domingo, 15 de noviembre de 2015

Cómo conocisteis a mi madre

1. Anécdotas

Una de las cosas que más me gusta de trabajar como profesor de español es poder escuchar las extravagantes historias que a veces cuentan los estudiantes. Al principio, los polacos son muy tímidos o cerrados, pero cuando se sueltan un poco ponen en duda los límites de mi concepto de intimidad.

Probablemente violaré algún código deontológico del profesor al escribir sus historias, pero hay algunas demasiado buenas para no ser compartidas; ellos sabrán perdonarme. En realidad ya usé sus anécdotas para dar forma a algunos cuentos: hablé de Kuba el testigo de Jehová, de mi abandono del instituto y de muros y banderas, por ejemplo, y ahora me voy a apropiar de otras. Si fuera aún más pedante y creído de lo que ya soy, justificaría esta pequeña traición a la confianza de mis alumnos sacando a colación el caso de Max Brod (el amigo y albacea de Franz Kafka, al que traicionó cuando publicó sus obras, a pesar de que Kafka le había pedido que las destruyera); pero, de cualquier modo, a quién quiero engañar: ni yo soy Max Brod ni ellos el autor de La metamorfosis. ¿O sí?

En una clase, una estudiante contó que su amiga, polaca pero casada con un cirujano alemán, sólo follaba en el estricto horario establecido por el marido: los domingos a las cuatro de la tarde. Los lunes, los sábados, los miércoles y el resto de días, él no estaba disponible y ella se aguantaba las ganas como podía. Para la amiga, pues, los domingos eran sagrados, y no precisamente por la misa. La disciplina sexual del esposo también implicaba que si, por ejemplo, iban de excursión, a las cuatro tenían que estar en casa porque al señor cirujano le parecía tercermundista follar a su edad en el coche o en el bosque, igual de tercermundista que follar espontáneamente o tres veces por semana. Eso sí, el sacro polvo dominical no impedía que el mismo domingo a las cinco de la tarde la amiga ya estuviera tomando el té con mi alumna y le comentara el nudo, el desarrollo y el desenlace del coito. Por suerte, en clase no nos dio los detalles, y prefiero no inventarlos.

En otra clase, otra estudiante narró el día después de la despedida de soltero del esposo de una amiga. (Sí, la mayoría de los estudiantes son mujeres y, por lo visto, casi todas tienen también amigas con esposos muy peculiares.) Un domingo por la mañana, la amiga —llamémosla Gosia— fue a buscar a su futuro marido a la casa rural que sus amigotes habían alquilado para la despedida, comenzada el jueves. Al llegar, Gosia se encontró con el escenario típico de una película de zombis —suciedad, pestilencia, hombres resacosos y/o borrachos—, pero aquello no la sorprendió ni molestó: habían contratado una empresa de limpieza para que se encargara de la casa tras la fiesta. Los únicos supervivientes de la juerga, su casi marido y dos amigotes —un gorila y un asno, según la descripción de la estudiante—, aún estaban bebiendo semidesnudos en la cocina, lo cual tampoco le extrañó a Gosia. La primera sorpresa fue la espalda de su novio: no sólo estaba toda ensangrentada, como si un tigre o un zombi lo hubiera sodomizado, sino que nadie recordaba qué había pasado. El herido, el gorila y el asno siguieron bebiendo a pesar de los gritos de la futura esposa. Esta les quitó la cerveza y el vodka, preparó café, limpió como pudo la sangre de la espalda y por fin consiguió que se subieran a su coche. Como todos vivían en pueblos cercanos, habían convenido que Gosia los devolvería a sus respectivas casas. Se sentaron los tres atrás, el futuro esposo en medio, cada uno con un par de bolsas de plástico y unas toallas protegiendo los asientos. Cuando le preguntó al primer amigote, el gorila, dónde vivía exactamente, este le contestó con un sonoro eructo. Los otros dos se rieron, alguno hizo el contrapunto con un pedo. Tras la insistencia de Gosia, el gorila le dijo que no se lo diría porque prefería seguir bebiendo; al casi marido y al asno les pareció una idea fabulosa, a pesar de que el día siguiente trabajaban. Por suerte, los coches actuales tienen modernos sistemas para controlar la apertura de las puertas traseras: de aquí no os bajáis hasta que me digáis dónde vive este puto imbécil, les dijo la chica; pero ninguno contestaba más que con ventosidades. Finalmente, el segundo amigote, el asno, rompió el silencio y le propuso que los llevara a todos a su casa: seguiremos bebiendo y os podéis quedar a dormir allí, a mi novia no le importará. Sin embargo, Gosia conocía a la pareja del segundo imbécil y sabía que le importaría mucho tener a aquellos tres mastuerzos en casa; no podía hacerle una putada así. Afortunadamente, Gosia estaba totalmente sobria, por lo que su cerebro le proveyó la solución perfecta: dar vueltas con el coche por el pueblo y preguntar a los vecinos si sabían dónde vivía el primer idiota. Después de una hora y de pasar por cinco o seis pueblos, con los tres zopencos durmiendo la mona como angelitos, una señora identificó al gorila como el hijo de no sé quién, que vivía no sé dónde. Al llegar, Gosia bajó del coche y abrió una puerta trasera: el gorila cayó como un saco de patatas, y allí se quedó mientras el coche se alejaba. Cuando hubieron dejado al asno en su casa, fueron al hospital. El novio tenía la espalda llena de cortes y de quemaduras de segundo grado (el médico dijo que parecía que se la hubieran lijado), por lo que tuvo que quedarse en casa de baja por una semana. El lunes, Gosia llamó a todos los amigotes, pero nadie recordaba cómo había pasado aquello. El martes, la policía llamó a la puerta: la empresa de limpieza había denunciado que en aquella casa rural alguien había cometido un asesinato o, como mínimo, había practicado rituales satánicos. Al parecer, encontraron un larguísimo rastro de sangre entre la cocina y la piscina. No fueron necesarias las pruebas de ADN: los amigotes recordaron cómo habían arrastrado al esposo hasta el agua, tirando de sus piernas como si fuera un muerto, para que despertara y pudiera seguir bebiendo. A la mitad del camino ya había recuperado la consciencia, pero sus chóferes prefirieron llegar hasta el final para que el agua de la piscina desinfectara las heridas.

Para compensar sus esfuerzos, yo también les intento contar buenas historias a los estudiantes. Una de sus favoritas la he escrito aquí, el "Diario de Rumanía". También les explico por qué vine a Cracovia: a veces les digo que fue por dinero, en otras ocasiones que por amor o por aburrimiento, o por un error burocrático incomprensible de mi universidad, o porque perdí una apuesta con mis amigos, o porque era la destinación más alejada de las insoportables discusiones entre nacionalistas españoles, catalanistas, independentistas, unionistas y demás; si no estoy inspirado, simplemente les intento colar que vine porque me interesaban la mentalidad y la gastronomía polacas. Obviamente, mejoro mis anécdotas o directamente me las invento o se las robo a alguien; del mismo modo, no espero que mis estudiantes me cuenten toda la verdad. Cuando ya no sé qué relatarles, les hablo de algún aspecto interesante de la cultura española o la catalana. No hay nada tan divertido como explicarle a un polaco en qué consisten el tió de Nadal y el caganer, cuál es el origen de la expresión "esto es como el coño de la Bernarda" o resumirle el argumento de Airbag. Sin embargo, las anécdotas de los estudiantes siempre superan las que cuenta el profesor.

Las mejores historias son las de otra alumna, llamémosla Maria para que preserve su anonimato. Maria es un poco mayor que la media de estudiantes: tendrá unos cuarenta y pocos años, esa etapa de la vida en la que ya ninguna mujer hace pública su edad en Facebook; pese a esto, es más inteligente, divertida e irónica que la mayoría de sus jóvenes pero ancianos compañeros de clase. Cuando fue mi estudiante Maria nos contó que trabajaba en un prestigioso museo de arte de Cracovia. Era comisaria artística del museo, dijo; aunque también contribuía a gestionar la colección, principalmente organizaba exposiciones, por lo que tenía un trato muy directo con los artistas. Pero no nos engañemos: Maria no era un personaje elegante, desencantado y romántico como los marchantes de arte de las novelas de Javier Marías y Antonio Muñoz Molina; ni hablar: Maria era una persona normal, con los pies en la tierra, que negociaba con arte y se relacionaba constantemente con artistas. Por eso, cuando al inicio de una clase yo les preguntaba a los estudiantes cómo estaban, cómo había ido el fin de semana o qué novedades tenían, Maria solía contar la última historia de algún artista excéntrico o loco que le daba permiso al museo para exponer sus obras, las cuales revolucionarían el arte polaco e internacional, e incluso la vida cotidiana. A pesar de que decía que ella prefería evitar a los artistas, estos eran los protagonistas totales de sus anécdotas, porque las normas del museo no le permitían ignorarlos o tratarlos mal. Yo le aseguraba que merece la pena sufrir un poco si la recompensa es una historia divertida. Por mucho que se puedan comprar en libros o en películas, en realidad las buenas historias son impagables.

—Algún día de estos te pagaré una cerveza porque aprovecharé a alguno de tus artistas para uno de mis relatos —le solía decir cuando sus anécdotas me gustaban más.

Los artistas de los que hablaba Maria eran auténticos artistas: siempre egoístas, arrogantes, inocentes, rebeldes, incomprendidos y sobre todo mentirosos. En el mejor de los casos eran niños en el cuerpo de adultos; en el peor, adolescentes torturados atrapados en cuerpos maduros. Uno de estos artistas se autodenominaba Matejko V (Matéico). Matejko V decía que era el hijo de Jan Matejko, el pintor polaco más conocido e internacional, muerto en 1893. El tal Matejko V tendría veintipico años, menos de treinta seguro. Cuando Maria le preguntó cómo un chico tan joven podía ser el hijo de un pintor muerto hacía más de cien años, Matejko V le contestó que él era fruto de la inseminación artificial. Maria nos contó entre risas que Matejko V le había contado con la más absoluta seriedad que Matejko, su padre, había escondido un montón de esperma en varios botes de pintura conservados gracias al frío de la cima del Rysy, la montaña más alta de Polonia, situada en la frontera con Eslovaquia. Las autoridades socialistas lo habían encontrado hacía muchos años y habían experimentado varias veces con la semilla de Matejko para crear el pintor socialista perfecto. Por ello, Matejko V sabía que tenía otros hermanastros, a los cuales trataba de encontrar para llevar a cabo en familia la obra de arte polaca definitiva. Mientras buscaba al resto de Matejkos, Matejko V se había puesto manos a la obra. Su proyecto pictórico se titulaba Titiriteros polacos (me costó bastante, en la clase, entender cuál era la palabra que Maria me describía). Los Titiriteros polacos sería su ópera prima y su obra maestra a la vez. Era una serie pictórica basada en otra de su padre, un conjunto de retratos de los reyes polacos. En vez de retratar a reyes, Matejko V se había propuesto pintar a los dirigentes que Polonia había tenido desde su independencia (1918), incluidos Stalin, Kruschev y los líderes soviéticos que influyeron desde la sombra en la Polonia socialista (así los Titiriteros polacos tendrían más proyección internacional, explicó). Eran retratos de plano entero pintados con una técnica hiperrealista, casi fotográfica. De hecho, Maria sospechaba que los cuatro retratos que Matejko V le había mostrado en el móvil eran en realidad fotos retocadas. Las cuatro obras que pudo ver mostraban a Józef Piłsudski (militar artífice de la independencia y luego dictador del país), Wojciech Jaruzelski (responsable de la polémica introducción de la Ley Marcial en 1981), Lech Wałęsa (el carismático líder de Solidaridad y ganador del Nobel de la paz) y Lech Kaciński (el presidente fallecido en el accidente de avión de Smoleńsk en 2010). Todos estaban en una postura hierática y noble, heredera de los retratos de su padre, Jan Matejko. Maria no notó nada raro en las obras hasta que Matejko V hizo zoom en las piernas de Piłsudski: de la bragueta de sus pantalones militares salía un pene nervudo y grueso. Es una metáfora del lado humano del poder, le hizo saber a Maria. Luego repitió la operación en las otras pinturas y pudo observar cómo eran los miembros de los demás dirigentes polacos; todos más pequeños que el garrote de Piłsudski, y uno en concreto escandalosamente minúsculo. El lado humano del poder político tiene tamaños distintos, aclaró seriamente Matejko V. Luego añadió que Ewa Kopacz, sustituta de Donald Tusk como primera ministra, mostraría en su retrato una teta, concretamente la izquierda, por pertenecer al PO, el partido menos conservador del bipartidismo polaco.


