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martes, 4 de junio de 2019

Epílogo

El 29 de mayo de 2019 a las 9:30 estuve en la Universidad Pedagógica de Cracovia charlando con unos estudiantes de Filología Hispánica que habían leído mi novela, Mateorías. Dos de sus profesores, Jorge Cabezas Miranda y Ángel Peinado Jaro, decidieron utilizar el texto en un curso de Lengua y Cultura. Me presentaron como el autor de la novela que habían leído, me cedieron la palabra y, aunque era la pura verdad, en seguida me sentí un impostor: ¿cómo probar que yo había escrito aquellas letras, palabras, comas, frases, puntos, párrafos y capítulos? Me pareció improbable. Tan improbable como estar allí sentado a una mesa delante de veinte o treinta estudiantes polacos esperando a que yo dijera algo. Así que les leí lo siguiente:


En primer lugar quiero daros las gracias por haber leído la novela y estar aquí, pero también quiero daros una explicación. ¿Por qué demonios estoy yo aquí? Es decir, ¿por qué narices habéis leído mi novela?

Me explico. Los poemas, cuentos, obras de teatro, ensayos, crónicas o novelas que se suelen leer en una carrera como Filología Hispánica, o como mínimo los que me hicieron leer a mí cuando estudié Humanidades, son obras canónicas. Clásicos, clásicos modernos o, si hay suerte, contemporáneos. Quiero decir que han pasado por diversos filtros lectores hasta llegar a las manos de los lectores universitarios: las han leído editores, agentes literarios, correctores, diseñadores, críticos, periodistas, escritores o académicos. Así, estas obras han sido mejoradas, enmendadas, autorizadas, avaladas o canonizadas por otras piezas del engranaje literario, sea el periodismo, sea la academia, sea el mercado. Solo al final de esta cadena de lectores invisibles le llega el libro al lector universitario.

Pero vosotros os habéis saltado un montón de intermediarios: habéis leído una novela que no ha pasado ningún control de calidad de la Unión Europea, que no ha sido reconocida por las autoridades competentes. Mateorías es un coche fabricado por un amateur en su garaje y vosotros os habéis montado en él y lo habéis conducido tan tranquilos; espero que al menos llevarais el cinturón puesto. Es verdad que algún amigo lector me ayudó con críticas o recomendaciones, pero nunca ha tenido un corrector o editor como tales porque Mateorías nunca ha ido más allá del blog en el que la publiqué ni del texto en PDF que le envié a Jorge y que a su vez os mandó a vosotros. Así que si habéis tenido algún accidente yendo en ese coche, si su motor os ha fallado o su puerta no se podía abrir, agradecédselo a vuestros profesores. Yo aprovecho para darles las gracias por confiar en mi novela y por obligaros a leerla: para una persona que escribe sin reconocimiento ni avales, desde su garaje de aficionado, tener lectores es un privilegio, incluso si han leído contra su voluntad.

Mi teoría, mi explicación de por qué habéis leído mi novela, por qué estoy yo aquí, es simple: porque Ángel y Jorge decidieron hacer un experimento con vosotros, conmigo y con ese coche que he ido armando estos últimos años. Entiendo que el experimento consistía en que unos jóvenes lectores de Cracovia leyeran una novela ambientada en Cracovia y escrita en Cracovia por un español más o menos joven que también vive en Cracovia. Pero también entiendo que el experimento consistía en que unos aprendices de lector leyeran la novela de un aprendiz de escritor. Porque quienes estudiamos Humanidades o Filología aprendemos, sobre todo, a leer, una tarea nada fácil pero muy importante. Y porque yo escribí Mateorías para aprender a escribir.

Empecé este blog, De mí me río, donde en 2016 iría publicando la primera versión de Mateorías, el 24 de abril de 2012, hace ya siete años. Y lo empecé precisamente para tener un espacio donde experimentar con la escritura. Por eso la primera frase de la primera entrada que publiqué era esta: "Emprendo este blog sin otra finalidad que escribir un poco". Y después decía:
"Aquí escribiré sobre mí: sobre lo que me gusta y lo que no; ya se irá viendo. En otras palabras, la única restricción que me impongo será la escritura sin guion predeterminado, sin un eje o un tema dominante. Intentaré hablar de libros, de cine, de mi vida, yo qué sé: a lo que salga y de lo que se pueda. Puede incluso que ponga alguna foto".
Ese era el espíritu del blog y en gran parte ese es el espíritu de la novela, que en su versión primigenia también tiene fotos.

Pero para entender bien ese espíritu debéis saber que antes de De mí me río yo había intentado escribir dos blogs diferentes, los dos sobre viajes: uno por el Norte de España, otro por el Centro de Europa. Y los dos blogs fracasaron, aunque de forma diferente: el del viaje español lo terminé sin ganas, agotado y hastiado, el del viaje centroeuropeo se quedó a medias, totalmente abortado. No os molestéis en buscarlos, ya no se pueden encontrar en internet: uno tiene cierta autoestima; pero en aquella primera entrada de De mí me río reflexioné sobre el porqué de estos fracasos blogueros:
"Me ha costado un par de intentos darme cuenta de que no tiene sentido empezar un blog que sabes que ha de acabar. En definitiva, esto no es un libro; es otra cosa. Además, los finales son una mierda: no hay nada tan triste como un final".
Por suerte y por fin, en el tercer blog aprendí de mis errores y no me impuse más límite que escribir.

Pero esta escritura sin límites también tiene límites, obviamente. Todo lo que escribía en De mí me río combinaba el ensayo, la crítica literaria y, sobre todo, la narración autoficcional, mezcla de ficción y autobiografía, tan en boga entonces y ahora ya un poco pasada de moda. Y también Mateorías va en esta dirección miscelánea: con esta novela, de hecho, quise llevar esta escritura más allá de sus límites, quise agotar esta manera de escribir. Eso me condujo a inventarme una vez más mi historia pero también la historia de uno de esos extranjeros totalmente perdidos que yo encontraba y sigo encontrando a mi alrededor en Cracovia, uno de esos extranjeros que lleva ya muchos años fuera de lugar y se ha convertido en una persona desconectada de su país natal y extranjera en el país donde vive, resultando difícil de abordar e imposible de descodificar. Ya conocéis a ese extraño para todos, es Mateo González.

