Mostrando entradas con la etiqueta microrreseñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta microrreseñas. Mostrar todas las entradas

viernes, 21 de octubre de 2016

Sobre 'La España vacía' de Sergio del Molino

"Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón."

Antonio Machado


El mito de las dos Españas está en el ADN español; la sangre que late en el corazón de cada españolito será de uno de los dos colores disponibles o no será. Por un lado, está la España tradicionalista, conservadora, religiosa y nacionalista, más cercana al Siglo de Oro que al XXI. Por otro, la España moderna, liberal, plurinacional, demócrata y, por qué no, republicana, comunista, socialista o anarquista. Curiosamente, ninguna de las dos Españas tiene nombre; el segundo y último elemento que comparten es el odio a la otra España, el famoso cainismo español cantado por Antonio Machado. Hasta hace poco, uno podía simplificarlo todo en la siguiente ecuación política: la primera España es el PP y la segunda, el PSOE. Y si a uno no le importaba meter un poco más el dedo en la llaga, también podía reducirse a los dos bandos de la Guerra Civil.

Pero el 15-M, el relevo generacional, la crisis económica, la Unión Europea y quién sabe qué otros factores están desmontando el relato, están desmitificando las dos Españas. En nuestra España ya no hay solo dos Españas, las dos Españas de Machado, dicen los defensores de la tesis. La situación política les da la razón: se ha jodido la ecuación del bipartidismo. ¿Se está reconfigurando el mito de las dos Españas en dos nuevas Españas: los partidos de la Transición versus los partidos post 15-M? ¿O hay ahora tantas Españas como partidos políticos? Pues no lo sé, pero parece que las Españas solo logran estar de acuerdo en no estar de acuerdo. El cainismo sobrevive a la caída del mito: sean cuales sean las Españas actuales, una de ellas ha de helarte el corazón.

El mundillo literario también se está haciendo eco del resquebrajamiento del mito. Juan Soto Ivars acaba de publicar el sintomático ensayo Un abuelo rojo y un abuelo facha: manifiesto contra el mito de las dos Españas. Pero yo he venido aquí a hablar de otro ensayo, igual de sintomático.

* * *

En La España vacía, Sergio del Molino presenta una tesis muy interesante y fructífera: hay dos Españas, sí, pero no son las dos Españas que nosotros creemos. Por un lado, está la España vacía, es decir, la España del interior, despoblada y tradicional, invisible u olvidada; Del Molino la circunscribe a la Meseta Central: las dos Castillas, Extremadura, Aragón, La Rioja y la Comunidad de Madrid, excepto la capital, claro. Por otro lado, la España llena, es decir, la España con salida al mar y a Europa, muy poblada y moderna, protagonista indiscutible de la historia porque es quien la escribe. El mapa de las dos Españas de Sergio del Molino quedaría así:


La España vacía y la llena "parecen países extranjeros el uno del otro", pero "la España urbana no se entiende sin la vacía". A partir de esta tesis, Del Molino desarrolla un ensayo muy ameno y fructífero; se nota que es novelista y periodista, ya que su prosa es envidiablemente seductora y a la vez comunicativa, sin caer en la falta ni el exceso de estilo. En seguida nos convence de que las diferencias extremas entre la ciudad y el campo hacen de España un país diferente de Francia, Alemania, Italia y demás, confirmando que Spain is, one more time, different. También nos cuenta que el origen del mito de la España vacía y la llena, el acontecimiento que vaciará una y llenará la otra, no es la Guerra Civil sino los años sesenta y setenta, es decir, la época de las grandes migraciones del campo a la ciudad. Son los días del Gran Trauma, según lo bautiza Del Molino.

Aunque La España vacía está muy bien documentada, los datos no entorpecen la lectura; de hecho, la fuente principal de las reflexiones del autor son las producciones culturales y su propia experiencia como periodista. Las referencias al cine y a la literatura, pero también a las series y la música, sirven de ejemplo para ilustrar sus ideas: Las Hurdes, tierra sin pan de Luis Buñuel es el paradigma de los salvajes abandonados; las películas de Paco Martínez Soria y las novelas de Juan Marsé y Francisco Candel retratan la dura vida de los inmigrantes en la gran ciudad; las letras de Obús expresan el inconformismo y el orgullo de los jóvenes del extrarradio (los inmigrantes de segunda generación). La España vacía ha llenado mi lista de lecturas pendientes: solo por eso ya es una lectura satisfactoria.

Sin embargo, el éxito del libro radica también en sus agudas interpretaciones sociopolíticas y culturales. Por ejemplo, el fantástico análisis que hace del carlismo: este movimiento fue el único que surgió realmente de la España vacía para cederle el turno de palabra; el resto del tiempo, la España llena ha creado el discurso de la España vacía, ha hablado por ella incluso cuando ha intentado escucharla (las circunscripciones electorales, esa espada de doble filo). Como diría Gayatri Spivak, el subalterno no puede hablar. También me ha fascinado su explicación de las imitaciones de Joaquín Reyes en La Hora Chanante: aplicar el habla manchega, el habla de la España vacía, a personajes famosos no es sino una subversión del lenguaje estándar, el lenguaje de la España llena. Bill Gates, Chimo Bayo, Chuck Norris, David Hasselhoff, Cyndi Lauper y otros hablando como gañanes nos hacen reír porque, en el fondo, se trata de un acto reivindicativo. ¿Y si el español gañán fuera la norma?

