jueves, 18 de octubre de 2012

Vine a dominguear

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Kurtz (¿o sería Ulises? ¿O quizá Abraham?). De hecho, fue mi madre quien me lo dijo: Pedro Páramo, tu padre, es un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

O vine a México D.F. para encontrar a la poeta mexicana Cesárea Tinajero, la eterna desaparecida, y sus poemas.

O vine a Estados Unidos para investigar el significado de Rosebud, la última palabra que (no quise saberlo, pero lo supe) pronunció Charles Foster Kane antes de morir.

¿O no? La memoria me falla...


Vine aquí para ser Lázaro. ¡Sí, sí, a eso vine! Ahora lo recuerdo. Así que sepa Vuestra Merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. O, aún mejor: me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir. Bueno, no sé. La cuestión es que no hablo del Lázaro bíblico, el resucitado o el zombie, sino del Lázaro con diminutivo. El Lázaro lazarillo. El Nuestro. (Atención: pronúnciese Nuestro con ene mayúscula y muy ibéricamente, muy hispánicamente, muy castellanamente; pronúnciese con el orgullo grasiento con el que hablaría el jamón si Nuestros Jamones hablaran y dijeran, por ejemplo, palabras como cojones, tortilla o gilipollas.) Vine a resucitar picarescamente, como Lazarillo. A eso vine. A resucitar simbólicamente: abre los ojos y la boca, con la babita colgando, e inclina ligeramente la cabeza para despejar el cogote y dejar que la verdad te aseste una buena e inesperada colleja. ¡Bendito dolor placentero, el de las hostias simbólicas que la verdad propina!


Y luego, claro, a contárselo todo a Vuestra Merced, como hace Lazarillo. A eso vine también. En este caso, Vuestra Merced no escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, pero yo, por si acaso, se lo relato y se lo escribo igualmente. Así que me impuse el mismo horario que Dios: de lunes a sábado, a vivir (duro trabajo), y los domingos, a descansar, o sea, a escribir. Pero a veces uno se queda por el camino ¡nada atrapa como atrapan los caminos! y ni escribe ni relata caso alguno: llega el domingo y pasa cual intrigante arbusto del Lejano Oeste. Así de dura es aquí la vida. Y no será por falta de cosas que contar... Esa es la cuestión: tantos casos y cosas y caminos no dejan tiempo para seleccionar, adornar, falsear e inventar, es decir, para escribirle y relatarle ni siquiera un miserable caso a Vuestra Merced.

Este domingo quería hablar de la casa que habito, una casa, si no tomada, a punto de ser tomada. Esta casa, que en realidad es un piso, con sus catacumbas y sus problemas, merece unos cuantos párrafos; quizá incluso un cuento o un poema. También quería escribir sobre las cortinas y las persianas. Y, sobre todo, sobre lo que hay más allá de las ventanas. No me refiero al mundo en general, sino solamente al mundo que hay detrás de las ventanas, al mundo visto a través de las ventanas. Asimismo, quería hablar de Cracovia, quería describir algún personaje pintoresco, quería escribir sobre el cine polaco y judío que voy descubriendo.

Ya les llegará su domingo a estos casos. Serán escritos y relatados, no se preocupe Vuestra Merced.

Sin embargo, antes hace falta un poco de limpieza: mi habitación, la habitación-comedor, la habitación-casi-palacio, con su cama y su sofá-cama y sus sillas y mesas y armarios y mecedora y diana y canasta y tendedero y aspiradora y, desde ayer, además, con sus botellas, vasos, ceniceros, colillas, platos, cartas, cubiertos, servilletas, etc., mi dormitorio, decía, se ha estrenado por fin como sala de fiestas. A eso vine también, a limpiar tras las fiestas.

sábado, 6 de octubre de 2012

Entrevista breve con E

—¿Salimos a tomar una cerveza? —me dice un portugués ebrio, llamémosle E.