Desde que el 21 de septiembre de 2016 terminé la primera versión, he corregido, recortado y alargado Mateorías siete veces, vosotros habéis leído la sexta. Y cuando acabé la séptima en febrero de 2019, me di cuenta, por fin, de que esta forma de escribir sin límites tenía unos límites bien concretos que yo había sobrepasado claramente. Estaba agotado de la hibridez genérica y de la autoficción, estaba harto de Mateo, de la misma  manera en que me agotaron y hartaron los dos blogs de viajes que había escrito antes. Creo que por eso en la novela Mateo termina medio perdido, como un Kurtz low cost del siglo XXI: yo quería perderlos a él y a su novela de vista. Irónicamente, acabé mandando al personaje de viaje por Europa y por España, cerrando sin darme cuenta el círculo de blogs.

Pero este experimento que Jorge y Ángel han hecho con nosotros ha abierto un paréntesis y me ha reencontrado con Mateo, perdido quién sabe dónde, y sus Mateorías, perdidas en la estantería de mi casa. Estos días he vuelto a subirme al coche en el que, con la eventualidad de un escritor precario, llevo trabajando ya tres años; he vuelto a sentarme frente al volante, he vuelto a encender el motor: parece que todo sigue funcionando. Así que, si queréis preguntarme algo sobre la novela, este es el momento, como cuando en el capítulo 14 de Mateorías unos cuantos lectores entrevistan a un escritor en un bar de Cracovia. Si no, os preguntaré yo a vosotros, como si esto fuera un examen, como los exámenes de Mateorías que os hicieron vuestros profesores. ¿Alguna pregunta?

sábado, 27 de agosto de 2016

Mateorías (23)

(Aquí se podía leer el capítulo 23 de la novela Mateorías de Guillem González. Otra confesión amarga mientras bebían infusiones amargas.)

miércoles, 6 de mayo de 2015

Segundo encuentro con los Apocrifílicos (II)

No pude asistir a la vigésimo cuarta reunión de la Hermandad de los Apocrífilicos, mi segundo encuentro con ellos, porque tuve que ir a Barcelona. No fue un viaje por placer —aunque también lo hubo— sino para hacer los exámenes del máster de literatura española que empecé el año pasado. De todos modos, no había vuelto a cruzar palabra con Honoriusz en el gimnazjum, así que fui olvidándome de Honoriusz-Elmyr, de Michalina-Aurelia y de Stanisław-Stanislau. La hermética sordomudez de Honoriusz no dejaba lugar a dudas: aquel primer encuentro había sido un sueño, uno especialmente surrealista, sí, pero sueño aun así. ¿Por qué habrían de reunirse dos rumanos y un húngaro en un bar de Cracovia para hablar de literatura —apocrifílica, apócrifa o simple literatura, qué más da— y para brindar con compota? Como, con los años, mi escepticismo ha llegado a ser una fe incuestionable precisamente por no cuestionarlo, no le di más vueltas al asunto. ¿Qué supone un solo sábado surrealista frente a un mar de sábados realistas?

Así, aproveché los siguientes tres sábados realistas para centrarme en mi educación. Como es sabido, la UNED ofrece una educación a distancia variable: durante varios meses, tuve que educarme yo solo en Cracovia, a unos 2.000 km, para luego ser evaluado a distancia corta, casi cuerpo a cuerpo, aunque también solo. Durante aquel último mes, pues, me sumergí en mis estudios y repasé las diferentes etapas y movimientos de la literatura española, la métrica, la historia del arte escénico, la teoría de la literatura y la narrativa contemporánea, entre otras materias que no sé si tildar de realistas o surrealistas. Pero el cuarto sábado, el día de mi supuesto segundo encuentro con los Apocrifílicos, cuando me dirigía soñoliento en tranvía a la estación de tren de Cracovia para tomar un tren a Varsovia para tomar un autobús al aeropuerto Varsovia-Modlin para tomar un avión hacia Barcelona para hacer mis exámenes, el supuesto sábado surrealista, me acordé inevitablemente de la Hermandad. ¿Habrían colgado Michalina y Stanisław los anuncios que escribimos para encontrar nuevos miembros, autores y textos apocrifílicos? Ni siquiera había comprobado si alguien nos había escrito a apocrifilicos@gmail.com, aunque lo dudaba bastante. Además, tampoco se me había ocurrido decirle a Honoriusz que no podría asistir a la reunión. De nuevo, mi escepticismo inquebrantable no me permitió darle muchas vueltas, así que durante el viaje alterné el sueño con el estudio y con la lectura de "La gitanilla" de Miguel de Cervantes.

La gitanilla se llama Preciosa, una bailarina gitana más honesta y más preciosa que cualquier gitana e incluso cualquier paya, pero al final resulta que no es gitana sino hija de nobles. Final doblemente feliz, porque se casa con un noble que se había enamorado de ella siendo aún gitana y se había comprometido a vivir como un gitano más. Aunque no supe decir si la visión que Cervantes tiene de los gitanos (el otro) es revolucionaria o tradicional, sí está claro que aprovecha la historia para hablar de su tema favorito: el engaño y la simulación. En el avión, soñé que Aurelia-Michalina era Preciosa y que se hacía pasar por polaca para casarse con otro falso polaco, Stanislau-Stanisław; se acababa descubriendo que ambos eran gitanos pero contraían nupcias igualmente, sustituyendo su identidad gitana por la polaca. Desperté con el sudor frío de lo políticamente incorrecto: Michalina-Aurelia y Stanisław-Stanislau eran rumanos, pero no gitanos.

Ya en Barcelona, traté de concentrarme en mis exámenes. El lunes tenía mi primera prueba: teoría de la literatura. Llegué al edificio de la UNED algo antes de las nueve para poder recoger mi carné de estudiante. Había una larga hilera serpentina de gente ansiosa por entrar: la mandíbula junto a las escaleras hacia el aula del examen, el cuerpo escamoso delante de la recepción del edificio y la cola saliendo por la puerta principal a la calle. Más de cien personas nerviosas repasando a última hora, tomando un último café, conociendo sin interés al vecino, solucionando sus problemas domésticos o laborales por teléfono. Cuando conseguí mi carné, pude prestarle atención a aquel ofidio humano. A diferencia de en la mayoría de las universidades, allí la edad media rondaría los treinta y tantos. Había padres y madres de familia, solteros y solterones, ociosos y parados, embarazadas y menopáusicas, abuelos y jubilados, extranjeros y expatriados, empresarios y emprendedores, empleados y empleadores, minusválidos físicos y mentales. Y entre ellos había alguna (aparente) anomalía: unos pocos veinteañeros sin atributos, de marca blanca, inclasificables, es decir, unos universitarios normales. Pero estaban tan confundidos por estar entre aquella gente que ni siquiera llamaban la atención. A pesar de ellos, éramos todos una panda de anormales: físicos, mentales o sociales, poco importa. Y, sin embargo, no había nada más normal ni más precioso que aquellas cien personas; éramos la muestra perfecta de la sociedad, la colección de nuestras bellas taras. La UNED es la universidad de los tarados, el coche escoba de las universidades. La verdadera universidad cristiana.

