Mostrando entradas con la etiqueta Stanisław Lem. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Stanisław Lem. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de julio de 2015

Cuarto encuentro con los Apocrifílicos (IV)

—Bueno, ¿me dirás dónde se han metido los demás? —le pregunté a Stanisław.

Ya eran las 17:25 y sólo estábamos él y yo en la reunión, ni rastro de Michalina y Honoriusz. Tampoco Stanisław soltaba prenda: en vez de contestar mis repetidas preguntas, me había empezado a contar cómo se habían conocido él y Michalina, no en Rumanía sino en Cracovia. Él había venido a buscar trabajo con su hermano y ella ya estaba de Erasmus, pero aún tardaron un año en conocerse. Durante ese tiempo, Stanisław estuvo hartándose de polacas, poniéndose las botas, empuercándose o atiborrándose de polacas; no sé muy bien cómo traducir la expresión que usó, "drowning in Polish pussy": ¿ahogándose en coños polacos? Las —y los— tuvo de todos los colores, medidas y edades, me contó. Era un don Juan, un Richard Gere, afirmó: les decía un par de frases en rumano, dos más en polaco, les enseñaba el muñón y al bote, me dijo; el resto, ya lo hacían en inglés. Pero para casarse prefería a una rumana: las polacas sólo para jugar, concluyó.

Su imagen desaliñada y su manera de ser no concordaban con su historia de follador de videoclip reggaetonero. No me molesté en decirle nada, cada cual tiene sus mitos.

—Quédate aquí, Gienek, voy a pedir —dijo Stanisław yendo hacia la barra.

No estábamos ni en Massolit ni en Café Szafé, sino en Coffee Cargo. Como todos los locales apocrifílicos, aquel era demasiado sofisticado para nosotros. Café de importación a precios muy elevados, clientela alternativa pero selecta: jóvenes empresarios, expatriados, padres primerizos aún con ansias de hacerse ver. La cafetería era una antigua fábrica o almacén con varios contenedores de carga en vez de habitaciones. Además, estaba justo al frente del edificio donde vivo. Al inicio de cada mes, suelo venir un par de días a buscar un café para llevar, recién molido y con aroma a café; el resto del mes, voy al supermercado de al lado, donde la máquina expendedora escupe un pseudocafé mucho más asequible.

—Aquí está. Qué lentos son sirviendo, ¡madre mía! Pero merece la pena la espera —dijo Honoriusz poniendo dos cafés sobre la mesa—. ¿Habías estado aquí antes?

Cuando vi y olí las dos tazas humeantes me di cuenta de la incongruencia. Soplé la mía y di un sorbo para poder preguntar:

—¿Por qué no estamos bebiendo compota? ¿Qué ha pasado? ¿Es porque no están Michalina y Honoriusz? ¿Dónde están? Di, ¿por qué bebemos café? ¿He hecho algo mal?

Stanisław tomó su taza entre las manos, olió y sopló, pero todavía no bebió. La volvió a dejar sobre el platito:

—Mira, Gienek, no vamos a obligarte a beber compota si no te gusta, si sientes un "odio secreto" hacia ella. Para nosotros, es una manera de sentirnos cerca de casa: la compota es algo que compartimos los polacos, rumanos, húngaros y otros países de la Europa Central y del Este. Pero nosotros no somos unos "aguafiestas", como te gusta decir, no te obligaremos a tomar más compota, no te preocupes.

—Vaya, lo siento —contesté con sentimiento de culpa mezclado con orgullo—. Veo que sigues leyendo mi blog. Es todo un honor.

—Sí, pero no te preocupes, soy el único: ni a Michalina ni a Honoriusz les interesa. A él, porque no puede leer español; a ella, porque sólo usa el ordenador para ver películas y series y hablar con sus padres. De hecho, probablemente yo sea tu único lector, apocrifílico o no. ¿Me equivoco? Seguro que no mucho. Pero me gusta leerte, no te creas, así aprendo un poco de español. Y te agradezco mucho que mencionaras, por fin, mi muñón, otrora invisible. Es todo un honor. Como agradecimiento te he traído a Coffe Cargo: aquí no tienen compota. En parte por eso íbamos normalmente a Massolit y Café Szafé, que sí tienen compota, la bebida apocrifílica por excelencia. Por eso y porque son lugares con pedigrí literario. Massolit es el sindicato de escritores de El maestro y Margarita. En Café Szafé se grabaron algunas escenas de bar de la adaptación cinematográfica de Pod Mocnym Aniołem, o Casa del Ángel Fuerte, una novela autoficcional del polaco Jerzy Pilch. Bastante buena, la novela, aunque la autoficción sólo es una excusa para el tema principal: el alcoholismo.

—Vaya, vosotros también hacéis los deberes. Pero ¿por qué hemos venido exactamente a Coffe Cargo?

—Este lugar no tiene ninguna relación con la literatura. Michalina y yo vivimos cerca, y nos gusta el café. Nada más.

—¡Qué casualidad, como yo!

—Sí, ya nos había dicho Honoriusz dónde vives. Recuerda que es el guarda de seguridad de tu gimnazjum.

—Bueno, ahora es exgimnazjum.

—Ah, sí, sí, ya lo leí. Por cierto, me pregunto si en España escribirías lo mismo. ¿Tendrías valor para criticar tu lugar de trabajo, sabiendo que tus compañeros y estudiantes podrían entender lo que escribes?

—No lo sé. Probablemente no. Pero alguna ventaja ha de tener ser un extranjero.

—Pero ya no podremos contactar contigo a través de Honoriusz.

—Bueno, para algo están los teléfonos, ¿no? Por suerte, esto no es un relato ambientado en la Cracovia decimonónica...

—¿Teléfonos? No me hables de ellos, te recuerdo que trabajo en un call center. Lo último que hago fuera del curro es prestarle atención a mi móvil.

—Qué exagerado eres. Que me manden un mensaje Honoriusz o Michalina. O mandadme un email a nuestro correo, apocrifilicos@gmail.com.

—Es verdad. ¿Y hemos recibido muchos emails?

—No, ni siquiera spam. Así de triste es nuestra no existencia. Pero he abierto un post en un foro sobre literatura, quizá nos echen una mano.

—A ver si funciona. Precisamente ahora, Honoriusz y Michalina están colgando los anuncios que hicimos hace un par o tres de encuentros. Por eso no están aquí. Como no apareciste en la segunda reunión y no habías dicho nada, desconfiamos de ti y no colgamos ninguno. No queremos traidores entre los Apocrifílicos.

—Entonces ¿hoy no hay reunión?

—Claro que sí, pero sólo estamos tú y yo.

—¿Y cuándo conoceré al tal Grezgorz?

—Gienek, no me interrumpas con tonterías. Tengamos la reunión en paz. Entonces, ¿comenzamos? ¿Leemos el Manifiesto? —hice un gesto indefinido con la cabeza—. Como quieras. Bueno, empecemos de una vez la vigésimo sexta reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos. Procedo a la lectura del Manifiesto Apocrifílico:
»Queridos hermanos y hermana de la Hermandad Apocrifílica:
»No me interrumpáis mientras evoco de nuevo mi primera experiencia apocrifílica, la semilla de la Hermandad, el porqué de mi gusto por lo apocrifílico. Pasé mi infancia y adolescencia en un pueblecito llamado Albeni, a unos 100km de Bucarest. Era un chico retraído y fantasioso, con cierta tendencia a desconectarme de la realidad. Mi educación, muy deficiente, no logró sino aumentar mi aislamiento. Por suerte para mí, los contactos del hermano de mi padre, policía en Bucarest, me permitieron entrar en la universidad. Fue allí donde poco a poco empecé a hacerme una idea del mundo. En mi primer año de Derecho, tuve que realizar grandes esfuerzos para ponerme al nivel de los demás. Fue en la asignatura de Derecho Romano en la que descubrí el poder de lo apocrifílico. 
»El primer día de clase, la profesora nos dijo que, además del examen final, tendríamos que hacer un trabajo. No olvidaré nunca el tema: el sistema contractual durante los años de la República romana. Aún olvidaré menos aquellas palabras que pronunció con un tono diferente, envolviéndolas en un aura de solemnidad: "hay que utilizar bibliografía". ¿Bibliografía? ¿Qué sería aquello? Para el pardillo de pueblo que entonces yo era, esa palabra resultaba ciencia infusa. Me llevó varias semanas reunir el valor suficiente para preguntarle a un compañero de clase qué significaba. Pues bibliografía significa libros, contestó.
»Aquella profesora hablaba a menudo del Corpus iuris civilis de Justiniano o Triboniano, no recuerdo bien: ya tenía el primer título de mi bibliografía, a pesar de que nunca lo había visto ni, por supuesto, leído. Aunque sabía de la existencia de las bibliotecas, todavía no había comprendido su esencia. Todo el mundo hablaba de libros, pero para mí los libros no eran más que palabras en el viento, entes tan vaporosos y distantes como dios, el gobierno, la URSS o el papa. 
»Asumiendo que nuestra profesora se había inventado aquel Corpus iuris civilis, decidí imitarla e inventar yo mismo el resto de libros de mi bibliografía. Los recuerdo perfectamente. Sistema contractual y tal de Abogadiano. Derecho romano en rumano de Panfilinio. Contratos romanos para rumanos de Tiburcio. Compendio de romanos derecho de Catilinus. Los cité en rumano, inglés y latín. Nunca había trabajado ni trabajaría tan duro, ni siquiera cuando descubrí los libros de verdad. Mi esfuerzo era sincero, puro: infantil.
»Obtuve un 7.
»Unas semanas más tarde, un amigo me llevó a conocer la biblioteca. Meses más tarde, descubrí Solaris de Stanisław Lem. En el segundo capítulo, el narrador describe el planeta Solaris, no directamente, sino a través de los solaristas: los expertos en Solaris, creadores de una abundante bibliografía, que "no habría cabido en la habitación en la que se hallaba". De algún modo, yo había llegado a la misma conclusión: mis falsos libros honoraban el Derecho Romano, lo convertían en algo mayor y mejor, igual que la inmensa falsa bibliografía de Lem sobre Solaris. Antes de que acabara el curso, abandonaría Derecho.
»Brindemos con nuestras compotas y comencemos.
A falta de estas, chocamos nuestras tazas de café.

—Muy emotivo, Stanisław. No sé por qué, pero lo recordaba peor, este Manifiesto Apocrifílico —dije—. Bueno, ¿y qué hacemos ahora?

—Gracias. No sé, ¿tienes algún libro apocrifílico nuevo?

—Pues no —contesté, y noté su decepción.

—¿Nada? ¿Falsas reseñas? ¿Autoficción? ¿Falsas biografías? ¿Falsos documentales?

—Nada de nada. ¿Y tú, no tienes nada nuevo?

—Tampoco.

—Pues vaya. ¿Y qué hacéis entonces? ¿Qué hicisteis en las veintitantas reuniones que me perdí?

—Pues mucho. Hablar de literatura apocrifílica, descubrir libros y autores, escribir el Manifiesto, sentar las bases de la Hermandad... y luego, charlar, para conocernos o para pasar el tiempo, como todo el mundo. Por ejemplo: ¿qué haces en tu tiempo libre? O: ¿Tienes hermanos o hermanas? O: ¿Te gustó Jurassic World? ¿Y la comida polaca? ¿Y las polacas? ¿Has ido a Rumanía? ¿Sabes bailar flamenco? ¿Y sardanas? ¿Estás aprendiendo polaco? ¿Qué estás leyendo últimamente? ¿Aprobaste tus exámenes? ¿Qué planes tienes para el verano? ¿Practicas deporte? ¿Qué tipo de música escuchas?