E y yo nos conocemos solo desde hace un par de horas, pero, entre personas desamparadas y necesitadas de afección como los estudiantes de Erasmus, dos horas son suficientes para tener cierta confianza. Por cierto, en este caso salir significa salir de la discoteca donde estamos y donde nos hemos conocido. Y aunque aquí la cerveza es bastante barata, al menos en comparación con los precios barceloneses, siempre es más económica en las alcoholerías.

Propuesta de definición de alcoholería para la RAE:
1. f. Tienda que vende alcohol las veinticuatro horas del día y que tiene un letrero que reza "Alkohole". 
2. f. Símbolo nacional polaco, o casi. O, mejor dicho, síntoma del alcoholismo polaco.

—¿Sabes que te pueden multar por beber en la calle? —le digo a E mientras cruzamos la Plaza Central de Cracovia. (De día está bonita, sí, pero de noche está aún más guapa, la plaza.)

—Lo sé. Pero así es más divertido. Las reglas hay que conocerlas para poder romperlas. Es lo mejor de las leyes y, de hecho, lo que las define: la necesidad de su profanación. Como estudiante de Derecho, lo más divertido es violar las normas que memorizas o escribes. Para nosotros, es como construir y derruir castillos de arena.

Pongo cara de perdido: ¿cómo ha pasado de beber en la calle a los castillos de arena? E se detiene un momento, pero pronto vuelve a la carga.

—Me explico. ¿Te crees que los niños se lo pasan bien construyendo castillos de arena? La finalidad del juego no es superarse, ni cultivar la paciencia, ni siquiera dar un momento de paz a los padres. La clave del juego no está en el proceso de construcción, sino en el instante de la destrucción. La esencia del juego es aceptar y aprender a gozar de la destrucción de lo que se ha creado. Poder echar por los suelos lo más importante para ti, ser capaz de despreciar tu esfuerzo o tu propio trabajo: no hay placer mayor ni mejor medicina. Es como recetarse dosis de humildad.

—¿Como una catarsis? —le respondo, como buen interlocutor, para darle cuerda.

—Algo así. Para el buen legislador, no hay mayor catarsis que violar una ley que él mismo ha escrito. Y romper la norma por primera vez es como inaugurar un barco de un botellazo en el casco. Oye, hablando de catarsis, seguro que en la mitología griega hay algún caso de destrucción del propio trabajo. Estos tenían ejemplos para todo. ¿No lo conocerás, por casualidad, como buen humanista?

—Pues, por casualidad, ese mito no me suena —le respondo a E, sabiendo que lo decepciono profundamente. Miro a mi alrededor: no tengo ni idea de dónde estamos—.  Por cierto, ¿sabes dónde estás yendo?

—Claro. Lo primero que hice al llegar a Cracovia fue llegar a la Plaza Central y, lo segundo, buscar una alcoholería. Mira, ahí está —me dice, señalando una alcoholería con su letrero de "Alkohole"—. No recuerdo muy bien todo lo que vino después, pero sí sé que al final de aquel día estaba echando un polvo con una polaca. For real, man.

—Vaya, qué eficiencia, ¿no?

—Bueno, solo estoy siguiendo El Plan.

—¿El Plan?

—El Plan, sí —dice E, confiado—. Resumen de El Plan: tienes que follarte a cien tías en los diez meses que estarás en Cracovia. Da igual si son feas o guapas, gordas o flacas, polacas o venezolanas, jóvenes o viejas. Solo importa alcanzar el objetivo: cien tías. Y no vale repetir ni irse de putas. Este es El Plan. Gracias a Él, yo y cien chicas nos lo pasaremos en grande. ¿Qué te parece?

Dos chicas que también compran en la alcoholería nos miran con miedo y asco en los ojos. El inglés de E, pese a su borrachera, es muy bueno.

—Pienso que podrías hacerte un álbum de fotos con las que quieran formar parte de El Plan —le digo a E mientras abrimos nuestras cervezas y nos sentamos en un banco—. Así podrías recordarlo cuando seas mayor.

—Pues no es mala idea. Podría enseñarles a mis nietos las hazañas de su abuelo.

—Además, llevas buen ritmo: una sola noche y ya te falta una chica menos para llegar a tu meta.

