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lunes, 4 de julio de 2016

Mateorías (12)

(Aquí se podía leer el capítulo 12 de la novela Mateorías de Guillem González. Se hablaba mucho de literatura, así que, total, no te pierdes tanto.)

sábado, 2 de julio de 2016

Mateorías (11)

(Aquí se podía leer el capítulo 11 de la novela Mateorías de Guillem González. Este era un poco de relleno, la verdad.)

jueves, 30 de junio de 2016

Mateorías (10)

(Aquí se podía leer el capítulo 10 de la novela Mateorías de Guillem González. Si lo pudieras leer, sabrías cuántos cafés y vodkas se toman Mateo y su amiguete, el narrador.)

domingo, 26 de junio de 2016

Mateorías (9)

(Aquí se podía leer el capítulo 9 de la novela Mateorías de Guillem González. Y Mateo pronunciaba una de sus frases de machote: "No tengo un cigarrillo, pero tengo un buen puro para ti".)

domingo, 5 de junio de 2016

Mateorías (5)

(Capítulo 5 de la novela Mateorías de Guillem González. Puedes leer el capítulo 1 aquí.)

Cinco

—Mi generación fue de las últimas que estudió la lista de los reyes godos, que eran quienes gobernaban España muchos años antes de que fuera España. Alarico, Atanagildo, Leovigildo, Esperpentio, Recaredo I, Witerico, Gundefores, Gundemaro, Sisebuto, Recaredo II, Sacapuntos, Suintila, Sisenando, Ermenegildo II, Chintila, Chindasvinto, Chinitito, Variopinto, Recesvinto, Tiogilito, Wamba, Égica, Caramelindro, Witiza y Rodrigo. Vaya nombres, ¿eh?, parece la selección de Camerún, pero son los reyes godos. Seguro que tú no te sabes la lista, catalán, que ya eres de otra quinta.

—Pues no: a mí solo me enseñaron la lista de las preposiciones. A, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para...

—Para, para. Estábamos hablando de reyes, no seas republicano —carcajada mateórica, risas de los alumnos—. Bueno, como os iba diciendo, en España ya casi no se estudian los reyes, aún menos los reyes godos, y eso está mal, muy mal. Podemos aprender mucho de nuestros monarcas, creedme. Por eso, en la clase de cultura de hoy vamos a hablar de reyes españoles.

Los estudiantes se inquietaron: ¿reyes españoles? ¿De verdad? ¿No tuvimos bastante cuando nos obligaron a estudiar los reyes polacos? Me miraron a mí, el profesor observador, buscando refugio, una respuesta. Sus caras, sus medias sonrisas, expresaban miedo y curiosidad a la vez: miedo al aburrimiento real y curiosidad por saber qué les deparaba realmente la clase. Sin embargo, no podía ayudarlos, porque no sabía si Mateo hablaba en serio o no, no tenía ni idea de qué planeaba enseñarles en aquella sesión. Me limité a seguir sentado y observando.

El proyector nos mostró el retrato de un joven renacentista. Media melena castaña y sombrero negro ladeado, ojos azules embelesados, una larga nariz picuda —triángulo rectángulo escaleno—, el mentón colgante entreabriendo la boquita de piñón, la mano derecha de pianista de segunda posada sobre la mesa. A pesar de los colores cálidos, rezumaba indolencia enfermiza.

—Chicos, os presento a Carlos I: rey de España, es decir, de Castilla, de Aragón, de Navarra y de las Américas, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de Sicilia, de Córcega y Cerdeña, archiduque de Austria y no sé cuántas cosas más que podéis leer en la Wikipedia. ¡Menudo currículo! Nació en 1500 y murió en 1558, todo esto lo logró solo en 58 años. Pero lo importante es el cuadro, fijaos bien en su retrato, analizadlo en detalle. Ese collar dorado con un perro muerto es la insignia de la Orden del Toisón de Oro, una importante orden de caballería. Y no es un perro sino un carnero, que simboliza esto y aquello, y quién sabe si está muerto o echando la siesta del martes. En fin, ¿qué os parece? ¿Creéis que este rey era maricón? ¿Os parece que Carlos I de España y V de Alemania era marica?

