jueves, 30 de junio de 2016

Mateorías (10)

(Capítulo 10 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Diez

Y vaya si me invitó a un café. Y a cafés, porque perdí la cuenta. Aunque no sé si lo hizo para evitar que me durmiera o para no que le hiciera más preguntas.

Cuando llegamos a casa de Mateo (D), ya entrada la madrugada del 24 de febrero de 2013, me sentó a la mesa de la cocina mientras él preparaba una cafetera bien cargada. Cargó también su móvil y lo dejó delante de mí, junto a cuatro tazas: la primera tenía la cara de Juan Pablo II, la segunda el rostro de la reina Isabel II de Inglaterra, la tercera el busto del rey Jorge Luis I de España y la última un retrato de François Rabelais. Cogí la primera taza y la observé extrañado.

—No pienses que me gusta el papa, y menos después de la multa que por su culpa me cayó. Simplemente colecciono objetos kitsch, casi siempre souvenirs de un mal gusto inverosímil y tronchante. No solo tazas, también tengo una figurita de un torero y unas gafas con la bandera de España, por ejemplo. Controla que no se salga el café, ahora te las enseño, están ahí en la estantería, te encantarán. Mira, mira: los cristales son una rejilla con la bandera de España. Puedes ver el mundo rojigualdo a través de sus agujeritos minúsculos. ¿Qué te parece? La metáfora perfecta del nacionalismo. No conozco a mucha gente dispuesta a llevarlas, por suerte, pero está claro que, si las fabrican, alguien las compra. De hecho, seguro que nuestros amigos de Todo en Español se las pondrían y no precisamente para bromear. Oye, quieres un poco de vodka, ¿no?

No, no esperó a mi respuesta; tampoco me dejó decir que yo también coleccionaba objetos cutres (un niño Jesús felizmente tumbado sobre un billete falso, custodiado por un caganer y por dos cerditos fornicando: el que daba era un salero y el que recibía, un pimentero). En Jorge Luis I me sirvió café y en François Rabelais, vodka con sabor a avellana, su favorito. Me cogió la taza del papa de las manos y se puso café; en la de Isabel II, agua del grifo, y se bebió una y dos tazas de agua mientras su móvil vibraba como loco sobre la mesa.

—Son tus llamadas perdidas y tus mensajes. Me he dejado el teléfono apagado toda la noche, perdona, pero quería ver el Barça-Madrid en paz. No me gustan los móviles: pueden sonar o vibrar en cualquier momento. Por eso prefiero llevarlo en silencio o, aún mejor, apagado. Venga, bébete el vodka, que tú estás muy sobrio y yo muy borracho. Tenemos que equilibrarnos. Eso es, así me gusta. ¿A que combina bien con el café? Te pongo un poco más de vodka, ¿eh?

Café a café, vodka a vodka, yo iba a descubrir que todavía había otro Mateo. Era menos mateórico pero más comunicativo, tan falso y tan verdadero como los otros, un Mateo que yo ya había intuido en el Mateo privado, recogido y solícito, pero que solo ahora tomaba las riendas.

Por fin se sentó frente a mí, le dio un primer trago a su café, carraspeó y se puso a hablar en voz queda.

