jueves, 14 de julio de 2016

Mateorías (16)

(Capítulo 16 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Dieciséis

En verano se rompían las normas: no todos los profesores de español de Cracovia tenían dos o más trabajos. El estío cracoviano imponía un cambio de ritmo en la vida del profesor y, de paso, una acentuación de las diferencias de clase. En julio y agosto, había dos clases de profesores de español: los que trabajaban y los que no. Arriba, algunos afortunados podían descansar durante el verano, porque tenían un contrato de trabajo anual con derecho a vacaciones de profesor (de profesor de verdad); abajo, la mayoría, meros jornaleros, simplemente trabajaba, como el resto del año, y gracias. Luego estaban los desclasados que, a la mierda el trabajo, se iban de viaje donde fuera y ya los recontratarían el curso siguiente.

El verano de 2013 yo pertenecía a la clase baja, trabajadora y agradecida, por eso estaba dando clases mañana y tarde en la academia. Pero el 2 de septiembre de 2013 ascendería a la alta, aunque tendría que esperar un año para poder disfrutar de mi nuevo privilegio de clase. El verano de 2014 podría sestear, irme de viaje con las vacaciones pagadas o escribir; el de 2013, solo trabajar y soñar.

Fui al instituto a firmar mi nuevo contrato un par de semanas antes de que empezara el curso. Se trataba de un instituto público, concretamente de un liceum (litséum). En Polonia, la enseñanza secundaria se divide en dos etapas de tres años cada una: el gimnazjum (13-16) y el liceum (16-19). Por suerte, me había tocado el periodo de la adolescencia menos difícil.

El director del liceum me recibió con distancia polaca, me dio la mano flácida y me habló en un inglés tosco y seco, aunque mejor que nada; finalmente, me sentó frente al contrato. Estaba escrito en polaco, obviamente, pero el director se ofreció sin muchas ganas a traducirme lo que fuera al inglés. Como buen profesor novato, pasé del título (umowa o pracę, contrato de trabajo) a la parte que más me interesaba: el sueldo. Tuve que leer la cantidad varias veces, incluso pregunté si era mensual o semanal. Si los profesores de liceum son clase alta, pensé, no es precisamente por su salario: también necesitan dos para subsistir. Después de firmar, el director me dio marcialmente tres instrucciones:

—Primero. La próxima semana, debes asistir a varias reuniones de profesores, como el resto de la plantilla. Son obligatorias y hablaremos de cuestiones vitales para el desarrollo normal de la actividad docente. La lengua vehicular de las reuniones es el polaco, por supuesto. Aunque por motivos comunicativos no puedas participar, debes venir igualmente. Solo duran unas horas y quizás te vayan bien para mejorar tu polaco. Segundo. Sería bueno que te afeitaras la barba. En nuestro liceum hemos tenido algún profesor extranjero, pero nunca tan barbudo; nuestros jóvenes estudiantes no están acostumbrados a barbas tan largas, tan musulmanas. Tercero y último. Recuerda que en Polonia las normas de cortesía no funcionan como en España. Tus alumnos no pueden tutearte ni llamarte por tu nombre. Ya tuvimos este problema con otro profesor de España. Es indispensable que te llamen señor González, por muy incómodo que te sientas. Eso es todo. ¡Adiós, señor González!

Al salir del despacho del director, el guarda de seguridad del liceum se me acercó. Me estrechó la mano con vigor, se apartó un poco y me hizo una reverencia: las manos recogidas tras la espalda, las piernas juntas y el torso erguido sin rigidez, como se cuadraría un botones algo bobo, sonrió e inclinó la cabeza. A partir de esta primera toma de contacto, cada mañana habría de presenciar su reverencia servil; desde el umbral de la puerta del instituto, el guarda saludaba y despedía a todos los profesores de la misma manera. Me presenté en mi polaco macarrónico, pero él siguió sonriendo, sin decir nada.

Después de las clases en la academia, ubiqué mi preciado contrato sobre la mesa y me senté en el sofá cama junto a Tutaj, la gata, que se dejaba acariciar el lomo. No eran solo unas cuantas fotocopias malgrapadas, escritas en una lengua ininteligible y firmadas por mí y por el director. Leí el título en voz alta, umowa o pracę, como un cura recitando un versículo. Tutaj, que no practicaba esa religión, no se inmutó.

