(Aquí se podía leer el capítulo 10 de la novela Mateorías de Guillem González. Si lo pudieras leer, sabrías cuántos cafés y vodkas se toman Mateo y su amiguete, el narrador.)
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jueves, 30 de junio de 2016
domingo, 28 de julio de 2013
Oporto o el sosiego
Aunque fui a Oporto sin una idea preconcebida de la ciudad, como un turista cualquiera, necesitaba tener una imagen previa, un estereotipo que constatar al llegar allí. Miento: mis dos amigas portuguesas, las de la entrada de El Duende de Praga, me habían descrito Oporto con una ristra de fabulosos adjetivos, a cual más positivo. Pero, como iba diciendo, todo el mundo sabe que viajar es recordar, reencontrar. La terra incognita, especialmente si se viaja en el siglo XXI, no existe; sólo la reminiscencia platónica.
Los artistas son muy útiles para nutrir nuestro repositorio. Simplifican e imponen su imaginario a los lugares como nadie sabe hacerlo. ¿Acaso es Barcelona, por ejemplo, la bohemia y lujuriosa ciudad que Woody Allen inventó? En su defensa he de decir que, en parte, sí; pero también es la ciudad de Makinavaja, Eduardo Mendoza, Javier Mariscal, Plats Bruts, Peret, Gaudí, Manuel Vázquez Montalbán, por nombrar sólo a unos cuantos. El mérito —o el pecado— de Woody Allen es haber logrado que su imagen prevalezca sobre el resto, convirtiendo Barcelona en Vicky-Cristina-y-finalmente-Barcelona.
Así de rumiante andaba en el avión. El problema es que no iba a Barcelona, sino a Oporto, y mi background portuense era nulo; el portugués no era mucho mejor. Pero hice un pequeño esfuerzo sintetizador e imaginativo y, antes de aterrizar, ya tenía mi imagen previa de Oporto, la cual, además, me servía para cualquier otro sitio: crisis económica y literatura portuguesa. De este modo dejaba mucho de lado —la saudade, el vino, el fado, el fútbol, el Salazarismo, el colonialismo...— pero cuatro días en la ciudad no dan para tanto.
Oporto ya empezaba a parecerse un poco a lo que unas horas antes había imaginado. Satisfecho con mis hallazgos, me fui a comer, lentamente, unas sardinas acompañadas con vino; después de perderme por las empinadas calles de la ciudad, me monté en un tranvía, que me dio un moroso —y algo accidentado— paseo por la riba del Duero; finalmente me puse a buscar lo que más me interesaba. Y no empecé por Luís de Camoes ni por Eça de Queirós, por falta de interés y porque era demasiado fácil: bastaba con acudir al mapa. Pero vagar sin prisa y sin destino por la ciudad no me ayudaba a encontrar ni rastro de Fernando Pessoa, José Saramago o António Lobo Antunes; sólo me permitía disfrutar con cierta libertad de ella.
Como no topaba con lo esperado, decidí entrar en la Librería Lello, donde mis azarosos andares me habían conducido. Más que una librería es, tal y como ellos se definen, una catedral del libro. Debería ser solamente una catedral: ¿acaso alguien va allí por los libros? Sólo estorban a los visitantes, ansiosos de fotografías harrypottienses —prohibidas constantemente por los gritos de los empleados—. (Yo, por llevar la contraria, adquirí un libro: O Porquinho Pipo, pura vanguardia portuguesa.) Sin embargo, estaban todos los escritores que buscaba, incluso más —Miguel Torga, Gonçalo M. Tavares...—; pero no podía sino sentir que estaba haciendo trampa: yo no quería comprar libros, sino palpar autores.
