domingo, 11 de septiembre de 2016

Mateorías (25)

(Capítulo 25 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Veinticinco

Mientras se calentaba el café, solía contemplar el imán que me regaló Mateo. Lo cogía y, mirando al papa aguantarme magnéticamente la mirada, me evadía por completo. La mía era una mirada hueca, irreflexiva, sin tristeza ni melancolía. Probablemente, lo más cerca que he estado en mi vida de dejar la mente en blanco fue con este imán entre los dedos.

El pitido de la cafetera me desembobaba dos o tres minutos después. Desde el imán, la mirada de Juan Pablo II seguía siempre llena de confianza en la humanidad y en dios y en qué sé yo. Pero él no tenía legañas ni iba envuelto en el edredón y tampoco debía ir a trabajar al liceum a las siete y media, sino que lo dejaba cuidando de mi altar de objetos kitsch.

Sorbiendo el café, a menudo en mi taza también papal, me acordaba un par de segundos de Mateo. No había ni rastro de tristeza ni de nostalgia en mi pensamiento, era tan puro como la mirada que intercambiaba las mañanas de lunes a viernes con el papa polaco. De hecho, desde que regresé del pseudoviaje a Ucrania, ese era el único momento del día en que Mateo entraba en mi cabeza. Pero la visita del recuerdo mateórico tenía un motivo banal, como si fuera un vecino que venía a pedirme sal o arroz. Solo alguna vez lograba yo ser consciente de que mi mejor amigo ya no estaba conmigo, y me avergonzaba de mi olvido constante y de mi ligereza. Es terrible que la vida, la rutina y el trabajo consigan que nos recuperemos tan pronto, pensaba entonces, seríamos unos seres más nobles si la pena y las heridas no se nos fueran nunca, si estas aguantaran el paso del rodillo del tiempo. Quizás Juan Pablo II fuera un tipo noble de los que creen en la falacia del sufrimiento dignificante, pero yo no.

Una mañana de marzo de 2015, después de haber tomado el café despertador, coincidí con el cartero en el portal de mi edificio. Aunque seguía adormecido, en cuanto lo vi meter algo en mi buzón, lo abrí y salí en dirección al liceum con la postal en la mano. Por un lado, la plaza de la Independencia de Kiev, con el monumento a la independencia, varios edificios y fuentes; por el otro lado, un texto: "Vuelvo a Madrid, no las he encontrado en Kiev. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Desde el tranvía llamé a Mateo para preguntarle cómo estaba y si ya había llegado a Madrid, pero tenía el móvil apagado, para variar. Supuse que su búsqueda no había tenido éxito y que volvía sin la furgoneta y sin haber visto a Marta. Por tanto, tampoco haríamos el viaje goliardo por Europa que terminaría en Madrid. En todo caso, tendríamos que empezar nuestro viaje rabelais precisamente en Madrid, si es que yo me bajaba en Atocha.

Aunque no era la primera vez que veía una imagen de la Plaza de la Independencia de Kiev, la foto de la postal no se parecía en nada al campo de batalla que tanto salía en los medios: en mis manos, brillaban el cielo azul y los colores claros y cálidos de la postal, mientras que mi mente albergaba el pandemónium de fuego y cenizas televisado. El monumento a la independencia, una columna triunfal coronada por una figura humana, quizás una mujer, era el único elemento que conectaba las dos imágenes. Pensé que probablemente ya estarían reparando todos los destrozos causados durante los disturbios del Euromaidán porque, como las personas, las ciudades no soportan la pena y las heridas. ¿Cuál de las dos plazas se habría encontrado Mateo en su estancia en Kiev: la de la calma o la de la tempestad? ¿O habría una tercera versión intermedia, en pleno proceso de recuperación, de superación del luto?

Cuando por la noche llegué a casa, puse la postal en mi altar de objetos kitsch. Un niño Jesús felizmente tumbado sobre un billete falso, custodiado por un caganer y por dos cerditos fornicando: el que daba era un salero y el que recibía, un pimentero; a su lado, una Oprah Winfrey de plástico y dos tazas: Juan Pablo II y Messi; detrás, la foto en que Bartek me fusionó con su madre y una postal de Kiev; en la barriguita del niño, el imán papal. Lo miré todo un momento pero antes de embobarme salí a pasear, desafiando mi rutina.

