jueves, 21 de julio de 2016

Mateorías (18)

(Capítulo 18 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Dieciocho

El frío otoño entró lentamente en nuestras vidas (y después llegaría el invierno, obviamente). La nieve iba cayendo copo a copo sobre Cracovia, con la misma parsimonia con que mi barba volvía a crecer. El curso académico seguía su curso sin demasiadas complicaciones y yo me sentía bien desde mis cumpleaños (el 20 y el 27 de septiembre de 2013). Tenía mucha energía, cosa poco habitual en esos meses tan oscuros. Iba ligero de espíritu como una serpiente que acaba de mudar la piel.

Debo retractarme: la caída de la nieve y el crecimiento de la barba no son comparables, el símil es inadecuado. En Cracovia, una noche la nieve caía de golpe y la ciudad amanecía nevada; en mi cara, la barba iba saliendo poco a poco, día a día. Así, durante el otoño de 2013, mi rostro todavía era el mismo rostro lampiño que mostraba mi DNI, similar al de mi padre de joven; unos meses después, volvería a parecerme a mí mismo, a mi mí más barbudo; pero entremedias sería otro. Cracovia, en cambio, cambiaba de rostro de repente: una tarde se ponía a llorar y el agua barría la blanca nieve de las calles y de los tejados. En esas tardes anochecidas, me acercaba a la ventana de mi kawalerka para contemplar la otoñal lluvia quitanieves y pronunciaba unos versos melancólicos:
Llora en mi corazón
como llueve sobre Cracovia;
¿qué es esta languidez
que penetra mi corazón?
Pero unos días después se me pasaba el spleen, porque volvía a nevar y se volvía a iluminar la ciudad. O porque aparecía Tutaj, la gata, y me alegraba el día.

En el liceum, continuaba interpretando mi rol de profesor florero, ignorado por los demás profesores, solo saludado por el guarda de seguridad mudo. Sin embargo, dentro de mi zulo, en la cenagosa clase de español, debía trabajar, debía ser un profesor sin más, debía enseñarles español y cultura española a mis jóvenes estudiantes; si hubiera tenido más experiencia profesional, quizás no me habría tomado tan en serio.

En seguida pude comprobar que es cierto el tópico universal de que la adolescencia es una etapa difícil, porque hasta entonces solo había sufrido la mía. Como yo a su edad, mis alumnos estaban perdidos en el mundo de la vida adulta —la televisión, los videojuegos, internet, las pajas, las sectas, el cine, el sexo, los ordenadores, la música y las drogas— y lo último que les interesaba era que les enseñaran nada. Siempre estaban cansados o resacosos o preocupados por cualquier otra cosa. Alrededor de mí había un aura que aburría o dormía a los estudiantes, por mucho que me esforzara en ser un profesor divertido o interesante. Uno de ellos fue especialmente sincero conmigo: usted es joven, señor González, y nos entiende: nosotros no queremos aprender nada, solo queremos descansar. Claro que los entendía, pero mi contrato me obligaba a enseñarles, aunque fuera obligándolos a tener ganas de aprender. Muchas veces me desesperaban, es verdad, y tengo que admitir que perdí la paciencia en diversas ocasiones y que pegué un par de gritos y que incluso se me escapó, en situaciones extremas, alguna palabrota en español, cuidándome de que fuera incomprensible para ellos; de todo esto me arrepentí en seguida, evidentemente. En varios casos ni siquiera sabía cómo reaccionar, por ejemplo cuando pillé a dos estudiantes metiéndose mano debajo de la mesa. ¿Qué decirles? ¿Id a un hotel? ¿Tocaos en el pasillo? Por suerte, también había alumnos modélicos, alumnos trabajadores, alumnos simpáticos, alumnos tranquilos y alumnos que, como mínimo, no estaban tan trastornados por la adolescencia. Y luego estaba Bartek, el friki, el rarito del liceum.

Al terminar nuestra clase, le solía preguntar a Bartek por sus lecturas y él sacaba tímidamente de la mochila un libro de Harry Potter, o de Lovecraft, o de Tolkien, o de Isaac Asimov o de George R. R. Martin, que sin duda había estado leyendo durante la lección. Hubiera leído la novela o no, me sonara el autor o no, siempre le pedía que me contara de qué iba y si le estaba gustando. Y Bartek, con una mezcla de obediencia y de pasión, procedía a hablarme de magos, de monstruos, de sucesos paranormales, de tierras lejanas y pasadas, de universos paralelos y de viajes en el tiempo. A pesar de que su español era insuficiente, igual que mi polaco, conseguíamos comunicarnos. A veces yo le sugería alguna lectura que pensaba que podría gustarle, como Yono Leo había hecho conmigo: Ursula K. Le Guin, El día de los trífidos, C. S. Lewis, H. G. Wells, Un mundo feliz, Kurt Vonnegut, Terry Pratchett, La guía del autoestopista galáctico, Ray Bradbury o Jules Verne. Y muy a menudo me encontraba con que Bartek ya había leído el libro y me hacía una contrarrecomendación: señor González, si le gusta esto, tiene que leer a Frank Herbert, o a Arthur C. Clarke, o a Philip K. Dick, o a Stanisław Lem. Yo le hacía caso (lee sin parar) y luego le daba mi opinión: Dune me ha gustado porque tal y cual, pero El hombre en el castillo no tanto ya que blablablá. Sin querer, iniciamos una especie de club de lectura extraescolar, cuyos únicos miembros éramos él y yo, el alumno y el profesor, diez años de diferencia. Y solo entonces, solo cuando hablábamos de libros —o de películas o de cómics o de series—, tenía la sensación de que Bartek era un niño normal, capaz de hablar con los otros y de ilusionarse. Los comentarios de Bartek eran inteligentes, hacía bromas, hablaba de su vida fuera de la escuela y se reía con mis intervenciones. Pero el resto del tiempo era el bicho raro que me había regalado una foto donde salía yo fusionado con su madre (foto que, por cierto, ya estaba en mi altar de objetos kitsch, junto al niño Jesús, el caganer y los cerditos fornicadores). No era culpa de Bartek ser tan raro, por supuesto, sino de sus compañeros, que lo marginaban y exageraban su excentricidad. A causa de las burlas de los otros, condicionado por la mirada de los demás, Bartek se convertía irremediablemente en Creepy Bartek o en Bartnerd, y era imposible ver nada más bajo el disfraz.

