miércoles, 21 de septiembre de 2016

Mateorías (y 27)

(Capítulo 27 y último de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veintisiete

Este julio fue el mes de las despedidas. Por un lado, las oficiales: de la universidad, de la academia, del liceum; por el otro, los adioses: a los estudiantes, a Tutaj, a Kazimierz, a Cracovia.

Después de Mateo, el siguiente en saber que me marchaba de Cracovia fue el jefe de estudios de la Universidad Pedagógica, aunque a él lo informé cara a cara en su despacho. Nunca tuvimos mucho trato, pero le agradecí la oportunidad que me había dado (pese a que me había enchufado su amigo Adrian), encomié su gestión, alabé el ambiente del departamento y la buena disposición de los estudiantes de catalán y le aseguré que daría las clases que faltaban hasta el fin del semestre y de mi contrato con la profesionalidad que me caracterizaba. Cuando terminé, me hizo una pregunta obvia que, por algún motivo, yo no esperaba:

—Entonces, ¿por qué te vas?

Improvisé:

—Bueno, siento que debo cerrar mi etapa de profesor cracoviano. Llevo aquí cuatro años, estudiando y enseñando. Ahora necesito hacer algo diferente en otro sitio.

Unos días más tarde me dejé caer por la academia. Fui directamente a la sala de profesores, donde tantas horas había pasado. Como estaba vacía, aproveché para imprimirme un recuerdo: apreté el botón y salió una hoja en blanco, excepto por un pelo o fideo negro. Cuando la estaba mirando, quizás alertado por el ruido de la fotocopiadora, entró el profesor mexicano. Charlamos de los no tan viejos tiempos vividos en la escuela y, poco después, la directora cubana y otros profesores, algunos de ellos nuevos, se agregaron a la conversación. ¿Vuelves a trabajar con nosotros? ¿Nos echas de menos? ¿Vienes a espiarnos? ¿Quieres tomarte un cubalibre? Por fin, les dije que me iba de Cracovia. Con nostalgia evidente, recordamos el incidente de las banderas y otras anécdotas de la academia. Finalmente, la directora me preguntó:

—Pero ¿por qué te vas de Cracovia?

Inventé:

—Porque echo de menos a los míos: mis amigos, mi familia. Estos años en Cracovia han sido una experiencia fabulosa; he crecido mucho, también como persona. Pero ahora necesito volver con ellos.

Para poder acercarme al liceum sin romper la orden de alejamiento que me impuso el director polaco, me escondí tras las gafas de sol de Javier Marías. Estuve un rato fuera, disfrazado y a una distancia prudencial, observando el edificio donde había trabajado. Continuaba como antes, obviamente: ¿acaso debería haber cambiado a causa de mi ausencia? Vi pasar por mi lado a varios exalumnos, que no me reconocieron, y yo tampoco les hablé, aunque me habría gustado saludarlos y decirles adiós. Me sentía como un pervertido acechando adolescentes, como el pervertido al que habían echado por bailar con una estudiante, así que me metí en una cafetería cercana, desde la que podía espiar sin temer ser descubierto. Al salir el director, permanecí sentado. En cambio, cuando vi a Bartek, me levanté y lo seguí de lejos. Iba con un compañero, también mi exalumno, que unas calles después se fue en otra dirección. Entonces pude quitarme las gafas y llamarlo. Bartek se sorprendió al verme, pero no le sorprendió el verdadero porqué de mi desaparición o renuncia, que todos en el liceum conocían ya. Aunque parecía convencido de mi inocencia, daba la impresión de guardarme rencor. Me reveló su plan para el verano de 2016: escribir un relato. Un relato fantástico, el relato que cambiaría el rumbo de la historia universal de la literatura. Lo animé a trabajar duro y a no rendirse. A continuación, saqué el último ejemplar que conservaba de Todas las almas, mi novela con seudónimo, y se lo di. La escribí yo, le dije, hace unos años, antes de venir a Cracovia. Si yo pude escribir esto, tú también podrás y seguro que será mucho mejor. Luego le conté que me iba y él me preguntó:

—¿Y por qué se va de Cracovia, señor González?

Simplifiqué:

—Es una decisión muy difícil pero, como tú, voy a escribir. Me voy a España para estar más tranquilo. Este verano escribiré una novela.

Mis estudiantes de la Universidad Pedagógica se tomaron bien la noticia de mi partida, para ellos cualquier destinación era mejor que Cracovia, hasta que los corregí: no me voy a Barcelona sino a Madrid. Entonces me preguntaron:

—¿Por qué te vas a Madrid y no a Barcelona? ¡Si tú eres de Barcelona!

