martes, 17 de octubre de 2017

17 de octubre. Aleksandra Lun, 'Los palimpsestos'

¿Qué tienen en común Vladimir Nabokov, Joseph Conrad y Jerzy Kosiński? Sí, todos son escritores, hombres y de origen eslavo. Pero ¿y si a la lista añadimos a Eugène Ionesco y Agota Kristof? Pues sí, todos son inmigrantes, escritores que abandonaron su país de origen. ¿Y si agregamos a Emile Cioran y Samuel Beckett? Efectivamente, todos son escritores que no utilizaron su lengua materna para escribir. Y, además, todos son personajes de Los palimpsestos (2015) de Aleksandra Lun, una escritora polaca que escribe en español. Igual que Czesław Przesnicki, el protagonista de la novela: un escritor polaco que escribe en antártido, un idioma tan imaginario como el manicomio belga donde todos estos escritores están encerrados por escribir con una lengua ajena. Porque si escribir es de locos, aún más lo es escribir en otra lengua que la materna.

Este es el marco argumental de Los palimpsestos, una novela tan metaliteraria que podría haberla firmado un Enrique Vila-Matas obsesionado por las segundas lenguas que se convierten en primeras; y, de hecho, hay algunas referencias a Vila-Matas en el texto. Pero se trata de la primera novela de Aleksandra Lun, quien, no podía ser de otro modo, además de escritora es traductora, y nada menos que del francés, catalán, español, inglés, rumano e italiano al polaco. En el psiquiátrico belga donde ingresa el escritor Czesław Przesnicki hay otros locos literarios como él, ya los he mencionado, pero también hay una doctora y un cura polaco. En cada capítulo, Przesnicki tiene terapia con su médica, a la que le cuenta sus extraños sueños y su no menos extravagante vida, hasta que es interrumpido por algún escritor encerrado en el centro, y luego charla ácidamente sobre Polonia con el cura, el padre Kalinowski.

La novela de Lun habla de literatura, de lengua y de los límites de la identidad nacional. Además, es una buena primera obra que le augura un futuro brillante a la autora. Pero, sobre todo, es agradable y saludable leer a una mujer que practica la literatura sobre literatura, la tradición metaficcional en la que solo suelen oírse nombres como Italo Calvino, Umberto Eco, Ricardo Piglia, Paul Auster o César Aira.

lunes, 16 de octubre de 2017

16 de octubre. Virginia Woolf, 'La señora Dalloway'

Los manuales de literatura, los críticos y los escritores no siempre están de acuerdo, pero hay un lugar común en el que coinciden casi todos: los escritores más importantes del siglo XX son James Joyce, Franz Kafka y Marcel Proust. Son la Santísima Trinidad escritora, el Tridente Canónico por excelencia, el Top 3 de las Letras. Otros escritores les siguen en la lista, como Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, Robert Musil, William Faulkner o T. S. Eliot. Se trata de una selección muy objetable: es eurocéntrica, solo contiene autores de la primera mitad del siglo XX, pertenecen al Modernismo, escriben principalmente en inglés y francés, la novela tiene prioridad sobre otros géneros literarios, etc. Y, sobre todo, no hay mujeres.

La única que a veces aparece en la quiniela literaria es Virginia Woolf. Y eso que La señora Dalloway (1925) debería figurar en lo mejor de la literatura europea del siglo XX, al mismo nivel que Ulises o En busca del tiempo perdido. Como la gran obra de Proust, la novela de Woolf es una oda al tiempo: a su relatividad, rememoración y paso, marcado por las campanadas del Big Ben. Si la novela de Joyce es el emblema de Dublín, por el cual su protagonista pasea durante un día, la de Woolf pone por escrito el espíritu del Londres posterior a la Primera Guerra Mundial, y también Clarissa Dalloway recorre sus calles a lo largo de una jornada. Quizás el único pecado literario de La señora Dalloway sea no tener más de 500 páginas, como las grandes novelas; para mí, es un mérito.

El argumento es bellamente simple: Clarissa organiza en su casa una fiesta de la alta sociedad londinense. Para ello recorre la ciudad y se cruza con multitud de personajes, en la mente de los cuales focaliza alternativamente el narrador, agilísimo y armonioso al saltar de la consciencia de uno a la del otro, de la descripción del presente al recuerdo del pasado, de lo objetivo a lo subjetivo. Probablemente, el estilo indirecto libre del narrador en tercera persona sea el mejor que jamás he leído, superior a Gustave Flaubert o Henry James, y seguramente haya sido la forma de narrar más imitada en el siglo XX.

Pese a la simplicidad aparente, los temas que van surgiendo a lo largo de las preparaciones para la fiesta de la señora Dalloway son muchos: el paso del tiempo, el amor, la infelicidad y las relaciones matrimoniales, el feminismo, el amor lésbico, la decepción y las oportunidades perdidas, la guerra y sus consecuencias, la indiferencia hacia el sufrimiento ajeno, el colonialismo, etc. Woolf consigue encajarlo todo a la perfección en una de las novelas mejor organizadas —a pesar de que parece no tener estructura— que he leído. Y, a diferencia de otras novelas de la época, que pecaban de esteticistas, Woolf no se recrea en la belleza de su prosa. De hecho, La señora Dalloway es una novela comprometida con su tiempo, con grandes dosis de crítica social y política. Sobre todo a través de un personaje: el veterano de guerra Septimus, que sufre estrés postraumático y recuerda al Seymour Glass de J. D. Salinger (véase “Un día perfecto para el pez banana”).

Del mismo modo que el Ulises de Joyce tiene un Bloom's Day, habría que empezar a celebrar el Dalloway's Day.

domingo, 15 de octubre de 2017

15 de octubre. Carme Riera, 'Te deix, amor, la mar com a penyora'

Cuando un lector español se enfrenta por primera vez a la literatura latinoamericana —Juan Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, etc.—, suele experimentar una epifanía: el descubrimiento de un mundo nuevo pero también el de un idioma libre y fresco, una lengua española similar pero diferente, joven y trufada de palabras y giros idiomáticos hasta entonces desconocidos. Algo similar nos sucede a los lectores catalanes al acercarnos a la literatura balear, a pesar de que por proximidad geográfica escuchar el balear es muy común en Cataluña. Sebastià Alzamora, Miquel Bauçà o Blai Bonet son algunos de los representantes de este fascinante universo.

Pero la primera vez que me explotó en la cara el boom balear fue cuando leí Te deix, amor, la mar com a penyora (1975), el primer libro de Carme Riera (por suerte, en este boom sí hay mujeres). Como en la novela homónima de Blai Bonet, el mar es uno de los grandes temas de los relatos de Riera: el mar representa lo balear y el amor, pero también el recuerdo del amor perdido y la separación física entre los amantes, uno en Palma y el otro en Barcelona. La escritora mallorquina elige apoyarse más en la prosa, muy cuidada, que en el argumento. Así, los cuentos que componen Te deix encuentran su fuerza en los ambientes que el estilo muy lírico de Riera logra crear, rozando a veces el estatismo de la prosa poética; se trata de atmósferas densas, propensas a lo sentimental y a lo evocativo, pero que también encierran la opresión propia del franquismo.

Con toda la carga poética, el argumento queda en un segundo plano, aunque no es totalmente olvidado, por lo que encontramos relatos románticos y relatos fantásticos, alguno incluso con rasgos policíacos. Además, la personalidad de protagonistas es otro punto fuerte de Te deix, amor: los personajes transitan por los límites de la normalidad psicológica y de lo aceptado por la sociedad: son outsiders.

sábado, 14 de octubre de 2017

14 de octubre. Tània Balló, 'Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa'

En un curso de Literatura española del siglo XX, un estudiante me preguntó por qué en la Generación del 27 no había ninguna mujer. Curiosamente, era un hombre quien me hizo la pregunta, el único (excepto yo, el profesor) en una sala llena de mujeres. Podría haber preguntado por las mujeres de las dos generaciones que habíamos mencionado antes en clase, la Generación del 98 o la del 14, y le habría contestado algo similar: la historia es una construcción que pretende pero nunca llega a ser objetiva ni total, por lo que casi siempre es ideológica, en este caso, machista. Dicho de otro modo: hubo escritoras, pero los historiadores no las sacaron en la foto. En algunos casos, esta metáfora se vuelve literal; por ejemplo, cuando en 1977 el archifamoso poeta del pueblo regresa a España del largo exilio y la foto que ilustra el gran momento de la llegada lo muestra solo a él descendiendo del avión, mientras que su esposa, María Teresa León, también escritora y miembro de la Generación del 27, no aparece.

Afortunadamente, en estos últimos años están surgiendo diferentes iniciativas para revisar nuestra tendenciosa memoria y recuperar a las escritoras dejadas fuera de encuadre, y concretamente a las de la Generación del 27, también conocidas como las Sinsombrero. Por ejemplo, la serie El Ministerio del Tiempo les dedicó el capítulo 18, “Separadas por el tiempo”. Y casi simultáneamente apareció el proyecto transmedia (documental, webdocumental, proyecto educativo, libro, redes sociales y exposición) llamado Las Sinsombrero, dirigido entre otros por la barcelonesa Tània Balló, que también fue quien escribió el libro: Las Sinsombrero. Sin ellas, la historia no está completa (2016).

El libro de Tània Balló capta la esencia de todo el proyecto: rescatar a estas escritoras y artistas del injusto olvido de los historiadores y del público y lograr que, mejor tarde que nunca, sean conocidas. Para ello, Balló primero recrea brevemente el ambiente donde surgió esta generación de escritoras y explica por qué se llamaron así (en plena dictadura de Primo de Rivera, algunas de ellas decidieron transgredir las normas quitándose el sombrero por la calle). A continuación encontramos el grueso del libro, es decir, las biografías de diez mujeres artistas, poetas, novelistas, escritoras, filósofas, conferenciantes, periodistas, etc. Algunas son bastante conocidas, como Rosa Chacel, María Zambrano o la ya mencionada María Teresa León; otras, no tanto, todavía: Concha Méndez, Ángeles Santos o Josefina de la Torre. Pero si algo tienen todas en común es, precisamente, el olvido. Balló se refiere varias veces a los problemas que tuvo para reconstruir las vidas de algunas de ellas, especialmente con Margarita Manso, casi un fantasma o una sombra. Muy a menudo solo puede hacer hipótesis a partir de las biografías de los amigos, amantes o esposos, que con mucha frecuencia les escamotean la gloria a las mujeres eliminándolas de sus escritos autobiográficos; es el caso de Alberti y de Buñuel, quienes mezquinamente eliminaron las referencias a sus exparejas, arrebatándoles la visibilidad y la fama; otras, como Maruja Mallo, solo lograron cierto reconocimiento presentándose como amigas o conocidas de los grandes nombres del 27.

Es de agradecer el estilo llano y sincero de Balló, más divulgativo que académico, accesible al público menos acostumbrado al campo literario. La presencia en el texto del yo de la barcelonesa también es un acierto: no solo habla de los problemas que tuvo para obtener información, sino que intercala referencias al making off del documental y anécdotas personales, referentes sobre todo al descubrimiento de cada una de las Sinsombrero. Con todo, el libro no es perfecto. Aunque está bien escrito y muy bien documentado, aún más si tenemos encuenta que Balló viene del mundo del cine, a veces el estilo peca de simplón y hay algún error (por ejemplo, confundir la dictadura de Primo de Rivera con la Dictablanda). Pero cumple con creces su misión de visisibilizar a las Sinsombrero y tratar de completar la historia.

viernes, 13 de octubre de 2017

13 de octubre. Adelaida García Morales, 'El Sur seguido de Bene'

Hay escritores que en algún momento de su vida deciden que ya han escrito todo lo que debían, querían o podían y que por tanto no van a seguir escribiendo. Es el caso del francés Arthur Rimbaud o del mexicano Juan Rulfo, dos de los más célebres paradigmas del escritor ago(s)tado. Enrique Vila-Matas escribió sobre ellos en Bartleby y compañía y los llamó los Escritores del No, es decir, los que se plantan y deciden no escribir más. Entre ellos, casi todos hombres, podría haber figurado también Adelaida García Morales, que tenía un carácter muy retraído y, desde que en 2001 publicó su último libro hasta que murió en 2014, no escribió nada. Sin embargo, Vila-Matas no la incluyó en su libro: así de olvidada estaba ya, pese a que su novela corta El Sur fue convertida por su esposo, Víctor Erice, en una película de culto del cine español. Quien la rescató del inmerecido olvido, no obstante, fue una mujer, la escritora Elvira Navarro, con su polémica novela Los últimos días de Adelaida García Morales (2016). Pero yo quiero hablar de los primeros.

