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viernes, 27 de octubre de 2017

27 de octubre. Gabriela Wiener, 'Llamada perdida'

Dos escritores estadounidenses radiografiaron como nadie el París de la primera mitad del siglo XX, quizás incluso como ningún francés. Uno es Henry Miller, que en Trópico de Cáncer (1934) consiguió escandalizar a la sociedad de la época por su libertad verbal y sexual; el segundo es el Ernest Hemingway de París era una fiesta (1964), por cuyas memorias desfilan todos los grandes de la Generación Perdida. Ambos libros son autobiográficos, pero Miller flirtea más con la ficción: Trópico de Cáncer es lo que hoy día llamaríamos autoficción; además, la obra de Miller es más confesional, íntima y polémica que la de Hemingway, por mucho que este ajuste cuentas con alguno de sus compañeros generacionales.

Creo que el estilo y el temperamento de la peruana Gabriela Wiener la acercan mucho más a Miller; de hecho, los textos que conforman Llamada perdida (2015) suscriben y confirman el epígrafe de Ralph Waldo Emerson que abre Trópico de Cáncer: “Las novelas darán paso, con el tiempo, a diarios o autobiografías: libros cautivadores, siempre y cuando sus autores sepan escoger de entre lo que llaman sus experiencias y reproducir la verdad fielmente”. Pues si la literatura del futuro será autobiográfica, Gabriela Wiener es el futuro, una practicante total de la literatura del yo.

En el primer ensayo de Llamada perdida, Wiener confiesa que sufre el trastorno dismórfico corporal, es decir, una preocupación obsesiva, real o imaginaria, por los defectos físicos propios; a continuación habla sin tapujos sobre todo lo que considera feo de su cuerpo, sobre los problemas que tiene para amar y para sentirse amada, etc.; el compromiso con la sinceridad de Wiener y su capacidad de desnudarse emocionalmente ante el lector están al nivel de Henry Miller. Casi todos los temas giran alrededor de su persona: la sexualidad, la vida en pareja, la vida de los inmigrantes peruanos en España, la crisis económica, la literatura, la enfermedad, el trabajo, etc. El andamiaje de Llamada perdida queda definitivamente armado y soldado gracias a la prosa de Wiener: lírica y reflexiva —reflexírica— como Francisco Umbral o Javier Pérez Andújar, pero de lectura mucho más ágil. Una muestra de “El Gran Viaje”, donde expone los motivos que tuvo para abandonar Perú:
"Planear la huida definitiva no se parece en nada a preparar un viaje de vacaciones porque el que se va de verdad no necesita mapas, ni guías turísticas, no le interesa si en su destino hay monumentos maravillosos. Las cosas que ignora son su principal ventaja. Lo más importante, además, el migrante ya lo sabe: que hará lo que sea para irse, no importa si tiene que borrarse del mapa. Posee todo el tiempo del mundo para descubrir si llegó o no al lugar adecuado, y que el lugar sea adecuado dependerá en última instancia de sí mismo. Para el viajero, el pasaporte es como la piel, cada viaje es una marca, una herida, una arruga, una historia que contar. Dime cuánto has viajado y te diré cuánto sabes, apuntan los filósofos del viaje. Para el migrante, en cambio, el pasaporte es eso que mira la policía sin una pizca de simpatía. Los migrantes pasamos cada día delante de la Sagrada Familia o la Torre Eiffel sin emoción".
En otro momento de Llamada perdida, las reflexiones sobre la fidelidad llevan a Wiener a escribir con pelos y señales sobre sus prácticas sexuales. Entre tanta confesión, uno se pregunta a menudo si la autora está siendo sincera siempre. El trastorno dismórfico corporal sufrido por Wiener puede servir como metáfora de la lectura de autoficción: como el enfermo, el lector tampoco sabe distinguir entre la fealdad real y la fealdad ficcional.

lunes, 23 de octubre de 2017

23 de octubre. Joan Didion, 'Los que sueñan el sueño dorado'

No es fácil decidir por qué libro empezar a leer a un autor o autora determinados. ¿Es preferible comenzar por el libro más conocido? ¿O, en su defecto, por el que se suele considerar el mejor? ¿O es más recomendable leer el primero que publicó y luego seguir leyendo cronológicamente? Cualquier elección tiene, obviamente, sus pros y contras: si empiezas por lo mejor, lo demás te sabrá a poco; si empiezas por una obra mediocre, quizás no te apetezca continuar con otras. Recomendarle a alguien el libro por el que comenzar a leer un autor es un arte que pocos libreros, bibliotecarios, profesores, críticos o lectores dominan. Ojalá existiera una guía de primeras lecturas, quizás una página web con sugerencias orientativas; probablemente yo sería su único usuario.

Cuando quise leer a Joan Didion decidí guiarme por el primer criterio, así que primero leí El año del pensamiento mágico (2005), que es sin duda su libro más conocido y puede que también el mejor. Se trata de la durísima crónica de las muertes casi consecutivas de su marido y de su hija, todo un hito de la literatura del duelo. Por suerte, el talento literario de Didion es lo bastante sólido como para que El año del pensamiento mágico no eclipse la lectura de sus otras obras. Sin embargo, creo que, a riesgo de equivocarme, el mejor libro para empezar a leer a Didion es Los que sueñan el sueño dorado (2006). No solo porque las crónicas que contiene están al máximo nivel literario de la autora, sino porque se trata de textos más breves y más variados temática, geográfica y genéricamente, pertenecientes a cinco libros diferentes.

Los ocho primeros textos, de Arrastrarse hacia Belén, son crónicas sobre California, de donde es originaria Didion. Entre ellos encontramos la crónica que da título a la antología: la narración ejemplar de un crimen y su posterior juicio, con evidentes ecos de A sangre fría de Truman Capote. No obstante, la mejor crónica es “Arrastrarse hacia Belén”, que presenta el San Francisco de 1967, en plena ebullición hippy; Didion no hace concesiones a los mitos de la época sino que retrata con toda la crudeza posible la realidad, para bien y para mal.

