescolar, cuyos únicos miembros éramos él y yo, el alumno y el profesor, diez años de diferencia. Y solo entonces, solo cuando hablábamos de libros —o de películas o de cómics o de series—, tenía la sensación de que Bartek era un niño normal, capaz de hablar con los otros y de ilusionarse. Los comentarios de Bartek eran inteligentes, hacía bromas, hablaba de su vida fuera de la escuela y se reía con mis intervenciones. Pero el resto del tiempo era el bicho raro que me había regalado una foto donde salía yo fusionado con su madre (foto que, por cierto, ya estaba en mi altar de objetos kitsch, junto al niño Jesús, el caganer y los cerditos fornicadores). No era culpa de Bartek ser tan raro, por supuesto, sino de sus compañeros, que lo marginaban y exageraban su excentricidad. A causa de las burlas de los otros, condicionado por la mirada de los demás, Bartek se convertía irremediablemente en Creepy Bartek o en Bartnerd, y era imposible ver nada más bajo el disfraz.

Tras pasar la mañana en el liceum, iba a comer algo y luego andaba hasta la academia, que no estaba muy lejos, y en ese intervalo cambiaba el chip: me quitaba la máscara de profesor de adolescentes y me ponía la de profesor de adultos. O de entretenedor, como decía a veces Mateo. A pesar de lo poco que llevaba dando clases, me había acostumbrado al trabajo en la academia y había puesto el motor automático; ya no representaba una dificultad preparar una clase ni ponerse delante de unos cuantos desconocidos. Había aprendido a mentir sin que me pillaran, a improvisar y a adornarlo todo de misterio, aunque estaba claro que todavía me faltaba mucho para poder autodenominarme profesor. Además, había una profesora nueva en la academia, una mexicana, con lo que quedaba disimulada mi bisoñez.

El día después de mi segundo cumpleaños, el 28 de septiembre de 2013, la directora cubana nos encomendó una misión a Mateo y a mí:

—Chicos, este curso celebramos el Año España en la academia. Ya sabéis qué significa, ¿no? Vais a tener que trabajar duro, espero que no me decepcionéis.

Mientras más tarde veíamos el Real Madrid-Atlético de Madrid, que terminaría en 0-1 para desgracia de Mateo, este me explicó qué era el Año España.

—Cada curso la academia elige un país hispanohablante para realizar actividades extraescolares una o dos veces al mes, normalmente el sábado por la tarde. Actividades relacionadas con el país, se entiende, y suelen encargarse de organizarlas los profesores de ese lugar, si los hay. Es un sobresueldo que nunca viene mal pero también un sobresfuerzo que desgasta bastante. El año pasado tocó México y le cayó el marrón al profesor mexicano, obviamente. Celebramos el Día de Muertos, el Día de la Revolución Mexicana, la Navidad Mexicana, la Semana Santa Mexicana, vimos un par de películas mexicanas (Amores perros y otra, no recuerdo cuál), nos dio una charla sobre los narcos y el culto a la violencia, se montó un concurso de mariachis y otro de piñatas, un taller de nachos, un pase de modelos de sombreros, un quiz de cultura mexicana y qué sé yo qué más. En fin, una versión extendida de la actividad estrella "¿Qué sabes de México?". Si no quieres complicarte la vida, simplemente repites los tópicos rancios que ya conocen todos. Pero yo no pienso hablar de toros, sangría, siesta y fútbol. Bueno, de fútbol quizás sí.

El primer evento que organizamos sirvió de presentación y era una versión especial de "¿Qué sabes de España?"; a pesar de lo que había dicho Mateo, sí hablamos de toros, sangría, siesta, fútbol y otros tópicos rancios, pero les dimos la vuelta. Para ello, creamos un personaje llamado Facundo el Español, un torero de papel maché a tamaño real. Cada vez que a alguien se le ocurría un estereotipo español o cuando aparecía un tópico en algún vídeo que les mostrábamos, un estudiante lo escribía sobre la piel del torero; dos horas después, la superficie de Facundo el Español estaba llena de tatuajes. Facundo era castizo, ligón, pijo, madridista y fiestero, era gritón, etnocéntrico, machista, perezoso y pícaro, era divertido, abierto y simpático, era peludo y se depilaba, era deportista y borrachín; Facundo bailaba sevillanas y cantaba flamenco, trabajaba en la construcción y estaba desempleado, se alimentaba a base de tortilla de patatas, paella y tapas, veraneaba en Benidorm y en Ibiza, vivía con sus padres, tenía novia pero le ponía los cuernos, se colaba en el metro, aparcaba en doble fila y se echaba la siesta a diario; además, Facundo odiaba a los franceses, creía que las portuguesas eran bigotudas, pensaba que los alemanes no tenían sentido del humor y solo iba a Polonia a follar y a beber; por supuesto, Facundo consideraba a los vascos unos brutos y unos terroristas, a los andaluces unos vagos, a los madrileños unos chulos, a los catalanes unos tacaños independentistas y a los valencianos unos corruptos. Cuando terminamos, cubrimos a Facundo el Español con una sábana, dividimos a los asistentes a la presentación en grupos y les pedimos que hicieran una lista con los estereotipos de Facundo. El equipo que perdió, el que menos tópicos de Facundo logró recordar, ganó. El premio era un curso de cultura española gratis en la academia. En el reino de los estereotipos, los últimos serán los primeros, les dijimos. Solo los ganadores quedaron satisfechos, pero el evento fue un éxito.