Me acomodé en la silla y le di un sorbo al café; empezaba a enfriarse, pero conservaba el aroma. Todavía tardé un poco en responder.

—Uno de mis músicos favoritos es Albert Pla, un catalán que canta en español y en catalán. ¿Te suena? No es conocido fuera de España; dentro, la mayoría lo considera un pirado, un yonki y/o un polemista. Uno de sus mejores discos, o como mínimo uno de mis favoritos, es Veintegenarios en Albuquerque. Había sido censurado años antes por la canción "La dejo o no la dejo", un supuesto enaltecimiento del terrorismo. El disco es un falso directo o falso concierto: grabado en un estudio con la colaboración de varios amigotes que pretenden estar actuando sobre un escenario. Tan falso como la acusación de apología del terrorismo.


—Vaya, no está mal —dijo Stanisław, sorprendido, mientras escuchaba la canción en mi móvil—. Pensaba que no traías ninguna novedad. Es música, pero algo es algo. En la Hermandad Apocrifílica no le hacemos ascos a nada: literatura, cine, música, arte, lo que sea. Aunque tengamos nombres polacos, somos mucho más abiertos.

—Pues deberías escuchar esto también —le contesté poniendo otra canción en Youtube—. Es un grupo de indie pop de Barcelona.

—No me digas: ¿más catalanes? Pensaba que el eslogan era "Catalonia is not Spain", y no "Spain is only Catalonia".

—Se llaman Love of Lesbian y la canción, "Club de fans de John Boy", de su disco 1999. En ella se habla de un falso músico, John Boy, un dublinés boreal, ambiguo y de infancia gris; su falsa música es genial, hay que escucharla en vinilo y todo. El narrador de la canción lo odia, pero va a un concierto y acaba convirtiéndose al johnboyismo. Mira, fíjate en el videoclip: aquí están los dos modernos corriendo, vaqueros y Converse, el chico va diciendo que no es un fan y que sólo va al concierto por ella, pero se le nota que también le gusta John Boy. Y al final resulta que John Boy es Love of Lesbian.


—No está mal: un falso concierto y un falso músico. Por lo que veo, a los catalanes también os gusta lo apocrifílico. Pero no esto de acuerdo con la interpretación de la canción: yo pienso que al chico acaba gustándole John Boy por la chica. Si va al concierto es por ella, porque le gusta la chica y no la música. Pero, claro, si la chica pone la música a tope cuando comen y cuando se excusa para hacer pipí o popó, cuando se reconcilian y cuando follan, cuando se despiertan y cuando van a salir de fiesta, pues es normal que el pobre chico se confunda. Pura ley de contigüidad, condicionamiento pavloviano. Eso no significa, por supuesto, que después no pueda gustarle la banda como a cualquiera. De hecho, a mí me ocurrió algo similar con Aurelia.

—¿Con Michalina? —confirmé.

—Sí, sí, con Michalina. Aunque entonces sólo la llamaba Aurelia. Yo estaba todavía bañándome en jugos vaginales polacos, y no pensaba ni por asomo abandonar aquellos mares. Tenía un trabajo de mierda en un call center, aún peor que el actual, pero era por las tardes, lo que me dejaba las noches libres para seguir haciendo el gamberro como había hecho en Bucarest tras dejar Derecho. Una noche fui con mi hermano a un encuentro de expatriados, que era donde echábamos el anzuelo a las polacas que aparecían por allí, intentando asimismo ellas pescar a algún extranjero. Aquella noche no tuve mucha suerte: hablé con dos o tres, pero había muchos americanos e italianos. Pese a la competencia desleal, no tiramos la toalla sino que seguimos tirando la caña. Todos los que aún teníamos marcha, abandonamos el sitio de la reunión y fuimos a Carpe Diem.

—¿Cuál de ellos? Hay dos Carpe Diem en Cracovia.

—¿Acaso importa? Era el de la calle Sławkowska, creo. Mi hermano y yo íbamos allí cada lunes: una pinta de cerveza valía 3.5zł, menos de 1€. Imagino que tú también ibas cuando eras estudiante de Erasmus: estaba siempre lleno de españoles, otra dura competencia. Solíamos rondar por la barra y las mesas, en busca de ganado polaco; cuando echábamos el lazo, las llevábamos a la pista de baile. Pero aquella noche, aquel lunes ya martes, no tenía suerte. Mi hermano se fue a casa y me quedé sin wingman. A partir de cierta hora es bueno aceptar la derrota y retirarse. Me tomé algunos vodkas más de la cuenta y persistí. Apenas era capaz de hablar inglés con las que me parecían polacas. Fui al lavabo a vomitar, dando tumbos como un loco que regresa a su celda. Tuvo que venir el segurata a sacarme de allí, me había quedado dormido, abrazado a la taza del váter. El portero me obligó a enfilar el pasillo que llevaba a las escaleras que conducían a la calle, pero de fondo oí una canción, venía de la pista de baile: "Rock and Roll" de Led Zeppelin, mi canción favorita, me zafé del gorila y me escabullí de nuevo hacia el pasillo y desaparecí en la pista entre la poca gente que quedaba en pie, moviéndose más que bailando. Supongo que el segurata no me siguió o me perdió el rastro, nadie impidió que me pusiera a bailar como un loco, importándome un comino si me follaba o no a una polaca, bailoteando en medio de aquellos maniquíes, sin pensar que el día después debería enjuagar la garganta antes de coger cada llamada, "It's been a long time, been a long time", para que no se me notara la voz resacosa, "Carry me back, carry me back", acabé en el suelo pataleando y dando vueltas como una tortuga boca arriba, "Open your arms, open your arms", todo el mundo piensa que cuando vives en el extranjero vives como un rey, tenía los ojos cerrados, gritaba la canción como un poseso, tres minutos de furor, hasta que alguien tiró de mi brazo, el brazo del muñón. 

»"Oye, borracho, levanta, que vienen a por ti", me dijo la chica. Me habló en rumano, no la había visto nunca. Salimos de Carpe Diem antes de que el segurata me alcanzara. Ya fuera, me dijo: "También es mi canción favorita, ¿sabes?", me soltó el brazo del muñón y se fue. Acababa de conocer a Aurelia, a Michalina.

sábado, 20 de junio de 2015

Tercer encuentro con los Apocrifílicos (III)

Llegué a Café Szafé puntual —a las cinco en punto— esperando que Honoriusz estuviera allí fumando, pero el chaflán que ocupaba el bar estaba desierto. Café Szafé está en la misma calle que Massolit Books, por lo que supuse que quizá él o Stanisław y Michalina vivían por aquella zona. La puerta de entrada remeda un armario azul, el motivo del local: szafa significa armario en polaco, y en el interior uno se puede sentar dentro de varios armarios azules con las puertas abiertas. Sobre esta puerta-armario hay un ojo vigilante que recuerda al ojo masónico, que también todo lo ve, muy apropiado para una reunión apocrifílica. Esperé un minuto y entré a buscarlos.

La atmósfera del local es muy Massolit, es decir, muy Kazimierz, o sea, bohemia, romántica, hipster, alternativa, etc. Sin embargo, está algo enrarecida por aquellos armarios abiertos con sillas dentro, que parecen más bien confesionarios públicos, contrarios al sigilo sacramental. Una tímida metáfora de esta chismosa ciudad: cuidado con lo que cuentas, a quién y dónde se lo dices: en la pequeña Cracovia todo se sabe.

Tras pasar la barra, me encontré a los tres apocrifílicos encajonados en un sofá. A la izquierda, Honoriusz, con un polo negro y unos tejanos sucios, sin su uniforme azul, fumaba —ahora sí— tenazmente; en el centro estaba Stanisław serio y silencioso, hosco como su jersey marrón; a la derecha, Michalina, la única que sonreía, vestía una ceñida camiseta que le marcaba sus gráciles michelines y rezaba "Everyone loves a Polish girl".

—Esta vez llegas tú tarde —me dijo Michalina; Honoriusz se levantó y fue a la barra.

—Siéntate, Gienek, y deja de observarnos —me soltó Stanisław—. No somos tus conejillos de Indias literarios. Aquí, ya deberías saberlo, venimos a hablar de literatura apocrifílica. No somos los modelos de tus pajas mentales o textuales.

—Vaya, ¿has leído mi blog?

—¿Que si ha leído tu blog? —intervino irónica Michalina—. En realidad, sólo ha leído (y releído y releído) lo que le interesaba: los dos relatos sobre nosotros, los Apocrifílicos.

—¿Sobre nosotros? ¿Nosotros? Dirás sobre Honoriusz, y un poco sobre ti, Michalina. Yo, el líder de los Apocrifílicos, Stanisław, no soy más que "el del bigote", "el del mostacho", el... —leyó un papel que había sobre la mesa—, ah, sí, "el mostachudo", "el abigotado", "el bigotudo". Recuerda que soy rumano: el español, con un poco de traductor de Google, no es tan difícil. En fin: ¿le dedicas párrafos enteros a Honoriusz, que parece un santo más que un segurata, y yo me quedo en un bigotes cualquiera? Soy un puto personaje plano. Me podrías haber comparado con Lech Wałęsa, como mínimo, porque bigotudos rumanos imagino que no conoces a ninguno, Ceausescu no llevaba.

—Hombre, Stanisław, no te pongas así —me defendí—. En aquella entrada tú llevabas la batuta de la conversación. Yo simplemente escribí lo que había visto: a Honoriusz en el gimnazjum, cada día, y a vosotros sólo una tarde...

—Hombre, Gienek —dijo Honoriusz, mientras dejaba las compotas sobre la mesa—. Eso de que escribiste lo que viste...

Stanisław dio un golpe con ambas palmas sobre la mesa. Temblaron las cuatro compotas. Le miré las manos: temblé yo también.

—Sí, mírame bien las manos, escritorzuelo —bramó enfadado, y con motivo—. Es decir, mírame la mano. ¿A qué escritor de medio pelo se le podría pasar algo así?

La mano derecha señalaba el muñón izquierdo. Miré a Michalina y a Honoriusz para acabar de convencerme. Era un muñón: ausencia de mano izquierda, de la mano izquierda de Stanisław. Era una ausencia redondeada y carnosa, armónica.

—Joder, no sé cómo se me pudo pasar. Lo siento, no me fijé...

Mi orgullo de escritorzuelo estaba más herido que nunca. Pero ¿acaso no era mejor que estuviera herido por una crítica que por la pasividad y el desinterés habituales? ¿Acaso no era mejor romperse un dedo que perder toda la mano?

—Stanislau, amor, no te quejes tanto. Ya te había dicho que no montaras una escena. ¿Si la escondes todo el rato, cómo la van a ver?

—Sí, jefe —lo intentó pacificar Honoriusz—. Como mínimo, alguien quizá lea ese blog y se entere de nuestras investigaciones apocrifílicas.

—Bueno, acerca de eso... —intenté excusarme.

—No me interrumpáis, carajo —dio otro golpetazo sobre la mesa y me apuntó con el muñón—. ¿Qué me dices de que nos llamaras gitanos? ¿Es que te crees, Gienek, que todos los rumanos somos gitanos? Por mucho que te excuses con que es un sueño, a mí no me engañas. Y tampoco digas que era un pretexto para hablar de Cervantes o de tus estudios, que a nadie le interesan. Ah, y hablando de tus estudios, sí, no me interrumpas, Gienek. No nos ha gustado nada tu falta de seriedad. Si tenías que ir a España, podrías habérselo comunicado a Honoriusz. Por algo trabajáis juntos, ¿no? La Hermandad de los Apocrifílicos no es ningún juego. Espero que no te diéramos esa impresión, aunque vete tú a saber qué conclusiones sacaste. La literatura apocrifílica es nuestra pasión y con las pasiones no se juega. Nos tomamos muy en serio nuestro quehacer; mucho más que nuestros trabajos, y esperamos lo mismo de ti.