Por suerte, allí mismo recibí un empujón, una ayudita, que reconduciría mi búsqueda. La pista me la dio un artículo de Enrique Vila-Matas, "Pensando en Oporto" (otra mirada idealizada de la ciudad, evidentemente), imprimido en el piso superior de la librería y que habla, claro, sobre Oporto y sobre la Lello. También decía el artículo que lo que define Oporto es su lentitud. Así que se acabó lo de buscar indicios sobre literatura lusa: yo había venido a encontrarme con la lentitud. Oporto encarna, según Vila-Matas, la calma, la morosidad, la tranquilidad, la cachaza, el sosiego, la pachorra. Yo decidí estar de acuerdo. Aunque no se trata de una lentitud ridícula o que enmascara la pereza, sino de una lentitud antigua, elegante, como la de un viejo aristócrata o la de un papa.
Sólo entonces me di cuenta de que yo ya sabía todo esto. Ya lo había vivido: había andado durante todo el día por Oporto, la patria de la lentitud. Me había perdido por sus empinadas calles —que, con la ayuda de su empedrado, imponen a sus habitantes-escaladores el ritmo que define la ciudad— hasta que llegué a un restaurante de mi gusto. Ya un poco contagiado de la lentitud, tardé varios minutos en decidir qué comer (sardinas). Al viejo camarero le llevó otros tantos traerme el vino (blanco, Arrojo: elegido por el nombre, claro). Pero lo que introduce literalmente la lentitud en el cuerpo de los portuenses son las sardinas, o, más exactamente, el ritual de comer sardinas. Cuando por fin las tienes enfrente, las sardinas —en mi caso asadas sobre una piedra— hay que comerlas despacio, sin prisa, apartando laboriosamente las dichosas espinas, acompañándolas con patatas y un poco de ensalada de pimiento, paladeando cada bocado con un trago de vino blanco. Comer sardinas exige la parsimonia del comensal, quien al tragarlas asimila totalmente, a través del proceso digestivo, la lentitud.
Por suerte, allí mismo recibí un empujón, una ayudita, que reconduciría mi búsqueda. La pista me la dio un artículo de Enrique Vila-Matas, "Pensando en Oporto" (otra mirada idealizada de la ciudad, evidentemente), imprimido en el piso superior de la librería y que habla, claro, sobre Oporto y sobre la Lello. También decía el artículo que lo que define Oporto es su lentitud. Así que se acabó lo de buscar indicios sobre literatura lusa: yo había venido a encontrarme con la lentitud. Oporto encarna, según Vila-Matas, la calma, la morosidad, la tranquilidad, la cachaza, el sosiego, la pachorra. Yo decidí estar de acuerdo. Aunque no se trata de una lentitud ridícula o que enmascara la pereza, sino de una lentitud antigua, elegante, como la de un viejo aristócrata o la de un papa.
Sólo entonces me di cuenta de que yo ya sabía todo esto. Ya lo había vivido: había andado durante todo el día por Oporto, la patria de la lentitud. Me había perdido por sus empinadas calles —que, con la ayuda de su empedrado, imponen a sus habitantes-escaladores el ritmo que define la ciudad— hasta que llegué a un restaurante de mi gusto. Ya un poco contagiado de la lentitud, tardé varios minutos en decidir qué comer (sardinas). Al viejo camarero le llevó otros tantos traerme el vino (blanco, Arrojo: elegido por el nombre, claro). Pero lo que introduce literalmente la lentitud en el cuerpo de los portuenses son las sardinas, o, más exactamente, el ritual de comer sardinas. Cuando por fin las tienes enfrente, las sardinas —en mi caso asadas sobre una piedra— hay que comerlas despacio, sin prisa, apartando laboriosamente las dichosas espinas, acompañándolas con patatas y un poco de ensalada de pimiento, paladeando cada bocado con un trago de vino blanco. Comer sardinas exige la parsimonia del comensal, quien al tragarlas asimila totalmente, a través del proceso digestivo, la lentitud.
