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lunes, 12 de octubre de 2015

Entrevista breve con Jonathon

Conocí a Jonathon este verano, antes de que tuviera sus cinco minutos de escasa gloria en Internet. Estábamos de viaje en Gdańsk con mi novia cuando nos lo presentaron. Recuerdo que insistió varias veces: me llamo Jonathon, con o, y no Jonathan. ¡Jonathon: on, on!

Un par de meses más tarde, a finales de septiembre, alguien compartió en Facebook una noticia de The Independent cuyo titular hablaba de un universitario británico que estudiaba en Londres pero vivía en Gdańsk, Polonia, porque era mucho más barato. La historia coincidía extrañamente con los planes que Jonathon me había revelado cuando nos conocimos, así que hice clic en el enlace. No había ninguna foto del susodicho estudiante; cuando escribí su nombre en el buscador, Jonathon, este no halló resultados. Sin embargo, sentí curiosidad por leer la noticia. Encontré el nombre del alumno británico en el tercer párrafo: Jonathan Davey, escrito con a: Jonathan. Era la misma historia que yo conocía: después de un viaje por Europa, un estudiante inglés de antropología había decidido vivir en Gdańsk porque era más barato que en Londres; el chico, de 23 años, volaba los miércoles al aeropuerto de Luton para asistir a sus tres días de clases y regresaba los viernes. Sólo entonces se me ocurrió buscarlo en Facebook; había un tal Jonathon Davey, con o, cuya foto de perfil mostraba a mi Jonathon. Estaba claro que el periodista de The Independent se había equivocado, así que busqué en Google: "Jonathon Davey Gdańsk". Voilà: había una noticia (de Russia Today) con el nombre bien escrito y una foto del Jonathon que yo había conocido en Gdańsk.


Quedé muy decepcionado cuando leí las dos noticias: mostraban sólo una parte, apenas la punta del iceberg, de la historia. Aquellos articulitos sólo le podían dar un par de minutos de gloria de segunda categoría. En cambio, la historia verdadera, la versión completa, le garantizarían la auténtica fama, la inmortalidad online. Pero The Independent RT habían echado a perder la oportunidad de Jonathon. También me molestó que ambos periódicos resaltaran el aspecto menos relevante de la noticia: los precios excesivos de los alquileres en Londres. ¿A quién le importa Londres? ¿A quién le importa que los jóvenes no puedan vivir allí? Al carajo los pisos de Londres, especialmente si detrás de aquella fachada había un relato mucho más suculento.

Yo no espero que mi relato, este texto, pueda resarcir a Jonathon de la fama que los periódicos le arrebataron, pero como mínimo su historia quedará fijada. Quien quiera podrá leerla. Antes de ponerme a escribir, decidí pedirle permiso a Jonathon. Sabía que no era necesario, pero siempre he sido muy precavido con lo que cuento por aquí. Era un sábado, por lo que supuse que Jonathon estaría en Gdańsk. No tardó mucho en aceptar mi solicitud de amistad. Me contestó en seguida: claro, adelante, pero escribe bien mi nombre.

* * *

Mi novia, Ivana, lleva cuatro años en Cracovia y yo, tres; era una vergüenza que aún no hubiéramos visitado Gdańsk. Por eso fuimos allí este verano. Nos hospedamos en casa de Ola, una chica polaca que nos acogía con Couchsurfing. Era la típica rubia espectacular polaca, pero con una mentalidad atípica: abierta, alocada, atea, feminista y liberal; llevaba media melena afeitada y tenía piercings y tatuajes, todo muy a juego con su personalidad. Nos cayó bien en seguida. Lamentó no poder mostrarnos la ciudad porque se iba a trabajar, pero añadió que nos podíamos ver por la noche para tomar algo. Gdańsk mejora por las noches, recuerdo que dijo, gracias a Jonathon; pero no le preguntamos de qué o quién estaba hablando. Simplemente acordamos un lugar y una hora para reunirnos y salimos a conocer la ciudad.

Paseamos por el centro histórico, repleto de arquitectura germanopolaca, subimos a la torre de la Basílica de Santa María y contemplamos una espectacular vista de la ciudad, tomamos una cerveza a la orilla del río Motława y llegamos hasta los astilleros, comimos un decepcionante marisco, probablemente congelado, visitamos el Museo de Solidarność, posamos junto a un fragmento del Muro de Berlín, cenamos en un restaurante mexicano con música en directo, etc.

Después de pasar el día deambulando por la ciudad, llegamos al bar que habíamos convenido como punto de encuentro. Cuando entramos, pillamos a Ola morreándose con un chico cuya mano derecha quedaba oculta bajo su falda. Se separaron al vernos, pero él dejó la mano allí unos segundos más, hasta que nos fue presentado: era Jonathon, su amigo inglés.

La apariencia de Jonathon era mucho más corriente que la de Ola: tejanos ni ajustados ni holgados, camisa verde a cuadros, ojos azules, pelo castaño corto; sólo destacaban sus finos labios —una línea recta, una ausencia— y sus gruesas gafas —portadoras de tendencias psicopáticas—. Pero a pesar de esto, el inglés era, como mínimo, tan excéntrico como su amiga polaca. Si midiéramos la excentricidad en relación a la nacionalidad de cada uno, los dos serían igual de excéntricos; en números absolutos, sin embargo, la excentricidad de Jonathon superaba con mucho la de Ola. Al lado de Jonathon, Ola era una aficionada. Por eso no necesitaba llamar la atención con su imagen: Jonathon era estrambótico más allá de sus pintas. Hasta que abría la boca, Jonathon era un tipo cualquiera.

Como un torrente, en seguida acaparó la conversación; no habló de sí mismo, pero tampoco se interesó por nosotros. En cuanto pude me escabullí y fui a pedir unas cervezas a la barra; Ivana se acercó poco después. Nos miramos y supimos que pensábamos lo mismo. Al regresar con las bebidas, se confirmó nuestra primera impresión: Jonathon no dejaba hablar y, cuando lo hacía, no escuchaba; efectivamente, habíamos topado con un pesado. Pero era un pesado muy inteligente y aún más mordaz, un pesado especial. Hablaba de cualquier tema con una ironía brutal: televisión o antropología, comida o literatura, no importaba. Pontificaba sobre política e historia como un catedrático de filosofía desengañado y lenguaraz. Recuerdo cómo definió a los compatriotas de su amiga Ola: se dice que los polacos son los franceses entre los eslavos, dijo, pero en realidad no "se dice", sino que lo dijo Nietzsche, añadió. (Yo estaba totalmente seguro de que se había inventado la cita. Sin embargo, al regresar a Cracovia no me costó mucho dar con ella, gracias a Google, en Ecce homo.) Jonathon destruía los argumentos de los demás con frases ingeniosas e incontestables. Eran balazos retóricos a bocajarro. Se mostraba especialmente duro con Ola: machaba sus opiniones con extrema dureza, la humilló varias veces delante de nosotros, aunque no era una chica ingenua ni tonta. Sin embargo, Ola lo escuchaba divagar —sobre Dostoievski, sobre disco polo, sobre la destrucción de Gdańsk en la Segunda Guerra Mundial, sobre Solidarność y Lech Wałęsa, sobre cómo les gustaba a las inglesas y a las polacas ser seducidas y folladas— con devoción cristiana. Lo que para mí e Ivana era un egocentrismo desmedido para ella era carisma puro. A pesar de todo, puedo decir orgulloso que no mordí el anzuelo: si no me hubiera contado su historia, seguiría pensando que Jonathon no era más que un pesado ingenioso.