—Sí, a veces demasiado en serio —lo cortó Michalina—. No hay nada malo en disfrutar con el trabajo, ¿sabes? A mí me encanta el salón de belleza. Colgué uno de nuestros anuncios apocrifílicos y todo. A las otras chicas les encantó la idea, una conocía a Lem, fíjate tú, incluso quería venir, aunque no entendía muy bien lo de las falsas reseñas. Qué se puede esperar de una peluquera, y polaca, ¿sabes? En fin, Stanislau, amor, no seas pelma. Gienek acaba de entrar en nuestra Hermandad y con él somos sólo cinco miembros. Eso si contamos a Grzegorz, claro, que lleva varios meses fuera de Cracovia y ya veremos si vuelve, porque hace la tira que no da señales de vida....

—Claro que volverá —confirmó Stanisław—. Cuando esté preparado, volverá. Por ahora, nosotros cuatro nos bastamos. Bueno, empecemos de una vez la vigésimo quinta reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos. Procedo a la lectura del Manifiesto Apocrifílico:

»Queridos hermanos y hermana de la Hermandad Apocrifílica: 
»No me interrumpáis mientras invoco de nuevo a la Santísima Trinidad Apocrifílica: Borges-padre, Lem-espíritu santo y Bolaño-hijo, para que siga ayudándonos en nuestras pesquisas apocrifílicas. Bajo su amparo lograremos reunir todas las piezas de esa literatura marginal que tanto nos fascina. Con su impulso, nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña pasará a ser extensa y completa sin dejar de ser verdadera y falsa. Y entonces, cuando ya no debamos ser ayudados, amparados ni impulsados, llegará el día en el que podremos reunirnos de nuevo y disfrutar de su lectura: nuestros dedos recorrerán el índice para detenerse en alguna falsa reseña y, en pocas páginas, el reseñador esbozará un mundo imposible, mucho más grande y complejo y falso que cualquier mundo literario o real, que nos saciará intelectualmente como nuestras compotas nos colman físicamente. 
»Porque, recordemos, el Apocrifílico no es un ser incapacitado para el placer; todo lo contrario. El Apocrifílico ha catado ya las aguas de muchos ríos, por lo que ahora su paladar necesita otros jugos: no más selectos ni más finos sino más allá. Más marginales y más oblicuos, como las falsas reseñas. Con ellas el Apocrifílico se encuentra con la vida, pero no de una manera directa, como en la literatura ordinaria, sino indirectamente: a través de un falso libro que es reseñado. La literatura apocrifílica, no lo olvidemos, no es más que una perversión literaria, la sublimación literaria del placer literario, que a su vez es la sublimación literaria de la experiencia del mundo. 
»Brindemos con nuestras compotas y comencemos.

—¡Bravo! ¡Qué bien nos quedó el Manifiesto! —dijo Michalina, exaltada.

—¡Olé! ¡Amén!

—¡Honoriusz! —le replicó Stanisław—. No digas barbaridades.

—Lo siento, jefe. Como siempre, me he dejado llevar. Es la inercia: predica usted mejor que el cura de mi pueblo.

—Honoriusz tiene razón —dije, harto de guardar silencio—. Esto parece más bien un sermón que un manifiesto.

—Novato —dijo Stanisław—, no te metas con nuestro Manifiesto. Y recuerda que si te hemos perdonado tu ausencia es porque Stanisław nos dijo que habías ido a Barcelona a recaudar información sobre literatura apocrifílica.

—Bueno —contesté—, en realidad fui a hacer unos exámenes. Y aproveché para ver a mi familia y amigos...

—Claro que sí —me interrumpió Stanisław—. Ya hemos leído el blog. Luego si quieres nos cuentas más y nos enseñas el álbum de fotos. Ahora, al meollo.

—Pero también recabé alguna información —continué—. En primer lugar, acabé de leer Vacío perfecto de Lem. Y tengo la teoría de que el libro de Roberto Bolaño, La literatura nazi en América, está emparentado con aquel. Recordaréis que en Vacío perfecto hay una falsa reseña de Lem llamada "Alfred Zellermann: Gruppenfürer Louis XVI". La falsa novela (dos tomos de 670 páginas) del falso Zellermann relata las peripecias del Gruppenfürer Siegfried Taudlitz, un general del Tercer Reich que tras la guerra huye a Argentina junto a otros fugitivos nazis. En un lugar apartado de la civilización funda Parisia, una recreación de la Francia de Luis XVI, del que se cree una reencarnación.

—Sí, ya conocemos la obra de Lem-espíritu santo. Ve al grano, Gienek.

—Claro, claro. Sin embargo, ¿os habíais fijado en que el falso reseñador habla a menudo de la Francia del siglo XVII pero Luis XVI reinó a finales del XVIII? No es lo mismo XVI que XVII, XVIII o XIX: precisamente, si Luis XVI no llegó al siglo XIX fue precisamente porque la Revolución Francesa lo guillotinó. Por ejemplo, el reseñador ridiculiza los conocimientos franceses del Gruppenfürer, el general nazi que se cree Luis XVI: "En su cabeza se agolpan no tanto unos retazos de la historia de la Francia del siglo XVII, como la quincalla que la llenó cuando, niño todavía, leía con avidez las novelas de Dumas". O, en el falso prólogo que encabeza Vacío perfecto, el mismo Lem dice de su falsa reseña: "Un grupo de nazis escapan a Sudamérica, donde crean una sociedad idéntica a la de la Francia del siglo XVII". Hay otras referencias erróneas, por ejemplo al cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII. Por tanto, lo más probable es que el del texto no sea Luis XVI sino Luis XIII o quizá XIV, el Rey Sol. Será por Luises monarcas. Entonces, ¿se trata de un gazapo de Lem? ¿O es un error del falso reseñador? ¿O quizá estemos frente a una errata del falso novelista Alfred Zellermann, "conocido historiador de la literatura, casi sexagenario, doctor en antropología", según el reseñador?


—No creo que Lem se equivocara así —dijo rápidamente Honoriusz—. Lo más probable es, sin duda, que se trate de una broma más. Es decir, que la errata (decir Luis XVI en vez de Luis XIII o XIV) debe ser atribuida al falso novelista o al falso reseñador.

—Estoy de acuerdo —intervino Michalina—. Pero hay que recordar que el falso reseñador no existe, sino que es el mismo Lem. Así lo reconoce en el falso prólogo que ya ha citado Gienek: "El lector termina con la sensación de que los quince libros que comenta Stanisław Lem no sólo existen realmente, sino que él o ella los ha leído atentamente página por página". Por lo que el gazapo sólo puede ser de Lem o del falso novelista. Y yo me inclino por el falso novelista, el tal Alfred Zellermann.

—Vale, sólo hay falsas novelas y falsos autores, y no existe más reseñador que Lem —acepté—. Pero si es un error del falso novelista y Lem es consciente de él, ¿por qué no lo ridiculiza en su falsa reseña? ¿Lo olvidó? ¿Quería ponerse en ridículo, autoparodiarse?

—¿No son suficientes las referencias erróneas para darse cuenta de que es una broma? —continuó Michalina.

—Mucha fe tienes en los conocimientos históricos del lector. Yo tuve que buscar en la Wikipedia, y vosotros ni siquiera visteis el error...

—Haya paz, chicos —nos tranquilizó Stanisław—. Bueno, novato, buen trabajo. Veo que has hecho los deberes. Nos has descubierto un matiz de la obra de Lem que nos había pasado desapercibido. Honoriusz, toma nota en el acta de la reunión. Pero antes has mencionado una relación entre Lem y Bolaño: ¿qué vínculo hay entre este supuesto gazapo y La literatura nazi en América?

—En realidad ninguna —contesté—. Me he ido por las ramas, disculpa. Mi teoría es que el libro de Bolaño, una colección de falsas biografías y falsas reseñas de falsos escritores filonazis americanos, tiene su origen en esta falsa reseña de Lem.

—De hecho, se puede abstraer la teoría un poco más y decir que el nazismo, los totalitarismos y las distopías son un tema muy habitual de las falsas reseñas, ¿sabes?

—Es verdad, Michalina —dijo Stanisław—. En One Human Minute (1986), otro de los libros de Lem con falsas reseñas, hay una llamada "The Upside-Down Evolution". Allí resume un falso libro de historia militar del siglo XXI de lo más apocalíptico. No sólo predice que los robots o drones deshumanizarán aún más la guerra, sino que el desarme nuclear es imposible y la escalada militar una carrera hacia el suicidio colectivo.

—Aunque no acierta en la premisa principal de la falsa obra reseñada: que la Guerra Fría continúa en el siglo XXI. Se le escapó a Lem la posibilidad de la caída del Muro de Berlín, ¿sabes?, un pequeño detalle.

—Eso habría que discutirlo. ¿Acaso no seguimos en una Guerra Fría sin ideologías que la justifiquen?

—Yo aún diría más: ¿no es toda paz una guerra fría?

—O todavía mejor: ¿no es la guerra fría la única posible en el Occidente del siglo XXI?

—Bueno, dejadme que continúe con Lem-Bolaño —los interrumpí—. Como decía, Lem escribió "Alfred Zellermann: Gruppenfürer Louis XVI": una falsa reseña cuya novela tiene lugar en Parisia, una colonia nazi-absolutista en Argentina. Bolaño, por su parte, tiene en su libro la falsa biografía de Willy Schürholz, un poeta nazi chileno que nació en la Colonia Renacer. Esta colonia, como la de Lem, está aislada del mundo y poblada sólo por alemanes y su descendencia. La Colonia Renacer es, en suma, otra colonia nazi en Latinoamérica, otro islote distópico, como Parisia.

—Piensas, pues, que Bolaño escribió esta falsa biografía a partir de la falsa reseña de Lem, ¿no?

—Sí, pero no sólo eso —continué—. Lo más probable es que todo el libro, a partir de esta falsa biografía, sea deudor del libro de Lem.

—Interesante —dijo Honoriusz—. Y muy probable. De hecho, es habitual que las falsas reseñas estén conectadas entre sí: son textos con mucha consciencia de clase. El mismo Lem se refiere en One Human Minute a falsos libros reseñados en otros libros.

—Y en el falso prólogo de Vacío perfecto Lem se refiere a "Examen de la obra de Herbert Quain" explícitamente, ¿sabes?

—Y tiene otra falsa reseña, "Alistar Waynewright: Being Inc.", que es una clara referencia a otro texto de Borges. En la falsa novela de Waynewright, la gran empresa Being Inc. y otras similares, evoluciones de las primitivas agencias matrimoniales, les ofrecen a sus clientes la satisfacción de todo tipo de placeres no materiales: desde el placer de torturar al de matar, pegar, o castigar, pero también seducir o asustar a alguien. Con el paso del tiempo, todo en la vida está controlado por las computadoras de estas compañías y el azar y la autenticidad parecen haber quedado abolidos completamente. Algo similar sucede en el relato "La lotería en Babilonia" de Borges. Un babilonio cuenta la evolución de la lotería tradicional hasta la forma más perversa —y borgiana—: todos los babilonios participan en ella y cualquiera puede ganar o perder cualquier cosa, desde dinero hasta un accidente, un trabajo, un amor, etc. Como en las compañías de la falsa reseña de Lem, los sorteos de esta lotería acaban controlándolo casi todo y es imposible saber qué es fruto del azar y qué de la manipulación loteril.