Mateo me contó que se había ido de Madrid con su novia el verano de 2004. Solo hacía unos meses que salían: ella era una estudiante de rabelais medio polaca, medio ucraniana, y él un madrileño acabado de graduar. Se conocieron en una fiesta rabelais, de una manera nada memorable. La única pertenencia algo valiosa de Mateo era una furgoneta muy hippie que había heredado de sus padres, una Volkswagen T3 blanca y roja como la bandera de Polonia; aquellos dos jóvenes, enamorados e impulsivos, se subieron a la furgoneta y condujeron hacia el norte. No tenían prisa, pero tampoco mucho dinero, por lo que no podían alargar demasiado su viaje. El primer día comieron en un pueblecito de la costa vasca, cruzaron los Pirineos y durmieron en suelo francés; literalmente, porque llevaban una tienda de campaña. El segundo día siguieron hacia el norte y llegaron a Burdeos, donde Marta tenía a un amigo polaco que los acogió. Con él, Mateo se empezó a acostumbrar a los ritos polacos; se sentaron alrededor del vodka y se contaron sus respectivos planes de futuro y charlaron toda la noche. Mateo no hablaba casi nada de polaco y Marta tenía un español muy básico, así que se comunicaban en inglés, lengua que ambos dominaban; sin embargo, desde que se habían conocido se habían ido enseñando mutuamente las lenguas nativas y su inglés se estaba convirtiendo poco a poco en un idioma que solo ellos comprendían, trufado de palabras polacas y españolas. Aquella segunda noche, el amigo de Marta les enseñó alguna cosa en francés, Mateo algo de español y, antes de acostarse, se le ocurrió que quizás podría llegar a ser profesor de lengua. El tercer día, resacosos y felices, continuaron hacia el norte, pero solo hasta Ruan, porque Mateo quería visitar la ciudad de su autor favorito: Gustave Flaubert. Por su parte, Marta quería admirar con sus propios ojos la catedral, pintada por Monet. Así, fueron a dos museos: el Museo de Bellas Artes y el Museo Flaubert y de la Historia de la Medicina.

—El padre de Flaubert era médico, como Charles Bovary, por eso es Museo Flaubert y de la Historia de la Medicina. Ya ves que las relaciones entre literatura y medicina no terminan con Rabelais. ¿Más café?

Mateo me dijo que el cuarto día fue el último del viaje. Por la mañana llegaron a Calais, donde embarcaron en el tren que les permitiría cruzar el Canal de la Mancha. El trayecto a través del Eurotúnel apenas duró media hora, tras la cual ya no se encontraban en Francia sino en Inglaterra, concretamente en Folkestone, y continuaron conduciendo su furgoneta, esta vez hacia el noroeste y por el carril izquierdo. Tres horas y mucho paisaje verde después, concluyó su viaje: estaban en Londres. Para celebrar la llegada, se compraron dos tazas de la reina Isabel II de Inglaterra, las más tacky que pudieron encontrar, y brindaron con vodka.

—No nos fuimos a Londres por la crisis económica, que entonces ni existía ni era imaginable, sino por la juventud. Es decir, por una mezcla de curiosidad y de idealismo, de ganas de aventura y de nada mejor que hacer. En Londres nos alojamos un tiempo en casa de unos parientes polacos de Marta. También por ellos habíamos decidido ir a Londres, claro, y porque en mayo de 2004, un par de meses antes de nuestro viaje, Polonia había entrado en la Unión Europea y a los polacos se les permitía la libre circulación. Ahora en Inglaterra viven más de 500.000 polacos, pero en aquellos años no había tantos; irían llegando lentamente, como Marta. Ansiosos por trabajar y consumir tras haber sobrevivido al comunismo, aquel fue y sigue siendo el más importante flujo de población polaca hacia el Reino Unido, aunque no el primero; los que llegaron a Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial, así como sus descendientes, miraban por encima del hombro a los nuevos. Y a Marta más, por ser medio ucraniana. ¿Qué, te sirvo más vodka, no?