La clase se inquietó, hubo alguna murmuración.

—¿Qué significa maricón? —preguntó una estudiante.

—¿Y marica? —otro alumno.

—Significan homosexual, pero son palabras ofensivas. Observad bien a Carlos I: sus facciones, su ropa, su postura. ¿Pensáis que a Carlos I le gustaban los hombres? ¿O las mujeres? Como en la actual, en la España del siglo XVI había homosexuales, también entre los gobernantes, aunque todos lo tenían que esconder. Venga, vamos a votar: que levanten las manos los que crean que fue gay. Tú también puedes votar, catalán.

Mi confusión era aún mayor que la de los estudiantes. Aun así, algunos empezaron a votar tímidamente. Yo, como la mayoría de ellos, levanté la mano: maricón, sentenció mi brazo alzado.

—Interesante, interesante —juzgó Mateo—. Después os daré los resultados y los cotejaremos con vuestros juicios. Ahora vamos a pasar al siguiente rey. Este es Felipe I: rey de Castilla, más conocido como Felipe el Hermoso, y duque de Nosequé y conde de Nosecuántos. Fue el abuelo del rey que os acabo de mostrar y se casó con Juana la Loca, aunque como bien sabéis podía ser igualmente homosexual. Pues bien, ¿qué pensáis? ¿Felipe el Hermoso era maricón? ¿Le gustaban los hombres?

Algo más acostumbrados a la rutina de aquella actividad, contemplamos su rostro aniñado. Se podían adivinar los labios de su nieto, los mismos ojos claros, la piel blanquecina pero con los mofletes inflados. Aunque también lucía el perro muerto, llevaba un sombrero diferente: rojo. Su nariz era más imperfecta que la de Carlos I, se asemejaba a un gancho —triángulo obtusángulo escaleno—.

—¡Mariquita, locaza! ¡Macho, hombretón, tiarrón, semental, viril!

—Muy bien, muy bien —tras el recuento de manos levantadas, anotó el resultado en un papel y prosiguió—. Interesante: Felipe el Hermoso era heterosexual, decís. Luego os digo cuál era la verdad, según las crónicas y lo que dedujeron los historiadores. Siguiente rey —proyectó otro retrato—: una reina, Isabel I de Castilla, Isabel la Católica. Nacida en 1451, muerta en 1504, para el que le interese. Ella y su esposo, Fernando el Católico, financiaron la famosa expedición de Cristóbal Colón a las Indias, también conquistaron Granada y expulsaron a los judíos de España. Pero vamos a lo que nos importa: ¿le gustaban los hombres o las mujeres? ¡Hagan sus apuestas!

Tras un par de segundos de meditación, votamos.

—¡Lesbiana, tortillera, marimacho, bollera! ¡Mujer, señora, dama!

—Muy interesante, sin duda —Mateo tomó nota de la elección—. Así que Isabel la Católica era lesbiana, ¿eh? Muy interesante. Veamos cuál es el próximo rey. Oh, aquí tenemos a Felipe II, hijo de Carlos I, nieto de Felipe el Hermoso y bisnieto de Isabel la Católica. Qué complicado es todo esto, ¿no?, quizás debería haberlos ordenado cronológicamente. Le debemos a Felipe II una de las decisiones más acertadas de la historia de la monarquía española: estableció la capital de España en Madrid. ¡Eso sí que fue un acontecimiento, y no el descubrimiento de América! Este es un retrato de Tiziano de 1551 y podéis verlo, por supuesto, en Madrid, en el Museo del Prado. Admiradlo: qué porte real, qué armadura, qué plumaje en su casco, qué mallas o leggings. ¡Cómo inmortaliza el maestro italiano al rey español! Ahora es vuestro turno, ¡a votar!

—¡Bujarrón, mariposón, reina, invertido, palomo cojo, sarasa, sodomita!

