miércoles, 26 de junio de 2013

El señor de las moscas

"Vosotras, las familiares,
inevitables golosas,
vosotras, moscas vulgares,
me evocáis todas las cosas."
Antonio Machado, "Las moscas".


En una entrada pasada decidí que, como buen artista en ciernes, tenía que buscarme un objeto particular para exprimir en mi arte —esto es, aquí—. La repetición de este motivo caracterizaría mi obra, haciéndola reconocible al instante. Además, cuando me fallara la imaginación, siempre podría volver a él, para explotar mi sello personal hasta hartar al personal. Se me olvidaba decir que también serviría para expresar algo: mis inquietudes, mi personalidad, mi angustia, el dolor inherente a la existencia o qué sé yo, ya se verá. En resumen, era una decisión a la vez artística y publicitaria: expresar, exprimir, explotar, en este orden o en el que sea.

Es el caso de los relojes de queso fundido de Salvador Dalí. O la luna, el agua, los cuchillos y los gitanos en Federico García Lorca (o al menos eso nos contaban en el instituto). Claude Monet tenía sus nenúfares; Witold Gombrowicz, los dedos acusadores y las máscaras, y Woody Allen a los neuróticos. La nariz y otras protuberancias en François Rabelais y Laurence Sterne, los arrojados toreros en Ernest Hemingway, los pecadores en Dante. Etcétera.

¿Qué podía elegir yo? Miré por la ventana y, pues, por ejemplo, la nieve, que todo lo invadía; tampoco había muchas más opciones a mano. En verdad no es lo más original del mundo, pero tiene una riqueza de significados que nada debería de envidiar a los motivos de los demás.

No obstante, si repasas las últimas publicaciones, si buscas la palabra nieve en el blog, verás que sólo aparece en una entrada, la aludida e hipervinculada "Foto en blanco". Un buen asistente de marketing diría que he de mejorar la imagen de mi marca, darle vueltas a la nieve como objeto artístico, concentrarme en ella para que el lector-espectador pueda asociarnos fácilmente. Que lo sepa todo el mundo: yo soy la nieve, igual que Lorca es la luna, Petrarca es Laura y Dante es Beatriz —o al revés, nunca me acuerdo—, Rabelais las narices, Lacoste el cocodrilo, la manzana Apple, la esvástica el nazismo, la hoz y el martillo el comunismo, etc.

Pero es más fácil escribir una poética que aplicarla. Sobre todo si cuando miras por la ventana resulta que el verano ya ha llegado y que en Cracovia las temperaturas superan los 35ºC y el sol brilla. ¿Qué ha sido de mi querida nieve? ¿En qué he malgastado mi preciado tiempo de artista? ¿Por qué no habré hecho los deberes? ¿Y qué será ahora de mi carrera artística sin un motivo distintivo? ¡Horror...!

Sin embargo, pensándolo mejor, no sólo los nenúfares y las amapolas de Monet no pudieron ser explotados en todas las estaciones, sino que todo paisajista ha de currar también en otoño, invierno y primavera. El bueno de Claude fue así de pragmático: durante el verano pinto nenúfares y el resto del año, por ejemplo, catedrales y bailarinas. Así que ¿por qué no tener varios motivos con los que trabajar? Sólo necesito uno nuevo, uno que complemente a la caducifolia nieve.

Las soluciones que andan muy lejos no son soluciones: miro de nuevo por la ventana. Calor asfixiante, cielo despejado, viento ardiente y casi inmóvil, árboles estallando en verde, gente paseando con ropa veraniega... La tentación de ser el artista de lo meteorológico es fuerte. ¿Podría ser yo el bardo climático? ¿Dedicarme a cantar las inflexiones temporales? El cielo ennegrecido será el presagio infausto; el día soleado, la felicidad; la lluvia, la depresión; la tormenta, la pasión, etc. Además, la nieve ya es parte de mi repertorio...

Pero ¿qué pasa con la originalidad? ¿Acaso no son todos los artistas asimismo meteorólogos? Pintar, describir o fotografiar un paisaje es hacer el p-arte meteorológico. Supongo que todos han hecho lo mismo: mirar por la ventana y, ¡ale, qué originales!, manos a la obra.

Así que aplicamos de nuevo la fórmula (recién inventada y que, dicho sea de paso, probablemente sólo enmascare la tradicional pereza): una solución no puede andar muy lejos si queremos que sea solución. Esta vez ni tan sólo miramos afuera, sino adentro. Pero no demasiado, no hacia el yo —para qué acercarse o alejarse: el yo es omnipresente—, sino entre él y las gruesas paredes que nos separan del mundo. Nuestra habitación —repito: sinécdoque del yo— es un microclima: humedad y un fresco que contrasta con el tórrido exterior, ropa tendida que nunca se seca y un edredón cubriendo la cama —información que te sorprendería, lector, si no estuvieras al tanto del enclave climático donde nos hallamos—, cuatro libros de texto para enseñar español, mi portátil, etc. Y entre todo este leve desorden está, casi se me olvida, nuestra solución.

Decenas de soluciones revolotean cada día como locas por la habitación, desde que el verano les ha dado permiso. Cuanto más gordas, primas inocuas del tábano, más ruidosas, tontas y molestas; cuanto más pequeñas, más escurridizas, inalcanzables como un deseo pero inseparables como una sombra. Sus vidas son breves, pero se las arreglan para que su zumbido sea cada año la auténtica canción del verano. Su omnipresencia, sus omnipresencias, rivalizan con la nuestra y con la de Dios.

Igual que la nieve, este motivo artístico no es el más original; de hecho, el imaginario occidental, por sus alas y su color negro, o por sus gustos algo escatológicos, o por esa manía tan suya de transmitir enfermedades, las vincula al demonio, la muerte o el mal agüero. Pero ¿qué sabemos en realidad nosotros de ellas?

No sé nada de vosotras. Sólo que voláis alborotadamente alrededor de la lámpara que preside e ilumina mi cuarto, como si fuera el astro en derredor del cual gravitáis. Y que a menudo nos concedéis el placer de ser vuestro objeto de acoso. En todas las habitaciones de la ciudad se repite el mismo cuadro, la misma escena casi ritual. A cada segundo que pasa, uno de nosotros tiene la suerte de llamar vuestra atención. Desde ahora seréis mi objeto artístico, esta es mi pequeña venganza u homenaje. Sois mi más enigmática compañía; sois inútiles, mudas y repetitivas como pedruscos. Sois más antiguas que nosotros y, sin embargo, seguís siendo un acertijo cuya resolución no nos importa. Sólo nos interesa de vosotras vuestra ausencia. No queremos entenderos sino eliminaros. Embestís unas contra otras, no sé si por diversión o aversión. ¿Es posible que sintáis unas por las otras la misma repulsa, el mismo asco, que a nosotros nos provocáis? Ni lo sabemos ni nos importa. Sólo nos interesáis, repito, como carencia.

En todo caso, no hace falta ser un genio para darse cuenta de que sois el motivo idóneo de mi arte. A vosotras y a la nieve consagraré mi obra; vosotras conformaréis mi sello personal. Como la nieve, en raras ocasiones suscitáis interés. Por eso suscitáis mi interés. Os fotografiaré, pintaré o describiré hasta que consiga revelar vuestros porqués desconocidos. Y si no sirve, no lo dudéis, os torturaré. La humanidad ha dedicado muchos recursos a destruiros o ahuyentaros. Probaré en vosotras la efectividad de cada uno de sus inventos: vaciaré aerosoles, blandiré matamoscas. Preguntaré a Google cuáles son los métodos más extravagantes y todos los sufriréis. Colgaré de vuestra preciada lámpara una cinta adhesiva donde os quedaréis pegadas y agonizaréis en masa, formando una necrópolis díptera. Experimentaré un ignoto placer al oír vuestros agonizantes zumbidos. Cuando logre abatir a una de vosotras, bailaré jubilosamente alrededor de su cadáver. Hasta que, malditas moscas, me reveléis vuestros secretos u os extingáis.

martes, 18 de junio de 2013

Dos adioses

La entrada anterior tenía dos finalidades: la primera, informar al lector sobre mi trabajo como profesor de español. La segunda era mucho más noble y vanidosa, quizá incluso la única finalidad auténtica: entretener al lector, y, puestos a pedir, hacerte reír, llorar o —¡menudo disparate!— reflexionar.

Uno siempre dudará —debe dudar— de la efectividad de la segunda meta. Si esto entretiene o no sirve para nada no lo sé; la última palabra y, de hecho, la única, la tienes tú. En cuanto al primer objetivo, transmitir información, se me puede echar en cara que obviara muchas cosas: cuándo empecé a trabajar, cuántos alumnos tengo, mi opinión sobre el trabajo, mis sensaciones al estar frente a una clase, etc. Pero yo no he venido aquí a informar. Bueno, me corrijo: la información está supeditada al efecto que pueda causar. ¿Para qué voy a contarte algo aburrido? ¿Qué te importan a ti los pormenores de mi existencia, si no merece la pena leerlos, sea por el motivo que sea? Si hay algo insoportable es que te hagan perder el tiempo.

(Qué bien me vendo, ¿no?)

Así pues, para la entrada de hoy he de subministrarte algo más de información. En primer lugar, debes saber que empecé a trabajar hace cuatro meses, en febrero, y no hace un par de semanas, es decir, cuando publiqué la anterior entrada. Así no te extrañará que me despida tan rápido de mis alumnos. No quiero que pienses que se trata de adioses repentinos, sino naturales, maduros. En segundo lugar, necesitas saber que daba clase a un grupo de polacos y a tres alumnos individuales. Ayer me despedí del grupo (de nivel inicial o A1) y el viernes pasado me despedí de una de las alumnas individuales (también A1). Aún quedarán, pues, dos despedidas.