Mateo me relató que unas semanas después de su llegada encontraron una habitación en un piso de Hammersmith, cerca de Ravenscourt Park. En aquel barrio también había vivido Pip, el protagonista de Grandes expectativas de Charles Dickens, una de las novelas favoritas de Mateo, pero este no era el motivo por el que eligieron Hammersmith: allí vivían los familiares de Marta y era el barrio más polaco de Londres, con la Asociación Social y Cultural Polaca (el POSK) y tiendas polacas, restaurantes y bares polacos, librerías polacas e incluso teatros polacos. Por supuesto, sus dos compañeros de piso eran polacos, como casi todos los vecinos. En aquel entorno, Mateo se convirtió en el protagonista de una novela de aprendizaje intercultural; experimentó lo que ahora llamaríamos proceso de inmersión lingüística y aculturación. Mientras estaba en Hammersmith y pasaba tiempo con los amigos o parientes de Marta, cuando salía a hacer la compra o hablaba con sus compañeros de piso, se polaquizaba: fue aprendiendo la difícil lengua, pero también algunas de sus costumbres, no mucho más fáciles de asimilar: la distancia y la ausencia de contacto físico, el catolicismo omnipresente, la rememoración constante del pasado, el alcohol tan ubicuo como la religión, la generosa hospitalidad, la obsesión con Juan Pablo II, la gastronomía centroeuropea, etc. En cambio, si iba a otros barrios de Londres o si quedaba con otros amigos, entraba en otros mundos, donde se hablaban otras lenguas y había otras costumbres. Ambientes multiculturales, LGBT, cristianos, ingleses, chinos, raperos, mexicanos, judíos, indios, musulmanes, góticos, raveros, caribeños, hindúes, mods, egipcios, chavs, sijes, pakistaníes, hippies, irlandeses, punkis, árabes, heavies, africanos, pijos, escoceses, moteros, budistas, españoles, yonquis, turcos, etc. Sin duda, la posibilidad de pasar de una realidad a otra y de encontrar varias culturas solapadas y/o mezcladas era lo que más lo atraía de Londres.

—Pero aquello tampoco era la tierra de leche y miel, no te creas. ¿Recuerdas cuando se intentó crear una Constitución Europea? Durante la campaña del referéndum, en Francia se criticó mucho la constitución y en general el proceso de europeización a través de la figura del Polish plumber. ¿No te acuerdas? Era 2005, no me jodas, ni tú eras tan joven ni yo tan viejo. En fin, el fontanero polaco representaba no solo a los polacos, sino a todos los ciudadanos europeos de los países de segunda (Este, Sur) que irían a vivir a los países de primera (Norte, Centro, Oeste) para robarles el trabajo a los nativos. Con los problemas de racismo interno que tenemos en Europa, no me sorprende que aún seamos peor en las fronteras externas. Pero es triste que esto pasara justamente en la segunda patria de Chopin y de Marie Curie, polacos afrancesados ilustres. Por suerte, los polacos supieron darle una vuelta de tuerca irónica: reutilizaron al fontanero polaco para promocionar el turismo en Polonia; el fontanero polaco del montaje fotográfico, que parecía sacado de una peli porno de los noventa, decía "Me quedo en Polonia. Venid". Aunque al final ganó el no de Francia a la Constitución Europea, pero esto ya es otra historia. Bueno, volviendo a Inglaterra, allí también empezó entonces la polonofobia, a pesar de que los polacos no hacían exactamente los trabajos más deseados por los ingleses. Por ejemplo, Marta tuvo que trabajar como camarera de hotel y limpiadora mucho tiempo. Oye, ¿quieres más café?

Mateo me contó que, como Marta, él tuvo que malvivir un poco aquel primer año: hizo de lavaplatos y de camarero en varios bares, de peón de obra y de repartidor de flyers. Sin embargo, eran felices. Tenían amigos, salían mucho y bebían aún más: el vodka, la banda sonora de sus vidas, azuzaba su alegría. Para celebrar que llevaban un año en Londres, Marta le regaló la taza de Jorge Luis I. Poco después, Mateo encontró su primer trabajo como profesor de español en una academia londinense. Todo iba bien.

—Hasta el 7 de julio de 2005, cuando tuvieron lugar los atentados en Londres. No, no, el 7-J no murió ningún conocido mío ni de Marta. Ni siquiera estábamos en Londres el día en que sucedió todo. Vimos las mismas imágenes que tú y el resto del mundo en la tele: los muertos sobre las vías, la gente atrapada en el metro, el autobús destrozado, el interior del vagón hecho pedazos. Verdaderamente terrible. Pero lo más terrible para mí fue regresar a Londres, volver a la rutina. Ya no era la misma ciudad: los atentados me la habían cambiado. Y no hablo solo de las vidas que segaron, ni de los destrozos que causaron, sino de cambios más profundos. Los terroristas infundieron miedo. Claro, me dirás, es su objetivo: causar terror. El problema es que se tenía miedo de los musulmanes, de los indios, de los árabes, de los negros, de los hispanos, de los morenos, de los barbudos, en fin, miedo de los otros, que era lo mejor que tenía Londres. Quizás te parezca egoísta mi reacción, pero lo que más jodió fue darme cuenta de que me había equivocado: Londres no era el paraíso multicultural donde yo creía vivir. Aunque había muchas culturas, muchas religiones, muchas tribus urbanas, muchas nacionalidades y muchas diferencias, en el fondo seguíamos viviendo agrupados, antes y después de los atentados. Cada uno a lo suyo y con los suyos, apartado de los demás, la única interacción era gastronómica: cenar en un restaurante chino, comer kebabs, probar la cocina pakistaní. El terrorismo solo sirvió para subrayar un poco lo obvio, para que yo viera la realidad. Me dio mucha rabia saberme tan ingenuo. Mira, una noche que salgas por Cracovia, haz este experimento. En cualquier bar del centro, empieza una conversación con un desconocido cualquiera, charlad de cualquier tema, pero no le preguntes de dónde es. Y no le contestes cuando él quiera saber de dónde eres tú, o contéstale que no quieres decírselo. Hablad de trabajo, de fútbol, de mujeres, de economía, pero no de vuestros lugares de origen. Verás que algo tan sencillo es en realidad muy difícil, incluso imposible. La conversación no te durará nada, tu interlocutor no querrá saber nada de ti. Y si a pesar de todo quisiera hablar contigo, notará que hay algo que falla o que falta. Se sentirá desamparado sin su estereotipo protector. Y yo soy el primero que necesita los estereotipos y que abusa de ellos, ya lo sabes. Putos estereotipos... Oye, ¿y qué te estaba diciendo yo? Da igual. ¿Verdad que combinan bien el vodka de avellana y el café? En cambio, qué difícil es combinar a las personas. ¿Un poquito más de vodka?

Mateo me dijo que, puesto que Marta no tenía un buen trabajo y él, bueno, él solo era un profesor de español, la pudo convencer para que se mudaran de Londres. Su esposa se resistió bastante porque allí les iba bien y tenía muchos amigos y familiares. Sin embargo, a principios de 2006 volvieron a subirse a su querida furgoneta, la inmortal Volkswagen T3 color polonia, y se fueron a probar suerte en otro lugar. Ya no tenían el espíritu de dos años antes, pero aún eran optimistas. Condujeron hacia el noroeste por el carril izquierdo y escuchando a los Beatles. El primer día pararon en Oxford, porque Mateo no había estado nunca y una de sus novelas favoritas sucedía en parte allí: Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh. Estuve tentado de decirle que yo había escrito una novela con seudónimo que también estaba ambientada en Oxford y que, como él, yo no había ido nunca allí. Pero me callé y lo dejé continuar. El segundo día reanudaron el viaje todavía con los Beatles y en unas tres horas llegaron a su destino.