Crucé el Vístula y deambulé un rato por Kazimierz, el barrio. No estaba ni triste ni melancólico, apenas me corroía un leve remordimiento por no sentirme mal. Descarté meterme en el Heavy Metal Karaoke, porque quería un lugar más tranquilo, así que terminé en un bar casi vacío que no conocía. Aunque a la mañana siguiente tenía que despertarme muy pronto para ir a trabajar, pedí una cerveza. Quise beber sin prisa pero, como no tenía otra cosa que hacer más que mirar la poca gente que andaba por la calle, vacié el vaso demasiado rápido. Fui a la barra a pedir una cerveza más y, antes de sentarme de nuevo, reconocí a un hombre que acababa de pasar delante de mí, esta segunda vez por la otra acera. Empezó a hurgar un cubo de la basura, con el cuerpo excesivamente inclinado adentro dejándole al descubierto medio culo; se irguió sacando un par de botellas de cristal, probablemente querría llevarlas a un alkohole para que le dieran algo a cambio, y solo entonces me di cuenta de que era un vagabundo hosco y fiero y enormemente borracho, como diría Javier Marías. Cuando se dio la vuelta identifiqué la nariz enorme, patatera, en medio del rostro rojo enfermizo, como diría yo.

Con la cerveza en la mano, salí corriendo a saludar a Kazimierz, el amigo de Mateo que parecía un żul. Crucé la calle sin mirar y me planté junto a él con los brazos abiertos, a punto para abrazarlo. El pordiosero se detuvo un momento y, aunque estaba muy borracho, me arrebató la cerveza sin que me enterara. Siguió andando tambaleante, contándole a su interlocutor invisible que le acababa de birlar la birra a un turista pasmado.

En vez de ir al centro y pasar por los dos bares de Kazimierz, decidí irme a casa a dormir.

Intenté contactar con Mateo unas cuantas veces más, pero al no obtener respuesta dejé de llamarle y de enviarle mensajes y correos. Su postal me indicaba que ya no estaba en Kiev sino en Madrid. Mi rutinaria vida en Cracovia siguió sin más, sedimentando mi olvido mateórico. La segunda postal, que me envió unos meses más tarde también desde Madrid, me confirmó que se encontraba bien. Por un lado, el monumento a Cervantes de Alcalá de Henares; por el otro, un texto: "No he encontrado tu libro en ninguna librería madrileña, Javier Marías, tendrás que traerlo tú mismo. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño". Tras leerla, la dejé en el altar de objetos kitsch, junto a la primera postal.

A diferencia del verano anterior, el de 2015 solo estuve dando unas pocas clases de catalán en la Universidad Pedagógica. El sueldo apenas me bastaba para pagar el alquiler de mi kawalerka, pero como buena hormiguita había ahorrado bastante gracias a mi vida monacal de profesor sin excesos. Para un profesor de español de Cracovia, "ahorrar bastante" significaba que durante julio y agosto podría permitirme una vida de escritor, es decir, semimonacal y sin muchos excesos.

Así, el verano de 2015 cogí la costumbre de pasar casi cada mañana en una cafetería: pedía un café, escribía sin mucho éxito, pedía otro café, seguía trabajando en un relato condenado al fracaso y terminaba ganduleando en internet. Supersticiosamente, al día siguiente cambiaba de lugar si mi rendimiento en el bar anterior era insatisfactorio, o repetía si me salían unos cuantos párrafos medio decentes. Por primera vez en mi estancia cracoviana, tenía todo el tiempo del mundo para escribir, pero nada de inspiración; como la crisis de los refugiados en Europa estaba en su punto álgido, muchas mañanas les dedicaba más tiempo a las noticias al respecto y sobre la Guerra Civil Siria que a mi escritura. Para motivarme y evitar la procrastinación, elegía con sumo cuidado el local donde instalarme; hasta llegué a redactar mentalmente una lista de requisitos: primero, no podía ser un sitio muy concurrido, porque entonces los camareros no querían a un parásito de cafetería como yo; segundo, necesitaba ser un lugar fresco o, puestos a pedir, con aire acondicionado, ya que el verano de 2015 fue terriblemente caluroso; tercero, debía tener wifi para que pudiera escribir y distraerme al mismo tiempo; por último, no se le podía permitir la entrada a Facu. Esta última condición imposible solo se me ocurrió demasiado tarde, cuando Facu ya estaba saludándome. Demasiado tarde para escapar de él, me repetí mientras cerraba el portátil.