Tres mañanas no di clase en la academia para poder asistir a las reuniones del liceum. Aunque mi polaco había ido progresando bastante durante mi estancia en Cracovia —había hecho algún curso y, sobre todo, tenía contacto diario con la lengua—, todavía era muy deficiente: podía presentarme, hacer la compra, pedir indicaciones por la calle y poco más. Una conversación informal con un polaco paciente era tediosa, lenta y muy limitada, pero posible. Escuchar a dos nativos hablando ya estaba fuera de mi alcance. Participar en una reunión formal quedaba completamente descartado, y nadie me exigió ni siquiera intentarlo. Y por los otros profesores entendí que tampoco me perdía mucho: el lenguaje de los bostezos es universal. Aproveché para leer Vacío perfecto de Stanisław Lem, que me había prestado Mateo. Al terminar la tercera reunión, el director polaco me dijo qué era lo que me había perdido (nada) y me avisó o amenazó (habrá más reuniones).

Antes de que empezaran las clases, sin que yo lo supiera y sin necesidad de discutirlo en ninguna reunión, ya se había determinado mi rol en el instituto: durante el resto del curso, yo iba a ser un profesor florero. Solo había que interpretar los indicios, tarea nada fácil. El primer indicio era que hubiera obtenido el trabajo, es decir, que el director hubiera contratado a un profesor joven, extranjero y con poquísima experiencia; lo interpreté mal: he tenido un golpe de suerte, me dije, y no es un trabajo tan bueno, añadí cuando vi el salario. La segunda pista era el aura de silencio a mi alrededor: los otros profesores, polacos, no tenían ningún interés en relacionarse conmigo, en ninguna lengua; de nuevo malinterpreté su gesto: la lengua es la lengua, pensé, no soy nadie para obligarlos a cambiarla, deduje, un grupo de españoles también aísla lingüísticamente al espécimen extranjero, me expliqué. El tercer síntoma de mi condición de florero era mi nula importancia en las reuniones de profesores; ya he dicho que las interpreté (no del todo bien) como un gesto de caridad hacia mi nula capacidad de comunicación. La cuarta y última señal fue un anuncio en la web del liceum, publicado el día después de que firmara el contrato, que informaba del nuevo fichaje de la escuela: un profesor nativo de español, yo; en este caso, mi ego se negó a interpretar nada.

—No me jodas, catalán, no te engañes —me dijo Mateo en la academia—. Te han contratado para que el centro gane puntos: les da más caché tener profesores extranjeros, les da bastante igual tu currículum vitae. Por eso los otros profesores no te hablan: no eres su colega sino un accesorio temporal, un reclamo publicitario del instituto. No tienes que hablar en las reuniones porque no puedes y porque no quieren escucharte. Incluso han puesto un anuncio: mirad, inscribid aquí a vuestros hijos, tenemos un profesor nativo. Es decir, tenemos un profesor florero. No hay que avergonzarse, yo también fui profesor florero en un gimnazjum, y es muy probable que en el fondo lo siga siendo en la academia y en la Universidad Jaguelónica. Pero no es nada malo, todo lo contrario, y te recomiendo que lo aproveches, pues tiene sus ventajas. La primera es que hayas encontrado trabajo sin la preparación ni la experiencia adecuadas; la segunda, que lo mantendrás mientras sigas siendo un profesor florero. Por eso yo que tú me afeitaría la barba. Además, el próximo verano tendrás vacaciones pagadas. ¿Qué más quieres? Cuando haya otras reuniones de profesores aburridas, llévate otro libro y sanseacabó. Los floreros no pueden hablar, pero sí leer. Y si nada te consuela, recuerda que en tres semanas tendrás la presentación de Todas las almas y que Javier Marías también fue un profesor florero en Oxford.

