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jueves, 24 de diciembre de 2015

Confranconopasaba

1. La frase

Hay dos maneras de utilizar la frase "Esto con Franco no pasaba", aunque sólo se suele usar una de ellas.

Para un hablante objetivo e imparcial, parece que la frase se podría pronunciar en un contexto cualquiera, siempre que cumpliera un único requisito: que la situación fuera impensable durante el franquismo. Por ejemplo, un domingo de elecciones, un votante deposita el sobre dentro de la urna y dice "Esto con Franco no pasaba", ya que efectivamente en la España de Franco no existía el sufragio. O uno de los asistentes a una manifestación exclama "Esto con Franco no pasaba", porque la policía no disuelve violentamente la protesta, como solían hacer los grises desde sus caballos, porras en mano.

Pero este primer uso, aparentemente neutro, constatativo, de la frase "Esto con Franco no pasaba" no es nada frecuente. De hecho, nadie pronunciaría estas cinco palabras para comparar el presente más o menos democrático con el pasado franquista; lo habitual sería decir "Con Franco no podíamos votar" o "Antes las manifestaciones estaban prohibidas". El porqué es obvio: como en nuestra sociedad no existen los hablantes objetivos e imparciales, la frase en el fondo no es ni neutra ni constatativa; es decir, las palabras no son sólo palabras. A nadie se le escapa que quien pronuncia esta frase no sólo describe la realidad, sino que también la está criticando. Todos nosotros, hablantes subjetivos y parciales, somos conscientes de que estas cinco palabras esconden unas cuantas más: "Esto con Franco no pasaba... porque el dictador no permitía cosas tan ignominiosas como la democracia o el derecho de reunión". Cualquiera sabe que el uso más extendido de esta expresión revela la ideología del hablante.

El señor Turón, sin embargo, pronunciaba la frase de marras en cualquier situación, menospreciando su carga política. Alguien me dijo que le había oído pronunciar la frase al pie de las escaleras de la catedral, después de persignarse y escupir. Dicen que en la comunión de su sobrina se la gritó al cura mientras lo sacaban entre varios de la iglesia. A veces la traducía al catalán: "Això amb en Franco no passava", pero solía decirla en castellano. Se la soltó a una mujer en minifalda, a un vendedor de helados negro, a una panadera, a los bomberos, al alcalde e incluso a un policía. Lo más curioso es que el señor Turón también decía "Esto con Franco no pasaba" cuando en realidad sí pasaba. Podía decirlo paseando junto al río en una soleada mañana de verano o tras robar unas zanahorias, su alimento favorito, de un puesto del mercado.


2. La primera zanahoria

Debes de estar pensando, lector políticamente correcto, que el señor Turón no era un hablante competente, que no dominaba la lengua, o que quizá no conocía la historia de España. Pero deja por un momento que piense el lector auténtico, el lector a secas, el lector sin censura. Ahora piensas que el señor Turón estaba rematadamente loco, ¿no? Pues sí, así es: el señor Turón era el loco más emblemático de la ciudad de Girona.

Desde los noventa, todos los gerundenses lo conocíamos como el señor Confranconopasaba, o simplemente Confranconopasaba, aunque nadie osaba llamarlo así porque entonces se encabronaba; sólo algunos chavales se atrevían a gritárselo, pero salían corriendo inmediatamente para que no los cogiera. Confranconopasaba tenía el monopolio de la frase: si la decía él estaba bien; si se la decían otros, mal. Sólo era un loco violento cuando le mentaban el mote; el resto del tiempo era de lo más pacífico y hablador, por lo que era habitual encontrárselo en la plaza de Cataluña royendo una zanahoria, o paseando por la Rambla y conversando alegremente con otros transeúntes, soltando de cuando en cuando su estoconfranconopasaba. A veces incluso hablaba con otros locos del pueblo, pero no era lo más frecuente: parecía preferir a la "gente normal". Lo vi un día charlando con el loco del teléfono, que llevaba un aparato rojo y te lo ponía a la oreja para que contestaras; uno frente al otro, uno con su teléfono y el otro con su zanahoria: me pregunté si sabrían que el otro estaba loco o si, por el contrario, las locuras se anularían mutuamente.