El libro donde aparecen estas dos novelas cortas, que juntas apenas superan las cien páginas, se titula El Sur seguido de Bene (1985). Es un título tan feo como descriptivo: primero encontramos El Sur y luego, Bene; sin embargo, otra elección habría desvirtuado el conjunto, ya que son dos textos independientes, a pesar de que estilísticamente y temáticamente son muy cercanos. En ambas nouvelles las narradoras son niñas que viven aisladas en una casa en el campo, con una familia desestructurada en la que hay una figura misteriosa, romántica; en ambas nouvelles encontramos una atmósfera rancia, cerrada, obsesiva y con toques mágicos o fantásticos. En El Sur el padre está muy perturbado psicológicamente, quizás deprimido, a causa de un amor frustrado por su matrimonio; es un zahorí capaz de encontrar objetos ocultos o manantiales de agua, poder que también tiene su hija, la narradora. En Bene la madre está muerta, el padre ignora a sus hijos y la figura misteriosa es Bene, la criada; esta tiene algo seductor y maléfico, una especie de contacto con los muertos.

La inocencia infantil de las dos narradoras va perdiéndose a medida que avanzan sus respectivos relatos y va desvelándose el misterio. Sin embargo, nunca llegamos a saber qué es lo que ocurre exactamente, quizás porque las narradoras tampoco lo saben; este desconocimiento es lo más perturbador de las dos novelas cortas de García Morales, que siguió al pie de la letra las enseñanzas de H. P. Lovecraft: “La emoción más antigua y poderosa de la humanidad es el miedo, y la clase de miedo más antigua y poderosa es el miedo a lo desconocido”.

jueves, 12 de octubre de 2017

12 de octubre. Slavenka Drakulić, 'No matarían ni una mosca'

Cuando Hannah Arendt publicó sus filosóficas crónicas del juicio de Eichmann en Jerusalén, generó enormes controversias en diferentes países y ámbitos. Desde el punto de vista de la filosofía, su tesis de la banalidad del mal tampoco escapó a la polémica: la filósofa alemana afirmaba que no todos los seres malvados eran monstruos o psicópatas, sino que también podían ser personas normales, banales. Eichmann era malo porque era un buen trabajador y cumplía la ley, eso sí, en un sistema enfermo, totalitario.

Slavenka Drakulić trasladó la tesis de Arendt al Conflicto yugoslavo y, como había hecho en su momento la filósofa judía, la escritora croata fue al Tribunal Penal Internacional de La Haya para presenciar los juicios de Slobodan Milošević y otros criminales de guerra. Las referencias a Arendt no terminan aquí, porque también el título de la obra de Drakulić, No matarían ni una mosca (2004), es una expresión usada por aquella para referirse a los monstruos de la banalidad.

Sin embargo, la obra de Drakulić es más accesible que la de Arendt: no es tan filosófica, es más ensayística. La autora croata combina la crónica de los juicios de La Haya con la biografía de los criminales juzgados, la historia de los Balcanes con las reflexiones morales. E incluso las anécdotas personales tienen su lugar en No matarían ni una mosca, ya que la escritora croata sufrió en su propia piel el nacionalismo desbocado de los 90 que conduciría a la sangrienta guerra. Por culpa de un artículo anónimo, que acusaba a cinco periodistas, todas mujeres, de ser “brujas” que “violaban” Croacia por no condenar con firmeza suficiente las agresiones externas, Drakulić empezó a recibir amenazas de muerte y tuvo que exiliarse. Su biografía debería bastar para garantizar la objetividad de su relato.

La lectura de No matarían ni una mosca es indispensable para comprender cómo se llegó a la tragedia balcánica, pero también es muy útil para entender la actualidad. Si bien el escenario español de octubre de 2017 está muy lejos del yugoslavo de finales de los ochenta y principios de los noventa, se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre ambas situaciones políticas; quizás demasiados. Y recordemos que la banalidad del mal surge precisamente a causa del ambiente, es decir, del sistema.

miércoles, 11 de octubre de 2017

11 de octubre. Samanta Schweblin, 'Siete casas vacías'

Una hija acompaña a su madre a robar objetos de valor sentimental en casas ajenas. Unos abuelos con demencia senil corren desnudos por el jardín y poco después desaparecen junto a sus nietos, también desnudos, sin dejar rastro. Un hombre tiene que ir a buscar la ropa de su hijo muerto, que su esposa ha arrojado por la ventana.

Estos son grosso modo los argumentos de los tres primeros relatos de Siete casas vacías (2014) de la argentina Samanta Schweblin. Como su título indica, en total hay siete cuentos, y el sintagma casas vacías hace referencia a la familia, el tema principal del libro, connotado oscuramente por el adjetivo vacías. Sin embargo, creo que solo se puede escribir sobre familias infelices, desestructuradas, únicas; algo así advertía Tolstoi en Anna Karenina: “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su modo”.

Los relatos de Schweblin no son literatura fantástica, ya que no sucede nada paranormal en ellos, no hay fantasmas ni extraterrestres: cuanto acontece es posible en el mundo real. Sin embargo, al leerlos uno tiene la sensación de que el universo de Siete casas vacías no es exactamente el nuestro. Schweblin consigue darles la vuelta a las relaciones familiares y encontrar lo raro, lo inverosímil y lo fantástico en lo cotidiano. Las perspectivas de la locura, la vejez y la niñez agudizan el aspecto irreal de las narraciones.

Puede que en los tres párrafos anteriores no haya convencido a nadie sobre la calidad de Siete casas vacías. Voy a intentarlo de nuevo: el cuarto relato del libro, titulado “La respiración cavernaria”, es una obra maestra del género. Está protagonizado por Lola, una mujer con alzhéimer, y logra transmitirle al lector la desorientación vital de los enfermos, incluso la lenta degradación de los síntomas, la progresiva desconexión de la realidad. Causa un efecto tan impactante como la primera vez que uno ve Memento, la película de Cristopher Nolan. Si no vas a leer Siete casas vacías, al menos lee este cuento.

martes, 10 de octubre de 2017

10 de octubre. Natalia Ginzburg, 'Las palabras de la noche'

Todos somos nosotros y nuestras circunstancias, es decir, cuanto nos rodea, pero también somos aquello que nos precede: somos nuestro pasado. Esto es mucho más marcado y evidente en los pueblos, donde tu vecino, cuando te mira, te ve a ti y a al mismo tiempo ve a tus padres, a tus hermanos, quizás incluso a tus abuelos. No eres Juan, eres Juan el de María. Así, la mirada del vecino incluye lo que eres, lo que eras y lo que otros son o eran. Esto a algunos les asfixia, sienten que el pueblo es una Gestapo en miniatura; a otros les tranquiliza, para ellos el pueblo es una familia grande. En los pueblos el pasado es mucho más presente que en las ciudades, donde el presente apenas es presente, solo es instante. En la ciudad todo va más rápido, hay mucha más gente e información que procesar, por lo que la visión del otro suele carecer de otras referencias que las visuales. No es que el urbanita no prejuzgue al otro, es que lo hace de otro modo, con otros recursos. No eres Juan, eres un número, un hombre alto o bajo, guapo o feo, rico o pobre, con o sin gusto, y poco más.

Por todo esto la narradora de Las palabras de la noche (1961) empieza hablando del pueblo italiano donde vive y de sus habitantes, de sus trabajos y sus días, y no de sí misma. Durante más de la mitad de la novela de Natalia Ginzburg, casi no sabemos nada de este personaje femenino, pero ella nos lo cuenta todo sobre su madre y (no tanto) sobre su padre, sobre el viejo Balotta, su fábrica y sus hijos, sobre las esposas, los y las amantes y los divorcios de aquellos, sobre el paso del fascismo por el pueblo, sobre lo que unos opinan de otros, etc. De hecho, hasta pasado el ecuador de Las palabras de la noche no sabemos que la narradora se llama Elsa. Hasta entonces, las historias ajenas le impiden a Elsa narrar la propia, siempre en segundo plano. Pero no se trata de una narración decimonónica, total y sobrecargada de detalles, sino de un relato casi oral, agilísimo, un relato coral compuesto de los cotilleos del pueblo.

Por eso Las palabras de la noche empieza y acaba con su madre hablando y hablando sin parar y sin permitirle a la hija intervenir. En este sentido, Ginzburg es genial: logra plasmar la imposibilidad de las mujeres de expresarse (en 1961 pero también hoy en día). Sin embargo, mientras la madre habla, mientras Elsa cuenta las historias de los demás, esta va dando pequeñas pistas sobre su historia personal, datos que parecen no tener importancia. Así, sabemos por su mejor amiga que alguien la ha visto con un chico en una cafetería de la ciudad, el único lugar donde el anonimato es posible. Elsa y el chico estaban cogidos de la mano, le dice su amiga que le han contado. Pero cuando Elsa empieza a relatar su propia historia y redobla la atención del lector, también capta la atención del pueblo: los ojos de los otros, ay, la miran.

lunes, 9 de octubre de 2017

9 de octubre. Sandra Cisneros, 'La casa en Mango Street'

Sandra Cisneros es la escritora más conocida de la llamada literatura chicana, es decir, aquella escrita por autores estadounidenses de origen mexicano y que aborda temas como su cultura y su identidad mestizas. La casa en Mango Street (1984) es la primera novela de la autora de Chicago y fue un éxito total: aparte de múltiples traducciones, se lee en las escuelas de Estados Unidos, a pesar de que la inclusión de una obra tan multicultural en el programa escolar no fue del gusto de todos. El primer párrafo resume bien el argumento:

“No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue en Paulina y de más antes ni me acuerdo, pero de lo que sí me acuerdo es de un montón de mudanzas. Y de que en cada una éramos uno más. Ya para cuando llegamos a Mango Street éramos seis: Mamá, Papá, Carlos, Kiki, mi hermana Nenny y yo”.


La narradora y protagonista es Esperanza Cordero, una adolescente chicana que vive con su familia en los barrios más pobres de Chicago. Y si Virginia Woolf abogaba por buscar Un cuarto propio, en La casa en Mango Street la familia de Esperanza desea mudarse a una casa mejor y menos vergonzosa que la de Mango Street. Esto es todo: la narradora nos presenta la vida en su casa y en su barrio durante un año, las historias mínimas de su familia y amigos, conflictos cotidianos y de la adolesencia. Los capítulos son muy breves y casi pueden leerse independientemente; el estilo es lánguido, poético e inocente, una prosa poética similar a la de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Lo ideal es leer la novelita en inglés, ya que la mezcla de español e inglés es una maravilla.