Fantaseé:

—Pues porque nunca he vivido en Madrid. Quiero vivir en una ciudad diferente, una ciudad que no sea mía. Porque en Cracovia he descubierto que cuando me siento extranjero, me siento más próximo a mí, me siento como si casi fuera yo. Además, quién sabe, quizás allí pueda dar clases de catalán.

Las únicas que no me preguntaron por qué me iba no eran personas: la gata Tutaj y la misma ciudad de Cracovia. Despedirme de Tutaj fue fácil: le compré un lujoso paté para gatos. Pero ¿cómo despedirse de Cracovia? ¿Cómo decirle adiós a la ciudad que me acogió durante cuatro años?

Pasear, la única forma posible de despedirme de Cracovia era pasearla. En mis últimos meses, anduve más que nunca. Salía cada mañana de mi kawalerka y deambulaba por Podgórze y luego pasaba junto a la Plaza de los Héroes del Gueto, cruzaba el río y vagaba por el barrio de Kazimierz hasta el centro, para visitar de nuevo los bares de mis juergas rabelais, los edificios donde tuve clases, la residencia donde compartí habitación con Facu. Repetí el camino que entonces solía hacer para ir a clase y para ir a trabajar y para hacer la compra. Fui a la Universidad Jaguelónica y recorrí sus pasillos como si fuera un estudiante o un profesor o un rabelais, llamé al despacho de Adrian pero me fui antes de que me abriera, pregunté en secretaría dónde estaba Mateo. Pasé muchas veces por delante de la academia y algunas entré a despedirme de nuevo. Me tomé un par de cervezas en Albo Tak, donde Javier Marías habló de su libro, y otras tantas en el bar donde íbamos a ver el Barça-Madrid un 26 de febrero de 2013 a las 21:00 del capítulo también nueve, pero en vez de eso Mateo se peleó con un polaco y yo llegué tarde. Tomé el tranvía 24 de Plac Bohaterów Getta al Hotel Piast y al revés, y no me bajé sino que permanecí sentado en mi asiento, viendo cómo pasaba por delante de mis ojos una parte de la ciudad que nunca me había molestado en conocer pero que alguna vez había soñado, me bajé en Kurdwanów, la última parada, y regresé andando: me olvidé de los rieles y me perdí por barrios residenciales con casas unifamiliares ajardinadas y bloques de pisos grisáceos, centros comerciales, polideportivos y cines clónicos, supermercados insignificantes, quioscos insustanciales, parques y talleres mecánicos, lugares tan anónimos y fútiles que parecían no existir, a pesar de que en el fondo eran más auténticos y estaban más vivos que los rimbombantes edificios y monumentos del centro de la ciudad. Visité por primera vez los cuatro montículos de Cracovia, a los que peregriné sin porqué: el monte Kościuszko y el Piłsudski, construidos en los siglos XIX y XX en honor a dos héroes polacos, y el monte Krakus y el Wanda, dos túmulos prehistóricos levantados por y para quién sabe quién. Crucé el río por el puente con candados de enamorados y recorrí las calles de Kazimierz reconociendo los bares conocidos con Mateo. Seguí a desconocidos que me llevaron a nuevos sitios, desde donde fui detrás de otros tipos que me llevaron a otros lugares. Más de una vez llegué sin querer al piso de Mateo y aunque parecía inhabitado no podía evitar pensar que quizás Mateo seguía viviendo allí, que quizás no se había ido a Ucrania y tampoco a Madrid, que quizás me había mandado las cuatro postales desde Cracovia, que quizás me estaba devolviendo la mirada detrás de la cortina. Anduve a lo largo del Vístula: al oeste, dejando a un lado el abandonado Hotel Forum y al otro el castillo de Wawel, siguiendo más allá de la laguna de Zakrzówek hasta el pueblo de Tyniec; al este nunca pasé del recodo donde perdimos el balón de Kazimierz y nos dimos un chapuzón. Caminé hasta el barrio ciudad de Nowa Huta, tan cercana en tranvía y tan a una hora y media a pie, me detuve en Plac Centralny, la plaza donde Facu imaginó la estatua del Gran Soldado Comunista, me volví al sur y contemplé una pradera que parecía el fin del mundo, me dirigí al norte y callejeé por donde Juan Pablo II luchó contra el régimen socialista. En el centro de Cracovia, me disputé el espacio vital con los turistas, rechacé las continuas invitaciones a clubs de estriptis, busqué la sombra y el cobijo en las iglesias, ojeé los escaparates de las tiendas de souvenirs. Fui a los escenarios de mis relatos escritos en Cracovia y publicados en De mí me río, especialmente a las cafeterías que salían en Encuentros con los Apocrifílicos; una de ellas, Coffee Cargo, ya no existía cuando llegué: la habían derruido para construir un bloque de pisos.