Recordar el incidente del tranvía sólo confirma, marcándola a fuego con una hipérbole, la idea preconcebida de la lentitud inherente a Oporto. Aquella mañana subí a un viejo tranvía, de las primeras décadas del siglo XX, con un grupo de guiris como yo. Avanzábamos lentamente junto al Duero, a velocidad de turista, bajo un cielo de mediodía que estaba muy nublado para ser verano. Pero la brisa alegraba y amansaba a los pasajeros, quienes sacábamos fotos a cada metro recorrido.
El tranvía se detenía a menudo: en un cruce, en un semáforo, en una parada para que subiera más gente. Uno de aquellos descansos se alargaba más de la cuenta. Acostumbrados inconscientemente al ritmo portuense, nadie se extrañó, para nada, hasta que, tras unos cuantos minutos, el conductor tocó la bocina. Una, dos, tres veces. Miraba un poco preocupado hacia adelante y hacia los lados mientras la hacía sonar una cuarta y una quinta vez. Volvió la mirada hacia nosotros, los pasajeros, y se bajó, para nuestro asombro, del tranvía, dejándonos solos.
Entonces saqué la cabeza por la ventana y pude ver cómo un coche mal aparcado impedía, por unos pocos centímetros, el avance del vetusto tranvía. Afortunadamente, nos habíamos detenido a algo menos de un metro del obstáculo. De haber colisionado, el tranvía hubiera salido peor parado que el coche, sin duda. Nuestro conductor intentó abrir la puerta del coche, vacío; luego dio una vuelta alrededor, como buscando una entrada escondida. Volvió a subir con nosotros y tocó la bocina. Bajó otra vez y, con la misma tranquilidad que hasta ahora, se alejó del tranvía hablando con los transeúntes, dejándonos de nuevo allí tirados.
—¿Bueno, qué, lo movemos?
Algunos pasajeros, viendo que el espectáculo no daba ya para más y hartos de esperar (nuestra impaciencia nos delataba como no portugueses), se habían bajado y sacaban fotos del coche. El que hizo la sonada propuesta era, por supuesto, español.
—Venga, ¡que bajen todos los hombres! ¡Vamos a mover el coche!
Lo sorprendente no fue la proposición, sino que la gente empezó a bajarse del tranvía y a tomarlo en serio. No sólo españoles: también naciones algo más civilizadas, como franceses, ingleses, alemanes, italianos, etc.
—¡No seáis cagados! ¡Bajad! ¡Hay que mover el coche si queremos continuar la ruta!
La satisfacción del tipo había ido in crescendo. Se podía notar que estaba orgulloso de que su idea fuera secundada por las demás naciones, más evolucionadas y europeas. Yo también bajé, forzado por las circunstancias.
—No podemos empujarlo porque tiene el freno de mano puesto. Habrá que levantarlo. Pero eso es pan comido para unos hombres como nosotros. ¿Somos hombres o somos niñas? ¿Qué somos, joder?
—¡Hombres! ¡Hombres! —gritamos todos, emocionados. No se podía negar que era un buen orador.
Nos repartimos alrededor del coche. Nos arremangamos las camisas. Las mujeres se arremolinaron excitadas a nuestro entorno, sacándonos fotos. Nos agachamos, manteniendo las espaldas rectas para no dañarnos la espalda.
—¡Vamos, contaré hasta cinco! ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco!