Y la universidad ideal para los Apocrifílicos, añadí mentalmente mientras subía las escaleras.

* * *

Al regresar a Cracovia, intenté contactar con ellos. Por desgracia, no se me había ocurrido intercambiar el número de móvil con ninguno. Consulté nuestra cuenta de correo electrónico, pero no habían escrito nada: ni los Apocrifílicos ni nadie dispuesto a ser miembro de nuestra Hermandad, ni siquiera a colaborar en nuestra búsqueda —nuestra: ya la había hecho mía— de la literatura apocrifílica. El sábado siguiente, pese a no ser el primero del mes, me acerqué a Massolit Books y al bar mleczny en el que había tenido lugar nuestra reunión, pero no encontré a nadie. Visité otras cafeterías cercanas, incluso pasé por los lugares donde se suponía que debían haber colgado nuestros anuncios, pero nada. Aquel no era más que otro sábado realista. Los Apocrifílicos habían desaparecido como lo había hecho mi ejemplar de Vacío perfecto.

La única oportunidad era intentar hablar de nuevo con Honoriusz, mi único vínculo con los Apocrifílicos y el que logró hallar mi libro de Stanisław Lem. Sin embargo, se trataba de un vínculo roto, sordomudo. Durante varios días, llegué un poco antes al instituto para estar a solas con él, pero no reaccionaba más que saludándome: las manos recogidas tras la espalda, las piernas juntas y el torso erguido sin rigidez, como se cuadraría un botones algo bobo, sonriendo durante el instante en el que inclinaba la cabeza. Si lo probaba por la mañana, obtenía una reverencia; durante el resto del día, una sonrisa y el mutismo más impenetrable. Le hablé, le mostré el libro de Lem, el libro apocrifílico que estaba leyendo —Investigaciones y conjeturas de Claudio Mendoza de Luis Goytisolo— y el anuncio que habíamos diseñado, pero nada surtía efecto. Al cabo de unos días ya había tirado la toalla. Mi escepticismo inamovible, otra vez, se salía con la suya: de lo que no se puede hablar es mejor callar; o sea, mejor no darle vueltas. Y pasé (otra) página.

Mientras tanto, en el gimnazjum tuvimos la semana de exámenes finales. Los alumnos del tercer (y último) curso escribieron entonces los exámenes que condicionarían su acceso al liceum (bachillerato), es decir, los siguientes tres años de su enseñanza secundaria. La directora del centro ya me había avisado:

—Novato, este año no te libras: el martes formarás parte de un tribunal de examinación y el miércoles te tocará vigilar el pasillo.

No exagero si digo que hacer exámenes es un gran acontecimiento en Polonia. En una de mis asignaturas como erasmus experimenté por primera vez esta fiesta de los exámenes. En "Religión en Gombrowicz y Miłosz" éramos diez estudiantes, cinco extranjeros y cinco polacos. La premisa del curso era de lo más conceptista: Gombrowicz, ateo declarado, sufría como un cristiano, mientras que Miłosz, abiertamente cristiano, se dolía como un ateo. O quizá era al revés, qué se yo. Ahí empecé a (no) comprender la complejidad de la relación de los polacos con la religión. Además de un par de trabajos, el curso tenía un examen final oral. Cuando llegué a la universidad el día del examen, los cinco polacos ya estaban allí, todos de traje y corbata. Les pregunté si se había muerto alguien; otro erasmus dijo que nadie lo había invitado a la comunión. No les hicieron mucha gracia nuestras bromas y nos contestaron que era de mala educación llevar ropa ordinaria en un examen.

—Los profesores de la vieja escuela no te examinan sin corbata —advirtió uno.

Por suerte, el nuestro estaba al corriente de las diferencias culturales y no nos exigió etiqueta para la prueba oral. En cambio, la directora de mi instituto fue taxativa: me gustara o no, debía ir elegante. Sin embargo, lo peor de la fiesta de los exámenes no es la oficialidad en el vestir, sino en el obrar. Mi tribunal estaba compuesto por tres profesores: dos polacos y yo. La responsable del tribunal nos ordenó que distribuyéramos a los quince estudiantes por la clase según el protocolo, les leyó en voz alta las indicaciones del examen-ritual, les deseó suerte formulariamente y los chavales, bien emperifollados, empezaron a escribir. Durante una hora y media, los miembros del tribunal estuvimos sentados en sendas sillas sin hablar, sin leer y, ¡ay!, sin móvil. Nuestra única ocupación oficial era evitar que copiaran; oficiosamente, debíamos luchar contra el sueño y nuestros demonios internos. No era fácil. De hecho, es muy probable que en algún momento me adormilara, igual que mis dos compañeros. Tras una hora de descanso —por fin hablar, andar, cagar, pasear, chatear—, empezó la segunda ronda de exámenes y de nuevo noventa minutos de lucha contra el silencio y la soledad. Fue una de las experiencias más desgarradoramente aburridas de mi vida; la fiesta de los exámenes resultaba ser más tediosa que una reunión de profesores polaca, sólo comparable a las maratonianas sesiones de dentista de mi adolescencia. Al acabar la segunda prueba, los tres profesores nos estrechamos las manos, nos dimos unas desganadas gracias y nos fuimos.

El miércoles, afortunadamente, sólo tuve que estar en el pasillo. Estuve solo durante tres horas, pero esta vez podía andar y usar de extranjis el móvil. Debía controlar que los estudiantes que salieran de las aulas se dirigieran en silencio a las salas de espera. Era el amo del pasillo del primer piso. Pasear por aquel corredor, habitualmente lleno de estudiantes, daba vértigo, como montar en bici por una autopista desierta, como cruzar el Mar Rojo recién abierto por Moisés. Pronto me senté y me puse a leer el periódico en el teléfono.

