domingo, 7 de febrero de 2016

Abecedario Orgasmus (P, Q, R, S, T)

(Cuarta entrega del "Abecedario Orgasmus". Es recomendable leer antes la primera, la segunda y la tercera.)

Pio era italiano, estudiaba relaciones públicas y, aunque había ido a Cracovia para pasarlo bien —y efectivamente se lo pasó requetebién con varias—, por algún motivo acabó enamorándose de Hanna (alemana). La primera vez que habló con ella, no intentó besarla; luego quiso en vano quitársela de la cabeza, incluso trató de fijarse en otras chicas, pero nada. Definitivamente se había encaprichado de aquella alemana tan vegetariana, tan feminista, tan alternativa, tan ecologista. Pio fue preparando el terreno —charlaban entre clase y clase, intentaba hacer amigos en común, chateaban por Facebook, iba a las fiestas a las que asistía ella— y en Nochevieja probó por fin a besarla; como si lo hubiera estado esperando, Hanna se zafó con soltura del italiano. Primera cobra. En la fiesta de cumpleaños de Enrique (español) la cortejó durante unas horas, más tarde en la discoteca bailaron bien arrimados, pero en el momento mágico ella dio una vuelta de bailarina experta y adiós, muy buenas. Segunda cobra. En el viaje en bus a Częstochowa se sentó a su lado para que pudieran hablar, incluso llegó a cogerle la mano y a acariciarle la palma, la muñeca y el antebrazo, como un adolescente tímido; en un bar de la ciudad, con algo de alcohol en sus venas, volvió a buscar el beso. Tercera y última cobra, primera bofetada (¡zas!). Aunque se quedó abatido, Pio acató con resignación aquellas tres cobras y un tortazo: está claro que Hanna y yo no estamos destinados a besarnos ni nada más, se dijo. Apuró su cerveza y miró alrededor: estoy seguro de que se ha follado a varios en lo que llevamos de Erasmus, pero por desgracia yo no pertenezco a ese selecto grupo. Sin embargo, quizá Hanna se ha follado a un chico que por su parte se ha acostado con una chica que a su vez ha pasado por mi cama. Aquel pensamiento lo reconfortó y siguió exprimiéndolo: si pudiera revelar las relaciones sexuales ocultas de todos los erasmus, sabría la distancia real que me separa de Hanna. Pio observó a sus compañeros uno a uno y trató de tejer aquella red invisible de penes y coños. Puede que no me haya acostado directamente con ella, pero indirectamente Hanna ya ha sido mía. Aquel axioma impepinable lo satisfizo; el fantasma del fracaso y la amargura del amor imposible se desvanecieron al instante. Pio fue a la barra y pidió otra cerveza. Empezó a tirarle los trastos a una chica teñida de negro, guapísima pero —en seguida se dio cuenta— tontita. Lo que no sabía Pio era que un par de horas más tarde se acostaría por primera vez con Ania (polaca).

Quentin era inglés, estudiaba relaciones internacionales y en su segundo día en Cracovia salió al fin del armario. Su mamá ya sabía que era gay, pero si se lo hubiera dicho a su aristocrático padre lo habría castrado, desheredado y deportado a Australia con el recto debidamente taponado con cemento. Polonia no es el mejor país para un homosexual, pero estar bajo el yugo de su progenitor era sin duda mucho peor. Quentin utilizó el poco dinero de la beca Erasmus y el mucho de la tarjeta de crédito familiar para renovar su conservador vestuario; gracias a los múltiples centros comerciales cracovianos, en un par de semanas se convirtió en el erasmus más hipster de la ciudad. Iba a todas las fiestas que podía, bebía más alcohol que ninguno, se drogaba con un control relativo y follaba bastante más que el erasmus medio (Dios bendiga Grindr, pensaba Quentin). Sin dejar de asistir de vez en cuando a clase, empezó a trabajar en el bar más trendy de la ciudad por poco más de un euro la hora (más propinas), no por razones pecuniarias sino porque era un local coolgay friendly. A partir de medianoche, el ambiente chill out se desmadraba: las lámparas colgantes eran balanceadas por los camareros, los cócteles les salían demasiado cargados, se compartían drogas varias dentro y fuera del lavabo, la clientela se besaba y magreaba al tuntún, etc. Una mañana, Quentin despertó resacoso en una cama extraña, acompañado de una pareja desnuda a la que tampoco conocía; le dijeron que eran de no sé qué país báltico o balcánico —no les hizo mucho caso—. Cogió sus cosas, se vistió y llegó instintivamente al lavabo; mientras cagaba, se dio cuenta de que no tenía el móvil, pero a cambio tenía los dedos pegajosos, sucios y malolientes. No se atrevió a preguntarle a ningún transeúnte dónde estaba, pero al llegar a una parada de tranvía dedujo que aquello era Nowa Huta, el barrio utópico construido por Stalin alrededor de una fábrica siderúrgica. En una panadería compró un pączek (un bollo dulce polaco) y una cocacola. Era un día muy soleado —demasiada luz para un invierno polaco—, supuso que serían las dos o las tres de la tarde. Mientras volvía a su piso en tranvía, pensó en lo que le diría su padre si lo viera en aquel estado: querido Quentin, te estás pasando de la raya —¡ay, las rayas!—, una cosa es divertirse un poco y otra muy diferente es no acordarse de a quién te has follado: has tocado fondo, hijo. Con los ojos entrecerrados por el sol, se olió los dedos y se dijo que no, que no estaba tocando fondo y que, de hecho, le gustaba aquella sensación: caer, caer y seguir cayendo sin tocar fondo ya no es caer, sino volar.

Ramón era español (extremeño), estudiaba turismo y cantaba y tocaba la guitarra con más duende que muchos. En todas las fiestas españolas animaba el cotarro con sus ayes, sus seguiriyas y sus bulerías; si había suerte, acababa acostándose con alguna del gueto español de Cracovia. Para Ramón, no había nada como el ganado patrio: donde esté una buena jabata que se quiten las otras, decía. Pero en un international dinner organizado por la ESN probó unos pierogi deliciosos y se enamoró irremisiblemente de Kasia (polaca), que había comprado aquellas deliciosas empanadillas en el súper. Kasia era una auténtica belleza eslava, 100% polaca: rubia, ojos azules, de nalgas prietas y tersos pechos. Habló con ella pero lo ignoró brutalmente: un jarro de agua fría sobre su corazón ardiente. Cuando alguien le dijo al devastado Ramón que a Kasia no le interesaban los españoles sino que le pirraban los mexicanos, empezó a desarrollar su plan. Les dijo a sus amigos del Erasmus que volvía a España, se mudó a otro barrio de Cracovia, transformó su apariencia física —camisa negra, hebilla enorme, botas de vaquero—, vio una cuantas películas de Cantinflas y aprendió seis o siete canciones mexicanas. Acababa de nacer Ángel Gabriel, el mexicano. Gracias al Facebook, se acercó de nuevo a las fiestas de erasmus y no lo reconocieron, pero ya no frecuentaba a los españoles, sino a otras nacionalidades, menos capacitadas para descubrir el engaño; así fue como conoció a Sándor (húngaro), con quien hicieron muy buenas migas —de pequeño, veía una telenovela mexicana con su abuela—. A Ángel Gabriel no le costó mucho darse a conocer entre la pequeña comunidad mexicana de Cracovia, que también se creyó su disfraz de mexicano de pueblo. Finalmente, el segundo intento, mucho más premeditado, fue el definitivo: Kasia se lo tragó todo, incluido lo de que era mexicano, y cayó rendida a sus botas picudas. Estuvieron saliendo varios meses; todo iba fenomenal —el sexo era espectacular, aprendió más polaco e inglés que nunca, el sexo era genial, viajaron por Polonia, el sexo era cojonudo— hasta que Kasia quiso que empezaran a vivir juntos. Ángel Gabriel se adaptó rápidamente al piso de su querida novia polaca, pero tan pronto como lo hizo se cansó. No le molestaba tener que llevar la máscara mexicana todo el día —ya estaba acostumbrado a fingir—, sino la cotidianidad. Ver a Kasia tantas horas, pero sobre todo verla de cualquier modo: sin peinar ni maquillar, cortándose las uñas, tumbada en el sofá con el portátil ultrafino sobre su estómago ultraplano, hablando por teléfono con sus padres o sus amigas, lavándose los dientes: no había nada que hacer, la rutina le secó el amor. Un fin de semana en que ella visitó a sus padres sin Ángel Gabriel, Ramón llamó a Sándor para que lo ayudara a organizar su fuga.

Sándor era húngaro, estudiaba psicología y tenía negrofobia, es decir, miedo a las personas negras. Eso decía él, mientras que muchos erasmus preferían considerarlo simplemente un puto racista. En cualquier caso, este fue el motivo por el que eligió ir a Polonia y no a otros países con una piel media más oscura. También por su negrofobia o racismo, no entró en el monasterio de Jasna Góra, que aloja la famosa Virgen Negra de Częstochowa. Mientras sus compañeros la visitaban, se fijó en una chica que discutía en inglés con un chico: ella, Viltauté (lituana), no quería entrar, pero él, Nigul (estonio), sí. Tras un par de minutos de acaloradas negociaciones, ella se quedó sola fuera. Sándor entabló conversación con Viltauté porque estaba aburrido y ella era bastante guapa, pero no se esperaba que esta le propusiera hacer un trío. Se lo dijo con tanta naturalidad que lo cogió a contrapié. Cuando Nigul se incorporó a la conversación, le insistió: ¡venga, folla con nosotros, Sándor, sólo se va de Erasmus una vez! No supo decir que no, pero en seguida se arrepintió —odiaba a los homosexuales tanto como a los negros— y no volvió a acercarse a la pareja báltica. Sin embargo, de nuevo en Cracovia, Viltauté lo asaltó varias veces y Sándor terminó cediendo: ella estaba muy buena y confiaba en que al final todo fuera un farol. No lo era. Días después del trío, tan satisfecho como afligido, no pudo evitar contárselo todo a su amigo mexicano, Ángel Gabriel. Este casi no le hizo ningún caso e incluso interrumpió el relato del húngaro: tenía que regresar inmediatamente a México porque su madre estaba enferma. Ángel Gabriel le pidió a Sándor que le contara a su novia, Kasia (polaca), una mentira totalmente inverosímil; acto seguido, desapareció y no lo volvió a ver nunca más. Sándor consoló a la desoladísima Kasia e intentó aprovecharse de ella y beneficiársela, pero no lo consiguió. Unos días más tarde, la vio en una fiesta besando a Ramón (español), que había decidido volver a Cracovia para retomar su Erasmus.