El segundo día visitamos Sopot, una de las tres ciudades del Trójmiasto o Triciudad, formado por Sopot, Gdańsk y Gdynia; recuerdo el puerto y la playa, la estatua del funámbulo, la Casa Torcida, etc. De noche, Ivana se sintió mal del estómago y tuvo que quedarse en casa de Ola, que muy amablemente le hizo compañía. Ambas me instaron a que saliera con Jonathon a tomar unas cervezas; Ola propuso con sinceridad que tuviéramos una "noche de hombres" para que ellas pudieran pasar una "noche de mujeres", mientras que Ivana la secundaba porque sabía que a mí el inglés me caía fatal: tan sólo quería tomarme el pelo. Al final, no pude negarme y terminé yendo de bares con Jonathon. Aquella segunda noche fue cuando me reveló su historia.

La mañana siguiente, bastante resacoso, Ivana me despertó muy angustiada. Tenía que contarme algo que no podía aguardar. Por la noche, había estado conversando con Ola. Se aburrió bastante porque era monotemática: Jonathon esto, Jonathon lo otro, Jonathon hasta en la sopa. Este verano Jonathon había estado viajando por Europa; en su primer día en Gdańsk conoció a Ola, que se había enamorado perdidamente. Por desgracia para ella, su relación no era nada oficial ni duradero. Intentaba llevarlo con naturalidad, pero la verdad era que, junto a su amigo inglés, Ola se anulaba, hasta tal punto que le confesó a Ivana que tenía un miedo terrible de perderlo. Jonathon era muy independiente, no quería atarse, se quejaba la desesperada Ola. Ivana no sabía dónde meterse: no tanto por la incomodidad de que una desconocida se le estuviera abriendo completamente, como por la rabia y el asco que le estaba dando descubrir el auténtico carácter de Ola. Cuando Ivana iba a decirle que se quería acostar, Ola le dijo que sólo una cosa podría ayudarla a conquistar a Jonathon. Ivana de repente sintió curiosidad y le preguntó cuál era.

—Me dijo que Jonathon quiere hacer un trío con ella y otra chica —me dijo Ivana, indignada—. Pero lo peor era lo que me propuso después: la loca de Ola quería, seriamente, que yo hiciera un trío con ellos. ¡Yo, un trío con esos dos! Le dije que ni loca. No los tocaría ni con un palo. Si no fuera porque nos estamos hospedando en su casa, la habría mandado a la mierda. No me vuelvo a quedar sola con ella. Suerte que esta tarde ya nos vamos.

No me sorprendió lo que estaba oyendo. Al contrario: confirmaba lo que había descubierto la noche anterior, a solas con Jonathon, mientras Ivana estaba en casa con Ola.

En un bar lleno de turistas ingleses, nos emborrachamos bastante. Fue un alivio que Jonathon eligiera aquel lugar: no tuve que hablar mucho con él, pude conversar con otros clientes. De vez en cuando cruzaba un par de palabras de cortesía con él, pero pasamos casi toda la noche charlando con otras personas. Cuando el bar se había quedado casi vacío, me di cuenta de que Jonathon estaba solo al otro lado de la mesa. Me estaba mirando; le sonreí y él se sentó a mi lado. Empezó a hablarme en un tono diferente, mucho más serio.

—Sé que no te caigo bien —me dijo sonriendo pero sin arquear los labios—. Pero no pasa nada, lo entiendo. Los hombres no me suelen tragar: soy una competencia dura para los demás. Y no me vengas ahora con que tienes novia. El amor es un invento. Confía un poco en mí, déjame que te cuente mi historia. Ya verás como después te caeré mejor.

La historia de Jonathon no era la historia de un pesado borracho cualquiera. Tenía dos ingredientes principales: una fantasía de Jonathon y su afán investigador. Este verano había viajado por diversos países europeos: Alemania, República Checa, Austria, Eslovaquia y Polonia. En Polonia había encontrado lo que buscaba: el enigma de las mujeres polacas. Su afán investigador se puso en marcha impulsado por su fantasía. Las polacas eran bellas y fuertes como yeguas —como Ola—; sin embargo, la mayoría de ellas perdía su vigor al lado de los hombres —como Ola—. Entonces se fijó en los hombres polacos: no eran ni bellos ni fuertes, más bien eran asnos. Aquel desequilibro contrastaba con el poder que ellos ejercían sobre ellas. Jonathon no entendía por qué una yegua querría someterse a un asno. ¿Por qué se ataban así las polacas?

Un día, tomando un café en una terraza de Gdańsk, vio cómo un hombre con sombrero paseaba junto a su mujer, el brazo de él sobre los hombros de ella, se acercaban al coche, el esposo le abría la puerta del copiloto a la esposa y la hacía pasar. Entonces Jonathon observó un gesto revelador que había visto muchas veces en aquellos días: mientras la mujer se agachaba y entraba en el coche, el hombre del sombrero miraba a un lado y al otro, inspeccionando la calle. La mirada del hombre traslucía miedo, que se volvió a transformar en seguridad al entrar en el coche. En el cerebro de Jonathon se produjo un fogonazo: el amor no había sido inventado por las mujeres sino por los hombres.

En este punto de la historia, Jonathon se levantó y fue a buscar un par de cervezas más. Me acerqué a la barra —la yegua tras el asno, o viceversa—, incapaz de esperar a que siguiera su relato.

