lunes, 16 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (2)

2. Una ayuda

En esta serie de crónicas/ensayos, Un ateo en la JMJ, trataré de entender la JMJ 2016 y ver cómo afecta a Cracovia y sus habitantes. Creo que ya queda clara mi ignorancia sobre el tema en el texto anterior, pero por si acaso lo repito: no tengo ni idea de qué es la Jornada Mundial de la Juventud.

Sin embargo, ya he empezado a prepararme para la llegada de los bárbaros leyendo cuanto encuentro por ahí. No es suficiente: me falta perspectiva y tiempo para adquirirla, conocimientos de la situación política en el país, dominio de la lengua polaca, etc. Es evidente que el tema me sobrepasa. Pero soy testarudo y no conozco mejor manera de aprender que escribir. Obviamente, nadie me paga ni me exige que lo haga.

Como no quiero que esto sea un texto de ficción ni cometer errores o imprecisiones, he decidido pedir ayuda. No a las musas sino a los habitantes de Cracovia.

Lector: si vives en Cracovia, seas polaco o extranjero, me harías un gran favor si contestaras las siguientes preguntas. Si conoces a alguien que resida en Cracovia, me ayudarías mucho si se las hicieras llegar. En ningún caso usaré datos personales ajenos sin pedir antes permiso.

¡Gracias!

(Cuestionario de Google Docs en español, en breve lo traduciré.)

* * *

Cuestionario sobre Polonia y la JMJ 2016

Gracias por colaborar respondiendo este cuestionario sobre Polonia y la Jornada Mundial de la Juventud de Cracovia 2016 para http://demimerio.blogspot.com. No es necesario que contestes todas las preguntas, solo las que te apetezca. Valoraré mucho si me das datos concretos, enlaces a noticias (en inglés, español o polaco, no importa), anécdotas reales. Gracias de nuevo.

Edad:
Ocupación:
Nacionalidad:

Polonia

1. ¿Cuáles son las medidas más importantes que ha introducido el nuevo gobierno polaco? ¿Cómo afectan a tu vida? ¿Y al resto del país?

2. ¿Hay una foto, frase, imagen u obra de arte que resuma la situación actual de Polonia?

3. ¿Cuál es el papel de Polonia en la crisis de los refugiados? ¿Qué hace el gobierno polaco para ayudarlos (o no)?

Cracovia y la JMJ 2016

4. ¿La preparación de la JMJ te ha afectado de alguna manera? ¿Y a los demás habitantes de Cracovia?

5. ¿Qué cosas se han cambiado en Cracovia para la llegada del papa y la JMJ? (Construcción de nuevos edificios y obras, comportamiento de las autoridades, etc.)

6. ¿Crees que Cracovia está bien preparada para la JMJ? ¿Por qué?

7. ¿Dónde se alojarán los peregrinos de las JMJ? ¿Conoces algún lugar específico?

8. ¿Qué servicios nuevos habrá en la ciudad durante la JMJ? ¿Y cuáles no estarán disponibles? (Me refiero a medios de transporte, consulados o embajadas temporales...)

9. ¿Qué eventos tendrán lugar durante la JMJ? ¿Cuál es el más importante?

10. ¿Qué sabes sobre los voluntarios de la JMJ? ¿Cuáles son los requisitos para ser voluntario? ¿Qué tareas van a llevar a cabo?

11. ¿Hay otros datos que consideres relevantes?

domingo, 15 de mayo de 2016

Mateorías (1)

(Capítulo 1 de la novela Mateorías de Guillem González.)

Greguería = humorismo + metáfora
Ramón Gómez de la Serna

Mateoría = greguería - metáfora
Mateo González 

Uno


Este marzo recibí una postal de Madrid. Por un lado, el vestíbulo de la estación de Atocha, con su exuberante jardín botánico, su cubierta de hierro, las mesas de una cafetería y unos cuantos turistas o madrileños desperdigados aquí y allá; por el otro, una sola frase: "Bájate en Atocha, catalán". Estaba firmada por "Un puto madrileño".

Sin embargo, yo sabía que quien me mandaba la postal era Mateo: era la cuarta que me enviaba desde que se fue de Cracovia, las cuatro con la misma frase e igual de guasonas. Esta vez no intenté llamarlo por teléfono para decirle que por desgracia tampoco en aquella ocasión podría visitarlo, sino que compré una postal del papa Juan Pablo II y le respondí escueto ("Este verano sí me bajo en Atocha, madrileño") y con la firma adecuada ("Un puto catalán"). Pocos días después fue él quien me llamó: "No me jodas: ¿vienes a Madrid de verdad?". Que sí, puto madrileño. Acababa de comprarme un billete de avión Cracovia-Madrid.