—Pues es verdad, no había caído —contesté—. Por cierto, esta red de relaciones Bolaño-Lem-Borges me recuerda que en Barcelona descubrí a otro autor apocrifílico hispanohablante, español para ser concretos, barcelonés exactamente. No es muy conocido fuera de España; y dentro tampoco demasiado, la verdad. Se llama Luis Goytisolo y su libro apocrifílico, Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza (1985).

—Oh, muy interesante —dijo Honoriusz—. No conozco al tal Goytisolo, pero sí a ese Mendoza. También es un escritor español, ¿no? El de Sin noticias de Gurb y La verdad sobre el caso Savolta.

—¡Aún más interesante! —dijo Michalina—. Escribir falsas reseñas de un autor verdadero. A veces los españoles pueden tener buenas ideas también.

—No, no —los corté—. Os estáis confundiendo. Os estáis refiriendo a Eduardo Mendoza, escritor español real. Este es Claudio Mendoza, un personaje ficticio, creado por Luis Goytisolo.

—Pues vaya.

—Pero sigue siendo interesante —seguí—. Claudio Mendoza escribe el prólogo ("Tres hallazgos") y el epílogo ("Un Jehová del siglo XX") del libro de Goytisolo. Es un investigador de textos religiosos del mundo romano que dice que conoce a Goytisolo, y por eso un tal profesor Rico Manrique le ha pedido que escriba un breve ensayo sobre Luis Goytisolo. Francisco Rico (Manrique) es uno de los más importantes filólogos de España, y casualmente ha aparecido como personaje en novelas como El vientre de la ballenaLos enamoramientosNegra espalda del tiempo, etc. Llegó a escribir un artículo al respecto: "Ficticio novelista verdadero".

—Bueno, no está mal —me cortó Honoriusz—. Un falso académico que comenta a instancias de un académico real. ¿Y qué comenta?

—Bueno, no mucho. Habla de su relación con Luis Goytisolo, menos estrecha de lo que parecía. Y también de los textos que componen el libro. Sobre todo justifica su autenticidad, a pesar de que son evidentemente tan falsos como él mismo.

—Son falsas reseñas, ¿no?

—Ese es el problema —dije—. No exactamente, no todos los textos lo son. "El encuentro Marx-Lenin" son las cartas que se intercambian Léon Trotski y Luise Kautsky, testimonios del falso encuentro entre Marx, Engels, Trotski y Lenin en Londres. Marx y Lenin, por supuesto, se llevan como el perro y el gato.

»El segundo texto, "Diario de un gentleman", es un falso diario escrito por un tal Pachá, conocido de Luis Goytisolo y Claudio Mendoza; por tanto, probablemente otro personaje ficticio. En el fragmento del diario que podemos leer, Pachá conoce a una inglesa en una playa de Sitges y sale a cenar con ella. Tras unas copas y unos cuantos toqueteos, van a casa de la chica. Y cuando parece que el tal Pachá ha tenido suerte, se encuentran con el padre, que estaba despierto y esperándolos. Hablan un rato y, antes de que Pachá se vaya, decepcionado y con los huevos azules, el padre le dice que es un gentleman.

—¡Eh! ¡Menudo spoiler! Eso no se hace, ¿sabes? Deberíamos incluir esta norma en nuestro Manifiesto...

—Tienes razón, Aurelia. Anótalo en el acta, Honoriusz.

—Bueno, no es para tanto —me excusé—. La historia es bastante mala, sin duda lo peor del libro. El tercer texto, en cambio, os gustará mucho mas. "Joyce al fin superado" es una falsa reseña, pero no de un libro cualquiera, sino de Gigamesh, la falsa novela de Patrick Hannahan reseñada por Lem en Vacío perfecto.

—¡Vaya! No está mal. Una falsa reseña de Luis Goytisolo de un falso libro de Lem. Falsedad al cuadrado.

—Sí. Pero no de uno cualquiera, ¿sabes? La reseña de Gigamesh es una parodia de las novelas más experimentales y ambiciosas, es decir casi ilegibles, especialmente Ulises Finnegan's Wake. El falso autor, Hannahan, quería escribir una novela total mejor y mayor que las de Joyce. Y lo consiguió, ¿sabes?: la novela, de 395 páginas, constaba con una introducción de 847. En ella, se lleva a cabo la exégesis de la misma novela, ahorrándoles el trabajo a los críticos. Lem define el libro de Hannahan como "una patología de la cultura, y no un producto del sano desarrollo de la misma".

—Exacto —continué—. Pues Luis Goytisolo empieza así su falsa reseña: "Confío en que nadie vaya a interpretar el presente texto como un ataque a Stanisław Lem, un escritor que merece todos mis respetos y al que, en definitiva, debo el descubrimiento de la obra de Hannahan". Después del elogio llega el gran pero: Luis Goytisolo considera insuficiente el comentario hecho por Hannahan a su propia obra, así como el de Lem. Entonces procede a analizar todas las omisiones, inventando de paso a otros falsos exégetas, como H. G. Wilson y su antihannahania obra Defensa de Joyce contra sus discípulos.

—¡Hereje! —gritó Honoriusz, levantándose—. Cómo se atreve este Goytisolo a mancillar la obra de Lem. Jefe, esto hay que censurarlo.

—Cálmate, Honoriusz —lo apaciguó Stanisław—. Lem atacó a Joyce en su falsa reseña, ¿por qué no habría de ser él mismo atacado?

—Es verdad —dije—. El ataque de Goytisolo también va dirigido al autor irlandés. Al final, ambos vienen a decir lo mismo: es mejor leer la falsa reseña de una obra imposible que la obra imposible en sí misma.

—Eso es —dijo Michalina—. Parece que el texto de Goytisolo no va contra Lem, sino a su favor. Según sus falsas reseñas, no creo que Lem fuera un gran fan de Joyce. Tampoco lo era Borges, ¿sabes? ¿Para qué escribir un tocho ilegible si puedes hacer su falsa reseña, breve y legible además de sarcástica?

—¡Precisamente! —dije, contento—. Es el texto más apocrifílico del libro, aunque todo él tiene un tono más o menos similar. La única excepción es el quinto texto, "Acotaciones". Es un comentario de Luis Goytisolo a las memorias de su hermano Juan Goytisolo, Coto vedado.

—¿Luis Goytisolo tiene un hermano? ¿Estás seguro de que no es un falso escritor? Quizá Claudio Mendoza no sea el personaje, sino el creador de Luis y Juan Goytisolo...

—Y Coto vetado es una falsa novela, o unas falsas memorias, del mismo Claudio Mendoza, ¿no?

—No, no —aclaré—. Luis tiene dos hermanos, Juan y José Agustín, todos escritores, el último ya muerto. Y Coto vetado es un libro de memorias real de Juan Goytisolo, que ganó el Premio Cervantes hace nada, por cierto. Luis Goytisolo comenta algunas desavenencias como "lector privilegiado" de las memorias de su hermano Juan. Dice: "En la medida en que Coto vedado no es una obra de ficción sino un texto autobiográfico y en la medida en que la casa de Juan es en definitiva mi casa, su familia mi familia y su infancia se corresponde parcialmente con la mía, me ha parecido necesario exponer aquí las principales discrepancias interpretativas respecto a determinados hechos". Sí, no me miréis con esas caras: a mí también me parece que no tiene sentido poner este texto verdadero entre textos apócrifos.


—No, no tiene mucho sentido aquí esta rencilla familiar —secundó Michalina—. Y eso que a mí también me gusta el cotilleo. En un salón de belleza una no puede evitarlo...

—Bueno, Gienek, debo felicitarte por tu trabajo —dijo Stanisław sonriendo y blandiendo pacíficamente el muñón—. Queda perdonada tu anterior ausencia. Y la bigotización literaria a la que me sometiste, también.

—¡Viva! —gritó Michalina.

—¡Amén, jefe! Después de esto, nos merecemos una segunda compota, ¿verdad? —propuso Honoriusz mientras ya se levantaba.

Decidí no decirles nada y posponer hasta la siguiente reunión mi odio secreto hacia la compota. No iba a ser un aguafiestas: en la pequeña Cracovia no es tan fácil hacer amigos.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Segundo encuentro con los Apocrifílicos (II)

No pude asistir a la vigésimo cuarta reunión de la Hermandad de los Apocrífilicos, mi segundo encuentro con ellos, porque tuve que ir a Barcelona. No fue un viaje por placer —aunque también lo hubo— sino para hacer los exámenes del máster de literatura española que empecé el año pasado. De todos modos, no había vuelto a cruzar palabra con Honoriusz en el gimnazjum, así que fui olvidándome de Honoriusz-Elmyr, de Michalina-Aurelia y de Stanisław-Stanislau. La hermética sordomudez de Honoriusz no dejaba lugar a dudas: aquel primer encuentro había sido un sueño, uno especialmente surrealista, sí, pero sueño aun así. ¿Por qué habrían de reunirse dos rumanos y un húngaro en un bar de Cracovia para hablar de literatura —apocrifílica, apócrifa o simple literatura, qué más da— y para brindar con compota? Como, con los años, mi escepticismo ha llegado a ser una fe incuestionable precisamente por no cuestionarlo, no le di más vueltas al asunto. ¿Qué supone un solo sábado surrealista frente a un mar de sábados realistas?

Así, aproveché los siguientes tres sábados realistas para centrarme en mi educación. Como es sabido, la UNED ofrece una educación a distancia variable: durante varios meses, tuve que educarme yo solo en Cracovia, a unos 2.000 km, para luego ser evaluado a distancia corta, casi cuerpo a cuerpo, aunque también solo. Durante aquel último mes, pues, me sumergí en mis estudios y repasé las diferentes etapas y movimientos de la literatura española, la métrica, la historia del arte escénico, la teoría de la literatura y la narrativa contemporánea, entre otras materias que no sé si tildar de realistas o surrealistas. Pero el cuarto sábado, el día de mi supuesto segundo encuentro con los Apocrifílicos, cuando me dirigía soñoliento en tranvía a la estación de tren de Cracovia para tomar un tren a Varsovia para tomar un autobús al aeropuerto Varsovia-Modlin para tomar un avión hacia Barcelona para hacer mis exámenes, el supuesto sábado surrealista, me acordé inevitablemente de la Hermandad. ¿Habrían colgado Michalina y Stanisław los anuncios que escribimos para encontrar nuevos miembros, autores y textos apocrifílicos? Ni siquiera había comprobado si alguien nos había escrito a apocrifilicos@gmail.com, aunque lo dudaba bastante. Además, tampoco se me había ocurrido decirle a Honoriusz que no podría asistir a la reunión. De nuevo, mi escepticismo inquebrantable no me permitió darle muchas vueltas, así que durante el viaje alterné el sueño con el estudio y con la lectura de "La gitanilla" de Miguel de Cervantes.