La segunda actividad que organizamos, un par de sábados más tarde, se titulaba "¿Qué sabes de las fiestas de España?". Intentamos desmontar un poco el 12 de octubre invitando a los profesores latinoamericanos a hablar de la celebración en sus respectivos países, pero también presentamos los sanfermines, el Sant Jordi, los toros, la Tomatina, el entierro de la sardina, la Feria de Abril, etc. Al final hubo un concurso, por supuesto. Nos costó bastante convencer a la directora cubana de que nos permitiera entregar el premio elegido, pero cuando supo que no le costaría ni un złoty a la academia, accedió. El ganador del concurso tuvo el gran honor de prenderle fuego a una falla: la estatua de Facundo el Español.

En el tiempo libre que nos dejaba la preparación de estas actividades, le sugerí a Mateo que nos inscribiéramos en el Pop Quiz. ¿Te acuerdas? Adrian, el profesor de la Universidad Jaguelónica al que tanto odias, nos habló del torneo, organizado por un pub inglés. Parecía una buena excusa para tomar una cerveza después de trabajar, así que nos apuntamos y empezamos a asistir al concurso, un viernes sí, un viernes no. Por supuesto, Adrian no me reconoció, ni como Javier Marías ni como su extutorizado del Programa Rabelais.

El Pop Quiz era una competición por parejas y por puntos sobre temas de cultura popular, cada dos semanas uno diferente. La inscripción era bastante cara, pero el premio era suculento: una camiseta usada por el papa. El primer viernes fue difícil, porque el tema era sorpresa para todos (el Thriller de Michael Jackson); por desgracia quedamos penúltimos, de diez parejas, mientras que Adrian y su compañero fueron terceros. Sin embargo, en cuanto supimos el tema del segundo viernes (el rey Jorge Luis I de España), nos preparamos a conciencia; durante las dos semanas siguientes, Mateo leyó una biografía, yo otra, y cada uno repasó por su cuenta periódicos, revistas del corazón, telediarios y documentales. Las preguntas no fueron demasiado complicadas (¿Con cuántos años accedió al trono de España Jorge Luis I? ¿Por qué su padre nunca llegó a ser rey? ¿Cuál es el nombre de la amante principal de Jorge Luis I? ¿Y del amante? ¿En qué país se rompió una cadera cazando un elefante? ¿Cómo murió prematuramente el hermano menor del rey? ¿A qué mandatario le espetó un maleducado "¿Por qué no te callas?" en una cumbre iberoamericana? ¿Qué día de 1981 rechazó apoyar un golpe militar en España? ¿Qué práctica sexual se rumorea que prefiere en la intimidad? ¿Cuál es el color favorito de Jorge Luis I? ¿Qué le gusta más: la pizza o la pasta?) y por supuesto ganamos. Mateo soltó una carcajada que le dolió en el alma a Adrian, en segundo lugar. Ya estábamos más cerca de la camiseta de Juan Pablo II.

Como el año anterior, a finales de diciembre fui a Barcelona durante dos semanas, aprovechando las vacaciones de profesor (las de Navidad, las teníamos todos los profesores de Cracovia, yo por primera vez pagadas). Me sentí todavía más fuera de lugar que el año pasado: después de la primera toma de contacto, no podía empatizar con mi familia y mis amigos. Para mí, sus problemas, los problemas de España —el desempleo general, la corrupción crónica, los desahucios, los recortes sociales— tenían una solución fácil: irse de España; para ellos, mis problemas —las condiciones de trabajo en Polonia, el desarraigo, mi escritura estéril— tenían una solución fácil: volver a España. Nuestras premisas eran opuestas, así que nuestros diálogos de besugos estaban condenados a encallar; solo nos quedaba hablar del tiempo, de la comida, del pasado.

En Navidad Mateo se quedó en Cracovia, pero hizo un viaje a Madrid en marzo. Era la segunda vez que volvía a Madrid desde que se fue en 2004 y también la segunda vez que iba en marzo. De nuevo, tuve que sustituirle en algunas clases. Cuando regresó a Cracovia, le pregunté por la extraña coincidencia, porque, para un profesor, marzo no era la mejor época para viajar. Escurrió el bulto regalándome una taza, una taza del Real Madrid con la foto de Messi; tuve que hacerme el ofendido y me acabé olvidando del asunto entre bromas.

Preferiría no hacerlo, pero he de confesarlo: en aquella época asistí a varios encuentros de Todo en Español. No fueron muchos, solo los necesarios para ir obteniendo lo que necesitaba. Por ello, soporté otra vez las historias de Facu; por ello presencié todos los tópicos que intentaba combatir en el Año España de la academia; por ello conocí a españoles de la peor ralea, ebrios de sí mismos, dispuestos a fecundar con su hispanidad el afortunado mundo que los rodeaba; por ello fui un hipócrita. Bueno, más bien debería decir por ella. Como cualquier español en Cracovia, como cualquier extranjero en Polonia, como Javier Marías en Oxford, yo también quería, necesitaba ligar. La carne es débil, sí, y el mejor lugar para encontrarla eran las reuniones de Todo en Español.