1. Adiós grupal

Una compañera de trabajo me sugirió hace unos días que preparara algo especial para la última clase, a la vez sencillo y edificante. ¡Una tortilla de patatas!, pensé; así la clase sería, además de postrera, cultural y culinaria. La idea no me pareció mal, pues es importante dejar un buen sabor de boca, sobre todo si aspiro a que me contraten para el próximo curso. Sin embargo, me pasé toda la mañana de ayer estudiando (los Erasmus también tenemos exámenes) y preparando aquella y otra clase. Así que me presenté con una clase normal y corriente; es decir, sin tortilla.

Cuando la clase terminó, me arrepentí de no haberla preparado (la tortilla, digo; de no haber preparado la clase me había arrepentido otras veces). Una de las alumnas, llamémosla O, se levantó y dijo:

—Oye, profesor, no tenemos chocolate para tú, pero J tiene unas palabras para tú de la clase.

Lo del chocolate lo dijo porque hace cosa de un mes les preparé un juego, con unos dulces de chocolate polacos como recompensa. Los alumnos tienen entre 20 y 30 años, pero ¿a quién no le gusta jugar, o el chocolate? Por lo que hace a J, es el alumno modelo, algo empollón sin llegar a ser pelota, de la clase. Como siempre se burlan un poco de él, por pura envidia, pensé que esto era otra bromita. Pero J también se levantó y dijo las palabras:

—Muchas gracias de toda la clase, profesor. Aprendemos mucho de tú y hasta luego año.

Aunque en principio no presté mucha atención a lo que dijo, porque pensé que no iba en serio, las palabras se me grabaron irremediablemente. No sé si lo dijeron sinceramente o nada más que para animar al profesor primerizo, pero me lo creí todo: nunca unos errores me habían emocionado tanto.

Mientras les escribía en la pizarra "hasta el año que viene" y les decía: ¿recordáis el verbo venir?, pensaba: errores aparte, ¿habrán aprendido algo de verdad?

Sin duda no he sido el profesor más exigente del mundo, ni de lejos el mejor, pero al menos se lo han pasado bien. Aunque sólo sea disfrutando poniéndome contra las cuerdas con preguntas envenenadas (como "¿por qué no se puede decir 'me gustamos'?" o "por qué se dice '¿qué es esto?' en vez de '¿qué es este?") y viéndome luego en apuros lingüísticos, sudando y jadeando mentalmente para hallar una respuesta más allá de "porque sí". Incluso a las personalidades menos sádicas les divierte ver a un profesor que se tambalea.

Pero cuando a la salida me decían "adiós", "hasta luego" o el nuevo "hasta el año que viene", no dudé de que, al menos, sabían despedirse. Espero que no se les olvide cómo saludar.


2. Adiós amiga

La segunda estudiante despedida, cuando acababan las clases, me solía soltar: "¡adiós amigo!" Y se iba tan tranquila. Un día le intenté explicar que era un poco extraño despedirse de este modo de alguien. Aunque aquel día me dijo "adiós profesor", a la semana siguiente volvió a su habitual "adiós amigo". No sé si porque le sonaba mejor o porque no me había entendido, si por mera extravagancia o por pura vagancia (digamos que no era precisamente una gran estudiante).

No volví a sugerirle otra forma más adecuada de despedida. Sí la corregí, en cambio, cuando me preguntó, de repente y sin hacer al caso:

—¿Es verdad que los españoles sois tan fogosos y apasionados que no sois capaces de tener solamente una amante a la vez?

—¿Cómo? ¿Quién te ha dicho eso?

—Es lo que se dice por ahí.

—Cuánto daño ha hecho el mito de Don Juan...

—¿Qué?

—Nada, que con una nos sobra y nos basta, como a todos.

El último día de clase, una hora antes de empezar, recibí un SMS de esta alumna:

"Hola. I have an exam today and I need to study. I am not going to the class. ¡Adiós amigo!"

Le propuse recuperar la clase otro día, pero me volvió a responder:

"No, I don't want. Last week was our last class. ¿Vale? I'm already advanced in Spanish!"

"¡Adiós amiga!"

martes, 28 de mayo de 2013

Working Class Here?

"He estado en la profesión docente el tiempo suficiente para saber que nadie 
ingresa en ella sin tener algún buen motivo para ello, y un motivo que oculta celosamente."
Evelyn Waugh, Decadencia y caída.


¿Es la de profesor una vocación o es, como la de bibliotecario, una renuncia? ¿No son todas las profesiones, en mayor o menor medida, renuncias? De todos modos, estudiando Humanidades, ¿se puede aspirar a mucho más que esto? ¿Aspiro yo, quiero aspirar yo, a más que esto? Y, de todas formas, ¿cómo voy yo a enseñarles español a unos polacos?

Estas y otras tonterías me preguntaba antes de mi primera entrevista para trabajar como profesor de español. Es normal: los nervios suelen prender la mecha de la incertidumbre. Llegué a la academia de idiomas y la secretaria me pidió que esperara un momento. Mientras, rellené la botella de agua en el dispensador, haciendo un pequeño estropicio acuático: de nuevo por los nervios, calé la moqueta.

¿Y si me preguntaban cuándo usamos el subjuntivo? O: nombra los tipos de subordinadas. ¿Qué es una sinalefa? ¿Y un hemistiquio? ¿Y una esticomitia? Reglas de acentuación. Recítame el primer párrafo del Quijote y dime quién es el autor de La Celestina. ¿Qué fue primero: la jarcha o la moaxaja? ¿Qué prefieres: mester de juglaría, mester de clerecía o mester de cortesía?

Estaba tapando la moqueta empapada cuando un indómito grupo de alumnos, de unos diez o doce años, irrumpió retumbando en la habitación, interrumpiendo mis cavilaciones, y se arremolinó alrededor de la secretaria, bombardeándola a preguntas en polaco. Si hubieran hablado en catalán o en castellano, no habrían sonado menos bárbaros; como adictos pidiendo su dosis, reclamaban algo, no entendí qué. La secretaria, acostumbrada a aquellos desbarajustes, se resistía a darles lo que reclamaban y se reía con un deje sádico.

Ya no tenía que ocultar la mancha de la moqueta, así que me senté en el sofá, algo más relajado. Pasaban cinco minutos de las cinco de la tarde. Bajo una pila de revistas de idiomas —alemán, ruso, inglés, español— asomaba humildemente una mesa LACK blanca de Ikea. Ojeé una revista para huir de los pensamientos que me angustiaban, pero fue peor el remedio que la enfermedad: ¡"Descubre el mejor método para aprender español en un mes!", "¡Nuevos ejercicios para practicar el pretérito indefinido y el imperfecto!", etc. Los chavales seguían alborotando, así que puse mis ojos sobre la mesa LACK blanca de Ikea:
Oh, idea platónica de mesa encarnada,
omnipresente mesa merecedora de documentales,
películas y estudios culturales,
tu aséptica superficie blanca es, 
sin saberlo, enseña low cost:
"we'll never LACK you!",
te gritamos,
sabiendo que el material del que estás hecha 
no es la madera,
sino algo más económico y mucho más ecológico,
algo así como una esencia:
el material con el que se forjan los sueños:
aquello que te permite aguantar
lo que nosotros no podemos soportar.
Loando estaba, sin rima y con la métrica embarullada, la mesa LACK blanca, cuando salió de su despacho la directora de la escuela de idiomas.

—¿Vienes conmigo? —me dijo, y la seguí.

¿Y si las preguntas que me hace son del tipo: defínete con una palabra? O: ¿con qué animal te identificas? ¿Cómo reaccionarías ante tal o cual situación? ¿Dónde te ves dentro de cinco años? Imagina que navegas con tu biblioteca portátil y naufragas en una isla desierta, o, mejor, tu avión se estrella en pleno Sáhara, o, eso es, vuelves a España en plena crisis económica: ¿qué diez clásicos del Siglo de Oro te llevarías contigo, salvándolos a ellos de la destrucción y a ti del resecamiento mental? O: resume en una frase tu experiencia previa como profesor de español, sin usar las palabras "nula", "nada", "inexistente" o "ficticia".

Fui con la directora a un aula vacía, pero aún pude ver cómo la secretaria arrojaba, por fin, una bolsa de caramelos al pasillo. Algunos dulces caían sobre los famélicos estudiantes, que giraban sus cabezas con las bocas abiertas y salivosas al paso de la bolsa. Cuando se cerró la puerta, la jauría de niños se apiñaba en torno a la bolsa de caramelos.

—Y bien —me dijo, sonriente, la directora—, ¿qué cualidades crees que debe tener un profesor de español para extranjeros?

Estaba tan nervioso que no recuerdo qué contesté. Sin embargo, unos meses de experiencia me han surtido con varias respuestas.


Preparación
Varias webs recomiendan la canción "Un buen día" de Los Planetas para practicar el pretérito perfecto. "Me he despertado casi a las diez, y me he quedado en la cama más de tres cuartos de hora..."

La canción enumera lo que hace un pobre desgraciado para no pensar en su exnovia, que lo ha dejado. Y así los alumnos repiten todo lo que el que canta hace, en pretérito perfecto, durante "un buen día". Y también descubren otras bandas que cantan en español, más allá de Shakira y de Enrique Iglesias. Además, no hay nada mejor que repasar un tiempo verbal a la vez que verificamos nuestros tópicos culturales más afianzados. Desde la pereza o la vagancia o la holgazanería o la gandulería (los sinónimos son la lengua subrayando las cualidades del espíritu) hasta la cultura de bar, pasando por el fútbol y la fiesta como religiones, y volvemos a la siesta. Al terminar la canción, una inocente y piadosa alumna me recuerda que he olvidado un tópico:

—Profesor, ¿qué significa "meterse cuatro millones de rayas"?


Empatía y disimulo
Ser más alumno que profesor resulta útil para entender lo que piensan los alumnos. Un buen profesor debe saber qué pasa por sus mentes en todo momento, pues estas tienden a echar el vuelo con facilidad; pero no tanto para sacar la escopeta y detener el revoloteo mental, como para poder confirmar que el español no les suene a chino.

