miércoles, 25 de mayo de 2016

Mateorías (3)

(Capítulo 3 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Tres

—Perdonad —les dije a los profesores—, no es muy importante, pero tengo una pregunta sobre la fotocopiadora...

—No me jodas, catalán, preguntas más que un filósofo, un niño y un inspector de Hacienda juntos.

A pesar de sus quejas mateóricas, el madrileño siempre se me acercaba y me echaba una mano con el problema que tuviera. En esta ocasión, llevaba media hora intentando fotocopiar correctamente una página de un manual de español. Estaba un poco estresado porque aquellas eran mis primeras clases en aquella academia y, de paso, en mi vida.

—Mira qué ocurre —le dije a Mateo—: en cada fotocopia aparece esta maldita raya. No es muy gruesa, pero está justo sobre el texto y no se puede leer lo que dice ese párrafo. Es como un fideo. He probado veinte veces y siempre sale ahí mismo. Sé que no parece muy grave, pero quizás deberíamos avisar a la directora...

—Catalán, deja en paz a la directora que ya tiene bastantes preocupaciones —soltó una carcajada escandalosa y los demás profesores se rieron.

Mateo me mostró otras fotocopias que guardaba en su casillero. También tenían aquella condenada raya, que incomodaba más o menos la lectura, rasgaba una imagen o, si había suerte, le hacía de bigote a algún embajador del mundo hispanohablante. Fui pasando las hojas: en cada una, la raya estaba en un lugar distinto, unas veces horizontal y otras inclinada, recta o curvada. Maldito fideo bailarín, pensé, los dioses de las fotocopiadores son bien caprichosos.


—No es un fideo, catalán. Es un pelo. Un puto pelo —los otros profes seguían riéndose.

—¿Un pelo? ¿Y cómo coño ha llegado hasta ahí? —le pregunté a Mateo, inspeccionando la impresora.

—Busca, busca, a ver si lo encuentras. Precisamente dice la leyenda de nuestra escuela que es un pelo del coño. Por eso es tan grueso. Concretamente, que es un pelo del coño de la directora. Sí, sí, de nuestra directora. Por eso es tan grueso.

Cuando la conocí, lo único que me sorprendió de la directora era su lengua: aunque me había dicho que era cubana, no tenía ningún acento, hablaba de una manera totalmente neutra. El suyo era un español de aeropuerto, de no-lugar, consecuencia de haber vivido tanto tiempo fuera y haber enseñado a extranjeros, me explicó. Exceptuando el acento ultranormal, era una mujer normal: bastante atractiva a sus cuarenta y pico años, muy directa pero con mucho sentido del humor; parecía una muy buena jefa. En lo poco que yo llevaba en su academia, no había tenido tiempo de oír nada raro sobre ella o sus pelos íntimos. Hasta aquel momento.

Los demás profesores habían dejado sus quehaceres y se nos habían acercado, esperando a que Mateo empezara la narración alrededor de la fotocopiadora. Cerró la puerta de la sala de profes, carraspeó teatralmente y se puso a hablar en voz queda:

—La directora es una cubana que vino a estudiar a Cracovia en los ochenta, catalán, durante los últimos años de la PRL, la República Popular de Polonia. Cuando el régimen socialista polaco aún mantenía buenas relaciones con el gobierno de Fidel Castro, ¿sabes? La directora era entonces una aplicada estudiante de arte en busca de libertad europea, pero lo más similar a esta que podía visitar era Polonia, así que llegó y se enamoró de un polaco, se casó y se quedó. Cualquier excusa era buena para no volver.

—La película no es nueva, che: se titula El amor de mi visa —secundó a susurros el profesor argentino.

Mateo soltó una carcajada y los demás lo imitamos, aunque en seguida volvió el silencio.

—Exacto. Ríete si quieres, catalán, pero no tan alto. En cuanto llegó la democracia, la cubana abrió una escuela de español en Cracovia que fue todo un éxito. En los noventa empezó el boom del español en Polonia, que todavía continúa, y la cubana se montó en la cresta de la ola. Para los polacos, el español era una lengua exótica y sin carga ideológica: no representaba la libertad y el capitalismo como el inglés, ni el intelectualismo del francés, ni el rigor alemán, ni la pobreza y la cerrazón soviéticas, sino la fiesta, el goce de la vida y la despreocupación propios de lo hispano.

—No mames, güey, el boom del español estalló porque a los polacos les gustan las telenovelas. Especialmente a las polacas.

—Obvio, che. Cualquier polaco sabe un puñado de frases en español de Telenovela, la auténtica patria de nuestra lengua. Aunque no haya asistido a una sola clase.

—Exacto. Las telenovelas hicieron más por la popularidad de la lengua española que Cervantes, García Lorca y García Márquez, Vargas Llosa y la alta literatura que los parió.

