sábado, 2 de julio de 2016

Mateorías (11)

(Capítulo 11 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Once

Un par de semanas después de descubrir que Mateo estaba divorciado y que también coleccionaba chorradas, la directora cubana me preguntó en la sala de profes:

—Oye, ahora tienes la primera sustitución, ¿no?

—¿Sustitución? ¿Qué sustitución?

—La de Mateo. Me dijo que tú lo sustituirías. Este fin de semana se ha ido a Madrid y no vuelve hasta el sábado.

Recorrió mi espalda el sudor frío de la comprensión. Por eso la escuela estaba tan silenciosa aquel lunes, por eso no había carcajadas atropelladas recorriendo los pasillos, por eso nadie hacía chistes de argentinos o de polacos, por eso no había ni rastro de Mateo. La directora interpretó sin problemas mi cara: al profesor novato nada lo aterra más que enfrentarse a una clase sin prepararla. Y más aún si es la clase de Mateo. La cubana cogió un archivador de una estantería y me lo entregó; en el lomo ponía Mateorías

—Son las actividades de Mateo. Es su biblia de profesor, no la pierdas. Elige una actividad para la clase de hoy y ya está. A menos que tengas una idea propia, claro. Y revisa el calendario de esta semana, porque tienes varias sustituciones.

—¿Varias? Mateo solo me dijo que tenía una sustitución.

—Vaya, vaya, recuperas muy pronto la memoria, ¿no?

Por suerte, el profesor mexicano andaba por ahí y me echó una mano:

—Güey, yo siempre que tengo que hacer una sustitución hago una Actividad Estrella. Son esas actividades que puedes usar en cualquier nivel, perfectas para salir del paso. Suele funcionarme bastante bien la de "¿Qué sabes de México?". Hacemos una lluvia de ideas de lo que ya saben de mi país, yo luego les hago una presentación o les pongo un video sobre México y finalmente realizamos un quiz con todo lo aprendido.

—Claro. Yo les hago la de "¿Qué sabes de Cuba?".

—Pero yo no sé nada de México ni de Cuba.

—No manches, güey, tú puedes hacer la de "¿Qué sabes de Cataluña?" o "¿Qué sabes de Barcelona, excepto el Barça y Cristiano Ronaldo?" o ¿"Qué sabes de la independencia?". Siéntate aquí y la preparamos en un momento.

Veinte minutos después hice la primera sustitución de Mateo y no me fue tan mal, la verdad. Aunque luego tenía mis propias clases, las habituales, y terminé la jornada más agotado de lo que debería. Entonces pude por fin comprobar en el calendario cuántas clases extras tenía aquella semana. Durante cinco días más, tampoco tendría tiempo para escribir ni una sola línea para mi blog. ¿Para qué me había independizado de Facu si seguía sin poder escribir en De mí me río? ¿Para qué coño había venido a Cracovia si no estaba materializando mi vocación literaria?

Me sometí a las circunstancias; no me quedaba otra.

Así, aquel lunes por la noche, me llevé las Mateorías a casa, me preparé un café y empecé a buscar actividades adecuadas a los niveles de las sustituciones. Me sorprendió descubrir que no todas eran actividades mateóricas, como las que yo había observado en las clases de Mateo; al contrario, muchas eran meras fotocopias de libros, simples ejercicios descargados de internet, artículos de periódicos o blogs y juegos más bien tradicionales. Me apaciguó un poco el ego pensar que de vez en cuando Mateo también daba clases aburridas, monótonas, clásicas, simples; en fin, clases normales, como las mías. Sin embargo, preferí no desahuciar al modélico profesor que habitaba mi imaginación por otro más humano, menos mateórico.

Con la ayuda del café y de muchas horas de preparación de clases (¿por qué no trabajaba con tanto ahínco en mi obra literaria?), conseguí sobrevivir a aquella semana plagada de sustituciones.

El lunes, nivel intermedio: "¿Qué sabes de Cataluña?".

El martes, nivel básico: repaso del verbo gustar y escribir el diálogo "A los polacos no les gusta nada"; después, nivel intermedio: práctica del pretérito perfecto y el juego de roles "Toda la vida he sido un fraude: confieso que no he hecho esto y tampoco lo otro".

El miércoles, nivel avanzado: hacer una lista de falsos amigos español-polaco e inventar una anécdota o chiste intercultural; un ejemplo, que pivotaba en la palabra ser (en polaco significa queso): —Hola, quiero ser. —¿Quieres ser qué? —Quiero ser blanco. —Pero tú ya eres blanco.

El jueves, nivel intermedio: uso del pretérito imperfecto para describir el pasado en contraste con el presente y crear un capítulo de la serie Cómo vivían en el comunismo, cómo vivo en el capitalismo; los alumnos produjeron frases míticas como "Mis padres tenían trabajo pero no tenían nada, en cambio yo no tengo trabajo pero tengo de todo".