A raíz de esta anécdota de Maria, se formó una interesantísima discusión sobre arte. (También debería agradecerle esto, además de ser la fuente de este relato.) Les comenté a los estudiantes que a mí los Titiriteros polacos del tal Matejko V me parecían muy bien, porque era muy sano reírse de todo, especialmente de los demasiado serios gobernantes. A Maria no le gustaba el proyecto de Matejko V porque desmitificaba a todos los políticos por igual y para ella unos lo merecían más que otros. Además, añadió, el arte actual es un arte serio, constructivo y social, ya no están de moda el dadaísmo y sus gamberradas pseudoartísticas. El resto de alumnos opinaba que no se podía hacer aquello en Polonia: la historia polaca es seria y debe ser respetada. Un extranjero lo ve diferente, me dijo uno de los estudiantes, tú no entiendes que no se puede bromear sobre nuestros líderes históricos porque no eres polaco.

¿Cómo serían los Titiriteros españoles de Matejko V?, pensé. Un Juan Carlos II mayestático e hiperrealista enseñando la chorra, un retrato monumental de Jordi Pujol mostrando su polla, Felipe González y su verga perfectamente detallada asomando por los pantalones, José María Aznar y Mariano Rajoy posando con sus pajaritos, Esperanza Aguirre con la teta derecha al aire, Adolfo Suárez revelando su miembro, Franco exhibiendo su cipote, Dolores Ibárruri presentando su pecho izquierdo, Manuel Fraga sacando su pilila arrugada, etcétera. Sin duda, sería un proyecto artístico muy divertido e interesante.


Yo siempre había dicho que nunca sería profesor porque mis padres eran profesores, y sin embargo aquí estoy, tragándome mis palabras en Cracovia desde hace un par de años. Algunas veces aún pienso que quizá este trabajo no sea para mí, pero si no fuera profesor de español nunca habría escuchado historias como estas.


2. Confusiones

Otro aspecto muy divertido de enseñarles español a los polacos son las confusiones lingüísticas. Un estudiante de nivel básico me dijo una vez, hablando de sus aficiones, "me gusta Cervantes". Positivamente sorprendido, le pregunté cuál era su obra favorita y me contestó que Budweiser, Żywiec y Estrella Damm. Otra vez decepcionado, le dije que sin duda los españoles también prefieren estas obras a otras como El Quijote o las Novelas ejemplares.

En otra clase de nivel más avanzado hablábamos sobre los planes que teníamos a corto, medio y largo plazo, cuando alguien dijo que durante su vida toda persona debería escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol. Les pregunté a los estudiantes si habían hecho algo de aquello. Una chica respondió con orgullo que ella ya había plantado un pino. No pude evitar reírme y decirle que yo también había plantado muchos, antes de explicarle el significado.

Pero, de nuevo, la confusión lingüística más interesante era de Maria, la comisaria artística, porque al mismo tiempo era la punta del iceberg de una historia genial. Una tarde, al empezar la clase, nos contó que había aparecido una artista nueva llamada Beata. Y añadió: Beata es una artista hija de puta. ¿Y qué te ha hecho Beata para que la llames hija de puta?, le pregunté, ¿quiere exponer en tu museo, para variar? Me ha hecho lo mismo que todos, aclaró Maria: contarme sus historias y pedirnos dinero para financiar su proyecto artístico, pero es hija de puta simplemente porque es hija de puta: su madre es una puta. Le expliqué a Maria que un hijo de puta, además de ser el vástago de una mujer que ejerce la prostitución, también podía ser un insulto muy corriente para llamar mala persona a alguien; en función del contexto significa una cosa u otra, pero lo más frecuente es que sea un insulto. Pues según el contexto Beata es doblemente hija de puta, concluyó Maria.

He de considerarme afortunado. Si no fuera profesor de español, no habría descubierto la confusión de las confusiones: la historia de Beata.


3. Cerveza

Otra cosa que me gusta de mi trabajo es lo relajadas que pueden llegar a ser las clases. Con la excusa de que los maestros somos españoles o hispanoamericanos, el ambiente es muy informal. El mejor es el último día del curso: superado el breve trámite del examen, solemos salir a tomar una cerveza.

Cuando le llegó el turno a la clase de Maria, también fuimos a tomar unas Cervantes. Como le había prometido más de una vez, le quise pagar una cerveza a Maria, pero ella se negó: mis historias son gratis, me dijo. Aproveché que había sacado el tema para preguntarle por Matejko V.

—Matejko V volvió a pasar por el museo. Sigue buscando a sus hermanastros, pero ahora tiene un nuevo proyecto, parece que ha abandonado los Titiriteros polacos —quizá es mejor, pensé, Polonia y el resto del mundo no están preparados—. También se trata de una serie de retratos hiperrealistas que entroncan con la tradición de Jan Matejko, el supuesto padre biológico; sin embargo, esta vez los retratados son políticos importantes de Cracovia, alcaldes sobre todo. Esta nueva ópera prima y obra maestra se titula Mad Kraków, en homenaje a Mad Max, y los políticos no enseñan el pene —me dijo Maria que le había contado Matejko V—, sino que están disfrazados como personajes de una película de ciencia-ficción distópica y llevan todos una máscara antigás. La serie quiere protestar por la contaminación del aire en Cracovia, el tema de moda en la ciudad. El objetivo de Matejko V es exponer los cuadros en Rynek, la plaza mayor de Cracovia, alrededor de la estatua de la cabeza, que por supuesto también llevará una máscara antigás proporcional a su tamaño.

—Esta vez habréis aceptado su proyecto, ¿no? —le pregunté—. Me gustaría poder ver sus retratos algún día. Con máscara o con pene, no importa.

Maria pareció no haber escuchado lo que le había dicho; señaló algo detrás de mí.

—Dudo que llegues a verlos. Pero, a cambio, ahí tienes a una artista tan interesante como Matejko V —me giré: apuntaba a una chica en la barra del bar—. Mira, es Beata, la artista dos veces hija de puta. También os hablé de ella en clase.

Me costó creerme aquella casualidad tan conveniente. Nos acercamos y Maria nos presentó: hola, Beata, ¿te acuerdas de mí, la comisaria del museo?, este chico está interesado en tu arte, le dijo en inglés, le guiñó un ojo y se fue con una sonrisa, dejándonos solos. Intenté aparentar seriedad, hacerme el experto en arte, pero era evidente que estaba un poco incómodo. Beata me dijo que había quedado con unos amigos, pero que si la invitaba a una cerveza me contaba rápidamente su historia. Las historias de esta chica no son gratis, pensé, pero tampoco son caras.

—Mi madre está muerta, murió cuando yo era una adolescente —empezó Beata, con la tranquilidad y la maestría de alguien que ha contado muchas veces su historia—. Mi madre trabajaba como camarera, y pasaba casi todas las tardes y las noches fuera de casa; por eso yo no la veía mucho y me prometí no ser nunca camarera. Para pagarme los gastos mientras estudio Bellas Artes, trabajo de stripper a través de mi webcam.

Juro que sólo entonces miré así a Beata: una chica muy guapa, de veintitantos, melena castaña, ojos verdes y una figura escultural: pechos turgentes, caderas y trasero prominentes, piernas largas y tersas, etcétera. Intenté no ponerme aún más nervioso.

—Pero hace dos años —continuó Beata—, hace dos años descubrí que mi madre en realidad no era camarera, sino prostituta. Había sido puta, ¿puedes creértelo? Me costó aceptarlo, especialmente que me lo hubiera ocultado. Obviamente, supuse que no me lo dijo para no pervertirme ni estigmatizarme. Era mejor que yo pensara que era camarera a puta. Cuando le pregunté a mi abuela, resulta que tampoco sabía a qué se dedicaba realmente su hija muerta. Nos había engañado a las dos. Aproveché y solté el resto: le confesé a mi abuela que yo trabajaba de stripper online. Mi pobre abuela tenía una hija prostituta y una nieta stripper. Lloramos mucho aquella tarde pero por la noche ya llorábamos de la risa: yo no había querido ser camarera pero había terminado con una profesión similar a la de mi madre. El destino es un guasón.

—Como en una tragedia griega —le dije.

—No, como en una película de Almodóvar —se rio Beata—. En fin, acabo ya. Fue aquella noche, bañada en lágrimas mías y de mi abuela, cuando decidí investigar la verdadera historia de mi madre. Me propuse realizar un documental biográfico que reconstruyera su vida secreta. Encontré a algunos exclientes suyos y varias excompañeras de trabajo, entrevisté a los que se dejaron, que fueron pocos; también aparecemos mi abuela y yo. El título será Cómo conocisteis a mi madre.

—¿Como Cómo conocí a vuestra madre?

—Sí, es un guiño a la serie de Ted Mosby para que tenga más gancho. Cuando tuve un poco de material fui al museo de Maria a pedir financiación, pero nos mandaron a mí y a mi documental al carajo. He probado en otros museos y fundaciones artísticas, pero a nadie le interesa subvencionar Cómo conocisteis a mi madre, todos le decían no a la historia de una puta grabada por su hija, una stripper. Rechazo a rechazo, me fui dando cuenta de que la prostitución todavía es un gran tabú en Polonia, a pesar de ser una de las mecas europeas del turismo sexual. Entonces descubrí que mi obra también denunciaría este silencio oprobioso que pesa sobre las polacas que ejercen la profesión de mi madre (y, de paso, la de stripper, igualmente vergonzosa para nuestra sociedad).

Habían llegado un chico y una chica, que permanecían callados al lado de Beata. Miraban algo escandalizados a su amiga, que les sonrió para tranquilizarlos. Esta escribió algo sobre una servilleta y me la entregó.