Aunque, no nos engañemos, esto no es todo: detrás de la bella prosa de Cisneros y de la candidez de la narradora, se encuentran los problemas sociales e identitarios de la comunidad chicana.

domingo, 8 de octubre de 2017

8 de octubre. Carmen Martín Gaite, 'Usos amorosos de la postguerra española'

Uno podría recomendar muchos libros de Carmen Martín Gaite, cuya bibliografía se puede leer como una historia en miniatura de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX. Por ejemplo, Entre visillos, que en 1957 ganó el Premio Nadal, es un buen modelo de la literatura realista y de crítica social de la época aunque, eso sí, pasada por el sedazo personal e intimista de Martín Gaite. O Retahílas, de 1974, que combina el experimentalismo entonces aún en boga con la confesión y la búsqueda de un interlocutor. O El cuarto de atrás, una novela de 1978 entre lo experimental, la narración pura y el hibridismo genérico, pero con otra seña de identidad de la autora salmantina: la rememoración de la infancia. Sin embargo, el libro que he elegido, probablemente mi favorito de Martín Gaite, es un ensayo.

Bastantes años antes de escribir Usos amorosos de la postguerra española (1987), Martín Gaite había publicado otro ensayo de título análogo: Usos amorosos del dieciocho en España (1973). Era su tesis doctoral, dedicada a las relaciones amorosas del siglo XVIII en España. En los ochenta, con el fin del franquismo y la llegada de la libertad de expresión, decidió repetir la investigación en otra época, más cercana y conflictiva: los primeros años de la postguerra. Igual que en Usos amorosos del dieciocho, en los de la postguerra tuvo que leer textos menores y no literarios, algunos de ellos íntimos, pero también recordar sus propias experiencias, para intentar reconstruir la vida amorosa de los años más duros del franquismo. Y lo consiguió: Martín Gaite recreó lo que Miguel de Unamuno llamaría la intrahistoria de la postguerra, es decir, la vida cotidiana, la vida que la prensa oficial no quería retratar y que tampoco suele merecer la atención de los historiadores.

Los lectores de Usos amorosos de la postguerra española dijeron con razón que se lee “como una novela”: la prosa es amena y sencilla sin caer en la divulgación simplista. Martín Gaite nos habla con desparpajo —pero con rigor— de la Sección Femenina de la Falange, de la escuela, de las películas y revistas que establecían el comportamiento amoroso de los jóvenes (sobre todo de las jóvenes), de la vestimenta permitida y la prohibida, de las lecturas oficiales y de las que se alejaban de la norma, etc. Lo único que le faltaría a este ensayo para ser modélico sería que estudiara también de las relaciones que durante el franquismo eran ilícitas: las extramatrimoniales y las homosexuales, entre otras.

sábado, 7 de octubre de 2017

7 de octubre. Montserrat Roig, 'Molta roba i poc sabó... i tan neta que la volen'

Hace unos días, la periodista Karina Sainz Borgo publicó en Zenda un muy buen artículo sobre la literatura de Barcelona: “¿Quién se atreve con un mapa de Barcelona en 2017?”. Además de actualizar el listado de escritores de Barcelona y (no es lo mismo) de los que escriben sobre Barcelona, los relacionaba con las generaciones anteriores. Aunque la lista no es perfecta ni exhaustiva, a diferencia de la mayoría de artículos sobre la Gran Novela de Barcelona que surgen periódicamente, el de Sainz Borgo incluye a muchas mujeres. Con todo, el porcentaje sigue siendo pequeño comparado con el de los escritores hombres: si no me equivoco al contar, hay trece mujeres frente a treinta y tres hombres. Faltan, entre otras, Mercè Rodoreda, Ana Maria Moix, Carme Riera, Alicia Giménez Bartlett o Maria Barbal.

Y también falta Montserrat Roig.

De la escritora barcelonesa se suele destacar su compromiso político con el catalanismo, su militancia en el PSUC y su feminismo, así como su vertiente periodística y ensayística. Pero también hay que reivindicar su amplia producción narrativa, que fue precisamente el ámbito donde empezó su carrera literaria, concretamente en 1970 con Molta roba i poc sabó... i tan neta que la volen. Son catorce relatos, todos con títulos tan largos y horrendos como el del volumen que los contiene. Sin embargo, no está tan claro que se trate de un libro de cuentos tradicional, ya que los personajes reaparecen en varios relatos, que se complementan entre sí. Digamos, pues, que es una novela de relatos, como Winnesburg, Ohio de Sherwood Anderson, aunque en este caso la ciudad-marco es Barcelona y la acción gira principalmente alrededor de una familia. Además, los personajes de Molta roba i poc sabó vuelven a estar en obras de Roig como Ramona, adéu o El temps de les cireres, creando un universo literario propio al estilo de William Faulkner (citado, por cierto, en el epígrafe del libro de Roig).

Otra etiqueta que suele esgrimirse para hablar de Montserrat Roig es que retrata la pequeña burguesía de l'Eixample de Barcelona. Y así es, pero en Molta roba también hay lugar para los charnegos y las clases bajas, por ejemplo, y para la historia de España, Cataluña y Barcelona desde finales del siglo XIX hasta el franquismo, que va marcando el compás de las pequeñas historias. Así, conocemos a una criada cordobesa emigrada a Barcelona, cuya historia recuerda a Carrer Bolívia de Maria Barbal, o a un joven delincuente que desde la cárcel cuenta su vida como si fuera un pícaro, con un humor similar al del detective loco de Eduardo Mendoza. La variedad de tonos y registros es considerable para ser una primera obra: además del humor y una fina ironía catalana, también encontramos intimismo y una valiente voluntad de retratar la actualidad del momento, como haría unas décadas más tarde la mallorquina Llucia Ramis en Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys.

viernes, 6 de octubre de 2017

6 de octubre. Helene Hanff, '84, Charing Cross Road'

Escribió Jorge Carrión en su ensayo Librerías que 84, Charing Cross Road (1970) de la estadounidense Helene Hanff es el “mejor libro de no ficción que he leído sobre librerías”, y probablemente no le falte razón. Se trata de la correspondencia que Hanff mantuvo desde Nueva York con la librería Marks & Co, situada en el número 84 de la calle Charing Cross de Londres. En la primera carta, del 5 de octubre de 1949, Helene les pide a los libreros que le envíen unos cuantos libros, entre ellos una Biblia que, al recibirla unas cartas más adelante, provoca en Hanff la siguiente reacción:
"¿QUÉ PORQUERÍA DE BIBLIA PROTESTANTE ES ÉSTA? 
Tengan ustedes la amabilidad de informar a los responsables de la Iglesia de Inglaterra de que han echado a perder la prosa más bella que jamás se ha escrito. ¿Quién les dijo que zascandilearan con la Vulgata latina? Lo pagarán en el infierno…, miren lo que les digo".

El valor literario y humano de 84, Charing Cross Road está en la personalidad de Hanff: en primer lugar, en cómo habla de libros, con sinceridad y desparpajo, sin miedo a criticar o alabar su contenido o su envoltorio —Helene habría sido una buena booktuber—; pero también en cómo trata a sus narratarios, con una ironía y un atrevimiento americanos que divierte y sorprende a sus interlocutores británicos; finalmente, en su bondad: durante la carestía que Gran Bretaña sufrió después de la Segunda Guerra Mundial, Helene les envía a menudo paquetes con comida, que los londinenses agradecen con ternura. Mientras se piden, reciben y comentan libros, la vida va colándose por los párrafos de las cartas de Helene y sus libreros, que van convirtiéndose en sus amigos. Así, en las apenas 120 páginas de su epistolario sabemos que Helene trata de ganarse la vida como escritora, que está casada, que se cambia de piso, pero también que Frank Doel, su principal narratario en Marks & Co, tiene esposa e hijas, o que otra librera, Cecily, la invita a visitarlos a todos en Londres.

La última carta de 84, Charing Cross Road es de octubre de 1969 y la firma Sheila, la hija del tristemente fallecido Frank Doel. Le da permiso a Helene Hanff para publicar sus cartas, que se convertirán en un bestseller inmediato, se adaptarán al teatro y al cine y le permitirán a Helene viajar, por fin, a Londres. En 2017, Charing Cross Road todavía es la calle de las librerías, pero Marks & Co solo es recordada por una placa conmemorativa. Solo nos queda el libro, mucho mejor que la película y, como diría Jorge Carrión, mejor que ficción.

jueves, 5 de octubre de 2017

5 de octubre. Herta Müller, 'El hombre es un gran faisán en el mundo'

Desde una perspectiva de género, la Odisea de Homero tiene tres argumentos. El argumento principal es el regreso a Ítaca de Ulises; es un argumento masculino, activo: un viaje, una aventura con un destino y duras pruebas que superar hasta alcanzarlo. El primer argumento secundario es la búsqueda de Telémaco: el hijo de Ulises sale en busca del padre perdido; también es un argumento masculino y activo, ya que el héroe hace, busca cosas. El segundo argumento secundario es la espera de Penélope; es un argumento femenino y pasivo: la esposa de Ulises no hace nada, solo espera a que su marido llegue, solo teje y desteje para rechazar a los pretendientes.

Por suerte, ahora sabemos valorar la espera de Penélope, su resistencia pasiva; ahora sabemos que decir no es un acto de rebeldía, que decir no es una heroicidad. Además, hay otras obras en las que la espera es el motor del argumento: Esperando a Godot, Bienvenido Mr. Marshall o Dunkerque, por ejemplo. Porque en el fondo esperar no es sino otra forma de buscar algo. También El hombre es un gran faisán en el mundo (1984) de Herta Müller dignifica la espera.

Herta Müller y su familia pertenecen a los suabos del Danubio, una minoría alemana establecida en Rumanía que, después de la Segunda Guerra Mundial, sufrió los abusos del vengativo régimen comunista. En este contexto se inscribe el argumento de El hombre es un gran faisán en el mundo: la familia Windisch, de etnia alemana, decide abandonar el pueblo rumano de donde es originaria para ir a Alemania. Sin embargo, conseguir los pasaportes y demás permisos conlleva muchos sacrificios, sobornos y una larga, interminable espera. Como en Kafka, la burocracia de la Rumanía comunista es una maquinaria cruel e implacable, sobre todo con los alemanes, por lo que los Windisch, y especialmente las dos mujeres de la familia, pagarán muy cara su emigración.

Sin embargo, a Müller no le dieron el Nobel de Literatura en 2009 solo por darles voz a los desposeídos. El gran valor de su literatura está precisamente en cómo es esa voz: lírica desde la parquedad y el minimalismo, construye paisajes y situaciones con la precisión y la exigencia de la poesía y resulta simbólica pero no rebuscada ni simplista; la comparación con Juan Rulfo me parece la más acertada. El segundo párrafo de la novela, brillante, quizás sea más explicativo:
“Cada mañana, cuando recorre en solitario la carretera que lleva al molino, Windisch cuenta qué día es. Frente al monumento a los caídos cuenta los años. Detras de él, junto al primer álamo donde su bicicleta cae siempre en el mismo bache, cuenta los días. Por la tarde, cuando cierra el molino, Windisch vuelve a contar los días y los años”.


miércoles, 4 de octubre de 2017

4 de octubre. Margaret Atwood, 'El cuento de la criada'

A veces la historia da segundas oportunidades: El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood, se publicó en 1985, pero hasta 2017 no era conocida por todo el mundo con esa fama absoluta que solo las pantallas y la polémica pueden conceder. De hecho, el gran público conoce la serie pero no la novela; otros hemos leído la novela gracias a la serie; y los más cultos y cool la leerían hace años, junto a otras obras de Atwood. El siguiente peldaño hacia la fama sería que mañana 5 de octubre le dieran el Nobel de Literatura. Yo apuesto por ella, aunque los caminos del Nobel son inescrutables.