—Oye, tú, ¿no sabes que hoy los profesores no podéis usar el móvil? Menudo ejemplo les vas a dar a los chavales que salgan de la clase...

Era Honoriusz: ¡qué felicidad volver a escuchar su macarrónico inglés húngaro!

—No te emociones tanto. Vengo sólo como mensajero: la directora quiere verte. Te está esperando en su despacho, y no parece estar de buen humor. Ay, ¿qué habrás hecho? ¿Le has puesto mala nota al hijo de un pez gordo? ¿Les has enseñado palabrotas? ¿Te has metido con su Dios intocable? ¿Te quedaste dormido en los exámenes de ayer? —dijo, con retintín, y se alejó escaleras abajo dejándome con la palabra en la boca.

Por fin, Honoriusz había vuelto a hablar, aunque sólo fuera para darme una mala noticia. ¿Qué querría la directora? ¿Qué habría hecho yo? En un acto reflejo, me miré en el espejo para comprobar que mi ropaje fuera lo bastante elegante. Evidentemente, no lo era; pero no dejaba de ser extraño que la directora u otra persona se hubiera fijado en mí: en el instituto yo no era más que un fantasma, una sombra o un mueble. Mi escepticismo inalterable, junto al aburrimiento, hizo que no le diera más vueltas al asunto, así que bajé a la secretaría casi despreocupado.

—Dígame, qué quiere —me dijo la directora cuando entré en su despacho.

—Yo, nada... Usted me ha mandado llamar —contesté—. ¿Quería usted algo?

—¿Pero qué dice? Yo no he mandado llamar a nadie. ¿Quién le ha dicho eso?

—Oh, bueno, no sé, nadie. Creo que lo habré entendido mal.

—Mi queridísimo profesor de español, el protocolo indica dónde debe estar situado cada docente en este mismo instante: en las aulas de examinación, en las salas de espera o en los pasillos. Sólo la directora del centro puede estar en su despacho. Excepto usted, todos están en su sitio. Si no quiere nada, regrese a su posición, haga el favor. Con el protocolo no se juega.

Balbucí una disculpa, salí y subí las escaleras. Antes de que comenzara a buscarlo, Honoriusz me había encontrado:

—Estás muy mono cuando te exaltas —me dijo, desde donde antes me había hablado—. Se te queda la boca abierta como un besugo y, aunque intentas mantener la compostura, estás más tieso que una escoba. Relájate, que sólo era una broma. Bueno, también quería comprobar si me delatarías o no. Como no te presentaste a la última reunión, no sabíamos si eras de fiar. Stanisław se puso hecho un basilisco. Empezó a hablar de expulsarte, de las purgas, del Gulag... Yo le dije que se te habría olvidado o que simplemente pasabas del tema. Pero él prefirió desconfiar; por eso no colgamos ni un solo anuncio. Y eso que saqué más de cien copias, aquí, en la escuela, arriesgando mi coartada. En fin, no tenemos mucho tiempo, así que dime: ¿sigues con los Apocrifílicos o qué?

—¡Claro!

—Bien, entonces nos vemos este sábado a las 17:00 en Café Szafé; el jefe no quiere saber nada ni de Massolit ni de aquel bar mleczny mugriento, ya debiste de ver cómo es. Pero recuerda que sólo nos encontramos el primero de cada mes. No hace falta que vayas a buscarnos otros sábados: no nos encontrarás. Ah, y espero que nos hayas traído alguna noticia apocrifílica de España. Si no, para qué fuiste...

Se puso la máscara, sonrió, se dio la vuelta y se fue paseando.

lunes, 18 de marzo de 2013

Las andanzas y extravagancias del profesor Mrożek

—Lo más absurdo de las clases del profesor Mrożek —dice alguien, durante el descanso— es que no se dé cuenta de la atmósfera absurda que envuelve sus clases.

Todos asentimos admirados. Sea como sea, no hay nada tan absurdo como las clases del profesor Mrożek.

¿Y si el profesor Mrożek realmente se percatara de ese absurdo? propone otro—. Esto sí que es absurdo: nadar consciente y tranquilamente en las turbias aguas del absurdo.

Antes de que podamos asentir admiradamente, el primero contraataca:

—Abrazar el absurdo es un acto indudablemente camusiano —dice, a lo que todos asentimos más que admirados, claro, pues no hay nada tan elegante como soltar una referencia filosófica adjetivada—. Además, no podemos olvidar que, zambullidos en el absurdo, lo más lógico es abrazarlo, apretujarlo, hasta sobarlo.

—Yo aún diría más —vuelve a responder el segundo—: es un problema de punto de vista. Lo que para nosotros resulta un sinsentido, para el profesor Mrożek es mera obviedad. Chapoteando en la normalidad del absurdo, la fauna a nuestro alrededor nos parece de lo más lógica.

—Yo aún le sacaría más jugo a la metáfora acuática: el profesor Mrożek se mueve en el absurdo como pez en el agua —sentencia el primero.

No podemos hacer otra cosa que asentir con admiración. Alguno incluso siente la tentación de aplaudir; pero estamos entre filósofos, así que recibe un codazo que se lo impide. Se hace un silencio incómodo, durante el cual seguimos asintiendo tímidamente, pero el fin de la pausa acaba con él. Volvemos a entrar en la clase.

Nada revitaliza más al alumnado que burlarse de sus profesores mientras fuma o se toma un café. Pero en nuestros chismorreos sobre el profesor Mrożek, carentes de malicia, hay algo más que pitorreo: hay una pizca de admiración y un mucho de curiosidad antropológica. Un algo que es mucho más que la suma de burla, admiración y curiosidad. Sin ser conscientes de ello, con nuestras conversaciones sobre el profesor Mrożek estamos creando algo. Algo más que un burdo mito o una triste leyenda. Lo que nuestros comentarios —pretenciosos, estúpidos, ociosos comentarios— están engendrando es un alguien. Sin comerlo ni beberlo, nuestras tonterías, nuestros chismes y nuestros chistes han dado a luz a un personaje.

* * *


El profesor Mrożek no se apellida Mrożek. Sławomir Mrożek es un escritor polaco muy divertido, muy aficionado a la sátira y a lo absurdo, que no creo que tenga nada que ver con el auténtico profesor Mrożek.