Tras pasar la mañana en el liceum, iba a comer algo y luego andaba hasta la academia, que no estaba muy lejos, y en ese intervalo cambiaba el chip: me quitaba la máscara de profesor de adolescentes y me ponía la de profesor de adultos. O de entretenedor, como decía a veces Mateo. A pesar de lo poco que llevaba dando clases, me había acostumbrado al trabajo en la academia y había puesto el motor automático; ya no representaba una dificultad preparar una clase ni ponerse delante de unos cuantos desconocidos. Había aprendido a mentir sin que me pillaran, a improvisar y a adornarlo todo de misterio, aunque estaba claro que todavía me faltaba mucho para poder autodenominarme profesor. Además, había una profesora nueva en la academia, una mexicana, con lo que quedaba disimulada mi bisoñez.

El día después de mi segundo cumpleaños, el 28 de septiembre de 2013, la directora cubana nos encomendó una misión a Mateo y a mí:

—Chicos, este curso celebramos el Año España en la academia. Ya sabéis qué significa, ¿no? Vais a tener que trabajar duro, espero que no me decepcionéis.

Mientras más tarde veíamos el Real Madrid-Atlético de Madrid, que terminaría en 0-1 para desgracia de Mateo, este me explicó qué era el Año España.

—Cada curso la academia elige un país hispanohablante para realizar actividades extraescolares una o dos veces al mes, normalmente el sábado por la tarde. Actividades relacionadas con el país, se entiende, y suelen encargarse de organizarlas los profesores de ese lugar, si los hay. Es un sobresueldo que nunca viene mal pero también un sobresfuerzo que desgasta bastante. El año pasado tocó México y le cayó el marrón al profesor mexicano, obviamente. Celebramos el Día de Muertos, el Día de la Revolución Mexicana, la Navidad Mexicana, la Semana Santa Mexicana, vimos un par de películas mexicanas (Amores perros y otra, no recuerdo cuál), nos dio una charla sobre los narcos y el culto a la violencia, se montó un concurso de mariachis y otro de piñatas, un taller de nachos, un pase de modelos de sombreros, un quiz de cultura mexicana y qué sé yo qué más. En fin, una versión extendida de la actividad estrella "¿Qué sabes de México?". Si no quieres complicarte la vida, simplemente repites los tópicos rancios que ya conocen todos. Pero yo no pienso hablar de toros, sangría, siesta y fútbol. Bueno, de fútbol quizás sí.

El primer evento que organizamos sirvió de presentación y era una versión especial de "¿Qué sabes de España?"; a pesar de lo que había dicho Mateo, sí hablamos de toros, sangría, siesta, fútbol y otros tópicos rancios, pero les dimos la vuelta. Para ello, creamos un personaje llamado Facundo el Español, un torero de papel maché a tamaño real. Cada vez que a alguien se le ocurría un estereotipo español o cuando aparecía un tópico en algún vídeo que les mostrábamos, un estudiante lo escribía sobre la piel del torero; dos horas después, la superficie de Facundo el Español estaba llena de tatuajes. Facundo era castizo, ligón, pijo, madridista y fiestero, era gritón, etnocéntrico, machista, perezoso y pícaro, era divertido, abierto y simpático, era peludo y se depilaba, era deportista y borrachín; Facundo bailaba sevillanas y cantaba flamenco, trabajaba en la construcción y estaba desempleado, se alimentaba a base de tortilla de patatas, paella y tapas, veraneaba en Benidorm y en Ibiza, vivía con sus padres, tenía novia pero le ponía los cuernos, se colaba en el metro, aparcaba en doble fila y se echaba la siesta a diario; además, Facundo odiaba a los franceses, creía que las portuguesas eran bigotudas, pensaba que los alemanes no tenían sentido del humor y solo iba a Polonia a follar y a beber; por supuesto, Facundo consideraba a los vascos unos brutos y unos terroristas, a los andaluces unos vagos, a los madrileños unos chulos, a los catalanes unos tacaños independentistas y a los valencianos unos corruptos. Cuando terminamos, cubrimos a Facundo el Español con una sábana, dividimos a los asistentes a la presentación en grupos y les pedimos que hicieran una lista con los estereotipos de Facundo. El equipo que perdió, el que menos tópicos de Facundo logró recordar, ganó. El premio era un curso de cultura española gratis en la academia. En el reino de los estereotipos, los últimos serán los primeros, les dijimos. Solo los ganadores quedaron satisfechos, pero el evento fue un éxito.

La segunda actividad que organizamos, un par de sábados más tarde, se titulaba "¿Qué sabes de las fiestas de España?". Intentamos desmontar un poco el 12 de octubre invitando a los profesores latinoamericanos a hablar de la celebración en sus respectivos países, pero también presentamos los sanfermines, el Sant Jordi, los toros, la Tomatina, el entierro de la sardina, la Feria de Abril, etc. Al final hubo un concurso, por supuesto. Nos costó bastante convencer a la directora cubana de que nos permitiera entregar el premio elegido, pero cuando supo que no le costaría ni un złoty a la academia, accedió. El ganador del concurso tuvo el gran honor de prenderle fuego a una falla: la estatua de Facundo el Español.