—Sí, pero ya llevo cinco días en Cracovia. El empuje inicial no podía ser mejor, pero tengo que mantener el ritmo. El Plan requiere mucha dedicación y constancia, es como entrenar para una maratón, y lo sé porque no soy el que lo inventó, no soy un pionero. Hay muchos Erasmus con Un Plan particular. Un amigo marcaba en un mapamundi las nacionalidades que se había pasado por la piedra. Se quería follar a todo el mundo, decía. Qué cachondo. ¿Lo pillas, no? A todo el mundo... Lo malo es que solo consiguió completar el mapa europeo y algún otro país. Pero yo, que no soy tan selectivo, quiero quitarme los límites y follarme, realmente, a todo el mundo. O al menos a cien tías. En realidad le estoy haciendo un favor al mundo: promover el amor libre es como repartir felicidad.

—Sí, sí. Soys unos personajes curiosos, tú y tus amigos...

—¿Has visto La cena de los idiotas? —me pregunta E. Cambio de tema radical.

—Sí, pero no la recuerdo muy bien...

—Joder. Pues en la película, un grupo de amigos, cada uno con un invitado, se reunía semanalmente para ver quién había invitado al más idiota. Como homenaje, mis colegas y yo celebramos de vez en cuando una cena de las idiotas. Cada uno de nosotros ha de invitar a la chica más fea, gorda, pesada, tonta, etc., que haya conocido desde la cena pasada. La más infumable que haya conocido, la más idiota. Al acabar la cena, el que haya invitado a la peor de ellas gana; el que haya invitado a la menos idiota, en cambio, pierde.

De nuevo, estoy desorientado. Pensaba que E sería de los invitados a la cena, no al revés.

—No pongas esa cara —sigue E—, que no es tan complicado. La cosa no acaba aqui: cuando ya tenemos perdedor y ganador, salimos de fiesta, y entonces el perdedor ha de lograr follarse a la chica del ganador, a la gran idiota, la campeona de las idiotas. También hemos jugado con variaciones: cada uno ha de follarse a su propia idiota, o hay que follarse a la de la izquierda, etc. Oye, espera un momento que tengo que mear.

E se levanta y se mete en el parque. No hace falta que le diga que la multa por mear en las calles polacas es de 200 zloty. Dirá que mear en la calle, como beber en la calle, es mejor si es una aventura, y que el único sentido de las normas es su transgresión, y que castillos idiotas y arenas de cena y etcétera, etcétera.

martes, 25 de septiembre de 2012

Crónica (retrasada, ajena y ficcional) de una mudanza

Aunque ya no esté en Barcelona, no me olvido de ella. Ni de Girona ni de Cataluña, y mucho menos en estos tiempos tan revueltos. Aunque entre el recuerdo, la melancolía y el extrañamiento hay unos cuantos trechos. Por contra, sí que echo de menos a ciertas personas y algunos momentos; como, por ejemplo, la mudanza del piso: una experiencia increíble.

Increíblemente agotadora, claro.

Y muy lubrificada. Subir cinco pisos sin ascensor provocó que los cuerpos se barnizaran de sudor al terminar el primer viaje; al acabar el segundo, las camisetas ya no cubrían nuestros torsos musculosos. Por suerte, no hubo incidentes: nadie resbaló entre tantas humedades.

Sí hubo, en cambio, algunas ausencias. Siempre justificadas, evidentemente. En cualquier caso, desde la distancia espacial y temporal quedan todas perdonadas. Algunas ausencias también han sido recientemente compensadas, como la de un amigo, llamémosle M. En este caso, con una crónica gráfica de la mudanza.


Lo curioso es que, como buen narrador, M recreó los hechos sin estar presente. Vaya, que se lo inventó todo. Como Dios manda. ¿A quién le importa lo que ocurrió si el cuadro, la foto, el relato, etc., merece la pena?