—Hombre, Javier, ¿qué tal estás? Muy bien, ¿no? Hacía una eternidad que no coincidíamos, andas más perdido que barbudo, que ya es decir. La última vez que te vi fue en Facebook, estabas metido en un lío de banderas por culpa de esa academia donde trabajas. ¡A quién se le ocurre juntarte con los independentistas catalanes! O quizás fue más tarde, en algún partido de fútbol de los que organiza ese vagabundo polaco. Aunque yo no suelo ir mucho, porque los fines de semana siempre tengo planes con Todo en Español. Oye, ¿qué estás haciendo aquí con el portátil? ¿No seguirás con esa manía de querer ser escritor? Venga, voy a pedir una cerveza y me siento contigo para ponernos al día. Acabo de salir del trabajo y hasta dentro de un rato no tengo nada que hacer. ¿Quieres tomar algo?

Mientras Facu iba a la barra a por dos cervezas, me acordé de París era una fiesta de Ernest Hemingway. En el capítulo titulado "Nace una nueva escuela", Ernest está en un café de París tratando de escribir hasta que aparece un tipo y lo interrumpe: "—Hola, Hem. ¿Qué diablos estás haciendo? ¿Pretendes escribir en un café?". Hemingway sigue escribiendo y el pelmazo le sigue hablando entre frase y frase. Al principio el escritor americano logra concentrarse a pesar del pesado, pero finalmente tiene que dejar su labor; entonces entabla una conversación inverosímil con él, en la que lo insulta y amenaza sin cortarse un pelo, simplemente porque no le permite escribir:
—¿No te interesa la vida, ni el sufrimiento de un ser humano? [le pregunta el plasta]
—El tuyo, no [le contesta Hemingway]
—Eres brutal. 
—Sí [yo también estoy de acuerdo]
—Pensé que tú me ayudarías, Hem. 
—Lo que me gustaría es pegarte un tiro [¡aquí te has pasado, Hem!]
—¿Serías capaz de hacerlo? 
—No. El código penal lo prohíbe. 
—Yo haría cualquier cosa por ti [claro, le lamerías el culo bien lamido a Ernest]
—¿De veras lo harías? [sí, le encantaría hacerlo]
—Claro que lo haría. 
—Entonces guárdate de volver a este café. De momento es lo único que te pido [esto no te lo esperabas, ¿eh?].
El mundo está lleno de Facus, sí, pero yo no podía tratar al mío como Hemingway al suyo. Además, pese a los ataques verbales, Ernest tiene que acabar interrumpiendo su trabajo para hablar con el pesado. Por otro lado, aquella mañana yo no lograba escribir nada y Facu iba a invitarme a una cerveza, quizás incluso me contaría una anécdota o leyenda cracoviana falsa pero interesante. De hecho, como cuando lo vi en la presentación de Todas las almas a través de las gafas de Javier Marías, ahora también me parecía que Facu estaba cambiado: ¿habría madurado? ¿Puede que ya no fuera el friki pelmazo y marginado que compartió habitación conmigo?

Facu volvió a la mesa con nuestras bebidas y se sentó frente a mí.

—Javier, ¿tienes ocho złotych? Que las cervezas no se pagan solas. Eso es, muchas gracias, después te doy los dos złotych del cambio, no te preocupes. Bueno, ¿qué te cuentas? ¿Nada nuevo? Pues resulta que conocí a un escritor de verdad, no de blogs, ¿lo sabías? Aquí en Cracovia, hará un año o así. Era un tío bastante majo, se llamaba como tú, por cierto. Javier Marías, ¿no lo conoces? Normal, es que él es de Madrid, y a vosotros los catalanes lo que sea de fuera... Aunque, si tanto te gusta la literatura, me extraña que no vinieras a la presentación de su libro, se titulaba Todas tienen alma o algo así. Esa sí que era una novela buena, aunque un poco liosa, no estaba claro qué era verdad y qué no; pero daba que pensar: si los escritores son capaces de mentir tanto y resultar creíbles, ¡imagínate tú los políticos! Después de la charla, convencimos a Javier Marías para que se hiciera miembro de Todo en Español, ¿qué te parece? Si vinieras más a menudo, te enterarías de estos eventos que organizamos y también ligarías un poco, que buena falta te hará.