La gitanilla se llama Preciosa, una bailarina gitana más honesta y más preciosa que cualquier gitana e incluso cualquier paya, pero al final resulta que no es gitana sino hija de nobles. Final doblemente feliz, porque se casa con un noble que se había enamorado de ella siendo aún gitana y se había comprometido a vivir como un gitano más. Aunque no supe decir si la visión que Cervantes tiene de los gitanos (el otro) es revolucionaria o tradicional, sí está claro que aprovecha la historia para hablar de su tema favorito: el engaño y la simulación. En el avión, soñé que Aurelia-Michalina era Preciosa y que se hacía pasar por polaca para casarse con otro falso polaco, Stanislau-Stanisław; se acababa descubriendo que ambos eran gitanos pero contraían nupcias igualmente, sustituyendo su identidad gitana por la polaca. Desperté con el sudor frío de lo políticamente incorrecto: Michalina-Aurelia y Stanisław-Stanislau eran rumanos, pero no gitanos.

Ya en Barcelona, traté de concentrarme en mis exámenes. El lunes tenía mi primera prueba: teoría de la literatura. Llegué al edificio de la UNED algo antes de las nueve para poder recoger mi carné de estudiante. Había una larga hilera serpentina de gente ansiosa por entrar: la mandíbula junto a las escaleras hacia el aula del examen, el cuerpo escamoso delante de la recepción del edificio y la cola saliendo por la puerta principal a la calle. Más de cien personas nerviosas repasando a última hora, tomando un último café, conociendo sin interés al vecino, solucionando sus problemas domésticos o laborales por teléfono. Cuando conseguí mi carné, pude prestarle atención a aquel ofidio humano. A diferencia de en la mayoría de las universidades, allí la edad media rondaría los treinta y tantos. Había padres y madres de familia, solteros y solterones, ociosos y parados, embarazadas y menopáusicas, abuelos y jubilados, extranjeros y expatriados, empresarios y emprendedores, empleados y empleadores, minusválidos físicos y mentales. Y entre ellos había alguna (aparente) anomalía: unos pocos veinteañeros sin atributos, de marca blanca, inclasificables, es decir, unos universitarios normales. Pero estaban tan confundidos por estar entre aquella gente que ni siquiera llamaban la atención. A pesar de ellos, éramos todos una panda de anormales: físicos, mentales o sociales, poco importa. Y, sin embargo, no había nada más normal ni más precioso que aquellas cien personas; éramos la muestra perfecta de la sociedad, la colección de nuestras bellas taras. La UNED es la universidad de los tarados, el coche escoba de las universidades. La verdadera universidad cristiana.

Y la universidad ideal para los Apocrifílicos, añadí mentalmente mientras subía las escaleras.

* * *

Al regresar a Cracovia, intenté contactar con ellos. Por desgracia, no se me había ocurrido intercambiar el número de móvil con ninguno. Consulté nuestra cuenta de correo electrónico, pero no habían escrito nada: ni los Apocrifílicos ni nadie dispuesto a ser miembro de nuestra Hermandad, ni siquiera a colaborar en nuestra búsqueda —nuestra: ya la había hecho mía— de la literatura apocrifílica. El sábado siguiente, pese a no ser el primero del mes, me acerqué a Massolit Books y al bar mleczny en el que había tenido lugar nuestra reunión, pero no encontré a nadie. Visité otras cafeterías cercanas, incluso pasé por los lugares donde se suponía que debían haber colgado nuestros anuncios, pero nada. Aquel no era más que otro sábado realista. Los Apocrifílicos habían desaparecido como lo había hecho mi ejemplar de Vacío perfecto.

La única oportunidad era intentar hablar de nuevo con Honoriusz, mi único vínculo con los Apocrifílicos y el que logró hallar mi libro de Stanisław Lem. Sin embargo, se trataba de un vínculo roto, sordomudo. Durante varios días, llegué un poco antes al instituto para estar a solas con él, pero no reaccionaba más que saludándome: las manos recogidas tras la espalda, las piernas juntas y el torso erguido sin rigidez, como se cuadraría un botones algo bobo, sonriendo durante el instante en el que inclinaba la cabeza. Si lo probaba por la mañana, obtenía una reverencia; durante el resto del día, una sonrisa y el mutismo más impenetrable. Le hablé, le mostré el libro de Lem, el libro apocrifílico que estaba leyendo —Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza de Luis Goytisolo— y el anuncio que habíamos diseñado, pero nada surtía efecto. Al cabo de unos días ya había tirado la toalla. Mi escepticismo inamovible, otra vez, se salía con la suya: de lo que no se puede hablar es mejor callar; o sea, mejor no darle vueltas. Y pasé (otra) página.

Mientras tanto, en el gimnazjum tuvimos la semana de exámenes finales. Los alumnos del tercer (y último) curso escribieron entonces los exámenes que condicionarían su acceso al liceum (bachillerato), es decir, los siguientes tres años de su enseñanza secundaria. La directora del centro ya me había avisado:

—Novato, este año no te libras: el martes formarás parte de un tribunal de examinación y el miércoles te tocará vigilar el pasillo.

No exagero si digo que hacer exámenes es un gran acontecimiento en Polonia. En una de mis asignaturas como erasmus experimenté por primera vez esta fiesta de los exámenes. En "Religión en Gombrowicz y Miłosz" éramos diez estudiantes, cinco extranjeros y cinco polacos. La premisa del curso era de lo más conceptista: Gombrowicz, ateo declarado, sufría como un cristiano, mientras que Miłosz, abiertamente cristiano, se dolía como un ateo. O quizá era al revés, qué se yo. Ahí empecé a (no) comprender la complejidad de la relación de los polacos con la religión. Además de un par de trabajos, el curso tenía un examen final oral. Cuando llegué a la universidad el día del examen, los cinco polacos ya estaban allí, todos de traje y corbata. Les pregunté si se había muerto alguien; otro erasmus dijo que nadie lo había invitado a la comunión. No les hicieron mucha gracia nuestras bromas y nos contestaron que era de mala educación llevar ropa ordinaria en un examen.

—Los profesores de la vieja escuela no te examinan sin corbata —advirtió uno.

Por suerte, el nuestro estaba al corriente de las diferencias culturales y no nos exigió etiqueta para la prueba oral. En cambio, la directora de mi instituto fue taxativa: me gustara o no, debía ir elegante. Sin embargo, lo peor de la fiesta de los exámenes no es la oficialidad en el vestir, sino en el obrar. Mi tribunal estaba compuesto por tres profesores: dos polacos y yo. La responsable del tribunal nos ordenó que distribuyéramos a los quince estudiantes por la clase según el protocolo, les leyó en voz alta las indicaciones del examen-ritual, les deseó suerte formulariamente y los chavales, bien emperifollados, empezaron a escribir. Durante una hora y media, los miembros del tribunal estuvimos sentados en sendas sillas sin hablar, sin leer y, ¡ay!, sin móvil. Nuestra única ocupación oficial era evitar que copiaran; oficiosamente, debíamos luchar contra el sueño y nuestros demonios internos. No era fácil. De hecho, es muy probable que en algún momento me adormilara, igual que mis dos compañeros. Tras una hora de descanso —por fin hablar, andar, cagar, pasear, chatear—, empezó la segunda ronda de exámenes y de nuevo noventa minutos de lucha contra el silencio y la soledad. Fue una de las experiencias más desgarradoramente aburridas de mi vida; la fiesta de los exámenes resultaba ser más tediosa que una reunión de profesores polaca, sólo comparable a las maratonianas sesiones de dentista de mi adolescencia. Al acabar la segunda prueba, los tres profesores nos estrechamos las manos, nos dimos unas desganadas gracias y nos fuimos.

El miércoles, afortunadamente, sólo tuve que estar en el pasillo. Estuve solo durante tres horas, pero esta vez podía andar y usar de extranjis el móvil. Debía controlar que los estudiantes que salieran de las aulas se dirigieran en silencio a las salas de espera. Era el amo del pasillo del primer piso. Pasear por aquel corredor, habitualmente lleno de estudiantes, daba vértigo, como montar en bici por una autopista desierta, como cruzar el Mar Rojo recién abierto por Moisés. Pronto me senté y me puse a leer el periódico en el teléfono.

—Oye, tú, ¿no sabes que hoy los profesores no podéis usar el móvil? Menudo ejemplo les vas a dar a los chavales que salgan de la clase...

Era Honoriusz: ¡qué felicidad volver a escuchar su macarrónico inglés húngaro!

—No te emociones tanto. Vengo sólo como mensajero: la directora quiere verte. Te está esperando en su despacho, y no parece estar de buen humor. Ay, ¿qué habrás hecho? ¿Le has puesto mala nota al hijo de un pez gordo? ¿Les has enseñado palabrotas? ¿Te has metido con su Dios intocable? ¿Te quedaste dormido en los exámenes de ayer? —dijo, con retintín, y se alejó escaleras abajo dejándome con la palabra en la boca.

Por fin, Honoriusz había vuelto a hablar, aunque sólo fuera para darme una mala noticia. ¿Qué querría la directora? ¿Qué habría hecho yo? En un acto reflejo, me miré en el espejo para comprobar que mi ropaje fuera lo bastante elegante. Evidentemente, no lo era; pero no dejaba de ser extraño que la directora u otra persona se hubiera fijado en mí: en el instituto yo no era más que un fantasma, una sombra o un mueble. Mi escepticismo inalterable, junto al aburrimiento, hizo que no le diera más vueltas al asunto, así que bajé a la secretaría casi despreocupado.

—Dígame, qué quiere —me dijo la directora cuando entré en su despacho.

—Yo, nada... Usted me ha mandado llamar —contesté—. ¿Quería usted algo?

—¿Pero qué dice? Yo no he mandado llamar a nadie. ¿Quién le ha dicho eso?

—Oh, bueno, no sé, nadie. Creo que lo habré entendido mal.

—Mi queridísimo profesor de español, el protocolo indica dónde debe estar situado cada docente en este mismo instante: en las aulas de examinación, en las salas de espera o en los pasillos. Sólo la directora del centro puede estar en su despacho. Excepto usted, todos están en su sitio. Si no quiere nada, regrese a su posición, haga el favor. Con el protocolo no se juega.

Balbucí una disculpa, salí y subí las escaleras. Antes de que comenzara a buscarlo, Honoriusz me había encontrado:

—Estás muy mono cuando te exaltas —me dijo, desde donde antes me había hablado—. Se te queda la boca abierta como un besugo y, aunque intentas mantener la compostura, estás más tieso que una escoba. Relájate, que sólo era una broma. Bueno, también quería comprobar si me delatarías o no. Como no te presentaste a la última reunión, no sabíamos si eras de fiar. Stanisław se puso hecho un basilisco. Empezó a hablar de expulsarte, de las purgas, del Gulag... Yo le dije que se te habría olvidado o que simplemente pasabas del tema. Pero él prefirió desconfiar; por eso no colgamos ni un solo anuncio. Y eso que saqué más de cien copias, aquí, en la escuela, arriesgando mi coartada. En fin, no tenemos mucho tiempo, así que dime: ¿sigues con los Apocrifílicos o qué?

—¡Claro!

—Bien, entonces nos vemos este sábado a las 17:00 en Café Szafé; el jefe no quiere saber nada ni de Massolit ni de aquel bar mleczny mugriento, ya debiste de ver cómo es. Pero recuerda que sólo nos encontramos el primero de cada mes. No hace falta que vayas a buscarnos otros sábados: no nos encontrarás. Ah, y espero que nos hayas traído alguna noticia apocrifílica de España. Si no, para qué fuiste...

Se puso la máscara, sonrió, se dio la vuelta y se fue paseando.

sábado, 21 de febrero de 2015

Primer encuentro con los Apocrifílicos

La historia de cómo conocí a los Apocrifílicos sólo podía empezar, claro está, con un libro. De hecho, la historia comienza durante la lectura de esa extraña obra de Stanisław Lem: Vacío perfecto. Tampoco podía ser otro autor ni otro libro, obviamente. Yo aún diría más: el primer contacto con los Apocrifílicos lo tuve a causa de la interrupción de la lectura de Vacío perfecto. Efectivamente, sí, sólo podía ser así.