Téo era portugués, estudiaba informática y en Lisboa siempre había vivido con sus padres, incluso cuando empezó la universidad. La vida de erasmus lo transportó a un grado superior de libertad: tras veintidós años de sumisión total, por fin dejó de tener a su controladora mamá alrededor. En Cracovia no iba mucho a clase, tampoco socializaba demasiado; a diferencia de Quentin (inglés), a quien nunca llegó a conocer, Téo decidió dedicar todo su tiempo recobrado al World of Warcraft y la masturbación. No se lo contará a sus nietos, si es que alguna vez los tiene, pero aquellos meses frente al portátil fueron los mejores de su juventud. María (española) y Enrique (español), sus compañeros de piso, en seguida aceptaron que aquel portugués tan friki se pasara todo el día encerrado en la habitación, pero secretamente bautizaron su dormitorio como el pajaíso. Además de ir a clase, la única actividad que realizaba fuera de casa era asistir algunos domingos a la iglesia; sin saberlo, la misa le recordaba a su piadosa madre. Aunque las iglesias cracovianas estaban llenas de chicas, Téo no les prestaba demasiada atención: la masturbación compulsiva era la única manifestación de su sexualidad y las elfas de sangre del WOW, su único objeto de deseo. Por eso le sorprendió tanto que a la salida del templo tres chicas, compañeras del Erasmus a las que sólo conocía de vista, lo invitaran a la fiesta de Nochevieja. Más sorprendente fue oírse aceptar la invitación, pero el colmo de la sorpresa llegó la noche del 31: Giulia (italiana), con quien nunca había hablado, se lo llevó de la mano al baño y se lo folló casi sin mediar palabra. La sorpresa no le permitió disfrutar mucho del momento, pero al terminar pensó que, si no estaba enamorado de aquella italiana, como mínimo quería repetir. Cuando vio que aquella noche y los días siguientes Giulia pasaba olímpicamente de él, aceptó que se habían acabado las sorpresas. No le quedó más remedio que regresar a su pajaíso; no le pareció un mal plan.

domingo, 17 de enero de 2016

Abecedario Orgasmus (K, L, M, N, O)

(Tercera parte del "Abecedario Orgasmus". La primera parte (perfiles A-E) la publiqué el lunes 04-01-2016; la segunda (perfiles F-J), el sábado 09-01-2016.)

Kasia era polaca, cursaba estudios culturales latinoamericanos y, como su mejor amiga Ania (polaca), estaba en la ESN. Pero, a diferencia de esta, a Kasia le encantaban los hispanoamericanos, especialmente los mexicanos. En Cracovia no eran tan abundantes como los europeos y ella no quería contentarse con españoles o portugueses —los polacos estaban aún más descartados—, porque nada podía igualarse al exotismo de ultramar, por lo que sus romances no eran muy frecuentes. Kasia se consideraba una romántica; Ania la llamaba, con cariño, mojigata reprimida. En la fiesta de cumpleaños de Enrique (español), Kasia siguió encantada la melodía de una ranchera hasta el comedor: Ángel Gabriel estaba cantando y tocando "Cielito lindo" sin que nadie le prestara mucha atención. Cuando levantó la mirada y encontró la de Kasia, se equivocó de acorde. Iba pulcramente vestido de negro, con una hebilla plateada del tamaño de un melón y unas botas peligrosamente picudas: era Antonio Banderas en Desperado, o al menos su versión duchada, planchada y con desodorante. Kasia se terminó de un trago su Acapulco de noche, se le acercó y le habló. Su intuición no se había equivocado: Ángel Gabriel era mexicano, muy mexicano. ¿Por qué eres tan mexicano?, le preguntó ella en un español imperfecto; él sonrió y le contestó con "Otra cosa" de Julieta Venegas. Como él pasaría poco tiempo en Cracovia, Kasia decidió que, aunque le pareciera un atropello amoroso, estaba justificado saltarse los protocolos de la seducción; en unos días, la mojigata reprimida dio con seguridad todos los pasos necesarios para conquistar el corazón del pseudomariachi guanajuatense. Estuvieron saliendo durante varios meses; todo iba fenomenal —se lo presentó a sus padres, viajaron por Polonia, empezaron a vivir juntos, hicieron planes para casarse y mudarse a Guanajuato—, pero un buen día Ángel Gabriel desapareció sin avisar ni dejar rastro. Sándor (húngaro), su mejor amigo, le explicó a la desolada novia que el guanajuatense había tenido que volver urgentemente a México porque su hermana había sido secuestrada por un cártel peligrosísimo. Kasia estuvo muy triste y lloró, lloró y lloró hasta encharcarse en lágrimas cual Aureliano Buendía. ¿Por qué, Dios o narco, por qué me has arrebatado al hombre perfecto? Aún no era consciente de ello, pero secretamente ya se enorgullecía: por fin estaba viviendo su propia telenovela.

Lea era croata, estudiaba un máster en literatura europea y tenía veintisiete años. A causa de su experiencia vital, sentía lástima y vergüenza ajena por los demás erasmus, tan desesperados a sus veintipocos por un pelín de sexo, de amor o de atención, como si en sus países no estuviera permitido acostarse con otros. Aunque Lea intentaba esconder estos pensamientos, sus compañeros percibían claramente su sentimiento de superioridad. Esta croata es una estrecha, decían de ella, envidia nuestra segunda adolescencia, blablabla la malfollada balcánica. Lea sólo podía sincerarse con Iva (checa), su mejor amiga, la única madura, la única con unas pocas tablas. Pero, no podía evitarlo, también le molestaban la felicidad y la fidelidad de Iva: ¿por qué no se tira a otro?, ¿cómo puede estar tan segura de que el eslovaco no le está poniendo los cuernos?, ¿por qué es tan empollona? Una noche la convenció para ir a una fiesta organizada por la comunidad de expatriados de Cracovia: venga, Iva, acompáñame, ¡las fiestas de erasmus son tan infantiles! Tras un escaneo riguroso de los inmigrantes presentes, Lea empezó a ligar con un parisiense elegante y culto que estaba en Cracovia para hacer contactos empresariales. El francés había estudiado literatura comparada y, pese a que no conocía a ninguno de los artistas (ex)yugoslavos de Lea —¿no sabes quién es Ivo Andrić?, ¿y Miroslav Krleža?, ¿Žižek tampoco?, ¿ni siquiera Kusturica?—, cuando él le habló de la necesidad de volver a leer a Marcel Proust, la tuvo en el bote. Se besaron mientras Iva charlaba aburrida con unos portugueses. Sin embargo, Bernard (francés) todavía no estaba muy seguro de su conquista croata: era demasiado culta y vestía barato pero con cierto gusto. En el lavabo, consultó la Wikipedia. Anda, se dijo, resulta que Croacia está en Europa pero no forma parte de la Unión Europea: ¡qué descubrimiento! Al acercarse a Lea ya se había decidido; sus sobrios pantalones A.P.C. apenas podían disimular la erección.

María era española (murciana), estudiaba geografía y tenía un novio esperándola en Murcia capital. Al principio todo fue bien: asistió a más fiestas que clases, pero logró mantenerse bastante fiel. Todo empezó a torcerse cuando conoció a Jacob, un canadiense mudito del que era imposible no enamorarse. Aunque ella le había intentado hablar en inglés, él le escribió en el móvil que su amor era tan fuerte que no necesitaban palabras para comunicarse (the love no need words). Y para follar está claro que no les hicieron falta. Cuando descubrió que Jacob le estaba poniendo los cuernos con varias, María le montó una terrible escena de celos. ¡Cállate, zorra!, le dijo el canadiense mudito en perfecto español, que tú también se los estás poniendo a tu novio. Después de explicarle que en realidad se llamaba Javier (español) y que era de Benicarló, echaron un polvo de despedida, mucho más insulso que los anteriores. Como no podía acudir a su novio ni a sus amigas de Murcia, la pobre murciana despechada se refugió en los brazos de otro erasmus: Xavier (español). Un observador externo habría dicho que el destino se estaba riendo en su puta cara, pero ella prefería pensar que sustituir un Javier por un Xavier era buena suerte. A pesar de que no lograba pronunciar bien la equis de su nombre —¿Savier?, ¿Ksavier?, ¿Chavier?—, aquel catalán era el amante perfecto: fiel, limpio y capaz de hablar español, con fuerte acento catalán pero cierta fluidez. Xavier sintió celos cuando Enrique (español), el compañero de piso de María, le pidió que simulara por una noche ser su novia frente a sus amigotes. No obstante, lo más difícil fue cuando el novio murciano visitó a María. La orquestación de la farsa fue perfecta: todos estaban avisados, nadie dijo nada, incluso Xavier se convirtió por unos días en el amigo gay de María. Pero aun así el novio murciano, que ya tenía una carrera universitaria, se notaba un poco los cuernos. En una fiesta Xavier intimó con el murciano y le dijo con sinceridad de borracho que no se preocupara, que él se la vigilaba. Más tarde, en la cama, el novio le contó a María la escena: ¡a ti seguro que no, pero a mí este catalufo maricón me quiere follar!

Nigul era estonio, estudiaba turismo y se trajo a Cracovia a su novia, Viltauté (lituana). No era la primera vez que hacían aquello: el curso 2011-2012 lo pasaron en Berlín, ella de Erasmus y él ocupándose de la casa; ahora le tocaba a la chica hacer de ama de casa. Nigul y Viltauté siempre habían sido una pareja muy salomónica. Desde que se conocieron, no vivían en sus respectivos países sino en el de en medio: Riga era el centro de su amor; cuando uno quería ver una peli y el otro follar, hacían las dos cosas a la vez; si uno prefería un kebab y el otro una pizza, primero comían uno y luego la otra, o directamente una pizzakebab; aunque ambos hablaban lituano y estonio perfectamente, se comunicaban en inglés; para decidir a dónde iban de viaje, cada vez elegía uno; en las vacaciones de navidad no visitaban a sus familias ni se quedaban en Letonia, sino que se iban a un país nuevo. La democrática rigurosidad también imperaba en la cama. Los días pares recibía uno y los impares la otra; el primer sábado del mes ella era la ama y él hacía de esclavo, mientras que el tercero intercambiaban los roles; también llevaban la cuenta de los orgasmos acumulados para no desequilibrar la balanza. De vez en cuando, sobre todo si sentían que se les apagaba la libido, invitaban a alguien a acostarse con ellos. Se lo intentaron explicar a Sándor (húngaro) cuando lo invitaron a su casa, pero no se lo creyó hasta que la pareja báltica lo empezó a besar y a desnudar.