El profesor Mrożek es nuestro profesor de filosofía. Aunque, tras pensarlo mejor, nos dice que, como es un auténtico filósofo, no es profesor de filosofía, sino solamente profesor. Después de batirse de nuevo con su pensamiento por unos segundos, vuelve al mundo y concluye que ni siquiera es un profesor.

Vosotros —nos contó el profesor Mrożek en la primera clase, vosotros no sois mis alumnos, igual que yo no soy vuestro profesor. Aquí somos todos alumnos o todos profesores. Supongo que os habéis dado cuenta ya de que yo no soy un profesor cualquiera. Yo, como buen filósofo, como auténtico filósofo, no creo en este sistema educativo. De hecho, yo no creo en casi ningún sistema. El único sistema en el que creo un poco es en la fenomenología. Ni las barbas de Freud o Marx ni el grueso bigote de Nietzsche: ¡la de Edmund Husserl sí que era una buena barba! ¡Una barba filosófica! Aunque he de reconocer que algunos días no le hago ascos al psicoanálisis y al existencialismo. Es una pena que Heidegger sólo tuviera un triste bigote. Eso, y que fuera un nazi. Pero, bueno, dejemos la fisionomía filosófica a un lado. Volvamos a la pedagogía. Yo, como decía, no creo en ella. No creo, por tanto, en los exámenes. La vida, es decir, la obra, es la única materia digna de examen, lo demás es pasto del olvido. Y sólo el tiempo la juzgará, condenando a los mediocres. Además, a falta de obra, pues aún sois muy jóvenes, buenas son las conversaciones filosóficas que aquí tendremos. Yo soy, os lo repito por si no os habéis percatado aún, un auténtico filósofo. ¡Ah! ¡Triste mundo, éste, donde sólo la repetición hace la verdad! —el profesor Mrożek se sumerge por unos segundos en sus pensamientos—. Es una pena que el aula no permita los paseos que una buena conversación filosófica merece, ¿verdad? Quizá deberíamos pasear por los pasillos de la facultad...

—Disculpe, profesor, sin exámenes, ¿cómo nos va a evaluar? —lo interrumpió algún incauto, ignorando lo absurdo de su pregunta.

—Yo no creo en las evaluaciones. No creo en las notas. ¡Que evalúe el tiempo! Ni siquiera creo en estos estúpidos aparatos —dice el profesor Mrożek señalando con desdén mi ordenador portátil. No sabe, por suerte, que estoy anotando letra por letra su alegato en este estúpido aparato. Estas máquinas del diablo sólo son contingencia histórica. Cuánto daño hacen a nuestra inteligencia... El ser humano está por encima de todo esto. O al menos el filósofo tiene que estarlo. O al menos el auténtico filósofo. Ya lo decía Heidegger en sus conferencias sobre tecnología, como ya sabrán ustedes. Aunque era un nazi, a veces tenía razón.

* * *

Un lector cualquiera diría que en las clases del profesor Mrożek no aprendemos nada. Ni siquiera filosofía. Sólo leyendo lo que he escrito, se podría suponer que esto es consecuencia de su concepto de educación: los alumnos, por lo general, respondemos con la más desvergonzada de las perezas a la más mínima señal de libertad o relajación por parte del profesor. Y su idealizado concepto de la pedagogía entraña, evidentemente, cantidades insanas de libertad.

Ahora lo afirmo: en las clases del profesor Mrożek no aprendemos nada. Ni siquiera filosofía.

Pero su utópica noción de la enseñanza no es el peor de los males. Lo que convierte sus lecciones en una celebración del absurdo, en una bacanal surrealista, son los problemas de comunicación. De hecho, creo que la palabra comunicación no puede aplicarse a lo que sucede en las clases del profesor Mrożek.

En primer lugar, el profesor habla y el alumno escucha, pero éste a menudo no entiende nada. Suele deberse a la resaca y/o a la falta de interés del alumno (provocada, quizá, por la libertad con la que el profesor Mrożek enfoca sus clases, o, mejor dicho, sus charlas filosóficas). Las cosas se ponen interesantes, es decir, más complicadas, en el sentido opuesto del canal comunicativo. El alumno habla y el profesor escucha, pero éste no entiende nunca nada. Nadie sabe por qué el profesor Mrożek no nos entiende. Pero las cosas son así. Es como si nuestro inglés fuera un inglés distinto del que habla él. Sin embargo, nos esforzamos, nos ayudamos mutuamente. Mezclamos acentos: español, alemán, polaco, eslovaco, americano, etc., usamos sinónimos y gestos, incluso probamos con palabras del alemán, español, polaco y francés. En definitiva, traducimos el inglés de uno al inglés de otro y, otra vez, al inglés de otro. (¿Es el inglés del otro otro inglés?) Si tenemos suerte, logramos una versión más o menos comprensible para el profesor Mrożek, mezcla de todos nuestros ingleses y nuestras lenguas maternas, fruto de nuestros esfuerzos traductores y, sobre todo, repetidores. Las clases se convierten en un disparatado y agotador ejercicio para posibilitar la comunicación.

Primum vivere deinde philosophari.

* * *

—Permítame que lo interrumpa un momento —le dice el profesor Mrożek a un alumno francés, que estaba hablando sobre Sartre, si no recuerdo mal. Aunque el francés, llamémosle Albert, habla en inglés, es un inglés que, de tan francés, resulta incomprensible. Incluso nosotros, los alumnos, tenemos problemas para entender a Albert. Incluso los franceses tienen dificultades con su inglés. El profesor Mrożek, claro, no ha comprendido nada. ¡Qué frustración, para un auténtico filósofo, ser un desterrado de la lengua oral!—. Déjeme que le cuente una historia que le será muy útil para su formación y su vida futura —continúa el profesor Mrożek—. Cuando yo tenía su edad, Albert, y estudiaba en la universidad, aquí en Cracovia, teníamos que aprender al menos una segunda lengua, además de ruso. Como ya sabrán, sólo podíamos aprender idiomas de la órbita soviética: checo, eslovaco, rumano, alemán, lituano, ucraniano, húngaro, búlgaro... Por aquel entonces, yo era un pillo que se guiaba por la ley del mínimo esfuerzo. Como ustedes, vaya. Así que me presenté frente al decano y le dije que quería aprender mongol. Por poco que le gustara mi decisión, el sistema estaba conmigo.