* * *

En uno de los breves descansos entre clase y clase del gimnazjum (instituto), deseoso de aislarme de los alumnos —de los profesores no era necesario: para ellos era menos que un fantasma, una sombra o un mueble— en la lectura de Vacío perfecto, percibí la desaparición del libro. Hurgué en mi mochila y mi taquilla, interrogué a los otros profesores. Regresé a las aulas donde había dado clase aquella mañana. Pregunté en conserjería y en secretaría, también a varios de mis alumnos que fui encontrando por el pasillo. Nadie había encontrado una novela de un escritor polaco traducida al español —"bueno, no es exactamente una novela, aunque tampoco importa mucho", precisé—. Salí a la calle y llegué hasta la esquina más cercana; evidentemente, no estaba allí. Nunca me he considerado una persona despistada —mis allegados a veces confunden la indiferencia con el descuido—, y menos aún con un libro, así que me resistía a aceptar que lo más probable era que me lo hubiera dejado en el tranvía aquella mañana, viniendo al gimnazjum. Empezar a trabajar un lunes a las 7:30 sólo puede dar dolores de cabeza.

Antes de tirar la toalla y de dirigirme a la siguiente clase, intenté preguntarle al guarda de seguridad si sabía algo de mi libro. De entre la fauna que integra el extraño mundo de los vigilantes, aquel era sin duda un espécimen inclasificable, hasta tal punto que costaba llamarlo guarda, vigilante o segurata. No porque fuera bajo y enteco —su uniforme azul le quedaba holgado como un pijama—, sino sobre todo por su carácter jovial. Cada vez que algún profesor llegaba al instituto, el guarda, de pie en la decrépita escalinata comunistoide de la entrada, se apartaba hacia un lado y hacía una leve reverencia con la cabeza, sonriendo mansamente. Incluso a mí, ignorado por todos, me saludaba: las manos recogidas tras la espalda, las piernas juntas y el torso erguido sin rigidez, como se cuadraría un botones algo bobo, sonriendo durante el instante en el que inclinaba la cabeza. Procedía siempre de forma mecánica pero natural, más como un perro fiel —aguardando después su premio o recompensa tras la pirueta— que como un humano. La comparación con un perro podría parecer denigrante, pero no era del todo gratuita: un día, le había oído decir a un estudiante que el vigilante era retrasado mental. Reprendí un poco al chaval, pero se excusó diciendo que no era ningún insulto: era la pura realidad y todos lo sabían, aquel hombre era un botarate, un mentecato, un tontaina. En verdad su comportamiento coincidía con el de una persona con las capacidades intelectuales mermadas. Entonces me percaté de que nunca le había escuchado hablar con nadie ni pronunciar ninguna palabra; ni siquiera respondía los dzień dobry que le decía yo cada mañana, sonreía, se inclinaba y nada más. En muy contadas ocasiones, le había oído proferir unos gritos pseudoanimales para regañar a los niños o comunicarse con la señora de la limpieza.

Pero yo quería recuperar mi libro y tenía que probar suerte con él, por muy retrasado que fuera. Lo saludé y le pregunté, en mi polaco macarrónico, si por casualidad había encontrado un libro en español, añadiendo que lo había perdido aquella mañana. Sonrió sin decirme nada. Le volví a preguntar lo mismo y de nuevo me sonrió, haciendo una reverencia. Probé en inglés y repitió la réplica. Lo intenté varias veces más con idéntico resultado: sonrisa e inclinación, hasta que la conserje me cortó:

—No hace falta que sigas. Ya te ha entendido. No es tonto, es casi sordomudo. O sea, totalmente mudo y bastante sordo. Pero si te ha sonreído es que ya ha comprendido lo que le has pedido. Y si alguien puede encontrar tu condenado libro, ese es Honoriusz.

Honoriusz el guarda me sonrió por última vez y se alejó, siguiendo con su ronda por el instituto. Aquella era la primera ocasión, en los dos cursos que yo llevaba trabajando allí, que oía su nombre. Le quedaba como un guante. También acababa de descubrir que era casi sordomudo.

* * *

Durante el resto de clases de aquel día, no pude pensar en otra cosa que en Honoriusz. ¿Cómo podía yo preocuparme por mi libro perdido, y todavía peor, cómo se me ocurría quejarme de mis estudiantes, sabiendo que a pocos metros estaba aquel pobre hombre, que al final no era retrasado sino mudo y casi sordo? Su trabajo era, además, mucho peor que el mío: yo sólo tenía que aguantar a los adolescentes insolentes durante unas pocas horas, mientras que él permanecía allí de perro guardián más de diez horas diarias. Y lo peor de todo era que aquel instituto no tenía patio ni ningún otro espacio donde los alumnos pudieran salir a recrearse y desahogarse. Cada 45 minutos, la alarma le avisaba a Honoriusz de que la oleada adolescente inundaría los pasillos del instituto por 5, 10 o 20 minutos, ahogándolo durante 5, 10 o 20 minutos. Durante más de diez horas al día, Honoriusz sufría los embates de aquellas criaturas maléficas, niños ahombrados y deformes, humanos inconclusos, cuyos magnificados defectos arrollaban sus débiles virtudes. Las alarmas, que a los profesores nos daban un islote de tranquilidad, señalaban para Honoriusz el fin de la calma: la apertura de la presa adolescente. Por otro lado, si yo podía amenazar a los estudiantes con el suspenso y contener su ímpetu juvenil, él no tenía casi ninguna arma para hacer frente a su insolencia. No les podía hablar (era mudo) ni mucho menos pegar (la ley enmudecía sus manos). Muy de vez en cuando —ya lo he dicho— gritaba, pero le salía un aullido perruno muy lastimoso. Además, le debía de costar mucho lograr explicarle a la directora o a otro profesor lo que había hecho un gamberro.

Mientras paseaba por el corredor, llegué a la conclusión de que era precisamente la casi sordomudez de Honoriusz lo que le permitía aguantar aquel trabajo sin consecuencias serias para su salud. Y empecé a darme cuenta de que lo realizaba la mar de bien: los adolescentes lo respetaban bastante y no se portaban muy mal en su presencia. Apenas se reían de él, supuse que porque sus insultos no eran oídos o comprendidos. Del mismo modo, sus travesuras no surtían efecto alguno: pegarle un papel en la espalda, robarle la gorra, tirar una bomba fétida en el pasillo, etc., ninguna perrería alteraba el carácter risueño del guarda Honoriusz. La casi sordomudez aislaba a Honoriusz del oleaje adolescente. Pero aquello no explicaba del todo la disposición calma y grata del guarda. La alusión a la mansedumbre canina es, de nuevo, inevitable. Como los perros, Honoriusz lograba el equilibrio perfecto entre el contento y la tranquilidad sin caer en la burda sumisión. Si se prefiere, también se podría pensar en una versión desenfadada y espontánea del estoicismo, comparación quizás algo más digna que la perruna.

Aquellas reflexiones sobre Honoriusz esclarecieron una anécdota que había olvidado, protagonizada por él antes de que yo le prestara atención alguna. Un par de meses atrás, Honoriusz había pasado una semana de baja y había sido reemplazado por un segurata de la peor calaña. Su autoritarismo, de lo más habitual en un vigilante de seguridad, no le permitía llevarse bien con los estudiantes, demasiado acostumbrados a Honoriusz. Por una semana, las relaciones fueron algo más tensas, normalmente tensas. El lunes siguiente a las 7:30, lo encontré en las escaleras como si nada: se cuadró, me sonrió, se inclinó. Me pareció que el uniforme azul le quedaba un poco más ancho de lo habitual; probablemente, no se trataba sino del contraste con el anterior guarda, mucho más fornido. Le dije dzień dobry contagiado por su naturalidad y me dirigí hacia la sala de profesores. Ninguno había notado su ausencia y tampoco su regreso, como nadie reparaba en mi paso. No recuerdo qué me tocó enseñar en aquella primera clase del día; quizá hice un dictado, una audición o una lectura, o estrenamos un nuevo tema de gramática, quién sabe. A las 8:15, durante el primer descanso, me tocaba hacer guardia en los pasillos del segundo piso. Como siempre, los alumnos se sentaban en los bancos o en el suelo, otros se quedaban de pie junto a la pared, algunos comían o charlaban, casi ninguno paseaba: a aquellas horas aún estaban muy dormidos. De repente, a la vuelta de la esquina se empezaron a oír gritos, primero, luego algún silbido acompañado de aplausos, de una intensidad anacrónica. Los niños se arremolinaron al final del corredor, así que me acerqué pensando que habría una pelea o algo por el estilo. Al llegar a la esquina, apareció Honoriusz paseando lentamente, como si nada; no había riñas ni discusiones. El guarda acababa de subir las escaleras y unos cuantos chavales lo seguían excitados, celebrando su regreso al gimnazjum entre burlas y alegría sincera. Cuando enfiló el pasillo, los aplausos se propagaron hacia el otro lado. Muchos se levantaban mientras aplaudían sonrientes. El otro profesor que hacía guardia conmigo, el cura que daba religión, sonrió y se puso a aplaudir. Honoriusz caminaba sin prisa, como si nada, rodeado de críos cual flautista de Hamelín. Sonrió un par de veces, inclinando la cabeza, y continuó la ronda sin detenerse.

* * *

Salí de la la última clase de mi jornada laboral, cerré la puerta y mi vista se zambulló en el pasillo. Recordé cómo Honoriusz llegaba al final de aquel corredor-río mecido por 200 niños vitoreándolo, giraba la esquina sobriamente, y los gritos y los aplausos se deslizaban hacia los pisos inferiores.

Unos tímidos tirones en la manga de la camisa me sacaron del ensimismamiento. Era Honoriusz. Me enseñó mi ejemplar de Vacío perfecto, que había sacado de su cartera, y sonrió. Fui a cogerlo pero se lo guardó de nuevo. Señaló el aula, volvió a mostrarme el libro y otra vez apuntó a la puerta cerrada. Entré casi arrollado por Honoriusz y cerró tras él. Me miró como si fuera otro: ni guarda, ni perro, ni botones, ni retrasado, ni casi sordomudo, ni siquiera sonriente. Cogió una tiza y escribió en la pizarra:
1. Vacío perfecto de...
Me dio la tiza. No entendía muy bien aquel juego, pero lo completé:
1. Vacío perfecto de Stanisław Lem
Honoriusz me cogió la tiza y escribió debajo:
2. "Examen de la obra de Herbert Quain" de...
De nuevo, me entregó la tiza y añadí:
2. "Examen de la obra de Herbert Quain" de Jorge Luis Borges
Entonces, escribió:
3. La literatura nazi en América de...
Agregué:
3. La literatura nazi en América de Roberto Bolaño
Escribió un número cuatro y me dio la tiza. Miró el reloj y se sentó esperando a que concluyera la serie. Finalmente, continué la secuencia:
4. "El acercamiento a Almotásim" de Borges
Honoriusz sonrió satisfecho. Me cogió la tiza y borró la pizarra. Al girarse, su sonrisa perruna se había desvanecido. Entonces habló:

—Muy bien, te felicito —me dijo Honoriusz en un inglés tan macarrónico como mi polaco, aunque bastante más solvente—. Conoces algún texto y escritor apocrifílicos. Si quieres descubrir más, y de paso conocer la Hermandad de los Apocrifílicos, nos vemos este sábado a las 17:00 en Massolit Books. Si no apareces, asumiré que no te interesa, y no explicarás qué ha sucedido aquí: lo olvidarás dócilmente. Por supuesto, no puedes decirle a nadie que puedo hablar. Tampoco les digas que sé inglés, ni que no estoy casi sordo. Sigue como hasta ahora: no le digas nada a nadie. Adiós.