—Es mi nombre en Skype. Agrégame y seguiremos hablando.

Si no fuera profesor de español, ¡ay!, no habría encontrado historias impagables como la de Beata.


4. Seksmisja

—Yo te contaré todo lo que quieres saber, pero vas a tener que pagar por mi tiempo. Igual que los demás, no puedo hacer una excepción. La historia de Cómo conocisteis a mi madre es buena; merece la pena el desembolso, podrás escribir un relato fantástico con ella. Y si no quieres que me desnude, puedo hacerte un pequeño descuento, eso sí. Pero hay que pagar: mi tiempo es oro, como el de cualquiera.

Entonces no logré explicarme cómo era posible que Beata supiera que yo quería escribir su historia, pero me importó bien poco: la codicia literaria arrumbó la precaución y la sospecha.

En mi portátil, Beata estaba en lo que supuse que era su dormitorio. Llevaba un albornoz rosa y su pelo era un poco más oscuro que la primera vez que la vi, aún estaba húmedo. Oí una voz de mujer que la llamó un par de veces desde fuera de la habitación; Beata le gritó que estaba trabajando.

—Es mi compañera de piso —aclaró—. Sigue sin acostumbrarse a que trabaje desde casa.

La conexión de Skype era perfecta, así que en mi pantalla percibía todos los detalles: el albornoz entreabierto que ocultaba pero incitaba a imaginar, un mechón mojado cruzando adrede o espontáneamente la frente, la rotación a izquierda y derecha de la silla de cuero negro en la que estaba sentada. Detrás, se podía ver una cama doble y un póster de Seksmisja, una comedia polaca de ciencia-ficción.

—¿La has visto? —me preguntó, moviendo la webcam para que enfocara el póster—. Era una de las películas favoritas de mi mamá.

—Claro —le dije—. Es divertida, pero no entiendo por qué es tan aclamada.


Seksmisja es una de las películas polacas más populares todavía hoy en día, a pesar de que fue grabada en 1984. Los dos protagonistas despiertan después de un largo periodo de hibernación en un mundo postapocalíptico en el que sólo hay mujeres: la radiación ha eliminado a los hombres y ha obligado a las supervivientes a vivir bajo tierra. Las mujeres quieren "neutralizar" a los dos prisioneros de sexo masculino, es decir, transformarlos en mujeres. Estos huyen y salen al mundo exterior, arriesgando su vida en pos de la libertad. Los dos héroes no encuentran el paisaje nuclear que esperaban, sino simple y llanamente el mundo, nuestro mundo, pero vacío y esperando a ser repoblado: un puto jardín del Edén. La moraleja de la alegoría está clara: el régimen engaña a sus ciudadanos para controlarlos.

—Es muy fácil —dijo Beata mientras se pintaba las uñas del pie derecho sobre la silla de cuero y me mostraba cuán larga era su pierna—: Seksmisja es un mito fundacional polaco: revive los años de lucha contra el régimen socialista. A los polacos nos gusta recordar que nuestro país nació entonces, en las luchas de los años ochenta, haciendo frente al opresor. Seksmisja es una fantasía política: la del guerrero polaco. Pero también es una fantasía sexual masculina: la del hombre solitario rodeado de mujeres. Luchar para follar podría ser el subtítulo de la película. ¿Hay una fantasía más troglodita, más patriarcal? En fin, Seksmisja es popular porque combina estos dos estereotipos en una sola película. Obviamente, para una feminista como yo, el mensaje de Seksmisja ha quedado obsoleto. Me gustaría pensar que también para el resto de mujeres, pero no todas piensan igual: el feminismo ya ha quedado desacreditado.

—Entonces, ¿por qué tienes el póster en tu cuarto?

—Joder, pues porque mis clientes son hombres, como tú. Pero vamos a ponernos manos a la obra, porque el tiempo corre —me mostró un temporizador con forma de manzana—. Ya han pasado quince minutos y las sesiones son de media hora. A partir de entonces, cobro el doble. Aunque me interesa contarte mi historia y no tenga que desnudarme ni bailar, sigo ganando más dinero como stripper.


5. Cómo conocisteis a mi madre

Beata me contó que lo descubrió trabajando. Uno de sus clientes, de nickname Piotrek_23, le escribió por el chat: ¡mierda, yo follé contigo hace veinte años! Beata llevaba varios minutos bailando cuando leyó de reojo uno de los mensajes de Piotrek_23; entonces se sentó en la silla y le preguntó si quería que siguiera con el striptease o qué. Piotrek_23 insistió en que se había acostado con ella varias veces en un puticlub de Cracovia, que era imposible que la olvidara, aunque entendía que ella no recordara a sus clientes después de tanto tiempo; Beata le explicó que ella no era una puta y que sólo tenía veintiún años: lo que dices es imposible a menos que seas un puto pederasta, dijo mientras se ponía el albornoz, lo siento pero voy a tener que cerrar la sesión de Skype. No lo hizo, porque leyó lo que había escrito: aquella mujer tenía en el bajo vientre un tatuaje de un monigote acunando a un bebé.

Beata recordaba perfectamente la obra de Keith Haring que inspiró aquel tatuaje, pero ella no tenía ninguno: no le gustaban y a diferencia de su madre nunca había tenido la necesidad de camuflar la cicatriz de la cesárea; sin embargo, había heredado de ella su pasión por el arte. Entonces detuvo el temporizador con forma de manzana, desactivó la webcam y estuvo más de una hora chateando con Piotrek_23. Sólo volvió a activar la cámara para mostrarle una foto de su madre de joven. Aquel le confirmó que se había acostado con aquella chica: era muy guapa, muy buena haciendo lo suyo, muy auténtica, es casi imposible olvidarla. Si no eres tú, ¿qué pasó con ella? Esto fue lo último que escribió Piotrek_23 antes de que Beata se desconectara. Aquella noche, no fue capaz de trabajar más; tampoco logró dormir.

A pesar de todo, no terminaba de creérselo, o no quería creérselo, pero al día siguiente visitó el prostíbulo indicado por Piotrek_23. Desconfiaron de ella, naturalmente, pensaron que tal vez era de la policía o de la prensa, hasta que vieron la foto de la madre: era la misma Beata en los años ochenta, los años de Seksmisja. Nadie recordaba a aquella mujer, pero le dijeron que visitara otro puticlub en el que trabajaban algunas prostitutas, chulos o seguratas que podrían haberla conocido. Así Beata comenzó un largo periplo por prostíbulos, bares de mala muerte y locales de striptease; era la versión polaca de Airbag, aunque en este caso la protagonista sólo buscaba sus raíces, quizás tan valiosas como el anillo de compromiso de la película española. Desde el principio de la investigación, Beata fue tomando notas acerca de sus avances: aún no estaba segura de lo que haría con aquella información, pero su instinto de artista guiaba sus pasos. Me leyó algunos fragmentos; por ejemplo, recuerdo el día en que un proxeneta le prometió decirle dónde se encontraba su madre a cambio de sexo y de trabajar para él: si se prostituía, Beata se podía hacer de oro, porque de tal palo tal astilla.

Finalmente encontró a una mujer, ya retirada y propietaria de un "hostal decente", que reconoció o recordó a Beata antes de mostrarle la fotografía. Supo que no mentía porque cuando le dijo que su mamá estaba muerta no pudo reprimir unas lágrimas. Por la tarde Beata visitó a su abuela y se lo contó todo, incluido que trabajaba como stripper. Aquel día tuvo un superávit de epifanías: la última fue la decisión de transformar su dolorosa experiencia en arte, la realización del documental Cómo conocisteis a mi madre. La excompañera de su madre la puso en contacto con otras personas que la conocieron y Beata se puso manos a la obra.

Armada solamente con una cámara digital, recopiló gran cantidad de material muy diverso. Nunca llegué a verlo, porque Beata era muy recelosa, pero en las múltiples —y caras— sesiones de Skype sin striptease que mantuve con ella me puso al corriente de lo que había grabado y de la estructura que habría de tener la versión final de Cómo conocisteis a mi madre. En un larguísimo plano secuencia captó todas las imágenes que tenía de su madre y de su padre, el gran ausente: dispuso las fotos de los álbumes familiares en el suelo de la casa de su abuela, desde la cocina hasta la entrada, pasando por el balcón, subiendo y bajando al primer piso y entrando y saliendo del trastero; aunque esperaba que un director más competente y con mejor equipo pudiera volver a grabar la secuencia de las fotos familiares, la idea de Beata era utilizarla como introducción del documental, probablemente acelerada para que no se hiciera tan tediosa. A continuación aparecerían varios vídeos de striptease online de Beata, en los que se veía cómo era su trabajo, así como una pequeña muestra de su vida diurna, universitaria. Después de presentarse, era el turno de que la abuela narrara la biografía oficial de su hija, la madre de Beata, que vivió la mayor parte de sus años en Cracovia, pero también pasó dos en Londres, donde supuestamente empezó todo: allí comenzó a trabajar en la calle y también allí conoció al padre, polaco, que la abandonó cuando regresaron a Cracovia porque estaba embarazada; de hecho, la financiación que Beata le pedía al museo de mi estudiante Maria sufragaría, entre otras cosas, un viaje a Londres. Luego vendría la lectura de la conversación por chat que Beata mantuvo con Piotrek_23 —quien se negó a ser filmado y a revelar su identidad—, alternada con breves tomas de los prostíbulos en los que habría trabajado su madre. El plato fuerte del documental eran las entrevistas realizadas a las mujeres que trabajaron con Beata y a dos clientes que, a diferencia de Piotrek_23, pudo convencer de que dieran un paso adelante y aportaran su testimonio. Tras las entrevistas se desvelaba el colofón de Cómo conocisteis a mi madre: en un plano cenital sobresalía, entre otros papeles, el certificado de defunción de la madre. La causa de la muerte, oculta hasta entonces, habría sido el sida, probablemente contagiado durante su actividad como prostituta. También en esto su madre fue una pionera en Polonia.

Pese a todo, a Beata aún le faltaba mucha información: no sabía por qué su madre había empezado a prostituirse, ni quién era realmente su padre, al que nunca conoció, ni quién le contagió el VIH. Para seguir adelante con su proyecto, necesitaba financiación.


6. Escribir

En las primeras sesiones de Skype con Beata, reviví algunos momentos de mi adolescencia. Me acordé de un par de compañeros de instituto a quienes les habían llegado carísimas facturas de Internet por haber contratado servicios de webcam porno. El miedo, o la intuición de que aquellas páginas web eran peligrosas, me impidió disfrutarlas entonces. Más de diez años después, me había dado por conectarme a una de ellas, pero la mujer que me hablaba al otro lado estaba vestida; es cierto que también se estaba desnudando, aunque de otro modo.

Después de bastantes horas en la webcam, tuve la sensación de que Beata ya había exprimido totalmente su historia. Faltaban unas cuantas piezas para completar el rompecabezas, pero yo no podía conseguirlas. Me costó un poco decirle que quería dejar de hablar con ella por Skype y, sobre todo, que quería dejar de pagarle tanto. Pero al fin lo hice y no supuso ningún drama. Cuando mis clientes se han saciado, se desconectan sin más, me dijo Beata a modo de despedida.