Karol Józef Wojtyła y Joaquín Ramón Martínez Sabina, más conocidos como Juan Pablo II y Joaquín Sabina, aunque nosotros los llamábamos Juan y Joaquín o J&J, fueron los primeros puntos de apoyo de nuestra amistad. Como buen madrileño, Mateo era un devoto total del de Úbeda ("Donde habita el olvido", "Yo me bajo en Atocha"); a mí mis padres me habían inculcado desde niño el entusiasmo por aquella voz siempre escacharrada: en nuestros viajes en coche, mi hermana y yo solíamos pedirles que queríamos escuchar "al Sardina" otra vez ("Ruido", "El blues de lo que pasa en mi escalera"). Por contra, la relación que Mateo y yo manteníamos con el difunto papa era menos tradicional: a ambos nos gustaba mofarnos de la pasión exagerada que despierta en los polacos más nacionalistas: la cara del papa está presente en la pintura, la escultura, la prensa, la educación y, por supuesto, los souvenirs. En el fondo también sentíamos devoción y entusiasmo por Juan Pablo II, claro, pero pasados por una gruesa pátina de ironía y de incorrección política. La colección de objetos kitsch que decoran el alféizar de mi casa le debe a Mateo dos componentes bien cutres: una taza con un rostro papal y un imán con una jeta pontificia.

Pero si miro hacia atrás todavía me sorprende que consiguiera superar la primera impresión que me dio Mateo y que al final termináramos siendo tan buenos amigos. Acababan de contratarme en una escuela de idiomas cuando la directora me fue presentando a los profesores: fulano es mexicano, quíubole, tal es argentino, cómo andás, esta es venezolana, épale, mengano es chileno, cómo estái, y este es Mateo, de Madrid. Mientras me estrechaba la mano, escuché su voz por primera vez y su primera mateoría:

—¡Coño, lo que me faltaba por ver: un catalán dando clases de español! ¡No me jodas!

Y soltó una de sus carcajadas atropelladas, una risotada cayéndose por la escalera.

jueves, 12 de mayo de 2016

Un ateo en la JMJ (1)

1. Esperando a los bárbaros

Del 16 al 21 de agosto de 2011, se celebró en Madrid la XXVI edición de la Jornada Mundial de la Juventud, la JMJ 2011. Era el verano del 15-M y de los indignados, las plazas de toda España eran una fiesta; yo vivía en Barcelona, estudiaba Humanidades, tenía 24 años y creía que JMJ significaba Jesús, María y José.

Aunque esas jornadas religiosas habían sido anunciadas por el papa Benedicto XVI en 2008 y todo el mundo hablaba de ellas, yo era tan feliz que no sabía de su existencia. La religión siempre me ha llamado la atención, pero supongo que entonces me preocupaban más otras cosas: estaba estudiando mi segunda carrera —de letras, la anterior fue informática—, es decir, viviendo una segunda juventud o alargándola. Quizás debería haber pasado aquellos días en Madrid, pero estaba en Barcelona.

Como cualquier agosto, Barcelona estaba llena de turistas. Pero alrededor de aquella semana, imagino que antes y después, la ciudad condal sufrió un boom turístico, como si hubieran desembarcado cientos de cruceros, como si se volvieran a celebrar unas olimpiadas. Unos meses antes, el 7 de noviembre de 2010, el papa había visitado Barcelona para consagrar la Sagrada Familia: no hubo tantísima gente. De cualquier modo, en Barcelona hay eventos una semana sí otra también: la feria de no sé qué, el congreso de no sé cuántos, el aniversario de quién sabe qué. Aquellas siglas, JMJ, flotaban en el ambiente, pero podían significar cualquier cosa; no iba muy desencaminado cuando les atribuí cierto aroma a cirio: Jesús, María y José. 

No noté nada extraño hasta que una noche salvaje —calurosa, a rebosar de turistas y locales a rebosar de alcohol y hormonas— estaba cruzando la Rambla. Mi compañero de piso y yo íbamos del Gótico al Raval, de tomar unas cervezas a beber otras. En medio de la calle, se nos acercó una pareja, chico y chica, con camisetas amarillas, y nos dieron unos folletos. Sin mirarlos, imaginamos que eran flyers para entrar en alguna discoteca.

—Would you like to come with us? —nos preguntó ella en inglés, nada extraño en los repartidores.

Mi amigo y yo le hicimos alguna bromita obscena a la chica e ignoramos al chico. Nos fijamos en que ambos llevaban la misma camiseta amarilla que todos los turistas de aquellos días. Sobre el fondo amarillo, el rojo de una corona con forma de M (Madrid, María) y encima una cruz, como un cuadro de Tàpies coloreado con Photoshop.

—¿De qué es esta camiseta? —le preguntamos a la chica.

Nos habló de la JMJ que se estaba celebrando —o se había celebrado ya, no lo recuerdo— en Madrid. No acabé de entender en qué consistían esas jornadas, quizás a causa del alcohol o de que el inglés de la chica no era muy bueno, aunque intuí que en realidad ella tampoco sabía por qué estaba allí, en Barcelona, y no en Madrid, en su país de origen o en cualquier otro sitio. 

Pero gracias a ella comprendí que la marabunta que invadía Barcelona eran los jóvenes peregrinos que se dirigían a Madrid, se habían extraviado o ya habían estado allí. Sin embargo, no me parecían demasiado devotos ni buenos cristianos: a pesar de su juventud, la mayoría bebía alcohol con una ansiedad, exhalaba una lascivia y se comportaba con una falta de civismo propias de los turistas más bastos. Ya han llegado los bárbaros, pensé.