En el tiempo libre que nos dejaba la preparación de estas actividades, le sugerí a Mateo que nos inscribiéramos en el Pop Quiz. ¿Te acuerdas? Adrian, el profesor de la Universidad Jaguelónica al que tanto odias, nos habló del torneo, organizado por un pub inglés. Parecía una buena excusa para tomar una cerveza después de trabajar, así que nos apuntamos y empezamos a asistir al concurso, un viernes sí, un viernes no. Por supuesto, Adrian no me reconoció, ni como Javier Marías ni como su extutorizado del Programa Rabelais.

El Pop Quiz era una competición por parejas y por puntos sobre temas de cultura popular, cada dos semanas uno diferente. La inscripción era bastante cara, pero el premio era suculento: una camiseta usada por el papa. El primer viernes fue difícil, porque el tema era sorpresa para todos (el Thriller de Michael Jackson); por desgracia quedamos penúltimos, de diez parejas, mientras que Adrian y su compañero fueron terceros. Sin embargo, en cuanto supimos el tema del segundo viernes (el rey Jorge Luis I de España), nos preparamos a conciencia; durante las dos semanas siguientes, Mateo leyó una biografía, yo otra, y cada uno repasó por su cuenta periódicos, revistas del corazón, telediarios y documentales. Las preguntas no fueron demasiado complicadas (¿Con cuántos años accedió al trono de España Jorge Luis I? ¿Por qué su padre nunca llegó a ser rey? ¿Cuál es el nombre de la amante principal de Jorge Luis I? ¿Y del amante? ¿En qué país se rompió una cadera cazando un elefante? ¿Cómo murió prematuramente el hermano menor del rey? ¿A qué mandatario le espetó un maleducado "¿Por qué no te callas?" en una cumbre iberoamericana? ¿Qué día de 1981 rechazó apoyar un golpe militar en España? ¿Qué práctica sexual se rumorea que prefiere en la intimidad? ¿Cuál es el color favorito de Jorge Luis I? ¿Qué le gusta más: la pizza o la pasta?) y por supuesto ganamos. Mateo soltó una carcajada que le dolió en el alma a Adrian, en segundo lugar. Ya estábamos más cerca de la camiseta de Juan Pablo II.

Como el año anterior, a finales de diciembre fui a Barcelona durante dos semanas, aprovechando las vacaciones de profesor (las de Navidad, las teníamos todos los profesores de Cracovia, yo por primera vez pagadas). Me sentí todavía más fuera de lugar que el año pasado: después de la primera toma de contacto, no podía empatizar con mi familia y mis amigos. Para mí, sus problemas, los problemas de España —el desempleo general, la corrupción crónica, los desahucios, los recortes sociales— tenían una solución fácil: irse de España; para ellos, mis problemas —las condiciones de trabajo en Polonia, el desarraigo, mi escritura estéril— tenían una solución fácil: volver a España. Nuestras premisas eran opuestas, así que nuestros diálogos de besugos estaban condenados a encallar; solo nos quedaba hablar del tiempo, de la comida, del pasado.

En Navidad Mateo se quedó en Cracovia, pero hizo un viaje a Madrid en marzo. Era la segunda vez que volvía a Madrid desde que se fue en 2004 y también la segunda vez que iba en marzo. De nuevo, tuve que sustituirle en algunas clases. Cuando regresó a Cracovia, le pregunté por la extraña coincidencia, porque, para un profesor, marzo no era la mejor época para viajar. Escurrió el bulto regalándome una taza, una taza del Real Madrid con la foto de Messi; tuve que hacerme el ofendido y me acabé olvidando del asunto entre bromas.

Preferiría no hacerlo, pero he de confesarlo: en aquella época asistí a varios encuentros de Todo en Español. No fueron muchos, solo los necesarios para ir obteniendo lo que necesitaba. Por ello, soporté otra vez las historias de Facu; por ello presencié todos los tópicos que intentaba combatir en el Año España de la academia; por ello conocí a españoles de la peor ralea, ebrios de sí mismos, dispuestos a fecundar con su hispanidad el afortunado mundo que los rodeaba; por ello fui un hipócrita. Bueno, más bien debería decir por ella. Como cualquier español en Cracovia, como cualquier extranjero en Polonia, como Javier Marías en Oxford, yo también quería, necesitaba ligar. La carne es débil, sí, y el mejor lugar para encontrarla eran las reuniones de Todo en Español.

Aunque la competencia era dura, la demanda era elevada. Jugué mis cartas tan bien como supe: me hice el especial, el intelectual, el escritor, el misterioso, el diferente; en fin, me centré en un sector del mercado reducido pero concreto, no muy explotado (eso creía yo). Entre fracaso y fracaso (ninguno tan espectacular como la sardana con la chica del hoyuelo), tuve algunos éxitos y pasé varias noches acompañado y entretenido. No repetí demasiado, solo en un par de ocasiones; tampoco es que las chicas se murieran de ganas por volver a mi sofá cama. Y la verdad es que no ocurrió nada destacable: la gimnasia del sexo esporádico (¿te ha gustado?) y la vergüenza posterior (bueno, yo me voy yendo) y algún que otro gatillazo (es la primera vez que me pasa, serán los nervios). Miento: una chica quiso que la gata nos observara; dejé entrar a Tutaj en mi kawalerka, que nos ignoró y no dijo ni miau.

Aunque ellas y yo tratábamos de ocultarlo, era raro vernos otra vez en los encuentros de Todo en Español; nunca entenderé por qué perdura tanto la incomodidad postcoital. Pero todavía fue más raro darme cuenta de que las chicas que habían estado conmigo, unas semanas después, se iban con otro español y, unos días más tarde, copulaban con un tercero y, al cabo, volvían con el primero. Se podía observar el mismo comportamiento por parte del género masculino, por supuesto: el círculo era vicioso para ambos sexos.