Dediqué las semanas siguientes a intentar escribir la historia de Beata y de su documental. Era consciente de que sería un relato incompleto, pero no me importaba: había pagado mucho dinero por él y tenía que escribirlo. Además, no hay nada tan incompleto como la vida, que siguió mientras yo trataba en vano de capturar con palabras un pequeño fragmento de ella. En mis ratos libres escribía y, entretanto, mis clases tampoco se detenían: escuché otras historias, presencié otras confusiones y tomé otras Cervantes con otros estudiantes. Como muchas veces me había sucedido, la rutina acabó engullendo la historia de Beata y no me dejó demasiado tiempo ni energía para escribirla. Me olvidé de Beata y de mi relato, que quedó tan inconcluso como aquello que aspiraba a reflejar.

Un sábado fui con un amigo polaco al museo en el que trabajaba Maria, la estudiante y comisaria artística que me puso en contacto con Beata. Después de ver un par de exposiciones, me picó la curiosidad y pregunté en la oficina de información por Maria, pero no la conocían. Tampoco habían oído hablar de ella en las taquillas ni en la cafetería ni en el ropero ni en la tienda. Hablé con los guardas de seguridad y con dos guías del museo; uno de estos, el más veterano, me aseguró que en aquel museo no tenían ni habían tenido a ninguna comisaria artística llamada Maria. Al final nos fuimos sin haber esclarecido aquello, porque mi amigo estaba a punto de perder la paciencia y creo que empezaba a pensar que yo acosaba a la tal Maria.

Otro sábado, esta vez al mediodía y unos meses más tarde, me pareció ver a Beata en el Starbucks de Galeria Krakowsa, un centro comercial del centro de Cracovia. Concretamente, estaba sentada en una silla del Starbucks del primer piso (en la planta -1 hay otro). Quise entrar a saludarla, pero una extraña sensación me lo impidió: era la primera vez que observaba a Beata sin que ella fuera consciente de mi mirada y de mi presencia, a unos metros de ella, mucho más cerca que en cualquiera de nuestras sesiones de Skype. Estaba apenas escondido tras el cristal, espiándola y esperando algún gesto especial: Beata jugueteaba ausente con el móvil, miró un par de veces hacia la barra como si también esperara algo o a alguien, se echó atrás el pelo que le caía sobre la frente, miró hacia todas partes sin llegar a verme. No hizo nada nuevo: aquella Beata era la misma que yo había visto por mi webcam. Definitivamente, la analógica reaccionaba a la observación con la misma naturalidad o artificialidad que su versión digital, y tampoco importaba que advirtiera o no la presencia de un mirón. Cuando ya me iba, una mujer se acercó a Beata, puso una bandeja con dos cafés enormes sobre la mesa y se sentó frente a aquella. No pude verle la cara porque estaba de espaldas a mí. Me dio la impresión de que conversaban medio desganadas, sin prestarse mucha atención, dejando frases a medias y preguntas sin responder para consultar sus móviles; eran dos personas demasiado acostumbradas a la presencia de la otra, quizá dos compañeras de piso, quizá una madre y una hija. Decidí meterme en una tienda cercana, desde donde podía controlarlas, y aguardé a que terminaran sus cafés. Al salir, pasaron cerca de mí y pude identificar a la acompañante de Beata: era Maria, mi estudiante, la comisaria artística. Me costó creerme aquella casualidad tan conveniente. Hablando y paseando tranquilamente, fueron a una tienda de ropa (creo que era Pull&Bear) sin notar que las estaba siguiendo. Durante media hora, fui su sombra: entraron y se probaron ropa, sobre todo Beata, hicieron la compra en el supermercado, estuvieron en una perfumería, en una óptica Maria se probó varias gafas y finalmente se metieron en el cine, donde decidí perderles la pista y volver a casa. En ningún momento me sentí culpable por espiarlas, porque al fin y al cabo había pagado por aquella historia impagable.

Desde la persecución por el centro comercial, no he sabido nada más de Maria ni de Beata. Podría contactar con Beata por Skype y, por un módico precio, preguntarle qué hacían ella y Maria juntas, pero prefiero no hacerlo. La próxima vez que la vea, sólo intentaré averiguar cómo va su documental. Cuando me encuentre a Maria, le pediré más anécdotas de artistas.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Siempre llego tarde, Casciari

Lo odio y sin embargo no puedo evitarlo: siempre llego tarde.

Llegué tarde al cine muchas veces. No vi Airbag cuando salió y debía verla, en 1997, sino a mis veinte años, en 2006. Lo mismo me pasó con otras joyas españolas de mis años mozos: llegué tarde a El día de la bestia (1996), Tesis (1996), Abre los ojos (1997), El milagro de P. Tinto (1998), Torrente (1998), La lengua de las mariposas (1999) y Los lunes al sol (2002). Fue también alrededor de la veintena cuando vi películas extranjeras como El silencio de los corderos (1991), Reservoir Dogs (1992), La lista de Schindler (1993), Trainspotting (1996), American Psycho (2000) y Memento (2000). No descubrí Fargo (1996), El gran Lebowski (1998) y otras maravillas de los Cohen brothers hasta que vine a Cracovia en 2012. Aquí también he conocido con un retraso notable el cine de Krzysztof Kieślowski y el de Berlanga, los guiones de Charlie Kaufman y de Rafael Azcona. No había visto nada de Emir Kusturica hasta 2013, cuando visité los Balcanes por primera vez.

Llegar tarde es vivir en diferido.

Llegué tarde a las series. Cuando empecé a ver Prison Break, The Wire, Twin Peaks, The Sopranos y Lost, ya estaban todas acabadas —cronológicamente o estéticamente—. En ningún caso tuve el placer de comentar en directo su desarrollo y tampoco de esperar ansioso a que salieran nuevos capítulos. Ahora estoy con Treme y lo único que le impone ritmo a la visualización de los capítulos es mi tiempo libre.

Llegué tarde a la música también. Cuando en 1994 Kurt Cobain se suicidó, yo aún no tenía ni idea de lo que era el grunge. Un año después, Kyuss grababan ...And the Circus Leaves Town y poco después se separaban sin que yo hubiera escuchado todavía ninguna de sus canciones. Alrededor de estos años, los Guns N' Roses se disolvían y yo no había oído hablar de Axl Rose ni de Slash. En 2004 no pude llorar el asesinato de Dimebag Darrell, porque sólo escucharía el Cowboys from Hell de Pantera unos años después. Hace poco pude ir a un concierto de Deep Purple, pero también llegué tarde: no eran más que unos zombies, virtuosos pero igualmente muertos.

Llegué tarde a otras de mis pasiones. Por ejemplo, a viajar: me costó salir de casa y descubrir un poco de mundo, especialmente la apasionante Europa Central y del Este, en concreto Polonia, fantástica a pesar de su conservadurismo. Por ejemplo, a tocar la guitarra: cuando empecé ya era demasiado mayor para llegar a ser bueno. Por ejemplo, a la literatura: malgasté la infancia y la adolescencia en otras tonterías, por lo que llegué tarde a Mark Twain, Verne, Jack London, Stevenson, Tolkien, H. G. Wells, Salgari y demás.

Pero de nada me arrepiento tanto como de haber llegado tarde a Hernán Casciari.

* * *

Hace cosa de un año, un compañero de trabajo me dijo: tienes que leer a Hernán Casciari, güey, lee este texto sobre Messi. Pero no le hice ni caso. Como yo, mi amigo es profesor de español para extranjeros; por entonces, él estaba dando una clase de literatura hispanoamericana en la misma escuela de idiomas donde trabajo. Un día, me imprimió dos cuentos de Casciari y me los puso en la mano: tienes que leer a Hernán Casciari, güey, es un argentino que vive en Barcelona y escribe chingón, me dijo, y luego me invitó a asistir a una de sus clases de literatura, dedicada a Casciari. Varios de los estudiantes (polacos) ya lo conocían, pero yo no. Hernán Casciari nació en 1971, tiene 44 años: que diez polacos, un mexicano y un español hablen con placer sobre sus cuentos durante una hora y media en una escuelita de Cracovia no es el principio de un chiste, sino un honor mayor que ganar el Nobel.

Llegué tarde a Más respeto que soy tu madre, la blogonovela que Casciari escribió entre 2003 y 2004, pero por suerte se puede leer gratis en Internet. La protagonista y narradora es Mirta Bertotti, un ama de casa argentina con bastante gracia para contar sus anécdotas cotidianas. Desde entonces, Casciari arrastra una merecida legión de fans —argentinos, españoles, mexicanos, uruguayos, peruanos, chilenos, etc.— que comenta sus relatos; cada texto suele tener más de cien comentarios que lo alaban, critican y corrigen: la envidia de cualquier escritor. Los Apocrifílicos etiquetarían Más respeto que soy tu madre como una falsa biografía; de hecho, muchos lectores creyeron que Mirta Bertotti existía de verdad. Yo no lo pensaba, por supuesto, porque estaba llegando tarde. También llegué tarde a las adaptaciones teatrales que se hicieron después; llegué tarde incluso a las ediciones en papel de la novela. El 27 de febrero de 2004, Hernán Casciari desveló que él era Mirta Bertotti con un texto llamado "El viejo folletín y las nuevas tecnologías".

Llegué tarde a Orsai, el blog que este texto inauguraba. En Argentina, orsai significa offside, es decir, fuera de juego: Casciari escribía descolocado, alejado en Barcelona de su tierra natal, cuentos, crónicas y ensayos. Su estilo es directo y sobrio, generalmente cómico, por lo que muchos lo consideran erróneamente literatura popular, subliteratura. Mis favoritos son los relatos autoficcionales, como los dos que me pasó mi amigo mexicano ("Canelones" y "Finlandia"), aunque Casciari había inventado una expresión mucho mejor para designar esta manera de narrar mezcla de autobiografía y ficción: la anécdota mejorada (véase el cuento "Los dos rulfos").

Con considerable retraso, me puse manos a la obra: el 30 de junio de este año empecé a leer Orsai. Entre algunos cuentos geniales y otros no tanto, posts meramente informativos y obras literarias de alto calibre, se iba desvelando una larguísima autobiografía: si mis cálculos no fallan, Casciari ha publicado 408 textos entre 2004 y el 27 de octubre de 2015.

Post a post, fui descubriendo que Hernán Casciari era un gordo que nació en Mercedes, que fue a Francia porque le habían dado un premio a uno de sus relatos y que en ese viaje conoció a su futura esposa, catalana, que se instaló en Barcelona y que tuvieron una hija, que su mejor amigo era El Chiri, que odiaba trabajar, que no soportaba a los españoles, que echaba de menos Argentina, que le encantaba fumar porros y gastar bromas, que le daba miedo hablar en público, etc. En muchos textos criticaba España y a los españoles, lo que daría lugar al libro España decí alpiste (2008). Con los cuentos más autobiográficos compuso la novela El pibe que arruinaba las fotos (2009), probablemente su mejor obra. Más adelante publicó Charlas con mi hemisferio derecho (2011), El nuevo paraíso de los tontos (2015) y Messi es un perro y otros cuentos (2015). Llegué tarde a todos estos libros, claro, pero por suerte los textos que los conforman pueden seguir leyéndose en su blog. Mientras tanto, Casciari aún sacó tiempo para escribir fuera de Orsai algunas blogonovelas —El diario de Letizia Ortiz Yo y mi garrote— y Espoiler, un blog de El País sobre series (si lo hubiera conocido entonces, quizá no habría llegado tarde a tantas).