—Entonces, ¿venís con nosotros o no? —insistió la chica de la camiseta rojigualda—. Vamos a la playa a rezar —señaló hacia el final de la Rambla—. Cerca de la estatua de Colón, rezaremos todos juntos.

Aquellos bárbaros iban a rezar en grupo en la playa de Barcelona: ver para creer. Si querían expiar los pecados de aquella monumental Sodoma y Gomorra, tenían trabajo para rato. Le dijimos que no a la chica y se fueron un poco desilusionados, pero unos metros más allá detuvieron a otros incautos. Mi amigo y yo seguimos nuestra noche de fiesta y nos olvidamos de aquel encuentro.

Sin embargo, me quedó un regusto amargo de aquellos días. No entendí entonces ni he logrado entender después en qué consistían las JMJ, ni por qué había tantos peregrinos en Barcelona si la sede era Madrid. Pero tengo la sensación de que viví de refilón algo histórico sin darme cuenta de ello; bueno, nos puede pasar a todos. Tras la explicación de aquella chica, me enteré de que en Madrid hubo protestas y disturbios, imagino que aquello sí fue un pandemónium. Dos millones de jóvenes, por buenas que sean sus intenciones, han de causar estragos por fuerza.

Del 26 al 31 de julio de 2016, en apenas dos meses y medio, se celebrará la XXXI JMJ en Cracovia. Ahora vivo aquí, en Cracovia, tengo 29 años y trabajo como profesor de español, pero durante la JMJ tendré fiesta, como mucha gente, a causa del esperado evento. Se prevé que uno o dos millones de jóvenes invadirán la ciudad, de unos 760.000 habitantes. Parece que esta vez estaré en el centro del huracán, aunque solo sea por tres días: el 29 de julio volaré a España. Es una buena ocasión para intentar entender este acontecimiento incomprensible, no importa que uno sea un poco ateo.

martes, 3 de mayo de 2016

The Best of April 2016

Con la excusa de que en abril se celebraba el 400 aniversario de la muerte de Cervantes, decidí leer su biografía (una de ellas). Descarté la más reciente, La invención de la ironía de Jordi Gracia, porque es un poco difícil conseguirla en Cracovia y porque Alberto Olmos la ha (des)calificado como "filología de ficción", y me fío bastante de su criterio. Además, mi padre tenía en casa Las vidas de Miguel de Cervantes de Andrés Trapiello. ¿Cómo no fiarse de alguien que ha escrito dos secuelas del Quijote y lo ha puesto en castellano actual?

En abril, los encuentros de un colombiano, un mexicano y un español para hablar de literatura han seguido teniendo lugar. Lo último que hemos leído en la dead poets society también entra en lo mejor de abril: A sangre fría de Truman Capote.

Por otro lado, este mes he tenido la suerte de empezar a dar un curso de literatura española del siglo XX en una de las escuelas donde trabajo. Como uno de los autores de los que hablaremos es Manuel Chaves Nogales y las magníficas crónicas de A sangre y fuego, he decidido remediar un poco mi desconocimiento del periodismo literario. Por suerte, la editorial Libros del Asteroide está haciendo una gran labor para recuperar a los Truman Capote españoles: Chaves Nogales, Gaziel, Xammar, Augusto Assía y Ramón J. Sender, de quien he podido leer Viaje a la aldea del crimen.

Finalmente, para compensar tanta no ficción y tanta seriedad, he leído una descacharrante novela de otro autor que he incluido en el curso de literatura: Ávidas pretensiones de Fernando Aramburu.


1. Andrés Trapiello, Las vidas de Miguel de Cervantes (1993)

Esta es la primera biografía que leo entera, hasta el final, y eso ya dice mucho de ella. Y no es solo porque me pueda interesar Miguel de Cervantes, sino también —y sobre todo— por la escritura de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, 1953): el autor leonés conjuga la rigurosidad de un investigador con el encanto de un buen novelista. El título —las vidas y no la vida— remite a dos ideas capitales para entender el libro. Por un lado, a la multitud de vidas que vivió Cervantes: soldado, prisionero, poeta, comisiario de provisiones, novelista, cobrador de impuestos, etc.; por el otro, a la imposibilidad de escribir una sola vida de Cervantes, pues la documentación disponible es escasa y en muchos casos solo permite hacer hipótesis (quizás tuvo esta vida, quizás tuvo esa otra). Si algo admiro en los escritores, por lo común orgullosos, es la capacidad de admitir los propios límites, y a Trapiello no le tiembla la mano cuando escribe que no sabe algo, que no está seguro o que solo está suponiendo. Eso sí, su conocimiento del Siglo de Oro y del escritor alcalaíno son considerables, sin llegar a entorpecer nunca la lectura con detalles enciclopédicos. Incluso critica a otros biógrafos por haber inventado demasiado y haber creado la leyenda de la miseria de Cervantes, no tan severa como a muchos románticos les habría gustado.