Por otro lado, demasiada experiencia como alumno permite identificar ciertas situaciones arquetípicas. Por ejemplo, la risa colectiva que acompaña a la pronunciación de algunos de sus nombres polacos. O el bisbiseo cuando llevo los pantalones desabrochados. O la risa —¡qué gran indicadora es la risa!— que provoca la octava repetición de una coletilla. Después de tantos años de burlarse de profesores, oralmente y por escrito, pasar a ser el objeto de burla es el paso más lógico. El siguiente, aprender a disimular, a hacerse el tonto. No ponerse el sufrido disfraz de profesor es ir en contra del instinto de supervivencia.

Trabajo duro
¡Riiiiiiiing!

—¡Hola! —me dice la secretaria por teléfono—, Krzysztof no va a poder asistir a la clase particular de hoy: tiene que trabajar.

—Vaya, qué pena.

—Pero no te preocupes, cobrarás igual: ha cancelado la clase el mismo día.

¡Riiiiiiiiiiiiiiiiiing!

—¡Hola!, Krzysztof ha cancelado otra vez la clase.

—Caramba, qué lástima. Es el segundo lunes consecutivo...

Digo, al teléfono, saltando de alegría.

¡Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing!

—¡Hola!

—¡Hola! ¿Krzysztof ha cancelado la clase?

—Pues sí.

—Tres semanas seguidas... ¡Qué vamos a hacer con este Krzysztof!

Puntualidad Capacidad de improvisación
¡Riiiing!

—Oye, ¿dónde estás? —me pregunta, por teléfono, la secretaria de la escuela de idiomas—. ¿Sabes que tu clase ha empezado hace cinco minutos?

—¿Cómo?

—Pues como lo oyes. Tus alumnos están esperándote en el aula. ¿Dónde estás?

—Pero si hoy empezaban las vacaciones de Semana Santa, ¿no?

—¿Que hoy empiezan las vacaciones? ¿Hoy? ¡Las vacaciones empiezan mañana! ¿Dónde estás?

—¡Joder! ¿Y qué hago?

—¿Dónde estás? ¿Puedes venir a la escuela ya?

—Sí, sí, claro. Ya me estoy vistiendo. Llegaré en diez minutos —digo, y cuelgo el teléfono.

Por el camino, pienso qué voy a contarles a mis alumnos como excusa. Miro a mi alrededor: lluvia y coches. Solucionado. Así, de paso, aprenderán las palabras condenada, lluvia, malditoatasco. Al llegar a la academia, echo un ojo al despacho de profesores, en busca de material. Lo único aprovechable que encuentro son unos cartones de bingo. ¡Ideal!, pienso, en la anterior clase hicimos los números.

Todo transcurre con bastante normalidad. Catorce, tres, treinta y ocho... Quizá ni siquiera se han dado cuenta de que estaba sudando como un cerdo a causa del sprint hasta la academia. Siete, noventa y dos, cincuenta y cuatro... Llevo dictados más de sesenta números y nadie ha cantado línea, pero supongo que es normal. Aunque están muy concentrados, también podría ser que no me entendieran. Cuarenta y ocho, trece, diecinueve, ochenta y siete... ¿Acaso no han comprendido la mecánica del juego? Pero no he de perder los papeles. Veintiséis, ochenta y cuatro, nueve... Tarde o temprano alguien cantará algo. Setenta y seis, once, treinta y uno, veintiuno... Sólo me asusto al oír unas risas:

—¿Qué ocurre? —pregunto.

—Es la quinta vez que repites el número veintiuno —me dice un alumno.

Un sudor frío me recorre la espalda: ¿qué números he dicho ya? ¿Cuántas veces habré repetido el mismo número? ¿Qué números aún no habré dicho? ¿Por qué no habré llevado la cuenta desde el principio?

—Muy bien, chicos. ¡Veo que estáis muy atentos!

Miro el reloj: todavía falta un cuarto de hora para acabar la clase. Trago saliva, cruzo los dedos y sigo recitando números.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Diario de Rumanía

Los textos que hablan de viajes suelen ser estúpidos y aburridos. Una entrada sobre mi viaje a Cracovia o a Berlín o a Londres: y qué bonito esto, y qué precioso aquello, y os recomiendo visitar tal y no os podéis perder cual. Son, en general, guías de viajes incompletas. Es decir, útiles a medias. Sólo se salvan aquellos que saben que la utilidad no es competencia de lo literario y optan, en consecuencia, por mostrar algo distinto: quizá las anécdotas o los viajeros conocidos, quizás el estilo, quizás el tono único de la mirada de soslayo. En definitiva, la literatura de viaje ha de saciar las ganas de viajar.

Según mi recién ideada "poética de la literatura de viaje", el 99% de los relatos de viajes merece caer en el más justo de los olvidos. Creo que mi narración del viaje a Rumanía forma parte del 1% que se salva, ese 1% que logra colmar el espíritu viajero sin salir de casa. Transcribo íntegramente el diario del viaje, para que sea juzgado su valor estético.

El viaje físico empieza el día 28 de abril. El día 27 llevamos a cabo los preparativos necesarios para empezar.

* * *

27-04-2013. No quedan sitios libres en los autobuses que van a Budapest, paso previo obligatorio para llegar baratamente a Bucarest, Rumanía. Por suerte, O, mi compañera de piso y de viaje, ha encontrado in extremis en carpooling un coche que va de Cracovia a Bucarest. Sale mañana y regresa el próximo sábado. El conductor es, según su perfil de carpooling, un polaco de 32 años llamado Jan. Genial.

Jan le dice a O, por teléfono, que es ornitólogo. La novia de Jan también es polaca y ornitóloga. Van a observar pájaros al Danubio rumano. O cuelga el teléfono: hemos quedado a las 9 para hablar del viaje. Cojonudo.

Llegamos al lugar del encuentro unos minutos antes de lo acordado. Buscamos ornitólogos a toda costa. Hemos tenido varias horas para fantasear sobre el aspecto de un ornitólogo polaco treintañero. Hemos concluido que cualquier persona podría ser Jan: todos llevamos un ornitólogo dentro, ansioso por recorrer más de 1000 km en coche para observar los pájaros del Danubio. Esa viejita que anda cabizbaja: ornitóloga. Una mujer con sus niños: familia ornitóloga. Una pareja que sale de la farmacia: ornitólogos. Un autobús lleno de: ornitólogos. En fin, sólo seis personas más son ornitólogas: yo, tú, él, nosotros, vosotros y él.

A todo esto, un chico lleva un rato parado en la acera de enfrente. Si no tuviera veintipocos años, podría ser Jan. Pero, pensándolo mejor, es la única persona en toda la calle que no parece ornitóloga: lleva un traje negro, atuendo que juzgo poco apropiado para un ornitólogo. Además, nuestras miradas se cruzan varias veces sin ningún resultado. Es un oasis en un desierto de ornitólogos.

Los ojos del joven del traje se posan sobre el césped: hay un par de cuervos que picotean mecánicamente algún hierbajo. Son de un color negro como el carbón; un denso, agorero negro. El tío del traje los mira ensimismado, como encantado. Al mismo tiempo, se le dibuja una sonrisa en los labios. Una sonrisa que me parece encubrir el más básico y brutal deseo sexual. Sólo entonces me asalta la pregunta clave: ¿por qué los pájaros del Danubio? ¿Qué tendrán las aves rumanas que no tengan las polacas? Antes de que pueda comunicarle mi duda a O, el tipo del traje grita su nombre y cruzamos al otro lado de la acera. Los dos cuervos salen volando.

—Hola. Soy Jan, el de carpooling, pero no me llamo Jan y no tengo 32 años. No se puede confiar en Internet, supongo que ya lo sabéis. Me llamo...

Dice Jan, y nos presentamos. No logro entender el nombre real de Jan. Por alguna oscura asociación, en ese mismo momento queda bautizado como el folla-patos. Visto de cerca, el traje del folla-cuervos resulta ser enorme. Americana negra de anchas mangas, pantalones y camisa negros y holgados: como si lo hubiera heredado de un antepasado gigante.

—Vengo de la ópera —dice el folla-petirrojos, al darse cuenta de que miramos su traje—. Mi novia me regaló una entrada. Además de ornitólogos, también nos gusta la ópera. Pero mi pasión verdadera son los pájaros.

Le proponemos ir a una cafetería cercana, pero el folla-alcaravanes prefiere sentarse en la parada de autobús. Ha venido en autobús, nos dice, porque están revisando su coche. Los preparativos de antes del viaje, se justifica. Entonces saca una libreta de sus anchas mangas y empieza la ristra de preguntas: que si llevaremos mucho equipaje, que qué día queremos volver, que si nos parece bien repartir los gastos de gasolina, que si alguno de nosotros puede conducir... En cinco minutos se acaba el encuentro. Nos vamos a Rumanía mañana a las 7. ¡Dabuten!


28-04-2013. Llegamos unos minutos tarde al lugar de encuentro. El folla-buitres y su novia salen del coche, pequeño y destartalado, para recibirnos. Aunque está lloviendo y hace un poco de frío, ambos van muy veraniegos. El aspecto del folla-perdices ha cambiado totalmente: pantalones cortos beige de explorador, camisa de cuadros de aventurero abierta, dejando entrever el broche de oro: una camiseta negra con una foto de un delicado pájaro carpintero. El sombrero, los prismáticos, la vaselina y algún que otro instrumento para completar el kit de ornitólogo deben de estar en el maletero.

Nos saludamos todos. La novia del folla-mirlos también lleva pintas ornitólogas-aventureras, pero nada comparado con su novio. Nos dice su nombre, pero no logro retenerlo: cuando el folla-alacranes intenta meter la mochila de O en el maletero, deja a la vista el interior del coche, cubierto de calcetines, unas bragas y un sujetador secándose. El folla-alondras nos pide disculpas por el desorden en la parte trasera. Al entrar en el coche, descubro una percha colgada con camisas y camisetas de safari, y un pantalón de camuflaje sobre el respaldo del asiento del piloto. El folla-cigüeñas se disculpa de nuevo: en una hora estará todo seco, dice.