Olga era rumana, estudiaba económicas y quería tener un novio de Erasmus. Sólo pido una relación normal, clamaba, una relación con fecha de caducidad pero normal, o sea, heterosexual, exclusiva y con algo de amor, ¿es esto mucho pedir? Parece que sí, porque no conoció a ningún chico dispuesto a firmar el contrato. Olga llevaba en uno de los dedos del pie un anillo con forma de flor; lo compró en Constanza, antes del Erasmus, y se lo entregaría al novio de Erasmus, cuando lo encontrara. No representaba su virginidad, porque mientras esperaba al elegido no rechazó unos cuantos ligues de una noche, pero estos sí rechazaron la proposición de Olga, así como el anillo del dedo del pie. Por fin, en una excursión a Częstochowa, conoció a Bernard (francés): elegante, pulcro, inteligente, parisiense; era el candidato perfecto. Después del coito inicial, Olga le regaló su anillo del dedo del pie; a él en seguida lo excitó: le encantó su olor a parmesano. Unas cópulas más tarde, ella le propuso que fuera su novio de Erasmus; él se rio y no volvió a verla, tampoco le devolvió la sortija. Kasia (polaca) le explicó que Bernard era un guarro y que sólo accedía a follar con chicas pobretonas, desarregladas y/o tercermundistas (según su baremo, por supuesto). Olga miró a su alrededor abatida: un español que folla sin hablar, una alemana que acaba de descubrir que es lesbiana, un portugués pajero, una española infiel, un putón polaco y otra polaca obsesionada con los mexicanos: ¿es que aquí no hay nadie normal?

sábado, 9 de enero de 2016

Abecedario Orgasmus (F, G, H, I, J)

(Continuación de "Abecedario Orgasmus (A, B, C, D, E)", publicado el lunes pasado, 04-01-2016.)

Faruk era turco, estudiaba ingeniería industrial y ganó por goleada el premio de Míster Erasmus 2012-2013. Las mujeres lo deseaban con fervor religioso: como un dios pagano, Faruk señalaba con el dedo y la elegida lo acompañaba a la cama. Sus compañeros de piso envidiaban el harén de Faruk; por su cuarto pasaban más nacionalidades que en una gala de Eurovisión. Pero como todo buen donjuán, en realidad Faruk era terrible y secretamente infeliz: por más que se esforzara, por muy fea que fuera la chica, el pobre diablo se corría siempre en unos segundos. Lo había probado todo, pero todo fracasaba; no había nada que hacer, sus fugaces cópulas no estaban a la altura de su belleza apolínea. La primera —y única— vez que se acostó con Ania (polaca), tuvo que mostrarle el preservativo lleno para que ella admitiera la verdad, más sorprendida que frustrada; aquel semidiós turco fue más rápido que el principiante polaco con quien perdió la virginidad. La vergonzosa eyaculación precoz persiguió a Faruk como a un apestado, de Istanbul a Cracovia, hasta que conoció a Courtney. Al desenmascarar a la irlandesa, Faruk pudo sincerarse, por fin. Con ella no tuvo que esforzarse ni avergonzarse más; Courtney no tuvo que simular más orgasmos. La compenetración era perfecta, incluso sin penetración. Pero cuando el novio de Courtney la visitó en Cracovia y descubrió el pastel, ella decidió volver humillada a Cork. Faruk, por su parte, volvió a la triste rutina de Míster Erasmus 2012-2013: su cama se convirtió de nuevo en un mestizaje de decepciones, un auténtico festival de Eurovisión.

Giulia era italiana, estudiaba enfermería y era más cristiana que una polaca devota. Pasó los primeros meses de su Erasmus recorriendo iglesias, sacándose fotos con las estatuas de Juan Pablo II y asistiendo a misas en un idioma que no lograba comprender; un sábado visitó la Virgen Negra de Częstochowa con un autobús organizado por la ESN. Si no fuera por el frío y la antipatía de las polacas, pensaba Giulia, aquel sería el país ideal. Una tarde en que charlaban sobre compromiso y futuros matrimonios frente a un té, sus amigas, casi tan castas y puras como ella, le hablaron de Téo (portugués): era un buen cristiano, lo vieron algún día en la iglesia y no se había follado a ninguna durante el Erasmus. Todas tenían novios estables en sus respectivos países —excepto Giulia, claro, más pía que ninguna—, por lo que ejercieron de celestinas. Parecían una tertulia de revolucionarias conspirando contra el estado, el sistema o la burguesía; no mecionaban a Stalin o a Kennedy, sino a Giulia y a Téo. Después de unas intensas semanas de té y maquinaciones, en la fiesta de Nochevieja, antes de cenar, estalló de súbito la Revolución de Octubre, cayó el Muro de Berlín, Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando, etc. Estas mediocres metáforas históricas pretenden expresar que Giulia se metió en el lavabo y se folló a Téo. Fue un polvo rápido pero intenso, un fogonazo de lujuria. La italiana salió plisándose la falda; el portugués se quedó unos minutos sentado en la taza del váter. Después de medianoche, Giulia les confesó a sus amigas lo que había hecho: todas brindaron con champán. Sin embargo, no les dijo que no era la primera vez que perdía la virginidad; también se calló que llevaba exactamente 366 días de revirginización: 2012 fue año bisiesto. Se sentía un poco culpable, pero ¿qué es la salvación sin el pecado? Aquella noche del 1 de enero de 2013, Téo estuvo exultante; no podía imaginar que la primera proposición de año nuevo de Giulia era volver a revirginizarse. Si hubiera que comparar aquel polvo con un acontecimiento histórico, quizá lo más adecuado sería el 23-F.

Hanna era alemana, estudiaba teatro, ciencias políticas y estudios culturales orientales, todo a la vez, y todavía le quedaba tiempo para actuar, tener novio, salir, beber, el rollo de siempre. Además, en Berlín colaboraba con un CSO y una ONG y asistía a seminarios de budismo zen y a clases de introducción a la acupuntura. Cuando llegó a Cracovia, aunque no se saltaba ni una de sus clases y cada día salía y conocía gente nueva, sintió un vacío doloroso, un vértigo existencial inédito. Se apuntó a clases de yoga y de polaco, aprendió a cocinar y a tejer, incluso fue un par de veces de excursión con la infame ESN; pero nada ni nadie le devolvían el bienestar perdido. Unos días después del viaje a Częstochowa, mientras cenaba con Ania (polaca), dándole el segundo bocado a su hamburguesa vegana, Hanna no podía imaginar que sería aquella polaca teñida de negro, guapísima pero tontita, quien llenaría su vacío espiritual; el material se lo estaba llenando, mordisco a mordisco, la hamburguesa de tofu. En la cama de su habitación cracoviana, Ania le proporcionó un primer orgasmo delicioso, sanativo: Hanna se sintió fundirse con el universo, era una con el todo, especialmente con la juguetona lengua de Ania. Cuando despertó, le pareció que había resucitado. Por fin todo vuelve a tener sentido, pensó. Por la tarde, dejó a su novio por Skype. Las sábanas aún conservaban el aroma de Ania; tuvieron que pasar varios días para que desapareciera completamente. Pero, afortunadamente, Hanna no lograría deshacerse nunca de aquel fantástico olor: con cada nuevo orgasmo, su sistema olfativo se impregnaría otra vez de aquella mezcla de pepinillo en escabeche y falafel.

Iva era checa, estudiaba criminología y era la mejor alumna de su promoción. Dos semanas antes de ir a Cracovia, se enamoró: ni más ni menos que de un turista eslovaco. ¿Cómo se le ocurre a una checa enamorarse de un eslovaco?, se reían sus amigas. ¿Cómo se me ocurre enamorarme sin haber terminado la carrera?, se recriminaba Iva. Nadie tiene la respuesta: el laberinto del amor es así de intrincado; qué sencillo es, en comparación, el camino del sexo. En Cracovia, Iva no descuidó los estudios —siguió siendo la mejor estudiante— pero tampoco se enclaustró como una monja laica: salía a menudo, bebía y bailaba, viajó, hizo nuevas amistades, etc. No obstante, se mantuvo fiel a la ardorosa llama de su amor a distancia. Por suerte, pasó las Navidades con el eslovaco: fueron los mejores días de su Erasmus cracoviano —a pesar de estar en Bratislava— y el mejor sexo de su vida: buen sexo con amor, ¿qué más se puede pedir? De nuevo en Cracovia, continuó estudiando y rechazando a todos los candidatos, incluido el bello Faruk (turco), que no estaba acostumbrando a aquellos desplantes. Con sorna y envidia, la llamaban santa Iva; a Giulia (italiana) le molestaba no tener un mote así. Sus amigas —las checas y las de Cracovia— la animaban a que se olvidara del eslovaco, pero Iva no les hizo caso. Al acabar el Erasmus, Iva y su novio terminaron con la relación a distancia: se fueron a un pisito de Praga, donde todavía viven juntos. Creo que tienen un gato.

Javier era español (valenciano), estudiaba relaciones públicas y no hablaba ni pizca de inglés. Lo poco que sabía lo había sacado de estribillos de canciones pop y de películas porno. La tragedia de Javier era que, a diferencia de otros erasmus españoles, él quería intimar con extranjeras; la maldita barrera idiomática se lo impedía. Una noche, abatido y un poco borracho, siguió su instinto y llevó su carencia al paroxismo: eso es, sí, ligaré con extranjeras sin hablar ningún idioma, se dijo Javier, ni español ni pseudoinglés ni nada, me quedaré mudo como en una película de Buster Keaton. El primer sujeto en quien probó su estrategia, un par de chupitos más tarde, fue Daria (ucraniana). El experimento tuvo un éxito rotundo. La ucraniana, muy avispada, entendió desde el principio lo que pretendía aquel español apuesto y con barba de tres días: no era tímido ni tonto —no más que otros españoles—, sino que quería follar sin decir nada. ¿Qué más se le podía pedir a un español?, pensó Daria. Más que un experimento, fue una experiencia: la risa nerviosa les erizaba la piel y, dentro del piso de Daria, la caída de la ropa al suelo fue un estallido de gozo sonoro, las caricias y los jadeos sustituyeron las palabras guarras, el silencio aumentó la intensidad del resto de sentidos. Tuvo el primer orgasmo muy pronto y fue tan brutal que no le importó que Javier terminara en su boca —era la primera vez que probaba el semen—; aquel sabor la retuvo unos segundos en el paraíso; poco después, como una autómata del placer, se dejó desvirgar por detrás, guiada por el lenguaje corporal del mudito; ascendió unos peldaños más, hasta entonces también desconocidos, en la escala del goce. Al acabar, agotados e impresionados, no necesitaron —tampoco podían— hablar; la situación no se hizo rara, ni siquiera cuando desayunaron callados. Los días siguientes fueron perfectos; el único problema era contactar con Javier, pero la inteligente Daria halló en seguida una solución: se mandaban un mensaje con la hora exacta en que querían verse, así de sencillo; él solía llegar tarde, pero a ella no le importaba, la espera era parte del ritual. Repitieron muchas veces, pero Javier se cansó pronto y encontró otras voluntarias para seguir experimentando. Cuando días después se enteró por su amiga Ania (polaca) de que el silent fucker se había acostado con la misma Ania, Olga (rumana), Kasia (polaca), Yvonne (noruega) e incluso con María (española), a quien hizo creer que era canadiense y mudo, Daria no tuvo más remedio que desenterrar el odio que sentía por los españoles. Además de creídos, ignorantes, etnocéntricos y ruidosos eran unos putos cerdos; una versión bárbara de los franceses.

lunes, 4 de enero de 2016

Abecedario Orgasmus (A, B, C, D, E)

El curso 2012-2013, realicé un Erasmus en Cracovia. A continuación, ordenados alfabéticamente, los perfiles sexuales de algunos de mis compañeros de andanzas, mucho más interesantes que sus perfiles académicos o amorosos, aunque es inevitable que a veces se entrecrucen. Los nombres y las nacionalidades han sido modificados para no ofender a nadie; también se han alterado los hechos, para que nadie se aburra leyéndolos.