Pero la primera vez que lo vi, o como mínimo la primera que recuerdo, fue mucho antes. Yo me dirigía hacia el cine con el instituto, aunque he olvidado lo que íbamos a ver. De repente, uno de nosotros le gritó al señor Turón:

—¡Eh! ¡Estoconfranconopasaba! ¡Estoconfranconopasaba!

Al oírlo, Confranconopasaba tiró la zanahoria al suelo. Los profesores tuvieron que sujetarlo y calmarlo para que no nos hiciera nada, aunque me temo que él corría más peligro que nosotros, conociendo a mis compañeros de clase.

—¿Y vosotros qué coño sabéis, putos enanos de mierda? —nos gritó el señor Turón, enfurecido—. Vosotros no conocisteis a Franco, ¡yo sí! ¡Yo conocí a Franco, y a Primo de Rivera, y a Carrero Blanco!

Ya más calmado, al alejarse, repetía para sí la frase. Como una letanía.

Estoconfranconopasaba.

Estoconfranconopasaba.

Estoconfranconopasaba.

Me dio una pena terrible aquella zanahoria abandonada sobre el asfalto, a medio comer.


3. Las matemáticas del régimen

Mis padres, la televisión y algunos profesores me habían intentado explicar en vano quién era el tal Franco. Me costaba comprender que alguien tan malo hubiera llegado a ser el jefe de un país. ¿Es que no había candidatos mejores? ¿Y qué relación tenía Franco con el señor Turón? ¿Y por qué había enloquecido con aquella frase?

Viendo que el día después seguíamos impactados por el incidente con el señor Turón, la profesora de matemáticas, que nos acompañaba cuando sucedió, intentó aclarar nuestras dudas. Con paciencia y didacticismo, puso sus conocimientos matemáticos al servicio de la solución de aquel problema:

—A ver, chicos. Si Franco murió en 1975, estamos en 1999 y el señor Turón tiene 35 años, ¿pudo realmente conocer a Franco?

Estaba claro que sí. Confranconopasaba nació en 1964, eso podíamos calcularlo fácilmente.

—Pues no —nos corrigió la profe—. Y no lo llaméis así. El señor Turón en 1975 tenía doce años. Vosotros ahora tenéis trece. ¿Conocéis al presidente del gobierno? Claro que no. ¿Sabéis siquiera cómo se llama? Probablemente tampoco, así de mal está la educación en este país. En fin, esto demuestra que el señor Turón es un loco y no sabe de lo que habla.

La clase enmudeció, falta de argumentos, aunque en realidad no intentábamos argumentar nada. Uno de mis compañeros de clase, más atrevido o más informado, le preguntó cómo sabía ella cuántos años tenía Confranconopasaba. Reconocí en seguida la voz del que el día antes había causado el incidente en la calle. Luego añadió, envalentonado, que Confranconopasaba podía ser hijo de Franco, o de Fraga o de alguien afín al régimen, puesto que él había conocido al alcalde de Girona por su padre, que era concejal de no sé qué. La profesora lo mandó callar y salir a la pizarra a resolver la siguiente ecuación.


4. La rumorología

Quizá me esté equivocando de enfoque, quizá no debería ser yo el que contara esto. O, como mínimo, no sólo yo. Me explico.

Girona no es tan, tan pequeña, así que no todo el mundo se conoce entre sí; pero, por contra, todos conocíamos a Confranconopasaba. Cada uno de nosotros tiene —todavía— una anécdota más o menos cierta sobre él. Por ejemplo, un amigo siempre cuenta que se lo encontró en un local del centro, meando en la barra del bar mientras hablaba con el camarero; cuando un cliente le llamó la atención y el camarero intentó sacarlo de allí, el señor Turón le soltó su famosa frase. A veces, mi amigo añade que el señor Turón le meó los pantalones al camarero, o que con la mano libre le arrojó la zanahoria que guardaba en su abrigo.