2. Truman Capote, A sangre fría (1966)

Es difícil que un libro cuyo desenlace ya conoces te enganche durante toda la lectura, pero A sangre fría lo logra, y eso es lo que más me impactó. Truman Capote (Nueva Orleans, 1924 - 1984) sabe que al lector le interesan los detalles más morbosos —el brutal asesinato de la familia Clutter y el origen de los asesinos— y va dosificándolos a través de las casi 400 páginas, como un buen narrador, entre otros detalles para nada secundarios: las vidas de los policías investigadores, de los vecinos de Holcomb, de los compañeros de celda de Dick y Perry, etc. Pero, además de un gran libro, Capote creó —con el permiso de Rodolfo Walsh— la primera "novela testimonio", acercándose a las metas de los realistas (presentar el mundo objetivamente), de los naturalistas (resaltar el determinismo) e incluso de la poliédrica novela total (agotar la realidad desde todos los ángulos). Y A sangre fría es aún más: es la catedral del culto a la violencia constitutivo de nuestra sociedad. Se pueden rastrear sus huellas en el cine (Tarantino, los hermanos Coen, etc.), en series (Fargo, True Detective...), libros (American Psycho) y otras novelas de no ficción (Helter Skelter). Quizás el único pero de esta obra se encuentre en sus fundamentos: el exceso de objetividad. ¿Quién puede creerse hoy en día que Capote no inventara ni siquiera un poco, que no manipulara la información para crear una escena perfecta? En el siglo XXI, sabemos que no existe lo objetivo y, de hecho, le exigiríamos al autor que se incluyera en la obra y que nos presentara su punto de vista. Incluso querríamos saber qué sintió, qué problemas tuvo durante la investigación y la escritura (como sucede en Capote, la genial película con Philip Seymour Hoffman).


3. Ramón J. Sender, Viaje a la aldea del crimen (1933)

Es inevitable leer Viaje a la aldea del crimen en comparación con A sangre fría, a pesar de que los separan muchos años y circunstancias. Si la obra de Truman Capote presenta el asesinato de una familia a manos de dos psicópatas, el libro de Ramón J. Sender (Chalamera, 1901 - 1982) investiga los sucesos de Casas Viejas: lo que empezó como un levantamiento anarquista de campesinos en un paupérrimo pueblo gaditano (del 10 al 12 de enero de 1933) desencadenó una brutal represión perpetrada por la guardia civil y de asalto (25 víctimas) y acabó con la caída del primer gobierno de Azaña durante la Segunda República. Pero si Sender no hubiera publicado las crónicas que desvelaron lo ocurrido, quizás la matanza de los campesinos sublevados no habría tenido consecuencias políticas. Así, Capote investiga a fondo un suceso por todos conocido y lo concibe inicialmente como un libro, mientras que Sender tiene que sacar a la luz —primero en el periódico y luego en libro— unos eventos ocultados por la autoridad. A diferencia del estadounidense, Sender acierta al incluirse en la narración desde el principio, cuando aún no sabe que tendrá que dejar constancia de que intentarán censurarlo. Sin embargo, chirría un recurso utilizado desde la primera crónica: solo llega a Casas Viejas cuatro días después de la matanza, pero le pide al lector que imagine que el avión en el que viaja ha dado varias vueltas en dirección opuesta al sol para ganarle "cuatro días al tiempo" y poderlo observar todo en directo (¡sic!). Pese a este desliz inexplicable, Viaje a la aldea del crimen se trata de un documental necesario que recuerda las duras condiciones de vida del campesinado y la impune violencia de las fuerzas del orden.


4. Fernando Aramburu, Ávidas pretensiones (2014)

En el Convento de las Espinosas se celebra la tercera edición de las Jornadas Poéticas, que congregan a lo mejor del mundillo poético español: los metafísicos y los realitas, el consagrado y viejo poeta ciego don Mateo Gil y su joven y atractiva secretaria-lazarilla-amante, dos poetas lesbianas y amantes, la depresiva y desquiciada Amalia Solárzano, etc. Si aún no es evidente el tono satírico de la novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), puedo añadir que uno de los poetas come setas alucinógenas y se caga encima, que el organizador de las Jornadas es el crítico y poetilla Lopetegui alias Lope, que a don Mateo Gil le gusta la lluvia dorada, en fin, cualquier cosa alejada de la poesía. Los títulos de las tres partes de la novela confirman el carácter del libro ("Planteamiento", "Nudo" y "Desenlace"), así como el estilo, una parodia del lenguaje poético. En otras palabras, Ávidas pretensiones continúa la tradición humorística española más grotesca: desde La Celestina hasta Eduardo Mendoza, pasando por la picaresca, Quevedo, el Quijote y el esperpento de Valle-Inclán (los poetas de Aramburu se burlan de Juan Ramón Jiménez, deporte nacional literario practicado por el trío Dalí-Buñuel-Lorca y por Antonio Orejudo en Fabulosas narraciones por historias). En definitiva, una gran novela para todo amante de la poesía y/o de las rencillas literarias.

viernes, 29 de abril de 2016

Apología de lo hipster

Más de una vez me han llamado hipster o me han dicho "qué hipster eres". Y no entiendo por qué pero siempre me he sentido ofendido, como si me llamaran chulo, superficial, falso o gilipollas.

