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domingo, 9 de agosto de 2015

Sexto encuentro con los Apocrifílicos (VI)

Frente a Honoriusz sólo había una compota y un café con leche, así que supuse que Stanisław se había enfadado por mi broma apocrifílica. Quizá debería haberles dicho en la última reunión que Javier Marías no era un falso autor, sino que estaba vivito y coleando en este nuestro mundo de escritores y lectores reales. Y que sus obras no eran falsas, sino de lo más existentes. Y que la falsa reseña "Examen de la obra de Javier Marías" no era anónima, sino fruto de mi cálamo, como dicen los poetas.

Pero creí que los Apocrifílicos tendrían sentido del humor apocrifílico. Si nos encargamos de catalogar la literatura apocrifílica, ¿qué mal hacemos al contribuir personalmente a aumentar la lista de obras? Entre inventariar e inventar literatura apocrifílica no hay más que un paso lógico. De hecho, cuando el mes anterior acabé de leerles el "Examen de la obra de Javier Marías", pude comprobar que las reacciones no habían sido para nada negativas. Stanisław, que es quien parte el bacalao, pareció aprobar el texto que torpemente les traduje del español al inglés: brindemos con nuestras compotas, clamó al final. Michalina comparó el gusto de Javier Marías por lo apócrifo con el de Borges y Bioy Casares. Honoriusz, por su parte, sugirió que quizá Roberto Bolaño era el autor anónimo de la falsa reseña, a pesar de que Marías no fuera un escritor filonazi como los de La literatura nazi en América. Entonces me mordí la lengua, pero me acordé de las alabanzas que Bolaño le dedicó en vida al auténtico Marías, y de las que este le ha dedicado a aquel, aunque lo había leído tarde porque está publicado en Anagrama, editorial con la que el autor español estaba peleado. Seguro que a Bolaño le habría encantado inventar a Marías.

Honoriusz me miraba más serio que nunca, como si yo fuera un estudiante de su gimnazjum que se hubiera pasado con una gamberrada. BAL estaba casi vacío —sólo otra mesa ocupada—, como cualquier otro sábado a las cinco de la tarde. Bajo el minimalismo extremo de BAL se escondía una antigua nave industrial convertida en bar-restaurante; el color blanco de las paredes, las columnas, el suelo y las sillas aumentaban la sensación de silencio. Durante el día solía haber solitarios que buscaban un lugar tranquilo donde trabajar o relajarse, parejas e incluso familias más o menos alternativas; por la tarde se vaciaba y con la caída de la noche se volvía a llenar. Honoriusz no se decidía a hablar, quizá se sentía en armonía con un espacio tan silencioso, tan zen.

—Supongo que ya sabes por qué los demás no están aquí, ¿no? —dijo, por fin, y bebió un trago de su compota como lo haría un detective de novela negra.

Supuse que aquello era una despedida. Con los Apocrifílicos no se bromeaba. La literatura apocrifílica era algo serio, ya me lo había dicho Stanisław alguna vez. Pero si hubieran venido los tres, quizá podría haberme disculpado. Les habría dicho que, de entre todas las mentiras, la mentira literaria es la más noble, o algo así. Pero tenía que prepararme para lo peor: ¿la simple expulsión?, ¿la extorsión?, ¿la violencia física?

—Supongo que sí —le contesté—. Debe de ser por el "Examen de la obra de Javier Marías".

—Efectivamente.

—¿Tan grave es que no han querido venir?

—Bueno, yo no diría grave. Traducir un texto es un trabajo difícil, y no tienen mucho tiempo libre. Por eso lo hacen durante el fin de semana, cuando ambos están disponibles. Además, no entienden el español perfectamente. Stanisław es bastante bueno, de hecho lee todo lo que escribes en tu blog. Y Michalina domina muy bien el inglés. Así que trabajan en equipo: él lee tu "Examen de la obra de Javier Marías" en español y lo traduce al rumano, mientras que ella lo retraduce al inglés. Así tendremos tu falsa reseña en inglés y podremos añadirla a nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña.

—¿Cómo?

—¿Cómo, qué? Te digo que Stanisław y Michalina están en su casa, traduciendo. Por eso no han podido venir.

—¿Y no vais a expulsarme del grupo? ¿No me mandaréis al gulag? ¿No me torturaréis? ¿No le haréis chantaje a mi familia?

—¿Por qué? No era tan, tan mala, la falsa reseña. Aunque tu interpretación en inglés dejaba bastante que desear.

—Qué alivio —respiré confortado—. Pensé que os habíais enfadado porque no os dije que yo había escrito el texto.

—Oh, no. Al principio nos engañaste, no te creas. Michalina dijo que le sonaba alguna de las novelas que habías comentado, pero no le dimos mucha importancia; Stanisław le dijo que alucinaba y yo no leo mucho, por lo que el nombre tampoco me decía nada. Pero cuando Stanisław buscó información en Google, encontró la página de Wikipedia de Javier Marías. Pensó que quizá el autor de la falsa reseña la había creado para darle verosimilitud a su mentira. Pero el falso novelista tenía página en rumano y en húngaro: aquello era demasiado real para una ficción, incluso una apocrifílica.

—¿Y cómo supisteis que yo era el autor?

Honoriusz tardó unos segundos en responder, retrasando su intervención como un detective de película.

—Muy fácil. La única referencia que encontramos en Internet al título de la falsa reseña provenía de tu blog. Aún cabía la posibilidad de que alguien te hubiera mandado un correo con el texto, pero era altamente improbable. Colgamos los anuncios en muchos sitios, pero no creo que los españoles que lo leyeran estuvieran muy interesados: los españoles que vienen a Cracovia no han abierto un libro en su vida. Podría ser que alguien hubiera leído alguno de los posts en los que incluías la dirección de correo de la Hermandad, pero Stanisław dijo que tu blog no lo leía nadie más que él.

—Vaya. Qué decepción: pensaba que me expulsaríais de la Hermandad...

—Oh, no. De hecho, no creas que eres el único que escribe. Michalina también lo hace, y muy bien. A veces escribe falsas reseñas, por supuesto. Le han publicado alguna en Underneath the Bunker.

—¿Eso no es una canción de R.E.M.?

—Quizá también, no sé. Underneath the Bunker es una página web de falsas reseñas. Su falso administrador es un tal Georgy Riecke, especialista en Literatura de Europa del Este y falso reseñador de un buen puñado de falsas novelas.

—Competencia directa para la Hermandad de los Apocrifílicos, ¿no?

—No exactamente. Underneath the Bunker crea nuevos contenidos; nosotros compilamos antiguos.

—Pero me has dicho que Michalina ha escrito varias falsas reseñas.

—Sí, sí, y tú también has escrito por lo menos una. Así que ya ves que no somos tan originales. Pero como mínimo nosotros vivimos y existimos: además de ser un ente de ficción, Georgy Riecke murió en febrero de 2015 al caer de un árbol. Cuando nos encontremos con los demás, deberíamos debatir la posibilidad de crear, además de coleccionar y ordenar. ¿Tú has escrito, Gienek, más falsas reseñas?

—Pues no. De hecho, si escribí el "Examen de la obra de Javier Marías" fue porque no recibíamos nada. Estábamos estancados.

—Puede ser. ¿Y has escrito algo interesante? Me gustaría leer tu blog personalmente, pero no sé leer en español.

Le resumí el argumento del último relato que había escrito, "Las lenguas de Kuba". Kuba es un testigo de Jehová que vive en Cracovia. Yo soy su profesor de español, aunque un profesor de español un tanto especial: le enseño neoespañol, un español inventado sólo para él. Además, cuando me habla de religión me habla en nolengua, un idioma totalmente incomprensible. El pobre Kuba, manipulado por mí, acaba hablando dos lenguas que no habla nadie.

—Te he preguntado si habías escrito algo interesante —me cortó de repente Honoriusz, adoptando el rol del poli malo—. Este relato es completamente inverosímil. En Cracovia hay muchísimos testigos de Jehová que hablan español, no sólo este tal Kuba. Podría haber aprendido español con ellos. Y no son tan radicales como los pintas, así que podría haber estudiado en una academia de idiomas como la tuya. Quizás las bromas con el lenguaje sean divertidas, pero a mí me parecen estúpidas: ¿decir me cago en Dios en vez de creo en Dios?; por favor. Eso sí, en el túnel del que hablas siempre hay un par de testigos de Jehová con folletos en inglés, polaco, español y otros idiomas; sin embargo, no te molestan si no quieres hablar con ellos. Ahora de verdad: ¿has escrito algo interesante?

Le resumí el relato "Bib(L)iografía". Es un recorrido nostálgico por algunas bibliotecas importantes para mí: la de Cracovia y unas cuantas de Barcelona, sobre todo.

—Te he dicho interesante, no pedante ni sentimentaloide —me interrumpió Honoriusz.

Le resumí el relato "Muros y banderas". Un estudiante del gimnazjum protesta porque le he bajado la nota a causa de una falta de ortografía; para que el alumno quejica entienda la importancia de las faltas de ortografía, le hago a toda la clase un dictado un poco esperpéntico. Al mismo tiempo, recuerdo un problema que tuve en Cracovia causado por una bandera independentista y una bandera española.

—Gienek, Gienek: aún confundes interesante con cargante.

Le resumí el relato "Colonias nazis en Auschwitz". Durante el reencuentro con un amigo del Erasmus, este me cuenta las extrañas colonias que acaba de vivir en Oświęcim, más conocida como Auschwitz. Son unas colonias temáticas: todo está relacionado con el Holocausto. Uno de los estudiantes tiene una peculiar relación con la Shoah: es un filonazi que tiene ganas de provocar al personal y hablar sin pelos en la lengua de nazismo, judaísmo, nacionalismo y lo que sea.