—Siete de siete, qué unanimidad. Vosotros sabréis: F-e-l-i-p-e s-e-g-u-n-d-o, g-a-y —deletreaba mientras escribía—. Ahora toca... Oh, Felipe V, otro Felipe, vaya lío. Este fue el primer Borbón en España tras la Guerra de Sucesión, aunque para mí parecen todos familia. El pelo, o la peluca, no sé qué es, despista, ¿verdad? ¿Y qué es ese bastón que está sujetando? ¿Y por qué alarga el dedo índice? Bueno, vosotros diréis. ¿Qué será, será?

—¡Mascanucas, comealmohadas, de la otra acera! ¡Varón, masculino, señor, chicarrón!

—Pues ha estado reñido, pero parece que habéis decidido que era heterosexual. Muy bien. El siguiente rey es Carlos III, más conocido como el Mejor alcalde de Madrid. Este gran monarca transformó la ciudad: la limpió, la alcantarilló, la iluminó, la hospitalizó, la ajardinó y le puso fuentes (la Cibeles), monumentos (la Puerta de Alcalá) y museos (el del Prado). Por todo ello se ganó una estatua ecuestre en pleno centro, en la Puerta del Sol. Aunque el retrato que ahora vemos se lo hizo no sé qué pintor alemán. No está mal, pero definitivamente se pasó con el rojo en la cara, parece un borrachín inglés. Bueno, no quiero influenciaros más: votad, mis queridos alumnos y profesor observador —nos dejó un minuto para que levantáramos las manos—. Conque lo consideráis heterosexual también, ¿eh? Interesante, interesante. Muy bien, continuemos con otro rey.

La lista de monarcas parecía interminable. Juzgamos cual tribunal de la Inquisición polaca a Fernando VII, a Isabel II, a Alfonso XII y a Alfonso XIII, a José I Bonaparte, al archiduque Carlos, a Luis I, a Amadeo I, a Juan Carlos I, etc. Para escándalo de algunos estudiantes, Mateo se atrevió a añadir al actual rey de España: Jorge Luis I. El famoso retrato hiperrealista de Jorge Luis I, realizado por Antonio López, era el único que conocían todos los alumnos, dos de ellos incluso lo habían visto en el Prado. Cuando terminamos las votaciones, algo cansados ya, no se nos había olvidado preguntarnos por qué carajo estábamos decidiendo quién era o parecía gay y quién no. Pero Mateo no tenía compasión: aún no nos explicaba el porqué de aquella extraña actividad.

—Ahora podemos comprobar qué tal es vuestra intuición —dijo Mateo, y volvió a poner el retrato de Carlos I—. Veamos. Habéis dicho que Carlos I de España y V de Alemania era homosexual, pero los historiadores no están de acuerdo con vosotros. Así que, nada, os habéis equivocado. Siguiente: Felipe I.

Acertamos algunos juicios, fallamos muchos más. Unos reyes resultaron ser homosexuales, varios heterosexuales, alguno bisexual, un par tenía gustos inusuales o peculiares. Nos llevamos unas cuantas sorpresas, la más inesperada sin duda la de Jorge Luis I. A medida que Mateo nos relataba qué habían dicho los historiadores de la sexualidad de tal o cual monarca, iba contando alguna anécdota picante. También inquiría por qué habíamos decidido que este rey era esto y en cambio ese era aquello. Por la mirada, por la ropa, por los accesorios, por la fisonomía, por los colores, por la postura: cualquier indicio era suficiente para dictar sentencia sexual.

Tras repasar toda la lista, Mateo se quedó callado. No duró mucho el silencio: en seguida, una estudiante habló:

—Las apariencias engañan. Nos has mostrado las fotos para que sepamos que algunos parecen homosexuales pero no lo son, unos parecen heterosexuales pero no lo son.

—No está mal —le respondió Mateo—. No está mal para empezar, pero aún hay más.