Los intermitentes del coche se encendieron cuando estábamos a punto de levantarlo. Nos giramos y el conductor del tranvía se acercaba, sin prisa, con el presunto conductor del coche. Charlaban con naturalidad de fútbol o de política, no pude entender todo lo que decían. El del coche nos sonrió y nos pidió disculpas. Subimos al tranvía cabizbajos, como niños a los que no han dejado salir al recreo. El coche se puso en marcha, maniobró un poco y dejó la vía totalmente libre. Nuestro conductor intercambió unas cuantas palabras con el del coche; ahora sin duda hablaban del tiempo: no hace demasiado bueno, para ser verano. Finalmente subió de nuevo al tranvía y tocó por última vez la bocina. Se giró y nos sonrió pacíficamente. Nos volvíamos a poner en marcha. Desde fuera, el conductor del coche agitaba la mano a nuestro paso, lento pero decidido.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Diario de Rumanía
Los textos que hablan de viajes suelen ser estúpidos y aburridos. Una entrada sobre mi viaje a Cracovia o a Berlín o a Londres: y qué bonito esto, y qué precioso aquello, y os recomiendo visitar tal y no os podéis perder cual. Son, en general, guías de viajes incompletas. Es decir, útiles a medias. Sólo se salvan aquellos que saben que la utilidad no es competencia de lo literario y optan, en consecuencia, por mostrar algo distinto: quizá las anécdotas o los viajeros conocidos, quizás el estilo, quizás el tono único de la mirada de soslayo. En definitiva, la literatura de viaje ha de saciar las ganas de viajar.
Según mi recién ideada "poética de la literatura de viaje", el 99% de los relatos de viajes merece caer en el más justo de los olvidos. Creo que mi narración del viaje a Rumanía forma parte del 1% que se salva, ese 1% que logra colmar el espíritu viajero sin salir de casa. Transcribo íntegramente el diario del viaje, para que sea juzgado su valor estético.
El viaje físico empieza el día 28 de abril. El día 27 llevamos a cabo los preparativos necesarios para empezar.
27-04-2013. No quedan sitios libres en los autobuses que van a Budapest, paso previo obligatorio para llegar baratamente a Bucarest, Rumanía. Por suerte, O, mi compañera de piso y de viaje, ha encontrado in extremis en carpooling un coche que va de Cracovia a Bucarest. Sale mañana y regresa el próximo sábado. El conductor es, según su perfil de carpooling, un polaco de 32 años llamado Jan. Genial.
Jan le dice a O, por teléfono, que es ornitólogo. La novia de Jan también es polaca y ornitóloga. Van a observar pájaros al Danubio rumano. O cuelga el teléfono: hemos quedado a las 9 para hablar del viaje. Cojonudo.
Llegamos al lugar del encuentro unos minutos antes de lo acordado. Buscamos ornitólogos a toda costa. Hemos tenido varias horas para fantasear sobre el aspecto de un ornitólogo polaco treintañero. Hemos concluido que cualquier persona podría ser Jan: todos llevamos un ornitólogo dentro, ansioso por recorrer más de 1000 km en coche para observar los pájaros del Danubio. Esa viejita que anda cabizbaja: ornitóloga. Una mujer con sus niños: familia ornitóloga. Una pareja que sale de la farmacia: ornitólogos. Un autobús lleno de: ornitólogos. En fin, sólo seis personas más son ornitólogas: yo, tú, él, nosotros, vosotros y él.
A todo esto, un chico lleva un rato parado en la acera de enfrente. Si no tuviera veintipocos años, podría ser Jan. Pero, pensándolo mejor, es la única persona en toda la calle que no parece ornitóloga: lleva un traje negro, atuendo que juzgo poco apropiado para un ornitólogo. Además, nuestras miradas se cruzan varias veces sin ningún resultado. Es un oasis en un desierto de ornitólogos.
Los ojos del joven del traje se posan sobre el césped: hay un par de cuervos que picotean mecánicamente algún hierbajo. Son de un color negro como el carbón; un denso, agorero negro. El tío del traje los mira ensimismado, como encantado. Al mismo tiempo, se le dibuja una sonrisa en los labios. Una sonrisa que me parece encubrir el más básico y brutal deseo sexual. Sólo entonces me asalta la pregunta clave: ¿por qué los pájaros del Danubio? ¿Qué tendrán las aves rumanas que no tengan las polacas? Antes de que pueda comunicarle mi duda a O, el tipo del traje grita su nombre y cruzamos al otro lado de la acera. Los dos cuervos salen volando.
