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martes, 24 de octubre de 2017

24 de octubre. Elvira Navarro, 'La ciudad feliz'

Entre el exotismo de Juan Marsé —El embrujo de Shanghai— y el racismo de Torrente —“¡Eh, chinita, chinita!”—, los chinos no han sido muy bien representados en la ficción española, a pesar de que son una minoría nada desdeñable demográficamente. Los únicos que pululan por la cultura española regentan restaurantes o bazares chinos, hablan un castellano muy macarrónico —como en El enredo de la bolsa y la vida de Eduardo Mendoza— y a menudo son explotados por sus jefes, las mafias o la policía —pienso en Biutiful del mexicano Alejandro González Iñárritu—. Son pocos los casos en los que el personaje tiene un poco de volumen, una identidad personal más allá de lo nacional; y pedir protagonismo ya es pedir demasiado. Se me ocurren poquísimas excepciones; por ejemplo, uno de los relatos de Puja a casa de Jordi Nopca, protagonizado por una pareja china en Barcelona. O la primera de las dos novelas cortas que componen La ciudad feliz (2009) de Elvira Navarro, titulada “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz”. Pese a que, para variar, la familia de chinos que protagoniza el relato tiene un restaurante, al menos todos sus miembros tienen también una historia y un carácter propios, son personajes de verdad, no meros comparsas; especialmente Chi-Huei, el más pequeño de la familia y protagonista de la nouvelle.

Probablemente, la visibilización y la normalización de lo chino en España sean los mayores méritos de La ciudad feliz, pero no son los únicos. La segunda de las novelas cortas que componen el volumen es “La orilla”, que empieza con una mentira de la protagonista a sus padres, como en una versión contemporánea de Pedro y el lobo, para irse transformando en el relato de la turbia obsesión de esta niña por un vagabundo, un outsider antisistema. Tanto “La orilla” como “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz” tratan del fin de la infancia y de las complejas relaciones paternofiliales; ambos protagonistas son niños, viven en el mismo barrio y se conocen: cada uno es un personaje secundario del otro. El estilo de Elvira Navarro es, en las dos novelitas, muy sencillo, a ratos incluso simplón, más propio de una novela juvenil: explica demasiado, resultando redundante y poco eficaz narrativamente; pero casa bastante bien con la edad de los protagonistas.

En la primera novela, los conflictos de la identidad; en la segunda, el descubrimiento de las mentiras del mundo. No hace falta decir que los niños de La ciudad feliz son cualquier cosa menos felices.

martes, 17 de octubre de 2017

17 de octubre. Aleksandra Lun, 'Los palimpsestos'

¿Qué tienen en común Vladimir Nabokov, Joseph Conrad y Jerzy Kosiński? Sí, todos son escritores, hombres y de origen eslavo. Pero ¿y si a la lista añadimos a Eugène Ionesco y Agota Kristof? Pues sí, todos son inmigrantes, escritores que abandonaron su país de origen. ¿Y si agregamos a Emile Cioran y Samuel Beckett? Efectivamente, todos son escritores que no utilizaron su lengua materna para escribir. Y, además, todos son personajes de Los palimpsestos (2015) de Aleksandra Lun, una escritora polaca que escribe en español. Igual que Czesław Przesnicki, el protagonista de la novela: un escritor polaco que escribe en antártido, un idioma tan imaginario como el manicomio belga donde todos estos escritores están encerrados por escribir con una lengua ajena. Porque si escribir es de locos, aún más lo es escribir en otra lengua que la materna.

Este es el marco argumental de Los palimpsestos, una novela tan metaliteraria que podría haberla firmado un Enrique Vila-Matas obsesionado por las segundas lenguas que se convierten en primeras; y, de hecho, hay algunas referencias a Vila-Matas en el texto. Pero se trata de la primera novela de Aleksandra Lun, quien, no podía ser de otro modo, además de escritora es traductora, y nada menos que del francés, catalán, español, inglés, rumano e italiano al polaco. En el psiquiátrico belga donde ingresa el escritor Czesław Przesnicki hay otros locos literarios como él, ya los he mencionado, pero también hay una doctora y un cura polaco. En cada capítulo, Przesnicki tiene terapia con su médica, a la que le cuenta sus extraños sueños y su no menos extravagante vida, hasta que es interrumpido por algún escritor encerrado en el centro, y luego charla ácidamente sobre Polonia con el cura, el padre Kalinowski.

La novela de Lun habla de literatura, de lengua y de los límites de la identidad nacional. Además, es una buena primera obra que le augura un futuro brillante a la autora. Pero, sobre todo, es agradable y saludable leer a una mujer que practica la literatura sobre literatura, la tradición metaficcional en la que solo suelen oírse nombres como Italo Calvino, Umberto Eco, Ricardo Piglia, Paul Auster o César Aira.

viernes, 13 de octubre de 2017

13 de octubre. Adelaida García Morales, 'El Sur seguido de Bene'

Hay escritores que en algún momento de su vida deciden que ya han escrito todo lo que debían, querían o podían y que por tanto no van a seguir escribiendo. Es el caso del francés Arthur Rimbaud o del mexicano Juan Rulfo, dos de los más célebres paradigmas del escritor ago(s)tado. Enrique Vila-Matas escribió sobre ellos en Bartleby y compañía y los llamó los Escritores del No, es decir, los que se plantan y deciden no escribir más. Entre ellos, casi todos hombres, podría haber figurado también Adelaida García Morales, que tenía un carácter muy retraído y, desde que en 2001 publicó su último libro hasta que murió en 2014, no escribió nada. Sin embargo, Vila-Matas no la incluyó en su libro: así de olvidada estaba ya, pese a que su novela corta El Sur fue convertida por su esposo, Víctor Erice, en una película de culto del cine español. Quien la rescató del inmerecido olvido, no obstante, fue una mujer, la escritora Elvira Navarro, con su polémica novela Los últimos días de Adelaida García Morales (2016). Pero yo quiero hablar de los primeros.

El libro donde aparecen estas dos novelas cortas, que juntas apenas superan las cien páginas, se titula El Sur seguido de Bene (1985). Es un título tan feo como descriptivo: primero encontramos El Sur y luego, Bene; sin embargo, otra elección habría desvirtuado el conjunto, ya que son dos textos independientes, a pesar de que estilísticamente y temáticamente son muy cercanos. En ambas nouvelles las narradoras son niñas que viven aisladas en una casa en el campo, con una familia desestructurada en la que hay una figura misteriosa, romántica; en ambas nouvelles encontramos una atmósfera rancia, cerrada, obsesiva y con toques mágicos o fantásticos. En El Sur el padre está muy perturbado psicológicamente, quizás deprimido, a causa de un amor frustrado por su matrimonio; es un zahorí capaz de encontrar objetos ocultos o manantiales de agua, poder que también tiene su hija, la narradora. En Bene la madre está muerta, el padre ignora a sus hijos y la figura misteriosa es Bene, la criada; esta tiene algo seductor y maléfico, una especie de contacto con los muertos.

La inocencia infantil de las dos narradoras va perdiéndose a medida que avanzan sus respectivos relatos y va desvelándose el misterio. Sin embargo, nunca llegamos a saber qué es lo que ocurre exactamente, quizás porque las narradoras tampoco lo saben; este desconocimiento es lo más perturbador de las dos novelas cortas de García Morales, que siguió al pie de la letra las enseñanzas de H. P. Lovecraft: “La emoción más antigua y poderosa de la humanidad es el miedo, y la clase de miedo más antigua y poderosa es el miedo a lo desconocido”.