—En el ámbito científico, se piensa lo contrario de lo que yo acababa de descubrir en aquel gesto: que el amor lo inventaron las mujeres. Biológicamente, la mujer sólo puede tener una pareja: el guardián que la proteja mientras esté embarazada y que defienda asimismo a sus vástagos. La madre naturaleza sólo le dio a la mujer un útero. En cambio, el hombre está programado para tener más de una pareja: la madre naturaleza le dio cientos de miles de millones de espermatozoides que puede ir repartiendo por ahí sin miramientos. Hay que suponer que la organización social de los primeros hombres sería similar a la de los leones: en manadas, lideradas por un macho que se reproduciría con varias hembras y las protegería. Los antropólogos también suponemos que, en algún momento de la prehistoria, un hombre (Adán) se quedó junto a la mujer (Eva) que había dejado embarazada y no preñó a otras hembras de la manada. Cuando nació el primer hijo de Adán y Eva, también nació el amor y, de paso, su hermana gemela invisible: la monogamia. ¿Por qué se quedó Adán con Eva? ¿Por qué no siguió liderando su manada? Los antropólogos siempre hemos creído que fue por Eva, que ella inventó el amor. La mujer era la que necesitaba protección del hombre, por lo que era la más interesada en tener un guardia particular. En cambio al hombre le iba muy bien con varias mujeres. Por tanto, la retrógrada antropología le asignaba a la mujer el rol de creadora del amor (y de su hermana gemela invisible). Pero cuando vi a aquel hombre con sombrero sujetándole la puerta del coche a su esposa y mirando con pavor la calle, me di cuenta de que era al revés. En realidad había sido Adán quien lo había creado.

Quizá era porque estaba borracho, pero no entendía muy bien lo que quería decir Jonathon.

—Coño, es fácil —dijo—. Para ser macho alfa de una manada hay que luchar con otros machos. El ganador se queda con las hembras y debe protegerlas y preñarlas; el perdedor se jode. Según la antropología, la hembra querría más protección y buscaría a un macho alfa propio, incompartible: esto es el amor; a causa del amor, la manada quedaba reducida a dos componentes: el macho que protegía y preñaba a la hembra. Según la teoría que me reveló la mirada del hombre con sombrero, no eran las hembras sino los machos perdedores los que habrían inventado el amor y la versión reducida de la manada; así, se ahorraban la derrota y se aseguraban una hembra y una descendencia. ¿Lo entiendes? Fue un pacto de caballeros, un pacto de perdedores, para que cada uno tuviera paz y una mujer. A la mujer, por supuesto, nunca se le preguntó nada: se le contó el cuento del amor. La emancipación de la mujer confirma mi teoría: el macho se resiste a permitir que la hembra tenga libertad porque tiene miedo de quedarse sólo con sus miles de millones de espermatozoides.

Según Jonathon, aquello resolvía el enigma de las mujeres polacas. Si las bellas y fuertes yeguas estaban con asnos como el hombre del sombrero, era porque los asnos las mantenían a su lado con cuentos de amor. El catolicismo y el conservadurismo de Polonia alimentaban este discurso —o recurso—; por eso las polacas eran mujeres más sumisas que, por ejemplo, las inglesas. El afán investigador de Jonathon explicaba su motivación personal hasta este punto de la historia, pero entonces era relevado por una fantasía que tenía desde niño: tener dos mujeres al mismo tiempo. Así, su historia casi estaba completa.

—No se trata solamente de hacer un trío —me aclaró Jonathon—. Aunque por ahora a Ola le he contado esta patraña. Yo quiero formar una manada de un macho con dos hembras. Quiero tener dos novias con su consentimiento y sin convertirme al islam. ¿Por qué? Porque intento demostrar que el amor es una invención que somete a la mujer. Y porque quiero vivirlo, por supuesto: estoy mezclando placer y trabajo, por supuesto. Es un experimento y una experiencia.

»Mi plan es ambicioso; por eso lo he dividido en siete fases. De momento, estoy en la primera: tengo una novia en Londres (Lily) y a mi amiga Ola en Gdańsk, que pronto se convertirá en mi segunda novia. Gracias a esta fase, tendré dos relaciones amorosas monogámicas. Recuerda que la monogamia es la hermana gemela invisible del amor.

»La segunda fase empezará en septiembre: con la excusa de que los pisos londinenses son demasiado caros para un pobre estudiante de antropología como yo, viviré en ambas ciudades. Cada semana pasaré unos días en Londres yendo a clase y viendo a mi novia inglesa, Lily; los demás estaré en Gdańsk con la polaca, Ola. Con los precios de Polonia y de las compañías low cost, ahorraré dinero: es la coartada perfecta. Gracias a esta fase, mantendré dos relaciones amorosas monogámicas no solapadas.

»La tercera, un tanto peliaguda, consiste en organizar dos tríos: uno con Lily y otra chica cualquiera, en Inglaterra, y otro con Ola y otra chica cualquiera, en Polonia. Tendré que engatusarlas, por supuesto, pero cuando hace falta soy un experto en contar cuentos de amor. Les diré que el amor y el sexo son cosas distintas, que la madre naturaleza programó a los hombres para esparcir nuestros cientos de miles de millones de espermatozoides por el mundo, que nuestra relación se ha estancado y no quiero perderla, que somos jóvenes y debemos experimentar, etcétera, yo qué sé. Por suerte, ya hice un trío con Lily poco antes de empezar mi viaje, así que esta parte ya la tengo más o menos solucionada. En cambio, Ola será un poco más difícil de convencer, porque las mujeres polacas aún creen a pies juntillas en el cuento de la exclusividad sexual. Gracias a esta fase, comprobaré que mis parejas estén dispuestas a modificar el contrato de nuestras relaciones amorosas monogámicas.

»En la cuarta, organizaré un solo trío con los tres integrantes de la futura manada: Lily, Ola y yo. Nos encontraremos en Gdańsk o en Londres. Todavía no les diré que tengo una relación amorosa con cada una. Para evitar las sospechas, recurriré a un juego de roles: ellas serán prostitutas y yo las contrataré en la calle. El encuentro durará dos o tres horas, luego serán separadas. No las dejaré solas para que no descubran mi engaño. Gracias a esta fase, confirmaré que mis parejas son compatibles entre sí, aunque ya elegí a Ola con vistas a que se llevara bien con Lily.

»La quinta será la fase clave. Organizaré otro trío con Lily y Ola, pero en esta ocasión nos encontraremos en una ciudad neutra, quizá en la libidinosa Viena. Ninguna de las dos sabrá quién es el tercer componente del trío, por lo que después de volver a verse la sorpresa será enorme. Cuando les confiese que estoy enamorado de ambas y que quiero mantener una relación amorosa bigámica con ellas, les costará más huir escandalizadas por las calles de una ciudad desconocida como Viena. Será difícil persuadirlas, pero en ningún caso las forzaré: deben estar convencidas de que las quiero a las dos, de que mi amor es bífido pero auténtico. Beberemos y copularemos mucho, para asegurarnos de que la primera noche que pasemos juntos durmamos como bebés. Gracias a esta fase, combinaré mis dos relaciones amorosas monogámicas en una sola bigámica.

»En la sexta, viviremos los tres juntos. Probablemente en Polonia, porque es más barato, pero no en Gdańsk. Será mejor una ciudad donde nadie nos conozca, para evitar innecesarios conflictos ajenos a la manada. Gracias a esta fase, cumpliré mi fantasía infantil.