Pero volvamos a la polémica que le ha dado una segunda oportunidad sobre la tierra a El cuento de la criada, o al menos a la serie producida por HBO. La controversia ha surgido de una interpretación política del argumento: el mundo distópico de El cuento de la criada, heredero de 1984, un país ultrapatriarcal en el que los hombres someten totalmente a las mujeres, reducidas a esclavas y meros instrumentos de reproducción, ese país, llamado Gilead, sería la América de Trump. Los Estados Unidos que desean los ultracatólicos, los ultranacionalistas, los neofascistas o la mal llamada derecha alternativa: eso representaría Gilead. No se trata de una interpretación disparatada, porque la ciencia ficción consiste en mostrar la realidad a través de un mundo diferente, un futuro que destaca alguna característica del presente: ¿qué pasaría si...? Lo que me sorprende del caso es que una interpretación, que no es una operación intelectual tan simple, haya logrado movilizar a tanta gente. Sea cual sea la explicación, bien por HBO y por Atwood.

Aunque me gustaría hablar solo de la novela, no de la serie, la verdad es que ambos productos se complementan muy bien. Mientras que la serie adapta los momentos más tensos del texto de Atwood hasta conformar una montaña rusa de suspense, la novela es más homogénea y plana, atmosférica como suele serlo la literatura de terror. La protagonista y narradora es Offred, una “criada”, es decir, una mujer cuya única función es ser utilizada para reproducirse, por lo cual es violada sistemáticamente por el comandante de la casa donde vive. Su voz, lírica y sobria, crea un ambiente opresivo en el que el único baluarte de la intimidad es el pensamiento: Offred solo es libre y solo es ella cuando piensa, nunca cuando actúa. Por suerte, en la serie también podemos oír las ideas de Offred, y el contraste entre lo que hace y lo que piensa es brillante.

Mientras lee, el lector debe pararse a menudo a coger aire, e imagino que la experiencia de las lectoras debe de ser bastante más dura. Por su parte, la serie también logra esta sensación de asfixia en el espectador, aunque es más narrativa, más situacional. Sea por escrito o en la pantalla, la empatía que genera El cuento de la criada es muy poderosa. Ojalá la vean los que deberían verla.

martes, 3 de octubre de 2017

3 de octubre. Milena Busquets, 'También esto pasará'

La literatura del duelo, los libros dedicados a la muerte de un ser querido, es tan vieja como la literatura. En la española, uno de sus primeros hitos son las consabidas Coplas de Jorge Manrique; a partir de la muerte de su padre —decir “con la excusa de la muerte del padre” queda demasiado frío—, el poeta palentino le pasa revista a la existencia: la vida, su sentido, el recuerdo, el honor, etc. Después de él, muchos más han repetido el esquema; por ejemplo, Mortal y rosa (1975) de Francisco Umbral, que llora negra tinta por la muerte del hijo. Y en los últimos años parece que ha habido un boom de la literatura del duelo, sobre todo tras la publicación de El olvido que seremos (2005) de Héctor Abad Faciolince. De hecho, Alberto Olmos ha llegado a decir que hay una crisis de la literatura del duelo: por un lado, el exceso de muestras literarias de dolor estaría banalizando el mismo dolor y, por el otro, los críticos no serían sinceros con estas obras, ya que el dolor que emanan empaña su juicio.

La barcelonesa Milena Busquets se inscribe con su última novela, También esto pasará (2015), en esta tradición. Sin embargo, quiero pensar que su éxito no se debe solo al auge de la popularidad de la literatura del dolor sino a la calidad particular de la obra. La protagonista, cuya madre ha muerto, se llama Blanca y narra la dura superación del luto; el planteamiento es ficcional, porque Blanca no es exactamente Milena, pero el aparato paratextual se encarga de que el lector sepa que la literatura de Busquets parte de las “vivencias personales” y de “lo íntimo”, es decir, que la ficción viene avalada por la realidad. Y lo real siempre vende más que lo ficcional.

Blanca tiene cuarenta años y su mundo lo componen sus hijos, sus amigas, sus exesposos y sus amantes. Todos se reúnen en una casa de Cadaqués, donde pasan el verano durante el cual también esto pasará, aunque, narrativamente, poco pasa: comen, charlan, van a la playa, nadan y navegan, coquetean, beben, follan, ríen y lloran. La novela de Busquets es una novela sin argumento o con la lucha entre la vida y la muerte (el duelo) por argumento. El hedonismo de Blanca y los suyos (“Lo contrario de la muerte no es la vida, es el sexo”) es el único antídoto contra el dolor de la pérdida, pero la yuxtaposición de hedonismo y duelo puede llegar a chocarnos por superficial, cuando no banal; También esto pasará es una novela que oscila —a veces peligrosamente— entre la ligereza y la levedad, tal y como la entendió Italo Calvino.

Cada vivencia, cada detalle, despierta en la narradora el recuerdo de su fallecida madre: la vida solo le evoca la muerte, por lo que tiene siempre un pie puesto en el presente y otro en el pasado. La novela está narrada en primera persona —prosa sencilla con breves arrebatos líricos y reflexiones nunca desarrolladas mucho más allá de la máxima— que constantemente salta a la segunda persona: Blanca dialoga sin parar con la madre. La superación del duelo es el paso del tú al ella.

lunes, 2 de octubre de 2017

2 de octubre. Belén Gopegui, 'Lo real'

En algún momento, Francisco Umbral dijo que Belén Gopegui era la mejor novelista de su generación, a pesar de que el espíritu de Umbral —lírico, romántico— no podría estar más alejado del de Gopegui —narrativo, filosófico—. Buena señal: denota honestidad en el juicio.

Lo real (2003) es una novela de la Transición, del desencanto de la (social)democracia por parte de la clase media, y a la vez es la biografía de Edmundo Gómez Risco. Edmundo quedó estigmatizado de niño: su padre fue a la cárcel por participar en el caso Matesa, una tronante estafa económica del tardofranquismo. Este pecado original lo acompañará toda su vida, la cual dedicará a luchar contra el sistema desde dentro del sistema, a aprovecharse del capitalismo sin endeudarse ni mancharse; Edmundo quiere vengar a su padre, quiere tener éxito donde él fracasó. Para ello, deberá mentir y falsificar su biografía de clase media-baja, deberá chantajear y aprovecharse de los que están por encima de él. Edmundo, en definitiva, es un arribista, el que hará cuanto esté en sus manos para medrar. Como el Julien Sorel de Stendhal, el Pijoaparte de Juan Marsé, el Onofre Bouvila de Eduardo Mendoza, el Fernando Atienza de Francisco Casavella y el Justo Gil de Ignacio Martínez de Pisón. Y Lo real de Gopegui no solo está a la altura sino que supera a varias de estas novelas.

La narradora es Irene Arce, una amiga de Edmundo, mayor que él y con una carrera relativamente exitosa pero truncada por la falta de conexiones políticas. Junto a otros personajes desencantados con el sistema, forma el equipo de foragidos de Edmundo: una empresa secreta de campañas de imagen personal. Si tu carrera necesita un empujón, si quieres un ascenso o tu jefe no te trata bien, puedes contratar sus servicios. Sus trapicheos y boicots afectan a la esfera política pero también informativa, ambientes descritos tan cerebralmente como un Michel Houellebecq o un Jerzy Kosiński, con quienes Gopegui comparte el estilo y cierta tendencia al nihilismo. La conspiración contra el sistema es heredera —aunque menos violenta— de El club de la lucha de Chuck Palahniuk y el ajuste de cuentas con la clase política española, sobre todo con el PSOE, se encuentra también en Mauricio o las elecciones primarias de Mendoza.

Lo real es una novela realista con toques líricos y ensayísticos. Pero lo que de verdad rompe la tónica realista es el coro: un grupo de “asalariados y asalariadas de renta media” que va comentando la historia de Edmundo. Sin embargo, no se asemejan tanto al coro de una tragedia griega como al público de un programa de televisión, expectantes ante la inminente caída de Edmundo. Un gran acierto de Gopegui es emplear de vez en cuando la duplicación del género (técnicos y técnicas, convencidos y convencidas) de un modo natural, sin necesidad de duplicar todos y cada uno de los adjetivos.

domingo, 1 de octubre de 2017

1 de octubre. Clara Usón, 'La hija del Este'

Hay algunas novelas que consiguen tomarle el pulso a una ciudad, un país o un evento histórico: cuando las lees, la realidad —la ciudad, el país, el evento histórico— cobra sentido, el enigma queda resuelto por arte de literatura. Por ejemplo, Felipe González dijo que gracias a Un puente sobre el Drina de Ivo Andrić fue capaz de entender el conflicto de los Balcanes, donde actuó como mediador durante la guerra. Yo añado otra novela: La hija del Este (2013) de Clara Usón.

Se trata de una ficción que parte de hechos reales, concretamente del suicidio de Ana Mladić, la hija de Ratko Mladić, general de la República Srpska y responsable de la matanza de Srebrenica. La elección del narrador es fundamental para que La hija del Este no sea un libro de historia mal camuflado en novela: Danilo, un serbio cuya ascendencia judía lo convierte en un testigo imparcial porque, como decía el padre de Amos Oz en Una historia de amor y oscuridad, en Yugoslavia había croatas, eslovenos, bosnios y serbios, y luego estaban los yugoslavos, que éramos nosotros, los judíos. Danilo presenta y desenreda las tensiones políticas de Yugoslavia: desde la Batalla de Kosovo (1389), piedra fundacional del nacionalismo serbio, hasta el surgimiento de los nacionalismos centrífugos que desembocarían en la guerra (Croacia, Eslovenia, Bosnia y Herzegovina), pasando por la paz relativa del comunismo de Tito. Además, el lector conoce a Ana Mladić y asiste al descubrimiento de que su padre es un criminal de guerra.

La hija del Este no solo es útil para entender las Guerras Yugoslavas, también es una novela sobre el sentimiento de culpa: el de Ana, que hereda de su padre, así como el de los que estuvieron involucrados en la guerra. Indirectamente, la novela habla de la culpa del escritor, que aprovecha la desgracia ajena para sacar provecho literario propio. El interés de Clara Usón por la culpa heredada es evidente y se encuentra también en “Mi padre es un tirano”, un artículo que presenta a las hijas de Stalin, Himmler, Fidel Castro, Franco y Ratko Mladić y que puede servir como prólogo a La hija del Este.

sábado, 30 de septiembre de 2017

#LeoAutorasOct

Las redes sociales generan opiniones opuestas, casi irreconciliables. Unos piensan que son nocivas, que nada bueno sale de ellas y que nos incomunican e incapacitan para la vida real; otros consideran que son positivas, que simplifican la vida, imposible sin ellas, e incluso que pueden ser un factor de cambio social. No voy a posicionarme, porque ambos bandos tienen parte de razón, pero he de reconocer que a veces surgen ideas o proyectos en las redes que hacen inclinar la balanza hacia el segundo grupo, más optimista. Por ejemplo, #LeoAutorasOct.

El verano de 2016 algunas tuiteras tuvieron la genial idea de dedicar el mes de octubre a leer solamente escritoras. Y recalco la terminación femenina: nada de leer libros escritos por hombres, solo libros escritos por mujeres. Para ello utilizaron el hashtag #LeoAutorasOct, que acogía todas sus lecturas, comentarios, recomendaciones, críticas y demás nonadas que soltamos los amantes de los libros.

Por desgracia, no todos los tuiteros compartieron mi entusiasmo. Muchos usuarios, usuarios hombres en su mayoría, criticaron la iniciativa, a pesar de que nadie les había obligado a leer nada ni dado vela en ese entierro. Twitter es así: un hervidero de trols. El comentario más habitual era el siguiente: la calidad literaria no tiene género, no importa si un libro está escrito por un hombre o por una mujer, lo que importa es el valor textual de la obra, etc., ergo no es necesario incentivar la lectura de libros escritos por mujeres. El argumentario continuaba igual de disparatado, se iba poblando de insultos y, cómo no, pronto aparecía la palabra mágica: feminazi.