Ania era polaca, estudiaba periodismo y le apasionaba conocer gente nueva, sobre todo extranjeros, su especialidad eran los erasmus. Ella no era una erasmus, pero colaboraba con la ESN de Cracovia, la Erasmus Student Network. Allí conoció a Faruk (turco), a Javier (español), a Nigul (estonio) y a Sándor (húngaro), entre otros, aunque no en orden alfabético. Ania no le hacía ascos a ninguna nacionalidad porque le gustaba experimentar; no obstante, prefería a los europeos, sus favoritos eran los occidentales, su fetiche los mediterráneos. Desde que en una fiesta alguien descubrió a Ania de rodillas frente a la lavadora, haciéndole una enérgica mamada a Pio (italiano), que vibraba al ritmo del centrifugado y de las embestidas de la felatriz, la llamaron Centrifuania. Gracias a aquel mote, en aquella generación de erasmus le fue más fácil que nunca conocer chicos. Sin embargo, su gran trofeo fue Hanna (alemana).

Bernard era francés (parisiense), estudiaba literatura comparada y no soportaba la mediocridad. Vestía con elegancia y pulcritud extremas, bebía vinos franceses de más de 30€, no viajaba con transporte público ni aerolíneas low cost y sólo salía con chicas de nombres y apellidos múltiples (zapatos Christian Louboutin, bolsos Louis Vuitton, relojes Patek Philippe y demás parafernalia). La única excepción en su refinado estilo de vida —más bien una anomalía— se hallaba en el plano sexual: le atraía lo más bajo, no tanto lo humilde ni lo sencillo como lo sórdido. Justo antes del Erasmus, tenía una novia del distrito XVI, pero salpimentaba su vida sexual con encuentros moteleros, uno o dos por semana, con una basurera marsellesa. Durante su estancia en Cracovia, empezó a salir con la estilosa Yvonne (noruega), pero por su cama fueron pasando una checa, una húngara, una española, una portuguesa, una belga y una macedonia: todas pobretonas y desarregladas. No obstante, su mayor éxito erasmista, y el punto álgido de su carrera sexual, fue una indigente polaca, maloliente y desdentada. No puedo evitarlo, se justificaba Bernard frente a los que descubrían las opacas veredas de su lascivia, tengo una polla más caritativa que el papa.

Courtney era irlandesa, estudiaba derecho y había decidido no trabajar en toda su vida, ya que la vida había sido muy perra con ella. Antes del Erasmus nunca había tenido un orgasmo; tampoco lo tuvo durante ni lo tendría después. Pero eso no era óbice para simularlo frente a su novio, un irlandés pelirrojo, borracho y bonachón que vivía en Cork, y frente a los chicos con los que se acostó en Cracovia. Cuando Faruk (turco) descubrió que los fingía y los había fingido antes, le pidió que no se lo contara a nadie; a cambio, Courtney le ofreció hacerle una paja o mamada semanal hasta que terminara el semestre. Los miércoles por la tarde se convirtieron en el momento más placentero de Courtney: por fin podía dar placer sin necesidad de simularlo. En seguida hubo encuentros los martes, los jueves, los sábados, a todas horas y en cualquier parte. Unos lo llamarían amor; otros, simbiosis.

Daria era ucraniana, estudiaba biología y odiaba a los españoles. Todas sus amigas de Kiev le dijeron que en Cracovia había muchos españoles y que tenía que pescar a uno como fuera. Ella, por contra, no soportaba que fueran tan creídos, tan ignorantes y tan etnocéntricos, una versión bárbara de los franceses, pero sobre todos sus defectos no aguantaba que fueran tan ruidosos. Cuando subía al tranvía para ir a sus clases, se alejaba de los españoles sin verlos, como si fueran un foco infeccioso. Tuvo un par de ligues: Pio (italiano) y Sándor (húngaro), pero no fueron nada especial. En cambio, tras la primera noche con Javier (español), quedó enamorada hasta las trancas. El día siguiente, le escribió un correo electrónico a su mejor amiga contándoselo todo. Esta no se podía creer lo que Daria le decía: ¿aquella adolescente enamorada era Daria, su Daria? ¿Qué le había hecho ese español para cambiar tan radicalmente su opinión?

Enrique era español (andaluz), estudiaba economía y decidió ir de Erasmus para follar más que en toda su árida existencia pretérita. Se había informado bastante bien y había llegado a la conclusión de que Cracovia era la destinación ideal; mil veces les había contado a sus amigotes cuánto se hartaría a follar en Polonia, con cuántas nacionalidades y religiones diferentes. Sin embargo, la realidad fue más dura de lo que esperaba: el pobre Enrique no se comió un rosco. Lo intentó con españolas, con polacas, con checas, con rusas, con alemanas, con portuguesas, con francesas, con lituanas, con finlandesas, incluso con una catalana, pero nada. Tras dos meses de sequía, empezó a escribir un blog en el que relataba sus juergas cracovianas, plagadas de encuentros sexuales (imaginarios, claro). A pesar de que también estaba plagado de faltas de ortografía e incongruencias geográficas y culturales, las fantasías sexuales de Enrique eran tan detalladas, parecían tan reales, que todos sus amigos se las tragaron: Enrique era un pichabrava, un héroe de Charles Bukowski. Sin embargo, el pobre Enrique no calculó que sus amigos-lectores algún día lo visitarían a Cracovia, para verlo pero sobre todo en busca de una breve pero intensa aventura sexual como las suyas. Cuatro de ellos se instalaron por un fin de semana en la habitación de Enrique; casualmente o por desgracia, durante esos días sus múltiples novietas, follamigas y otras compañeras sexuales estaban ausentes u ocupadas. Cuando ya estaba a punto de confesar que todo había sido una gran mentira fruto de su aun mayor frustración, Enrique logró convencer a María (española), su compañera de piso y una de sus falsas parejas en el blog, de que simulara por una noche ser su ligue. Por los pelos, pero la fama de Enrique quedó intacta.

viernes, 1 de enero de 2016

The Best of 2015

Aprovechando que estoy pasando las vacaciones en Koprivnica (Croacia), aislado del mundo pero con Internet, escribo un resumen de las mejores lecturas de 2015. Aunque no soy muy amigo de las listas, tienen una ventaja innegable y definitiva: son fáciles de leer y de escribir, y ni a mí ni a ti nos apetece ahora mismo hacer grandes esfuerzos.

Así que aquí van los diez mejores libros que he leído este año. No están ordenados de ningún modo. Sobre todo son novelas y cuentos, pero también hay algo de ensayo y de crónica. Hay un guatemalteco, tres españoles (o catalanes), un mexicano catalán, una croata, un ruso americanizado, dos bosnios (uno americanizado) y un serbio. Escriben en español, en inglés, en bosnio y en serbio. Están clarísimos mis intereses, ¿no?


1. Eduardo Halfon, El boxeador polaco (2008).

Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) es un guatemalteco con una identidad más bien compleja: de ascendencia judía, polaca y libanesa, además es ingeniero y profesor de literatura y escribe en español a pesar de que ha vivido casi toda su vida en EE.UU. Si esto no basta, en El boxeador polaco inaugura su proyecto literario de búsqueda de las propias raíces, empezando con el abuelo, un judío polaco que sobrevivió a Auschwitz. Aunque un par de cuentos son metaficcionales, la mayoría son más o menos autobiográficos, es decir, autoficcionales (protagonizados y relatados por el mismo Halfon, que ficcionaliza su vida). En ellos, el protagonista (Halfon) conoce a personajes un poco perdidos (Joe Krupp, un profesor experto en Mark Twain), marginados sociales (Juan Kalel, un estudiante y poeta brillante que debe abandonar los estudios) o tan desarraigados como él mismo (Milan, un pianista serbio y gitano). El estilo de Halfon es sobrio y ágil, con súbitos destellos poéticos. Otros de sus libros posteriores continúan algunos de los relatos de este libro: la historia de "Epístrofe" la desarrollará en La pirueta (2010), mientras que Monasterio (2014) es la versión extendida de "Fumata blanca".


2. Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca (2003).

Empezar a leer a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) no es fácil: no sólo por la vastedad de su obra, sino porque su experimentalismo puede resultar excesivo. Sin embargo, París no se acaba nunca es una buena novela para iniciarse, puesto que contiene los ingredientes principales de su literatura sin empachar. Encontramos autoficción: Vila-Matas relata irónicamente sus años de formación en el París de los años setenta. Y hallamos metaficción y el universo literario vilamatiano ya desde el título, una vuelta de tuerca al París era una fiesta de Ernest Hemingway, una de las referencias principales de la novela, pero por sus páginas también desfilan Marguerite Duras, Georges Perec, Juan Marsé, Juan Benet, Eduardo Mendoza, Roland Barthes y otros habituales de la mitología del autor barcelonés.


3. Slavenka Drakulić, Café Europa: Life After Communism (1996). 

En estos ensayos, la croata Slavenka Drakulić (Rijeka, 1949) retrata cómo era —y en parte sigue siendo— la vida en los países socialistas tras la caída del Muro de Berlín; pero no se trata de meros ensayos políticos: a Drakulić le interesa más cómo vive la gente normal, aunque no por eso evita dar explicaciones históricopolíticas. En "A Smile in Sofia", por ejemplo, intenta entender por qué nadie sonríe en Bulgaria, problema que se podría extender a Polonia u otros países poscomunistas. Uno de los temas recurrentes es el sentimiento de inferioridad respecto a los occidentales que los polacos, yugoslavos, checoslovacos y demás comparten. Si algo me gusta de Drakulić —tuvo que exiliarse en los primeros años de la guerra—, es lo crítica que es con la Croacia contemporánea: la acusa de poca autocrítica hacia la época ustacha, de querer borrar de sopetón el pasado (el socialismo de Tito) y de no respetar las minorías étnicas (Istria) dentro de Croacia.


4. Vladimir Nabokov, Pnin (1957).

Sin ser tan rompedora como Pálido fuego ni tan escandalosa como Lolita, con Pnin Vladimir Nabokov (San Petersburgo, 1899-1977) logra una novela sólida, más tradicional y de un humor refinado, británico. El protagonista es Pnin, un excéntrico profesor de literatura de origen ruso que enseña en una universidad estadounidense, como el mismo Nabokov. Es un profesor de segunda clase, menospreciado por sus compañeros e inadaptado; el lector se reirá de él, pero también llegará a sentir compasión. Probablemente, Pnin fue el modelo de otros profesores fracasados como el Wilt de Tom Sharpe o el Stoner de John Williams. Como toda novela de campus, pues, Pnin critica la universidad, pero también la sociedad americana en su conjunto. La prosa de Nabokov es tersa y elegante, sin excesos, la envidia de cualquier escritor cuya lengua materna sea el inglés.