Sin embargo, no puedo culpar a nadie, porque no les falta parte de razón. Tengo barba de Chuck Norris y gafas de Harry Potter. Llevo ropa más o menos bohemia, intelectual y/o con aires de vagabundo. Me gustan algunas cosas supuestamente alternativas, diferentes o elitistas (la literatura, el cine, la historia). Empleo a menudo la ironía y un arsenal de gadgets (móvil, portátil, libro electrónico), así como las redes sociales (Facebook). Me gusta escribir y tengo un blog. He estudiado una carrera de letras (y una de informática) y trabajo como profesor de lengua para extranjeros.

Algunas veces he intentado defenderme de la acusación aduciendo que a diferencia de los hipsters a mí no me gusta la música electrónica (y, de hecho, cada vez me interesa menos la música en general). Que yo no soy vegetariano ni vegano ni me preocupa demasiado qué como ni de dónde viene. Que solo soy un poco ecologista: reciclo, no tengo coche, voy en tranvía/autobús, apago la luz/cierro el grifo cuando toca, reutilizo los papeles... y no mucho más. Que no me obsesiona hasta extremos enfermizos lo nuevo, lo desconocido, lo alternativo, lo único, lo exótico y lo oriental. Que mi estética no es tan radical como la de los hipsters: no tengo tatuajes ni piercings, no compro ropa cara ni de marcas extrañas ni en tiendas de segunda mano o vintage, no me pongo cremas capilares ni me rizo los bigotes.

Pero, a pesar de todo, el adjetivo hipster siempre deja un regusto amargo. Lo hipster es invariablemente malo, un insulto sin más. Entonces, ¿cuáles son los rasgos negativos que cualquiera reconoce en el homo hipsterus?
  • "El hipster quiere ser diferente pero termina siendo igual que los demás hipsters". O sea, aspira a la originalidad pero fracasa: la maldición del hipster (la maldita ecuación: hipster=kitsch). En realidad, el hipster no es vanguardista sino reaccionario, es falsamente auténtico, es la reproducción del hipster arquetípico, es esclavo de lo hip, etc.
  • "El hipster se siente superior porque no se considera mainstream". Consume cultura alternativa, conoce grupos de música desconocidos, lee autores olvidados o novísimos, ve películas raras que nadie entiende, y todo ello le permite mirar al resto por encima del hombro. Infundadamente, claro.
  • "El hipster es todo pose o postureo, siempre es falso". No es vegano o vegetariano o ecologista o intelectual o artista o viste raro por convicción sino interesadamente. Antepone la estética a la ética.
  • "El hipster dice ser de izquierdas, pero no tiene una ideología clara". Se supone que el hipster es antisistema, anticapitalista, antialgo, pero en el fondo no está claro de qué pie cojea; parece que incluso hay hipsters del PP. Sin embargo, detrás de su espesa capa de ironía es evidente que el hipster acepta, aunque sea a regañadientes, la democracia coartada y el capitalismo desbocado en los que vivimos. Es un pequeñoburgués con ínfulas, menuda novedad.
  • "El hipster copia a otras tribus urbanas". Si las tribus urbanas son la versión descafeinada de las vanguardias estéticas y las ideologías de los siglos XIX y XX, los hipsters son el aguachirle de las tribus urbanas. Un collage de hippies, beatniks, punkies, grunge y otros movimientos más o menos contraculturales, pero dejando de lado sus respectivos idearios y reivindicaciones.
Habré olvidado mil cosas, pero está claro que lo que al mundo le molesta del hipster es su falsedad, su doblez. No puedo estar más de acuerdo con el mundo: en mi diccionario mental, la palabra hipster también equivale a fingimiento e impostura. Eso es lo que nos ofende cuando nos llaman hipsters.

Pero ¿es que hay alguien que sea tan auténtico, tan original? ¿Hay alguien que no sea un impostor, en mayor o menor medida? ¿Acaso no tenemos todos influencias? ¿Es que no copiamos todos? ¿Quién no oculta algo? ¿Conocéis a alguien que esté totalmente convencido de su ideología? ¿Solo los hipsters pasan de posicionarse ideológicamente?