—Pues yo pienso que a Mateo no le gustan nada los reyes —soltó uno, y nos reímos todos.

—Nos has enseñado las fotos —dijo otro— para que veamos que la historia es cruel con sus personajes célebres. Da miedo saber que un historiador del siglo se dedica a investigar la orientación sexual...

—Ya —lo interrumpió otra alumna—, pero nosotros hemos hecho lo mismo. La única diferencia es que los historiadores quizá tienen más datos y mejores herramientas para emitir su juicio. Yo creo que Mateo nos ha puesto las fotos para decirnos que es malo juzgar a la gente. Que cada cual se acueste con quien quiera, qué más da, ¿no?

—Pero es inevitable. Todos juzgamos a todos desde el primer momento, incluso de antemano. ¿Qué haríamos si no tuviéramos estereotipos? ¡Estaríamos perdidos! Imagínate que viajas a un país del que no sabes absolutamente nada... Además, muchas veces los tópicos, los prejuicios y los estereotipos son verdad, funcionan. Hemos acertado con bastantes reyes.

—Ya, pero tú conoces los estereotipos del siglo XXI. Nosotros hemos aplicado nuestros estereotipos sobre la orientación sexual a gente de otros tiempos. ¿Quién sabe cómo se podía identificar a un gay en 1492? ¿Y en 1809? Ni siquiera hemos acertado con Jorge Luis I —risitas—, que es de nuestra época.

—Bien visto. Estoy de acuerdo contigo. Entonces, Mateo nos ha mostrado las fotos para que veamos que los estereotipos son inventos, construcciones. No son algo fijo, pueden cambiar con el tiempo.

—O con el espacio. Aunque actualmente, con la globalización...

—De hecho, hoy en día muchos parecen una cosa que no son, y al revés.

—Sí, a muchos les gusta la ambigüedad.

—A mí lo que me sorprende es que tengamos tanta necesidad de clasificar a la gente: este es tal, ese es cual...

Mateo dejó que fluyera la conversación un rato más. Solo intervino para ponerle fin a la clase: nos habíamos pasado un cuarto de la hora prevista. Mientras salían del aula, los estudiantes seguían discutiendo en polaco sobre la orientación sexual, los prejuicios y las convenciones sociales. Mateo dejó de recoger sus bártulos cuando le pregunté:

—¿Por qué los retratos reales? ¿Para que conocieran los nombres de algunos reyes? ¿Para desmitificar a la monarquía? ¿Para hablar de la construcción de los estereotipos?

—No seas tan cuadriculado, catalán. El profesor de lengua tiene que ser un poco artista. Los estudiantes han conversado con entusiasmo: ¿qué más podemos pedirle a una clase de este tipo? Pero si el profesor de lengua tuviera un decálogo, el primer punto diría: misterio. Así, sin más: primer mandamiento, misterio.

lunes, 30 de mayo de 2016

Mateorías (4)

(Aquí se podía leer el capítulo 4 de la novela Mateorías de Guillem González. "A todos nos conviene un poco de empatía", decía aquí Mateo.)

jueves, 19 de mayo de 2016

Mateorías (2)

(Aquí se podía leer el capítulo 2 de la novela Mateorías de Guillem González. Era un capítulo macanudo, con chistes de catalanes y otras vainas.)

domingo, 15 de mayo de 2016

Mateorías (1)

(Capítulo 1 de la novela Mateorías de Guillem González.)

Greguería = humorismo + metáfora
Ramón Gómez de la Serna

Mateoría = greguería - metáfora
Mateo González 

Uno


Este marzo recibí una postal de Madrid. Por un lado, el vestíbulo de la estación de Atocha, con su exuberante jardín botánico, su cubierta de hierro, las mesas de una cafetería y unos cuantos turistas o madrileños desperdigados aquí y allá; por el otro, una sola frase: "Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Sin embargo, yo sabía que quien me mandaba la postal era Mateo: era la cuarta que me enviaba desde que se fue de Cracovia, las cuatro con la misma frase e igual de guasonas. Esta vez no intenté llamarlo por teléfono para decirle que por desgracia tampoco en aquella ocasión podría visitarlo, sino que compré una postal del papa Juan Pablo II y le respondí escueto ("Este verano sí me bajo en Atocha, madrileño") y con la firma adecuada ("Un puto catalán"). Pocos días después fue él quien me llamó: "No me jodas: ¿vienes a Madrid de verdad?". Que sí, puto madrileño. Acababa de comprarme un billete de avión Cracovia-Madrid.