5. Miljenko Jergović, Sarajevo Marlboro (1994).

Tuve el placer de leer los cuentos de Miljenko Jergović (Sarajevo, 1966) este verano en Sarajevo, su ciudad natal y la que les sirve de escenario. Sin embargo, se pueden leer en cualquier lugar y transmiten la misma sensación de asfixia y derrota: Jergović los escribió en la Sarajevo sitiada por los serbios y los publicó antes de que terminara el asedio, y es precisamente la atmósfera de aquella ciudad-cárcel lo que marca las vidas de los personajes. El estilo es sencillo, sobrio, heredero de Raymond Carver; a veces parece que los cuentos no cuentan nada, todo queda soterrado en la antiépica característica del estadounidense. El héroe aquí no es el soldado, sino el ciudadano; por ejemplo, Mr. Ivo, el viejo que pacientemente les da agua de su pozo a todos los vecinos que suben la cuesta hasta su casa.


6. Javier Cercas, El impostor (2014).

La historia que relata Javier Cercas (Ibahernando, 1962) es conocida por todos: Enric Marco se hizo pasar por superviviente de un campo de concentración nazi, fue presidente de la Amical Mauthausen y dio numerosas charlas sobre sus falsas experiencias, hasta que en 2005 un historiador descubrió que todo era un fraude. Como en Soldados de Salamina y en Anatomía de un instante, Cercas parte de un relato real. En las tres novelas, que forman algo así como una trilogía de la historia española reciente —tres hitos y mitos—, encontramos ficción, ensayo y crónica en diferentes dosis: si en Soldados prevalecía la ficción y en Anatomía el ensayo, El impostor es sobre todo una crónica. La obra podría haber sido mucho más corta, mucho más documental, pero Cercas prefiere novelizarla, se mete en ella como un personaje, el investigador, y va desgranando poco a poco todas las mentiras de Marco, a la vez que reflexiona sobre ellas. Quizá esto sea un acierto, o quizá Cercas debería haberse quedado al margen.


7. Juan Marsé, La ronda del Guinardó (1984).

Esta novela corta contiene lo más característico de Juan Marsé (Barcelona, 1933) condensado, aunque el lenguaje es más depurado, más contenido, que en otras obras que le he leído. La acción de La ronda del Guinardó sucede durante un día de la Barcelona de posguerra: como en una tragedia griega, sus personajes descubrirán algo para lo que no están preparados. El protagonista es un detective que va a buscar a una adolescente que debe identificar el cadáver de su supuesto violador, pero esta se resiste y el policía la va acompañando por el Guinardó mientras realiza sus recados (y pecados). Este paseo o ronda le sirve a Marsé para presentar la sórdida Barcelona de los cuarenta, la represión sufrida por los catalanes y los demás derrotados, la violencia ejercida por el franquismo.


8. Aleksandar Hemon, The Question of Bruno (2000).

Junto a Eduardo Halfon, Aleksandar Hemon (Sarajevo, 1964) ha sido uno de los descubrimientos de este año. Como el pseudoguatemalteco, Hemon tiene una identidad compleja: nació en Sarajevo en una familia bosnia con raíces ucranianas, pero en 1992 la guerra con Serbia lo pilló en un viaje a los Estados Unidos, por lo que decidió exiliarse; al igual que Nabokov, con el tiempo adoptó el inglés como nueva lengua literaria, aunque ya había publicado algo en bosnio. Los relatos de The Question of Bruno, todos más o menos interconectados, son bastante autobiográficos, pero se alejan de El boxeador polaco: el narrador no siempre es Hemon, el estilo es más barroco, desenfadado y humorístico, y algunos experimentos lo acercan a David Foster Wallace y otros autores posmodernos. En "Exchange of Pleasant Words" Hemon cuenta la historia de su familia desde sus orígenes ucranianos, que culmina con la celebración de la Hemoniada, una reunión familiar. "The Life and Work of Alphonse Kauders" es lo que los Apocrifílicos llamarían una falsa biografía: el tal Alphonse Kauders habría conocido a Stalin, Hitler y Tito, habría escrito una enorme bibliografía sobre los bosques, etc. En "The Sorge Spy King" un niño (Hemon) cuenta la historia de su padre, detenido por conspirar contra Tito; el relato se bifurca: en las notas al pie de ciertas palabras clave, se cuenta la historia de Richard Sorge, el espía soviético que avisó a Stalin de la Operación Barbarroja de Hitler, pero aquel lo ignoró. El penúltimo texto es una novela corta, "Blind Jozef Pronek & Dead Souls", la vida de un inmigrante bosnio en Chicago, como el mismo Hemon; su primera novela, Nowhere Man, vuelve a contar la historia de Jozef Pronek.

9. Danilo Kiš, Una tumba para Boris Davidovich (1976).

Danilo Kiš (Subotica, 1935-1989) fue un autor serbio que escribía en serbio, hijo de un judío húngaro que murió en un campo de concentración nazi. Sin embargo, Una tumba para Boris Davidovich no critica la locura nazi sino la soviética: cada uno de los siete cuentos que lo componen es una biografía de un hombre que sufre las terribles consecuencias de las persecuciones ideológicas de la Unión Soviética. Los Apocrifílicos las llamarían falsas biografías: la alambicada prosa de Kiš está plagada de fechas, personajes históricos y documentos que sobrecargan de verosimilitud las atormentadas existencias de los protagonistas. Está claro que Jorge Luis Borges es una de las influencias de Kiš —aunque este es mucho más político que aquel—: cuando publicó este libro en Yugoslavia, fue acusado de escribir contra el régimen de Tito y de plagiar al decadente escritor argentino; también está claro que Kiš es una de las influencias de Aleksandar Hemon.


10. Jordi Soler, Los rojos de ultramar (2004).

Como Eduardo Halfon, Aleksandar Hemon y Danilo Kiš, el escritor mexicano Jordi Soler (La Portuguesa, 1963) tiene una identidad compleja: nació en México, en una familia de republicanos catalanes exiliados, por lo que escribe en español mexicano pero habla catalán. Los rojos de ultramar cuenta precisamente la historia de su abuelo, un catalán que tuvo que huir de Barcelona cuando las tropas franquistas estaban a punto de tomarla. La novela es parecida a Soldados de Salamina de Javier Cercas: Soler enrevista a su abuelo Arcadi e investiga su pasado familiar: primero en Barcelona, luego en el exilio francés, después en el campo de Argèles-sur-Mer, a continuación en México, donde se reunirá con su mujer y su hija y donde tiene algunos trabajos mal pagados y funda con otros catalanes la plantación de café de La Portuguesa. La vida en este microclima catalán en plena jungla mexicana parece sacada de Cien años de soledad o alguna otra novela del realismo mágico —los insectos y otros animales, la turbia vida de los criados—, pero la historia de Arcadi entronca con Cercas y la tradición de escritura de no ficción, a pesar de que es posible que Soler se conceda algunas licencias literarias.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Confranconopasaba

1. La frase

Hay dos maneras de utilizar la frase "Esto con Franco no pasaba", aunque sólo se suele usar una de ellas.

Para un hablante objetivo e imparcial, parece que la frase se podría pronunciar en un contexto cualquiera, siempre que cumpliera un único requisito: que la situación fuera impensable durante el franquismo. Por ejemplo, un domingo de elecciones, un votante deposita el sobre dentro de la urna y dice "Esto con Franco no pasaba", ya que efectivamente en la España de Franco no existía el sufragio. O uno de los asistentes a una manifestación exclama "Esto con Franco no pasaba", porque la policía no disuelve violentamente la protesta, como solían hacer los grises desde sus caballos, porras en mano.

Pero este primer uso, aparentemente neutro, constatativo, de la frase "Esto con Franco no pasaba" no es nada frecuente. De hecho, nadie pronunciaría estas cinco palabras para comparar el presente más o menos democrático con el pasado franquista; lo habitual sería decir "Con Franco no podíamos votar" o "Antes las manifestaciones estaban prohibidas". El porqué es obvio: como en nuestra sociedad no existen los hablantes objetivos e imparciales, la frase en el fondo no es ni neutra ni constatativa; es decir, las palabras no son sólo palabras. A nadie se le escapa que quien pronuncia esta frase no sólo describe la realidad, sino que también la está criticando. Todos nosotros, hablantes subjetivos y parciales, somos conscientes de que estas cinco palabras esconden unas cuantas más: "Esto con Franco no pasaba... porque el dictador no permitía cosas tan ignominiosas como la democracia o el derecho de reunión". Cualquiera sabe que el uso más extendido de esta expresión revela la ideología del hablante.

El señor Turón, sin embargo, pronunciaba la frase de marras en cualquier situación, menospreciando su carga política. Alguien me dijo que le había oído pronunciar la frase al pie de las escaleras de la catedral, después de persignarse y escupir. Dicen que en la comunión de su sobrina se la gritó al cura mientras lo sacaban entre varios de la iglesia. A veces la traducía al catalán: "Això amb en Franco no passava", pero solía decirla en castellano. Se la soltó a una mujer en minifalda, a un vendedor de helados negro, a una panadera, a los bomberos, al alcalde e incluso a un policía. Lo más curioso es que el señor Turón también decía "Esto con Franco no pasaba" cuando en realidad sí pasaba. Podía decirlo paseando junto al río en una soleada mañana de verano o tras robar unas zanahorias, su alimento favorito, de un puesto del mercado.


2. La primera zanahoria

Debes de estar pensando, lector políticamente correcto, que el señor Turón no era un hablante competente, que no dominaba la lengua, o que quizá no conocía la historia de España. Pero deja por un momento que piense el lector auténtico, el lector a secas, el lector sin censura. Ahora piensas que el señor Turón estaba rematadamente loco, ¿no? Pues sí, así es: el señor Turón era el loco más emblemático de la ciudad de Girona.

Desde los noventa, todos los gerundenses lo conocíamos como el señor Confranconopasaba, o simplemente Confranconopasaba, aunque nadie osaba llamarlo así porque entonces se encabronaba; sólo algunos chavales se atrevían a gritárselo, pero salían corriendo inmediatamente para que no los cogiera. Confranconopasaba tenía el monopolio de la frase: si la decía él estaba bien; si se la decían otros, mal. Sólo era un loco violento cuando le mentaban el mote; el resto del tiempo era de lo más pacífico y hablador, por lo que era habitual encontrárselo en la plaza de Cataluña royendo una zanahoria, o paseando por la Rambla y conversando alegremente con otros transeúntes, soltando de cuando en cuando su estoconfranconopasaba. A veces incluso hablaba con otros locos del pueblo, pero no era lo más frecuente: parecía preferir a la "gente normal". Lo vi un día charlando con el loco del teléfono, que llevaba un aparato rojo y te lo ponía a la oreja para que contestaras; uno frente al otro, uno con su teléfono y el otro con su zanahoria: me pregunté si sabrían que el otro estaba loco o si, por el contrario, las locuras se anularían mutuamente.

