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jueves, 12 de julio de 2012

Popurrí cultural I

Acabé los exámenes de la universidad hace ya un par de semanas, pero entre el trabajo, por las tardes, y un curso intensivo, por las mañanas, no tengo tiempo libre. Ni para escribir algo aquí, ni para conocer o encontrar o inventar a hombres repulsivos a los que entrevistar. Mucho menos para comentar alguna situación graciosa, porque las situaciones graciosas requieren de minutos, e incluso de horas, para surgir.

Así que lo que sigue es un popurrí de lo que he leído y visto estas dos últimas semanas para rellenar esos huecos temporales llamados horas muertas. Los popurrís fotográficos que pueblan muchos blogs siempre me han parecido una chorrada, aunque algunos son chorradas entretenidas, lo admito. Seleccionar fotos de películas, series y otros medios, y crear con ellas un discurso solo visual es difícil. O al menos debe de serlo, porque no lo he hecho nunca. Ni siento curiosidad por hacerlo, ya que estamos.

* * *

Cuando aún tenía fuerzas, leí los Poemes d'Álvaro de Campos, de Fernando Pessoa. O de Álvaro de Campos, heterónimo de Pessoa.


(¿Por qué inventar tantos seudónimos? ¿Y por qué dotarlos de una personalidad tan propia y diferenciadora? Creo que ello responde, primero, a la falta de consistencia que el mismo Pessoa debía de percibir en su personalidad (más que bipolar o multipolar, creo que Pessoa era poco polar), pero también a que crear estos yoes poéticos ficcionales debía de ser un mecanismo para incentivar la creatividad del escritor. Escribir simulando ser otro da alas a la imaginación, como sucede con las restricciones temáticas o métricas u otras constricciones autoimpuestas —véase escribir un texto empleando una sola vocal, reescribir el mismo texto cien veces y el resto de experimentos oulipianos—. En definitiva, no hay nada tan liberador para la creatividad como la restricción.)

Álvaro de Campos es un ingeniero con varias facetas poéticas. Por un lado, escribe odas futuristas bastante exaltadas. También escribe, por otro lado, odas a Walt Whitman y a la naturaleza, igualmente exaltadas pero dirigidas, no a la tecnología y a lo moderno, sino a la vida, a los sentimientos y al goce de todo lo vivo. Finalmente, tiene una vertiente más nihilista y autobiográfica, propia de alguien que ya se ha cansado de lo que la vida ofrece; en "Pas de les hores", dice:
"No sé si la vida és poc o massa per a mi.
No sé si sento massa o massa poc, no sé
si em falta escrúpol espiritual, fulcre de la intel·ligència,
consanguinitat amb el misteri de les coses, xoc
amb els contactes, sang sota els cops, estremiment als sorolls,
o si hi ha una altra significació per a això, més còmoda i feliç."
Ni que decir tiene que la tercera máscara de Álvaro de Campos es la que más me ha gustado. En concreto, el gran descubrimiento ha sido el poema "Estanc" (o "Tabaquería" o "Tabacaria"). Empieza muy fuerte ("No sóc res. / Mai no seré res. / No puc voler ser res. / A part d’això, tinc en mi tots els somnis del món") y sigue igual, hablando del talento y del fracaso, de la vida intelectual opuesta a la vida auténtica, de la vanidad de todo acto creativo, etc., combinando un discurso introspectivo y de autoevaluación con intromisiones de la realidad a través de la visión de la tabaquería. Toma resumen.

* * *

Más adelante, y más cansado y falto de concentración, retomé Louie, una serie que narra la vida de un cómico norteamericano. (En realidad debería decir retomamos, porque veo la serie con mi compañero de piso. Es curioso cómo unen las series, los vínculos que crean entre las personas. Se establece una especie de solidaridad entre los que ven una serie juntos: "yo me bajo la serie pero no la veo, me reservo hasta que la podamos los dos a la vez". O: "yo preparo la serie mientras tú preparas la cena". Bonito, ¿no?)

Louie está gordo, es calvo, tiene 42 años, está divorciado... y esto lo convierte en un ser deprimido y deprimente a la vez. (Si leyera poesía, seguro que leería a Pessoa.) Sin embargo, adora a sus dos hijitas y su trabajo como monologuista —lúcido, pesimista y cínico como pocos—. La alternancia entre escenas de su vida y alguna de sus actuaciones, y la relación entre ambas esferas —la vida real y la ficción creada a partir de aquella—, siempre pasando por un espeso tamiz de humor negro, hacen que la serie sea bastante amena.