»En la séptima y última fase, les dejaré una nota en la mesilla y me largaré de allí mientras duerman. La manada quedará disuelta. Como habré documentado todo el proceso, quizá escriba un artículo científico. O quizá me quede las fotos para mí solo, ya veremos. ¿Qué te parece?

* * *

No sé por qué, pero no le conté a Ivana nada de esto hasta que estuvimos en el tren de regreso a Cracovia. Definitivamente, Jonathon está más loco que Ola, me dijo, aunque todo sea mentira o fruto de sus perturbadas fantasías. Yo pensaba, como ella, que todo era una enorme paja mental de Jonathon. Todavía en el tren, le hablé también de una novela del mexicano Guillermo Fadanelli: Malacara. El protagonista y narrador, Orlando Malacara, es un tipo del DF que tiene dos objetivos en la vida: matar a un hombre cualquiera y tener dos mujeres a la vez. Logra estar con dos mujeres, Rosalía y Camila, pero no simultánea sino consecutivamente. Es decir, que fracasa. Quizá para desquitarse, al final lleva a cabo el otro deseo. Esperemos que Jonathon no quiera matar a nadie, dijo Ivana. O que consiga convivir con Lily y con Ola, añadí yo.

Seguimos hablando de Jonathon como si fuera un personaje de ficción, un Malacara, hasta llegar a Cracovia. Pero cuando comprobé en Internet que la cita de Nietzsche sobre los polacos era auténtica, tuve la sensación de que quizá no me había tomado el pelo, de que era un loco que hablaba muy en serio. Sin embargo, pronto la rutina del trabajo nos engulló a mi y a esta historia. Hasta que leí la noticia en The Independent.

Por el chat de Facebook, Jonathon me resumió el desenlace de la historia. Había logrado llevar a cabo las dos primeras fases de su experimento: mantener una "relación amorosa monogámica" con cada chica, Ola en Gdańsk y Lily en Londres. Pero todo empezó a fallar en la tercera fase: surgió un imprevisto que lo aceleró todo. Su novia inglesa decidió visitarlo por sorpresa a Polonia, antes de que hubiera hecho su primer trío con la polaca. Jonathon tuvo que pasar directamente a la cuarta fase y organizar un trío con las dos novias, en un hotel de Gdańsk. Había preparado a Ola para aquello y sería el segundo trío con Lily, así que ambas terminaron aceptándolo. Cuando acabaron, las chicas quisieron quedarse en el hotel a pasar la noche. Entonces tuvo que saltar precipitadamente a la quinta fase y confesarles su amor bífido, sus planes de amor bigámico. Ola se indignó y se largó a su casa. Lily lo mandó a la mierda y Jonathon tuvo que buscarse otra habitación de hotel. Lo probó de nuevo al día siguiente, insistió varios más, pero no funcionó.

Jonathon grabó la sesión completa en vídeo, como parte de la documentación de su proyecto. Me mandó un par de fotos, pero me pidió que no las publicara; estuve de acuerdo con él, por supuesto.

—El experimento fracasó, pero como puedes ver el trío estuvo muy bien —me escribió Jonathon—. Aunque las chicas reaccionaron bastante mal, puedes imaginártelo; no estaban preparadas. He quedado varias veces con Lily, pero Ola no quiere saber nada de mí. No la culpo. Ahora estoy probando otros enfoques. Encontrar una pareja bisexual que me acepte dentro de su manada. O una chica que quiera formar una manada compuesta por tres miembros. La vida sigue, no podemos renunciar tan rápido a nuestros sueños.

Le deseé suerte. Sin duda, si alcanzaba sus sueños también lograría la merecida fama.

lunes, 31 de agosto de 2015

Entrevista breve con un español de Cracovia

Ya era hora de que alguien hiciera un estudio sociológico y de campo de este secreto a voces: Hay dos tipos de españoles: los que se avergüenzan del comportamiento de los españoles en el extranjero y los que no.

Por supuesto, yo pertenezco al primer tipo: los alérgicos a los españoles en el extranjero. Los alérgicos a los españoles somos una minoría selecta y el contacto con el otro grupo es peligroso, por eso intento evitarlos a toda costa. Yo, cuando los oigo hablar en el tranvía, en español, catalán, inglés o lo que sea, pongo cara de polaco o de austríaco (me sale mejor la segunda). Solo me quito mi disfraz si están muy perdidos o a punto de cruzar un semáforo en rojo; sin embargo, sospecho que lo hago para marcar aún más la diferencia, mi pertenencia radical al primer grupo. En seguida me alejo de ellos, no se me vaya a contagiar algo.

En cambio, Miguel forma parte del segundo grupo. Es lo que se conoce como típico español y, como tal, está muy orgulloso de serlo. El típico español es escandaloso, tonto, chulo, chabacano y tacaño, y a menudo también es putero, racista, borracho, testarudo, glotón y provinciano. Si tuviera que elegir un animal para definirlo, escogería dos: la oveja merina y el toro de lidia. No he definido al alérgico a los españoles porque no es más que el negativo del típico español: la existencia del alérgico depende totalmente del típico, por muy superior que se considere. Quizá sea innecesario aclarar que los españoles típicos no son conscientes de que existen dos tipos de españoles en el extranjero; para ellos, los alérgicos no somos más que españoles típicos aburridos, catalanes estirados o latinoamericanos en el armario. Por suerte, el resto de nacionalidades confirma la existencia de las dos especies y su diferencia absoluta.

En Cracovia hay muchos españoles típicos como Miguel, es decir, del segundo grupo: los que no se avergüenzan del comportamiento español, sino que hacen alarde de él. También hay algunos alérgicos a los españoles —los que sí nos avergonzamos—, pero la proporción es menor; además, los españoles típicos son más visibles que los alérgicos, demasiado especiales como para querer destacar. Si paseamos por el centro, encontraremos españoles típicos sin dificultad, especialmente cerca de los bares. Es un error garrafal buscarlos en la universidad, incluso en las facultades de letras. Allí, si tenemos suerte, solo podemos dar con algún alérgico.

A Miguel lo conocí en Bania Luka, un bar del centro de Cracovia con cervezas a un euro y, evidentemente, muchos españoles. A simple vista Miguel solo es un español típico. Si hablamos cinco minutos con él descubriremos que en realidad es el español típico: escandaloso, tonto, chulo, chabacano, tacaño, putero, racista, borracho, testarudo, glotón y provinciano. Me tragué mi orgullo de alérgico a los españoles, lo invité a una cerveza y le propuse hacerle una entrevista breve.

—¿De dónde eres, Miguel? —le pregunté.