El segundo libro antologado es El álbum blanco, donde el elemento autobiográfico tiene más peso. El texto homónimo pone fin a aquellos maravillosos años 70 de “Arrastrarse hacia Belén”: narra el clima que condujo hasta los terribles asesinatos de Charles Manson; para ello, Didion se pone en el ojo del huracán (vivía en la misma ciudad, Beverly Hills), alterando entre la autobiografía y la crónica, como años más tarde harían Emmanuel Carrère y tantos otros. También encontramos textos más ensayísticos, como “Georgia O'Keeffe”, dedicado a la magnífica pintora estadounidense, o “Agua bendita”, una reflexión sobre la importancia del agua para la autora, acostumbrada a la escasez californiana.

En Después de Henry, Salvador y Miami, el centro de interés de Didon se aparta de sí misma y de su California natal, y las crónicas se vuelven mucho más políticas y menos personales, aunque no por ello menos interesantes. Sin embargo, cuando leí “Después de Henry”, no pude evitar acordarme otra vez de El año del pensamiento mágico: Didion escribe sobre su fallecido editor, Henry Robbins, pero yo solo podía pensar en las muertes de su hija y su esposo, muchos años después. Y no solo en este texto: cada vez que Didion hacía referencia a la hija o al marido, yo sabía que morirían. Haber leído antes El año del pensamiento mágico tiñó de morbo mi lectura: no la eclipsó pero sí la ensombreció. Pero, en fin, se lea a Didion en el orden que se lea, Los que sueñan el sueño dorado es una clase magistral de literatura de no ficción.

jueves, 12 de octubre de 2017

12 de octubre. Slavenka Drakulić, 'No matarían ni una mosca'

Cuando Hannah Arendt publicó sus filosóficas crónicas del juicio de Eichmann en Jerusalén, generó enormes controversias en diferentes países y ámbitos. Desde el punto de vista de la filosofía, su tesis de la banalidad del mal tampoco escapó a la polémica: la filósofa alemana afirmaba que no todos los seres malvados eran monstruos o psicópatas, sino que también podían ser personas normales, banales. Eichmann era malo porque era un buen trabajador y cumplía la ley, eso sí, en un sistema enfermo, totalitario.

Slavenka Drakulić trasladó la tesis de Arendt al Conflicto yugoslavo y, como había hecho en su momento la filósofa judía, la escritora croata fue al Tribunal Penal Internacional de La Haya para presenciar los juicios de Slobodan Milošević y otros criminales de guerra. Las referencias a Arendt no terminan aquí, porque también el título de la obra de Drakulić, No matarían ni una mosca (2004), es una expresión usada por aquella para referirse a los monstruos de la banalidad.

Sin embargo, la obra de Drakulić es más accesible que la de Arendt: no es tan filosófica, es más ensayística. La autora croata combina la crónica de los juicios de La Haya con la biografía de los criminales juzgados, la historia de los Balcanes con las reflexiones morales. E incluso las anécdotas personales tienen su lugar en No matarían ni una mosca, ya que la escritora croata sufrió en su propia piel el nacionalismo desbocado de los 90 que conduciría a la sangrienta guerra. Por culpa de un artículo anónimo, que acusaba a cinco periodistas, todas mujeres, de ser “brujas” que “violaban” Croacia por no condenar con firmeza suficiente las agresiones externas, Drakulić empezó a recibir amenazas de muerte y tuvo que exiliarse. Su biografía debería bastar para garantizar la objetividad de su relato.

La lectura de No matarían ni una mosca es indispensable para comprender cómo se llegó a la tragedia balcánica, pero también es muy útil para entender la actualidad. Si bien el escenario español de octubre de 2017 está muy lejos del yugoslavo de finales de los ochenta y principios de los noventa, se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre ambas situaciones políticas; quizás demasiados. Y recordemos que la banalidad del mal surge precisamente a causa del ambiente, es decir, del sistema.

jueves, 21 de septiembre de 2017

The Real Rolling Stones

Cuando mueran los Rolling Stones, no acabará una época sino dos o tres. La libertad de expresión, la socialdemocracia, el hedonismo hippy, la Guerra Fría, la descolonización, el auge del neoliberalismo, la caída del Muro de Berlín, el 11-S, la Crisis de los refugiados: los Rolling Stones enterrarán a varias generaciones y unas cuantas mentalidades, terminarán el siglo XX y parte del XXI. Estas Piedras han rodado tanto para llegar hasta esta última gira de su carrera, No Filter.

Algo así intentaba pensar yo durante el concierto de los Rolling Stones en Spielberg, Austria, el pasado sábado 16 de septiembre. A mi alrededor había miles, diezmiles de personas de todas las edades: grupos de amigos más bien entrados en años, parejas puretas de fans incondicionales desde tiempos inmemoriales, familias de dos e incluso tres generaciones: adultos, viejos, jóvenes y niños, abuelos, padres, hermanos, hijos y quién sabe si nietos. También el espectro socioeconómico quedaba bastante cubierto a mi alrededor: por un lado, los que solo habíamos pagado cien euros por la entrada, apretujados en una platea de centenares de metros cuadrados que no era sino un prado extensísimo embarrado; por el otro, los que se sentaban en las gradas laterales y los más pudientes, delante del escenario, de pie en espacios semicirculares compartimentados y cada vez más cercanos a sus Satánicas Majestades. El arquitecto del Red Bull Ring de Spielberg había leído la Divina Comedia de Dante, sin duda. A mi alrededor había austríacos y alemanes, pero también croatas y eslovenos, eslovacos, húngaros, polacos e italianos y algún que otro español y francés, en fin, un buen muestreo europeo con unas cuantas excepciones extracomunitarias. A mi alrededor había fans verdaderos, groupies auténticos desde siempre, y también los que solo venían por el especáculo o por el renombre del espectáculo; seguramente yo pertenecía a este subgrupo, porque en vez de prestar atención a la música iba pensando en estas cosas. Sin embargo, más que el sueldo, el coste de las entradas o las nacionalidades nos diferenciaba el suelo: los que estábamos en el área de general admission no teníamos bajo nuestros pies más que el barro de lo que horas antes había sido mullido césped. La lluvia y los cientos de miles de pisadas habían convertido la pradera en un lodazal. La suciedad en los zapatos o en los pantalones, la altura donde se detenía el marrón: esta era la marca distintiva. Y a más de cien metros de nosotros, alejados del barro, estaban ellos, impecables, intocables: Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Ron Wood y quienes los acompañaran. Arriba, las piedras rodantes; abajo y alrededor, el barro.