O y yo estamos ya sentados, entre ropas húmedas. Echo una ojeada a mi alrededor y mi radar se detiene pronto: colgando del retrovisor hay un ambientador con forma de pájaro. Sobre el salpicadero hay una pata de pájaro, quizá de gallo, como las que se usan para hacer vudú. En la ventana de mi izquierda hay una pegatina con un pájaro: ¿será del club de ornitólogos de Cracovia, de los amantes de los pájaros rumanos? Antes de ponerse el cinturón, el folla-grullas le enseña a su novia la cámara digital: en la pantalla aparece un árbol, el zoom acerca una rama y, finalmente, sobre la rama puede verse un pájaro.

Estoy a punto de explotar de la risa. Vaya par de tórtolos. Miro a O: también le han hecho gracia los motivos aviares. Antes de que empecemos a reír, el folla-flamencos enciende el motor. Miro el reloj digital del coche: 07:15. El folla-albatros pone la marcha atrás y aprieta el pedal, bajamos de la acera de una sacudida, avanzamos raudamente, pero para en seco: viene un coche por detrás. Sin embargo, ya estamos en medio de la calle, así que el folla-águilas acelera de nuevo, la cruza marcha atrás, sube otro bordillo y ¡pum!

El folla-cuervos pone primera y vuelve a aparcar el coche. El coche arrastra algo. A través de la luna trasera, veo cómo el folla-codornices intenta levantarlo. En una versión surrealista de esta historia, el folla-faisanes estaría levantando el cadáver de una avestruz. Pero pronto asoma de nuevo arrastrando una señal de tráfico enorme, más alta que él, con una flecha azul, y cruza la calle hasta dejarla de nuevo en su sitio. Es una pena que volvamos dentro de una semana: ya no podremos sacarle una foto a la señal de tráfico desarraigada.

Al volver a entrar en el coche, el folla-gaviotas está nervioso. Vuelve a arrancar y nos ponemos en circulación sin colisionar con nada. El reloj digital marca las 7:20. La novia intenta calmar al novio. Pero su conducción denota su intranquilidad: conduce violentamente, apurando las frenadas, virando bruscamente. O quizá sólo se trate de una conducción demasiado viril, de alocado ornitólogo. Miro por la ventana para, cual avestruz escondiendo la cabeza en el hoyo, huir del peligro: pasamos por delante de la biblioteca de la Universidad Jagielónica, enfrente del Museo Nacional de Arte... Vuelvo a mirar hacia adelante y veo cómo estamos peligrosamente cerca de un coche negro como un cuervo. El reloj digital marca las 07:24.

La siguiente escena se desarrolla en uno o dos de esos segundos tan largos que demuestran que el tiempo es un chicle: el coche negro decide respetar un semáforo en rojo y echar el freno, así que, folla-lechuzas, te quedarás sin pájaros rumanos, porque no sabes lo que es la distancia de seguridad, folla-mochuelos, el suelo resbala por la lluvia y tu coche es una carraca, ya es inevitable, ui ui ui, nos agarramos bien, las ruedas chirrían presagiando el porrazo, nos ponemos cómodos, 5, 4, 3, 2, 1, y, bueno, ¡la próxima vez será, Rumanía!

* * *

En un párking cercano, el folla-pelícanos hizo el parte con el otro conductor. A nadie le pasó nada, quizá un poco de dolor en el estómago, por el cinturón de seguridad, o en la pierna, pero el pobre coche quedó hecho polvo: un faro roto, la matrícula plegada, el capó abollado. Así no podíamos cruzar la frontera, y quién sabe cuántos kilómetros aguantaría. Tampoco nos apetecía mucho jugarnos el pellejo con un conductor como el folla-gavilanes. Así que nos despedimos, nos fuimos andando del lugar del siniestro, nos orillamos al Vístula para observar los patos y los cisnes, y luego desayunamos unas cervezas.

Ningún pájaro ha sido dañado durante este viaje. Es más, ningún pájaro rumano será violado a causa de este viaje. No obstante, visto lo visto, la integridad de los polacos no puede ser garantizada.

lunes, 22 de abril de 2013

Los tres paseos de "El pianista"

Ahora que por fin ha llegado la primavera a Polonia, tanto paseo por el centro de Cracovia o el Vístula hace que uno se acuerde de lo que era pasear por Barcelona. Así que nada mejor que la lectura de El pianista (1985), de Manuel Vázquez Montalbán, recomendada por un amigo que me visitó hace unos días y me notaría poco mediterráneo.

La novela tiene dos ejes: el pianista que titula la obra y la trágica historia contemporánea de España en la que se ambienta. Esta es, pues, una novela histórica, dividida en tres partes o, mejor, tres paseos, enmarcados cada uno en una época distinta. Por cierto, no hay que confundir a este pianista con el de Polanski: el que nos incumbe es de Barcelona y está enredado en la Guerra Civil Española, mientras que el polaco sufre la ocupación nazi en Varsovia. ¿Habrá alguna relación entre los pianistas y las tragedias históricas?

La primera parte de la novela sucede en la Barcelona de los años 80, en plena socialdemocracia. Un grupo de amigos, todos en el umbral de la madurez, desciende por la Rambla rumbo a un local de travestis, en lo que ellos mismos interpretan como "un recorrido a la vez simbólico y rememorativo". Durante toda la noche, el lector asiste a sus conversaciones —pues esta es casi una novela dialogada—, en las que nos enteramos de sus frustraciones profesionales, sociales y políticas, de sus ideologías y de sus mudas ideológicas, de sus conflictos personales, etc., todo bien enraizado en el pasado y con un tono muy irónico, retórico e intelectual, a veces sabiondo.
"—Es curioso. Casi en cada mesa una cara conocida. La generación que está en el poder: de treinta y cinco a cuarenta y cinco años. Los que supieron dejar de ser franquistas a tiempo y los que supieron ser antifranquistas en su justa medida o a su justo tiempo. Si callaran el pianista y las vicetiples cúbicas, podríamos entre todos escenificar veinticinco años de historia de una resistencia estética. [...]
—Al ser estética era ética. El franquismo era fuerte y a la vez grotesco, pequeño, mezquino, asqueroso. Para la clase obrera era otro asunto, la lucha tenía otro sentido. Para nosotros era básicamente una cuestión estética. 
—No mitifiques la lucha de la clase obrera. ¿Cuántos obreros pasotas fueron necesarios para que el franquismo durara cuarenta años?"
Este paseo, desencantado y posmoderno, tiene algo de cortejo fúnebre; los muertos son, claro, los sueños de la generación que vivió y luchó por la Transición. En el local de travestis se encuentran a personajes reales (es decir, famosos: la realidad empieza donde acaba el anonimato) que salpimientan la narración: el entonces ministro Javier Solana o la travesti Bibi Andersen. Sin embargo, los personajes cruciales durante el resto de la novela son ficticios: el viejo pianista que acompaña los espectáculos y un renombrado músico llamado Luis Doria. Al salir del local, el grupo de amigos termina su recorrido yendo hacia el mar, pero el narrador decide seguir hasta su casa al misterioso y viejo pianista, cuya enigmática aura seduce tanto al lector como a Ventura, el más idealista de los amigos. Tras conocer el penoso estado en el que vive el decrépito pianista con una tal Teresa (véase la película Amour), el narrador se sumerge en su pasado para revelarnos cómo hemos llegado hasta aquí.

En la segunda parte, pues, seguimos los pasos de Alberto Rosell, el viejo pianista. Aunque continuamos en Barcelona, el pianista ahora es un joven: estamos en la primavera del franquismo (horrible oxímoron), los años cuarenta. Alberto cuenta a sus nuevos vecinos del Raval su historia, íntimamente relacionada con la historia de España: miliciano del POUM al estallar la Guerra Civil, acabó pasando seis años en la cárcel. El ambiente que se respira en esta Barcelona es tan claustrofóbico como el de La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda, o el de Nada, de Carmen Laforet. Es una Barcelona-armario: cerrada, rancia, sin ventilar, tan asfixiante que los protagonistas emprenden un —esta vez, tácitamente simbólico— paseo por los terrados del barrio. Si los personajes de la primera parte estaban de vuelta de todo, habían perdido la ilusión al no conseguir la España con la que habían soñado, en este momento histórico es demasiado pronto como para soñar con un futuro colectivo mejor; así que los personajes parecen conformarse con pequeñas ilusiones individuales. Aunque las vidas de todos ellos están condicionadas por el contexto histórico, aunque este asoma en cada instante de sus vidas, aquí la narración se vuelve más microscópica, casi naturalista, atenta a las miserias cotidianas de las personas. Uno de los personajes defiende la necesidad de esta mirada intrahistórica:
"Me gustaría saber escribir como Vargas Vila o Fernández Flórez o Blasco Ibáñez para contar todo esto, porque nadie lo contará nunca y esta gente se morirá cuando se muera, no sé si usted lo habrá pensado alguna vez. Saber expresarse, saber poner por escrito lo que uno piensa y siente es como poder enviar mensajes de náufrago dentro de una botella a la posteridad. Cada barrio debería tener un poeta y un cronista, al menos, para que dentro de muchos años, en unos museos especiales, las gentes pudieran revivir por medio de la memoria."
Otro personaje quiere ser boxeador, y, sin ir más lejos, el motivo por el que empiezan el paseo por los tejados es encontrar un piano para que Alberto Rosell, el pianista y exconvicto recién llegado al barrio, pueda volver a tocar. Sólo al final de esta parte resurge, mientras Alberto toca el piano, el recuerdo del famoso Luis Doria, instantes antes de que reaparezca en carne y hueso la susodicha Teresa. Al reencontrarse con su vocación, Alberto reencuentra su pasado.