En mis últimos meses cracovianos leí muy poco y no escribí nada, solo caminé. Caminé sin rumbo, caminé rumbo a Madrid, caminé caminos pasados, caminé tratando de no repetirlos, caminé sin pensar, caminé siguiendo mis recuerdos, caminé hacia el 29 de julio de 2016. Si alguien analizara mis movimientos almacenados en un ordenador, no detectaría ningún patrón en mis caminatas, solo una maraña confusa, imposible de desenredar y comprender. Pero para mí era obvio que estaba diciéndole adiós a Cracovia: despedirse de una ciudad es andarla una última vez, repasarla y repisarla. Al mismo tiempo, pasear por Cracovia era una manera de escribir. Andando estaba inscribiendo sobre la ciudad la novela que quería pero no lograba escribir.

Una mañana, casi me despedí de quien no quería. Al cruzar Rynek, escuché una historia familiar contada por una voz que me sonaba: no entréis en La Cabeza, porque los turistas y los polacos mean dentro cada noche. ¿Queréis que os cuente la historia de La Cabeza del Gran Soldado Comunista? ¿Queréis saber por qué está siempre llena de pis? Mientras un grupo de diez o doce personas asentía y le prestaba atención, confirmé que no me había mentido en nuestro último encuentro, o al menos no del todo: Facu era en efecto un guía turístico. Como no quería volver a oír su relato ni que me reconociera, me alejé bastante. Pero sentado en un banco seguí observando sus gestos de orador consumado, que despertaban el interés genuino del público. Sentí un regusto amargo: Mateo ya no estaba y yo me iría pronto, mientras que Facu se quedaba. Cracovia nos ha ganado, me dije al continuar mi paseo.

En mis andaduras de despedida, noté bastantes cambios en Cracovia. Se estaba transformando a medida que la recorría: si mis paseos escribían la novela de la ciudad, en un par de días el texto ya quedaba obsoleto. No solo había algunos bares o cafeterías cerrados, también encontré edificios nuevos o remodelados, calles asfaltadas y aceras arregladas. No es una hipérbole: cualquier habitante de Cracovia conocía desde hacía tiempo la causa del rejuvenecimiento de la ciudad: el papa la visitaría, seguido por cientos de miles de peregrinos. Del 26 al 31 de julio de 2016, se celebraría la JMJ, es decir, la Jornada Mundial de la Juventud. Gracias al Pop Quiz de Malcolm, yo sabía perfectamente en qué consistía y cuál era su historia: se la inventó Juan Pablo II en los años ochenta y era una reunión masiva de sacerdotes y jóvenes católicos que celebraban su fe portando una cruz de madera, la Cruz de los Jóvenes, un regalo de 3,8 m de altura gentileza del mismo papa. Tres puntos para mí, Malcolm.

En Cracovia, las preparaciones de la JMJ empezaron a ser visibles a principios de 2016. En junio, la ciudad entera ya estaba forrada de carteles con el rostro del papa, como si fuera un candidato en la recta final de una campaña política o una estrella de pop anunciando su último concierto. Sin embargo, los carteles mostraban la cara del difunto Juan Pablo II, el papa favorito de los polacos, y no de Francisco, el papa vivo y en funciones que visitaría la ciudad. Aquellos días, Cracovia era una versión a escala y sin ironía de mi altar de objetos kitsch. Tenía la sensación de que en cualquier esquina me podía encontrar una taza gigante del rey Jorge Luis I o una gran postal de Madrid. Todo aquel montaje me parecía una venganza de la ciudad: como yo me había disfrazado de Javier Marías para engañarla, ella ahora se disfrazaba de Juan Pablo II para humillarme.

En una de mis caminatas, me detuve frente a un cartel y le aguanté la mirada al papa. ¿Y si escribía sobre él? ¿Y si escribía sobre la JMJ? ¿Y si escribía sobre la juvenil transformación de Cracovia, sobre la estancia de los peregrinos, sobre los conciertos, las fiestas y las misas que se organizarían y sobre cuanto pasara en la ciudad esos días? Quizás necesitara escribir una crónica para salir de mi atasco creativo, para librarme de la trampa de la autoficción: en vez de escribir sobre mí, recorrería la ciudad entrevistando a los voluntarios y a los visitantes y a los que no participaban en los festejos, en fin, le tomaría el pulso a la ciudad y pondría por escrito su atmósfera. Llegué a concebir un título para mi reportaje, Un ateo en la JMJ, pero nunca la empecé. No era momento de escribir sino de andar.