—No me jodas, catalán, deja de hacer sociología barata. Todos buscamos sexo, compañía o afecto, llámalo como quieras, no hay nada más normal. Y ya te dije que tú y yo no somos muy diferentes de los de Todo en Español. Eso sí, si solo quieres ligar, es mejor que uses Tinder. Así evitarás a Facu y sus colegas.

Si siempre hubiera existido Tinder, la raza humana se habría ahorrado mucho sufrimiento. Y grandes clásicos de la literatura, como Madame Bovary o Ana Karenina o La Regenta, serían totalmente diferentes, quizás más interesantes, seguro que bastante más breves. Una foto, un clic, un polvo y siguiente. Sin embargo, yo nunca he sido un donjuán, ni analógico ni digital. Por eso, la mayor parte del tiempo que me quedaba libre, estaba en casa leyendo o descansando, acompañado de Tutaj y de los gritos bilingües y asexuales de mi vecina. No escribía ni una línea, apenas me acordaba de De mí me río, pero no me importaba demasiado. Ah, y casi se me olvida: también buscaba trabajo. Sí, estaba buscando otro segundo trabajo desde que tuve un percance en el instituto.

En la clase de cultura española del liceum, se me ocurrió ponerles deberes a mis estudiantes: hacer un cómic de la leyenda de Boabdil (el último rey musulmán de Granada, el que abandonó la ciudad entre lágrimas y su madre le soltó lo de "Llora como una mujer lo que no supiste defender como un hombre"). El título del tebeo tenía que ser "El lamento del moro", pero les di libertad total para que lo reinterpretaran o para que lo modificaran a sus anchas. La mayoría de los alumnos presentaron la versión tradicional de la leyenda, algunos no presentaron nada; una chica desordenó la frase ("Llora como un hombre lo que no supiste defender como una mujer"), dándole un toque más moderno; otro añadió una viñeta extrahistórica: Boabdil dejaba Granada, pero también les dejaba una bomba a los cristianos. Pero quien me causó problemas fue un chico, Marcin (Marchin). Su cómic, hecho cinco minutos antes de la clase, se titulaba "El lamento del muro" (del muro). Le suspendí el trabajo, porque el título no tenía ninguna relación con las cuatro viñetas dibujadas deprisa y corriendo y sin muro ni ninguna palabra en español más que "Hola, Granada" (los polacos suelen confundir hola con adiós, porque ellos usan cześć en ambos casos). Marcin protestó enérgicamente: yo no suspendo, señor González, usted no puede suspenderme. Intenté hacerle entender que en su trabajo había una falta en el título y otra en una de las dos palabras del texto; concluí que no era tan grave, que a pesar de suspender ese trabajo aprobaría el curso. Pero no hubo manera: Marcin terminó mosqueado y yo, más.

Una mañana cualquiera, para mi sorpresa de profesor florero, el director del liceum me llamó a su despacho. Me comunicó que un chico se había quejado de mí: dice que en su clase, señor González, hace propaganda islamista. Le comuniqué que lo que decía Marcin era falso. Me comunicó que ese estudiante tenía pruebas (el cómic de Boabdil). Le comuniqué que la leyenda de Boabdil formaba parte de la historia de España y del programa de la asignatura de cultura. Me comunicó que vale, señor González, pero no puede suspender a ese chico, porque su padre es concejal del ayuntamiento de Cracovia. Yo le comuniqué que el cómic de Marcin tenía solo seis palabras, dos de ellas incorrectas. Él me comunicó que vale, pero el padre sigue siendo concejal. Yo le comuniqué que solo le había suspendido un trabajo y que Marcin aprobaría el curso sin problemas porque no era tonto, solo vago. El director me comunicó que vale, pero no. Y que podía irme.

En la siguiente clase, Marcin estaba sonriente. Cuando comprobé el programa de administración de notas, también estaba aprobado.

Así acabó el percance en el liceum y decidí que no quería seguir trabajando allí: fue la gota que colmó el florero. Si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el décimo punto diría: ten paciencia, pero no demasiada. Aunque sabía que sentiría dejar de ver a Bartek y a algunos estudiantes, prefería el ambiente de la academia y el trato con adultos. Sin mucha prisa, volví a activar el protocolo de búsqueda de empleo: envío de emails y preguntas a profesores. No dejaría el instituto hasta que encontrara otro segundo trabajo, claro; sin embargo, tarde o temprano sonaría la flauta.

Le voy a proponer un sano ejercicio al lector: imaginar que lo leído hasta ahora en este capítulo es una película de Hollywood. Un ejercicio complicado, pues no suelen adaptar novelas tan insulsas, tan sin trama. Voy a ayudarlo un poco: si esto fuera una película, el lector no habría leído los últimos párrafos sino que habría visto consecutivamente escenas muy breves y rápidas, un montaje cinematográfico con una canción motivadora de fondo, por ejemplo de la banda sonora de Rocky. Pero, en vez de contemplar a Rocky Balboa entrenando, corriendo por la ciudad, bebiendo cinco huevos y boxeando contra el aire, el lector vería fragmentos de mí: una clase matutina en el liceum, una aburrida reunión de profesores, la nieve cayendo sobre Cracovia, una noche de fiesta, un encuentro de Todo en Español, un viernes de Pop Quiz, un polvo mal echado, una lectura en el sofá cama, una clase en la academia, una presentación del Año España, una charla con Bartek y la búsqueda infructuosa de trabajo (las escenas de micción, defecación y masturbación serían censuradas). Esta secuencia no duraría más que cuatro o cinco minutos, pero condensaría meses enteros. Luego, la película continuaría, porque Rocky siempre termina subiendo las escaleras y enfrentándose a su rival. Y yo, aunque no me estaba preparando para ningún combate, también fui expulsado de la rutina. Todas las novelas tienen trama, incluso las más insulsas.