Y yo seguía sin concentrarme demasiado en la música ni en sus intérpretes, no importaba si tocaban “Simpathy for the Devil”, “Paint it Black” o cualquiera de sus clásicos, ni siquiera las canciones que no conocía conseguían captar mi atención. Debía agradecerles a los Rolling Stones que tocaran estos temas y no los nuevos, por todos desconocidos, pero no podía dejar de preguntarme cómo eran capaces de interpretar una y otra vez la misma canción desde hacía tantos años. ¿Cómo eran capaces de salir a tocar motivados después de tantos conciertos exactamente iguales? ¿Cuál era su secreto para no hartarse de ser los Rolling Stones? Porque su interpretación de los Rolling era impecable, musical y performativamente, a pesar de su vejez. No solo eran los Rolling auténticos sino que los imitaban al pie de la letra: Mick Jagger bailaba y se contoneaba como Mick Jagger, corría por el escenario como Mick Jagger y sacudía extático los brazos en cruz como Mick Jagger. Era una actuación perfecta incluso en su imperfección: en la primera canción los volúmenes de los instrumentos estuvieron descompensados, en otra Mick Jagger saltó al estribillo demasiado pronto y la banda tuvo que adaptarse para seguirlo y durante un par de temas Keith Richards acaparó excesivamente la atención, aburriendo al público. Era un espectáculo calcado a los conciertos que yo había visto en vídeo; no creo que hicieran ningún gesto nuevo ni que improvisaran una nota que no hubieran improvisado antes. Si los Beatles tienen una legión de músicos fans que los reproducen a la perfección, los Rolling se tienen a sí mismos: son la auténtica copia de la copia.

Pero quizás esta impresión de falsificaciones ultrarreales me la dieran las pantallas. Porque yo estuve en el concierto de los Rolling Stones en Spielberg, Austria, el pasado sábado 16 de septiembre, pero a los Rolling Stones casi ni los vi. Casi no los vi en persona, porque estarían a cien o doscientos metros de mí: entre las cabezas del público, asomaban fragmentos de minúsculas figuras que debían de corresponder a tal o cual miembro de la banda. Lo que yo vi eran las cuatro pantallas monumentales que desde detrás del escenario reproducían lo que ahí estaba sucediendo, cuatro macropantallas verticales, cuatro grandes smartphones, que hacían de altavoces visuales: gracias a ellas todos podíamos ver el espectáculo de los músicos. Mick Jagger era un coloso mítico de quince metros de altura a quien las pantallas hacían omnivisible. A veces los cuatro miembros principales aparecían simultáneamente, repartidos uno en cada pantalla; otras veces, solo uno de ellos copaba las cuatro, repetido desde diferentes ángulos; de vez en cuanto mostraban a otros músicos, a los secundarios, si tenían un papel importante en ese instante. Los privilegiados que estaban delante del escenario podían contemplar lo real, casi tocarlo; los menos privilegiados se conformaban con el simulacro. Pero el montaje del simulacro era espectacular: las cámaras captaban la acción desde varios puntos de vista, compenetraban música y músicos y lo sazonaban todo con efectos especiales: blanco y negro o color, formas, animaciones, imágenes, textos y vídeos. La edición era más impresionante que el concierto grabado por Martin Scorcese en Shine a Light (2008), pero el trabajo de los técnicos en Austria era en directo. La gira No Filter ofrecía el espectáculo doble y simultáneo del concierto y de su grabación. Además del barro que cubría nuestros zapatos y pantalones, aquello solo tenía un defecto: el desfase. Había un segundo de retraso entre el audio y el vídeo, quizás incluso menos tiempo, pero suficiente para dar la molesta sensación de que estaban haciendo playback o para recordarte que el concierto real solo sucedía en el escenario.

Mientras veía y escuchaba a los Rolling Stones en sus macropantallas y los intuía en el escenario, recordé “Del rigor en la ciencia”, el relato de Jorge Luis Borges en el que unos cartógrafos realizan un mapa a escala 1:1, es decir, un mapa del mismo tamaño que el territorio y que, por tanto, lo recubre y sustituye. Recordé que Jean Baudrillard dice que en nuestras sociedades de la información hipertecnificadas el simulacro (el mapa) es más real que la realidad (el territorio). Recordé El mapa y el territorio, la novela de Michel Houellebecq donde un artista titula su exposición El mapa es más interesante que el territorio. Recordé al filósofo polaco-estadounidense Alfred Korzybski, que decía que “el mapa no es el territorio”. Borges, Baudrillard y Houellebecq lo confirman a su manera: el mapa no es el territorio sino superior al territorio, las pantallas de los Rolling Stones son muy superiores a los Rolling Stones. Los Rolling Stones son los viejos dioses de American Gods digitalizados por los nuevos dioses, convertidos en un producto de masas reproductible instantáneamente y a gran escala.

La última canción que tocaron en Spielberg, Austria, fue “Gimme Shelter”, que habla de la guerra, de la violencia y de su cercanía; fue compuesta en 1969, en los últimos años de la Guerra de Vietnam, cuando la oposición a esta era total. La letra manda un claro mensaje de paz y amor: la guerra está a solo un disparo de distancia y el amor está a solo un beso de distancia. Mientras los Rolling Stones tocaban, las macropantallas mostraban imágenes de represión policial y guerra, protestas y manifestaciones, hombres y mujeres, blancos y negros, todos en armonía. Pensé que la canción hablaba del presente, de los refugiados en busca de refugio (shelter), de otra guerra mundial a punto de desatarse a causa de nuestros disparatados políticos y del amor como único antídoto contra todo. Luego pensé que aquello era ridículamente infantil: mis pensamientos y las pantallas mostrando esas imágenes. Para acabar, pensé que aquella canción debería llamarse No Shelter y aquella gira, Gimme Filter.

jueves, 2 de junio de 2016

The Best of May 2016

Este mes de mayo, he aplicado a rajatabla el primero de los "Doce consejos para escribir buenos cuentos" de Roberto Bolaño: "Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte". Es un consuelo tener la bendición de un maestro literario como Bolaño.