Aquí somos fervorosos defensores de las mentiras bien contadas; o de las infidelidades a la realidad, que viene a ser lo mismo. Sea lo que sea, a esta traicionera llamada realidad, su propia medicina.

viernes, 21 de septiembre de 2012

À la recherche du piso cracoviano

1. Ryszard, agente inmobiliario 
—Oye, ¿hablas inglés? ¿De dónde eres? —me dice un vagabundo con un inglés más macarrónico que el mío.

—¿Yo? De Barcelona.

—¡Ah! Claro, claro. Me encanta España. Barcelona, sangría, chicas, la Rambla... —sonríe y me muestra, más que los dientes, las encías: tantas teclas blancas le faltan—. ¿Y qué haces en Cracovia? ¿De visita?

—No, estaré aquí estudiando. Ahora estoy buscando piso.

—¡Ah! Claro, claro. Cracovia es una ciudad muy tranquila. La gente es muy simpática, ya verás. Y no es nada peligrosa. Puedes dormir en los parques y ellos te llevan a dormir a un sitio caliente y no te roban. A mí no me hace falta, claro; yo tengo casa propia. Muy buenos somos todos. Sí, sí. Claro. 

Se queda callado. Echa un trago a un cartón de zumo de naranja.

—Ven, ven aquí, siéntate —me dice, señalando el banco donde está sentado; yo, claro, voy allí—. ¿Sabes qué? Ryszard puede ayudarte a encontrar piso —dice el vagabundo, llamémosle Ryszard, dándose un golpe en el pecho. 

Le da otro sorbo al cartón y lo tira a la basura. Sonríe, orgulloso, con todas sus fuerzas; tanto abre la boca, que temo por las piezas sanas intactas ¿supervivientes? de su dentadura.

—Conozco el sitio perfecto para un español. Una casa de mujer. Marta se llama la mujer. Es mayor pero muy buena. Y el piso es muy limpio. Tienes una cama, y tu mesa. Y un baño para todos. Muy limpio todo siempre, ¿eh? Yo allí he dormido alguna vez. Ahora no, porque tengo casa. Pero todo está muy limpio. Y Marta es buena. Prepara comida muy buena polaca.

Le doy un boli y una libreta. Anota el número y la dirección de la tal Marta.

—Ahora que te he ayudado —me dice, devolviéndome la libreta y el boli—, tú también me puedes ayudar, ¿no? —Ryszard fuerza su sonrisa desdentada aún más—. Yo te ayudo y tú me ayudas. España y Polonia somos amigos, ¿no?

Saco todas las monedas de la cartera y se las doy. Ryszard es majo, pese a todo, así que me da pena: las veinte monedas de Monopoly que arrojo en su mano no suman ni dos zloty. Ni medio euro.

—¿Sabes que con esto no puedo comprar nada? —me dice, al tiempo que se desvanece su sonrisa.

Me encojo de hombros y le digo que no tengo más. A Ryszard no le ha hecho ninguna gracia. 

—Recordaré tu cara —me dice, cuando me alejo—. ¡Me debes una cerveza!

2. Llamada número 7: compra-venta
—Hola —digo—, ¿hablas inglés?

—Nie, nie —dice la voz del teléfono—, nie-nie-nie-algo-en-polaco.

—¿Piso? —digo, en polaco—. ¿Casa? ¿Habitación?

—....

—¿Anuncio? ¿Alquiler?

—....

—¿Cracovia?

—...

—¿Precio? ¿Dinero?

—¡Ah, sí! Dinero, dinero. Piso, piso. Sí, sí.

—Sí, quiero el piso. ¿Cuánto dinero?

—Sí. Tú escribir —me dice—. Tú escribir, yo precio decir. Siete.

Apunto un siete. Y pienso. ¿799 zloty al mes? Y divido entre cuatro. 200€.

—Y ocho —sigue dictándome—. Y nueve.

789 zloty. 191 euros.

—Y cero —¿y cero?—. Y cero —¿qué?. Y cero —¿cómo?—. Repito todo: 789000 zloty.

Divido entre cuatro: 191000 euros. 

Tres ceros es la diferencia entre sprzedawać y winajmować, o entre vender y alquilar.