Aunque la competencia era dura, la demanda era elevada. Jugué mis cartas tan bien como supe: me hice el especial, el intelectual, el escritor, el misterioso, el diferente; en fin, me centré en un sector del mercado reducido pero concreto, no muy explotado (eso creía yo). Entre fracaso y fracaso (ninguno tan espectacular como la sardana con la chica del hoyuelo), tuve algunos éxitos y pasé varias noches acompañado y entretenido. No repetí demasiado, solo en un par de ocasiones; tampoco es que las chicas se murieran de ganas por volver a mi sofá cama. Y la verdad es que no ocurrió nada destacable: la gimnasia del sexo esporádico (¿te ha gustado?) y la vergüenza posterior (bueno, yo me voy yendo) y algún que otro gatillazo (es la primera vez que me pasa, serán los nervios). Miento: una chica quiso que la gata nos observara; dejé entrar a Tutaj en mi kawalerka, que nos ignoró y no dijo ni miau.

Aunque ellas y yo tratábamos de ocultarlo, era raro vernos otra vez en los encuentros de Todo en Español; nunca entenderé por qué perdura tanto la incomodidad postcoital. Pero todavía fue más raro darme cuenta de que las chicas que habían estado conmigo, unas semanas después, se iban con otro español y, unos días más tarde, copulaban con un tercero y, al cabo, volvían con el primero. Se podía observar el mismo comportamiento por parte del género masculino, por supuesto: el círculo era vicioso para ambos sexos.

—No me jodas, catalán, deja de hacer sociología barata. Todos buscamos sexo, compañía o afecto, llámalo como quieras, no hay nada más normal. Y ya te dije que tú y yo no somos muy diferentes de los de Todo en Español. Eso sí, si solo quieres ligar, es mejor que uses Tinder. Así evitarás a Facu y sus colegas.

Si siempre hubiera existido Tinder, la raza humana se habría ahorrado mucho sufrimiento. Y grandes clásicos de la literatura, como Madame Bovary o Ana Karenina o La Regenta, serían totalmente diferentes, quizás más interesantes, seguro que bastante más breves. Una foto, un clic, un polvo y siguiente. Sin embargo, yo nunca he sido un donjuán, ni analógico ni digital. Por eso, la mayor parte del tiempo que me quedaba libre, estaba en casa leyendo o descansando, acompañado de Tutaj y de los gritos bilingües y asexuales de mi vecina. No escribía ni una línea, apenas me acordaba de De mí me río, pero no me importaba demasiado. Ah, y casi se me olvida: también buscaba trabajo. Sí, estaba buscando otro segundo trabajo desde que tuve un percance en el instituto.

En la clase de cultura española del liceum, se me ocurrió ponerles deberes a mis estudiantes: hacer un cómic de la leyenda de Boabdil (el último rey musulmán de Granada, el que abandonó la ciudad entre lágrimas y su madre le soltó lo de "Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre"). El título del tebeo tenía que ser "El lamento del moro", pero les di libertad total para que lo reinterpretaran o para que lo modificaran a sus anchas. La mayoría de los alumnos presentaron la versión tradicional de la leyenda, algunos no presentaron nada; una chica desordenó la frase ("Llora como un hombre lo que no supiste defender como una mujer"), dándole un toque más moderno; otro añadió una viñeta extrahistórica: Boabdil dejaba Granada, pero también les dejaba una bomba a los cristianos. Pero quien me causó problemas fue un chico, Marcin (Marchin). Su cómic, hecho cinco minutos antes de la clase, se titulaba "El lamento del muro" (del muro). Le suspendí el trabajo, porque el título no tenía ninguna relación con las cuatro viñetas dibujadas deprisa y corriendo y sin muro ni ninguna palabra en español más que "Hola, Granada" (los polacos suelen confundir hola con adiós, porque ellos usan cześć en ambos casos). Marcin protestó enérgicamente: yo no suspendo, señor González, usted no puede suspenderme. Intenté hacerle entender que en su trabajo había una falta en el título y otra en una de las dos palabras del texto; concluí que no era tan grave, que a pesar de suspender ese trabajo aprobaría el curso. Pero no hubo manera: Marcin terminó mosqueado y yo, más.

Una mañana cualquiera, para mi sorpresa de profesor florero, el director del liceum me llamó a su despacho. Me comunicó que un chico se había quejado de mí: dice que en su clase, señor González, hace propaganda islamista. Le comuniqué que lo que decía Marcin era falso. Me comunicó que ese estudiante tenía pruebas (el cómic de Boabdil). Le comuniqué que la leyenda de Boabdil formaba parte de la historia de España y del programa de la asignatura de cultura. Me comunicó que vale, señor González, pero no puede suspender a ese chico, porque su padre es concejal del ayuntamiento de Cracovia. Yo le comuniqué que el cómic de Marcin tenía solo seis palabras, dos de ellas incorrectas. Él me comunicó que vale, pero el padre sigue siendo concejal. Yo le comuniqué que solo le había suspendido un trabajo y que Marcin aprobaría el curso sin problemas porque no era tonto, solo vago. El director me comunicó que vale, pero no. Y que podía irme.

En la siguiente clase, Marcin estaba sonriente. Cuando comprobé el programa de administración de notas, también estaba aprobado.

Así acabó el percance en el liceum y decidí que no quería seguir trabajando allí: fue la gota que colmó el florero. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el décimo punto diría: ten paciencia, pero no demasiada. Aunque sabía que sentiría dejar de ver a Bartek y a algunos estudiantes, prefería el ambiente de la academia y el trato con adultos. Sin mucha prisa, volví a activar el protocolo de búsqueda de empleo: envío de emails y preguntas a profesores. No dejaría el instituto hasta que encontrara otro segundo trabajo, claro; sin embargo, tarde o temprano sonaría la flauta.

Le voy a proponer un sano ejercicio al lector: imaginar que lo leído hasta ahora en este capítulo es una película de Hollywood. Un ejercicio complicado, pues no suelen adaptar novelas tan insulsas, tan sin trama. Voy a ayudarlo un poco: si esto fuera una película, el lector no habría leído los últimos párrafos sino que habría visto consecutivamente escenas muy breves y rápidas, un montaje cinematográfico con una canción motivadora de fondo, por ejemplo de la banda sonora de Rocky. Pero, en vez de contemplar a Rocky Balboa entrenando, corriendo por la ciudad, bebiendo cinco huevos y boxeando contra el aire, el lector vería fragmentos de mí: una clase matutina en el liceum, una aburrida reunión de profesores, la nieve cayendo sobre Cracovia, una noche de fiesta, un encuentro de Todo en Español, un viernes de Pop Quiz, un polvo mal echado, una lectura en el sofá cama, una clase en la academia, una presentación del Año España, una charla con Bartek y la búsqueda infructuosa de trabajo (las escenas de micción, defecación y masturbación serían censuradas). Esta secuencia no duraría más que cuatro o cinco minutos, pero condensaría meses enteros. Luego, la película continuaría, porque Rocky siempre termina subiendo las escaleras y enfrentándose a su rival. Y yo, aunque no me estaba preparando para ningún combate, también fui expulsado de la rutina. Todas las novelas tienen trama, incluso las más insulsas.

En la tercera actividad del Año España, pusimos una película española: Ocho apellidos vascos. Acababa de salir en España y la habíamos bajado por internet (copia sin piedad); era una comedia romántica en la que aparecían tópicos andaluces y vascos, por lo que ya teníamos el tema para la conversación posterior. Como en cada sesión, la directora cubana estuvo tomando fotos del evento. Esta vez también montó un photocall para que, al final, quien quisiera pudiera sacarse una foto; una bandera española colgada en la pared servía de fondo y en una caja había un montón de objetos españoles, dignos de figurar en mi colección de objetos kitsch, para que los modelos se disfrazaran o ambientaran un poco. Sorprendentemente, los estudiantes fueron pasando y posando para las fotos con el atrezo disponible: con un toro y una capa torera, con un Quijote y un Mortadelo, con un abanico y un dragón de Gaudí, con un vestido de sevillana y un sombrero mexicano, con un delantal y una solicitud de desahucio. La directora propuso una foto grupal, con todos los que estábamos ahí, incluidos Mateo y yo. Casualmente, solo quedaban dos objetos españoles en la caja: una copia del famoso retrato hiperrealista de Jorge Luis I y una estelada, es decir, una bandera independentista catalana.

—Rey o bandera: tú decides.

No es necesario que confiese que nunca se me ha dado bien elegir. Entre Guatemala y Guatepeor, sin pensarlo mucho, me quedé con la bandera. La directora nos sacó un par de fotos: la bandera española detrás, unos cuantos alumnos con sendos souvenirs patrioteros, Mateo sujetando el retrato del rey de España y yo la bandera independentista. Aún hubo algunas fotos más, pero Mateo, la directora y yo nos pusimos a recogerlo todo. Cuando acabamos de guardar las banderas y los objetos españoles, fuimos a tomar una cerveza viendo el Real Madrid-Osasuna, que terminaría 4-0 para alegría de Mateo. Después volví a casa, porque el domingo quería seguir leyendo un libro sobre Charles Manson, el siguiente tema del Pop Quiz.

El lunes fue un día normal en el liceum, pero no en la academia. Al llegar, Mateo estaba serio, incluso preocupado.

—¿Te has enterado?

—Pues sí. El Barça le ganó ayer al Villarreal. Fue un partido muy estresante e interesante. Primero marcó el Villarreal, dos veces. Pero el Barça remontó con dos goles en propia puerta y uno, el decisivo, de Cristiano Ronaldo. ¡Cómo no! La Liga sigue viva.

No, no me había enterado de nada, pero Mateo me informó en seguida. El sábado por la tarde, mientras veíamos el partido del Madrid, la directora cubana subió varias fotos del evento al Facebook de la academia. Nada raro, en cada una de las actividades del Año España había hecho lo mismo. Sin embargo, esta vez el móvil de la directora no paró de vibrar en todo el fin de semana.