En alguna ocasión, puede que Del Molino caiga en el horror vacui hispanicus, latinajo que, por qué no, significa "interpretarlo todo según la tesis de la España vacía" o "reducirlo todo al binomio campo-ciudad". Por ejemplo, cuando dice que el público urbano disfrutó del realismo mágico de Cien años de soledad a causa del imaginario rural de la novela: "El realismo mágico, en el fondo, no es más que la sublimación mitológica de un imaginario rural evocado desde grandes ciudades para un público urbano que está viviendo una gran transformación". Pero en la mayoría de ocasiones me ha dado la sensación de que la aplicación del concepto de la España vacía es muy pertinente. Especialmente cuando habla de los charnegos de Barcelona, tanto la primera hornada, en la cual aún pesa la vergüenza de los orígenes (Marsé, Candel), como la segunda, mucho más orgullosa de las raíces (Francisco Casavella, Javier Pérez Andújar). Solo me ha faltado que respondiera a esta pregunta: ¿por qué los inmigrantes de Madrid no generaron una producción literaria tan interesante como los de Barcelona? ¿Será porque el conflicto de los charnegos es a la vez de clase y de identidad nacional?

Con La España vacía se goza mucho y se aprende más. ¿Podemos pedirle otra cosa a un ensayo? Pues en este caso también se puede decir que es una obra pertinente, lo que explica su éxito: no solo tiene voluntad generacional, sino que además trata de sustituir el belicoso, obsoleto y dañino mito de las dos Españas. Porque por desgracia el relato que se suponía que iba a acabar con la animadversión mutua de las dos Españas, el mito de la reconciliación de las dos Españas, nacido durante la Transición y con ecos recientes en Soldados de Salamina y más antiguos en Manuel Chaves Nogales, está tocado de muerte. Estos días nadie se cree lo de El abrazo de Juan Genovés; el cainismo sigue en plena forma, aunque los que se odian sean otros. La herida histórica que partía por la mitad España —desde las guerras carlistas hasta la Guerra Civil y el franquismo— no acaba de cicatrizar nunca. Así que quizás sea bueno prestarles atención a las secuelas de otro trauma: el Gran Trauma de la emigración que nos propone Del Molino. Porque solo un mito puede acallar otro mito.

lunes, 10 de octubre de 2016

Folletines veraniegos online (2/2)

Es lunes, el cielo de Cracovia está gris asfalto y el termómetro marca 8ºC. Es el momento ideal para una segunda dosis de nostalgia veraniega literaria.

Este julio, Antonio Muñoz Molina empezaba un artículo diciendo que "El verano es la estación de las novelas". O sea, que es más optimista que Javier Marías en cuanto a leer durante las vacaciones. En el artículo, Muñoz Molina reseña una novela de Thomas Bernhard (Extinción) que por casualidad leyó en el mismo hotel en que el escritor austriaco se había hospedado alguna vez. Y quizás Bernhard también la escribió allí, fantasea el novelista de Úbeda, coincidiendo los dos en la ficción y en el espacio, aunque no en el tiempo. Además de esta coincidencia, Muñoz Molina reflexiona sobre escribir y leer novelas simultáneamente: "Cuando se está escribiendo una novela es raro que se lea al mismo tiempo alguna de gran calado, porque cada una de esas dos tareas, escribir novelas y leerlas, requiere una dedicación casi idéntica, una entrega incondicional y duradera". Según él, las "fuerzas de la imaginación" necesarias tanto para escribir como para leer una novela no se pueden repartir entre las dos labores.

No le falta razón a Muñoz Molina. Por suerte, este verano yo me emperré y repartí mi imaginación entre las dos actividades, a mi modo de ver no excluyentes sino complementarias. Escribí mi primera novela, Mateorías, que estos días estoy releyendo y remendando, y pude leer bastantes más, aunque quizás no eran "de gran calado". Entre otras, Mauricio o las elecciones primarias de Eduardo Mendoza, Cómo se hizo La guerra de los zombis de Aleksandar Hemon, Jambalaya de Albert Forns, la tercera parte de El día del Watusi de Francisco Casavella y As If I Am Not There de Slavenka Drakulić.

Efectivamente, el verano es la estación de las novelas. Pero también de los folletines, incluso los publicados en internet. He aquí la segunda parte de la lista de folletines veraniegos online, en la que, por cierto, echo de menos a alguna mujer. ¿Ninguna publicó nada en verano o yo no las supe encontrar?

* * *

"Por no quedarse en casa" de Patricio Pron

En esta serie de cinco ensayos literarios, Patricio Pron explora las biografías de cinco escritores durante sus respectivas y singulares vacaciones. El mismo Pron nos explica que el título, muy adecuado, viene de un aforismo de Pascal: "la mayoría de los males les vienen a los hombres por no quedarse en casa". En la primera semblanza, descubrimos que el excéntrico Raymond Roussel viajaba sin ver, como diría Andrés Neuman; es decir, sin salir nunca de su camarote. En la segunda, aprendemos que Elizabeth Bishop casi murió en Brasil por una reacción alérgica. Y todavía nos quedan otros tres autores para disfrutar de la fantástica prosa ensayística de Pron: Vladimir Nabokov, Flannery O'Connor y F. Scott Fitzgerald.


"García contra la España zombi" de Guillem Martínez

García contra la España zombi es el único folletín clásico de entre todos los folletines veraniegos online, pero tampoco es muy clásico. Se trata de una novela por entregas ambientada en el tórrido verano de Madrid, este verano de 2016, protagonizada por García, un periodista de poca monta que debe ir a la calle Ferraz (ahora tan popular) a tomar nota de las declaraciones de Pedro Sánchez (entonces todavía secretario general del PSOE). Como el título indica, estamos ante una novela de zombis: en una pantalla de plasma, García y el Capitán Estadella, una leyenda del periodismo patrio, ven cómo tres zombis se devoran mutuamente. Son Edu Madina, Pedro Sánchez y Susana Díaz. Una pelea de zombis que se lee de manera diferente ahora, después de la escabechina de Ferraz. Aunque no sea una novela "de gran calado", Guillem Martínez logra escribir 25 capítulos muy solventes, con mucho humor, zombis y sátira política. Cuando en el futuro alguien relea García contra la España zombi, no encontrará una España mucho más esperpéntica que la real.


