En una clase, una estudiante contó que su amiga, polaca pero casada con un cirujano alemán, sólo follaba en el estricto horario establecido por el marido: los domingos a las cuatro de la tarde. Los lunes, los sábados, los miércoles y el resto de días, él no estaba disponible y ella se aguantaba las ganas como podía. Para la amiga, pues, los domingos eran sagrados, y no precisamente por la misa. La disciplina sexual del esposo también implicaba que si, por ejemplo, iban de excursión, a las cuatro tenían que estar en casa porque al señor cirujano le parecía tercermundista follar a su edad en el coche o en el bosque, igual de tercermundista que follar espontáneamente o tres veces por semana. Eso sí, el sacro polvo dominical no impedía que el mismo domingo a las cinco de la tarde la amiga ya estuviera tomando el té con mi alumna y le comentara el nudo, el desarrollo y el desenlace del coito. Por suerte, en clase no nos dio los detalles, y prefiero no inventarlos.
Las mejores historias son las de otra alumna, llamémosla Maria para que preserve su anonimato. Maria es un poco mayor que la media de estudiantes: tendrá unos cuarenta y pocos años, esa etapa de la vida en la que ya ninguna mujer hace pública su edad en Facebook; pese a esto, es más inteligente, divertida e irónica que la mayoría de sus jóvenes pero ancianos compañeros de clase. Cuando fue mi estudiante Maria nos contó que trabajaba en un prestigioso museo de arte de Cracovia. Era comisaria artística del museo, dijo; aunque también contribuía a gestionar la colección, principalmente organizaba exposiciones, por lo que tenía un trato muy directo con los artistas. Pero no nos engañemos: Maria no era un personaje elegante, desencantado y romántico como los marchantes de arte de las novelas de Javier Marías y Antonio Muñoz Molina; ni hablar: Maria era una persona normal, con los pies en la tierra, que negociaba con arte y se relacionaba constantemente con artistas. Por eso, cuando al inicio de una clase yo les preguntaba a los estudiantes cómo estaban, cómo había ido el fin de semana o qué novedades tenían, Maria solía contar la última historia de algún artista excéntrico o loco que le daba permiso al museo para exponer sus obras, las cuales revolucionarían el arte polaco e internacional, e incluso la vida cotidiana. A pesar de que decía que ella prefería evitar a los artistas, estos eran los protagonistas totales de sus anécdotas, porque las normas del museo no le permitían ignorarlos o tratarlos mal. Yo le aseguraba que merece la pena sufrir un poco si la recompensa es una historia divertida. Por mucho que se puedan comprar en libros o en películas, en realidad las buenas historias son impagables.
—Algún día de estos te pagaré una cerveza porque aprovecharé a alguno de tus artistas para uno de mis relatos —le solía decir cuando sus anécdotas me gustaban más.
Pero, de nuevo, la confusión lingüística más interesante era de Maria, la comisaria artística, porque al mismo tiempo era la punta del iceberg de una historia genial. Una tarde, al empezar la clase, nos contó que había aparecido una artista nueva llamada Beata. Y añadió: Beata es una artista hija de puta. ¿Y qué te ha hecho Beata para que la llames hija de puta?, le pregunté, ¿quiere exponer en tu museo, para variar? Me ha hecho lo mismo que todos, aclaró Maria: contarme sus historias y pedirnos dinero para financiar su proyecto artístico, pero es hija de puta simplemente porque es hija de puta: su madre es una puta. Le expliqué a Maria que un hijo de puta, además de ser el vástago de una mujer que ejerce la prostitución, también podía ser un insulto muy corriente para llamar mala persona a alguien; en función del contexto significa una cosa u otra, pero lo más frecuente es que sea un insulto. Pues según el contexto Beata es doblemente hija de puta, concluyó Maria.
He de considerarme afortunado. Si no fuera profesor de español, no habría descubierto la confusión de las confusiones: la historia de Beata.
3. Cerveza
Otra cosa que me gusta de mi trabajo es lo relajadas que pueden llegar a ser las clases. Con la excusa de que los maestros somos españoles o hispanoamericanos, el ambiente es muy informal. El mejor es el último día del curso: superado el breve trámite del examen, solemos salir a tomar una cerveza.