Así, uno de mis cuentos se titula Un ateo en la JMJ, pero la verdad es que no es exactamente un cuento, sino una crónica y/o ensayo sobre la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar del 26 al 31 de julio de 2016 en Cracovia. El segundo se llama Mateorías y, aunque pensaba que sería un cuento, debo admitir que se me está yendo de las manos: no sé si resultará ser un relato largo o una novelita o qué. Si nos ponemos quisquillosos, pues, parece que en realidad no estoy siguiendo el primer consejo de Bolaño.

Y si continuamos leyendo los doce mandamientos del escritor chileno, veremos que definitivamente los incumplo: "Cuidado: la tentación de escribirlos [los cuentos] de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes". Si escribir dos textos a la vez es lo mismo que escribir uno, Mateorías y Un ateo en la JMJ son lo mismo. De haberlo sabido antes, me habría ahorrado unas cuantas horas de escritura.

Sin embargo, he de darle la razón a Bolaño: aunque parezcan cosas diferentes, en ambos hablo de Cracovia y de mí, dos temas de los que no logro salir. ¿Para qué? Por ahora estoy bien aquí, en Cracovia y en mí. Además, Un ateo en la JMJ y Mateorías comparten otra peculiaridad: su escritura tiene fecha de caducidad. Quiero escribirlos y terminarlos ahora mismo, en junio y julio, porque el 29 de julio me iré a España a pasar dos semanas de vacaciones. Pero Bolaño no tiene razón en todo: hay algunas diferencias obvias entre los dos proyectos. El género literario es la más clara. Por un lado, Un ateo en la JMJ es un texto sin ficción, quiere ser reportaje, crónica y ensayo, algo que hasta ahora nunca había intendado escribir; para terminarlo, deberé documentarme, entrevistar a algunas personas, analizar datos. Por el otro, sí he escrito relatos de autoficción como Mateorías, pero no tan largos; si quiero concluirlo, tendré que recordar e inventar.

De cualquier manera, estoy seguro de que Bolaño me habría dado su bendición.

Este mes de mayo, en el tiempo libre que me ha dejado la escritura, he seguido viviendo. En primer lugar, he seguido trabajando: preparando y dando clases de español y de literatura española. Como Carmen Martín Gaite estaba en el programa del curso de literatura, he leído Retahílas.

Pero también he seguido leyendo por placer, por supuesto: How We Survived Communism and Even Laughed, unos fabulosos ensayos de Slavenka Drakulić, mi autora croata favorita (no he leído a muchos croatas). Y el club de lectura llamado dead poets society —un mexicano, un colombiano y un español se reúnen en una cafetería para hablar de literatura— se ha seguido encontrando. Gracias a ello (y al blog Un libro al día, de donde sacamos la recomendación), he leído una novela genial: El ejército iluminado de David Toscana.

Y este mayo, last but not least, he seguido escribiendo este best of mensual. Voy dándome cuenta de que esto no es solo de un diario de lecturas.


1. Carmen Martín Gaite, Retahílas (1974)

Probablemente Retahílas sea la mejor novela de Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 - 2000) que he leído, como mínimo al nivel de El cuarto de atrás. El argumento no es complicado: tras mucho tiempo sin visitarla, el joven Germán llega a la casa familiar para ver a su abuela agonizante, pero sobre todo para hablar durante horas con su tía Eulalia, conversación largo tiempo aplazada y anhelada. Primero charlan sobre la familia y, después, sobre lo divino y lo humano —la necesidad de un interlocutor, la muerte, el compromiso político, la evocación de la infancia, temas recurrentes de la novelista salmantina—. La estructura de Retahílas refleja el diálogo entre Germán y Eulalía, ya que cada capítulo corresponde a la retahíla que una le suelta al otro y viceversa. El planteamiento evoca Cinco horas con Mario de Miguel Delibes: por un lado, tenemos un (casi) cadáver (el de la abuela) y, por el otro, no tenemos un monólogo interior sino dos. Aunque hablar con monólogos sin interrupciones le resta verosimilitud a la obra, el estilo oral logrado por Martín Gaite es genial; su locuacidad, sus frases alargadas, sus repeticiones y su propensión a las reflexiones recuerdan al estilo que haría famoso a Javier Marías. Es sorprendente que, aunque Retahílas sea una novela experimental en sintonía con lo que se escribía durante los setenta, Martín Gaite supiera adelantarse a su época y experimentar moderadamente: el hilo narrativo (la conversación) no se pierde nunca, se mantiene el equilibrio entre la forma y el contenido.


2. Slavenka Drakulić, How We Survived Communism and Even Laughed (1991)

Cada vez que voy a Zagreb con mi novia, hago una incursión en la librería Algoritam y salgo con un par libros-souvenir, en general de la editorial croata VBZ, que publica "The best of Croatian literature"; este es el cuarto de Slavenka Drakulić (Rijeka, 1949) que compro y leo. How We Survived Communism and Even Laughed (HWSCEL) es una antología de ensayos nada académicos acerca del comunismo. Como buena ensayista, Drakulić se pone en el centro de casi todos los textos: parte de la cotidianidad y de una mirada desde abajo para terminar cargando contra el sistema. Este punto de vista logra que el lector tome consciencia del mayor fracaso del comunismo: su incapacidad de combatir la escasez —de papel de váter, comida, ropa, vivienda, variedad, libertad...—. La gran peculiaridad de algunos ensayos de HWSCEL es que analizan la sociedad desde una óptica femenina, poniendo de relieve que el comunismo también fracasó con las mujeres y el feminismo. Pero, como sucede en los ensayos de Café Europa, la autora croata no solo diagnostica las enfermedades de los países comunistas —Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia, la RFA, Hungría, etc.— , sino que también es muy crítica con los capitalistas (y con los comunistas occidentales, incapaces de comprender el comunismo desde su torre de marfil).