—Yo no tengo Facebook, pero me acabo de conectar con la cuenta de la academia. Mira.

Miré.

El álbum de fotos del evento apenas tenía un par de likes, ningún comentario. Fui pasando fotos en las que se nos veía a Mateo o a mí hablando, la proyección de Ocho apellidos vascos, los estudiantes interviniendo en la charla y el photocall con los alumnos haciendo monerías. Eran imágenes bastante insípidas, hechas sin demasiada gracia; ni siquiera eran recuerdos del evento, solo promoción para la academia: estudiantes sonrientes y dos profesores florero. Hasta que llegué a la última foto, la foto de la discordia. Tenía más de cien likes y treinta y un comentarios, en perfecto español (esto es un decir, claro, porque los habían escrito españoles). El diálogo generado por la foto empezaba mencionando la bandera de España, la estelada y a su portador (yo), pero en seguida dio paso a insultos y a discusiones bizantinas sobre el independentismo catalán, la propaganda, el nacionalismo, Franco, la crisis económica, la Guerra Civil, Jordi Pujol, Yugoslavia y Hitler:
Es VERGONZOSO que una academia de español DE CRACOVIA haga apología del independentismo.
Los putos indepes. Deforman la historia y la realidad en Cataluña, en España y ahora también en Polonia. Es muy fuerte. Puta plaga.
—No me jodas.

—Sí, catalán, la hemos liado parda.
Ataque gratuito a la gente de bien. Ni siquiera en Cracovia nos deja tranquilos el independentismo catalán.
¿Desde cuándo un catalán puede dar clases de español? Que enseñe catalán y punto.
—Pero ¿por qué colgó la directora esa foto? ¿No se le ocurrió que podía causar problemas?

—Bueno, ¿y no se te ocurrió a ti que combinar las dos banderas podían causar problemas? Porque yo no lo pensé...
¿Alguien ha ido a la presentación de la academia? No han hablado de independentismo, ni siquiera de Cataluña. Pusieron Ocho apellidos vascos. Si tenemos que criticar algo, es que usen la película sin pagar derechos de autor. 
Pírate a Barcelona: Ocho apellidos vascos es una mierda de película.
El independentismo catalán es tan español como el Quijote o el queso manchego, ignorantes. O como el nacionalismo español, que siempre os olvidáis de que existe.
—Al menos algún comentario es sensato.

—Qué optimista te veo.
El gilipollas de la estelada solo quiere dar la nota. ¿Alguien se pasearía por la mani del 11 de septiembre con una bandera de España? Solo un gilipollas o un suicida. 
Pues a mí me ofendes tú y me ofende la bandera del estado español opresor. Y no digo nada. Imbécil. Españolito.
—¿Y por qué no borramos la foto y ya está?

—La directora quería hacerlo, pero ya han colgado varias copias y la han compartido muchas veces. Los ha intentado calmar con comentarios pacificadores... sin éxito, claro. Alguien ha creado un grupo de Facebook y todo: Academia Independentista de Cracovia. Mira, esta foto la han editado: han tapado las caras con un cuadradito blanco. Parecemos terroristas.
El capullo de la estelada es catalán, lo conozco. ¿Por qué coño se creen tan especiales los catalanes? Esto con Franco no pasaba.
¿No estáis exagerando un poco? SOLO SON BANDERAS. Trapos, telas. Leed más libros, ignorantes.
Y tú come más pollas, zorra catalufa. 
PUTA ESPAÑA.
PUTA CATALUÑA.
—Sabía que había muchos españoles en Cracovia, pero no tantísimos. Y también hay un montón de catalanes.
¿Os habéis olvidado de la libertad de expresión? ¿Nos hemos vuelto locos o qué?
¿Te has olvidado de que tu padre te reventó el culo y te pasó el sida?
—No todos son de Cracovia. He estado mirando sus perfiles: unos cuantos viven en Polonia, pero la mayoría comenta desde España. Supongo que son amigos de amigos de alguien que vive aquí. Y ninguno asistió a la presentación, de eso puedes estar seguro: solo vinieron polacos. Mira, hay un comentario de tu colega, Facu:
Qué decepción, Javier. Yo le dije a mi madre que eras catalán, pero que no pasaba nada. Mucha decepción...
—Definitivamente, no puedo volver a ir a una reunión de Todo en Español.

—Bueno, no te pierdes mucho. Oye, ¿y por qué Facu te llama Javier?
El idiota de la estelada no podía tener más cara de español, con esa barba. ERES ESPAÑOL AUNQUE TE DUELA. LO DICE TU DNI.
—Es una historia larga. Otro día te la cuento. Quizás debería afeitarme la barba de nuevo, así no me reconocerá nadie. O quedarme para siempre recluido en mi kawalerka.

—¿Y si confiesas por Facebook que eres Javier Marías? Quizás así se calmen...

Pero ya era demasiado tarde para aplacar los ánimos de nadie: internet es así.

El lunes por la noche, dos días después de la publicación de la foto, había más de ochenta comentarios, sin contar los que Facebook había ido censurando. Crucé los dedos para que los tertulianos virtuales se tranquilizaran poco a poco.