Cuando le llegó el turno a la clase de Maria, también fuimos a tomar unas Cervantes. Como le había prometido más de una vez, le quise pagar una cerveza a Maria, pero ella se negó: mis historias son gratis, me dijo. Aproveché que había sacado el tema para preguntarle por Matejko V.
—Matejko V volvió a pasar por el museo. Sigue buscando a sus hermanastros, pero ahora tiene un nuevo proyecto, parece que ha abandonado los
Titiriteros polacos —quizá es mejor, pensé, Polonia y el resto del mundo no están preparados—. También se trata de una serie de retratos hiperrealistas que entroncan con la tradición de Jan Matejko, el supuesto padre biológico; sin embargo, esta vez los retratados son políticos importantes de Cracovia, alcaldes sobre todo. Esta nueva ópera prima y obra maestra se titula
Mad Kraków, en homenaje a
Mad Max, y los políticos no enseñan el pene —me dijo Maria que le había contado Matejko V—, sino que están disfrazados como personajes de una película de ciencia-ficción distópica y llevan todos una máscara antigás. La serie quiere protestar por la contaminación del aire en Cracovia, el tema de moda en la ciudad. El objetivo de Matejko V es exponer los cuadros en Rynek, la plaza mayor de Cracovia, alrededor de la estatua de la cabeza, que por supuesto también llevará una máscara antigás proporcional a su tamaño.
—Esta vez habréis aceptado su proyecto, ¿no? —le pregunté—. Me gustaría poder ver sus retratos algún día. Con máscara o con pene, no importa.
Maria pareció no haber escuchado lo que le había dicho; señaló algo detrás de mí.
—Dudo que llegues a verlos. Pero, a cambio, ahí tienes a una artista tan interesante como Matejko V —me giré: apuntaba a una chica en la barra del bar—. Mira, es Beata, la artista dos veces hija de puta. También os hablé de ella en clase.
Me costó creerme aquella casualidad tan conveniente. Nos acercamos y Maria nos presentó: hola, Beata, ¿te acuerdas de mí, la comisaria del museo?, este chico está interesado en tu arte, le dijo en inglés, le guiñó un ojo y se fue con una sonrisa, dejándonos solos. Intenté aparentar seriedad, hacerme el experto en arte, pero era evidente que estaba un poco incómodo. Beata me dijo que había quedado con unos amigos, pero que si la invitaba a una cerveza me contaba rápidamente su historia. Las historias de esta chica no son gratis, pensé, pero tampoco son caras.
—Mi madre está muerta, murió cuando yo era una adolescente —empezó Beata, con la tranquilidad y la maestría de alguien que ha contado muchas veces su historia—. Mi madre trabajaba como camarera, y pasaba casi todas las tardes y las noches fuera de casa; por eso yo no la veía mucho y me prometí no ser nunca camarera. Para pagarme los gastos mientras estudio Bellas Artes, trabajo de
stripper a través de mi
webcam.
Juro que sólo entonces miré así a Beata: una chica muy guapa, de veintitantos, melena castaña, ojos verdes y una figura escultural: pechos turgentes, caderas y trasero prominentes, piernas largas y tersas, etcétera. Intenté no ponerme aún más nervioso.
—Pero hace dos años —continuó Beata—, hace dos años descubrí que mi madre en realidad no era camarera, sino prostituta. Había sido puta, ¿puedes creértelo? Me costó aceptarlo, especialmente que me lo hubiera ocultado. Obviamente, supuse que no me lo dijo para no pervertirme ni estigmatizarme. Era mejor que yo pensara que era camarera a puta. Cuando le pregunté a mi abuela, resulta que tampoco sabía a qué se dedicaba realmente su hija muerta. Nos había engañado a las dos. Aproveché y solté el resto: le confesé a mi abuela que yo trabajaba de
stripper online. Mi pobre abuela tenía una hija prostituta y una nieta
stripper. Lloramos mucho aquella tarde pero por la noche ya llorábamos de la risa: yo no había querido ser camarera pero había terminado con una profesión similar a la de mi madre. El destino es un guasón.
—Como en una tragedia griega —le dije.