Otro me contó que se lo encontró la madrugada de un sábado junto al río Onyar. Ambos estaban borrachos y compartieron la botella de vino que bebía el señor Turón. Entre hipidos, le confesó a mi colega que, hacía tiempo, había pasado unos meses en prisión. Todo por una pequeña gamberrada, dice mi amigo que le dijo Confranconopasaba. Una noche como aquella, frente a las oficinas de los juzgados de Girona, se comió él solo un tarro de anchoas de L'Escala, llenó el bote de cristal con alcohol de quemar, prendió un paño y arrojó aquel cóctel molotov improvisado a las oficinas del juzgado. El cóctel de l'Escala (así lo bautizó el señor Turón) impactó en la fachada del juzgado. Evidentemente, cuando llegaron los bomberos y la policía, les soltó su frase habitual. Quizá toda la anécdota sea falsa, pero no importa mucho. El caso del señor Turón confirma que muchas veces los rumores falsos contienen más verdad que los verdaderos.

Otro cuenta que se lo encontró en el mercado y le compró una zanahoria (Confranconopasaba no aceptó más que una). A cambio, le confió un secreto: estaba organizando un partido político que se haría con el poder en Girona, primero, y luego en Cataluña y en España. Se llamaba Un vot, un porro. Como su nombre indica, ofrecería un porro a quien votara por él. Si no te gustaban las drogas, te ofrecería un polvo con una puta o un puto; el eslogan sería "Un vot, un porro / Un vot, un polvo", porque en este país de pandereta cualquiera está satisfecho con sexo o drogas, le dijo. Mi amigo sintió la tentación de decirle que estoconfranconopasaba, pero el señor Turón se le adelantó.

Dicen que se encadenó a un árbol de un parque para que no lo talaran, pero al final lo cortó él mismo, encolerizado porque le dijeron que estoconfranconopasaba. Dicen que intentó desahuciar con sus propias manos a la portera de un piso porque no le permitía pasar la noche en el vestíbulo del edificio; también dicen que el señor Turón poseía un apartamento en el mismo edificio donde trabajaba la portera, pero que no siempre le gustaba pasar la noche en su cama. Dicen que pertenecía a una familia rica e influyente, aunque él con una zanahoria en la mano tenía bastante. Dicen que odiaba a los gatos y a los franceses. Dicen que su hermano era psiquiatra e intentó curarlo personalmente, hasta que un día el señor Turón le mordió un moflete; dicen que aquel mordisco fue la única excepción en su estricta dieta a base de zanahorias crudas. Dicen que su padre había sido guardia civil durante el franquismo y los primeros días de la democracia. Dicen que a veces se creía la reencarnación del rey Alfonso XIII, y entonces toleraba un poco más a los franceses; dicen que, no obstante, seguía odiando a los gatos.

Está claro que quien cuenta este relato no debería ser yo, sino los habitantes de Girona. Esta historia debería tener un narrador múltiple, como algunas obras de Mario Vargas Llosa, contadas ahora por uno, después por otro, luego por aquel, sin solución de continuidad.


5. El profesor Turrón

Uno de los momentos más inexplicables de mi adolescencia fue la llegada del señor Turón a mi instituto: de la noche a la mañana, sin que nadie me previniera, resultó que aquel hombre, el loco de la zanahoria, era mi nuevo profesor de historia.

Mezclado en la confusión de los primeros días del curso, nadie le prestó demasiada atención. Hubo comentarios y bromas, por supuesto: qué hace él aquí, pero este no estaba majara, dónde ha dejado sus zanahorias, Confranconopasaba se ha escapado del manicomio, ahora que no come zanahorias ha recuperado la cordura. Pero en seguida se aclimató a nuestro instituto y olvidamos o ignoramos su anterior identidad. Confranconopasaba, el más insigne loco del pueblo, se convirtió en el señor Turón, profesor de historia; de personaje o mueble de la ciudad pasó a profesor o mueble del instituto.