3. Llamada número 10: intimidad en tierra alemana
—¿Hablas inglés?

—Sí, sí. Soy alemán. Somos dos alemanes en el piso. Tú ocuparías la tercera habitación. Somos gente muy simpática y muy abierta. Y muy limpia. Eres español, ¿no? Nos encantan los españoles. El piso tiene un baño para los tres. Tu habitación también es la cocina y es el salón. Y a un lado está mi habitación. Al otro lado, la del otro alemán. La calefacción es central. Todo vale 600 zloty. ¡Es muy barato!

Silencio. Procesando datos...

—¿Cómo?

—Sí —más silencio—. Tu cama está sobre la cocina, y abajo también hay un sofá y una mesa. Y un armario para poner tus cosas, claro. Cuando quisieras, podríamos comer todos juntos en el comedor, y todo por 145 euros al mes...

Antes de colgar, soy generoso: le doy una única oportunidad y le pongo precio a mi intimidad. Pero no me salen las cuentas. Mi intimidad aún no es tan barata (y eso que la aireo en este blog, según parece). Tiempo al tiempo.

4. Llamada número 17: Marta
—Hola. ¿Marta?

—Sí —me dice una voz de viejecita entrañable—, soy Marta.

—¿Hablas inglés?

—Nie, nie.

—¿Conoces a Ryszard?

—....

—¿No? ¿Ryszard?

5. Encuentro con cracoviano número 19
—¿Piden que paguéis eso por todo el piso, verdad? ¿O solo por la habitación?

—...

—¿Solamente una habitación?

—...

—...


6. Encuentro con Erasmus número 10
—¿Y ya tenéis piso?

—Seguimos buscando.

—Está todo muy caro.

—Nos timan: o zulos o precios de Barcelona.

—Sobrepoblación de estudiantes.

—No se si quedarme el salón-cocina-comedor...

Los dos alemanes parecían majos.

—También parecían silenciosos.

7. Agente inmobiliario número 5
—Oye, que al final sí queremos el piso de cuatro habitaciones que hemos visitado esta mañana.

—Vaya, demasiado tarde. Qué pena. Ya está alquilado.

—...

Pero si queréis conozco una mujer que alquila habitaciones.

8. Viejita polaca entrañable (y sin número)
—¡No se os ocurra comprar nada! —dice, sentada en su sofá, combinando con esfuerzo un inglés de emergencia con un español tan precario como mi polaco—. Yo os compro todo lo que os falte en el piso. Edredón, sábanas, trastos de cocina, cafetera, tostadora, lavadora, etc. Y mis hijos lo traerán. Ni se os ocurra ir a Ikea.

La viejita polaca entrañable me recuerda a los propietarios (de pisos) y a los agentes (inmobiliarios) que he conocido en mi corta existencia. Por lo desemejante, claro: en una predomina lo maternal y en otros lo material.

—Además, podéis quedaros en este piso mientras acabamos de arreglar el vuestro —dice, mientras cuenta felizmente su fajo de zloty.

Si Ryszard tuviera móvil, si yo tuviera su número, lo llamaría para celebrarlo con una cerveza.

lunes, 17 de septiembre de 2012

De la creación poética

La poesía es fruto de un esfuerzo enorme; como toda creación artística, vaya. Un esfuerzo mental y físico: el poema hay que pensarlo y hay que parirlo. Se tiene que picar piedra para que lo mental tome forma material.

El esfuerzo suele ser consciente y desagradable, aunque, en contadas ocasiones, es inconsciente, mecánico. Este es el caso del genio, el que compone como late el corazón. Para el genio, si es que existe, la creación no está en el orden de lo extraordinario ni de lo cotidiano, sino de la necesidad básica, fisiológica: a mí me urge mear como el genio necesita escribir un soneto.