—No, como en una película de Almodóvar —se rio Beata—. En fin, acabo ya. Fue aquella noche, bañada en lágrimas mías y de mi abuela, cuando decidí investigar la verdadera historia de mi madre. Me propuse realizar un documental biográfico que reconstruyera su vida secreta. Encontré a algunos exclientes suyos y varias excompañeras de trabajo, entrevisté a los que se dejaron, que fueron pocos; también aparecemos mi abuela y yo. El título será
Cómo conocisteis a mi madre.
—¿Como
Cómo conocí a vuestra madre?
—Sí, es un guiño a la serie de Ted Mosby para que tenga más gancho. Cuando tuve un poco de material fui al museo de Maria a pedir financiación, pero nos mandaron a mí y a mi documental al carajo. He probado en otros museos y fundaciones artísticas, pero a nadie le interesa subvencionar
Cómo conocisteis a mi madre, todos le decían no a la historia de una puta grabada por su hija, una
stripper. Rechazo a rechazo, me fui dando cuenta de que la prostitución todavía es un gran tabú en Polonia, a pesar de ser una de las mecas europeas del turismo sexual. Entonces descubrí que mi obra también denunciaría este silencio oprobioso que pesa sobre las polacas que ejercen la profesión de mi madre (y, de paso, la de
stripper, igualmente vergonzosa para nuestra sociedad).
Habían llegado un chico y una chica, que permanecían callados al lado de Beata. Miraban algo escandalizados a su amiga, que les sonrió para tranquilizarlos. Esta escribió algo sobre una servilleta y me la entregó.
—Es mi nombre en Skype. Agrégame y seguiremos hablando.
Si no fuera profesor de español, ¡ay!, no habría encontrado historias impagables como la de Beata.
4. Seksmisja
—Yo te contaré todo lo que quieres saber, pero vas a tener que pagar por mi tiempo. Igual que los demás, no puedo hacer una excepción. La historia de
Cómo conocisteis a mi madre es buena; merece la pena el desembolso, podrás escribir un relato fantástico con ella. Y si no quieres que me desnude, puedo hacerte un pequeño descuento, eso sí. Pero hay que pagar: mi tiempo es oro, como el de cualquiera.
Entonces no logré explicarme cómo era posible que Beata supiera que yo quería escribir su historia, pero me importó bien poco: la codicia literaria arrumbó la precaución y la sospecha.
En mi portátil, Beata estaba en lo que supuse que era su dormitorio. Llevaba un albornoz rosa y su pelo era un poco más oscuro que la primera vez que la vi, aún estaba húmedo. Oí una voz de mujer que la llamó un par de veces desde fuera de la habitación; Beata le gritó que estaba trabajando.
—Es mi compañera de piso —aclaró—. Sigue sin acostumbrarse a que trabaje desde casa.
La conexión de Skype era perfecta, así que en mi pantalla percibía todos los detalles: el albornoz entreabierto que ocultaba pero incitaba a imaginar, un mechón mojado cruzando adrede o espontáneamente la frente, la rotación a izquierda y derecha de la silla de cuero negro en la que estaba sentada. Detrás, se podía ver una cama doble y un póster de
Seksmisja, una comedia polaca de ciencia-ficción.
—¿La has visto? —me preguntó, moviendo la
webcam para que enfocara el póster—. Era una de las películas favoritas de mi mamá.
—Claro —le dije—. Es divertida, pero no entiendo por qué es tan aclamada.
Seksmisja es una de las películas polacas más populares todavía hoy en día, a pesar de que fue grabada en 1984. Los dos protagonistas despiertan después de un largo periodo de hibernación en un mundo postapocalíptico en el que sólo hay mujeres: la radiación ha eliminado a los hombres y ha obligado a las supervivientes a vivir bajo tierra. Las mujeres quieren "neutralizar" a los dos prisioneros de sexo masculino, es decir, transformarlos en mujeres. Estos huyen y salen al mundo exterior, arriesgando su vida en pos de la libertad. Los dos héroes no encuentran el paisaje nuclear que esperaban, sino simple y llanamente el mundo, nuestro mundo, pero vacío y esperando a ser repoblado: un puto jardín del Edén. La moraleja de la alegoría está clara: el régimen engaña a sus ciudadanos para controlarlos.
—Es muy fácil —dijo Beata mientras se pintaba las uñas del pie derecho sobre la silla de cuero y me mostraba cuán larga era su pierna—:
Seksmisja es un mito fundacional polaco: revive los años de lucha contra el régimen socialista. A los polacos nos gusta recordar que nuestro país nació entonces, en las luchas de los años ochenta, haciendo frente al opresor.