Me costó mucho digerir aquel cambio —¿desde cuándo un loco podía dejar de estar loco?—, pero con el tiempo yo también me acostumbré. El nuevo mote que le pusimos contribuyó a que olvidáramos el pasado: el profesor Turrón, con doble erre, como el dulce navideño. Cuando lo oía, el profesor Turrón casi no se enfadaba, a veces incluso bromeaba al respecto:

—Recuerde, señor Gómez, que no soy un dulce de avellanas. ¿Qué le parece si a partir de ahora lo llamo señor Polvorón? —le contestaba el señor Turrón (en realidad nos hablaba en catalán y nos tuteaba, pero así le da un toque más antiguo).

Ahora entiendo que prefiriera aquel apodo al anterior; sin embargo, de adolescente me sorprendía que un profesor pudiera aceptar aquella humillación por parte de sus alumnos.

A pesar de todo, el profesor Turrón fue uno de los mejores profesores de historia que he tenido; si ahora me interesa la historia es gracias a aquellas clases que nos dio en primero de bachillerato. Era un profesor divertido e irónico, tenía carisma, sabía explicarnos la historia como si fuera un cuento y, sobre todo, traía a clase diferentes objetos más o menos históricos: el atrezo, según lo llamaba él. Por ejemplo, un día se presentó con un trabuco para hablarnos de la Guerra de la Independencia y de los bandoleros del siglo XIX. Otra vez apareció disfrazado con una especie de túnica: soy un íbero, nos dijo, antes de explicarnos la España prerromana. Nos trajo una gorra de las Brigadas Internacionales, una brújula como las que usaron los conquistadores, una espada de la Reconquista, el escudo de Guifré el Pilós, las cartas de relación de Hernán Cortés, etc.

Sus clases eran de las más entretenidas e interesantes, pero aun así nos comportábamos peor que con ningún otro profesor. Nos tirábamos pedos y comíamos en el aula, copiábamos en los exámenes, salíamos por la ventana sin que se enterara para volver a entrar por la puerta, quemábamos típex en el suelo, quemábamos la basura, quemábamos nuestros apuntes, fumábamos, escribíamos obscenidades en la pizarra, le enfocábamos en el cogote con un láser y dicen incluso que alguien se masturbó mientras el profesor hablaba de la Primera Guerra Carlista. Si bien Turrón era más permisivo que el resto, creo que nuestra conducta estaba influenciada por su pasado de loco: para nosotros, inconscientemente, todavía era Confranconopasaba.

La gota que colmó el vaso cayó en una clase dedicada al franquismo, aunque más que una gota fue un chorro de agua. El profesor Turrón había traído unas esposas de la Brigada Político-Social y estaba hablando sobre la represión franquista, cuando un alumno lo interrumpió. No tuve que girarme: reconocí en seguida la voz de mi compañero de clase:

—Ahora no dirás que estoconfranconopasaba, ¿no? Porque tu padre de represión y de tortura sabía bastante.

Esta vez no hubo nadie que sujetara a Confranconopasaba. Pero tampoco nadie que lo protegiera a él de aquellos brutos de primero de bachillerato. Mientras lo golpeaban, antes de que llegaran otros profesores para detener la locura, me pareció que sus labios se movían.


6. Cagadero

No me encontré de nuevo a Confranconopasaba hasta muchos años después, a pesar de que tras el accidente en el instituto había vuelto a ser el de antes, es decir, el loco de siempre. Recuerdo la fecha con bastante precisión: los primeros días de 2011, quedaba un par de meses para que estallaran las protestas del 15-M. También me acuerdo del lugar del reencuentro: un tren Girona-Barcelona, concretamente cerca del lavabo.

