miércoles, 21 de octubre de 2015

El tiranosaurio

Antes de mi fugaz amistad con Eric el verano de 1999 o 2000, yo todavía era un niño gordo y friki. No demasiado gordo, la verdad, más bien gordito, aunque sí lo suficiente para no poner aquí mi foto, ahora, y para ser ignorado por las chicas e insultado por algunos chicos, entonces. Pero debo reconocer que esto era en parte culpa mía: de entre los tipos de gordos que un gordito como yo podía elegir ser, escogí el peor.

Podría haber decidido ser un gordo divertido: el que aplaca los insultos (gordo de mierda, zampabollos) con una broma y hace desternillarse a todo el mundo; sin embargo, no aprendí a reírme de mí mismo hasta más tarde, mucho después de haber conocido a Eric. O podría haber adoptado el rol del gordomudo: el que frente a los insultos (seboso, fatibomba, vacaburra) se queda en silencio; no obstante, mi joven yo gordito menospreciaba la pasividad. También podría haberme convertido en un gordo empollón: el que ignora los insultos (foca monje, bola de grasa, gordinflón, cachalote) enfrascándose en los estudios. Si rechacé estas máscaras gordas fue porque todas ellas aceptaban en mayor o menor medida la gordura —rectifico: aceptaban la gordura en mayor medida—; como yo me negaba a reconocerla, no podía ser sino un gordito resentido: el que contesta los insultos con más insultos.

Ni mi actitud ni mi aspecto me hacían un chico muy sociable, así que llenaba mi tiempo libre con diversas actividades de las llamadas frikis: videojuegos, cómics, juegos de rol y de mesa, libros, cartas y demás entretenimientos. En realidad más que frikis eran solitarias, aunque por definición popular un gordito solitario sólo puede ser un friki. Mi juego favorito era también el que más me avergonzaba: los muñecos.

Tenía muñecos de mis superhéroes preferidos (Spiderman, Son Goku, Batman, varios G.I. Joes, los X-Men, los Cuatro Fantásticos) y de sus correspondientes villanos (el Doctor Muerte, Magneto, el Duende Verde, Vegeta, Freezer, el Joker), pero también de héroes más humildes y anónimos (piratas, vaqueros, soldados) y alguno de héroes cotidianos (policías, bomberos, médicos). Con estos muñecos, creaba historias donde los enfrentaba en violentísimas peleas a muerte. No recuerdo por qué luchaban —¿por amor, por dinero, por venganza, qué importa?—, pero sus combates eran largos y crueles y acarreaban numerosas bajas. Los primeros en morir eran los policías y los bomberos, seguidos por los soldados; los que tenían nombre propio sobrevivían un poco más. Para darle más realismo y dramatismo al juego, les pintaba heridas y cicatrices a los muñecos, fueran buenos o malos; usaba un rotulador permanente rojo y otro negro. Como en los videojuegos y en las novelas de aventuras, después de vencer a diversos enemigos secundarios, el héroe principal, que solía variar en cada historia, debía hacer frente al malo malísimo, que siempre era el mismo: el tiranosaurio. El muñeco del tiranosaurio era más grande que el resto y, por tanto, más poderoso y malvado. Tras una ardua batalla, ayudado por diversos héroes que habían ido falleciendo, el bien se imponía sobre el mal. El panorama resultante era desolador: la alfombra de mi habitación estaba cubierta de cadáveres, incluido el del tiranosaurio. El héroe principal y yo teníamos más pintadas rojas y negras que nadie.

A pesar de estos juegos tan violentos, a mis doce o trece años yo aún era un niño. Creo que me aferraba a los muñecos porque representaban mi niñez, por eso me daba tanta vergüenza que los demás supieran qué hacía encerrado en mi habitación y hablando solo. Otros niños jugaban al fútbol o al baloncesto, molestaban a las chicas, se tiraban piedras o castañas pilongas, iban al cine, se la cascaban, empezaban a fumar a escondidas o robaban chucherías: estaban en un estadio de madurez superior al mío. Yo no era tonto, pero iba retrasado en comparación con el resto. Había descubierto la identidad de los Reyes Magos a la vez que mi hermana, tres años menor que yo; me llevó unas Navidades más asimilar que el Papá Noel y el Tió tampoco existían. Supongo que mis padres me apuntaron a un campamento de verano en 1999 o 2000 —les he preguntado pero no se ponen de acuerdo con la fecha exacta— para darle un último empujoncito a mi vieja infancia; o quizá sólo estaban hartos de tenerme en casa durante todo el mes de agosto.

Con doce o trece años, yo era el único de mi clase que aún no había ido nunca a unas colonias de verano, incluso mi hermana había asistido a varias. Y si mis padres no me hubieran inscrito a la fuerza probablemente ahora seguiría siendo un niño gordito y friki. No apreciaban que quizá la peculiaridad de mi adolescencia era que se trataba de una prolongación de la infancia. Me subieron a un autobús y se despidieron de mí como si me mandaran a la guerra.

Durante varias horas les guardé un rencor infinito, pero cuando me encontré entre los demás niños del campamento se me olvidó en seguida. Los monitores nos dividieron en grupos para que nos fuéramos conociendo. En el mío había dos chicos bastante más gordos que yo —un gordo divertido y un gordomudo—, lo cual me animó: en la pandilla de los gordos el gordito es el rey. También identifiqué rápidamente a un par o tres de matones en potencia, de los que me mantuve a una distancia intermedia, ni muy cerca ni muy lejos, para poderlos analizar e inventar un insulto adecuado a cada uno. Había chicas, pero en aquella época aún no me interesaban mucho —era un sentimiento recíproco—. Finalmente, detecté a un niño callado, más retraído y antisocial que yo y que el gordomudo juntos; nos dijo con un acento raro que se llamaba Eric. Volví a acordarme de mis padres: estaba seguro de que me habían enviado a un campamento de niños con problemas.

Todo fue bien —me junté con los gordos, no eché mucho de menos a mis padres, nadie se metió conmigo ni yo con nadie, me divertí bastante jugando y realizando varias actividades— hasta el tercer día. Después de hacer una excursión y de comer —y de esperar un buen rato para evitar los cortes de digestión—, los monitores nos dejaron bañar por primera vez en un río cercano. Los tres gordos nos quitamos la ropa apartados de los demás, hermanados en la vergüenza de nuestros pálidos y fofos michelines. Uno de los matones que había identificado el primer día se nos aproximó, seguido de dos chicos más. Era más alto que los demás y tenía las orejas de soplillo, la izquierda con un aro dorado; estaba tan flaco que se le marcaban todos los huesos y los músculos, como a mis superheroicos muñecos.

Insultó primero al gordomudo, el más gordo de los tres, y no dijo nada, ni él ni nadie. Luego insultó al gordo gracioso, que hizo una broma que no logró hacerme reír. A mí me llamó puto Oso Yogui, que era un insulto que ya había oído antes porque además de gordito era incipientemente peludo. Como siempre que me insultaban en la escuela, le contesté con toda la mala leche y creatividad de la que estaba capacitado, no en vano era un gordito resentido. Tras mi insulto, me solían llamar otra cosa, yo volvía a insultar a mi interlocutor y así sucesivamente, hasta que uno de los dos contendientes se cansaba e insultaba a otro que estuviera por allí cerca.

Así, después de que el abusón me llamara puto Oso Yogui, les pregunté a los que estaban a mi alrededor si alguien había traído un látigo para domar a aquel puto Dumbo; con las manos me puse las orejas de soplillo para asegurarme de que entendía el insulto. Logré que el gordomudo despegara los ojos del suelo a tiempo para ver cómo el puto Dumbo me daba un puñetazo en la barriga. Caí de rodillas al suelo y me dio una patada en el brazo.

Mientras vomitaba el bocadillo de tortilla que acababa de comer, me pregunté qué coño estaba pasando. ¿Por qué me estaba pegando aquel imbécil? Aquello no era lo habitual, él tenía que volver a insultarme y yo a él y nada más, nada de violencia. No entraba dentro de mis pronósticos que alguien me pudiera pegar por insultarlo, especialmente si antes me había llamado puto Oso Yogui. Para mí, dar un puñetazo era romper el contrato entre los que se insultan.

Cuando el matón se quedó tumbado boca abajo, el labio ensangrentado frente a mí, todavía entendí menos. Sobre mi vómito amarillento cayeron un par de gotitas de su sangre. Levanté los ojos y vi al niño de acento raro, Eric. Gritó algo que no logré comprender, pero que era tan terrible como su mirada colérica, y los dos que acompañaban a Dumbo salieron corriendo. El abusón se intentó poner de pie, pero Eric hizo un amago de puñetazo y aquel volvió a sentarse. En seguida llegaron los monitores y sujetaron a Eric.

Por la noche, el puto Dumbo se me acercó y me pidió perdón a regañadientes. Traté de localizar a mi protector, pero no lo encontraba. Uno de los monitores me dijo que estaba castigado en su habitación y que el día después llamarían a sus padres para que lo fueran a buscar. Le conté entonces todo lo que había pasado e intenté hacerle entender lo injusto que estaban siendo con él: al que tenían que expulsar, en todo caso, era al matón orejudo. Después de hablar con varios monitores e insitirles, tras pedirles al gordomudo y al gordo gracioso que también declararan en su defensa, conseguí que Eric se quedara en el campamento.

El cuarto día, abandoné el grupo de los gordos y Eric y yo estrenamos nuestra amistad en solitario. Le agradecí lo que había hecho por mí y le dije que antes de mi intervención los monitores querían mandarlo a casa. Le pregunté si era catalán o castellano o qué, porque su acento no me era nada familiar. Él me me echó una mirada colérica y me devolvió la pregunta: ¿y tú, de dónde eres? Le contesté que yo era catalán, o español, o español y catalán y/o viceversa, o ni catalán ni español sino una mezcla de ambos. (A los doce o trece años aún no era consciente de mis problemas de identidad nacional porque tenía otro problema más gordo.) A Eric le hizo gracia mi respuesta y me dijo que él también me iba a confesar algo:

—No soy ni español ni catalán, sino bosnio. Y en realidad no me llamo Eric sino Eris, como mi abuelo. Eris es un nombre bosnio, pero tampoco se lo digo a nadie. Me da vergüenza...

Eris me explicó que su familia había huido de la guerra y que habían decidido quedarse a vivir en España. Él no quería volver a Bosnia, porque justo entonces empezaba a tener algún amigo. Pensé en mis muñecos y las peleas que organizaba con ellos y me dieron más vergüenza que nunca. Aquel niño tan similar a mí, un poco más flaco y más o menos de mi altura, era más heroico que cualquiera de mis infantiles muñecos.

—No se lo digas a nadie, ¿eh? —me dijo; claro que no, le respondí.

Para los que como yo han nacido en los años ochenta, las Guerras de la Antigua Yugoslavia fueron una constante de nuestra infancia. Hubo otros acontecimientos importantes, pero no tan cercanos ni violentos como lo que sucedió en Croacia, Serbia y Bosnia y Herzegovina. Mi generación descubrió la crueldad y la barbarie con las imágenes de aquellas guerras: en la televisión desfilaron refugiados, muertos, heridos, soldados, disparos, bombardeos y misiles que nos provocaban espanto y fascinación al mismo tiempo. Algunas palabras, como Milošević y limpieza étnica, nos cagaban de miedo sin entender su significado.

Eris venía de allí, del horror televisado. Esto explicaba en parte por qué me sentía tan deslumbrado por él. Pero había un segundo factor personal que contribuía a generar el aura alrededor de Eris: mi tío había ido a Bosnia con los cascos azules. El hermano menor de mi padre, que era militar de carrera y había estado y estaría en otros conflictos, pasó una noche en nuestro piso de Girona antes de partir. Yo tendría siete u ocho años y todavía no era un gordito. Pero recuerdo que gracias a la tele aquel campo semántico ya me era familiar: Yugoslavia, Croacia, Bosnia, Serbia, etc., y sabía que estaba emparentado con palabras como guerra y matanza. Antes de irme a la cama, le pregunté a mi tío por qué se iba a aquella guerra en Bosnia. Me contestó que se había comprado un casco azul para conducir su moto y que al verlo por la calle lo habían metido en un autobús y reclutado a la fuerza. Yo sabía que me estaba tomando el pelo, así que le dije que no me lo creía. Él se puso serio y me dijo que era la verdad. También se llevan a los niños preguntones, añadió y empezó a hacerme cosquillas por preguntón. Así de bromista era él.

La amistad con Eris fue muy intensa, pero no recuerdo mucho, porque hace ya demasiado tiempo. Recuerdo que algún día le confesé que todavía jugaba con muñecos y que organizaba peleas entre ellos. Eris no se rio de mí, así que le mostré el Spiderman que había llevado al campamento. A mí también me gustan los muñecos, me dijo, aún juego en casa aunque no tengo muchos. Le regalé mi Spiderman, que estaba un poco pintarrajeado de negro. Son las cicatrices de las peleas, le expliqué.

Me quedó grabada una frase que Eris me dijo, la misma que les espetó a los amiguitos del puto Dumbo después de haberle arreado el puñetazo. Marš u pićku materinu! Que en bosnio significa "¡piérdete en el coño de tu madre!" o "¡que te jodan en el coño de tu madre!" o algo así. Marš u pićku materinu, Dumbo! Me enseñó otras palabrotas e insultos bosnios, pero los olvidé completamente. (Cuando más de diez años después conocí a Ivana, mi novia, una de las primeras cosas que le dije fue esto, marš u pićku materinu! Se partió de la risa: Ivana es croata. Le pedí más insultos y me refrescó la memoria: Eris ya me había enseñado a decir "jebo ti bog mater" (Dios se folla a tu madre) y "jebem ti mater u po groba" (me follo a tu madre en su tumba), entre otros.) Desde el campamento, los insultos en español me parecen cosa de niños. Cagarse en la madre no es nada, follársela en su propia tumba es mucho peor. A mí me fascinaron, pero Eris insistió: no uses estos insultos en las colonias, por favor, ni en español ni mucho menos en bosnio.

Pese a todo, nuestra amistad duraría irremediablemente lo mismo que el campamento de verano: un par de semanas. Entonces no teníamos ni móvil ni Facebook ni correo electrónico y yo vivía en otra ciudad, por lo que estábamos condenados a perder el contacto. Sin embargo, la última noche sucedería algo que arruinaría la relación antes de que lo hiciera la falta de comunicación.