—No hay una sola respuesta para esta pregunta, depende de la situación. En función de los intereses de la chica interesada le contestaré una cosa u otra. A algunas polacas les gustan los andaluces, a otras los catalanes, o los gallegos, los valencianos, los madrileños, los canarios... Las demás regiones no funcionan muy bien, a excepción de los cartagineses y los zaragozanos. A veces incluso me hago pasar por argentino o mexicano, porque también tienen bastante tirón. Para ti seré andaluz, de Sevilla, que se nota que te damos rabia.

—¿Por qué viniste a Cracovia?

—Yo no soy el típico español que viene a Cracovia de Erasmus para follar. No: yo vine a Cracovia solo para follar. Sin Erasmus ni trabajo ni excusas baratas. Después de unos meses, eso sí, tuve que buscarme un curro. Pero si me preguntas por qué elegí Cracovia y no Bratislava, Praga o cualquier otra capital de Europa del Este, fue porque un amigo me la había recomendado. Yo hasta entonces pensaba que Europa se acababa en Alemania. Después de un fin de semana aquí, mi amigo me dijo, iluminado como un místico: es el paraíso de los españoles: no es necesario hablar inglés ni polaco, hay muchos bares muy baratos, se folla bastante sin pagar y pagando no es muy caro. Me mostró algunas fotos y me convenció. De eso hace ya cinco años, en plena crisis.

—Entonces, ¿lo dejaste todo en España para venir a Cracovia?

—Solo dejé allí a mi novia, María. Además, llevaba varios meses sin trabajo y ya había acabado la carrera. Oye, esto no lo leerá María, ¿no?

—Pero dime, Miguel, lo que hay en Cracovia, ¿no lo podías encontrar en España? España es famosa por el turismo de las tres eses: sangría, sexo y sol.

—Claro, pero no es lo mismo. Hay que tener en cuenta la aventura, ¿no? Además, aquí he encontrado trabajo muy rápido, no como en nuestra desangrada España. Y aquí no hay sol ni sangría. De hecho, no te he dicho que quisiera nada de eso: yo solo vine para follar. El polaco, podríamos bautizarlo como el turismo de la uve doble: vodka y vaginas polacas. Porque se te ha olvidado la importancia del exotismo: las mujeres españolas están muy bien, pero donde se ponga una polaca...

—Y ¿qué piensan las polacas de los españoles como tú? ¿Están interesadas en ti?

—Claro, qué pregunta. Los españoles (hombres) y las polacas estamos destinados a entendernos. Bueno, y los ingleses y los italianos... Y los turcos y los franceses... ¡Qué nacionalidad no quiere entenderse con ellas! Incluso un catalán estirado como tú tendría su mercado de polacas. Pero si volvemos a los españoles, supongo que en primer lugar es cuestión de diferencia, de lo que he llamado exotismo: nosotros somos castaños, ellas son morenas; nosotros ruidosos, ellas calladas; nosotros abiertos, ellas cerradas; nosotros dominantes, ellas sumisas; nosotros modernos, ellas tradicionales, etcétera. En segundo lugar, se trata de realizar un sueño húmedo de su infancia: todas estas chicas veían de pequeñas telenovelas venezolanas o mexicanas, así que follar con un español es como follarse a su príncipe azul. Aunque no sea lo mismo un español que un argentino, poco importa. Y, en tercer lugar, también es importante el llamado efecto pasaporte: a cualquier chica de Europa del Este le interesa ligarse a un español o a alguien de Europa Occidental para obtener las ventajas de un pasaporte de su país.

—¿Pero, Miguel, eres consciente de que Polonia, como España, forma parte del espacio de Schengen? Nuestro pasaporte tiene más o menos el mismo valor que el suyo...

—Claro que lo sé, pero tú no entiendes que estas costumbres están arraigadas en la mentalidad de todos los países postcomunistas, son algo característico del llamado homo sovieticus. Para las madres de las chicas que yo me quiero ligar, casarse con un francés, un suizo o un alemán occidental era mucho más ventajoso que un polaco. Incluso de su lado del Telón de Acero había jerarquías: un yugoslavo era mucho mejor partido que un polaco, y no digamos ya que un albanés, si es que podían llegar a conocer a alguno. Ahora las diferencias no son tan grandes o evidentes, pero todavía existe la sensación de seguridad económica que da meter a un occidental en tu cama. Estas cosas se transmiten de generación en generación, tardan mucho en cambiar. De hecho, los otros traumas históricos van aún más atrás: a las polacas no les gustan mucho los alemanes, por la Segunda Guerra Mundial, ni los rusos, por la época soviética. Afortunadamente, España está lo bastante lejos para no haberles causado ningún disgusto a sus ancestros.

—Antes me ha parecido que dabas a entender que no hablas inglés ni polaco. ¿Cómo sobrevives en Cracovia?

—Hablo un poco de inglés y de polaco, no te creas: en cinco años he aprendido algo. Pero mi nivel es suficiente: a las polacas les atrae que casi no hablemos inglés. Creo que les despierta el instinto maternal. Y chapurrear dos frases en polaco sirve para terminar de derretirlas. Aparte de las chicas, todos mis contactos son españoles (ojo, no digo hispanohablantes), tanto dentro como fuera del trabajo.

—¿Y cómo lo haces para ir al supermercado, a la peluquería, al cine...?

—Ya te he dicho que los españoles (hombres) y las polacas estamos destinados a entendernos. Ellas son muy serviciales, algunas casi sumisas, así que están muy dispuestas a ayudarte en cualquier cosa que necesites. Mi ex polaca todavía me plancha la ropa cuando se lo pido. Y casi nunca se niega: ya se sabe, el efecto pasaporte.

—Miguel, ¿no te sientes un poco culpable al no aprender su idioma?

—No te creas, algo sé: en la cama se aprende bastante. De todos modos, en cuanto a idiomas yo siempre digo lo que decía otro Miguel, el de Unamuno: ¡que aprendan ellos! En este caso, ellas. ¿Para qué voy a aprender un idioma tan difícil como el suyo? Es más fácil que ellas aprendan el mío, ¿no?

—Dices ellas, pero no ellos. ¿Qué tal es tu relación con los polacos, con el sector masculino de la población?

—Mira, si para ellas somos un objeto de deseo, para ellos (los polacos heterosexuales) somos lo mismo: el objeto de deseo de ellas. Es decir, una amenaza. Recuerda aquellas verbenas de tu primera juventud: ¿cómo reaccionaban los de Villarriba si los de Villabajo intentaban ligar con sus chicas? Ellos tienen que proteger lo que es suyo, lo entiendo perfectamente. Por eso son tan cerrados y agresivos con los extranjeros, no solo con los españoles: venimos aquí a follarnos a sus hermanas, hijas y novias. Es una reacción un poco patética, pero comprensible.

—Y ¿cómo está actualmente el mercado de españoles en Cracovia?