"Focos de agosto" de Joaquín Reyes

Este relato largo de Joaquín Reyes, dividido en seis capítulos, está protagonizado por Emilio Escribano, cómico. Aunque no se trata de una autoficción, tan de moda entre los humoristas (Curb Your Enthusiasm de Larry David, Louie de Louie C. K. o El fin de la comedia de Ignatius Farray), está claro que Emilio Escribano es el alter ego de Joaquín Reyes: es un cómico manchego con humor manchego, o sea, chanante. Por desgracia, estamos frente a un texto y no un vídeo: sin la voz de Joaquín Reyes, el texto queda un poco cojo. A pesar de todo, el texto aguanta la lectura veraniega y las aventuras de Escribano y de su agente, que le ha encontrado un papel en una película, logran sacarle unas cuantas risas al lector.

martes, 4 de octubre de 2016

Folletines veraniegos online (1)

Todos estamos de acuerdo: las lecturas son para el verano. Durante el invierno las vamos acumulando en la mesilla, como también almacenamos chichas y lorzas en el vientre, y luego en verano las consumimos, o al menos lo intentamos. Especialmente las novelas, el género literario más extenso, rico en grasas y pausado y que, por eso, más se amolda a priori al tempo veraniego. Si tenemos vacaciones, podemos leer en el tren, en el avión y allá donde vayamos; si no, el ritmo de trabajo de julio y agosto se relaja hasta hacerles sitio a unas cuantas lecturas.

Pues en un artículo publicado a finales de este julio, Javier Marías decía que no: "En agosto consigo acabar dos o tres obras, si no son demasiado extensas". ¿Cómo es posible que Marías solo lea tres novelas en treinta días? El escritor madrileño opinaba que precisamente en verano se leía menos porque las vacaciones son cortas y ajetreadas, así que el tiempo libre del que disponemos lo acabamos empleando en cualquier otra actividad. A no ser que seamos muy pertinaces: "En vez de dejarnos invadir pasivamente por los libros, hemos de ser activos, y obstinados, y luchar por hacerles sitio contra todos los elementos".

No le falta razón a Marías. Por suerte, yo me empeciné y conseguí leer bastante; prueba de ello es que leí y reseñé una novela e hice lo mismo con uno y dos ensayos. Como en anteriores veranos, además de libros en papel leí mucho online: folletines o, más bien, series de artículos que componen una narración o un ensayo. Todos tienen en común la publicación por entregas en internet, por un lado, y un estilo y/o temática ligeros, óptimos para la lectura en el ordenador y en verano, por el otro.

He aquí mi lista de folletines veraniegos online.

* * *


"Destino Las Vegas" de Jordi Puntí

Más que una novela, "Destino Las Vegas" es un relato largo, y tampoco demasiado. Solo tiene cinco capítulos que se pueden leer sin problemas de una sentada. El argumento es sencillo: el narrador, el mismo Jordi Puntí, se reencuentra con Mike Franquesa, un peculiar conocido que le contará qué ha hecho los últimos años en Las Vegas. El estilo también es sencillo, y directo y ágil, a diferencia de la prosa más bien barroca de su novela Maletes perdudes. En resumen, nos encontramos con un relato autoficcional solvente y entretenido, 100% veraniego.


"Lectura y vida" de Juan José Millás

Recomendar a los jóvenes que lean es predicar en un desierto postnuclear, pero Juan José Millás se ha atrevido a hacerlo en "Lectura y vida", un ensayo dividido en seis entregas. Aunque, para ser más precisos, Millás nos recomienda que leamos a todos, seamos jóvenes, adultos o viejos. Sin embargo, el punto de partida son sus experiencias dando charlas en institutos para tratar de estimular la lectura de los adolescentes españoles. No dice nada nuevo: leer ayuda a comprender el mundo, a encontrar trabajo, a desarrollar el pensamiento crítico, etc. Sin duda, lo que merece la pena del texto son sus anécdotas y ejemplos, muy millasianos.


"Brexitraíl" de Miqui Otero

De nuevo, "Brexitraíl" no es una novela, y tampoco es un relato de ficción ni un ensayo. En este caso, es una crónica: un viaje por la Gran Bretaña post Brexit. A diferencia de la mayoría de folletines, la narración de Miqui Otero está relacionada con el presente. Sus divertidas andanzas nos llevan de Brighton a Tetbury, pasando por Gales y Liverpool, donde conocemos a personajes estrambóticos que votaron sí al Brexit y podrían haber salido de Miedo y asco en Las Vegas o de cualquier otro libro de periodismo gonzo. Las múltiples referencias a la cultura británica acaban de aderezar unas crónicas muy divertidas.

domingo, 28 de agosto de 2016

Sobre 'Jambalaya' de Albert Forns

A principios de agosto, encontré en una librería de Madrid una novela que me atrajo, primero, por el título y el prólogo de Sergi Pàmies y, luego, por la descripción de la contraportada: "Albert Forns indaga en los mecanismos de la autoficción y disecciona el proceso de escritura de un libro".

Hojeé Jambalaya y descubrí que el autor era catalán, que aquella era su segunda obra —después de Albert Serra (la novel·la, no el cineasta)— y que era muy autoficcional. Es decir, ideal para mí. Tras leer unos cuantos fragmentos, mi ego me jugó una mala pasada: creí que Jambalaya era la misma novela que yo estoy intentando escribir, Mateorías. Es autoficcional, sucede en otro país, tiene sentido del humor, internet y las nuevas tecnologías tienen un papel crucial, su protagonista es escritor...