No puedo dejar de pensar que el hipster tiene una vertiente positiva que ha quedado relegada por sus rasgos negativos. Si tratamos de entender el fenómeno, encontramos algunas características del homo hipsterus que hay que reivindicar.
  • "La esencia de lo hipster es el amor por la diferencia". En principio, ¿qué tiene de malo querer apartarse de la norma, incluso si solo queremos ser diferentes para sentirnos especiales y/o mejores? A nadie le viene mal un poco de apego por lo otro, por lo inusual. Quizás sea mejor entronar la diferencia, como hacen los hipsters, a elogiar lo corriente, lo tradicional, lo natural. En una sociedad acostumbrada a los bichos raros sería más fácil aceptar a los extranjeros y adaptarse a los cambios.
  • "La moda hipster tiende a la androginia". Su estética iguala lo masculino y lo femenino, los disuelve en uno: visten y se comportan (casi) igual hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, etc. ¿Qué mejor forma de combatir las rígidas construcciones sociales de la masculinidad y la feminidad?
  • "La cultura hipster es ecléctica". En una época como la nuestra, en la que todo se mezcla, los límites desaparecen y parece que todo se ha inventado ya, ¿es posible imaginar otra moda que aquella que combina las anteriores y rechaza la pureza y la uniformidad? Lo hipster es la novela de las tribus urbanas, que asimila todos los géneros literarios.
  • "Los hipsters son globales y locales a la vez". Nadie negará que en la actualidad política y cultural existen una fuerza centrípeta (el regionalismo, el nacionalismo) y otra centrífuga (la globalización). Parece que los hipsters resuelven bastante bien esta tensión: un hipster de Bucarest y otro de Nueva York son iguales pero diferentes, de dentro y de fuera a la vez.
  • "Lo hipster no es un movimiento ni promueve un sentimiento de comunidad". Nadie quiere ser llamado hipster y nadie se identifica como hipster, pero todos somos un poco hipsters. A diferencia de otras tribus urbanas, no tienen un sentimiento de pertenencia a un colectivo, herencia un poco vergonzosa de las religiones y de las ideologías. Por ello, no son evangelizadores ni muestran un absurdo orgullo por ser de un partido, raza, nación, tribu urbana o religión.
  • "El hipster ama la cultura, las humanidades, las artes liberales y la tecnología". La tecnología no necesita defensores, claro, pero las otras disciplinas sí. Todos los profesores, los regidores y ministros de cultura, artistas y escritores son hipsters, porque todos reclaman que se lea, se vaya al cine y al museo, se viaje y se aprenda. Además, el hipster es de las pocas tribus urbanas relacionadas con el cine y la literatura (aunque sean independiente o alternativa, respectivamente). Y no hay seña de identidad más sana que la cultura.
Quizás estoy idealizando a los hipsters, pero solo trato de encontrarles el lado bueno. En el fondo, las tribus urbanas siempre me han recordado a los signos del zodíaco: si lees cómo son los heavies, los hippies, los pijos o los punkies, si compruebas el futuro de un aries, un capricornio, un libra o un piscis, irremediablemente te identificas un poco con cualquiera. Lo mismo pasa con los hipsters

La próxima vez que os llamen hipsters, sonreíd y dad las gracias.

domingo, 3 de abril de 2016

The Best of March 2016

Un mexicano, un colombiano y un español se reúnen en una cafetería para hablar de literatura. No es el comienzo de un chiste malo ni de una escena surrealista, sino una realidad bimensual. El club de lectura funciona así: uno de nosotros propone tres libros y los otros dos cofrades eligen el que más les guste; un par de semanas después, charlamos sobre la obra seleccionada, pero también del desgobierno polaco, de la crisis de los refugiados, de porno feminista, del precio de los tomates y del vodka, etc. Con mucha sorna, mi novia nos bautizó con el nombre de the dead poets society.

De este modo escogimos, leímos y comentamos dos de los libros que están en el best of de marzo: El pájaro pintado de Jerzy Kosiński y Extinción de David Foster Wallace. Los otros dos son fruto de mi búsqueda de la Gran novela de Barcelona: Viento y joyas de Francisco Casavella y El día de mañana de Ignacio Martínez de Pisón.


1. Jerzy Kosiński, El pájaro pintado (1965)

Imagina al Lazarillo de Tormes malviviendo por puebluchos de la Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial. Este es el punto de partida de El pájaro pintado, la novela con que el escritor polaco Jerzy Kosiński (Łódź, 1933 - 1991) se dio a conocer. Ambientada en un país incierto, el narrador y protagonista es un niño abandonado por sus padres para que tenga más posibilidades de sobrevivir a la barbarie; pese a la falta deliberada de información, es evidente que el país es Polonia y el niño, judío, así como que se trata de una novela picaresca y no de una autobiografía del autor. La acción tiene lugar lejos del frente y de los campos de concentración nazis (a diferencia de Sin destino, del recientemente fallecido Imre Kertész, también protagonizada por un joven), pero las vivencias del niño por los pueblos polacos ponen igualmente los pelos de punta: palizas, robos, torturas, asesinatos, violaciones, etc.; lo más polémico es que quienes llevan a cabo estos disparates no son casi nunca los nazis y los soviéticos, sino los campesinos y los guerrilleros polacos. La elección del punto de vista infantil-juvenil es el mayor acierto de la novela, ya que el niño intenta entender la cruel realidad que lo rodea con los recursos intelectuales que va adquiriendo (superstición, religión, marxismo, ley del más fuerte, etc.). Obviamente, no lo logra; la única conclusión posible es que cualquier guerra despierta lo peor del ser humano.