En la tercera actividad del Año España, pusimos una película española: Ocho apellidos vascos. Acababa de salir en España y la habíamos bajado por internet (copia sin piedad); era una comedia romántica en la que aparecían tópicos andaluces y vascos, por lo que ya teníamos el tema para la conversación posterior. Como en cada sesión, la directora cubana estuvo tomando fotos del evento. Esta vez también montó un photocall para que, al final, quien quisiera pudiera sacarse una foto; una bandera española colgada en la pared servía de fondo y en una caja había un montón de objetos españoles, dignos de figurar en mi colección de objetos kitsch, para que los modelos se disfrazaran o ambientaran un poco. Sorprendentemente, los estudiantes fueron pasando y posando para las fotos con el atrezo disponible: con un toro y una capa torera, con un Quijote y un Mortadelo, con un abanico y un dragón de Gaudí, con un vestido de sevillana y un sombrero mexicano, con un delantal y una solicitud de desahucio. La directora propuso una foto grupal, con todos los que estábamos ahí, incluidos Mateo y yo. Casualmente, solo quedaban dos objetos españoles en la caja: una copia del famoso retrato hiperrealista de Jorge Luis I y una estelada, es decir, una bandera independentista catalana.

—Rey o bandera: tú decides.

No es necesario que confiese que nunca se me ha dado bien elegir. Entre Guatemala y Guatepeor, sin pensarlo mucho, me quedé con la bandera. La directora nos sacó un par de fotos: la bandera española detrás, unos cuantos alumnos con sendos souvenirs patrioteros, Mateo sujetando el retrato del rey de España y yo la bandera independentista. Aún hubo algunas fotos más, pero Mateo, la directora y yo nos pusimos a recogerlo todo. Cuando acabamos de guardar las banderas y los objetos españoles, fuimos a tomar una cerveza viendo el Real Madrid-Osasuna, que terminaría 4-0 para alegría de Mateo. Después volví a casa, porque el domingo quería seguir leyendo un libro sobre Charles Manson, el siguiente tema del Pop Quiz.

El lunes fue un día normal en el liceum, pero no en la academia. Al llegar, Mateo estaba serio, incluso preocupado.

—¿Te has enterado?

—Pues sí. El Barça le ganó ayer al Villarreal. Fue un partido muy estresante e interesante. Primero marcó el Villarreal, dos veces. Pero el Barça remontó con dos goles en propia puerta y uno, el decisivo, de Cristiano Ronaldo. ¡Cómo no! La Liga sigue viva.

No, no me había enterado de nada, pero Mateo me informó en seguida. El sábado por la tarde, mientras veíamos el partido del Madrid, la directora cubana subió varias fotos del evento al Facebook de la academia. Nada raro, en cada una de las actividades del Año España había hecho lo mismo. Sin embargo, esta vez el móvil de la directora no paró de vibrar en todo el fin de semana.

—Yo no tengo Facebook, pero me acabo de conectar con la cuenta de la academia. Mira.

Miré.

El álbum de fotos del evento apenas tenía un par de likes, ningún comentario. Fui pasando fotos en las que se nos veía a Mateo o a mí hablando, la proyección de Ocho apellidos vascos, los estudiantes interviniendo en la charla y el photocall con los alumnos haciendo monerías. Eran imágenes bastante insípidas, hechas sin demasiada gracia; ni siquiera eran recuerdos del evento, solo promoción para la academia: estudiantes sonrientes y dos profesores florero. Hasta que llegué a la última foto, la foto de la discordia. Tenía más de cien likes y treinta y un comentarios, en perfecto español (esto es un decir, claro, porque los habían escrito españoles). El diálogo generado por la foto empezaba mencionando la bandera de España, la estelada y a su portador (yo), pero en seguida dio paso a insultos y a discusiones bizantinas sobre el independentismo catalán, la propaganda, el nacionalismo, Franco, la crisis económica, la Guerra Civil, Jordi Pujol, Yugoslavia y Hitler:
Es VERGONZOSO que una academia de español DE CRACOVIA haga apología del independentismo.
Los putos indepes. Deforman la historia y la realidad en Cataluña, en España y ahora también en Polonia. Es muy fuerte. Puta plaga.
—No me jodas.

—Sí, catalán, la hemos liado parda.
Ataque gratuito a la gente de bien. Ni siquiera en Cracovia nos deja tranquilos el independentismo catalán.
¿Desde cuándo un catalán puede dar clases de español? Que enseñe catalán y punto.
—Pero ¿por qué colgó la directora esa foto? ¿No se le ocurrió que podía causar problemas?

—Bueno, ¿y no se te ocurrió a ti que combinar las dos banderas podían causar problemas? Porque yo no lo pensé...
¿Alguien ha ido a la presentación de la academia? No han hablado de independentismo, ni siquiera de Cataluña. Pusieron Ocho apellidos vascos. Si tenemos que criticar algo, es que usen la película sin pagar derechos de autor. 
Pírate a Barcelona: Ocho apellidos vascos es una mierda de película.
El independentismo catalán es tan español como el Quijote o el queso manchego, ignorantes. O como el nacionalismo español, que siempre os olvidáis de que existe.
—Al menos algún comentario es sensato.

—Qué optimista te veo.
El gilipollas de la estelada solo quiere dar la nota. ¿Alguien se pasearía por la mani del 11 de septiembre con una bandera de España? Solo un gilipollas o un suicida. 
Pues a mí me ofendes tú y me ofende la bandera del estado español opresor. Y no digo nada. Imbécil. Españolito.
—¿Y por qué no borramos la foto y ya está?