Avergonzado, pensé que quizás las redes sociales sí son nocivas y que nada bueno sale de ellas. Pero, aliviado, me dije yo no era como esos trols, esos machistas. Yo no insultaba ni despreciaba a las mujeres, yo sabía que desgraciadamente aún estamos lejos de valorar por igual el trabajo de un hombre que el de una mujer. Sin embargo, me bastó repasar mentalmente mis lecturas para darme cuenta de la poca cantidad de mujeres en comparación con hombres. Si tuviera que recomendar un libro escrito por una mujer cada día del mes de octubre, me dije, tendría un problema.

Por eso me propongo llenar este octubre de 2017 de lecturas femeninas. No solo leeré solo mujeres, sino que cada día escribiré una breve nota o comentario recomendando un libro escrito por una mujer. Durante este mes de octubre, leeré, releeré y escribiré sobre libros de mujeres. 31 días de octubre, 31 recomendaciones de autoras.

Lista de lecturas:
1 de octubre. Clara Usón, La hija del Este.
2 de octubre. Belén Gopegui, Lo real.
3 de octubre. Milena Busquets. También esto pasará.
4 de octubre. Margaret Atwood, El cuento de la criada.
5 de octubre. Herta Müller, El hombre es un gran faisán en el mundo.
6 de octubre. Helene Hanff. 84, Charing Cross Road.
7 de octubre. Montserrat Roig, Molta roba i poc sabó... i tan neta que la volen.

jueves, 21 de septiembre de 2017

The Real Rolling Stones

Cuando mueran los Rolling Stones, no acabará una época sino dos o tres. La libertad de expresión, la socialdemocracia, el hedonismo hippy, la Guerra Fría, la descolonización, el auge del neoliberalismo, la caída del Muro de Berlín, el 11-S, la Crisis de los refugiados: los Rolling Stones enterrarán a varias generaciones y unas cuantas mentalidades, terminarán el siglo XX y parte del XXI. Estas Piedras han rodado tanto para llegar hasta esta última gira de su carrera, No Filter.

Algo así intentaba pensar yo durante el concierto de los Rolling Stones en Spielberg, Austria, el pasado sábado 16 de septiembre. A mi alrededor había miles, diezmiles de personas de todas las edades: grupos de amigos más bien entrados en años, parejas puretas de fans incondicionales desde tiempos inmemoriales, familias de dos e incluso tres generaciones: adultos, viejos, jóvenes y niños, abuelos, padres, hermanos, hijos y quién sabe si nietos. También el espectro socioeconómico quedaba bastante cubierto a mi alrededor: por un lado, los que solo habíamos pagado cien euros por la entrada, apretujados en una platea de centenares de metros cuadrados que no era sino un prado extensísimo embarrado; por el otro, los que se sentaban en las gradas laterales y los más pudientes, delante del escenario, de pie en espacios semicirculares compartimentados y cada vez más cercanos a sus Satánicas Majestades. El arquitecto del Red Bull Ring de Spielberg había leído la Divina Comedia de Dante, sin duda. A mi alrededor había austríacos y alemanes, pero también croatas y eslovenos, eslovacos, húngaros, polacos e italianos y algún que otro español y francés, en fin, un buen muestreo europeo con unas cuantas excepciones extracomunitarias. A mi alrededor había fans verdaderos, groupies auténticos desde siempre, y también los que solo venían por el especáculo o por el renombre del espectáculo; seguramente yo pertenecía a este subgrupo, porque en vez de prestar atención a la música iba pensando en estas cosas. Sin embargo, más que el sueldo, el coste de las entradas o las nacionalidades nos diferenciaba el suelo: los que estábamos en el área de general admission no teníamos bajo nuestros pies más que el barro de lo que horas antes había sido mullido césped. La lluvia y los cientos de miles de pisadas habían convertido la pradera en un lodazal. La suciedad en los zapatos o en los pantalones, la altura donde se detenía el marrón: esta era la marca distintiva. Y a más de cien metros de nosotros, alejados del barro, estaban ellos, impecables, intocables: Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Ron Wood y quienes los acompañaran. Arriba, las piedras rodantes; abajo y alrededor, el barro.

Y yo seguía sin concentrarme demasiado en la música ni en sus intérpretes, no importaba si tocaban “Simpathy for the Devil”, “Paint it Black” o cualquiera de sus clásicos, ni siquiera las canciones que no conocía conseguían captar mi atención. Debía agradecerles a los Rolling Stones que tocaran estos temas y no los nuevos, por todos desconocidos, pero no podía dejar de preguntarme cómo eran capaces de interpretar una y otra vez la misma canción desde hacía tantos años. ¿Cómo eran capaces de salir a tocar motivados después de tantos conciertos exactamente iguales? ¿Cuál era su secreto para no hartarse de ser los Rolling Stones? Porque su interpretación de los Rolling era impecable, musical y performativamente, a pesar de su vejez. No solo eran los Rolling auténticos sino que los imitaban al pie de la letra: Mick Jagger bailaba y se contoneaba como Mick Jagger, corría por el escenario como Mick Jagger y sacudía extático los brazos en cruz como Mick Jagger. Era una actuación perfecta incluso en su imperfección: en la primera canción los volúmenes de los instrumentos estuvieron descompensados, en otra Mick Jagger saltó al estribillo demasiado pronto y la banda tuvo que adaptarse para seguirlo y durante un par de temas Keith Richards acaparó excesivamente la atención, aburriendo al público. Era un espectáculo calcado a los conciertos que yo había visto en vídeo; no creo que hicieran ningún gesto nuevo ni que improvisaran una nota que no hubieran improvisado antes. Si los Beatles tienen una legión de músicos fans que los reproducen a la perfección, los Rolling se tienen a sí mismos: son la auténtica copia de la copia.

Pero quizás esta impresión de falsificaciones ultrarreales me la dieran las pantallas. Porque yo estuve en el concierto de los Rolling Stones en Spielberg, Austria, el pasado sábado 16 de septiembre, pero a los Rolling Stones casi ni los vi. Casi no los vi en persona, porque estarían a cien o doscientos metros de mí: entre las cabezas del público, asomaban fragmentos de minúsculas figuras que debían de corresponder a tal o cual miembro de la banda. Lo que yo vi eran las cuatro pantallas monumentales que desde detrás del escenario reproducían lo que ahí estaba sucediendo, cuatro macropantallas verticales, cuatro grandes smartphones, que hacían de altavoces visuales: gracias a ellas todos podíamos ver el espectáculo de los músicos. Mick Jagger era un coloso mítico de quince metros de altura a quien las pantallas hacían omnivisible. A veces los cuatro miembros principales aparecían simultáneamente, repartidos uno en cada pantalla; otras veces, solo uno de ellos copaba las cuatro, repetido desde diferentes ángulos; de vez en cuanto mostraban a otros músicos, a los secundarios, si tenían un papel importante en ese instante. Los privilegiados que estaban delante del escenario podían contemplar lo real, casi tocarlo; los menos privilegiados se conformaban con el simulacro. Pero el montaje del simulacro era espectacular: las cámaras captaban la acción desde varios puntos de vista, compenetraban música y músicos y lo sazonaban todo con efectos especiales: blanco y negro o color, formas, animaciones, imágenes, textos y vídeos. La edición era más impresionante que el concierto grabado por Martin Scorcese en Shine a Light (2008), pero el trabajo de los técnicos en Austria era en directo. La gira No Filter ofrecía el espectáculo doble y simultáneo del concierto y de su grabación. Además del barro que cubría nuestros zapatos y pantalones, aquello solo tenía un defecto: el desfase. Había un segundo de retraso entre el audio y el vídeo, quizás incluso menos tiempo, pero suficiente para dar la molesta sensación de que estaban haciendo playback o para recordarte que el concierto real solo sucedía en el escenario.

Mientras veía y escuchaba a los Rolling Stones en sus macropantallas y los intuía en el escenario, recordé “Del rigor en la ciencia”, el relato de Jorge Luis Borges en el que unos cartógrafos realizan un mapa a escala 1:1, es decir, un mapa del mismo tamaño que el territorio y que, por tanto, lo recubre y sustituye. Recordé que Jean Baudrillard dice que en nuestras sociedades de la información hipertecnificadas el simulacro (el mapa) es más real que la realidad (el territorio). Recordé El mapa y el territorio, la novela de Michel Houellebecq donde un artista titula su exposición El mapa es más interesante que el territorio. Recordé al filósofo polaco-estadounidense Alfred Korzybski, que decía que “el mapa no es el territorio”. Borges, Baudrillard y Houellebecq lo confirman a su manera: el mapa no es el territorio sino superior al territorio, las pantallas de los Rolling Stones son muy superiores a los Rolling Stones. Los Rolling Stones son los viejos dioses de American Gods digitalizados por los nuevos dioses, convertidos en un producto de masas reproductible instantáneamente y a gran escala.

La última canción que tocaron en Spielberg, Austria, fue “Gimme Shelter”, que habla de la guerra, de la violencia y de su cercanía; fue compuesta en 1969, en los últimos años de la Guerra de Vietnam, cuando la oposición a esta era total. La letra manda un claro mensaje de paz y amor: la guerra está a solo un disparo de distancia y el amor está a solo un beso de distancia. Mientras los Rolling Stones tocaban, las macropantallas mostraban imágenes de represión policial y guerra, protestas y manifestaciones, hombres y mujeres, blancos y negros, todos en armonía. Pensé que la canción hablaba del presente, de los refugiados en busca de refugio (shelter), de otra guerra mundial a punto de desatarse a causa de nuestros disparatados políticos y del amor como único antídoto contra todo. Luego pensé que aquello era ridículamente infantil: mis pensamientos y las pantallas mostrando esas imágenes. Para acabar, pensé que aquella canción debería llamarse No Shelter y aquella gira, Gimme Filter.

martes, 25 de abril de 2017

Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona

El pasado 23 de abril, es decir, el Día Internacional del Libro o la Diada de Sant Jordi, como prefieras llamarlo, di una charla sobre Eduardo Mendoza y Barcelona en el Instituto Cervantes de Cracovia. La conferencia se titulaba Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona y lo que sigue, más que una transcripción, es su adaptación y ampliación.

Nos encontramos el susodicho domingo a la 13:30 en el salón de actos del Instituto Cervantes de Cracovia, cuya biblioteca se llama Eduardo Mendoza, ganador del Premio Cervantes 2016. El salón de actos es un espacio luminoso, a pesar de ser un sótano, gracias a las paredes blancas y a las sillas y suelo rojos; en algún momento de la charla propuse, entre bromas y veras, que rebautizáramos ese espacio como la cripta embrujada, para honrar una vez más a Mendoza, aunque no sé si el público tomó muy en serio mi sugerencia. Para mi fortuna, este era muy numeroso y muchas de sus caras me eran conocidas; estaba compuesto sobre todo de estudiantes y profesores de español, así como de otras personas relacionadas con la lengua y la literatura españolas. Me emocionó especialmente reencontrarme con un grupo de exestudiantes del gimnazjum donde trabajé hasta hace un par de años; su dominio de la lengua había crecido tanto como sus cuerpos: me sacaban una cabeza cada uno.

Como todo acto comunicativo que se precie (aunque solo sea un poco), empecé con una captatio benevolentiae, que no consistía en decir "eh, que empiezo ya, cojones", porque uno no es un personaje mendocino, sino en mostrar en la pantalla la siguiente imagen y preguntarles a los asistentes qué creían que significaba:

—¿Os suena alguno de estos nombres? ¿Son familiares? Efectivamente, son personas, pero ¿quiénes son exactamente? ¿Qué relación hay entre ellos? Sí, todos son escritores, muy bien. ¿Y por qué he dispuesto sus nombres de esta forma? ¿Cuál es esta forma? Porque en realidad esto que estáis observando es una obra de arte contemporáneo, por si no lo habíais notado, tan contemporánea es que la compuse la semana pasada, y por eso su forma es tan importante. Y por eso es difícil de interpretar, como todo el arte contemporáneo. ¿Qué forma tienen, entonces, estos escritores? Pues sí, tienen forma de dónut, tienen forma de pączek con un agujero en medio. Un pączek es un pastelito polaco fabuloso: un dónut sin agujero. De ahí que el título de esta obra de arte contemporáneo sea El dónut de la ciudad de los prodigios. ¿Alguien se atreve a interpretarla?