El martes, la foto fue compartida en varios grupos de Facebook: Españoles en Cracovia, Cracovia en Español, Krakow Expats, Profesores de Español, Puto Nacionalismo, Los Catalanes de las Piedras Hacen Panes y otros de los que no tenía noticia. Ese mismo día, la directora cubana convocó una reunión en la sala de profesores. Antes de que empezara, se disculpó conmigo: lo siento mucho, yo creía que era la bandera de Cataluña, la compré en un viaje a Barcelona, en la Rambla, junto a un sombrero mexicano y a un vestido de sevillana. ¿Cómo iba a saber yo que no se podía combinar con otra bandera? ¿Por qué tenéis dos banderas los catalanes: con y sin estrella? En los manuales de español no se menciona ni la estelada ni la señera... El profesor mexicano propuso eliminar la foto de Facebook y emitir un comunicado: pedimos perdón, no queríamos ofender a nadie, fue un error, mea culpa, todos somos humanos y a otra cosa, mariposa. Mateo sugirió contratacar: tenemos que colgar fotos con combinaciones polémicas de banderas: la bandera franquista y la independentista y la de la Unión Europea, la bandera de EEUU y la Navy Jack, la bandera de Serbia y la de Kosovo y otras. El profesor argentino sentenció que lo mejor era poner una bandera argentina en cada foto. La directora era partidaria de no hacer nada: la caterva de trols se hartará tarde o temprano. Yo no sabía muy bien qué pensar, solo deseaba que no se enteraran de nada en el liceum, porque entonces me convertiría en un profesor florero roto; de repente quería conservar ese trabajo, supongo que siempre es mejor dejar que ser dejado. Votamos.

El martes por la tarde, la directora eliminó de Facebook la foto de la discordia y publicó otra: una foto en blanco con un texto en que la academia pedía perdón. Por supuesto, no sirvió de nada. La violenta discusión renació y la foto pacificadora se llenó de nuevos insultos. En el muro de Facebook de la academia, se colgaron varias copias de la foto borrada, llenas a su vez de más comentarios, y enlaces al grupo Academia Independentista de Cracovia, donde estaban los pensadores más beligerantes.

Las clases siguieron con normalidad durante la semana, pero los profesores decidimos irle aclarando a cada grupo qué estaba ocurriendo en la academia. Curiosamente, la mayoría de los alumnos no estaba enterada de nada, solo una o dos personas por clase sabía que algo raro sucedía en Facebook. No fue una tarea fácil explicar de qué iba aquel lío, no tanto por motivos lingüísticos sino culturales: el cainismo español es un asunto complicado. Cuando por fin lo entendían, no podía importarles menos.

El lunes siguiente, la cara de Mateo estaba más pálida que el anterior:

—Esto se nos está yendo de las manos. Mira.

Miré.

El grupo Academia Independentista de Cracovia había compartido un manifiesto. El Manifiesto Cazafantasmas:
Un fantasma recorre Europa: el fantasma del independentismo catalán. El sucio fantasma del independentismo catalán, que lleva tanto tiempo recorriendo España, se está propagando como un virus. Por eso, las fuerzas Sanas y Santas de Europa debemos unirnos en su contra: españoles, polacos, europeos e incluso catalanes. Todos unidos contra el independentismo catalán.
En una academia de lengua española de Polonia, sin embargo, quieren desunirnos. La Academia Independentista de Cracovia está propagando el fantasma del independentismo catalán por Europa. Estos demagogos están ensuciando las calles de Cracovia, llenándolas de propaganda independentista. Estos asquerosos están contaminando las mentes de los jóvenes estudiantes europeos.
Pero nosotros, los Sanos y Santos, no permitiremos que mancillen nuestras ciudades. Debemos detenerlos. Debemos hacer limpieza. Debemos cazar el fantasma del independentismo. ¡Ningún fantasma romperá España!
El Manifiesto Cazafantasmas terminaba convocando a sus lectores: el sábado 10 de mayo de 2014, hay que boicotear el evento de la Academia Independentista de Cracovia, en la calle Tal y cual.

—Fantasmas cazafantasmas: la definición perfecta del nacionalismo.

Ese sábado 10 de mayo, Mateo y yo íbamos a hablar de fútbol español. Nos planteamos cambiar la actividad planificada para el Año Español y centrarnos en el conflicto que había surgido en la escuela, pero en seguida lo descartamos, no solo porque no queríamos meter cizaña, sino porque a los estudiantes les daba absolutamente igual. A nadie le importan las guerras civiles ajenas.

El segundo martes, el debate de las banderas y el nacionalismo continuaba levantando pasiones. Los Cazafantasmas lanzaron una petición online para cerrar la escuela, que llegó a recoger más de 800 firmas. En el tranvía, noté que mi cara era reconocida varias veces. Me había hecho más famoso por una elección estúpida que por todo el trabajo escribiendo: ni Todas las almas ni De mí me río juntos habían sumado tantas lecturas como visionados tenía la foto de la discordia en apenas unos días.

El miércoles, la discusión pasó de los muros de Facebook a los muros de la calle: había un grafiti junto a la entrada de la academia: "INDEPENDENTISTAS DE MIERDA". Estaba firmado por "Los Cazafantasmas". Lo tapamos todo con pintura, pero el jueves por la mañana descubrimos otras pintadas: "ADOCTRINADORES. NAZIS CATALANES. TACAÑOS. EL FANTASMA DEL NACIONALISMO".