En Cracovia, como saben que para los no geniales la poesía requiere una dedicación sobrehumana si se quiere igualar la naturaleza sobrehuma del genio, claro y como son muy apañados y más bien poco pudorosos, habilitan el mejor lugar del hogar para dar rienda suelta a su esfuerzo físico y mental: el váter. En la pared del bar donde desayuno, por ejemplo, incentivan al creador-cagador con poesía española (o, mejor dicho, nicaragüense):


Uno lee a Rubén Darío y siente cómo las cosas siguen su curso natural, sin las estrecheces que nuestra mente y nuestro cuerpo le imponen al flujo poético. Qué bien sienta ser genio creador.

Al salir del retrete, oigo una canción que parece de Sigur Ros es decir, música muy mística pero a lo laico. Le pregunto al camarero y, efectivamente, es Sigur Ros. Es más, esta noche tocan en Cracovia. Le quiero contar mis averiguaciones sobre creación poética para agradecerle la información, pero qué voy a contarle a un polaco. Así que te lo cuento a ti.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Witamy w Krakowie

1
El estruendo de un motor atascado o de una turbina averiada, o algo así de peligroso, me despierta. Mientras compruebo si todo se derrumba a mi alrededor o qué, maldigo a Ryanair y sus presupuestos ajustados por acabar conmigo sin mi consentimiento, y me pregunto si al estrellarnos también sonarán las mismas trompetas que celebran los aterrizajes satisfactorios, y si después todos aplaudiremos calcinados. Pero nadie chilla ni llora ni las pocas mascarillas de oxígeno disponibles descienden sobre nuestras cabezas. No hay fuego ni sale humo del motor. A través de la ventanilla solo pueden verse nubes esponjosas y felices. 

La estruendosa avería está en el aparato respiratorio de mi vecino: sus pulmones también han sufrido el maltrato de la vida low cost. Los ronquidos retumban, metálicos, mientras el avión sigue su rumbo con normalidad.

2
—¿Oye, hablas inglés? ¿Me indicas dónde estamos?

La chica, llamémosla M, habla inglés, y me indica dónde estamos: aquí, señala su dedo sobre el mapa. Es muy guapa, como casi todas las polacas con las que me he cruzado antes y me cruzaré después de M. Parece que en este lugar la belleza es endémica. La recepcionista del hostal también será hermosa; incluso el grano rojo en su mejilla, todo él sangre que es pus en potencia, será bello. Las vendedoras de kebabs no solo serán chicas, hecho bastante impactante, sino que también serán terriblemente bellas. Y así sucesivamente. Esto merece ser estudiado a fondo, sin duda; la belleza polaca, no los granos ni el sexo de los vendedores de kebabs.

—¿Y cómo llego a esta dirección?

Esta dirección, en el mapa, está ahí, indica M con su bello dedo. Como además de guapa es simpática, me acompaña hasta la estación de tranvía. Imagínate si es simpática, que incluso me espanta a un vagabundo que venía a gorronearle algún zloty al guiri recién llegado. Nie, nie noséquéenpolaco, le dice, y el pobre vagabundo se va, resignado. Es tan simpática que me paga el billete: la máquina no devuelve cambio y yo solo tengo billetes de 50. Fíjate si es simpática, que le pido el móvil para invitarla algún día a algo a cambio de su simpatía y me lo da.

—Estamos en contacto —dice M, alejándose—. Si quieres puedo hacerte de guía de Cracovia.

Se despide así, añade una sonrisa no más, y contemplo embobado cómo se va distanciando. Puedes imaginarte a M como quieras, qué más da si hombre o mujer, lo que más te guste, porque a mí ahora no me apetece describirla: cruzarse con demasiada belleza harta a cualquiera.

3
Minutos más tarde, aún con la imagen de M despidiéndose en mi retina, noto algo sobre la mano. Es suave y caliente, como la caricia de unos labios. También es agradable como la caricia de unos labios. Miro la mano: la cosa es marrón y negra y blanca. La cosa es una cagada de paloma. Uso el anverso del mapa de Cracovia para limpiarme la mano. El móvil de M comparte espacio con restos de mierda aviaria.