—Hola. Soy Jan, el de carpooling, pero no me llamo Jan y no tengo 32 años. No se puede confiar en Internet, supongo que ya lo sabéis. Me llamo...
Dice Jan, y nos presentamos. No logro entender el nombre real de Jan. Por alguna oscura asociación, en ese mismo momento queda bautizado como el folla-patos. Visto de cerca, el traje del folla-cuervos resulta ser enorme. Americana negra de anchas mangas, pantalones y camisa negros y holgados: como si lo hubiera heredado de un antepasado gigante.
—Vengo de la ópera —dice el folla-petirrojos, al darse cuenta de que miramos su traje—. Mi novia me regaló una entrada. Además de ornitólogos, también nos gusta la ópera. Pero mi pasión verdadera son los pájaros.
Le proponemos ir a una cafetería cercana, pero el folla-alcaravanes prefiere sentarse en la parada de autobús. Ha venido en autobús, nos dice, porque están revisando su coche. Los preparativos de antes del viaje, se justifica. Entonces saca una libreta de sus anchas mangas y empieza la ristra de preguntas: que si llevaremos mucho equipaje, que qué día queremos volver, que si nos parece bien repartir los gastos de gasolina, que si alguno de nosotros puede conducir... En cinco minutos se acaba el encuentro. Nos vamos a Rumanía mañana a las 7. ¡Dabuten!
28-04-2013. Llegamos unos minutos tarde al lugar de encuentro. El folla-buitres y su novia salen del coche, pequeño y destartalado, para recibirnos. Aunque está lloviendo y hace un poco de frío, ambos van muy veraniegos. El aspecto del folla-perdices ha cambiado totalmente: pantalones cortos beige de explorador, camisa de cuadros de aventurero abierta, dejando entrever el broche de oro: una camiseta negra con una foto de un delicado pájaro carpintero. El sombrero, los prismáticos, la vaselina y algún que otro instrumento para completar el kit de ornitólogo deben de estar en el maletero.
Nos saludamos todos. La novia del folla-mirlos también lleva pintas ornitólogas-aventureras, pero nada comparado con su novio. Nos dice su nombre, pero no logro retenerlo: cuando el folla-alacranes intenta meter la mochila de O en el maletero, deja a la vista el interior del coche, cubierto de calcetines, unas bragas y un sujetador secándose. El folla-alondras nos pide disculpas por el desorden en la parte trasera. Al entrar en el coche, descubro una percha colgada con camisas y camisetas de safari, y un pantalón de camuflaje sobre el respaldo del asiento del piloto. El folla-cigüeñas se disculpa de nuevo: en una hora estará todo seco, dice.
O y yo estamos ya sentados, entre ropas húmedas. Echo una ojeada a mi alrededor y mi radar se detiene pronto: colgando del retrovisor hay un ambientador con forma de pájaro. Sobre el salpicadero hay una pata de pájaro, quizá de gallo, como las que se usan para hacer vudú. En la ventana de mi izquierda hay una pegatina con un pájaro: ¿será del club de ornitólogos de Cracovia, de los amantes de los pájaros rumanos? Antes de ponerse el cinturón, el folla-grullas le enseña a su novia la cámara digital: en la pantalla aparece un árbol, el zoom acerca una rama y, finalmente, sobre la rama puede verse un pájaro.
Estoy a punto de explotar de la risa. Vaya par de tórtolos. Miro a O: también le han hecho gracia los motivos aviares. Antes de que empecemos a reír, el folla-flamencos enciende el motor. Miro el reloj digital del coche: 07:15. El folla-albatros pone la marcha atrás y aprieta el pedal, bajamos de la acera de una sacudida, avanzamos raudamente, pero para en seco: viene un coche por detrás. Sin embargo, ya estamos en medio de la calle, así que el folla-águilas acelera de nuevo, la cruza marcha atrás, sube otro bordillo y ¡pum!