Dejó mi libro sobre la mesa y salió. No tuve tiempo de darle las gracias ni preguntarle cómo lo había encontrado. Sonó la alarma y empezaron a entrar niños en el aula. Le di las llaves de la clase a la profesora y me fui a coger el tranvía, donde reanudé la lectura de mi reaparecido Vacío perfecto.

* * *

Para el sábado, ya había terminado el libro de Lem. Vacío perfecto (1971) no es una novela, sino algo un poco más complejo —o más rebuscado—: una antología de falsas reseñas. En total, dieciséis textos más o menos uniformes que resumen y comentan cada uno una obra literaria o científica falsa, inexistente, apócrifa, es decir, inventada por el mismo Lem, que también crea al autor de la falsa obra. Por ejemplo, una de ellas se titula "Simon Merrill: Sexplosión". Simon Merrill es el falso autor de Sexplosión, la falsa novela. Se trata de una novela de ciencia-ficción postapocalíptica: en el futuro, el sexo se ha convertido en una religión, y todo gira alrededor del sexo, de forma autónoma y despersonalizada; es decir, una versión hiperbólica del presente, como toda obra de ciencia-ficción. Pero una catástrofe —clara metáfora del pánico a la bomba nuclear y vaticinio del accidente de Chernóbil— cambia totalmente el panorama mundial: un arma secreta en formato gaseoso, el NOSEX, explota y se esparce por el mundo, matando la libido de toda la humanidad. No sólo eso, sino que la gente siente repugnancia absoluta por el sexo. Como consecuencia, la mayor industria, la sexual, se va a pique. Incluso la supervivencia de la especie se ve amenazada, ya que nadie siente ningún interés por reproducirse. Por suerte, se logra desarrollar la procreación asistida, que sustrae a la humanidad de las desagradables prácticas sexuales.

El resto de falsas reseñas de Vacío perfecto no es menos disparatado que esta. De hecho, la primera es una reseña del propio Vacío perfecto, titulada "Stanisław Lem: Vacío perfecto". Las otras obras que Honoriusz había escrito en la pizarra también pertenecían a este extraño subgénero literario: los dos cuentos de Borges y el libro de Roberto Bolaño. Así que uno se podía hacer una ligera idea de cuál era el cometido de la "Hermandad de los Apocrifílicos". Aunque el secretismo que le había otorgado el aún más misterioso Honoriusz hizo que me decidiera a visitarlos aquel sábado a las 17:00.

Massolit Books era una librería con libros en lengua inglesa cerca del centro de Cracovia. Había ido varias veces antes, no sólo porque los libros en inglés eran más baratos —y a menudo interesantes— que en español, sino porque el establecimiento merecía la pena. Además de ofrecer ediciones más o menos económicas —de literatura, sobre todo, pero también libros académicos, de historia, de crítica, de filosofía, de viajes, etc.— la librería tenía una atmósfera bastante chic, con un toque familiar y apacible; un lugar muy hipster, en resumen. Había un par de salas destinadas a la lectura entre estanterías, donde en algunas ocasiones había llegado a encontrar a alguien leyendo, aunque nunca me he atrevido a sentarme en una de sus butacas. Los crujientes suelos de parqué y las cortinas que separaban las estancias alimentaban el aire misterioso del lugar. Los vendedores hablaban inglés, así que podían ayudarte a encontrar lo que necesitaras. No había detectores antirrobo y tampoco eran necesarios los guardas como Honoriusz, porque aquel ambiente relajado y sofisticado era el más eficiente sistema de seguridad: mangar un libro allí era como profanar un templo. Con todo, quizá la parte más interesante de la librería era la cafetería. Un pasillo conectaba armónicamente la tienda con un saloncito dividido en dos estancias, ataviadas al estilo romántico decadente de los cafés de Kazimierz —pese a no encontrarse en el barrio judío—: mesas de madera ajadas, sillas tambaleantes y lámparas antiguas, todas ellas —mesas, sillas, lámparas— diferentes entre sí pero sorprendentemente emparentadas, libros viejos abandonados en anaqueles abombados, visillos gastados y candelabros cubiertos de cera. Ofrecía tes y cafés, algo menos aguados que los cafés cracovianos, y unas tartas deliciosas. La clientela solía ser fina e informal, en sintonía con el decorado: solitarios lectores deseosos de visibilidad, misteriosas parejas bohemias, pequeñas tertulias intelectuales, extranjeros presuntuosos, turistas extraviados.

Cuando llegué, Honoriusz estaba fuera fumando. Durante aquella semana lo había seguido viendo en el instituto y él había continuado comportándose como siempre: servicial y sonriente, perruno y casi sordomudo. Delante de Massolit, el aura que lo rodeaba en el gimnazjum se había esfumado como si no hubiera existido nunca. Sólo veía a un polaco cualquiera, bajito, flacucho y gris, quizá porque no llevaba el uniforme azul de guarda de seguridad. Le dije dzień dobry y tardó en reaccionar.

—Aún no ha llegado nadie. Ya son las 17:00 —dijo por fin en su extrañísimo inglés.

No hice ademán de entablar conversación, porque Honoriusz no parecía dispuesto a ello. Continuó fumando en silencio y yo aparenté usar el móvil.

Cuando acababa de tirar la segunda colilla a la basura, llegó otro hombre. Era un poco más alto que Honoriusz y tenía un mostacho castaño típicamente polaco. Se saludaron lacónicamente y entraron a la librería sin decirme nada. Los seguí hasta el mostrador y torcí a la izquierda hacia la cafetería, pero cuando llegué Honoriusz y el hombre del bigote ya regresaban.

—Oye, no hay sitio en la cafetería —le dijo el del mostacho al camarero-vendedor—. ¿No quedamos en que nos tenías que reservar una mesa para nuestras reuniones?

—¿Eran los sábados? —el camarero estaba preparando unos cafés—. Nunca me acuerdo, lo siento. Si esperáis un poco, pronto quedará alguna mesa libre.

—El primer sábado de cada mes, te lo he dicho mil veces. No, da igual. Nos vamos.

El del bigote y Honoriusz acabaron de desandar su camino y salieron fuera, conmigo detrás. Sin decir nada, nos dirigimos a un bar mleczny cercano. Era desaliñado y aceitoso, sin clase y ridículamente barato, como todos estos restaurantes con autoservicio. Nos sentamos en una mesa y Honoriusz fue a pedir. Regresó con tres vasos de compota y una sopa para él. El mostachudo dio un sorbo a su compota y empezó a hablar con el bigote goteando:

—Es una vergüenza. No es la primera vez que nos ocurre semejante infamia. En la anterior reunión también pasó lo mismo. Estoy harto ya de esa cafetería presuntuosa. No volveremos más. Honoriusz, añade un primer punto al acta de hoy: discutir el nuevo emplazamiento de los encuentros de... —me miró— de la Hermandad. ¿Y cuándo va a llegar Michalina? Siempre llega tarde. No te olvides de enviarle un mensaje y decirle que estamos aquí y no en Massolit.

—No hace falta, ya he llegado. Disculpad mi retraso.

Nos giramos todos: allí estaba la susodicha Michalina (pronunciado Mijalina).

—Venga, siéntate, Michalina. ¿Cómo sabías que estábamos aquí? Bueno, no importa. Hoy tenemos trabajo extra: un candidato que arde en deseos de ingresar en la Hermandad. Honoriusz, tráele una compota a Michalina, haz el favor. Como puedes comprobar —dijo, dirigiéndose a mí por primera vez—, Honoriusz es un secretario de lo más eficiente. No hace nada en el gimnazjum, así que después necesita hacer algo provechoso. Por eso decidimos nombrarlo secretario. Esperemos a que vuelva y empezamos.

El inglés del abigotado era tan extraño como el de Honoriusz, aunque diferente. Tampoco tenía acento polaco. La tal Michalina era rubia, bajita y algo regordeta. Cuando Honoriusz regresó con el vaso de compota, el amostachado siguió hablando:

—Bien, queridos hermanos Apocrifílicos e ilustre invitado, vamos a empezar. Esta es la vigésimo tercera reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos. Brindemos con nuestras compotas y comencemos. El de hoy es un encuentro especial: tenemos un nuevo miembro y debemos llevar a cabo su ritual de iniciación, es decir, ponerlo al día de nuestro propósito en el mundo. No, por favor, no me interrumpas —me dijo, viendo mis ansias de intervenir—. Después podrás hablar.

»En primer lugar, debemos bautizarte. Tu nuevo nombre apocrifílico debe ser, como los nuestros, un nombre polaco. Desde ahora, serás conocido como Gienek. Es lo más parecido a tu nombre que hemos encontrado en este laberinto infestado de minotauros llamado lengua polaca. ¡Alza tu compota y bebe, Gienek! —alcé mi brebaje y bebí—. Bien, nuestro secretario, Honoriusz, nos dijo que tienes ciertos conocimientos de algunos escritores apocrifílicos.

—Le hice la prueba y conocía algunas obras apocrifílicas de Stanisław Lem, Roberto Bolaño y Jorge Luis Borges, jefe —agregó Honoriusz.

—No están todos los que son, pero son todos los que están —sentenció el bigotudo—. Es decir, no está mal.

—¿Que no está mal? ¡Pero si son la Santísima Trinidad Apocrifílica, Stanislau! —dijo Michalina.

—Michalina, cariño, ya te he dicho que no puedes interrumpirme cuando estamos aquí. Y llámame por mi nombre apocrifílico, no Stanislau. Como te decía, Gienek, superaste el test que todos hemos pasado: tienes los conocimientos mínimos para formar parte de nuestro selecto club. Además, nos dijo Honoriusz que, como nosotros, no estás totalmente integrado en la sociedad polaca. Eso está bien. La literatura marginal debe estudiarse desde el margen.

»Ya habrás notado que nosotros tenemos nombres polacos pero ninguno ha nacido en este país. Honoriusz, por muy polaco que parezca, y aunque se haga pasar por subnormal, sólo es húngaro. Su nombre es Elmyr, y no habla ni pizca de polaco. Por eso se hace el sordomudo.

—El casi sordomudo, jefe —apostilló Honoriusz.

—Bueno, lo que tú quieras. Me gustaría saber cómo se lo hiciste creer a los de la oficina de inmigración y a los del gimnazjum. La cuestión es que no hay nadie mejor que él mintiendo. En su país era actor y ladrón, dos trabajos que se acoplan la mar de bien. Michalina, en cambio, es rumana, y apenas sabe decir hola en polaco.