Los monitores nos llevaron otra vez al río donde Eris había pegado al orejón y espantado a sus compinches. Hicimos una fogata, comimos, cantamos canciones, etcétera. Junto a la hoguera y rodeado de los dos gordos y algún otro chico, le conté a Eris que mi tío había ido a luchar a Bosnia. Supongo que quería compartir con él algo que nos uniera aún más, algo que sellara nuestra amistad; quizá también quería alardear de nuevo amigo frente a los demás. Estos prestaban atención a lo que explicaba, por lo que me animé. Les dije que mi tío había formado parte de los cascos azules y que había matado a muchos malos para liberar Bosnia. Alguien le preguntó a Eric si era verdad que él venía de Bosnia. Contesté yo por él:

—Sí, es verdad, es bosnio y viene de la guerra y sabe hablar bosnio y su nombre real es Eris, no Eric.

Eris se levantó y me echó una mirada colérica. Pensé que me pegaría un puñetazo, como al puto Dumbo.

—Cállate, catalán gordo de mierda, tú no sabes nada. Ni siquiera podrías señalar Bosnia en un mapa, zampabollos castellano. No tienes ni idea de lo que es la guerra, seboso de mierda. Sólo la has visto en la tele, desde tu sofá de fatibomba. Yo vi a mi abuelo muerto frente a mi casa, vacaburra, con un tiro en la cabeza, alguien le había disparado y lo había dejado allí tirado como un perro, foca monje, mi madre tuvo que fregar la sangre de la puerta y los escalones cubiertos de negro, porque la sangre no es roja sino negra, bola de grasa, no es como en los putos dibujos animados ni como en tus putos muñecos de gordinflón. Nunca logramos limpiarla del todo, pero qué importa, puto cachalote, si al final nos fuimos. Subimos a un autobús y no volvimos jamás. Ni siquiera cuando me di cuenta de que me había olvidado mi muñeco favorito: mi dinosaurio. Probablemente alguien le pegó un tiro y lo dejó en medio de la calle.

Eris se quedó callado pero seguía en tensión. En vez de pegarme un puñetazo, dijo marš u pićku materinu y tiró el muñeco de Spiderman al fuego. No logré que volviera a hablarme y los monitores me aconsejaron que lo dejara en paz.

Al bajar del autobús en Girona, mis padres me preguntaron si me lo había pasado bien. Ahora me han dicho que pensaban que estaba triste porque dejaba atrás a mis nuevos amigos; no iban muy desencaminados. Aquella primera noche en casa, me sentí diferente. Aquel gordito ya no era el mismo gordito.

Antes de acostarse, el gordito sacó de debajo de la cama el pequeño baúl donde guardaba los muñecos y cogió el tiranosaurio. Tenía algunas pintadas rojas y negras, pero no se veían mucho sobre la granosa piel marrón. El gordito jugueteó ensimismado con su tiranosaurio. Pasado un rato, se puso de pie, abrió la ventana y lo tiró afuera. Se asomó y se quedó mirándolo un buen rato. Desde el segundo piso se podía ver perfectamente: estaba en la acera y se le había roto una pata, pero había resistido bien la caída. La calle estaba desierta: ni coches ni personas, sólo un tiranosaurio. En algún momento de la noche, el gordito cerró la ventana y se fue a dormir.

Cuando despertó, el tiranosaurio ya no estaba allí.

lunes, 12 de octubre de 2015

Entrevista breve con Jonathon

Conocí a Jonathon este verano, antes de que tuviera sus cinco minutos de escasa gloria en Internet. Estábamos de viaje en Gdańsk con mi novia cuando nos lo presentaron. Recuerdo que insistió varias veces: me llamo Jonathon, con o, y no Jonathan. ¡Jonathon: on, on!

Un par de meses más tarde, a finales de septiembre, alguien compartió en Facebook una noticia de The Independent cuyo titular hablaba de un universitario británico que estudiaba en Londres pero vivía en Gdańsk, Polonia, porque era mucho más barato. La historia coincidía extrañamente con los planes que Jonathon me había revelado cuando nos conocimos, así que hice clic en el enlace. No había ninguna foto del susodicho estudiante; cuando escribí su nombre en el buscador, Jonathon, este no halló resultados. Sin embargo, sentí curiosidad por leer la noticia. Encontré el nombre del alumno británico en el tercer párrafo: Jonathan Davey, escrito con a: Jonathan. Era la misma historia que yo conocía: después de un viaje por Europa, un estudiante inglés de antropología había decidido vivir en Gdańsk porque era más barato que en Londres; el chico, de 23 años, volaba los miércoles al aeropuerto de Luton para asistir a sus tres días de clases y regresaba los viernes. Sólo entonces se me ocurrió buscarlo en Facebook; había un tal Jonathon Davey, con o, cuya foto de perfil mostraba a mi Jonathon. Estaba claro que el periodista de The Independent se había equivocado, así que busqué en Google: "Jonathon Davey Gdańsk". Voilà: había una noticia (de Russia Today) con el nombre bien escrito y una foto del Jonathon que yo había conocido en Gdańsk.


Quedé muy decepcionado cuando leí las dos noticias: mostraban sólo una parte, apenas la punta del iceberg, de la historia. Aquellos articulitos sólo le podían dar un par de minutos de gloria de segunda categoría. En cambio, la historia verdadera, la versión completa, le garantizarían la auténtica fama, la inmortalidad online. Pero The Independent RT habían echado a perder la oportunidad de Jonathon. También me molestó que ambos periódicos resaltaran el aspecto menos relevante de la noticia: los precios excesivos de los alquileres en Londres. ¿A quién le importa Londres? ¿A quién le importa que los jóvenes no puedan vivir allí? Al carajo los pisos de Londres, especialmente si detrás de aquella fachada había un relato mucho más suculento.

Yo no espero que mi relato, este texto, pueda resarcir a Jonathon de la fama que los periódicos le arrebataron, pero como mínimo su historia quedará fijada. Quien quiera podrá leerla. Antes de ponerme a escribir, decidí pedirle permiso a Jonathon. Sabía que no era necesario, pero siempre he sido muy precavido con lo que cuento por aquí. Era un sábado, por lo que supuse que Jonathon estaría en Gdańsk. No tardó mucho en aceptar mi solicitud de amistad. Me contestó en seguida: claro, adelante, pero escribe bien mi nombre.

* * *

Mi novia, Ivana, lleva cuatro años en Cracovia y yo, tres; era una vergüenza que aún no hubiéramos visitado Gdańsk. Por eso fuimos allí este verano. Nos hospedamos en casa de Ola, una chica polaca que nos acogía con Couchsurfing. Era la típica rubia espectacular polaca, pero con una mentalidad atípica: abierta, alocada, atea, feminista y liberal; llevaba media melena afeitada y tenía piercings y tatuajes, todo muy a juego con su personalidad. Nos cayó bien en seguida. Lamentó no poder mostrarnos la ciudad porque se iba a trabajar, pero añadió que nos podíamos ver por la noche para tomar algo. Gdańsk mejora por las noches, recuerdo que dijo, gracias a Jonathon; pero no le preguntamos de qué o quién estaba hablando. Simplemente acordamos un lugar y una hora para reunirnos y salimos a conocer la ciudad.

Paseamos por el centro histórico, repleto de arquitectura germanopolaca, subimos a la torre de la Basílica de Santa María y contemplamos una espectacular vista de la ciudad, tomamos una cerveza a la orilla del río Motława y llegamos hasta los astilleros, comimos un decepcionante marisco, probablemente congelado, visitamos el Museo de Solidarność, posamos junto a un fragmento del Muro de Berlín, cenamos en un restaurante mexicano con música en directo, etc.

Después de pasar el día deambulando por la ciudad, llegamos al bar que habíamos convenido como punto de encuentro. Cuando entramos, pillamos a Ola morreándose con un chico cuya mano derecha quedaba oculta bajo su falda. Se separaron al vernos, pero él dejó la mano allí unos segundos más, hasta que nos fue presentado: era Jonathon, su amigo inglés.

La apariencia de Jonathon era mucho más corriente que la de Ola: tejanos ni ajustados ni holgados, camisa verde a cuadros, ojos azules, pelo castaño corto; sólo destacaban sus finos labios —una línea recta, una ausencia— y sus gruesas gafas —portadoras de tendencias psicopáticas—. Pero a pesar de esto, el inglés era, como mínimo, tan excéntrico como su amiga polaca. Si midiéramos la excentricidad en relación a la nacionalidad de cada uno, los dos serían igual de excéntricos; en números absolutos, sin embargo, la excentricidad de Jonathon superaba con mucho la de Ola. Al lado de Jonathon, Ola era una aficionada. Por eso no necesitaba llamar la atención con su imagen: Jonathon era estrambótico más allá de sus pintas. Hasta que abría la boca, Jonathon era un tipo cualquiera.

Como un torrente, en seguida acaparó la conversación; no habló de sí mismo, pero tampoco se interesó por nosotros. En cuanto pude me escabullí y fui a pedir unas cervezas a la barra; Ivana se acercó poco después. Nos miramos y supimos que pensábamos lo mismo. Al regresar con las bebidas, se confirmó nuestra primera impresión: Jonathon no dejaba hablar y, cuando lo hacía, no escuchaba; efectivamente, habíamos topado con un pesado. Pero era un pesado muy inteligente y aún más mordaz, un pesado especial. Hablaba de cualquier tema con una ironía brutal: televisión o antropología, comida o literatura, no importaba. Pontificaba sobre política e historia como un catedrático de filosofía desengañado y lenguaraz. Recuerdo cómo definió a los compatriotas de su amiga Ola: se dice que los polacos son los franceses entre los eslavos, dijo, pero en realidad no "se dice", sino que lo dijo Nietzsche, añadió. (Yo estaba totalmente seguro de que se había inventado la cita. Sin embargo, al regresar a Cracovia no me costó mucho dar con ella, gracias a Google, en Ecce homo.) Jonathon destruía los argumentos de los demás con frases ingeniosas e incontestables. Eran balazos retóricos a bocajarro. Se mostraba especialmente duro con Ola: machaba sus opiniones con extrema dureza, la humilló varias veces delante de nosotros, aunque no era una chica ingenua ni tonta. Sin embargo, Ola lo escuchaba divagar —sobre Dostoievski, sobre disco polo, sobre la destrucción de Gdańsk en la Segunda Guerra Mundial, sobre Solidarność y Lech Wałęsa, sobre cómo les gustaba a las inglesas y a las polacas ser seducidas y folladas— con devoción cristiana. Lo que para mí e Ivana era un egocentrismo desmedido para ella era carisma puro. A pesar de todo, puedo decir orgulloso que no mordí el anzuelo: si no me hubiera contado su historia, seguiría pensando que Jonathon no era más que un pesado ingenioso.

El segundo día visitamos Sopot, una de las tres ciudades del Trójmiasto o Triciudad, formado por Sopot, Gdańsk y Gdynia; recuerdo el puerto y la playa, la estatua del funámbulo, la Casa Torcida, etc. De noche, Ivana se sintió mal del estómago y tuvo que quedarse en casa de Ola, que muy amablemente le hizo compañía. Ambas me instaron a que saliera con Jonathon a tomar unas cervezas; Ola propuso con sinceridad que tuviéramos una "noche de hombres" para que ellas pudieran pasar una "noche de mujeres", mientras que Ivana la secundaba porque sabía que a mí el inglés me caía fatal: tan sólo quería tomarme el pelo. Al final, no pude negarme y terminé yendo de bares con Jonathon. Aquella segunda noche fue cuando me reveló su historia.

La mañana siguiente, bastante resacoso, Ivana me despertó muy angustiada. Tenía que contarme algo que no podía aguardar. Por la noche, había estado conversando con Ola. Se aburrió bastante porque era monotemática: Jonathon esto, Jonathon lo otro, Jonathon hasta en la sopa. Este verano Jonathon había estado viajando por Europa; en su primer día en Gdańsk conoció a Ola, que se había enamorado perdidamente. Por desgracia para ella, su relación no era nada oficial ni duradero. Intentaba llevarlo con naturalidad, pero la verdad era que, junto a su amigo inglés, Ola se anulaba, hasta tal punto que le confesó a Ivana que tenía un miedo terrible de perderlo. Jonathon era muy independiente, no quería atarse, se quejaba la desesperada Ola. Ivana no sabía dónde meterse: no tanto por la incomodidad de que una desconocida se le estuviera abriendo completamente, como por la rabia y el asco que le estaba dando descubrir el auténtico carácter de Ola. Cuando Ivana iba a decirle que se quería acostar, Ola le dijo que sólo una cosa podría ayudarla a conquistar a Jonathon. Ivana de repente sintió curiosidad y le preguntó cuál era.

—Me dijo que Jonathon quiere hacer un trío con ella y otra chica —me dijo Ivana, indignada—. Pero lo peor era lo que me propuso después: la loca de Ola quería, seriamente, que yo hiciera un trío con ellos. ¡Yo, un trío con esos dos! Le dije que ni loca. No los tocaría ni con un palo. Si no fuera porque nos estamos hospedando en su casa, la habría mandado a la mierda. No me vuelvo a quedar sola con ella. Suerte que esta tarde ya nos vamos.

No me sorprendió lo que estaba oyendo. Al contrario: confirmaba lo que había descubierto la noche anterior, a solas con Jonathon, mientras Ivana estaba en casa con Ola.

En un bar lleno de turistas ingleses, nos emborrachamos bastante. Fue un alivio que Jonathon eligiera aquel lugar: no tuve que hablar mucho con él, pude conversar con otros clientes. De vez en cuando cruzaba un par de palabras de cortesía con él, pero pasamos casi toda la noche charlando con otras personas. Cuando el bar se había quedado casi vacío, me di cuenta de que Jonathon estaba solo al otro lado de la mesa. Me estaba mirando; le sonreí y él se sentó a mi lado. Empezó a hablarme en un tono diferente, mucho más serio.

—Sé que no te caigo bien —me dijo sonriendo pero sin arquear los labios—. Pero no pasa nada, lo entiendo. Los hombres no me suelen tragar: soy una competencia dura para los demás. Y no me vengas ahora con que tienes novia. El amor es un invento. Confía un poco en mí, déjame que te cuente mi historia. Ya verás como después te caeré mejor.