Aunque acepté la verdad de Mateo, todavía hice algún intento más de comunicarme. En el liceum había otra profesora de español, polaca, pero por nuestros horarios no nos veíamos nunca. Cuando por fin coincidimos, descubrí que tampoco podríamos hablar mucho: no porque yo fuera un profesor florero, sino porque ella apenas hablaba español, y nada de inglés. Mejor hablamos en polaco, me dijo, así practicas un poco. Probablemente estaba en lo cierto y yo necesitaba el polaco más que ella el español, ya que sus clases eran de nivel principiante. Un par de mañanas, saludé a otro profesor, no llegué a saber de qué materia era, hasta que me cortó: por favor, me dijo, no me digas cześć (hola) sino dzień dobry (buenos días). En polaco, hay que ser más formal.

Cuando por fin desistí de mi voluntad de integrarme con los profesores y acepté definitivamente mi papel de profesor florero, tan silencioso como el guarda de seguridad pero más inútil, me concentré en las clases. En seguida descubrí que el ambiente del liceum era diametralmente opuesto al sano relajamiento de la academia; era normal: no hay época más insana que la adolescencia.

El primer día, los alumnos me esperaban de pie, firmes como soldados, aunque menos inocentes; me llevó dos silenciosos minutos entender que solo se sentarían si yo se lo decía o me sentaba antes. También me costó un poco acostumbrarme al trato de usted y a que me llamaran señor González, pero cualquier cosa era mejor que el vacío perfecto que me hacían los profesores. Curiosidades culturales aparte, mi mayor reto fue convertirme en una clase de profesor diferente: un profesor de adolescentes. Uf, complicado. Para empezar, debía ser severo con ellos: amonestarlos si olvidaban los deberes, castigarlos si se portaban mal; para compensar, debía premiarlos si hacían algo correctamente. Agotador. Tuve que cambiar radicalmente los métodos pedagógicos que había aprendido: se acabaron las razias y salir a tomar algo con los estudiantes, nada de conversaciones improvisadas, bromas y actividades con sentido del humor, prohibido enseñarles insultos y palabrotas, cuidado con los temas elegidos, etc. Espinoso. A diferencia de los adultos, a los adolescentes había que motivarlos para que trabajaran cuando no tenían ganas o estaban cansados, incluso obligarlos cuando no tenían ningún interés. Engorroso. Pero sin duda lo más difícil fue cambiar mi comportamiento: me gustara o no, yo era un modelo para aquellos chavales, cualquier cosa que hiciera, buena o mala, la imitarían o como mínimo influiría en su formación. Misión imposible. Si fuera de la clase era un profesor florero, dentro era un dictador sin vocación.

Los primeros días, y también los que vendrían, me acordé mucho de Yono Leo y del poco caso y las muchas putadas que le hacíamos. Me encomendé a él como a un ángel de la guarda o a un dios tutelar.

—Para sobrevivir a la enseñanza pública polaca, el profesor solo puede empezar a sonreír cuando termina el primer semestre —me aconsejó Mateo—. Es un trabajo duro y por eso tienes que hacerte el duro. Recuerda que tus alumnos son adolescentes, la edad más perversa; debes tratar de entenderlos y aprender a tratarlos. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el noveno punto diría: adáptate a la situación. Trabajar en un instituto es un infierno que te curte, como la mili.

El viernes por la noche, habría preferido saltarme ese infierno, como la mili. Pasé el fin de semana en el sofá, agotado y derrotado, recuperándome de la paliza semanal: por la mañana, pelea con adolescentes en el liceum; por la tarde, entrenamiento con adultos en la academia. Una clase del instituto solo duraba 45 minutos, pero me consumía más que los 90 minutos de un round en la academia; en el mundo de la enseñanza, el tiempo es relativo, relativo a la edad. Apenas me aliviaban la visión del contrato de trabajo sobre la mesa y su promesa de vacaciones de verano, tan lejanas. Lo releí (umowa o pracę), pero no encontré consuelo en su idioma imposible.