—La directora quería hacerlo, pero ya han colgado varias copias y la han compartido muchas veces. Los ha intentado calmar con comentarios pacificadores... sin éxito, claro. Alguien ha creado un grupo de Facebook y todo: Academia Independentista de Cracovia. Mira, esta foto la han editado: han tapado las caras con un cuadradito blanco. Parecemos terroristas.
El capullo de la estelada es catalán, lo conozco. ¿Por qué coño se creen tan especiales los catalanes? Esto con Franco no pasaba.
¿No estáis exagerando un poco? SOLO SON BANDERAS. Trapos, telas. Leed más libros, ignorantes.
Y tú come más pollas, zorra catalufa. 
PUTA ESPAÑA.
PUTA CATALUÑA.
—Sabía que había muchos españoles en Cracovia, pero no tantísimos. Y también hay un montón de catalanes.
¿Os habéis olvidado de la libertad de expresión? ¿Nos hemos vuelto locos o qué?
¿Te has olvidado de que tu padre te reventó el culo y te pasó el sida?
—No todos son de Cracovia. He estado mirando sus perfiles: unos cuantos viven en Polonia, pero la mayoría comenta desde España. Supongo que son amigos de amigos de alguien que vive aquí. Y ninguno asistió a la presentación, de eso puedes estar seguro: solo vinieron polacos. Mira, hay un comentario de tu colega, Facu:
Qué decepción, Javier. Yo le dije a mi madre que eras catalán, pero que no pasaba nada. Mucha decepción...
—Definitivamente, no puedo volver a ir a una reunión de Todo en Español.

—Bueno, no te pierdes mucho. Oye, ¿y por qué Facu te llama Javier?
El idiota de la estelada no podía tener más cara de español, con esa barba. ERES ESPAÑOL AUNQUE TE DUELA. LO DICE TU DNI.
—Es una historia larga. Otro día te la cuento. Quizás debería afeitarme la barba de nuevo, así no me reconocerá nadie. O quedarme para siempre recluido en mi kawalerka.

—¿Y si confiesas por Facebook que eres Javier Marías? Quizás así se calmen...

Pero ya era demasiado tarde para aplacar los ánimos de nadie: internet es así.

El lunes por la noche, dos días después de la publicación de la foto, había más de ochenta comentarios, sin contar los que Facebook había ido censurando. Crucé los dedos para que los tertulianos virtuales se tranquilizaran poco a poco.

El martes, la foto fue compartida en varios grupos de Facebook: Españoles en Cracovia, Cracovia en Español, Krakow Expats, Profesores de Español, Puto Nacionalismo, Los Catalanes de las Piedras Hacen Panes y otros de los que no tenía noticia. Ese mismo día, la directora cubana convocó una reunión en la sala de profesores. Antes de que empezara, se disculpó conmigo: lo siento mucho, yo creía que era la bandera de Cataluña, la compré en un viaje a Barcelona, en la Rambla, junto a un sombrero mexicano y a un vestido de sevillana. ¿Cómo iba a saber yo que no se podía combinar con otra bandera? ¿Por qué tenéis dos banderas los catalanes: con y sin estrella? En los manuales de español no se menciona ni la estelada ni la señera... El profesor mexicano propuso eliminar la foto de Facebook y emitir un comunicado: pedimos perdón, no queríamos ofender a nadie, fue un error, mea culpa, todos somos humanos y a otra cosa, mariposa. Mateo sugirió contratacar: tenemos que colgar fotos con combinaciones polémicas de banderas: la bandera franquista y la independentista y la de la Unión Europea, la bandera de EEUU y la Navy Jack, la bandera de Serbia y la de Kosovo y otras. El profesor argentino sentenció que lo mejor era poner una bandera argentina en cada foto. La directora era partidaria de no hacer nada: la caterva de trols se hartará tarde o temprano. Yo no sabía muy bien qué pensar, solo deseaba que no se enteraran de nada en el liceum, porque entonces me convertiría en un profesor florero roto; de repente quería conservar ese trabajo, supongo que siempre es mejor dejar que ser dejado. Votamos.

El martes por la tarde, la directora eliminó de Facebook la foto de la discordia y publicó otra: una foto en blanco con un texto en que la academia pedía perdón. Por supuesto, no sirvió de nada. La violenta discusión renació y la foto pacificadora se llenó de nuevos insultos. En el muro de Facebook de la academia, se colgaron varias copias de la foto borrada, llenas a su vez de más comentarios, y enlaces al grupo Academia Independentista de Cracovia, donde estaban los pensadores más beligerantes.

Las clases siguieron con normalidad durante la semana, pero los profesores decidimos irle aclarando a cada grupo qué estaba ocurriendo en la academia. Curiosamente, la mayoría de los alumnos no estaba enterada de nada, solo una o dos personas por clase sabía que algo raro sucedía en Facebook. No fue una tarea fácil explicar de qué iba aquel lío, no tanto por motivos lingüísticos sino culturales: el cainismo español es un asunto complicado. Cuando por fin lo entendían, no podía importarles menos.

El lunes siguiente, la cara de Mateo estaba más pálida que el anterior:

—Esto se nos está yendo de las manos. Mira.

Miré.

El grupo Academia Independentista de Cracovia había compartido un manifiesto. El Manifiesto Cazafantasmas:
Un fantasma recorre Europa: el fantasma del independentismo catalán. El sucio fantasma del independentismo catalán, que lleva tanto tiempo recorriendo España, se está propagando como un virus. Por eso, las fuerzas Sanas y Santas de Europa debemos unirnos en su contra: españoles, polacos, europeos e incluso catalanes. Todos unidos contra el independentismo catalán.
En una academia de lengua española de Polonia, sin embargo, quieren desunirnos. La Academia Independentista de Cracovia está propagando el fantasma del independentismo catalán por Europa. Estos demagogos están ensuciando las calles de Cracovia, llenándolas de propaganda independentista. Estos asquerosos están contaminando las mentes de los jóvenes estudiantes europeos.
Pero nosotros, los Sanos y Santos, no permitiremos que mancillen nuestras ciudades. Debemos detenerlos. Debemos hacer limpieza. Debemos cazar el fantasma del independentismo. ¡Ningún fantasma romperá España!
El Manifiesto Cazafantasmas terminaba convocando a sus lectores: el sábado 10 de mayo de 2014, hay que boicotear el evento de la Academia Independentista de Cracovia, en la calle Tal y cual.