Yo ya vivía y estudiaba en Barcelona, supongo que aquel día regresaba de pasar el fin de semana con mis padres. Llevaba mucho rato esperando a que saliera quienquiera que ocupaba el váter, hasta que llegó el revisor y me pidió el billete con desconfianza: buenos días, caballero, el billete, por favor (sí, me llamó caballero). Luego, llamó a la puerta y le pidió al ocupante del lavabo que por favor abriera y le mostrara el billete. Mentalmente, modifiqué las palabras del controlador: buenos días, cagadero, el billete, por favor. Cuando por fin salió, me crucé con él un segundo, me metí en el váter y cerré la puerta.

No tuve tiempo de sorprenderme por el reencuentro, ya que el espectáculo del interior del lavabo era desolador: casi no podía verse el blanco retrete, todo estaba cubierto de un líquido de color marrón y olía profundamente a mierda. Quise salir inmediatamente, pero entonces asimilé la situación: ¿y si Confranconopasaba también me había reconocido? No quería arriesgarme a que recordara que yo pertenecía a la clase que lo había devuelto a la locura. Cerré los ojos, contuve como pude las arcadas y escuché la conversación entre el señor Turón y el revisor.

—No sólo no pagaré, señor revisor, sino que exijo una compensación. El estado de este cuarto de baño es lamentable. He tenido que excretar de pie y con el traqueteo del tren parecía que surfeara. Suerte que no me ha visto nadie. Debería denunciarlos por cerdos.

A pesar de esta arriesgada estrategia, el controlador lo obligó a bajar en la siguiente estación. Sólo entonces pude salir del lavabo, a tiempo para ver al señor Turón por la ventanilla. Estaba más viejo y justo sacaba una zanahoria del bolsillo.

Por lo que pude descubrir preguntando aquí y allá, Confranconopasaba viajaba cada día de Girona a Barcelona o de Barcelona a Girona. Ya no era el loco de siempre, sino el loco del tren.


7. Un, dos, tres

Por un exceso de bondad o de estupidez, a veces me rodeo de gente a la que no soporto. Pasé bastante tiempo con Sergi, un conocido de Girona que también estudiaba en Barcelona, casualmente en la misma universidad que yo, y para colmo vivía cerca de mi piso. Al salir de clase, fuimos alguna tarde juntos a curiosear por la plaza Cataluña: eran los días del 15-M.

Sergi odiaba a muerte el movimiento del 15-M. Para empezar, no le gustaban los hippies, a los que solía llamar sucios (o bruts, en catalán), y cualquiera que acampara durante varios días en la Plaza Cataluña o donde fuera era un puto brut. Irónicamente, Sergi llevaba siempre el pelo excesivamente engominado: uno sentía la tentación de meterlo bajo el chorro de la ducha para limpiar aquel lametazo ecuestre, igual que él haría con los bruts (en el fondo compartían destino). Además, Sergi consideraba que la política era para los políticos, no para la gente de la calle, que ya tenía demasiado poder al permitírsele votar cada cuatro años. Por si fuera poco, era un independentista radical: los problemas de Cataluña sólo se resolverían con la autonomía total, librándose de aquel problema irresoluble llamado España.

Paseando entre los puestos de la acampada del 15-M, Sergi inventó un cruel juego: el un, dos, tres. El 1-2-3 consistía en identificar si una persona cualquiera era un brut (uno), un vagabundo (dos) o un loco (tres). Aunque yo me negaba a jugar, cuando veía a alguien con pintas extrañas Sergi decía: este es un dos, o aquel es un uno. Incluso los combinaba: ese de ahí es un uno-dos, un brut-vagabundo. Evidentemente, nunca se acercaba y les preguntaba si eran una cosa u otra, por lo que el juego era una burda excusa para insultar a la gente.