La historia de Jonathon no era la historia de un pesado borracho cualquiera. Tenía dos ingredientes principales: una fantasía de Jonathon y su afán investigador. Este verano había viajado por diversos países europeos: Alemania, República Checa, Austria, Eslovaquia y Polonia. En Polonia había encontrado lo que buscaba: el enigma de las mujeres polacas. Su afán investigador se puso en marcha impulsado por su fantasía. Las polacas eran bellas y fuertes como yeguas —como Ola—; sin embargo, la mayoría de ellas perdía su vigor al lado de los hombres —como Ola—. Entonces se fijó en los hombres polacos: no eran ni bellos ni fuertes, más bien eran asnos. Aquel desequilibro contrastaba con el poder que ellos ejercían sobre ellas. Jonathon no entendía por qué una yegua querría someterse a un asno. ¿Por qué se ataban así las polacas?

Un día, tomando un café en una terraza de Gdańsk, vio cómo un hombre con sombrero paseaba junto a su mujer, el brazo de él sobre los hombros de ella, se acercaban al coche, el esposo le abría la puerta del copiloto a la esposa y la hacía pasar. Entonces Jonathon observó un gesto revelador que había visto muchas veces en aquellos días: mientras la mujer se agachaba y entraba en el coche, el hombre del sombrero miraba a un lado y al otro, inspeccionando la calle. La mirada del hombre traslucía miedo, que se volvió a transformar en seguridad al entrar en el coche. En el cerebro de Jonathon se produjo un fogonazo: el amor no había sido inventado por las mujeres sino por los hombres.

En este punto de la historia, Jonathon se levantó y fue a buscar un par de cervezas más. Me acerqué a la barra —la yegua tras el asno, o viceversa—, incapaz de esperar a que siguiera su relato.

—En el ámbito científico, se piensa lo contrario de lo que yo acababa de descubrir en aquel gesto: que el amor lo inventaron las mujeres. Biológicamente, la mujer sólo puede tener una pareja: el guardián que la proteja mientras esté embarazada y que defienda asimismo a sus vástagos. La madre naturaleza sólo le dio a la mujer un útero. En cambio, el hombre está programado para tener más de una pareja: la madre naturaleza le dio cientos de miles de millones de espermatozoides que puede ir repartiendo por ahí sin miramientos. Hay que suponer que la organización social de los primeros hombres sería similar a la de los leones: en manadas, lideradas por un macho que se reproduciría con varias hembras y las protegería. Los antropólogos también suponemos que, en algún momento de la prehistoria, un hombre (Adán) se quedó junto a la mujer (Eva) que había dejado embarazada y no preñó a otras hembras de la manada. Cuando nació el primer hijo de Adán y Eva, también nació el amor y, de paso, su hermana gemela invisible: la monogamia. ¿Por qué se quedó Adán con Eva? ¿Por qué no siguió liderando su manada? Los antropólogos siempre hemos creído que fue por Eva, que ella inventó el amor. La mujer era la que necesitaba protección del hombre, por lo que era la más interesada en tener un guardia particular. En cambio al hombre le iba muy bien con varias mujeres. Por tanto, la retrógrada antropología le asignaba a la mujer el rol de creadora del amor (y de su hermana gemela invisible). Pero cuando vi a aquel hombre con sombrero sujetándole la puerta del coche a su esposa y mirando con pavor la calle, me di cuenta de que era al revés. En realidad había sido Adán quien lo había creado.

Quizá era porque estaba borracho, pero no entendía muy bien lo que quería decir Jonathon.

—Coño, es fácil —dijo—. Para ser macho alfa de una manada hay que luchar con otros machos. El ganador se queda con las hembras y debe protegerlas y preñarlas; el perdedor se jode. Según la antropología, la hembra querría más protección y buscaría a un macho alfa propio, incompartible: esto es el amor; a causa del amor, la manada quedaba reducida a dos componentes: el macho que protegía y preñaba a la hembra. Según la teoría que me reveló la mirada del hombre con sombrero, no eran las hembras sino los machos perdedores los que habrían inventado el amor y la versión reducida de la manada; así, se ahorraban la derrota y se aseguraban una hembra y una descendencia. ¿Lo entiendes? Fue un pacto de caballeros, un pacto de perdedores, para que cada uno tuviera paz y una mujer. A la mujer, por supuesto, nunca se le preguntó nada: se le contó el cuento del amor. La emancipación de la mujer confirma mi teoría: el macho se resiste a permitir que la hembra tenga libertad porque tiene miedo de quedarse sólo con sus miles de millones de espermatozoides.

Según Jonathon, aquello resolvía el enigma de las mujeres polacas. Si las bellas y fuertes yeguas estaban con asnos como el hombre del sombrero, era porque los asnos las mantenían a su lado con cuentos de amor. El catolicismo y el conservadurismo de Polonia alimentaban este discurso —o recurso—; por eso las polacas eran mujeres más sumisas que, por ejemplo, las inglesas. El afán investigador de Jonathon explicaba su motivación personal hasta este punto de la historia, pero entonces era relevado por una fantasía que tenía desde niño: tener dos mujeres al mismo tiempo. Así, su historia casi estaba completa.

—No se trata solamente de hacer un trío —me aclaró Jonathon—. Aunque por ahora a Ola le he contado esta patraña. Yo quiero formar una manada de un macho con dos hembras. Quiero tener dos novias con su consentimiento y sin convertirme al islam. ¿Por qué? Porque intento demostrar que el amor es una invención que somete a la mujer. Y porque quiero vivirlo, por supuesto: estoy mezclando placer y trabajo, por supuesto. Es un experimento y una experiencia.

»Mi plan es ambicioso; por eso lo he dividido en siete fases. De momento, estoy en la primera: tengo una novia en Londres (Lily) y a mi amiga Ola en Gdańsk, que pronto se convertirá en mi segunda novia. Gracias a esta fase, tendré dos relaciones amorosas monogámicas. Recuerda que la monogamia es la hermana gemela invisible del amor.

»La segunda fase empezará en septiembre: con la excusa de que los pisos londinenses son demasiado caros para un pobre estudiante de antropología como yo, viviré en ambas ciudades. Cada semana pasaré unos días en Londres yendo a clase y viendo a mi novia inglesa, Lily; los demás estaré en Gdańsk con la polaca, Ola. Con los precios de Polonia y de las compañías low cost, ahorraré dinero: es la coartada perfecta. Gracias a esta fase, mantendré dos relaciones amorosas monogámicas no solapadas.

»La tercera, un tanto peliaguda, consiste en organizar dos tríos: uno con Lily y otra chica cualquiera, en Inglaterra, y otro con Ola y otra chica cualquiera, en Polonia. Tendré que engatusarlas, por supuesto, pero cuando hace falta soy un experto en contar cuentos de amor. Les diré que el amor y el sexo son cosas distintas, que la madre naturaleza programó a los hombres para esparcir nuestros cientos de miles de millones de espermatozoides por el mundo, que nuestra relación se ha estancado y no quiero perderla, que somos jóvenes y debemos experimentar, etcétera, yo qué sé. Por suerte, ya hice un trío con Lily poco antes de empezar mi viaje, así que esta parte ya la tengo más o menos solucionada. En cambio, Ola será un poco más difícil de convencer, porque las mujeres polacas aún creen a pies juntillas en el cuento de la exclusividad sexual. Gracias a esta fase, comprobaré que mis parejas estén dispuestas a modificar el contrato de nuestras relaciones amorosas monogámicas.

»En la cuarta, organizaré un solo trío con los tres integrantes de la futura manada: Lily, Ola y yo. Nos encontraremos en Gdańsk o en Londres. Todavía no les diré que tengo una relación amorosa con cada una. Para evitar las sospechas, recurriré a un juego de roles: ellas serán prostitutas y yo las contrataré en la calle. El encuentro durará dos o tres horas, luego serán separadas. No las dejaré solas para que no descubran mi engaño. Gracias a esta fase, confirmaré que mis parejas son compatibles entre sí, aunque ya elegí a Ola con vistas a que se llevara bien con Lily.

»La quinta será la fase clave. Organizaré otro trío con Lily y Ola, pero en esta ocasión nos encontraremos en una ciudad neutra, quizá en la libidinosa Viena. Ninguna de las dos sabrá quién es el tercer componente del trío, por lo que después de volver a verse la sorpresa será enorme. Cuando les confiese que estoy enamorado de ambas y que quiero mantener una relación amorosa bigámica con ellas, les costará más huir escandalizadas por las calles de una ciudad desconocida como Viena. Será difícil persuadirlas, pero en ningún caso las forzaré: deben estar convencidas de que las quiero a las dos, de que mi amor es bífido pero auténtico. Beberemos y copularemos mucho, para asegurarnos de que la primera noche que pasemos juntos durmamos como bebés. Gracias a esta fase, combinaré mis dos relaciones amorosas monogámicas en una sola bigámica.

»En la sexta, viviremos los tres juntos. Probablemente en Polonia, porque es más barato, pero no en Gdańsk. Será mejor una ciudad donde nadie nos conozca, para evitar innecesarios conflictos ajenos a la manada. Gracias a esta fase, cumpliré mi fantasía infantil.

»En la séptima y última fase, les dejaré una nota en la mesilla y me largaré de allí mientras duerman. La manada quedará disuelta. Como habré documentado todo el proceso, quizá escriba un artículo científico. O quizá me quede las fotos para mí solo, ya veremos. ¿Qué te parece?

* * *

No sé por qué, pero no le conté a Ivana nada de esto hasta que estuvimos en el tren de regreso a Cracovia. Definitivamente, Jonathon está más loco que Ola, me dijo, aunque todo sea mentira o fruto de sus perturbadas fantasías. Yo pensaba, como ella, que todo era una enorme paja mental de Jonathon. Todavía en el tren, le hablé también de una novela del mexicano Guillermo Fadanelli: Malacara. El protagonista y narrador, Orlando Malacara, es un tipo del DF que tiene dos objetivos en la vida: matar a un hombre cualquiera y tener dos mujeres a la vez. Logra estar con dos mujeres, Rosalía y Camila, pero no simultánea sino consecutivamente. Es decir, que fracasa. Quizá para desquitarse, al final lleva a cabo el otro deseo. Esperemos que Jonathon no quiera matar a nadie, dijo Ivana. O que consiga convivir con Lily y con Ola, añadí yo.

Seguimos hablando de Jonathon como si fuera un personaje de ficción, un Malacara, hasta llegar a Cracovia. Pero cuando comprobé en Internet que la cita de Nietzsche sobre los polacos era auténtica, tuve la sensación de que quizá no me había tomado el pelo, de que era un loco que hablaba muy en serio. Sin embargo, pronto la rutina del trabajo nos engulló a mi y a esta historia. Hasta que leí la noticia en The Independent.

Por el chat de Facebook, Jonathon me resumió el desenlace de la historia. Había logrado llevar a cabo las dos primeras fases de su experimento: mantener una "relación amorosa monogámica" con cada chica, Ola en Gdańsk y Lily en Londres. Pero todo empezó a fallar en la tercera fase: surgió un imprevisto que lo aceleró todo. Su novia inglesa decidió visitarlo por sorpresa a Polonia, antes de que hubiera hecho su primer trío con la polaca. Jonathon tuvo que pasar directamente a la cuarta fase y organizar un trío con las dos novias, en un hotel de Gdańsk. Había preparado a Ola para aquello y sería el segundo trío con Lily, así que ambas terminaron aceptándolo. Cuando acabaron, las chicas quisieron quedarse en el hotel a pasar la noche. Entonces tuvo que saltar precipitadamente a la quinta fase y confesarles su amor bífido, sus planes de amor bigámico. Ola se indignó y se largó a su casa. Lily lo mandó a la mierda y Jonathon tuvo que buscarse otra habitación de hotel. Lo probó de nuevo al día siguiente, insistió varios más, pero no funcionó.

Jonathon grabó la sesión completa en vídeo, como parte de la documentación de su proyecto. Me mandó un par de fotos, pero me pidió que no las publicara; estuve de acuerdo con él, por supuesto.

—El experimento fracasó, pero como puedes ver el trío estuvo muy bien —me escribió Jonathon—. Aunque las chicas reaccionaron bastante mal, puedes imaginártelo; no estaban preparadas. He quedado varias veces con Lily, pero Ola no quiere saber nada de mí. No la culpo. Ahora estoy probando otros enfoques. Encontrar una pareja bisexual que me acepte dentro de su manada. O una chica que quiera formar una manada compuesta por tres miembros. La vida sigue, no podemos renunciar tan rápido a nuestros sueños.

Le deseé suerte. Sin duda, si alcanzaba sus sueños también lograría la merecida fama.

lunes, 31 de agosto de 2015

Entrevista breve con un español de Cracovia

Ya era hora de que alguien hiciera un estudio sociológico y de campo de este secreto a voces: Hay dos tipos de españoles: los que se avergüenzan del comportamiento de los españoles en el extranjero y los que no.

Por supuesto, yo pertenezco al primer tipo: los alérgicos a los españoles en el extranjero. Los alérgicos a los españoles somos una minoría selecta y el contacto con el otro grupo es peligroso, por eso intento evitarlos a toda costa. Yo, cuando los oigo hablar en el tranvía, en español, catalán, inglés o lo que sea, pongo cara de polaco o de austríaco (me sale mejor la segunda). Solo me quito mi disfraz si están muy perdidos o a punto de cruzar un semáforo en rojo; sin embargo, sospecho que lo hago para marcar aún más la diferencia, mi pertenencia radical al primer grupo. En seguida me alejo de ellos, no se me vaya a contagiar algo.

En cambio, Miguel forma parte del segundo grupo. Es lo que se conoce como típico español y, como tal, está muy orgulloso de serlo. El típico español es escandaloso, tonto, chulo, chabacano y tacaño, y a menudo también es putero, racista, borracho, testarudo, glotón y provinciano. Si tuviera que elegir un animal para definirlo, escogería dos: la oveja merina y el toro de lidia. No he definido al alérgico a los españoles porque no es más que el negativo del típico español: la existencia del alérgico depende totalmente del típico, por muy superior que se considere. Quizá sea innecesario aclarar que los españoles típicos no son conscientes de que existen dos tipos de españoles en el extranjero; para ellos, los alérgicos no somos más que españoles típicos aburridos, catalanes estirados o latinoamericanos en el armario. Por suerte, el resto de nacionalidades confirma la existencia de las dos especies y su diferencia absoluta.