—Fantasmas cazafantasmas: la definición perfecta del nacionalismo.

Ese sábado 10 de mayo, Mateo y yo íbamos a hablar de fútbol español. Nos planteamos cambiar la actividad planificada para el Año Español y centrarnos en el conflicto que había surgido en la escuela, pero en seguida lo descartamos, no solo porque no queríamos meter cizaña, sino porque a los estudiantes les daba absolutamente igual. A nadie le importan las guerras civiles ajenas.

El segundo martes, el debate de las banderas y el nacionalismo continuaba levantando pasiones. Los Cazafantasmas lanzaron una petición online para cerrar la escuela, que llegó a recoger más de 800 firmas. En el tranvía, noté que mi cara era reconocida varias veces. Me había hecho más famoso por una elección estúpida que por todo el trabajo escribiendo: ni Todas las almas ni De mí me río juntos habían sumado tantas lecturas como visionados tenía la foto de la discordia en apenas unos días.

El miércoles, la discusión pasó de los muros de Facebook a los muros de la calle: había un grafiti junto a la entrada de la academia: "INDEPENDENTISTAS DE MIERDA". Estaba firmado por "Los Cazafantasmas". Lo tapamos todo con pintura, pero el jueves por la mañana descubrimos otras pintadas: "ADOCTRINADORES. NAZIS CATALANES. TACAÑOS. EL FANTASMA DEL NACIONALISMO".

Llevábamos casi dos semanas acumulando tensión y ya ningún profesor se atrevía a comentar nada en Facebook, nadie proponía colgar fotos contestatarias. La tarde del jueves, cuando acabé de borrar los grafitis, me encontré con una sala de profesores mustia.

—¿Por qué estáis tan desanimados? —pregunté—. No creo que pase nada, nadie va a venir. Y si tanto os preocupa, podemos hablar con la policía. Bueno, vosotros, porque mi polaco no es tan bueno...

—Se está repitiendo la historia, catalán.

Todos miraron a la directora, sentada a la mesa.

—Cuenta tú la historia, Mateo, que te sale mejor.

Todos dejamos nuestros quehaceres y nos acercamos a Mateo, esperando a que empezara la narración alrededor de la fotocopiadora. Tuve un déjà vu, pero no dije nada.

—Ya sabes que hace tiempo esta escuela estaba en otro sitio y se llamaba Cubalibre. Eran los primeros años de la democracia en Polonia y todos los polacos querían aprender español y beber cubalibres con sus profesores. El ambiente era todavía más relajado que ahora; sí, sí, es difícil de imaginar... Otra diferencia eran las clases: tenían nombre. Estaba el aula Simón Bolívar, el aula Joaquín Sabina, la Mario Vargas Llosa, la Don Quijote y la Pablo Neruda.

—¿No había ninguna clase con nombre de mujer?

—No, pero ese no era el único problema. El problema principal era la sala Neruda. Bueno, era un problema para los polacos.

—Para algunos polacos.

—Sí, para los polacos más nacionalistas. El nacionalismo polaco tenía mucha fuerza durante los años ochenta. Y en los noventa, cuando Polonia era un país democrático, ya no quedaba ni un solo comunista: todos se habían transformado en patriotas ejemplares, más polacos que Juan Pablo II. La transición política fue mágica, como en España. Cucú... ¡tras! Y todo cambió. Casi todos los políticos y burócratas eran los mismos del régimen anterior, por supuesto. No se desenmascaró a muchos, pero los nacionalistas necesitaban llevar a cabo su caza de brujas: todo lo que oliera a comunismo era sospechoso. Por ejemplo, una academia de español llamada Cubalibre.

—¿Entonces no les gustaba el alcohol o qué?

—Claro que sí. Tanto como ahora.

—¿Y no querían que Cuba fuera libre, como Polonia?

—No me jodas, catalán. ¿Desde cuándo el nacionalismo es racional?

—¿Entonces?

—Dice la leyenda que el cubalibre es la bebida de la revolución. Lo inventaron al terminar la Guerra Hispano-cubano-estadounidense. La del Desastre del 98, cuando Cuba se independizó de España. ¿Te suena? En un bar de La Habana, un soldado estadounidense de proporciones míticas celebraba el fin de la contienda y pidió la bebida cubana (ron) mezclada con la bebida estadounidense (Coca-Cola), no sé si porque no tenían nada más o porque quería simbolizar la unión de los dos pueblos. La cuestión es que el invento se popularizó entre la clientela del bar y todos terminaron la noche brindando al grito de ¡Cuba libre! ¡Cuba libre! ¡Cubalibre! Y bien pronto se volvió más importante la bebida que la libertad, porque Estados Unidos ocupó Cuba y volvería a ocuparla esporádicamente. El significado original del cubalibre se diluyó en seguida y la bebida fue asimilada con facilidad por el capitalismo internacional. Sin embargo, para el fantasma del nacionalismo polaco de los noventa, la palabra Cuba representaba su peor demonio: el fantasma del comunismo. Así que empezaron a cazar fantasmas: los nacionalistas presionaron a la academia para que dejara de llamarse Cubalibre. Se denunciaron las intimidaciones del nacionalismo, pero la policía no hizo ni caso. Al contrario: si os hacen pintadas, por algo será. Y por eso la escuela no tiene nombre. Fin de la historia. ¿Ves algún paralelismo con la situación actual o te hago un comentario de texto?

—Hueón, te olvidaste de la clase Pablo Neruda...