Así que a la tercera parte le pertoca desentrañar la relación entre Alberto Rosell, Luis Doria y Teresa. En un nuevo salto en el espacio y el tiempo, nos encontramos en el París de 1936, poco antes del estallido de la Guerra Civil Española, rebosando vanguardia y tensión política. Alberto Rosell es un joven provinciano catalán que acaba de llegar a la ciudad para alimentarse culturalmente e intentar exhibir su talento musical. Sin embargo, su amigo Luis Doria, sediento de fama a cualquier precio, lo estorba, intentando imponerle su visión del mundo, del arte y de la ciudad. Sólo en esta parte se nos revela el auténtico tema del libro: el papel del arte y del artista en la sociedad, cuyos dos extremos encarnan Luis Doria y Alberto Rosell.

Luis Doria confiere al arte y al intelecto tal superioridad (ontológica) que no le permiten inmiscuirse en la realidad y la historia. Además, no sólo está dispuesto a todo para obtener éxito, sino que es absolutamente consciente de la importancia que tiene la imagen pública en un artista (la realidad empieza donde acaba el anonimato). Es un carismático triunfador-a-toda-costa nato, que suscribiría las palabras de Peter Gallagher en American Beauty: "In order to be successful, one must project an image of success at all times". Hablando de Teresa, su amante durante esta época, su obsesión por el control de la imagen se desvela:
"Lo más importante que [Teresa] ha hecho en su vida, que hará  en su vida, será haberse acostado con Luis Doria. Pero tampoco te puedes fiar del todo de estas personas aparentemente opacas porque el día menos pensado va y escribe unas memorias y te falsifican el retrato para la posteridad, mienten o dicen verdades insuficientes captadas por mentes insuficientes. Me aterra sólo pensarlo. Me aterra no controlar mi imagen para la eternidad."
Alberto Rosell, en cambio, representa al artista comprometido por igual con el arte y la vida; dice: "me interesa esa apertura a una música comunicacional que sirva de soporte a ideas de crítica y de cambio, sin perder rigor musical, incluso sin abandonar la exigencia de la novedad específicamente musical". También en Bilbao-New York-Bilbao (2008) encontramos el enfrentamiento entre dos posturas similares. En esta novela, Kirmen Uribe recuerda cómo el gobierno de la República encargó a Aurelio Arteta que pintara un cuadro sobre el bombardeo de Gernika; temiendo por su vida, declinó la oferta, que acabaría recayendo en manos de Pablo Picasso, quien no la rechazaría:
"Pintar el cuadro sobre Gernika hubiera supuesto un salto definitivo en la carrera de Arteta, pero no lo aceptó. Antes que el arte, eligió su vida. Prefirió reunirse con su familia a ser recordado para la posteridad. (...) ésas son las encrucijadas a las que se enfrenta el artista. La vida personal o la creación. Arteta eligió la primera opción; Picasso, en cambio, la segunda."
Además, El pianista muestra cómo en momentos de crisis no hay lugar para medias tintas: al final de la novela, con el comienzo de la Guerra Civil, Alberto debe decidir si se queda en París a triunfar o si regresa a Barcelona para luchar. La cuestión ya no es elegir entre el arte por el arte o el arte comprometido, sino escoger entre el arte o la vida, involucrarse o no involucrarse (el dilema de Pereira, en Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi). Lo que en las dos partes anteriores era un paseo —hacia al mar o en busca de un piano— se convierte en un retorno prematuro al hogar, que trunca su formación parisina y lo encadena al futuro que les espera a los que perderán la guerra.

lunes, 18 de marzo de 2013

Las andanzas y extravagancias del profesor Mrożek

—Lo más absurdo de las clases del profesor Mrożek —dice alguien, durante el descanso— es que no se dé cuenta de la atmósfera absurda que envuelve sus clases.

Todos asentimos admirados. Sea como sea, no hay nada tan absurdo como las clases del profesor Mrożek.

¿Y si el profesor Mrożek realmente se percatara de ese absurdo? propone otro—. Esto sí que es absurdo: nadar consciente y tranquilamente en las turbias aguas del absurdo.

Antes de que podamos asentir admiradamente, el primero contraataca:

—Abrazar el absurdo es un acto indudablemente camusiano —dice, a lo que todos asentimos más que admirados, claro, pues no hay nada tan elegante como soltar una referencia filosófica adjetivada—. Además, no podemos olvidar que, zambullidos en el absurdo, lo más lógico es abrazarlo, apretujarlo, hasta sobarlo.

—Yo aún diría más —vuelve a responder el segundo—: es un problema de punto de vista. Lo que para nosotros resulta un sinsentido, para el profesor Mrożek es mera obviedad. Chapoteando en la normalidad del absurdo, la fauna a nuestro alrededor nos parece de lo más lógica.

—Yo aún le sacaría más jugo a la metáfora acuática: el profesor Mrożek se mueve en el absurdo como pez en el agua —sentencia el primero.

No podemos hacer otra cosa que asentir con admiración. Alguno incluso siente la tentación de aplaudir; pero estamos entre filósofos, así que recibe un codazo que se lo impide. Se hace un silencio incómodo, durante el cual seguimos asintiendo tímidamente, pero el fin de la pausa acaba con él. Volvemos a entrar en la clase.

Nada revitaliza más al alumnado que burlarse de sus profesores mientras fuma o se toma un café. Pero en nuestros chismorreos sobre el profesor Mrożek, carentes de malicia, hay algo más que pitorreo: hay una pizca de admiración y un mucho de curiosidad antropológica. Un algo que es mucho más que la suma de burla, admiración y curiosidad. Sin ser conscientes de ello, con nuestras conversaciones sobre el profesor Mrożek estamos creando algo. Algo más que un burdo mito o una triste leyenda. Lo que nuestros comentarios —pretenciosos, estúpidos, ociosos comentarios— están engendrando es un alguien. Sin comerlo ni beberlo, nuestras tonterías, nuestros chismes y nuestros chistes han dado a luz a un personaje.

* * *


El profesor Mrożek no se apellida Mrożek. Sławomir Mrożek es un escritor polaco muy divertido, muy aficionado a la sátira y a lo absurdo, que no creo que tenga nada que ver con el auténtico profesor Mrożek.

El profesor Mrożek es nuestro profesor de filosofía. Aunque, tras pensarlo mejor, nos dice que, como es un auténtico filósofo, no es profesor de filosofía, sino solamente profesor. Después de batirse de nuevo con su pensamiento por unos segundos, vuelve al mundo y concluye que ni siquiera es un profesor.

Vosotros —nos contó el profesor Mrożek en la primera clase, vosotros no sois mis alumnos, igual que yo no soy vuestro profesor. Aquí somos todos alumnos o todos profesores. Supongo que os habéis dado cuenta ya de que yo no soy un profesor cualquiera. Yo, como buen filósofo, como auténtico filósofo, no creo en este sistema educativo. De hecho, yo no creo en casi ningún sistema. El único sistema en el que creo un poco es en la fenomenología. Ni las barbas de Freud o Marx ni el grueso bigote de Nietzsche: ¡la de Edmund Husserl sí que era una buena barba! ¡Una barba filosófica! Aunque he de reconocer que algunos días no le hago ascos al psicoanálisis y al existencialismo. Es una pena que Heidegger sólo tuviera un triste bigote. Eso, y que fuera un nazi. Pero, bueno, dejemos la fisionomía filosófica a un lado. Volvamos a la pedagogía. Yo, como decía, no creo en ella. No creo, por tanto, en los exámenes. La vida, es decir, la obra, es la única materia digna de examen, lo demás es pasto del olvido. Y sólo el tiempo la juzgará, condenando a los mediocres. Además, a falta de obra, pues aún sois muy jóvenes, buenas son las conversaciones filosóficas que aquí tendremos. Yo soy, os lo repito por si no os habéis percatado aún, un auténtico filósofo. ¡Ah! ¡Triste mundo, éste, donde sólo la repetición hace la verdad! —el profesor Mrożek se sumerge por unos segundos en sus pensamientos—. Es una pena que el aula no permita los paseos que una buena conversación filosófica merece, ¿verdad? Quizá deberíamos pasear por los pasillos de la facultad...

—Disculpe, profesor, sin exámenes, ¿cómo nos va a evaluar? —lo interrumpió algún incauto, ignorando lo absurdo de su pregunta.

—Yo no creo en las evaluaciones. No creo en las notas. ¡Que evalúe el tiempo! Ni siquiera creo en estos estúpidos aparatos —dice el profesor Mrożek señalando con desdén mi ordenador portátil. No sabe, por suerte, que estoy anotando letra por letra su alegato en este estúpido aparato. Estas máquinas del diablo sólo son contingencia histórica. Cuánto daño hacen a nuestra inteligencia... El ser humano está por encima de todo esto. O al menos el filósofo tiene que estarlo. O al menos el auténtico filósofo. Ya lo decía Heidegger en sus conferencias sobre tecnología, como ya sabrán ustedes. Aunque era un nazi, a veces tenía razón.

* * *

Un lector cualquiera diría que en las clases del profesor Mrożek no aprendemos nada. Ni siquiera filosofía. Sólo leyendo lo que he escrito, se podría suponer que esto es consecuencia de su concepto de educación: los alumnos, por lo general, respondemos con la más desvergonzada de las perezas a la más mínima señal de libertad o relajación por parte del profesor. Y su idealizado concepto de la pedagogía entraña, evidentemente, cantidades insanas de libertad.

Ahora lo afirmo: en las clases del profesor Mrożek no aprendemos nada. Ni siquiera filosofía.

Pero su utópica noción de la enseñanza no es el peor de los males. Lo que convierte sus lecciones en una celebración del absurdo, en una bacanal surrealista, son los problemas de comunicación. De hecho, creo que la palabra comunicación no puede aplicarse a lo que sucede en las clases del profesor Mrożek.