El viernes era la clase de nivel más avanzado y ya se me habían acabado las ideas. Media hora antes de empezar, desesperado, encontré entre las Mateorías un artículo que hablaba de machismo en el lenguaje; era una lista de expresiones usadas con mucha frecuencia por cualquiera y que tenían una esencia sexista: "hijo de puta", "corres como una niña", "esta tía seguro que tiene la regla", "se te va a pasar el arroz", etc. Discutiríamos si los estudiantes también consideraban aquello machista o no, y además me explicarían si en polaco tenían expresiones similares. Me iba a salir una última clase redonda.

Después de romper el hielo y de presentarnos, les repartí las fotocopias del texto sobre machismo.

—Perdona —me dijo uno de los alumnos—. Pero es que este artículo ya lo leímos con Mateo.

—Sí, era muy interesante —dijo otra—. Resulta que el polaco y el español son lenguas muy machistas.

Otro par de gotarrones recorrieron mi espalda. En los meses que llevaba como profesor, no me había pasado nunca aquello. Me quedé unos segundos callado, con una sonrisa estúpida; se me cayó la cara de vergüenza y la máscara también; me noté las axilas empapándose de sudor. Los estudiantes me miraban atentos, probablemente lo comprendían todo. Solo entonces reaccioné: si el profesor de lengua tuviera un decálogo, me dije, el séptimo punto diría: improvisa. Me di unos segundos de margen e improvisé.

—Pues nada, chicos —dije recogiendo las fotocopias—. Como ya habéis leído esta lista de frases machistas, vamos a hacer otra actividad. ¿Qué sabéis de Cataluña?

Estuvieron un rato callados, concentrados: ¿qué sabemos de Cataluña? Destapé el rotulador y me quedé parado al lado de la pizarra, a punto para cazar cualquier sugerencia.

—¿Y por qué no vamos al bar a hablar de Cataluña o de lo que sea? —dijo uno.

—¡Eso! Mateo nos dijo que fuéramos a tomar algo contigo.

A mí Mateo me dijo que no olvidara que los estudiantes son también clientes, y el cliente siempre tiene la razón. Así que recogimos nuestras cosas, salimos de la escuela, giramos a la izquierda y entramos en el bar, al final de la calle. Era el mismo bar donde habíamos ido un mes antes, en el capítulo seis, al acabar las clases; como la última vez, estaba lleno de españoles: había reunión de Todo en Español. Encontramos una mesa un poco aislada, nos sentamos y nos pusimos a conversar.

Mucha gente piensa que ser profesor de español para extranjeros es pan comido y que todavía es más fácil organizar una clase de conversación. Sus argumentos son simples y arrolladores: si hablo la lengua, también puedo enseñarla, y, además, cualquier idiota sabe conversar. Los dolores de cabeza que yo había pasado preparando clases demostraban que el primer argumento es totalmente falso; en cuanto al segundo, basta intentar conversar unos minutos con un grupo de estudiantes polacos para acabar de desengañarse. Yo ya había desarrollado una batería de preguntas para aquellas ocasiones: a qué te dedicas, por qué estudias español, has estado en España o América Latina, qué te gusta hacer en tu tiempo libre, quiénes han sido tus profesores en la academia, etc. Los alumnos de Mateo, a pesar de que tenían un nivel muy elevado de español, me fueron contestando con monosílabos o sintagmas nominales, uno tras otro, yo esto, pues yo eso y yo aquello, como una batería dialéctica. Les pregunté también qué sabían de Cataluña y traté de improvisar otras cuestiones, pero en seguida nos quedamos todos callados. Me estrellé contra su sólido muro de silencio. Afortunadamente, vi una cara familiar cerca de la barra.

—Perdonadme un minuto, chicos. Voy a decirle hola a un conocido. Ahora vuelvo.

El conocido era Facu, Facundo, mi excompañero de habitación. La última vez que lo había visto también estaba en este bar, pero yo lo había evitado vilmente. Ahora recurría a él cobardemente.

—Hombre, Javier, ¿qué tal estás? Muy bien, ¿no? Cuánto me alegro de que encontraras trabajo de profesor de español y de que te mudaras, porque ahora tengo la habitación para mí solo. ¿Cómo te va? Seguro que genial. Yo puedo jugar al World of Warcraft sin auriculares, aunque a veces los vecinos se quejan. ¿Te acuerdas? El checo y el rumano, qué pesados, y no hablan español. Eso sí, a veces te echo un poco de menos; como mínimo tú podías comunicarte con ellos. El otro día, sin ir más lejos, llamó el conserje de la residencia a la puerta porque decían que olía mal en todo el pasillo. Lo entendí porque arrugaba mucho la nariz, no te creas tú. Yo le decía que no, que seguro que era el rumano. Pero el conserje entró en la habitación. ¡Y resulta que se me había olvidado tirar la basura! Había un montón de platos con restos de pechugas, alitas y muslos encima de tu cama. Claro, como eso de la basura lo hacías tú... Pues, mira, yo estaba muy concentrado en el juego y no había notado ningún olor. Dicen que la concentración logra aislarte del mundo: podría empezar la Tercera Guerra Mundial, podrían caer varias cabezas nucleares sobre el Hotel Piast o podría oler a muertos, y yo seguiría en mi mundo virtual, buscando oro. Cómo son las cosas de la concentración: ¿será por el aislamiento que los llaman campos de concentración? Oye, ¿quieres unirte a nosotros? Al World of Warcraft no, tonto, no tienes el nivel para jugar conmigo. Te hablo de Todo en Español. Hoy tenemos una reunión, hay bastantes polacas. Estamos hablando de las costumbres, comparando las polacas y las españolas. No hace falta que te diga quién va ganando. Soy español: ¿a qué quieres que te gane? Es el nuevo lema de Todo en Español, se lo propuse yo. Ah, y ayer fui a clase de historia polaca, para que no digas que no paso por la uni, y nos contaron la leyenda de la construcción de Santa María. ¿Recuerdas? Es la basílica que está en Rynek, la visitamos juntos cuando llegaste. ¿Quieres que te cuente la leyenda? ¿No? ¿Seguro que no? ¿Javier? ¡Eh, Javier!