Un sorprendido librero me confirmó que obviamente no la tenían en catalán, así que me la compré traducida al español. Me salté mi lista de lecturas pendientes y empecé a leerla. En seguida respiré aliviado: Jambalaya es bastante diferente de mis Mateorías, aún inacabadas.

Ahora puedo decir que es una novela fabulosa, quizás la autoficción definitiva.

* * *

Aunque Jambalaya (2016) de Albert Forns aspira a ser una novela sin argumento, tiene argumento: el protagonista quiere escribir su segunda novela por lo que, gracias a una beca, se va a una granja de artistas en Montauk, Nueva York, presidida por el famoso dramaturgo Edward Albee. Y ahí hace cualquier cosa menos escribir. Alrededor de esta premisa indispensable, Forns desarrolla una acción mínima y sitúa una brillante constelación de fragmentos narrativos y ensayísticos, pertinentes incluso cuando parecen digresiones de relleno.

Forns es muy consciente de que está recorriendo un terreno muy transitado ya (Javier Cercas, Emmanuel Carrère, Enrique Vila-Matas...), por eso dota a su protagonista de tanta autoconsciencia como es posible en la literatura. Duda, describe lo que ve y siente en Montauk, cita los libros que lee así como los mensajes romanticones que le manda a su novia, pero, lo más importante, sabe que es un escritor escribiendo sobre escribir y que no es el primero en hacerlo, ni mucho menos. Para el lector, la voz del narrador se asemeja tanto a la del autor que su realismo es abrumador. ¿Es auténtica? Probablemente no, pero lo parece, y eso es suficiente.

Sin embargo, la voz del narrador no basta para justificar la frescura de Jambalaya: también es clave la forma de la novela, que parece muy natural pero es producto de un trabajo enorme. No me refiero solo a la prosa, tan cristalina y variada que nunca cansa; hablo sobre todo de la estructura de la novela, aparentemente más sencilla de lo que es. Con el pretexto de su estancia en Montauk, en cada capítulo el narrador desarrolla diversos temas de diferentes maneras. Es, pues, una novela collage.

A través de los descacharrantes diálogos con los otros escritores de Montauk, se habla del proceso de escritura y de la autoficción; en cambio, en las escenas casi surrealistas que tienen lugar en las visitas al pueblo, los asuntos son, por ejemplo, el hiperconsumismo de la sociedad estadounidense y su consecuente obesidad. También encontramos listas, aforismos, cartas, encuestas, etc., y los temas van cambiando como si zapeáramos los canales de la tele (los hipsters, la vida auténtica) o abriéramos multitud de pestañas en el navegador (las contradicciones de la sociedad, la vejez). Además, el narrador reflexiona y desarrolla estos materiales, unas veces por sí mismo y muchas recurriendo a otras fuentes: Wikipedia, internet en general y los libros que lee. De hecho, se agradece la falta de complejos de Forns, que desnuda aún más a su personaje citando gran cantidad de bibliografía.

Y aquí es cuando el lector puede malinterpretar que Jambalaya es una mezcla sin sentido de diálogos, escenas, ensayos, citas ajenas y todo lo que se le ha ocurrido meter a Forns en su texto. Pero tres leitmotivs de la novela desarman este argumento. En primer lugar, la jambalaya, un plato cajún con arroz preparado por uno de los personajes y que, como la paella valenciana, armoniza ingredientes muy diferentes. En segundo lugar, la masturbación, como práctica compulsiva, como tema de reflexión y como símbolo de la cultura occidental contemporánea (de nuevo, el protagonista se desnuda, y esta vez por partida doble: al masturbarse y al hablar de ello). Por último, el ego: todo se construye alrededor del yo del autor.

Otros dirán que Jambalaya es banal, pero es tan banal como la sociedad contemporánea. Banalidad, mezcolanza, onanismo y egocentrismo: ¿os suena? Son ingredientes esenciales de nuestros tiempos, presentes también en la novela de Albert Forns.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Sobre 'The Book of My Lives' de Aleksandar Hemon

Ayer llegué a Cracovia después de 18 días en España. Mis vacaciones han consistido en ver a mi familia y amigos, comer y beber, charlar y viajar un poco (Girona, Barcelona, Palencia, León, Toledo, Madrid...). En todo este tiempo no se me olvidó que el 15 de agosto volvería a Polonia y entonces tendría que escribir y trabajar. Hoy, 16 de agosto, he dado mi primera clase de español postvacacional y he seguido escribiendo las Mateorías.

El capítulo 21 de la novela estará listo dentro de un par de días, pero, como necesito desentumecer los dedos y el cerebro y aún dispongo de cierto tiempo libre, voy a ponerme al día con las microrreseñas atrasadas. Este verano estoy leyendo bastante, así que, en vez de presentar las reseñas en un solo post ("The Best of Summer 2016"), las espaciaré más: un libro, un post. Así será más legible y más escribible.

* * *

El año pasado, descubrí a Aleksandar Hemon, bosnio que escribe en inglés, con los cuentos de The Question of Bruno (2000) y la novela de relatos Nowhere Man (2002); este año he continuado con The Lazarus Project (2008) y, entre junio y julio, The Book of My Lives (2013).

La historia de cómo me compré The Book of My Lives parece un chiste posmoderno (de los malos), pero sirve para presentar a su autor. A finales de diciembre de 2015, mi novia y yo visitamos Liubliana, la capital de Eslovenia, antigua república yugoslava. Como casi siempre que viajo, quise comprarme un libro de algún autor local, o sea esloveno, por lo que entré en una librería y pregunté si tenían algo en inglés. Después de descartar la selección de clásicos y de bestsellers que se repite en cualquier librería de cualquier parte del mundo, le pedí al librero si tenían algo local, o sea esloveno. No mucho, me contestó, y me mostró The Book of My Lives de Aleksandar Hemon. Cogí el libro y sonreí. ¿De dónde eres?, le pregunté al vendedor. De aquí, de Liubliana, ¿por? No le dije que Hemon no es esloveno sino bosnio, ni que, de hecho, tanto el librero como el novelista habían nacido en el mismo país, Yugoslavia, aunque en repúblicas diferentes. Sin embargo, pensé que a Hemon le haría gracia la confusión: si su identidad nacional ya es bastante compleja, aquel librero todavía le asignaba otra nacionalidad.