En primer lugar, el profesor habla y el alumno escucha, pero éste a menudo no entiende nada. Suele deberse a la resaca y/o a la falta de interés del alumno (provocada, quizá, por la libertad con la que el profesor Mrożek enfoca sus clases, o, mejor dicho, sus charlas filosóficas). Las cosas se ponen interesantes, es decir, más complicadas, en el sentido opuesto del canal comunicativo. El alumno habla y el profesor escucha, pero éste no entiende nunca nada. Nadie sabe por qué el profesor Mrożek no nos entiende. Pero las cosas son así. Es como si nuestro inglés fuera un inglés distinto del que habla él. Sin embargo, nos esforzamos, nos ayudamos mutuamente. Mezclamos acentos: español, alemán, polaco, eslovaco, americano, etc., usamos sinónimos y gestos, incluso probamos con palabras del alemán, español, polaco y francés. En definitiva, traducimos el inglés de uno al inglés de otro y, otra vez, al inglés de otro. (¿Es el inglés del otro otro inglés?) Si tenemos suerte, logramos una versión más o menos comprensible para el profesor Mrożek, mezcla de todos nuestros ingleses y nuestras lenguas maternas, fruto de nuestros esfuerzos traductores y, sobre todo, repetidores. Las clases se convierten en un disparatado y agotador ejercicio para posibilitar la comunicación.

Primum vivere deinde philosophari.

* * *

—Permítame que lo interrumpa un momento —le dice el profesor Mrożek a un alumno francés, que estaba hablando sobre Sartre, si no recuerdo mal. Aunque el francés, llamémosle Albert, habla en inglés, es un inglés que, de tan francés, resulta incomprensible. Incluso nosotros, los alumnos, tenemos problemas para entender a Albert. Incluso los franceses tienen dificultades con su inglés. El profesor Mrożek, claro, no ha comprendido nada. ¡Qué frustración, para un auténtico filósofo, ser un desterrado de la lengua oral!—. Déjeme que le cuente una historia que le será muy útil para su formación y su vida futura —continúa el profesor Mrożek—. Cuando yo tenía su edad, Albert, y estudiaba en la universidad, aquí en Cracovia, teníamos que aprender al menos una segunda lengua, además de ruso. Como ya sabrán, sólo podíamos aprender idiomas de la órbita soviética: checo, eslovaco, rumano, alemán, lituano, ucraniano, húngaro, búlgaro... Por aquel entonces, yo era un pillo que se guiaba por la ley del mínimo esfuerzo. Como ustedes, vaya. Así que me presenté frente al decano y le dije que quería aprender mongol. Por poco que le gustara mi decisión, el sistema estaba conmigo.

—Oiga, profesor Mrożek —lo interrumpe Albert. La interrupción, evidentemente, es uno de los mecanismos didácticos favoritos del profesor Mrożek—. ¿Dónde quiere usted llegar?

—¡Qué ocurrencias tiene usted, Albert! —dice el profesor Mrożek, soltando una carcajada enigmática—. Al final de aquel curso, como iba diciendo, me presenté frente al decano con el único mongol que habría entonces en Polonia. El decano le hizo varias preguntas al mongol: ¿ha sido usted el profesor de este chico?, ¿cuánto hace que asiste a sus clases?, ¿qué nivel tiene?, ¿ha hecho un examen?, ¿qué nota se merece? Por suerte, no le preguntó cuántas botellas de vodka ni cuántos discos de jazz me costó convencerlo. Tras el interrogatorio, nos pidió que mantuviéramos una conversación. Nos sugirió un par de temas: por qué nunca habitaríamos en un país capitalista y por qué amamos tanto a la Unión Soviética. Hablamos de los dos temas a la vez: así de relacionados estaban y así de seguro estaba yo de mi nivel de mongol. El decano admiró mi atrevimiento. El mongol se puso a hablar, y yo a contestarle. Imité su entonación y sus sonidos lo mejor que pude, dudé como duda un alumno poco avezado, gesticulé, hice pausas para pensar lo que decía. Departimos durante más de media hora. En algunos momentos llegamos a encendernos, quizá cuando hablábamos de la falta de compromiso del intelectual occidental, de las injusticias intrínsecas del capitalismo o de la felicidad que comporta darlo todo, incluso la vida, por el partido, es decir, por el estado, es decir, por la madre Rusia. Al acabar, el mongol le tradujo grosso modo lo que habíamos dicho. Añadí algunos matices, pues su polaco no era lo bastante bueno como para hablar, por ejemplo, de la imposibilidad del occidental para imaginarse la vida tras el telón de acero o para comprender la eventualidad de todos los sistemas políticos excepto el comunismo. El decano, orgulloso de tener un alumno que hablara mongol, me aprobó. Y con buena nota.

La clase se queda en silencio. Si había que extraer una enseñanza de su anécdota juvenil, necesitamos una pista. Sin que sirva de precedente, el profesor Mrożek se percata de la incomprensión y la sorpresa que impregnan nuestras caras.

—Queridos y jóvenes amigos, de esta historia hay que sacar no una, sino dos moralejas —dice el profesor Mrożek—. La primera es que, cuando hablas un idioma que no es el tuyo, debe parecer que realmente estás hablando ese idioma. Incluso si no lo hablas en absoluto, como en mi caso el mongol. O si a duras penas lo hablas, como sucede con el inglés de Albert. Entiéndame: usted debería sonar inglés, no francés. Siempre que resultar comprensible sea su objetivo, como suele ser habitual. La segunda moraleja nada tiene que ver con la situación actual. Pero quizá les sirva en el futuro. Si el sistema es estúpido, y no sé por qué pero todos los sistemas suelen ser estúpidos, sumérjanse en su estupidez. Sean más estúpidos que él. Sólo así podrán aprovecharse de él y evitar que se aproveche de ustedes.

—¡Seamos mongoles! —sugiere Albert, emocionado, tras captar ambas moralejas.

—¡Eso es! Hable lo que hable el sistema, ustedes háblenle mongol.

* * *

Quizá esta recomendación llega tarde (aunque quizá transcriba nuevas andanzas del profesor Mrożek en el futuro): hay que imaginarse al profesor Mrożek como a un personaje de tebeo o de dibujos animados. Panzudo, con mofletes colorados, un poco calvo y barbudo, con una americana de pana oscura y manchada de tiza blanca en los lugares más insospechados, con pantalones de pana oscuros y camisa clara y arrugada, con gafas de Rompetechos o Mortadelo, etc. Lo imagino recibiendo un martillazo en la cabeza; en la siguiente viñeta, un enorme chichón que contiene una brillante reflexión brota de su calva. En la página siguiente, entabla una pelea con un filósofo rival: se tiran de las barbas, se acusan mutuamente de demagogos, de falta de autenticidad, etc. En otro capítulo, el profesor Mrożek reflexiona, sentado en el retrete o frente al espejo, sobre el espíritu polaco, el francés, el británico... Como a todo filósofo de cierta edad, nada le gusta más que especular acerca del carácter de los pueblos. En la introducción a sus dibujos animados, sus alumnos cantan durante el recreo una canción sobre sus alocadas ideas y sus extravagantes comentarios. Etcétera.

* * *

¿Quién dijo que no aprendemos nada con el profesor Mrożek? El proximó mes, quizás, más.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Todos somos Eleanor: Austerlitz somos todos

En el hostal donde pasé mis primeras dos semanas polacas conocí a gran cantidad de viajeros, unos con historias más interesantes que otros. Entonces aún me atraían los cuestionarios con los que la gente se presentaba: de dónde eres, qué haces en Cracovia, de dónde vienes o adónde irás, con quién viajas, etc. Entre viajeros (qué bien y qué pretencioso queda decir esto, se siente uno un auténtico Indiana Jones), cuando la rutina todavía no había embrutecido la emoción de conocer a un desconocido, raramente salía a colación una de las preguntas más habituales entre nosotros, los estudiantes de Erasmus: ¿y tú qué estudias? En las raras pero afortunadas ocasiones en que la conversación superaba los estadios introductorios, la maldita cuestión surgía siempre para arruinarlo todo un poco, para recordarnos sutilmente que aquello —el viaje, pero también el Erasmus era temporal. Sin embargo, entre viajeros, en el hostal, lo hacía camuflada en otra pregunta más general, aunque no menos odiosa: ¿a qué te dedicas?, o el tópico: ¿estudias o trabajas?, o el más abstracto: ¿qué haces en la vida?

Que no fuera relevante a qué dedicara uno su vida era una agradable ilusión sensación. Era relajante no juzgar ni ser juzgado por algo tan poco revelador como la ocupación. Quizá sólo entre viajeros se puede sentir uno de nuevo como un niño entre niños. Además, todas las conversaciones adquirían un tono levemente apesadumbrado cuando salía a relucir el tema, que encubría el ominoso regreso al hogar y —¡horror!— a la rutina. En otras palabras, el fin del viaje comportaba la pérdida del cómodo y feliz, aunque pasajero, disfraz del viajero.

Muchas veces había fantaseado, y volví a hacerlo a raíz de aquellos primeros días polacos, con la idea de llevar una vida donde el viaje fuera la rutina y lo normalmente rutinario, la excepción. Tener, en fin, la vida de un Viajero, alguien mayúsculamente viajero. Supongo que son pocos los que pueden decir que su hogar son los hostales o los hoteles, que su medio de transporte habitual no es el metro o el autobús, sino el tren o el avión o el autoestop. Estos afortunados tendrán, me figuro, un concepto distinto de familia, cuyos miembros estarían esparcidos por el mundo y cuyo número aumentaría tras cada nuevo desplazamiento. ¿Visitar un nuevo país: visitar a la familia? También imagino, aunque es muy probable que me equivoque y que todo esto no sea más que otro de los tristes rodeos a los que nos tienen acostumbrados el miedo, el autoconsuelo y la envidia, imagino también, decía, que, para estos Viajeros, la emoción de despertar cada mes en un lugar distinto ha de parecerse, con el paso del tiempo, a las pequeñas dosis mensuales de aventuras que experimentamos el resto de mortales al comprar una nueva prenda de ropa, al ir al cine o al teatro, al salir a cenar fuera, etc. ¿Hay algún Viajero en la sala? ¿Acierto, atento Viajero, con mis hipótesis, o mi envidia me está provocando un exceso de imaginación? ¿Se desgasta, Viajero, tu disfraz, tal y como se desgastan los disfraces de los demás? Quizá, hipotético Viajero, sólo estoy intentando compensar un extraño desequilibrio de nuestra facultad fabuladora: qué difícil resulta imaginar el cansancio, la rutina, el tedio o la repetición, y con qué facilidad nuestro cerebro fabrica aventuras, novedades, felicidades futuras...