—¿Y cómo está tu madre? —lo corté—. ¿Seguís hablando por Skype?

—Hombre, claro: madre solo hay una. Está muy bien, gracias, la saludaré de tu parte. Aunque la pobre se llevó un disgusto cuando supo que mi excompañero de habitación era un independentista... ¿Sabes que vino a visitarme? Cuando todavía estaba viviendo en el Hotel Piast. Yo no quería que se pasara por Cracovia, porque tenía mucha libertad y podía jugar todo el día al World of Warcraft. Por suerte, pude capear el temporal: me hice miembro de Todo en Español y ellos simularon ser mis amigos mientras mi madre estaba aquí. Y luego se convirtieron en mis amigos de verdad y yo fui dejando el World of Warcraft y volví a ir a la universidad. ¡Qué digo amigos: se convirtieron en mis hermanos! Si no fuera por Todo en Español, tampoco habría encontrado un piso ni habría conseguido terminar mi Rabelais. Y eso sí que habría sido un desastre, porque si no apruebas los exámenes, tienes que devolverle el dinero a la Unión Europea. ¡Qué tiquismiquis son!

—Entonces, ¿ya no estás en el Hotel Piast?

—Pues claro que no, esa etapa se acabó para mí, la residencia solo es para los estudiantes y yo ya me matriculé de Historia. Pero dejé de vivir allí bastante antes de terminar el Rabelais, porque me expulsaron. Fue por una tontería, eh, no te creas... Resulta que una noche fui a una reunión de Todo en Español y volví totalmente borracho al Hotel Piast. ¿Te acuerdas de la cocina de la residencia, que la compartíamos con el checo y el rumano y otros vecinos? Pues empecé a freír pollo para matar el hambre, puse un montón de muslos en una sartén enorme que solía cogerle prestada al rumano. Los dejé haciéndose a fuego lento y me fui a jugar al World of Warcraft a la habitación, como ya no tenía compañero... Con tan mala suerte que me quedé dormido, serían las cuatro o las cinco de la mañana y yo iba bien pedo, ya sabes cómo son las fiestas de Todo en Español. Me despertaron unos gritos, pero no podía ver ni torta porque estaba todo a oscuras. Intenté encender la luz y nada, entonces abrí la ventana y vi que ya era de día y que de mi cuarto salía un humo negrísimo, muy denso. Salí al pasillo y otros rabelais estaban despiertos y gritando algo que no entendí, todas las puertas y las ventanas abiertas. Yo pensaba que era un simulacro de incendio, pero resulta que era mi pollo frito. Se me chamuscó bien chamuscado y casi mato a medio Hotel Piast. ¡Qué mala resaca pasé! Solo me dieron una semana para que me largara de ahí. Vaya cabrones, ¿qué te parece?

—Joder, ¡qué cabrones! —empaticé—. ¿Y cómo lo hiciste para encontrar piso? ¿Y para terminar el Rabelais? Porque si no recuerdo mal el polaco y el inglés no eran tu fuerte...

—Pues lo que te decía: me ayudaron los hermanos de Todo en Español. Primero me quedé en casa de uno y de otro, de sofá en sofá, pero en pocos días ya me habían encontrado un cuarto en un piso de rabelais españoles. Y lo mismo me pasó con la carrera de Historia. Ellos me ayudaron a mejorar mi inglés para poder estudiar y escribir los trabajos para la universidad. Una vez incluso me sustituyeron en un examen de Historia Contemporánea de Polonia: fue en mi lugar un polaco que no se parecía en nada a mí pero sabía mucho del tema y hablaba inglés perfectamente. No, claro que el profesor no se enteró. Bueno, si yo te contara... Resulta que la tesis de final de carrera que presenté en España, no se lo digas a nadie, eh, es la traducción de la tesis de una chica polaca. Eso sí, quien corrigió las faltas de ortografía y defendió la tesis delante del tribunal fui yo. Y el título también se lo puse yo: Importancia de las leyendas y de los mitos de Cracovia en la construcción del discurso histórico-turístico oficial de la ciudad. Los profesores de España tampoco se enteraron, ¡por supuesto que no! Soy español: ¿a qué quieres que te gane? Pero, por si acaso, tú no se lo digas a nadie, Javier.