Afortunadamente, el sábado recibí un email con una buena noticia: era la editorial. La pequeña editorial que me había publicado Todas las almas de Javier Marías. ¿Por qué se acordaban de mí justo entonces, tres años después del Verdadero Fracaso? El correo decía lo siguiente:
¡Felicidades por tu éxito polaco! Nos alegra saber que todo te va tan bien por ahí, fue buena idea irte de España. Estábamos seguros de que tarde o temprano se haría justicia con tu maravillosa novela, injustamente ignorada. No importa que el éxito te llegue en un país de Europa del Este. ¿Ya te has buscado un traductor? A Blasco Ibáñez también lo ningunearon sus compatriotas, pero en Estados Unidos fue un auténtico boom, un bestseller en toda regla. Aunque ahora ya nadie se acuerda de él...
Ayer en la oficina saltamos de alegría cuando leímos el email de Mateo, tu amigo de Cracovia. Nos informaba de que en dos semanas habrá una presentación de Todas las almas. ¡Es una noticia fabulosa! Felicidades de nuevo, te lo mereces, os lo merecéis, Javier y tú.
En su correo, Mateo nos pedía permiso para fotocopiar Todas las almas y distribuir las fotocopias entre la "microscópica comunidad de letraheridos hispanohablantes de Cracovia". Muy amablemente, tuve que denegárselo, como comprenderás. Piensa que tus royalties están en juego. A cambio, le propuse que hiciera un pedido de libros, porque todavía conservamos en el almacén unas cuantas cajas llenas de ejemplares de tu novela. Dile que a partir de treinta podemos hacerle un descuento y que los recibiríais un par de días antes de la presentación.
Nos encantaría mandarte a alguien a Cracovia para cubrir el evento, pero estamos hasta arriba de trabajo y los vuelos low cost no son tan low cost. Si haces fotos de la presentación internacional de Todas las almas, podemos publicar una nota de prensa en nuestra web, incluso mandarla a algunos periódicos. Ya imagino los titulares: "Autor español triunfa en Polonia" y "A causa de la crisis económica, la literatura española se da a la fuga, igual que nuestros jóvenes cerebros". Quizás ahora nos hagan más caso y la gente lea tu novela y podamos desvelarle al mundo de una vez quién es Javier Marías. 
Por cierto, ¿estás escribiendo algo? ¿Quizás una novela ambientada en España?
El domingo les contesté:
Gracias por contactar conmigo. Por favor, enviadme cuanto antes todos los ejemplares de Todas las almas que todavía conservéis: por fin alguien quiere leer mi novela. Los pagaré con los royalties de mi nuevo libro, cuando lo escriba. Por ahora estoy viviendo y trabajando, o sea, documentándome. Pero tengo un blog, se llama De mí me río. No creo que os mande ninguna foto del evento: el 20 de septiembre, el día de la presentación, el cumpleaños de Javier Marías, también será el día de su entierro. Mejor que no quede constancia. Debo pasar página a mi etapa como Javier Marías.
La segunda semana de trabajo en el liceum no fue mucho más llevadera que la anterior.

La primera semana, había estado tan nervioso que no me había fijado en el denominador común de todas las aulas del instituto: la decoración nacionalista. Esta consistía en un crucifijo y una bandera de Polonia: arriba, una franja blanca con una imponente águila y, abajo, otra banda roja. Mi clase, la clase de español, pequeña, sucia y con olor a tiza y esponja vieja, maliluminada por un fluorescente enfermizo y un triste tragaluz al fondo, un zulo donde cabían hasta quince alumnos, veinte si se hacinaban, también estaba equipada de esta manera, por supuesto; sin embargo, el crucifijo y la bandera polaca tenían aquí una segunda función: tapar algunas humedades. Con todo, la primera semana solo les había prestado atención a las manchas.

El primer día de la segunda semana, llegué bastante pronto al zulo. Entonces vi los símbolos de la pared. No los vi porque estuviera más relajado, sino porque alguien añadió un tercer símbolo: una bandera española. Como mínimo, la Marca España cubre marcas de humedad, pensé. La alineación de mi clase quedaba, pues, así: dos banderas y un crucifijo. Pero mi inconsciente lo interpretó así: bandera de España, aguilucho y crucifijo. Solo faltaba una foto del Caudillo, un retrato del Ausente y una estampa de la Virgen María. Sentí un escalofrío atávico.