En Cracovia hay muchos españoles típicos como Miguel, es decir, del segundo grupo: los que no se avergüenzan del comportamiento español, sino que hacen alarde de él. También hay algunos alérgicos a los españoles —los que sí nos avergonzamos—, pero la proporción es menor; además, los españoles típicos son más visibles que los alérgicos, demasiado especiales como para querer destacar. Si paseamos por el centro, encontraremos españoles típicos sin dificultad, especialmente cerca de los bares. Es un error garrafal buscarlos en la universidad, incluso en las facultades de letras. Allí, si tenemos suerte, solo podemos dar con algún alérgico.

A Miguel lo conocí en Bania Luka, un bar del centro de Cracovia con cervezas a un euro y, evidentemente, muchos españoles. A simple vista Miguel solo es un español típico. Si hablamos cinco minutos con él descubriremos que en realidad es el español típico: escandaloso, tonto, chulo, chabacano, tacaño, putero, racista, borracho, testarudo, glotón y provinciano. Me tragué mi orgullo de alérgico a los españoles, lo invité a una cerveza y le propuse hacerle una entrevista breve.

—¿De dónde eres, Miguel? —le pregunté.

—No hay una sola respuesta para esta pregunta, depende de la situación. En función de los intereses de la chica interesada le contestaré una cosa u otra. A algunas polacas les gustan los andaluces, a otras los catalanes, o los gallegos, los valencianos, los madrileños, los canarios... Las demás regiones no funcionan muy bien, a excepción de los cartagineses y los zaragozanos. A veces incluso me hago pasar por argentino o mexicano, porque también tienen bastante tirón. Para ti seré andaluz, de Sevilla, que se nota que te damos rabia.

—¿Por qué viniste a Cracovia?

—Yo no soy el típico español que viene a Cracovia de Erasmus para follar. No: yo vine a Cracovia solo para follar. Sin Erasmus ni trabajo ni excusas baratas. Después de unos meses, eso sí, tuve que buscarme un curro. Pero si me preguntas por qué elegí Cracovia y no Bratislava, Praga o cualquier otra capital de Europa del Este, fue porque un amigo me la había recomendado. Yo hasta entonces pensaba que Europa se acababa en Alemania. Después de un fin de semana aquí, mi amigo me dijo, iluminado como un místico: es el paraíso de los españoles: no es necesario hablar inglés ni polaco, hay muchos bares muy baratos, se folla bastante sin pagar y pagando no es muy caro. Me mostró algunas fotos y me convenció. De eso hace ya cinco años, en plena crisis.

—Entonces, ¿lo dejaste todo en España para venir a Cracovia?

—Solo dejé allí a mi novia, María. Además, llevaba varios meses sin trabajo y ya había acabado la carrera. Oye, esto no lo leerá María, ¿no?

—Pero dime, Miguel, lo que hay en Cracovia, ¿no lo podías encontrar en España? España es famosa por el turismo de las tres eses: sangría, sexo y sol.

—Claro, pero no es lo mismo. Hay que tener en cuenta la aventura, ¿no? Además, aquí he encontrado trabajo muy rápido, no como en nuestra desangrada España. Y aquí no hay sol ni sangría. De hecho, no te he dicho que quisiera nada de eso: yo solo vine para follar. El polaco, podríamos bautizarlo como el turismo de la uve doble: vodka y vaginas polacas. Porque se te ha olvidado la importancia del exotismo: las mujeres españolas están muy bien, pero donde se ponga una polaca...

—Y ¿qué piensan las polacas de los españoles como tú? ¿Están interesadas en ti?

—Claro, qué pregunta. Los españoles (hombres) y las polacas estamos destinados a entendernos. Bueno, y los ingleses y los italianos... Y los turcos y los franceses... ¡Qué nacionalidad no quiere entenderse con ellas! Incluso un catalán estirado como tú tendría su mercado de polacas. Pero si volvemos a los españoles, supongo que en primer lugar es cuestión de diferencia, de lo que he llamado exotismo: nosotros somos castaños, ellas son morenas; nosotros ruidosos, ellas calladas; nosotros abiertos, ellas cerradas; nosotros dominantes, ellas sumisas; nosotros modernos, ellas tradicionales, etcétera. En segundo lugar, se trata de realizar un sueño húmedo de su infancia: todas estas chicas veían de pequeñas telenovelas venezolanas o mexicanas, así que follar con un español es como follarse a su príncipe azul. Aunque no sea lo mismo un español que un argentino, poco importa. Y, en tercer lugar, también es importante el llamado efecto pasaporte: a cualquier chica de Europa del Este le interesa ligarse a un español o a alguien de Europa Occidental para obtener las ventajas de un pasaporte de su país.

—¿Pero, Miguel, eres consciente de que Polonia, como España, forma parte del espacio de Schengen? Nuestro pasaporte tiene más o menos el mismo valor que el suyo...

—Claro que lo sé, pero tú no entiendes que estas costumbres están arraigadas en la mentalidad de todos los países postcomunistas, son algo característico del llamado homo sovieticus. Para las madres de las chicas que yo me quiero ligar, casarse con un francés, un suizo o un alemán occidental era mucho más ventajoso que un polaco. Incluso de su lado del Telón de Acero había jerarquías: un yugoslavo era mucho mejor partido que un polaco, y no digamos ya que un albanés, si es que podían llegar a conocer a alguno. Ahora las diferencias no son tan grandes o evidentes, pero todavía existe la sensación de seguridad económica que da meter a un occidental en tu cama. Estas cosas se transmiten de generación en generación, tardan mucho en cambiar. De hecho, los otros traumas históricos van aún más atrás: a las polacas no les gustan mucho los alemanes, por la Segunda Guerra Mundial, ni los rusos, por la época soviética. Afortunadamente, España está lo bastante lejos para no haberles causado ningún disgusto a sus ancestros.

—Antes me ha parecido que dabas a entender que no hablas inglés ni polaco. ¿Cómo sobrevives en Cracovia?

—Hablo un poco de inglés y de polaco, no te creas: en cinco años he aprendido algo. Pero mi nivel es suficiente: a las polacas les atrae que casi no hablemos inglés. Creo que les despierta el instinto maternal. Y chapurrear dos frases en polaco sirve para terminar de derretirlas. Aparte de las chicas, todos mis contactos son españoles (ojo, no digo hispanohablantes), tanto dentro como fuera del trabajo.

—¿Y cómo lo haces para ir al supermercado, a la peluquería, al cine...?

—Ya te he dicho que los españoles (hombres) y las polacas estamos destinados a entendernos. Ellas son muy serviciales, algunas casi sumisas, así que están muy dispuestas a ayudarte en cualquier cosa que necesites. Mi ex polaca todavía me plancha la ropa cuando se lo pido. Y casi nunca se niega: ya se sabe, el efecto pasaporte.

—Miguel, ¿no te sientes un poco culpable al no aprender su idioma?

—No te creas, algo sé: en la cama se aprende bastante. De todos modos, en cuanto a idiomas yo siempre digo lo que decía otro Miguel, el de Unamuno: ¡que aprendan ellos! En este caso, ellas. ¿Para qué voy a aprender un idioma tan difícil como el suyo? Es más fácil que ellas aprendan el mío, ¿no?

—Dices ellas, pero no ellos. ¿Qué tal es tu relación con los polacos, con el sector masculino de la población?

—Mira, si para ellas somos un objeto de deseo, para ellos (los polacos heterosexuales) somos lo mismo: el objeto de deseo de ellas. Es decir, una amenaza. Recuerda aquellas verbenas de tu primera juventud: ¿cómo reaccionaban los de Villarriba si los de Villabajo intentaban ligar con sus chicas? Ellos tienen que proteger lo que es suyo, lo entiendo perfectamente. Por eso son tan cerrados y agresivos con los extranjeros, no solo con los españoles: venimos aquí a follarnos a sus hermanas, hijas y novias. Es una reacción un poco patética, pero comprensible.

—Y ¿cómo está actualmente el mercado de españoles en Cracovia?

—Antes de nada, permíteme que te corrija: a nosotros nos gusta llamarnos españoles de Cracovia. Muchos llevamos ya bastante tiempo aquí y nos hemos convertido en patriotas locales. No nos gustaría ir a Varsovia o ninguna otra ciudad polaca. Preferimos las cracovianas y sus bares.

—Entonces, ¿cómo está el mercado de los españoles de Cracovia? Me da la impresión de que se está saturando. ¿No somos ya demasiados?

—Efectivamente. Por eso yo les digo a mis amigos que la situación en Cracovia ya no es tan buena. Las polacas nos conocen y empiezan a cansarse de nosotros. A veces incluso tengo que hacerme el latinoamericano, con lo que me gusta a mí pronunciar la zeta y ser escandaloso. Gracias a esto, he aprendido bastante sobre España y Latinoamérica: no es tan fácil como parece hacerse el sevillano. También les digo a mis amigos lo mismo que a mi novia: que no vengan más, que aquí ya no es tan fácil encontrar trabajo, que hay ya demasiados profesores de español, teleoperadores y otros trabajos pseudocalificados.

—¿Y cuáles son tus planes de futuro? ¿Piensas volver a España?

—A España voy cada tres o cuatro meses, para visitar a mi novia, María, y a mi familia. Por ahora, es suficiente. Pero lo más probable es que cambie de residencia pronto. Las polacas están muy bien, pero uno empieza a cansarse, sobre todo porque ya no es tan fácil como antes. Que Polonia entrara en la UE les ha abierto la puerta a muchos extranjeros: Cracovia empieza a saturarse de tipos como yo. Mi empresa quiere abrir sucursales en Belgrado y en Tel Aviv. Quiero solicitar un traslado a uno de estos países. Antes, debo realizar un estudio de mercado. En Serbia las secuelas de la guerra y el postcomunismo son un punto a mi favor: los traumas de las nuevas generaciones sanan en la cama. El eterno conflicto Israel-Palestina también necesitará revolcones para hacerlo más llevadero. ¿Cuál crees que será la mejor opción?

domingo, 9 de agosto de 2015

Sexto encuentro con los Apocrifílicos (VI)

Frente a Honoriusz sólo había una compota y un café con leche, así que supuse que Stanisław se había enfadado por mi broma apocrifílica. Quizá debería haberles dicho en la última reunión que Javier Marías no era un falso autor, sino que estaba vivito y coleando en este nuestro mundo de escritores y lectores reales. Y que sus obras no eran falsas, sino de lo más existentes. Y que la falsa reseña "Examen de la obra de Javier Marías" no era anónima, sino fruto de mi cálamo, como dicen los poetas.

Pero creí que los Apocrifílicos tendrían sentido del humor apocrifílico. Si nos encargamos de catalogar la literatura apocrifílica, ¿qué mal hacemos al contribuir personalmente a aumentar la lista de obras? Entre inventariar e inventar literatura apocrifílica no hay más que un paso lógico. De hecho, cuando el mes anterior acabé de leerles el "Examen de la obra de Javier Marías", pude comprobar que las reacciones no habían sido para nada negativas. Stanisław, que es quien parte el bacalao, pareció aprobar el texto que torpemente les traduje del español al inglés: brindemos con nuestras compotas, clamó al final. Michalina comparó el gusto de Javier Marías por lo apócrifo con el de Borges y Bioy Casares. Honoriusz, por su parte, sugirió que quizá Roberto Bolaño era el autor anónimo de la falsa reseña, a pesar de que Marías no fuera un escritor filonazi como los de La literatura nazi en América. Entonces me mordí la lengua, pero me acordé de las alabanzas que Bolaño le dedicó en vida al auténtico Marías, y de las que este le ha dedicado a aquel, aunque lo había leído tarde porque está publicado en Anagrama, editorial con la que el autor español estaba peleado. Seguro que a Bolaño le habría encantado inventar a Marías.

Honoriusz me miraba más serio que nunca, como si yo fuera un estudiante de su gimnazjum que se hubiera pasado con una gamberrada. BAL estaba casi vacío —sólo otra mesa ocupada—, como cualquier otro sábado a las cinco de la tarde. Bajo el minimalismo extremo de BAL se escondía una antigua nave industrial convertida en bar-restaurante; el color blanco de las paredes, las columnas, el suelo y las sillas aumentaban la sensación de silencio. Durante el día solía haber solitarios que buscaban un lugar tranquilo donde trabajar o relajarse, parejas e incluso familias más o menos alternativas; por la tarde se vaciaba y con la caída de la noche se volvía a llenar. Honoriusz no se decidía a hablar, quizá se sentía en armonía con un espacio tan silencioso, tan zen.

—Supongo que ya sabes por qué los demás no están aquí, ¿no? —dijo, por fin, y bebió un trago de su compota como lo haría un detective de novela negra.

Supuse que aquello era una despedida. Con los Apocrifílicos no se bromeaba. La literatura apocrifílica era algo serio, ya me lo había dicho Stanisław alguna vez. Pero si hubieran venido los tres, quizá podría haberme disculpado. Les habría dicho que, de entre todas las mentiras, la mentira literaria es la más noble, o algo así. Pero tenía que prepararme para lo peor: ¿la simple expulsión?, ¿la extorsión?, ¿la violencia física?

—Supongo que sí —le contesté—. Debe de ser por el "Examen de la obra de Javier Marías".

—Efectivamente.

—¿Tan grave es que no han querido venir?

—Bueno, yo no diría grave. Traducir un texto es un trabajo difícil, y no tienen mucho tiempo libre. Por eso lo hacen durante el fin de semana, cuando ambos están disponibles. Además, no entienden el español perfectamente. Stanisław es bastante bueno, de hecho lee todo lo que escribes en tu blog. Y Michalina domina muy bien el inglés. Así que trabajan en equipo: él lee tu "Examen de la obra de Javier Marías" en español y lo traduce al rumano, mientras que ella lo retraduce al inglés. Así tendremos tu falsa reseña en inglés y podremos añadirla a nuestra Breve y parcial pero verdadera historia de la falsa reseña.

—¿Cómo?

—¿Cómo, qué? Te digo que Stanisław y Michalina están en su casa, traduciendo. Por eso no han podido venir.

—¿Y no vais a expulsarme del grupo? ¿No me mandaréis al gulag? ¿No me torturaréis? ¿No le haréis chantaje a mi familia?