—Oiga, profesor Mrożek —lo interrumpe Albert. La interrupción, evidentemente, es uno de los mecanismos didácticos favoritos del profesor Mrożek—. ¿Dónde quiere usted llegar?

—¡Qué ocurrencias tiene usted, Albert! —dice el profesor Mrożek, soltando una carcajada enigmática—. Al final de aquel curso, como iba diciendo, me presenté frente al decano con el único mongol que habría entonces en Polonia. El decano le hizo varias preguntas al mongol: ¿ha sido usted el profesor de este chico?, ¿cuánto hace que asiste a sus clases?, ¿qué nivel tiene?, ¿ha hecho un examen?, ¿qué nota se merece? Por suerte, no le preguntó cuántas botellas de vodka ni cuántos discos de jazz me costó convencerlo. Tras el interrogatorio, nos pidió que mantuviéramos una conversación. Nos sugirió un par de temas: por qué nunca habitaríamos en un país capitalista y por qué amamos tanto a la Unión Soviética. Hablamos de los dos temas a la vez: así de relacionados estaban y así de seguro estaba yo de mi nivel de mongol. El decano admiró mi atrevimiento. El mongol se puso a hablar, y yo a contestarle. Imité su entonación y sus sonidos lo mejor que pude, dudé como duda un alumno poco avezado, gesticulé, hice pausas para pensar lo que decía. Departimos durante más de media hora. En algunos momentos llegamos a encendernos, quizá cuando hablábamos de la falta de compromiso del intelectual occidental, de las injusticias intrínsecas del capitalismo o de la felicidad que comporta darlo todo, incluso la vida, por el partido, es decir, por el estado, es decir, por la madre Rusia. Al acabar, el mongol le tradujo grosso modo lo que habíamos dicho. Añadí algunos matices, pues su polaco no era lo bastante bueno como para hablar, por ejemplo, de la imposibilidad del occidental para imaginarse la vida tras el telón de acero o para comprender la eventualidad de todos los sistemas políticos excepto el comunismo. El decano, orgulloso de tener un alumno que hablara mongol, me aprobó. Y con buena nota.

La clase se queda en silencio. Si había que extraer una enseñanza de su anécdota juvenil, necesitamos una pista. Sin que sirva de precedente, el profesor Mrożek se percata de la incomprensión y la sorpresa que impregnan nuestras caras.

—Queridos y jóvenes amigos, de esta historia hay que sacar no una, sino dos moralejas —dice el profesor Mrożek—. La primera es que, cuando hablas un idioma que no es el tuyo, debe parecer que realmente estás hablando ese idioma. Incluso si no lo hablas en absoluto, como en mi caso el mongol. O si a duras penas lo hablas, como sucede con el inglés de Albert. Entiéndame: usted debería sonar inglés, no francés. Siempre que resultar comprensible sea su objetivo, como suele ser habitual. La segunda moraleja nada tiene que ver con la situación actual. Pero quizá les sirva en el futuro. Si el sistema es estúpido, y no sé por qué pero todos los sistemas suelen ser estúpidos, sumérjanse en su estupidez. Sean más estúpidos que él. Sólo así podrán aprovecharse de él y evitar que se aproveche de ustedes.

—¡Seamos mongoles! —sugiere Albert, emocionado, tras captar ambas moralejas.

—¡Eso es! Hable lo que hable el sistema, ustedes háblenle mongol.

* * *

Quizá esta recomendación llega tarde (aunque quizá transcriba nuevas andanzas del profesor Mrożek en el futuro): hay que imaginarse al profesor Mrożek como a un personaje de tebeo o de dibujos animados. Panzudo, con mofletes colorados, un poco calvo y barbudo, con una americana de pana oscura y manchada de tiza blanca en los lugares más insospechados, con pantalones de pana oscuros y camisa clara y arrugada, con gafas de Rompetechos o Mortadelo, etc. Lo imagino recibiendo un martillazo en la cabeza; en la siguiente viñeta, un enorme chichón que contiene una brillante reflexión brota de su calva. En la página siguiente, entabla una pelea con un filósofo rival: se tiran de las barbas, se acusan mutuamente de demagogos, de falta de autenticidad, etc. En otro capítulo, el profesor Mrożek reflexiona, sentado en el retrete o frente al espejo, sobre el espíritu polaco, el francés, el británico... Como a todo filósofo de cierta edad, nada le gusta más que especular acerca del carácter de los pueblos. En la introducción a sus dibujos animados, sus alumnos cantan durante el recreo una canción sobre sus alocadas ideas y sus extravagantes comentarios. Etcétera.

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¿Quién dijo que no aprendemos nada con el profesor Mrożek? El proximó mes, quizás, más.

sábado, 27 de octubre de 2012

Me gusta: Nuevo cementerio judío

En este blog he ido hablando de varios temas con un tono más o menos variado: alguna vez de literatura, otras de cine, series o arte, pero sobre todo de mí. En realidad, no es que hable de mí, sino que siempre hablo yo. Aunque tampoco estoy muy seguro de quién es este yo que habla. Está claro que comparte cosas conmigo, de que está íntimamente relacionado conmigo; pero no es yo. Si existen los universos paralelos, este yo sería mi yo del universo vecino.

Hay, por tanto, notables diferencias entre nosotros. Por un lado, este yo no es exactamente yo porque habla distinto y no se comporta como yo. Él es más cabrón, más valiente, más soberbio, más irónico y más activo; asimismo, sabe escuchar y hablar mejor, y a veces es un poco ventrílocuo y marionetista. Por otro lado, lo que narra este yo no es solamente lo que me ocurre, sino también lo que se me ocurre. Todo lo que aquí se cuenta ha ocurrido a mí o en mí, en acto o en potencia; en cambio, a este yo le ha ocurrido absolutamente todo lo que aquí se relata. ¡Qué afortunado!

Todo este rodeo sobre mí y este yo tiene algún que otro porqué. Primero, sirve para explicarle brevemente al que lea qué es, más o menos, lo que lee. O, como mínimo, qué ha ido siendo hasta ahora: ¡la vérité si je mens! Segundo, sirve para explicármelo a mí; es un modo de pasar revista, o de inventariar lo escrito. En tercer lugar, y creo que este es el motivo menos cierto de todos, sirve para introducir e inaugurar una nueva sección. En ella intentaré ser absolutamente sincero y cambiará un poco la temática. No es que vaya a hablar de mis más profundos y vergonzosos sentimientos (esto queda reservado para ambientes más proclives a la profundidad y la vergüenza), sino que voy a hablar de lugares de Cracovia (u otros sitios, por qué no) que me gustan.