—Bueno, bueno, calmaos, ni que cobrarais comisión anunciando telenovelas —los cortó Mateo alzando la voz—. En fin, la academia de español que fundó se llamaba Cubalibre y era la primera versión de nuestra escuela. No estaba lejos de aquí, era más humilde y más pequeña pero con el mismo espíritu. El lema era revolucionario: aprende español entre cubata y cubata.

—Entre cubalibre y cubalibre —corrigió el chileno—. Y el mismo espíritu, no, era mucho mejor: al acabar la jornada, preparaban cubalibres para todos. Ahora ni a café nos invitan...

—¡Cubalibres diarios para profesores y estudiantes! —la venezolana.

—Si eso no era libertad europea... —el mexicano.

—Bueno, sí, pero no os vayáis por las ramas, que parecéis primates. Además, el ron que ponían era de garrafón: rellenaban unas botellas de Havana Club y Ron Barceló con spirytus, vodka o lo que tuvieran, mezclado con extracto de avellana o algo así, un chorro de cola y a beber. Las botellas todavía corren por aquí, las he visto en los eventos que organiza la escuela. Obviamente el mejunje debía de estar malísimo, pero los profes y los alumnos tan contentos, tú dirás —carcajada mateórica y risas del coro—. Y entre cubata y cubata, la cubana, es decir, la directora, se había cansado de su esposo. La libertad europea, ya tú sabes, ¿no? Y con la caída del Muro de Berlín llegaron a Polonia la democracia, el capitalismo y el catolicismo, buenos sismos. La política polaca estaba cambiando para bien y para mal, así que sin dudarlo la directora se apresuró a divorciarse y a abortar: adiós marido polaco, chao feto apátrida.

—Espera, espera: ¿la directora estaba embarazada? ¿Desde cuándo? —pregunté.

—Pinche Mateo, ¡olvidaste el embarazo! —gritó el mexicano.

—Che, Mateo, ¡el embarazo era una pieza esencial de la narración! ¡La cagaste, boludo! —bramó el argentino.

—No me jodáis, ¡qué más dará! Pero, sí, en alguna fiesta, entre cubata y cubata, se había quedado embarazada. ¿Qué importa y quién sabe de quién? —risotada de Mateo y luego de los otros: cuestión zanjada—. Y en 1993, poco después de quedarse sin esposo y sin embarazo, se ilegalizó el aborto en Polonia. Ya ves que la directora tenía olfato para estas cosas: supo viajar a Cracovia en el momento adecuado, abrir la academia de español cuando tocaba y desembarazarse justo a tiempo. Y entonces, ¡a vivir que son dos días!

—Vivir sin más ataduras que el dinero. ¡Eso sí que era libertad europea!

—¡Y a chingar, que el mundo se va a acabar!

—¡A coger como animales!

—Y, aunque su escuela de español ha cambiado, su voracidad sexual no: se comenta que se ha tirado a más alumnos que todos sus profesores juntos.

—Y también que se culió a más alumnas que cualquier profesor.

—Y viceversa: a más profesores que todas sus alumnas juntas.

—Su libido es proverbial: en los círculos hispanohablantes de Cracovia se suele decir "eres más insaciable que la cubana".

—Y si no aprobái el examen, siempre lo podí repetir con ella.

El risoteo atronador llegó a su punto máximo: nadie podía hablar más, solo reír. Mis manos hacía rato que habían soltado la fotocopia —cayó al suelo— y agarraban mi estómago: era un dolor desternillante. Poco a poco, nuestras mandíbulas se fueron relajando sincronizadamente, tan agarrotadas estaban. Mientras se hacía el silencio, surgía algún rebrote incontrolable, hasta que nos callamos. Era la calma tras la tempestad.

—Bueno, os habéis quedado a gusto, ¿no?

La puerta de la sala de profes estaba abierta, quién sabe cuánto hacía. La directora nos sonreía desde el umbral. Mateo, los otros profesores y yo nos quedamos de piedra. Sin torcer su gesto irónico, nos habló:

—Ya es hora de trabajar, gandules. A las clases, que llegaréis tarde.

Nos apresuramos todos hacia el pasillo. Antes de salir, Mateo se dio la vuelta:

—Ah, por cierto, el catalán tiene un problema con la fotocopiadora. Dice que en sus copias le aparece un... fideo.

—¿Un fideo? —dijo la directora extrañada.

Regresé acojonado a la sala, recogí del suelo mi fotocopia y se la mostré.

—Es aquí: sale un fideo, ¿ves?

—Ah, claro.

La cubana me cogió el libro, lo puso en la fotocopiadora y pulsó el botón. Salió una copia y me la enseñó: aunque el fideo todavía estaba ahí, aparecía en otra parte de la hoja y no impedía la lectura.

—Solo he girado la página, catalán —me dijo—. Y no es un fideo. Ya te han contado los profesores cómo llegó hasta ahí mi pelo, ¿no?

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