Y mientras yo llevaba meses andando por mi Cracovia para tratar de mantenerla en pie, en unos días cientos de miles de peregrinos se apropiaron de la ciudad a pasos agigantados. Poco antes de que comenzara la JMJ, saliera mi avión a Madrid y llegara el papa, la ciudad ya era suya. Ondeaban banderas de todos los colores, de países que yo ni siquiera conocía y que probablemente no vería nunca más. Grupos enormes de jóvenes a rebosar de testosterona, acné, pasión y fe cantaban sus respectivos himnos nacionales y coreaban consignas religiosas y patrióticas. Me pregunté si Facu y Todo en Español andarían por ahí, camuflados entre los peregrinos. Aunque la mezcla de nacionalismo y catolicismo me producía un rechazo irreprimible, no podía negar que su comportamiento era ejemplar: no solo no se peleaban ni se increpaban ni meaban en La Cabeza, sino que sonreían y saludaban animosamente a los jóvenes de otros países que encontraban por la calle. Con todo, cuando el 26 de julio empezó la JMJ, Cracovia era un pandemónium de felicidad católica. Era casi imposible caminar por la ciudad, convertida en la fiesta de la juventud cristiana, a la cual yo no estaba invitado.

El día antes de marcharme, decidí darme un último paseo hasta el centro. Cansado de andar y de la multitud, me senté en la terraza del bar de Kazimierz, el amigo de Mateo que parecía un żul. A pesar de estar situado en el centro de Cracovia, en un Rynek abarrotado de peregrinos, el bar estaba casi vacío. Cuando me vio, Kazimierz se acercó con un par de cervezas y se sentó a mi lado.

—Hacía mucho que no nos veíamos —me dijo—. Has venido al mejor lugar para refugiarte de los peregrinos: los malditos no entran en ningún bar. Se suponía que la JMJ tenía que beneficiar al sector turístico, pero los peregrinos no consumen nada. Como son jóvenes no tienen dinero y como son católicos no beben, o al revés, no sé. En fin, ¿cómo estás? Ya nunca vienes a jugar al fútbol...

—Me voy de Cracovia —le dije—. Me voy a Madrid.

—Conque a Madrid, ¿eh?

Kazimierz se quedó callado un rato, y yo también. Por encima del griterío de Rynek, pude oír el toque de trompeta de la basílica de Mariacki. Eran las doce del mediodía. Me acordé del día en que subimos a la torre y de la respuesta de Mateo: lo que más me gusta de Cracovia son sus bares. Los peregrinos no estarían de acuerdo con él. Kazimierz y yo brindamos por mí y por mi partida. Entonces, se levantó y nos despedimos:

—Cuida de él, ¿vale?

Observando a los jóvenes peregrinos, dejé de pensar en Cracovia.

Al día siguiente, el 29 de julio de 2016, me dirigiría al aeropuerto para tomar mi avión. En el control de seguridad, alguien observaría el contenido de mi equipaje, diseccionado en el aparato de rayos X. El vigilante no entendería por qué había tantísimas tazas en esa maleta. No le parecería ilegal, porque no lo era, solo raro. ¿Qué necesidad tenía este tipo de comprar todas estas tazas?, se preguntaría. Por suerte, a mí no me diría nada, simplemente me haría pasar bajo el arco detector y me dejaría alejarme con mi maleta llena de tazas.

A continuación, me sentaría en la sala de espera, junto a otros pasajeros. Y esperaría. A pesar de que siempre se me ha dado bien esperar, en esta ocasión estaría nervioso. Intentaría distraerme con un libro, con el móvil o con la televisión, pero no lo lograría. Pensaría en Mateo, pensaría en cómo dentro de unas horas nos fundiríamos en un abrazo, pensaría en mi próxima vida en Madrid; serían todos pensamientos fugaces, inasibles como peces asustadizos. Me inquietaría. En algún momento, me levantaría e iría al lavabo, llevando la maleta conmigo.

Mearía sin ganas y me lavaría la cara una, dos, tres veces. Saldría con el rostro chorreando.

De nuevo en la sala de espera, me sentaría en el mismo sitio de antes, pero me sentiría diferente. A partir de entonces, sería el protagonista de una novela, una de esas novelas cuyo protagonista es un escritor que quiere escribir una novela. Y al final de la novela este escritor experimentaría una epifanía, una revelación: se le aparecería ante sus ojos la novela que llevaba tanto tiempo intentando escribir. No la sucesión de imágenes que precede a la muerte, sino el texto al completo, con sus capítulos, sus escenas, sus diálogos, sus párrafos, sus puntos y sus comas. Y, bueno, más bien se le aparecería en la cabeza. Sentado en ese incómodo asiento, la mente del escritor sería la novela. El escritor hojearía su mente para comprobar que, efectivamente, la novela no era otra cosa que la vida que había llevado hasta entonces. La búsqueda, no el hallazgo.

El escritor sabría que la novela se titularía Mateorías. El escritor leería en voz baja la primera frase de la novela: "Solo hice verdadera amistad con Mateo durante mi estancia de cuatro años en Cracovia". Finalmente, el escritor se imaginaría en Madrid, escribiendo estas líneas.

Madrid, septiembre de 2016.

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