Mientras leía Orsai, entendí por qué el subtítulo del blog era "Lo que empezó siendo un blog puede convertirse en cualquier cosa", especialmente con "Renuncio", un texto de septiembre de 2010 en el que Casciari anunciaba que dejaba de colaborar con El País y La Nación, así como con las editoriales de Random House Mondadori que venían publicando sus libros. A la vez, decía que junto a su amigo del alma, El Chiri, estaba creando una revista de literatura llamada, cómo no, Orsai. Una revista de creación —relato, crónica, poesía, ensayo, cómic, ilustración— sin publicidad y sin intermediarios, de unas 200 páginas y aun así disponible y asequible en todo el mundo. Llegué tarde a la revista Orsai, claro, pero por suerte Casciari y El Chiri decidieron que también se pudiera leer gratis en Internet. En tres años editaron 16 números, en los que publicaron a autores como Agustín Fernández Mallo, Andreu Buenafuente, Edmundo Paz Soldán, Gabriela Wiener, Ignacio Escolar, Joyce Carol Oates, Juan Villoro, Junot Díaz, Leila Guerrero, Lorrie Moore, Nacho Vigalondo, Nick Hornby, Santiago Roncagliolo y muchos más. Los lectores colaboraban en la distribución, se reunían para leerla y conocerse, se organizaban fiestas para celebrar los diferentes números, etc.; los posts relacionados con la revista tienen un aire de autoayuda que en otro contexto molestaría: todo parece demasiado perfecto, demasiado rosa.

Después del blog y de la revista, el paso lógico era la editorial: en "Adiós, industria editorial" Casciari creaba la Editorial Orsai. Ha publicado en ella a otros autores, así como sus propios libros, que siguen disponibles en Internet para los que no tengan dinero o siempre lleguen tarde. Casciari también empezó a leer sus cuentos para la radio argentina. Llegué tarde a sus podcasts, claro, pero se pueden escuchar online. En "Nos vamos de viaje", Casciari anunciaba que él y El Chiri ofrecerían talleres literarios para escribir "anécdotas mejoradas". En 2014, los impartieron en Argentina y Uruguay, pero también en Barcelona y Madrid. Llegué tarde, sin remedio esta vez.

El 25 de octubre de este año terminé de leer todas las entradas de Orsai. El 27 de octubre, Casciari publicó un relato llamado "Lo que salvamos del incendio". No era su mejor texto —de hecho, últimamente me parece que la calidad de sus cuentos ha bajado un poco— pero era el primero que yo leía el mismo día que se publicaba. Sin retraso. En directo. Puntualmente. Ya no volveré a llegar tarde, Casciari.

miércoles, 21 de octubre de 2015

El tiranosaurio

Antes de mi fugaz amistad con Eric el verano de 1999 o 2000, yo todavía era un niño gordo y friki. No demasiado gordo, la verdad, más bien gordito, aunque sí lo suficiente para no poner aquí mi foto, ahora, y para ser ignorado por las chicas e insultado por algunos chicos, entonces. Pero debo reconocer que esto era en parte culpa mía: de entre los tipos de gordos que un gordito como yo podía elegir ser, escogí el peor.

Podría haber decidido ser un gordo divertido: el que aplaca los insultos (gordo de mierda, zampabollos) con una broma y hace desternillarse a todo el mundo; sin embargo, no aprendí a reírme de mí mismo hasta más tarde, mucho después de haber conocido a Eric. O podría haber adoptado el rol del gordomudo: el que frente a los insultos (seboso, fatibomba, vacaburra) se queda en silencio; no obstante, mi joven yo gordito menospreciaba la pasividad. También podría haberme convertido en un gordo empollón: el que ignora los insultos (foca monje, bola de grasa, gordinflón, cachalote) enfrascándose en los estudios. Si rechacé estas máscaras gordas fue porque todas ellas aceptaban en mayor o menor medida la gordura —rectifico: aceptaban la gordura en mayor medida—; como yo me negaba a reconocerla, no podía ser sino un gordito resentido: el que contesta los insultos con más insultos.

Ni mi actitud ni mi aspecto me hacían un chico muy sociable, así que llenaba mi tiempo libre con diversas actividades de las llamadas frikis: videojuegos, cómics, juegos de rol y de mesa, libros, cartas y demás entretenimientos. En realidad más que frikis eran solitarias, aunque por definición popular un gordito solitario sólo puede ser un friki. Mi juego favorito era también el que más me avergonzaba: los muñecos.

Tenía muñecos de mis superhéroes preferidos (Spiderman, Son Goku, Batman, varios G.I. Joes, los X-Men, los Cuatro Fantásticos) y de sus correspondientes villanos (el Doctor Muerte, Magneto, el Duende Verde, Vegeta, Freezer, el Joker), pero también de héroes más humildes y anónimos (piratas, vaqueros, soldados) y alguno de héroes cotidianos (policías, bomberos, médicos). Con estos muñecos, creaba historias donde los enfrentaba en violentísimas peleas a muerte. No recuerdo por qué luchaban —¿por amor, por dinero, por venganza, qué importa?—, pero sus combates eran largos y crueles y acarreaban numerosas bajas. Los primeros en morir eran los policías y los bomberos, seguidos por los soldados; los que tenían nombre propio sobrevivían un poco más. Para darle más realismo y dramatismo al juego, les pintaba heridas y cicatrices a los muñecos, fueran buenos o malos; usaba un rotulador permanente rojo y otro negro. Como en los videojuegos y en las novelas de aventuras, después de vencer a diversos enemigos secundarios, el héroe principal, que solía variar en cada historia, debía hacer frente al malo malísimo, que siempre era el mismo: el tiranosaurio. El muñeco del tiranosaurio era más grande que el resto y, por tanto, más poderoso y malvado. Tras una ardua batalla, ayudado por diversos héroes que habían ido falleciendo, el bien se imponía sobre el mal. El panorama resultante era desolador: la alfombra de mi habitación estaba cubierta de cadáveres, incluido el del tiranosaurio. El héroe principal y yo teníamos más pintadas rojas y negras que nadie.

A pesar de estos juegos tan violentos, a mis doce o trece años yo aún era un niño. Creo que me aferraba a los muñecos porque representaban mi niñez, por eso me daba tanta vergüenza que los demás supieran qué hacía encerrado en mi habitación y hablando solo. Otros niños jugaban al fútbol o al baloncesto, molestaban a las chicas, se tiraban piedras o castañas pilongas, iban al cine, se la cascaban, empezaban a fumar a escondidas o robaban chucherías: estaban en un estadio de madurez superior al mío. Yo no era tonto, pero iba retrasado en comparación con el resto. Había descubierto la identidad de los Reyes Magos a la vez que mi hermana, tres años menor que yo; me llevó unas Navidades más asimilar que el Papá Noel y el Tió tampoco existían. Supongo que mis padres me apuntaron a un campamento de verano en 1999 o 2000 —les he preguntado pero no se ponen de acuerdo con la fecha exacta— para darle un último empujoncito a mi vieja infancia; o quizá sólo estaban hartos de tenerme en casa durante todo el mes de agosto.

Con doce o trece años, yo era el único de mi clase que aún no había ido nunca a unas colonias de verano, incluso mi hermana había asistido a varias. Y si mis padres no me hubieran inscrito a la fuerza probablemente ahora seguiría siendo un niño gordito y friki. No apreciaban que quizá la peculiaridad de mi adolescencia era que se trataba de una prolongación de la infancia. Me subieron a un autobús y se despidieron de mí como si me mandaran a la guerra.

Durante varias horas les guardé un rencor infinito, pero cuando me encontré entre los demás niños del campamento se me olvidó en seguida. Los monitores nos dividieron en grupos para que nos fuéramos conociendo. En el mío había dos chicos bastante más gordos que yo —un gordo divertido y un gordomudo—, lo cual me animó: en la pandilla de los gordos el gordito es el rey. También identifiqué rápidamente a un par o tres de matones en potencia, de los que me mantuve a una distancia intermedia, ni muy cerca ni muy lejos, para poderlos analizar e inventar un insulto adecuado a cada uno. Había chicas, pero en aquella época aún no me interesaban mucho —era un sentimiento recíproco—. Finalmente, detecté a un niño callado, más retraído y antisocial que yo y que el gordomudo juntos; nos dijo con un acento raro que se llamaba Eric. Volví a acordarme de mis padres: estaba seguro de que me habían enviado a un campamento de niños con problemas.

Todo fue bien —me junté con los gordos, no eché mucho de menos a mis padres, nadie se metió conmigo ni yo con nadie, me divertí bastante jugando y realizando varias actividades— hasta el tercer día. Después de hacer una excursión y de comer —y de esperar un buen rato para evitar los cortes de digestión—, los monitores nos dejaron bañar por primera vez en un río cercano. Los tres gordos nos quitamos la ropa apartados de los demás, hermanados en la vergüenza de nuestros pálidos y fofos michelines. Uno de los matones que había identificado el primer día se nos aproximó, seguido de dos chicos más. Era más alto que los demás y tenía las orejas de soplillo, la izquierda con un aro dorado; estaba tan flaco que se le marcaban todos los huesos y los músculos, como a mis superheroicos muñecos.

Insultó primero al gordomudo, el más gordo de los tres, y no dijo nada, ni él ni nadie. Luego insultó al gordo gracioso, que hizo una broma que no logró hacerme reír. A mí me llamó puto Oso Yogui, que era un insulto que ya había oído antes porque además de gordito era incipientemente peludo. Como siempre que me insultaban en la escuela, le contesté con toda la mala leche y creatividad de la que estaba capacitado, no en vano era un gordito resentido. Tras mi insulto, me solían llamar otra cosa, yo volvía a insultar a mi interlocutor y así sucesivamente, hasta que uno de los dos contendientes se cansaba e insultaba a otro que estuviera por allí cerca.

Así, después de que el abusón me llamara puto Oso Yogui, les pregunté a los que estaban a mi alrededor si alguien había traído un látigo para domar a aquel puto Dumbo; con las manos me puse las orejas de soplillo para asegurarme de que entendía el insulto. Logré que el gordomudo despegara los ojos del suelo a tiempo para ver cómo el puto Dumbo me daba un puñetazo en la barriga. Caí de rodillas al suelo y me dio una patada en el brazo.

Mientras vomitaba el bocadillo de tortilla que acababa de comer, me pregunté qué coño estaba pasando. ¿Por qué me estaba pegando aquel imbécil? Aquello no era lo habitual, él tenía que volver a insultarme y yo a él y nada más, nada de violencia. No entraba dentro de mis pronósticos que alguien me pudiera pegar por insultarlo, especialmente si antes me había llamado puto Oso Yogui. Para mí, dar un puñetazo era romper el contrato entre los que se insultan.