—Nos aclimatamos a Liverpool sin problemas. De hecho, es probable que aquellos fueran los mejores años. Aunque no había muchos polacos, Marta logró encontrarlos. El vodka siguió alegrando nuestras vidas. A mí me salió trabajo de profesor de español en seguida y a Marta, no mucho después, en una multinacional. Pese a que en Londres había dado clases de español, apenas había sido una toma de contacto mínima; en Liverpool, por contra, tuve varias clases desde el principio, por lo que me vi forzado a aprender muy rápido. Pero fue una experiencia interesante: analicé mi lengua y mi cultura desde fuera, desde una óptica extranjera. Me di cuenta de que en realidad no sabía nada, pero solo así puede uno enseñar. Además, presencié algo que en Londres no había tenido tiempo de experimentar: los estudiantes aprendían de verdad. El proceso de aprendizaje era algo mucho más bello de lo que esperaba. Asimismo, trabajé con niños y pude comprobar cómo la adquisición del lenguaje y la adquisición de la moral y de la cultura funcionan exactamente igual. El alumno o el niño aprende a hacer lo que observa, sea una lengua o un comportamiento. Bueno, esto no es nada nuevo para ti, estarás pasando por lo mismo ahora. A causa del trabajo, en Liverpool me integré bastante en la comunidad hispanohablante; también había un grupo de fanáticos al estilo de Todo en Español. De nuevo, nos iba muy bien. Creo que por todo esto Marta me convenció. Y cuando llevábamos ya un par de años en Liverpool, empezamos a buscar el embarazo. Éramos muy jóvenes, pero Marta me vendió que para una mujer y para una polaca era el paso lógico. Sí, claro que estábamos casados. No me jodas que no te he contado lo de la boda. Joder, seguro que sí pero no te has enterado, que ya empiezas a estar más borracho que yo. Pues lo dicho, que Marta y yo ya nos habíamos casado. Fuimos a Cracovia para celebrar la boda, en la iglesia y todo, porque su madre no podía esperar menos. El anillo estará ahí en la estantería, junto al torero. La madre de Marta vivía en Cracovia, aunque yo la había conocido en un par de viajes que habíamos hecho a Polonia, porque a ella no se le ocurrió nunca visitar a su hija a Inglaterra. Y menos después de la boda, ya que pasó a llamarse Marta González. Vaya nombre para una medio polaca, medio ucraniana. Te voy a poner un poco de café, me parece que lo necesitas.

Mateo me relató que durante meses y meses trataron de quedarse embarazados sin resultado pero sin tirar la toalla. Estaban a punto de visitar a un especialista cuando recibieron la llamada: la madre de Marta estaba muy enferma; un cáncer, Mateo no especificó de qué. No lo hablaron; simplemente, ella volvió a tomar anticonceptivos. Dejaron sus trabajos y se prepararon para otro viaje. A Marta no le costó convencer a Mateo, porque este le debía una de la anterior mudanza. Esta vez tenían más trastos que nunca, pero todavía cabían en su vieja y querida Volkswagen T3 con los colores polacos desgastados. Condujeron hacia el sudeste, en Folkestone volvieron a embarcar en el tren que cruzaba el Eurotúnel, en Francia se dirigieron hacia el este y pasaron la primera noche en Holanda, no muy lejos de Amberes. No se apartaron de su trayecto, no hicieron turismo, no visitaron a amigos: la segunda noche se detuvieron cerca de Leipzig y al tercer día de viaje ya llegaron a Cracovia. El verano de 2009, tras seis años en Inglaterra, Mateo y Marta se instalaron en Cracovia.

—Vine a Cracovia por dos polacas: mi exmujer y su madre. Así que, como el resto, estoy en Cracovia por amor. Qué desengaño, ¿no? En el fondo, todas las historias son historias de amor. Marta era hija única y su padre, ucraniano, había muerto cuando era una niña. Por eso su única lengua materna era el polaco, y por eso se ocupó ella sola de la moribunda. Vivíamos los tres en el mismo piso para ahorrar dinero y para que la hija-enfermera pudiera pasar todo el tiempo con la madre-enferma. Marta se transformó: empezó a comer menos, a llorar con frecuencia, me repetía las tonterías que leía en libros de autoayuda, dormía mucho, no veía a nadie más que a su madre, se quejaba constantemente de sus desgracias y se encerraba a solas en su habitación. Yo ya había experimentado varias veces la muerte de un ser querido, sabía que al final siempre acababa siendo posible aceptar que la vida solo es una digresión de la muerte. Pero nunca había experimentado aquello: la muerte de un ser querido de un ser querido. No podía hacer nada para ayudar a Marta, porque ella rechazaba cuanto intentaba. Yo también me transformé: me dediqué por entero a salir y beber. Y ya sabes que estos dos verbos son muy usados aquí. Sí, en Londres y en Liverpool conjugué mucho estos verbos, pero la gran diferencia era que en Cracovia yo estaba triste y solo. Cuando finalmente la madre murió, las cosas siguieron empeorando. Marta y yo nos alejamos aún más, yo me continué deteriorando de bar en bar. Nada especial, nada nuevo, exceptuando que me estaba pasando a mí y no al protagonista de una novela. Aunque en mi defensa he de decir que nunca le fui infiel a Marta, si por infiel entendemos acostarnos con otra persona. Un día, no encontré la furgoneta aparcada frente a casa pero sí una nota en el comedor: "Lo siento, no podía estar más en Cracovia ni contigo. Espero que puedas perdonarme". Así fue como me quedé sin novia y sin furgoneta. Y me costó mucho aceptar que el amor solo es una digresión de la vida. Creo que voy a servirme un poco de vodka yo también.