2. Francisco Casavella, Viento y joyas (2002)

La segunda novela de la trilogía de Francisco Casavella (Barcelona, 1963 - 2008) es mucho más ambiciosa que la primera: si Los juegos feroces narraba solo 24 horas (el "día del Watusi"), Viento y joyas cuenta los años siguientes (llamados el "Día de Mañana"), cuando Fernando Atienza y su madre salen de la miseria; si aquella era una novela picaresca, esta es la historia de un arribista en la Barcelona de la Transición, una versión actualizada de La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza. El joven Atienza, cual Onofre Bouvila, trabaja de botones en un banco, asciende pronto a chófer y empieza a empaparse de la corrupción de la época, para saltar más adelante al circo político que se estaba desarrollando en aquellos años. Casavella sigue creando escenas esperpénticas del máximo nivel, sus nuevos personajes son igual de desternillantes y su barroca prosa continúa combinando sabiamente la alta y la baja cultura. Sin embargo, la novela no es una obra maestra, probablemente a causa de su desmesura: demasiados personajes secundarios, demasiadas subtramas, demasiada ambición. Y entre este caos, hay que recordar que estamos leyendo un Informe sobre el Yeyé, el amigo de infancia del protagonista, del cual parece haberse olvidado Casavella; además, la presencia del Watusi, el asesino bailarín asesinado, es ahora un tanto forzada. Leeré la tercera y última novela, claro, pero ahora me pregunto si Casavella conseguiría cerrar bien la trilogía.


3. David Foster Wallace, Extinción (2004)

Extinción parece una versión posmoderna de las novelas ejemplares cervantinas: ocho heterogéneos relatos largos o novelas cortas que radiografían la sociedad actual. El estadounidense David Foster Wallace (Ithaca, 1962 - 2008) se arriesga por partida doble: en el fondo y en la forma. Por un lado, su prosa es sumamente compleja y exigente, lo cual puede echar atrás en seguida; frases alargadas de sintaxis enrevesada, tecnicismos de diferentes campos —psicología, estadística, mercadotecnia, periodismo, antropología, medicina...— al lado de coloquialismos y vulgarismos, descripciones de un detalle entre enfermizo e irritante, etc. Por el otro, los temas y el enfoque de los relatos son rebuscados y rabiosamente contemporáneos, así que a veces pueden parecer banales; por ejemplo, en "Extinción" un matrimonio sufre una crisis tremenda porque la esposa dice que el marido ronca y este lo niega; bajo esta apariencia intrascendente, Wallace reflexiona sobre los límites de lo real y sobre los problemas familiares. En consecuencia, el mayor problema de Extinción es la calidad desigual de los relatos; en los peores se nota que el autor sufría el síndrome del empollón: Wallace necesita dejar constancia en cada frase de que es el más inteligente de la clase, por lo que la legibilidad se resiente. Afortunadamente, hay algunas joyas que compensan el desequilibrio. En "El neón de siempre" se disecciona la profunda depresión de un yuppie incapaz de vivir sin fingir; el narrador de "El alma no es una forja" es un niño con déficit de atención que trata de recordar el día en que su profesor enloqueció y quiso matar a los estudiantes. Quizás no todos sus relatos, pero es necesario leer Extinción.


4. Ignacio Martínez de Pisón, El día de mañana (2008)

El protagonista de El día de mañana es Justo Gil, un pobrísimo inmigrante que llega a la Barcelona posfranquista para comerse el mundo, pero fracasa y termina de chivato en la Brigada Político-Social, la policía secreta del régimen. Sin embargo, el narrador de la novela de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) no es Justo, sino trece personajes que conocieron a este misterioso charnego arribista, cruce de Onofre Bouvila, el Pijoaparte de Juan Marsé y, por qué no, el Yeyé de El día del Watusi (con la que comparte el sintagma "el día de mañana"). La técnica narrativa —deudora de Mientras agonizo de William Faulker y de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño— es muy efectiva: contribuye a mitificar a Justo y a resaltar su condición de burlador. Seduce a ambos sexos para satisfacerse, progresar o lucrarse, pero a diferencia de Don Juan no se arrepiente. Los narradores cuentan con un estilo muy oral y comunicativo de qué manera los engañó Justo y, como pertenecen a diferentes estratos sociales, nos meten en la intrahistoria del franquismo y en el meollo de importantes acontecimientos históricos: los encuentros clandestinos de la oposición a Franco, el encierro de Montserrat, la detención de la Asamblea de Catalunya, los crueles y olvidados atentados del Exèrcit Popular Català y de Fuerza Joven, etc. Aunque los grandes mentirosos de la historia como Justo Gil, Enric Marco, Nixon o Lance Armstrong parecen condenados al fracaso, El día de mañana nos recuerda también que muchos mentirosos de segunda lograron capear el temporal y salir indemnes de la Transición.

lunes, 7 de marzo de 2016

The Best of February 2016

Hace un mes estuve en Barcelona, quizá por eso he estado —y sigo— leyendo sobre la ciudad. Creo que estoy oficialmente en busca de La gran novela de Barcelona. Por tanto, en lo mejor de febrero hay tres libros sobre Barcelona (dos novelas, uno de cuentos) y de paso uno con crónicas de los crímenes nazis en Polonia.

