lunes, 30 de mayo de 2016

Mateorías (4)

(Capítulo 4 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Cuatro

No sé si Mateo es el mejor profesor de español para extranjeros que he conocido, pero sin duda sus métodos son los más interesantes. Al contratarme, la directora cubana me lo asignó como tutor —para evitar que su nuevo profesor, yo, fuera un inepto integral—, por lo que pasé mucho tiempo con él. Mateo me aconsejó sin imponerse, me ayudó a prepararme y a no perderme en el mar de materiales para la enseñanza de español, me permitió observar (¡y copiar!) sus clases, y él a su vez observó las mías. Sus críticas eran sorprendentemente constructivas, demasiado prudentes para la imagen que de él me había hecho. No exagero si digo que Mateo se convirtió, poco a poco, en mi maestro.

—No puedes quejarte de mí, catalán: si estuviéramos en la Antigua Grecia, estaría todo el día dándote por el culo, literalmente. Así se cobraban el magisterio los pedagogos helénicos.

Pero a mí me enseñó gratis.

Entre otras muchas cosas, de Mateo aprendí que él no era exactamente lo que yo creía. Cuando estábamos en la sala de profes trabajando, su anticatalanismo desaparecía, sus bromitas se esfumaban, su chulería se ausentaba. Mientras me ayudaba, Mateo no era Mateo: se desmateizaba. Al menos hasta que entraban otros profesores:

—No me jodas, ¡qué acento tiene este catalán! Parece un anuncio de Freixenet, que para vuestra información, sureños ignorantes, es un cava, es decir, un champán catalán.

Y carcajada sísmica.

—Pues esto es un madrileño que se va a vivir a Barcelona y está muy asustado, porque los catalanes son muy raros y no entiende su lengua. Así que lo primero que decide hacer al llegar es averiguar cómo se insulta en catalán, para poder defenderse cuando se rían de él. Le pregunta a un transeúnte cómo llaman a los gilipollas en Cataluña y este le contesta que nadie los llama, vienen solos de Madrid.

Como siempre, las carcajadas descuajaringadas desternillaban al personal. Y nadie en la escuela se daba cuenta de que había dos Mateos: el Mateo público, arrogante y chancero, y el Mateo privado, recogido y solícito. Para los demás profesores parecía que solo existía el primero, mientras que yo distinguía claramente a los dos. Sin embargo, no me atrevía a gritar que el emperador iba desnudo.

En aquellas primeras semanas con Mateo, no llegó a contarme casi nada de su vida privada: ni por qué estaba en Cracovia, ni cuánto tiempo llevaba en la ciudad, ni qué había estudiado, ni lo que hacía al salir de la escuela. Conmigo, Mateo no hablaba jamás de sí mismo. Nuestras conversaciones giraban alrededor de la escuela, los estudiantes, los materiales usados y la preparación de actividades, y a veces también de generalidades. Eso sí, gracias a él conocí todos los trapos sucios de la escuela —los trapicheos, los folleteos, los politiqueos—, a la altura del relato del pelo del coño de la directora atrapado en la impresora. Le sugerí que se convirtiera en el cronista de la academia, que pusiera por escrito su intrahistoria.

—Eso te lo dejo a ti, catalán: yo prefiero leer a escribir, mejor vivir que hacer vivir.

Intenté preguntarle varias veces sobre temas más personales, pero siempre salía por la tangente con una carcajada o una mateoría. Al principio no me pareció mal, solo profesional.

En clase, por contra, Mateo era transparente. Se utilizaba constantemente a sí mismo como ejemplo, les explicaba a los estudiantes lo que había hecho aquel día y se autobiografiaba sin reparos, además de compartir con ellos sus opiniones: qué pensaba sobre Polonia y los polacos, y de los españoles y España, cuáles eran sus aficiones, sus platos y películas favoritos, y otras minucias. Mientras Mateo hablaba, yo, sentado al fondo de la clase, me indignaba al escuchar sus confesiones cotidianas, aunque especialmente me indignaba que compartiera con los alumnos lo que a mí me negaba mateóricamente. ¿Es que solo por ser estudiantes y pagarle dinero lo merecían más que yo? Pero sobre todo me indignó ser consciente de mis celos.

Pese a que no me atreví a echárselo en cara, claro, un día le comenté que me parecía muy sincero con sus estudiantes.

—¿Sincero? Sí, catalán, en clase soy como un libro abierto. Pero no debemos creernos todo lo que nos dicen los libros, ¿no? Todos los profesores se ponen una máscara en clase, tú también, aunque quizás aún no te hayas dado cuenta —hizo una pausa, para comprobar que lo entendía o simplemente que escuchaba—. A ver, en clase lo importante es que los estudiantes hablen, no tú. No importa cómo lo hagas, pero que hablen. Especialmente en los niveles avanzados. Por eso desde el primer día del curso me gusta realizar debates teatrales, exprés y progresivos. Es decir, debates mateóricos.