La sección se llamará, simple y llanamente, "Me gusta". El botón de "me gusta" es el mejor invento de Facebook. Facebook es el botón de "me gusta". El botón de "me gusta" representa perfectamente a la juventud, a nuestra generación: es instantáneo, superficial y hedonista. El botón de "me gusta" es el aquí y ahora. Además, no da nunca explicaciones. No es el botón "me gusta porque", sino el botón "me gusta", punto final. Aquí, yo me comprometo a presentar los lugares elegidos y a plasmar o explicar los motivos de las elecciones. En fin, si a mí me ha gustado un sitio, intentaré que a ti también te guste, o al menos que sepas por qué me gusta.

Pero ¿por qué crear una sección nueva? ¿Y por qué titularla? ¿Por qué no usar una etiqueta de las que ofrece Blogspot.com y ya está? ¿Y por qué esa necesidad de explicarlo y entenderlo siempre todo? En general, ¿por qué tanta obsesión con los porqués? No tengo ni idea. La cuestión es que le he contagiado esta tendencia hipertrofiada a mi otro yo, el que aquí habla. Este yo, como yo, es un amante de las introducciones largas e innecesarias, de las anécdotas que nunca llegan a ser contadas porque el narrador se pierde en los detalles del prólogo. Por suerte, la forma escrita facilita el artificio, tan necesario para alcanzar la concisión, para poder podar las digresiones y para dejar huecos sin rellenar. La artificiosidad de la escritura también permite, entre otros, la narración in media res y el saludable respiro del punto y aparte.

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Oí hablar del Nuevo cementerio judío por primera vez a mis compañeras de piso. Un día estuvieron paseando por Kazimierz y lo encontraron por casualidad. Debió de encantarles, porque me recomendaron encarecidamente que lo visitara. Por su descripción, estaba claro que me iba a gustar: era una extensión enorme colmada de tumbas ajadas apelotonadas desordenadamente, formando pasajes sinuosos, oscuros y estrechos. Sin embargo, hice caso omiso de la recomendación, consciente o inconscientemente. El nuevo cementerio judío no era más que un sintagma a la espera de despertar mi curiosidad en contacto con algún acontecimiento futuro. O ni siquiera eso.

Hace una semana, tenía que comentar una foto de Cracovia que me hubiera impactado culturalmente para una asignatura de la universidad, "Psychology of Culture - Culture Shock". (Detrás de este nombre tan prometedor como aparentemente vacuo, se esconde algo así como una antropología de la convivencia entre culturas. Creo que esta descripción es tan superflua como el título original, y además le resta su espectacularidad.) A falta de fotos propias y de tiempo para sacar alguna, le pedí a una de las compañeras, llamémosla Y, muy aficionada a la fotografía, que me dejara utilizar una imagen suya. Navegando entre las fotos cracovianas de Y, descartando las festivas y las turísticas, descubrí una que podía suscitar un comentario mínimamente interesante.


Mis compañeras de piso me dijeron, algo ofendidas, que aquella foto era del Nuevo cementerio judío. Les pedí que me repitieran la descripción del lugar y escribí el comentario sin haberlo visitado, aunque con muchas ganas de hacerlo. 

El texto contenía dos ideas conectadas entre sí. En primer lugar, que Kazimierz, el barrio judío de Cracovia y por extensión todos los barrios judíos de Europa Central y Oriental, no se parece en nada al call jueu de Girona es decir, a las juderías españolas. La arquitectura y el ambiente de Kazimierz no difieren demasiado de los del resto de la ciudad: el paseante nota una atmósfera igualmente turística, quizá algo más bohemia, pero, en el fondo, sin solución de continuidad entre ambos espacios. En cambio, la distribución arquitectónica del call jueu sí se opone a la del resto de la ciudad: las calles son sinuosas, oscuras, estrechas, viejas, laberínticas, silenciosas, etc. He aquí el nexo con la segunda idea del comentario: las sensaciones que transmite el cementerio son las mismas que uno tiene cuando pasea por el casco antiguo de Girona. Una especie de tranquilidad otoñal, por llamarlo de algún modo.

No hace falta decir que a la profesora le encantó el comentario. Me he propuesto seguir las mismas pautas de trabajo para el resto de comentarios —comentar una foto ajena de un sitio que ni siquiera he visitado—, pero creo que requerirá demasiado esfuerzo.

El mismo día que fui al Museo judío de Galicia visité también el Nuevo cementerio judío. Me pareció que, pese a las inevitables diferencias, se correspondía bastante bien con lo que yo había imaginado. Los caminos entre los amontonamientos de tumbas no eran laberínticos, sino más bien rectos, y no era para nada oscuro pese a los abundantes árboles; además, los hombres teníamos que ponernos una graciosa kipá roja que yo no podría haber concebido. Pero al menos era silencioso y transmitía la paz espiritual que el call jueu emana. Le pregunté a mi acompañante si tenía la misma sensación. Me dijo que todos los cementerios, judíos o cristianos, irradian la misma tranquilidad. Para mí era distinto: nada más aquel lugar lograba un efecto balsámico.

Su opinión me hizo darme cuenta de que tenía aquella sensación tan solo porque me recordaba a Girona. Pero la relación entre el cementerio y el call jueu no existía, sino que la había establecido yo en mi cabeza y la había desarrollado en el comentario de la fotografía. Se trataba de una relación absolutamente artificial, ficticia, por qué negarlo, sin más fundamento que mi imaginación y quizá cierta morriña. Y, sin embargo, sé que cada vez vuelva a visitar el cementerio volveré a experimentar la misma calma.

viernes, 18 de mayo de 2012

Un descanso: "Yonqui"

Abro los ojos desperezándome: estoy en la biblioteca de la universidad. Bostezo. Tengo la boca pastosa, como si tuviera resaca. A mi derecha, una pila de libros; a mi izquierda, unos cuantos papeles imprimidos. El salvapantallas me indica que mi portátil también se ha dormido. Las mesas a mi alrededor están vacías; todo está en silencio y en penumbra, excepto mi mesa, iluminada por una lámpara. ¿Qué coño hago yo aquí? Una chica cruza el pasillo empujando un carro y se detiene junto a una ventana. Su delgada silueta, a contraluz, parece un trazo con tinta china, un kanji. Coloca, lánguidamente, libros en los anaqueles. La miro hasta que mis ojos distinguen la palidez mórbida de su piel. No sé si es un fantasma o una sepulturera. Se fija en mí y me sonríe (sus dientes relucientes). Me asusto, bajo la mirada y descubro el libro sobre el que dormía: por el título, esto no es un sueño, sino una pesadilla muy real: El mercado y la globalización.