Seksmisja es una fantasía política: la del guerrero polaco. Pero también es una fantasía sexual masculina: la del hombre solitario rodeado de mujeres.
Luchar para follar podría ser el subtítulo de la película. ¿Hay una fantasía más troglodita, más patriarcal? En fin,
Seksmisja es popular porque combina estos dos estereotipos en una sola película. Obviamente, para una feminista como yo, el mensaje de
Seksmisja ha quedado obsoleto. Me gustaría pensar que también para el resto de mujeres, pero no todas piensan igual: el feminismo ya ha quedado desacreditado.
—Entonces, ¿por qué tienes el póster en tu cuarto?
—Joder, pues porque mis clientes son hombres, como tú. Pero vamos a ponernos manos a la obra, porque el tiempo corre —me mostró un temporizador con forma de manzana—. Ya han pasado quince minutos y las sesiones son de media hora. A partir de entonces, cobro el doble. Aunque me interesa contarte mi historia y no tenga que desnudarme ni bailar, sigo ganando más dinero como
stripper.
5. Cómo conocisteis a mi madre
Beata me contó que lo descubrió trabajando. Uno de sus clientes, de
nickname Piotrek_23, le escribió por el chat: ¡mierda, yo follé contigo hace veinte años! Beata llevaba varios minutos bailando cuando leyó de reojo uno de los mensajes de Piotrek_23; entonces se sentó en la silla y le preguntó si quería que siguiera con el
striptease o qué. Piotrek_23 insistió en que se había acostado con ella varias veces en un puticlub de Cracovia, que era imposible que la olvidara, aunque entendía que ella no recordara a sus clientes después de tanto tiempo; Beata le explicó que ella no era una puta y que sólo tenía veintiún años: lo que dices es imposible a menos que seas un puto pederasta, dijo mientras se ponía el albornoz, lo siento pero voy a tener que cerrar la sesión de Skype. No lo hizo, porque leyó lo que había escrito: aquella mujer tenía en el bajo vientre un tatuaje de un monigote acunando a un bebé.
Beata recordaba perfectamente la obra de Keith Haring que inspiró aquel tatuaje, pero ella no tenía ninguno: no le gustaban y a diferencia de su madre nunca había tenido la necesidad de camuflar la cicatriz de la cesárea; sin embargo, había heredado de ella su pasión por el arte. Entonces detuvo el temporizador con forma de manzana, desactivó la
webcam y estuvo más de una hora chateando con Piotrek_23. Sólo volvió a activar la cámara para mostrarle una foto de su madre de joven. Aquel le confirmó que se había acostado con aquella chica: era muy guapa, muy buena haciendo lo suyo, muy auténtica, es casi imposible olvidarla. Si no eres tú, ¿qué pasó con ella? Esto fue lo último que escribió Piotrek_23 antes de que Beata se desconectara. Aquella noche, no fue capaz de trabajar más; tampoco logró dormir.
A pesar de todo, no terminaba de creérselo, o no quería creérselo, pero al día siguiente visitó el prostíbulo indicado por Piotrek_23. Desconfiaron de ella, naturalmente, pensaron que tal vez era de la policía o de la prensa, hasta que vieron la foto de la madre: era la misma Beata en los años ochenta, los años de
Seksmisja. Nadie recordaba a aquella mujer, pero le dijeron que visitara otro puticlub en el que trabajaban algunas prostitutas, chulos o seguratas que podrían haberla conocido. Así Beata comenzó un largo periplo por prostíbulos, bares de mala muerte y locales de
striptease; era la versión polaca de
Airbag, aunque en este caso la protagonista sólo buscaba sus raíces, quizás tan valiosas como el anillo de compromiso de la película española. Desde el principio de la investigación, Beata fue tomando notas acerca de sus avances: aún no estaba segura de lo que haría con aquella información, pero su instinto de artista guiaba sus pasos. Me leyó algunos fragmentos; por ejemplo, recuerdo el día en que un proxeneta le prometió decirle dónde se encontraba su madre a cambio de sexo y de trabajar para él: si se prostituía, Beata se podía hacer de oro, porque de tal palo tal astilla.