—¿Por qué? No era tan, tan mala, la falsa reseña. Aunque tu interpretación en inglés dejaba bastante que desear.

—Qué alivio —respiré confortado—. Pensé que os habíais enfadado porque no os dije que yo había escrito el texto.

—Oh, no. Al principio nos engañaste, no te creas. Michalina dijo que le sonaba alguna de las novelas que habías comentado, pero no le dimos mucha importancia; Stanisław le dijo que alucinaba y yo no leo mucho, por lo que el nombre tampoco me decía nada. Pero cuando Stanisław buscó información en Google, encontró la página de Wikipedia de Javier Marías. Pensó que quizá el autor de la falsa reseña la había creado para darle verosimilitud a su mentira. Pero el falso novelista tenía página en rumano y en húngaro: aquello era demasiado real para una ficción, incluso una apocrifílica.

—¿Y cómo supisteis que yo era el autor?

Honoriusz tardó unos segundos en responder, retrasando su intervención como un detective de película.

—Muy fácil. La única referencia que encontramos en Internet al título de la falsa reseña provenía de tu blog. Aún cabía la posibilidad de que alguien te hubiera mandado un correo con el texto, pero era altamente improbable. Colgamos los anuncios en muchos sitios, pero no creo que los españoles que lo leyeran estuvieran muy interesados: los españoles que vienen a Cracovia no han abierto un libro en su vida. Podría ser que alguien hubiera leído alguno de los posts en los que incluías la dirección de correo de la Hermandad, pero Stanisław dijo que tu blog no lo leía nadie más que él.

—Vaya. Qué decepción: pensaba que me expulsaríais de la Hermandad...

—Oh, no. De hecho, no creas que eres el único que escribe. Michalina también lo hace, y muy bien. A veces escribe falsas reseñas, por supuesto. Le han publicado alguna en Underneath the Bunker.

—¿Eso no es una canción de R.E.M.?

—Quizá también, no sé. Underneath the Bunker es una página web de falsas reseñas. Su falso administrador es un tal Georgy Riecke, especialista en Literatura de Europa del Este y falso reseñador de un buen puñado de falsas novelas.

—Competencia directa para la Hermandad de los Apocrifílicos, ¿no?

—No exactamente. Underneath the Bunker crea nuevos contenidos; nosotros compilamos antiguos.

—Pero me has dicho que Michalina ha escrito varias falsas reseñas.

—Sí, sí, y tú también has escrito por lo menos una. Así que ya ves que no somos tan originales. Pero como mínimo nosotros vivimos y existimos: además de ser un ente de ficción, Georgy Riecke murió en febrero de 2015 al caer de un árbol. Cuando nos encontremos con los demás, deberíamos debatir la posibilidad de crear, además de coleccionar y ordenar. ¿Tú has escrito, Gienek, más falsas reseñas?

—Pues no. De hecho, si escribí el "Examen de la obra de Javier Marías" fue porque no recibíamos nada. Estábamos estancados.

—Puede ser. ¿Y has escrito algo interesante? Me gustaría leer tu blog personalmente, pero no sé leer en español.

Le resumí el argumento del último relato que había escrito, "Las lenguas de Kuba". Kuba es un testigo de Jehová que vive en Cracovia. Yo soy su profesor de español, aunque un profesor de español un tanto especial: le enseño neoespañol, un español inventado sólo para él. Además, cuando me habla de religión me habla en nolengua, un idioma totalmente incomprensible. El pobre Kuba, manipulado por mí, acaba hablando dos lenguas que no habla nadie.

—Te he preguntado si habías escrito algo interesante —me cortó de repente Honoriusz, adoptando el rol del poli malo—. Este relato es completamente inverosímil. En Cracovia hay muchísimos testigos de Jehová que hablan español, no sólo este tal Kuba. Podría haber aprendido español con ellos. Y no son tan radicales como los pintas, así que podría haber estudiado en una academia de idiomas como la tuya. Quizás las bromas con el lenguaje sean divertidas, pero a mí me parecen estúpidas: ¿decir me cago en Dios en vez de creo en Dios?; por favor. Eso sí, en el túnel del que hablas siempre hay un par de testigos de Jehová con folletos en inglés, polaco, español y otros idiomas; sin embargo, no te molestan si no quieres hablar con ellos. Ahora de verdad: ¿has escrito algo interesante?

Le resumí el relato "Bib(L)iografía". Es un recorrido nostálgico por algunas bibliotecas importantes para mí: la de Cracovia y unas cuantas de Barcelona, sobre todo.

—Te he dicho interesante, no pedante ni sentimentaloide —me interrumpió Honoriusz.

Le resumí el relato "Muros y banderas". Un estudiante del gimnazjum protesta porque le he bajado la nota a causa de una falta de ortografía; para que el alumno quejica entienda la importancia de las faltas de ortografía, le hago a toda la clase un dictado un poco esperpéntico. Al mismo tiempo, recuerdo un problema que tuve en Cracovia causado por una bandera independentista y una bandera española.

—Gienek, Gienek: aún confundes interesante con cargante.

Le resumí el relato "Colonias nazis en Auschwitz". Durante el reencuentro con un amigo del Erasmus, este me cuenta las extrañas colonias que acaba de vivir en Oświęcim, más conocida como Auschwitz. Son unas colonias temáticas: todo está relacionado con el Holocausto. Uno de los estudiantes tiene una peculiar relación con la Shoah: es un filonazi que tiene ganas de provocar al personal y hablar sin pelos en la lengua de nazismo, judaísmo, nacionalismo y lo que sea.

—Por Dios, Gienek, esto es más improbable que lo del testigo de Jehová. Ya basta. Suerte que no puedo leer en español, acabaría odiando lo que escribes. No te lo tomes a mal: sólo escribes sobre ti y sobre personas raras a las que conoces o inventas sin mucha verosimilitud. Pero no te enfades, no me mires así. Hay que tomarse bien las críticas. Venga, venga, tranquilízate. Eso es, acábate el café con leche. ¿Quieres algo más? ¿Una compota? ¿No? ¿Seguro? Bueno, pues, cuéntame: ¿ahora estás escribiendo algo verdaderamente interesante?

—Pues sí. Estoy escribiendo un relato sobre un guitarrista mexicano que vive en Cracovia. Está enamorado de una polaca, pero esta pasa de él. Yo lo conozco en diversos sitios: primero en un concierto, luego en un restaurante mexicano, otro día en el tranvía, y finalmente en mi escuela de idiomas: el tipo se mete a profesor de español. Entonces entablo amistad con él y me cuenta su trágica e intrigante historia de amor.

—¡Por Imre Kertész! ¿Es que tienes que aparecer tú en todas las historias? Date un respiro, Gienek. ¿Y una historia de amor entre un guitarrista mexicano y una polaca? Pensaba que ya nadie escribía historias de amor. Venga, estrújate un poco más el melón: seguro que tienes otros relatos o novelas más interesantes en mente.

—Pues sí. Pero también es un relato autoficcional, aunque con mucha fantasía. Estoy planeando escribirlo en verso y no en prosa, para variar. Además, la poesía está volviendo, ya tú sabes. En este relato yo sería el protagonista directo, claro, pero en un futuro cercano: tendría treinta y cinco años, es decir, estaría "a mitad del camino de la vida". No, no me interpretes mal: no sería ciencia-ficción. Estaría, efectivamente, en plena crisis de madurez. Un día me encontraría perdido en un bosque y se me aparecerían un león, un leopardo y una loba, una bestia tras otra. Sí, Honoriusz, lo sé, es inverosímil, ¡pero es que es alegórico! La cuarta bestia en aparecer sería el poeta latino Virgilio, que me llevaría de la manita al Infierno. Allí vería cosas terribles pero fascinantes: pecadores de todo tipo recibiendo el justo castigo por sus vilezas; o sea, cosas interesantes, como te gusta a ti decir. Por ejemplo, los suicidas estarían en el séptimo círculo transformados en árboles y las harpías del Infierno los torturarían; en cambio, los proxenetas y los seductores marcharían en filas golpeados por los demonios del octavo círculo. Bueno, quizá tendría que mejorar un poco las torturas, no sé. En fin, yo sería como un turista, sacando fotos a cada círculo o nivel del Infierno. Esta sería la primera parte del poema narrativo. ¿Qué te parece? He pensado que, si tuviera éxito, podría escribir una trilogía: después del Infierno, podría visitar el Purgatorio y finalmente el Paraíso.

Honoriusz meditó un rato sobre el resumen que acababa de hacerle. Tomó el último sorbo de su compota como quien apura un güisqui.

—Gienek, ya te he dicho que no siempre tienes que ser tú el protagonista. A menudo nuestras vidas son grises y aburridas: normales. A nadie le interesa la vida que puedas llevar, por mucho que vivas en Polonia. Y no basta con colorearla, ni mucho ni poco: ni con testigos de Jehová ni con una temporada en el Infierno acompañado de Virgilio. ¿Y cómo se te ocurre escribir una historia tan aburrida, con tan poca salsa? ¿Cuál es el motor de la historia? ¿Por qué vas al Infierno? Y ¿a quién puede interesarle tu experiencia allá abajo? Si te faltan imaginación o ideas, puedo contarte mi historia: dónde y cuándo nací, quiénes eran mis padres y mi familia, cómo fueron mis primeros años de vida y mi juventud, mis primeros tanteos amorosos, por qué decidí venir a Cracovia, cómo es hacerse pasar por sordomudo, cómo fundamos la Hermandad de los Apocrifílicos, cómo encontré el trabajo de guarda de seguridad en el gimnazjum, etc. ¿No te interesa? Bueno, tú veras. ¿Tienes una idea mejor? ¿Una última bala en la recámara? Venga, va, haz un último intento, exprímete del todo la sesera: seguro que aún te queda un interesante relato que quieres escribir y que no protagonizas tú.

—Pues sí. Tengo una historia que me gustaría escribir e incluso intentar publicar en papel. Creo que será un auténtico boom. Aún no le he hablado a nadie del argumento, ni a mi novia ni a mis amigos más cercanos. Espero que no se lo cuentes a nadie. Es una obra bastante larga, en prosa; probablemente me lleve unos cuantos años escribirla. Una novela de lo más posmoderna, vanguardista, rupturista. Es una novela histórica, ambientada en la España del Siglo de Oro, pero sin dar una importancia excesiva a la recreación histórica. Además, combina diferentes géneros: novela de aventuras, novela paródica, novela total, novela metaficcional, novela realista, novela polifónica, etc. El protagonista es un hidalgo venido a menos que de tanto leer novelas de caballerías se le seca el cerebro y se cree él mismo un caballero andante. ¡Imagínate: un caballero andante en pleno siglo XVI! El pobre loco se vestiría como un caballero, tomaría su viejo caballo y convertiría a un vecino en su escudero y, ¡ale!, a desfacer entuertos por Castilla. Por supuesto, sería un idealista radical y causaría más problemas de los que solucionaría. Así, salvaría a un mozo de los azotes de su amo, haciéndole prometer a este que dejaría de maltratarlo; pero, cuando el caballero y su escudero se alejaran, el amo redoblaría la dureza de su castigo. También liberaría a unos prisioneros condenados a galeras porque Dios nos ha hecho a todos libres y el hombre no tiene derecho a condenar a nadie a la esclavitud. ¿Qué ocurrencia, eh? ¡Qué crítica a nuestra hipócrita sociedad! Como ves, el pobre caballero estaría verdaderamente tarado, llegaría incluso a tener visiones. Por ejemplo, su desbocada imaginación le haría creer que unos molinos de viento eran en realidad unos gigantes, por lo que cargaría contra ellos para acabar maltrecho y por los suelos. Para parodiar el amor cortés, este pobre diablo tendría una enamorada: una bella y noble mujer que en verdad sería una fea y pobre labradora. ¿Qué te parece, Honoriusz? Sería una novela de lo más barroca, es decir, de lo más posmoderna. Una idea un poco arriesgada y compleja, pero creo que puede triunfar y gustarles por igual a jóvenes y mayores. ¿Qué me dices?

—Ay, Gienek, Gienek. Está claro que has leído demasiadas falsas reseñas. Aunque esta novela pudiera ser escrita, nadie la leería. Mejor sigue contando tus aventurillas cracovianas.

sábado, 1 de agosto de 2015

Las lenguas de Kuba

1. Túnel

Cuando descubrí a Kuba en la entrada del túnel, aguardando bajo el sol castigador de un viernes al mediodía, ya era demasiado tarde para volver atrás. Aún no me había visto, pero, si no cruzaba la vía del tren por el oscuro túnel, perdería mi tranvía y llegaría tarde al trabajo. Era imposible evitar el reencuentro.

Como otros testigos de Jehová, Kuba estaba situado en las escaleras, junto a un pequeño mostrador con las habituales revistas, en polaco y en inglés. El inicio —o final— de aquel túnel era un lugar estratégico: conectaba el barrio de Podgórze con el de Zabłocie, es decir, Plac Bohaterów Getta con MOCAK y la Fábrica de Schindler. Al otro lado del túnel había otro túnel, de hormigón y con las palabras AUSCHWITZ WIELICZKA perforadas en el techo, cuya sombra se proyectaba sobre la pared o el suelo. Esta instalación del polaco Mirosław Bałka representa, dicen, el desplazamiento forzado de los judíos del gueto al campo de concentración. En 2010 la trasladaron aquí, perpendicular a las vías del tren, porque en la plaza donde estaba antes los vagabundos y los yonquis la usaban como refugio y para hacer botellón y drogarse; la decisión fue acertada: la simbiosis entre los dos túneles y las vías del tren era total. Desde entonces, los turistas podían cruzar este falso túnel y luego el real, sortear a los testigos de Jehová —casi todos hablaban ya inglés— y llegar a la zona de los museos mientras de fondo oían los trenes alejarse; en fin, una experiencia total. Muchos cracovianos pasaban por aquí para ir a trabajar y para regresar a casa. En general, sólo los turistas incautos caían en las garras de los testigos, pero esquivarlos era difícil si ya te conocían.