—Por suerte, no lo necesito para mi trabajo —lo interrumpió Michalina—. Soy esteticista, ¿sabes? A veces me dejan cortar el pelo y hacer manicuras, pero sobre todo realizo limpiezas faciales, o sea, de puntos negros y espinillas. No necesitas hablar mucho polaco para hacerlas, ¿sabes? Pero hay que ser tan profesional como en cualquier otro campo, eso sí. La gente no sabe que el cutis es una parte muy importante de nuestra salud. Por eso nos consideran a los esteticistas faciales unos engañabobos o, en el caso de mi especialidad, los basureros del rostro. En la cara está el principal indicador de nuestro bienestar, ¿sabes? De ahí que haya que hidratarla correctamente, y mantener sus poros aseados. Además, es uno de los primeros referentes cuando conocemos a alguien. De ti, Gienek, puedo decir en primer lugar que no cuidas nada bien tu salud facial. Tus poros están bastante sucios y ennegrecidos, especialmente en la nariz. Alrededor de la napia se pueden apreciar elevadas concentraciones de grasa, por eso tiene esa textura brillante, como las paredes y las mesas de este bar mleczny. Por suerte llevas barba y gafas, que te cubren algunas imperfecciones del resto del rostro: lo mismo hacen aquí con estos cuadros y estos tapetes tan cutres. Pero, al mismo tiempo, las gafas, los cuadros, la barba y los tapetes enfatizan la inmundicia que recubre la parte descubierta. Si me apuras, también puedo decirte que vives en esta ciudad desde hace más de un año. Los niveles de suciedad de tu cutis rondan la media cracoviana, de las más altas de Europa, ¿sabes? Tus espinillas se están reverdeciendo, como si fueras un auténtico cracoviano. Deberías cuidar más tu tez, igual que Honoriusz y Stanisław. Mira mi cutis qué limpio está, parezco como mínimo una varsoviana, y eso que llevo aquí más de cuatro años.

—Gracias, Michalina, lo sabemos y lo sabíamos. Déjame seguir a mí, no puedes cortarme cuando tengo el turno de palabra. Soy el líder de los Apocrifílicos, merezco un respeto. Como iba diciendo, Michalina es rumana. Su nombre verdadero es Aurelia, pero eso aquí no importa. Es mi novia, así que no te hagas ilusiones: su rostro y sus impolutos poros son míos. Esto sí que importa, Gienek, aquí y en la China Popular. En cuanto a mí, ya has oído mi nombre apocrifílico, Stanisław, puedes imaginarte el porqué. También soy rumano y no hablo casi nada de polaco. Trabajo como agente en un call center que da asistencia a Rumanía. En resumen, como Michalina y Honoriusz, estoy orgullosamente al margen.

—Y como Grzegorz, jefe —agregó Honoriusz—. No se olvide de él. Está de viaje, pero volverá pronto.

—Sí, me acuerdo de los cuatro Apocrifílicos, Honoriusz. No necesitas recordarme nuestros nombres. Pero no querrás que le revele todos nuestros secretos a Gienek desde el principio. Aunque nosotros no necesitamos guardar secretos: por naturaleza, nadie nos presta atención, así de marginales somos.

»En fin, como te decía, más allá de nuestros abominables trabajos, nuestra pasión y nuestra áncora de salvación es la literatura. Y no cualquier tipo de literatura, sino la literatura más falsaria y, quizá por ello, marginal. Por eso fundamos esta Hermandad de los Apocrifílicos, para reivindicarla y recordarla. Evidentemente, toda literatura está relacionada con lo falso, con la mentira; pero la literatura apocrifílica es aquella que tiene una relación más estrecha (de amistad, nos gusta decir) con lo apócrifo.

—El que se inventó el nombre fue Honoriusz, ¿sabes? Suena guarro y pervertido, pero es un concepto muy noble.

—Michalina, por favor —la reprendió Stanisław—. Honoriusz nos dijo que estabas leyendo Vacío perfecto de Lem. En esta obra se reseñan obras falsas. Lem adopta un género que presupone la verdad y la honestidad científicas (la reseña) y lo transgrede aplicándolo a una obra inexistente, inventada. Esto antes ya lo había hecho Borges, claro, y probablemente otros, pero Lem lo lleva hasta el extremo: concibe un libro sólo con falsas reseñas. ¿Para qué, te estarás preguntando? Con una finalidad lúdica: puede ser. Para satirizar algún estilo o autor u obra: también. Por mera pedantería: no me extrañaría. Como un guiño o un homenaje a Borges: es posible. No obstante, Lem nos da otro motivo: escribe falsas reseñas para alcanzar lo innombrable, lo que no puede ser escrito pero sí descrito, no puede ser contado pero sí glosado.

—No me gusta interrumpirlo, jefe, pero el libro también incluye una falsa reseña del falso discurso de un falso premio Nobel.

—Sí, sí, claro. En fin, más adelante ya discutiremos los porqués de la falsa reseña. Esto es sólo una introducción. Por otro lado, no hay que confundir la falsa reseña, ojo, con la reseña falsa. No son lo mismo. La reseña falsa es, simplemente, una reseña no verdadera, falseada, pero sobre una obra verdadera. Me explico. Como sin duda ya sabrás, el autor de bestsellers inglés R. J. Ellory escribió reseñas falsas sobre sus propias obras (verdaderas) en Amazon. Creó varios perfiles falsos y criticó positivamente sus novelas (verdaderas), y negativamente las de otros escritores rivales (verdaderas, verdaderos). Lo hizo Ellory y lo habrán hecho otros escritores, pero también lo hacen constantemente muchas empresas en las redes sociales. En fin, esto es una mera reseña falsa: habla de manera interesada de algo existente. Una falsa reseña, en cambio, habla de algo inexistente y tiene interés literario. Lo único que comparten la reseña falsa y la falsa reseña es la forma y, por ello, el punto de partida, o sea, el pacto con el lector. Es decir, que el lector no (siempre) sabe que está leyendo un comentario falso sobre una obra real, en un caso, o un comentario verdadero sobre una obra falsa, en el otro. Sí, sí, ya veo que quieres hablar, Gienek, pero aún no. No te impacientes, ya te llegará el turno.

—No podemos interrumpir al líder de los Apocrifílicos, Gienek, ¿sabes? Está escrito en nuestro Manifiesto Apocrifílico. Por cierto, Stanisław, cariño, ¿por qué no lo hemos leído hoy? Nos quedó tan bien...

—Estoy tratando de informarle a Gienek de nuestra labor, Michalina. Ya llegaremos al Manifiesto. Como iba diciendo, además de las falsas reseñas, nos interesan otros géneros apocrifílicos. Nos consideramos los taxónomos de lo apocrifílico. Así, también nos interesan las falsas biografías. Es decir, biografías apócrifas de personajes reales. Como las Vidas imaginarias de Marcel Schwob o la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. Otro subsubgénero apocrifílico es la autoficción: lo mismo que lo anterior pero aplicado a la autobiografía, es decir, la autobiografía con ficción. Por ejemplo, Soldados de Salamina de Javier Cercas o Summertime de J. M. Coetzee. O el falso documental: bajo la apariencia de un documental (algo que representa fielmente la realidad) se nos presentan hechos falsos (infieles a la realidad). Como en This is Spinal TapOpération LuneOperación Palace o Exit Through the Gift Shop.

—No se olvide de otras prácticas apocrifílicas, jefe, como el uso de pseudónimos y heterónimos, la creación de autores falsos o el roman à clef.

—Tienes razón, Honoriusz, gracias. Pero recuerda que desde la decimonona reunión acordamos aplicar nuestros esfuerzos a las falsas reseñas, más marginales que los otros subsubgéneros. Desde entonces hemos hecho progresos, pero no los suficientes. Léenos nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña, Honoriusz, para que Gienek vea la magnitud de nuestros esfuerzos.

—Por supuesto, jefe. Además de las obras ya citadas de Borges, Bolaño y Lem, sabemos que Jonathan Swift y François Rabelais escribieron falsas reseñas. Por desgracia, no las hemos encontrado, porque es difícil acceder a sus obras en inglés, húngaro o rumano, aquí en Cracovia. No visitamos nuestros hogares desde antes de la decimonona reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos, por lo que no hemos podido hallarlos. Nota al pie: en nuestras casas sería difícil acceder a estos textos en cualquier idioma, así como en las bibliotecas, librerías y centros de cultura aledaños.

Excusatio non petita, accusatio manifesta, ¿sabes?

—Aguarda tu turno, Gienek, no interrumpas el curso de nuestra historia. Prosigue, Honoriusz.

—Gracias, jefe. En Pale Fire (1962) de Vladimir Nabokov encontramos un texto emparentado con la falsa reseña. Esta novela es un comentario de un poema creado ad hoc (nosotros también sabemos de latines) que podemos leer dentro de la misma novela. En las novelas de caballería aparecían a menudo referencias a "libros fingidos", inexistentes y casi siempre mágicos. Jefe, quizá este punto deberíamos situarlo el primero, antes de hablar de Rabelais y Swift, por cuestiones cronológicas, ¿no? En fin, sigo. El teórico de la literatura Gérard Genette, en su Palimpsestes (1982), llama a las reseñas de Borges "pseudo-resúmenes". Las características del pseudo-resumen son su aspecto apócrifo y sinóptico, es decir, su falsa condición de comentario. Aunque se trata de la única incursión que conocemos de la teoría literaria en el mundo de la falsa reseña, Genette no va más allá y no menciona otros textos afines. Esto es todo, camaradas.

—Gracias, Honoriusz. Gienek, ya ves que nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña es más bien corta. Nos iría bien tener a alguien que pueda leer español, pues parece que la literatura hispanohablante es bastante dada a estos coqueteos con lo apócrifo, y catalán, porque quién sabe lo que las literaturas marginales deparan; así nuestra historia dejaría de ser breve y parcial —dio un sorbo a su compota, hizo una pausa y bajó la mirada—. Sinceramente, no podemos ofrecerte mucho más que nuestra compañía, aunque eso debería ser suficiente. Si quieres, Gienek, ya eres uno de los nuestros.

Sin haberme dado cuenta de ello, Michalina regresaba a la mesa con una bandeja. Traía cuatro vasos más de compota y un plato de pierogi. Lo depositó frente a mí y sonrió. Levanté mi compota y brindamos.

* * *

La historia de cómo conocí a los Apocrifílicos ya casi se termina, aunque mi relación con ellos no hace más que empezar. Aquella misma tarde les propuse poner un anuncio en diversos lugares de Cracovia en el que pidiéramos ayuda para elaborar una lista de falsas reseñas, falsas biografías y autobiografías (autoficción) y falsos documentales. Gracias a la euforia producida por mi adscripción a la Hermandad, no me costó mucho convencerlos de que salieran un poco de su anonimato o, como un auténtico Apocrifílico diría, de su marginalidad. Acordamos escribir el anuncio en inglés, español, catalán, húngaro y rumano, los idiomas oficiales de la Hermandad, así como en polaco macarrónico. Decidimos colgar los anuncios en universidades, bares, escuelas de idiomas, museos y otros centros más o menos culturales, así como en las redes sociales. Les dije que escribiría esta entrada para mi blog y que copiaría el anuncio, aun sabiendo que casi nadie lo llegaría a leer:
Lector: la Hermandad Apocrifílica requiere tu ayuda para buscar obras y autores de: 
-Falsas reseñas.
-Falsas biografías.
-Falsas autobiografías (o autoficción).
-Falsos documentales (o mockumentaries).
-Cualquier otra obra de carácter apócrifo.
Recompensa: conversación literaria con una compota u otra bebida en Cracovia.
Escribir a apocrifilicos@gmail.com.
* * *

El lunes siguiente, a las 7:30, le dije dzień dobry a Honoriusz. Junto a la escalera, interpretó su papel como si nada: las manos recogidas tras la espalda, las piernas juntas y el torso erguido sin rigidez, como se cuadraría un botones algo bobo, sonriendo durante el instante en el que inclinaba la cabeza.

—Oye, Honoriusz, ¿cómo encontraste mi libro? —le pregunté, sabiendo que no podía esperar más respuesta que una sonrisa.