A pesar de todo, aprendí a amar mi aula, mi querido zulo, donde pasaría tantas horas. Allí di clase de español a niveles intermedios y básicos, así como una asignatura de cultura española para los chavales de segundo y tercer curso. No eran las clases de literatura española que había querido enseñar durante mi Rabelais, pero no podía quejarme. Aquel curso aprenderíamos un poco de geografía (los mares y cuatro o cinco ríos, las provincias y sus capitales), estudiaríamos alguna costumbre de cada región (como siempre, a los estudiantes les sorprenderían las escatológicas tradiciones navideñas de Cataluña), descubriríamos las lenguas habladas en España, leeríamos un par de leyendas (los alumnos realizarían un cómic del lamento de Boabdil y representarían en clave de telenovela el drama de los amantes de Teruel) y le daríamos una ojeada a la historia: las primeras conquistas, la conquista romana, la conquista visigoda y la conquista musulmana y la reconquista, el matrimonio de los Reyes Católicos, el descubrimiento y la conquista de América, la creación del imperio donde no se ponía el sol, hasta que fue poniéndose poco a poco, siglo a siglo, la guerra de secesión, el absolutismo contra la ilustración, la guerra de la independencia, las guerras de independencia hispanoamericanas, las guerras carlistas, la restauración, la segunda república, la guerra civil y el franquismo. Y cuando llegáramos al franquismo les podría explicar por qué me ponía los pelos de punta la combinación aguilucho-crucifijo-rojigualda, aunque no todos me entenderían. Y, a diferencia de las clases de historia que tuve yo en el instituto, en la mía sí pasaríamos de la guerra civil y del franquismo, y llegaríamos a la transición y a la democracia e incluso hablaríamos del 15-M y de la crisis económica y de qué hacía yo en Polonia, delante de sus narices.

En la asignatura de cultura nunca realicé la actividad mateórica de los reyes españoles y la homosexualidad, por supuesto; no quería dejar de ser un profesor florero con vacaciones pagadas. Por suerte, Mateo tenía un segundo archivador lleno de actividades políticamente correctas, adecuadas para los adolescentes; su segunda biblia de profesor, que también compartía, se titulaba Masteorías.

Para completar mi proceso de adaptación al liceum, hice cuanto me pidió el director. Desde la primera semana, dos obligaciones compitieron por obtener el premio a Lo Más Tedioso: poner notas por todo y patrullar los pasillos.

La escuela disponía de un modernísimo programa online que permitía administrar las notas de los alumnos: asistencia, comportamiento, deberes, presentaciones, actividades en clase, controles, exámenes, etc. Se podía acceder desde el ordenador del instituto o desde el personal, obviamente, incluso desde el móvil, unos cuantos clics y ya está. Evaluar el comportamiento no fue nunca un problema, sino una útil herramienta para chantajear a los estudiantes más revoltosos. El problema era poner el resto de notas, es decir, perder mi valioso aunque mal pagado tiempo entrando datos y más datos en el programa del instituto; en vez de, por ejemplo, dedicarme a la cerámica turca.

Sin embargo, patrullar los pasillos también era una verdadera tortura china. Como en cualquier escuela, entre clase y clase había breves descansos, de cinco, diez, quince o más minutos. Como en cualquier escuela polaca, el liceum no tenía un patio donde los estudiantes pudieran salir a desahogarse, así que solo podían quedarse en los pasillos. Los profesores necesitábamos vigilar que los alumnos no se mataran ni se drogaran, porque el guarda de seguridad no daba abasto o simplemente los ignoraba. Me escaqueé siempre que pude, pero aun así paseé muchas horas por aquellos pasillos sin ventanas, sudorosos y ruidosos, en la silenciosa compañía de otros profesores, cárceles para los estudiantes y sus carceleros. Los primeros días llamé la atención, como buen profesor extranjero, pero en seguida todos se acostumbraron y me ignoraron, como buen florero.