Cuando estalló la guerra entre Bosnia y Serbia, Hemon estaba de viaje en EEUU y decidió quedarse ahí, descolocado, y acabó adoptando el inglés como lengua literaria (curiosamente, a Witold Gombrowicz le pasó lo mismo en la Segunda Guerra Mundial con Argentina, pero siguió escribiendo en polaco). Este episodio, que desencajó totalmente su vida, es el eje de su narrativa. Los personajes de The Question of Bruno, Nowhere Man y The Lazarus Project están descentrados, fuera de lugar, siempre a causa de las Guerras Yugoslavas. En The Book of My Lives, Hemon cuenta una vez más la historia de cómo llegó a Chicago; quizás esta vez sea la versión verdadera. "The Lives of Others", el ensayo que abre el libro, demuestra que su preocupación principal es la identidad; no solo por su título, sino también por los títulos de los fragmentos que lo componen: "Who is That?", "Who Are We?", "Us Versus Them", "That's Me", "Who Are They?", "What Are You?", "What Am I?".

La complejidad identitaria de Hemon encuentra su correlato en el hibridismo genérico de The Books of My Lives. Algunos dicen que es un ensayo, mientras que otros lo catalogan como unas memorias (siempre son los otros quienes clasifican a uno). Yo prefiero la primera etiqueta, simplemente porque es mucho más holgada: puede incluir la narración autobiográfica y las reflexiones que parten del yo, como en Montaigne; por contra, las memorias implican una sistematización que no existe en este libro, ya que no abarca toda la vida del autor ni un periodo determinado, sino que salta de una etapa a otra según los temas que le interesa tocar. Y en esto consiste The Books of My Lives: una serie de textos autobiográficos y reflexivos que giran alrededor de un tema o de un momento importante en la biografía del bosnio. Por suerte, ha tenido una vida más que interesante y su prosa, sencilla, analítica y capaz de captar las más intensas emociones, acompaña.

Como en cualquier libro de relatos más o menos independientes, hay altibajos, aunque no muy pronunciados. Hemon flaquea más en "Family Dining", donde reflexiona con simplicidad durante unas pocas páginas sobre las comidas familiares y su importancia, y en "The Magic Mountain", donde recuerda los días que pasó leyendo y escribiendo en la cabaña que su familia tenía en la montaña. En cambio, el mejor Hemon está en "Let There Be What Cannot Be", donde presenta al criminal de guerra Radovan Karadžić; en "Dog Lives", donde habla de los refugiados de guerra a través de sus perros, y en "The Lives of a Flaneur", donde rememora diversas etapas de su vida en Sarajevo y en Chicago como flâneur. Probablemente, el mejor relato sea el último, el más emotivo: "The Aquarium" rememora la enfermedad que terminó con la vida de Isabel, su hija de un año. Como en Mortal y Rosa y otras buenas obras que hablan de la muerte de un ser querido, es difícil aguantar las lágrimas durante la lectura.

La única crítica que le puedo hacer a The Book of My Lives es que Hemon no hable más de la génesis de sus libros anteriores, un tema que me interesa personalmente. En "My Prisoner", otro relato brutal, cuenta la vida de su gran amigo Veba, que dio lugar a la novela The Lazarus Project; en "The Kauders Case" rememora el origen de un cuento de The Question of Bruno. A pesar de todo, creo que no habría sobrado un ensayo más literario que relacionara los episodios de su biografía y las obras de ficción correspondientes.

No queda mucho más que decir, solo leer este fantástico libro. The Book of My Lives es ideal para desencantar a aquellos que se hacen una idea demasiado limitada de la identidad y para encantar a los que ya lo saben.

domingo, 3 de abril de 2016

The Best of March 2016

Un mexicano, un colombiano y un español se reúnen en una cafetería para hablar de literatura. No es el comienzo de un chiste malo ni de una escena surrealista, sino una realidad bimensual. El club de lectura funciona así: uno de nosotros propone tres libros y los otros dos cofrades eligen el que más les guste; un par de semanas después, charlamos sobre la obra seleccionada, pero también del desgobierno polaco, de la crisis de los refugiados, de porno feminista, del precio de los tomates y del vodka, etc. Con mucha sorna, mi novia nos bautizó con el nombre de the dead poets society.

De este modo escogimos, leímos y comentamos dos de los libros que están en el best of de marzo: El pájaro pintado de Jerzy Kosiński y Extinción de David Foster Wallace. Los otros dos son fruto de mi búsqueda de la Gran novela de Barcelona: Viento y joyas de Francisco Casavella y El día de mañana de Ignacio Martínez de Pisón.