La última pregunta quedó en el aire, flotando sin respuesta.

Tras haber roto un poco el hielo, me presenté: me llamo Guillem González, gracias a todos por venir y al Instituto Cervantes de Cracovia por dejarme estar aquí. Les dije a los asistentes que iba a dar una charla titulada Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona. El sentido del título lo interpreté yo mismo: figuradamente, significa que voy a hablar de la Barcelona que Eduardo Mendoza describe en sus novelas; pero también puede interpretarse literalmente: Eduardo Mendoza inventó de verdad la ciudad de Barcelona. Las novelas barcelonesas de Mendoza inventaron, frase a frase, párrafo a párrafo, capítulo a capítulo, la ciudad que hoy todos conocemos. Esta segunda parte de mi tesis es más arriesgada, espero saber defenderla.

A renglón seguido les pregunté a los asistentes qué habían leído de Mendoza y qué sabían sobre él. Comentamos que La verdad sobre el caso Savolta era una de las más importantes novelas de Mendoza, que había cambiado la historia de la literatura española; pero les dije que yo no hablaría de ella, por mucho que la acción del libro tuviera lugar en Barcelona. Tampoco hablaría de Barcelona modernista, ese maravilloso ensayo sociológico y artístico escrito al alimón con su hermana, Cristina Mendoza, ni de Una comedia ligera, sin duda una de sus mejores novelas, ambientada en la Barcelona del franquismo. Casi todos los asistentes conocían la serie del detective loco y Sin noticias de Gurb, de las que sí iba a hablar, pero la charla tenía que empezar con La ciudad de los prodigios.


La invención de la ciudad de los prodigios

A continuación proyecté y leí en voz alta una frase, el introito de La ciudad de los prodigios:
"El año en que Onofre Bouvila llegó a Barcelona la ciudad estaba en plena fiebre de renovación."
Les dije que esta frase, como buena primera frase, es un fractal, es decir, que contiene a escala reducida toda la novela, es la novela en potencia. De hecho, esta frase contiene todavía más: la obra barcelonesa de Mendoza. Es un metafractal. En la frase se mencionan los dos protagonistas de la novela: Onofre Bouvila y Barcelona; en las otras novelas barcelonesas, hay también un personaje de carne y huesos (variable) y otro de hormigón (siempre Barcelona). El verbo llegó nos indica que Onofre Bouvila no es natural de la ciudad, sino uno de los miles de inmigrantes que van a Barcelona a medrar; como Gurb, como el detective loco, como el protagonista de Mauricio o las elecciones primarias y otros personajes mendocinos, todos extranjeros en la ciudad de los prodigios. El sintagma en plena fiebre de renovación señala la característica principal de la Barcelona de Eduardo Mendoza: es una ciudad siempre cambiante. No solo en La ciudad de los prodigios, también en Sin noticias de Gurb y en la serie del detective loco, pero es en la primera donde más cambios se perciben: el paso del siglo XIX al siglo XX. El narrador describe eventos tan importantes para la ciudad como el derribo de las murallas y la construcción de l'Eixample, que permitieron a sus habitantes vivir con algo más de dignidad, comodidad e higiene. Sin embargo, para mí el símbolo del cambio permanente de Barcelona es la Sagrada Familia: se empezó a construir en 1882, poco antes del inicio de la acción de La ciudad de los prodigios, y todavía siguen en ello. La Sagrada Familia es como el río de Heráclito: nadie visita dos veces la misma Sagrada Familia. Por tanto, tampoco podemos visitar dos veces la misma Barcelona.

El siglo XIX empieza a acabarse en Barcelona cuando Onofre Bouvila llega a la ciudad (1887), es decir, cuando se celebra la Exposición Universal (1888). Este evento dio sentido al derribo de la ominosa Ciudadela de Barcelona: en 1881 se inauguró el parque de la Ciudadela, que acogería la Exposición Universal. Gracias a esta gran feria, se crearon monumentos emblemáticos como el Monumento a Colón y el Arco de Triunfo, el pórtico de entrada al recinto de la Exposición.

A esa ciudad patas arriba, en plenas obras de construcción, llega Onofre Bouvila. En ellas trabajó el joven Onofre repartiendo folletos anarquistas con la candidez del que no sabe qué tiene entre las manos, y gracias a ellos aprende lo que es el anarquismo. Sin embargo, en seguida se desengaña y se desentiende de esta ideología; una frase lapidaria condensa el pensamiento de Bouvila:
"Los pobres sólo tenemos una alternativa, la honradez y la humillación o la maldad y el remordimiento."
Obviamente, Bouvila se inclina por la segunda opción y en el recinto en obras de la Exposición Universal la aplica: empieza sus primeros negocios al margen de la ley. Primero venderá crecepelo robado, luego trabajará para una organización criminal, en la que irá medrando, también se meterá en chanchullos políticos, pelotazos inmobiliarios y otras turbias actividades. Onofre Bouvila representa un tipo muy ligado a Barcelona y a cualquier gran ciudad: el arribista. El arribista es aquel que quiere escalar posiciones social y económicamente a costa de lo que sea, sin escrúpulos, sin importarle a quién hiere y qué ideales traiciona, pues su único ideal es llegar arriba. No hace falta darle muchas vueltas: la figura del arribista es una crítica al capitalismo, o al menos a una de sus consecuencias más negativas, es decir, la ambición sin límites. En La ciudad de los prodigios, Bouvila pasa de ser un muerto de hambre, sin oficio ni beneficio, a convertirse en el hombre más rico de España. Por el camino quedarán muchos perjudicados y no pocos cadáveres. Sin embargo, Mendoza no construye un personaje solamente malvado, sino humanamente malvado, logrando que el lector comprenda sus motivos e incluso que se identifique con él: Bouvila tiene remordimientos y otros sentimientos, y además con su gran imperio criminal y económico es un agente modificador de la fisionomía de Barcelona.

El segundo gran evento internacional que transforma la Barcelona de principios del siglo XX y que le pone fin a la novela, en el que también se ve involucrado Onofre Bouvila, es la Exposición Universal de 1929. Esta vez la Exposición se alojó en Montjuic, cambiando totalmente la apariencia de la zona y creando nuevos edificios y espacios, como la Fuente Mágica o el Teleférico del Puerto. Sin embargo, hay muchos edificios que se destruyeron tras ambas Exposiciones, pues habían sido construidos ad hoc y no tenían ningún sentido sin sus ocupantes temporales. Algunos se recuperaron luego, como el Pabellón Alemán de Mies van der Rohe, uno de los pocos que tenían valor arquitectónico real. Las cuatro columnas de Montjuic fueron derribadas por orden del dictador Primo de Rivera para que los visitantes no supieran nada del nacionalismo catalán; después fueron restituidas, en 2011, cuando la democracia las permitió. Durante los Juegos Olímpicos de 1992 se reprodujo otro edificio emblemático desaparecido: el Pabellón de la República, que representó a España en la Exposición Universal de París de 1937, en plena Guerra Civil, y alojaría el Guernica de Picasso, entre otras obras. Extraña mudanza, de París a Barcelona, ciudad de cambios, de más cambios y de recambios. Otra construcción, el Pueblo Español, ayuda a imaginar ahora cómo debía de ser entonces el resto de la Exposición: si el Pueblo Español, que contiene reproducciones reducidas de los grandes edificios de España, había de servir a los visitantes para hacerse en una sola visita una idea de cómo era el resto del país, los otros pabellones habían de dar una idea rápida a los visitantes de cómo era el resto del mundo. Ya que no les era posible visitar Francia, Alemania, Hungría, Suecia o el resto de España, al menos podían conocer su cultura superficialmente en sus respectivos pabellones. De alguna manera, estas exposiciones sustituían a los viajes de verdad, eran sus versiones low cost. Hoy en día ya no nos parecen tan interesantes, gracias a o por culpa de la globalización.

Todos estos cambios son reproducidos con precisión de historiador en La ciudad de los prodigios. Sin embargo, no se trata de una novela histórica al uso. Me explico: para mí, lo más interesante de La ciudad de los prodigios, y lo que hace de ella una novela tan moderna, no son los pasajes históricos, sino las mentiras que introduce Mendoza, sus invenciones. Ya en la primera página podemos leer lo siguiente:
"Está probado que los elefantes de Aníbal se detuvieron a beber y triscar en las riberas del Besós o del Llobregat camino de los Alpes. Los primeros barceloneses quedaron maravillados a la vista de aquellos animales."
¿De verdad está esto probado? ¿De verdad los habitantes quedaron maravillados por los elefantes que pasaban por ahí? Obviamente, no. Mendoza narra entre burlas y veras, combinando los hechos históricos con sus invenciones prodigiosas. Otro ejemplo, mucho más divertido, es la aparición estelar de Antoni Gaudí, presentado como un energúmeno marginado, que vive en la Sagrada Familia; según el narrador, los intrépidos aviadores que en aquella época empezaban a surcar los cielos en sus precarios aviones pasaban acrobáticamente entre las torres de la Sagrada Familia para demostrar su valentía; Gaudí se asomaba entonces por la ventana de una torre y les gritaba agitando el brazo amenazadoramente; esta imagen habría servido de inspiración para el King Kong cinematográfico que, encaramado al Empire State Building, ahuyentaba a los aviones que lo hostigaban. Una imagen delirante y genial, incrustada en la génesis de King Kong con la habilidad propia del hombre que inventó Barcelona, pero totalmente falsa. En La ciudad de los prodigios, Mendoza obliga al lector a dudar sobre lo leído y a posicionarse: esto me lo creo y esto, no. Ha de ser un lector activo, atento. Obviamente, cualquier lector se equivoca, hasta el más inteligente, o al menos eso me digo yo, que me equivoqué varias veces. Por ejemplo, di por totalmente inventado el zepelín que hace su aparición al final de la novela. Sin embargo, diversas fotos y textos de la época parecen confirmar que en la Exposición Universal de 1929 hubo una especie de zepelín, similar al dirigible de Onofre Bouvila. El hombre que inventó Barcelona consigue que hasta la realidad parezca fruto de su invención.

Cuando en 1986 se publicó La ciudad de los prodigios, el éxito de la novela fue inmediato y total, nacional e internacional. Algunos dijeron que La ciudad de los prodigios era el Cien años de soledad de Barcelona. Otros, que Barcelona tenía dos grandes monumentos: uno arquitectónico, la Sagrada Familia, y otro literario, La ciudad de los prodigios. La popularidad del sintagma la ciudad de los prodigios es sintomático del éxito de la novela, ya que se ha usado desde entonces para describir la ciudad, aunque por desgracia nunca ha sustituido a la ciudad condal. Los méritos del texto son muchos, por algo suele ser llamado la gran novela de Barcelona, pero quizás no son suficientes para comprender su fulgurante éxito: hay que echar mano del contexto. Pocos meses después de la publicación de la novela, Barcelona fue elegida sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Hay algunas personas que en su momento dijeron que Barcelona fue seleccionada gracias a la publicación de la novela de Mendoza (no invento: leed Mundo Mendoza de Llàtzer Moix); otras matizaban: si no hubiera sido por La ciudad de los prodigios, nadie habría sabido situar Barcelona en el mapa. Yo me animo a llevar un poco más lejos la exageración: Eduardo Mendoza inventó los Juegos Olímpicos de 1992. No solo literalmente, sino también figuradamente: Mendoza entendió la importancia de las dos Exposiciones para la ciudad y supo captar esos años, construyendo un viaje de la Ciudadela (1888) a Montjuic (1929) que fue modificando las formas y el carácter de la ciudad. En casi 50 años, Barcelona cambió por completo, así como el resto del país: del Antiguo Régimen se pasó a una sociedad relativamente moderna y democrática, que culminaría con la llegada de la Segunda República (1931). Esta gran metamorfosis de la ciudad y de la sociedad tuvo su correlato en la Barcelona de 1986, el año en que se publicó La ciudad de los prodigios. Los cambios que viviría la Barcelona olímpica eran los mismos cambios que describió Mendoza: los Juegos Olímpicos confirmaron que España había acabado con éxito la Transición y que era un ejemplar satisfactorio de sociedad democrática, capaz de albergar un evento de estas características. Así que, de nuevo, un gran acontecimiento internacional había de cambiar por completo Barcelona, la ciudad inventada por Mendoza; si dentro del texto se pasaba del siglo XIX al XX, fuera se estaba abandonando el siglo XX y entrando en el XXI. El lector barcelonés que en los ochenta o noventa leía La ciudad de los prodigios se debía de dar cuenta en seguida de que las novelas históricas no hablan tanto del pasado como del presente.