—Antes de nada, permíteme que te corrija: a nosotros nos gusta llamarnos españoles de Cracovia. Muchos llevamos ya bastante tiempo aquí y nos hemos convertido en patriotas locales. No nos gustaría ir a Varsovia o ninguna otra ciudad polaca. Preferimos las cracovianas y sus bares.

—Entonces, ¿cómo está el mercado de los españoles de Cracovia? Me da la impresión de que se está saturando. ¿No somos ya demasiados?

—Efectivamente. Por eso yo les digo a mis amigos que la situación en Cracovia ya no es tan buena. Las polacas nos conocen y empiezan a cansarse de nosotros. A veces incluso tengo que hacerme el latinoamericano, con lo que me gusta a mí pronunciar la zeta y ser escandaloso. Gracias a esto, he aprendido bastante sobre España y Latinoamérica: no es tan fácil como parece hacerse el sevillano. También les digo a mis amigos lo mismo que a mi novia: que no vengan más, que aquí ya no es tan fácil encontrar trabajo, que hay ya demasiados profesores de español, teleoperadores y otros trabajos pseudocalificados.

—¿Y cuáles son tus planes de futuro? ¿Piensas volver a España?

—A España voy cada tres o cuatro meses, para visitar a mi novia, María, y a mi familia. Por ahora, es suficiente. Pero lo más probable es que cambie de residencia pronto. Las polacas están muy bien, pero uno empieza a cansarse, sobre todo porque ya no es tan fácil como antes. Que Polonia entrara en la UE les ha abierto la puerta a muchos extranjeros: Cracovia empieza a saturarse de tipos como yo. Mi empresa quiere abrir sucursales en Belgrado y en Tel Aviv. Quiero solicitar un traslado a uno de estos países. Antes, debo realizar un estudio de mercado. En Serbia las secuelas de la guerra y el postcomunismo son un punto a mi favor: los traumas de las nuevas generaciones sanan en la cama. El eterno conflicto Israel-Palestina también necesitará revolcones para hacerlo más llevadero. ¿Cuál crees que será la mejor opción?

sábado, 6 de octubre de 2012

Entrevista breve con E

—¿Salimos a tomar una cerveza? —me dice un portugués ebrio, llamémosle E.

E y yo nos conocemos solo desde hace un par de horas, pero, entre personas desamparadas y necesitadas de afección como los estudiantes de Erasmus, dos horas son suficientes para tener cierta confianza. Por cierto, en este caso salir significa salir de la discoteca donde estamos y donde nos hemos conocido. Y aunque aquí la cerveza es bastante barata, al menos en comparación con los precios barceloneses, siempre es más económica en las alcoholerías.

Propuesta de definición de alcoholería para la RAE:
1. f. Tienda que vende alcohol las veinticuatro horas del día y que tiene un letrero que reza "Alkohole". 
2. f. Símbolo nacional polaco, o casi. O, mejor dicho, síntoma del alcoholismo polaco.

—¿Sabes que te pueden multar por beber en la calle? —le digo a E mientras cruzamos la Plaza Central de Cracovia. (De día está bonita, sí, pero de noche está aún más guapa, la plaza.)

—Lo sé. Pero así es más divertido. Las reglas hay que conocerlas para poder romperlas. Es lo mejor de las leyes y, de hecho, lo que las define: la necesidad de su profanación. Como estudiante de Derecho, lo más divertido es violar las normas que memorizas o escribes. Para nosotros, es como construir y derruir castillos de arena.

Pongo cara de perdido: ¿cómo ha pasado de beber en la calle a los castillos de arena? E se detiene un momento, pero pronto vuelve a la carga.

—Me explico. ¿Te crees que los niños se lo pasan bien construyendo castillos de arena? La finalidad del juego no es superarse, ni cultivar la paciencia, ni siquiera dar un momento de paz a los padres. La clave del juego no está en el proceso de construcción, sino en el instante de la destrucción. La esencia del juego es aceptar y aprender a gozar de la destrucción de lo que se ha creado. Poder echar por los suelos lo más importante para ti, ser capaz de despreciar tu esfuerzo o tu propio trabajo: no hay placer mayor ni mejor medicina. Es como recetarse dosis de humildad.

—¿Como una catarsis? —le respondo, como buen interlocutor, para darle cuerda.

—Algo así. Para el buen legislador, no hay mayor catarsis que violar una ley que él mismo ha escrito. Y romper la norma por primera vez es como inaugurar un barco de un botellazo en el casco. Oye, hablando de catarsis, seguro que en la mitología griega hay algún caso de destrucción del propio trabajo. Estos tenían ejemplos para todo. ¿No lo conocerás, por casualidad, como buen humanista?

—Pues, por casualidad, ese mito no me suena —le respondo a E, sabiendo que lo decepciono profundamente. Miro a mi alrededor: no tengo ni idea de dónde estamos—.  Por cierto, ¿sabes dónde estás yendo?

—Claro. Lo primero que hice al llegar a Cracovia fue llegar a la Plaza Central y, lo segundo, buscar una alcoholería. Mira, ahí está —me dice, señalando una alcoholería con su letrero de "Alkohole"—. No recuerdo muy bien todo lo que vino después, pero sí sé que al final de aquel día estaba echando un polvo con una polaca. For real, man.

—Vaya, qué eficiencia, ¿no?

—Bueno, solo estoy siguiendo El Plan.

—¿El Plan?

—El Plan, sí —dice E, confiado—. Resumen de El Plan: tienes que follarte a cien tías en los diez meses que estarás en Cracovia. Da igual si son feas o guapas, gordas o flacas, polacas o venezolanas, jóvenes o viejas. Solo importa alcanzar el objetivo: cien tías. Y no vale repetir ni irse de putas. Este es El Plan. Gracias a Él, yo y cien chicas nos lo pasaremos en grande. ¿Qué te parece?

Dos chicas que también compran en la alcoholería nos miran con miedo y asco en los ojos. El inglés de E, pese a su borrachera, es muy bueno.

—Pienso que podrías hacerte un álbum de fotos con las que quieran formar parte de El Plan —le digo a E mientras abrimos nuestras cervezas y nos sentamos en un banco—. Así podrías recordarlo cuando seas mayor.

—Pues no es mala idea. Podría enseñarles a mis nietos las hazañas de su abuelo.

—Además, llevas buen ritmo: una sola noche y ya te falta una chica menos para llegar a tu meta.

—Sí, pero ya llevo cinco días en Cracovia. El empuje inicial no podía ser mejor, pero tengo que mantener el ritmo. El Plan requiere mucha dedicación y constancia, es como entrenar para una maratón, y lo sé porque no soy el que lo inventó, no soy un pionero. Hay muchos Erasmus con Un Plan particular. Un amigo marcaba en un mapamundi las nacionalidades que se había pasado por la piedra. Se quería follar a todo el mundo, decía. Qué cachondo. ¿Lo pillas, no? A todo el mundo... Lo malo es que solo consiguió completar el mapa europeo y algún otro país. Pero yo, que no soy tan selectivo, quiero quitarme los límites y follarme, realmente, a todo el mundo. O al menos a cien tías. En realidad le estoy haciendo un favor al mundo: promover el amor libre es como repartir felicidad.