Al acabar la segunda semana de liceum, estaba destrozado; como una buena enfermera, Tutaj me hizo compañía tumbada en mi regazo. En diez días de trabajo, había sufrido un choque cultural más contundente que en todo el año que llevaba en Polonia. Por enésima vez, me refugié en mi contrato laboral; la fórmula mágica (umowa o pracę) no surtía ningún efecto, quizás porque el verano de 2014 era un paraíso muy remoto. Por primera vez, cometí el atrevimiento de leer el contrato; sentí la misma transgresión que un lego leyendo un texto sagrado. Mi paupérrimo polaco no conseguía descifrar las letras, pero sí las fechas: 2 września 2013, es decir, 2 de septiembre de 2013. El corazón me dio un vuelco cuando leí la fecha de fin de contrato: 27 czerwca 2014, es decir, 27 de junio de 2014. Es decir, el verano de 2014, es decir, el paraíso de 2014, es decir, una ilusión, es decir, una estafa, es decir:

—¡No me jodas! —grité, despertando a Tutaj de golpe.

No me levanté del sofá cama en todo el fin de semana, convaleciente.

Sin embargo, no puedo acabar este capítulo dejando tan mal sabor de boca, tanta amargura. Porque la culpa fue en parte mía, por no leer la letra no tan pequeña. Porque, cuando me recuperé del golpe, no me molestó tanto haberle regalado dos salarios de profesor al gobierno polaco: a fin de cuentas, Polonia me acogió durante tres años. Pero, sobre todo, porque en el liceum pasé buenos momentos. Los adolescentes polacos no eran tan malos. Respetaban bastante a los profesores, también a los floreros, a veces incluso fueron simpáticos y cariñosos.

Mis alumnos, no sé muy bien cómo, descubrieron la fecha de mi cumpleaños, la verdadera, el 27 de septiembre, y me hicieron un regalo. No sería la última muestra material de apego: Navidad, Semana Santa, el día del profesor y el fin de semestre y de curso eran buenas oportunidades para regalar. Pero el mejor regalo, el más personal, quizás el único sincero, aunque también el más raro, fue el regalo de Bartek.

Bartek era un alumno muy tímido, nadie quería sentarse nunca con él. Yo había oído a los otros estudiantes llamarlo perturbado, loco, friki y otras lindezas que mi polaco no me permitía comprender. Al principio yo también le tenía manía, porque me recordaba a Facu: una versión más joven y todavía más nerd. Pero empezó a caerme bien a partir del día en que lo pillé leyendo a escondidas en mi clase; leía un libro de Andrzej Sapkowski, probablemente un tomo de la Saga del Brujo. No le puse una nota negativa en el programa del liceum, por supuesto. Además, era muy buen alumno, de los mejores de la clase. En la primera redacción de Bartek que leí, decía en un español muy solvente que le gustaba la literatura fantástica y de ciencia ficción, los juegos de rol, las películas de Star Wars, los cómics y el manga, los videojuegos, etc.; al final, añadió algo que me cautivó: quiero ser escritor. En clase, Bartek no se atrevía mucho a participar, y yo tampoco lo presionaba.

El día de mi cumpleaños, se me acercó cuando los demás habían salido ya y me dio una foto:

—Felicidades, señor González —me dijo.

Era una foto mía, tomada en la clase, pero tenía algo extraño: mis ojos eran azules, mi pelo no era moreno sino castaño claro casi rubio y mis rasgos faciales eran más femeninos. Lo demás era normal: la pizarra detrás de mí, una tiza en mi mano, mi barba, la bandera polaca y el crucifijo asomando por una esquina. Bartek entendió que yo no entendía.

—Es usted —me explicó—. Pero también es mi madre. Os he combinado con Photoshop. He aprendido yo solo a usar Photoshop, no me ha enseñado nadie. ¿Le gusta?

—Sí —le mentí—. Muchas gracias —y lo dejé salir.

Probablemente, aquel regalo de cumpleaños era el más original que me habían hecho nunca, exceptuando el que Mateo le haría a Javier Marías. Mezclándome con su madre, Bartek había conseguido combinar sentimientos muy diferentes en mi interior: el afecto, el asco, el miedo, la extrañeza. Tendría que haberlo regañado por sacarme una foto sin mi consentimiento, pero no pude.

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