3.  David Toscana, El ejército iluminado (2006)

¿Qué pasaría si alguien interpretara al pie de la letra la belicosa letra del himno mexicano: "Mexicanos, al grito de guerra // el acero aprestad y el bridón"? Pues que "la liaría parda", se enfrentaría al mundo-enemigo y lo llamaríamos loco. Este es el quijotesco planteamiento de El ejército iluminado, una obra maestra del mexicano David Toscana (Monterrey, 1961). Su protagonista es Ignacio Matus, un exprofesor de escuela de Monterrey, que junto a cinco exalumnos quiere llevar a cabo una alocada empresa: reconquistar Texas, vendida por México a EE.UU. en 1845. Cada componente del "ejército iluminado" es más patriota y más idiota que el anterior: el general Matus, que en 1924 corrió una maratón en México mientras la maratón olímpica se estaba celebrando en París; el Cerillo, un retrasado baboso; Comodoro, un niño gordo del que todos se burlan; Azucena, la única chica del grupo y novia del gordo Comodoro; el Milagro, también medio tonto pero con ínfulas; y finalmente Ubaldo, el líder después de Matus y el niño-pintor que retratará las gestas del campo de batalla. El ejército iluminado es una descacharrante parodia de las novelas de guerra, pero también una brutal sátira del nacionalismo mexicano, en concreto, y del nacionalismo en general; sí, el humor es imprescindible para reblandecer los dogmas. Una pregunta/propuesta final: ¿qué pasaría si alguien interpretara al pie de la letra la belicosa letra de, por ejemplo, el himno catalán: "Que tiemble el enemigo // al ver nuestra bandera: // como hacemos caer espigas de oro // cuando conviene segamos cadenas"?

lunes, 16 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (2)

2. Una ayuda

En esta serie de crónicas/ensayos, Un ateo en la JMJ, trataré de entender la JMJ 2016 y ver cómo afecta a Cracovia y sus habitantes. Creo que ya queda clara mi ignorancia sobre el tema en el texto anterior, pero por si acaso lo repito: no tengo ni idea de qué es la Jornada Mundial de la Juventud.

Sin embargo, ya he empezado a prepararme para la llegada de los bárbaros leyendo cuanto encuentro por ahí. No es suficiente: me falta perspectiva y tiempo para adquirirla, conocimientos de la situación política en el país, dominio de la lengua polaca, etc. Es evidente que el tema me sobrepasa. Pero soy testarudo y no conozco mejor manera de aprender que escribir. Obviamente, nadie me paga ni me exige que lo haga.

Como no quiero que esto sea un texto de ficción ni cometer errores o imprecisiones, he decidido pedir ayuda. No a las musas sino a los habitantes de Cracovia.

Lector: si vives en Cracovia, seas polaco o extranjero, me harías un gran favor si contestaras las siguientes preguntas. Si conoces a alguien que resida en Cracovia, me ayudarías mucho si se las hicieras llegar. En ningún caso usaré datos personales ajenos sin pedir antes permiso.

¡Gracias!

(Cuestionario de Google Docs en español, en breve lo traduciré.)

* * *

Cuestionario sobre Polonia y la JMJ 2016

Gracias por colaborar respondiendo este cuestionario sobre Polonia y la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia 2016 para http://demimerio.blogspot.com. No es necesario que contestes todas las preguntas, solo las que te apetezca. Valoraré mucho si me das datos concretos, enlaces a noticias (en inglés, español o polaco, no importa), anécdotas reales. Gracias de nuevo.

Edad:
Ocupación:
Nacionalidad:

Polonia

1. ¿Cuáles son las medidas más importantes que ha introducido el nuevo gobierno polaco? ¿Cómo afectan a tu vida? ¿Y al resto del país?

2. ¿Hay una foto, frase, imagen u obra de arte que resuma la situación actual de Polonia?

3. ¿Cuál es el papel de Polonia en la crisis de los refugiados? ¿Qué hace el gobierno polaco para ayudarlos (o no)?

Cracovia y la JMJ 2016

4. ¿La preparación de la JMJ te ha afectado de alguna manera? ¿Y a los demás habitantes de Cracovia?

5. ¿Qué cosas se han cambiado en Cracovia para la llegada del papa y la JMJ? (Construcción de nuevos edificios y obras, comportamiento de las autoridades, etc.)

6. ¿Crees que Cracovia está bien preparada para la JMJ? ¿Por qué?

7. ¿Dónde se alojarán los peregrinos de las JMJ? ¿Conoces algún lugar específico?

8. ¿Qué servicios nuevos habrá en la ciudad durante la JMJ? ¿Y cuáles no estarán disponibles? (Me refiero a medios de transporte, consulados o embajadas temporales...)

9. ¿Qué eventos tendrán lugar durante la JMJ? ¿Cuál es el más importante?

10. ¿Qué sabes sobre los voluntarios de la JMJ? ¿Cuáles son los requisitos para ser voluntario? ¿Qué tareas van a llevar a cabo?

11. ¿Hay otros datos que consideres relevantes?

jueves, 12 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (1)

1. Esperando a los bárbaros

Del 16 al 21 de agosto de 2011, se celebró en Madrid la XXVI edición de la Jornada Mundial de la Juventud, la JMJ 2011. Era el verano del 15-M y de los indignados, las plazas de toda España eran una fiesta; yo vivía en Barcelona, estudiaba Humanidades, tenía 24 años y creía que JMJ significaba Jesús, María y José.

Aunque esas jornadas religiosas habían sido anunciadas por el papa Benedicto XVI en 2008 y todo el mundo hablaba de ellas, yo era tan feliz que no sabía de su existencia. La religión siempre me ha llamado la atención, pero supongo que entonces me preocupaban más otras cosas: estaba estudiando mi segunda carrera —de letras, la anterior fue informática—, es decir, viviendo una segunda juventud o alargándola. Quizás debería haber pasado aquellos días en Madrid, pero estaba en Barcelona.