1. Jerzy Kosiński, El pájaro pintado (1965)

Imagina al Lazarillo de Tormes malviviendo por puebluchos de la Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial. Este es el punto de partida de El pájaro pintado, la novela con que el escritor polaco Jerzy Kosiński (Łódź, 1933 - 1991) se dio a conocer. Ambientada en un país incierto, el narrador y protagonista es un niño abandonado por sus padres para que tenga más posibilidades de sobrevivir a la barbarie; pese a la falta deliberada de información, es evidente que el país es Polonia y el niño, judío, así como que se trata de una novela picaresca y no de una autobiografía del autor. La acción tiene lugar lejos del frente y de los campos de concentración nazis (a diferencia de Sin destino, del recientemente fallecido Imre Kertész, también protagonizada por un joven), pero las vivencias del niño por los pueblos polacos ponen igualmente los pelos de punta: palizas, robos, torturas, asesinatos, violaciones, etc.; lo más polémico es que quienes llevan a cabo estos disparates no son casi nunca los nazis y los soviéticos, sino los campesinos y los guerrilleros polacos. La elección del punto de vista infantil-juvenil es el mayor acierto de la novela, ya que el niño intenta entender la cruel realidad que lo rodea con los recursos intelectuales que va adquiriendo (superstición, religión, marxismo, ley del más fuerte, etc.). Obviamente, no lo logra; la única conclusión posible es que cualquier guerra despierta lo peor del ser humano.


2. Francisco Casavella, Viento y joyas (2002)

La segunda novela de la trilogía de Francisco Casavella (Barcelona, 1963 - 2008) es mucho más ambiciosa que la primera: si Los juegos feroces narraba solo 24 horas (el "día del Watusi"), Viento y joyas cuenta los años siguientes (llamados el "Día de Mañana"), cuando Fernando Atienza y su madre salen de la miseria; si aquella era una novela picaresca, esta es la historia de un arribista en la Barcelona de la Transición, una versión actualizada de La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza. El joven Atienza, cual Onofre Bouvila, trabaja de botones en un banco, asciende pronto a chófer y empieza a empaparse de la corrupción de la época, para saltar más adelante al circo político que se estaba desarrollando en aquellos años. Casavella sigue creando escenas esperpénticas del máximo nivel, sus nuevos personajes son igual de desternillantes y su barroca prosa continúa combinando sabiamente la alta y la baja cultura. Sin embargo, la novela no es una obra maestra, probablemente a causa de su desmesura: demasiados personajes secundarios, demasiadas subtramas, demasiada ambición. Y entre este caos, hay que recordar que estamos leyendo un Informe sobre el Yeyé, el amigo de infancia del protagonista, del cual parece haberse olvidado Casavella; además, la presencia del Watusi, el asesino bailarín asesinado, es ahora un tanto forzada. Leeré la tercera y última novela, claro, pero ahora me pregunto si Casavella conseguiría cerrar bien la trilogía.


3. David Foster Wallace, Extinción (2004)

Extinción parece una versión posmoderna de las novelas ejemplares cervantinas: ocho heterogéneos relatos largos o novelas cortas que radiografían la sociedad actual. El estadounidense David Foster Wallace (Ithaca, 1962 - 2008) se arriesga por partida doble: en el fondo y en la forma. Por un lado, su prosa es sumamente compleja y exigente, lo cual puede echar atrás en seguida; frases alargadas de sintaxis enrevesada, tecnicismos de diferentes campos —psicología, estadística, mercadotecnia, periodismo, antropología, medicina...— al lado de coloquialismos y vulgarismos, descripciones de un detalle entre enfermizo e irritante, etc. Por el otro, los temas y el enfoque de los relatos son rebuscados y rabiosamente contemporáneos, así que a veces pueden parecer banales; por ejemplo, en "Extinción" un matrimonio sufre una crisis tremenda porque la esposa dice que el marido ronca y este lo niega; bajo esta apariencia intrascendente, Wallace reflexiona sobre los límites de lo real y sobre los problemas familiares. En consecuencia, el mayor problema de Extinción es la calidad desigual de los relatos; en los peores se nota que el autor sufría el síndrome del empollón: Wallace necesita dejar constancia en cada frase de que es el más inteligente de la clase, por lo que la legibilidad se resiente. Afortunadamente, hay algunas joyas que compensan el desequilibrio. En "El neón de siempre" se disecciona la profunda depresión de un yuppie incapaz de vivir sin fingir; el narrador de "El alma no es una forja" es un niño con déficit de atención que trata de recordar el día en que su profesor enloqueció y quiso matar a los estudiantes. Quizás no todos sus relatos, pero es necesario leer Extinción.


4. Ignacio Martínez de Pisón, El día de mañana (2008)

El protagonista de El día de mañana es Justo Gil, un pobrísimo inmigrante que llega a la Barcelona posfranquista para comerse el mundo, pero fracasa y termina de chivato en la Brigada Político-Social, la policía secreta del régimen. Sin embargo, el narrador de la novela de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) no es Justo, sino trece personajes que conocieron a este misterioso charnego arribista, cruce de Onofre Bouvila, el Pijoaparte de Juan Marsé y, por qué no, el Yeyé de El día del Watusi (con la que comparte el sintagma "el día de mañana"). La técnica narrativa —deudora de Mientras agonizo de William Faulker y de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño— es muy efectiva: contribuye a mitificar a Justo y a resaltar su condición de burlador. Seduce a ambos sexos para satisfacerse, progresar o lucrarse, pero a diferencia de Don Juan no se arrepiente. Los narradores cuentan con un estilo muy oral y comunicativo de qué manera los engañó Justo y, como pertenecen a diferentes estratos sociales, nos meten en la intrahistoria del franquismo y en el meollo de importantes acontecimientos históricos: los encuentros clandestinos de la oposición a Franco, el encierro de Montserrat, la detención de la Asamblea de Catalunya, los crueles y olvidados atentados del Exèrcit Popular Català y de Fuerza Joven, etc. Aunque los grandes mentirosos de la historia como Justo Gil, Enric Marco, Nixon o Lance Armstrong parecen condenados al fracaso, El día de mañana nos recuerda también que muchos mentirosos de segunda lograron capear el temporal y salir indemnes de la Transición.

lunes, 7 de marzo de 2016

The Best of February 2016

Hace un mes estuve en Barcelona, quizá por eso he estado —y sigo— leyendo sobre la ciudad. Creo que estoy oficialmente en busca de La gran novela de Barcelona. Por tanto, en lo mejor de febrero hay tres libros sobre Barcelona (dos novelas, uno de cuentos) y de paso uno con crónicas de los crímenes nazis en Polonia.