Entre tantas suposiciones (fruto de la soledad y del aburrimiento, sigo suponiendo), en aquel hostal conocí a una vieja Viajera. 

Releo en las notas que tomé aquellos días que su nombre era Eleanor, aunque no estoy seguro: no logré entenderla cuando lo pronunció una y otra vez al presentarse, quizá por su marcado acento estadounidense, quizá porque, sin conocer aún su historia, no presté la atención que merecía. Tampoco comprendí cómo se llamaba una sopa que aquel mismo día me invitó a tomar para cenar en el comedor del hostal. Después de repetir el nombre del plato, receta de su abuela polaca, pretendí haberlo entendido perfectamente, como había hecho cuando se había presentado. Mientras degustaba la deliciosa y anónima sopa la cual, más adelante, identificaría como un barszczuna sopa de remolacha muy habitual por estas tierras, Eleanor iba desvelando, sorbo a sorbo, ante mi progresivo asombro, parte de su historia. Ahora intento recordar qué nos preguntamos mutuamente, qué derroteros siguió nuestra conversación de viajero a Viajera o qué cuestión o anécdota desató su monolítico monólogo, pero mi cerebro apenas almacena un resumen de su relato y la enérgica naturalidad con la que me lo contó.

Por desgracia, no sólo me quedaré sin averiguar su identidad, sino que tampoco averiguaré la continuación de su historia, los resultados de su búsqueda. (¡Cuántos cabos sueltos!) Perdí el post-it donde, el último día que la vi, garabateó su correo electrónico, justo antes de despedirse de mí con un inesperado abrazo. El preciado post-it desapareció entre un montón de tiques y otros papeles que, probablemente, terminarían en la basura, arrojados sin el menor interés por mi parte. Pregunté por ella a la gente del hostal, incluso a los recepcionistas, pero nadie parecía haberse percatado de su tímida presencia. Nadie le había prestado atención al chubasquero morado, viejo y pasado de moda, ni a la mochila beige, igualmente ajada, que siempre vestía y cargaba una mujer de más de sesenta años, de pelo corto y gris, cuya vitalidad contrastaba con su arrugada fisonomía. Varias veces la había encontrado en el comedor de aquel hostal, con la mesa llena de libros y copias del registro civil, que leía y marcaba una y otra vez, obsesivamente, buscando sin éxito cualquier pista para seguir el rastro de sus abuelos, emigrantes polacos que, durante las primeras décadas del siglo XX, quizá huyendo de la IGM, decidieron saltar al otro lado del océano para encontrar mejor fortuna y crear una familia.

En 2007, Eleanor, viuda y ya jubilada, decidió cruzar el charco para emprender la búsqueda de sus raíces polacas. Muertos sus abuelos y su padre, y estando su madre en un pésimo estado de salud, ella era el único eslabón entre el pasado polaco de su familia y sus descendientes, tres mujeres con demasiadas preocupaciones como para preocuparse además por el pasado de la familia, muy lejano y ajeno. Pero Eleanor sentía un deber para con ellas y sus nietos: si ella no descubría la historia de esa parte de la familia, caería irremisiblemente en el olvido. Sólo en el pasado, me dijo en alguna de nuestras conversaciones Eleanor, con una determinación y una retórica muy hollywoodienses, sólo en el pasado se encuentra la respuesta a las preguntas del futuro. Las preguntas se las había formulado ya ella y, en su debido momento, se las formularían sus hijas y sus nietos. Por eso sólo Eleanor, auténtica abuela superheroína, reconocía la importancia de esta búsqueda y, al mismo tiempo, tenía los conocimientos y el tiempo libre necesarios para llevarla a cabo antes de que fuera tarde.

Sin embargo, sus primeros intentos de encontrar algún vínculo con sus abuelos o bisabuelos, o cualquier indicio de algo remotamente familiar, fracasaron. Ni un hogar, ni familiares, ni personas conocidas. Pasó varios meses en Polonia, escudriñando las ciudades donde habían vivido sus cuatro abuelos. Pero nada. Ni un triste registro escrito que los recordaraNo obstante, en toda búsqueda se acaba encontrando. Primeramente, reencontró la lengua polaca. Sin haberla hablado desde niña, desde la muerte de la última de sus abuelas, al verse envuelta de nuevo por la lengua consiguió volver a entenderla y a hablarla con cierta fluidez. Como si hubiera formado siempre parte de mí misma, me dijo, como si solamente lo hubiera puesto en stand by. Como montar en bici. Y, last but not leastEleanor descubrió, más vale tarde que nunca, su auténtica y desconocida pasión: viajar. O, mejor dicho, Viajar. Con una v tan mayúscula que empezaba a hacerle sombra a la b de búsqueda.

Tras la estancia en Polonia, en vez de regresar a su hogar, decidió ir a América del Sur; a continuación, visitó el Sudeste Asiático y volvió a Europa, intercalando sus viajes con estadías en Estados Unidos y Polonia, su nuevo hogar, en las cuales visitaba a su familia y proseguía la dichosa búsqueda. A sus sesentaytantos, sin comerlo ni beberlo, Eleanor había salido por primera vez de Estados Unidos para darse cuenta de que, más allá, había un mundo entero. Estos viajes, me dijo, actuaban como respiro de su búsqueda. Pero, en realidad, ésta no cesaba nunca: en cada lugar que visitaba, aprovechaba para contactar con asociaciones de inmigrantes polacos y para conocer a gente que estaba en una situación similar a la suya. Entonces supuse que mantenía la inocente esperanza de encontrar pistas en cualquier sitio. Entre otras historias que me contó, recuerdo el caso de una chica canadiense que había conocido hacía un par de años en Brasil. La chica no sabía nada de los abuelos de Eleanor, claro. Ella y su hermana gemela habían sido adoptadas por una familia canadiense, pero eran de origen brasileño. La brasileña canadiense había decidido ir a Brasil sola, sin su melliza, a conocer a su familia biológica. Ésta no sabía nada de su visita. La madre biológica no había tenido más noticias de los dos bebés. Le pregunté a Eleanor cómo reaccionaron tras la sorpresa, pero me dijo que no lo sabía: se despidieron el mismo día en que la canadiense iba, por fin, a dar el paso definitivo. ¿Qué le diría, la chica? ¿Cómo iniciaría la conversación? Hola, mamá, pasaba por Brasil y... Tras otras historias (esta historia sin final era, ahora lo veo, un presagio) me fui dando cuenta de que viajar y conocer a gente distinta eran, para Eleanor, más importantes que la búsqueda en sí: eran la nueva forma que había adoptado su búsqueda. La búsqueda no estaba solamente en Polonia, sino que concernía al mundo entero. Como aquel tipo del chiste, que le dice al médico que le duele en todas partes del cuerpo donde se toca con el dedo roto, el problema de Eleanor la sigue allí donde va. No seré yo, claro, el guapo que le diga que su dedo está roto.

Durante estos seis años de Viajera, lo que más había detestado Eleanor era volver a Estados Unidos. No olvidaré la intensa rabia con la que criticó los acuerdos de la zona Schengen, que le impedían pasar, si mal no recuerdo, más de tres meses en Europa sin abandonarla por un tiempo. Podría haber pagado no sé cuántos dólares para extender el visado, me dijo Eleanor, o podría haber regresado a Estados Unidos —al mencionar el regreso empezaba a escapársele la risa—; pero, evidentemente, prefería retomar su papel de Viajera e ir a algún sitio nuevo. Entonces su rabia se diluía en la ironía: ¡qué tiranía, la de la zona Schengen! ¡Pobre Eleanor, obligada a Viajar! ¿Voy a Estados Unidos o... a cualquier otro país del mundo? Además, no sólo se había aficionado demasiado a no parar quieta como para aborrecer la vuelta a casa, sino que también sentía que no finalizar su búsqueda era una decepción para su familia. Sin embargo, los sentimientos de la familia no coincidían con los de Eleanor: aquélla estaba preocupada por la seguridad de la abuela, viajando sola por el mundo, no por la infructuosidad de su odisea. Pero Eleanor me dijo que era bueno que se angustiaran un poco. Sólo así podrían compartir con ella sus propios temores u obsesiones, añado yo: la necesidad de autocomprensión y el miedo al olvido. Con cierta picardía me confesó que, para ella, viajar por el mundo devino en una especie de chantaje a la familia: quizá si ésta teme la desaparición de la abuela, quizá si la familia alcanza a valorar el riesgo que la abuela está corriendo, comprenda por fin la importancia de la búsqueda y se implique en ella. Entonces, la ingenuidad de Eleanor me pareció un claro ejemplo de cómo las líneas que separan la causa de la causa perdida, y la causa perdida del delirio, son bastante delgadas. O, dicho de otro modo: en la adolescencia, incluso en las segundas adolescencias, candor y pasión siempre van de la mano. Pero ahora me doy cuenta de que todo aquello sólo eran excusas, excusas muy elaboradas pero, al fin y al cabo, excusas: una manera de encubrir su nueva y, por qué no reconocerlo, egoísta forma de vida.

En fin, como ya he dicho, no pude averiguar el desenlace de su relato. No sé si Eleanor encontró alguna pista que le permitiera obtener respuestas. Así que me conformo con imaginarla, dentro de unos años, perdida en algún lugar recóndito, contándole su historia a un viajero de pacotilla como yo. La veo más vieja, más obsesionada, con su energía mermada: el fracaso hace mella en todos. Quizá mis suposiciones fueran ciertas y viva sus últimos días Viajando de aquí a allá, olvidada por todo el mundo, como ella ha olvidado su búsqueda, pero feliz. Quizá su familia decida ayudarla, por pena o por convicción; quizá una de sus hijas la rescate de una situación peligrosa y novelesca, devolviéndola a casa derrotada y senil, cual don Quijote. Quizá, en uno de sus viajes, conozca a un entrañable abuelo que le mitigue las ansias de Viaje y de búsqueda. Quizá terminen viviendo juntos en algún lugar paradisíaco, convirtiéndose en aquellos extravagantes viejitos que reciben visitas un par de veces al año. Quizá la rutina, el tedio y la repetición acaben apagando la chispa que encendió una anómala y desmedida curiosidad juvenil. Quizá la memoria de aquellos años locos termine también sepultada. Quizá la palabra Polonia pase a ser un tabú familiar, por miedo de que, como un conjuro, pueda despertar de nuevo sus ansias Viajeras o de búsqueda. Quizá lo mejor haya sido no conocer el final de la historia.