—Sí, sí. Soys unos personajes curiosos, tú y tus amigos...

—¿Has visto La cena de los idiotas? —me pregunta E. Cambio de tema radical.

—Sí, pero no la recuerdo muy bien...

—Joder. Pues en la película, un grupo de amigos, cada uno con un invitado, se reunía semanalmente para ver quién había invitado al más idiota. Como homenaje, mis colegas y yo celebramos de vez en cuando una cena de las idiotas. Cada uno de nosotros ha de invitar a la chica más fea, gorda, pesada, tonta, etc., que haya conocido desde la cena pasada. La más infumable que haya conocido, la más idiota. Al acabar la cena, el que haya invitado a la peor de ellas gana; el que haya invitado a la menos idiota, en cambio, pierde.

De nuevo, estoy desorientado. Pensaba que E sería de los invitados a la cena, no al revés.

—No pongas esa cara —sigue E—, que no es tan complicado. La cosa no acaba aqui: cuando ya tenemos perdedor y ganador, salimos de fiesta, y entonces el perdedor ha de lograr follarse a la chica del ganador, a la gran idiota, la campeona de las idiotas. También hemos jugado con variaciones: cada uno ha de follarse a su propia idiota, o hay que follarse a la de la izquierda, etc. Oye, espera un momento que tengo que mear.

E se levanta y se mete en el parque. No hace falta que le diga que la multa por mear en las calles polacas es de 200 zloty. Dirá que mear en la calle, como beber en la calle, es mejor si es una aventura, y que el único sentido de las normas es su transgresión, y que castillos idiotas y arenas de cena y etcétera, etcétera.

martes, 26 de junio de 2012

Entrevista breve con V

Tendría que haber escrito esta entrada la semana pasada para no olvidar lo que quería decir, para ser (más) fiel a la realidad.

Por desgracia, ahora corro el riesgo de confundir el orden de los acontecimientos o de falsearlos sin querer, o de contaminar el ambiente post-Sónar en que sucedió mi historia —ambiente árido, polvoriento y de resaca general— con el que he vivido hasta hace un par de días —la de Sant Joan es una atmósfera bélico-carnavalesca, de niños endemoniados tirando petardos en las claustrofóbicas calles del Raval, entre gritos y carcajadas—, o de no presentar al protagonista de esta historia tal y como era, sino en función de esta última semana. 

(Sin embargo, creo que el mayor peligro es que la historia se me alargue demasiado. En una semana, la capacidad de fabulación puede dar mucho de sí. Esto es un aviso y una disculpa.)

Pero los exámenes me han impedido, hasta ahora, escribir —y hacer otras cosas de índole más bien ociosa—. En verdad, solo un examen y un trabajo me lo han impedido. De hecho, tampoco me lo han impedido el examen y el trabajo, sino la necesidad de estudiar y la obligación de escribir (académicamente, no lúdicamente). Y sin olvidar mi nuevo trabajo, claro, que me ocupa las tardes sin clemencia.

Sí, lo sé, podría haberme ahorrado este circunloquio. Hubiera ido más rápido diciendo, simplemente, que me había retrasado por falta de tiempo. U omitiendo mi retraso (¿a quién le importa?), simulando que lo que voy a contar me había pasado, por ejemplo, ayer. O presentándolo de un modo indeterminado, situándolo en una fecha cualquiera, sin los referentes a la realidad que quería otorgarle (el fin de semana enturbiado del Sónar, un poco irreal también). Pero cuando uno hace de la verdad su bandera ya sabe a lo que se atiene: lo fastidioso de la verdad, en comparación con la mentira, es que siempre es más complicada. A la verdad nos acercamos con rodeos, recorriendo recovecos y caminos secundarios, alumbrando los escondrijos húmedos y malolientes donde tiende a esconderse lo cierto; a la mentira llegamos en línea recta porque siempre está ahí, no se oculta.

En fin, se acabó el prólogo.

* * *

Ese domingo 17 de junio, pues, tras aguantar los maullidos de mi gata durante horas, me decidí a bajar a la calle para comprarle la comida que me exigía. Maullar hasta la tortura es su manera de decirme que la responsabilidad, por minúscula que sea, nunca es compatible con la resaca dominical.


Al salir de la tienda con mi bolsa de comida para gatos, pasé frente a una hilera de vagabundos, sentados en el suelo, delante del escaparate de una panadería; el Sónar, con sus conciertos en la plaza del MACBA y alrededores, los había desplazado de su residencia habitual. Dos mendigos, uno con el pelo rizado a lo Harpo y otro con un sombrero con una pluma, jugaban al ajedrez, y otros tantos los contemplaban. Me quedé mirando al más joven, situado detrás del del sombrero.

—¿Me invitas a unos Friskies? —me dijo. Me sonaba de algo.

—Hombre... si quieres —le respondí, por decir algo, desconcertado.

—¿No te acuerdas de mí, no? —me dijo, leyéndome el pensamiento, sonriendo y levantándose—. Si me invitas a un café te refresco la memoria.

Desde el interior de la panadería, a través del vapor de nuestros cafés con leche, podíamos ver los cogotes de los ajedrecistas.

—¡Qué memoria la tuya! ¡Soy V, tío!

—¡Coño! ¡Es verdad! —respondí, y al fin lo reconocí, más o menos. Íbamos juntos al instituto. V quería ser mecánico—. ¿Qué tal todo?

—Pues bien, he estado el fin de semana en Barcelona.

—No nos vemos desde que acabamos la ESO... ¿Qué estás haciendo? ¿Trabajas? ¿Estudias?

—Bueno... todavía hago de mecánico con mi tío. Ah, y también empecé a estudiar Filología Clásica...

—¿Cómo?

—Como lo oyes. Vueltas que da la vida.

—¿Y por qué filología clásica?

El recuerdo de V, la imagen que de él tenía, iba tomando forma de nuevo en mi cabeza: un quinqui apasionado de las motos y, por extensión, de la mecánica, con una novia que, junto a la moto, era una prolongación de V y, a la vez, conformaba su mundo: él, su moto y su jai. La filología no encajaba en esas piezas.

—¿Que por qué? Pues no sé. Bueno, pasó algo, y desde entonces quise entender lo que pasaba, ¿sabes?, el mundo y tal. Y la mecánica como que no. Me dije, o me dijeron, ya no me acuerdo, que si entendía el principio de todo, la Antigüedad, entendería el resto. Y, no sé, filología me sonaba mejor que historia o filosofía.

—¿Y qué tal te ha ido?