El folla-cuervos pone primera y vuelve a aparcar el coche. El coche arrastra algo. A través de la luna trasera, veo cómo el folla-codornices intenta levantarlo. En una versión surrealista de esta historia, el folla-faisanes estaría levantando el cadáver de una avestruz. Pero pronto asoma de nuevo arrastrando una señal de tráfico enorme, más alta que él, con una flecha azul, y cruza la calle hasta dejarla de nuevo en su sitio. Es una pena que volvamos dentro de una semana: ya no podremos sacarle una foto a la señal de tráfico desarraigada.
Al volver a entrar en el coche, el folla-gaviotas está nervioso. Vuelve a arrancar y nos ponemos en circulación sin colisionar con nada. El reloj digital marca las 7:20. La novia intenta calmar al novio. Pero su conducción denota su intranquilidad: conduce violentamente, apurando las frenadas, virando bruscamente. O quizá sólo se trate de una conducción demasiado viril, de alocado ornitólogo. Miro por la ventana para, cual avestruz escondiendo la cabeza en el hoyo, huir del peligro: pasamos por delante de la biblioteca de la Universidad Jagielónica, enfrente del Museo Nacional de Arte... Vuelvo a mirar hacia adelante y veo cómo estamos peligrosamente cerca de un coche negro como un cuervo. El reloj digital marca las 07:24.
La siguiente escena se desarrolla en uno o dos de esos segundos tan largos que demuestran que el tiempo es un chicle: el coche negro decide respetar un semáforo en rojo y echar el freno, así que, folla-lechuzas, te quedarás sin pájaros rumanos, porque no sabes lo que es la distancia de seguridad, folla-mochuelos, el suelo resbala por la lluvia y tu coche es una carraca, ya es inevitable, ui ui ui, nos agarramos bien, las ruedas chirrían presagiando el porrazo, nos ponemos cómodos, 5, 4, 3, 2, 1, y, bueno, ¡la próxima vez será, Rumanía!
En un párking cercano, el folla-pelícanos hizo el parte con el otro conductor. A nadie le pasó nada, quizá un poco de dolor en el estómago, por el cinturón de seguridad, o en la pierna, pero el pobre coche quedó hecho polvo: un faro roto, la matrícula plegada, el capó abollado. Así no podíamos cruzar la frontera, y quién sabe cuántos kilómetros aguantaría. Tampoco nos apetecía mucho jugarnos el pellejo con un conductor como el folla-gavilanes. Así que nos despedimos, nos fuimos andando del lugar del siniestro, nos orillamos al Vístula para observar los patos y los cisnes, y luego desayunamos unas cervezas.
Ningún pájaro ha sido dañado durante este viaje. Es más, ningún pájaro rumano será violado a causa de este viaje. No obstante, visto lo visto, la integridad de los polacos no puede ser garantizada.
Según mi recién ideada "poética de la literatura de viaje", el 99% de los relatos de viajes merece caer en el más justo de los olvidos. Creo que mi narración del viaje a Rumanía forma parte del 1% que se salva, ese 1% que logra colmar el espíritu viajero sin salir de casa. Transcribo íntegramente el diario del viaje, para que sea juzgado su valor estético.
El viaje físico empieza el día 28 de abril. El día 27 llevamos a cabo los preparativos necesarios para empezar.
* * *
Jan le dice a O, por teléfono, que es ornitólogo. La novia de Jan también es polaca y ornitóloga. Van a observar pájaros al Danubio rumano. O cuelga el teléfono: hemos quedado a las 9 para hablar del viaje. Cojonudo.