El sol inclemente de aquel viernes me mostró que Kuba no había cambiado nada en el último año: la nariz gruesa y achatada, los ojos demasiado abiertos, los mofletes redondeados, la ancha boca y el pelo castaño engominado hacia un costado le seguían dando un inapelable aire de tonto del pueblo. La camisa blanca de manga corta, la corbata y los pantalones y los zapatos negros corregían la primera impresión producida por su cara: Kuba era un ejemplar paradigmático de testigo de Jehová. Pero una mezcla de orgullo y remordimientos me permitía afirmar que, gracias a mí, Kuba era un testigo de Jehová único.

—Hola, Gienek, ¿qué tales? —me dijo, cuando me acerqué a él—. ¿Tú recuerdas de mí? Soy Kuba, tu amigo testículo de Jehová. Tú cambiastes de piso, ¿no?

La unicidad de Kuba no consistía exactamente en que hablara español, ni siquiera en que lo hablara rematadamente mal. Aunque era el único testigo que lo hablaba en Cracovia, o al menos eso me había dicho.

Lo había conocido hacía unos dos años, cuando todavía vivía en mi anterior piso, en Podgórze, al otro lado del túnel, el mismo piso donde convivíamos con la gata Tutaj. Un viernes por la mañana, aparecieron dos testigos de Jehová en la puerta de mi casa. Tuve el acto reflejo propio de aquella situación: decirles en español que no hablaba ni inglés ni polaco y despedirme de ellos. Cuando les cerraba la puerta en las narices, aún pude oír la palabra jutro (mañana en polaco). Me arrepentí de haber sido tan brusco: uno puede reaccionar así cuando le piden dinero, nunca si tan sólo pretenden que cambie de religión. Además, hablar de lo humano y lo divino con los testigos de Jehová siempre me había parecido una interesante distracción. Con todo, los remordimientos me duraron apenas unos segundos, los que tardé en volver a sentarme en el sofá y reanudar el capítulo de True Detective, la serie que estaba viendo entonces.

El día después, llamaron a la puerta y esta vez abrió mi novia; en voz baja pero algo enojada, me preguntó si había vuelto a comprar libros en Amazon sin decírselo, ya que el cartero preguntaba por el español que vivía allí. Pensé que quizá se trataba de un regalo sorpresa de algún amigo, pero en cuanto vi al supuesto cartero me di cuenta de que había caído en la trampa de los testigos de Jehová. Kuba se presentó y me saludó en el más macarrónico de los españoles. En vez de cerrarle la puerta en las narices como el día antes, maldije mentalmente que los testigos hubieran sido más inteligentes que yo. Aquel sentimiento que me impidió deshacerme de él no era bondad, ni misericordia, ni siquiera pena, pero aún no podía ni imaginarme en qué consistía.

—¿Tú crees Jehová? —me preguntó Kuba desde el umbral de la puerta.

—No, no creo Jehová —le respondí, enfadado—. Pero me cago en Jehová.

Kuba, por supuesto, no entendió, sólo sonrió como un pasmarote, es decir, aún más pasmarote. Quizá entonces empecé a intuir el potencial que encerraba aquella relación potencial. Le sonreí benevolente y le expliqué que la expresión creo Jehová era incorrecta. Lo correcto era decir creo en Jehová. Añadí que era profesor de español para extranjeros y que sí, que creía en Jehová, y mucho, además. Entré en mi casa y regresé con mi ejemplar de la Biblia; ¿lo ves?, dije entusiasmado, yo creo mucho en Jehová, muchísimo; por tanto, me cago en Jehová. Como un buen alumno, Kuba hizo la pregunta adecuada: pero ¿qué significa exactamente me cago en Jehová? Pues me cago en Jehová es una expresión que usamos las personas muy, muy creyentes, le dije; me cago en Jehová significa que tu creencia no tiene límites, que es una creencia firme, absoluta. Pues cago en Jehová, dijo Kuba, alegre. No, no, lo corregí: me cago en Jehová, es mejor usar este verbo como los reflexivos. ¿Sabes qué es un verbo reflexivo? Como levantarse: me levanto, te levantas, se levanta... Pues me cago en Jehová, dijo Kuba rotundamente. Ahora sí, muy bien, repliqué, orgulloso y asombrado de mi travesura.

—¿Sabes? Yo soy testículo de Jehová. ¿Tú también? —dijo Kuba.

No podía ser cierto, pensé, mientras la malicia alborotaba dentro de mis venas. El destino, Jehová, el azar, Alá o quienquiera que fuera me había concedido una oportunidad única, aunque aún no podía imaginarme las consecuencias ni la magnitud de lo que mi inconsciente estaba maquinando. Quise corregir el error de Kuba, pero el mal incipiente es un picor que no podemos evitar rascar. Así, le dije que yo no era testículo de Jehová, pero que en España había hablado con muchos testículos. A mí me caen bien los testículos, añadí, son pacíficos y además no les gustan las transfusiones ni la evolución ni la masturbación. Incluso Kuba, que no hablaba ni pizca de inglés y su español era muy rudimentario, conocía palabras como aquellas, muy similares en polaco: hay que conocer al enemigo. Me miró mal, a él no le gustaban aquellas cosas y tampoco aquellas palabrotas, dijo. Yo sólo leo esto, continuó, Biblia y nuestras revistas, no tengo una versión en español pero sí en polaco y en inglés, toma, son para ti. La próxima semana vuelvo y discutimos una tema, ¿no? Tengo que estudiar un poco porque mi español es no muy bien. Sonrió, se dio la vuelta y se fue. Cerré la puerta, pero ya era demasiado tarde.

—¿Ahora vives aquí? —me preguntó Kuba señalando en dirección a la Fábrica de Schindler y mi casa—. Yo ahora propago la palabra de Jehová en esto túnel. Todavía soy un pendejo. ¿Tú quieres hablar? Podemos ir tomar un café, como en los tiempos ancianos. Practicar español, platicar de Jehová.

—Me cago en Jehová —le contesté—, pero ahora no tengo tiempo, Kuba. Tengo trabajo. Profesor de español, ¿recuerdas? Otro día mejor, ¿vale?

Me interné en el oscuro túnel sin permitirle que contestara y me atrapara en una de sus divagaciones religiosas. Oí que me gritaba que tenía que hablar conmigo. El sol seguía pegando fuerte cuando pasé junto al segundo túnel y seguí hasta la parada del tranvía.


2. Nolengua

Como me había dicho aquel lejano sábado por la tarde, Kuba regresó a mi casa el siguiente. Mi novia me sugirió que hiciera como todo el mundo y no le abriera la puerta. Pero yo no le había dicho aún lo que había pasado, ni mucho menos lo que pensaba que pasaría. Me excusé con una verdad a medias: era divertido conversar con los testigos de Jehová y tomarles el pelo, y más con aquel que casi hablaba español. Me dio por imposible, se puso los auriculares y siguió viendo True Detective.

En nuestro segundo encuentro, Kuba traía consigo un folleto de los testigos en español que me mostró orgullosamente. Conseguí entenderle que él era el único que hablaba un poco de español en su congregación, pero que había logrado que le mandaran con urgencia aquella revista de España. Él no podía comprender bien lo que ponía, pero quería que igualmente habláramos sobre ello: aprender sobre Jehová une a las personas, dijo lentamente, recordando una frase memorizada del folleto. Abrió la publicación en una página que contenía diez preguntas y respuestas sobre su religión y me pidió que eligiera una. Eché un vistazo rápido —el pliego estaba lleno de anotaciones y subrayados— y me decidí por la siguiente: "¿Por qué permite Dios la maldad y el sufrimiento?".

Lo que sucedió a continuación es difícil de describir. En vez de leer la escueta respuesta escrita en el folleto, durante cinco, seis o diez minutos Kuba pronunció un monólogo totalmente incoherente y fascinante, un discurso absolutamente hermético y cautivador, sobre Dios y el mal. En ocasiones posteriores, pensé en grabar a Kuba mientras hablaba de religión, pero aquello superaba los límites de mi crueldad. Además, ahora me parecería repugnante transcribirlo.

No sé muy bien por qué, pero ya en los primeros segundos su sermón me sedujo: viscoso como un coágulo de sangre y pus, opaco y denso como el hormigón, aquel chapapote de palabras y ruidos me absorbió sin compasión. No habló muy deprisa ni muy lento, pero sí con una fluidez incesante y un tono seguro, impropios de un estudiante de su bajísimo nivel. No me atreví a corregir ni una sola palabra, tampoco osé detenerlo: hay picores que no podemos evitar rascarnos. Aunque se podían entender algunos vocablos desperdigados —Dios, dolor, sufrimiento, hombre, pecado, mal, Biblia, creación, libertad, bien, Satanás, fe, enfermedad—, a menudo los deformaba con prefijos y sufijos inexistentes y los combinaba con otros términos inventados: malformaciones sin sentido derivadas del polaco, neologismos aberrantes resultado de su mala comprensión del español o fetos abyectos producto de la cópula enfermiza de ambas lenguas. Acunado por aquella sinfonía de ruido —¿cuánto tiempo llevaba hablando?—, me percaté de que sus frases parecían carecer de repeticiones: no creo que Kuba siguiera ningún patrón estructural. Desde luego, no se trataba simplemente de la sintaxis polaca o inglesa aplicadas al español, a las que ya estaba muy acostumbrado, sino de algo mucho más complejo. Las suyas eran unas estructuras primitivas, prelingüísticas: una lengua invertebrada o asintáctica, una arritmia constante. Aquello no era una lengua; por eso, decidí llamarlo nolengua.

Aunque escuché otros —muchos, demasiados— discursos religiosos de Kuba en nolengua, acabé tirando la toalla: yo no estaba capacitado para comprender aquella maraña. De hecho, lo más probable era que fuese imposible entender sus divagaciones teológicas. No hay que darle más vueltas: el caos es indescifrable, carece de resquicios para el análisis.

Tras los cinco, seis o diez minutos en nolengua, Kuba se calló y volvió a sonreír, satisfecho de la charla que me había dado. Haberlo escuchado de principio a fin, sin mandarlo callar ni a la mierda, contribuyó a ganarme su simpatía; las otras víctimas de sus visitas no aguantarían más que diez o veinte segundos escuchando aquel galimatías. Tuve que esforzarme mucho para recomponerme e imitarlo y decirle que sí, que claro, que estaba de acuerdo con él en todo. Como si hubiera pronunciado la combinación secreta de una caja fuerte, empezó a hablar de nuevo de manera inteligible. Me emocionó volver a escuchar su espantoso español. Me mostró el folleto otra vez, pero le dije que ya había tenido suficiente, que hablaríamos más otro día. Intentó invitarme a una de las reuniones semanales de su congregación, pero le puse el idioma como excusa y cerré la puerta exhausto.

A partir de entonces, nos encontramos casi semanalmente. Le dije que prefería que viniera los viernes por la mañana, cuando mi novia estaba trabajando y yo estaba libre; así no corría el riesgo de que descubriera que yo no era una persona tan piadosa como le hacía creer —tuve que decirle que ella era mi hermana—. Al principio las reuniones eran cortas: cinco, diez minutos; con el tiempo, llegaron a durar más de una hora. Nunca lo dejé pasar del umbral de mi casa, por miedo de que me desenmascarara o de que la broma llegara demasiado lejos. Tampoco le dije cómo me llamaba, sino Gienek, mi nombre polaco. Después de encontrarnos casualmente un día por la calle, cogimos la costumbre de quedar en Cafe Rękawka, una cafetería cercana. Kuba tenía el detalle de invitarme a un café y, entonces, teníamos algo así como una clase de español, aunque hablaba sobre todo él; yo me limitaba a asentir, sorber mi café y presenciar morbosa pero pacientemente cómo hacía lo que le apetecía con la lengua española. Cuando me contaba algo sobre él, era bastante comprensible, un aprendiz como cualquier otro. Yo le hacía alguna que otra corrección, más que nada para subrayar mi rol de profesor. Así, como con un estudiante normal, llegué a saber que tenía veintidós años, que había dejado la universidad en el primer año, que era de un pueblecito cercano a Tarnów, que su madre no era testigo de Jehová, que llevaba unos meses estudiando español él solo porque quería irse a Latinoamérica a convertir infieles, que trabajaba en la panadería de una señora de su congregación, que era aficionado a la carpintería, que tenía poca experiencia evangelizando, que yo era el único que le hacía un poco de caso, aunque me resistiera a ir a sus reuniones. Incluso aprendí algo de la historia de los testigos de Jehová; por ejemplo, que no habían sido directamente perseguidos por el nazismo, pero que más de 11.000 acabaron en los campos de concentración porque se negaron a formar parte del ejército o a abjurar por escrito de su religión.

Sin embargo, cada vez que hablaba de religión, su español se transformaba en otra cosa: se volvía simple y llanamente ininteligible, la misma nolengua que había usado en aquella primera charla sobre Dios y el mal en el umbral de mi casa. Como muchos filósofos posmodernos, Kuba era totalmente oscuro pero a la vez estaba totalmente convencido de que su auditorio entendía sus sinsentidos. Pero yo, por mucho que escuchara sus peroratas sobre Jesucristo, la religión verdadera, la organización de los siervos de Dios o los beneficios del estudio de la Biblia, nunca conseguía entender más que palabras sueltas, un mero indicador del tema principal. Así que hacía como el público y los lectores de los filósofos posmodernos: pretender que lo entendía.

Muy pronto me atreví a interrumpirlo para hacerle preguntas, algunas más genéricas y otras más concretas, sin saber si lo que preguntaba estaba de algún modo relacionado con lo que él decía. Sorprendentemente, a pesar de que sus respuestas seguían careciendo de sentido, mis intervenciones no cortaban el flujo de su discurso; al contrario, lo alimentaban.

En seguida di el paso definitivo: empecé a hacer comentarios, empecé a reflexionar yo también, imitando su estilo, simulando que hablaba nolengua. No es una tarea fácil conversar en español sin decir nada, pero es posible; yo, por contra, intentaba lo imposible: conversar en aquella nolengua que no entendía sobre un tema concreto, es decir, matizar la información, contar anécdotas, mostrar acuerdo o desacuerdo, citar palabras del otro, etc. Siempre, como en una clase cualquiera, partíamos de un tema elegido por él o por mí, muchas veces tomado de las revistas de los testigos o de mi Biblia. Aquello me daba el vocabulario básico con el que podía rellenar mis frases huecas; el resto eran ruidos españolizados, vocablos inexistentes que le había creído entender a Kuba, palabras deformadas del inglés, catalán, español y francés, modificaciones de nombres y apellidos ilustres, palabras en español sacadas de contexto o mal utilizadas, combinaciones aleatorias de sílabas más o menos castellanas, etc. Milagrosamente, Kuba se lo tragaba y me contestaba en nolengua —aunque, claro, sin hacer un esfuerzo tan grande como el mío—. De inmediato noté que Kuba usaba algunas de las palabras de nolengua que yo me había inventado. Aquello confirmaba nuestro incomprensible entendimiento.