—Por Dios, Gienek, esto es más improbable que lo del testigo de Jehová. Ya basta. Suerte que no puedo leer en español, acabaría odiando lo que escribes. No te lo tomes a mal: sólo escribes sobre ti y sobre personas raras a las que conoces o inventas sin mucha verosimilitud. Pero no te enfades, no me mires así. Hay que tomarse bien las críticas. Venga, venga, tranquilízate. Eso es, acábate el café con leche. ¿Quieres algo más? ¿Una compota? ¿No? ¿Seguro? Bueno, pues, cuéntame: ¿ahora estás escribiendo algo verdaderamente interesante?

—Pues sí. Estoy escribiendo un relato sobre un guitarrista mexicano que vive en Cracovia. Está enamorado de una polaca, pero esta pasa de él. Yo lo conozco en diversos sitios: primero en un concierto, luego en un restaurante mexicano, otro día en el tranvía, y finalmente en mi escuela de idiomas: el tipo se mete a profesor de español. Entonces entablo amistad con él y me cuenta su trágica e intrigante historia de amor.

—¡Por Imre Kertész! ¿Es que tienes que aparecer tú en todas las historias? Date un respiro, Gienek. ¿Y una historia de amor entre un guitarrista mexicano y una polaca? Pensaba que ya nadie escribía historias de amor. Venga, estrújate un poco más el melón: seguro que tienes otros relatos o novelas más interesantes en mente.

—Pues sí. Pero también es un relato autoficcional, aunque con mucha fantasía. Estoy planeando escribirlo en verso y no en prosa, para variar. Además, la poesía está volviendo, ya tú sabes. En este relato yo sería el protagonista directo, claro, pero en un futuro cercano: tendría treinta y cinco años, es decir, estaría "a mitad del camino de la vida". No, no me interpretes mal: no sería ciencia-ficción. Estaría, efectivamente, en plena crisis de madurez. Un día me encontraría perdido en un bosque y se me aparecerían un león, un leopardo y una loba, una bestia tras otra. Sí, Honoriusz, lo sé, es inverosímil, ¡pero es que es alegórico! La cuarta bestia en aparecer sería el poeta latino Virgilio, que me llevaría de la manita al Infierno. Allí vería cosas terribles pero fascinantes: pecadores de todo tipo recibiendo el justo castigo por sus vilezas; o sea, cosas interesantes, como te gusta a ti decir. Por ejemplo, los suicidas estarían en el séptimo círculo transformados en árboles y las harpías del Infierno los torturarían; en cambio, los proxenetas y los seductores marcharían en filas golpeados por los demonios del octavo círculo. Bueno, quizá tendría que mejorar un poco las torturas, no sé. En fin, yo sería como un turista, sacando fotos a cada círculo o nivel del Infierno. Esta sería la primera parte del poema narrativo. ¿Qué te parece? He pensado que, si tuviera éxito, podría escribir una trilogía: después del Infierno, podría visitar el Purgatorio y finalmente el Paraíso.

Honoriusz meditó un rato sobre el resumen que acababa de hacerle. Tomó el último sorbo de su compota como quien apura un güisqui.

—Gienek, ya te he dicho que no siempre tienes que ser tú el protagonista. A menudo nuestras vidas son grises y aburridas: normales. A nadie le interesa la vida que puedas llevar, por mucho que vivas en Polonia. Y no basta con colorearla, ni mucho ni poco: ni con testigos de Jehová ni con una temporada en el Infierno acompañado de Virgilio. ¿Y cómo se te ocurre escribir una historia tan aburrida, con tan poca salsa? ¿Cuál es el motor de la historia? ¿Por qué vas al Infierno? Y ¿a quién puede interesarle tu experiencia allá abajo? Si te faltan imaginación o ideas, puedo contarte mi historia: dónde y cuándo nací, quiénes eran mis padres y mi familia, cómo fueron mis primeros años de vida y mi juventud, mis primeros tanteos amorosos, por qué decidí venir a Cracovia, cómo es hacerse pasar por sordomudo, cómo fundamos la Hermandad de los Apocrifílicos, cómo encontré el trabajo de guarda de seguridad en el gimnazjum, etc. ¿No te interesa? Bueno, tú veras. ¿Tienes una idea mejor? ¿Una última bala en la recámara? Venga, va, haz un último intento, exprímete del todo la sesera: seguro que aún te queda un interesante relato que quieres escribir y que no protagonizas tú.

—Pues sí. Tengo una historia que me gustaría escribir e incluso intentar publicar en papel. Creo que será un auténtico boom. Aún no le he hablado a nadie del argumento, ni a mi novia ni a mis amigos más cercanos. Espero que no se lo cuentes a nadie. Es una obra bastante larga, en prosa; probablemente me lleve unos cuantos años escribirla. Una novela de lo más posmoderna, vanguardista, rupturista. Es una novela histórica, ambientada en la España del Siglo de Oro, pero sin dar una importancia excesiva a la recreación histórica. Además, combina diferentes géneros: novela de aventuras, novela paródica, novela total, novela metaficcional, novela realista, novela polifónica, etc. El protagonista es un hidalgo venido a menos que de tanto leer novelas de caballerías se le seca el cerebro y se cree él mismo un caballero andante. ¡Imagínate: un caballero andante en pleno siglo XVI! El pobre loco se vestiría como un caballero, tomaría su viejo caballo y convertiría a un vecino en su escudero y, ¡ale!, a desfacer entuertos por Castilla. Por supuesto, sería un idealista radical y causaría más problemas de los que solucionaría. Así, salvaría a un mozo de los azotes de su amo, haciéndole prometer a este que dejaría de maltratarlo; pero, cuando el caballero y su escudero se alejaran, el amo redoblaría la dureza de su castigo. También liberaría a unos prisioneros condenados a galeras porque Dios nos ha hecho a todos libres y el hombre no tiene derecho a condenar a nadie a la esclavitud. ¿Qué ocurrencia, eh? ¡Qué crítica a nuestra hipócrita sociedad! Como ves, el pobre caballero estaría verdaderamente tarado, llegaría incluso a tener visiones. Por ejemplo, su desbocada imaginación le haría creer que unos molinos de viento eran en realidad unos gigantes, por lo que cargaría contra ellos para acabar maltrecho y por los suelos. Para parodiar el amor cortés, este pobre diablo tendría una enamorada: una bella y noble mujer que en verdad sería una fea y pobre labradora. ¿Qué te parece, Honoriusz? Sería una novela de lo más barroca, es decir, de lo más posmoderna. Una idea un poco arriesgada y compleja, pero creo que puede triunfar y gustarles por igual a jóvenes y mayores. ¿Qué me dices?

—Ay, Gienek, Gienek. Está claro que has leído demasiadas falsas reseñas. Aunque esta novela pudiera ser escrita, nadie la leería. Mejor sigue contando tus aventurillas cracovianas.

sábado, 20 de junio de 2015

Tercer encuentro con los Apocrifílicos (III)

Llegué a Café Szafé puntual —a las cinco en punto— esperando que Honoriusz estuviera allí fumando, pero el chaflán que ocupaba el bar estaba desierto. Café Szafé está en la misma calle que Massolit Books, por lo que supuse que quizá él o Stanisław y Michalina vivían por aquella zona. La puerta de entrada remeda un armario azul, el motivo del local: szafa significa armario en polaco, y en el interior uno se puede sentar dentro de varios armarios azules con las puertas abiertas. Sobre esta puerta-armario hay un ojo vigilante que recuerda al ojo masónico, que también todo lo ve, muy apropiado para una reunión apocrifílica. Esperé un minuto y entré a buscarlos.

La atmósfera del local es muy Massolit, es decir, muy Kazimierz, o sea, bohemia, romántica, hipster, alternativa, etc. Sin embargo, está algo enrarecida por aquellos armarios abiertos con sillas dentro, que parecen más bien confesionarios públicos, contrarios al sigilo sacramental. Una tímida metáfora de esta chismosa ciudad: cuidado con lo que cuentas, a quién y dónde se lo dices: en la pequeña Cracovia todo se sabe.

Tras pasar la barra, me encontré a los tres apocrifílicos encajonados en un sofá. A la izquierda, Honoriusz, con un polo negro y unos tejanos sucios, sin su uniforme azul, fumaba —ahora sí— tenazmente; en el centro estaba Stanisław serio y silencioso, hosco como su jersey marrón; a la derecha, Michalina, la única que sonreía, vestía una ceñida camiseta que le marcaba sus gráciles michelines y rezaba "Everyone loves a Polish girl".

—Esta vez llegas tú tarde —me dijo Michalina; Honoriusz se levantó y fue a la barra.

—Siéntate, Gienek, y deja de observarnos —me soltó Stanisław—. No somos tus conejillos de Indias literarios. Aquí, ya deberías saberlo, venimos a hablar de literatura apocrifílica. No somos los modelos de tus pajas mentales o textuales.

—Vaya, ¿has leído mi blog?

—¿Que si ha leído tu blog? —intervino irónica Michalina—. En realidad, sólo ha leído (y releído y releído) lo que le interesaba: los dos relatos sobre nosotros, los Apocrifílicos.

—¿Sobre nosotros? ¿Nosotros? Dirás sobre Honoriusz, y un poco sobre ti, Michalina. Yo, el líder de los Apocrifílicos, Stanisław, no soy más que "el del bigote", "el del mostacho", el... —leyó un papel que había sobre la mesa—, ah, sí, "el mostachudo", "el abigotado", "el bigotudo". Recuerda que soy rumano: el español, con un poco de traductor de Google, no es tan difícil. En fin: ¿le dedicas párrafos enteros a Honoriusz, que parece un santo más que un segurata, y yo me quedo en un bigotes cualquiera? Soy un puto personaje plano. Me podrías haber comparado con Lech Wałęsa, como mínimo, porque bigotudos rumanos imagino que no conoces a ninguno, Ceausescu no llevaba.

—Hombre, Stanisław, no te pongas así —me defendí—. En aquella entrada tú llevabas la batuta de la conversación. Yo simplemente escribí lo que había visto: a Honoriusz en el gimnazjum, cada día, y a vosotros sólo una tarde...

—Hombre, Gienek —dijo Honoriusz, mientras dejaba las compotas sobre la mesa—. Eso de que escribiste lo que viste...

Stanisław dio un golpe con ambas palmas sobre la mesa. Temblaron las cuatro compotas. Le miré las manos: temblé yo también.

—Sí, mírame bien las manos, escritorzuelo —bramó enfadado, y con motivo—. Es decir, mírame la mano. ¿A qué escritor de medio pelo se le podría pasar algo así?

La mano derecha señalaba el muñón izquierdo. Miré a Michalina y a Honoriusz para acabar de convencerme. Era un muñón: ausencia de mano izquierda, de la mano izquierda de Stanisław. Era una ausencia redondeada y carnosa, armónica.

—Joder, no sé cómo se me pudo pasar. Lo siento, no me fijé...

Mi orgullo de escritorzuelo estaba más herido que nunca. Pero ¿acaso no era mejor que estuviera herido por una crítica que por la pasividad y el desinterés habituales? ¿Acaso no era mejor romperse un dedo que perder toda la mano?

—Stanislau, amor, no te quejes tanto. Ya te había dicho que no montaras una escena. ¿Si la escondes todo el rato, cómo la van a ver?

—Sí, jefe —lo intentó pacificar Honoriusz—. Como mínimo, alguien quizá lea ese blog y se entere de nuestras investigaciones apocrifílicas.

—Bueno, acerca de eso... —intenté excusarme.

—No me interrumpáis, carajo —dio otro golpetazo sobre la mesa y me apuntó con el muñón—. ¿Qué me dices de que nos llamaras gitanos? ¿Es que te crees, Gienek, que todos los rumanos somos gitanos? Por mucho que te excuses con que es un sueño, a mí no me engañas. Y tampoco digas que era un pretexto para hablar de Cervantes o de tus estudios, que a nadie le interesan. Ah, y hablando de tus estudios, sí, no me interrumpas, Gienek. No nos ha gustado nada tu falta de seriedad. Si tenías que ir a España, podrías habérselo comunicado a Honoriusz. Por algo trabajáis juntos, ¿no? La Hermandad de los Apocrifílicos no es ningún juego. Espero que no te diéramos esa impresión, aunque vete tú a saber qué conclusiones sacaste. La literatura apocrifílica es nuestra pasión y con las pasiones no se juega. Nos tomamos muy en serio nuestro quehacer; mucho más que nuestros trabajos, y esperamos lo mismo de ti.

—Sí, a veces demasiado en serio —lo cortó Michalina—. No hay nada malo en disfrutar con el trabajo, ¿sabes? A mí me encanta el salón de belleza. Colgué uno de nuestros anuncios apocrifílicos y todo. A las otras chicas les encantó la idea, una conocía a Lem, fíjate tú, incluso quería venir, aunque no entendía muy bien lo de las falsas reseñas. Qué se puede esperar de una peluquera, y polaca, ¿sabes? En fin, Stanislau, amor, no seas pelma. Gienek acaba de entrar en nuestra Hermandad y con él somos sólo cinco miembros. Eso si contamos a Grzegorz, claro, que lleva varios meses fuera de Cracovia y ya veremos si vuelve, porque hace la tira que no da señales de vida....

—Claro que volverá —confirmó Stanisław—. Cuando esté preparado, volverá. Por ahora, nosotros cuatro nos bastamos. Bueno, empecemos de una vez la vigésimo quinta reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos. Procedo a la lectura del Manifiesto Apocrifílico:

»Queridos hermanos y hermana de la Hermandad Apocrifílica: 
»No me interrumpáis mientras invoco de nuevo a la Santísima Trinidad Apocrifílica: Borges-padre, Lem-espíritu santo y Bolaño-hijo, para que siga ayudándonos en nuestras pesquisas apocrifílicas. Bajo su amparo lograremos reunir todas las piezas de esa literatura marginal que tanto nos fascina. Con su impulso, nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña pasará a ser extensa y completa sin dejar de ser verdadera y falsa. Y entonces, cuando ya no debamos ser ayudados, amparados ni impulsados, llegará el día en el que podremos reunirnos de nuevo y disfrutar de su lectura: nuestros dedos recorrerán el índice para detenerse en alguna falsa reseña y, en pocas páginas, el reseñador esbozará un mundo imposible, mucho más grande y complejo y falso que cualquier mundo literario o real, que nos saciará intelectualmente como nuestras compotas nos colman físicamente. 
»Porque, recordemos, el Apocrifílico no es un ser incapacitado para el placer; todo lo contrario. El Apocrifílico ha catado ya las aguas de muchos ríos, por lo que ahora su paladar necesita otros jugos: no más selectos ni más finos sino más allá. Más marginales y más oblicuos, como las falsas reseñas. Con ellas el Apocrifílico se encuentra con la vida, pero no de una manera directa, como en la literatura ordinaria, sino indirectamente: a través de un falso libro que es reseñado. La literatura apocrifílica, no lo olvidemos, no es más que una perversión literaria, la sublimación literaria del placer literario, que a su vez es la sublimación literaria de la experiencia del mundo. 
»Brindemos con nuestras compotas y comencemos.

—¡Bravo! ¡Qué bien nos quedó el Manifiesto! —dijo Michalina, exaltada.

—¡Olé! ¡Amén!

—¡Honoriusz! —le replicó Stanisław—. No digas barbaridades.

—Lo siento, jefe. Como siempre, me he dejado llevar. Es la inercia: predica usted mejor que el cura de mi pueblo.

—Honoriusz tiene razón —dije, harto de guardar silencio—. Esto parece más bien un sermón que un manifiesto.

—Novato —dijo Stanisław—, no te metas con nuestro Manifiesto. Y recuerda que si te hemos perdonado tu ausencia es porque Stanisław nos dijo que habías ido a Barcelona a recaudar información sobre literatura apocrifílica.

—Bueno —contesté—, en realidad fui a hacer unos exámenes. Y aproveché para ver a mi familia y amigos...

—Claro que sí —me interrumpió Stanisław—. Ya hemos leído el blog. Luego si quieres nos cuentas más y nos enseñas el álbum de fotos. Ahora, al meollo.

—Pero también recabé alguna información —continué—. En primer lugar, acabé de leer Vacío perfecto de Lem. Y tengo la teoría de que el libro de Roberto Bolaño, La literatura nazi en América, está emparentado con aquel. Recordaréis que en Vacío perfecto hay una falsa reseña de Lem llamada "Alfred Zellermann: Gruppenfürer Louis XVI". La falsa novela (dos tomos de 670 páginas) del falso Zellermann relata las peripecias del Gruppenfürer Siegfried Taudlitz, un general del Tercer Reich que tras la guerra huye a Argentina junto a otros fugitivos nazis. En un lugar apartado de la civilización funda Parisia, una recreación de la Francia de Luis XVI, del que se cree una reencarnación.

—Sí, ya conocemos la obra de Lem-espíritu santo. Ve al grano, Gienek.

—Claro, claro. Sin embargo, ¿os habíais fijado en que el falso reseñador habla a menudo de la Francia del siglo XVII pero Luis XVI reinó a finales del XVIII? No es lo mismo XVI que XVII, XVIII o XIX: precisamente, si Luis XVI no llegó al siglo XIX fue precisamente porque la Revolución Francesa lo guillotinó. Por ejemplo, el reseñador ridiculiza los conocimientos franceses del Gruppenfürer, el general nazi que se cree Luis XVI: "En su cabeza se agolpan no tanto unos retazos de la historia de la Francia del siglo XVII, como la quincalla que la llenó cuando, niño todavía, leía con avidez las novelas de Dumas". O, en el falso prólogo que encabeza Vacío perfecto, el mismo Lem dice de su falsa reseña: "Un grupo de nazis escapan a Sudamérica, donde crean una sociedad idéntica a la de la Francia del siglo XVII". Hay otras referencias erróneas, por ejemplo al cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII. Por tanto, lo más probable es que el del texto no sea Luis XVI sino Luis XIII o quizá XIV, el Rey Sol. Será por Luises monarcas. Entonces, ¿se trata de un gazapo de Lem? ¿O es un error del falso reseñador? ¿O quizá estemos frente a una errata del falso novelista Alfred Zellermann, "conocido historiador de la literatura, casi sexagenario, doctor en antropología", según el reseñador?


—No creo que Lem se equivocara así —dijo rápidamente Honoriusz—. Lo más probable es, sin duda, que se trate de una broma más. Es decir, que la errata (decir Luis XVI en vez de Luis XIII o XIV) debe ser atribuida al falso novelista o al falso reseñador.

—Estoy de acuerdo —intervino Michalina—. Pero hay que recordar que el falso reseñador no existe, sino que es el mismo Lem. Así lo reconoce en el falso prólogo que ya ha citado Gienek: "El lector termina con la sensación de que los quince libros que comenta Stanisław Lem no sólo existen realmente, sino que él o ella los ha leído atentamente página por página". Por lo que el gazapo sólo puede ser de Lem o del falso novelista. Y yo me inclino por el falso novelista, el tal Alfred Zellermann.

—Vale, sólo hay falsas novelas y falsos autores, y no existe más reseñador que Lem —acepté—. Pero si es un error del falso novelista y Lem es consciente de él, ¿por qué no lo ridiculiza en su falsa reseña? ¿Lo olvidó? ¿Quería ponerse en ridículo, autoparodiarse?

—¿No son suficientes las referencias erróneas para darse cuenta de que es una broma? —continuó Michalina.

—Mucha fe tienes en los conocimientos históricos del lector. Yo tuve que buscar en la Wikipedia, y vosotros ni siquiera visteis el error...

—Haya paz, chicos —nos tranquilizó Stanisław—. Bueno, novato, buen trabajo. Veo que has hecho los deberes. Nos has descubierto un matiz de la obra de Lem que nos había pasado desapercibido. Honoriusz, toma nota en el acta de la reunión. Pero antes has mencionado una relación entre Lem y Bolaño: ¿qué vínculo hay entre este supuesto gazapo y La literatura nazi en América?

—En realidad ninguna —contesté—. Me he ido por las ramas, disculpa. Mi teoría es que el libro de Bolaño, una colección de falsas biografías y falsas reseñas de falsos escritores filonazis americanos, tiene su origen en esta falsa reseña de Lem.

—De hecho, se puede abstraer la teoría un poco más y decir que el nazismo, los totalitarismos y las distopías son un tema muy habitual de las falsas reseñas, ¿sabes?

—Es verdad, Michalina —dijo Stanisław—. En One Human Minute (1986), otro de los libros de Lem con falsas reseñas, hay una llamada "The Upside-Down Evolution". Allí resume un falso libro de historia militar del siglo XXI de lo más apocalíptico. No sólo predice que los robots o drones deshumanizarán aún más la guerra, sino que el desarme nuclear es imposible y la escalada militar una carrera hacia el suicidio colectivo.

—Aunque no acierta en la premisa principal de la falsa obra reseñada: que la Guerra Fría continúa en el siglo XXI. Se le escapó a Lem la posibilidad de la caída del Muro de Berlín, ¿sabes?, un pequeño detalle.

—Eso habría que discutirlo. ¿Acaso no seguimos en una Guerra Fría sin ideologías que la justifiquen?

—Yo aún diría más: ¿no es toda paz una guerra fría?

—O todavía mejor: ¿no es la guerra fría la única posible en el Occidente del siglo XXI?

—Bueno, dejadme que continúe con Lem-Bolaño —los interrumpí—. Como decía, Lem escribió "Alfred Zellermann: Gruppenfürer Louis XVI": una falsa reseña cuya novela tiene lugar en Parisia, una colonia nazi-absolutista en Argentina. Bolaño, por su parte, tiene en su libro la falsa biografía de Willy Schürholz, un poeta nazi chileno que nació en la Colonia Renacer. Esta colonia, como la de Lem, está aislada del mundo y poblada sólo por alemanes y su descendencia. La Colonia Renacer es, en suma, otra colonia nazi en Latinoamérica, otro islote distópico, como Parisia.

—Piensas, pues, que Bolaño escribió esta falsa biografía a partir de la falsa reseña de Lem, ¿no?

—Sí, pero no sólo eso —continué—. Lo más probable es que todo el libro, a partir de esta falsa biografía, sea deudor del libro de Lem.

—Interesante —dijo Honoriusz—. Y muy probable. De hecho, es habitual que las falsas reseñas estén conectadas entre sí: son textos con mucha consciencia de clase. El mismo Lem se refiere en One Human Minute a falsos libros reseñados en otros libros.

—Y en el falso prólogo de Vacío perfecto Lem se refiere a "Examen de la obra de Herbert Quain" explícitamente, ¿sabes?

—Y tiene otra falsa reseña, "Alistar Waynewright: Being Inc.", que es una clara referencia a otro texto de Borges. En la falsa novela de Waynewright, la gran empresa Being Inc. y otras similares, evoluciones de las primitivas agencias matrimoniales, les ofrecen a sus clientes la satisfacción de todo tipo de placeres no materiales: desde el placer de torturar al de matar, pegar, o castigar, pero también seducir o asustar a alguien. Con el paso del tiempo, todo en la vida está controlado por las computadoras de estas compañías y el azar y la autenticidad parecen haber quedado abolidos completamente. Algo similar sucede en el relato "La lotería en Babilonia" de Borges. Un babilonio cuenta la evolución de la lotería tradicional hasta la forma más perversa —y borgiana—: todos los babilonios participan en ella y cualquiera puede ganar o perder cualquier cosa, desde dinero hasta un accidente, un trabajo, un amor, etc. Como en las compañías de la falsa reseña de Lem, los sorteos de esta lotería acaban controlándolo casi todo y es imposible saber qué es fruto del azar y qué de la manipulación loteril.

—Pues es verdad, no había caído —contesté—. Por cierto, esta red de relaciones Bolaño-Lem-Borges me recuerda que en Barcelona descubrí a otro autor apocrifílico hispanohablante, español para ser concretos, barcelonés exactamente. No es muy conocido fuera de España; y dentro tampoco demasiado, la verdad. Se llama Luis Goytisolo y su libro apocrifílico, Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza (1985).

—Oh, muy interesante —dijo Honoriusz—. No conozco al tal Goytisolo, pero sí a ese Mendoza. También es un escritor español, ¿no? El de Sin noticias de Gurb y La verdad sobre el caso Savolta.

—¡Aún más interesante! —dijo Michalina—. Escribir falsas reseñas de un autor verdadero. A veces los españoles pueden tener buenas ideas también.

—No, no —los corté—. Os estáis confundiendo. Os estáis refiriendo a Eduardo Mendoza, escritor español real. Este es Claudio Mendoza, un personaje ficticio, creado por Luis Goytisolo.

—Pues vaya.

—Pero sigue siendo interesante —seguí—. Claudio Mendoza escribe el prólogo ("Tres hallazgos") y el epílogo ("Un Jehová del siglo XX") del libro de Goytisolo. Es un investigador de textos religiosos del mundo romano que dice que conoce a Goytisolo, y por eso un tal profesor Rico Manrique le ha pedido que escriba un breve ensayo sobre Luis Goytisolo. Francisco Rico (Manrique) es uno de los más importantes filólogos de España, y casualmente ha aparecido como personaje en novelas como El vientre de la ballenaLos enamoramientosNegra espalda del tiempo, etc. Llegó a escribir un artículo al respecto: "Ficticio novelista verdadero".

—Bueno, no está mal —me cortó Honoriusz—. Un falso académico que comenta a instancias de un académico real. ¿Y qué comenta?

—Bueno, no mucho. Habla de su relación con Luis Goytisolo, menos estrecha de lo que parecía. Y también de los textos que componen el libro. Sobre todo justifica su autenticidad, a pesar de que son evidentemente tan falsos como él mismo.

—Son falsas reseñas, ¿no?

—Ese es el problema —dije—. No exactamente, no todos los textos lo son. "El encuentro Marx-Lenin" son las cartas que se intercambian Léon Trotski y Luise Kautsky, testimonios del falso encuentro entre Marx, Engels, Trotski y Lenin en Londres. Marx y Lenin, por supuesto, se llevan como el perro y el gato.

»El segundo texto, "Diario de un gentleman", es un falso diario escrito por un tal Pachá, conocido de Luis Goytisolo y Claudio Mendoza; por tanto, probablemente otro personaje ficticio. En el fragmento del diario que podemos leer, Pachá conoce a una inglesa en una playa de Sitges y sale a cenar con ella. Tras unas copas y unos cuantos toqueteos, van a casa de la chica. Y cuando parece que el tal Pachá ha tenido suerte, se encuentran con el padre, que estaba despierto y esperándolos. Hablan un rato y, antes de que Pachá se vaya, decepcionado y con los huevos azules, el padre le dice que es un gentleman.

—¡Eh! ¡Menudo spoiler! Eso no se hace, ¿sabes? Deberíamos incluir esta norma en nuestro Manifiesto...

—Tienes razón, Aurelia. Anótalo en el acta, Honoriusz.

—Bueno, no es para tanto —me excusé—. La historia es bastante mala, sin duda lo peor del libro. El tercer texto, en cambio, os gustará mucho mas. "Joyce al fin superado" es una falsa reseña, pero no de un libro cualquiera, sino de Gigamesh, la falsa novela de Patrick Hannahan reseñada por Lem en Vacío perfecto.

—¡Vaya! No está mal. Una falsa reseña de Luis Goytisolo de un falso libro de Lem. Falsedad al cuadrado.

—Sí. Pero no de uno cualquiera, ¿sabes? La reseña de Gigamesh es una parodia de las novelas más experimentales y ambiciosas, es decir casi ilegibles, especialmente Ulises Finnegan's Wake. El falso autor, Hannahan, quería escribir una novela total mejor y mayor que las de Joyce. Y lo consiguió, ¿sabes?: la novela, de 395 páginas, constaba con una introducción de 847. En ella, se lleva a cabo la exégesis de la misma novela, ahorrándoles el trabajo a los críticos. Lem define el libro de Hannahan como "una patología de la cultura, y no un producto del sano desarrollo de la misma".

—Exacto —continué—. Pues Luis Goytisolo empieza así su falsa reseña: "Confío en que nadie vaya a interpretar el presente texto como un ataque a Stanisław Lem, un escritor que merece todos mis respetos y al que, en definitiva, debo el descubrimiento de la obra de Hannahan". Después del elogio llega el gran pero: Luis Goytisolo considera insuficiente el comentario hecho por Hannahan a su propia obra, así como el de Lem. Entonces procede a analizar todas las omisiones, inventando de paso a otros falsos exégetas, como H. G. Wilson y su antihannahania obra Defensa de Joyce contra sus discípulos.

—¡Hereje! —gritó Honoriusz, levantándose—. Cómo se atreve este Goytisolo a mancillar la obra de Lem. Jefe, esto hay que censurarlo.

—Cálmate, Honoriusz —lo apaciguó Stanisław—. Lem atacó a Joyce en su falsa reseña, ¿por qué no habría de ser él mismo atacado?

—Es verdad —dije—. El ataque de Goytisolo también va dirigido al autor irlandés. Al final, ambos vienen a decir lo mismo: es mejor leer la falsa reseña de una obra imposible que la obra imposible en sí misma.

—Eso es —dijo Michalina—. Parece que el texto de Goytisolo no va contra Lem, sino a su favor. Según sus falsas reseñas, no creo que Lem fuera un gran fan de Joyce. Tampoco lo era Borges, ¿sabes? ¿Para qué escribir un tocho ilegible si puedes hacer su falsa reseña, breve y legible además de sarcástica?

—¡Precisamente! —dije, contento—. Es el texto más apocrifílico del libro, aunque todo él tiene un tono más o menos similar. La única excepción es el quinto texto, "Acotaciones". Es un comentario de Luis Goytisolo a las memorias de su hermano Juan Goytisolo, Coto vedado.

—¿Luis Goytisolo tiene un hermano? ¿Estás seguro de que no es un falso escritor? Quizá Claudio Mendoza no sea el personaje, sino el creador de Luis y Juan Goytisolo...

—Y Coto vetado es una falsa novela, o unas falsas memorias, del mismo Claudio Mendoza, ¿no?

—No, no —aclaré—. Luis tiene dos hermanos, Juan y José Agustín, todos escritores, el último ya muerto. Y Coto vetado es un libro de memorias real de Juan Goytisolo, que ganó el Premio Cervantes hace nada, por cierto. Luis Goytisolo comenta algunas desavenencias como "lector privilegiado" de las memorias de su hermano Juan. Dice: "En la medida en que Coto vedado no es una obra de ficción sino un texto autobiográfico y en la medida en que la casa de Juan es en definitiva mi casa, su familia mi familia y su infancia se corresponde parcialmente con la mía, me ha parecido necesario exponer aquí las principales discrepancias interpretativas respecto a determinados hechos". Sí, no me miréis con esas caras: a mí también me parece que no tiene sentido poner este texto verdadero entre textos apócrifos.


—No, no tiene mucho sentido aquí esta rencilla familiar —secundó Michalina—. Y eso que a mí también me gusta el cotilleo. En un salón de belleza una no puede evitarlo...

—Bueno, Gienek, debo felicitarte por tu trabajo —dijo Stanisław sonriendo y blandiendo pacíficamente el muñón—. Queda perdonada tu anterior ausencia. Y la bigotización literaria a la que me sometiste, también.

—¡Viva! —gritó Michalina.

—¡Amén, jefe! Después de esto, nos merecemos una segunda compota, ¿verdad? —propuso Honoriusz mientras ya se levantaba.

Decidí no decirles nada y posponer hasta la siguiente reunión mi odio secreto hacia la compota. No iba a ser un aguafiestas: en la pequeña Cracovia no es tan fácil hacer amigos.

sábado, 21 de febrero de 2015

Primer encuentro con los Apocrifílicos

La historia de cómo conocí a los Apocrifílicos sólo podía empezar, claro está, con un libro. De hecho, la historia comienza durante la lectura de esa extraña obra de Stanisław Lem: Vacío perfecto. Tampoco podía ser otro autor ni otro libro, obviamente. Yo aún diría más: el primer contacto con los Apocrifílicos lo tuve a causa de la interrupción de la lectura de Vacío perfecto. Efectivamente, sí, sólo podía ser así.

* * *

En uno de los breves descansos entre clase y clase del gimnazjum (instituto), deseoso de aislarme de los alumnos —de los profesores no era necesario: para ellos era menos que un fantasma, una sombra o un mueble— en la lectura de Vacío perfecto, percibí la desaparición del libro. Hurgué en mi mochila y mi taquilla, interrogué a los otros profesores. Regresé a las aulas donde había dado clase aquella mañana. Pregunté en conserjería y en secretaría, también a varios de mis alumnos que fui encontrando por el pasillo. Nadie había encontrado una novela de un escritor polaco traducida al español —"bueno, no es exactamente una novela, aunque tampoco importa mucho", precisé—. Salí a la calle y llegué hasta la esquina más cercana; evidentemente, no estaba allí. Nunca me he considerado una persona despistada —mis allegados a veces confunden la indiferencia con el descuido—, y menos aún con un libro, así que me resistía a aceptar que lo más probable era que me lo hubiera dejado en el tranvía aquella mañana, viniendo al gimnazjum. Empezar a trabajar un lunes a las 7:30 sólo puede dar dolores de cabeza.

Antes de tirar la toalla y de dirigirme a la siguiente clase, intenté preguntarle al guarda de seguridad si sabía algo de mi libro. De entre la fauna que integra el extraño mundo de los vigilantes, aquel era sin duda un espécimen inclasificable, hasta tal punto que costaba llamarlo guarda, vigilante o segurata. No porque fuera bajo y enteco —su uniforme azul le quedaba holgado como un pijama—, sino sobre todo por su carácter jovial. Cada vez que algún profesor llegaba al instituto, el guarda, de pie en la decrépita escalinata comunistoide de la entrada, se apartaba hacia un lado y hacía una leve reverencia con la cabeza, sonriendo mansamente. Incluso a mí, ignorado por todos, me saludaba: las manos recogidas tras la espalda, las piernas juntas y el torso erguido sin rigidez, como se cuadraría un botones algo bobo, sonriendo durante el instante en el que inclinaba la cabeza. Procedía siempre de forma mecánica pero natural, más como un perro fiel —aguardando después su premio o recompensa tras la pirueta— que como un humano. La comparación con un perro podría parecer denigrante, pero no era del todo gratuita: un día, le había oído decir a un estudiante que el vigilante era retrasado mental. Reprendí un poco al chaval, pero se excusó diciendo que no era ningún insulto: era la pura realidad y todos lo sabían, aquel hombre era un botarate, un mentecato, un tontaina. En verdad su comportamiento coincidía con el de una persona con las capacidades intelectuales mermadas. Entonces me percaté de que nunca le había escuchado hablar con nadie ni pronunciar ninguna palabra; ni siquiera respondía los dzień dobry que le decía yo cada mañana, sonreía, se inclinaba y nada más. En muy contadas ocasiones, le había oído proferir unos gritos pseudoanimales para regañar a los niños o comunicarse con la señora de la limpieza.

Pero yo quería recuperar mi libro y tenía que probar suerte con él, por muy retrasado que fuera. Lo saludé y le pregunté, en mi polaco macarrónico, si por casualidad había encontrado un libro en español, añadiendo que lo había perdido aquella mañana. Sonrió sin decirme nada. Le volví a preguntar lo mismo y de nuevo me sonrió, haciendo una reverencia. Probé en inglés y repitió la réplica. Lo intenté varias veces más con idéntico resultado: sonrisa e inclinación, hasta que la conserje me cortó:

—No hace falta que sigas. Ya te ha entendido. No es tonto, es casi sordomudo. O sea, totalmente mudo y bastante sordo. Pero si te ha sonreído es que ya ha comprendido lo que le has pedido. Y si alguien puede encontrar tu condenado libro, ese es Honoriusz.

Honoriusz el guarda me sonrió por última vez y se alejó, siguiendo con su ronda por el instituto. Aquella era la primera ocasión, en los dos cursos que yo llevaba trabajando allí, que oía su nombre. Le quedaba como un guante. También acababa de descubrir que era casi sordomudo.

* * *

Durante el resto de clases de aquel día, no pude pensar en otra cosa que en Honoriusz. ¿Cómo podía yo preocuparme por mi libro perdido, y todavía peor, cómo se me ocurría quejarme de mis estudiantes, sabiendo que a pocos metros estaba aquel pobre hombre, que al final no era retrasado sino mudo y casi sordo? Su trabajo era, además, mucho peor que el mío: yo sólo tenía que aguantar a los adolescentes insolentes durante unas pocas horas, mientras que él permanecía allí de perro guardián más de diez horas diarias. Y lo peor de todo era que aquel instituto no tenía patio ni ningún otro espacio donde los alumnos pudieran salir a recrearse y desahogarse. Cada 45 minutos, la alarma le avisaba a Honoriusz de que la oleada adolescente inundaría los pasillos del instituto por 5, 10 o 20 minutos, ahogándolo durante 5, 10 o 20 minutos. Durante más de diez horas al día, Honoriusz sufría los embates de aquellas criaturas maléficas, niños ahombrados y deformes, humanos inconclusos, cuyos magnificados defectos arrollaban sus débiles virtudes. Las alarmas, que a los profesores nos daban un islote de tranquilidad, señalaban para Honoriusz el fin de la calma: la apertura de la presa adolescente. Por otro lado, si yo podía amenazar a los estudiantes con el suspenso y contener su ímpetu juvenil, él no tenía casi ninguna arma para hacer frente a su insolencia. No les podía hablar (era mudo) ni mucho menos pegar (la ley enmudecía sus manos). Muy de vez en cuando —ya lo he dicho— gritaba, pero le salía un aullido perruno muy lastimoso. Además, le debía de costar mucho lograr explicarle a la directora o a otro profesor lo que había hecho un gamberro.

Mientras paseaba por el corredor, llegué a la conclusión de que era precisamente la casi sordomudez de Honoriusz lo que le permitía aguantar aquel trabajo sin consecuencias serias para su salud. Y empecé a darme cuenta de que lo realizaba la mar de bien: los adolescentes lo respetaban bastante y no se portaban muy mal en su presencia. Apenas se reían de él, supuse que porque sus insultos no eran oídos o comprendidos. Del mismo modo, sus travesuras no surtían efecto alguno: pegarle un papel en la espalda, robarle la gorra, tirar una bomba fétida en el pasillo, etc., ninguna perrería alteraba el carácter risueño del guarda Honoriusz. La casi sordomudez aislaba a Honoriusz del oleaje adolescente. Pero aquello no explicaba del todo la disposición calma y grata del guarda. La alusión a la mansedumbre canina es, de nuevo, inevitable. Como los perros, Honoriusz lograba el equilibrio perfecto entre el contento y la tranquilidad sin caer en la burda sumisión. Si se prefiere, también se podría pensar en una versión desenfadada y espontánea del estoicismo, comparación quizás algo más digna que la perruna.

Aquellas reflexiones sobre Honoriusz esclarecieron una anécdota que había olvidado, protagonizada por él antes de que yo le prestara atención alguna. Un par de meses atrás, Honoriusz había pasado una semana de baja y había sido reemplazado por un segurata de la peor calaña. Su autoritarismo, de lo más habitual en un vigilante de seguridad, no le permitía llevarse bien con los estudiantes, demasiado acostumbrados a Honoriusz. Por una semana, las relaciones fueron algo más tensas, normalmente tensas. El lunes siguiente a las 7:30, lo encontré en las escaleras como si nada: se cuadró, me sonrió, se inclinó. Me pareció que el uniforme azul le quedaba un poco más ancho de lo habitual; probablemente, no se trataba sino del contraste con el anterior guarda, mucho más fornido. Le dije dzień dobry contagiado por su naturalidad y me dirigí hacia la sala de profesores. Ninguno había notado su ausencia y tampoco su regreso, como nadie reparaba en mi paso. No recuerdo qué me tocó enseñar en aquella primera clase del día; quizá hice un dictado, una audición o una lectura, o estrenamos un nuevo tema de gramática, quién sabe. A las 8:15, durante el primer descanso, me tocaba hacer guardia en los pasillos del segundo piso. Como siempre, los alumnos se sentaban en los bancos o en el suelo, otros se quedaban de pie junto a la pared, algunos comían o charlaban, casi ninguno paseaba: a aquellas horas aún estaban muy dormidos. De repente, a la vuelta de la esquina se empezaron a oír gritos, primero, luego algún silbido acompañado de aplausos, de una intensidad anacrónica. Los niños se arremolinaron al final del corredor, así que me acerqué pensando que habría una pelea o algo por el estilo. Al llegar a la esquina, apareció Honoriusz paseando lentamente, como si nada; no había riñas ni discusiones. El guarda acababa de subir las escaleras y unos cuantos chavales lo seguían excitados, celebrando su regreso al gimnazjum entre burlas y alegría sincera. Cuando enfiló el pasillo, los aplausos se propagaron hacia el otro lado. Muchos se levantaban mientras aplaudían sonrientes. El otro profesor que hacía guardia conmigo, el cura que daba religión, sonrió y se puso a aplaudir. Honoriusz caminaba sin prisa, como si nada, rodeado de críos cual flautista de Hamelín. Sonrió un par de veces, inclinando la cabeza, y continuó la ronda sin detenerse.

* * *

Salí de la la última clase de mi jornada laboral, cerré la puerta y mi vista se zambulló en el pasillo. Recordé cómo Honoriusz llegaba al final de aquel corredor-río mecido por 200 niños vitoreándolo, giraba la esquina sobriamente, y los gritos y los aplausos se deslizaban hacia los pisos inferiores.

Unos tímidos tirones en la manga de la camisa me sacaron del ensimismamiento. Era Honoriusz. Me enseñó mi ejemplar de Vacío perfecto, que había sacado de su cartera, y sonrió. Fui a cogerlo pero se lo guardó de nuevo. Señaló el aula, volvió a mostrarme el libro y otra vez apuntó a la puerta cerrada. Entré casi arrollado por Honoriusz y cerró tras él. Me miró como si fuera otro: ni guarda, ni perro, ni botones, ni retrasado, ni casi sordomudo, ni siquiera sonriente. Cogió una tiza y escribió en la pizarra:
1. Vacío perfecto de...
Me dio la tiza. No entendía muy bien aquel juego, pero lo completé:
1. Vacío perfecto de Stanisław Lem
Honoriusz me cogió la tiza y escribió debajo:
2. "Examen de la obra de Herbert Quain" de...
De nuevo, me entregó la tiza y añadí:
2. "Examen de la obra de Herbert Quain" de Jorge Luis Borges
Entonces, escribió:
3. La literatura nazi en América de...
Agregué:
3. La literatura nazi en América de Roberto Bolaño
Escribió un número cuatro y me dio la tiza. Miró el reloj y se sentó esperando a que concluyera la serie. Finalmente, continué la secuencia:
4. "El acercamiento a Almotásim" de Borges
Honoriusz sonrió satisfecho. Me cogió la tiza y borró la pizarra. Al girarse, su sonrisa perruna se había desvanecido. Entonces habló:

—Muy bien, te felicito —me dijo Honoriusz en un inglés tan macarrónico como mi polaco, aunque bastante más solvente—. Conoces algún texto y escritor apocrifílicos. Si quieres descubrir más, y de paso conocer la Hermandad de los Apocrifílicos, nos vemos este sábado a las 17:00 en Massolit Books. Si no apareces, asumiré que no te interesa, y no explicarás qué ha sucedido aquí: lo olvidarás dócilmente. Por supuesto, no puedes decirle a nadie que puedo hablar. Tampoco les digas que sé inglés, ni que no estoy casi sordo. Sigue como hasta ahora: no le digas nada a nadie. Adiós.

Dejó mi libro sobre la mesa y salió. No tuve tiempo de darle las gracias ni preguntarle cómo lo había encontrado. Sonó la alarma y empezaron a entrar niños en el aula. Le di las llaves de la clase a la profesora y me fui a coger el tranvía, donde reanudé la lectura de mi reaparecido Vacío perfecto.

* * *

Para el sábado, ya había terminado el libro de Lem. Vacío perfecto (1971) no es una novela, sino algo un poco más complejo —o más rebuscado—: una antología de falsas reseñas. En total, dieciséis textos más o menos uniformes que resumen y comentan cada uno una obra literaria o científica falsa, inexistente, apócrifa, es decir, inventada por el mismo Lem, que también crea al autor de la falsa obra. Por ejemplo, una de ellas se titula "Simon Merrill: Sexplosión". Simon Merrill es el falso autor de Sexplosión, la falsa novela. Se trata de una novela de ciencia-ficción postapocalíptica: en el futuro, el sexo se ha convertido en una religión, y todo gira alrededor del sexo, de forma autónoma y despersonalizada; es decir, una versión hiperbólica del presente, como toda obra de ciencia-ficción. Pero una catástrofe —clara metáfora del pánico a la bomba nuclear y vaticinio del accidente de Chernóbil— cambia totalmente el panorama mundial: un arma secreta en formato gaseoso, el NOSEX, explota y se esparce por el mundo, matando la libido de toda la humanidad. No sólo eso, sino que la gente siente repugnancia absoluta por el sexo. Como consecuencia, la mayor industria, la sexual, se va a pique. Incluso la supervivencia de la especie se ve amenazada, ya que nadie siente ningún interés por reproducirse. Por suerte, se logra desarrollar la procreación asistida, que sustrae a la humanidad de las desagradables prácticas sexuales.

El resto de falsas reseñas de Vacío perfecto no es menos disparatado que esta. De hecho, la primera es una reseña del propio Vacío perfecto, titulada "Stanisław Lem: Vacío perfecto". Las otras obras que Honoriusz había escrito en la pizarra también pertenecían a este extraño subgénero literario: los dos cuentos de Borges y el libro de Roberto Bolaño. Así que uno se podía hacer una ligera idea de cuál era el cometido de la "Hermandad de los Apocrifílicos". Aunque el secretismo que le había otorgado el aún más misterioso Honoriusz hizo que me decidiera a visitarlos aquel sábado a las 17:00.

Massolit Books era una librería con libros en lengua inglesa cerca del centro de Cracovia. Había ido varias veces antes, no sólo porque los libros en inglés eran más baratos —y a menudo interesantes— que en español, sino porque el establecimiento merecía la pena. Además de ofrecer ediciones más o menos económicas —de literatura, sobre todo, pero también libros académicos, de historia, de crítica, de filosofía, de viajes, etc.— la librería tenía una atmósfera bastante chic, con un toque familiar y apacible; un lugar muy hipster, en resumen. Había un par de salas destinadas a la lectura entre estanterías, donde en algunas ocasiones había llegado a encontrar a alguien leyendo, aunque nunca me he atrevido a sentarme en una de sus butacas. Los crujientes suelos de parqué y las cortinas que separaban las estancias alimentaban el aire misterioso del lugar. Los vendedores hablaban inglés, así que podían ayudarte a encontrar lo que necesitaras. No había detectores antirrobo y tampoco eran necesarios los guardas como Honoriusz, porque aquel ambiente relajado y sofisticado era el más eficiente sistema de seguridad: mangar un libro allí era como profanar un templo. Con todo, quizá la parte más interesante de la librería era la cafetería. Un pasillo conectaba armónicamente la tienda con un saloncito dividido en dos estancias, ataviadas al estilo romántico decadente de los cafés de Kazimierz —pese a no encontrarse en el barrio judío—: mesas de madera ajadas, sillas tambaleantes y lámparas antiguas, todas ellas —mesas, sillas, lámparas— diferentes entre sí pero sorprendentemente emparentadas, libros viejos abandonados en anaqueles abombados, visillos gastados y candelabros cubiertos de cera. Ofrecía tes y cafés, algo menos aguados que los cafés cracovianos, y unas tartas deliciosas. La clientela solía ser fina e informal, en sintonía con el decorado: solitarios lectores deseosos de visibilidad, misteriosas parejas bohemias, pequeñas tertulias intelectuales, extranjeros presuntuosos, turistas extraviados.

Cuando llegué, Honoriusz estaba fuera fumando. Durante aquella semana lo había seguido viendo en el instituto y él había continuado comportándose como siempre: servicial y sonriente, perruno y casi sordomudo. Delante de Massolit, el aura que lo rodeaba en el gimnazjum se había esfumado como si no hubiera existido nunca. Sólo veía a un polaco cualquiera, bajito, flacucho y gris, quizá porque no llevaba el uniforme azul de guarda de seguridad. Le dije dzień dobry y tardó en reaccionar.

—Aún no ha llegado nadie. Ya son las 17:00 —dijo por fin en su extrañísimo inglés.

No hice ademán de entablar conversación, porque Honoriusz no parecía dispuesto a ello. Continuó fumando en silencio y yo aparenté usar el móvil.

Cuando acababa de tirar la segunda colilla a la basura, llegó otro hombre. Era un poco más alto que Honoriusz y tenía un mostacho castaño típicamente polaco. Se saludaron lacónicamente y entraron a la librería sin decirme nada. Los seguí hasta el mostrador y torcí a la izquierda hacia la cafetería, pero cuando llegué Honoriusz y el hombre del bigote ya regresaban.

—Oye, no hay sitio en la cafetería —le dijo el del mostacho al camarero-vendedor—. ¿No quedamos en que nos tenías que reservar una mesa para nuestras reuniones?

—¿Eran los sábados? —el camarero estaba preparando unos cafés—. Nunca me acuerdo, lo siento. Si esperáis un poco, pronto quedará alguna mesa libre.

—El primer sábado de cada mes, te lo he dicho mil veces. No, da igual. Nos vamos.

El del bigote y Honoriusz acabaron de desandar su camino y salieron fuera, conmigo detrás. Sin decir nada, nos dirigimos a un bar mleczny cercano. Era desaliñado y aceitoso, sin clase y ridículamente barato, como todos estos restaurantes con autoservicio. Nos sentamos en una mesa y Honoriusz fue a pedir. Regresó con tres vasos de compota y una sopa para él. El mostachudo dio un sorbo a su compota y empezó a hablar con el bigote goteando:

—Es una vergüenza. No es la primera vez que nos ocurre semejante infamia. En la anterior reunión también pasó lo mismo. Estoy harto ya de esa cafetería presuntuosa. No volveremos más. Honoriusz, añade un primer punto al acta de hoy: discutir el nuevo emplazamiento de los encuentros de... —me miró— de la Hermandad. ¿Y cuándo va a llegar Michalina? Siempre llega tarde. No te olvides de enviarle un mensaje y decirle que estamos aquí y no en Massolit.

—No hace falta, ya he llegado. Disculpad mi retraso.

Nos giramos todos: allí estaba la susodicha Michalina (pronunciado Mijalina).

—Venga, siéntate, Michalina. ¿Cómo sabías que estábamos aquí? Bueno, no importa. Hoy tenemos trabajo extra: un candidato que arde en deseos de ingresar en la Hermandad. Honoriusz, tráele una compota a Michalina, haz el favor. Como puedes comprobar —dijo, dirigiéndose a mí por primera vez—, Honoriusz es un secretario de lo más eficiente. No hace nada en el gimnazjum, así que después necesita hacer algo provechoso. Por eso decidimos nombrarlo secretario. Esperemos a que vuelva y empezamos.

El inglés del abigotado era tan extraño como el de Honoriusz, aunque diferente. Tampoco tenía acento polaco. La tal Michalina era rubia, bajita y algo regordeta. Cuando Honoriusz regresó con el vaso de compota, el amostachado siguió hablando:

—Bien, queridos hermanos Apocrifílicos e ilustre invitado, vamos a empezar. Esta es la vigésimo tercera reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos. Brindemos con nuestras compotas y comencemos. El de hoy es un encuentro especial: tenemos un nuevo miembro y debemos llevar a cabo su ritual de iniciación, es decir, ponerlo al día de nuestro propósito en el mundo. No, por favor, no me interrumpas —me dijo, viendo mis ansias de intervenir—. Después podrás hablar.

»En primer lugar, debemos bautizarte. Tu nuevo nombre apocrifílico debe ser, como los nuestros, un nombre polaco. Desde ahora, serás conocido como Gienek. Es lo más parecido a tu nombre que hemos encontrado en este laberinto infestado de minotauros llamado lengua polaca. ¡Alza tu compota y bebe, Gienek! —alcé mi brebaje y bebí—. Bien, nuestro secretario, Honoriusz, nos dijo que tienes ciertos conocimientos de algunos escritores apocrifílicos.

—Le hice la prueba y conocía algunas obras apocrifílicas de Stanisław Lem, Roberto Bolaño y Jorge Luis Borges, jefe —agregó Honoriusz.

—No están todos los que son, pero son todos los que están —sentenció el bigotudo—. Es decir, no está mal.

—¿Que no está mal? ¡Pero si son la Santísima Trinidad Apocrifílica, Stanislau! —dijo Michalina.

—Michalina, cariño, ya te he dicho que no puedes interrumpirme cuando estamos aquí. Y llámame por mi nombre apocrifílico, no Stanislau. Como te decía, Gienek, superaste el test que todos hemos pasado: tienes los conocimientos mínimos para formar parte de nuestro selecto club. Además, nos dijo Honoriusz que, como nosotros, no estás totalmente integrado en la sociedad polaca. Eso está bien. La literatura marginal debe estudiarse desde el margen.

»Ya habrás notado que nosotros tenemos nombres polacos pero ninguno ha nacido en este país. Honoriusz, por muy polaco que parezca, y aunque se haga pasar por subnormal, sólo es húngaro. Su nombre es Elmyr, y no habla ni pizca de polaco. Por eso se hace el sordomudo.

—El casi sordomudo, jefe —apostilló Honoriusz.

—Bueno, lo que tú quieras. Me gustaría saber cómo se lo hiciste creer a los de la oficina de inmigración y a los del gimnazjum. La cuestión es que no hay nadie mejor que él mintiendo. En su país era actor y ladrón, dos trabajos que se acoplan la mar de bien. Michalina, en cambio, es rumana, y apenas sabe decir hola en polaco.

—Por suerte, no lo necesito para mi trabajo —lo interrumpió Michalina—. Soy esteticista, ¿sabes? A veces me dejan cortar el pelo y hacer manicuras, pero sobre todo realizo limpiezas faciales, o sea, de puntos negros y espinillas. No necesitas hablar mucho polaco para hacerlas, ¿sabes? Pero hay que ser tan profesional como en cualquier otro campo, eso sí. La gente no sabe que el cutis es una parte muy importante de nuestra salud. Por eso nos consideran a los esteticistas faciales unos engañabobos o, en el caso de mi especialidad, los basureros del rostro. En la cara está el principal indicador de nuestro bienestar, ¿sabes? De ahí que haya que hidratarla correctamente, y mantener sus poros aseados. Además, es uno de los primeros referentes cuando conocemos a alguien. De ti, Gienek, puedo decir en primer lugar que no cuidas nada bien tu salud facial. Tus poros están bastante sucios y ennegrecidos, especialmente en la nariz. Alrededor de la napia se pueden apreciar elevadas concentraciones de grasa, por eso tiene esa textura brillante, como las paredes y las mesas de este bar mleczny. Por suerte llevas barba y gafas, que te cubren algunas imperfecciones del resto del rostro: lo mismo hacen aquí con estos cuadros y estos tapetes tan cutres. Pero, al mismo tiempo, las gafas, los cuadros, la barba y los tapetes enfatizan la inmundicia que recubre la parte descubierta. Si me apuras, también puedo decirte que vives en esta ciudad desde hace más de un año. Los niveles de suciedad de tu cutis rondan la media cracoviana, de las más altas de Europa, ¿sabes? Tus espinillas se están reverdeciendo, como si fueras un auténtico cracoviano. Deberías cuidar más tu tez, igual que Honoriusz y Stanisław. Mira mi cutis qué limpio está, parezco como mínimo una varsoviana, y eso que llevo aquí más de cuatro años.

—Gracias, Michalina, lo sabemos y lo sabíamos. Déjame seguir a mí, no puedes cortarme cuando tengo el turno de palabra. Soy el líder de los Apocrifílicos, merezco un respeto. Como iba diciendo, Michalina es rumana. Su nombre verdadero es Aurelia, pero eso aquí no importa. Es mi novia, así que no te hagas ilusiones: su rostro y sus impolutos poros son míos. Esto sí que importa, Gienek, aquí y en la China Popular. En cuanto a mí, ya has oído mi nombre apocrifílico, Stanisław, puedes imaginarte el porqué. También soy rumano y no hablo casi nada de polaco. Trabajo como agente en un call center que da asistencia a Rumanía. En resumen, como Michalina y Honoriusz, estoy orgullosamente al margen.

—Y como Grzegorz, jefe —agregó Honoriusz—. No se olvide de él. Está de viaje, pero volverá pronto.

—Sí, me acuerdo de los cuatro Apocrifílicos, Honoriusz. No necesitas recordarme nuestros nombres. Pero no querrás que le revele todos nuestros secretos a Gienek desde el principio. Aunque nosotros no necesitamos guardar secretos: por naturaleza, nadie nos presta atención, así de marginales somos.

»En fin, como te decía, más allá de nuestros abominables trabajos, nuestra pasión y nuestra áncora de salvación es la literatura. Y no cualquier tipo de literatura, sino la literatura más falsaria y, quizá por ello, marginal. Por eso fundamos esta Hermandad de los Apocrifílicos, para reivindicarla y recordarla. Evidentemente, toda literatura está relacionada con lo falso, con la mentira; pero la literatura apocrifílica es aquella que tiene una relación más estrecha (de amistad, nos gusta decir) con lo apócrifo.

—El que se inventó el nombre fue Honoriusz, ¿sabes? Suena guarro y pervertido, pero es un concepto muy noble.

—Michalina, por favor —la reprendió Stanisław—. Honoriusz nos dijo que estabas leyendo Vacío perfecto de Lem. En esta obra se reseñan obras falsas. Lem adopta un género que presupone la verdad y la honestidad científicas (la reseña) y lo transgrede aplicándolo a una obra inexistente, inventada. Esto antes ya lo había hecho Borges, claro, y probablemente otros, pero Lem lo lleva hasta el extremo: concibe un libro sólo con falsas reseñas. ¿Para qué, te estarás preguntando? Con una finalidad lúdica: puede ser. Para satirizar algún estilo o autor u obra: también. Por mera pedantería: no me extrañaría. Como un guiño o un homenaje a Borges: es posible. No obstante, Lem nos da otro motivo: escribe falsas reseñas para alcanzar lo innombrable, lo que no puede ser escrito pero sí descrito, no puede ser contado pero sí glosado.

—No me gusta interrumpirlo, jefe, pero el libro también incluye una falsa reseña del falso discurso de un falso premio Nobel.

—Sí, sí, claro. En fin, más adelante ya discutiremos los porqués de la falsa reseña. Esto es sólo una introducción. Por otro lado, no hay que confundir la falsa reseña, ojo, con la reseña falsa. No son lo mismo. La reseña falsa es, simplemente, una reseña no verdadera, falseada, pero sobre una obra verdadera. Me explico. Como sin duda ya sabrás, el autor de bestsellers inglés R. J. Ellory escribió reseñas falsas sobre sus propias obras (verdaderas) en Amazon. Creó varios perfiles falsos y criticó positivamente sus novelas (verdaderas), y negativamente las de otros escritores rivales (verdaderas, verdaderos). Lo hizo Ellory y lo habrán hecho otros escritores, pero también lo hacen constantemente muchas empresas en las redes sociales. En fin, esto es una mera reseña falsa: habla de manera interesada de algo existente. Una falsa reseña, en cambio, habla de algo inexistente y tiene interés literario. Lo único que comparten la reseña falsa y la falsa reseña es la forma y, por ello, el punto de partida, o sea, el pacto con el lector. Es decir, que el lector no (siempre) sabe que está leyendo un comentario falso sobre una obra real, en un caso, o un comentario verdadero sobre una obra falsa, en el otro. Sí, sí, ya veo que quieres hablar, Gienek, pero aún no. No te impacientes, ya te llegará el turno.

—No podemos interrumpir al líder de los Apocrifílicos, Gienek, ¿sabes? Está escrito en nuestro Manifiesto Apocrifílico. Por cierto, Stanisław, cariño, ¿por qué no lo hemos leído hoy? Nos quedó tan bien...

—Estoy tratando de informarle a Gienek de nuestra labor, Michalina. Ya llegaremos al Manifiesto. Como iba diciendo, además de las falsas reseñas, nos interesan otros géneros apocrifílicos. Nos consideramos los taxónomos de lo apocrifílico. Así, también nos interesan las falsas biografías. Es decir, biografías apócrifas de personajes reales. Como las Vidas imaginarias de Marcel Schwob o la Historia universal de la infamia de Jorge Luis Borges. Otro subsubgénero apocrifílico es la autoficción: lo mismo que lo anterior pero aplicado a la autobiografía, es decir, la autobiografía con ficción. Por ejemplo, Soldados de Salamina de Javier Cercas o Summertime de J. M. Coetzee. O el falso documental: bajo la apariencia de un documental (algo que representa fielmente la realidad) se nos presentan hechos falsos (infieles a la realidad). Como en This is Spinal TapOpération LuneOperación Palace o Exit Through the Gift Shop.

—No se olvide de otras prácticas apocrifílicas, jefe, como el uso de pseudónimos y heterónimos, la creación de autores falsos o el roman à clef.

—Tienes razón, Honoriusz, gracias. Pero recuerda que desde la decimonona reunión acordamos aplicar nuestros esfuerzos a las falsas reseñas, más marginales que los otros subsubgéneros. Desde entonces hemos hecho progresos, pero no los suficientes. Léenos nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña, Honoriusz, para que Gienek vea la magnitud de nuestros esfuerzos.

—Por supuesto, jefe. Además de las obras ya citadas de Borges, Bolaño y Lem, sabemos que Jonathan Swift y François Rabelais escribieron falsas reseñas. Por desgracia, no las hemos encontrado, porque es difícil acceder a sus obras en inglés, húngaro o rumano, aquí en Cracovia. No visitamos nuestros hogares desde antes de la decimonona reunión de la Hermandad de los Apocrifílicos, por lo que no hemos podido hallarlos. Nota al pie: en nuestras casas sería difícil acceder a estos textos en cualquier idioma, así como en las bibliotecas, librerías y centros de cultura aledaños.

Excusatio non petita, accusatio manifesta, ¿sabes?

—Aguarda tu turno, Gienek, no interrumpas el curso de nuestra historia. Prosigue, Honoriusz.

—Gracias, jefe. En Pale Fire (1962) de Vladimir Nabokov encontramos un texto emparentado con la falsa reseña. Esta novela es un comentario de un poema creado ad hoc (nosotros también sabemos de latines) que podemos leer dentro de la misma novela. En las novelas de caballería aparecían a menudo referencias a "libros fingidos", inexistentes y casi siempre mágicos. Jefe, quizá este punto deberíamos situarlo el primero, antes de hablar de Rabelais y Swift, por cuestiones cronológicas, ¿no? En fin, sigo. El teórico de la literatura Gérard Genette, en su Palimpsestes (1982), llama a las reseñas de Borges "pseudo-resúmenes". Las características del pseudo-resumen son su aspecto apócrifo y sinóptico, es decir, su falsa condición de comentario. Aunque se trata de la única incursión que conocemos de la teoría literaria en el mundo de la falsa reseña, Genette no va más allá y no menciona otros textos afines. Esto es todo, camaradas.

—Gracias, Honoriusz. Gienek, ya ves que nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña es más bien corta. Nos iría bien tener a alguien que pueda leer español, pues parece que la literatura hispanohablante es bastante dada a estos coqueteos con lo apócrifo, y catalán, porque quién sabe lo que las literaturas marginales deparan; así nuestra historia dejaría de ser breve y parcial —dio un sorbo a su compota, hizo una pausa y bajó la mirada—. Sinceramente, no podemos ofrecerte mucho más que nuestra compañía, aunque eso debería ser suficiente. Si quieres, Gienek, ya eres uno de los nuestros.

Sin haberme dado cuenta de ello, Michalina regresaba a la mesa con una bandeja. Traía cuatro vasos más de compota y un plato de pierogi. Lo depositó frente a mí y sonrió. Levanté mi compota y brindamos.

* * *

La historia de cómo conocí a los Apocrifílicos ya casi se termina, aunque mi relación con ellos no hace más que empezar. Aquella misma tarde les propuse poner un anuncio en diversos lugares de Cracovia en el que pidiéramos ayuda para elaborar una lista de falsas reseñas, falsas biografías y autobiografías (autoficción) y falsos documentales. Gracias a la euforia producida por mi adscripción a la Hermandad, no me costó mucho convencerlos de que salieran un poco de su anonimato o, como un auténtico Apocrifílico diría, de su marginalidad. Acordamos escribir el anuncio en inglés, español, catalán, húngaro y rumano, los idiomas oficiales de la Hermandad, así como en polaco macarrónico. Decidimos colgar los anuncios en universidades, bares, escuelas de idiomas, museos y otros centros más o menos culturales, así como en las redes sociales. Les dije que escribiría esta entrada para mi blog y que copiaría el anuncio, aun sabiendo que casi nadie lo llegaría a leer:
Lector: la Hermandad Apocrifílica requiere tu ayuda para buscar obras y autores de: 
-Falsas reseñas.
-Falsas biografías.
-Falsas autobiografías (o autoficción).
-Falsos documentales (o mockumentaries).
-Cualquier otra obra de carácter apócrifo.
Recompensa: conversación literaria con una compota u otra bebida en Cracovia.
Escribir a apocrifilicos@gmail.com.
* * *

El lunes siguiente, a las 7:30, le dije dzień dobry a Honoriusz. Junto a la escalera, interpretó su papel como si nada: las manos recogidas tras la espalda, las piernas juntas y el torso erguido sin rigidez, como se cuadraría un botones algo bobo, sonriendo durante el instante en el que inclinaba la cabeza.

—Oye, Honoriusz, ¿cómo encontraste mi libro? —le pregunté, sabiendo que no podía esperar más respuesta que una sonrisa.