1. Pablo Tusset, Lo mejor que le puede pasar a un cruasán (2001)

La primera novela de Pablo Tusset, seudónimo de David Homedes Cameo (Barcelona, 1965), me había sonado siempre a bestseller o novela humorística; es decir, mala literatura. Me equivocaba: Lo mejor que le puede pasar a un cruasán es efectivamente una novela con mucho humor que se vendió muy bien, pero sobre todo es literatura de la buena. Pablo Miralles, el protagonista y narrador, es un treintañero, hijo de una familia de la alta burguesía barcelonesa, que les ha salido rana: no se relaciona con ricos y en vez de trabajar prefiere beber, drogarse, ir de putas y hablar de filosofía por internet. Pero la acción de la novela empieza cuando debe investigar la desaparición de su hermano. Se trata, pues, de una novela negra paródica, como la serie del detective loco de Eduardo Mendoza. Lo mejor sin duda es el personaje, Pablo Miralles, un antihéroe genial: tiene un poco de Torrente (putero, yonqui, guarro), del Ignatius de La conjura de los necios (filósofo y outsider, valga la redundancia) y del profesor Wilt de Tom Sharpe (sagaz, muy crítico, detective por accidente).


2. Jordi Nopca, Puja a casa (2015)

Los cuentos de Jordi Nopca (Barcelona, 1983) están atravesados por dos temas: si la Barcelona de la crisis económica es el asunto de fondo, las relaciones de pareja son el principal; el tercer ingrediente es la muerte de los seres queridos (el libro está dedicado a su abuelo). A pesar de que la atmósfera de la crisis afecta al amor, Nopca no cae en el naturalismo; sus protagonistas son personas normales que pasan por un bache, unas veces más profundo que otras. En general son cuentos realistas, con una prosa muy depurada e irónica, heredera de Quim Monzó y Sergi Pàmies; pero algunos relatos tienen un giro alocado y brutal ("Navalla suïssa", genial) e incluso cierto realismo mágico ("Ens tenim l'un a l'altre"). En "No te'n vagis", a una chica recién doctorada y soltera no le queda más remedio que trabajar en una tienda de ropa. "Cinema d'autor" se burla de las pretensiones culturetas barcelonesas a la vez que humaniza el proceso de seducción. Uno de los cuentos más duros es "Les veïnes", protagonizado por un chino que tiene un bar; sorprendentemente, no es el colectivo asiático el que sufre (como en Biutiful), sino una mujer catalana, alcohólica y medio vagabunda. Si nos ponemos exigentes, para redondear el libro Nopca podría haber incluido alguna pareja homosexual o prestado más atención a los inmigrantes.


3. Zofia Nałkowska, Medallones (1947)

Zofia Nałkowska (Varsovia, 1884 - 1954) formó parte de la Comisión de la Investigación de los Crímenes Hitlerianos cuando ya era una escritora de cierto renombre en Polonia. Aprovechó la ocasión para crear una de las más impactantes obras sobre el Holocausto: Medallones, siete crónicas breves basadas en los testimonios de la Comisión y un ensayito final. El lenguaje de Nałkowska es 100% documental: directo y escueto como una grabación, hace que parezca fácil seleccionar la escena más adecuada y dejar al narrador fuera. Medallones pertenece a una clase de periodismo, si no extinta, escasa, similar a Manuel Chaves Nogales, por ejemplo. Entre los relatos del librito de Nałkowska encontraremos monstruos nazis como el profesor Spanner (un científico que en Danzig/Gdańsk fabricaba jabón con la grasa humana), supervivientes como Dwojra Zieliona (una mujer que perdió un ojo y los dientes) y también "ciudadanos corrientes" (la encargada de un cementerio colindante a un gueto judío). Aunque "los malos" del libro sean los nazis, los polacos no salen totalmente indemnes: el fantasma del colaboracionismo y del antisemitismo recorre inevitablemente el libro, cosa que no placerá al nacionalismo polaco contemporáneo pero sí al que se conforme con la verdad.


4. Francisco Casavella, Los juegos feroces (2002)

Los juegos feroces es la primera parte de la trilogía El día del Watusi, escrita por Francisco Casavella (Barcelona, 1963 - 2008) y recién reeditada. El protagonista y narrador es Fernando Atienza, un adolescente de una barriada charnega que relata lo que le sucedió en Barcelona el 15 de agosto de 1971, el día del Watusi: la hija de un mafioso de su barrio aparece muerta y supuestamente Atienza y su amigo Pepito, un gitano cojo, han visto al asesino, el Watusi, aunque en verdad saben que solo es un chivo expiatorio y recorrerán Barcelona para avisarlo y pedirle ayuda. Los juegos feroces es una novela picaresca en toda regla cuyo Lazarillo es un joven miserable, de madre viuda y medio prostituta, que en vez de amos va conociendo a canallas sacados de una novela de Juan Marsé —el Superman, el Soplagaitas, el Topoyiyo, la Francesa...— y que junto al Pepito forma una versión quinqui setentera de Rinconete y Cortadillo. Por si fuera poco, Atienza cuenta esta historia por encargo de un superpoder desconocido, una "Vuestra Merced" posmoderna que —aún no sabemos por qué— quiere saberlo todo del Pepito, que pasó de gitano marginal a magnate de los negocios. La novela de Casavella rebosa sátira, un lenguaje exuberante —a veces demasiado— y una gran capacidad para crear geniales escenas grotescas y personajes esperpénticos. Pero ¿es El día del Watusi La gran novela de Barcelona? O ¿La gran novela de la Transición? ¿O es El gran bluf? De momento parece ser La gran novela de culto de Barcelona.

jueves, 11 de febrero de 2016

The Best of January 2016

Aunque me gustaría poder escribir un relato al mes, me resulta casi imposible: no tengo bastante tiempo ni suficientes (¿buenas?) ideas. Claro que nadie me presiona para que escriba ni para que publique, ni una vez al mes ni ninguna, pero querría creer que con este blog me he impuesto cierta disciplina. Así que he decidido conformarme con escribir como mínimo una entrada mensual sobre libros: un texto que contenga las mejores lecturas del mes. Es decir, microrreseñas de dos, tres, cuatro obras o las que sean.