—Bueno, he descubierto varias cosas. Por ejemplo, que Grecia y Roma no fueron el principio de nada, que el inicio estaba mucho más lejos. También que, por mucho que conozcamos los principios de las historias, no tenemos por qué entenderlas. Yo entiendo el motor de un coche sin entender el principio del mundo o el principio de la termodinámica. Al final me harté de Grecia, de Roma y de todos los putos comienzos. Son momentos muy turbios, peores que los finales. Y cuando descubrí que antes del cero había algo, que venían los números negativos, que antes de la infinitud de los cojones, al otro lado del cero, había infinitos números rojos... ¡mejor no te cuento!

—Pues vaya —le dije.

Me quedé un rato callado, sopesando el próximo movimiento y engullendo un cuerno de cruasán embebido de café con leche. Unos de los vagabundos ajedrecistas al otro lado del cristal, el del pelo rizado, se rascaba enérgicamente el cuero cabelludo mientras planificaba la jugada siguiente.

—¿Sabes? —continué—, yo en una semana tengo examen de Literatura Griega.

—Bueno, ¡la literatura griega sí que me gusta!

—Pues ¡si a ti te gusta a mí me encanta! ¿Cuál es tu autor favorito? —le interrogué.

—Sófocles, ¡por supuesto!

—¿Y tu dios favorito?

—Proteo, ¡claro!, el dios que cambiaba de forma.

—¿Y el héroe?

—Ulises. Era un buen cabrón, siempre disfrazando sus palabras y sus actos. ¡El más moderno de los héroes griegos!

—Vaya, vaya. ¿Y tu obra preferida? ¿Antígona?

—¿Cómo va a ser Antígona? Antígona es una zorra, tozuda y gilipollas. Mi obra favorita es Edipo rey. Edipo, al menos, no sabía a quién mataba ni en qué cama se metía. El destino se la jugó, como a todos.

—Ah. ¿Y sabes griego o qué?

—Vete a la mierda. Bueno, sé palabras sueltas, lo justo para ligar con las que van de intelectuales, y poco más. Epojé, telos y tonterías de estas.

—¿Y cuál es tu palabra favorita?

—Anagnórisis.

—¿Y tu filósofo favorito?

—¿Platón? ¿Aristóteles? No sé, tronco. Y para el carro, que ya cargas.

—Claro, claro, perdóname. ¿Vienes del Sónar, por cierto? —le dije, cambiando de tema, y señalando hacia la calle.

Mi pregunta era más que pertinente: no solo nos habíamos encontrado al lado del Sónar, sino que V iba tan sucio, maloliente y andrajoso, tan vagabundo en definitiva, como habría que esperar de alguien que lleva tres días de festival.

—¡Qué va! El Sónar es una mierda. He estado por ahí, de fiesta... y no te creerás lo que me ha pasado.

Más que su cara, que su ropa, que su nombre, que sus gestos, mucho más que su voz o su mirada, aún más que sus tonterías sobre Grecia, esta frase me recordó quién era V: V era esta frase. A V le pasaban cosas que no te podías creer, así que todas sus historias comenzaban así:

—Macho, no te creerás lo que me ha pasado. Yo estaba ayer de fiesta, en una rave, y necesitaba tomar el aire, así que fui al bar a tomar algo. Y allí estaba aquella tía, con el pelo rubio y largo, el flequillo cortado, pantalones militares, camiseta gris, apretada y sin mangas, etc. Un pibón. Así que me acerco y le digo: "¿qué tal te va, W?" Y W, la chorba: "¿cómo sabes mi nombre?" No me jodas, ¿no se acuerda? En fin, yo a lo mío: "soy Calcante, nena, ¿te acuerdas ahora?, el adivino de la Guerra de Troya; que sepas que sé muchas cosas sobre ti".

—¿Lo de ligar con Grecia iba en serio? —lo interrumpo.

—Ya te lo he dicho, siempre les cuento cosas sobre Grecia, para dármelas de culto, pero sin pasarme, no vayan a sentirse muy tontas. A las modernas les suele encantar. "¿Y qué más sabes de mí?", me dice ella, haciéndose la traviesa. "Sé que te gusta el ron cola, el M, The Prodigy y Die Antwoord, el Drum & Bass, el rap, yo qué sé. Ah, sí, se me olvidaba, sé que besas de muerte", le suelto, y se pone a reír. Está bastante puesta, la tipa: las pupilas dilatadas, la mirada perdida como si flotara y todo eso. Además, balancea peligrosamente su cubata, está varias veces a punto de tirármelo por encima, y de hecho tiene unos cuantos manchurrones en la camiseta, la misma que llevaba el otro día. W está cada vez más cariñosa: se me va arrimando y me roza como una gata en celo.

—¿Había de conocerte? —lo corto, de nuevo.

—Espérate, tío. Total, que señalo su vientre y le digo: "también sé que tienes ahí". La tía se queda flipando, pero al final se ríe porque está muy pasada. "¿Qué tengo, adivino?", me dice. "Tienes una mariposa, un tatuaje. Ah, y también tienes cosquillas", le digo, y le acaricio el costado y voy bajando lentamente hacia la cadera. Ella ignora mis toqueteos y su mirada se pone seria, lúcida, por primera vez. Entonces la beso. Me coge de la mano y nos largamos. W vive allí mismo, en el segundo piso de aquella okupa. "Cuidado con el escalón", le digo, mientras subimos las escaleras. Ella se gira, alucinada; le pone el misterio, como a todas, así que la vuelvo a besar en la escalera. Subimos más rápido aún. "Tu habitación es esa, ¿verdad", le digo. "Muy bien, adivino", me dice ella, mientras me quita los pantalones. La habitación está todavía más sucia que la semana pasada. Llena de pósters medio rotos, ropa y libros desparramados por el suelo, etc. "Así que no te suena, no la recuerdas?", le pregunto, cuando la tiene en la boca. Ella me mira extrañada y sigue a lo suyo: no se acuerda, no, y no le importa.

—¿No te reconoce?

—Qué va. Al cabo de unas horas me despierto por segunda vez en su habitación, por segunda semana consecutiva. No espero a que se despierte, cojo las cosas y me largo, no vaya a ser que me asalte a preguntas con la luz del día.

—Pues vaya.

—Pues sí. Imagínate que hubiera sido al revés, que a un tío se le olvida quién es la tía y lo que han hecho, imagínate la que le montaría ella cuando se enterara.

—Pero tú no le dijiste nada.

—Claro que no, ¿y quedarme sin un polvo?, ¿tú estás bien? ¿Y qué iba a preguntarle: tú tienes una hermana gemela o problemas de memoria? —me dijo, levantándose—. En fin, me largo, tío. Tengo que coger el bus. Gracias por el desayuno y suerte con el examen.

Y V se fue, saludando con la mano a sus amigos vagabundos. Así son las cosas.