Llevábamos casi dos semanas acumulando tensión y ya ningún profesor se atrevía a comentar nada en Facebook, nadie proponía colgar fotos contestatarias. La tarde del jueves, cuando acabé de borrar los grafitis, me encontré con una sala de profesores mustia.

—¿Por qué estáis tan desanimados? —pregunté—. No creo que pase nada, nadie va a venir. Y si tanto os preocupa, podemos hablar con la policía. Bueno, vosotros, porque mi polaco no es tan bueno...

—Se está repitiendo la historia, catalán.

Todos miraron a la directora, sentada a la mesa.

—Cuenta tú la historia, Mateo, que te sale mejor.

Todos dejamos nuestros quehaceres y nos acercamos a Mateo, esperando a que empezara la narración alrededor de la fotocopiadora. Tuve un déjà vu, pero no dije nada.

—Ya sabes que hace tiempo esta escuela estaba en otro sitio y se llamaba Cubalibre. Eran los primeros años de la democracia en Polonia y todos los polacos querían aprender español y beber cubalibres con sus profesores. El ambiente era todavía más relajado que ahora; sí, sí, es difícil de imaginar... Otra diferencia eran las clases: tenían nombre. Estaba el aula Simón Bolívar, el aula Joaquín Sabina, la Mario Vargas Llosa, la Don Quijote y la Pablo Neruda.

—¿No había ninguna clase con nombre de mujer?

—No, pero ese no era el único problema. El problema principal era la sala Neruda. Bueno, era un problema para los polacos.

—Para algunos polacos.

—Sí, para los polacos más nacionalistas. El nacionalismo polaco tenía mucha fuerza durante los años ochenta. Y en los noventa, cuando Polonia era un país democrático, ya no quedaba ni un solo comunista: todos se habían transformado en patriotas ejemplares, más polacos que Juan Pablo II. La transición política fue mágica, como en España. Cucú... ¡tras! Y todo cambió. Casi todos los políticos y burócratas eran los mismos del régimen anterior, por supuesto. No se desenmascaró a muchos, pero los nacionalistas necesitaban llevar a cabo su caza de brujas: todo lo que oliera a comunismo era sospechoso. Por ejemplo, una academia de español llamada Cubalibre.

—¿Entonces no les gustaba el alcohol o qué?

—Claro que sí. Tanto como ahora.

—¿Y no querían que Cuba fuera libre, como Polonia?

—No me jodas, catalán. ¿Desde cuándo el nacionalismo es racional?

—¿Entonces?

—Dice la leyenda que el cubalibre es la bebida de la revolución. Lo inventaron al terminar la Guerra Hispano-cubano-estadounidense. La del Desastre del 98, cuando Cuba se independizó de España. ¿Te suena? En un bar de La Habana, un soldado estadounidense de proporciones míticas celebraba el fin de la contienda y pidió la bebida cubana (ron) mezclada con la bebida estadounidense (Coca-Cola), no sé si porque no tenían nada más o porque quería simbolizar la unión de los dos pueblos. La cuestión es que el invento se popularizó entre la clientela del bar y todos terminaron la noche brindando al grito de ¡Cuba libre! ¡Cuba libre! ¡Cubalibre! Y bien pronto se volvió más importante la bebida que la libertad, porque Estados Unidos ocupó Cuba y volvería a ocuparla esporádicamente. El significado original del cubalibre se diluyó en seguida y la bebida fue asimilada con facilidad por el capitalismo internacional. Sin embargo, para el fantasma del nacionalismo polaco de los noventa, la palabra Cuba representaba su peor demonio: el fantasma del comunismo. Así que empezaron a cazar fantasmas: los nacionalistas presionaron a la academia para que dejara de llamarse Cubalibre. Se denunciaron las intimidaciones del nacionalismo, pero la policía no hizo ni caso. Al contrario: si os hacen pintadas, por algo será. Y por eso la escuela no tiene nombre. Fin de la historia. ¿Ves algún paralelismo con la situación actual o te hago un comentario de texto?

—Hueón, te olvidaste de la clase Pablo Neruda...

—¡No me jodas! Ahora iba a hablar de Neruda, chileno, tranquilo. Pocos años después, algún nacionalista polaco incansable se dio cuenta de que las clases de la academia sin nombre sí tenían nombre. Supongo que consultó la Wikipedia, o la enciclopedia que se usara entonces, y descubrió que Pablo Neruda, además de ser chileno y embajador y de haber ganado el Nobel de Literatura, había escrito un poema muy polémico: "Oda a Stalin". Es un poema fúnebre en honor del dictador soviético, bastante malo, el poema (bueno, el dictador también). Pero la calidad no le importaba mucho al fantasma del nacionalismo polaco, sino la palabra Stalin, un fantasma que daba más miedo que Cuba. Aunque en ese tiempo no había internet, se escribieron artículos en el periódico y se hicieron grafitis, como estos días. De nuevo, la policía hizo la vista gorda.

