jueves, 19 de mayo de 2016

Mateorías (2)

(Capítulo 2 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Dos

En aquel primer, breve contacto con Mateo, me pareció que reunía los tópicos más rancios del madrileño arquetípico. De hecho, las semanas siguientes seguí pensando que era un completo gilipollas.

Evidentemente, era anticatalán hasta la médula: cuando yo entraba en la sala de profesores de la escuela, se ponía a imitar el acento catalán, es decir, a imitar el acento de Eugenio; ya tenía la barba, solo le faltaba la camisa negra y el cubata y el cigarro permanentes para ser exactamente igual. Gracias a Mateo, o por su culpa, me aprendí todos los chistes de catalanes habidos y por haber:

—¿Sabes quién inventó el alambre? Pues dos catalanes peleándose por una peseta.

—¿Qué hace un catalán cuando tiene frío? Se acerca a la estufa. ¿Y si tiene mucho, mucho frío? La enciende.

Después de cada chiste y tras cada mateoría, soltaba una carcajada estrepitosa de las suyas. Lo más extraño era que su risa conseguía arrastrarnos a todos escaleras abajo: los otros profesores presentes, españoles o latinoamericanos, conocieran o no los estereotipos catalanes, aunque ya hubieran escuchado antes el chiste o ni siquiera lo pillaran, rompían a reír magnéticamente; y a mí se me pegaba la risotada general, por mucho que me jodiera. Afortunadamente, de vez en cuando también imitaba a los mexicanos (Cantinflas), a los argentinos (Maradona) y a los andaluces (Jesulín de Ubrique), y se sabía chistes de todos los continentes, incluso de polacos.

—Oye, catalán —me solía decir—. Tú eres repolaco, ¿no? Por lo de catalán y por lo de vivir en Polonia...

Además de graciosillo y anticatalán, era castizo, ligón, pijo, madridista y fiestero. Pero Mateo era, por encima de los demás adjetivos, egocéntrico, chulo, altanero, engreído, vanidoso, soberbio y fantasma, y la acumulación exhaustiva de sinónimos no logra contener toda su arrogancia, tan arrolladora como su risa.

—Descendientes de Colón —les decía a los otros profesores—: si no entendéis al catalán cuando habla, me lo decís y os lo traduzco. Que aprendí su lengua en la etiqueta de una botella de cava.

Mateo componía un cuadro costumbrista demasiado perfecto, como si acabara de salir de una zarzuela casposa. Cada vez que le escuchaba una de las suyas tenía la sensación de que era un actor que no puede parar de actuar: se le había quedado pegado el papel.

A los pocos días de haberlo conocido, reaccioné y empecé a defenderme, o sea, a reírme de los madrileños, y sobre todo a mofarme de las derrotas del Real Madrid, a pesar de que a mí el fútbol ni me va ni me viene. Por primera vez en mi vida, me vi aferrándome a las victorias del Barça como a un clavo ardiente; por suerte, el equipo de Guardiola, Ronaldo, Xavi y compañía estaba a la altura.

—Ay, catalán —me decía—, ¡qué haréis ahora sin el Pep! Seguro que el Bayern le ha pagado unas cuantas pesetas...

Pero por mucho que me esforzara, por muy creativas, soeces o inteligentes que fueran mis gracietas, no causaban ni la mitad de risas que las mateorías de Mateo. En cambio, aunque sus bromitas fueran insulsas o tontas, hacían reír gracias a las carcajadas destartaladas que las seguían; eran el cartel de aplausos de un programa de televisión.

Cuando una tarde, un par de semanas antes de un Barça-Madrid, me lo encontré por la calle, camino de la escuela, lo ataqué sin contemplaciones:

—¿Cuántos goles le van a caer esta vez al Madrid? ¿Otra manita? Idos preparando los madridistas, que dentro de poco os tocará volver a llorar...

Me callé y me mantuve en tensión, pero solo noté un silencio extraño: el de la mateoría que no llegaba. A cambio, Mateo me sonrió y no se rio (extraña combinación). Como un tonto, seguí esperando que estallara una de sus carcajadas rompehielos. Por fin, me contestó calmado:

—Tranquilízate, hombre, que estamos solos —me dio una palmadita en la espalda—. No hace falta que nos despellejemos todavía —y en vez de llamarme catalán utilizó mi nombre.

No entendí por qué, pero a continuación me invitó a ver el Clásico con él y sus amigos. Me dio su número de teléfono y las señas del bar donde solían ver los partidos, así como de la mesa a la que se solían sentar: al fondo a la derecha, junto a la barra, las mejores vistas de la televisión.

—Anímate, que no todos son madrileños ni madridistas.

Al llegar a la escuela, Mateo abrió la puerta de la sala de profes y pasó delante de mí:

—A ver, latin lovers, ¿os sabéis este? Un niño madrileño le pregunta a su padre: papá, papá, ¿qué es el amor? Pues nada, hijo, un invento de los catalanes para no pagar.

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