En una de las asambleas, señaló a un tipo que hablaba —en vez de un micrófono sujetaba una zanahoria cruda— y dijo: ese es un uno, y además vegetariano. No sé por qué no me callé, quizás me sorprendió que otro gerundense no conociera a Confranconopasaba, quizás quise sentir el placer de corregirlo: ese es un tres, le dije, es el loco de la zanahoria, el loco del tren, y luego le conté todo lo que sabía de Confranconopasaba.

Cuando terminé la historia, Sergi hizo lo que me temía:

—¡Eh! ¡Estoconfranconopasaba! ¡Estoconfranconopasaba!

La gente de la asamblea se rio y aplaudió, pensando que hablaba irónicamente. Pero Confranconopasaba salió corriendo hacia Sergi. Al pasar delante de mí nuestras miradas se cruzaron, y tuve la sensación de que me reconocía. Fue una pena que Sergi lograra escabullirse entre los manifestantes.


8. La última zanahoria

Si ahora escribo esto es porque, aunque ya no vivo ni en Girona ni en Barcelona, acaba de llegarme una nueva anécdota de Confranconopasaba: se ha suicidado, dicen. Pensé que sería la última, pero la han seguido otras historias, otros rumores.

Dicen que Confranconopasaba se colgó de una vieja viga de su apartamento. Dicen que lo encontró la portera del piso (la misma a la que una vez había querido desahuciar), pero no porque oliera mal sino porque la viga se había roto y la señora había oído un golpe muy fuerte. Dicen que la portera encontró una zanahoria en el suelo, junto al cadáver, totalmente cubierta de moho blanco. Dicen que la cogió con el índice y el pulgar y la tiró a la basura. Dicen que la policía le pegó una bronca terrible por alterar la escena del crimen. Dicen que la portera les contestó que estaba clarísimo que aquello no era un crimen sino un suicidio.

Otros dicen que el crimen se cometió mucho antes, cuando el señor Turón era un adolescente. Dicen que una tarde varios matones lo rodearon a la salida del cine y empezaron a increparlo. ¿Dónde está ahora tu padre para protegerte?, dicen que le dijeron al joven señor Turón. Dicen que el padre del señor Turón, un importante guardia civil, había muerto no hacía mucho. Dicen que el padre era conocido por sus duros métodos interrogativos. Dicen que aquella tarde los matones sujetaron al joven señor Turón y le aplicaron los mismos métodos que solía emplear su padre. Dicen que la gente pasaba por allí. Dicen que nadie los detuvo. Dicen que, mientras tanto, entre risas, los matones le gritaban:

—¡Esto con Franco no pasaba!

—¡Esto con Franco no pasaba!

—¡Esto con Franco no pasaba!

lunes, 22 de abril de 2013

Los tres paseos de "El pianista"

Ahora que por fin ha llegado la primavera a Polonia, tanto paseo por el centro de Cracovia o el Vístula hace que uno se acuerde de lo que era pasear por Barcelona. Así que nada mejor que la lectura de El pianista (1985), de Manuel Vázquez Montalbán, recomendada por un amigo que me visitó hace unos días y me notaría poco mediterráneo.

La novela tiene dos ejes: el pianista que titula la obra y la trágica historia contemporánea de España en la que se ambienta. Esta es, pues, una novela histórica, dividida en tres partes o, mejor, tres paseos, enmarcados cada uno en una época distinta. Por cierto, no hay que confundir a este pianista con el de Polanski: el que nos incumbe es de Barcelona y está enredado en la Guerra Civil Española, mientras que el polaco sufre la ocupación nazi en Varsovia. ¿Habrá alguna relación entre los pianistas y las tragedias históricas?