Mateo me contó que decidió seguir viviendo en Cracovia, ahora de soltero. A pesar de la marcha de Marta, consiguió moderar un poco el salir y el beber, encontrar otro piso y empezar a trabajar como profesor de español. Descubrió que la ciudad también existía de día; no le resultó demasiado difícil adaptarse, era como vivir en Hammersmith sin visitar otros barrios: la gente no sonreía mucho y se quejaba aún más, en las tiendas no miraban a los ojos y no daban el cambio en la mano sino que lo depositaban en un platillo sobre el mostrador. Para inaugurar aquella etapa, se compró la taza de Juan Pablo II.

—Ya sabes que en Cracovia la vida de profesor del español es fácil: aunque es un trabajo poco remunerado y menos valorado, si te organizas bien y no te importan los horarios esquizofrénicos, te deja bastante tiempo libre para hacer lo que quieras. Al menos cuando tienes cierta experiencia. En mi caso, decidí emplear el tiempo libre en embrutecerme brutalmente. Te lo diré con un verbo de cada conjugación: follar, beber, salir. Como las novelas de Bukowski, pero con un trabajo más o menos estable. En aquellos años fue cuando vomité a los pies del papa. En más de una ocasión, otro profesor entró en mi clase por la mañana, me dio un caramelo de menta y me susurró que fuera al lavabo a asearme un poco mientras él charlaba con los estudiantes. Era una razia antiborrachera. Muchas veces estaba tan pedo que me iba a dormir a la escuela para no tener que pasar por casa. A aquello lo llamábamos hacer un Cid. ¿Aún no sabes qué es? Bueno, es que nuestra escuela ya no es lo que era. Hacer un Cid es dar clases de español después de la muerte. La muerte etílica, se entiende. Ser profesor de español era uno de los centros de mi vida; a veces el trabajo se confundía con el alcoholismo y el libertinaje sexual, pero este trío me ayudó a superar la ruptura. Porque precisamente era el trabajo lo que me permitía ligar: muchas veces mis copuladoras eran alumnas o amigas de alumnas. Y fue el trabajo lo que me empujó a salir de mi larga etapa autodestructiva. El primer día del curso, una estudiante me confesó que había llegado a la escuela recomendada por una alumna y me guiñó el ojo. Otra chica del mismo grupo dijo que a ella también le habían explicado que conmigo se aprendía mucho, y se rieron. Me pareció que había tocado fondo, así que defraudé sus expectativas. Pero ya ves que tampoco ingresé en un convento. Simplemente, moderé mi consumo de alcohol, dejé de dormir en la escuela y de acostarme con mis estudiantes. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, estos serían los puntos cuarto, quinto y sexto. Y esta noche parece que me he saltado uno. El alcohol, el agua o el café, no sé qué es, me pone nostálgico. Y hablar demasiado del pasado es admitir la derrota presente. Pero si quieres más café o más vodka, sírvete tú mismo.

La cabeza de Mateo cayó sobre la mesa y quedó clavada como un cuchillo. Me habría gustado preguntarle mil cosas y compartir con él mi vida, pero dormía profundamente. Me levanté y traté de encontrar el lavabo. Después, me fui a dormir mi primera borrachera a mi nueva casa.

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