Como cualquier agosto, Barcelona estaba llena de turistas. Pero alrededor de aquella semana, imagino que antes y después, la ciudad condal sufrió un boom turístico, como si hubieran desembarcado cientos de cruceros, como si se volvieran a celebrar unas olimpiadas. Unos meses antes, el 7 de noviembre de 2010, el papa había visitado Barcelona para consagrar la Sagrada Familia: no hubo tantísima gente. De cualquier modo, en Barcelona hay eventos una semana sí otra también: la feria de no sé qué, el congreso de no sé cuántos, el aniversario de quién sabe qué. Aquellas siglas, JMJ, flotaban en el ambiente, pero podían significar cualquier cosa; no iba muy desencaminado cuando les atribuí cierto aroma a cirio: Jesús, María y José. 

No noté nada extraño hasta que una noche salvaje —calurosa, a rebosar de turistas y locales a rebosar de alcohol y hormonas— estaba cruzando la Rambla. Mi compañero de piso y yo íbamos del Gótico al Raval, de tomar unas cervezas a beber otras. En medio de la calle, se nos acercó una pareja, chico y chica, con camisetas amarillas, y nos dieron unos folletos. Sin mirarlos, imaginamos que eran flyers para entrar en alguna discoteca.

—Would you like to come with us? —nos preguntó ella en inglés, nada extraño en los repartidores.

Mi amigo y yo le hicimos alguna bromita obscena a la chica e ignoramos al chico. Nos fijamos en que ambos llevaban la misma camiseta amarilla que todos los turistas de aquellos días. Sobre el fondo amarillo, el rojo de una corona con forma de M (Madrid, María) y encima una cruz, como un cuadro de Tàpies coloreado con Photoshop.

—¿De qué es esta camiseta? —le preguntamos a la chica.

Nos habló de la JMJ que se estaba celebrando —o se había celebrado ya, no lo recuerdo— en Madrid. No acabé de entender en qué consistían esas jornadas, quizás a causa del alcohol o de que el inglés de la chica no era muy bueno, aunque intuí que en realidad ella tampoco sabía por qué estaba allí, en Barcelona, y no en Madrid, en su país de origen o en cualquier otro sitio. 

Pero gracias a ella comprendí que la marabunta que invadía Barcelona eran los jóvenes peregrinos que se dirigían a Madrid, se habían extraviado o ya habían estado allí. Sin embargo, no me parecían demasiado devotos ni buenos cristianos: a pesar de su juventud, la mayoría bebía alcohol con una ansiedad, exhalaba una lascivia y se comportaba con una falta de civismo propias de los turistas más bastos. Ya han llegado los bárbaros, pensé.

—Entonces, ¿venís con nosotros o no? —insistió la chica de la camiseta rojigualda—. Vamos a la playa a rezar —señaló hacia el final de la Rambla—. Cerca de la estatua de Colón, rezaremos todos juntos.

Aquellos bárbaros iban a rezar en grupo en la playa de Barcelona: ver para creer. Si querían expiar los pecados de aquella monumental Sodoma y Gomorra, tenían trabajo para rato. Le dijimos que no a la chica y se fueron un poco desilusionados, pero unos metros más allá detuvieron a otros incautos. Mi amigo y yo seguimos nuestra noche de fiesta y nos olvidamos de aquel encuentro.

Sin embargo, me quedó un regusto amargo de aquellos días. No entendí entonces ni he logrado entender después en qué consistían las JMJ, ni por qué había tantos peregrinos en Barcelona si la sede era Madrid. Pero tengo la sensación de que viví de refilón algo histórico sin darme cuenta de ello; bueno, nos puede pasar a todos. Tras la explicación de aquella chica, me enteré de que en Madrid hubo protestas y disturbios, imagino que aquello sí fue un pandemónium. Dos millones de jóvenes, por buenas que sean sus intenciones, han de causar estragos por fuerza.

Del 26 al 31 de julio de 2016, en apenas dos meses y medio, se celebrará la XXXI JMJ en Cracovia. Ahora vivo aquí, en Cracovia, tengo 29 años y trabajo como profesor de español, pero durante la JMJ tendré fiesta, como mucha gente, a causa del esperado evento. Se prevé que uno o dos millones de jóvenes invadirán la ciudad, de unos 760.000 habitantes. Parece que esta vez estaré en el centro del huracán, aunque solo sea por tres días: el 29 de julio volaré a España. Es una buena ocasión para intentar entender este acontecimiento incomprensible, no importa que uno sea un poco ateo.

martes, 3 de mayo de 2016

The Best of April 2016

Con la excusa de que en abril se celebraba el 400 aniversario de la muerte de Cervantes, decidí leer su biografía (una de ellas). Descarté la más reciente, La invención de la ironía de Jordi Gracia, porque es un poco difícil conseguirla en Cracovia y porque Alberto Olmos la ha (des)calificado como "filología de ficción", y me fío bastante de su criterio. Además, mi padre tenía en casa Las vidas de Miguel de Cervantes de Andrés Trapiello. ¿Cómo no fiarse de alguien que ha escrito dos secuelas del Quijote y lo ha puesto en castellano actual?

En abril, los encuentros de un colombiano, un mexicano y un español para hablar de literatura han seguido teniendo lugar. Lo último que hemos leído en la dead poets society también entra en lo mejor de abril: A sangre fría de Truman Capote.

Por otro lado, este mes he tenido la suerte de empezar a dar un curso de literatura española del siglo XX en una de las escuelas donde trabajo. Como uno de los autores de los que hablaremos es Manuel Chaves Nogales y las magníficas crónicas de A sangre y fuego, he decidido remediar un poco mi desconocimiento del periodismo literario. Por suerte, la editorial Libros del Asteroide está haciendo una gran labor para recuperar a los Truman Capote españoles: Chaves Nogales, Gaziel, Xammar, Augusto Assía y Ramón J. Sender, de quien he podido leer Viaje a la aldea del crimen.

Finalmente, para compensar tanta no ficción y tanta seriedad, he leído una descacharrante novela de otro autor que he incluido en el curso de literatura: Ávidas pretensiones de Fernando Aramburu.