Al menos hasta la tercera temporada: los dos primeros capítulos, los que vi —o vimos— el otro día, son malos a más no poder. La autocrítica habitual de Louie, el reírse de sus miedos y sus defectos, antes era natural; ahora resulta forzada. Antes Louie estaba deprimido y era deprimente, pero no resultaba deprimente; ahora, sí. Etcétera.

Por cierto, Louie casi es Louis C.K., el cómico estadounidense que interpreta y crea al personaje y dirige la serie. Es decir, que el autor y el protagonista, y sus respectivas vidas, coinciden bastante: todo muy autoficcional. Ahí va uno de los monólogos de Louis C.K., idéntico a los Louie.


* * *

Otro día fui a ver la exposición Torres y rascacielos. De Babel a Dubái, en el CaixaForum. No me gustó demasiado: la idea de hablar de la construcción de rascacielos y lo que significa para el hombre pintaba bien, y relacionarlo con el mito bíblico de Babel también, pero la exposición se acaba convirtiendo en una sucesión de catedrales y edificios varios, un catálogo bastante aburrido de la historia de los rascacielos. No se merece ni una foto, fíjate lo poco que me gustó.

* * *

Para compensar los dos chascos, ese mismo día, al regresar a casa, vi The Night of the Hunter (1955), una película que llevaba mucho en la lista de pendientes. Es la única película dirigida por Charles Laughton, y se supone que, pese a ser un fracaso en su momento, es una de las cimas del cine norteamericano, influenciando a David Lynch, Martin Scorsese y otros tantos —o eso dice la Wikipedia—.

Está muy bien, aunque quizá ha envejecido más de la cuenta. Es un thriller de atmósfera turbia que cuenta la historia del reverendo Harry Powell, un asesino que persigue a dos hermanos para robarles el dinero heredado de su padre. Es, asimismo, la historia del poder de la niñez, de lo que puede sufrir y superar. Powell es el personaje: un don Juan que tras su seductora máscara esconde la más pura maldad. La cultura popular lo reconocerá porque lleva "Love" y "Hate" tatuados en los puños.




Encandila a la madre de los chicos, viuda, solo para acercarse al dinero, y la asesina cuando ella descubre su verdadero rostro. A continuación, inicia la persecución de los hermanos río abajo; él en un caballo robado, ellos en un bote. Los niños hallan refugio en la casa de Rachel Cooper, una viejita entrañable y de férreos valores cristianos que cuida a niños abandonados. Pero incluso allí los encuentra el diabólico reverendo.

Además de tener varias caras —como Pessoa y como Álvaro de Campos, fíjate—, Powell es uno de esos asesinos que llegan a la escena del futuro crimen cantando una canción. Una de las mejores escenas de la película es el asedio nocturno de Powell a la casa de la vieja y los niños huérfanos. El reverendo canta su canción habitual desde fuera, mientras que la vieja Rachel monta guardia desde dentro y le responde entonando a coro la canción.




Aunque cantan lo mismo ("Leaning on the Everlasting Arms"), no significa para nada lo mismo: inclinaos, niños, hacia el reverendo, y ya veréis, ya... o inclinaos hacia la buena de Rachel Cooper, la protectora viejita. 

Esto me ha recordado la versión que Tool tenían de "Imagine", de John Lennon. También en este caso el optimista mensaje de la canción original se vuelve irreconocible sin cambiar una sola palabra.



martes, 12 de junio de 2012

Martin Parr: cutrez y absurdo


Este sábado fui con un amigo, llamémosle L, a ver la exposición Souvenir. Martin Parr, fotografia i col·leccionisme, en el CCCB.

—¿Te apetece ver la exposición del fotógrafo Martin Parr? —me preguntó, de improviso, L.

—Eeeeestooo —dije, alargando las vocales para elaborar una excusa y escaquearme—... Depende: ¿de qué va?

—Pues... de turismo de masas, o algo parecido.

Mierda. Así me convence cualquiera.

* * *

Martin Parr retrata, o documenta, lo más banal y lo más olvidado —por ser demasiado evidente—: la clase media. (La clase media es también lo que somos todos, ricos o pobres, cultos o incultos, poderosos o débiles, guapos o feos: la clase media, más alta o más baja, se ha universalizado.) En la exposición, se incluyen fotografías de tema turístico —una de las actividades que define a la clase media— y colecciones de objetos turísticos —postales, relojes, alfombras...—. En el fondo, foto y regalo son ambos souvenirs: los recuerdos del viaje, el botín del turista.

—Coleccionar fotos es un modo de coleccionar el mundo, decía la escritora Susan Sontag —nos cuenta el guía de la exposición, un modernete barbudo—. La fotografía, sobre todo la fotografía turística, es un modo de capturar la experiencia, de materializarla.