Cuando el matón se quedó tumbado boca abajo, el labio ensangrentado frente a mí, todavía entendí menos. Sobre mi vómito amarillento cayeron un par de gotitas de su sangre. Levanté los ojos y vi al niño de acento raro, Eric. Gritó algo que no logré comprender, pero que era tan terrible como su mirada colérica, y los dos que acompañaban a Dumbo salieron corriendo. El abusón se intentó poner de pie, pero Eric hizo un amago de puñetazo y aquel volvió a sentarse. En seguida llegaron los monitores y sujetaron a Eric.

Por la noche, el puto Dumbo se me acercó y me pidió perdón a regañadientes. Traté de localizar a mi protector, pero no lo encontraba. Uno de los monitores me dijo que estaba castigado en su habitación y que el día después llamarían a sus padres para que lo fueran a buscar. Le conté entonces todo lo que había pasado e intenté hacerle entender lo injusto que estaban siendo con él: al que tenían que expulsar, en todo caso, era al matón orejudo. Después de hablar con varios monitores e insitirles, tras pedirles al gordomudo y al gordo gracioso que también declararan en su defensa, conseguí que Eric se quedara en el campamento.

El cuarto día, abandoné el grupo de los gordos y Eric y yo estrenamos nuestra amistad en solitario. Le agradecí lo que había hecho por mí y le dije que antes de mi intervención los monitores querían mandarlo a casa. Le pregunté si era catalán o castellano o qué, porque su acento no me era nada familiar. Él me me echó una mirada colérica y me devolvió la pregunta: ¿y tú, de dónde eres? Le contesté que yo era catalán, o español, o español y catalán y/o viceversa, o ni catalán ni español sino una mezcla de ambos. (A los doce o trece años aún no era consciente de mis problemas de identidad nacional porque tenía otro problema más gordo.) A Eric le hizo gracia mi respuesta y me dijo que él también me iba a confesar algo:

—No soy ni español ni catalán, sino bosnio. Y en realidad no me llamo Eric sino Eris, como mi abuelo. Eris es un nombre bosnio, pero tampoco se lo digo a nadie. Me da vergüenza...

Eris me explicó que su familia había huido de la guerra y que habían decidido quedarse a vivir en España. Él no quería volver a Bosnia, porque justo entonces empezaba a tener algún amigo. Pensé en mis muñecos y las peleas que organizaba con ellos y me dieron más vergüenza que nunca. Aquel niño tan similar a mí, un poco más flaco y más o menos de mi altura, era más heroico que cualquiera de mis infantiles muñecos.

—No se lo digas a nadie, ¿eh? —me dijo; claro que no, le respondí.

Para los que como yo han nacido en los años ochenta, las Guerras de la Antigua Yugoslavia fueron una constante de nuestra infancia. Hubo otros acontecimientos importantes, pero no tan cercanos ni violentos como lo que sucedió en Croacia, Serbia y Bosnia y Herzegovina. Mi generación descubrió la crueldad y la barbarie con las imágenes de aquellas guerras: en la televisión desfilaron refugiados, muertos, heridos, soldados, disparos, bombardeos y misiles que nos provocaban espanto y fascinación al mismo tiempo. Algunas palabras, como Milošević y limpieza étnica, nos cagaban de miedo sin entender su significado.

Eris venía de allí, del horror televisado. Esto explicaba en parte por qué me sentía tan deslumbrado por él. Pero había un segundo factor personal que contribuía a generar el aura alrededor de Eris: mi tío había ido a Bosnia con los cascos azules. El hermano menor de mi padre, que era militar de carrera y había estado y estaría en otros conflictos, pasó una noche en nuestro piso de Girona antes de partir. Yo tendría siete u ocho años y todavía no era un gordito. Pero recuerdo que gracias a la tele aquel campo semántico ya me era familiar: Yugoslavia, Croacia, Bosnia, Serbia, etc., y sabía que estaba emparentado con palabras como guerra y matanza. Antes de irme a la cama, le pregunté a mi tío por qué se iba a aquella guerra en Bosnia. Me contestó que se había comprado un casco azul para conducir su moto y que al verlo por la calle lo habían metido en un autobús y reclutado a la fuerza. Yo sabía que me estaba tomando el pelo, así que le dije que no me lo creía. Él se puso serio y me dijo que era la verdad. También se llevan a los niños preguntones, añadió y empezó a hacerme cosquillas por preguntón. Así de bromista era él.

La amistad con Eris fue muy intensa, pero no recuerdo mucho, porque hace ya demasiado tiempo. Recuerdo que algún día le confesé que todavía jugaba con muñecos y que organizaba peleas entre ellos. Eris no se rio de mí, así que le mostré el Spiderman que había llevado al campamento. A mí también me gustan los muñecos, me dijo, aún juego en casa aunque no tengo muchos. Le regalé mi Spiderman, que estaba un poco pintarrajeado de negro. Son las cicatrices de las peleas, le expliqué.

Me quedó grabada una frase que Eris me dijo, la misma que les espetó a los amiguitos del puto Dumbo después de haberle arreado el puñetazo. Marš u pićku materinu! Que en bosnio significa "¡piérdete en el coño de tu madre!" o "¡que te jodan en el coño de tu madre!" o algo así. Marš u pićku materinu, Dumbo! Me enseñó otras palabrotas e insultos bosnios, pero los olvidé completamente. (Cuando más de diez años después conocí a Ivana, mi novia, una de las primeras cosas que le dije fue esto, marš u pićku materinu! Se partió de la risa: Ivana es croata. Le pedí más insultos y me refrescó la memoria: Eris ya me había enseñado a decir "jebo ti bog mater" (Dios se folla a tu madre) y "jebem ti mater u po groba" (me follo a tu madre en su tumba), entre otros.) Desde el campamento, los insultos en español me parecen cosa de niños. Cagarse en la madre no es nada, follársela en su propia tumba es mucho peor. A mí me fascinaron, pero Eris insistió: no uses estos insultos en las colonias, por favor, ni en español ni mucho menos en bosnio.

Pese a todo, nuestra amistad duraría irremediablemente lo mismo que el campamento de verano: un par de semanas. Entonces no teníamos ni móvil ni Facebook ni correo electrónico y yo vivía en otra ciudad, por lo que estábamos condenados a perder el contacto. Sin embargo, la última noche sucedería algo que arruinaría la relación antes de que lo hiciera la falta de comunicación.

Los monitores nos llevaron otra vez al río donde Eris había pegado al orejón y espantado a sus compinches. Hicimos una fogata, comimos, cantamos canciones, etcétera. Junto a la hoguera y rodeado de los dos gordos y algún otro chico, le conté a Eris que mi tío había ido a luchar a Bosnia. Supongo que quería compartir con él algo que nos uniera aún más, algo que sellara nuestra amistad; quizá también quería alardear de nuevo amigo frente a los demás. Estos prestaban atención a lo que explicaba, por lo que me animé. Les dije que mi tío había formado parte de los cascos azules y que había matado a muchos malos para liberar Bosnia. Alguien le preguntó a Eric si era verdad que él venía de Bosnia. Contesté yo por él:

—Sí, es verdad, es bosnio y viene de la guerra y sabe hablar bosnio y su nombre real es Eris, no Eric.

Eris se levantó y me echó una mirada colérica. Pensé que me pegaría un puñetazo, como al puto Dumbo.

—Cállate, catalán gordo de mierda, tú no sabes nada. Ni siquiera podrías señalar Bosnia en un mapa, zampabollos castellano. No tienes ni idea de lo que es la guerra, seboso de mierda. Sólo la has visto en la tele, desde tu sofá de fatibomba. Yo vi a mi abuelo muerto frente a mi casa, vacaburra, con un tiro en la cabeza, alguien le había disparado y lo había dejado allí tirado como un perro, foca monje, mi madre tuvo que fregar la sangre de la puerta y los escalones cubiertos de negro, porque la sangre no es roja sino negra, bola de grasa, no es como en los putos dibujos animados ni como en tus putos muñecos de gordinflón. Nunca logramos limpiarla del todo, pero qué importa, puto cachalote, si al final nos fuimos. Subimos a un autobús y no volvimos jamás. Ni siquiera cuando me di cuenta de que me había olvidado mi muñeco favorito: mi dinosaurio. Probablemente alguien le pegó un tiro y lo dejó en medio de la calle.

Eris se quedó callado pero seguía en tensión. En vez de pegarme un puñetazo, dijo marš u pićku materinu y tiró el muñeco de Spiderman al fuego. No logré que volviera a hablarme y los monitores me aconsejaron que lo dejara en paz.

Al bajar del autobús en Girona, mis padres me preguntaron si me lo había pasado bien. Ahora me han dicho que pensaban que estaba triste porque dejaba atrás a mis nuevos amigos; no iban muy desencaminados. Aquella primera noche en casa, me sentí diferente. Aquel gordito ya no era el mismo gordito.

Antes de acostarse, el gordito sacó de debajo de la cama el pequeño baúl donde guardaba los muñecos y cogió el tiranosaurio. Tenía algunas pintadas rojas y negras, pero no se veían mucho sobre la granosa piel marrón. El gordito jugueteó ensimismado con su tiranosaurio. Pasado un rato, se puso de pie, abrió la ventana y lo tiró afuera. Se asomó y se quedó mirándolo un buen rato. Desde el segundo piso se podía ver perfectamente: estaba en la acera y se le había roto una pata, pero había resistido bien la caída. La calle estaba desierta: ni coches ni personas, sólo un tiranosaurio. En algún momento de la noche, el gordito cerró la ventana y se fue a dormir.

Cuando despertó, el tiranosaurio ya no estaba allí.

lunes, 12 de octubre de 2015

Entrevista breve con Jonathon

Conocí a Jonathon este verano, antes de que tuviera sus cinco minutos de escasa gloria en Internet. Estábamos de viaje en Gdańsk con mi novia cuando nos lo presentaron. Recuerdo que insistió varias veces: me llamo Jonathon, con o, y no Jonathan. ¡Jonathon: on, on!

Un par de meses más tarde, a finales de septiembre, alguien compartió en Facebook una noticia de The Independent cuyo titular hablaba de un universitario británico que estudiaba en Londres pero vivía en Gdańsk, Polonia, porque era mucho más barato. La historia coincidía extrañamente con los planes que Jonathon me había revelado cuando nos conocimos, así que hice clic en el enlace. No había ninguna foto del susodicho estudiante; cuando escribí su nombre en el buscador, Jonathon, este no halló resultados. Sin embargo, sentí curiosidad por leer la noticia. Encontré el nombre del alumno británico en el tercer párrafo: Jonathan Davey, escrito con a: Jonathan. Era la misma historia que yo conocía: después de un viaje por Europa, un estudiante inglés de antropología había decidido vivir en Gdańsk porque era más barato que en Londres; el chico, de 23 años, volaba los miércoles al aeropuerto de Luton para asistir a sus tres días de clases y regresaba los viernes. Sólo entonces se me ocurrió buscarlo en Facebook; había un tal Jonathon Davey, con o, cuya foto de perfil mostraba a mi Jonathon. Estaba claro que el periodista de The Independent se había equivocado, así que busqué en Google: "Jonathon Davey Gdańsk". Voilà: había una noticia (de Russia Today) con el nombre bien escrito y una foto del Jonathon que yo había conocido en Gdańsk.