La primera parte de la novela sucede en la Barcelona de los años 80, en plena socialdemocracia. Un grupo de amigos, todos en el umbral de la madurez, desciende por la Rambla rumbo a un local de travestis, en lo que ellos mismos interpretan como "un recorrido a la vez simbólico y rememorativo". Durante toda la noche, el lector asiste a sus conversaciones —pues esta es casi una novela dialogada—, en las que nos enteramos de sus frustraciones profesionales, sociales y políticas, de sus ideologías y de sus mudas ideológicas, de sus conflictos personales, etc., todo bien enraizado en el pasado y con un tono muy irónico, retórico e intelectual, a veces sabiondo.
"—Es curioso. Casi en cada mesa una cara conocida. La generación que está en el poder: de treinta y cinco a cuarenta y cinco años. Los que supieron dejar de ser franquistas a tiempo y los que supieron ser antifranquistas en su justa medida o a su justo tiempo. Si callaran el pianista y las vicetiples cúbicas, podríamos entre todos escenificar veinticinco años de historia de una resistencia estética. [...]
—Al ser estética era ética. El franquismo era fuerte y a la vez grotesco, pequeño, mezquino, asqueroso. Para la clase obrera era otro asunto, la lucha tenía otro sentido. Para nosotros era básicamente una cuestión estética. 
—No mitifiques la lucha de la clase obrera. ¿Cuántos obreros pasotas fueron necesarios para que el franquismo durara cuarenta años?"
Este paseo, desencantado y posmoderno, tiene algo de cortejo fúnebre; los muertos son, claro, los sueños de la generación que vivió y luchó por la Transición. En el local de travestis se encuentran a personajes reales (es decir, famosos: la realidad empieza donde acaba el anonimato) que salpimientan la narración: el entonces ministro Javier Solana o la travesti Bibi Andersen. Sin embargo, los personajes cruciales durante el resto de la novela son ficticios: el viejo pianista que acompaña los espectáculos y un renombrado músico llamado Luis Doria. Al salir del local, el grupo de amigos termina su recorrido yendo hacia el mar, pero el narrador decide seguir hasta su casa al misterioso y viejo pianista, cuya enigmática aura seduce tanto al lector como a Ventura, el más idealista de los amigos. Tras conocer el penoso estado en el que vive el decrépito pianista con una tal Teresa (véase la película Amour), el narrador se sumerge en su pasado para revelarnos cómo hemos llegado hasta aquí.

En la segunda parte, pues, seguimos los pasos de Alberto Rosell, el viejo pianista. Aunque continuamos en Barcelona, el pianista ahora es un joven: estamos en la primavera del franquismo (horrible oxímoron), los años cuarenta. Alberto cuenta a sus nuevos vecinos del Raval su historia, íntimamente relacionada con la historia de España: miliciano del POUM al estallar la Guerra Civil, acabó pasando seis años en la cárcel. El ambiente que se respira en esta Barcelona es tan claustrofóbico como el de La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda, o el de Nada, de Carmen Laforet. Es una Barcelona-armario: cerrada, rancia, sin ventilar, tan asfixiante que los protagonistas emprenden un —esta vez, tácitamente simbólico— paseo por los terrados del barrio. Si los personajes de la primera parte estaban de vuelta de todo, habían perdido la ilusión al no conseguir la España con la que habían soñado, en este momento histórico es demasiado pronto como para soñar con un futuro colectivo mejor; así que los personajes parecen conformarse con pequeñas ilusiones individuales. Aunque las vidas de todos ellos están condicionadas por el contexto histórico, aunque este asoma en cada instante de sus vidas, aquí la narración se vuelve más microscópica, casi naturalista, atenta a las miserias cotidianas de las personas. Uno de los personajes defiende la necesidad de esta mirada intrahistórica:
"Me gustaría saber escribir como Vargas Vila o Fernández Flórez o Blasco Ibáñez para contar todo esto, porque nadie lo contará nunca y esta gente se morirá cuando se muera, no sé si usted lo habrá pensado alguna vez. Saber expresarse, saber poner por escrito lo que uno piensa y siente es como poder enviar mensajes de náufrago dentro de una botella a la posteridad. Cada barrio debería tener un poeta y un cronista, al menos, para que dentro de muchos años, en unos museos especiales, las gentes pudieran revivir por medio de la memoria."
Otro personaje quiere ser boxeador, y, sin ir más lejos, el motivo por el que empiezan el paseo por los tejados es encontrar un piano para que Alberto Rosell, el pianista y exconvicto recién llegado al barrio, pueda volver a tocar. Sólo al final de esta parte resurge, mientras Alberto toca el piano, el recuerdo del famoso Luis Doria, instantes antes de que reaparezca en carne y hueso la susodicha Teresa. Al reencontrarse con su vocación, Alberto reencuentra su pasado.