—No te preocupes, seré una tumba. Así que fuiste a España a presentar tu tesis y luego volviste a Cracovia, ¿no? Y ahora, ¿ya hablas bien inglés?

—Claro que sí, Javier, la duda ofende. De hecho tengo que usarlo algunos días en el trabajo. Con el polaco no me atrevo todavía, lo justo para ligar y comprar, pero con el inglés sí. Fui a muchas clases para aprenderlo, aunque sobre todo aprendí en las reuniones de Todo en Español, porque no te creas tú que todas las polacas hablan español, no señor. Eso sí, en seguida me di cuenta de que mi nombre era un problema. What's your name? My name is Facu. Excuse me? Facu. Your name is fuck you? Yes, fuck you. Fuck me? Yes! No, fuck you! Así no había quien ligara, ni con polacas ni con francesas. ¿Quién se acostará con un tío que en inglés se llama Quetejodan? Por eso hice como tú y me cambié el nombre: cuando hay extranjeras alrededor, que en la práctica es todo el tiempo, me llamo Miguel. Nada de Facu, no. Facu está muerto, ahora soy Miguel. ¿Qué tal, Javier?

Primero sentí la satisfacción de la venganza poética —¡ojalá Hemingway hubiera conocido a un tipo llamado Facu!—, pero en seguida me apiadé de él. Así que le propongo al lector que se solidarice también, yendo al capítulo seis y cambiando las palabras Facu y Facundo por Miguel, así como las otras apariciones de ahí en adelante.

—Encantado de conocerte, Miguel. ¿Y dónde dices que trabajas?

—Pues resulta que abrí mi propia empresa. Soy todo un emprendedor, ¿eh? Es una empresa de turismo: organizamos tours por la ciudad, visitas guiadas a Auschwitz y a las Minas de sal de Wieliczka, paseos por Nowa Huta, etc. Tengo un socio que conocí en Todo en Español, y de momento nosotros dos nos bastamos, pero seguro que creceremos y necesitaremos a alguien que nos ayude. En un futuro también queremos organizar fiestas nocturnas, citas rápidas y otros eventos. Cracovia es una ciudad cada vez más turística, por algo la llaman el París de Europa del Este. Así que si te cansas de dar clases y quieres hacer de guía de Cracovia para nosotros, ya lo sabes...

—No sé si lo entiendo bien, Miguel. ¿ haces de guía turístico de Cracovia?

—No hago de guía, yo soy guía turístico. Soy experto en historia y he aprendido mucho sobre Cracovia y Polonia, y también tengo un certificado de guía. Realizo tours en español y algunos en inglés. De hecho, he terminado el tour de la mañana antes de venir a esta cafetería, tenía un grupo de siete turistas, todos españoles. Si no me crees, mañana tengo otro: empezamos a las nueve de la mañana delante de la basílica de Mariacki. Puedes venir, así oirás la leyenda de las dos torres de Mariacki, seguro que no la conoces, y otras historias.

La conversación aún duró un poco más, y me pareció que todavía era más inverosímil que la de Hemingway con su respectivo pesado, con su Facu. Miguel me siguió hablando de las reuniones de Todo en Español y me contó que se hacían llamar españoles de Cracovia, porque consideraban que ya se sentían tan cracovianos como los nacidos aquí. Durante esta entrevista breve con un español de Cracovia, Miguel también me dijo que se había vuelto un verdadero ligón, pero que en este momento tenía novia, una novia polaca, ya que estaba un tanto harto del libertinaje.

—Precisamente he quedado ahora con ella para comer en el KFC. ¡Vaya, qué tarde es! Me tengo que ir, porque he de estar en La Cabeza en cinco minutos. Aquí tienes la tarjeta de mi empresa. Bueno, hasta luego.

En octubre de 2015, me volvería a acordar de Facu/Miguel y de su metamorfosis, precisamente cuando recibiera la tercera postal de Mateo. Por un lado, la escultura de La dama del Manzanares: una cabeza de bronce enorme, con una corona metálica; por el otro, un texto: "En Madrid también tenemos una cabeza enorme que todo lo ve, catalán, como la de Cracovia. Es una escultura del Parque Lineal del Manzanares, hecha por un arquitecto barcelonés. Cuando vengas, te llevaré a verla y nos acordaremos de Facu. Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño". Tras leerla y sonreír, la dejé en el altar, junto a las otras dos postales.

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