Ahí va, pues, lo mejor que he leído este enero de 2016.


1. Aleksandra Lun, Los palimpsestos (2015)

Aleksandra Lun (Gliwice, 1979) es una traductora polaca que vive en Bélgica. La principal peculiaridad de esta novela breve es la lengua en que fue escrita: Lun la compuso en español, no en polaco. Sin embargo, no se trata de una mera curiosidad lingüística, puesto que el rechazo de la lengua materna también define el argumento de la obra. El protagonista de Los palimpsestos es un escritor polaco homosexual, Czesław Przesnicki, que está ingresado en un manicomio por no escribir en polaco sino en antártico (sic). En este centro lo curarán —una doctora y un cura polaco que solo le habla en esta lengua— y además conocerá a otros que escribieron en lenguas ajenas —Conrad, Nabokov, Beckett, Cioran, Ionesco, Kosiński...—. Completan el cóctel literario de Los palimpsestos, por un lado, otras anécdotas de escritores al más puro Enrique Vila-Matas y, por el otro, un humor más o menos satírico (es especialmente divertida la crítica al socialismo polaco de antaño y al nacionalismo de hogaño, aunque podría haberse ensañado mucho más). No obstante, al llegar al final uno tiene cierta sensación de que todo esto le ha sabido a poco, no sé si por la brevedad de la obra —Lun podría haber incorporado más autores a su nómina, como Max Aub, Aleksandar Hemon, Milan Kundera, Jorge Semprún, Amin Maalouf, Najat El Hachmi, José María Blanco White, Junot Díaz, Rolando Hinojosa, Yann Martel, Jack Kerouac, etc.— o por la ligereza de los temas. A pesar de todo, la lectura merece la pena para los frikis de la literatura.


2. Mario Benedetti, Pedro y el Capitán (1979)

Antes de Pedro y el Capitán mi ignorancia benedettiana era considerable: solo había leído algunos poemas de amor y La tregua (una novela genial). Por suerte, un amigo me sacó un poco de ella recomendándome esta fantástica obra de teatro. La puesta en escena de Pedro y el Capitán es minimalista pero muy efectiva: los dos personajes del título están situados en una sala de interrogatorios, Pedro en una silla y el Capitán de pie; el Capitán interroga a Pedro para que delate a sus compañeros de la resistencia, pero no dice nada. En el escenario nunca hay violencia pero sí sus efectos en el prisionero, ya que antes de cada interrogatorio verbal se presupone la tortura física. Sin embargo, la impresión en el lector es grande, imagino que aún será más fuerte si eres espectador. Para Benedetti, la cuestión no es si merece la pena o no mantenerse callado y leal a la causa a cambio del dolor y de la muerte, sino y sobre todo que es la única opción. El torturado solo se puede salvar convirtiéndose en mártir.


3. Sara Mesa, Cicatriz (2015)

Suele haber demasiados intereses comerciales en las listas de lo mejor del año como para confiar en ellas, pero en el caso de Cicatriz parece que todas acertaron. La novela de Sara Mesa (Madrid, 1976) presenta a Sonia y a Knut, que se han conocido en un foro literario de internet; ella es una chica provinciana bastante convencional, mientras que él es un outsider muy peculiar: no quiere trabajar y roba de todo, especialmente libros. Así empieza su insólita relación: Knut le manda libros sisados, primero, luego perfumes y otros regalos también mangados, y a cambio no quiere sexo ni fotos desnudas, sino amistad, conversación, es decir, contacto online pero humano. Knut no es el típico pervertido ni un sádico de película, aunque es mucho más creíble e interesante que el Christian de Cincuenta sombras de Grey (o al menos eso me imagino). Knut es, en fin, un verdadero hallazgo. El estilo de Mesa, frío y directo, por momentos aséptico, contribuye a crear un clima de tensión más propio de un thriller que de una novela romántica. Evidentemente, el amor no es el tema de Cicatriz, tampoco el sexo, sino la dominación en las relaciones interpersonales.


4. Amin Maalouf, Identidades asesinas (1998)

En este ensayo, Amin Maalouf (Beirut, 1949) responde a una pregunta trampa: ¿por qué algunas identidades son violentas? Maalouf da ejemplos de diferentes etnias, culturas o religiones, pero la identidad asesina principal son obviamente los musulmanes. ¿Por qué hay terrorismo islámico y no cristiano o judío? Es difícil no caer en la tentación de decir que "el islam es intrínsecamente violento", como hacen muchos en la sobremesa. Por suerte, no es la respuesta de Maalouf; lo que dice es más complejo —a pesar de que el ensayo es muy asequible, casi divulgativo— e influye factores como la globalización, el colonialismo, la Guerra Fría, etc. Mahoma no nos explica el terrorismo islámico actual, viene a decir Maalouf. La guinda del pastel es la metáfora de la pantera: la identidad es como una pantera, porque puede ser domesticada o volverse extremadamente peligrosa, todo depende de cómo la tratemos. En fin, Identidades asesinas debería ser lectura obligatoria para los que condenan con tanta facilidad el islam y para los que tienen problemas separando el terrorismo de la religión.