Modifico la frase de apertura para adaptarla a mi tesis:
"El año en que se publicó La ciudad de los prodigios, Barcelona estaba en plena fiebre de renovación."

El Raval del detective loco

Después de tanto hablar yo, les pregunté a aquellos miembros del público que todavía no dormían si conocían al detective loco de Mendoza. Tenía la esperanza de que supieran algo del personaje, porque en Polonia estas son sus novelas más populares. Alguien dijo que estaba loco; otro, que era un detective; más allá alguien añadió que resolvía crímenes. Tímidamente, fueron surgiendo más datos: que el detective loco no tenía nombre, que era un fracasado, que a pesar de estar loco era muy inteligente, que era un genio de la mentira, del disfraz y de otras formas de la falsificación, que se movía como nadie en y entre los bajos y los altos fondos, que estaba encerrado en un manicomio, etc.

Viendo que algunos seguían despiertos, les pregunté si conocían otros locos o parias de la literatura. Sacamos a colación locos como los bufones del teatro de Shakespeare o don Quijote, que precisamente terminó su viaje en Barcelona. Y parias como el Lazarillo de Tormes u otros pícaros. De toda esta tradición de locos y marginados bebe el detective loco de Mendoza. Pero además genera su propia tradición: ¿o acaso no es Torrente un continuador de la labor del detective loco? Por no hablar de otros herederos de Mendoza como el Pablo Tussets de Lo mejor que le puede pasar a un cruasán o las locuras textuales de Antonio Orejudo en Ventajas de viajar en tren.

Así como en La ciudad de los prodigios los dos territorios que abren y cierran la novela son la Ciudadela y Montjuic, en la serie del detective loco los dos puntos más importantes son los barrios de Gràcia y el Raval. El verano de 1977, cuando Mendoza vivía en Nueva York, acababa de publicar La verdad sobre el caso Savolta y había empezado a escribir sin mucho éxito una ambiciosa novela (La ciudad de los prodigios), una visita a Barcelona le dio la inspiración literaria que necesitaba para continuar su carrera de escritor, un poco atascada; durante las fiestas de Gràcia, Mendoza percibió un cambio en los barceloneses: un optimismo que traslucía el éxito de la Transición, el principio de la democracia. La euforia que vio en Gràcia se le contagió y, de nuevo en Nueva York, empezó a escribir un libro que contenía esa euforia; El misterio de la cripta embrujada nacería un par de semanas después. Un parto muy rápido, según los estándares literarios. Sin embargo, aunque Gràcia contribuyó a la génesis de la primera de las cinco novelas del detective loco, el barrio principal de la serie es el Raval.

—¿Conocéis este barrio, el Raval? —le pregunté al público—. ¿Sabéis algo del Raval?

Puesto que los asistentes permanecían en silencio, empecé a desgranar los estereotipos habituales: el Raval es un barrio peligroso, hay muchos inmigrantes, drogas, prostitución, violencia, te pueden robar fácilmente, etc. Les mostré a los espectadores los desoladores resultados de Google: si uno escribe Raval Barcelona la búsqueda se autocompleta con peligroso. Les enseñé algunos enlaces a vídeos de YouTube que responden a la misma búsqueda: "La inseguridad en el barrio del Raval de Barcelona", "El Raval, la jungla de Barcelona", "La prostitución en el Raval de Barcelona" o "Locura en el Raval de Barcelona". Les hablé de la divertida webserie Barcelona salvaje, obviamente situada en el Raval.

Luego les pregunté si ellos habían estado en el MACBA o en la Rambla del Raval, en la Boqueria o en los bares de Joaquim Costa, en la Filmoteca de Catalunya o en la azotea del lujoso hotel Barceló Raval, y si ahí se habían sentido inseguros. Les dije que hoy en día el Raval no es para nada peligroso, o al menos no más que otros barrios de Barcelona, aunque sí es pintoresco y tiene mucha vida. De hecho, yo viví dos años en el Raval y no me pasó nunca nada malo. Entonces, ¿por qué se dice que el Raval es peligroso? Simplemente porque antes, hace tiempo, sí lo era. Concretamente, cuando aún era llamado el Barrio Chino, nombre inventado por el periodista barcelonés Francisco Madrid, ya que a principios del siglo XX era un distrito tan atestado como los Chinatowns que tenían Nueva York o Londres, aunque en este caso no había chinos. Desde finales del XIX, el Raval era un barrio obrero e hiperpoblado; a lo largo del XX fue empobreciéndose y encanallándose; había muchos bares y les resultaba exótico a la burguesía más granuja, a los artistas y a los intelectuales. Ahí podían encontrar libertad, alcohol, drogas, música, baile, prostitución y diversión. Pero también violencia y peligro, especialmente en los setenta y ochenta.

Precisamente en el Raval ejerce la prostitución la hermana del detective loco de Mendoza. Y cuando en El misterio de la cripta embrujada aquel sale del manicomio con la misión de resolver un posible crimen, lo primero que hace es visitarla para pedirle ayuda. Así es su llegada al barrio:
"Eran un hervidero los alegres bares de putas del Barrio Chino cuando alcancé mi meta: un tugurio apellidado Leashes American Bar, más comúnmente conocido por El Leches, sito en una esquina y sótano de la calle Robador y donde esperaba establecer mi primer y más fidedigno contacto."
Ese contacto es su hermana, que trabaja y vive en la calle Robador. Lo más interesante de las novelas del detective loco es que están ambientadas en la Barcelona más contemporánea; así, La cripta embrujada, de 1979, muestra cómo era la ciudad durante esos años. En la segunda entrega de la serie, El laberinto de las aceitunas, publicada tres años después de la primera, el Raval sigue más o menos igual. Entonces el detective loco describe el piso de su hermana, que, por cierto, irónicamente se llama Cándida:
"La fosa común del Cementerio Viejo debía de ser más acogedora que el edificio en ruinas donde moraba mi hermana. En el zaguán me vi obligado a vadear un charco oleaginoso que borboteaba, aunque no me atreví a investigar por qué. La pieza de que constaba la vivienda propiamente dicha sólo daba cabida a un jergón y a otro mueble. Con su sentido práctico, Cándida había decidido que ese otro mueble fuera un tocador. Cerré la puerta con llave, hice del tocador barricada y, como el cuarto no tenía ventana ni orificio alguno de ventilación, me sentí bastante seguro."
Cuando en 2001 se publica La aventura del tocador de señoras, la tercera entrega de la serie, el Raval ya ha cambiado, y mucho. Se han celebrado los Juegos Olímpicos y el Barrio Chino ya no se llama así ni conserva el mismo aspecto: el lavado de imagen llevado a cabo por las autoridades ha sido total. Quizás por eso el detective loco dejará de ser un loco encerrado y se convertirá en peluquero, porque los tiempos han cambiado. Su primer contacto con el barrio renovado es así:
"al llegar [al Raval] comprobé que el barrio había cambiado, y con él sus gentes y sus prácticas. Las calles estaban bien iluminadas, las aceras, limpias. Gente bien vestida paseaba admirando el tipismo del lugar. Me acerqué a varios transeúntes a preguntarles si conocían a Cándida y salieron huyendo nada más verme. Uno me hizo una foto (y salió huyendo), otro me amenazó con la guía Michelin, y un tercero, que se avino a escucharme, resultó ser extranjero, miembro de una secta y, al parecer, tonto."
El Raval de los noventa está limpio y lleno de turistas; lo único que da miedo es el detective loco, que es el único que no se ha enterado de los cambios por haber estado aislado en el manicomio (porque el detective loco es un extranjero de Barcelona, como Onofre Bouvila y Gurb).

En la cuarta entrega, El enredo de la bolsa y la vida (2012), el Raval sigue siendo limpio, seguro y habitable, pero hay un nuevo factor en la ecuación: la crisis económica. Así lo presenta el detective loco:
"desde hacía años, y tras unos inicios algo accidentados, regentaba una peluquería de señoras a la que, de un tiempo a esta parte, sólo acudía con admirable regularidad un empleado de la Caixa para reclamar las cuotas atrasadas de mis sucesivos créditos. La crisis se había cebado en la hacendosa clase social a la que iba orientado el negocio, es decir, los pelanas, y para colmo de males, las pocas mujeres que no se habían quedado calvas y aún disponían de dinero, se lo gastaban en un bazar oriental recién abierto frente a la peluquería, donde vendían abalorios, quincalla y fruslerías a precios reventados".
Le duró poco la buena vida al nuevo Raval: en 2008 llegó la crisis financiera. Pero muchos años antes habían ido llegando otros extranjeros al barrio; por ejemplo, aquellos que fueron a trabajar a alguna de las dos Exposiciones, como Onofre Bouvila, y se alojaron allí. Como buen observador de la realidad, al detective loco no se le escapa otro factor diferenciador del nuevo carácter del Raval: la inmigración. Los personajes que lo acompañan en El enredo de la bolsa y la vida son la familia de chinos que regenta el bazar oriental que está junto a la peluquería. Todos hablan un español impecable excepto el abuelo, cuyo dialecto mendocino es tronchante e inverosímil: mezcla de español achinado y del cultísimo hablar habitual de los personajes de Mendoza.

En la quinta y por ahora última novela de la serie, El secreto de la modelo extraviada (2015), la crisis económica continúa afectando al barrio. Además, Cándida, la hermana del detective, se ha jubilado y ya no vive en el Raval, sino que ha sido realojada, como sucede con muchos habitantes, no solo del Raval sino de todo el distrito de Ciutat Vella: las viviendas céntricas se han revalorizado y los intereses económicos han desplazado a sus habitantes al extrarradio o a otros municipios cercanos. Se trata del archiconocido fenómeno de la gentrificación, que tampoco le pasa desapercibido al detective loco:
"la transformación de Barcelona en la última década del siglo XX desplazó a los habitantes endémicos de las zonas más insalubres y encanalladas de la ciudad vieja a barrios nuevos y bien equipados. Ahora Cándida ocupaba una vivienda de treinta metros cuadrados, con ventana al exterior, agua corriente, electricidad e instalaciones sanitarias básicas, en el octavo piso de un bloque sito en la urbanización de Santa Perpetua Bondadosa, más conocida popularmente como Yonkie Gardens, un lugar infinitamente mejor que las siniestras madrigueras de donde provenía, pero al que Cándida no había conseguido aclimatarse a pesar del tiempo transcurrido".
Aunque la urbanización Yonkie Gardens sea ficticia, su nombre y la descripción nos permiten hacernos una idea de en qué tipo de vivienda "bien equipada" vive Cándida: pisos baratos, ligeramente mejores que los que ha dejado atrás en el Raval. Las ventanas sirven de indicador: el piso del Raval en El laberinto de las aceitunas (1982) "no tenía ventana ni orificio alguno de ventilación", mientras que el de Yonkie Gardens tiene una "ventana al exterior". ¡Menudo progreso!