Lentamente voy recuperando el hilo. Estaba escribiendo un trabajo sobre la relación entre globalización y crisis para la universidad. La realidad vuelve a ocupar, poco a poco, mi cabeza: quiebra, BCE, deuda, Grecia, dinero, Lehman Brothers, mercado financiero, agencia de calificación, Irlanda, subprime, Islandia, desregulación, trader, FMI, activos tóxicos, burbuja inmobiliaria, especulación, tasa Tobin, 15-M, Alemania, corralito, Goldman Sachs, prima de riesgo, EEUU, Bankia...

No me he dormido por aburrimiento, sino por sobredosis de realidad. Para despejarme un poco, me sumerjo en la lectura de Yonki (1953), la primera novela de William Burroughs.

La realidad que presenta Burroughs es sórdida: la vida de un yonqui, William Lee. (Pienso en la flacura de la bibliotecaria.) Aunque quizá el verdadero protagonista sea la droga —la heroína, sobre todo, y otras muchas sustancias—. En cualquier caso, vida y droga, para Burroughs, son inseparables:
"He aprendido el estoicismo celular que la droga enseña al que usa. He visto una celda llena de yonquis enfermos, silenciosos e inmóviles, en aislada miseria. Sabían que era inútil quejarse o moverse. Sabían que, en el fondo, nadie puede ayudar a nadie. Nadie tiene una clave o un secreto que pueda comunicar a los demás. He aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir."
El estilo de Burroughs es descarnado, directo, sobrio. Se podría decir que el narrador es arrogante, como los de Henry Miller o Bukowski.


El anterior lector de mi ejemplar se hartó de tanta chulería, por lo visto, y decidió tomar cartas en el asunto. Se indignó y actuó: así me gusta, que la realidad invada el libro. Dice Burroughs: "Los demás pacientes eran de lo más vulgar y triste". Responde el lector, harto e irónico: "En cambio yo era un tipo interesante y que podía mirar por encima del hombro a todo el mundo". La lectura, como se puede ver, siempre genera diálogo, aunque sea conflictivo. Mientras trazo un perfil de bibliotecaria yonqui en la misma página, tengo la sensación de estar garabateando en la puerta de un retrete.

Entre tanta sequedad de palabras, las florituras aparecen con cuentagotas ("la ecuación de la droga" o "el estoicismo celular"). Lo que habría de ofrecer más posibilidades expresivas, los efectos de la droga en el consumidor, apenas es mencionado. De hecho, se relatan los efectos de la droga en todos los planos de la existencia drogadicta: el síndrome de abstinencia, los efectos corporales y mentales, la adicción, el tráfico de droga, la relación con la policía, los robos, la falta de apetito —sexual y no sexual—, la pérdida de contacto con la realidad, los juicios, la cárcel, la prostitución, el proceso de desintoxicación... Una crónica sin condena y sin apología de la cotidianidad del adicto. Quizá el aspecto en el que más ahonda Burroughs sea el síndrome de abstinencia; casi podríamos hablar de una poética del mono:
"Una mañana de abril me desperté con un leve síndrome de abstinencia. Me quedé tumbado mirando las sombras que se formaban en el techo de yeso blanco. Recordé que hacía muchísimos años solía tumbarme en la cama junto a mi madre y contemplaba cómo las luces procedentes de la calle corrían por el techo y las paredes. Sentí una aguda nostalgia de silbidos de tren, pianos que suenan calle abajo, hojas quemadas. Un leve síndrome de abstinencia siempre me trae los recuerdos mágicos de la infancia."
O:
"Si la droga desapareciese de la tierra, probablemente seguiría habiendo yonquis que vagaran por los barrios de la droga sintiendo el fantasma pálido, vago, persistente de la falta de droga, del síndrome de abstinencia."
Por si la realidad no tuviera suficiente con aparecer en los márgenes, escrita a lápiz, se infiltra sin previo aviso en el mismo texto (de 1953) y me desvela de mi lectura:
"Mucha gente ganó dinero rápidamente y con facilidad durante los años de la guerra y la inmediata posguerra. Cualquier negocio era bueno, del mismo modo que cuando la Bolsa está en alza todos los valores son buenos. La gente creía tener vista de lince para los negocios, cuando lo único que tenía era la suerte de que la coyuntura le resultara favorable. Ahora el valle pasa por un mal momento, y sólo los peces gordos pueden sobrevivir. En el valle, las leyes económicas son tan impersonales como las fórmulas algebraicas que enseñan en bachillerato, ya que no hay ningún elemento humano que pueda modificarlas. Los muy ricos son cada vez más ricos, y el resto va camino de la bancarrota. Los grandes negociantes no son astutos, ni despiadados, ni emprendedores. No necesitan decir o pensar nada. Todo lo que tienen que hacer es quedarse sentados y esperar que el dinero les llueva a espuertas. Tienes que ponerte al nivel de los grandes negociantes o abandonar la partida y aceptar cualquier trabajo que te quieran dar. La clase media se ha de apretar cada vez más el cinturón, y sólo uno entre mil de los que han nacido en su seno levantará cabeza. Los grandes negociantes son la banca, y los pequeños agricultores son los jugadores que tratan de hacerla saltar. El jugador se arruina si sigue jugando, y el agricultor debe jugar o exponerse a ser llevado a los tribunales por no pagar los vencimientos de los préstamos. Los grandes negociantes son dueños de todos los bancos del valle, y cuando un agricultor no puede pagar, los bancos se quedan sus bienes. Muy pronto, los grandes negociantes poseerán todo el valle."
La bibliotecaria del carrito, con su esbeltez de yonqui, sigue ordenando libros al final del pasillo como si nada. La realidad, El mercado y la globalización, me reclama: ya vale de ficción, vuelve a la realidad, a la oferta y la demanda.