En general, una fotografía sirve para estimular el recuerdo (siempre que la fotografía sea más o menos personal, claro). Es una forma de reconstruir un yo ya desaparecido porque ha cambiado: pertenecía a otro espacio y a otro tiempo. Es, en fin, la droga de la memoria, y, como las drogas, no crea imágenes de la nada, sino que las rescata del olvido.

Pero Martin Parr no se pone, por suerte, tan filosófico. De hecho, sus fotografías no necesitan guía; al contrario, se explican solas porque son el mero reflejo de nuestro comportamiento.


Esta es una de las fotos más espectaculares de la exposición.

—En ella —sigue diciendo el guía—, se puede apreciar cómo concibe la fotografía del turismo (o del turista) Martin Parr. En primer lugar, desplaza levemente el punto de vista habitual de la fotografía turística, explicitando sus mecanismos, siempre artificiales. De este modo, convierte un posado, que implica impostura, repetición y banalidad, y que es lo propio de la fotografía turística, en un robado, algo un poco más espontáneo, o auténtico, e irónico a la vez.


—En otras fotografías —continúa el guía—, como esta, consigue el mismo efecto situándonos, simplemente, detrás del fotógrafo-turista. Hay que recordar, por cierto, que la cámara fotográfica es el arma que define al turista, equivalente a la espada del caballero cristiano o a la bota del futbolista. Aquí también se puede apreciar, de forma un tanto exagerada, la tendencia mimética del turista con el entorno.

—Es verdad —dice L—. Si vamos a Barcelona o a Berlín, nos convertimos en unos modernos enrojecidos. 

—Y en Londres —interrumpo a L— somos bohemios y sofisticados. 

—Y en París, unos románticos —dice L.

—Sí, y en la India, religiosos y místicos. Y en Lloret de Mar, unos mandriles desbocados —sentencia el guía—.  Y así sucesivamente... Los tópicos suelen acertar bastante.

En definitiva, Martin Parr se da cuenta de que el turista quiere convertirse en otro (y en cierto modo lo consigue). Se podría decir que hacer turismo es simular vivir, durante unos días, otra vida. 

—El turista vive teatralmente o cinematográficamente —sigue el guía—, porque tiene un guión y lo interpreta. Las guías turísticas son, sobre todo, listas de marcadores turísticos, aquellas imágenes que sintetizan el lugar visitado, que condensan, supuestamente, su esencia histórica, social, cultural, etc. En Barcelona, por ejemplo, tenemos la Sagrada Familia o el Camp Nou.

El guía hace una pausa y nos mira.

—Sí, sí, claro, claro —digo, atropelladamente—, y en Berlín está el Muro de Berlín o la Puerta de Brandeburgo. Y en París, la Torre Eiffel.

—Y en Pisa, la otra Torre, la de Pisa —dice L.

—Muy bien, muy bien —asiente, rebosando satisfacción, el guía—. De todo esto se puede deducir que el turista no conoce los sitios que visita, porque no los visita por primera vez, sino que los reconoce o los recuerda.

—Es un ser muy platónico, el turista —dice L—, muy reminiscente.


—Mirad qué guapo sale Martin Parr en esta —continúa el guía, omitiendo las observaciones filosóficas—. Aquí vemos otro aspecto interesante de Parr: no se considera alejado de la clase media, sino parte de ella. No es una ironía distanciada y elitista, la suya, sino autocrítica. El término camp, desarrollado también por Susan Sontag —el guía hace una breve pausa; parece experimentar cierto placer, no sé si al pronunciar la palabra camp o si al hablar de Susan Sontag—, el término camp, decía, ayuda a comprender mejor la mirada o la sensibilidad de Martin Parr. Lo camp sería el gusto por el artificio y la exageración, por lo extravagante. Es la complacencia en lo vulgar y en el aspecto no natural de las cosas. Se trata del gozo por la réplica y la impostura. La sensibilidad camp es fruto del hartazgo propio de la opulencia.

Etcétera.

* * *

—Oiga —le pregunta un visitante al guía cuando acaba la visita—, entonces, ¿cómo se supone que hay que viajar? ¿Por qué viajamos? ¿Para qué sirve viajar? ¿Existen aún los viajeros, o somos solo turistas? ¿Viajamos para creer que salimos de la rutina y poder crear recuerdos que, en el fondo, ya tenemos? ¿Por qué queremos vivir todos las mismas experiencias? ¿Solo se puede viajar de un modo auténtico, o sea, como lo hace Martin Parr, con una mirada irónica o camp, en busca del mal gusto del turista, que es en realidad el mal gusto de todos?