Desde el tranvía, veo cómo unos chicos sentados en un banco se ríen, quizá de mí, quizá diciendo: bienvenido a Cracovia, Witamy w Krakowie.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Literatura amorosa

1
"Si eres la chica rubia, te amo."
Esto decía, no me lo invento, la nota que encontré dentro de un libro que consulté en la biblioteca hace unos días. No pensé en fotografiarla, y, ahora que ya he terminado los exámenes y huiré a Polonia dentro de nada, espero no tener que volver a la universidad en un tiempo, así que tendrás que creértelo. Que hallé la nota y que voy a la biblioteca a estudiar.

2
Vuelvo a ella, a la nota. No había visto nunca una declaración de amor más ambivalente: es directa por lo que dice —el "te amo", después del "si eres", tiene la intensidad de una amenaza, suena más bien a "te mato", a ti, sí, a "la chica rubia" cuyo nombre ni siquiera conozco—, pero también es indirecta por cómo lo dice: con una caligrafía de psicótico en un papel de libreta, arrugado y perdido no sé desde cuándo en una página al azar de un libro cualquiera de alguna biblioteca. De hecho, no era "un libro cualquiera": había seis ejemplares del mismo. No diré el título para que no le fastidiéis el ligue al anónimo enamorado.

En fin, buscar así la media naranja es como gritar socorro en el vacío.

3
Qué tentación tan grande, tirar la nota a la basura, o, por ejemplo, sustituirla por esta:
"Sí soy la chica rubia, paso de tarados." 
Pero no pude hacerlo porque ya había empezado a modelar dentro de mí al ratón de biblioteca enamorado. En el fondo tengo corazón: el cinismo son los guantes de boxeo del romántico. Tampoco pude retomar el hilo del estudio. Me senté y lo intenté, pero solo para constatar que la historia de la nota psicopático-amorosa ya me había fecundado, y con estas cosas no se juega y no hay abortos que valgan.

Me empecé a preguntar qué tipo de freak iba por ahí embotellando mensajes de amor. Y más en estos tiempos en que Cupido tira las flechas colgando una canción en Facebook, marcando "me gusta" en una publicación de su víctima o comentando babosamente una foto. El mensajero enamorado había de ser, además de un neurótico, un personaje anacrónico. Alguien que sabía que el proceso de enamorar al otro es muy dado a los rodeos pero que no estaba muy dispuesto a adaptarse a los tiempos y tecnologías que corren. Además, no sería un cobarde, sino un valiente por escrito, o algo así se diría a sí mismo.

4 
También me preguntaba cómo sería ella, además de rubia. Y ¿cómo de rubia, hasta dónde de rubia? Más importante: ¿cómo pasó lo poco que debió de pasar entre ellos? ¿En qué momento surgió el amor unidireccional? Quizá fue el modo en que ella pasaba las páginas, quizá el libro que eligió hojear. O la forma de apartarse el mechón que le entorpecía la vista. O notar cómo la lectura iba modificando su rostro, curvando suavemente los labios, apenas insinuando algunas arrugas, levantando la mirada y perdiéndola en el vacío para coger aire o para asimilar una línea. Ella leía y él la leía, atentos ambos a cada detalle, cuales Paolo y Francesca. Entonces ella se levantaría y él no le diría nada, sino que condensaría toda su pasión en siete palabras. Siete palabras destinadas a ella y cuya brutal franqueza solamente ella había de apreciar (esto también se lo diría Paolo a sí mismo).

5
Una rodaja de chorizo. Eso se encontró un profesor mío dentro de un libro de la biblioteca. Y vaya si lo supo apreciar: estaba bastante conmovido cuando nos lo contó.

6
El recuerdo de una rodaja de chorizo como punto de libro: así estallan las burbujas románticas.

7
Devolví el libro a su lugar. Con la nota dentro, claro. Los otros ejemplares seguían allí, pero no contenían notas amorosas. Me senté en una mesa cercana a esperar, a esperar que alguien se delatara consultándolo. Miré a mi alrededor y todos me parecieron bastante sospechosos. Todos eran locos enamorados a mis ojos: el mundo se volvía loco por mí y solo para mí. Estudiar para septiembre hace estragos en todos. Cualquiera de los que estábamos allí estaba tan tarado como para escribir aquella nota.