1. Andrés Trapiello, Las vidas de Miguel de Cervantes (1993)

Esta es la primera biografía que leo entera, hasta el final, y eso ya dice mucho de ella. Y no es solo porque me pueda interesar Miguel de Cervantes, sino también —y sobre todo— por la escritura de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953): el autor leonés conjuga la rigurosidad de un investigador con el encanto de un buen novelista. El título —las vidas y no la vida— remite a dos ideas capitales para entender el libro. Por un lado, a la multitud de vidas que vivió Cervantes: soldado, prisionero, poeta, comisiario de provisiones, novelista, cobrador de impuestos, etc.; por el otro, a la imposibilidad de escribir una sola vida de Cervantes, pues la documentación disponible es escasa y en muchos casos solo permite hacer hipótesis (quizás tuvo esta vida, quizás tuvo esa otra). Si algo admiro en los escritores, por lo común orgullosos, es la capacidad de admitir los propios límites, y a Trapiello no le tiembla la mano cuando escribe que no sabe algo, que no está seguro o que solo está suponiendo. Eso sí, su conocimiento del Siglo de Oro y del escritor alcalaíno son considerables, sin llegar a entorpecer nunca la lectura con detalles enciclopédicos. Incluso critica a otros biógrafos por haber inventado demasiado y haber creado la leyenda de la miseria de Cervantes, no tan severa como a muchos románticos les habría gustado.


2. Truman Capote, A sangre fría (1966)

Es difícil que un libro cuyo desenlace ya conoces te enganche durante toda la lectura, pero A sangre fría lo logra, y eso es lo que más me impactó. Truman Capote (Nueva Orleans, 1924 - 1984) sabe que al lector le interesan los detalles más morbosos —el brutal asesinato de la familia Clutter y el origen de los asesinos— y va dosificándolos a través de las casi 400 páginas, como un buen narrador, entre otros detalles para nada secundarios: las vidas de los policías investigadores, de los vecinos de Holcomb, de los compañeros de celda de Dick y Perry, etc. Pero, además de un gran libro, Capote creó —con el permiso de Rodolfo Walsh— la primera "novela testimonio", acercándose a las metas de los realistas (presentar el mundo objetivamente), de los naturalistas (resaltar el determinismo) e incluso de la poliédrica novela total (agotar la realidad desde todos los ángulos). Y A sangre fría es aún más: es la catedral del culto a la violencia constitutivo de nuestra sociedad. Se pueden rastrear sus huellas en el cine (Tarantino, los hermanos Coen, etc.), en series (Fargo, True Detective...), libros (American Psycho) y otras novelas de no ficción (Helter Skelter). Quizás el único pero de esta obra se encuentre en sus fundamentos: el exceso de objetividad. ¿Quién puede creerse hoy en día que Capote no inventara ni siquiera un poco, que no manipulara la información para crear una escena perfecta? En el siglo XXI, sabemos que no existe lo objetivo y, de hecho, le exigiríamos al autor que se incluyera en la obra y que nos presentara su punto de vista. Incluso querríamos saber qué sintió, qué problemas tuvo durante la investigación y la escritura (como sucede en Capote, la genial película con Philip Seymour Hoffman).


3. Ramón J. Sender, Viaje a la aldea del crimen (1933)

Es inevitable leer Viaje a la aldea del crimen en comparación con A sangre fría, a pesar de que los separan muchos años y circunstancias. Si la obra de Truman Capote presenta el asesinato de una familia a manos de dos psicópatas, el libro de Ramón J. Sender (Chalamera, 1901 - 1982) investiga los sucesos de Casas Viejas: lo que empezó como un levantamiento anarquista de campesinos en un paupérrimo pueblo gaditano (del 10 al 12 de enero de 1933) desencadenó una brutal represión perpetrada por la guardia civil y de asalto (25 víctimas) y acabó con la caída del primer gobierno de Azaña durante la Segunda República. Pero si Sender no hubiera publicado las crónicas que desvelaron lo ocurrido, quizás la matanza de los campesinos sublevados no habría tenido consecuencias políticas. Así, Capote investiga a fondo un suceso por todos conocido y lo concibe inicialmente como un libro, mientras que Sender tiene que sacar a la luz —primero en el periódico y luego en libro— unos eventos ocultados por la autoridad. A diferencia del estadounidense, Sender acierta al incluirse en la narración desde el principio, cuando aún no sabe que tendrá que dejar constancia de que intentarán censurarlo. Sin embargo, chirría un recurso utilizado desde la primera crónica: solo llega a Casas Viejas cuatro días después de la matanza, pero le pide al lector que imagine que el avión en el que viaja ha dado varias vueltas en dirección opuesta al sol para ganarle "cuatro días al tiempo" y poderlo observar todo en directo (¡sic!). Pese a este desliz inexplicable, Viaje a la aldea del crimen se trata de un documental necesario que recuerda las duras condiciones de vida del campesinado y la impune violencia de las fuerzas del orden.


4. Fernando Aramburu, Ávidas pretensiones (2014)

En el Convento de las Espinosas se celebra la tercera edición de las Jornadas Poéticas, que congregan a lo mejor del mundillo poético español: los metafísicos y los realitas, el consagrado y viejo poeta ciego don Mateo Gil y su joven y atractiva secretaria-lazarilla-amante, dos poetas lesbianas y amantes, la depresiva y desquiciada Amalia Solárzano, etc. Si aún no es evidente el tono satírico de la novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), puedo añadir que uno de los poetas come setas alucinógenas y se caga encima, que el organizador de las Jornadas es el crítico y poetilla Lopetegui alias Lope, que a don Mateo Gil le gusta la lluvia dorada, en fin, cualquier cosa alejada de la poesía. Los títulos de las tres partes de la novela confirman el carácter del libro ("Planteamiento", "Nudo" y "Desenlace"), así como el estilo, una parodia del lenguaje poético. En otras palabras, Ávidas pretensiones continúa la tradición humorística española más grotesca: desde La Celestina hasta Eduardo Mendoza, pasando por la picaresca, Quevedo, el Quijote y el esperpento de Valle-Inclán (los poetas de Aramburu se burlan de Juan Ramón Jiménez, deporte nacional literario practicado por el trío Dalí-Buñuel-Lorca y por Antonio Orejudo en Fabulosas narraciones por historias). En definitiva, una gran novela para todo amante de la poesía y/o de las rencillas literarias.

lunes, 7 de marzo de 2016

The Best of February 2016

Hace un mes estuve en Barcelona, quizá por eso he estado —y sigo— leyendo sobre la ciudad. Creo que estoy oficialmente en busca de La gran novela de Barcelona. Por tanto, en lo mejor de febrero hay tres libros sobre Barcelona (dos novelas, uno de cuentos) y de paso uno con crónicas de los crímenes nazis en Polonia.