—Y tuvimos que ceder otra vez —dijo la directora—. Por eso ni la academia ni las clases tienen nombre. A este ritmo, el próximo paso será cerrar la escuela...

—Pero esta vez el fantasma del nacionalismo no es polaco, sino español. Si vamos a la policía, quizás puedan ayudarnos. ¿No?

El viernes aparecieron otros grafitis en la calle, pero yo no los vería hasta la tarde. Por la mañana, el director del liceum me llamó a su despacho. En el pasillo, me temí lo peor; noté más que nunca la fragilidad del florero. Cuando entré, me pidió que cerrara la puerta y me sentara. Como si mis miedos fueran órdenes, el director sacó su móvil del bolsillo y me mostró la pantalla. Me llevó un tiempo descifrar la foto: aunque aparecía yo, no estaba ni la bandera española ni la estelada ni Mateo ni los estudiantes de la academia con sus objetos españoles. Era una foto mía, tomada meses atrás en el zulo de español: la pizarra detrás de mí, una tiza en mi mano, la bandera polaca y el crucifijo asomando por una esquina. Mi pelo y mi barba eran morenos y mis rasgos faciales no estaban modificados con Photoshop, a diferencia de la foto que me había regalado Bartek por mi cumpleaños (el 27 de septiembre de 2013). Además, debajo había un texto: "CÁLLATE, COÑO". Aquello era un meme, un meme protagonizado por mí.

—Señor González, ¿me puede explicar qué significa esto?

—Bueno, el verbo callar significa no hablar; está en modo imperativo, por lo que es una orden, y el coño es...

—No, eso ya lo sé. Lo he buscado en el diccionario. Quiero que me explique por qué uno de sus alumnos ha realizado este montaje. Este meme, como lo llaman en internet. Y por qué todos sus compañeros lo tenían también en el móvil.

No tuve que hacer mucha memoria para confesarle al director que aquellas palabras las había pronunciado yo, en clase, cuando los alumnos me estaban sacando de quicio. ¡Cállate, coño!, le solté a Marcin, el incallable. Estaba sorprendido: ¡me entendieron!

—Señor González, no sé cómo se comportan los profesores en España, pero puedo hacerme una idea. Sin embargo, en Polonia está terminantemente prohibido decir palabrotas en clase. He hablado personalmente con el estudiante que hizo el meme y ha sido debidamente castigado. En otra situación, lo habría expulsado del instituto, porque según el reglamento escolar no está permitido tomar fotos de los profesores. Pero, en este caso, sacar a la luz la falta del estudiante implicaría que también se descubriera la falta del profesor. Y eso es algo que no podemos permitirnos en nuestro liceum. ¡Imagine qué habría pasado si los estudiantes hubieran compartido esa foto en las redes sociales! Qué desprestigio... Afortunadamente, hemos verificado los móviles de todos sus alumnos hasta comprobar que las imágenes han sido borradas. El profesor de informática ha tenido mucho trabajo extra. Debe usted darle las gracias.

Le pedí perdón al director: no quería ofender a nadie, fue un error, mea culpa, todos somos humanos. Al profesor de informática no le dije nada, porque ni siquiera sabía quien era.

Al final de la clase del viernes, Bartek se me acercó y, tímidamente, sacó un libro de la mochila: era El señor de las moscas de William Golding.

—Es para usted, señor González. Un regalo de cumpleaños de verdad, porque el anterior no fue muy bueno. Y también quiero pedirle perdón. Por mi culpa...

—Muchas gracias, Bartek. Oye, ¿y qué estás leyendo ahora?

Por la noche, Mateo y yo no quedamos tan mal como esperábamos en el Pop Quiz: fuimos cuartos en Charles Manson. Adrian y su colega, segundos. Todavía teníamos que mejorar mucho si queríamos la camiseta papal.

El sábado no pasó nada. Es decir, hicimos la actividad de fútbol español sin ningún problema. ¿Qué sabes del Barça y de Cristiano Ronaldo? ¿Qué sabes del Real Madrid y de Messi? ¿Conoces algún otro equipo? ¿Sabes cuánto cobran los mejores futbolistas de La Liga BBVA? No aparecieron los Cazafantasmas, nadie nos boicoteó. Como siempre, la directora cubana tomó unas cuantas fotos del evento y luego las colgó en Facebook; esta vez, sin banderas fantasmales. Los muros de la academia siguieron acumulando comentarios y grafitis, pero día a día, semana a semana, fue quedando olvidada la foto de la discordia. Probablemente, los únicos que la recuerdan seamos los que la vivimos de cerca: los profesores, la directora, yo. En su momento pasé miedo, aunque luego me decepcionó un poco que no pasara nada más grave, más morboso.

Ahora puedo decir con orgullo que ya formo parte de la historia de la escuela. De hecho, gracias a la anécdota de las banderas y a otras cosas que me pasaron en este capítulo, me convertí en el cronista de la academia: escribí el relato "Muros y banderas" para De mí me río. Lo modifiqué bastante para que no se reconociera a nadie (cambié los nombres, las nacionalidades) y lo recorté para hacerlo más digerible. Era el primer cuento que escribía en mucho tiempo, el primero en que aparecía Mateo. Y, sin saberlo, acababa de escribir mi primera mateoría.