Pero la primera vez que lo vi, o como mínimo la primera que recuerdo, fue mucho antes. Yo me dirigía hacia el cine con el instituto, aunque he olvidado lo que íbamos a ver. De repente, uno de nosotros le gritó al señor Turón:

—¡Eh! ¡Estoconfranconopasaba! ¡Estoconfranconopasaba!

Al oírlo, Confranconopasaba tiró la zanahoria al suelo. Los profesores tuvieron que sujetarlo y calmarlo para que no nos hiciera nada, aunque me temo que él corría más peligro que nosotros, conociendo a mis compañeros de clase.

—¿Y vosotros qué coño sabéis, putos enanos de mierda? —nos gritó el señor Turón, enfurecido—. Vosotros no conocisteis a Franco, ¡yo sí! ¡Yo conocí a Franco, y a Primo de Rivera, y a Carrero Blanco!

Ya más calmado, al alejarse, repetía para sí la frase. Como una letanía.

Estoconfranconopasaba.

Estoconfranconopasaba.

Estoconfranconopasaba.

Me dio una pena terrible aquella zanahoria abandonada sobre el asfalto, a medio comer.


3. Las matemáticas del régimen

Mis padres, la televisión y algunos profesores me habían intentado explicar en vano quién era el tal Franco. Me costaba comprender que alguien tan malo hubiera llegado a ser el jefe de un país. ¿Es que no había candidatos mejores? ¿Y qué relación tenía Franco con el señor Turón? ¿Y por qué había enloquecido con aquella frase?

Viendo que el día después seguíamos impactados por el incidente con el señor Turón, la profesora de matemáticas, que nos acompañaba cuando sucedió, intentó aclarar nuestras dudas. Con paciencia y didacticismo, puso sus conocimientos matemáticos al servicio de la solución de aquel problema:

—A ver, chicos. Si Franco murió en 1975, estamos en 1999 y el señor Turón tiene 35 años, ¿pudo realmente conocer a Franco?

Estaba claro que sí. Confranconopasaba nació en 1964, eso podíamos calcularlo fácilmente.

—Pues no —nos corrigió la profe—. Y no lo llaméis así. El señor Turón en 1975 tenía doce años. Vosotros ahora tenéis trece. ¿Conocéis al presidente del gobierno? Claro que no. ¿Sabéis siquiera cómo se llama? Probablemente tampoco, así de mal está la educación en este país. En fin, esto demuestra que el señor Turón es un loco y no sabe de lo que habla.

La clase enmudeció, falta de argumentos, aunque en realidad no intentábamos argumentar nada. Uno de mis compañeros de clase, más atrevido o más informado, le preguntó cómo sabía ella cuántos años tenía Confranconopasaba. Reconocí en seguida la voz del que el día antes había causado el incidente en la calle. Luego añadió, envalentonado, que Confranconopasaba podía ser hijo de Franco, o de Fraga o de alguien afín al régimen, puesto que él había conocido al alcalde de Girona por su padre, que era concejal de no sé qué. La profesora lo mandó callar y salir a la pizarra a resolver la siguiente ecuación.


4. La rumorología

Quizá me esté equivocando de enfoque, quizá no debería ser yo el que contara esto. O, como mínimo, no sólo yo. Me explico.

Girona no es tan, tan pequeña, así que no todo el mundo se conoce entre sí; pero, por contra, todos conocíamos a Confranconopasaba. Cada uno de nosotros tiene —todavía— una anécdota más o menos cierta sobre él. Por ejemplo, un amigo siempre cuenta que se lo encontró en un local del centro, meando en la barra del bar mientras hablaba con el camarero; cuando un cliente le llamó la atención y el camarero intentó sacarlo de allí, el señor Turón le soltó su famosa frase. A veces, mi amigo añade que el señor Turón le meó los pantalones al camarero, o que con la mano libre le arrojó la zanahoria que guardaba en su abrigo.

Otro me contó que se lo encontró la madrugada de un sábado junto al río Onyar. Ambos estaban borrachos y compartieron la botella de vino que bebía el señor Turón. Entre hipidos, le confesó a mi colega que, hacía tiempo, había pasado unos meses en prisión. Todo por una pequeña gamberrada, dice mi amigo que le dijo Confranconopasaba. Una noche como aquella, frente a las oficinas de los juzgados de Girona, se comió él solo un tarro de anchoas de L'Escala, llenó el bote de cristal con alcohol de quemar, prendió un paño y arrojó aquel cóctel molotov improvisado a las oficinas del juzgado. El cóctel de l'Escala (así lo bautizó el señor Turón) impactó en la fachada del juzgado. Evidentemente, cuando llegaron los bomberos y la policía, les soltó su frase habitual. Quizá toda la anécdota sea falsa, pero no importa mucho. El caso del señor Turón confirma que muchas veces los rumores falsos contienen más verdad que los verdaderos.

Otro cuenta que se lo encontró en el mercado y le compró una zanahoria (Confranconopasaba no aceptó más que una). A cambio, le confió un secreto: estaba organizando un partido político que se haría con el poder en Girona, primero, y luego en Cataluña y en España. Se llamaba Un vot, un porro. Como su nombre indica, ofrecería un porro a quien votara por él. Si no te gustaban las drogas, te ofrecería un polvo con una puta o un puto; el eslogan sería "Un vot, un porro / Un vot, un polvo", porque en este país de pandereta cualquiera está satisfecho con sexo o drogas, le dijo. Mi amigo sintió la tentación de decirle que estoconfranconopasaba, pero el señor Turón se le adelantó.

Dicen que se encadenó a un árbol de un parque para que no lo talaran, pero al final lo cortó él mismo, encolerizado porque le dijeron que estoconfranconopasaba. Dicen que intentó desahuciar con sus propias manos a la portera de un piso porque no le permitía pasar la noche en el vestíbulo del edificio; también dicen que el señor Turón poseía un apartamento en el mismo edificio donde trabajaba la portera, pero que no siempre le gustaba pasar la noche en su cama. Dicen que pertenecía a una familia rica e influyente, aunque él con una zanahoria en la mano tenía bastante. Dicen que odiaba a los gatos y a los franceses. Dicen que su hermano era psiquiatra e intentó curarlo personalmente, hasta que un día el señor Turón le mordió un moflete; dicen que aquel mordisco fue la única excepción en su estricta dieta a base de zanahorias crudas. Dicen que su padre había sido guardia civil durante el franquismo y los primeros días de la democracia. Dicen que a veces se creía la reencarnación del rey Alfonso XIII, y entonces toleraba un poco más a los franceses; dicen que, no obstante, seguía odiando a los gatos.

Está claro que quien cuenta este relato no debería ser yo, sino los habitantes de Girona. Esta historia debería tener un narrador múltiple, como algunas obras de Mario Vargas Llosa, contadas ahora por uno, después por otro, luego por aquel, sin solución de continuidad.


5. El profesor Turrón

Uno de los momentos más inexplicables de mi adolescencia fue la llegada del señor Turón a mi instituto: de la noche a la mañana, sin que nadie me previniera, resultó que aquel hombre, el loco de la zanahoria, era mi nuevo profesor de historia.

Mezclado en la confusión de los primeros días del curso, nadie le prestó demasiada atención. Hubo comentarios y bromas, por supuesto: qué hace él aquí, pero este no estaba majara, dónde ha dejado sus zanahorias, Confranconopasaba se ha escapado del manicomio, ahora que no come zanahorias ha recuperado la cordura. Pero en seguida se aclimató a nuestro instituto y olvidamos o ignoramos su anterior identidad. Confranconopasaba, el más insigne loco del pueblo, se convirtió en el señor Turón, profesor de historia; de personaje o mueble de la ciudad pasó a profesor o mueble del instituto.

Me costó mucho digerir aquel cambio —¿desde cuándo un loco podía dejar de estar loco?—, pero con el tiempo yo también me acostumbré. El nuevo mote que le pusimos contribuyó a que olvidáramos el pasado: el profesor Turrón, con doble erre, como el dulce navideño. Cuando lo oía, el profesor Turrón casi no se enfadaba, a veces incluso bromeaba al respecto:

—Recuerde, señor Gómez, que no soy un dulce de avellanas. ¿Qué le parece si a partir de ahora lo llamo señor Polvorón? —le contestaba el señor Turrón (en realidad nos hablaba en catalán y nos tuteaba, pero así le da un toque más antiguo).

Ahora entiendo que prefiriera aquel apodo al anterior; sin embargo, de adolescente me sorprendía que un profesor pudiera aceptar aquella humillación por parte de sus alumnos.

A pesar de todo, el profesor Turrón fue uno de los mejores profesores de historia que he tenido; si ahora me interesa la historia es gracias a aquellas clases que nos dio en primero de bachillerato. Era un profesor divertido e irónico, tenía carisma, sabía explicarnos la historia como si fuera un cuento y, sobre todo, traía a clase diferentes objetos más o menos históricos: el atrezo, según lo llamaba él. Por ejemplo, un día se presentó con un trabuco para hablarnos de la Guerra de la Independencia y de los bandoleros del siglo XIX. Otra vez apareció disfrazado con una especie de túnica: soy un íbero, nos dijo, antes de explicarnos la España prerromana. Nos trajo una gorra de las Brigadas Internacionales, una brújula como las que usaron los conquistadores, una espada de la Reconquista, el escudo de Guifré el Pilós, las cartas de relación de Hernán Cortés, etc.

Sus clases eran de las más entretenidas e interesantes, pero aun así nos comportábamos peor que con ningún otro profesor. Nos tirábamos pedos y comíamos en el aula, copiábamos en los exámenes, salíamos por la ventana sin que se enterara para volver a entrar por la puerta, quemábamos típex en el suelo, quemábamos la basura, quemábamos nuestros apuntes, fumábamos, escribíamos obscenidades en la pizarra, le enfocábamos en el cogote con un láser y dicen incluso que alguien se masturbó mientras el profesor hablaba de la Primera Guerra Carlista. Si bien Turrón era más permisivo que el resto, creo que nuestra conducta estaba influenciada por su pasado de loco: para nosotros, inconscientemente, todavía era Confranconopasaba.

La gota que colmó el vaso cayó en una clase dedicada al franquismo, aunque más que una gota fue un chorro de agua. El profesor Turrón había traído unas esposas de la Brigada Político-Social y estaba hablando sobre la represión franquista, cuando un alumno lo interrumpió. No tuve que girarme: reconocí en seguida la voz de mi compañero de clase:

—Ahora no dirás que estoconfranconopasaba, ¿no? Porque tu padre de represión y de tortura sabía bastante.

Esta vez no hubo nadie que sujetara a Confranconopasaba. Pero tampoco nadie que lo protegiera a él de aquellos brutos de primero de bachillerato. Mientras lo golpeaban, antes de que llegaran otros profesores para detener la locura, me pareció que sus labios se movían.


6. Cagadero

No me encontré de nuevo a Confranconopasaba hasta muchos años después, a pesar de que tras el accidente en el instituto había vuelto a ser el de antes, es decir, el loco de siempre. Recuerdo la fecha con bastante precisión: los primeros días de 2011, quedaba un par de meses para que estallaran las protestas del 15-M. También me acuerdo del lugar del reencuentro: un tren Girona-Barcelona, concretamente cerca del lavabo.

Yo ya vivía y estudiaba en Barcelona, supongo que aquel día regresaba de pasar el fin de semana con mis padres. Llevaba mucho rato esperando a que saliera quienquiera que ocupaba el váter, hasta que llegó el revisor y me pidió el billete con desconfianza: buenos días, caballero, el billete, por favor (sí, me llamó caballero). Luego, llamó a la puerta y le pidió al ocupante del lavabo que por favor abriera y le mostrara el billete. Mentalmente, modifiqué las palabras del controlador: buenos días, cagadero, el billete, por favor. Cuando por fin salió, me crucé con él un segundo, me metí en el váter y cerré la puerta.

No tuve tiempo de sorprenderme por el reencuentro, ya que el espectáculo del interior del lavabo era desolador: casi no podía verse el blanco retrete, todo estaba cubierto de un líquido de color marrón y olía profundamente a mierda. Quise salir inmediatamente, pero entonces asimilé la situación: ¿y si Confranconopasaba también me había reconocido? No quería arriesgarme a que recordara que yo pertenecía a la clase que lo había devuelto a la locura. Cerré los ojos, contuve como pude las arcadas y escuché la conversación entre el señor Turón y el revisor.

—No sólo no pagaré, señor revisor, sino que exijo una compensación. El estado de este cuarto de baño es lamentable. He tenido que excretar de pie y con el traqueteo del tren parecía que surfeara. Suerte que no me ha visto nadie. Debería denunciarlos por cerdos.

A pesar de esta arriesgada estrategia, el controlador lo obligó a bajar en la siguiente estación. Sólo entonces pude salir del lavabo, a tiempo para ver al señor Turón por la ventanilla. Estaba más viejo y justo sacaba una zanahoria del bolsillo.

Por lo que pude descubrir preguntando aquí y allá, Confranconopasaba viajaba cada día de Girona a Barcelona o de Barcelona a Girona. Ya no era el loco de siempre, sino el loco del tren.


7. Un, dos, tres

Por un exceso de bondad o de estupidez, a veces me rodeo de gente a la que no soporto. Pasé bastante tiempo con Sergi, un conocido de Girona que también estudiaba en Barcelona, casualmente en la misma universidad que yo, y para colmo vivía cerca de mi piso. Al salir de clase, fuimos alguna tarde juntos a curiosear por la plaza Cataluña: eran los días del 15-M.

Sergi odiaba a muerte el movimiento del 15-M. Para empezar, no le gustaban los hippies, a los que solía llamar sucios (o bruts, en catalán), y cualquiera que acampara durante varios días en la Plaza Cataluña o donde fuera era un puto brut. Irónicamente, Sergi llevaba siempre el pelo excesivamente engominado: uno sentía la tentación de meterlo bajo el chorro de la ducha para limpiar aquel lametazo ecuestre, igual que él haría con los bruts (en el fondo compartían destino). Además, Sergi consideraba que la política era para los políticos, no para la gente de la calle, que ya tenía demasiado poder al permitírsele votar cada cuatro años. Por si fuera poco, era un independentista radical: los problemas de Cataluña sólo se resolverían con la autonomía total, librándose de aquel problema irresoluble llamado España.

Paseando entre los puestos de la acampada del 15-M, Sergi inventó un cruel juego: el un, dos, tres. El 1-2-3 consistía en identificar si una persona cualquiera era un brut (uno), un vagabundo (dos) o un loco (tres). Aunque yo me negaba a jugar, cuando veía a alguien con pintas extrañas Sergi decía: este es un dos, o aquel es un uno. Incluso los combinaba: ese de ahí es un uno-dos, un brut-vagabundo. Evidentemente, nunca se acercaba y les preguntaba si eran una cosa u otra, por lo que el juego era una burda excusa para insultar a la gente.

En una de las asambleas, señaló a un tipo que hablaba —en vez de un micrófono sujetaba una zanahoria cruda— y dijo: ese es un uno, y además vegetariano. No sé por qué no me callé, quizás me sorprendió que otro gerundense no conociera a Confranconopasaba, quizás quise sentir el placer de corregirlo: ese es un tres, le dije, es el loco de la zanahoria, el loco del tren, y luego le conté todo lo que sabía de Confranconopasaba.

Cuando terminé la historia, Sergi hizo lo que me temía:

—¡Eh! ¡Estoconfranconopasaba! ¡Estoconfranconopasaba!

La gente de la asamblea se rio y aplaudió, pensando que hablaba irónicamente. Pero Confranconopasaba salió corriendo hacia Sergi. Al pasar delante de mí nuestras miradas se cruzaron, y tuve la sensación de que me reconocía. Fue una pena que Sergi lograra escabullirse entre los manifestantes.


8. La última zanahoria

Si ahora escribo esto es porque, aunque ya no vivo ni en Girona ni en Barcelona, acaba de llegarme una nueva anécdota de Confranconopasaba: se ha suicidado, dicen. Pensé que sería la última, pero la han seguido otras historias, otros rumores.

Dicen que Confranconopasaba se colgó de una vieja viga de su apartamento. Dicen que lo encontró la portera del piso (la misma a la que una vez había querido desahuciar), pero no porque oliera mal sino porque la viga se había roto y la señora había oído un golpe muy fuerte. Dicen que la portera encontró una zanahoria en el suelo, junto al cadáver, totalmente cubierta de moho blanco. Dicen que la cogió con el índice y el pulgar y la tiró a la basura. Dicen que la policía le pegó una bronca terrible por alterar la escena del crimen. Dicen que la portera les contestó que estaba clarísimo que aquello no era un crimen sino un suicidio.

Otros dicen que el crimen se cometió mucho antes, cuando el señor Turón era un adolescente. Dicen que una tarde varios matones lo rodearon a la salida del cine y empezaron a increparlo. ¿Dónde está ahora tu padre para protegerte?, dicen que le dijeron al joven señor Turón. Dicen que el padre del señor Turón, un importante guardia civil, había muerto no hacía mucho. Dicen que el padre era conocido por sus duros métodos interrogativos. Dicen que aquella tarde los matones sujetaron al joven señor Turón y le aplicaron los mismos métodos que solía emplear su padre. Dicen que la gente pasaba por allí. Dicen que nadie los detuvo. Dicen que, mientras tanto, entre risas, los matones le gritaban:

—¡Esto con Franco no pasaba!

—¡Esto con Franco no pasaba!

—¡Esto con Franco no pasaba!

sábado, 21 de noviembre de 2015

Otras Barcelonas

1. La Barcelona apestosa

En 1937, un argentino publicó un cuento fantástico en el que un extraño olor aparece y se esparce por una ciudad argentina. Toda ciudad —incluso una argentina— dispone de un enorme repertorio de extraños olores, empezando por aquellos emitidos por sus ciudadanos, pero lo fantástico de este olor es que nadie puede determinar su origen, nadie sabe de dónde viene esta "pestilencia elaborada como con gas de petróleo y esencia de clavel". De repente empieza a oler mal, y nadie logra explicar por qué, ni siquiera la autoridad competente. Estamos frente a un olor expósito.

Se trata de un cuento doblemente fantástico: por un lado, de excelente calidad y, por el otro, del género fantástico. Su autor es Roberto Arlt; el relato, que merece la pena leer antes de seguir con esto, se titula "La ola de perfume verde".

La idea es brillante porque pone de manifiesto la fragilidad del ser humano: algo tan vulgar como un olor, el "perfume verde", trastoca completamente la vida de la ciudad. Aunque a una escala menor, el desarrollo del cuento es digno de los experimentos sociológicos de José Saramago. Ensayo sobre la ceguera o qué pasaría si todos nos volviéramos ciegos, Ensayo sobre la lucidez o qué pasaría si los votos en blanco ganaran unas elecciones, Las intermitencias de la muerte o qué pasaría si la gente dejara de morir, "La ola de perfume verde" o qué pasaría si surgiera un tufo sin porqué.

Pero el texto de Artl va más allá de la literatura sociológica. De hecho, he mentido al decir que es un cuento doblemente fantástico; en realidad, es triplemente fantástico. Me explico.

No sólo los humanos se sorprenden por ese hedor repentino e injustificado: dice el narrador que los pájaros "piaban desesperadamente". Entonces pronuncia esta frase fantástica: "Algunos ciudadanos que habían vivido en Barcelona les referían a otros que aquel vocerío de pájaros les recordaba la Rambla de las Flores, donde parecen haberse refugiado los pájaros de todas las montañas que circunvalan a Barcelona". Nunca he estado en América Latina, pero seguro que sus aves son tan ruidosas como las españolas o europeas, si no más. Seguro que Gabriel García Márquez describió en Cien años de soledad una escena en la que los graznidos de los pájaros ensordecen a un pueblo o algo por el estilo. Así, ¿qué necesidad tenía Arlt de escribir que los pájaros eran tan escandalosos como los de Barcelona? ¿Por qué precisamente los de Barcelona? ¿Qué coño pinta Barcelona en un cuento sobre Argentina?

No lo hizo por cosmopolitismo ni porque hubiera vivido un tiempo en España, no. Roberto Arlt, en los años treinta del siglo XX, en realidad no estaba escribiendo sobre una ciudad argentina sino sobre Barcelona. Sí, la ciudad del perfume verde es Barcelona, capital de Cataluña. Concretamente, Roberto Arlt escribía sobre la Barcelona de noviembre de 2015, en la cual ha aparecido una ola de pestilencia de origen desconocido. Efectivamente: un mal olor expósito, el perfume verde de Arlt, el visionario. No he podido olerlo desde Cracovia, pero según las fuentes de la noticia de El País el olor es una "especie de estiércol o de hedor de pies muy desagradable". El País también dice que los twitteros se han quejado usando hashtags como #pestebcn u #onadadepudor.

Aunque algunos se engañan creyendo que es por el estiércol del Parque Agrario del Llobregat, nadie sabe a ciencia cierta cuál es la verdadera causa de la fetidez barcelonesa. Sólo quieren tranquilizarse, es normal, porque a nadie le gusta ignorar lo que pasa, y aún menos a los que tienen el poder.

Como en Barcelona sólo se leen panfletos y consignas políticos, bestsellers y crucigramas, a nadie se le ha ocurrido buscar la respuesta en la literatura. Pero si terminamos el cuento de Roberto Arlt, sabremos que el perfume verde es causado por los "hidrocarburos cometarios", es decir, por la "substancia dominante que forma la cola de los cometas". Que no cunda más el pánico, ciudadanos de Barcelona. Cuando el cometa se aleje de la órbita de la Tierra y salgamos de su cola pestilente, el olor remitirá. Barcelona podrá respirar tranquila.


2. La Nueva Barcelona

En agosto de 2015, un joven barcelonés criado en Girona y residente en Cracovia aparcaba el coche en Zrenjanin (Sréñanin), Serbia, acompañado de su novia, croata. (Esto no es un chiste, pero te reto, lector, a que inventes uno con este inicio.) El chico y la chica habían pasado unos días de vacaciones en Belgrado y se dirigían a Croacia, pero él decidió desviarse de la ruta más rápida para poder visitar Zrenjanin, una ciudad de la Voivodina serbia con 79.773 habitantes y sin atractivo turístico aparente. ¿Por qué? La respuesta, como siempre, se encuentra en la literatura.

Unos meses antes del viaje, el joven pseudobarcelonés había leído El Danubio, de Claudio Magris. Es un libro de viaje que aspira a ser un relato exhaustivo del Danubio; combina el diario de viaje con el ensayo histórico, político y filosófico, la erudición geográfica con la narración, quizá haya incluso un poco de ficción. En el capítulo llamado "Un caballo verde", Magris habla de Becskerek, el nombre húngaro de Zrenjanin: "en 1734 la ciudad de Becskerek estaba llena de catalanes, que habían fundado en ella su Nueva Barcelona".

Al leer esto, supuse que Magris había tomado mucha rakia en Serbia y que su escritura sufría las consecuencias: ¿qué pinta Barcelona en medio de Yugoslavia? Magris había quedado desacreditado para mí, no quise continuar la lectura de El Danubio. Por suerte, se me ocurrió buscar la Nueva Barcelona en Google. La Wikipedia me informó de que Magris, a pesar de la rakia, tenía razón: existió una Nueva Barcelona en los Balcanes.

Tras la capitulación del 11 de septiembre de 1714, algunos catalanes y otros austracistas tuvieron que huir de la represión borbónica. Era el fin de la Guerra de Sucesión Española, pero para muchos el inicio de un largo exilio, y ya se sabe que sus caminos son inescrutables. Algunos volvieron a España, pero otros deambularon por los territorios de su aliado, el archiduque Carlos, entonces ya Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Así se fundó el asentamiento de la Nueva Barcelona, en la actual Zrenjanin. No duró mucho: el clima, la peste y los turcos ahuyentaron en 1737 a todos sus habitantes.

Cuando salimos del coche, Ivana y yo nos encontramos con una ciudad pequeña del tamaño de Girona. El centro histórico de Zrenjanin era agradable, pero sin ninguna particularidad. Paseamos por la ciudad tratando de buscar refugiados: sirios, porque estábamos en plena crisis de refugiados, y catalanes. No había nadie con la piel oscura, usando iPhones y rezando a la Meca. Tampoco una placa conmemorativa de los catalanes que habían vivido unos años allí. Preguntamos en una cafetería y a un par de transeúntes, pero nadie sabía nada; como si les habláramos del origen de una ola de perfume verde en Barcelona. En la oficina de turismo, obligué a Ivana a preguntarles si había en Zrenjanin algo que recordara a los refugiados catalanes del siglo XVIII.

—Los únicos refugiados que tenemos aquí son sirios —me tradujo del serbio Ivana—. Pues estos también son invisibles —añadió en inglés mientras salíamos.


3. Las dos Barcelonas

La noche del 20 de noviembre de 2015 imagino a otro joven barcelonés criado en Girona y residente en Cracovia que escribe una novela histórica sobre los refugiados catalanes en Serbia. Es una novela de aventuras, al estilo Victus de Albert Sánchez Piñol, pero también una ucronía o novela histórica alternativa. Se titula El perfume verde de Barcelona.

Los protagonistas son un catalán, perdedor de la Guerra de Secesión, y su descendencia. A partir de la llegada a Zrenjanin el argumento se aleja del curso de la historia: los catalanes resisten el frío, la peste y las invasiones turcas, por lo que permanecen allí y la Nueva Barcelona no desaparece. La cultura catalana pasa a tener dos focos: uno en Barcelona, dependiente de España, y el otro en la Nueva Barcelona, perteneciente a Austria. Aunque aislados, están en contacto; la cultura, la lengua y el sometimiento a otros imperios unen a las dos Barcelonas.

Algunos sueñan con vivir en paz. Otros, con la independencia. Los más ambiciosos, con la creación del Sacro Imperio Romano Catalán. El SIRC (pronunciado como circo en catalán: un toque irónico del novelista) conectaría el Delta del Ebro con la Nueva Barcelona, anexándose por el camino territorios de las actuales Francia, Italia, Eslovenia y Croacia. Los ideólogos sircenses justifican estas invasiones con variopintas teorías precursoras del darwinismo social.

Sin embargo, la realidad tiene otros planes para la Nueva Barcelona, contrarios a las ensoñaciones sircenses. Hasta 1918, la Nueva Barcelona es una ciudad autónoma del Imperio austrohúngaro. El catalán es, junto al alemán, la lengua oficial. Cuando los novobarceloneses hablan en catalán, no usan insultos en castellano sino palabrotas alemanas. A pesar de las protestas de la población, al catalán hablado en la Nueva Barcelona se le injertan las declinaciones propias del alemán. En la celebración del 11 de septiembre, los novobarceloneses beben rakia con porrón y comen canelones rellenos de chucrut. Es una fiesta agridulce: rememora el inicio de una vida nueva pero sin plena libertad. El único momento en el que Cataluña y la Nueva Barcelona pertenecen al mismo imperio es durante las Guerras Napoleónicas; sin embargo, el idioma oficial de ambos territorios es el francés, lo que acaba impulsando revueltas en las dos Barcelonas.

Al acabar la Primera Guerra Mundial, la Nueva Barcelona logra por primera vez su anhelada independencia. La comunidad internacional la reconoce rápidamente, excepto los periódicos catalanes: la envidia se dispara en Cataluña, se acabó la unidad entre las dos Barcelonas. La alegría de los novobarceloneses no dura mucho, porque el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos (1918-1929) se anexa la ciudad de Nueva Barcelona en 1919. Nadie interviene ni protesta ni dice ni pío, excepto los periódicos catalanes, que celebran la invasión; "Habéis durado menos que la Barcelona sitiada de 1714", les dicen, los muy guasones. Ahora los idiomas cooficiales son el serbocroata y el catalán, y se sustituyen las declinaciones del alemán por las del serbocroata. La rakia en porrón y los canelones de chucrut siguen igual, pero un decreto ley de 1921 obliga a renombrar un postre de frutas, porque los compatriotas macedonios se sienten ofendidos. Cuando el país se convierte en el Reino de Yugoslavia (1929-1945), Nueva Barcelona continúa con el mismo estatus y pasa a llamarse Ciudad Autónoma Yugoslava de Nueva Barcelona.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939), llegan nuevas oleadas de refugiados catalanes a la Nueva Barcelona. Recorren el camino de aquel olvidado SIRC, pero los franceses, italianos, eslovenos y croatas los miran con desprecio. En vez de celebrar la reunión de los pueblos catalanes, los novobarceloneses acogen a sus hermanos con recelo y sentimiento de superioridad. Empieza a popularizarse el término charnego para hablar de los catalanes que viven en la Nueva Barcelona, normalmente pobres o de clase baja, así como los descendientes de matrimonios mixtos.

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Hitler invade Serbia y la Nueva Barcelona, por lo que muchos novobarceloneses se refugian en Barcelona. Así, la acción de la novela transcurre por unas páginas en la España de Franco. Muchos regresan con la llegada de la Yugoslavia de Tito (1945-1992), preferible a la casposa dictadura franquista. La República Federativa Socialista de Yugoslavia tiene seis repúblicas, dos provincias autónomas y, dentro de una de ellas (Voivodina), una ciudad autónoma: Nueva Barcelona. Los expertos en política internacional se burlan de la estructura de matrioskas del país, pero Yugoslavia resiste las críticas y vive cuarenta años de calma y progreso relativos.

En 1989 Slobodan Milošević se hace con la presidencia de Serbia. En junio de ese año, visita Kosovo y defiende a la población serbia de los supuestos abusos de los albaneses de Kosovo. Un mes más tarde se acerca a la Nueva Barcelona y repite el discurso: los novobarceloneses, cristianos, abusan de la minoría serbia, ortodoxa. Poco después, Milošević acaba con la autonomía de Voivodina, Kosovo y Nueva Barcelona. A pesar de que las autoridades novobarcelonesas piden ayuda a España, ya democrática, esta ignora las llamadas de socorro; la comunidad internacional y los periódicos catalanes también desoyen su mensaje de auxilio.

En 1991 estallan las Guerras de la Antigua Yugoslavia. Eslovenia es la primera en independizarse. La violencia que azota Croacia y Bosnia desanima a la Nueva Barcelona, que como Kosovo y Voivodina permanece bajo el yugo de Milošević.

Una noche de 1994, aparece un extraño olor en la Nueva Barcelona y en Barcelona. Se extiende simultáneamente por ambas ciudades hasta superar sus límites: en pocos días, Cataluña y Voivodina apestan a "perfume verde". Las autoridades españolas y las serbias no saben qué pensar, no logran descubrir de dónde proviene aquel extraño olor. En Yugoslavia se detiene la guerra: nadie quiere combatir si huele tan mal; en España se interrumpe la producción: nadie quiere trabajar con aquel hedor. Los territorios vecinos cierran las fronteras, pero el olor no se para frente a la aduana. A medida que se expande la pestilencia, se propaga un rumor: el perfume verde es una maldición lanzada por las dos Barcelonas. Bajo la influencia de aquel tufo, resurgen el sentimiento de hermandad catalano-novobarcelonesa y la ideología sircense.

En 1995, Estados Unidos logra que los gobiernos de Yugoslavia, España, Cataluña y Nueva Barcelona se reúnan en su territorio para negociar. El 14 de diciembre, Bill Clinton presenta los Acuerdos de Dayton, en los que se redefinen los territorios español y yugoslavo para acabar con la ola de perfume verde que infesta Europa y cruza ya el Atlántico. Cataluña logra la independencia de España, la Nueva Barcelona se separa de Yugoslavia, pero no se unen: son territorios independientes entre sí.

La novela ya casi acaba. En la última escena, Clinton y los otros dirigentes están en la zona VIP de una discoteca de Dayton celebrando los acuerdos y, sobre todo, el fin de la peste catalano-novobarcelonesa. Beben rakia y ratafía con porrón, comen canelones de carne y de chucrut, esnifan cocaína y manosean a prostitutas rusas. De repente, a tres mandatarios se les baja la erección: acaban de notar un extraño olor, similar a un perfume verde.