Así que a la tercera parte le pertoca desentrañar la relación entre Alberto Rosell, Luis Doria y Teresa. En un nuevo salto en el espacio y el tiempo, nos encontramos en el París de 1936, poco antes del estallido de la Guerra Civil Española, rebosando vanguardia y tensión política. Alberto Rosell es un joven provinciano catalán que acaba de llegar a la ciudad para alimentarse culturalmente e intentar exhibir su talento musical. Sin embargo, su amigo Luis Doria, sediento de fama a cualquier precio, lo estorba, intentando imponerle su visión del mundo, del arte y de la ciudad. Sólo en esta parte se nos revela el auténtico tema del libro: el papel del arte y del artista en la sociedad, cuyos dos extremos encarnan Luis Doria y Alberto Rosell.

Luis Doria confiere al arte y al intelecto tal superioridad (ontológica) que no le permiten inmiscuirse en la realidad y la historia. Además, no sólo está dispuesto a todo para obtener éxito, sino que es absolutamente consciente de la importancia que tiene la imagen pública en un artista (la realidad empieza donde acaba el anonimato). Es un carismático triunfador-a-toda-costa nato, que suscribiría las palabras de Peter Gallagher en American Beauty: "In order to be successful, one must project an image of success at all times". Hablando de Teresa, su amante durante esta época, su obsesión por el control de la imagen se desvela:
"Lo más importante que [Teresa] ha hecho en su vida, que hará  en su vida, será haberse acostado con Luis Doria. Pero tampoco te puedes fiar del todo de estas personas aparentemente opacas porque el día menos pensado va y escribe unas memorias y te falsifican el retrato para la posteridad, mienten o dicen verdades insuficientes captadas por mentes insuficientes. Me aterra sólo pensarlo. Me aterra no controlar mi imagen para la eternidad."
Alberto Rosell, en cambio, representa al artista comprometido por igual con el arte y la vida; dice: "me interesa esa apertura a una música comunicacional que sirva de soporte a ideas de crítica y de cambio, sin perder rigor musical, incluso sin abandonar la exigencia de la novedad específicamente musical". También en Bilbao-New York-Bilbao (2008) encontramos el enfrentamiento entre dos posturas similares. En esta novela, Kirmen Uribe recuerda cómo el gobierno de la República encargó a Aurelio Arteta que pintara un cuadro sobre el bombardeo de Gernika; temiendo por su vida, declinó la oferta, que acabaría recayendo en manos de Pablo Picasso, quien no la rechazaría:
"Pintar el cuadro sobre Gernika hubiera supuesto un salto definitivo en la carrera de Arteta, pero no lo aceptó. Antes que el arte, eligió su vida. Prefirió reunirse con su familia a ser recordado para la posteridad. (...) ésas son las encrucijadas a las que se enfrenta el artista. La vida personal o la creación. Arteta eligió la primera opción; Picasso, en cambio, la segunda."
Además, El pianista muestra cómo en momentos de crisis no hay lugar para medias tintas: al final de la novela, con el comienzo de la Guerra Civil, Alberto debe decidir si se queda en París a triunfar o si regresa a Barcelona para luchar. La cuestión ya no es elegir entre el arte por el arte o el arte comprometido, sino escoger entre el arte o la vida, involucrarse o no involucrarse (el dilema de Pereira, en Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi). Lo que en las dos partes anteriores era un paseo —hacia al mar o en busca de un piano— se convierte en un retorno prematuro al hogar, que trunca su formación parisina y lo encadena al futuro que les espera a los que perderán la guerra.