Los monólogos absurdos se transformaron rápidamente en diálogos de besugo. Manteníamos conversaciones hueras de veinte o treinta minutos sobre los propósitos de Dios en la Tierra o la Segunda Venida. Éramos dos ruedas perfectamente acopladas de un mecanismo inútil; éramos dos niños jugando al ajedrez con nuestras propias normas, desconocidas al menos para uno de los dos. No sé si Kuba era consciente de todo ello, porque nunca me atreví a preguntárselo. Él, quizá agradeciendo que yo no le preguntara nada, tampoco me preguntaba qué significaban los disparates que ambos decíamos. De hecho, ahora que ha pasado un tiempo me doy cuenta de que cuando teologizábamos en nolengua yo ya no era el profesor, sino el alumno. Por supuesto, el único maestro era él mismo.


3. Neoespañol

Muy a menudo, Kuba llegaba a las pseudoclases de los viernes con dudas de vocabulario —raramente de gramática, parecía no interesarle—, como un buen estudiante. La verdad es que no puedo decir que Kuba fuera un mal alumno, pero sí uno muy peculiar. No tenía casi ningún contacto con la lengua que estudiaba: oralmente, sólo nuestras pseudoclases y las otras víctimas hispanohablantes de sus prédicas, que se deshacían de él en cuestión de segundos; por escrito, alguna revista de los testigos de Jehová y la Biblia, aunque no creo que pudiera entenderlas. Y no era por falta de ganas, que le sobraban. Tampoco lo critico: yo no soy un buen estudiante de polaco. En su caso simplemente no había materiales apropiados para él. No quería usar Internet para nada: lo llamaba "la red del pecado". No quería usar libros, ni canciones, ni series, ni películas. Ni siquiera quería usar los libros de texto ni los manuales de gramática. Aunque pronto aprendí a no preguntarle el porqué, su respuesta o excusa era siempre la misma: si uno no se acerca al pecado, no lo comete. Hay que conocer al enemigo, sí, pero no confraternizar con él. Incluso el diccionario lo censuraba, porque contenía palabras pecadoras como pederastia, fornicación, agresión, asesinar, follar, paja, sexo, pechos; no consultaba ni las palabras que aparecían en la Biblia: si uno buscaba violín, razonaba Kuba, podía leer violación y del dicho al hecho no hay un trecho. No era una actitud inusual entre los muy creyentes, pero sí era particular que cumpliera aquella regla a rajatabla.

Me aproveché de su inocencia vilmente para dar rienda suelta a mis perversiones lingüísticas: ¿cómo evitar rascarse un poquito más, cuando nos sigue picando? Aunque Kuba sabía que yo no era un testigo de Jehová, me tenía en alta estima: me consideraba una compañía muy positiva, una persona muy piadosa y digna de confianza. Lo animé a continuar igual, es decir, a no consultar jamás el diccionario ni Internet, fuentes del pecado. Yo sería su único diccionario de español, el único diccionario carente de pecado.

Según el filósofo norteamericano William James, habría dos clases de verdades. Una podría representar a Kuba y la otra, a mí. El primer tipo de verdad sería la verdad científica, positivista, aquella que sólo puede demostrarse tras desconfiar de ella y ponerla constantemente a prueba. Por ejemplo, la ley de la gravitación universal: sólo después de realizar una prueba tras otra podemos llegar a la conclusión de que es cierta, y, aun así, será cierta hasta que se demuestre lo contrario. La verdad científica es similar a la piedra: dura y resistente hasta ciertos límites. La otra clase de verdad es la creencia, la cual no debe ser demostrada ni comprobada, porque entonces pierde su valor verdadero. Así sucede con la fe y los derechos humanos, visibles y densos como el humo, que se escurre entre nuestros dedos al intentar asirlo. No obstante, me gusta más comparar la fe y los derechos humanos con la virginidad: si la pones a prueba, la pierdes.

Por supuesto, yo considero mi ateísmo una verdad científica, pero quizá William James diría que es una creencia. En realidad, si lo ponemos un poco a prueba puede resquebrajarse como un ladrillo: ¿acaso hemos explorado todo el universo para confirmar que Dios no existe?; ¿quién nos dice que, cuando lo tengamos delante de las narices, nuestros sentidos serán capaces de percibirlo? Ateísmo cuestionado, ateísmo desmoronado, me diría William James. Mi fe atea, puesta a prueba, deviene agnosticismo. En este caso, la metáfora de la piedra o del ladrillo no funcionan; la del humo tampoco. Quizá sea mejor comparar el ateísmo con el hielo: tras cuestionarlo se convierte en agua. El agnosticismo, pues, no sería más que ateísmo en estado líquido. Todo ateo es un agnóstico en potencia, y viceversa, según los termómetros epistemológicos.

Pero me estoy desviando de mi historia: decía que algunos viernes Kuba traía dudas de vocabulario a las pseudoclases. En general, me preguntaba qué significaban algunas expresiones que le soltaban los pobres desgraciados que habían sufrido sus inoportunas visitas con menos inventiva, perversión, tiempo libre o paciencia que yo. Sabía que yo lo alejaría de las malas palabras y sólo le explicaría  las buenas: yo era su filtro. Aquella era mi parte favorita de las pseudoclases, ejercer de pseudodiccionario, porque era la parte más creativa.

Un día, por ejemplo, me contó que un español le había dicho me cago en tu puta madre, puto mormón. Kuba ya sabía lo que significaba me cago en y tu madre, pero no puta ni mormón. Muy fácil, le dije, puta significa virgen y, por tanto, tu puta madre no es otra que la Virgen María, madre de Dios. Yo también me cago en mi puta madre, dijo Kuba, pero me cago más en Jehová. En cambio, un mormón era un hombre que vendía enciclopedias o un fontanero, según el país donde estuvieras. Yo no soy mormón, soy solamente un testículo, dijo Kuba, un puto testículo. No podía estar más de acuerdo ni más orgulloso de mi pseudoestudiante.

En otra ocasión, un mexicano le dijo vete a la chingada, pendejo, antes de cerrarle la puerta en las narices. Tuve que estrujarme bastante la quijotera en este caso. Le respondí que chingada era iglesia y que pendejo significaba predicador, aunque aquellas palabras se usaban sobre todo en —por qué no— Ecuador, especialmente en los suburbios de Quito. Kuba entendió la explicación perfectamente. Me dijo que en la próxima ocasión le contestaría al mexicano que se iba encantado, pero no a la chingada, porque los testículos no tenían ni chingadas ni iglesias, sino al salón del Reino; además, lo invitaría a acompañarlo a su salón, porque los testículos son abiertos y no tienen ningún miedo de mostrarles su lugar de reunión a los demás. De nuevo, no pude estar más de acuerdo, aunque seguí negándome a acompañarlo.

En unos meses, pude llenar varias páginas con las nuevas definiciones de palabras y expresiones que había creado especialmente para Kuba. Aquello no era la nolengua absolutamente incomprensible que usábamos para hablar de religión: era algo diferente y comprensible, aunque sólo él y yo lo pudiéramos entender. Cuando fui consciente de que tenía que hacer un gran esfuerzo para hablar con Kuba, intuí que aquello ya no era la lengua española que yo conocía, sino algo nuevo; decidí llamarlo neoespañol.

Al principio, para aumentar el corpus del neoespañol, partía de lo que que Kuba oía cuando trataba de evangelizar a la comunidad de hispanohablantes de Cracovia y me preguntaba luego en nuestras pseudoclases; la mayoría eran insultos y palabrotas, evidentemente. Por ejemplo, además de cagarse en, puta, chingada, testículo, mormón y pendejo, mi diccionario del neoespañol contenía definiciones de maricón, cascársela, irse a la mierda, comer la polla, meapilascagarse en la leche —que no significaba creer en la leche sino quedarse sin leche y tener que bajar al súper—, comerle las bolas a alguien, soplapollas, etc. Así, capullo significaba, para Kuba y para mí, santo. Podíamos, pues, mencionar sin problemas al capullo de Francisco, el capullo de José, el capullo de Pablo y demás capullos. En cambio, gilipollas era amigo, y que te peten equivalía a que te vaya bien: que te peten hasta el próximo viernes, gilipollas, me solía decir al despedirnos. Cuando alguien una vez le dijo que te jodan, tuve que inventarme que joderse significaba casarse, aunque aquella expresión se usaba sobre todo en Ecuador. Ni Kuba ni yo estábamos jodidos todavía, pero Kuba, como buen testigo, quería joderse pronto, a pesar de que todavía no tenía novia.

Pero no todo eran insultos. Un argentino con novia polaca que no entendió ni una palabra de Kuba le dijo pibe, mejor hablás otro día con mi piba. Una semana después, pibe significaba, para los dos únicos hablantes de neoespañol, vendedor ambulante, y una piba era una mujer atea, infiel y viciosa, aunque un pibón era una mujer fiel, religiosa y que cocina bien. Por eso era mejor joderse con un pibón que con una piba. Los verbos conjugados como los argentinos (vos comés, vos bailás) se usaban sólo para ser grosero con el hablante y sobre todo para mandarlo a la mierda. Había que evitar, pues, hablar como los argentinos, que son un pueblo muy ordinario.

Para llevar a cabo con verosimilitud mi función de pseudodiccionario, necesitaba también censurarle algunas palabras a Kuba. Por tanto, el significado de los términos girasol, mariposa, adiós, enhorabuena, cuaderno, divorcio, membrana, sacapuntas, camisa, cochecito (pero no coche ni carricoche), óvulo y de muchos otros era un misterio desconocido e inaccesible para Kuba. Al principio, realizaba las prohibiciones al tuntún, creando alguna situación problemática que tuve que resolver, claro, mintiendo aún más; por ejemplo cuando necesitó un sacapuntas, al que rebauticé como ojete, o una camisa era un espantapájaros. Sin embargo, aquel era un pseudoalumno modélico y nunca consultaba el diccionario real ni preguntaba a otros hispanohablantes. Un estudiante habitual habría sentido una curiosidad de lo más sana, pero la confianza que Kuba depositaba en mí, como su fe en Dios, era ciega.

Obviamente, cuando introducía alguna nueva definición, me costaba mucho no reírme, pero uno se acostumbra pronto a estas bromas tan infantiles, un poco vergonzosas, especialmente si tiene que reírlas solo. De hecho, a causa del aburrimiento y la falta de nuevas palabras, en las últimas pseudoclases empecé a inventar expresiones propias. Por ejemplo, follar parte de los testículos, que evidentemente significaba formar parte de los testículos de Jehová. Aún no puedo imaginar mejor captatio benevolentiae para las sesiones de evangelización de Kuba; seguro que muchos hispanohablantes le prestaron unos instantes más de atención gracias a aquel anzuelo neoespañol.

Tras ocho o nueve meses de encuentros casi semanales, una pseudoclase con Kuba requería una preparación y concentración enormes. En primer lugar, para usar correctamente todas las palabras y expresiones del neoespañol; en segundo, para fingir que utilizaba la nolengua en conversaciones vacías sobre religión. Sin embargo, las pseudoclases fueron las clases más interesantes que he tenido nunca —también las más exigentes—. No podíamos hablar de literatura, ni de cine, ni de viajes, ni de mujeres, ni de cerveza, ni de música, ni de arte; tampoco me hacía preguntas sobre subjuntivo, pasados, ser y estar, artículos u oraciones concesivas; pero, por contra, pude conocer a un espécimen tan único como Kuba y aprender dos lenguas nuevas. Eso sí, ambas eran totalmente inútiles, lenguas muertas antes de nacer.

Cuando hablábamos neoespañol, sólo nosotros dos podíamos comprender totalmente las frases. Tanto habíamos llenado el castellano de prótesis, órtesis, implantes, trasplantes y cirugía estética que se había vuelto casi irreconocible. Si hubiéramos seguido más tiempo igual, habríamos desfigurado la lengua hasta hacerla incomprensible del todo a los demás hispanohablantes. Sin ser muy consciente de ello, estaba atentando contra la voluntad de crear una lengua española internacional y comunicativa: Kuba no podía entender ni ser entendido excepto por mí. La Asociación de Academias de la Lengua Española me habría denunciado por mala praxis.

La nolengua estaba aún más muerta que el neoespañol, pues yo apenas la podía imitar y dudaba que Kuba la entendiera, pese a ser él el único maestro. Intercambiábamos significantes como en cualquier acto comunicativo, pero carecían de significados; aquello, obviamente, no bastaba: uno siempre espera un regalo dentro del envoltorio. Podría excusarme diciendo que había sido Kuba el que la había creado, pero sin duda yo había permitido que aquel engendro siguiera existiendo para regocijarme con su contemplación.

Quizá debería haberme sentido culpable desde el primer instante, pero mientras uno se está rascando los picores no le presta atención a nada más. Entre nosotros dos se estableció una relación profesor-alumno un tanto deformada: la admiración y el respeto que Kuba sentía por mí eran desproporcionados. Se parecía más al vínculo entre un padre y un hijo. Me explicó que estaba tallando algo en madera especialmente para mí; un regalo para el mejor profesor posible, dijo. Comparó su afición a la carpintería con su vocación de evangelizador —o pendejo en neoespañol—: eran tareas lentas cuyos resultados sólo eran visibles tras mucho tiempo, paciencia y esfuerzo; sin embargo, quien lograba sembrar aquellas frágiles simientes recogía las más bellas y bizarras de las flores. Quizá si se me hubiera ocurrido comparar al carpintero y al evangelizador-pendejo con el profesor, me habría dado cuenta de que yo estaba sembrando vientos y que, por tanto, recogería tempestades. Kuba también me confesó que se había enamorado de una chica. Yo lo encorajé a acercarse a ella y seducirla, no por amor paterno sino esperando cruelmente los desastrosos, y cómicos, resultados. Evidentemente, era un padre terrible: me reía secretamente de Kuba y me mantenía distante, mientras que él se abría completamente. De mí, sólo sabía a ciencia cierta dónde vivía y a qué me dedicaba; por contra, pensaba que mi novia era mi hermana y que yo era un tipo extremadamente religioso. Nunca le conté mucho más, siempre preferí que fuera él el que se mojara.