No entendí nada de la explicación de los debates mateóricos, pero pronto los vi en acción.

Mateo les presentaba un tema a los estudiantes, bien hablando, bien con un texto, bien con un vídeo, y lo comentaban un rato juntos, sin darles demasiado margen para que expresaran opiniones personales. Entonces les asignaba roles: vosotros estáis a favor de esto, vosotros en contra, y les daba cinco minutos para planificar su defensa, es decir, para componer una lista de argumentos.

—Por eso son debates teatrales: los alumnos no dan su opinión sino la que el papel les impone. Así no están obligados a revelar qué piensan realmente, sino que deben ponerse en el lugar del otro, del que opina diferente. A todos nos conviene un poco de empatía.

El desarrollo del debate se parecía a un juicio y a un concurso de televisión al mismo tiempo. El primer grupo expresaba un argumento y el segundo trataba de rebatirlo; después de dos o tres intervenciones, Mateo los cortaba y le daba un punto al equipo que mejor se hubiera expresado o más convincente le resultara. A continuación, el segundo grupo presentaba uno de sus argumentos y el debate seguía. Al agotar ambas listas de argumentos, quienes tuvieran más puntos se llevarían algún premio tonto pero divertido: un retrato hecho con la mano izquierda, una caja de zapatos con los deberes dentro, un poema malescrito en español y polaco...

—Los debates son exprés porque las intervenciones son cortas y rápidas, y las argumentaciones no pueden alargarse demasiado. Los alumnos saben que no tienen mucho tiempo y que un punto está en juego, por eso miden bien lo que dirán. Y si la conversación se pone interesante, siempre puedes dejarles que continúen hablando.

Los temas que Mateo elegía al principio eran más que banales, estúpidos: leche fría o caliente, hombre o mujer, té o café, rojo o negro, infancia o adolescencia, olor corporal o perfume, campo o ciudad, hermano menor o mayor, etc. Sin embargo, al exigir de los estudiantes la máxima seriedad en la defensa de su falsa opinión, tenían lugar situaciones extravagantes y cómicas, como la épica apología de las salchichas polacas frente a las alemanas. A medida que avanzaba el curso, la gravedad de los asuntos propuestos iba aumentando: el veganismo, los tatuajes, la ropa de marca, la posesión de armas, el cambio climático, el alcoholismo en Polonia, los viajes alternativos, los transgénicos y demás. Gracias al crecimiento gradual de la confianza y la familiaridad en los alumnos, en las últimas clases Mateo podía tocar sin problemas los temas más conflictivos: la religión y el aborto en Polonia, los refugiados y el apartheid europeo, el espionaje informático por el gobierno estadounidense, el sexismo omnímodo, los bancos y la crisis económica, la instrumentalización de la historia por los nacionalistas, el capitalismo desbocado y otros.

—Los debates son progresivos ya que voy incrementando poco a poco la polémica. Al final del curso, pueden discutir sobre cualquier cosa, no importa cuán controvertida sea. No es más que una aplicación didáctica del síndrome de la rana hervida. Y cuando acabe el debate mateórico, siempre puedes decirles que expresen sus opiniones reales: con un poco de suerte, se les habrán reblandecido los dogmas.

Para los niveles más bajos, Mateo había desarrollado otra actividad mateórica: las citas rápidas con sorpresa. Los estudiantes recibían una foto —un hombre o una mujer, no importa— y tenían que inventar el carácter y la biografía de esa persona: nombre, trabajo, nacionalidad, aficiones y tal. Después de prepararse, cada alumno interpretaba a su personaje y tenía una cita rápida —dos o tres minutos— con cada uno de sus compañeros, en la que se presentaban y pseudoflirteaban un poco, para elegir al final quién era la persona más compatible con ellos.

Había algunos estudiantes, sobre todo hombres, que se reían: habían reconocido a la persona de su foto. Sin embargo, nunca nadie osaba confesar la identidad real de su fotografiado, por mucho que el malicioso Mateo u otros estudiantes les preguntaran extrañados qué les parecía tan divertido. Las risas de estos se les contagiaban a los demás, y solo al final de la actividad Mateo les revelaba la identidad secreta de los personajes de sus fotos.

Me di cuenta de que Mateo no era un profesor convencional observando una de sus clases, justo cuando reconocí en las fotos a Sasha Grey, Rocco Siffredi, Nacho Vidal, Jenna Jameson y Amarna Miller, entre otros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario