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jueves, 21 de septiembre de 2017

The Real Rolling Stones

Cuando mueran los Rolling Stones, no acabará una época sino dos o tres. La libertad de expresión, la socialdemocracia, el hedonismo hippy, la Guerra Fría, la descolonización, el auge del neoliberalismo, la caída del Muro de Berlín, el 11-S, la Crisis de los refugiados: los Rolling Stones enterrarán a varias generaciones y unas cuantas mentalidades, terminarán el siglo XX y parte del XXI. Estas Piedras han rodado tanto para llegar hasta esta última gira de su carrera, No Filter.

Algo así intentaba pensar yo durante el concierto de los Rolling Stones en Spielberg, Austria, el pasado sábado 16 de septiembre. A mi alrededor había miles, diezmiles de personas de todas las edades: grupos de amigos más bien entrados en años, parejas puretas de fans incondicionales desde tiempos inmemoriales, familias de dos e incluso tres generaciones: adultos, viejos, jóvenes y niños, abuelos, padres, hermanos, hijos y quién sabe si nietos. También el espectro socioeconómico quedaba bastante cubierto a mi alrededor: por un lado, los que solo habíamos pagado cien euros por la entrada, apretujados en una platea de centenares de metros cuadrados que no era sino un prado extensísimo embarrado; por el otro, los que se sentaban en las gradas laterales y los más pudientes, delante del escenario, de pie en espacios semicirculares compartimentados y cada vez más cercanos a sus Satánicas Majestades. El arquitecto del Red Bull Ring de Spielberg había leído la Divina Comedia de Dante, sin duda. A mi alrededor había austríacos y alemanes, pero también croatas y eslovenos, eslovacos, húngaros, polacos e italianos y algún que otro español y francés, en fin, un buen muestreo europeo con unas cuantas excepciones extracomunitarias. A mi alrededor había fans verdaderos, groupies auténticos desde siempre, y también los que solo venían por el especáculo o por el renombre del espectáculo; seguramente yo pertenecía a este subgrupo, porque en vez de prestar atención a la música iba pensando en estas cosas. Sin embargo, más que el sueldo, el coste de las entradas o las nacionalidades nos diferenciaba el suelo: los que estábamos en el área de general admission no teníamos bajo nuestros pies más que el barro de lo que horas antes había sido mullido césped. La lluvia y los cientos de miles de pisadas habían convertido la pradera en un lodazal. La suciedad en los zapatos o en los pantalones, la altura donde se detenía el marrón: esta era la marca distintiva. Y a más de cien metros de nosotros, alejados del barro, estaban ellos, impecables, intocables: Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Ron Wood y quienes los acompañaran. Arriba, las piedras rodantes; abajo y alrededor, el barro.

Y yo seguía sin concentrarme demasiado en la música ni en sus intérpretes, no importaba si tocaban “Simpathy for the Devil”, “Paint it Black” o cualquiera de sus clásicos, ni siquiera las canciones que no conocía conseguían captar mi atención. Debía agradecerles a los Rolling Stones que tocaran estos temas y no los nuevos, por todos desconocidos, pero no podía dejar de preguntarme cómo eran capaces de interpretar una y otra vez la misma canción desde hacía tantos años. ¿Cómo eran capaces de salir a tocar motivados después de tantos conciertos exactamente iguales? ¿Cuál era su secreto para no hartarse de ser los Rolling Stones? Porque su interpretación de los Rolling era impecable, musical y performativamente, a pesar de su vejez. No solo eran los Rolling auténticos sino que los imitaban al pie de la letra: Mick Jagger bailaba y se contoneaba como Mick Jagger, corría por el escenario como Mick Jagger y sacudía extático los brazos en cruz como Mick Jagger. Era una actuación perfecta incluso en su imperfección: en la primera canción los volúmenes de los instrumentos estuvieron descompensados, en otra Mick Jagger saltó al estribillo demasiado pronto y la banda tuvo que adaptarse para seguirlo y durante un par de temas Keith Richards acaparó excesivamente la atención, aburriendo al público. Era un espectáculo calcado a los conciertos que yo había visto en vídeo; no creo que hicieran ningún gesto nuevo ni que improvisaran una nota que no hubieran improvisado antes. Si los Beatles tienen una legión de músicos fans que los reproducen a la perfección, los Rolling se tienen a sí mismos: son la auténtica copia de la copia.

Pero quizás esta impresión de falsificaciones ultrarreales me la dieran las pantallas. Porque yo estuve en el concierto de los Rolling Stones en Spielberg, Austria, el pasado sábado 16 de septiembre, pero a los Rolling Stones casi ni los vi. Casi no los vi en persona, porque estarían a cien o doscientos metros de mí: entre las cabezas del público, asomaban fragmentos de minúsculas figuras que debían de corresponder a tal o cual miembro de la banda. Lo que yo vi eran las cuatro pantallas monumentales que desde detrás del escenario reproducían lo que ahí estaba sucediendo, cuatro macropantallas verticales, cuatro grandes smartphones, que hacían de altavoces visuales: gracias a ellas todos podíamos ver el espectáculo de los músicos. Mick Jagger era un coloso mítico de quince metros de altura a quien las pantallas hacían omnivisible. A veces los cuatro miembros principales aparecían simultáneamente, repartidos uno en cada pantalla; otras veces, solo uno de ellos copaba las cuatro, repetido desde diferentes ángulos; de vez en cuanto mostraban a otros músicos, a los secundarios, si tenían un papel importante en ese instante. Los privilegiados que estaban delante del escenario podían contemplar lo real, casi tocarlo; los menos privilegiados se conformaban con el simulacro. Pero el montaje del simulacro era espectacular: las cámaras captaban la acción desde varios puntos de vista, compenetraban música y músicos y lo sazonaban todo con efectos especiales: blanco y negro o color, formas, animaciones, imágenes, textos y vídeos. La edición era más impresionante que el concierto grabado por Martin Scorcese en Shine a Light (2008), pero el trabajo de los técnicos en Austria era en directo. La gira No Filter ofrecía el espectáculo doble y simultáneo del concierto y de su grabación. Además del barro que cubría nuestros zapatos y pantalones, aquello solo tenía un defecto: el desfase. Había un segundo de retraso entre el audio y el vídeo, quizás incluso menos tiempo, pero suficiente para dar la molesta sensación de que estaban haciendo playback o para recordarte que el concierto real solo sucedía en el escenario.

Mientras veía y escuchaba a los Rolling Stones en sus macropantallas y los intuía en el escenario, recordé “Del rigor en la ciencia”, el relato de Jorge Luis Borges en el que unos cartógrafos realizan un mapa a escala 1:1, es decir, un mapa del mismo tamaño que el territorio y que, por tanto, lo recubre y sustituye. Recordé que Jean Baudrillard dice que en nuestras sociedades de la información hipertecnificadas el simulacro (el mapa) es más real que la realidad (el territorio). Recordé El mapa y el territorio, la novela de Michel Houellebecq donde un artista titula su exposición El mapa es más interesante que el territorio. Recordé al filósofo polaco-estadounidense Alfred Korzybski, que decía que “el mapa no es el territorio”. Borges, Baudrillard y Houellebecq lo confirman a su manera: el mapa no es el territorio sino superior al territorio, las pantallas de los Rolling Stones son muy superiores a los Rolling Stones. Los Rolling Stones son los viejos dioses de American Gods digitalizados por los nuevos dioses, convertidos en un producto de masas reproductible instantáneamente y a gran escala.

La última canción que tocaron en Spielberg, Austria, fue “Gimme Shelter”, que habla de la guerra, de la violencia y de su cercanía; fue compuesta en 1969, en los últimos años de la Guerra de Vietnam, cuando la oposición a esta era total. La letra manda un claro mensaje de paz y amor: la guerra está a solo un disparo de distancia y el amor está a solo un beso de distancia. Mientras los Rolling Stones tocaban, las macropantallas mostraban imágenes de represión policial y guerra, protestas y manifestaciones, hombres y mujeres, blancos y negros, todos en armonía. Pensé que la canción hablaba del presente, de los refugiados en busca de refugio (shelter), de otra guerra mundial a punto de desatarse a causa de nuestros disparatados políticos y del amor como único antídoto contra todo. Luego pensé que aquello era ridículamente infantil: mis pensamientos y las pantallas mostrando esas imágenes. Para acabar, pensé que aquella canción debería llamarse No Shelter y aquella gira, Gimme Filter.

martes, 27 de septiembre de 2016

Examen final: pregón

Llevo un tiempo dándole vueltas a la idea de preparar un curso sobre literatura, cine y música de Barcelona. Lo impartiría yo mismo en Cracovia, aunque por ahora no es ni siquiera un proyecto: es la sombra de un proyecto en pañales, gimnasia mental con la que entretenerme. El curso tendría 15 sesiones y, aunque sería en español, también incluiría obras en catalán, y quizás en otras lenguas, traducidas al castellano para que los estudiantes pudieran entenderlas. Nos encontraríamos una vez a la semana y durante una hora y media comentaríamos un texto, una canción o una película que los alumnos habrían leído o visto previamente en su casa. La obra seleccionada estaría de algún modo relacionada con Barcelona: sucedería en la ciudad, hablaría de un problema barcelonés, tendría lugar en un periodo histórico determinado, presentaría a un personaje importante, etc.

El curso se adaptaría a las circunstancias: una clase semanal y alumnos no nativos. Por tanto, los textos usados no podrían ser demasiado largos, así que quedarían descartadas las novelas, a menos que fueran muy cortas o que solo leyéramos un fragmento; sin embargo, en vez de leer La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza podríamos ver la adaptación cinematográfica de Mario Camus. Por otro lado, tampoco leeríamos obras muy difíciles o con un lenguaje demasiado complejo; es decir, nada de Juan o de Luis Goytisolo, nada de Francisco Casavella y mejor el último Juan Marsé que el primero. Finalmente, no obligaría a los estudiantes a digerir películas o relatos muy lentos o incomprensibles, puesto que no me gustaría que se aburrieran; desecharía, pues, a Albert Serra, aunque no sé si alguna de sus películas está relacionada con Barcelona.

Podría dedicarle una sesión a la Barcelona negra, ya que son muchos los autores del género policíaco (Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Jordi Sierra i Fabra, Carlos Zanón, Alicia Giménez Bartlett...); eso sí, tendría que encontrar algún cuentito, porque las novelas estarían prohibidas. Otro día podríamos centrarnos en el relato corto en catalán (Pere Calders, Quim Monzó, Bel Olid, Empar Moliner, Carme Riera), aunque en este caso debería buscar un texto ambientado en Barcelona, quizás "La gran novel·la sobre Barcelona" de Sergi Pàmies o algo del Puja a casa de Jordi Nopca. Para variar un poco, leeríamos cómics: hablaríamos de la creación de TBO, del boom del cómic adulto a partir de los 70, de la línea chunga, de Makoki y de El Víbora, e incluso podríamos ver la película El gran Vázquez. Luego saltaríamos a la lírica sobre Barcelona y hay mucho donde elegir: desde las odas de Verdaguer y Maragall hasta los poemas de Roberto Bolaño y Joan Margarit, pasando por Jaime Gil de Biedma, Marta Pessarrodona y demás. En otra clase observaríamos la visión que de Barcelona tienen los creadores extranjeros (George Orwell, Colm Tóibín, Jean Genet); podríamos comparar dos películas (el turismo idealista en Vicky Cristina Barcelona versus la inmigración realista en Biutiful) o hablar del Erasmus en L'auberge espagnole o de la Guerra Civil en Land and Freedom. Más películas, pero patrias: una de terror (REC), de cine quinqui (Perros callejeros, Yo, «El Vaquilla»), de ciencia ficción apocalíptica (Los últimos días), el documental Ocaña, retrato intermitente, el Almodóvar de Todo sobre mi madre, etc. Para recordar a los charnegos y la inmigración de los sesenta, leeríamos algún fragmento de Los otros catalanes de Francisco Candel o algo de Juan Marsé. La Barcelona tardofranquista podríamos tratarla con la película de Salvador. El 11 de septiembre de 1714 estaría bien discutirlo con Victus de Albert Sánchez Piñol, pero es novela, así que habría que esperar a que hagan la película. Dedicaríamos un día a la música: la rumba catalana ("Gitana hechicera", "La rumba de Barcelona"), la "Barcelona" de Freddie Mercury y Montserrat Caballé, "Barcelona ciudad" de Loquillo y los Trogloditas, "Barcelona i jo" de Serrat, y otras de Manu Chao, Siniestro Total, La Banda Trapera del Río, etc.

Además, también me gustaría encontrar algún poema o relato de los integrantes del Boom latinoamericano, o de sus sucesores; pero que hable de los mismos escritores del Boom, de cómo vivieron en Barcelona García Márquez, Vargas Llosa y compañía. ¿Existirá algo así? Asimismo, querría buscar una obra de ficción sobre el catalanismo y/o el independentismo, sobre las tensiones España-Cataluña en el siglo XXI, los juegos de poder en la Generalitat, la experiencia de la gente normal, etc.; nada de ensayo o crónica, que existe en gran cantidad, tampoco sátiras baratas. ¿Habrá alguna novela o cuento más o menos decente por ahí?

Etcétera, etcétera. El mayor problema de organizar el hipotético curso no sería, pues, encontrar obras adecuadas a las circunstancias. El problema sería elegirlas, decidir cuáles usar y cuáles no. En eso estoy: decidiendo qué incluir y qué excluir.

De la interminable lista de novelas, cuentos, relatos, películas, poemas, documentales y canciones sobre Barcelona, solo estoy seguro de que incluiría una obra en mi curso, una sola obra. El último día del curso tendríamos un examen final, que en realidad sería un examen colaborativo, es decir, una clase como las demás. ¿Cuál sería, entonces, la última obra, la obra que condensaría todo lo aprendido en las catorce sesiones anteriores? El pregón de Javier Pérez Andújar para la Mercè de 2016.


En casa, los estudiantes habrían leído y escuchado las palabras de Pérez Andújar; alguno quizás se habría enterado de la polémica que el verano de 2016 rodeó al pregonero. Yo, como buen profesor, les habría advertido de la dificultad de interpretación, ya que el texto está cargado de sobrentendidos de la cultura popular y local barcelonesa (especialmente de la generación de mis padres, para complicarlo aún más). También les habría pedido a los estudiantes que leyeran el texto un par de veces y que googlearan todo cuanto les oliera a alusión o referencia.

Luego, en clase, trataríamos de diferenciar lo que es una cita, una referencia, una alusión, una paráfrasis, etc., porque el pregón de Pérez Andújar es un modelo de lo que Gérard Genette definió como literatura en segundo grado. También discutiríamos cuál es la estructura del texto: una mera lista. La lista es la forma literaria más básica; escribir listas es de pobres, diría Pérez Andújar. En su Facebook, el escritor de San Adrián del Besós dijo que su referente o inspiración (o hipotexto, Genette dixit) había sido Aullido de Allen Ginsberg, pero en clase comentaríamos si estamos de acuerdo o no con el autor.

Después anotaríamos en la pizarra las obras y artistas que habríamos encontrado en el pregón: si entre todos tuviéramos más del 50% de las referencias del texto-lista de Pérez Andújar, estaríamos aprobados; si no, también. A continuación les preguntaría a los estudiantes si el ejercicio de nostalgia extrema de Pérez Andújar también los conmueve a ellos, que no son de Barcelona y no pertenecen a su generación: si contestaran que sí, estarían aprobados; si no, también.

Para acabar, proyectaría todas las imágenes de obras y artistas mencionados o escondidos en el pregón: la portada de La plaça del Diamant y de la revista El Papus, una viñeta de El Capitán Trueno, una foto de Manolo Escobar, etc. Por mucho que le pusiera una música épica de fondo, por mucho que uno no sea de Barcelona ni de la generación de mis padres, la lectura del pregón es más emotiva que la sucesión de imágenes.

Palabras 1, imágenes 0.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Siempre llego tarde, Casciari

Lo odio y sin embargo no puedo evitarlo: siempre llego tarde.

Llegué tarde al cine muchas veces. No vi Airbag cuando salió y debía verla, en 1997, sino a mis veinte años, en 2006. Lo mismo me pasó con otras joyas españolas de mis años mozos: llegué tarde a El día de la bestia (1996), Tesis (1996), Abre los ojos (1997), El milagro de P. Tinto (1998), Torrente (1998), La lengua de las mariposas (1999) y Los lunes al sol (2002). Fue también alrededor de la veintena cuando vi películas extranjeras como El silencio de los corderos (1991), Reservoir Dogs (1992), La lista de Schindler (1993), Trainspotting (1996), American Psycho (2000) y Memento (2000). No descubrí Fargo (1996), El gran Lebowski (1998) y otras maravillas de los Cohen brothers hasta que vine a Cracovia en 2012. Aquí también he conocido con un retraso notable el cine de Krzysztof Kieślowski y el de Berlanga, los guiones de Charlie Kaufman y de Rafael Azcona. No había visto nada de Emir Kusturica hasta 2013, cuando visité los Balcanes por primera vez.

Llegar tarde es vivir en diferido.

Llegué tarde a las series. Cuando empecé a ver Prison Break, The Wire, Twin Peaks, The Sopranos y Lost, ya estaban todas acabadas —cronológicamente o estéticamente—. En ningún caso tuve el placer de comentar en directo su desarrollo y tampoco de esperar ansioso a que salieran nuevos capítulos. Ahora estoy con Treme y lo único que le impone ritmo a la visualización de los capítulos es mi tiempo libre.

Llegué tarde a la música también. Cuando en 1994 Kurt Cobain se suicidó, yo aún no tenía ni idea de lo que era el grunge. Un año después, Kyuss grababan ...And the Circus Leaves Town y poco después se separaban sin que yo hubiera escuchado todavía ninguna de sus canciones. Alrededor de estos años, los Guns N' Roses se disolvían y yo no había oído hablar de Axl Rose ni de Slash. En 2004 no pude llorar el asesinato de Dimebag Darrell, porque sólo escucharía el Cowboys from Hell de Pantera unos años después. Hace poco pude ir a un concierto de Deep Purple, pero también llegué tarde: no eran más que unos zombies, virtuosos pero igualmente muertos.

Llegué tarde a otras de mis pasiones. Por ejemplo, a viajar: me costó salir de casa y descubrir un poco de mundo, especialmente la apasionante Europa Central y del Este, en concreto Polonia, fantástica a pesar de su conservadurismo. Por ejemplo, a tocar la guitarra: cuando empecé ya era demasiado mayor para llegar a ser bueno. Por ejemplo, a la literatura: malgasté la infancia y la adolescencia en otras tonterías, por lo que llegué tarde a Mark Twain, Verne, Jack London, Stevenson, Tolkien, H. G. Wells, Salgari y demás.

Pero de nada me arrepiento tanto como de haber llegado tarde a Hernán Casciari.

* * *

Hace cosa de un año, un compañero de trabajo me dijo: tienes que leer a Hernán Casciari, güey, lee este texto sobre Messi. Pero no le hice ni caso. Como yo, mi amigo es profesor de español para extranjeros; por entonces, él estaba dando una clase de literatura hispanoamericana en la misma escuela de idiomas donde trabajo. Un día, me imprimió dos cuentos de Casciari y me los puso en la mano: tienes que leer a Hernán Casciari, güey, es un argentino que vive en Barcelona y escribe chingón, me dijo, y luego me invitó a asistir a una de sus clases de literatura, dedicada a Casciari. Varios de los estudiantes (polacos) ya lo conocían, pero yo no. Hernán Casciari nació en 1971, tiene 44 años: que diez polacos, un mexicano y un español hablen con placer sobre sus cuentos durante una hora y media en una escuelita de Cracovia no es el principio de un chiste, sino un honor mayor que ganar el Nobel.

Llegué tarde a Más respeto que soy tu madre, la blogonovela que Casciari escribió entre 2003 y 2004, pero por suerte se puede leer gratis en Internet. La protagonista y narradora es Mirta Bertotti, un ama de casa argentina con bastante gracia para contar sus anécdotas cotidianas. Desde entonces, Casciari arrastra una merecida legión de fans —argentinos, españoles, mexicanos, uruguayos, peruanos, chilenos, etc.— que comenta sus relatos; cada texto suele tener más de cien comentarios que lo alaban, critican y corrigen: la envidia de cualquier escritor. Los Apocrifílicos etiquetarían Más respeto que soy tu madre como una falsa biografía; de hecho, muchos lectores creyeron que Mirta Bertotti existía de verdad. Yo no lo pensaba, por supuesto, porque estaba llegando tarde. También llegué tarde a las adaptaciones teatrales que se hicieron después; llegué tarde incluso a las ediciones en papel de la novela. El 27 de febrero de 2004, Hernán Casciari desveló que él era Mirta Bertotti con un texto llamado "El viejo folletín y las nuevas tecnologías".

Llegué tarde a Orsai, el blog que este texto inauguraba. En Argentina, orsai significa offside, es decir, fuera de juego: Casciari escribía descolocado, alejado en Barcelona de su tierra natal, cuentos, crónicas y ensayos. Su estilo es directo y sobrio, generalmente cómico, por lo que muchos lo consideran erróneamente literatura popular, subliteratura. Mis favoritos son los relatos autoficcionales, como los dos que me pasó mi amigo mexicano ("Canelones" y "Finlandia"), aunque Casciari había inventado una expresión mucho mejor para designar esta manera de narrar mezcla de autobiografía y ficción: la anécdota mejorada (véase el cuento "Los dos rulfos").

Con considerable retraso, me puse manos a la obra: el 30 de junio de este año empecé a leer Orsai. Entre algunos cuentos geniales y otros no tanto, posts meramente informativos y obras literarias de alto calibre, se iba desvelando una larguísima autobiografía: si mis cálculos no fallan, Casciari ha publicado 408 textos entre 2004 y el 27 de octubre de 2015.

Post a post, fui descubriendo que Hernán Casciari era un gordo que nació en Mercedes, que fue a Francia porque le habían dado un premio a uno de sus relatos y que en ese viaje conoció a su futura esposa, catalana, que se instaló en Barcelona y que tuvieron una hija, que su mejor amigo era El Chiri, que odiaba trabajar, que no soportaba a los españoles, que echaba de menos Argentina, que le encantaba fumar porros y gastar bromas, que le daba miedo hablar en público, etc. En muchos textos criticaba España y a los españoles, lo que daría lugar al libro España decí alpiste (2008). Con los cuentos más autobiográficos compuso la novela El pibe que arruinaba las fotos (2009), probablemente su mejor obra. Más adelante publicó Charlas con mi hemisferio derecho (2011), El nuevo paraíso de los tontos (2015) y Messi es un perro y otros cuentos (2015). Llegué tarde a todos estos libros, claro, pero por suerte los textos que los conforman pueden seguir leyéndose en su blog. Mientras tanto, Casciari aún sacó tiempo para escribir fuera de Orsai algunas blogonovelas —El diario de Letizia Ortiz Yo y mi garrote— y Espoiler, un blog de El País sobre series (si lo hubiera conocido entonces, quizá no habría llegado tarde a tantas).

Mientras leía Orsai, entendí por qué el subtítulo del blog era "Lo que empezó siendo un blog puede convertirse en cualquier cosa", especialmente con "Renuncio", un texto de septiembre de 2010 en el que Casciari anunciaba que dejaba de colaborar con El País y La Nación, así como con las editoriales de Random House Mondadori que venían publicando sus libros. A la vez, decía que junto a su amigo del alma, El Chiri, estaba creando una revista de literatura llamada, cómo no, Orsai. Una revista de creación —relato, crónica, poesía, ensayo, cómic, ilustración— sin publicidad y sin intermediarios, de unas 200 páginas y aun así disponible y asequible en todo el mundo. Llegué tarde a la revista Orsai, claro, pero por suerte Casciari y El Chiri decidieron que también se pudiera leer gratis en Internet. En tres años editaron 16 números, en los que publicaron a autores como Agustín Fernández Mallo, Andreu Buenafuente, Edmundo Paz Soldán, Gabriela Wiener, Ignacio Escolar, Joyce Carol Oates, Juan Villoro, Junot Díaz, Leila Guerrero, Lorrie Moore, Nacho Vigalondo, Nick Hornby, Santiago Roncagliolo y muchos más. Los lectores colaboraban en la distribución, se reunían para leerla y conocerse, se organizaban fiestas para celebrar los diferentes números, etc.; los posts relacionados con la revista tienen un aire de autoayuda que en otro contexto molestaría: todo parece demasiado perfecto, demasiado rosa.

Después del blog y de la revista, el paso lógico era la editorial: en "Adiós, industria editorial" Casciari creaba la Editorial Orsai. Ha publicado en ella a otros autores, así como sus propios libros, que siguen disponibles en Internet para los que no tengan dinero o siempre lleguen tarde. Casciari también empezó a leer sus cuentos para la radio argentina. Llegué tarde a sus podcasts, claro, pero se pueden escuchar online. En "Nos vamos de viaje", Casciari anunciaba que él y El Chiri ofrecerían talleres literarios para escribir "anécdotas mejoradas". En 2014, los impartieron en Argentina y Uruguay, pero también en Barcelona y Madrid. Llegué tarde, sin remedio esta vez.

El 25 de octubre de este año terminé de leer todas las entradas de Orsai. El 27 de octubre, Casciari publicó un relato llamado "Lo que salvamos del incendio". No era su mejor texto —de hecho, últimamente me parece que la calidad de sus cuentos ha bajado un poco— pero era el primero que yo leía el mismo día que se publicaba. Sin retraso. En directo. Puntualmente. Ya no volveré a llegar tarde, Casciari.

lunes, 17 de septiembre de 2012

De la creación poética

La poesía es fruto de un esfuerzo enorme; como toda creación artística, vaya. Un esfuerzo mental y físico: el poema hay que pensarlo y hay que parirlo. Se tiene que picar piedra para que lo mental tome forma material.

El esfuerzo suele ser consciente y desagradable, aunque, en contadas ocasiones, es inconsciente, mecánico. Este es el caso del genio, el que compone como late el corazón. Para el genio, si es que existe, la creación no está en el orden de lo extraordinario ni de lo cotidiano, sino de la necesidad básica, fisiológica: a mí me urge mear como el genio necesita escribir un soneto.

En Cracovia, como saben que para los no geniales la poesía requiere una dedicación sobrehumana si se quiere igualar la naturaleza sobrehuma del genio, claro y como son muy apañados y más bien poco pudorosos, habilitan el mejor lugar del hogar para dar rienda suelta a su esfuerzo físico y mental: el váter. En la pared del bar donde desayuno, por ejemplo, incentivan al creador-cagador con poesía española (o, mejor dicho, nicaragüense):


Uno lee a Rubén Darío y siente cómo las cosas siguen su curso natural, sin las estrecheces que nuestra mente y nuestro cuerpo le imponen al flujo poético. Qué bien sienta ser genio creador.

Al salir del retrete, oigo una canción que parece de Sigur Ros es decir, música muy mística pero a lo laico. Le pregunto al camarero y, efectivamente, es Sigur Ros. Es más, esta noche tocan en Cracovia. Le quiero contar mis averiguaciones sobre creación poética para agradecerle la información, pero qué voy a contarle a un polaco. Así que te lo cuento a ti.

jueves, 12 de julio de 2012

Popurrí cultural I

Acabé los exámenes de la universidad hace ya un par de semanas, pero entre el trabajo, por las tardes, y un curso intensivo, por las mañanas, no tengo tiempo libre. Ni para escribir algo aquí, ni para conocer o encontrar o inventar a hombres repulsivos a los que entrevistar. Mucho menos para comentar alguna situación graciosa, porque las situaciones graciosas requieren de minutos, e incluso de horas, para surgir.

Así que lo que sigue es un popurrí de lo que he leído y visto estas dos últimas semanas para rellenar esos huecos temporales llamados horas muertas. Los popurrís fotográficos que pueblan muchos blogs siempre me han parecido una chorrada, aunque algunos son chorradas entretenidas, lo admito. Seleccionar fotos de películas, series y otros medios, y crear con ellas un discurso solo visual es difícil. O al menos debe de serlo, porque no lo he hecho nunca. Ni siento curiosidad por hacerlo, ya que estamos.

* * *

Cuando aún tenía fuerzas, leí los Poemes d'Álvaro de Campos, de Fernando Pessoa. O de Álvaro de Campos, heterónimo de Pessoa.


(¿Por qué inventar tantos seudónimos? ¿Y por qué dotarlos de una personalidad tan propia y diferenciadora? Creo que ello responde, primero, a la falta de consistencia que el mismo Pessoa debía de percibir en su personalidad (más que bipolar o multipolar, creo que Pessoa era poco polar), pero también a que crear estos yoes poéticos ficcionales debía de ser un mecanismo para incentivar la creatividad del escritor. Escribir simulando ser otro da alas a la imaginación, como sucede con las restricciones temáticas o métricas u otras constricciones autoimpuestas —véase escribir un texto empleando una sola vocal, reescribir el mismo texto cien veces y el resto de experimentos oulipianos—. En definitiva, no hay nada tan liberador para la creatividad como la restricción.)

Álvaro de Campos es un ingeniero con varias facetas poéticas. Por un lado, escribe odas futuristas bastante exaltadas. También escribe, por otro lado, odas a Walt Whitman y a la naturaleza, igualmente exaltadas pero dirigidas, no a la tecnología y a lo moderno, sino a la vida, a los sentimientos y al goce de todo lo vivo. Finalmente, tiene una vertiente más nihilista y autobiográfica, propia de alguien que ya se ha cansado de lo que la vida ofrece; en "Pas de les hores", dice:
"No sé si la vida és poc o massa per a mi.
No sé si sento massa o massa poc, no sé
si em falta escrúpol espiritual, fulcre de la intel·ligència,
consanguinitat amb el misteri de les coses, xoc
amb els contactes, sang sota els cops, estremiment als sorolls,
o si hi ha una altra significació per a això, més còmoda i feliç."
Ni que decir tiene que la tercera máscara de Álvaro de Campos es la que más me ha gustado. En concreto, el gran descubrimiento ha sido el poema "Estanc" (o "Tabaquería" o "Tabacaria"). Empieza muy fuerte ("No sóc res. / Mai no seré res. / No puc voler ser res. / A part d’això, tinc en mi tots els somnis del món") y sigue igual, hablando del talento y del fracaso, de la vida intelectual opuesta a la vida auténtica, de la vanidad de todo acto creativo, etc., combinando un discurso introspectivo y de autoevaluación con intromisiones de la realidad a través de la visión de la tabaquería. Toma resumen.

* * *

Más adelante, y más cansado y falto de concentración, retomé Louie, una serie que narra la vida de un cómico norteamericano. (En realidad debería decir retomamos, porque veo la serie con mi compañero de piso. Es curioso cómo unen las series, los vínculos que crean entre las personas. Se establece una especie de solidaridad entre los que ven una serie juntos: "yo me bajo la serie pero no la veo, me reservo hasta que la podamos los dos a la vez". O: "yo preparo la serie mientras tú preparas la cena". Bonito, ¿no?)

Louie está gordo, es calvo, tiene 42 años, está divorciado... y esto lo convierte en un ser deprimido y deprimente a la vez. (Si leyera poesía, seguro que leería a Pessoa.) Sin embargo, adora a sus dos hijitas y su trabajo como monologuista —lúcido, pesimista y cínico como pocos—. La alternancia entre escenas de su vida y alguna de sus actuaciones, y la relación entre ambas esferas —la vida real y la ficción creada a partir de aquella—, siempre pasando por un espeso tamiz de humor negro, hacen que la serie sea bastante amena.

Al menos hasta la tercera temporada: los dos primeros capítulos, los que vi —o vimos— el otro día, son malos a más no poder. La autocrítica habitual de Louie, el reírse de sus miedos y sus defectos, antes era natural; ahora resulta forzada. Antes Louie estaba deprimido y era deprimente, pero no resultaba deprimente; ahora, sí. Etcétera.

Por cierto, Louie casi es Louis C.K., el cómico estadounidense que interpreta y crea al personaje y dirige la serie. Es decir, que el autor y el protagonista, y sus respectivas vidas, coinciden bastante: todo muy autoficcional. Ahí va uno de los monólogos de Louis C.K., idéntico a los Louie.


* * *

Otro día fui a ver la exposición Torres y rascacielos. De Babel a Dubái, en el CaixaForum. No me gustó demasiado: la idea de hablar de la construcción de rascacielos y lo que significa para el hombre pintaba bien, y relacionarlo con el mito bíblico de Babel también, pero la exposición se acaba convirtiendo en una sucesión de catedrales y edificios varios, un catálogo bastante aburrido de la historia de los rascacielos. No se merece ni una foto, fíjate lo poco que me gustó.

* * *

Para compensar los dos chascos, ese mismo día, al regresar a casa, vi The Night of the Hunter (1955), una película que llevaba mucho en la lista de pendientes. Es la única película dirigida por Charles Laughton, y se supone que, pese a ser un fracaso en su momento, es una de las cimas del cine norteamericano, influenciando a David Lynch, Martin Scorsese y otros tantos —o eso dice la Wikipedia—.

Está muy bien, aunque quizá ha envejecido más de la cuenta. Es un thriller de atmósfera turbia que cuenta la historia del reverendo Harry Powell, un asesino que persigue a dos hermanos para robarles el dinero heredado de su padre. Es, asimismo, la historia del poder de la niñez, de lo que puede sufrir y superar. Powell es el personaje: un don Juan que tras su seductora máscara esconde la más pura maldad. La cultura popular lo reconocerá porque lleva "Love" y "Hate" tatuados en los puños.




Encandila a la madre de los chicos, viuda, solo para acercarse al dinero, y la asesina cuando ella descubre su verdadero rostro. A continuación, inicia la persecución de los hermanos río abajo; él en un caballo robado, ellos en un bote. Los niños hallan refugio en la casa de Rachel Cooper, una viejita entrañable y de férreos valores cristianos que cuida a niños abandonados. Pero incluso allí los encuentra el diabólico reverendo.

Además de tener varias caras —como Pessoa y como Álvaro de Campos, fíjate—, Powell es uno de esos asesinos que llegan a la escena del futuro crimen cantando una canción. Una de las mejores escenas de la película es el asedio nocturno de Powell a la casa de la vieja y los niños huérfanos. El reverendo canta su canción habitual desde fuera, mientras que la vieja Rachel monta guardia desde dentro y le responde entonando a coro la canción.




Aunque cantan lo mismo ("Leaning on the Everlasting Arms"), no significa para nada lo mismo: inclinaos, niños, hacia el reverendo, y ya veréis, ya... o inclinaos hacia la buena de Rachel Cooper, la protectora viejita. 

Esto me ha recordado la versión que Tool tenían de "Imagine", de John Lennon. También en este caso el optimista mensaje de la canción original se vuelve irreconocible sin cambiar una sola palabra.



martes, 3 de julio de 2012

Vetusta Morla, 29-06-2012

Crónica del concierto con... M
El Poble espanyol
Dos entradas para el concierto: 52€.
Cuatro cañas de 20 cl: 12€.
Un Kinder Bueno (mi cena): 1€.
Total: más de la cuenta.


Salgo de currar y llamo a M, el amigo con quien voy al concierto de Vetusta Morla: me está esperando ya en el Poble espanyol. Pedaleo por Gran Vía todo lo rápido que puedo —que no es mucho, después de cinco horas de pie— porque el concierto empieza en veinte minutos. Aparco en un Bicing de Plaza de España y continúa la paliza: toca subir la cuestecita de Montjuich, adelantando modernos y esquivando hordas de guiris bajo un bochorno desalmado, más propio de las tres de la tarde que de las nueve de la noche.

—¡Hoy estás brillante! —me dice M, cuando por fin nos encontramos: el brillo es una forma delicada de referirse al sudor que resbala por mi frente e ignorar elegantemente mis sobacos empapados—. Los teloneros acaban de empezar.

Los teloneros son Eladio y los seres queridos. La música está demasiado alta y yo necesito un refrigerio, así que nos alejamos hacia una de las barras. En algún momento empieza a sonar la única canción que recuerdo haber escuchado en Youtube hace un par de días: "Están ustedes unidos".




Parece que no es la favorita del público, que por cierto está bastante pasota, pero a mí el estribillo y el ritmo repetitivo de la batería me convencen. Intento descifrar el significado de la letra pero desisto, así que pasa a engrosar la lista de letras incomprendidas. Para ganarse un poco al público apático, versionan "Forever Young" (sin mucho éxito: hemos venido a lo que hemos venido).

—¿Sabes? El Poble espanyol me parece una mierda —le digo a M, por hablar de algo—. No sé por qué decidieron conservarlo después de la Exposición Internacional.

—¿Hubieras preferido que lo derruyeran, como el Pabellón alemán, de Mies van der Rohe? —me responde M.

—Pues sí. Pero sin reconstruirlo cincuenta años después.

—Yo creo que no está tan mal —dice M—. El Poble espanyol es un collage arquitectónico interesante, un modo barato de hacerse una idea de la arquitectura española sin tener que viajar, ¿no?

—También fue una buena manera de recordarle a Cataluña que pertenecía a España, ¿no?

—Sí, supongo. Creo que Primo de Rivera no fue muy amigo del catalanismo —dice M, un poco harto ya del Poble espanyol—. Oye, ¿estas chorradas las escribirás en el blog?

—Pues no es mala idea. Podríamos hacer una crónica del concierto.

—Venga. Así tendría una excusa para empezar a leerlo.

—¿Qué?

—Bueno, no sabía cómo sacar el tema, pero no tengo mucho tiempo libre... así que aún no he leído nada. ¡Un día de estos lo hago, te lo prometo!

—Vaya. Pues aparecerás en la crónica del concierto como personaje. Será mi modo de fidelizarte como lector.

—Al menos durante una entrada, eso te lo aseguro.

En fin, qui no es consola és perquè no vol. Así que saco el móvil y empiezo a tomar notas de todo lo que sucede a nuestro alrededor, que en esos momentos es más bien poco. Mientras acaba el concierto de Eladio y compañía, M me cuenta que le ha preparado un fin de semana romántico a su novia.

—Es una sorpresa —me dice—, no se lo digas. Iremos a Sitges a pasar el fin de semana.

—¿Para ver las pride parades? —le pregunto— ¡Menuda sorpresa!

—¿Las qué? Vamos para ver la ciudad, paseando sin prisa y tal. Nos quedaremos en un hotel muy íntimo.

—Claro, claro. Estaréis muy tranquilos, ya verás.

Nota en el móvil: preguntarle a M qué tal el fin de semana romántico en Sitges con el Orgullo Gay festejando.

Por fin, el Poble espanyol enmudece: Vetusta Morla salen a escena.


El silencio y la oscuridad me ponen la piel de gallina; M y otros cientos de personas también participan de este estremecimiento general. El humo que cubre el escenario esconde los cuerpos de los músicos mientras las primeras notas de guitarra empiezan a sonar tímidamente.


El cantante asoma entre la humareda y el Poble espanyol enloquece: en un instante, un rugido súbito rompe el silencio épico que se había incubado durante cerca de diez minutos. La canción que empieza es "Los días raros", y las mismas personas que antes callaban empiezan ahora a cantar la canción —"Ábrelo, ábrelo, despacio..."—. Al cantante no se le oye. No me explico cómo, en unos segundos, hemos pasado del clímax al anticlímax absolutos.

—¿No pueden irse a su casa a cantar? —le digo a M.

M me mira y sonríe, pero no responde. Continúa cantando, y yo pronto hago lo mismo.

El directo de Vetusta Morla es sorprendentemente fiel al sonido del disco. De hecho, da rabia lo buenos que son. Por suerte, de vez en cuando modifican el inicio o el final de las canciones; el cantante, por su parte, juega con las melodías, variándolas un poco, enriqueciendo los temas para no dar la sensación de mero karaoke —y para combatir el aburrimiento, primer motor de la creatividad—.

—¿No te da rabia lo bien que caen? —le digo a M.

El público aplaude enloquecido tras cada canción, sobre todo cuando, después de "Cenas ajenas", el cantante chapurrea un par de frases en catalán (parece fácil ganarse a los catalanes hablando nuestro idioma, pero no a todos les sale bien: que le pregunten a Aznar). El público se sabe todas las letras e incluso los solos de guitarra. El público corea entusiasmado el final de "Sharabbey Road" entre canción y canción.


A nuestro alrededor, el ambiente se va poniendo demasiado cariñoso, empalagoso: las parejas bailan arrimadas, se abrazan y se besan, se susurran las canciones al oído o se las cantan mirándose a los ojos. A mi derecha, un tipo tropieza mientras transporta tres cervezas y está a punto de caerse; no me las tira por encima, pero me pega un pisotón tremendo. Comprueba que no ha derramado ni una gota y sigue el camino hacia sus amigos.

—Menudo gilipollas —le digo a M—. Oye, no te imaginas lo cansado que estoy, después de currar...

—Deberías relajarte un poco —responde M, al fin—. Olvídate de una vez por todas de ti mismo y escucha y canta. Nada más.

Es una buena definición de lo que provoca la música: olvido de uno mismo. Escuchar música te convierte en lugar de paso. Le tomo la palabra a M: apago el móvil-bloc de notas (no sin antes anotar que soy un ser muy grumoso) y me disuelvo en la música.