1. Pablo Tusset, Lo mejor que le puede pasar a un cruasán (2001)

La primera novela de Pablo Tusset, seudónimo de David Homedes Cameo (Barcelona, 1965), me había sonado siempre a bestseller o novela humorística; es decir, mala literatura. Me equivocaba: Lo mejor que le puede pasar a un cruasán es efectivamente una novela con mucho humor que se vendió muy bien, pero sobre todo es literatura de la buena. Pablo Miralles, el protagonista y narrador, es un treintañero, hijo de una familia de la alta burguesía barcelonesa, que les ha salido rana: no se relaciona con ricos y en vez de trabajar prefiere beber, drogarse, ir de putas y hablar de filosofía por internet. Pero la acción de la novela empieza cuando debe investigar la desaparición de su hermano. Se trata, pues, de una novela negra paródica, como la serie del detective loco de Eduardo Mendoza. Lo mejor sin duda es el personaje, Pablo Miralles, un antihéroe genial: tiene un poco de Torrente (putero, yonqui, guarro), del Ignatius de La conjura de los necios (filósofo y outsider, valga la redundancia) y del profesor Wilt de Tom Sharpe (sagaz, muy crítico, detective por accidente).


2. Jordi Nopca, Puja a casa (2015)

Los cuentos de Jordi Nopca (Barcelona, 1983) están atravesados por dos temas: si la Barcelona de la crisis económica es el asunto de fondo, las relaciones de pareja son el principal; el tercer ingrediente es la muerte de los seres queridos (el libro está dedicado a su abuelo). A pesar de que la atmósfera de la crisis afecta al amor, Nopca no cae en el naturalismo; sus protagonistas son personas normales que pasan por un bache, unas veces más profundo que otras. En general son cuentos realistas, con una prosa muy depurada e irónica, heredera de Quim Monzó y Sergi Pàmies; pero algunos relatos tienen un giro alocado y brutal ("Navalla suïssa", genial) e incluso cierto realismo mágico ("Ens tenim l'un a l'altre"). En "No te'n vagis", a una chica recién doctorada y soltera no le queda más remedio que trabajar en una tienda de ropa. "Cinema d'autor" se burla de las pretensiones culturetas barcelonesas a la vez que humaniza el proceso de seducción. Uno de los cuentos más duros es "Les veïnes", protagonizado por un chino que tiene un bar; sorprendentemente, no es el colectivo asiático el que sufre (como en Biutiful), sino una mujer catalana, alcohólica y medio vagabunda. Si nos ponemos exigentes, para redondear el libro Nopca podría haber incluido alguna pareja homosexual o prestado más atención a los inmigrantes.


3. Zofia Nałkowska, Medallones (1947)

Zofia Nałkowska (Varsovia, 1884 - 1954) formó parte de la Comisión de la Investigación de los Crímenes Hitlerianos cuando ya era una escritora de cierto renombre en Polonia. Aprovechó la ocasión para crear una de las más impactantes obras sobre el Holocausto: Medallones, siete crónicas breves basadas en los testimonios de la Comisión y un ensayito final. El lenguaje de Nałkowska es 100% documental: directo y escueto como una grabación, hace que parezca fácil seleccionar la escena más adecuada y dejar al narrador fuera. Medallones pertenece a una clase de periodismo, si no extinta, escasa, similar a Manuel Chaves Nogales, por ejemplo. Entre los relatos del librito de Nałkowska encontraremos monstruos nazis como el profesor Spanner (un científico que en Danzig/Gdańsk fabricaba jabón con la grasa humana), supervivientes como Dwojra Zieliona (una mujer que perdió un ojo y los dientes) y también "ciudadanos corrientes" (la encargada de un cementerio colindante a un gueto judío). Aunque "los malos" del libro sean los nazis, los polacos no salen totalmente indemnes: el fantasma del colaboracionismo y del antisemitismo recorre inevitablemente el libro, cosa que no placerá al nacionalismo polaco contemporáneo pero sí al que se conforme con la verdad.


4. Francisco Casavella, Los juegos feroces (2002)

Los juegos feroces es la primera parte de la trilogía El día del Watusi, escrita por Francisco Casavella (Barcelona, 1963 - 2008) y recién reeditada. El protagonista y narrador es Fernando Atienza, un adolescente de una barriada charnega que relata lo que le sucedió en Barcelona el 15 de agosto de 1971, el día del Watusi: la hija de un mafioso de su barrio aparece muerta y supuestamente Atienza y su amigo Pepito, un gitano cojo, han visto al asesino, el Watusi, aunque en verdad saben que solo es un chivo expiatorio y recorrerán Barcelona para avisarlo y pedirle ayuda. Los juegos feroces es una novela picaresca en toda regla cuyo Lazarillo es un joven miserable, de madre viuda y medio prostituta, que en vez de amos va conociendo a canallas sacados de una novela de Juan Marsé —el Superman, el Soplagaitas, el Topoyiyo, la Francesa...— y que junto al Pepito forma una versión quinqui setentera de Rinconete y Cortadillo. Por si fuera poco, Atienza cuenta esta historia por encargo de un superpoder desconocido, una "Vuestra Merced" posmoderna que —aún no sabemos por qué— quiere saberlo todo del Pepito, que pasó de gitano marginal a magnate de los negocios. La novela de Casavella rebosa sátira, un lenguaje exuberante —a veces demasiado— y una gran capacidad para crear geniales escenas grotescas y personajes esperpénticos. Pero ¿es El día del Watusi La gran novela de Barcelona? O ¿La gran novela de la Transición? ¿O es El gran bluf? De momento parece ser La gran novela de culto de Barcelona.