Inmigración y gentrificación son dos de los elementos identitarios del Raval actual, más que la peligrosidad que sigue estigmatizando al barrio y a sus habitantes. Las diversas campañas del ayuntamiento de Barcelona para mejorar la imagen de la ciudad (Barcelona, posa't guapa) aún no han modificado los prejuicios de algunos barceloneses; por suerte, estos cada vez son menos y más los que consideran al Raval un barrio hipster y guay, tal como aquellos burgueses y artistas que lo visitaban mucho tiempo atrás en busca de bohemia y exotismo.

El último gran evento internacional que se celebró en Barcelona, los Juegos Olímpicos de 1992, hinchó el ego internacional de la ciudad de los prodigios; desde entonces los barceloneses pueden sacar pecho: la suya es una capital de Europa y del Mediterráneo, una meca del turismo. Aunque los eventos deportivos no tuvieron lugar en el Raval, el barrio fue muy modificado, como ya he comentado. También he dicho ya que Eduardo Mendoza inventó los Juegos Olímpicos en La ciudad de los prodigios. Por su parte, la serie del detective loco presenta las consecuencias que estos cambios tienen en la ciudad, centrándose en el Raval. Pero solo en una de las cinco novelas aparecen las Olimpiadas: en El secreto de la modelo extraviada. Curiosamente, el evento más importante para la ciudad no tiene un papel protagonista, sino que subyace en los textos mendocinos. Bueno, quizás miento: hay un libro que se nutre pantagruélicamente de los Juegos Olímpicos.


Gurb, el guiri ideal

Efectivamente, este libro es Sin noticias de Gurb, publicado por entregas en El País durante el verano de 1990, cuando Barcelona estaba "en plena fiebre de renovación" por los JJ. OO. Y a esta ciudad cambiante llegan dos extranjeros muy extranjeros: Gurb y su jefe (y buscador).

—¿Pero quién es Gurb? —interpelé de nuevo a los asistentes—. ¿Conocéis a Gurb o a su buscador? ¿Qué sabéis de Gurb?

Mientras el público y yo comentábamos algunas de las características de los dos extraterrestres más famosos de Barcelona, en la primera fila alguien se estaba disfrazando: Diego, un profesor del Instituto Cervantes de Cracovia, se estaba poniendo una peluca verde y unas gafas de sol psicodélicas.

—Hoy es un día muy importante para nosotros —le dije al público, que se reía mientras Diego se vestía—. Hoy es Sant Jordi, el Día Internacional del Libro. El Día del Libro lo inventó un escritor valenciano, Vicente Clavel Andrés, y se celebraba el 7 de octubre conmemorando la muerte de Miguel de Cervantes, hasta que en 1929 decidieron cambiar de fecha: fue el año de la Exposición Internacional. En aquella ocasión tuvo tanto éxito, que a partir de 1930 la fecha oficial del Día del Libro coincidió con Sant Jordi: el 23 de abril, conmemorando el nacimiento de Cervantes y Shakespeare, entre otros. Y precisamente el 23 de abril de 1976, Mendoza fue de Nueva York a Barcelona para firmar ejemplares de su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, aunque él cuenta que solo se vendieron cuatro, dos de los cuales los compró su hermana. Al año siguiente, la novela ya había tenido éxito, por lo que vendió mucho más; sin embargo, el 23 de abril de 1977 los grises cargaron por algún motivo contra la multitud que se acercaba a los puestos; por suerte, su editor protegió valientemente a Mendoza, que todavía recuerda con humor la anécdota. Hoy, 23 de abril de 2017, es un día muy importante. Eduardo Mendoza y muchos escritores están en Barcelona firmando ejemplares. Pero aquí, en Cracovia, tenemos a otro invitado muy especial. Por favor, demos la bienvenida al buscador de Gurb.

Diego, con la peluca verde y las gafas de sol, subió a la tarima animado por los aplausos del público. Hice esfuerzos para aguantarme la risa y así poder entrevistarlo.

—Hola, ¿cómo estás?

—Pues muy mal —contestó el extraterrestre—. Mal, porque llevo un porrón de años buscando a Gurb y no lo encuentro. ¿Alguien ha encontrado a Gurb por aquí?

—Pues no, parece que no está en Cracovia. Oye, ¿y cómo te llamas? Siempre he tenido curiosidad por saber tu nombre.

—Pues no tengo nombre. No sé, nunca me lo pusieron. Pero como puedo transformarme en cualquier persona, no hecho de menos tener una identidad más definida. De hecho, yo soy inteligencia pura, no tengo forma.

—¿Y cuál es tu ciudad terrícola favorita?

—Pues —Diego, madrileño, no dudó en contestar— sin duda mi ciudad favorita es Barcelona. Me gusta mucho, me encanta. Pero la verdad es que no conozco otras ciudades. Bueno, un poco Sardañola del Vallés y Tarragona.

—Te recomiendo que visites Madrid, que también es una ciudad prodigiosa. ¿Y qué parte de Barcelona te gusta más?

—La Rambla, por supuesto. Me encanta caminar por esa calle. Caminar con los pies, caminar con las manos, no importa. Además, en la Rambla puedo metamorfosearme en cualquier persona y no llamo la atención, no importa si soy un torero o Marta Sánchez o José Ortega y Gasset. Hay tantos turistas y gente rara que paso desapercibido.

—¿Y cuál es tu comida española favorita?

—Hombre, qué pregunta. ¡Los churros! Puedo comerme 5 kilos para desayunar sin ningún problema. Luego voy a Montjuic y subo y bajo la montaña unas cuantas veces para digerir mejor los churros. Aunque si Gurb se hubiera perdido en Cracovia, me habría vuelto un fanático del pączek polaco, que es como un dónut pero sin agujero.

—Sin duda tienes que ir a Madrid, donde venden los mejores churros del mundo. ¿Y has tenido algún problema en Barcelona.

—Uf, problemas no me han faltado. Al llegar a Barcelona me caía constantemente en zanjas. Luego descubrí que la ciudad estaba en obras por culpa de los Juegos Olímpicos. También perdí la cabeza y me atracaron una vez. Y, bueno, como mi organismo no lleva muy bien esto del antropomorfismo, tengo problemas con la tolerancia alcohólica. Bebo mucho y salgo bastante, pero también es culpa de Barcelona, creo.

—Bueno, esto es todo. Mucha suerte buscando a Gurb.

—Gracias. Espero tener noticias de él pronto.

El público aplaudió con entusiasmo al buscador de Gurb, que en el trayecto de la tarima a la primera fila ya se había metamorfoseado en Diego.

Entonces yo les dije que para mí era evidente: Gurb es el turista ideal. Va a Barcelona y se pierde nada más llegar, por lo cual su amigo tiene que buscarlo. El buscador de Gurb, otro guiri ideal. Este dúo no es de Barcelona, ni de Cataluña, ni de España, ni de Europa, ni del mundo: son unos extranjeros totales, ideales. Por eso el buscador de Gurb no conoce las costumbres barcelonesas (ni terrícolas) y constantemente causa y sufre malentendidos culturales. Como cualquier turista, el buscador intenta adaptarse a las situaciones, allá donde fueres haz lo que vieres, pero no lo logra: es un camaleón fracasado y, por mucho que se vista igual que los locales, no consigue pasar desapercibido (excepto entre guiris). Como a cualquier turista, unos carteristas atracan al pobre extraterrestre en Barcelona. Como cualquier turista, se convierte en un devorador de churros, sin saber que no es exactamente gastronomía local. Como cualquier turista, sufre los contratiempos urbanísticos de Barcelona, la ciudad que está permanentemente "en plena fiebre de renovación", en este caso los preparativos para los Juegos Olímpicos de 1992. Como cualquier turista, el extraterrestre se embrutece en Barcelona: predispuesto a ello o no, el turista acaba emborrachándose día y noche, arrastrado por las malas influencias de la ciudad. Como cualquier turista, a pesar de todo Gurb y su buscador terminan cogiéndole cariño a Barcelona y deciden quedarse.

En España Sin noticias de Gurb es el libro más popular de Eduardo Mendoza —a menudo es lectura obligatoria en el instituto—, pero sobre todo es el libro que inventó los guiris de Barcelona. Aunque es una novela de ciencia ficción sui géneris, en Sin noticias de Gurb hay una invasión: la de los turistas que conquistan Barcelona. Gurb y su compañero son la punta del iceberg de esos turistas, que a partir de los Juegos Olímpicos de 1992 se masificaron, convirtiéndose en una parte esencial e inseparable de la ciudad, pero también en su lado oscuro: su sueño y su pesadilla. Es una pena que, a pesar de la popularidad del libro, el lenguaje popular no adoptara la palabra gurb como sinónimo de turista o de guiri. Un ejemplo posible: Eh, mira ese gurb, está rojo como un cangrejo. O: mira aquel gurb, lleva sandalias y calcetines blancos, va sin camiseta y con una cerveza en la mano. O: ¿Qué hace esa gurb con un traje de faralaes por la Rambla?

Además del turismo de masas, Sin noticias de Gurb inventó en 1990 otro aspecto importante de Barcelona: el Bicing, el servicio de alquiler de bicicletas públicas de Barcelona que se implantaría en 2007. En un breve texto que escribí en este blog en 2012, tras releer la novela de Mendoza, ya me percaté de esta invención ("Gurb en bicicleta"). Así que aproveché el descubrimiento para terminar la charla leyendo la siguiente cita de Sin noticias de Gurb:
"Quizá la gente haría más uso de la bicicleta si la ciudad fuera más llana, pero esto tiene mal arreglo, porque ya está casi toda edificada. Otra solución sería que el Ayuntamiento pusiera bicicletas a disposición de los transeúntes en la parte alta de la ciudad, con las cuales éstos podrían ir al centro muy deprisa y casi sin pedalear. Una vez en el centro, el propio Ayuntamiento (o, en su lugar, una empresa concesionaria) se encargaría de meter las bicis en camiones y volverlas a llevar a la parte alta."
—Bueno —le dije al público, que ya quería irse a su casa—, ya voy acabando. Os muestro de nuevo la obra de arte contemporáneo que compuse la semana pasada: El dónut de la ciudad de los prodigios. Habéis tenido una hora y media para pensar qué significa, para pensar quiénes son estos escritores y por qué tienen forma de dónut y no de pączek —esta vez hubo respuestas, por suerte para mí—. ¡Efectivamente! Todos estos escritores escribieron sobre Barcelona. Ellos son los inventores de la ciudad de los prodigios. De color azul son escritores catalanes que escriben en catalán, como Jaume Cabré, Josep Maria de Sagarra, Mercè Rodoreda o Maria Barbal. De color rojo, escritores catalanes que escriben en español: Juan Goytisolo, Manuel Vázquez Montalbán, Carmen Laforet o Juan Marsé. De color blaugrana, escritores que escriben en español y en catalán: Carme Riera, Albert Sánchez Piñol o Terenci Moix. De color negro, escritores españoles de fuera de Cataluña: Miguel de Cervantes, Ignacio Martínez de Pisón o Max Aub. De color verde, escritores de fuera de España que no escriben en español: André Malraux, George Orwell o Jean Genet. De color morado, escritores hispanoamericanos que escriben en español: Fernando Vallejo, Sergio Pitol o Gabriela Wiener. Todos ellos contribuyen a la invención de Barcelona: ellos son los creadores de El dónut de la ciudad de los prodigios. Ellos son los arquitectos, los cocineros, de Barcelona. Obviamente, faltan muchos escritores. Pero sobre todo falta un escritor, el más importante de ellos: Eduardo Mendoza, el hombre que inventó Barcelona. Con Eduardo Mendoza, el dónut está completo: es un pączek. ¡Muchas gracias!

Una foto con mis exalumnos, muy amables por haber venido.