En otra ocasión me habría gustado quedarme a escuchar el discurso enciclopédico y muy probablemente falso de Facu, pero los estudiantes de Mateo me esperaban. Cuando llegué con otra cerveza, noté que había un montón de vasitos en la mesa, llenos de un líquido transparente que sin duda no era agua.

—Vamos a beber —me dijeron y me dieron un vaso.

Na zdrowie!

Como por arte de vodka, la conversación empezó a fluir con naturalidad por las grietas del dique de silencio. Volvimos a hablar de los mismos temas y surgieron otros nuevos, repetí las mismas preguntas y me contestaron con frases de sujeto, verbo y objeto, incluso con oraciones compuestas, incluso subordinadas, incluso me hicieron preguntas ellos a mí: ¿qué se te ha perdido en Cracovia?, ¿cuánto tiempo llevas aquí?, ¿por qué no estás viviendo en Barcelona?, ¿tienes novia polaca?, ¿no tienes novia?, ¿ya hablas polaco?, ¿y hablas catalán?, ¿piensas quedarte muchos años aquí?, ¿puedes decir algo en catalán?, ¿has vivido en otros países? En un alarde de astucia conversadora, se me ocurrió recurrir de nuevo al séptimo punto del decálogo del profesor de lengua.

—¿Y qué sabéis de Mateo?

Me dijeron muchas cosas que yo ya sabía: que era madrileño, que vivió en Inglaterra muchos años, que le gustaba mucho la literatura, que tenía un gran sentido del humor, que era un profesor muy divertido pero muy profesional, que hablaba polaco muy bien e inglés aún mejor, que nadie conocía como él la vida nocturna cracoviana, que estaba divorciado, que le encantaba meterse con la gente, que no era el típico español patriotero, banal y etnocéntrico, que siempre contaba chistes, que criticaba constantemente a los españoles y a los polacos y al resto del mundo, etc. Pero también descubrí algunas cosas nuevas: que quería ir de viaje a Ucrania, que le encantaba bailar, que no había visitado Madrid desde 2004, que ganó 5.000€ apostando en la Eurocopa de 2012 y que en dos días se lo gastó todo invitando a gente en los bares, que tenía un tatuaje con una fecha, que uno de sus mejores amigos era un żul, etc.

—¿Cómo? ¿Decís que lleva nueve años sin volver a Madrid? ¿Desde que se fue no ha regresado?

—Sí, nos lo dijo el otro día en clase.

—¿Pero por qué no ha ido antes? ¿No echaba de menos Madrid y a los suyos?

—No sabemos. Solo nos dijo que iba a una boda.

La conversación de los estudiantes mateóricos continuó; yo ya no la seguí.

Al llegar a casa, comprobé en internet a qué hora aterrizaba en Cracovia el vuelo de Madrid. El sábado por la tarde, después de la llegada de su avión, llamé a Mateo; por suerte para mí, su móvil estaba conectado, así que pude invitarlo a tomar un café. Me citó dos horas más tarde en uno de sus bares favoritos del centro: De Cafencia, un garito decadente donde nadie tomaba café, excepto nosotros. Tomó las riendas de la conversación y empezó preguntándome por mi semana y por las sustituciones, inquiriendo si los otros profesores o la directora me habían ayudado a preparar las clases extras y si los estudiantes habían colaborado en el aula. Evitaba hablar de su estancia en Madrid, la cuestión subyacente. Aprovechando un silencio, me levanté y pedí en la barra dos vodkas con sabor a avellana y al regresar le pregunté:

—¿Es verdad que no has vuelto a Madrid desde que te fuiste? Me lo contaron tus alumnos.

Nos bebimos los dos chupitos. Mateo no parecía dispuesto a contestar, así que continué:

—¿No echabas de menos Madrid y a los tuyos? Yo no llevo ni medio año fuera de Barcelona y extraño un poco a mi familia y amigos.

—No tengo a nadie en Madrid. No me queda nadie a quien visitar. ¿Para qué volver? Mi vida está fuera.

De nuevo se quedó callado. Fui otra vez a la barra y volví con dos vodkas más.

—¿Y entonces por qué fuiste ahora?

—Fui a un entierro.

¿Un entierro?, pensé, pero no dije nada. Solo me levanté y traje dos vodkas más.

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