Llegamos al lugar del encuentro unos minutos antes de lo acordado. Buscamos ornitólogos a toda costa. Hemos tenido varias horas para fantasear sobre el aspecto de un ornitólogo polaco treintañero. Hemos concluido que cualquier persona podría ser Jan: todos llevamos un ornitólogo dentro, ansioso por recorrer más de 1000 km en coche para observar los pájaros del Danubio. Esa viejita que anda cabizbaja: ornitóloga. Una mujer con sus niños: familia ornitóloga. Una pareja que sale de la farmacia: ornitólogos. Un autobús lleno de: ornitólogos. En fin, sólo seis personas más son ornitólogas: yo, tú, él, nosotros, vosotros y él.
Los ojos del joven del traje se posan sobre el césped: hay un par de cuervos que picotean mecánicamente algún hierbajo. Son de un color negro como el carbón; un denso, agorero negro. El tío del traje los mira ensimismado, como encantado. Al mismo tiempo, se le dibuja una sonrisa en los labios. Una sonrisa que me parece encubrir el más básico y brutal deseo sexual. Sólo entonces me asalta la pregunta clave: ¿por qué los pájaros del Danubio? ¿Qué tendrán las aves rumanas que no tengan las polacas? Antes de que pueda comunicarle mi duda a O, el tipo del traje grita su nombre y cruzamos al otro lado de la acera. Los dos cuervos salen volando.
—Hola. Soy Jan, el de carpooling, pero no me llamo Jan y no tengo 32 años. No se puede confiar en Internet, supongo que ya lo sabéis. Me llamo...
Dice Jan, y nos presentamos. No logro entender el nombre real de Jan. Por alguna oscura asociación, en ese mismo momento queda bautizado como el folla-patos. Visto de cerca, el traje del folla-cuervos resulta ser enorme. Americana negra de anchas mangas, pantalones y camisa negros y holgados: como si lo hubiera heredado de un antepasado gigante.
—Vengo de la ópera —dice el folla-petirrojos, al darse cuenta de que miramos su traje—. Mi novia me regaló una entrada. Además de ornitólogos, también nos gusta la ópera. Pero mi pasión verdadera son los pájaros.
Le proponemos ir a una cafetería cercana, pero el folla-alcaravanes prefiere sentarse en la parada de autobús. Ha venido en autobús, nos dice, porque están revisando su coche. Los preparativos de antes del viaje, se justifica. Entonces saca una libreta de sus anchas mangas y empieza la ristra de preguntas: que si llevaremos mucho equipaje, que qué día queremos volver, que si nos parece bien repartir los gastos de gasolina, que si alguno de nosotros puede conducir... En cinco minutos se acaba el encuentro. Nos vamos a Rumanía mañana a las 7. ¡Dabuten!
28-04-2013. Llegamos unos minutos tarde al lugar de encuentro. El folla-buitres y su novia salen del coche, pequeño y destartalado, para recibirnos. Aunque está lloviendo y hace un poco de frío, ambos van muy veraniegos. El aspecto del folla-perdices ha cambiado totalmente: pantalones cortos beige de explorador, camisa de cuadros de aventurero abierta, dejando entrever el broche de oro: una camiseta negra con una foto de un delicado pájaro carpintero. El sombrero, los prismáticos, la vaselina y algún que otro instrumento para completar el kit de ornitólogo deben de estar en el maletero.
Nos saludamos todos. La novia del folla-mirlos también lleva pintas ornitólogas-aventureras, pero nada comparado con su novio. Nos dice su nombre, pero no logro retenerlo: cuando el folla-alacranes intenta meter la mochila de O en el maletero, deja a la vista el interior del coche, cubierto de calcetines, unas bragas y un sujetador secándose. El folla-alondras nos pide disculpas por el desorden en la parte trasera. Al entrar en el coche, descubro una percha colgada con camisas y camisetas de safari, y un pantalón de camuflaje sobre el respaldo del asiento del piloto. El folla-cigüeñas se disculpa de nuevo: en una hora estará todo seco, dice.