Karol Józef Wojtyła y Joaquín Ramón Martínez Sabina, más conocidos como Juan Pablo II y Joaquín Sabina, aunque nosotros los llamábamos Juan y Joaquín o J&J, fueron los primeros puntos de apoyo de nuestra amistad. Como buen madrileño, Mateo era un devoto total del de Úbeda ("Donde habita el olvido", "Yo me bajo en Atocha"); a mí mis padres me habían inculcado desde niño el entusiasmo por aquella voz siempre escacharrada: en nuestros viajes en coche, mi hermana y yo solíamos pedirles que queríamos escuchar "al Sardina" otra vez ("Ruido", "El blues de lo que pasa en mi escalera"). Por contra, la relación que Mateo y yo manteníamos con el difunto papa era menos tradicional: a ambos nos gustaba mofarnos de la pasión exagerada que despierta en los polacos más nacionalistas: la cara del papa está presente en la pintura, la escultura, la prensa, la educación y, por supuesto, los souvenirs. En el fondo también sentíamos devoción y entusiasmo por Juan Pablo II, claro, pero pasados por una gruesa pátina de ironía y de incorrección política. La colección de objetos kitsch que decoran el alféizar de mi casa le debe a Mateo dos componentes bien cutres: una taza con un rostro papal y un imán con una jeta pontificia.

Pero si miro hacia atrás todavía me sorprende que consiguiera superar la primera impresión que me dio Mateo y que al final termináramos siendo tan buenos amigos. Acababan de contratarme en una escuela de idiomas cuando la directora me fue presentando a los profesores: fulano es mexicano, quíubole, tal es argentino, cómo andás, esta es venezolana, épale, mengano es chileno, cómo estái, y este es Mateo, de Madrid. Mientras me estrechaba la mano, escuché su voz por primera vez y su primera mateoría:

—¡Coño, lo que me faltaba por ver: un catalán dando clases de español! ¡No me jodas!

Y soltó una de sus carcajadas atropelladas, una risotada cayéndose por la escalera.

jueves, 12 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (1)

1. Esperando a los bárbaros

Del 16 al 21 de agosto de 2011, se celebró en Madrid la XXVI edición de la Jornada Mundial de la Juventud, la JMJ 2011. Era el verano del 15-M y de los indignados, las plazas de toda España eran una fiesta; yo vivía en Barcelona, estudiaba Humanidades, tenía 24 años y creía que JMJ significaba Jesús, María y José.

Aunque esas jornadas religiosas habían sido anunciadas por el papa Benedicto XVI en 2008 y todo el mundo hablaba de ellas, yo era tan feliz que no sabía de su existencia. La religión siempre me ha llamado la atención, pero supongo que entonces me preocupaban más otras cosas: estaba estudiando mi segunda carrera —de letras, la anterior fue informática—, es decir, viviendo una segunda juventud o alargándola. Quizás debería haber pasado aquellos días en Madrid, pero estaba en Barcelona.

Como cualquier agosto, Barcelona estaba llena de turistas. Pero alrededor de aquella semana, imagino que antes y después, la ciudad condal sufrió un boom turístico, como si hubieran desembarcado cientos de cruceros, como si se volvieran a celebrar unas olimpiadas. Unos meses antes, el 7 de noviembre de 2010, el papa había visitado Barcelona para consagrar la Sagrada Familia: no hubo tantísima gente. De cualquier modo, en Barcelona hay eventos una semana sí otra también: la feria de no sé qué, el congreso de no sé cuántos, el aniversario de quién sabe qué. Aquellas siglas, JMJ, flotaban en el ambiente, pero podían significar cualquier cosa; no iba muy desencaminado cuando les atribuí cierto aroma a cirio: Jesús, María y José. 