Finalmente encontró a una mujer, ya retirada y propietaria de un "hostal decente", que reconoció o recordó a Beata antes de mostrarle la fotografía. Supo que no mentía porque cuando le dijo que su mamá estaba muerta no pudo reprimir unas lágrimas. Por la tarde Beata visitó a su abuela y se lo contó todo, incluido que trabajaba como
stripper. Aquel día tuvo un superávit de epifanías: la última fue la decisión de transformar su dolorosa experiencia en arte, la realización del documental
Cómo conocisteis a mi madre. La excompañera de su madre la puso en contacto con otras personas que la conocieron y Beata se puso manos a la obra.
Armada solamente con una cámara digital, recopiló gran cantidad de material muy diverso. Nunca llegué a verlo, porque Beata era muy recelosa, pero en las múltiples —y caras— sesiones de Skype sin
striptease que mantuve con ella me puso al corriente de lo que había grabado y de la estructura que habría de tener la versión final de
Cómo conocisteis a mi madre. En un larguísimo plano secuencia captó todas las imágenes que tenía de su madre y de su padre, el gran ausente: dispuso las fotos de los álbumes familiares en el suelo de la casa de su abuela, desde la cocina hasta la entrada, pasando por el balcón, subiendo y bajando al primer piso y entrando y saliendo del trastero; aunque esperaba que un director más competente y con mejor equipo pudiera volver a grabar la secuencia de las fotos familiares, la idea de Beata era utilizarla como introducción del documental, probablemente acelerada para que no se hiciera tan tediosa. A continuación aparecerían varios vídeos de
striptease online de Beata, en los que se veía cómo era su trabajo, así como una pequeña muestra de su vida diurna, universitaria. Después de presentarse, era el turno de que la abuela narrara la
biografía oficial de su hija, la madre de Beata, que vivió la mayor parte de sus años en Cracovia, pero también pasó dos en Londres, donde supuestamente empezó todo: allí comenzó a trabajar en la calle y también allí conoció al padre, polaco, que la abandonó cuando regresaron a Cracovia porque estaba embarazada; de hecho, la financiación que Beata le pedía al museo de mi estudiante Maria sufragaría, entre otras cosas, un viaje a Londres. Luego vendría la lectura de la conversación por chat que Beata mantuvo con Piotrek_23 —quien se negó a ser filmado y a revelar su identidad—, alternada con breves tomas de los prostíbulos en los que habría trabajado su madre. El plato fuerte del documental eran las entrevistas realizadas a las mujeres que trabajaron con Beata y a dos clientes que, a diferencia de Piotrek_23, pudo convencer de que dieran un paso adelante y aportaran su testimonio. Tras las entrevistas se desvelaba el colofón de
Cómo conocisteis a mi madre: en un plano cenital sobresalía, entre otros papeles, el certificado de defunción de la madre. La causa de la muerte, oculta hasta entonces, habría sido el sida, probablemente contagiado durante su actividad como prostituta. También en esto su madre fue una pionera en Polonia.
Pese a todo, a Beata aún le faltaba mucha información: no sabía por qué su madre había empezado a prostituirse, ni quién era realmente su padre, al que nunca conoció, ni quién le contagió el VIH. Para seguir adelante con su proyecto, necesitaba financiación.
6. Escribir
En las primeras sesiones de Skype con Beata, reviví algunos momentos de mi adolescencia. Me acordé de un par de compañeros de instituto a quienes les habían llegado carísimas facturas de Internet por haber contratado servicios de
webcam porno. El miedo, o la intuición de que aquellas páginas web eran peligrosas, me impidió disfrutarlas entonces. Más de diez años después, me había dado por conectarme a una de ellas, pero la mujer que me hablaba al otro lado estaba vestida; es cierto que también se estaba desnudando, aunque de otro modo.
Después de bastantes horas en la
webcam, tuve la sensación de que Beata ya había exprimido totalmente su historia. Faltaban unas cuantas piezas para completar el rompecabezas, pero yo no podía conseguirlas. Me costó un poco decirle que quería dejar de hablar con ella por Skype
y, sobre todo, que quería dejar de pagarle tanto. Pero al fin lo hice y no supuso ningún drama. Cuando mis clientes se han saciado, se desconectan sin más, me dijo Beata a modo de despedida.