Quedé muy decepcionado cuando leí las dos noticias: mostraban sólo una parte, apenas la punta del iceberg, de la historia. Aquellos articulitos sólo le podían dar un par de minutos de gloria de segunda categoría. En cambio, la historia verdadera, la versión completa, le garantizarían la auténtica fama, la inmortalidad online. Pero The Independent RT habían echado a perder la oportunidad de Jonathon. También me molestó que ambos periódicos resaltaran el aspecto menos relevante de la noticia: los precios excesivos de los alquileres en Londres. ¿A quién le importa Londres? ¿A quién le importa que los jóvenes no puedan vivir allí? Al carajo los pisos de Londres, especialmente si detrás de aquella fachada había un relato mucho más suculento.

Yo no espero que mi relato, este texto, pueda resarcir a Jonathon de la fama que los periódicos le arrebataron, pero como mínimo su historia quedará fijada. Quien quiera podrá leerla. Antes de ponerme a escribir, decidí pedirle permiso a Jonathon. Sabía que no era necesario, pero siempre he sido muy precavido con lo que cuento por aquí. Era un sábado, por lo que supuse que Jonathon estaría en Gdańsk. No tardó mucho en aceptar mi solicitud de amistad. Me contestó en seguida: claro, adelante, pero escribe bien mi nombre.

* * *

Mi novia, Ivana, lleva cuatro años en Cracovia y yo, tres; era una vergüenza que aún no hubiéramos visitado Gdańsk. Por eso fuimos allí este verano. Nos hospedamos en casa de Ola, una chica polaca que nos acogía con Couchsurfing. Era la típica rubia espectacular polaca, pero con una mentalidad atípica: abierta, alocada, atea, feminista y liberal; llevaba media melena afeitada y tenía piercings y tatuajes, todo muy a juego con su personalidad. Nos cayó bien en seguida. Lamentó no poder mostrarnos la ciudad porque se iba a trabajar, pero añadió que nos podíamos ver por la noche para tomar algo. Gdańsk mejora por las noches, recuerdo que dijo, gracias a Jonathon; pero no le preguntamos de qué o quién estaba hablando. Simplemente acordamos un lugar y una hora para reunirnos y salimos a conocer la ciudad.

Paseamos por el centro histórico, repleto de arquitectura germanopolaca, subimos a la torre de la Basílica de Santa María y contemplamos una espectacular vista de la ciudad, tomamos una cerveza a la orilla del río Motława y llegamos hasta los astilleros, comimos un decepcionante marisco, probablemente congelado, visitamos el Museo de Solidarność, posamos junto a un fragmento del Muro de Berlín, cenamos en un restaurante mexicano con música en directo, etc.

Después de pasar el día deambulando por la ciudad, llegamos al bar que habíamos convenido como punto de encuentro. Cuando entramos, pillamos a Ola morreándose con un chico cuya mano derecha quedaba oculta bajo su falda. Se separaron al vernos, pero él dejó la mano allí unos segundos más, hasta que nos fue presentado: era Jonathon, su amigo inglés.

La apariencia de Jonathon era mucho más corriente que la de Ola: tejanos ni ajustados ni holgados, camisa verde a cuadros, ojos azules, pelo castaño corto; sólo destacaban sus finos labios —una línea recta, una ausencia— y sus gruesas gafas —portadoras de tendencias psicopáticas—. Pero a pesar de esto, el inglés era, como mínimo, tan excéntrico como su amiga polaca. Si midiéramos la excentricidad en relación a la nacionalidad de cada uno, los dos serían igual de excéntricos; en números absolutos, sin embargo, la excentricidad de Jonathon superaba con mucho la de Ola. Al lado de Jonathon, Ola era una aficionada. Por eso no necesitaba llamar la atención con su imagen: Jonathon era estrambótico más allá de sus pintas. Hasta que abría la boca, Jonathon era un tipo cualquiera.

Como un torrente, en seguida acaparó la conversación; no habló de sí mismo, pero tampoco se interesó por nosotros. En cuanto pude me escabullí y fui a pedir unas cervezas a la barra; Ivana se acercó poco después. Nos miramos y supimos que pensábamos lo mismo. Al regresar con las bebidas, se confirmó nuestra primera impresión: Jonathon no dejaba hablar y, cuando lo hacía, no escuchaba; efectivamente, habíamos topado con un pesado. Pero era un pesado muy inteligente y aún más mordaz, un pesado especial. Hablaba de cualquier tema con una ironía brutal: televisión o antropología, comida o literatura, no importaba. Pontificaba sobre política e historia como un catedrático de filosofía desengañado y lenguaraz. Recuerdo cómo definió a los compatriotas de su amiga Ola: se dice que los polacos son los franceses entre los eslavos, dijo, pero en realidad no "se dice", sino que lo dijo Nietzsche, añadió. (Yo estaba totalmente seguro de que se había inventado la cita. Sin embargo, al regresar a Cracovia no me costó mucho dar con ella, gracias a Google, en Ecce homo.) Jonathon destruía los argumentos de los demás con frases ingeniosas e incontestables. Eran balazos retóricos a bocajarro. Se mostraba especialmente duro con Ola: machaba sus opiniones con extrema dureza, la humilló varias veces delante de nosotros, aunque no era una chica ingenua ni tonta. Sin embargo, Ola lo escuchaba divagar —sobre Dostoievski, sobre disco polo, sobre la destrucción de Gdańsk en la Segunda Guerra Mundial, sobre Solidarność y Lech Wałęsa, sobre cómo les gustaba a las inglesas y a las polacas ser seducidas y folladas— con devoción cristiana. Lo que para mí e Ivana era un egocentrismo desmedido para ella era carisma puro. A pesar de todo, puedo decir orgulloso que no mordí el anzuelo: si no me hubiera contado su historia, seguiría pensando que Jonathon no era más que un pesado ingenioso.

El segundo día visitamos Sopot, una de las tres ciudades del Trójmiasto o Triciudad, formado por Sopot, Gdańsk y Gdynia; recuerdo el puerto y la playa, la estatua del funámbulo, la Casa Torcida, etc. De noche, Ivana se sintió mal del estómago y tuvo que quedarse en casa de Ola, que muy amablemente le hizo compañía. Ambas me instaron a que saliera con Jonathon a tomar unas cervezas; Ola propuso con sinceridad que tuviéramos una "noche de hombres" para que ellas pudieran pasar una "noche de mujeres", mientras que Ivana la secundaba porque sabía que a mí el inglés me caía fatal: tan sólo quería tomarme el pelo. Al final, no pude negarme y terminé yendo de bares con Jonathon. Aquella segunda noche fue cuando me reveló su historia.

La mañana siguiente, bastante resacoso, Ivana me despertó muy angustiada. Tenía que contarme algo que no podía aguardar. Por la noche, había estado conversando con Ola. Se aburrió bastante porque era monotemática: Jonathon esto, Jonathon lo otro, Jonathon hasta en la sopa. Este verano Jonathon había estado viajando por Europa; en su primer día en Gdańsk conoció a Ola, que se había enamorado perdidamente. Por desgracia para ella, su relación no era nada oficial ni duradero. Intentaba llevarlo con naturalidad, pero la verdad era que, junto a su amigo inglés, Ola se anulaba, hasta tal punto que le confesó a Ivana que tenía un miedo terrible de perderlo. Jonathon era muy independiente, no quería atarse, se quejaba la desesperada Ola. Ivana no sabía dónde meterse: no tanto por la incomodidad de que una desconocida se le estuviera abriendo completamente, como por la rabia y el asco que le estaba dando descubrir el auténtico carácter de Ola. Cuando Ivana iba a decirle que se quería acostar, Ola le dijo que sólo una cosa podría ayudarla a conquistar a Jonathon. Ivana de repente sintió curiosidad y le preguntó cuál era.

—Me dijo que Jonathon quiere hacer un trío con ella y otra chica —me dijo Ivana, indignada—. Pero lo peor era lo que me propuso después: la loca de Ola quería, seriamente, que yo hiciera un trío con ellos. ¡Yo, un trío con esos dos! Le dije que ni loca. No los tocaría ni con un palo. Si no fuera porque nos estamos hospedando en su casa, la habría mandado a la mierda. No me vuelvo a quedar sola con ella. Suerte que esta tarde ya nos vamos.

No me sorprendió lo que estaba oyendo. Al contrario: confirmaba lo que había descubierto la noche anterior, a solas con Jonathon, mientras Ivana estaba en casa con Ola.

En un bar lleno de turistas ingleses, nos emborrachamos bastante. Fue un alivio que Jonathon eligiera aquel lugar: no tuve que hablar mucho con él, pude conversar con otros clientes. De vez en cuando cruzaba un par de palabras de cortesía con él, pero pasamos casi toda la noche charlando con otras personas. Cuando el bar se había quedado casi vacío, me di cuenta de que Jonathon estaba solo al otro lado de la mesa. Me estaba mirando; le sonreí y él se sentó a mi lado. Empezó a hablarme en un tono diferente, mucho más serio.

—Sé que no te caigo bien —me dijo sonriendo pero sin arquear los labios—. Pero no pasa nada, lo entiendo. Los hombres no me suelen tragar: soy una competencia dura para los demás. Y no me vengas ahora con que tienes novia. El amor es un invento. Confía un poco en mí, déjame que te cuente mi historia. Ya verás como después te caeré mejor.

La historia de Jonathon no era la historia de un pesado borracho cualquiera. Tenía dos ingredientes principales: una fantasía de Jonathon y su afán investigador. Este verano había viajado por diversos países europeos: Alemania, República Checa, Austria, Eslovaquia y Polonia. En Polonia había encontrado lo que buscaba: el enigma de las mujeres polacas. Su afán investigador se puso en marcha impulsado por su fantasía. Las polacas eran bellas y fuertes como yeguas —como Ola—; sin embargo, la mayoría de ellas perdía su vigor al lado de los hombres —como Ola—. Entonces se fijó en los hombres polacos: no eran ni bellos ni fuertes, más bien eran asnos. Aquel desequilibro contrastaba con el poder que ellos ejercían sobre ellas. Jonathon no entendía por qué una yegua querría someterse a un asno. ¿Por qué se ataban así las polacas?

Un día, tomando un café en una terraza de Gdańsk, vio cómo un hombre con sombrero paseaba junto a su mujer, el brazo de él sobre los hombros de ella, se acercaban al coche, el esposo le abría la puerta del copiloto a la esposa y la hacía pasar. Entonces Jonathon observó un gesto revelador que había visto muchas veces en aquellos días: mientras la mujer se agachaba y entraba en el coche, el hombre del sombrero miraba a un lado y al otro, inspeccionando la calle. La mirada del hombre traslucía miedo, que se volvió a transformar en seguridad al entrar en el coche. En el cerebro de Jonathon se produjo un fogonazo: el amor no había sido inventado por las mujeres sino por los hombres.