No noté nada extraño hasta que una noche salvaje —calurosa, a rebosar de turistas y locales a rebosar de alcohol y hormonas— estaba cruzando la Rambla. Mi compañero de piso y yo íbamos del Gótico al Raval, de tomar unas cervezas a beber otras. En medio de la calle, se nos acercó una pareja, chico y chica, con camisetas amarillas, y nos dieron unos folletos. Sin mirarlos, imaginamos que eran flyers para entrar en alguna discoteca.

—Would you like to come with us? —nos preguntó ella en inglés, nada extraño en los repartidores.

Mi amigo y yo le hicimos alguna bromita obscena a la chica e ignoramos al chico. Nos fijamos en que ambos llevaban la misma camiseta amarilla que todos los turistas de aquellos días. Sobre el fondo amarillo, el rojo de una corona con forma de M (Madrid, María) y encima una cruz, como un cuadro de Tàpies coloreado con Photoshop.

—¿De qué es esta camiseta? —le preguntamos a la chica.

Nos habló de la JMJ que se estaba celebrando —o se había celebrado ya, no lo recuerdo— en Madrid. No acabé de entender en qué consistían esas jornadas, quizás a causa del alcohol o de que el inglés de la chica no era muy bueno, aunque intuí que en realidad ella tampoco sabía por qué estaba allí, en Barcelona, y no en Madrid, en su país de origen o en cualquier otro sitio. 

Pero gracias a ella comprendí que la marabunta que invadía Barcelona eran los jóvenes peregrinos que se dirigían a Madrid, se habían extraviado o ya habían estado allí. Sin embargo, no me parecían demasiado devotos ni buenos cristianos: a pesar de su juventud, la mayoría bebía alcohol con una ansiedad, exhalaba una lascivia y se comportaba con una falta de civismo propias de los turistas más bastos. Ya han llegado los bárbaros, pensé.

—Entonces, ¿venís con nosotros o no? —insistió la chica de la camiseta rojigualda—. Vamos a la playa a rezar —señaló hacia el final de la Rambla—. Cerca de la estatua de Colón, rezaremos todos juntos.

Aquellos bárbaros iban a rezar en grupo en la playa de Barcelona: ver para creer. Si querían expiar los pecados de aquella monumental Sodoma y Gomorra, tenían trabajo para rato. Le dijimos que no a la chica y se fueron un poco desilusionados, pero unos metros más allá detuvieron a otros incautos. Mi amigo y yo seguimos nuestra noche de fiesta y nos olvidamos de aquel encuentro.

Sin embargo, me quedó un regusto amargo de aquellos días. No entendí entonces ni he logrado entender después en qué consistían las JMJ, ni por qué había tantos peregrinos en Barcelona si la sede era Madrid. Pero tengo la sensación de que viví de refilón algo histórico sin darme cuenta de ello; bueno, nos puede pasar a todos. Tras la explicación de aquella chica, me enteré de que en Madrid hubo protestas y disturbios, imagino que aquello sí fue un pandemónium. Dos millones de jóvenes, por buenas que sean sus intenciones, han de causar estragos por fuerza.

Del 26 al 31 de julio de 2016, en apenas dos meses y medio, se celebrará la XXXI JMJ en Cracovia. Ahora vivo aquí, en Cracovia, tengo 29 años y trabajo como profesor de español, pero durante la JMJ tendré fiesta, como mucha gente, a causa del esperado evento. Se prevé que uno o dos millones de jóvenes invadirán la ciudad, de unos 760.000 habitantes. Parece que esta vez estaré en el centro del huracán, aunque solo sea por tres días: el 29 de julio volaré a España. Es una buena ocasión para intentar entender este acontecimiento incomprensible, no importa que uno sea un poco ateo.