Pero, a veces, inesperadamente, la realidad y la ficción se ponen de acuerdo y colaboran como buenas hermanas. Ésta rellena los huecos de aquélla y/o aquélla reviste a ésta de un encanto personal, exclusivo. Me explico.

Hace cosa de un mes, quedando ya lejos aquellas dos primeras semanas polacas y con el recuerdo de Eleanor camino del olvido, terminé de leer Austerlitz (2001), de W. G. Sebald. El protagonista, Jacques Austerlitz, me pareció una prolongación ficcional de Eleanor. En cierto sentido, Austerlitz reanudaba la estéril búsqueda de Eleanor y respondía, asimismo, preguntas a las que no alcancé a dar respuesta. Sin embargo, su historia es aún más excepcional que la de Eleanor: tiene la insólita envergadura de la ficción, espejo amplificador, fascinador, de la realidad.

Si Eleanor conocía perfectamente la historia de sus padres y trataba de averiguar la de sus abuelos y bisabuelos, Austerlitz no sabe nada de su pasado más inmediato ni de su identidad real: emigrante checo de niño, hijo de dos víctimas del Holocausto y adoptado por una pareja inglesa. De sí mismo sólo percibe un desconocimiento antinatural, síntoma de un vacío inexplicable pero, de algún modo, palpable:
"Realmente, durante todos los años que pasé en la casa del predicador en Bala [su padre adoptivo], nunca pude desechar la sensación de que se me estaba ocultando algo muy obvio, en sí evidente. A veces era como si tratara de saber la verdad en sueños; otras veces creía que caminaba a mi lado un hermano mellizo invisible, lo contrario de una sombra, por decirlo así. También detrás de las historias bíblicas que me daban a leer en la catequesis desde los seis años sospechaba un sentido que se refería a mí, un sentido que se diferenciaba por completo del que se deducía del escrito cuando recorría las líneas con el dedo índice".
(Como en las parábolas bíblicas, el enigmático malestar de Austerlitz pedía a gritos una interpretación.) Más coincidencias: tanto Eleanor como Austerlitz son Viajeros. Ella viajaba por el mundo; su excusa era su búsqueda de raíces. Él viajaba por Europa; su excusa inicial era su trabajo, aunque la búsqueda de sus raíces terminan sustituyéndola como motor del Viaje, del mismo modo que la República Checa acabaría siendo su nuevo hogar. Tampoco conocemos el desenlace de las pesquisas de Austerlitz: el narrador nos deja con la intriga de si logrará desentrañar todos los interrogantes de su pasado. También la inesperada constatación de que Eleanor podía hablar polaco tiene su equivalente en Austerlitz. Al reencontrarse y hablar con su antigua niñera, Vera, único vínculo humano con su pasado, recupera repentinamente, como por arte de magia, la facultad de hablar checo:
"la propia Vera, involuntariamente como supongo, dijo Austerlitz, había pasado de un idioma [francés] a otro [checo], y yo, que ni en el aeropuerto ni en los archivos del Estado, incluso ni siquiera al aprenderme de memoria la pregunta que, si hubiera dado con la dirección equivocada [de la casa de Vera], sin duda no me habría ayudado mucho, había tenido ni de lejos la idea de haber tenido contacto alguno con el checo, comprendía ahora, como un sordo que, por un milagro, recupera el oído, casi todo lo que decía Vera, y sólo quería cerrar los ojos y seguir escuchando sus polisilábicas palabras apresuradas".
Si yo, patoso narrador desinformado, no estoy del todo seguro del nombre de Eleanor, el joven Austerlitz ni siquiera conocía su auténtico nombre. De hecho, tal descubrimiento suscita el inicio de sus indagaciones. Eleanor empezó su búsqueda por el bien de su familia (aunque quizá esto sólo fuera una excusa para encubrir sus motivos personales); la curiosidad de Austerlitz despierta cuando, estando su padre adoptivo enfermo, el director del colegio le revela su nombre original y le cuenta que sus padres biológicos eran checos, no británicos. Tan sólo a partir de este momento puede empezar a intentar entender la inexplicable desconexión vital que sentía, asumida ya como algo propio y resumida en una frase (también premonitora) que bien podría haber iniciado la novela: "En un momento del pasado, pensé, he cometido un error y ahora estoy en una vida falsa". La sensación de no estar llevando una vida plena, de no comprender lo que sucede dentro de sí mismo y de estar cumpliendo una pena ajena y desconocida lo acompañan desde la infancia. Toda su vida es una huida de sí mismo y de su imposibilidad de encontrar su lugar entre los hombres. ¿Sentía Eleanor el mismo anhelo de cimientos, realmente? ¿O simplemente quería Viajar? En cualquier caso, el vitalismo de Eleanor está en las antípodas de la atonía de Austerlitz:
"Nunca pensé en mi verdadero origen, dijo Austerlitz. Tampoco me había sentido perteneciente a una clase, una profesión o una fe religiosa. Entre artistas e intelectuales me sentía tan mal como en la vida burguesa, y desde hacía mucho tiempo no creía ser ya capaz de entablar una amistad personal. Apenas conocía a alguien, pensaba enseguida que me había acercado demasiado, apenas me prestaba alguien atención comenzaba a retirarme. En realidad, al final me unían a las personas sólo ciertas formas de cortesía, claramente llevadas al extremo y que, como hoy sé, dijo Austerlitz, no se orientaban tanto a la persona que fuera sino a permitirme hacer caso omiso del hecho de que siempre, hasta donde podía recordar, había estado sobre un fondo de innegable desesperación".
Por eso el joven Austerlitz se refugia en los estudios y, de mayor, en su trabajo de historiador de la arquitectura. Pero ¿no habíamos quedado antes en que la ocupación no era lo importante? En el caso de Austerlitz como, en verdad, en casi todos sí lo es. Después de jubilarse como profesor universitario, intenta llevar a cabo un proyecto mastodóntico de historiografía arquitectónica:
"Las diversas ideas que me hice en diversos momentos de ese libro que escribiría iban desde el plan de una obra sistemáticamente descriptiva en varios volúmenes hasta una serie de ensayos sobre temas como la higiene y el saneamiento, la arquitectura de los establecimientos penitenciarios, templos profanos, hidroterapia, jardines zoológicos, salidas y llegadas, luz y sombra, vapor y gas, y otros semejantes".
Como Eleanor y su búsqueda de raíces, las tentativas laborales de Austerlitz fracasan. Y, sin embargo, también obtiene frutos inesperados de ellas. Por un lado, su obsesión por el trabajo le sirve para postergar el doloroso proceso de descubrimiento de su propia identidad. Por el otro, su análisis de la arquitectura europea (librerías, casas, estaciones de trenes, fortalezas, campos de concentración...) es un análisis de la historia europea del siglo XX, estrechamente relacionada con su historia personal: a través de sus observaciones y su vasta erudición, vistiendo a la vez el disfraz de filósofo y el de enciclopedia andante, Austerlitz se aproxima, indirecta y en cierto modo inocuamente, a la comprensión de sí mismo. Sin ninguna duda, sus observaciones, capaces de extraer información de cualquier nimiedad, son de lo mejor de la novela:
"Me cautivaba siempre especialmente en el trabajo fotográfico el momento en que se ve surgir del papel impresionado, por decirlo así de la nada, las sombras de la realidad, exactamente como los recuerdos, dijo Austerlitz, que emergen en nosotros en medio de la noche y se oscurecen rápidamente para el que quiere sujetarlos, como una copia fotográfica que se deja demasiado tiempo en el baño de revelado".
La fotografía es, junto a la conversación y la arquitectura, otra de las grandes aficiones de Austerlitz. Y también de Sebald: el autor jalona la novela, sin capítulos y casi sin párrafos, con fotos. Algunas están estrechamente relacionadas con el texto (la foto de la madre de Austerlitz), otras parecen completarlo oblicuamente; pero siempre tiñen la lectura de un aire melancólico y misterioso: ¿es Austerlitz un personaje real? ¿Existen los personajes de los que se habla? Las fotografías y el anónimo narrador, aparentemente un mero transcriptor de los monólogos de Austerlitz, parecen apuntar a que sí.

Pero supongo que esta duda insoluble, este coqueteo de la ficción con la realidad, le da a la novela un interés especial. Un interés cuya peculiaridad quiere remedar la relación absolutamente personal que, en mi cabeza, he acabado estableciendo entre Austerlitz y Eleanor. Sin querer, pienso en la Viajera norteamericana como en otra habitante de los no-lugares (estaciones de tren, aeropuertos, trenes y autobuses, hoteles...), tan desarraigada como el mismo Austerlitz. No puedo evitar que, en mi memoria, Austerlitz se contagie de la energía y de la curiosidad sin temor de Eleanor. Desde que leí a Eleanor y desde que conocí a Austerlitz, cada vez que ando frente a aquel hostal donde pasé mis primeras dos semanas polacas y conocí a gran cantidad de viajeros, siempre que cruzo una estación de tren o que viajo en autobús, cuando mis ojos se posan otra vez sobre el ejemplar de la novela, al examinar una fotografía envuelta de magia, o incluso si entablo otra repetitiva conversación con un desconocido, estudiante de Erasmus o viajero, tenga una historia interesante o aburrida, me asalta el recuerdo de los inseparables Viajeros, Eleanor y Austerlitz.