O y yo estamos ya sentados, entre ropas húmedas. Echo una ojeada a mi alrededor y mi radar se detiene pronto: colgando del retrovisor hay un ambientador con forma de pájaro. Sobre el salpicadero hay una pata de pájaro, quizá de gallo, como las que se usan para hacer vudú. En la ventana de mi izquierda hay una pegatina con un pájaro: ¿será del club de ornitólogos de Cracovia, de los amantes de los pájaros rumanos? Antes de ponerse el cinturón, el folla-grullas le enseña a su novia la cámara digital: en la pantalla aparece un árbol, el zoom acerca una rama y, finalmente, sobre la rama puede verse un pájaro.
Estoy a punto de explotar de la risa. Vaya par de tórtolos. Miro a O: también le han hecho gracia los motivos aviares. Antes de que empecemos a reír, el folla-flamencos enciende el motor. Miro el reloj digital del coche: 07:15. El folla-albatros pone la marcha atrás y aprieta el pedal, bajamos de la acera de una sacudida, avanzamos raudamente, pero para en seco: viene un coche por detrás. Sin embargo, ya estamos en medio de la calle, así que el folla-águilas acelera de nuevo, la cruza marcha atrás, sube otro bordillo y ¡pum!
El folla-cuervos pone primera y vuelve a aparcar el coche. El coche arrastra algo. A través de la luna trasera, veo cómo el folla-codornices intenta levantarlo. En una versión surrealista de esta historia, el folla-faisanes estaría levantando el cadáver de una avestruz. Pero pronto asoma de nuevo arrastrando una señal de tráfico enorme, más alta que él, con una flecha azul, y cruza la calle hasta dejarla de nuevo en su sitio. Es una pena que volvamos dentro de una semana: ya no podremos sacarle una foto a la señal de tráfico desarraigada.
Al volver a entrar en el coche, el folla-gaviotas está nervioso. Vuelve a arrancar y nos ponemos en circulación sin colisionar con nada. El reloj digital marca las 7:20. La novia intenta calmar al novio. Pero su conducción denota su intranquilidad: conduce violentamente, apurando las frenadas, virando bruscamente. O quizá sólo se trate de una conducción demasiado viril, de alocado ornitólogo. Miro por la ventana para, cual avestruz escondiendo la cabeza en el hoyo, huir del peligro: pasamos por delante de la biblioteca de la Universidad Jagielónica, enfrente del Museo Nacional de Arte... Vuelvo a mirar hacia adelante y veo cómo estamos peligrosamente cerca de un coche negro como un cuervo. El reloj digital marca las 07:24.
La siguiente escena se desarrolla en uno o dos de esos segundos tan largos que demuestran que el tiempo es un chicle: el coche negro decide respetar un semáforo en rojo y echar el freno, así que, folla-lechuzas, te quedarás sin pájaros rumanos, porque no sabes lo que es la distancia de seguridad, folla-mochuelos, el suelo resbala por la lluvia y tu coche es una carraca, ya es inevitable, ui ui ui, nos agarramos bien, las ruedas chirrían presagiando el porrazo, nos ponemos cómodos, 5, 4, 3, 2, 1, y, bueno, ¡la próxima vez será, Rumanía!
* * *
En un párking cercano, el folla-pelícanos hizo el parte con el otro conductor. A nadie le pasó nada, quizá un poco de dolor en el estómago, por el cinturón de seguridad, o en la pierna, pero el pobre coche quedó hecho polvo: un faro roto, la matrícula plegada, el capó abollado. Así no podíamos cruzar la frontera, y quién sabe cuántos kilómetros aguantaría. Tampoco nos apetecía mucho jugarnos el pellejo con un conductor como el folla-gavilanes. Así que nos despedimos, nos fuimos andando del lugar del siniestro, nos orillamos al Vístula para observar los patos y los cisnes, y luego desayunamos unas cervezas.
Ningún pájaro ha sido dañado durante este viaje. Es más, ningún pájaro rumano será violado a causa de este viaje. No obstante, visto lo visto, la integridad de los polacos no puede ser garantizada.
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