Dediqué las semanas siguientes a intentar escribir la historia de Beata y de su documental. Era consciente de que sería un relato incompleto, pero no me importaba: había pagado mucho dinero por él y tenía que escribirlo. Además, no hay nada tan incompleto como la vida, que siguió mientras yo trataba en vano de capturar con palabras un pequeño fragmento de ella. En mis ratos libres escribía y, entretanto, mis clases tampoco se detenían: escuché otras historias, presencié otras confusiones y tomé otras Cervantes con otros estudiantes. Como muchas veces me había sucedido, la rutina acabó engullendo la historia de Beata y no me dejó demasiado tiempo ni energía para escribirla. Me olvidé de Beata y de mi relato, que quedó tan inconcluso como aquello que aspiraba a reflejar.
Un sábado fui con un amigo polaco al museo en el que trabajaba Maria, la estudiante y comisaria artística que me puso en contacto con Beata. Después de ver un par de exposiciones, me picó la curiosidad y pregunté en la oficina de información por Maria, pero no la conocían. Tampoco habían oído hablar de ella en las taquillas ni en la cafetería ni en el ropero ni en la tienda. Hablé con los guardas de seguridad y con dos guías del museo; uno de estos, el más veterano, me aseguró que en aquel museo no tenían ni habían tenido a ninguna comisaria artística llamada Maria. Al final nos fuimos sin haber esclarecido aquello, porque mi amigo estaba a punto de perder la paciencia y creo que empezaba a pensar que yo acosaba a la tal Maria.
Otro sábado, esta vez al mediodía y unos meses más tarde, me pareció ver a Beata en el Starbucks de Galeria Krakowsa, un centro comercial del centro de Cracovia. Concretamente, estaba sentada en una silla del Starbucks del primer piso (en la planta -1 hay otro). Quise entrar a saludarla, pero una extraña sensación me lo impidió: era la primera vez que observaba a Beata sin que ella fuera consciente de mi mirada y de mi presencia, a unos metros de ella, mucho más cerca que en cualquiera de nuestras sesiones de Skype. Estaba apenas escondido tras el cristal, espiándola y esperando algún gesto especial: Beata jugueteaba ausente con el móvil, miró un par de veces hacia la barra como si también esperara algo o a alguien, se echó atrás el pelo que le caía sobre la frente, miró hacia todas partes sin llegar a verme. No hizo nada nuevo: aquella Beata era la misma que yo había visto por mi
webcam. Definitivamente, la analógica reaccionaba a la observación con la misma naturalidad o artificialidad que su versión digital, y tampoco importaba que advirtiera o no la presencia de un mirón. Cuando ya me iba, una mujer se acercó a Beata, puso una bandeja con dos cafés enormes sobre la mesa y se sentó frente a aquella. No pude verle la cara porque estaba de espaldas a mí. Me dio la impresión de que conversaban medio desganadas, sin prestarse mucha atención, dejando frases a medias y preguntas sin responder para consultar sus móviles; eran dos personas demasiado acostumbradas a la presencia de la otra, quizá dos compañeras de piso, quizá una madre y una hija. Decidí meterme en una tienda cercana, desde donde podía controlarlas, y aguardé a que terminaran sus cafés. Al salir, pasaron cerca de mí y pude identificar a la acompañante de Beata: era Maria, mi estudiante, la comisaria artística. Me costó creerme aquella casualidad tan conveniente. Hablando y paseando tranquilamente, fueron a una tienda de ropa (creo que era Pull&Bear) sin notar que las estaba siguiendo. Durante media hora, fui su sombra: entraron y se probaron ropa, sobre todo Beata, hicieron la compra en el supermercado, estuvieron en una perfumería, en una óptica Maria se probó varias gafas y finalmente se metieron en el cine, donde decidí perderles la pista y volver a casa. En ningún momento me sentí culpable por espiarlas, porque al fin y al cabo había pagado por aquella historia impagable.
Desde la persecución por el centro comercial, no he sabido nada más de Maria ni de Beata. Podría contactar con Beata por Skype y, por un módico precio, preguntarle qué hacían ella y Maria juntas, pero prefiero no hacerlo. La próxima vez que la vea, sólo intentaré averiguar cómo va su documental. Cuando me encuentre a Maria, le pediré más anécdotas de artistas.