Sin embargo, no tomé consciencia de la magnitud de mi vileza hasta que una tercera persona nos escuchó durante una pseudoclase. Excepcionalmente, nos encontramos un sábado por la tarde en Cafe Rękawka. Como le había pedido, mi novia estaba sentada en una mesa cercana, escondida y alejada del campo de visión de Kuba. Después de veinte minutos de nolengua —hablamos de la vida después de la muerte— y más de media hora de neoespañol —Kuba había visitado a sus paisanos de la congregación de Zakopane—, pagó los cafés y se fue. Mi novia me miraba horrorizada desde su mesa; eres un hijo de perra, dijo, y salió.


4. Drogódromo

Seguí acudiendo a las pseudoclases con Kuba hasta que mi novia y yo nos mudamos. Entonces perdimos el contacto totalmente; es decir, que dejé de verlo sin decirle nada, como un padre irresponsable cualquiera. También dejé de ver a Tutaj, la gata que vivía en nuestro edificio. Nuestra exvecina venezolana nos dijo más tarde que una vecina polaca, la viejita traductora, la había llevado a un refugio de animales porque nadie se ocupaba ya de ella. Obviamente, me preocupó más la deportación de Tutaj que haber abandonado a Kuba.

Nuestro nuevo hogar estaba en un complejo residencial no muy lejano, pero bastante más elegante que el bloque anterior, aunque el piso apenas superara los 30m². En el centro del novísimo complejo, rodeada de pisos de cuatro o cinco plantas, había una plaza con una fuente, césped y un camino que la cruzaba. Los diseñadores del proyecto se emperraban en llamar a aquel microclima jardín; supongo que era necesario para poder bautizar el complejo residencial como Garden Residence. Sin embargo, nosotros preferíamos llamarlo drogódromo: dícese del espacio público que los vagabundos y los yonquis usan como refugio y para hacer botellón y drogarse. Era irónico, por supuesto, porque nuestro drogódromo era privado y siempre estaba vacío y protegido por dos o tres guardas de seguridad. Pero era un espacio tan inútil como los drogódromos más ortodoxos: sin bancos para descansar ni columpios para los niños ni sombras para refrescar, ni siquiera los perros podían hacer sus necesidades, era tan sólo una postal de color verde para ser contemplada desde la ventana. Quizá habría sido mejor abrir el drogódromo al público y permitir que lo poblaran los indigentes y los testigos de Jehová. La decadencia de aquel espacio la completaban un gimnasio con piscina y un bar abandonados, al fondo del drogódromo, así como los largos pasillos desiertos, dignos del más tétrico hotel soviético. Aunque Garden Residence era un complejo mucho más habitable que muchos de los inhumanos osiedle construidos durante la época socialista, aquellos detalles demostraban que la arquitectura —y la mentalidad— polaca aún estaba emparentada con ella.

Por suerte, las ventanas de nuestro piso daban a las vías del tren, con vistas al túnel donde me había reencontrado fugazmente con Kuba. Al regresar del trabajo, supe que él ya no estaría allí: por la noche, los testigos de Jehová también vuelven a sus casas. Pasé por el primer túnel de hormigón, el artístico, y me fijé en cómo la luz de las farolas proyectaba las letras AUSCHWITZ WIELICZKA sobre una de las paredes. Si durante el día el mensaje luminoso quedaba inscrito en el muro izquierdo o en el suelo, de noche la luz artificial lo desviaba hacia la derecha. Las letras estaban boca abajo, y uno no sabía cómo leerlas, si de izquierda a derecha o viceversa. De algún modo, recordaban al alfabeto hebreo. No sé si el tal Mirosław Bałka lo había hecho adrede o yo estaba un poco cansado. Crucé también el segundo túnel, mucho más oscuro que durante el mediodía de aquel extraño viernes, y confirmé que Kuba no estaba allí.


5. Ecuador

El día siguiente, bajé de nuevo al túnel para volver a reencontrarme con Kuba. Ni el sábado ni el domingo lo encontré. El lunes y los otros días también fui, pero sabiendo que Kuba no estaría allí hasta el viernes por la mañana: el día que ambos solíamos reservar para nuestras pseudoclases.

A diferencia del resto de la semana, aquel segundo viernes estaba bastante nublado. Kuba estaba en las escaleras, delante del túnel; a su lado había una chica, probablemente una testigo de Jehová.

—¡Hola! ¿Qué tales, Gienek? —me dijo Kuba, entusiasmado—. Pensaba que no quieres ver más a tu gilipollas de los testículos. Ya sé que no quieres follar parte de los testículos, pero todavía te cagas en Dios, ¿no?

Le estreché la mano y sonreí, intentando esconder mi nerviosismo y repulsión. Miré a la testigo de Jehová que estaba a su lado y también le sonreí.

—Esta es Magda —me dijo Kuba, señalándola—. Es mi pibón y también es testículo. ¿O se dice testícula?

En neoespañol, un pibón era una mujer fiel, religiosa y que cocina bien. La tal Magda tenía un look 100% testigo: pelo castaño aprisionado en una cola, camisa blanca, falda plisada azul celeste hasta los tobillos y zapatos negros.

—Las dos formas son correctas: una testículo o una testícula —le contesté, rascando de nuevo aquel picor que casi había olvidado.

Kuba me contó que se había preocupado mucho cuando dejé de ir a Cafe Rękawka. Fue a mi piso pero nadie le abrió la puerta. Regresó a menudo hasta que una chica polaca le contestó: allí no había ningún español, aunque el propietario del piso le había dicho que antes vivía una pareja extranjera. Kuba no le dio importancia a lo de la pareja: no tenía motivos para dudar de mi palabra. Dio por supuesto que mi hermana-novia y yo habíamos regresado a España. Le entristeció que no me hubiera despedido de él, pero tenía que continuar con su vida: trabajar en la panadería, llevar una vida modélica de novios con su pibón, mejorar sus habilidades como carpintero y, sobre todo, dedicarse a la congregación y a evangelizar.

Su neoespañol seguía igual que antes: no había mejorado nada, pero tampoco había empeorado. Evidentemente, continuaba usando el vocabulario que me había inventado para él. Tras un año sin verlo, me costaba entenderlo, pero aún era más difícil tratar de usar de nuevo aquellas palabras ya olvidadas. Por suerte, él había tomado las riendas de la conversación, como solía suceder en las pseudoclases.

—Disculpe, ¿el conchudo Gienek vive todavía en Polonia? —me dijo la novia de Kuba.

Me quedé helado: la palabra conchudo significaba en neoespañol usted o señor, especialmente en Ecuador. Magda, el pibón, la testícula, también hablaba neoespañol. Tuve problemas para reaccionar; pero hacer el mal, como montar en bicicleta, no se olvida. Magda, gilipollas, tutéame, por favor, le dije, y les mentí en neoespañol: había tenido que ir durante un tiempo a España por motivos personales, por eso nunca me despedí, pero ya me había vuelto a instalar en Polonia. Además de las dificultades técnicas, resucitar un año después aquella lengua que yo creía definitivamente muerta me producía un asco terrible.

—¿Le enseñaste tú solo español a tu pibón, Kuba? —le pregunté, devolviéndole la pelota.

—¡Por cojones! —dijo Kuba, que quería decir por supuesto.

Estuvimos charlando durante quince o veinte minutos de todo un poco: de los nuevos puestos que tenían los testigos de Jehová en los lugares más turísticos de Cracovia, de la gran cantidad de españoles que había en la ciudad, de cómo se habían conocido en el salón del Reino, de la familia testicular y el trabajo de Magda, de los progresos de Kuba en la congregación, etc. Magda hablaba neoespañol igual que Kuba. Igual que Kuba, Magda no frecuentaba más hispanohablantes que las víctimas de sus evangelizaciones y no leía otra cosa que la Biblia y las publicaciones de los testigos de Jehová. Se había hecho realidad mi peor pesadilla, a pesar de que nunca antes la había intuido: no sólo me había reencontrado con aquel engendro lingüístico, sino que se había reproducido.

Lo peor vino cuando abandonamos el neoespañol para conversar en nolengua sobre las ventajas de esparcir las enseñanzas de Jesucristo. Kuba desplegó sus dotes oratorias como hacía en los viejos tiempos: su nolengua seguía siendo una amalgama impenetrable; Magda lo secundaba a la perfección. Tuve que reprimir una arcada para añadirme a la tertulia. Nunca antes me habían repugnado tanto aquella lengua y la aceptación de Kuba —y de Magda— de mi burda imitación. Fue una sensación peor que la primera vez que lo oí, en el umbral de mi expiso, predicar sobre Dios y el mal: ahora yo era cómplice directo de aquella farsa infecta. Como un criminal cualquiera, me horrorizaba pensar que las personas que pasaran junto a nosotros nos pudieran ver u oír. Apenas fueron cinco, seis o diez minutos, nada comparado con las largas sesiones que habíamos llegado a mantener en Cafe Rękawka, pero se me hicieron eternos. Aunque no hacía sol ni calor, tenía la camisa —en neoespañol, el espantapájaros— empapada de sudor.

Aquello era demasiado.

Durante la semana, había planificado confesarle a Kuba que le había mentido, que él no hablaba español porque yo le había enseñado otra lengua, otra cosa. Que, en fin, me había estado riendo de él durante casi un año, que lo había estafado. Pero ahora tenía que desengañar también a otra víctima aún más inocente que la anterior. Yo no tenía valor. Les dije que debía irme a trabajar.

—No, no, espera, gilipollas —me dijo Magda.

—Tenemos decirte algo, gilipollas —añadió Kuba; se cogieron de la mano—. Es importante. Queremos dar gracias a tú. Nos enseñaste español porque sí. A mí primero, después yo a Magda. Pero sin ti, yo no habría podido. Así que fuiste el profesor de los dos. Sí, sí. Tú estás muy bueno. No eres testículo, pero eso no importa: tú eres buena persona. La religión no es tan importante: importante es si estamos buenos o no y si nos cagamos en Jehová. Magda y yo vamos a jodernos pronto: estamos prometidos. Sí, sí, mira los anillos. ¡Por fin voy a joderme! Queremos invitarte a la boda, pero no sé si podrás asistir: será en Ecuador. Escuchas bien, sí: Ecuador. En dos semanas, nos vamos a Ecuador a evangelizar. ¡Seremos unos auténticos pendejos! En Ecuador hay muchas personas que quieren follar parte de los testículos. Allí nos joderemos, otros testículos vendrán a la fiesta. Los testículos allá son muy grandes. Con ellos mejoraremos nuestro español, el español que tú nos has enseñado. Conoceremos a muchos gilipollas, pibones, putos y pendejos. Seremos muy felices. ¡Y todo gracias a ti! Por eso quiero darte un regalo.

No pude más.

Los felicité —casi dije enhorabuena, palabra censurada, pero me contuve y dije que os peten—, le di la mano a Kuba —me puso algo dentro— y me fui. Subí las escaleras y crucé el oscuro túnel. Junto al túnel de hormigón, me aparté del campo de visión de los dos testigos y abrí la mano: Kuba me había regalado un pequeño crucifijo de madera, tallado por él, supuse. Me dio tiempo de esconderme en unos matorrales antes de ponerme a vomitar.

Pasé por la instalación de Mirosław Bałka; las letras AUSCHWITZ WIELICZKA no se proyectaban sobre ninguna pared: no había suficiente luz. Vagué un rato, ausente, por el barrio de Podgórze, pero pronto regresé hacia casa; era viernes por la mañana y trabajaba en tres horas. Volví por otro camino más largo, evitando el túnel. Compré una cerveza en una tienda y entré en el complejo residencial. Enfilé el camino que cortaba en dos el drogódromo y me senté en el césped, sin que me vieran los seguratas.

Abrí la cerveza y le di un largo sorbo. Intenté imaginar la futura vida de Kuba y Magda en Ecuador. Intenté imaginar, sobre todo, cómo sería el momento en el que descubrieran que algo andaba mal con su español. Quizá charlando con sus correligionarios en el salón del Reino de Quito o de dondequiera que se establecieran. Probablemente, alguien les preguntaría por qué decían me cago en Jehová, pendejo y gilipollas tan a menudo. Kuba respondería sin dudar: pues porque me cago en Jehová, porque soy un pendejo y porque eres un gilipollas.

Tomé otro trago y pensé en Good Bye, Lenin! Al salir de un coma, la frágil madre de Daniel Brühl puede morir de un ataque al corazón si descubre que el Muro de Berlín ha caído, así que su familia crea un simulacro de la RDA para ella. Unos días después de descubrir la verdad, tras la reunificación alemana, la madre muere. Pero yo no le había mentido a Kuba para salvarlo de nada, sino para reírme de él. Afortunadamente, Kuba y Magda se tenían el uno al otro y, sobre todo, tenían salud y sólidas convicciones religiosas. Iban a ser felices a pesar de mi travesura.

Acabé la cerveza y me tumbé boca arriba en el césped. El cielo seguía nublado. El picor volvió, quizá no se había ido del todo, y decidí rascarlo por última vez.

¿Quién lograría convencer a Kuba de que, para el resto del mundo, aquellas palabras tenían otro significado? ¿Quién le diría que cuando hablaba de religión no había quien lo entendiera, ni siquiera un doctor en teología? ¿Quién lograría convencerlo de que un auténtico gilipollas se había estado riendo de él? ¿Cómo romperían la fe inquebrantable que Kuba tenía en mí? ¿Iban Kuba y Magda a dejarlo por culpa de aquel incidente? ¿Seguirían en Ecuador o regresarían a Polonia? ¿Abjurarían de su fe?

Un segurata se me acercó y me dijo que allí no se podía beber. Me preguntó si vivía allí. Le respondí en polaco que no, que pensaba que aquello era un lugar público. El guarda me acompañó amablemente a la salida y cerró la puerta detrás de mí. Fui a la tienda y compré otra cerveza. Regresé a Garden Residence. Abrí la puerta del complejo y la cerveza delante de él, crucé andando el drogódromo y entré en mi casa.

Por encima del asco y el picor, sentí una rabia inmensa por no saber cómo acabaría aquella historia.