En este punto de la historia, Jonathon se levantó y fue a buscar un par de cervezas más. Me acerqué a la barra —la yegua tras el asno, o viceversa—, incapaz de esperar a que siguiera su relato.

—En el ámbito científico, se piensa lo contrario de lo que yo acababa de descubrir en aquel gesto: que el amor lo inventaron las mujeres. Biológicamente, la mujer sólo puede tener una pareja: el guardián que la proteja mientras esté embarazada y que defienda asimismo a sus vástagos. La madre naturaleza sólo le dio a la mujer un útero. En cambio, el hombre está programado para tener más de una pareja: la madre naturaleza le dio cientos de miles de millones de espermatozoides que puede ir repartiendo por ahí sin miramientos. Hay que suponer que la organización social de los primeros hombres sería similar a la de los leones: en manadas, lideradas por un macho que se reproduciría con varias hembras y las protegería. Los antropólogos también suponemos que, en algún momento de la prehistoria, un hombre (Adán) se quedó junto a la mujer (Eva) que había dejado embarazada y no preñó a otras hembras de la manada. Cuando nació el primer hijo de Adán y Eva, también nació el amor y, de paso, su hermana gemela invisible: la monogamia. ¿Por qué se quedó Adán con Eva? ¿Por qué no siguió liderando su manada? Los antropólogos siempre hemos creído que fue por Eva, que ella inventó el amor. La mujer era la que necesitaba protección del hombre, por lo que era la más interesada en tener un guardia particular. En cambio al hombre le iba muy bien con varias mujeres. Por tanto, la retrógrada antropología le asignaba a la mujer el rol de creadora del amor (y de su hermana gemela invisible). Pero cuando vi a aquel hombre con sombrero sujetándole la puerta del coche a su esposa y mirando con pavor la calle, me di cuenta de que era al revés. En realidad había sido Adán quien lo había creado.

Quizá era porque estaba borracho, pero no entendía muy bien lo que quería decir Jonathon.

—Coño, es fácil —dijo—. Para ser macho alfa de una manada hay que luchar con otros machos. El ganador se queda con las hembras y debe protegerlas y preñarlas; el perdedor se jode. Según la antropología, la hembra querría más protección y buscaría a un macho alfa propio, incompartible: esto es el amor; a causa del amor, la manada quedaba reducida a dos componentes: el macho que protegía y preñaba a la hembra. Según la teoría que me reveló la mirada del hombre con sombrero, no eran las hembras sino los machos perdedores los que habrían inventado el amor y la versión reducida de la manada; así, se ahorraban la derrota y se aseguraban una hembra y una descendencia. ¿Lo entiendes? Fue un pacto de caballeros, un pacto de perdedores, para que cada uno tuviera paz y una mujer. A la mujer, por supuesto, nunca se le preguntó nada: se le contó el cuento del amor. La emancipación de la mujer confirma mi teoría: el macho se resiste a permitir que la hembra tenga libertad porque tiene miedo de quedarse sólo con sus miles de millones de espermatozoides.

Según Jonathon, aquello resolvía el enigma de las mujeres polacas. Si las bellas y fuertes yeguas estaban con asnos como el hombre del sombrero, era porque los asnos las mantenían a su lado con cuentos de amor. El catolicismo y el conservadurismo de Polonia alimentaban este discurso —o recurso—; por eso las polacas eran mujeres más sumisas que, por ejemplo, las inglesas. El afán investigador de Jonathon explicaba su motivación personal hasta este punto de la historia, pero entonces era relevado por una fantasía que tenía desde niño: tener dos mujeres al mismo tiempo. Así, su historia casi estaba completa.

—No se trata solamente de hacer un trío —me aclaró Jonathon—. Aunque por ahora a Ola le he contado esta patraña. Yo quiero formar una manada de un macho con dos hembras. Quiero tener dos novias con su consentimiento y sin convertirme al islam. ¿Por qué? Porque intento demostrar que el amor es una invención que somete a la mujer. Y porque quiero vivirlo, por supuesto: estoy mezclando placer y trabajo, por supuesto. Es un experimento y una experiencia.

»Mi plan es ambicioso; por eso lo he dividido en siete fases. De momento, estoy en la primera: tengo una novia en Londres (Lily) y a mi amiga Ola en Gdańsk, que pronto se convertirá en mi segunda novia. Gracias a esta fase, tendré dos relaciones amorosas monogámicas. Recuerda que la monogamia es la hermana gemela invisible del amor.

»La segunda fase empezará en septiembre: con la excusa de que los pisos londinenses son demasiado caros para un pobre estudiante de antropología como yo, viviré en ambas ciudades. Cada semana pasaré unos días en Londres yendo a clase y viendo a mi novia inglesa, Lily; los demás estaré en Gdańsk con la polaca, Ola. Con los precios de Polonia y de las compañías low cost, ahorraré dinero: es la coartada perfecta. Gracias a esta fase, mantendré dos relaciones amorosas monogámicas no solapadas.

»La tercera, un tanto peliaguda, consiste en organizar dos tríos: uno con Lily y otra chica cualquiera, en Inglaterra, y otro con Ola y otra chica cualquiera, en Polonia. Tendré que engatusarlas, por supuesto, pero cuando hace falta soy un experto en contar cuentos de amor. Les diré que el amor y el sexo son cosas distintas, que la madre naturaleza programó a los hombres para esparcir nuestros cientos de miles de millones de espermatozoides por el mundo, que nuestra relación se ha estancado y no quiero perderla, que somos jóvenes y debemos experimentar, etcétera, yo qué sé. Por suerte, ya hice un trío con Lily poco antes de empezar mi viaje, así que esta parte ya la tengo más o menos solucionada. En cambio, Ola será un poco más difícil de convencer, porque las mujeres polacas aún creen a pies juntillas en el cuento de la exclusividad sexual. Gracias a esta fase, comprobaré que mis parejas estén dispuestas a modificar el contrato de nuestras relaciones amorosas monogámicas.

»En la cuarta, organizaré un solo trío con los tres integrantes de la futura manada: Lily, Ola y yo. Nos encontraremos en Gdańsk o en Londres. Todavía no les diré que tengo una relación amorosa con cada una. Para evitar las sospechas, recurriré a un juego de roles: ellas serán prostitutas y yo las contrataré en la calle. El encuentro durará dos o tres horas, luego serán separadas. No las dejaré solas para que no descubran mi engaño. Gracias a esta fase, confirmaré que mis parejas son compatibles entre sí, aunque ya elegí a Ola con vistas a que se llevara bien con Lily.

»La quinta será la fase clave. Organizaré otro trío con Lily y Ola, pero en esta ocasión nos encontraremos en una ciudad neutra, quizá en la libidinosa Viena. Ninguna de las dos sabrá quién es el tercer componente del trío, por lo que después de volver a verse la sorpresa será enorme. Cuando les confiese que estoy enamorado de ambas y que quiero mantener una relación amorosa bigámica con ellas, les costará más huir escandalizadas por las calles de una ciudad desconocida como Viena. Será difícil persuadirlas, pero en ningún caso las forzaré: deben estar convencidas de que las quiero a las dos, de que mi amor es bífido pero auténtico. Beberemos y copularemos mucho, para asegurarnos de que la primera noche que pasemos juntos durmamos como bebés. Gracias a esta fase, combinaré mis dos relaciones amorosas monogámicas en una sola bigámica.

»En la sexta, viviremos los tres juntos. Probablemente en Polonia, porque es más barato, pero no en Gdańsk. Será mejor una ciudad donde nadie nos conozca, para evitar innecesarios conflictos ajenos a la manada. Gracias a esta fase, cumpliré mi fantasía infantil.

»En la séptima y última fase, les dejaré una nota en la mesilla y me largaré de allí mientras duerman. La manada quedará disuelta. Como habré documentado todo el proceso, quizá escriba un artículo científico. O quizá me quede las fotos para mí solo, ya veremos. ¿Qué te parece?

* * *

No sé por qué, pero no le conté a Ivana nada de esto hasta que estuvimos en el tren de regreso a Cracovia. Definitivamente, Jonathon está más loco que Ola, me dijo, aunque todo sea mentira o fruto de sus perturbadas fantasías. Yo pensaba, como ella, que todo era una enorme paja mental de Jonathon. Todavía en el tren, le hablé también de una novela del mexicano Guillermo Fadanelli: Malacara. El protagonista y narrador, Orlando Malacara, es un tipo del DF que tiene dos objetivos en la vida: matar a un hombre cualquiera y tener dos mujeres a la vez. Logra estar con dos mujeres, Rosalía y Camila, pero no simultánea sino consecutivamente. Es decir, que fracasa. Quizá para desquitarse, al final lleva a cabo el otro deseo. Esperemos que Jonathon no quiera matar a nadie, dijo Ivana. O que consiga convivir con Lily y con Ola, añadí yo.

Seguimos hablando de Jonathon como si fuera un personaje de ficción, un Malacara, hasta llegar a Cracovia. Pero cuando comprobé en Internet que la cita de Nietzsche sobre los polacos era auténtica, tuve la sensación de que quizá no me había tomado el pelo, de que era un loco que hablaba muy en serio. Sin embargo, pronto la rutina del trabajo nos engulló a mi y a esta historia. Hasta que leí la noticia en The Independent.

Por el chat de Facebook, Jonathon me resumió el desenlace de la historia. Había logrado llevar a cabo las dos primeras fases de su experimento: mantener una "relación amorosa monogámica" con cada chica, Ola en Gdańsk y Lily en Londres. Pero todo empezó a fallar en la tercera fase: surgió un imprevisto que lo aceleró todo. Su novia inglesa decidió visitarlo por sorpresa a Polonia, antes de que hubiera hecho su primer trío con la polaca. Jonathon tuvo que pasar directamente a la cuarta fase y organizar un trío con las dos novias, en un hotel de Gdańsk. Había preparado a Ola para aquello y sería el segundo trío con Lily, así que ambas terminaron aceptándolo. Cuando acabaron, las chicas quisieron quedarse en el hotel a pasar la noche. Entonces tuvo que saltar precipitadamente a la quinta fase y confesarles su amor bífido, sus planes de amor bigámico. Ola se indignó y se largó a su casa. Lily lo mandó a la mierda y Jonathon tuvo que buscarse otra habitación de hotel. Lo probó de nuevo al día siguiente, insistió varios más, pero no funcionó.

Jonathon grabó la sesión completa en vídeo, como parte de la documentación de su proyecto. Me mandó un par de fotos, pero me pidió que no las publicara; estuve de acuerdo con él, por supuesto.

—El experimento fracasó, pero como puedes ver el trío estuvo muy bien —me escribió Jonathon—. Aunque las chicas reaccionaron bastante mal, puedes imaginártelo; no estaban preparadas. He quedado varias veces con Lily, pero Ola no quiere saber nada de mí. No la culpo. Ahora estoy probando otros enfoques. Encontrar una pareja bisexual que me acepte dentro de su manada. O una chica que quiera formar una manada compuesta por tres miembros. La vida sigue, no podemos renunciar tan rápido a nuestros sueños.

Le deseé suerte. Sin duda, si alcanzaba sus sueños también lograría la merecida fama.