—¡No me jodas! Ahora iba a hablar de Neruda, chileno, tranquilo. Pocos años después, algún nacionalista polaco incansable se dio cuenta de que las clases de la academia sin nombre sí tenían nombre. Supongo que consultó la Wikipedia, o la enciclopedia que se usara entonces, y descubrió que Pablo Neruda, además de ser chileno y embajador y de haber ganado el Nobel de Literatura, había escrito un poema muy polémico: "Oda a Stalin". Es un poema fúnebre en honor del dictador soviético, bastante malo, el poema (bueno, el dictador también). Pero la calidad no le importaba mucho al fantasma del nacionalismo polaco, sino la palabra Stalin, un fantasma que daba más miedo que Cuba. Aunque en ese tiempo no había internet, se escribieron artículos en el periódico y se hicieron grafitis, como estos días. De nuevo, la policía hizo la vista gorda.

—Y tuvimos que ceder otra vez —dijo la directora—. Por eso ni la academia ni las clases tienen nombre. A este ritmo, el próximo paso será cerrar la escuela...

—Pero esta vez el fantasma del nacionalismo no es polaco, sino español. Si vamos a la policía, quizás puedan ayudarnos. ¿No?

El viernes aparecieron otros grafitis en la calle, pero yo no los vería hasta la tarde. Por la mañana, el director del liceum me llamó a su despacho. En el pasillo, me temí lo peor; noté más que nunca la fragilidad del florero. Cuando entré, me pidió que cerrara la puerta y me sentara. Como si mis miedos fueran órdenes, el director sacó su móvil del bolsillo y me mostró la pantalla. Me llevó un tiempo descifrar la foto: aunque aparecía yo, no estaba ni la bandera española ni la estelada ni Mateo ni los estudiantes de la academia con sus objetos españoles. Era una foto mía, tomada meses atrás en el zulo de español: la pizarra detrás de mí, una tiza en mi mano, la bandera polaca y el crucifijo asomando por una esquina. Mi pelo y mi barba eran morenos y mis rasgos faciales no estaban modificados con Photoshop, a diferencia de la foto que me había regalado Bartek por mi cumpleaños (el 27 de septiembre de 2013). Además, debajo había un texto: "CÁLLATE, COÑO". Aquello era un meme, un meme protagonizado por mí.

—Señor González, ¿me puede explicar qué significa esto?

—Bueno, el verbo callar significa no hablar; está en modo imperativo, por lo que es una orden, y el coño es...

—No, eso ya lo sé. Lo he buscado en el diccionario. Quiero que me explique por qué uno de sus alumnos ha realizado este montaje. Este meme, como lo llaman en internet. Y por qué todos sus compañeros lo tenían también en el móvil.

No tuve que hacer mucha memoria para confesarle al director que aquellas palabras las había pronunciado yo, en clase, cuando los alumnos me estaban sacando de quicio. ¡Cállate, coño!, le solté a Marcin, el incallable. Estaba sorprendido: ¡me entendieron!

—Señor González, no sé cómo se comportan los profesores en España, pero puedo hacerme una idea. Sin embargo, en Polonia está terminantemente prohibido decir palabrotas en clase. He hablado personalmente con el estudiante que hizo el meme y ha sido debidamente castigado. En otra situación, lo habría expulsado del instituto, porque según el reglamento escolar no está permitido tomar fotos de los profesores. Pero, en este caso, sacar a la luz la falta del estudiante implicaría que también se descubriera la falta del profesor. Y eso es algo que no podemos permitirnos en nuestro liceum. ¡Imagine qué habría pasado si los estudiantes hubieran compartido esa foto en las redes sociales! Qué desprestigio... Afortunadamente, hemos verificado los móviles de todos sus alumnos hasta comprobar que las imágenes han sido borradas. El profesor de informática ha tenido mucho trabajo extra. Debe usted darle las gracias.

Le pedí perdón al director: no quería ofender a nadie, fue un error, mea culpa, todos somos humanos. Al profesor de informática no le dije nada, porque ni siquiera sabía quien era.

Al final de la clase del viernes, Bartek se me acercó y, tímidamente, sacó un libro de la mochila: era El señor de las moscas de William Golding.

—Es para usted, señor González. Un regalo de cumpleaños de verdad, porque el anterior no fue muy bueno. Y también quiero pedirle perdón. Por mi culpa...

—Muchas gracias, Bartek. Oye, ¿y qué estás leyendo ahora?

Por la noche, Mateo y yo no quedamos tan mal como esperábamos en el Pop Quiz: fuimos cuartos en Charles Manson. Adrian y su colega, segundos. Todavía teníamos que mejorar mucho si queríamos la camiseta papal.

El sábado no pasó nada. Es decir, hicimos la actividad de fútbol español sin ningún problema. ¿Qué sabes del Barça y de Cristiano Ronaldo? ¿Qué sabes del Real Madrid y de Messi? ¿Conoces algún otro equipo? ¿Sabes cuánto cobran los mejores futbolistas de La Liga BBVA? No aparecieron los Cazafantasmas, nadie nos boicoteó. Como siempre, la directora cubana tomó unas cuantas fotos del evento y luego las colgó en Facebook; esta vez, sin banderas fantasmales. Los muros de la academia siguieron acumulando comentarios y grafitis, pero día a día, semana a semana, fue quedando olvidada la foto de la discordia. Probablemente, los únicos que la recuerdan seamos los que la vivimos de cerca: los profesores, la directora, yo. En su momento pasé miedo, aunque luego me decepcionó un poco que no pasara nada más grave, más morboso.

Ahora puedo decir con orgullo que ya formo parte de la historia de la escuela. De hecho, gracias a la anécdota de las banderas y a otras cosas que me pasaron en este capítulo, me convertí en el cronista de la academia: escribí el relato "Muros y banderas" para De mí me río. Lo modifiqué bastante para que no se reconociera a nadie (cambié los nombres, las nacionalidades) y lo recorté para hacerlo más digerible. Era el primer cuento que escribía en mucho tiempo, el primero en que aparecía Mateo. Y, sin saberlo, acababa de escribir mi primera mateoría.

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