1. Pablo Tusset, Lo mejor que le puede pasar a un cruasán (2001)

La primera novela de Pablo Tusset, seudónimo de David Homedes Cameo (Barcelona, 1965), me había sonado siempre a bestseller o novela humorística; es decir, mala literatura. Me equivocaba: Lo mejor que le puede pasar a un cruasán es efectivamente una novela con mucho humor que se vendió muy bien, pero sobre todo es literatura de la buena. Pablo Miralles, el protagonista y narrador, es un treintañero, hijo de una familia de la alta burguesía barcelonesa, que les ha salido rana: no se relaciona con ricos y en vez de trabajar prefiere beber, drogarse, ir de putas y hablar de filosofía por internet. Pero la acción de la novela empieza cuando debe investigar la desaparición de su hermano. Se trata, pues, de una novela negra paródica, como la serie del detective loco de Eduardo Mendoza. Lo mejor sin duda es el personaje, Pablo Miralles, un antihéroe genial: tiene un poco de Torrente (putero, yonqui, guarro), del Ignatius de La conjura de los necios (filósofo y outsider, valga la redundancia) y del profesor Wilt de Tom Sharpe (sagaz, muy crítico, detective por accidente).


2. Jordi Nopca, Puja a casa (2015)

Los cuentos de Jordi Nopca (Barcelona, 1983) están atravesados por dos temas: si la Barcelona de la crisis económica es el asunto de fondo, las relaciones de pareja son el principal; el tercer ingrediente es la muerte de los seres queridos (el libro está dedicado a su abuelo). A pesar de que la atmósfera de la crisis afecta al amor, Nopca no cae en el naturalismo; sus protagonistas son personas normales que pasan por un bache, unas veces más profundo que otras. En general son cuentos realistas, con una prosa muy depurada e irónica, heredera de Quim Monzó y Sergi Pàmies; pero algunos relatos tienen un giro alocado y brutal ("Navalla suïssa", genial) e incluso cierto realismo mágico ("Ens tenim l'un a l'altre"). En "No te'n vagis", a una chica recién doctorada y soltera no le queda más remedio que trabajar en una tienda de ropa. "Cinema d'autor" se burla de las pretensiones culturetas barcelonesas a la vez que humaniza el proceso de seducción. Uno de los cuentos más duros es "Les veïnes", protagonizado por un chino que tiene un bar; sorprendentemente, no es el colectivo asiático el que sufre (como en Biutiful), sino una mujer catalana, alcohólica y medio vagabunda. Si nos ponemos exigentes, para redondear el libro Nopca podría haber incluido alguna pareja homosexual o prestado más atención a los inmigrantes.


3. Zofia Nałkowska, Medallones (1947)

Zofia Nałkowska (Varsovia, 1884 - 1954) formó parte de la Comisión de la Investigación de los Crímenes Hitlerianos cuando ya era una escritora de cierto renombre en Polonia. Aprovechó la ocasión para crear una de las más impactantes obras sobre el Holocausto: Medallones, siete crónicas breves basadas en los testimonios de la Comisión y un ensayito final. El lenguaje de Nałkowska es 100% documental: directo y escueto como una grabación, hace que parezca fácil seleccionar la escena más adecuada y dejar al narrador fuera. Medallones pertenece a una clase de periodismo, si no extinta, escasa, similar a Manuel Chaves Nogales, por ejemplo. Entre los relatos del librito de Nałkowska encontraremos monstruos nazis como el profesor Spanner (un científico que en Danzig/Gdańsk fabricaba jabón con la grasa humana), supervivientes como Dwojra Zieliona (una mujer que perdió un ojo y los dientes) y también "ciudadanos corrientes" (la encargada de un cementerio colindante a un gueto judío). Aunque "los malos" del libro sean los nazis, los polacos no salen totalmente indemnes: el fantasma del colaboracionismo y del antisemitismo recorre inevitablemente el libro, cosa que no placerá al nacionalismo polaco contemporáneo pero sí al que se conforme con la verdad.


4. Francisco Casavella, Los juegos feroces (2002)

Los juegos feroces es la primera parte de la trilogía El día del Watusi, escrita por Francisco Casavella (Barcelona, 1963 - 2008) y recién reeditada. El protagonista y narrador es Fernando Atienza, un adolescente de una barriada charnega que relata lo que le sucedió en Barcelona el 15 de agosto de 1971, el día del Watusi: la hija de un mafioso de su barrio aparece muerta y supuestamente Atienza y su amigo Pepito, un gitano cojo, han visto al asesino, el Watusi, aunque en verdad saben que solo es un chivo expiatorio y recorrerán Barcelona para avisarlo y pedirle ayuda. Los juegos feroces es una novela picaresca en toda regla cuyo Lazarillo es un joven miserable, de madre viuda y medio prostituta, que en vez de amos va conociendo a canallas sacados de una novela de Juan Marsé —el Superman, el Soplagaitas, el Topoyiyo, la Francesa...— y que junto al Pepito forma una versión quinqui setentera de Rinconete y Cortadillo. Por si fuera poco, Atienza cuenta esta historia por encargo de un superpoder desconocido, una "Vuestra Merced" posmoderna que —aún no sabemos por qué— quiere saberlo todo del Pepito, que pasó de gitano marginal a magnate de los negocios. La novela de Casavella rebosa sátira, un lenguaje exuberante —a veces demasiado— y una gran capacidad para crear geniales escenas grotescas y personajes esperpénticos. Pero ¿es El día del Watusi La gran novela de Barcelona? O ¿La gran novela de la Transición? ¿O es El gran bluf? De momento parece ser La gran novela de culto de Barcelona.